Los Campos de Hernán Pelea

 

 El contenido de esta página es parte del texto de un pequeño

       libro titulado:          "Campos de Hernán Pelea".         Si      

pincha en este enlace puedes verlo en la editorial y tienda online.   

 

  Empalme del Valle, altiplano  Campos de Hernán Pelea

                      Carretera y carril. Andando, en bicicleta o en coche

 

 
Mi respeto y cariño para las personas buenas  de las aldeas y cortijos en Santiago de la Espada. De ellas he aprendido grandes cosas y lo mejor:  que Dios las abraza y premia con su amor. Cuantas veces estuve a su lado, me hicieron mejor y sentí el deseo de dar gracias al cielo por su belleza y los paisajes que le arropan y sostienen. Mi abrazo para todos con este librico que me nace desde lo más hondo del alma.
 

       OPINIÓN

       Escribiendo este librico, he descubierto una realidad que ya intuía desde hace mucho:  y es que la visión certera de la sierra y vivencias de sus gentes, es la que viene de los serranos más sencillos. La descripción y opinión que  los serranos hacen y dan de su tierra y vivencias, en nada se puede comparar con la que sale del escritor de fuera, por muy bueno que sea o se crea.

 

             Por esta realidad, hoy en mí clara, ahora me digo que si tuviera que elegir entre aquellos de lujo y de títulos honorables y estos de manos callosas y caras tostadas por el sol, los fríos y los vientos, me quedo con los serranos pastores. Sus opiniones y descripciones de la tierra, la gente, caminos, nombres y otras hermosísimas realidades, están cimentadas en la exposición de las cosas con la claridad y elegancia de la verdad más limpias y sin complejos ni prepotencias. Con el lenguaje más escaso pero manando de la experiencia más rotunda.

 

            Y claro que ahora me alegro haber creído, desde el principio, más en ellos que en los otros. Se mueven más por el deseo de agradar y  respetar que por las otras sofisticadas pasiones ocultas e interesadas. No hay quién supere al más sencillo pastor en amor por la tierra ni nadie podrá nunca hablar de ella con más fuerza, nitidez y cariño. La otra verdad, la científica y culta, a ellos les viene muy ancha. No encaja en sus vidas y por eso ni la comprenden. 

 

           Nota del autor: este libro está escrito a tres niveles o pretende tres tipo de narraciones complementarias. Cada una, es redonda en sí misma y se puede leer y tiene sentido prescindiendo de los otros niveles. El primer nivel es el que recorre  todo el escrito como hilo conductor y soporte fundamental, describiendo la gran ruta anunciada. Lleva este mismo tipo de letra y es una narración completa en sí misma. El segundo nivel son los párrafos en negrita que siendo fragmentos más íntimos, literarios y poéticos, intentan complementar a la narración principal profundizando en la región del alma, poesía y mística. El que un día tuvo que abandonar las tierras vuelve  y, al encuentro con ellas, su mundo interno se le termina de romper porque lo que fue ya no es y lo que soñó, tampoco es ni puede encajar en el presente real.  El tercer nivel va en cursiva y pretende complementar el argumento central, trayendo a primer plano otras escenas y vivencias para dar una visión de la ruta que se describe no sólo desde los paisajes sino desde la historia, cultura  y vida de las personas que han poblado estas tierras. Son las  palpitaciones de  ellos engarzadas al hilo y luchas de sus vidas. Para mí, lo más real de cuantas semillas se puedan cosechar de estas sierras.

 

         FICHA TÉCNICA

           El altiplano de Los Campos, se encuentra recogido en el Catálogo de Montes con el nombre de CAMPOS DE HERNÁN PELEA Y CALAR DE LAS PALOMAS J-1039. Su extensión  pasa algo  de las 5.559 Ha. Se sitúa al sur y levante y en  las sierras que conforman el Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas.  Provincia de Jaén, que por aquí limita  con Granada, Murcia y Albacete.  Pertenecen a la Sierra de Segura y caen  dentro del término de Santiago de la Espada.  Se recogen casi en el centro de tres grande cumbres: las Empanadas, con 2.107 m,  las Banderillas, con 1.993 m  y las Palomas, con 1.964 m.  La altura de esta llanura montañosa, se encuentra entre los mil trescientos metros hasta los mil ochocientos y algo más. 

 

           En el año 1.953, se hicieron las primeras operaciones del deslinde de este gran monte y también en el de las Palomas.  EL 23 noviembre 1.959 O.M. por la que se aprueba  el deslinde del gran monte “Campos de Hernán Pelea y Calar de las Palomas”.  Desde estas fechas, son montes del Estado, a excepción de algunos trozos particulares.  Son terrenos fundamentalmente usados para el pastoreo de ovejas, cabras y algunas vacas.              

 

           El clima de este hermosísimo rincón, es muy extremo y duro, con grandes nevadas en invierno, muchos días de nieblas densas y vientos fuerte y en verano, con largos días de sol tórrido y aires muy secos.

 

           La principal vegetación de estas tierras de alta montaña, son los  piornos, majuelos, espinos,  zamarrilla, enebros rastreros y las retamas amargas. Los escasos pinos son de la especie nigra, laricios, encinas y arces. Las plantas herbáceas, se dan en gran variedad y son ricas para el alimento de las ovejas, las verdaderas protagonistas de estos Campos. Todavía se siembran buenos trozos de terreno con trigo, cebada y centeno.

 

           El paisaje es por completo de alta montaña con llanuras muy extensas donde se abren preciosas dolinas, sorbiores, hoyos o torcos, agrias cuerdas rocosas que por ser de origen calizo, presentan gran cantidad de cobijos o covachas, grietas profundas y largas y simas.  Dentro de este paisaje, se esconde una enorme variedad de rocas modeladas por los hielos, las nieves y las lluvias. Son abundantes los veneros de aguas que los pastores aprovechan para que sus rebaños beban y la presencia de viejos cortijos, tinadas y refugios más modernos, hacen más llevadera la lucha con el ganado en estas tierras.

 

           Esta altiplanicie está bien surcada por pistas de tierra, caminos de herraduras que todavía los pastores conocen y recorren y también por una rica red de veredas de trashumancia.  Son las vías que ellos usan para entrar y salir con sus rebaños desde estas llanuras hacia los lugares de invernada.  Preciosas rutas  naturales y sin apenas impacto en los paisajes, que pasan y llevan a los rincones más apartados y bellos.

 

           Los pastores de Santiago de la Espada, son los verdaderos protagonistas de estas preciosas tierras, duras y extrañas cuando se le ven desde la distancia y  las primeras veces pero profundamente grandiosas y cercanas al hombre cuando  uno se funde con ellas y, desde su más honda realidad, las ama.  Digo que para mí no hay en todo el Parque Natural, paisajes más bonitos y con más carga de grandeza. Encierran ellas, todos los matices y sensaciones que apetece y sueña el alma humana.  Obra grandiosa y escultórica que Dios permitió, modelaran los elementos naturales para asombro y regocijo nuestro y para exaltación de su poder. Y, desde tiempos lejanísimos, poblaron y pueblan los pastores.    

 

               Empalme del Valle, altiplano de los   Campos de Hernán Pelea

            Empalme del Valle, Nava de San Pedro, Nava Noguera, Rambla Seca, Campos de Hernán Pelea, Corazón de los Campos, cortijo de Camarillas, Juanfría, Pino Galapán, Don Domingo, la Matea, Santiago de la Espada, Cañá Hermosa, Poyotello, aldea de Pontón Alto y Bajo, Gran cumbre del pico Aroca, aldea de la Hoya del Cambrón, aldea de Cabeza Gorda, Arroyo de la Garganta, Hornos de Segura.

 

Las distancias.  

El tiempo.

El Camino.

El Paisaje.

Lo que hay ahora.
Desde aquí no se incluye.
Valle de Camarilla.

Nombres por los Campos.

Por el cortijo de Camarillas.

Y como tengo lleno el corazón.

La gran nevada.

Por la Matea.

Por la aldea de Poyotello.

Y la noche que avanza.

Nombres entorno a Pontones.

Por la aldea de la Hoya del Cambrón.

Por la aldea de Cabeza Gorda.

Los niños serranos.

El último pastor.

La fragancia eterna.

Los regalos de la abuela.

De utilidad por la zona.

 

        Un recorrido literario, relajado, detallado y hondamente sentido por y desde los paisajes más profundos y bellos de las sierras de este parque natural. Encuentro con pastores, sus refugios, cortijos, aldeas, nombres de los sitios que pisan, luchas, costumbres, historias, refranes,  tradiciones, temores y sueños.

 

           Los puntos más importantes que se describen y  por donde pasa  esta ruta son:  Empalme del Valle, Nava de San Pedro, Nava Noguera, Rambla Seca, Campos de Hernán Pelea, corazón de los Campos, cortijo de Camarillas, Barranco de la Juanfría, Pino Galapán, aldeas de don Domingo, el Cerezo, los Teatinos, la Matea, Santiago de la Espada, Cañá Hermosa,  aldea de Poyotello, pueblos de Pontón Alto y Bajo, Fuente Segura y nacimiento del río Segura, los Centenares, las Espumaredas, el Ortuñío, la Ballestera, Gran cumbre del pico Aroca, Hoya del Cambrón, aldea de Cabeza Gorda, Arroyo y aldea de la Garganta y Hornos de Segura. En total 118,7 kilómetros de ruta y un día completo para recorrerla. 

 

           Nota: no se recomienda hacer esta ruta en invierno o, en todo caso, pedir información e ir preparado para el frío y los problemas que puedan presentar las grandes nevadas que por aquí se dan. En los meses más crudos del invierno estos campos no están poblados por los pastores. Así que la soledad es mucho más que en ninguna otra época del año. En caso  de necesitar ayuda humana por cualquier circunstancia es alto difícil encontrarla. En las fechas que escribo estas páginas los teléfonos móviles  casi no sirven para nada en muchos puntos de esta altiplanicie.

 

           Las distancias    

        Comenzando la cuenta desde el Cruce del Valle, Cazorla, Nacimiento del Guadalquivir, Embalse del Tranco, y finalizando justo en el cruce de la carretera del Embalse del Tranco a Hornos, Cortijos Nuevos, en  total son 118,7 kilómetros.
 

Las distancias parciales son las siguientes:
Empalme del Valle, Guadalquivir:          
  3,6      Km.
Vadillo, arroyo de San Pedro:                  15,7    
 Km.
Empalme del Valle, Collado Bermejo:  
  24,8     Km.
Control de Rambla Seca:                        
  32,2      D. Domingo  20
Refugio de Monterilla:                               
39,3      Km.   
Cortijo de la Juanfría:                               
  47,2      La Matea    15,4
Arroyo de Juanfría, pino Galapán:         
   49,5      Km.
Don Domingo, cruce a Cañá la Cruz:   
   52,6     Rambla Seca 20
Fuente del Berral, la Matea:                     
 62,6     Km.
Santiago de la Espada:                            
 68,8    P. Galapán   20
Cañada Hermosa:                                     
 75        Km.
Desviación a Poyotello:                           
  76,       Poyotello       5  
Cruce al nacimiento del río Segura:     
    83,       Nacimiento   5  
Pontones:                                                   
 83,       Km.
Cruce al río Madera en la Cumbre:          101       Pontones    17,5
 

                                                     

 El tiempo  

         Para gozar a fondo los insospechados encantos que ofrece la grandiosa ruta que tenemos entre manos, es necesario emplear un día completo y de los que, a lo largo del año, tienen más horas de sol.  Y es necesario parar en muchos puntos de singular belleza, para saborearlos de cerca y captar sus grandiosos matices.  No sobra mucho tiempo para una visita detenida a tantas aldeas, cortijos, arroyos, majadas de pastores u otros rincones que nos cojan algo retirado de la ruta. En verano es la mejor época para realizar la gran ruta de los Campos de Hernán Pelea. Sin embargo en la primavera,  casi un mes más tarde que en otros sitios, es cuando se puede gozar el mejor espectáculo. En los meses de invierno los Campos son espectaculares  aunque mucho más complicado recorrerlos  por la cantidad de nieve que sobre estos paisajes se acumula y el mal estado de los caminos. Mejor no aventurarse si no se conoce a fondo el terreno.

 

        El camino    

       Desde el Empalme del Valle hasta la casa forestal de los Collados, es carretera asfaltada. Desde este punto y ya hasta don Domingo, es pista de tierra. El tramo que va desde la casa forestal de los Collados hasta la Nava de San Pedro, tiene muchos baches pero para un buen coche, no hay problema. Desde la trinchera de Poyo Maguillo hasta collado Bermejo, sí está muy rota y con muchas piedras sueltas por el paso continuo de tantos coches grandes.

 

         Desde este último punto hasta el control de Rambla Seca, también tiene  trozos bastante regular pero a partir del control, mejora mucho.  En la fecha que hice este recorrido, estaba recién arreglada y daba gusto rodar por ella. A partir del refugio de Monterilla y hasta don Domingo, se estropea un poco y luego mejora al entrar ya en el asfalto.  Desde Santiago hacia Pontones, tiene trozos arreglados no hace mucho y lo mismo por la cumbre.

 

         La variante que dentro de los Campos pasa por Camarillas también es un buen camino.  Carril de tierra pero en muy buen estado al menos en el verano de mi presencia por estos bellísimos rincones. Desde los llanos de Camarillas para abajo hasta que se junta con el carril que pasa cerca del Pino Galapán es un trozo muy complicado.  Discurre por el mismo cauce del  arroyo y por eso las piedras y los hoyos son muchos.

 

         El paisaje    

         El mismo cruce del Valle se encuentra centrado en la espesura de grandes bosques de pinos y mientras la carretera recorre la ladera hasta el encuentro con el río Grande, esta densidad sigue acompañando sin menguar nada. Toma el relevo la larguísima ladera que sostiene a la Cuesta del Bazar hasta el puerto de la Nava del Espino pero ya sobre estas cumbres, la presencia les corresponde los robustos pinos laricios o blancos, según los serranos.

 

         Unas vistas grandiosas son las que van apareciendo mientras coronamos esta cuesta, sobre la profundidad del largo valle del Guadalquivir y por la derecha, casi al alcance de la mano, la robusta figura de la Mesa. Se nos alegra el alma al coronar por la presencia de la fresca llanura de Nava del Espino y al frente, la majestad del pico Cabeza del Tejo.

 

         Por la garganta del arroyo que más adelante se llamara de San Pedro, nos acoge la estrechura de la cerrada pétrea, con su fresca fuente por la izquierda y luego la visión de la nava por excelencia. Nos resultará agradable atravesar las tierras de esta llanura y el arroyo que le entra por la izquierda así como también la muralla rocosa que nos mira desde el lado del levante y presentan los Poyos de Maguillo. Los pinos laricios clavados en la pura roca, son de lo más impresionante.

 

         La llanura que corona    al cortijo del Vado de las Carretas, donde estuvo el cortijo de Poyo Maguillo y la cresta del Caballo de Acero entre nosotros y la Sierra de la Cabrilla, nos recibe silenciosa desde sus blancas rocas calizas y la espesura  de las mil carrascas.  Es muy duro todo este paisaje pero al mismo tiempo, insólito  y por ello, misterioso y dolorosamente bello.

 

         En cuanto cruzamos el Estrecho de Perales, nos recibe la frescura de una recogida nava que viene como del lado de la casa Fuente Acero y mientras vamos remontando, la Sierra de la Cabrilla, nos mira solemne desde su pedestal elevadísimo. Al coronar y quedar por la derecha la cabecera del Barranco del Guadalentín, la pista traza su rodeo para buscar el mejor terreno y nosotros quedamos pasmados por la presencia de tantas rocas, tantas carrascas, pinos laricios y la profundidad del barranco que viene cayendo desde el collado de la Zarca.

 

         El Collado Bermejo y ya, hasta su gemelo antes de la Nava de Paulo, se nos presenta como gritando asombro y en cuanto terminamos de meternos por la misteriosa Cañada Pajarera, el corazón se nos emborracha por la dulzura de llanura tan recogida y el verde de los mil majuelos, mezclados con los pinos laricios y rosales silvestres.

 

         Nava Noguera es como el descanso de la grandiosa cumbre de las Empanadas y el oscuro Barranco del Infierno pero para nosotros, como la calma entre praderas de hierba y gigantes pinos blancos. Como un suspiro de consuelo para dar paso enseguida a Rambla Seca, puerta de los asombrosos Campos de Hernán Pelea.

 

         Porque la travesía de estos campos, con sus mil dolinas hundiéndose en la tierra, sus puntiagudas rocas calizas alzándose desde la desnuda tierra plana, la figura casi fantasma de algún pino en su mar de  soledad, la hierba apretada hasta en el más pequeño puñado de tierra, el azul del cielo desde horizontes que gritan infinitos, el aire siempre fresco y el sol quemando en estos días de verano, son como un apartado especial en el latido de nuestro corazón y en el torpe discurrir de nuestra vida.

 

         En cuanto se entra a la vertiente de la Juanfría, todo el paisaje se viste de vegetación viva como para decir que la presencia de la vida no se termina aunque la travesía de los Campos eso parece habernos dicho y a lo lejos, la fantástica extensión del valle por donde van apareciendo las aldeas. El recorrido del arroyo donde se refugia el pino Galapán, la altura alegre de la cuerda por donde descansa el cortijo de Prao Flores y luego el profundo y ancho surco de los arroyos con su puente para dar paso a las otras soledades, nos van como preparando para otro encuentro sin igual.

 

         A partir de la primera aldea, remontada en la última llanura camino de los Campos que hemos dejado atrás, los paisajes nos van recreando con mil álamos en los surcos de los arroyos, mil huertecillos allí donde hay un puñado de tierra fértil, mil sendas de ovejas que arrancan desde las tinadas y suben buscando los pastos de las cumbres, mil sementeras de trigo, maíz, centeno, cebada y siempre las alegres casas de las hermosas aldeas.

 

         Casi todas estas aldeas nos van saludando por el lado izquierdo que es por donde se alzan los picos de las Palomas, el Galayo y el Almorchón.  Y se les ve como aplastadas frente al primer sol de la mañana y descendiendo de las cumbres hasta que, más cerca de Santiago de la Espada, las tierras llanas se ensanchan y por ellas, otro puñado de aldeas algo mayores, saludan.

 

         Los Teatinos por la izquierda, los Atascaderos y la primera por la derecha que es como la hermana mayor de todas ellas, la Matea. Desde este punto para delante, la tierra sigue meciéndose sobre la llanura de la fértil vega y algunas aldeas más tanto por un lado como por otro y todas arrulladas por las sementeras  verdes aún, las ampulosas nogueras y la figura noble de los siempre temblorosos álamos.

 

         Al terminar de cruzar la llanura, la carretera se divide para irse, por la derecha, en un ramal que busca las tierras de la hermana provincia de Granada y unas curvas más y ya nos tropezamos con el blanco pueblo de Santiago de la Espada.  Recogido en su ladera agreste y mirando al sol de la mañana, siempre saluda mudo como si tuviera miedo de presentarse e invitar a detener la marcha para echar una mirada por la vega que hemos terminado de recorrer.  

 

     Desde este punto, por la cuenca y ladera derecha del río Zumeta, la carretera asciende arropada por la espesura de los pinares y besada calurosamente por el sol de la tarde.  En cuanto termina de coronar, descansa por las últimas tierras llanas de Cañada Hermosa y al cruzar el arroyo, da un giro para el sol de la tarde y se enfrenta recta con la hermosísima llanura. Por la izquierda nos dan compañía las hileras de álamos y al fondo también por este lado, saluda majestuoso la robusta figura del Almorchón.

 

         Por la derecha, se nos aparta la pista de tierra que lleva a otra bonita aldea recogida al borde mismo del río Segura cuando esté se estrella buscando a su hermano el Madera. Esta aldea tiene por nombre Poyotello y se nos queda un poco detrás de las cumbres que por este lado nos superan. Preciosa es ella como pocas aldeas yo conozco en las sierras de este parque natural y como es chiquita y, todavía lo moderno no la ha manchado, sólo meditarla desde la distancia, transmite sensaciones únicas que remiten a lo noble y puro.

 

         Así es como yo la tengo registrada  en mi dulce experiencia de aquellas tardes porque así es como me la presentaron las personas que ahí conocí y al instante me dieron su cariño. Y como los paisajes  y el cielo que la arropan, tan singularmente la engalanan, pues quema su hermosura  donde el alma se hace vida y no se puede olvidar.

 

         Despoblada por completo de vegetación se encuentra toda la gran Cañá Hermosa hasta que, al volcar hacia la vertiente del Segura, nos saludan otra vez los bosques de pinos.

 

         Giramos un poco hacia el norte y por entre columnas de cuerdas largas, nos metemos para el cañón del transparente río.  Al dar vista al surco que le presta camino, se nos encoge el alma tanto por la aridez de las laderas que rodean a los dulces pueblos llamados Pontones como por la dureza blanca de sus rocas y los paisajes casi desnudos.

 

         Levemente la carretera roza las casas del primer pueblo, el mayor de los dos, asciende por el surco del río, levemente también roza el segundo pueblo,  para mí más bonito y enseguida remonta a una llanura que se derrama desde la cuerda del Pedernalero y Tolaillo. Enfila ahora por la raspa de esta larguísima cumbre, desde donde, para ambas vertiente, la del Segura y  Guadalquivir, rebosan arroyos, bosques espesos de pinares y cientos de barrancos. Por ellos y, junto a sus manantiales, se recogen puñados de aldeas, algunas ya sin vida y otras con un poco de ella pero todas acicaladas con la mejor luz de las praderas y el más puro reflejo de los bosques vírgenes.

 

         ¡Qué ensueño, Dios mío, y cuánto derroche de la mejor belleza sólo por puro capricho tuyo para con los más humildes que son los que en tu corazón, Tú distingues con lo exquisito! ¡Cuánta envidia siento y cuánta gracia tengo que darte!

 

         Mientras vamos recorriendo esta casi interminable extensión montañosa, los paisajes se nos renuevan con la belleza de la monotonía policroma y diferente a cada metro hasta que alcanzamos lo que por aquí llaman Puerto de la Cumbre. Gira la carretera y al meterse por entre los bosques de pinares laricios y barranco de la Garganta abajo, se nos estrechan los horizontes para concentrarse en las escarpadas y bellísimas laderas del Yelmo Grande y Chico y las piedras que coronan a la aldea de la Capellanía.

 

         Un poco más adelante, ya volcamos para el lado del pueblo de Hornos y a estas alturas, lo que más nos sobrecoge es la visión de las azules aguas del Embalse del Tranco. Remansado en lo que fueron las vegas más fértiles, quizá de toda la sierra, se nos presenta silencioso y como extendido a los pies de tan blanco y bonito pueblo clavado en la pura roca. 

 

         Esto es, muy resumido, la gran ruta que en este trabajo se presenta con el nombre de Campos de Hernán Pelea. Más a lo menudo y con pinceladas y matices con nombres propios y únicos, se desgrana en las páginas que siguen.

 

         Lo que hay ahora    

         Son las diez y veinticinco del día dieciocho de julio de mil novecientos noventa y ocho. Voy a recorrer la ruta desde el Empalme del Valle hasta los Campos de Hernán Pelea y Santiago de la Espada. Al comienzo, pinos carrascos, espesos a un lado y otro de la carretera, enseguida una curva a la derecha y luego para la izquierda y aparece mucha vegetación que clava sus raíces en aquellos huertos serranos que rodeaban a   los cortijos que voy dejando a un lado y otro.

 

         A la derecha me queda el cortijo de un buen amigo mío de Cazorla que casi siempre me lo encuentro aquí labrando sus tierras. Siembra él todavía sus tomates, patatas, habichuelas y otras hortalizas y desde el pueblo, todos los días sube a cuidarlas. Como otros muchos buenos serranos, no se le muere en el corazón el amor por las tierras que pisó de pequeño.  Y yo que conozco el rincón, doy testimonio y digo que es bonito de verdad a pesar de lo comido que ya está por las zarzas, los majuelos, rosales silvestres y los pinos.

 

         Fuente Fresca es el nombre del manantial que por la hondonada brota y digo que se lo pusieron bien puesto porque el rincón es claramente eso: una pura fuente  y fresca por estar refugiada en la umbría del Caballo del Oso.  Justo por la curva de nivel que va por los mil cien metros discurre la carretera buscando el poblado del Vadillo.

 

         Hoy hará mucho calor porque ya están cantando las cigarras con la virulencia  de la rabia y el cielo se presenta casi blanco de tanto vapor de agua como se concentra en la atmósfera y para más desconsuelo de mi gusto por los días frescos e invernales, hoy ni se mueve el viento.  Por esta zona todavía la hierba aparece verde. A setecientos metros, por la derecha se presenta  un cortijo compañero del de mi amigo.  Hace muchos años conocía yo a la familia que vivía en este cortijo y luego dejé de saber de ellos. Ahora me entristece aunque hay dulzura en el recuerdo. Se fueron de estas sierras y hoy mal viven donde no tienen raíces sin que los recuerdos dejen de tirar de ellos para acá.

 

         Creo que por este punto discurre una vereda de trashumancia y al pasar por aquí recibe el nombre de Roblellano. Al frente y por la derecha, me acompaña largamente la cuerda del Caballo del Oso que al final termina con la Morra Severo y el Lanchón, ya justo donde el Guadalquivir ha clavado su lengua y ha esculpido la preciosa Cerrada de Utrero. Al otro lado queda Peña Gallinera y el paredón rocoso por donde cae el arroyo de Linarejos y tantos conocen sólo por la cola de caballo.  Cascada de la Cerrada de Utrero o cascada del arroyo de Linarejos.

 

         A un kilómetro doscientos, grandes pinos y abajo y por la izquierda se ve el castellón por aquí conocido como los Castellones del Valle. Contra la pared de rocas que ahí sobresalen en forma de castillo al comienzo del gran valle, todavía se recoge un viejo cortijo que conozco bien.  Y por eso digo que ese rincón es de lo más bonito en todo este conjunto del arroyo del Valle, Caballo del Oso y río Guadalquivir.  Por lo menos ocho o diez cortijos se concentraban en las tierras que desde aquí caen hacia el río. Algunos todavía siguen en pie, otros desaparecieron como tantos en estas sierras.

 

         Las zarzas se presentan muy verdes por entre los pinos y ya muchas con sus ramilletes de florecillas blancas abiertas. A mediado de agosto y por septiembre es cuando las moras maduran y bien que lo sé yo por los grandes puñados que todos los años me como de estas sierras.  Los pinos y los álamos también se presentan reventando de verde. Es un buen año este para la vegetación por lo mucho que el invierno pasado ha llovido.

 

         A un kilómetro novecientos, la carretera roza parte del castellón y baja buscando el rincón por donde se refugia Vadillo. Si miro para la izquierda, se me presenta amplio, todo el conjunto del arroyo del Valle. Más en lo hondo y en profundidad, se adivina el gran río atravesando la tierra llana.

 

         A dos kilómetros trescientos, una curva cerrada para la derecha y es aquí justo donde corta el lomo que desde el Caballo del Oso cae hacia el río.  Por eso la pared rocosa escolta elegante por el lado de este cerro.  La tuvieron que tallar para que la carretera pasara.  Dos setecientos y por la derecha se desvía un ramal de carretera asfaltada. Es la que sube al Parador Nacional. Cinco kilómetros desde este punto.

 

         Una curva a la izquierda y los pinos que tanto me asombraron la primera vez que los vi y cada vez que me encuentro con ellos. Son de los que los serranos llaman negros y por esto me asombran tanto. Se muestran grueso, viejos, largos y con sus troncos y ramas tan retorcidos que siempre me digo que están como gritando al igual que mi alma. Pero me gustan estos pinos porque son muy bellos y se presentan en un bosque espeso un poco antes del poblado blanco.

 

         Una hondonada y ahora giro a la derecha. Aparece el letrero que indica la presencia del poblado y también por la derecha, se desvía un ramal de carretera  que lleva justo a su corazón.  A tres kilómetros trescientos del cruce del Valle, dos paneles de madera de los muchos que hace unos años repartieron por estas sierras donde se indica lo siguiente: “Sendero de Cerrada de Utrero. Datos básicos: longitud, un kilómetro, tiempo aproximado, veinte minutos, dificultad media y tipo de trazado, lineal”. En el otro puedo leer lo siguiente: “Sendero de la Cerrada de Utrero. Datos básicos: longitud, dos kilómetros, tiempo aproximado, treinta minutos, dificultad baja, tipo de trazado, circular”.

 

         Aunque me entretengo en leerlo despacio, no me aclaro mucho, como ya me ha pasado otras veces y me digo que debe ser por lo que yo ya conozco de estas sierras o por mis pocas luces. Unos metros más adelante, por la izquierda me saluda un establecimiento donde podría desayunar pero sigo. Algunos coches parados junto a la carretera y personas tomando algo.

 

         El puente que da paso al río Guadalquivir, se me presenta a tres kilómetros seiscientos. Sé que desde aquí y por la izquierda, sale un sendero que lleva a la cerrada que atrás hemos leído. Lo tengo recorrido de aquellos primeros tiempos que era cuando realmente resultaba emocionante por su soledad y lo poco pisado que estaban estos paisajes. Una vieja tabla que desde aquellos tiempos, todavía informa: “Sendero a la Cerrada de Utrero: cuatrocientos treinta metros, al empalme, mil setecientos treinta”.

 

         Nada más cruzar, la carretera, una desviación por la derecha que es la que lleva al Puente de las Herrerías y al nacimiento de este río. Sigo la que va al frente y ya empiezo a remontar.  Me saludan grandes pinos negros, mucha hierba fresca tapizando la tierra y el aromático espliego. Por esta zona se concentra y se da con la mejor calidad de casi toda la sierra. Me asombró también aquella primera vez, al final de agosto que es cuando está florecido, por tanto, como aquí hay y su perfume intenso.

 

         Remonta la carretera todavía por aquí asfaltada y por la derecha voy viendo Vadillo recogido en la ribera del río y entre la espesura de pinos y álamos. Cuatro kilómetros doscientos y una cerrada curva para la izquierda.  Ahora caigo en la cuenta que por la derecha, en unos metros más, me voy a tropezar con la llanura  que se recoge entre la Cerrada de Utrero y el camino que  recorro. En aquellos primeros tiempos por aquí me tropecé muchas veces con cabras monteses pastando al amanecer y aquello me impactó. Guardo la imagen como una vivencia pura en lo más hondo de mi espíritu.

 

         Me asombra ahora que, a pesar del calor que está haciendo estos días, todo se muestre intensamente verde.  Ya rozo la llanura por el lado de arriba y hoy no encuentro cabras pastando sino soledad, una higuera repelada por las ramas bajas y clavada en el mismo centro de la llanura y eso sí: mucha hierba alguna ya casi pasto y las mil cien plantas de espliego ya con sus tallos largos y a punto de florecer.

 

         A cinco kilómetros doscientos metros, desviación por la izquierda, al arroyo de Linarejos, rincón que también conozco bien y guardo entre mis recuerdos más amados. Miro para atrás y descubro que me encuentro casi a la misma altura de la cumbre del Lanchón. Aunque sé que estoy algo más elevado porque mi punto roza los mil cien metros y el cerro que me asombra, se queda entre los mil metros poco más o menos. 

 

         Se presenta con toda su grandiosidad sobresaliendo la dura pared rocosa que desde la cumbre cae al surco del río y el tremendo lapiaz que abre sus grietas por toda la superficie del cerro. Pero la abundante vegetación y hoy verde esmeralda, lo suaviza vistiéndolo de una belleza sin igual. ¡Cuántas pinceladas rotundas y maestras, de belleza hiriente, contienen estas sierras!    

         Una curva cerrada para la derecha y ya aparecen los pinos laricios. En menos de un kilómetro de los mil cien a casi los mil doscientos metros y por eso remonta la carretera bruscamente.  Ahora recuerdo que en aquellos tiempos, a toda esta ladera que comienzo a recorrer, se le llamaba Cuesta del Bazar.  Y también se le conocía como  antiguo camino a Castril de la Peña.  Castril es el pequeño pero bellísimo pueblo que en la vertiente sur de este grandioso macizo montañoso, se recoge justo al lado del transparente río también con el mismo nombre. Es ya provincia de Granada.

 

         Es indudable que esta carretera que ahora recorro, no va por el mismo trazado que aquel desaparecido camino. Y esto lo digo porque la vereda de trashumancia que por aquí sube buscando el barranco del Guadalentín, tampoco sigue los mismos pasos que la carretera. Pero existieron aquellos caminos y existe esta vereda.

 

         Seis kilómetros quinientos metros y al dar la curva para la izquierda, por entre la copa de los pinos, veo la construcción de la casa forestal que rozaré dentro de unos minutos. Se llama de los Collados y se encuentra sobre el lomo de un cerro que roza los mil trescientos metros. Otra curva para la derecha y ahora, por encima de la construcción ya mencionada, veo la gran plataforma rocosa llamada Poyos de la Mesa.

 

          Desde la moderna casa de grandes  cristaleras  transparentes y balcones frente a la amada tierra, al caer la tarde  miro y mientras el alma se me llena de tristeza, en silencio y la melancolía, me digo:

 

         “Dios mío, por detrás de aquel cerro largo y de monte espeso, corre mi río y por la grandiosa ladera que desde el collado cae, va la vereda que amo  y dentro llevo y, donde se juntan los arroyos claros que bajan de las cumbres de los cierzos, se remansan los charcos de las aguas inmaculadas y un poco más adelante, es donde tengo el gran misterio que desde aquellos tiempos, me tiene el corazón partío”.

 

         Y desde la moderna casa de escaleras de mármol y el ascensor nuevo, angustiado y ya más que muerto en mi cuerpo, sigo y mientras mudo la desolación respiro, desde la fría cárcel, amargo me digo:

 

         “ Dios mío ¿por qué este destierro de Ti y del rincón que me regalaste en aquellos días  bonitos, si sólo amo y de tanto amar, ya muerto estoy aunque siga vivo?  

                                                                         

         A siete kilómetros, por la derecha se aparta una pista de tierra. Siguiéndola se vuelve al Guadalquivir, carretera asfaltada al nacimiento, cerca de la Fuente del Perdi.  Y ahora caigo en la cuenta que esta umbría que voy recorriendo se llama Loma de la Sarga y supera los mil trescientos metros de altura. Por la izquierda, trescientos metros más adelante, una fuente sin agua con dos caños. Es de las que en aquellos tiempos construyeron por toda esta sierra. 

 

         Se ven por aquí todavía las ruinas de  un cortijo de aquellos tiempos y la tierra sin apenas bosque, proclama que fue arada y sembrada de trigo y otras cosechas. Recuerdo yo ahora que en lo alto de la ridícula higuera que todavía por el lugar sigue viviendo, al pasar, en más de una ocasión he visto a un viejo macho montes  repelando tallos y hojas. 

 

         Y recuerdo que al verlo, casi siempre el corazón me ha dado un vuelco porque no he podido evitar, traer a mi presencia los que ya no están y quizá ni existan y fueron, del rincón, legítimos dueños. La soledad y la aridez de la tierra comida de pasto y seca y las ruinas podridas, clavan ahora en mi espíritu y, hasta con más fuerza, el amargor del vacío viejo.

 

         Sigue remontando la carretera al tiempo que se mete en una ancha hondonada. Es este el arroyo que divide la altura de los Collados y la de la Loma de la Sarga. Gira enseguida para la izquierda y remonta con energía para encajarse en los Collados. Los mil trescientos metros va rozando ya por aquí. Sigue trazando curvas por entre un espeso bosque de pinos laricios y el suelo tapizado de hierba.

 

         A ocho kilómetros doscientos metros, por la izquierda se aparta el ramal que lleva a la casa forestal que he dicho.  Queda elevada, cercada con mallas metálicas, blanca y hasta grandiosa, en su rellano en la altura y entre el bosque de pinos.  No sé más de esta construcción que lo que ahora mismo ven mis ojos.  Desde este punto mismo el camino comienza a ser pista forestal de tierra.

 

         Ocho kilómetros seiscientos y por la derecha se aparta otra pista forestal. Esta sí es la que lleva al pino, según dicen, Abuelo.  Grandes y hermosísimos recuerdos tengo de este pino así como de las tierras rojas que le rodean y de los espléndidos níscalos que, por entra las hojas secas del bosque, he cogido.  Dulces recuerdos son estos y más porque se entrelazan con brasas de carrascas, gotas de aceite de oliva, pan tostado y sobre las rebanadas, los níscalos humeando.

 

         Pero también se me agrían estos hermosos momentos cuando se topan con tardes repletas de niebla y por la pista, algo que no quiero nombrar.  Sin embargo el gigantesco pino, qué hermoso era sobresaliendo de entre todos los otros y con su majestad clavado en la misma tierra de lo más alto del cerrillo. Lo abracé y hasta lo besé en muchas ocasiones en compañía de aquellos amigos buenos y ahora ya, como tanto en estas sierras, también se ha ido.

 

         Y lo digo porque el pino Abuelo, no pudo resistir la sequía de los últimos años y se murió para siempre.  Al pasar por aquí ahora, miro y todavía lo puedo ver sobresaliendo pero  sus ramas están sin hojas, color plomo los troncos más gruesos y hasta retorcidas como lanzando el último grito, que se le ahoga en la podredumbre que por el tronco ya le corre.

 

         No muy lejos de donde aún sigue recta la figura noble de este pino, sé que se deshacen las ruinas de otro cortijo. Del Bazar creo que se llama y también al recordarlas ahora, se me atraganta la saliva. Se fueron sus habitantes y ya ni siquiera el viento o las agrestes paredes de los Poyos de la Mesa que lo miran, se acuerdan de ellos ni de los pasos que por aquí dejaron eternizados. ¡Cuántos monumentos, Dios mío y tan profundo el silencio arropándolos!

 

         Por este lado, se abre el profundo barranco que recoge el agua de las lluvias y nieves, hacia el arroyo de la Mesa. Los pinos, la gran masa de pinos laricios, carrascas, arces y otra vegetación, suavizan la aridez de los cascajales que desde el cerro de la Mesa chorrean y la tremenda ausencia.  La pista se va metiendo para el barranco por la franja de los mil trescientos metros, para buscar el mejor paso y remontar la cumbre que pretende.    

 

         Si desde aquí, seguimos el camino que por la derecha se ha apartado y pasa por el pino del Abuelo, iríamos a caer justo al Puente de las Herrerías. Es, por lo tanto, este pequeño recorrido, una preciosa ruta bordeando la quebrada ladera de la Mesa, siempre por la curva de los mil cien metros y venir a juntarse con la que ahora recorro en sentido inverso.

 

         Un nuevo hito con el kilómetro dieciocho, que no sé desde dónde viene marcando y justo unos metros antes de tomar la cerrada curva para la izquierda, por la derecha se me abre una impresionante vista frente a la Mesa, el cascajal que desde ella se derrama y el amplísimo barranco que lo recibe. La pista está muy mal. Aunque su firme, en otros tiempos, estaba empedrado, estas piedras son las que ahora complican el paso. Se han levantado del rodar de tantos grandes coches y se han formado muchos barrancos y ahora es una tortura venir por aquí.

 

          Estoy solo sentado en la ladera, frente a la tierra y lloro. Tengo mi alma triste y es porque me quema la soledad de su ausencia y a pesar de que busco y medito,  me siento dejado de todos y desterrado. El paisaje me quema y por eso busco y me consuelo en ella. Pero de la otra totalidad, estoy ignorado y, siento, que hasta proscrito porque no estoy con ellos.

 

         Y mientras medito y lloro, me crece el deseo de irme ya y así perder de vista lo que no puedo soportar y me quema con la acidez de lo incompatible. Tengo agrio por dentro el corazón y el aire me besa dándome el consuelo que el mundo me niega. Y como frente a mí tengo la tierra, la miro melancólico y a mi derecha, veo lo que es juego en el mundo donde muero.

 

         El cachorro del perro y el lechón negro, que retozan por el agua del arroyo y beben de la esencia que le regala la tierra. Y como muero y lloro porque me noto solo, me digo que ellos son mi única clave, referencia y sostén, frente a la sequedad de la tierra que me quema. Pero en el corazón siento el desprecio y la condena de los que son de mi especie y por esto, triste, lloro. 

 

         Nueve ochocientos y a la derecha un gran pino laricio acompañado de dos más casi del mismo porte.  Cerrado giro para la izquierda y se da un poco antes de tocar la curva de los mil cuatrocientos metros. Diez cien y sigue remontando porque ahora tiene que superar casi los mil quinientos metros. Un espigón por la izquierda y es justo desde donde se observa una amplísima panorámica del valle del río y las dos laderas que lo acarician. Los Miradores es el nombre que al punto le han dado aunque seguro que tiene alguno más, puesto por aquellos viejos serranos.

 

         Un precioso bosque de pinos laricios luciendo la blancura en sus troncos y por el suelo, el tapiz de hierba verde. Corona el collado y gira para la derecha. Es esto ahora vertiente del arroyo de Valdeinfierno que desemboca en el de Linarejos un poco antes de que este se derrame al Guadalquivir.  Frente se ve la cuerda de Piedra Gallinera y la que desde ahí remonta para Guadahornillos.

 

         Por una ladera que es casi umbría, sigue remontando hasta atravesar la curva de los mil cuatrocientos metros. Kilómetro veinte de hito y once cien de mi coche y una curva para la izquierda, una corta trinchera y vuelca ahora para el comienzo del arroyo de Collado Verde. Se allana un poco, un pino laricio enano pero de unos tres metros y muy bonito por la derecha y tierra propia de alta montañas. Grandes bosques de pinos laricios alfombrados de hierba que siempre que paso por aquí, me la encuentro verde.

 

         Quizá por esto, muchas veces he visto animales silvestres pastando al caer las tardes del verano, las del otoño e incluso las del invierno, que ya más bien están cubiertas de nieve. Casi en los  mil quinientos se extienden estas llanuras. Kilómetro once novecientos.  Acabo de atravesar la primera nava, bajo un poco y aparecen las tierras de la segunda nava, la del Espino.

 

         Por la izquierda me sale una pista, con su cadena y al verla recuerdo que este camino por aquí lleva hasta el Cerro del Piornar. Justo este punto lleva por nombre Collado Verde y ahora caigo en la cuenta que le cuadra bien. Pero, además, existe otro nombre que lo abarca todo y es el de Navahondona, que corresponde al monte ordenado según el catálogo de montes.  

 

         Baja cómodamente en una recta larga, kilómetro doce doscientos, se ve al frente el puntal de Cabeza del Tejo, grandioso y en su silencio eterno y a un lado y otro, espeso bosque de pinos repoblados. Algunos álamos y las siempre presentes acacias en casi todas las pistas que por aquellos tiempos trazaron y en el kilómetro doce quinientos, por la derecha se aparta otro ramal de pista.

 

         También lo recuerdo y porque lo conozco de aquellas primeras veces que la recorrimos hasta lo más alto de los Poyos de la Mesa y hasta los limpios charcos del arroyo de los Tornillos por donde mana la fuente del Borbotón. Es una ruta muy hermosa que muchos hacen hasta las llanuras de la Mesa, la caseta de vigilantes de incendios o el arroyo de los Tornillos. La recomiendo porque la experiencia que guardo, es de las más dulces y redondas. 

 

         Y ahora recuerdo que por entre la sombra densa de estos pinares, mil cien veces, pastando  he sorprendido a ciervos, gamos, cabras monteses, jabalíes y zorros. Es este un rincón que lo toman ellos bien y más cuando en verano escasean los pastos por las cumbres. Junto a la pista que por la derecha lleva al arroyo de los Tornillos, todavía se alza blanca y poco rota, aquella vieja casa que comparte nombre con la nava. Miro sin más interés que volverla a ver de nuevo y veo a un caballo refugiado en uno de sus rincones.

 

         Sigue la pista bajando escoltada, a  la derecha, por seis grandes álamos y más retirado, pinos, mucha hierba y la soledad de la mañana con el sol que ya quema fuerte. Doce ochocientos y atravieso un pequeños puente que da paso al arroyuelo que viene desde el cerro Galán.  En unos metros, por la izquierda sale una pista  de tierra que está cortada con cadena.

 

         También la conozco porque la tengo muy andada y por eso sé que lleva al Puente de Guadahornillos, Nava de las Correhuelas y al pico Calarilla.  Es un paseo muy bonito y lleno de gran paz el recorrido que esta pista ofrece así como los paisajes del barranco y la parte alta de la montaña. Al amanecer y atardecer, pastan los animales en las ricas praderas de las hondonadas y cumbres. Los muflones, se esconden más por los voladeros del Guadahornillos, Calarilla, Barranco de las Iglesias y el asombroso Roblehondo.

 

         El camino que voy recorriendo, ya se pega al incipiente arroyo de la Garganta  que no tiene nada que ver con el que luego, al final de esta ruta, recorreré bajando desde el Puerto de la Cumbre del Yelmo, hacia el pueblo de Hornos, que también se llama de la Garganta.  No tiene agua por este primer tramo porque se la recogieron para llevársela a los tres caños de la fuente que algo más abajo construyeron.

 

         Se pega la pista aquí por el lado derecho que es justo por donde se alza una robusta pared rocosa que tuvieron que cortar para que  siguiera. Recuerdo yo ahora que en aquellos tiempos que, aunque lejos, me siguen perteneciendo, por las noches y al cruzar los serranos por este cañón o cerrada, se les presentaban  los lobos y ellos pasaban miedo. Tenían sus razones. En aquellos tiempos, para ir  desde cualquiera de los cortijillos que algo más abajo se alzaba hasta el pueblo de Cazorla y regresar, necesitaban el día entero y casi siempre tenían que añadir un buen trozo al comienzo y al final. Por eso era de noche cuando por aquí pasaban.

 

         Trece cuatrocientos y por la derecha la gran pared de roca alzándose casi en vertical desde el borde de la pista y por la izquierda, la fuente con sus mesas de piedra, sus asientos también de piedra, los viejos y largos álamos que se mecen como ajenos a mi presencia y los tres cristalinos chorros de agua brotando de la fresca fuente.

 

         Siempre que paso por el lugar me paro a beber y en el fondo es un poco impulsado por la añoranza que siento. ¡Me resultó tan bonita y mágica la primera vez que vi esta fuente!  Era por la tarde y también como hoy hacía mucho calor y estaba solitaria.  Y aunque fue como tantos otros momentos vividos por mí en estas sierras, sencillo y sin preparar, se me clavó en lo más hondo. Pero es que, además, esta fuente y el rincón donde se recoge, rezuma un no sé qué, que al saborearlo uno se relame de gusto. Por eso esta mañana también me paro.

 

         La fuente tiene tres caños de piedra que ahora mismo salen repletos de agua  y las zarzas que le dan compañía por el lado del arroyo, ya están empezando a florecer. En las mesas no ha nadie esta mañana y la sombra limpia que proyectan los álamos, sabe como a primavera al tiempo que contagian tristeza.  Recuerdo aquel día, la noche del ciervo, la mañana de la niebla y la tarde mágica que con tanta dulzura me florece en el alma.

 

         Según ahora va llegando el día, siento dentro la tristeza porque de la tierra vieja, vengo desde mi sueño y, en la libertad  preciosa  que  me regala la  sombra  de la noche y el Dios que es mi Padre Bueno, llego herido y humillado.

 

         Vengo del arroyo largo que por entre los gamonitos, la tierra llana, las encinas viejas y aquel sincero silencio, corre como si no corriera pero corre y lleva aguas tan limpias que parecen viento y al pasar, talla sus charcos, abre sus cascadas y canta sus melodías sólo para la soledad de los barrancos y, un poco más, para las ruinas de aquella hermosa casa mía, que un día también desmoronaron, decían, para ennoblecer a la tierra y darle, el equilibrio adecuado.

 

         Y por esa buena llanura que, además, es gran palacio de serranos añejos  y cansados, he visto que los de los nuevos tiempos, de espaldas a lo que fuimos nosotros y sin respeto a nuestro pasado, han llegado y han montando un mundo completo de casas, sendas con asfalto, rellanos  para  que aparquen los coches y antenas y cables y negros tubos de plástico y al preguntarles, me han dicho:

- Los que por aquí ahora vienen, son personas de mucho dinero y estos son los que a nosotros hoy nos están salvando.

Y por decir algo he dicho:

- Pero en estas tierras calladas y llenas de hierbas frescas, al borde del arroyo  cristalino, nosotros estuvimos en aquellos tiempos y sembrábamos tomates,  patatas y pimientos y guardábamos ovejas y por las noches, junto al fuego  del cortijo nuestro, acurrucados, dormíamos.

 

         Y ellos me han respondido:

- ¿Bueno y qué?

Y  he dicho sin querer decirlo:

- Pues que por pertenecer al pasado y aquella gente tan buena, es sagrado y ya que nosotros fuimos por aquí tan machacados y sufrimos tanto labrando la tierra para sacar de ella el pan con nuestro sudor y trabajo, ahora debería ser sólo para que  el silencio duerma y para que sigan corriendo  limpias las aguas de los arroyos  y, si lo quiere, Dios por ellas caminando.

 

         Y me han respondido que yo estoy chalado y que ni siquiera sé lo que me digo o pienso y, además, me han dicho que las huellas del aquel pasado, sin nosotros, son el filón más grande, el tesoro más valorado y el anzuelo más apetitoso para atraer a los turistas y sacarles dinero y de paso, ofrecerles la cultura nuestra, para así irlos cultivando.

 

         Una chicharra revolotea por el aire y se me acerca como si quisiera encontrar en mi un punto donde pararse. No hay nadie hoy por esta parte de la sierra. Por lo menos, en el trayecto que llevo recorrido no me he tropezado con ningún coche. Me gusta la soledad cuando ando por estas sierras pero hay soledades que duelen y la de hoy es una de ellas.

 

         Un par de álamos gruesos justo por donde la pista atraviesa el arroyo. El puente es de piedra y da paso a la ladera del Cabeza del Tejo. Rozando los mil cuatrocientos metros, discurre.  Remonta ahora levemente y los pinos laricios empiezan a ser los protagonistas. Caen grandiosos desde las partes altas del cerro y algunos son tan grandes que pasman por su corpulencia y su belleza.

 

         Kilómetro catorce justo y remonta por un puntal rocoso que sale por la izquierda. Lo corta tajando una firme pared y de inmediato comienza a bajar.  Ya va buscando las llanuras de las Navas de San Pedro.  Por la derecha y para que la pista no se cayera por la pronunciada ladera, le tuvieron que construir un muro de piedra.

 

         Al fondo y en primer plano veo la llanura de la Nava de San Pedro, más cerca, me queda el puntal rocoso que cae desde Cabeza del Tejo, al fondo descubro los Poyos de Maguillo y más lejos, el Caballo de Fuente Acero y la Sierra de la Cabrilla.  Pero como conozco bien todos estos rincones, sé que entre un pico y otro, se tajan profundo barrancos y hondonadas repletas de vegetación con mil fuente claras y otros tantas ruinas de cortijos y chozas de pastores.

 

         Una curva para la derecha y aparece un robusto espigón que viene cayendo por el lado izquierdo. Presenta columnas de rocas calizas con tonos rojizos tan originales y gruesas que hasta asombran. Por aquí se esconden varias cuevas y algunas simas y también preciosas dolinas. Es este un barranco muy bonito lleno de pinos laricios mezclados con encinas y lentiscos.

 

         Me cruzo con el primer coche en sentido contrario al que llevo y es de los guías. Catorce novecientos, sigo bajando y al frente me queda una de las columnas que decía atrás. Quizá sea esta la más grande de todas al tiempo que también la más bonita.  A simple vista le calculo cincuenta metros aunque no sé y advierto que casi siempre me suelo equivocar.

 

         Se me presenta como vestido, por el lado que da a la cumbre, por varios pinos laricios que se agarran en las hendiduras de las rocas. Las placas rocosas van subiendo en forma de repisas hasta coronar las partes más altas.  Por la derecha un pino laricio muy grande y ya, también por este lado, la casa Forestal de la Nava de San Pedro.  Sé que en este centro están criando un ave que hace años desapareció de estas sierras y ahora quieren que vuelve.  También sé que estas casas arrancan de cuando por aquellos tiempos querían construir por aquí un poblado que luego se concretó en Vadillo.

 

         Al quebrantahuesos, desaparecido ahora en las sierras de este parque natural, desde las cumbres de Puerto Pinillo y el barranco de Gualay, yo lo he visto muchas veces surcando los cielos de estos parajes.  Era majestuoso y cuando cada año iban quedando menos, no recuerdo yo que se hiciera algo para ayudar a que no se extinguiera. Ahora quieren que vuelva a volar por las cumbres de estas montañas y muchos millones se han gastado ya en el proyecto.

 

         Por la izquierda me queda un antiguo cortijo donde hasta hace poco, vivía un  pastor amigo mío y ya no. Se ha tenido que mudar a otro cortijo más abajo y retirado de la pista.  El último día que estuve con él, casi llorando, me decía que no quería abandonar la casa donde había vivido toda su vida pero tuvo que irse. Ha sido una lucha del grande contra el pequeño y con juicios por medio.

 

         De este rincón guardo en mis secretos, recuerdos muy bellos y entre ellos se encuentran este amigo mío y sus sartenes de migas calenticas entre las brasas de carrasca, apetitosos níscalos humeando en la lumbre con su chorrillo de aceite y sal y muchas patatas, de las criadas en las buenas tierras de la nava, asadas en el rescoldo de la lumbre  ¡Cómo son las cosas en esta vida!

 

         En la misma puerta me encuentro con un par de montañeros que esperan algo. Los saludo y continuo. Unos meses más tarde me enteraría, en Úbeda, que estos jóvenes trazaron una ruta desde el Embalse de la Bolera y fueron a salir al Nacimiento del río Segura, pasando por Coto Ríos, el río Borosa, las Lagunas de Valdeazores y los Campos de Hernán Pelea, por Pinar Negro y los Campos del Espino. Al verme ellos, me conocieron y por eso me saludaron.

 

         La pista desciende buscando el arroyo de la Rambla y por aquí, todo su firme está descarnado. Quince setecientos y va la pista cayendo, escoltada por acacias álamos por el lado derecho y se prepara, como yo, para cruzar el arroyo de la Rambla.  Ahora caigo en la cuenta que el otoño, por este rincón de la gran nava, es  algo grandioso por sus tonos únicos.  Lo tengo registrado en mis experiencias más limpias.

 

         Gira un poco a la derecha quedando a la izquierda una pista cortada con cadena y también conozco los paisajes que recorre. Sube por el arroyo que ahora voy a cruzar y se divide en dos. La de la derecha remonta por el arroyo de Valdetrillo hasta casi las llanuras de Calarilla y la de la izquierda, se va por el cauce del arroyo de Valdecuevas para morir un poco antes de alcanzar el Puente de Guadahornillos.  Muy bonitos son los rincones que se esconden por estos dos arroyos y, además, cargados de entrañables recuerdos para mí. Rutas de verdad, grandiosas y con el encanto de la soledad más densa.

 

         Entre ellos, aquella mañana de invierno que coronamos hasta las bellísimas llanuras del Calarilla. Todavía no se había derretido la nieve en las partes altas de las montañas y por eso, por las noches, el frío era intenso. Antes de coronar nosotros a las llanuras del Calarilla, nos sorprendió el bosque casi transformado en puro hielo.  En las ramas de los árboles se había cuajado el rocío de la noche y, el verde de las hojas con el gris de los tallos, se convertía en puro cristal transparente.  Al darle el primer sol de la mañana, qué espectáculo más extrañamente bello presentaba el bosque.

 

         Atraviesa el puente y lo que enseguida se me presenta es tierra muy llana a un lado y otro y un espeso bosque de fresnos junto a las aguas claras de este arroyo. La pista sigue recta y los álamos escoltando por los dos lados. Proyectan su sombra fresca que apetece, por el calor que el día derrama. Junto al cauce de este arroyo, por el lado izquierdo y pegado al lomo rocoso de los Poyos de Maguillo,  ya están casi por completo desmoronados, el puñado de cortijos serranos que ellos construyeron.  Los conozco a todos y ahora me digo que para qué sirve ni siquiera escribir su nombre.

 

         Anoche  soñé que por  fin volvía al terreno y al llegar    al cortijo, casa y nido de los míos en aquellos tiempos, lo primero que vi fueron las ruinas de sus paredes, sus tejas rotas y esparcidas por el suelo, sus vigas podridas y, donde estuvo la estancia que  fue mi cuna en las crudas noches de aquellos inviernos, creciendo las zarzas y los lentiscos y las cornicabras y entre las gigantes nogueras, creciendo los pinos y, la fuente que daba aguas tan limpias, sólo charcos de puro cieno.

 

         Pero en mi corazón, yo anoche estaba contento porque lo que tanto de siempre he querido, en el fondo lo estaba viviendo y era volver otra vez a pisar la tierra que tan mía y sangre, llevo dentro y por esto, recorrí la senda, pisé la tierra del collado y junto al otro limpio venero de la vieja encina, me senté y mudo miré al cerro y en mi alma me dije: “¡Dios mío, qué bien, que por fin he vuelto!”.

 

         Y al instante desperté  y como tantas veces, descubrí que era sueño lo que ante mis ojos y mi alma, tenía y entonces me dije: “Dios mío, todavía sigo preso y lo que creí era por fin la libertad, una vez más descubro que es puro sueño”. 

   

Anoche soñé

que era otra vez libre y dueño

del rincón donde nací

y jugué mis dulces juegos,

pero cuando desperté,

aun seguía, en mi cárcel preso.
 

                                          

      Se viene la pista en la dirección que corre el arroyo buscando el punto más flaco de los Poyos de Maguillo para atravesarlos por lo que llaman Trinchera. En las llanuras que a los lados me van quedando, se apiñan los pinos sin derecho porque estas tierras buenas y amadas, pertenecían a los trigales de aquellos tiempos, a los huertos y a las praderas donde pastaban sus rebaños de ovejas.

 

         Miro como distraído y sin querer, por el lado izquierdo que es por donde me van quedando las paredes rocosas de la alargada loma, descubro la cavidad de algunas cuevas. Están cercadas por casi desmoronadas paredes de piedra y esto me indica, para que no me olvide, que estos rincones les sirvieron a ellos para encerrar a sus animales. Los serranos sabían dar utilidad a casi todo rompiendo casi nada.

 

         Las zarzas se apiñan contra las fisuras de estas robustas rocas y me las voy encontrando, algunas florecidas y otras con las moras redonditas.  Los frutos de los majuelos también están bastante desarrollados.  En el kilómetro dieciséis seiscientos y atraviesa el estrecho de los Poyos de Maguillo. Una trinchera que tuvieron que abrir en la pura roca para que la pista pasara.  Lo hicieron bien y por eso yo ahora voy por aquí, porque de lo contrario... pero a pesar de ello, duele.

 

         Nada más rebasar este corte, por la derecha sale una senda, muy rota ya y poco visible, que conozco en toda su longitud y por eso sé que baja hasta el Vado de las Carretas donde se hace pista y luego recorre todo el barranco hasta el mismo Embalse de la Bolera.  Impresionante es tanto el surco por donde se desangra el río Guadalentín como este primer barranco antes de llegar a la casa del pastor conocido, por el cortijo del Vado de las Carretas. Es esta otra ruta más entre las muchas por estas profundas sierras. Hay que recorrerla andando pero gratifica generosamente.

 

         Otro amigo mío con el que he compartido días enteros recorriendo caminos y rescatando recuerdos de aquellos tiempos.  Muchos nombres me ha dicho él, de cortijos, barrancos, cañadas, veredas, cuevas y fuentes. Y también me ha contado historias de los “maquis” por estas sierras, el miedo que infundían a las personas de   los cortijos, los bailes por las noches entre los vecinos de   los cortijos serranos, las bodas y mil realidades bellas y llenas de sudor, en aquellos tiempos que nunca debieron acabar como acabaron.  Es lo que dicen ellos, aunque lo sufrieran tanto.

 

         Desde este punto, recién pasado la Trinchera, al frente, se me presenta la loma del Caballo de Poyo Maguillo y en el centro, se abre el collado con su Fraile y su Monja.  Son como dos columnas rocosas clavadas en la tierra de la montaña que se alzan orgullosas, siempre mudas y eternas, una más grande que la otra y por eso ellos las llamas como ya he dicho.

 

         Por la izquierda ahora me va quedando una baja solana bien tupida de rocas calizas abiertas en mil grietas y covachas y arropada por el verde bosque de encinas no muy grandes. Por la derecha, después de rebasar una leva torrentera, aparece la llanura donde ellos, los de este cortijo de Maguillo que también por aquí se me presenta destruido por completo, sembraban sus cosechas de cereales, hortalizas, nogales y otros árboles frutales.  Todo cayó sin clemencia y hasta bárbaramente.

 

          Llovió sin parar toda la noche  y como a lo largo de los tres últimos días, tampoco había parado la lluvia, cuando amaneció aquella mañana, la tierra tenía tanta agua, que sudaba a chorros por cualquier rincón.

 

         Y por esto, cuando el padre se levantó, buscó leña, prendió fuego a las piñas y ramas secas, cogió la silla pequeña y frente a la lumbre, se sentó.  Puso las trébedes encima de las ascuas y la sartén en lo alto y paciente, comenzó a dorar las migas buenas.

 

         Y como afuera, por el barranco inmenso de las encinas viejas y las laderas de los romeros, la lluvia seguía cayendo, a la mañana que llegaba, se le veía cuajada de niebla densa y oscura un poco en su centro. Y    al cortijo humilde, aunque bello y recogido en sí, parado en el corazón de la profunda sierra y dentro, ellos acurrucados alrededor del fuego y en la eterna espera. 

 

         Se está nublando y el sol aprieta ahora ya con fuerza.  Han anunciado altas presiones y, además, el aire viene del levante. En el kilómetro dieciséis novecientos, un espeso bosque de encinas, algunas hasta con cinco pies y sé que entre ellas y las rocas del paisaje donde clavan sus raíces, hay varias cuevas buenas y bonitas.  Las conozco y las tengo recorridas pero no diré más.

 

         La mejorana aprovecha la poca tierra que las rocas retienen entre sus grietas y crece espesa. Muy áspero se presenta este terreno y más lo saborea mi espíritu  por la soledad o ausencia de aquellos a quienes, con todos los derechos y  honores del mundo, les pertenecía.  Hito veintiséis y justo a la derecha, una gran encina con dos pies. En esta curva y antes de un giro más cerrado para la izquierda, el gran barranco del río Guadalentín con su amplísima ladera del pico Cabañas, mirando al sur y al fondo, el Picón de Hernández.

 

         Remonta el comienzo de esta bonita cañada repleta de hierba, fresnos y álamos. Diecisiete setecientos y por la izquierda, el rodal de tierra donde estuvo construido el cortijo de Poyo Maguillo. Muchas piedras desparramadas por la tierra indican que las paredes fueron demolidas y cuatro gruesas nogueras, verde vivo, dan testimonio de aquella presencia humana en el lugar. No retirado de estas ruinas y por la izquierda se abre Cueva Secreta, una sima un tanto extraña pero profunda y bella. Mucha hierba hoy casi pasto y zarzas, también indican que la tierra está abandonada o más bien, dejada en las manos de Dios.  Por la derecha me queda la tierra negra que ellos sembraron  en forma de huertas y también en trigales o maizales.  Más remontado y sobre el collado que parte a la cumbre que se me presenta por la derecha, el fraile y la monja, como llaman los serranos a las rocas que en figura de obelisco se elevan en el centro de los paisajes.

 

         Esta tierra negra que ellos sembraron, como es fértil, se muestra poblada de una espesa sementera de hierba seca. Los pinos, no muy grandes, dan testimonio  del cambio de los tiempos y dueños de la tierra. Por entre este denso bosquete una tarde me encontré con el manantial que surtía al rincón y con la alberca donde ellos retenían el agua para regar la huerta en los momentos necesarios.  Me sentí muy triste y aunque hice algunas preguntas al aire de la tarde, no obtuve respuesta y es lo mismo que me pasa esta mañana.

 

         La pista que voy recorriendo a cada recodo se me presenta peor. Por completo descarnada y como las piedras están sueltas, saltan y rebotan con las chapas del coche.  Los que más la rompen ahora son los coches todo terreno. Kilómetro dieciocho doscientos y ya casi he terminado de remontar este largo collado de tierra fértil.  Siguen por aquí todavía los álamos escoltando, ahora por la izquierda y también por este lado me queda una hondonada menor de tierra buena  sin ninguna vegetación. Sólo espesa hierba en la fase de pasto y por el otro lado, la rodea una pared natural y enana de rocas calizas.

 

         Unos álamos más a la izquierda, gira un poco siempre para este lado, enseguida un puñado de encinas no muy grandes, kilómetro veintinueve, gira brevemente para la derecha y ya termina de remontar y se mete para lo que es el Estrecho de Perales. Discurre justo por la curva de nivel de los mil cuatrocientos metros y mejora mucho el firme.

 

         Ahora que de nuevo otra vez me encuentro respirando por el rincón, caigo en la cuenta que este es uno de los paisajes que más me gustan en toda la sierra. Podría ser una pequeña altiplanicie, muy singular desde luego, por las rocas blancas que presenta, siempre calizas y vestida con muchas zarzas, majoletos y encinas. Por entre esta llanura fuera de su sitio, más de una vez me he tropezado con dolinas casi de juguete. 

 

         La raspa rocosa que la parte por el centro en la dirección de este camino y del arroyo de la Rambla, se corona de grandiosos pinos laricios, con troncos rectos y blancos. Es este un paisaje que me gusta mucho y por eso siempre que lo veo me entran ganas de quedarme sin ni siquiera tener claro hasta cuando ni cómo. Sólo me apetece quedarme y eso me indica que, como nos suceden con aquellas cosas que nos gustan, no me quiera ir porque me llena.

 

              Muchas cagarrutas de ovejas, un buen pino laricio por la izquierda y ahora ya baja un poco.  Busca un paso, lo más pegado posible al arroyo, para franquear  la loma del Caballo de Poyo Manquillo, por la derecha y la Lancha de las Huesas, por la izquierda. Este paso, ya lo he dicho, se llama Estrecho de Perales. Queda a la izquierda el profundo surco del arroyo de Valdetrillo que se abre camino con gran dificultad, justo donde se rompen los tres grandes puntales: Loma del Caballo de Poyo Manquillo, Lancha de las Huesas y Poyo de los Cepos. 

 

         Un complicadísimo laberinto de rocas en forma de losa, redondas o alargadas, se concentra por aquí y en una pared fría, por el lado de la Lancha de las Huesas, un agujero o grieta y de ella manando, un buen borbotón de agua limpísima.  No está cerca del camino que recorro sino casi hundida en el surco del arroyo pero yo lo conozco porque en más de una ocasión he bebido agua ahí y hasta me he preparado mi desayuno con leche en polvo. ¡Aquellos tiempos!

 

         Mucho majoletos, muchas zarzas y el sol de la mañana que prende fuego al paisaje. Diecinueve cien y es aquí donde aparece el laberinto rocoso antes mencionado. No se ve el cauce del arroyo, gira levemente para la derecha y ya puedo decir que este punto es exactamente el Estrecho de Perales. Dos pinos laricios de porte señorial me saludan por la izquierda y enseguida el surco de un arroyuelo que baja desde la nava chica que me voy a encontrar dentro de unos segundos.  No trae agua porque es un cauce corto que nace justo en el collado de la Peguera.

 

         Dos pinos laricios un poco más adelante y la pista que ahora se torna llana porque pisa la llanura por el borde de la peana de la gran cuerda que me escolta por la derecha. Remonta enseguida dejando a la derecha al tiempo que la rodea, la tierra de la dulce Nava Ciazo, que es como se llama. Busca altura para salir al collado de Fuente Acero, vertiente directa al Barranco del Guadalentín. La tierra llana de esta llanura se muestra toda vestida color oro viejo porque la hierba se ha secado pero por los bordes, muy verde todavía. Se encuentra salpicada de álamos y algunos pinos. Es una llanura muy hermosa dentro de su pequeñez y escoltada por las cumbres.

 

          Iba ya cayendo el día  y grandioso y mudo, avanza el gran camino viejo que cruza la tierra amada primero, de la llanura menor y luego, de la hondonada, el arroyo, la espesura cuajada de encinas y las piedras blancas.

 

         Y con el gran día que ya se apaga, voy yo pisando la tierra, mudo y hasta con mi carga de la manta vieja, el colchón de pobre lana, la pelliza y la barja y, mientras camino hacia la meta y me pierdo en la hondonada, para mí me voy diciendo: “Dios mío, que en cuanto llegue, encuentre trabajo y si no tengo casa, regálame una cueva entre la hierba verde y si pan no dan, déjame que duerma junto al agua que mana del gran venero de la cañada”.

 

         Y voy en mi paso lento, con mi carga, mi dolor por dentro y la soledad de la tierra y avanzo con mi amargo pensamiento endulzado sólo con lo que sueño, cuando ya cae la noche y la senda no se acaba ni me encuentro con los amigos ni tengo  trabajo ni cueva ni casa.

 

         Y mientras paro al borde del camino y miro a las estrellas, me digo: “Dios mío, otra vez solo y sin comida ni trabajo, ni casa ni tierra ni los míos”.  Y oigo que me respondes: “ Todavía tienes una manta vieja, un colchón de lana, tu soledad y el amor con que a la tierra amas y yo a tu lado dándote la fuerza”.  Y te digo:

 

 

“Pero Dios mío,

tan desnudo frente al camino

y esta espera larga,

qué duro y con la noche

y tanta ausencia amarga”.
 

      

         Diecinueve novecientos y gira otra vez para la izquierda buscando el rellano de la vieja casa forestal. Por la derecha me queda la ladera agria y desolada del Caballo de Acero.  Muchos pinos laricios casi enanos clavados en las rocas y donde aflora algún puñado de tierra, la hierba verde por completo. ¡Qué bonita la ladera que voy dejando por la derecha! Es alta montaña, entre los mil cuatrocientos y los mil quinientos y ahora recuerdo, que arriba total, se extiende otra leve llanura donde en otros tiempos construyeron  un cortijo.

 

         A la izquierda ya lo que me queda es la hondonada de la nava y el curso, no muy claro ni profundo, de un desagüe natural que viene cayendo desde el punto  de la casa forestal de Fuente Acero. Lo cruzo en el hito veintinueve y kilómetro veinte de mi coche. Traza una curva para la derecha metida por aquí en la franja que recoge los mil cuatrocientos cincuenta metros. El paisaje me duele cada vez más por la cantidad de rocas calizas que lo forman y lo desaladamente rudo que se presenta aunque no está yelmo.

 

         Kilómetro veintiuno y la pista sigue tan rota que hasta da miedo recorrerla. Aprovecha el surco que las dos cumbres al soldarse han dejado en el centro y todo sigue mostrándose como el más puro lapiaz. Sobresalen las rocas puntiagudas recubiertas algunas de cambrones o enebros y al remontar, por la derecha, me saluda la vieja construcción de la casa forestal de Fuente Acero.

 

         Dos edificios separados en la llanura de este collado donde ahora ya no vive nadie. Al verlas y saludarlas, se me viene al recuerdo aquellas noches de estrellas brillantes y el aplastante concierto de grillos llenando el ancho campo. ¡Qué momentos aquellos y ahora estos  tan llenos de las bellezas que tanto me prohíben!

 

         Veintiuno cuatrocientos y justo aquí se allana la pista. Por la derecha se alzan las casas. Por este mismo lado, unos metros más adelante, para el Barranco del Guadalentín, cae una pista forestal de tierra que conozco a fondo. La tengo muy recorrida y lo que más, en mi alma, resalta de ella, son las horas de aquellas tardes y las mañanas de primavera. ¡Con cuanta fuerza se me clavó aquella vivencia! Cuando esta pista llega al río, lo recorre en la misma dirección que la corriente hasta el mismo Vado de las Carretas.

 

         Se me presenta un tramo de pista bastante mejor. Le han echado tierra en los hoyos y, como han podido, la han arreglado un poco. Avanza ahora por la mitad de la ladera, entre el surco del río y la cumbre, metida por la franja de los mil cuatrocientos metros y los mil quinientos.  La cumbre por la izquierda alcanza los mil setecientos y el surco del río se abre por los mil trescientos. Por la derecha me sobresale el impresionante macizo rocoso de los Poyos de la Carilarga.  Ahora recuerdo que hay otra Carilarga justo donde el Guadalquivir tiene su nacimiento.

 

         Veintidós ochocientos y por aquí ya me muevo en la franja de los mil quinientos metros.  En lo hondo y a la derecha, me queda el surco de un arroyo que nace justo en el Collado Bermejo. Es uno de los ramales de cabecera del río Guadalentín. Metida por esta hondonada se encuentra otra vieja casa forestal que lleva por nombre Majal de la Carrasca.  Recuerdo que a este rincón se le conoce con el nombre de Los Arenales.  El mismo nombre se encuentra justo en la cumbre del Puerto de las Palomas.  La ladera que recorro es muy quebrada y como mira al sol de la mañana, es solana conocida precisamente con este nombre: Solana de Fuente Arroyo.

 

         En el surco del recién nacido río Guadalentín, aquella mañana, nos encontramos la primera “Cagarria” que yo he visto en estas sierras.  Una pequeña seta algo cónica, de color marrón oscuro y que presenta como cerditas de panales en todo su conjunto. Después las he visto muchas veces por el barranco del Collado Bermejo, por el arroyo de los Ubios, por el de la Garganta y otros puntos de estas sierras. Ahora sé que esta original seta, es comestible y hasta exquisita. Su nombre científico es Morchella y también se le conoce por colmenilla, por aquello de parecerse algo a los panales de las abejas.  Nace en primavera y en los sitios frescos.   

 

           Kilómetro veintitrés cuatrocientos y por la derecha, se aparta una pista de tierra. Baja hasta el rincón de la Majal de la Carrasca.  Un buen paseo tiene este recorrido y también muy bello por los espesos pinares que atraviesa y lo quebrado de los barrancos.  A la izquierda y arriba, me queda el collado del Pocico, ondulación de la loma entre el Puntal del Tejo y la Cuerda de los Alcañetes y por donde existe un buen paso hacia el surco del arroyo de Valdetrillo.

 

         Hito treinta y dos. Un gran pino laricio por la izquierda y justo en este punto y por el mismo lado, se dibuja una senda que remonta.  Ya no aparece señalada en ningún mapa pero existe desde aquellos tiempos y engancha con otra que viene arroyo de Valdetrillos arriba para irse luego hacia la Nava de la Correhuela.

 

         Creo, como el otro día, que hoy hay poca gente por la sierra. Y lo digo porque en todo el rato y hasta estos parajes, sólo me he encontrado un coche  de guías.  Por lo que me estoy encontrando, por una pista en tan malas condiciones como esta, las personas que lo sepan, no vienen.  Y es casi seguro que el que la recorre una vez, no vuelve más y, además, así se lo aconsejará a los que conozca.

 

         Al dar una leve curva, se me cruzan tres coches de los guías. Vienen de llevar gente a las Lagunas de Valdeazores.  Veinticuatro ochocientos y justo aquí, por la izquierda, el Collado Bermejo. Son las once y media de la mañana. Calienta el sol  y el cielo se muestra nublado. Puede haber tormenta esta tarde.  Collado Bermejo, es importante como centro y punto de referencia en toda la gran sierra que por aquí se abre. Lo conocen muchas personas y entre ellas, los que ahora la visitan ansiosos.  Pero a este collado, quizá pronto, sea alto difícil llegar.

 

         En este Collado Bermejo, es de donde arranca una pista que baja hasta las lagunas de Valdeazores. A muchos de los turistas, ahora los traen por aquí en coche pero otros muchos, se aventuran por su cuenta y recorren los cuatro o cinco kilómetros que hay hasta las aguas azules de esas lagunas, y lo gozan más a su gusto. Por el río Borosa arriba, suben muchos más y después de recorrerse los rincones de Aguas Negras, el Embalse de la Feda y la Laguna de Valdeazores, regresan por la misma ruta.  Son más de veinte kilómetros pero unos y otros se dicen que merece la pena.  Y yo digo, que de todas las maneras, la excursión a estos recogidos barrancos, es altamente gratificante.

 

         Creo que desde este collado, la pista mejora. Las señales que voy viendo eso es lo que indican. Unas curvas poco pronunciadas por donde el camino corta la tierra en trincheras y al atravesarlas, se me viene al recuerdo lo de aquella noche de invierno que llovía sin parar. Por aquí fue donde tuvimos algunos problemas y luego, sobre las doce y media, nos pusimos en camino y fuimos a parar al refugio de la Laguna de Valdeazores. ¡Aquellos tiempos y tantas cosas buenas que ya no existen!

 

         Una pequeña fuente por la izquierda sin agua y la pista, de tierra pero arreglada no hace mucho. Seis troncos de pinos apiñados todos y naciendo de la misma raíz, laricios y muy bonito, por la izquierda. Veinticinco seiscientos y ya intuyo, no muy lejos, el collado de la Zarca, metida por entre la franja de los mil seiscientos a mil setecientos. Va dándole la vuelta al recodo donde se fraguan los primeros arroyos del río Guadalentín, dejando por la izquierda, el Puntal de las Palomas con sus mil ochocientos metros y busca las llanuras de las Navas de Paulo.

 

         Muchas rocas y clavadas en la agreste ladera por la que avanza la pista. Por el lado de la izquierda que es por donde la ladera queda más inclinada, se han desmoronado mucho. Han rodado y algunas de ellas medio han cortado el paso. El recorrido de este trozo hasta la Nava de Paulo, es realmente de ensueño por el profundo barranco que se abre a la derecha, la alta cumbre que nos sobrepasa por la izquierda y la belleza de la Sierra de la Cabrilla, en los Poyos de la Carilarga, por el lado del medio día y más lejos.

 

         Veintiséis seiscientos y una gran piedra casi en el centro de la pista. La han apartado un poco para que se pueda pasar y es lo que ya decía: este terreno  se encaja ya en paisajes de alta montaña y claro que tiene su peligro. Una fuente con su pilar de agua y su caño de hierro pero sin agua. Sé cómo se llama  y hasta la recuerdo de las muchas veces que en ella me he parado a beber  y a descansar de vuelta de la gran sierra que me queda por la derecha.  Y a continuación, una roca casi del volumen de un camión en la misma pista. Pero menos mal que se ha quedado al borde.

 

         Da una curva muy quebrada, un enorme pino laricio por la izquierda y justo por este lado, adivino las ruinas de la vieja casa de Nava de Paulo.  Una pequeña llanura, casi en todo tiempo tapizada de verde, es el terreno que da forma a esta nava, que por otro lado, no es tan pequeña. Justo este punto es el que lleva el nombre de Collado de la Zarza. Por la izquierda se aparta un ramal de pista forestal, en mala condiciones que lleva hasta la casa de Paulo.  Junto a sus ruinas brota un manantial donde han puesto unos tornajos para que beban las ovejas y crecen unos buenos ejemplares de pinos laricios.

 

         Kilómetro veintisiete ochocientos y por aquí se empieza a allanar. Al coronar el Collado de la Zarca, dejo atrás las tierras que vierten hacia el Barranco del Guadalentín y entro en las que derraman sus aguas para el Arroyo del Infierno, que más abajo serán Valdeazores y río Borosa. Rambla Pajarera es el nombre que recibe el lugar  y a fe que al comienzo, tierra llana por donde un leve arroyo va tomando forma, es muy hermoso este rincón.  Cada vez que por aquí pasé, el alma se me llenó de asombro por lo misterioso, húmedo y verde que siempre me encontré  el paisaje.

 

         Y ahora recuerdo la vereda de trashumancia que, desde el Puerto de las Palomas, viene atravesando la sierra y por aquí se mete hacia el corazón de los Campos. Desde Arroyo Frío sube al Portillo de la Caída, las Navillas, arroyo de los Ubios, Roble Gordo, que es el nombre que los serranos le dan a Roble Hondo. Sigue la vereda y sube hasta el Puente “Guarnillo”, Guadahornillos, nava de las Correhuelas, Piedras de los Alcañetes, cuerda de Fuente Bermejo, Risca de los “Arrimaizos”, una risca donde antes paraban los rebaños y que también se le conoce con el nombre  de Piedra de los Arrimaicos.

 

         Desde este punto, vienen los hatos de ovejas a colar por el mismo Collado de Fuente Bermejo. Se agarran un kilómetro poco más o menos por el carril y salen al morro de la Nava Pablo y van a caer al Collado de la Zarca. Desde aquí se van por la Nava de Pablo, antes el paso iba por Nava Noguera, más para el lado de la Laguna de Valdeazores.  Ahora sigue toda la pista de tierra abajo y sale a Nava Noguera y desde aquí ya viene al refugio de Rambla Seca. Se llama el Pilarillo y este punto es un descansadero.

 

         Veintiocho seiscientos y va recorriendo lo que son propiamente tierras de la cañada. El surco por donde corre el agua, queda a la derecha y se le ve cubierto por la espesura de muchos majuelos.  Los arbustos se muestran reventando de verde mientras que el pasto aparece seco por completo. Se nota que este rincón está muy tomado por las ovejas.

 

         Al frente ya aparecen las figuras que se alzan por los Campos de Hernán Pelea. Me nace de dentro darle gracias a Dios porque hoy termine esta ruta sin tener ningún percance. Y lo digo por lo mala que se encuentra la pista. Se allana algo después de haber recorrido Cañada Pajarera, muchos majoletos, el firme de la pista forestal, algo mejor, mucho pasto con briznas de hierba todavía verde y silencio total fundiéndose con la belleza del paisaje.

 

         Por la izquierda me van quedando unos morros que rozan casi los mil ochocientos metros y como los tengo recorridos, sé bien la belleza que por entre sus dolinas, laderas rocosas, bosques de pinos y pequeñas navas, hay.  La senda que en otros tiempos usaban los serranos para salir desde la profundidad de estas sierras hacia los pueblos de Cazorla o Santiago de la Espada, iba y todavía va aunque muy borrada, por esta izquierda mía y salía por la Nava del “Cañico”, a Nava de Paulo y al Collado de la  Zarca.

 

         Son hermosísimos los paisajes por donde pasa. Pero cuando trazaron la pista de tierra que ahora recorro, en este trozo, lo hicieron prescindiendo de la vieja y bellísima senda.  Mejor así, aunque ya quede casi olvidada y perdida para muchas personas. Entre las hondonadas, picachos y navas que por esta extensa altiplanicie existen, abundan los animales silvestres. Gamos sobre todo. También jabalíes, muchos muflones, alguna cabras montes, cerros y muchas águilas. Se les ven muy bien al caer las tardes y al amanecer.   

 

         Kilómetro veintinueve novecientos. Traza una curva por entre la espesura, ahora ya, de pinos laricios, muchos majuelos, enebros y las extrañas rocas blancas que salpican el terreno. Como esto corresponde a zonas de alta montaña, el paisaje es agreste, mana de él al mismo tiempo, una belleza que sorprende. Es un paisaje muy duro ahora en verano y mucho más en invierno. Podría decir, y lo digo sin sentirlo, que sólo en la primavera se da por aquí un paisaje bello sin que esta realidad sea así de cierta.

 

         Lo conozco a fondo y más por la derecha y la cuerda que me supera y entre tantos momentos, especialmente recuerdo el de aquel amanecer de la manada de ciervos, gamos y muflones pastando juntos en la hondonada de una de estas pequeñas navas. Remontábamos emocionados la ladera hacia las cumbres de las Empanadas, en primavera ya pero todavía las cimas cubiertas de nieve, y al volvernos para atrás, en una de las paradas para respirar, se nos arrancaron no demasiado bruscamente. ¡Qué bonito fue aquel amanecer por los tonos tan extraños y suaves que presentaban los paisajes! No lo olvido.

 

         En el kilómetro treinta justo, una gran llanura por donde discurre la pista, varios pinos laricios grandes a los lados y luego, por la izquierda, aunque también son pinos laricios no los veo con el mismo gusto porque son repoblados. De nuevo veo señales de haber sido arreglada, no hace mucho, la pista que recorro. Han metido una máquina, han echado tierra y algo han nivelado los barrancos.

 

         Por la izquierda me ha quedado el kilómetro treinta y uno doscientos y una pista de tierra que se aparta y se hunde para el barranco del arroyo que voy buscando. Es el del Infierno pero ya bastante avanzado del control de Rambla Seca. Pronto me voy a encontrar con esta barrera ahora no vigilada.  Y de pronto, qué bien se presenta el firme de la pista. Quiero aclarar que la pista que se me aparta por la izquierda, propiamente no va al barranco del Infierno.  La conozco bien y la recuerdo como más cariño por aquella noche que dormir junto a ella.

 

         Era en el mes de julio. Llegué por aquí al caer la tarde, dejé el coche nada más entrar y me puse en ruta siguiendo toda esta pista. Algo más de un kilómetro y la corta una cadena. Hay un rellano donde los coches de los guías que le enseñan la sierra a los turistas, dan la vuelta. Antes de este rellano, existe una nava y repartido por ella, crecen unos ejemplares de pinos laricios muy hermosos. No demasiado gruesos pero sí recto y alto. Merece la pena el paseo aunque sólo fuera para contemplar estos bellísimos pinos.

 

         Pues aquella tarde, seguí la ruta y pude comprobar que la pista, al poco, se deja caer por una rambla, que casi nunca tiene agua y es el arroyo de mayor entidad que por esta zona recibe el barranco del Infierno. Después  de un largo recorrido, la pista deja a la rambla por el lado izquierdo, remonta, cruza un par de morras no muy grandes y sale a lo que se conoce como la Morra del Pinar.  Un puntal donde termina esta altiplanicie de la Nava Noguera y ya el terreno queda cortado por el cañón del barranco. Sobre esta morra, que son varias y dan vista al Picón del Haza y al Embalse de la Feda,  hay otro buen batallón de magníficos ejemplares de pinos laricios.

 

         Aquella tarde, por aquí me quedé un buen rato recreándome en la preciosa vista sobre la cumbre de las Banderillas y el barranco del río Borosa. Hice varias fotos y luego tuve que regresar aprisa porque sobre los Campos se cernía una oscura tormenta que no dejaba de lanzar truenos y lluvia. Pero aquella noche, cuando ya regresaba hacia el coche, puede gozar de uno de los mejores espectáculos que he visto en estas sierras. En cada hondonada o pequeña nava, me fui encontrando una muflona, oveja silvestres, con su borrego. Luego me tropecé con varios jabalíes grandes con sus rayones que los protegían bajo unos majoletos.  Se me hizo de noche entes de alcanzar el coche y como al otro día tenía pensado hacer un  minucioso recorrido por los Campos, en el mismo coche dormir.  Al amanecer fue una verdadera fiesta para mí.  Pude ver animales por todos sitios y sobre todo, aves. 

 

         El nombre que reciben las tierras que ahora recorro es el de Nava Noguera y la cuerda que me sobresale por el lado izquierdo, se llama Lastonera por aquello del lastón, una planta herbácea algo parecida al esparto y que por entre las rocas de estos paisajes, es abundante.  El ganado la toma muy bien. La Majá del tío Perico, me queda por este lado izquierdo.  De la cumbre de esta cuerda, caen varios cauces menores que vierten sus aguas hacia la Laguna de Valdeazores y para el Arroyo del Infierno.

 

         Los que se derraman para el Barranco del Infierno, son seis o siete arroyos cortos de los que es difícil saber algo.  Se encuentran en un lugar quebrado y retirado de los caminos pero sí sé que por este barranco está la Cerrá de las Mangas, la Morra del Pinar y el Puntal de los Robles. Por este Puntal de los Robles es por donde van discurriendo los vallejos.  Todo esto me queda al lado izquierdo  del barranco si me voy siguiendo la misma dirección de la corriente.  Por el lado derecho, no cae ningún vallejo pero sí se encuentra por ahí, siguiendo la pista que lleva a los Charcones, el Pozo de los Brígidos, la Manga y la Cuerda de la Manga. Desde la pista que lleva a Pinar Negro, cae una ladera muy agreste y pronunciada. El arroyo corre por el centro y con razón le pusieron barranco del Infierno.

 

         En el Barranco del Infierno, por debajo del Pozo de los Brígidos, fue donde aquella nevada grande, se llevó por delante a uno de los pastores de estos Campos. Lo estuvieron buscando pero hasta los tres o cuatro día no lo vieron.  Estaba como sentado con su capote puesto pero helado.

 

          Al caer la tarde, bajo por la senda y conforme voy acercándome al río, el asombro nubla mi alma. Los álamos del cauce, la corriente por el centro, los charcos remansados y el rumor de las cascadas, Dios mío, cómo se me clavan doliendo.

 

         Y como puedo pero triste en mi corazón por tanta ausencia y tan amargo ahora el recuerdo, termino de recorrer la senda y ya estoy al borde mismo de las aguas claras y arropado por la sombra de las adelfas y los fresnos y, por los lados, coronado de las cumbres y laderas de luz y misterio.

 

         Y al querer seguir por la vereda, al frente y saliendo sus raíces de las aguas  limpias y de la tierra negra, la gran noguera del tronco blanco y viejo y de ramas inmensas.  Y como por debajo de ella avanza la senda, todo mi yo inmortal y, en la nube de la sombra espesa, se me queda hecho silencio. 

 

         Y respiro porque deseo seguir viviendo pero es tanto, Dios del cielo, lo que por aquí tengo y en compañía de los míos, ahora ya desvanecidos en el tiempo, que se me ahoga la respiración y se me marchita el corazón, del dolor que siento.  

 

         En cauce que venía acompañándome desde el Collado de la Zarca y que ya dije se llama Cañada Pajarera, lo cruzo ahora mismo porque mi ruta sigue buscando la llanura de los Campos y el surco de este arroyo de ensueño, se acomoda a la inclinación de terreno que cae hacia el Arroyo del Infierno. 

 

         Un pino laricio con su tronco clavado en la tierra y enseguida se abre en seis o siete ramas curvadas. A la llanura se le ve ahora repleta de pasto y esto me indica que son tierras fértiles. Otro pino por la izquierda y este aun más gigante.  En el kilómetro treinta novecientos, remonta un lomete por donde sobresalen las rocas, ahora lo recuerdo pero como lo han arreglado, no presenta el peligro que antes tenía. Los coches pequeños siempre rozaban en las partes bajas.

 

         Una enorme llanura en el kilómetro treinta y uno justo. Son estas las tierras de Nava Noguera. Rebosan por la izquierda y por la derecha y luego al final, antes de hacerse ladera de montaña, aparecen los pinos. ¡Qué bonito es esto! Sé que por aquí existen algunos rebaños de ovejas a cuyos pastores, no a todos, conozco.  Algunos pajarillos que levantan vuelo a mi paso y también cuervos y grajas. ¡Ojalá me encuentre con pastores hoy por aquí! Me ayudarán mucho, como siempre lo hicieron, en la comprensión y amor por las tierras que recorro.

 

         Sé que todos estos rincones están poblados de nombres. Casi un nombre por metro cuadrado y además de laderas, hondanadas y puntales, existen muchos picos casi todos por encima de los mil ochocientos metros, y de muy pocos de ellos me sé los nombres.  Una pena porque cada nombre me acerca a los que la habitaron desde los más lejanos tiempos y eso me gusta. Me agrada sentirme fundido, lo más posible, a las tierras de estos montes. Pero esta mañana, todavía siento muchas carencias y ello me entristece algo.

 

         Treinta y uno setecientos y unos tornajos por la izquierda. Tienen agua y esto indica que hay rebaños de ovejas. Un majoleto con una bolsa de plástico azul entre sus ramas. Treinta y dos justo y una cañada amplia y un pino laricio con cuatro o cinto troncos por la derecha. Al frente otro puñado de pinos laricios cubriendo casi toda la pista con sus ramas y la sombra. Y ya aparece la casa del Control de Rambla Seca.  Kilómetro treinta y dos doscientos, desde el empalme del Valle. Creo que está cerrada. Me paro por el lado de la derecha y voy a echar una ojeada al entorno.

 

         Es en este punto mismo y por la izquierda, donde arranca o se aparta de la que llevo, la pista forestal de tierra que se va hacia los Charcones y después de atravesar la larguísima y bella cañada de Pinar Negro, avanza hacia las cumbres de las Banderillas y roza la casa de Pinar Negro. Sigue luego y algunos kilómetros más adelante, se encuentra con Cañá Cruz y luego cae hacia el nacimiento del río Segura, las aldeas de Fuente Segura y los pueblos de Pontones. ¡Qué bonito también es este recorrido y con cuanto gusto lo haría ahora mismo pero por aquí las distancias son muy largas y una sola jornada, no da para recorrerlo todo.

 

         La pista que va por los Charcones, queda separa de esta que voy a recorrer hacia los Campos de Hernán Pelea, por una alta cuerda rocosa cuyo nombre es Cuerda de la Nieve. El Alto de Infierno, el Risco y los Chiclanos, quedan en este centro, acompañados de otros muchos nombres preciosos y que dan personalidad  a encantadoras hondonadas, laderas o crestas rocosas. ¡Qué paisaje más grandioso, la naturaleza y la mano de Dios, han modelado por estos rincones! Pero si lo miramos desde otro punto, el de las personas que lo tienen que recorrer a lo largo de muchos años detrás de sus rebaños de ovejas o cabras, qué terrenos más duros e inhóspitos.

 

         En la casa no hay nadie. Es muy bonita, construida de piedra con su pequeño porche y tejas de las buenas. Recuerdo ahora cuando aquella noche de lluvia, mucho antes de la declaración de Parque Natural en estas sierras, llegamos a esta casa buscando refugio. También estaba cerrada y como era tanta la lluvia y el frío, nos volvimos y fuimos a pernoctar al viejo y desaparecido refugio de la Laguna de Valdeazores. ¡Qué aventuras aquellas y qué momentos tan repletos de emociones limpias!

 

         Me ladran un par de perros que parecen los únicos guardianes pero al acercarme, se van.  En la puerta hay una vieja hamaca y una alambrada por la derecha la protege.  Hay un cercado para encerrar a las ovejas. Un tubo de plástico  se acerca desde el arroyo enganchado a la alambrada y enseguida descubro que es para que el agua llegue hasta este habitáculo.

 

         El chorrillo de agua que por él sale, cae a un barreño de zinc donde lavan ropa. Está lleno de camisas muy usadas y de pantalones vaqueros. Son de los pastores que ahora ocupan estas tierras y casa.  La alambrada quedaría cerrada por una puerta de barrote de hierro, ahora abierta de par en par, unos raíles de vías de tren pintados en blanco y negro y un letrero que dice: “Salidas alternativas: Rambla Seca, Nava de San Pedro, Vadillo, Carretera al Tranco, salida a Cazorla”.

 

         Doy un par de vueltas por la tierra que rodea a la casa con la intención de encontrar alguna presencia humana. Llamo y nadie me contesta. Me contrarío porque pierdo una gran oportunidad. Sé que los pastores podrían darme mucha información del montón de cosas que todavía desconozco por estos rincones.

 

         Arranco y son las doce en punto de la mañana. Quizá más adelante tenga otra suerte y me tropiece con pastores. Pienso ahora que como la pista se me viene presentando realmente buena, podría seguir hasta atravesar los Campos y salir a la Matea.  Cruzo el cauce del arroyo del Infierno.  Me entra por el lado de la derecha  y al mirarlo y verlo seco recuerdo que su nacimiento se encuentra bajo el tronco de un gran pino laricio o blanco por encima de la casa forestal y de piedra de la Cabrilla. A unos tres kilómetros del punto en que me encuentro. Recorrer a pie este cauce hasta ese manantial, en primavera, es un paseo delicioso.  Lo digo por experiencia. Casi no existe desnivel.

 

         Antes de que la pista que traigo termine de cruzar la rambla, por la izquierda, se aparta otra, poco usada. Si la siguiera iría a salir a los Charcones, a Pinar Negro, a los Campos del Espino y al nacimiento del Segura. Hoy no me voy a ir por esta pista pero recuerdo aquel día, cuando al amanecer, la recorrí. Dejé el coche bajo la sombra de varios pinos grandes que clavan sus raíces en los primeros metros de la pista y me fui andando. Salvé las tres o cuatro curva que traza al comienzo y luego comencé a remontar dirección a las Banderillas.  La impresionante vista que se me iba abriendo hacia las cumbres de la sierra de la Cabrilla, Nava Noguera y el barranco del Infierno, me iban recreando deliciosamente.

 

         Antes de coronar, me llegaron los balidos de una cabra. Miré y unos metros más adelante me la encontré remontada sobre unas rocas, de entre los millones que por aquí existen porque los paisajes son todos calares y repletos de dolinas. La llamé, biri, biri, biri, que es como los pastores de estas sierras llaman a las cabras y el animal, al verme parece que se alegró. Me miraba confiada sin dejar de balar. Pasé junto a ella y seguí llamándola. Al poco de remontar se vino detrás de mí sin dejar de balar y como esperando que yo la salvara. Cuando terminamos de remontar a lo más alto, después de unas preciosas dolinas donde en el centro de la última, crecía un gran pino laricio, se nos abrió, con toda su belleza y profundidad, el barranco del Infierno. Subiendo por él, venía una manada de cabras blancas.  Y el animal, nada más asomar a la cumbre, sintió el cencerro del hato de cabra, se apartó de la pista, dejó de seguirme y puesta sobre una roca, se quedó mirando para el barranco y balando.

 

         - Ahora ya, vete con ellas.

Fue lo que le dije y parece que el animal me entendió. Lentamente y como si me lo agradeciera comenzó a saltar por las rocas de la enorme ladera y mientras me dejaba atrás, de vez en cuando se paraba, volvía su cabeza, balaba y seguía bajando hacia la manada. En este mismo punto, me quedé largo rato observando el comportamiento de esta cabra extraviada de la manada y también asombrándome ante el esplendor de la panorámica que desde aquí se domina. Hice algunas fotos y luego me volví por el mismo camino. Cuando una hora más tarde estaba con el pastor del refugio de Rambla Seca y le contaba lo de la cabra, éste me dijo:

- Seguro que el animal había vuelto en busca del chivo que lo tendría escondido en algún barranco de esos. También puede que, si le había picado la mosca, huyendo desesperada, se haya perdido por esas cumbres. Pero te digo una cosa: aunque tú te creas que esa cabra estaba perdida, no lo estaba. Los animales no se pierden. Ella hubiera seguido buscando hasta dar con la manada.

 

         Por lo demás, terminar de contar que la pista que recorrí y es la que lleva a Pinar Negro, pasa por paisajes preciosos y de asombro pero para hacerla en coche, no está. No es una vía importante para los pastores que todavía pueblan los paisajes de estos campos y por eso se encuentra muy mal de firme. Afloran las rocas por todo el recorrido y son tantas y tan gordas que hasta con coches grandes es muy duro ir por aquí.  

 

         Remonta un poco y aquí ya se mete por lo que es Rambla Seca. Por la izquierda, veo unas cabras sobre las rocas. Aquí mismo hay otro refugio tipo iglú. Lo conozco de otras veces y sé que en él se guarecen los pastores que suben desde las aldeas de Santiago de la Espada. Refugio de Rambla Seca, se llama. Algunos refugios más como este los construyeron unos años atrás como forma de prestarle un poco de apoyo a las personas que dan pastos a sus rebaños por estas insólitas tierras. Está por aquí la fuente de Rambla Seca y no es que mane en este punto sino que, en tubos de plástico, recogen el agua del arroyo que viene de las cumbres de las Empanada y descansa en unos tornajos para que beban los rebaños.

 

         Pero tengo que decir que en este refugio de Rambla Seca, cuando llega el otoño y las sierras se llenan de cazadores con rifles, rehalas de perros y trajes guerreros, se concentran tanto al caer las tardes como por las mañanas. En este punto dejan ellos sus coches, miran con lo prismáticos por si asoma algún animal silvestre por las cumbres que rodean, comen, charlan, planean y se les inquieta el corazón ante la ilusión de la pieza cobrada.  Tantos son los coches que junto a este refugio y por los tornajos de la fuente se concentran que si se acercan los rebaños de ovejas a beber, les es imposible. Los perros de los cazares las corren, los coches no le dejan espacio junto a los tornajos de la fuente y las personas las espantan en todas las direcciones. Esto de la caza mayor en los meses de otoño es otra historia, con punto y  aparte, que va por caminos distintos a los que yo recorro.

 

         ¡Ojalá aquí si hubiera alguien para pararme a charlar!  Veo algunos coches  y esto me anima. Paro y llamo pero tampoco tengo suerte.  Arranco y unos metros más adelante, por la izquierda aparece una manada de cabras, algunas durmiendo por entre las rocas y otras buscándose la vida por la tierra. Llamo por si el que las guarda me está viendo y nadie me contesta.  Miro despacio y a lo lejos y entre las cabras, veo a un muchacho joven.

 

         Lo sigo llamando y me acerco. Al notar mi intención, se viene a mi encuentro.  Nos saludamos y enseguida le pregunto por las condiciones de la pista que recorro.

Me aclara que se encuentra bien porque la han arreglado este mismo verano y a continuación me dice que su nombre es José Mendoza y es de la aldea de la Matea.

- ¿Y los nombres de algunos de los lugares que nos rodean?

Y enseguida se pone a explicarme:

 

         - Pues por esta sierra que nos queda al frente y por el lado de la izquierda tenemos la Manga, la Raja, este más cerca  es el Morro de la Manga, un poco más allá, conforme sube el carril, en to lo alto, hay un hoyo grande que le dicen el Hoyo de la Mata Negra, bajando hay unas curvas y enseguida aparecen los Charcones, aquí a la derecha nos queda el Llano de los Serranos, que es una finca particular, el morro de más allá le dicen el Caballo del Renacuajo, siguiendo al caballo se encuentra el Morro de la Sima, más a la derecha nos queda el Morro de Enmedio  y se llama así porque lo tenemos en el centro del llano, está el Renacuajo que es toa la canal esa que se ve, el otro morro de la derecha se llama Majal Alto de los Rastrillos de Majá Labrá, porque es así como le dicen a todo eso

 

         Y si nos venimos para acá a esto le llaman los Gollimicos, que es una finca también particular de don Juan, el Morro del Hornico, que es el primero a la derecha y claro que cada morro de estos tiene su nombre pero yo ya no me los sé. Donde estamos ahora mismo le llaman los Tornajos de Rambla Seca, un aguadero o descansadero porque la verea de trashumancia pasa por aquí mismo, que también le llaman a esto el Pilarico de Rambla Seca.  Y siguiendo para delante el carril este arriba hasta la Cabrilla, el Caballo de la Cabrilla, el cerro de las Empanás, que nos estorba aquí el morro este  que es lo que más levanta y si nos pasamos a ese lado, por donde usted ha venido, como los límites de los términos suben por el mismo cauce del arroyo del Infierno, aquel lado pertenece a Cazorla que yo me lo conozco menos.

 

         - ¿Y siguiendo el carril para Monterilla?

- Pues  tenemos  la Rambla del Puerto, la Trinchera, los Llanos del Niño, el Cerro del Niño, la Cañá la Raja, a continuación está el Morro Cambroná, el Aguaero Nuevo, que le dicen y Cerrico Vaquero, el Caballo de Juan Perrera, los Llanos de Juan Perrera, el Pozo de Juan Perrera, el de Arriba y el de Abajo, que hay dos, el Morro de la Sima, el cortijillo de las Marianas, que era una finca particular, el Poyo de las Víboras y ya, a la caseta de Monterilla.   

 

         A José le pregunto qué significa ahijada y me dice que:

- Eso es cuando a una cabra u oveja se le arrima un choto o un borrego que no ha parido para que  lo críe.

- Y la torva ¿qué es?

- La especie de tornajos donde le echamos de comer a los animales.

- Y con los zorros ¿qué pasa?

- Pues que como no los podemos matar porque está prohibido por las cosas del Coto Nacional y el Parque Natural, hay tantos que nos quitan los chivos pequeños en cuanto nos descuidamos. Las cabras están comiendo monte o hierba y detrás de una piedra o mata se dejan acostado a la cría. Ellas saben dónde lo han dejado y se alejan para volver luego al mismo sitio pero en cuanto se retiran, los zorros, hasta en pleno día, se abalanza contra el chivo y se lo llevan corriendo. Nos los quitan hasta delante de nuestros ojos.

- ¿Y no se puede hacer algo?

- ¿Qué vamos a hacer? Ya te he dicho que matarlos no podemos y si lo denunciamos ellos siempre dicen que cómo tienen garantías de que es verdad que se han comido cincuenta chotos.  Y lo que más rabia te da es que te pasas todo el verano tirado en estos solitarios campos para criar cien chivos y en cuanto los zorros te quitan treinta o cuarenta, a siete u ocho mil pesetas cada animal, fíjate qué negocio ¿A ver qué ganas?

 

         Y a José le pregunto y entonces me dice que él tiene su cortijo y sus cabras por una finca que le llaman de las perdices y que como es de la Matea, conoce a Josefina, la hija del pastor amigo mío en Fuente Segura de Abajo y a la otra hija menor que  estudia en Úbeda.  Y también me dice que conoce a Pascual, marido de la hermana Josefina, la que se casó este verano pasado.

        

         Y al recordarme tantas cosas caigo en la cuenta que mi amigo,  pastor de Fuente Segura de Abajo, este invierno último lo ha pasado muy mal porque no encontró fincas, para las ovejas,  por Sierra Morena y tuvo que quedarse todo el invierno, no en Pinar Negro donde la nieve era tanta que ni se podía andar sino  en Pontones.  Y como la nieve se convirtió en hielo por todas las cumbres y laderas, todo el día tenía las ovejas metidas en la tinada y gastando cebada para que comieran y no se murieran de hambre pero a pesar de tanto sacrificio, los borregos se le murieron y él se gastó el dinero que no tenía. Y además, le creció tanto la artrosis de la pierna que  hasta se le hinchó y de tanto dolor como le corría por el cuerpo y el alma, ni dormía de noche ni podía andar durante el día.

- El hombre no podía vivir pero haber ¿qué hacía?

 

         Y luego recuerdo que su hija Josefina, la que se  casó el verano pasado, ya ha tenido su primera niña y ella sí pudo irse con su marido, a la finca que le arrendaron por el pueblo de Canena.  Y recuerdo que a su hija le puso el nombre de Cristina y recuerdo que en la matanza, que todos los años hacen en la casa donde nace el río Segura, estuve yo haciéndole fotos y recuerdo que asaron chorizos en las ascuas y comimos  pechugas de poyo de corral, junto a la abuela y la hermana Josefina. 

 

         Y durante un rato más escucho a José mientras me cuenta estas y otras aventuras y luchas luego lo despido pero antes de retirarme me aclara:

- Estos campos son bonitos para el que como usted viene por aquí un día de paseo pero cuando por necesidad hay que andar por ellos un mes detrás de otro bregando con los animales, ya no es lo mismo.

Le digo que tiene mucha razón, porque de verdad que no es lo mismo y lo despido.

 

         Kilómetro treinta y tres justo y comienzo a remontar desde Rambla Seca. Es la una y media de la tarde. Me ha dicho que este camino hasta la misma Matea está pero que muy bien. El arroyo que por la izquierda me queda y, es el que recorre la mágica extensión de tierra llana que lleva por nombre Rambla Seca, también se le conoce con el nombre de Rambla de Puerto Lézar. 

 

         Un surco ahora mismo seco que baja desde las cumbres de la cuerda de las Empanadas y que por este punto  los pastores lo tienen bautizado con el nombre de Puerto Lézar. Justo en ese punto, hacia el levante, nace y corre el río Castril que por las partes altas, al ser muchos los arroyo que lo empiezan a conformar, también son muchos los nombres y los barrancos.  Pero el nombre de Lézar, es curioso la de veces que aparece en toda esa vertiente que recorre el río Castril.

 

         Y por este rincón bonito que me vengo dejando a la derecha, gustosamente me voy quedando. En la mitad entre la cumbre y la pista que recorro, se encuentran los tornajos del Puerto. Por aquí es donde el pastor, Nicomedes Ojeda  y de la Matea, tiene sus ovejas.  Un rebaño de casi mil y por estas tierras pastan desde el mes de marzo hasta diciembre que se las lleva a Sierra Morena, cerca del pueblo de Arquillos. Su hijo estudia en la Safa y además de amigo mío, buenos ratos hemos compartido charlando de las cosas de estas sierras.

 

         “Pues la fuente esa, no sé qué tendrá pero dicen las personas y es verdad, que da sarna. Sobre todo, si bebes agua en ella después de las primeras lluvias del otoño, te entran unos picores por el cuerpo que es como la sarna. Y mana por la zona esa del Puerto hacia los Campos”. 

 

         Y ahora que rozo el lugar, me sale de entro decir que un día tengo que venir por aquí con la intención de que este pastor de Puerto Lézar, me empape de lo que tan bien él conoce y tanto yo apetezco.  Es este un precioso rincón alejado, tanto de las aldeas de Santiago de la Espada como de las que hay por este lado de Cazorla.  Pero no por esto o precisamente por ello, tiene su belleza singular y su identidad propia. Para este pastor del puerto más bonito de la sierra y del rincón más apartado de los pueblos y el parque natural, en este momento, mi saludo y respeto. 

 

          La madre  decía: “En la vida de las personas, a veces, hay experiencias y sensaciones que resultan más dulces y reales  en sueños que despiertos”. Y la madre, como en tantas cosas, tenía razón y ahora que ha pasado el tiempo, lo descubro y, con nostalgia, recuerdo.

 

         Por la curva que traza la senda donde cruza el arroyuelo, iba yo aquella mañana con la hermana de la mano.  Caía el sol, estaba quieto el viento y de la hierba verde y el bosque de los romeros, manaba un perfume tan fino que se hacía camino hacia  el azul del limpio cielo.

 

         E íbamos los dos charlando de cosas intrascendentes pero hondamente inmersos en nuestro juego, cuando al coronar el morrete que cae desde el peñasco negro, se nos aparecen las cabras.  La manada que viene del barranco de los huertos y al encontrarnos frente,  ellas y nosotros, se quedan y nos quedamos quietos y todos mirando a ver qué pasaba o qué se hacía en ese momento.

 

         Y al instante, sentimos como se paró un poco el sol, se puso más en calma el viento, se llenó de curiosidad la corriente del río, las ramas de los fresnos dejaron de moverse y la hierba en la ladera, exhaló como un bostezo y ellas y nosotros, allí  sobre la tierra y con la mañana por centro.

 

         Y recuerdo yo ahora que este cuadro tan sencillo y bello, fue como lo que nos decía la madre buena: “Que hay experiencias en la vida que aun siendo sueño, son tan intensas y dejan tan sutil acento, que superan a la realidad  más exacta de cualquier otro momento”.      

 

         El camino que ahora ya sí he decidido recorrer,  es de una belleza encantadora pero al mismo tiempo desoladora.  Estos sí son ya paisajes de los Campos de Hernán Pelea. A la derecha me va quedando la llanura de Rambla Seca con muchos cambrones y majoletos y las asombrosas laderas que bajan desde las Empanadas.

 

         Ya al final, la pista cruza el arroyuelo, ciertamente una rambla por la poca inclinación que el terreno tiene por aquí aunque la altitud sea casi los mil setecientos metros. Por eso a estos lugares se le conoce como la altiplanicie de los Campos. Siguiendo el curso de este arroyuelo hacia la cumbre del Puerto, sube una pista forestal en muy precarias condiciones y antes de coronar, hay unas tinadas para el ganado.  La pista sigue en buen estado. Por la izquierda se va terminando la llanura y a mi paso alzan vuelo algunos cuervos. Aparece otra llanura con muchas piedras y un letrero donde leo: “coto privado de caza”.

 

         - Entrando desde ese lado de la sierra, tenemos el Control, los llanos de la Rambla, la Trinchera y aquí tomamos a la derecha  pa meternos rambla arriba al Puerto de Lézar, que nosotros le decimos sólo el Puerto. Está también la Hoya del Alcaide, la nave de la Tiná del Puerto, luego tenemos, la Cañá Prao Largo que es donde está el cortijillo Cabañas. A la izquierda subiendo tenemos el Cerro del Niño y a la derecha, el Poyo de las Víboras.

 

         Desde la Cañá Prao Largo, tenemos el Capaero, el Morro del Puerto, la Rinconada, las Buitreras que son unas ricas donde los buitres tienen sus nidos y ya vamos a los Tornajos del Puerto. De la tiná del puerto a la derecha, seguimos para arriba y tenemos la Solana, los Piazos de la Solana, los Tornajos de Enmedio que se quedan a la izquierda, los Vallejos de Cabañas, el Morro las Plantas a donde nace el agua de la Solana.  Y ya llegamos al Collao Salistre que hace lindero con Castril.

 

         - ¿Pero de la tiná para arriba creo que hay un punto que le llaman la Manga del Hornillo?

- La Manga es lo que ya hemos dicho con el nombre de la Solana. Los de Castril son los que le llaman la Manga pero ellos le aplican este nombre a todo el terreno desde la tiná para arriba. Aquí en Santiago, su nombre no es la Manga. Aquello es el Puerto y su nombre es lo que ya hemos dicho. El Caballo está en lo alto de la tiná. Y coronando, están los Tres Mojones. A la izquierda, tenemos las Buitreras y el Cerro de la Osa, que es la mojonera con Castril.

 

         Entre la Buitrera y el Cerro de la Osa, nacen los Tornajos del Puerto. Esto es aquí en Santiago. La rambla donde está en la Cueva del Puerto que ya es de Castril y el arroyo del Puerto, que es como se llama, que también es de Castril. Para Santiago tenemos, los Tornajos del Puerto y a continuación los Tornajos de Enmedio y el Portacho, donde también nace agua.  Esto está todo en la umbría.

 

         Y  luego enfrente, en la solana, es donde tenemos los Vallejos de Cabañas, que los tenemos a continuación del Portacho y enfrente, que es donde nace el agua, los tornajos de la Solana y el Caballo. Los arroyos que van naciendo por allí son: los Vallejos, los tornajos de Enmedio, el vallejo que baja de Collao Salistre, el que viene  de los tornajos del Puerto y con el de las Buitreras, tenemos cinco arroyos que antes de la tiná se juntan para quedar en uno que ya conocemos por el nombre de la Rambla. Toda esta es la gran zona del Puerto.

 

         En estos arroyos nacen algunas fuentes que son: los Tornajos del Puerto, los de Enmedio, que su nombre son las Pegueras, el Portacho y la Solana. Todas estas son fuentes de verdad, porque luego puede haber alguna fuentezucha cuando llueve como la del Collado Salistre pero na.

 

         Luego, por el otro lado del Caballo hacia la Cabrilla o los Llanos de la Rambla, tenemos la Hoya del Alcaide, la Majá del Alcaide que se encuentra en la punta de arriba que es un corral, más para arriba tenemos la Torquilla y ya a la mojonera de la Cabrilla, el Chuscarrón.  También a ese punto se le llama el Barranco del Boticario. Es una finca particular.

 

         - Pero si nos vamos por el arroyo de la Cabrilla para arriba, a un lado y otro, tenemos dos laderas grandes.

- Sí. La que sube por la derecha, es de Nava Noguera. Por encima de la casa, está la fuente de donde venía el agua    al cortijo. La que nace en el tronco del pino que tú dices, es la de la Fuente de la Raja.  Y más arriba hay otra que son los tornajos del Collao la Rambla. Es una tornajera.

 

         - Estando en la casa de la Cabrilla, a la izquierda nos queda una umbría muy grande.

- No es exactamente la Cuerda de las Empanás. Es que en esa  cuerda tenemos los Tres Mojones, las Empanaillas y la Vaga del cerro y el Cerro. Esto es del cerro para acá. Luego del cerro para allá, siguen otros nombres. Pero que la umbría esa la conocemos por la Umbría  del cortijo.  Ahí está el Barranco de la Paja, que encima  del cortijo hay unos covachos que le dicen el Covacho la Paja y el Chuscarrón, que es lo que hay en la mojonera de Santiago y la Cabrilla...

 

...  Y me pregunto yo ahora ¿por qué muchos serranos de por aquí a estos lugares les llaman Campos de Juan Perrera?  En el único libro que ellos lo han leído ha sido en el de la transmisión oral, de una generación a otra y ni siquiera prestan atención a lo que científicos o buenos escritores, descubren o escriben. Sus rincones amados, y por eso les pertenecen desde las raíces más hondas, tienen  nombres que ellos conocen bien desde lejanos tiempos: Campos de la Rampalea, Campos de la Gran Pelea  Campos de Hernán Pelea o Campos de Juan Perrera es como los  han conocido de toda la vida y así será como le seguirán diciendo, sabe Dios hasta cuando, si es que antes no queda estropeado por mapas o libros escritos desde lejos de ellos.

 

         Rampalea, es una simplificación que ellos han hecho para entenderse y poderse mover por las tierras, sin meterse en más problemas. Los serranos, siempre tienden a ser lo más riguroso posible pero prácticos. No necesitan ellos complicar las cosas demasiado sino ir a lo que les es útil a la vez que económico.

 

         “Al salir de Fuente Segura para arriba, a un llano que hay allí, le dicen el Salto del Moro. Aquello dicen que dio un salto un moro y por eso le quedó el nombre. Que siguiendo el campo arriba, llega a la laguna de Cañá la Cruz, al Pozo Turma, al Campo del Espino, a Pinar Negro y todo eso.  A todo ese rincón le dicen el Campo de Gran Pelea.  Y es por unas peleas que tuvieron los moros. Le decimos el Campo de Rampalea, para abreviar pero es el Campo Gran Pelea.  Este es su verdadero nombre y viene de la batalla que ya hemos dicho. Son terrenos llanos que antes se sembraban mucho”.

 

         - Pero el primer nombre ¿cual  fue?

- El primer nombre que tuvieron los Campos de Hernán Pelea, que hoy se llama así,  era el de los Campos de la Gran  Pelea. Porque, cuando estaban los moros aquí, por ahí se establecieron y en esas tierras vivían. Pero cuando los echaron, en ese rincón fue donde tuvieron las últimas batallas.  En el campo aquel.  Muchas piedras yo me he encontrado por allí que son de metralla. 

 

         De estas últimas batallas que tuvieron los moros, se le quedó el nombre de los Campos de la Gran Pelea pero luego, por “mediación” de que quedara más bonico o  refinarlo de la manera que fuera, que a la gente le gusta refinar cosas, pues  le empezaron a decir los Campos de Hernán Pelea pero ni siquiera  este es su nombre verdadero. Y otros que yo he oído,  mucho menos.

- Pero te pregunto de nuevo ¿Por qué de Hernán Pelea y no “Perea”?

- Es que eso de “Perea” es un invento de no sé quién. ¿Tú lo Sabes?

- Algo sé.

- ¿Y qué opinas?

 - Que me gusta más el nombre serrano de siempre aunque el otro esté fundamentado en algún hipotético texto histórico.

- Pues ya está dicho todo.

- Todo no porque mi pregunta no queda respondida. ¿Por qué Pelea y no “Perea”?

- Te digo que “Pelea" es lo que por aquí siempre hemos dicho y desde tiempos inmemoriales. Quizá sea una deformación pero aun así tiene tanto valor o más que lo que fue en un principio total, si es que fue como dicen que fue. La historia de la sierra, es la nuestra, la de los serranos. La otra historia, mas bien siempre vino a destruirnos hasta en los nombres de los sitios aunque dijeran y digan que los nombres de la sierra son sagrados. Solo un serrano curtido por las nieves y el sol de los campos sabe lo que significa la palabra “Sagrado”.  

 

         - ¿Y lo del Morro de las Peleas?

- Pues eso viene casi de lo mismo que se ha dicho antes. En aquellas fechas de los moros, hubo un follón grande de peleas por aquí. Por lo que yo he oído de mis mayores, fueron unas de las últimas peleas que tuvieron.  Y en el Morro de las Peleas con el Morro de los Cojos, que también lo hemos dicho, mataron a muchos.  Otros se fueron lisiados y otros, sanos y salvos. Con brazos rotos, piernas heridas y un montón de cosas, más leves o más graves. Este morro se encuentra entre  Hoya Humosa, la Tiná de los Enamoraos, Cañá Rincón y la Losilla.

 

         En el Morro de los Cojos se quedó uno de aquellos, cojo, en un “bujero” que hay allí especie de una sima. Allí se estuvo hasta que sanó de la cojera que tenía. El sólo se curaba, se administraba y vivía en esa sima. Lo que pasó cuando ya sanó, no lo sé yo pero que al Morro de los Cojos, se le quedó este nombre por la historia que ya hemos contado. Lo mismo fue con el Morro de las Peleas... 

 


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