Digno de los salones del cielo

Colección de relatos originales

1- Digno de los salones del cielo

2- Hasta los sueños más grandes

3- El fresno 

4- La vieja casa

 

 

 

Digno de los salones del cielo

            Se despertó y, tal como estaba acostado en su cama, miró por la ventana. Era uno de mayo, primavera plena y el cielo se mostraba limpio y azul. Solo una pequeña nube alargada y color oro vivo. Los primeros rayos del sol la iluminaba y por eso su color era fuego puro.

 

            Bajo la ventana, en el acebo y cedro, donde el césped de los rosales, se oían el canto de los mirlos, el de los gorriones y el de una curruca. Y mientras miraba por la ventana, fijo en la claridad del nuevo día, hasta sus oídos llegaban las melodías de estos pajarillos. Para sí se dijo: “Los trinos de estas avecillas son dignos de armonizar los salones del cielo”.

 

            Y a su mente vino ella, no muy lejos pero sí distante y oscurecida en su espíritu. Solo dos días antes la había invitado a dar una vuelta por las calles de la ciudad. Para verla y compartir los colores, luces y música de estos especiales día de primavera. Y contestó diciendo: “Hola, estoy bien pero el sábado no podemos ir. Estaré fuera de la ciudad”. Y al leer el mensaje descubrió que era casi el mismo de una semana antes y con igual contenido que los de las tres semanas anteriores. Por eso se le llenó el alma de oscura tristeza. Sabía que en menos de sesenta días se marcharía a su país para no volver jamás. Y tenía conciencia que le estaba ofreciendo la oportunidad de conocer y disfrutar las hermosas cosas de la ciudad en estos claros días de primavera. Todo únicos en el mundo y digno de armonizar y decorar los salones del cielo.

 

            Desde la cama, mientras se abría al nuevo y claro día de primavera, se dejaba empapar por el canto de los pajarillos y por la luz del sol sobre la nube alargada. Y comprobaba que todo esto estaba repleto de lo mejor dignidad. Tanto que merecía ser elevado al cielo para que eternamente quedara. Lo contrario de lo que le hacía sentir el recuerdo de ella. Porque su comportamiento había sido tan carente de nobleza que de ningún modo merecía apreciarse. Aunque recordado sí pero eternamente relegado a la oscuridad. 

Hasta los sueños más grandes

 

            Me lo encontré sentado junto a las ruinas del edificio. Por el lado de atrás y justo al borde mismo de las tierras del huerto. Y estaba sentado sobre unas de las piedras de las ruinas del edificio. Una gran piedra caliza en forma de bloque y cuadrada que ahora servía para, de alguna manera, decorar las tierras del huerto.

 

            Era por la mañana, dos de mayo, el cielo estaba despejado y, en las altas copas de los álamos, arrullaban dos tórtolas. También por entre las plantas de la derecha, membrillos, rosales, lilas y nogueras, se oía el alboroto de gorriones. Un par de golondrinas iban y venían afanada ellas en la construcción de su nido, en uno de los espacios en el edificio en ruinas. También se oían los cantos de un mirlo. Como si lo estuviera acompañando o como si se alegrara de la cálida serenidad de la mañana de primavera.

 

            Me acerqué a él despacio y con cuidado para no perturbar su recogimiento. Parecía rezar mientras miraba sereno y, al mismo tiempo, también parecía esperar. Y también parecía que estaba ocupado con algún recuerdo importante. Como si por allí y, en las tranquilas horas de la mañana cálida, tuviera vivencias muy grandes. Porque además, se le veía ocupado, fijos sus ojos en las tierras del huerto y como si no le importara el paso del tiempo.

 

            Al llegar a su lado me paré, lo saludé y, después de mirar un momento el agua que iba por los surcos, le pregunté:

- Me intrigan las ruinas de este edificio. Tiene aspecto de haber sido muy hermoso en otros tiempos y no sé por qué ha sido de esta manera abandonado. ¿Sabes tú qué es lo que por aquí ha pasado?

Tardó un rato en responder y luego dijo:

- Hace un momento he estado por ahí caminando.

- ¿Buscas algo?

- Como a ti, a mí también me intrigan las ruinas que ahora mismo estamos viendo.

- ¿Qué fue esto en otros tiempos?

- Una iglesia, un pequeño palacio y una sencilla vivienda.

- ¿Y por qué han dejado que se desmorone tanto?

- Eso no lo sé.

- ¿Entonces?

 

            Y después de un breve silencio y sin dejar de mirar a las ruinas del edificio, me dijo:

- Allá en su país, casi todo el mundo tiene un huerto y por estas fechas lo siembra. Con tomates, patatas, pepinos… Cuando estaba, muchas veces vine a esta iglesia a rezar. Ahora y esta mañana, al ver lo que por aquí estoy viendo, me duele el alma.

 

            En el mismo centro de las tierras del huerto, he sembrado unas matas de maíz y de girasoles. Las estoy regando para que crezcan y echan flores. Como ella en estos días allá en su país.

- Pero ¿y las ruinas de este edificio en un día como el de hoy y con esta mañana tan bella?

- Como si fuera un símbolo de lo que es la propia vida. Todo, absolutamente todo, al final siempre queda como lo que por aquí ahora mismo estamos viendo. Ella también parecía muy segura de sí misma, se mostraba orgullosa y elegante. Como si no le importara mucho o no tuviera necesidad de la mano que se le tendía ni le tuviera miedo al tiempo. Lo mismo que era este edificio algunos años atrás. Pero el tiempo, todo se lo come y convierte en ruinas hasta los sueños más grandes.

 

            Y de nuevo, tímidamente le pregunté:

- ¿Y estos girasoles y maíz que estas cuidando?

- Como un camino hacia lo que nunca destruye el tiempo.

 

28 de julio

(De mi libro inédito: El Huerto de los Girasoles)

 

            El fresno

         A la derecha del huerto, entre el pino de tronco grueso y el que da piñones comestibles, crece el fresno. Frondoso como un bosque entero, con ramas largas, muy tupidas de hojas y fuertes. Nido y lugar de cobijo de muchos pajarillos: mirlos, gorriones, carboneros, currucas, tórtolas, palomas… Y más en estos días de verano cuando el calor aprieta tanto. Pero el fresno, el fabuloso árbol que a él le gusta tanto, en estos días parece que se está secando.

 

         A la sombra de este árbol, cada día y cada tarde, se ha venido un rato. Cuando termina de regar sus girasoles, en tiempo de siesta para aliviarse del calor o en las primeras horas de la mañana para disfrutar del airecillo fresco. También después de coger algún tomate para comérselo. Porque la sombra de este fresno, aunque no es del todo fresca en estos calurosos día de verano, sí es también muy densa. Y cuando corre alguna brizna de brisa, de algún modo se alivia mientras deja que pase el tiempo y el calor de este tórrido verano. Mira desde aquí a sus girasoles y sueña con ella, siempre lejana y en el más hondo silencio y terrible indiferencia.

 

         Recuerda también las palabras de la niña que vio en sueños: “Tienes que compartir las cosas con las personas”. Y él lo entiende. Sabe que si no comparte los sueños y las tardes y mañanas, especialmente con aquellas personas que lleva en su corazón, muy poco sentido tiene la vida. Y cada día, cada hora que pasa, tiene más claro de lo que realmente significa esto. Por eso ayer al mediodía, cuando terminó de inspeccionar y de regar el huertecillo de sus girasoles, se vino a la sombra del fresno. Con la intención de regarlo y que este calor tan intenso no lo seque del todo.

 

         Sobre la piedra del lado de arriba, puso su cuaderno, la cámara de fotos y el bolígrafo. Se fue a donde la llave del agua para abrir y regar con la manguera. E iba caminando despacio hacia donde se encuentra la llave cuando, al pasar cerca de las cuatro pequeñas matas de arrayán, lo vio. Estaba acostado a la sombra, como si se ocultara de algo o alguien y esperando. Le dio un vuelco el corazón porque enseguida pensó en la madre de los gatitos y en la persona que con tanta fuerza lleva grabada en su corazón. Por eso, instintivamente exclamó:

- ¡Mini! ¿Qué haces tú aquí?

Y el animal reaccionó como si hubiera comprendido. Lentamente se incorporó, mientras emitía un lastimero maullido y comenzó a caminar en sentido opuesto. Como si se alegrara de verlo pero al mismo tiempo temiendo que le hiciera daño.

- ¡Mini, ven! ¿Qué andas buscando por aquí? Le dijo de nuevo.

 

         El gato, no blanco como sí la madre de los gatitos sino gris, blanco y negro, sin dejar de maullar en tono triste, siguió alejándose. Como si tuviera hambre de pan, de algún amigo o simplemente echara de menos una caricia. Comprendió enseguida que otra vez había venido por aquí en busca de la madre de los gatitos y de éstos porque los echa de menos y se encuentra solo. Le dijo:

- No temas. Yo también la echo de menos y a la persona que en mi corazón siempre llevo. Los dos estamos solos en este tórrido día de verano. Los dos necesitamos compañía y una caricia. Tú porque la madre de los gatitos era la compañera de tu vida y yo porque me gustaría compartir con ella las sencillas cosas de mi huerto y porque la quiero. No temas, mini, ven. Entiendo lo mucho que la echas de menos. Nada sé yo de la madre de los gatitos ni de ellos. Se marcharon o se los llevaron y nadie me ha dicho ni lo más mínimo. Lo mismo que la persona que en mi corazón llevo grabada a fuego.

 

La vieja casa

 

            Aunque hacía muchos años había estado en el lugar, cuando todavía era joven, todo lo veía ahora como en una nebulosa. Muy lejana le parecía la región, al norte del país y entre montañas. Y más lejana de sus sentimientos y corazón lo sentía. Como si todo aquello, y especialmente la casa, perteneciera a un mundo que ni le gustaba ni amaba.

 

            El autobús se paró justo en la explanada. La que a lo largo del viaje le había acompañado le dijo:

- Que te vaya bien y hasta Dios sabe cuando.

- Puede que nunca más en esta vida sepamos el uno del otro. Pero que a ti también te vaya bien en ese lugar aun más nebuloso que el que ahora piso.

Y el autobús siguió. Perdiéndose al poco en una lejanía oscura, muy oscura.

 

            Desde la explanada miró a la casa. La recordaba pero hacía tanto tiempo que ahora todo era por completo nuevo. Caminó despacio, entró y se encontró con ellos. Tres ya muy viejo y el jefe, el más viejo de todos. Saludó y enseguida el jefe dijo:

- Vienes a servir y al mismo tiempo a cuidar de esto. Pero no quiero que cambie nada.

Miró despacio y sintió algo de miedo. Las paredes de la casa estaban desconchadas, los suelos sucios, las mesas todas manchadas, los libros en las estantería húmedos y medio podridos y la cocina llena de mugre y desordenada. El olor a humedad ere intenso y hacía algo de frío.

 


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