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Desde la Alhambra: Ventanas a la Eternidad      http://1drv.ms/1zCCvej

  Ventanas a la eternidad 

       Relatos cortos // 2010-16

El libro de los más bellos relatos de la Alhambra,

río Darro, Albaicín, Realejo y Granada - I 

 

  1- Con los ojos del alma

  2- El hombre del saco dorado

  3- Extraña tarde en la Alhambra

  4- Junto a las aguas del río Darro

  5- El sueño de una princesa

  6- La princesa que baila flamenco

  7- La Alhambra, monumento a la ausencia

  8- La princesa Luna

  9- La princesa solitaria

10- La princesa del río 

11- El príncipe del lago

12- El higo chumbo de oro

13- La de la túnica azul

14- La princesa flor y el río Darro 

15- La princesa de Sierra Nevada  

 

16- La princesa cautiva

17- La princesa y la niña

18- Granada, como una reina 

19- La princesa del otoño

20- El príncipe y el otoño 

21- Cuando todavía no existía la Alhambra 

22- El tesoro del anciano 

23- Crecida del río Darro 

24- Cumpleaños de la princesa 

25- Espejo de la Alhambra 

26- La más hermosa de Granada 

27- La Alhambra coronada 

28- Las monedas del hombre pobre 

29- La princesa de la cueva 

30- La niña que soñaba con la Alhambra 

 

Con los ojos del alma

     

            Que el alma tiene ojos yo nunca lo pondré en duda. Y que con los ojos de la cara no siempre se ve lo esencial, también lo creo. Y pienso esto porque, con los ojos del alma, muchas veces he visto lo que nunca pude con los ojos de la cara.

 

            Por donde el Generalife, laderas que miran al sol de la tarde, subí el otro día. Siguiendo una senda que, como elevándose en el aire, lleva al mirador más bello de Granada y que muy pocos conocen. Es invisible a los ojos de la cara y yo lo conozco con el nombre de El Puntal de los Almendros. Por donde las tierras ya no son tales sino como transparencia de viento que, al pisar, se nota blanda como algodón en rama. Siguiendo la senda que he dicho, llegué a lo más alto y giré para el lado de los jardines del Generalife. Laderas de las huertas, Albaicín al fondo y la Alhambra un poco más cerca. Y, frente a este cuadro me quedé parado. Mirando despacio y gustando los últimos colores otoñales ya mezclados con los matices del invierno, que de todos estos sitios manaban.

 

            Llovía, hacía algo de viento y, sobre las cumbres de Sierra Nevada, las nubes se apiñaban. En cantidades grandes la nieve caía por allí y también, en grandes cantidades, la lluvia se derramaba sobre Granada y la colina de la Alhambra. También sombre los palacios, torres y muralla, el barrio del Albaicín y los bosques que rodean. Como en un juego fantástico que besara a los paisajes y, al mismo tiempo, los recogieran como en amoroso abrazo. Bajo esta misma lluvia y sobre el mirador en los pilares del viento, me quedé mucho rato. Simplemente observando y gustando y, al mismo tiempo, comprobando lo que nunca he podido ver con los ojos de la cara.

 

            Y, estaba yo embelesado en tan bella fantasía, cuando y con los ojos de la cara vi algo que me llenó de gran tristeza. Dos muchachas, extranjeras ellas, universitarias y con cierta apariencia de inteligentes, entraron a los jardines del Generalife. No llovía en ese mismo momento y por eso caminaban despacio. Haciendo fotos, mirando, charlando entre sí y preguntando al que le acompañaba: Un hombre mayor que, guiándolas, le ofrecía su sabiduría y respeto. Se le notaba claramente porque se le vía desde lejos.

 

            Llegaron al Patio de la Acequia y empezó a llover. Una de ellas recibió una llamada de un amigo y al terminar de hablar, dijo:

- A las seis y media tengo que estar en mi piso.

Expuso el hombre que les acompañaba:

- A las cinco tenemos la visita a los palacios y hoy es ya la segunda vez que nos regalan las entradas.

Hubo un silencio denso. La lluvia arreció, las dos muchachas aligeraron el paso mientras se quejaban:

- Nos estamos empapando. Queremos volver a nuestra casa.

 

            Poco después vi al hombre caminar detrás de ellas. Como el parrillo que sigue a su amo y, por eso, se le notaba algo menospreciado. Bajo la lluvia salieron de los jardines del Generalife, atravesaron las tierras por donde la Alhambra Alta, bajaron, salieron por la Puerta de la Justicia, esperaron al autobús y, media hora después, se apearon en el centro de Granada. Justo en la Plaza de Reyes Católicos. El hombre las despidió y, como triste y dañado por el poco respeto que había recibido, caminó cabizbajo. Yo no pude decir nada pero también me sentí desorientado.

 

La Alhambra, sus jardines, el Generalife, el Albaicín… cuando la lluvia cae como lo hacía en aquellos momentos, es la fantasía más bella que puede disfrutarse en este mundo.

 

 

El hombre del saco dorado

 

            La primera vez que lo vi fue una tarde de verano. Una muy calurosa tarde, casi a mediados de agosto, con el cielo completamente azul, sin pizca de viento que se moviera y con un gran concierto de chicharras asfixiando por todos partes. Todo respirando y transmitiendo monotonía y bochorno, como tantas y tantas tardes en los largos veranos de Granada.

 

            Por eso, aquella ardiente tarde estival, buscando un poco de alivio, me fui por la Carrera del Darro. Paseo hermoso donde los haya y el más visitado y recorrido en esta mágica ciudad. Muchos lo llaman “El paseo romántico más bello del mundo” y, aunque creo que no en para tanto, sí podrían tener algo de razón. Discurre este paseo desde Plaza Nueva, todo el río Darro arriba hasta la misma Fuente del Avellano. A la izquierda, según se remonta, van quedando las callejuelas, palacios y casa del Albaicín Bajo y a la derecha, el cauce del río, los viejos puentes, un trozo del original barrio Almanzora y luego la colina de la Alhambra, con su bosque y el gran palacio en todo lo alto. Por eso, aquella tarde y mientras recorría este bonito paseo, iba en todo momento acompañado por el chirriar monótono de las chicharras.

 

            Llegué al último tramo del recorrido, una hermosa plaza, muy conocida en Granada con el nombre de Paseo de los Tristes. Desde este sitio se ve muy bien la Alhambra en todo lo alto, el bosque que por el lado norte le protege, el barranco por donde desciende un riachuelo con aguas muy claras, los álamos meciéndose junto a las torres de la muralla y la gran Torre de la Vela y la de Comares. Son, estas dos esbeltas torres, las más famosas en todo el conjunto de la Alhambra. Y lo son, claro que por su belleza y robustez pero también por lo mucho que destacan. Se les ve claramente desde muchos de los rincones de la ciudad de Granada, parte del barrio del Albaicín, Sacromonte y este paseo del Darro. De aquí que, una visita al rincón del Paseo de los Tristes, no solo sea placentera por la luz y fresco en verano si no que es muy obligada para gozar de la vista de las dos torres que he dicho.

 

            Recorrí despacio la plaza, me paré unos minutos junto a la fuente que hay en el centro, observé a las personas ir y venir y a las que también por aquí se entretenían en sus cosas: algunos cantando para luego pedir unas monedas, otros leyendo sentados en el muro del río, unos pocos tomando algo en las terrazas de los bares que por aquí hay y muchos haciendo fotos a la Alhambra. Porque este lugar, además de todo lo que he dicho, también es muy bueno para hacer fotos y pintar cuadros. Cosa que, des vez en cuando, algunos hacen. Y también dibujan o escriben algo. Yo mismo, practico esta activada en algunas ocasiones. Por eso repito que este rincón, famoso Paseo de los Tristes, no se parece a ningún otro en toda la ciudad de Granada.

 

            Di por terminado mi breve parada y seguí subiendo. Dejé atrás el recinto de la plaza, también la fuente y el trozo de muro donde algunas chicas sentadas charlaban y me fue acercando al puentecillo. El último puente de piedra que el río Darro tiene por aquí y que se le conoce con el nombre de “Puente del Aljibillo”. A la sombra del almez que aquí mismo crece, clavando sus raíces en el muro de piedra, me detuve un momento. Es un sitio éste muy, pero que muy bello. El almez tiene ramas muy espesas y eso hace que dé una sombra única. Densa y algo oscura, cosa que en verano es lo que más se desea. También alegra la corriente del río que se ve perfectamente desde aquí y la visión del bosque que chorrean desde la Alhambra.

 

            Unos minutos después también dejé atrás la sombra del almez, terminé de cruzar el puente, me vine un poco para el lado de la izquierda, me alejé del cauce del río y busqué el camino de tierra. Sí, el que enseguida empieza a remontar como si pretendiera adentrarse en lo más profundo de la ladera. La pendiente que cae, tupida de monte y muy inclinada, desde el Generalife para el río Darro. Y por eso a esta ladera se le conoce con el nombre de “Dehesa del Generalife”. También propiedad del Patronato de la Alhambra y Generalife. De aquí que en esta ladera, parte del río, la cumbre del Llano de la Perdiz y tierras cercanas al Paseo de los Tristes, la vegetación sea muy densa, robusta y alta. Y de aquí que estos bosques, en cuanto el otoño llega, se llenan de asombrosos colores.

 

            Hoy no era así porque todavía el verano estaba muy presente. Pero yo, fui poco a poco tomando la cuestecilla que va llevando al centro de la asombrosa ladera. Y, en unos metros, comencé a dejar a mi derecha y lado de arriba, las paredes y jardines del Carmen de los Capiteles. Sí, uno de los cármenes más grandes y bellos de toda Granada. Pero, por desgracia, imposible de conocer por dentro. Es de propiedad privada. Sin embargo, siempre que paso por aquí, me quedo mirando y sueño que algún día pueda conocerlo, si tengo suerte.

           

            En unos minutos remonté la pequeña cuesta en el camino de tierra y comencé a toparme con la ladera. El sol me daba por las espaldas quemando con fuerza y por eso, comencé a sudar mucho. No le di importancia pero, en cuanto llegué a la parte llana, busqué una buena sombra para descansar y reponerme un poco. La encontré en un almez que crece justo al borde del camino, unos metros antes de la Fuente del Avellano y en el mismo surco del arroyuelo que baja de la Silla del Moro. Aquí y a la sombra de este árbol, volví a detener mis pasos con la intención que ya he dicho y por eso busqué el sitio apropiado y me senté. Justo al borde del camino, mirando al río y procurando que el leve vientecillo me refrescara. Con el sudor que ya empapaba gran parte de mi cuerpo, aunque solo hubieran sido unas briznas de viento, sabía que me iban refrescar mucho. Y, en tan calurosos días del verano en Granada, un alivio tan natural, es lo que más apetece.

 

            Por este camino, paseo tranquilo y bello que lleva y trae a la famosa Fuente del Avellano, siempre va y viene mucha gente. Buscando simplemente lo que yo: escapar un poco de la monotonía de la tarde y disfrutar la naturaleza de estos sitios. Pero aquel día nadie caminaba por aquí. Todo se veía por completo solitario y en su característico silencio. Tranquilidad que solo quedaba empañada por el canto de las chicharras y los trinos de algunos pajarillos. Pensé que, como yo, se refugiaban entre las ramas del bosque para soportar algo mejor las altas temperaturas.        

 

            Y, un poco ocupado en mis cosas y otro poco entretenido con los paisajes, río arriaba hacia la Fuente del Avellano estaba yo, cuando me alertaron los chillidos de un mirlo. Levantó vuelo de entre la espesura de unos álamos, unos cien metros camino arriba hacia la fuente, y se vino rápido para donde me encontraba. No me había visto y, por eso, al llegar al árbol que me daba sombra y descubrirme, más rápido aun se alejó para la profundidad del bosque en la ladera, sin dejar de chillar. No le di importancia pero sí, por curiosidad, miré para el lado de donde había arrancado vuelo. Ya he dicho que fue cerca las tierras que rodean a la Fuente del Avellano, hondo surco del río Darro y por donde Jesús del Valle y Abadía del Sacromonte.

 

            Y lo vi: despacio caminaba, bajando desde la fuente. Venía solo, cubierta su cabeza y casi toda su cara, con un sombrero de paja, vestido con una camisa gris ceniza y con un saco acuestas. Me quedé mirándolo y esperé a que se acercara. No tardó tres minutos en aproximarse. Siguiendo el camino, pasó muy cerca de mí por el lado derecho y no me vio. Yo estaba sentado algo metido en el surco del arroyo y entre algunas matas de romero y aulagas. Quizá por esto ni me saludó ni se paró. Tal como lo había visto acercarse, siguió su camino, metido en sí y como si llevara en su mente algún asunto importante. Por mi parte, tampoco hice por saludarlo. Me infundio cierto respeto. 

 

            Pero, bastante interesado me fijé en él, procurando ver su cara y no pude. La llevaba muy tapada con parte de su sombrero de paja. Sin embargo, sí me fijé bien en su figura, sus movimientos y en el saco color rastrojo, algo dorado y oro viejo, que llevaba acuestas. Y claro que, mientras lo seguía con mi vista, me preguntaba quién sería y qué llevaría en el saco que portaba. Llamaba mucho la atención. Por eso no aparte mi vista de él hasta que lo perdí en la curva del camino, unos cincuenta metros más abajo y dirección al Carmen de los Capiteles y Paseo de los Tristes.

 

            En este momento, estuve tentado de levantarme y, en lugar de continuar subiendo para la Fuente del Avellano, retroceder sobre mis pasos y seguirlo. Algo en mi interior, parecía empujarme a saber más de él. Y, sobre todo, me apetecía averiguar a dónde iba y qué era lo que llevaba en el saco color caña. No me atreví por que algo, también dentro de mí, me decía que no debía molestarlo. Por eso, durante un buen rato, estuve mirando hacia la curva por donde se me había perdido y luego miré para el lado de donde se me había parecido. Sabía y sé que, por el hondo barranco que por ahí talla el río y laderas de la Fuente del Avellano, hay muchas cuevas. Excavadas en la torrentera y muy camufladas entre higueras, álamos y zarzas. Pensé que quizá viviría en alguna de estas cuevas.

 

            Una semana más tarde, justo también en un muy caluroso día y poco antes de que se pusiera el sol, lo vi por segunda vez. En el puentecillo de piedra, a la sombra del almez que clava sus raíces en el muro del río, estaba yo sentado. Sí, en el puentecillo que cruza, desde el Paseo de los Tristes a la explanada que hay delante del edifico Rey Chico. El del Aljibillo que es el mismo que ya dije, da paso al camino de la Fuente del Avellano.

 

            Desde aquella primera tarde que lo vi, no podía dejar de pensar en él. Por las noches, antes de coger el sueño, por las mañanas, al asomarme a la ventana, al mediodía y por las tardes. Y por esto y, desde aquel día, volví varias veces al mismo puentecillo, al camino de la Fuente del Avellano y a la Cuesta del Rey Chico. Algo me seguí diciendo que otra vez podría encontrarlo. Y algo en mi interior, también me seguía diciendo que en él había algún misterio maravilloso.

 

            En esta segunda tarde, la sombra del almez me refrescaba y el airecillo me regalaba su caricia sobre un pequeño mar de silencio. Y, me distraía observando a las personas pasar, mirando a la corriente del río y esperando verlo asomar por el mismo camino. Y lo vi. Ya casi no quedaba sol porque se ocultaba tras las torres de la Iglesia de San Pedro. Al fondo del río Darro y al fondo de Granada y de su Vega. Por eso, sobre la colina, la muralla y torres de la Alhambra, se iban tiñendo de color vivo, oro, sangre y fuego. Siempre, al caer las tardes, la Alhambra parece transformase en extraña y a la vez mágica hada que quisiera arrancar vuelo para irse a otras partes del Universo. Y, vista desde este puentecillo, la Alhambra y al caer las tardes, es como el más bello de los sueños.

 

              En esta visión estaba yo distraído cuando, al mirar para el comienzo de la cuesta, lo descubrí. De espaldas ya y comenzando a subir por la callejuela que abre paso a la Cuesta del Rey Chico. Enseguida pensé que había llegado por el mismo camino de la Fuente del Avellano y yo, aunque estaba esperándolo, como también me encontraba distraído en la tarde y sus luces, no lo advertí hasta que ya subía por el camino.

 

            Me dio un vuelco el corazón y, en esta ocasión, sí me dispuse a seguirlo. Vi que a sus espaldas llevaba el mismo saco dorado, color rastrojo y oro viejo, en su cabeza y parte de su cara, el mismo sombrero y vestía la misma ropa. Pero, como subía dándome las espaldas y lo tenía un poco lejos, tampoco podía ver su rostro. Los últimos rayos de sol de la tarde, muy semejantes a oro líquido o pequeñas lenguas de llamas, se concentraban sobre el saco que portaba a sus espaldas. Y, como el color del saco era semejante a rastrojo añejo, la luz del sol parecía prenderle fuego. Por eso desprendía un brillo tan intenso que me dejaba un poco ciego y no permitía que lo viera a él con claridad.

 

Sin pensarlo mucho, dejé la sombra del almez, comencé a caminar en busca de la cuesta, fijos mis ojos en él, con el deseo de alcanzarlo. Y, aunque no caminaba muy aprisa, sí enseguida se me perdió en la primera esquina de la Cuesta del Rey Chico. Aligeré mis pasos a fin de acortar distancia y volverlo a ver en cuanto llegara a la esquina. En tan solo unos minutos me encajé en esta esquina y comencé a ver la pequeña recta que hay en los primeros metros del camino. Pero a él no lo encontré. Aligeré más y, sin dejar de escrutar la recta, comencé a dejar atrás las casas, las plantas que rebosan por encima de las tapias y la sombra de las higueras que hay en los patios de estas casas. Descubrí enseguida el follaje de zarzas y álamos que crecen en el barranco que desciende desde la colina de la Alhambra y lo único que vi fue el camino solitario. Pensé que si me daba más prisa, podría encontrarlo tras la siguiente curva que la cuesta traza para la izquierda, pared por donde se amontonan las chumberas.

 

            Pero, detrás de esta segunda curva, Placeta del Rey Chico, lo único que a la izquierda encontré fue una cancela de hierro que sirve de puerta a las últimas casas que hay por aquí. Estaba abierta y por eso, con cuidado y mirando por si veía a algunas de las personas que ocupan estas viviendas, empujé y entré. Al pequeño espacio que, en forma de patio al aire libre y entre parras, higueras, rosales y otras plantas, acoge a los lados, las puertas de varias viviendas. Un grupo de vecinos, casi todos familiares entre sí, que por su cuenta y sin respetar muchas normas de arquitectura, se han levando aquí sus hogares. Vi que todas las puertas estaban cerradas y el silencio era total. Avancé un poco y me aproximé a la terraza. Donde hay un sencillo mirador, con sillas y baranda de hierro y muchas macetas con flores. La baranda protege para no caer al vacío del primer tramo de la cuesta que acababa de recorrer.

 

            Por que sí, es esto un pequeño balcón y al mismo tiempo mirador desde donde se puede observar todo el Paseo de los Tristes, el surco por donde discurre la corriente del río Darro, el Puente del Alijillo y, algo más arriba subiendo por la Cuesta de Chapiz y a la derecha, el palacio de los Cordovas y laderas del Sacromonte hasta la Abadía. Desde esta zona y algo para la derecha, se ve muy bien la vieja muralla del barrio del Albaicín, las cuevas que hay por la ladera de San Miguel Bajo, las calles y casas del Albaicín, por esta ladera. También subiendo por la Cuesta del Chapiz y a la izquierda, desde el sencillo balcón en la puerta de las casas al comienzo de la Cuesta del Rey Chico, se ve la calle de San Juan de los Reyes, el Carmen de la Victoria, el Mirador de San Nicolás y gran parte de la extensa ladera del Albaicín Bajo. Por donde abundan los cármenes repletos de cipreses, higueras, almeces y muchos rosales. Más al fondo y este lado de la izquierda, se veían las torres de varias iglesias: San Juan de los Reyes, San Miguel Bajo, San José, San Pedro… Desde luego, una muy hermosa panorámica para hacerse una idea y gozar de esta grandiosa parte de Granada.

 

            Durante un buen rato estuve asomado a este balcón, recreándome en las bonitas vistas y rincones que desde aquí se ven. Y, mientras me ocupaba en esto, no dejaba de pensar en él y en su presencia por estos lugares de Granada. ¿Por qué, de algún modo y secretamente, mi corazón me decía que estaba conectando con todos estos sitios? Al menos, así creí yo que mi corazón me lo anunciaba.

 

            De pronto, a mi derecha y también derecha del balcón y lado que da para donde la Fuente del Avellano, la puerta de una casa se abrió. La última casa, en este espacio alzado sobre la ladera del Generalife, de las siete u ocho recogida alrededor del pequeño patio tupido de plantas. Al oír el ruido que produjo al abrirse, miré. Descubrí la pequeña terraza, arropada a un lado y otro por multitud de plantas con muchas flores, jaulas con pequeños pajarillos colgadas en los lados de la puerta, un perro muy enano que, al salir de la estancia, se vino hacia mí ladrando. Y detrás Salió una muchacha que directamente me saludó. Le correspondí y enseguida sentí la necesidad de disculparme. Porque era cierto que me había metido en un rincón muy particular, sin pedir permiso. Muy amable, ella me dijo:

- No se preocupe. Por aquí vienen muchos turistas para hacer fotos, desde el balcón, a los paisajes, flores del patio y también a las puestas de sol. Lo que más les gusta a ellos es la figura de la Alhambra recortada en lo más alto de la colina. Dicen que se parece mucho a la fantasía de un sueño único. Yo, como todos los días y a todas las horas la estoy viendo, no me impresiono tanto. 

- Lo entiendo. Pero por mi parte, como al pasar vi la cancela abierta, sentí la tentación de entrar.

- Tranquilo y haga todas las fotos que quiera.

- No son fotos lo que busco sino a una persona.

 

            Y, despacio le expliqué lo del hombre del saco y por qué venía por aquí buscándolo. Luego le pregunté:

- ¿Lo has visto en algún momento?

- No vive en ninguna de estas casas. Pero sí varias tardes, desde hace mucho tiempo, lo he visto subir por la Cuesta del Rey Chico. No lo conozco y por eso no sé quién es ni dónde vive ni qué es lo que busca por aquí. 

- ¿Y lo viste siempre con el saco?

- Un saco color oro pálido o miel recién sacada de las colmenas, que siempre trae acuesta y un sombrero de paja que le cubre parte de la cara.

Le di las gracias y me disculpé de nuevo.

 

            Después, comentamos algunas cosas más y, pasado un buen rato, le volví a dar las gracias, regalé una caricia al pequeño perro, salí fuera de la terraza, del patio y del pasillo que va a cada una de las casas y atravesé la puerta de la cancela de hierro. Al volver a pisar el empedrado de la Cuesta y Placeta del Rey Chico, me di cuenta que el sol ya se ponía por completo, al fondo, al otro lado de la colina de la Alhambra y sobre Granada. Por eso, por el mismo tramo y cuesta, comencé a bajar dirección al Puente del Aljibillo. Las farolas que hay en la callejuela y primer tramo de la Cuesta del Rey Chico, se encendieron. Por entre los álamos y vegetación en el barranco que baja desde la colina de la Alhambra, se oía el canto de algunos mirlos. La oscuridad, por este arroyo y bosques de la ladera norte de la Alhambra, comenzaba a extender su capa.

 

            Decidí volver y esto hice. Regresé por el mismo camino, ahora cuesta abajo hasta el puentecillo, lo crucé, recorrí el ancho espacio de la plaza en el Paseo de los Tristes y continué bajando por la Carrera del Darro. Ya por aquí las farolas de la calle proyectaban cálidos abanicos luminosos y las personas se animaban. Con el fresco, en cuanto el sol se pone en las tardes de los veranos en Granada, las personas se animan mucho y salen a pasear. Por eso, a estas horas del día y momentos, algo mágico ocurre en muchas calles, rincones y plazas de esta ciudad y personas que por aquí transitan.

 

            Tres días más tarde, una vez más, regresé al rincón de la Cuesta del Rey Chico. Con el deseo de volverlo a ver para, por fin, acercarme a él, conocerlo y saber el misterio de su saco color miel recién sacada de las colmenas. Y, en esta ocasión no me paré ni en la plaza del Paseo de los Tristes ni en la Placeta del Rey Chico. Metido en mí y con mis pensamientos ocupados en su figura, caminé y recorrí el primer tramo de esta empinada cuesta. Mirando con mucha atención, sobre todo, por el trozo de camino que va desde la placeta de la cancela de hierro, hasta el rellano de los olivos. Es este trozo de camino el más inclinado, un poco tortuoso y, como discurre empedrado en muy malas condiciones por ser antiguo, la subida es pesada. Aunque aun así, este tramo de la Cuesta del Rey Chico, es muy bello.

 

            Discurre encajado, por la derecha, con la muralla que protege al bosque de la ladera norte de la Alhambra. Junto a esta muralla, pero por el lado de adentro, corre el arroyuelo que se funde con el río Darro a la altura del Paseo de los Tristes. Arroyuelo por el que descienden las aguas que le sobra a la Acequia Real de la Alhambra. No toda, pero sí la que no se usa en las dependencias y jardines de los monumentos de la colina.

 

            Y por la izquierda, según se remonta la empinada cuesta que vengo diciendo, escoltan grandes torrenteras de graba, tierra roja y muchas chumberas. Sí, porque este camino fue excavado en las mismas entrañas de la ladera del Generalife. Aprovechando la depresión del surco del arroyo y por eso sube tan pegado a este cauce y tan pendiente. Por esto también queda tan encajado, a un lado y otro mientras remonta, por la torrentera de la graba y las chumberas.

 

            Sin embargo, no se me hizo a mí pesado ni largo el recorrido de este trozo de ruta. No, porque continuamente iba mirando con el deseo de verlo. También porque, de vez en cuando, me paraba. A descansar un poco para aliviarme del calor de la tarde y a contemplar las bellas vistas que iban quedando a mis espaldas. Y la más hermosa, es la que se abre sobre el barranco del río Darro. Con toda claridad y esplendor, se ve al barrio del Albaicín coronando, aplastado y chorreando en el cerro frente a la colina de la Alhambra. Y, al caer las tardes, con los rayos del sol dándole segados, las casas y árboles del Albaicín, presentan una belleza única. Y más. Observada desde esta Cuesta del Rey Chico.

 

            Ocupado en esto, pensando en él celebrando el encuentro, casi sin advertirlo, recorrí la cuesta, me encajé en el pequeño rellano de los olivos, unos metros antes del final del todo. Donde a la izquierda queda otra cancela de hierro que cierra el paso a un camino también muy bello. Es este uno de los caminos que, antiguamente, daban entrada al recinto del Generalife. Por donde, desde los palacios reales, los monarcas pasaban a las estancias del Generalife. Por eso, aquí mismo y a la derecha, hay otra pequeña puerta en la muralla. Es también la puerta que cierra el paso al camino que llega desde los palacios. Dos puertas, cancelas de hierro, una a cada lado, cortando el paso hacia el Generalife y hacia la Alhambra. Aunque el puentecillo todavía sigue aquí. Sí, un puentecillo muy bajo y antiguo que sirve y servía para cruzar la corriente del arroyuelo. Arropado por la sombre de la muralla y por las espesas ramas de higueras, olivos y álamos.

 

            Por eso este rincón, pequeña explanada y paraíso al final de la empinada Cuesta del Rey Chico, sirve de respiro. Y esto fue lo que hice. En cuanto estuve en esta llanura me acerqué a la corriente clara del arroyuelo, hice unas fotos para el recuerdo, descansé durante unos minutos a la sombra de la higuera que arropa con sus ramas al puentecillo y luego me fui para los olivos. En busca de los bancos de piedra que hay aquí. Unos bancos muy singulares porque no son tales. Simplemente son grandes bloques de piedras, sobrantes de alguna construcción o restos de ruinas, que han colocado en este sitio. Bajo los olivos, al borde mismo del camino y no tienen ni respaldares ni nada. Uno se puede sentar en cualquier lado y mirando para donde más le apetezca. Para la corriente del arroyo, para la ladera de enfrente, para las huertas del Generalife o la izquierda o derecha, que es por donde llega y se va el camino.

 

            Me senté yo mirando para la izquierda para que no se me escapara su presencia, en cuanto asomara por el último tramo de la cuesta. Porque tenía muy claro que, una vez más, hoy ascendería por aquí. Me lo decía el corazón y de una forma muy concreta. Y fue así pero no tal cual lo había imaginado. Yo lo había soñado del mismo modo a como lo descubrí los días anteriores: con su sombrero de paja, su cara medio tapada, su ropa gris y con su saco acuestas. Fue así y no exactamente.

 

            Porque estaba yo meditando mis cosas, pendiente del camino y también del rumor del agua del arroyuelo cuando, un intenso resplandor dorado, iluminó todo el barranco. Por donde la muralla, las tierras de enfrente y huertas del Generalife. Me volví para el lado de la Alhambra, a mis espaldas y por donde el sol se ocultaba y lo hice con gran interés. Descubrí enseguida que el resplandor venía exactamente de este lado. De donde los palacios de la Alhambra y los últimos rayos de sol que tras ella se ocultaba. Los rayos de este último sol de la tarde no eran iguales a los que estoy acostumbrado a ver por estos lugares. Sí, muy dorados, luminosos como incandescentes ascuas y derramándose en forma de grandes llamaradas. Parecido a grandes lenguas de fuego que, en amplios haces, todos incidían sobre las murallas y torres. Por eso y de pronto, todas estas construcciones, parecían transformase en una visión fantástica. Como si todo el conjunto ardiera y, al mismo tiempo, también se alejara de la tierra.

 

            Y, en estos precisos momentos, algo ocurrió que no pude entender ni ver con claridad. Ni siquiera ahora todavía tengo claro qué fue. Pero sí recuerdo que, estaba yo tan concentrado en el fenómeno del resplandor, que me desentendí por completo de todo lo demás. Incluso hasta de lo que realmente me había llevado al rincón. Por eso, cuando de pronto fui consciente y recordé que estaba allí esperándolo, dejé de mirar la puesta de sol.

 

            Rápido volví mi cabeza para el lado del camino y para mi izquierda. Para el lado en que termina la cuesta en su tramo por las chumberas. Vi que nadie se acercaba por aquí y rápido también miré para mi derecha. Y sí: lo vi. De espaldas otra vez y caminando de igual modo a los días anteriores. Con el sombrero de paja en su cabeza, vestido con ropa color gris y con su saco acuestas. Y, como en las dos veces anteriores, el corazón se me aceleró. No podía creer que hubiera pasado casi rozándome, yo estaba sentado en el mismo borde del camino, y que no lo hubiera visto. Pero había sucedido así. Lo estaba comprobando con mis propios ojos.

 

            Sin pensarlo dos veces, me levanté y, sin perderlo de vista, comencé a caminar detrás de él, con la intención de llamarlo. No sabía de qué modo pero deseaba llamarlo para captar su atención y que se detuviera. Conforme caminaba, a mi derecha me iba quedando, además del arroyuelo, la alta muralla y la Torre de Cadiz, Torre de las Cautivas y Torre de las Infantas. A la altura de esta última torre, pero siguiendo el camino, iba él avanzando. No lo llamé. Opté por aligerar mis pasos, con la esperanza de alcanzarlo antes de que llegara a lo más alto. Ya no le quedaba mucho para llegar a donde el carril de tierra se mete por debajo del puente de la Acequia Real de la Alhambra. Unos metros antes, el camino traza una leve curva para la derecha. El terreno ya se torna llano y, en unos metros más, deja en un especio muy concurrido de turistas y otras personas. También hay muchos coches, carretera asfaltada, tiendas, restaurantes, hoteles… Cuando esta Cuesta del Rey Chico llega a todo lo alto, deja en uno de los puntos más concurridos en todo el gran recinto de la Alhambra.

 

            En tan solo unos minutos me encajé bajo el puente de la Acequia Real, quedando a mi derecha, la famosa Torre del Cabo de la Carrera. Y al llegar aquí vi que se me tapaba, a la derecha, tras las plantas de unos arriates que hay aquí. Temí perderlo de vista, como las dos veces en los días pasados. Aunque ya estaba muy cerca de él y por eso tenía cierta esperanza de alcanzarlo. Me di más prisa, prescindiendo de las personas que, en dirección contraria a la mía y a la de él, justo asomaron por detrás de las plantas que me lo habían oculto.

 

                  Fueron solo uno segundos los que invertí en llegar a donde las plantas de los arriates y no lo volví a ver. Ya en este punto, a mi izquierda, tenía los bancos y edificios de los pabellones donde venden las entradas para la Alhambra. Y a la derecha, la parada del autobús, la carretera y acera que lleva al Palacio de Carlos V. Imaginé que se habría venido para este lado de la derecha. Por eso aligeré un poco más y enseguida me encajé en la misma parada del autobús. Y vi a uno de los guardias jurado que recorren los jardines y demás rincones de la Alhambra. Venía desde el paseo central Cuesta de Gomérez y por eso pensé que quizá lo habría visto. Tuve deseos de preguntarle y, me acercaba a él, justo por donde la barrera que corta y da paso a los taxis, autobuses y coches particulares hacia la Puerta de los Carros, cuando lo vi de nuevo.

 

              Al fondo de la acera que lleva a la Puerta de los Carros y arco de la Puerta de la Justicia. Se tapaba y aparecía con las plantas a un lado y otro de la acera y también con las personas que subían y bajaban. Por eso, desistir de preguntar al guardia jurado y apuré mis pasos acera abajo. Por donde, a la izquierda, queda la carretera y la prolongación del paseo central que sube desde la Cuesta de Gomérez. A la derecha de esta acera queda la alta muralla de la Alhambra, con la Torre del Agua, Torre de Juan de Arce, Torre de Baltasar de la Cruz y Torre de los Siete Suelos.

 

            Siguiendo este estrecho caminillo, todo peatonal y que lleva directamente, desde los pabellones de venta de entradas hasta la Puerta de los Carros y explanada del Palacio Carlos V, escoltan muchas torres. Todas clavadas en la misma muralla que protegen por el lado de la derecha. Después de la Torre de los Siete Suelo, aparece la Torre del Capitán, Torre de las Brujas, Torre de las Cabezas y ya, la Puerta de los Carros. Es por este punto por donde se entra al recinto amurallado de la Alhambra. Pero la puerta principal, la hermosa y oficial, queda un poco más abajo y se le conoce con el nombre de Puerta de la Justicia.

 

            Mientras lo seguía ya casi corriendo, imaginé que a este lugar, Puerta de la Justica, era hacia donde se dirigía. Imaginé esto no por nada concreto sino simplemente por una intuición interior. Y también pensé que podría venir buscando la entrada a la Alhambra por la Puerta de los Carros. Imaginé todo esto y algunas cosas más cuando de nuevo se me perdió por donde la fuentecilla, un poco antes de la Torre de los Siete Suelos. Porque es aquí mismo, donde la alta muralla y la acera que discurre pegada a ella, giran levemente para la derecha. Como si comenzara a subir hacia el punto donde, en lo más elevado de la colina, se alzan los viejos y hermosos palacios de la Alhambra.   

 

            En un abrir y cerrar de ojos me encajé a la altura de la Torre de las Cabezas. Aquí se abre una pequeña plaza, explanada donde se juntan cuatro calles y existe una parada de autobús. También una cámara de vigilancia, varios bancos por entre los troncos de recios árboles y un trozo de acequia. Por la izquierda sube una corta calle de tierra, al frente, sigue la carretera hacia la Puerta de la Justica, y bajando, por donde él había avanzando y yo lo seguí, llega otra calle asfaltada. Es la que arranca en los pabellones de venta de entradas. También al frente pero siguiendo el trazado de la muralla, remonta otra calle asfaltada que, rozando la Torre de los Abencerrajes, lleva exactamente a la Puerta de los Carros. Una de las puertas de entrada al recinto amurallado de la Alhambra y es la que usan los coches y taxis que traen turistas al parador.

 

             Arranca esta calle, como ya he dicho, justamente de la pequeña plaza que se abre a los pies de la Torre de las Cabezas. Y por esta plaza los turistas se amontonaban. Dos o tres grupos de extranjeros con sus guías, que esperaban el autobús. Un par de grupos más subían y bajaban por la pequeña cuestecilla que lleva a la Puerta de los Carros y otros muchos turistas, bajaban por la calle que se va para la Puerta de la Justicia. Y, por entre esta multitud, calles, cruces y plaza, se me perdió por completo.

 

            Al llegar a la plaza me quedé parado a lado de arriba, muy pegado a la Torre de las Cabezas. Mirando al frente, a mi derecha y para mi izquierda intentando verlo. No lo descubrí y ahora me sentía triste. Como frustrado por la nueva pérdida y también algo desorientado. ¿Para dónde se había ido y a qué lugar concreto se dirigía? Me pregunte varias veces, mientras miraba y miraba sin descubrirlo.

 

            Durante unos minutos aquí estuve parado. Observando también a los turistas mientras me orientaba. Ya la tarde estaba casi en su final. El sol se hundía por completo al fondo de la Vega de Granada y las luces del día se apagaban. Por entre el bosque, la oscuridad iba aumentando y las farolas, a un lado y otro de los paseos, se encendieron. Decidí seguir calle abajo hacia la Puerta de la Justicia, mezclándome con los grupos de turistas. Y, mientras caminaba, no dejaba de mirar para todos los lados. En unos minutos llegué a la cuerva, justo por delante de la Puerta de la Justicia y el Pilar de Carlos V.

 

            Aquí mismo hay otra parada para los autobuses, un banco, una fuente de agua potable y una extensa explanada. Por delante del Pilar de Carlos V. hay una pared que hace, al mismo tiempo, de largo banco frente a los chorrillos de agua y el frontal del pilar. Y en este largo banco de cemento, vi muchas personas sentadas. Jóvenes casi todos, que charlaban, tocaban una guitarra, hacían fotos, observaban…

 

            Tres días más tarde, volví de nuevo por los rincones de la Alhambra. Pero en esta ocasión, no siguiendo el recorrido de la Carrera del Darro y Cuesta del Rey Chico. Aunque no dejaba de pensar en él y por eso seguía notándome como desorientado, me dispuse a no buscarlo más y que se me borrara esta historia de una vez. Y, porque también, notaba en mi interior un cierto mal estar, en esta ocasión me vine por la Cuesta de Gomérez. Cuando llegué a la Puerta de las Granadas, no continué por el paseo central sino que tomé por la Cuesta Empedrada. El camino que, desde la Puerta de las Granadas, arranca por la derecha del paseo central y sube muy empinado justo al Pilar de Carlos V.

 

            Por aquí me vine, caminando despacio, observando todo cuanto a mi paso me encontraba y sentándome, a intervalos, en algunos de los bancos que este paseo tiene. Bancos de piedra justo al borde mismo de las dos acequias que descienden rebosantes de agua. Por eso agrada tanto este camino y por eso descansa y refresca mucho en las calurosas tardes de verano. Y más todavía refresca y relajan, las espesas sombras que por este rincón derrama el denso bosque de los singulares jardines de la Alhambra.

 

            Subí despacio, ya lo he dicho y me fui parando también en la pequeña cascada que hay a la izquierda. Solo unos metros antes de llegar a la explanada del Pilar Carlos V. aquí me entretuve mucho observando el revolotear de algunos mirlos, escondidos y haciendo vida entre la densa vegetación. Hice fotos, me senté y saqué bolígrafos y papel y redacté algunas cosas. Desde hace tiempo, siempre que puedo y por las tardes, recorro muchos de los sitios de la Alhambra. Para mí y también para otras muchas personas, es interesante recorrer estos lugares y conocerlos al fondo. Y, para mí, por una razón muy especial.

 

            En casi todos los rincones que pueden verse en estos lugares de la Alhambra, se palpa una belleza, un misterio, una sensación de eternidad, que llega al corazón e impacta. Y, donde más se palpan estas sensaciones, es entre los bosques y paisajes que rodean a la Alhambra. Al menos para mí, así es. Y lo es en cualquier estación del año: verano, otoño… pero el verano y otoño, también para mí y por aquí, tienen un misterio especial. Cuando por aquí vengo, una vez y otra, siento como la presencia de algo hondamente importante y eterno. No sé qué será pero el corazón y el espíritu, me hablan de esto. Parece como sí, en algún momento de la historia de la Humanidad, alguna persona muy especial, hubiera venido por aquí. Y parece que esta persona, después de un tiempo por estos lugares, se hubiera ido, nunca se supo a dónde. Pero de aquella presencia suya por estos paisajes de la Alhambra, ha quedado algo muy misterioso y grande. Como la esencia de su espíritu y yo lo percibo.

 

            Por eso, cada vez que puedo y de la mejor manera que sé, vengo por aquí buscando. Como si pretendiera encontrarme con la esencia más pura de esta persona que digo. Y creo que es como algo vital para mí. Aquella persona tuvo sus sueños y vivió dolor y, de alguna manera, por aquí ha quedado todo esto, como esperando.        

 

              Desde la oscura cascada, a la izquierda de la cuesta y ya muy cerca de final, sigo. Solo unos metros y me encajo en las escaleras. Sí, ya al final del tramo de cuesta, antes del rellano del Pilar Carlos V. tiene estas escaleras siete u ocho escalones, en el primer tramo y cinco o seis, en el segundo. Son de empedrado granadino y con grandes adoquines de piedra, en el borde de cada escalón. En cuanto se termina de subir, ya se pisa  la amplia explanada por delante de la fuente. También empedrada, con piedras pequeñas, blancas y negras, que trazan dibujos de flores y el bello escudo de Granada, justo en el mismo centro de la explanada y frente al pilar. Llego al rellano y esta tarde me lo encuentro casi solitario. Solo dos muchachas, con pelo rubio y ojos azules, que charlan entre sí. Descubro enseguida que son extranjeras. Y lo descubro no solo por su físico sino también por el idioma que hablan. Se expresan en ruso y esto me alerta. Tengo yo pequeñas y bonitas experiencias con algunas personas de este país, que recuerdo con cariño, al tiempo que con nostalgia.

 

            Por eso, al darme cuenta de que estas jóvenes son del país que he dicho, me siento impulsado a acercarme a ellas, saludarlas y preguntarles. No lo hago. Enseguida caigo en la cuenta que no sería un buen comportamiento por mi parte porque quizá ellas lo encuentren extraño. Por eso, mientras sigo pendiente del idioma que hablan, ya en el rellano, me acerco al banco alargado que hace de pared por el lado de la derecha según se llega. También me lo encuentro solitario.  Busco el rincón que está más cerca de la parada del autobús, justo al lado mismo de la fuente de agua potable. Pienso que es éste un buen sitio para sentarme y, mientras descanso y medito, permanecer atento por si también hoy aparece. Presiento que puede ser así. Y, desde este lugar del banco, puedo ver el tramo de camino que, por el lado de arriba del pilar, acerca a la Puerta de la Justicia.

 

            Corre la tarde, pasan y pasan turistas, se oyen los chorrillos de la fuente, revolotea algún mirlo, varios niños, mientras con los padres esperan el autobús, juegan, las sombras del bosque se alargan porque los rayos del sol les llegan casi desde el horizonte al fondo de Granada… Y, estoy mirando con gran interés para el lado de la muralla de la Alhambra, carretera que baja desde la Torre de las Cabezas, cuando me sorprende un fuerte ruido. No de pasos de personas ni vehículos sino de hojas de árboles agitándose con vehemencia. Como cuando sopla un fuerte viento y zarandea todas las ramas del bosque. Y, en un primer momento, creo que esto es lo que sucede.

 

            Miro para la Puerta de la Justicia y veo que es cierto. Los árboles que hay por ahí, antes de la torre y los que tengo cerca, al fondo y a mi derecha, se mueven con mucha fuerza. Una recia ráfaga de viento los zarandea y sus hojas, al chocar entre sí, emiten un sonido muy especial y denso. Como si de pronto se hubiera formado por aquí un remolino y quisiera llevarse la mitad del bosque que hay por este lugar de la Alhambra. Y llego a creer que es así porque, de la pequeña explanada que hay por delante mismo de la Torre de la Justicia, se alza una densa nube de polvo. Tan grande y con tanta violencia que, algunos de los turistas que por ahí caminan, gritan sorprendidos y pidiendo ayuda.

 

            Pero mi sorpresa tiene una explicación enseguida. Porque, de pronto, lo veo. Baja por el trozo de carretera que llega desde la Torre de las Cabezas y viene solo. También hoy con su saco acuestas y su sombrero pero con un traje muy distinto el de otros días. Hoy no vine vestido con ropa color ceniza o gris sino de blanco y con una túnica muy amplia de tono azul claro. Tan blanco parece todo su atuendo que hasta da la sensación que desprende luz y, al mismo tiempo, igualmente parece que de su figura manan los chorros de viento que zarandean las ramas y hojas de los árboles. Y esto y el color de su vestimenta, es lo que realmente me sorprende al verlo.

 

            Aunque también me sorprende alguna cosa más: me doy cuenta que ninguna de las personas que bajan por donde él y desde la Puerta de la Justicia, parecen advertir su presencia porque se comportan como si no lo vieran. Y esto es lo que me hace pensar que yo soy el único que puedo verlo. Y él, como las otras veces, también parece que no se percata de mi presencia.

 

            Rápido me levanto de donde estoy sentado y me voy corriendo a su encuentro. Creo que puedo salirle al paso por el lado de arriba del Pilar de Carlos V, en la misma explanada que precede a la Puerta de la Justicia.  

 


Extraña tarde en la Alhambra

 

            Su actitud no fue noble ni se comportaron con respeto. Por eso a él, se le quedó un extraño dolor en el alma y, aunque meditaba buscando una explicación, no encontraba ninguna razón convincente.

 

            Después de tres meses, por fin aquella tarde de domingo, quedaron. Era ya final de noviembre, otoño muy avanzado. El cielo estaba todo cubierto de espesas y grandes nubes negras. Antes de la hora fijada, a las dos y media, llovió bastante. Sobre el asfalto de la plaza donde habían quedado, se formaron algunos charcos y por la calle en cuesta, el agua bajaba en ríos pequeños. Mientras las esperaba se decía que la lluvia no sería ningún problema. Tenía claro que, la Alhambra bajo la lluvia, es muy bella. O mejor y al menos para él, bajo la lluvia, la nieve, el frío o el viento, la Alhambra es mucho más bella que en cualquier otro momento. Así lo sentía y así se lo había dicho. Por eso creía que sentían y pensaban lo mismo.

 

            A las dos en punto de la tarde ya estaba en la plaza esperando. Paseó, soñando el encuentro y a las dos y media recibió un mensaje que decía: “Lo sentimos, llegaremos a las tres de la tarde”. No contestó y siguió esperando. Hasta las tres y media que fue cuando llegaron. Las saludó y nada dijo del retraso. Sí les aclaró:

- Tenemos que cambiar las reservas por las entradas y a las cinco es la hora de la visita a los palacios. Solo nos dará tiempo ver algunas cosas, antes.

- ¿Qué veremos?

Y les dijo que lo mejor sería visitar primero el rincón de Generalife y luego regresar para estar a las cinco en punto en las puerta de los palacios.

- Se tarda una hora y por eso serán las seis cuando salgamos, momento en que cierran todos los recintos de la Alhambra. En estos días ya tienen horario de invierno.

 

            Mientras subían por la Cuesta de Gomérez, les preguntó:

- ¿Habéis comido?

- No. Ahora compraremos algo en algún sitio.

Y les regaló unas naranjas mandarinas que había cogido de su huerto. También un par de granadas y una tableta de chocolate con almendras. Sin reparo ninguno lo cogieron y al instante se pusieron a comer. Nada agradecieron. Al pasar la Puerta de las Granadas, una amplia alfombra de hojas color naranja cubría todo el asfalto, se abrió ante ellos. El otoño ya tenía casi desnudos muchos de los árboles en el bosque de la Alhambra. Les dijo:

- ¡Fijaos qué cuadro más bello!

Nada dijeron. Comían naranjas y chocolate y caminaban despacio. A mitad de la cuesta, abrió él una bolsa de plástico, saco unos libros y se los ofreció diciendo:

- Es nuevo y acabo de terminarlo. Los rincones y matices más bellos de este sueño que es la Alhambra. Os lo regalo y os hago saber que sois las primeras personas en tener este libro entre sus manos.

De nuevo sin agradecer nada, los cogieron, no lo miraron, los metieron en la mochila y siguieron subiendo.

 

            Poco después, cuando ya iban llegando al pabellón donde debían canjear las reservas por las entradas, una de ellas dijo:

- A las seis y media tenemos que estar en nuestro piso. Hemos quedado con unos amigos.

No hizo ningún comentario pero para sí, él pensó que, después de tantos días esperando para visitar la Alhambra gratis, apenas dejaban tiempo para ver las cosas con calma. Pensó que de este modo, corriendo para no llegar tarde a la cita con los amigos, no merecía la pena entrar a los jardines y palacios. Y para sí se lamentó el poco interés y la mala actitud que estaban mostrando. Se había ofrecido voluntariamente para conseguirle entrada gratis y para guiarlas y enseñarles estos lugares de Granada. Y, además, se había preocupado en ofrecerle unos libros únicos para que conservaran un recuerdo y que supieran la historia y valor de las cosas. No dijo nada pero ya comenzaba a sentirse molesto.

 

            Cambiaron las reservas y, ya con las entradas en la mano, pasaron a los jardines del Generalife. No llovía pero sí hacía frío y algo de viento. Y el cielo amenazaba lluvia en cualquier momento. Olvidó la prisa que habían mostrado por regresar pronto a su piso. Entusiasmado se puso a explicarle, mientras las guiaba y les decía los nombres e historia de las cosas. Aparentemente interesadas, caminaron despacio, hacían fotos, charlaban entre sí, preguntaban… Entraron al Patio de la Acequia, al del Ciprés, subieron las Escaleras del Agua, regresaron por el Paseo de las Adelfas y de los Cipreses,  pasaron al espacio de la Alhambra Alta, donde estuvo la Medina. Y a cada paso y paisaje nuevo, el hombre les explicaba con cariño. Aunque a cada momento descubría más y más que apenas prestaban atención. Y sí comentaban, de vez en cuando:

- Tenemos que estar en nuestro piso a las seis y media.

 

            Empezó a llover, se formaron algunos charcos, bajaron las temperaturas y su deseo de volver, fue aumentando. Para animarlas les decía:

- En cuanto salgamos de los palacios cogemos el autobús y regresamos en un periquete.

- ¿Y no podríamos dejar la visita a los palacios para otro día?

Y les dijo que sí se podría pero creía que no era bueno desaprovechar las entradas que les habían regalado. Sería la segunda vez y esto no le parecía correcto.

 

            Al llegar a la explanada por delante del Palacio del Carlos V, de nuevo dijeron:

- Hemos pensado que vamos a regresar.

Y sin más, decididas se fueron para la cuestecilla que lleva a la Puerta de la Justicia. El hombre las siguió a cierta distancia y con la sensación de ser abandonado. Pero las siguió sin pronunciar palabra. Por la cuestecilla que lleva a la puerta principal, por los recodos en este arco y puerta, por la explanada detrás del Pilar de Carlos V y llegaron a donde la parada del autobús. Aquí se detuvieron, esperaron que el hombre llegara y una de ellas preguntó:

- ¿Tardará mucho el autobús?

- Como es domingo pasan con menos frecuencia que los días normales.

- Estamos mojadas, tenemos frío y queremos regresar a nuestro piso. Hemos quedado con los amigos a las seis y media. ¿Tú te quedas o te vienes?

 

            Les dijo que también regresaba porque su presencia esta tarde por los recintos de la Alhambra había sido solo para acompañarlas. Pero él entendió que lo que le estaban diciendo era que las dejara y que se fuera por otro sitio. Se sintió mal. Triste y algo desgraciado y porque también notaba que no lo estaban tratando con respeto. Siguió junto a ellas esperando al autobús. Llegó en unos minutos, subieron, se fueron ellas al final de todo y él se quedó cerca de la puerta. Sin saber si debía acercarse y decirles algo o dejarlas tranquilas. Optó por esto último y esperó así hasta el final del recorrido. El autobús se paró en la plaza al final de la Gran Vía. Ellas bajaron rápido y, aunque el hombre les dijo:

- ¿Os apetece un chocolate con churros?

Sin ningún reparo respondieron:

- No tenemos tiempo.

Y comenzaron a irse calle abajo. Sin apenas despedirse y mucho menos agradecer nada. El hombre caminó en sentido opuesto, hacia su casa, cabizbajo y triste.  

 

Junto a las aguas del río Darro, Granada // Relato lírico

 

            “Darro”, es el nombre de uno de los cuatro ríos de Granada. Nace este río al norte de la ciudad y justo en el centro del Parque Natural de las Sierras de Huétor Santillán. Desde ese punto desciende en busca de la Alhambra. Porque de este río es de donde se surten de agua todos los jardines y palacios de la Alhambra y el amplio conjunto del Generalife. Cuando este cauce se aproxima a la ciudad de Granada lo hace justo por entre la colina de los palacios nazaríes y altozano gemelo donde se asienta el barrio del Albaicín. Por entre ambas colinas se abre paso hacia la extensa Vega de Granada, donde se funde con el río Genil. Pero antes, cuando el río Darro se acerca por el lado norte a la ciudad de Granada, dibuja y empieza a recorrer uno de los rincones más bellos y famosos de esta ciudad: El Paseo de los Tristes, desde la Fuente del Avellano hasta Plaza Nueva.

 

            Es por este rincón por donde van y vienen, se paran y observan, casi todos los turistas que visitan esta ciudad. Porque dicen que es “el paseo más bello del mundo”, porque es una de las rutas que llevan al corazón del barrio del Albaicín y a las laderas y abadía del Sacromonte y porque también dicen que es el lugar más romántico de Granada. En verano es muy fresco todo este recorrido y en otoño e invierno, las vistas que desde aquí se pueden gozar de la Alhambra y del Albaicín, son las más asombrosas. Pero ni los turistas que tanto pasean por aquí ni otras muchas personas de Granada y de fuera, conocen ni conocieron nunca las mil y hermosas historias y leyendas que, a lo largo de los años, han ocurrido junto a las aguas del río Darro. Justo en este trozo del cauce, Fuente del Avellano y Paseo de los tristes, hasta Plaza Nueva.

 

Yo sí he tenido la suerte de conocer y escribir un puñado de estas pequeñas y originales leyendas. Y las tengo recogidas en mi cuaderno para ofrecerlas, en su momento, a las personas que gustan de estas cosas. Como en un sencillo intento de dar a conocer “la otra cara de Granada”, los matices más íntimos y secretos y quizá los más singulares y bellos. Para así tener la oportunidad de gozar las cosas desde otra perspectiva, matiz y dimensión. Una de estas pequeñas historias, en mi cuaderno personal y a mi manera, la tengo recogida como a continuación expongo:

 

 

               Ayer por la tarde, cuando más calor hacía, me lo encontré sentado en el último puente del río. Donde ya la ciudad termina y los fresnos se espesan. Y al verlo ahí, fijo en la claridad de las aguas y solitario, me entraron ganas de acercarme y preguntarle. ¿Que si lo conozco de algo?

 

            No lo conozco de nada. Pero sí es cierto que a lo largo de mucho tiempo, más de un año, lo he visto bastantes veces. Y más aun, en las tardes de sábados y domingos. Caminando siempre en silencio, con un pequeño bolso colgado del hombro, un bolígrafo y un cuaderno. Y su recorrido o paseo, todas las tardes ha sido y es el mismo: la cuesta de los almendros hasta la ancha avenida, la calle de los adoquines, Real de Cartuja, el arco de la muralla vieja, Puerta Elvira, la calle estrecha y larga, Calle Elvira, la plaza que es casi el centro de la ciudad, Plaza Nueva y el río, conocido en Granada por el Darro y, en este tramo, con el famoso nombre de “Paseo de los Tristes”. Fue junto a las aguas cristalinas de este río y rincón donde ayer por la tarde me lo encontré sentado.

 

            Y al verlo, cada tarde, a lo largo de tanto tiempo, siempre tan solo, tan callado, tan metido en sí, recorriendo cada día las mismas calles para venir a este mismo sitio fresco y claro del río, me empecé a fijar en él. Su figura y comportamiento me llamaba y me llama mucho la atención. Y por eso comencé a preguntarme:

- ¿Quién será y qué es lo que busca o le pasa?

Porque también, su forma de andar de y mirar, es lo que más llama la atención. Siempre que me lo he encontrado bajando por la cuesta de los almendros, por la avenida y calle estrecha, mira con detenimiento a las plantas que por ahí crecen. Algunas veces se para y le hace fotos y luego escribe y después sigue. Mira muy de frente a las personas con las que se cruza pero nunca se para a charlar con nadie. Como ni nadie lo conociera ni él tampoco fuera amigo de nadie. Creo que es el más solitario de cuantas personas viven en la ciudad de Granada. Se detiene, también a veces, con los pajarillos callejeros y hace lo mismo: los observa despacio, le saca alguna foto y luego sigue. Y, al llegar a la calle estrecha, la más larga y vieja de la ciudad y por eso monumento nacional, calle Elvira, mira a las personas. A todos los que le adelantan y lo mismo a los que se cruzan en dirección contraria a la que él lleva. Pero no las mira de cualquier forma sino con un interés muy especial. Me digo:

- Es como si buscara a alguien concreto, como si tuviera hambre de amigos o de compañía. Como si necesitara contar algo que lleva dentro y estuviera buscando a la persona exacta.

 

            Pero cada tarde, lo que más me ha llamado y me llama la atención en él, es su expresión de melancolía y sufrimiento. Como si le preocupara algo muy concreto o le doliera el corazón por alguna desconocida razón. Por eso, cuando ayer por la tarde lo vi sentado en el muro del puente último del río, lo primero que pensé es en acercarme y preguntarle. Y lo hice. Con prudencia y respeto lo saludé y, luego, con tacto, le pregunté:

- No te conozco pero sé que te preocupa algo. ¿Qué es?

Advertí que no se sentía molesto sino todo lo contrario. Pasados unos minutos me dijo:

- Una vez más acabo de pasar por donde han vivido ellas y todo me lo he encontrado solitario. Vacío y mudo como si ahí hoy ya no existiera vida alguna.

- ¿Es que se han marchado?

- Todas, una detrás de otra.

- ¿Y eran amigas tuyas?

- A casi todas las he estado viendo a lo largo de un año entero. Y, aunque con ninguna llegué a tener amistad sincera, solo verlas y saber que estaban ahí, la vida me parecía bella.

 

            Los dos guardamos silencio durante un minuto y de nuevo le a pregunto:

- ¿Es que son muy especiales?

- Tres de ellas son de un país muy lejano. Y, al menos para mí y a lo largo de un año, sí que han sido muy especiales.

- ¿Y también se han marchado?

- Todas y sin decirme adiós.

- ¿Qué ha pasado?

- No lo sé y por eso me duele tanto. Cuando ahora paso por ahí, bajo el calor de estos tórridos días de verano, solo mirar para el lugar donde han vivido y saber que ya no están, me entran ganas de morir, de llorar, de gritar y llamarlas, de salir corriendo y buscarlas… Ya no se ven las bicicletas que, en la misma puerta, han estado aparcadas a lo largo de todo el año, tampoco en la puerta se ven los coches aparcados ni entrar ni sale nadie ni se oye hablar ni reír ni cantar… Solo se palpa una gran soledad y un terrible y hondo silencio. Y lo que más duele es saber que se han ido para siempre, muy lejos y para siempre.

Y como no supe qué decirle, susurré:

- Como la vida misma. Todo nace, crece y muere. Los humanos nos pasamos la vida persiguiendo un sueño y de pérdida en pérdida.

 

            Guardó silencio y yo también. Algo después lo despedí y, desde ese día, yo no he vuelto más por el último puente del río. No sé si es miedo lo que tengo o que me duele lo que a él le duele. Porque es cierto: desde aquella tarde, varias veces más he pasado por donde vivían ellas y todo lo encuentro tal como él me dijo: vacío, silencioso, cargado de soledad y como llorando no sé que ausencia eterna. Y también para animarme, como le dije a él, me digo que todo es como la vida misma. Que las cosas y las personas siempre nos vamos. Nada ni nadie queda para siempre. Y a veces, a uno le entran ganas de hacer lo que hace él: sentarse en algún lugar del río, meditar las cosas mientras pasa el tiempo y se va la tarde y rezar al cielo. Quizá sea esto lo verdaderamente valioso y eterno”.

 

 

 

El sueño de una princesa

 

         Su pelo era rubio, oro fuego. Casi del mismo color que las puestas de sol en Granada. Sus ojos eran azules verdes, muy parecido a las limpias aguas que bajan de las cumbres de Sierra Nevada. Y su piel, además de suave casi como la seda, tenía el color de la miel, con tonos de luz del alba.

 

         Era alta, delgada, hermosa como el más dulce sueño, alegre como un día de primavera y tierna como los pétalos de las rosas. Y soñaba. Siempre llevaba en su corazón el deseo de encontrar el príncipe más bello, valeroso y bueno. Por eso cuando se le preguntaba:

- ¿Cuál sería para ti el más grande y mejor de los regalos que la vida pueda darte?

Siempre respondía:

- Que apareciera un día un príncipe alto y fuerte. Y que además de su corazón y abrazos sinceros, me regalara un extenso reino con las flores más bellas que nunca se hayan visto en esta tierra.

 

         Y aquella tarde, plena primavera y de sol cálido, se le vio avanzar. Caminando lenta por un ancho paseo, sembrado a un lado y otro, de grandes flores rojas, amarillas, azules y blancas. Al fondo, el sol se ocultaba y sus dorados rayos oro sangre, se derramaban sobre el amplio reino. El color de su pelo se fundía con la puesta de sol y los colores de las flores. Y el color de sus ojos parecían reflejar las azules y verdes aguas de los lagos y arroyuelos que descienden de Sierra Nevada.

 

 

La princesa que baila flamenco

 

         Le dijeron:

- Hoy baila de nuevo.

- ¿A qué hora?

- Al caer la tarde. Ya sabes que a ella lo que más le gusta es el sol de España. Y más le gustan aun las puestas de sol en Granada.

- ¿Y qué escenario ha escogido?

- ¿De verdad quieres saberlo?

- Claro que sí. Todos dicen que sus bailes siempre han sido los hermosos del mundo. Así que me imagino lo que sus bailes serán si lo hace en un escenario único.

- Pues vente conmigo y lo verás.

 

            Cargaron con sus mochilas y se pusieron en camino. Por la orilla del valle, siguiendo la senda que bordea el bosque. Cruzaron el arroyuelo que baja de Sierra Nevada, atravesaron el jardín de las diez mil flores y antes de asomar al desfiladero del río le volvió a decir:

- Y también sabes tú lo mucho que a ella le gustan las flores.

- Lo sé. Y por eso pienso que quizá sea la única princesa del mundo que lo que más desea es tener grandes reinos todos sembrados de flores. “Como si solo quisiera alimentar su espíritu y cuerpo con la belleza del baile, los colores de las flores y el sol de España”. Esto es lo que dicen muchos.

 

            Llegaron al borde de las aguas cuando la tarde caía. Y el charco, azul celeste y verde esmeralda, se remansaba al comienzo del gran cañón. Hondísimo tajo formado por las altas montañas a los lados. En el centro, más abajo del charco de las aguas de colores y antes de la curva del río, las rocas se amontonan como en un laberinto fantástico. Y más en el centro aun y como emergiendo de las aguas, la roca más grande y alta. Como pedestal sosteniendo el escenario. A los lados y laderas de las montañas, la multitud sentada esperando que saliera y ofreciera su baile. Ya el sol, muy brillante y color oro, iluminaba el gran escenario y único en este mundo, en lo más alto de la roca.

 

 

 

La Alhambra, monumento a la ausencia

 

            Le dijeron:

- La Alhambra de Granada es el monumento más grande que han construido los humanos en esta tierra.

- ¿Monumento a la ausencia?

- Y no solo eso sino que la Alhambra de Granada se cimenta y alza en el corazón mismo de la ausencia.

- ¿Y cómo puedes explicármelo?

- ¿Quieres verlo con tus propios ojos?

- ¡Claro!

 

            El carmen, la más bella casa con jardín, árboles y agua en el barrio del Albaicín, se encuentra en la mitad de la ladera. Por encima del Paseo de los Tristes y por debajo del Mirador de San Nicolás. Por completo frente a la Alhambra y desde donde se ve toda la ciudad de Granada y, al fondo, las cumbres de Sierra Nevada. Y dentro del carmen, entre sus fuentes y muchos árboles, hay tres viejos olivos, una higuera, varias chumberas y una pequeña ladera.

 

            Sentado a la sombra de estos olivos, frente a la Alhambra y mientras la tarde caía, estaba. Como ausente en un lejano sueño y también como rezando al cielo. Al llegar y verlo preguntó:

- ¿Quién es y qué espera?

Por el lado de arriba y en la pequeña ladera diez o doce girasoles con su flores abiertas y mecidas levemente por el viento. Le respondieron:

- Nadie sabe quién es. Pero desde hace tiempo, mucho tiempo, aquí se pasa las horas sentado frente a la Alhambra. Riega todos los días sus girasoles y luego se sienta en la sombra de estos olivos y tampoco nadie sabe qué es lo que espera. Pero muchos dicen que sí: que de su recuerdo, cuando paseaba por los jardines de la Alhambra, se alimenta.

 

La princesa Luna

 

            Ya casi al final del mes de agosto una tarde le dijeron:

- El último día de este mes, con la luna llena y a las doce de la noche, todos los años se le ve. Solo en este momento y día del año. Muchos creemos que es una princesa que tiene su alma y sueños en este rincón de Granada. Por eso la leyenda es conocida con el nombre de “La Princesa Luna”.

- ¿Y esto lo saben muchas personas?

- Algunos en Granada y dos o tres en el barrio del Albaicín.

- ¿Podría verla yo este año?

- El último día de agosto se acerca y la luna, justo el treinta y uno y a las doces en punto, estará llena.

 

            La casa se encuentra en mitad de la Cuesta de Chapí, subiendo a la izquierda. Uno de los cármenes más bellos del Albaicín y por eso con el mejor jardín, frente, frente a la Alhambra. También con los cipreses más altos y con las fuentes más claras entre todas las fuentes de Granada. Y como el misterioso y bello jardín se encuentra en la mitad de la ladera entre el Albaicín Bajo y Alto, siempre el sol de la tarde le da de frente y claramente lo ilumina la luz de la luna.

 

            Un poco antes de las doce de la noche se le vio subir por la Cuesta de Chapí, se paró frente a la puerta de hierro, abrió, entró al jardín y se ocultó entre las cañas de bambú y el grueso tronco del moral. En silencio y quieto se quedó frente a la fuente de agua clara, rodeada de bancos y por completo frente a la Alhambra. Y a las doce en punto la vio llegar. Vestida toda de blanco, silenciosa y con una hermosa cabellera cubriéndole las espaldas. En uno de los banco se sentó mirando a la Alhambra y a la redonda luna que la iluminaba.

 

            Sitió deseos de acercarse y preguntarle pero tuvo miedo. El color blanco de su vestido se fundía con la luz de la luna y el brillo de su cara. Y al fondo, la Alhambra, parecía brotarle como del alma. Nunca en su vida había visto tanta belleza, iluminada por tan fina luz y sutil misterio. Por eso tuvo miedo de romper el hechizo.

 

La princesa solitaria

 

            Iba sola, toda vestida de blanco, irradiando belleza y luz y como buscando. Y él, en su paseo de todas las tardes para matar el tiempo y ahuyentar la soledad, se la encontró. Justo en el corazón del barrio del Albaicín, por detrás de la Iglesia del Salvador. Al comienzo de la calle estrecha, estaba parada y miraba como buscando. Al frente, la blanca casa con los balcones y ventanas repletas de macetas y platos de cerámica. De su hombro colgaba un pequeño bolso y en sus manos portaba un mapa.

 

            Le preguntó:

- ¿Buscas algo?

Tímidamente y con acento extranjero respondió:

- No, solo miro.

- Yo voy para el Mirador de San Nicolás. Te acompaño si quieres y te lo explico.

- ¿Se ven desde ahí la Alhambra y las puestas de sol?

- Desde donde mejor se ven las más bellas puestas de sol en Granada.

- Pues vale, te sigo.

Solo unos metros más adelante, subieron por la escalera, caminaron por estrechas callejuelas, llegaron al mirador y divisaron la Alhambra. Al fondo Granada y la grandiosa puesta de sol. Miró despacio, preguntó y mientras escuchaba parecía soñar y marcharse. Luego le dio su teléfono y correo y la despidió.

 

            A lo largo de todo el mes de agosto la estuvo esperando cada tarde, siempre sentado en el muro del mirador y frente a la Alhambra. También esperaba que escribiera o llamara. Sabía que en septiembre se marchaba a su lejano país y casa. Para sí y mientras la esperaba, cada tarde se repetía: “Si no aparece y nada me dice siempre ya estaré triste. Pero igual que hoy, seguiré viniendo cada tarde a este rincón y rezaré por ella mientras la recuerdo”.

 

Y todo el mundo, en el barrio del Albaicín ya lo conocen y siempre dicen:

- Sigue pensando que era una princesa que andaba por aquí en busca de su reino. Por eso paciente cada día la espera sobre este muro sentado. Frente a la Alhambra y frente a la puesta de sol sobre la Vega de Granada.  

 

La princesa del río

 

            Dicen que fue hace mucho tiempo: Desde el corazón mismo de la Alhambra, jardines y fuentes que le rodean, arrancaba el grandioso paseo. Como un camino muy ancho, escoltado a los lados por bosque de árboles y densos macizos de flores. Y arrullado también a los lados y rellanos por muchas fuentes cristalinas y abundantes acequias de agua. Y todo esto delicadamente armonizado en todo el recorrido por multitud de pájaros: ruiseñores, mirlos, tórtolas…

 

            Dicen que cada tarde, desde el corazón mismo de la Alhambra, ella salía a dar un paseo. Vestida siempre de azul, a todas horas en silencio y solitaria y caminando despacio. Meditando o mirando al cielo mientras recorría el paseo desde los palacios hacia el río. Como si fuera al encuentro de su amado príncipe o como si quisiera irse volando a otros lejanos reinos. Y por eso se le vía hermosa, como la más bella de todas las princesas aunque también parecía triste.

 

            Y dicen que cuando llegaba al río, por donde el Genil lo cruza el Puente Romano, siempre se paraba. Este punto era cada tarde el final de su paseo. Y durante mucho rato aquí se quedaba observando y mirando la blancura de la nieve en las cumbres de Sierra Nevada y las puestas de sol, en primavera y verano, al fondo de la Vega de Granada. Y mientras en esto se solazaba, soñaba. Mirando en muchos momentos la corriente del río saltando por entre los juncos y las piedras. Y muchos dicen también que esta princesa, el Paseo de las Flores y el Puente Romano, fue unas de las cosas más tristes y bellas que nunca se ha visto en Granada.

 

El príncipe del lago

      

       Hubo un tiempo en el que, en los palacios de la Alhambra, vivían muchos príncipes. Tenían su universidad propia, habitaciones únicas, jardines por donde paseaban y hasta, y cada uno, su princesa preferida. Una de estas princesas, joven, muy hermosa y llamada Alba, dijo un día que se marchaba.

- ¿A dónde quieres ir y sola?

Le preguntó el príncipe.

- Quiero conocer mundo, vivir en otros palacios con nuevos lujos y ser dueña de reinos diferentes a estos de Granada. Mi alma ansía libertad, aires puros, jardines con otras flores y riquezas más grandes que las que tengo aquí.

 

            Y se marchó una mañana. Casi a escondidas para que nadie la criticara y a un país muy lejano que muy pocos conocían. Pero dentro de los recintos de la Alhambra al instante todos lo supieron. Y el que mejor lo supo y más lo sintió fue el príncipe que de ella estaba enamorado. Desde hacía tiempo, casi desde pequeño, vivía cautivado de la princesa soñadora. Por eso, cuando en primavera y por las tardes paseaba con ella por los jardines de la Alhambra, en muchas ocasiones le decía:

- Te regalaré un día el más bonito reino, con las flores más variadas y bellas, surcado por el río más cristalino de la Tierra y con las montañas más altas y blancas.

- ¿Y habrá también un lago para contemplar por las noches las estrellas reflejadas en las aguas?

- El más bello de los lagos porque será como el espejo de tu alma.  

 

            Y dicen que, desde que se marchó ella, en las noches de luna llena y cuando más en el cielo brillaban las estrellas, se le vía siempre caminando solo por los bosques de la Alhambra. Recordando a todas horas a su princesa y soñando con el lago que ella tanto apetecía. Y tanto soñaba con las cristalinas aguas y deseaba que volviera ella, que en las noches de muchas estrellas, hasta veía el lago remansado entre los bosques de la Alhambra. Y, sentado junto a las claras aguas de este misterioso remanso y rodeado de jardines repletos de flores, miraba al cielo y rezaba:

- Vuelve, fantasía de mi alma. Aquí tengo yo para ti el lago por el que tanto preguntabas. Las estrellas y la luna se reflejan en sus aguas y los nenúfares, todo lo impregnan con su perfume. Vuelve y verás como este lago se convierte, con tu presencia y belleza y para siempre, en el espejo de tu alma.

 

            Y desde aquellos días, todos en los palacios de la Alhambra, lo empezaron a llamar el Príncipe del Lago. Algunos comentaban que estaba locamente enamorado y otros decían que soñaba cosas que nadie veía. Pero cierto es que aun hoy en día, todavía algunos historiadores, andan buscando, entre los bosques de la Alhambra, este lago. Porque hay algunos que dicen que sí, que  este remanso de aguas claras, repleto de nenúfares y rodeado de las más bellas flores, fue cierto que existió. E incluso algunos hasta han comentado que por ser este lago tan misterioso, además de espejo del alma de la princesa que se marchó, es también puerta a otro universo fuera de este planeta. Puerta al reino y paraíso más grandioso que jamás nunca nadie haya visto.

 

El higo chumbo de oro

 

       Desde la Alhambra, desde uno de los balcones que dan al Río Darro, Paseo de los Tristes y barrio del Albaicín, todos los años se ve un curioso espectáculo. Una sola vez al año y justo en los días centrales del mes de septiembre. Por estas fechas es cuando maduran los higos chumbos, porque son frutos de otoño. Su color, cuando están maduros, es oro puro. Y por dentro, la parte que se come y tiene un sabor muy grato, a veces muestran colores muy intensos: oro añejo tirando a sangre.

 

En Granada se le conoce con el nombre de “higo chumbo” al fruto de la chumbera: un cactus de porte grande y hojas recias. Y hay muchas chumberas en la ladera del Albaicín, por debajo de la ermita de San Miguel, en todo el barrio del Sacromonte y cerca de la Abadía. También hay chumberas en la Dehesa del Generalife, subiendo por la Cuesta del Rey Chico, en las mismas huertas del Generalife y algunas partes de los jardines de la Alhambra. Y en el barrio del Realejo, en su parte alta, por el Barranco del Abogado y Carmen de los Mártires.

 

            Al salir el sol y a lo largo de las primeras horas de la mañana, es cuando se ve el espectáculo del higo chumbo de oro. Solo desde el balcón de la Alhambra que mira al río, a primara hora de la mañana y en los días centrales del mes de septiembre. Es el balcón que ofrece mejor vista a las laderas del Albaicín, por donde las chumberas son muy abundantes. A una de estas plantas, como si se tratara de algo mágico, de pronto le crecen mucho sus anchas hojas. Y al mismo tiempo, en la punta de la hoja más grande, aparece un higo chumbo muy maduro que aun crece más de prisa y mucho. Como si pretendiera escaparte hacia el cielo, inclinándose a la vez para el lado de la Alhambra. Y al incidir sobre este fruto los rayos del sol de la mañana, parece arder en un fuego muy bello. En llamas de oro virgen y rojo intenso.

 

            El espectáculo solo dura unos minutos y dicen que más que un fenómeno mágico es un hechizo que tiene que ver con una de las princesas que, en tiempos lejanos, vivía en uno de los palacios de la Alhambra. Estaba prisionera ella y soñaba en que un apuesto y valiente príncipe viniera a rescatarla para liberarla. Nunca apareció tal príncipe pero sí un día, cuando desde el balcón que da al Río Darro y laderas del Albaicín miraba y esperaba la llegada de su héroe, vio como a una de las chumberas le crecían mucho las hojas, inclinándose al mismo tiempo hacia ella.

 

Se observó aquel día por primera vez el fenómeno o hechizo del higo chumbo de oro, reluciendo al sol. Pasado el tiempo, algunas personas y por casualidad, en un par de ocasiones lo han vuelto a ver. Y los historiadores y científicos dicen que en este fenómeno, revestido de hechizo, hay encerrado uno de los secretos y mensajes más importante que aun guarda para sí la Alhambra.

 

La de la túnica azul

 

Una carroza color oro y plata, se acerca a su palacio. Llega tirada por cinco hermosos caballos. Los dos más cerca de la carroza, rojos, los dos siguientes, negros y el primero, en solitario y como guiando a los cuatro de atrás, blanco. Vienen a recogerla para llevarla al gran concierto. Los caballos que tiran de la carroza se paran en la misma puerta. Un joven muy elegante, vestido de blanco, espera unos minutos y, al verla salir, se le acercó ofreciéndole sus respetos. La saluda cortésmente y dice:

- Sube a esta carroza. La he traído para que vayas al gran concierto que hoy se celebra en Granada.

Le da las gracias. Toda estabas vestida de blanco y azul, como la misma luz del alba. Sube a la carroza y el joven da órdenes a los caballos para que se pongan en marcha. Lentamente lo hacen y, por la amplia avenida de la ciudad se desliza la carroza. Arrastrada por los cinco hermosos caballos y brillando al primer sol de la mañana.

 

            Surca, subida en esta carroza, varias de las calles más bellas de Granada: Jardines del Triunfo, Gran vía de Colón, Reyes Católicos… Y, ya en Plaza Nueva, el joven le dice:

- Hemos llegado. Este es el sitio.

Le ofrece su mano para ayudarle a bajar y, en ese momento, ella le pregunta:

- ¿Dónde es el concierto?

Le indica con su mano diciendo:

- Mira al frente y verás el escenario.

Mira y sus ojos se asombran. Todo se encuentra hermosamente preparado.

 

            El gran escenario, como de cristal transparente y colocado sobre invisibles pilares de viento, se abre ampuloso desde Plaza Nueva, río Darro arriba, por las laderas de la Alhambra y las del barrio del Albaicín. Pero todo, balcones, palcos, sillones, suspendidos en el aire por encima de las casas y de las aguas del río. Y, en el centro, a la altura del Paseo de los Tristes, se ven los músicos preparados. Esperando su presencia para dar comienzo al concierto. Todos también vestidos de blanco y con sus instrumentos brillando como el oro de la carroza.

 

            A una señal del joven, se sienta en el balcón de cristal que cuelga desde la cumbre de la Alhambra. Todos los demás espectadores también se sientan y, a una señal del director, la orquesta inicia su concierto. ¡Qué música más bella comienza a oírse y qué serenidad y sensación de cielo se derrama por el gran barranco del escenario! Muy concentrada y atenta, desde su mirador de viento, escucha. Y la música resuena como manada de las aguas del río y de la profundidad del tiempo.

 

            Por detrás de ella se oye un susurro de voz humana que pregunta:

- ¿Quién es para qué con tanto lujo la reciban y obsequien?

Y otra voz aun más sigilosamente responde:

- Dicen que no puede vivir lejos de Granada y sin ver, oler y tocar los bosques que rodean a los palacios de la Alhambra, las aguas del Río Darro y la estampa del Albaicín en la distancia. Ella es la princesa de la Túnica Azul, la más hermosa dama que ha conocido nunca esta ciudad encantada.

 

La princesa flor y el río Darro

 

            Aquel invierno llovió mucho. Sin parar un día detrás de otro. Los jardines y palacios de la Alhambra a todas horas se veían envueltos en brumas. A veces, tapados por las nieblas y el vapor de agua y a veces chorreando lluvia por todos sitios. Desde su ventana, en uno de los más bellos palacios de la Alhambra, la princesa contemplaba y meditaba. Y por las noches, cuando estaba sola en su aposento, se recreaba en el estruendo del río Darro, en su recorrido por el Paseo de los Tristes hacia Granada.

 

            Llegó la primavera y las lluvias seguían cayendo. Se abrían las nubes en el cielo, a ratos, y dejaban ver el sol, también a intervalos no muy largos. Desde su ventana la princesa claramente percibía la música del agua cayendo sobre los bosques de la Alhambra y veía los colores del sol cuando brillaba. Hasta que cansada de estar todo el tiempo encerrada, una tarde de primavera dijo:

- Quiero bajar al río Darro para disfrutar de su corriente y solazarme en sus aguas.

Y le respondieron:

- En cuanto las lluvias cesen y el sol firmemente salga te llevamos de paseo a las aguas del río.

 

            Y las lluvias pararon ya casi terminando la primavera. Con la luz del sol de un día muy hermoso salió la princesa de su palacio. Recorrió despacio los jardines y bosques de la Alhambra y a cada paso descubría que las plantas, todas ya estaban llenas de vistosas y frescas flores y de muchas hojas nuevas.

- Tanta lluvia y ahora este sol de primavera, por todos sitios emerge la vida y la fuerza.

- ¿Y el río Darro?

- ¿No sientes como brama su corriente? Ya verás que espectáculo más limpio y libre.

            Desde los mismos palacios de la Alhambra el camino o paseo desciende por la ladera norte en busca del río. Surcando con elegancia los espesos árboles y flores y acercándose sin prisa a las aguas. Cuando estuvo cerca de la corriente, a la altura de lo que es hoy Plaza Nueva, se paró. Esperó un poco a que el sol se pusiera. Y entonces, sobre las claras aguas del río, las luces de las casas y la figura de la Alhambra, empezaron a reflejarse. Como en un espejo encantado. Dijo la princesa, entusiasmada por los reflejos de colores y sobre las cristalinas aguas:

- Cuando un día muera,

que nadie me saque de Granada.

Y cuando ya para siempre me abrace la tierra

¿sabes lo que me gustaría que mi alma fuera?

- ¿Qué te gustaría que fuera?

- Una flor blanca

nacida de una planta muy verde

para decorar las orillas de este río y permanecer eternamente al lado de la Alhambra.

 

            Cuando llega la primavera, todos los años nace la alcaparra. En el muro que la Iglesia de Santa Ana tiene al río. Y cuando el calor del verano se hace presente, todos los años le nace a esta planta no una sino muchas flores blancas. En las aguas del río Darro se reflejan y con la imagen de la Alhambra, todas las tardes al ponerse el sol, juegan.

La princesa de Sierra Nevada   

 

            En la Madraza, universidad dentro de los recintos de la Alhambra y solo para los hijos de los reyes, el profesor de filosofía dijo a la princesa:

- Ten en cuenta que todo lo que tú sientes, piensas y sueñas, antes ya lo han sentido, pensado y soñado millones de mujeres en este mundo. Nada hay nuevo bajo el sol.

Y la princesa le rebatió:

- Puede que sea así pero estoy segura de que mis sentimientos, pensamientos y sueños, son únicos.

- Crees que tus sueños son únicos y sin embargo, ya lo han soñado y sueñan millones de personas antes y ahora. Por eso te digo que lo que de verdad importa y vale, es tu interior. Lo que llevas en el corazón y espíritu. Ahí está la única verdad y todos los tesoros y amores del mundo. Abre tus ojos y descubre lo que tienes a tu lado.

 

            La princesa, aun sabiendo que había una gran verdad en lo que el profesor le decía, nunca se quedaba satisfecha. Por eso, cuando estaba sola en su habitación, se pasaba las horas mirando siempre por la ventana con sus pensamientos perdido en el infinito. Y a una de sus amigas, también princesa, le preguntaba:

- ¿Qué será lo que habrá en aquellas altas montañas tan blancas?

- Seguro que un mundo lleno de maravillas que desconocemos por completo.

- Yo imagino muchas ciudades grandes, llenas de luces y lujos, castillos grandiosos, reinos repletos de ríos claros y flores. Y seguro que también hay príncipes muchos más hermosos que los que conocemos aquí.

Y cuando contaba estos sueños al profesor de filosofía, éste siempre le argumentaba:

- ¡Ten cuidado, princesa! Que la vida y el mundo nunca es a como lo imaginamos. Dentro de ti, en tu corazón, están todas las riquezas y verdades del mundo.

- Pero yo quiero ir a las altas y blancas cumbres que veo allí y descubrir con mis propios ojos qué es lo que hay al otro lado.

 

            Y un día, sin decirle nada a su amiga y sin que la viera y la siguiera nadie, se escapó de los palacios. Sola y sin alimentos ni agua ni ropa, se puso en camino hacia las cumbres de Sierra Nevada. Era un día de primavera, lucía el sol y no hacía mucho frío. Pero en las altas cumbres la nieve brillaba densa. Por eso, según surcaba los caminos hacia las cumbres, empezó a sentir frío. Se le llenaron de heridas los pies y su cuerpo empezó a sentir cansancio. Luego sintió hambre y sed y frío, cada vez más frío. Pero ella, más que desanimarse, se decía:

- Tengo que conseguirlo. Ahora no puedo echarme atrás porque todos se reirán de mi fracaso. Tengo que descubrir por mí misma las maravillas del mundo.

 

            Y tres días más tarde, se la encontraron acurrucada en una pequeña cueva antes de las cumbres de Sierra Nevada. Convertida en un témpano de hielo, con una sonrisa muy hermosa en sus labios y con los brazos cruzados en su pecho. Y dicen que el profesor de filosofía dijo:

- Ya te lo dije, princesa: los sueños son necesarios pero la realidad de la vida es otra cosa. Dentro de tu corazón, en ti misma, tenías todo lo que has soñado y no has sabido encontrarlo.

 

Un día después le dieron sepultura. En el mismo cementerio que, para las princesas y príncipes, había en los mismo recitos de la Alhambra. Lo que aun hoy en día se le conoce con el nombre de la Rauda. Cerca del Palacio de los Leones y casi entre los jardines del Partal. Y su entierro fue tan poca cosa y tan en silencio que solo algunas personas estuvieron presente: los padres y parientes más cercanos, algunos príncipes y pocos más. Aunque no faltó, desde luego, su amiga del alma. Le decía en silencio:

- Has muerto como una heroína. Valiente y luchando con energía por tu pequeño sueño. Y aunque aparentemente se pueda creer que tu muerte no sirve para nada y que no tiene sentido, yo pienso todo lo contrario.

 

            Envuelta en una blanca sábana la depositaron en una pequeña tumba. De costado y mirando para el levante y luego taparon la tumba con una sencilla lápida con algunas letras escritas en ella. La amiga se fue por los jardincillos que a ella le gustaba cuando paseaba por los rincones de la Alhambra y buscó flores. Solo rosas blancas, todas muy jóvenes e hizo con ellas un ramo grande. Lo decoró con una cinta roja y luego dejó estas flores sobre la tumba de su amiga diciendo:

- Yo sé que no te has muerto si no que te has ido al universo de tus sueños. Ojalá tuviera fuerzas para seguir tu ejemplo.

 

            Y aquella misma noche, desde la ventana en que días atrás ella observaba las altas cumbres de Sierra Nevada, la amiga se puso a mirar al cielo. Era una noche muy limpia, lleno el airecillo de aromas a mirto, y con muchas brillantes estrellas. Se oía, por algunos rincones de los amplios recintos y bosques de la Alhambra, los cantos de los autillos y el rumor de las fuentes claras. También el trino de algún ruiseñor, como perdido. Sin dejar de pensar en su amiga del alma, susurró como una oración diciendo:

- Seguro que en el reino donde vives ahora eres tan libre como el airecillo que por aquí esta noche se pasea.

 

            En el cielo, como cruzando de una estrella a otra, se vio una carroza. Brillante como la luz de la luna y transparente como el airecillo de la noche. Se vio, en esta carroza, a la princesa de Sierra Nevada, toda hermosa y vestida de blanco. Sonreía y desde la distancia habló a la amiga diciendo:

- El profesor de filosofía tenía razón pero solo en parte. Seguir los sueños del corazón es lo más importante. Ellos me han traído a mí, desde la Tierra, a un reino jamás imaginado donde solo hay luz y vida. Más, mucho más de lo que yo soñaba.

 

La princesa cautiva

 

            El padre, uno de los reyes que por aquellos días vivían en los palacios de la Alhambra, dijo a la princesa:

- El príncipe Mash'al, por todos conocido como antorcha del mundo, está muy enamorado de ti. Prepara tu corazón que dentro de unos días te casarás con él. Sus riquezas son infinitas y la extensión de sus reinos nadie la conoce.

Y la princesa argumentó al rey:

- Pero yo no estoy enamorada de este príncipe. No es el hombre de mi vida y por eso no me casaré con él.

- Tú no puedes decidir eso. En nuestros reinos, nunca en la vida, una princesa ha desobedecido a su padre, el rey.

 

            Y la princesa, en una de las salas más lujosas y bellas de la Alhambra, seguía razonando con el padre:

- Mi corazón es libre y yo quiero dárselo a la persona con la que sueño. No quiero ser esclava de nadie aunque me quiten el título de princesa.

- Si no te casa con el príncipe Mash'al, esto es lo que va pasarte. Te quitaremos el título de princesa, te encerraremos en la torre más recia de estos palacios y no podrás hablar ni ver a nadie mientras no cambies de opinión.

Y, aunque triste, seguía diciendo, muy decidida:

- Pues padre, aunque me quiten la libertad y dejen sin alegría mi vida, quiero ser libre y dar mi corazón solo a la persona que amo.

 

            Y solo unas horas después, los sirvientes del rey, ayudaban a la princesa a mudarse de estancia. Desde un pequeño palacio, rodeado de fuentes y jardines, a una alta torre, al norte dentro del conjunto de la Alhambra. De paredes y muros de ladrillo, rozando los bosque que al lado norte caen pare el río Darro y con muy escasas ventanas. En una sala amplia, mucho menos lujosa que en la que hasta entonces había vivido, le pusieron sus cosas. Unos cuantos muebles, algunos vestidos de seda y que a ella le gustaban mucho, cuadros y pocas cosas más. Y el jefe de los sirvientes del rey le dijo:

- Esta será tu estancia a partir de ahora. De aquí no puedes salir, según las órdenes que nos ha dado el rey. Aunque de vez en cuando y acompañada siempre por la guardia, podrás dar un paseo por los jardines de abajo. Y cuidado no se te ocurra huir.

Y la princesa no dijo nada.  

 

            Una de las cosas más hermosas que tienen los palacios de la Alhambra, son las vistas. Desde lo alto de la colina que la sostiene se ven panorámicas fantásticas casi en todas las direcciones. Y una de las más bonitas panorámicas que desde la Alhambra se ven, es la que se abre hacia Granada, su Vega y al fondo, la gran cadena de montañas. Como si vigilara a la ciudad desde su formidable atalaya.

 

            Pero las otras vistas que desde la Alhambra se ven ninguna se queda atrás. La que se abre hacia Sierra Nevada y la que se enfoca hacia los pinares de La Mimbre. Y no es menos bella y sugerente la panorámica que ofrece la gran ladera del Generalife. Pero sin duda, la mejor vista que se puede disfrutas desde los palacios de la Alhambra, es la del río Darro. La que en primer plano tiene bosques, luego el río, el Paseo de los Tristes y el blanco Albaicín, en lo más alto de la colina de enfrente.

 

            Y esta era la lujosa perspectiva que cada día, mañana y tarde, ella contemplaba. Desde una de las habitaciones de su torre y el pequeño balcón. Al salir el sol cada mañana, en los días de invierno y primavera, a la princesa le gustaba mucho asomarse a este balcón y observar. Sin prisa a la vez que siempre meditaba o soñaba algún sueño. No contaba ella nunca a nadie sus sueños más personales porque los consideraba como lo más íntimo de su corazón. Pero tenía sus sueños y cuando más alas a sus sueños les daba era al salir el sol cada día y luego al ponerse sobre la ancha Vega de Granada.

 

            Las puestas de sol que desde su balcón podía disfrutar siempre eran fantásticas. Y al fundir sus sueños cada tarde con los colores del sol, su corazón parecía vivir una muy hermosa realidad. No sabía qué pero sí era algo que le gustaba y por eso lo guardaba entre sus cosas más secretas. Aunque algo sí tenía claro y por eso, a veces, para sí misma y muy quedamente, susurraba:

- El día que aparezca, allá por donde el sol se escapa y montado en su blanco caballo, qué dicha más grande para mi alma. Sin dudarlo le tenderé mis brazos y dejaré que me, rescate y libere de esta prisión y que me lleve a donde le plazca.

Soñando estos sueños, desahogos de su alma, muchas noches se quedaba a contemplar las estrellas. En el mismo balcón de su habitación y siempre perdida en las más honda y misteriosas distancias. Le gustaba mucho el sol de la mañana, los colores y olores de la primavera, y, sobre todo, las puestas de sol sobre la Vega.

 

            Y una de aquellas noches, cuando ya el verano declinaba y las señales del otoño aparecían, comenzó a caer la lluvia. Primero suavemente y sin apenas viento. Luego el cielo se oscureció mucho y, aunque salió la luna, las nubes eran ya tan densas que apenas se veía. Solo a lo lejos brillaban algunas luces, sobre las laderas del Albaicín y en las partes altas. De algunos de los palacios de la Alhambra también solo se veían algunos resplandores, en las ventanas de las torres.

 

            No podía dormir y no sabía por qué. Y como desde siempre la lluvia le había gustado, especialmente cuando las gotas se rompían sobre las ramas de los árboles, se asomó a su balcón. Para gozar desde más cerca la oscuridad de la noche, la lluvia cayendo y el airecillo fresco. Sentía que su corazón estaba inquieto y no acertaba a comprender qué le pasaba. Dejó que su mente soñara con algún reino y príncipe hermoso, por completo desconocido, cuando algo le sorprendió.

 

               De entre la espesura del bosque, por debajo de la ventana y en la ladera que desde la Alhambra cae para el río Darro, oyó salir como un lamento. Como una voz humana que, entre la lluvia y la oscuridad, pidiera ayuda y se quejara. Tubo un poco de miedo pero luego se armó de valor y, en lugar de cerrar su ventana y refugiarse en la habitación, siguió frente a la noche escuchando. Pasó un rato largo y no volvió a oírse ninguna voz más. Solo el rumor de la lluvia cayendo por entre las ramas del bosque y el leve vientecillo rompiéndose contra los muros del castillo. Miró para los adarves de la muralla y no vio a nadie. Ningún soldado hacia guardia y tampoco nadie parecía entrar o salir a las torres.

 

Por eso pensó que la voz que había oído podría haber sido algún efecto de la lluvia o del viento. Se dispuso a cerrar y entrar a su aposento cuando de nuevo se sobresaltó. La misma voz huma se oyó salir de entre la oscuridad y espesura del bosque. Y en esta ocasión hasta le pareció distinguir con claridad algunas palabras. No la llamaban por su nombre pero creyó que sí la llamaban. Por eso, aun temiendo que la oyera la guardias del rey o los de las torres y habitaciones cercanas, se animó y preguntó:

- ¿Quién eres y por qué me llamas?

Se hizo el silencio durante y buen rato y el rumor de la lluvia y el aire parecía oírse con mucha más fuerza.  

 

            Y, cuando ella creía que nadie iba a contestarle, se oyó la voz de nuevo diciendo:

- Princesa, te necesito.

Y ella, armándose de fuerza y valentía y sin miedo a que la guardia la oyera, dijo:

- Yo soy muy poca cosa y estoy cautiva. Soy débil caso como una pavesa, vivo encerrada en una gran cárcel amurallada y por eso apenas tengo libertad. Solo puedo respirar el aire, mirar al cielo y contemplar los paisajes. Pero ¿quién eres tú y qué puedo hacer por ti?

Esperó una respuesta y no llegó. Siguió esperando un rato más, ahora oculta en las paredes del pequeño balcón, temiendo que la descubrieran.

 

            Pasó y largo rato y nadie respondió a lo que había preguntado. Tampoco nadie volvió a llamarla ni pidió ayuda. Sin embargo, ya pasado un buen rato, uno de los guardias que hacía la ronda por la muralla, sí preguntó:

- ¿Quién anda ahí?

Y al oírlo la princesa tuvo mucho miedo. Cerró rápida la ventana, entró a su habitación, apagó las velas y se acostó. No se durmió enseguida porque no podía apartar de su mente lo sucedido. Imaginaba, temía, soñaba y le entraban ganas de volver al balcón. No lo hizo y sí ya de madrugada se durmió.

 

            En cuento despertó al día siguiente, los guardias del rey, enseguida la llevaron a una de las grandes salas de los palacios. El rey y dos personas más la rodearon y sin mucho preámbulo, le preguntaron:

- Princesa ¿con quién hablabas anoche?

Rápidamente se llenó de miedo y se echó a temblar. No sabía qué responder. Los que le rodeaban le siguieron diciendo:

- Ya sabes que tienes prohibido hablar con nadie. Y más desde la ventana de tu torre y a altas horas de la noche. Creemos tener claro lo que pasó anoche.

Aun más asustada la princesa habló:

- Solo contemplaba la lluvia y me entretenía en el rumor del viento.

- No es cierto, princesa, nos estás engañando.

 

            Y dicen que aquella misma mañana se la llevaron a otra parte de los palacios. A una torre más pequeñas, construida de pura piedra y con solo dos muy pequeñas ventanas. Le pusieron muchos guardias vigilando todos los lados de la torre y le prohibieron salir incluso para tomar el sol y pasear un poco por los jardines. Por las ventanas ni siquiera podía ver el sol de las mañanas ni las puestas de sol sobre la ancha Vega de Granada. Solo si subía a la estrecha azotea que la reducida torre tenía en todo lo alto. También lo tenía prohibido aunque la dejaban que subiera de vez en cuando.

 

            Hasta que una noche, también de primavera y con el cielo muy estrellado, se escapó de su reducido aposento. Subió a la azotea y al poco se oyó decir:

- Quiero ayudarte. Ahora mismo me voy contigo.

Y desde este momento nunca más se volvió a ver ni se supo de esta princesa de la Alhambra.  

 

La princesa y la niña

 

          

Este relato está basado en el famoso corto Ruso “Erizo entre la niebla”. Corto animado, dirigido por Yuriy Norshteyn, escrito por Sergei Grigoryevich Kozlov y producido por los estudios Soyuzmultfilm, en la Ex-Unión Soviética el año 1975. 

 

            Dicen que la Alhambra no sería lo que es sin las fuentes que la decoran y sin los jardines que le rodean. El agua fue y es como la vida propia de la Alhambra. Y los jardines, árboles, bosques, huertas, cipreses, olivos, almendros y flores en mil formas y colores, fueron y son como el traje que la arropa.

 

            Dicen también que en otros tiempos vivió en estos palacios una joven muy amante de estas cosas. Amante del agua, fuentes, acequias y estanques y amantes de las plantas, bosques, jardines y flores. Y también era muy amante de los colores del cielo, azules intensos en otoño e invierno y del sol de la primavera y el verano. Pero parece que lo que más le gustaba a esta joven, hija de uno de los reyes que vivía en la Alhambra y por eso princesa, era las noches con estrellas. Contemplar el cielo estrellado en las cálidas noches de primavera, era para esta princesa, como un exquisito alimento para su alma.

 

            Más de un príncipe estaba enamorado de ella. Por la finura de su cara y por su forma de ser tan concreta. Pero la princesa de las estrellas, que era como la llamaban, apenas hacía caso a los príncipes que la cortejaban. Por eso, cuando sus amigas le decían:

- ¿Por qué no te enamoras del príncipe de la túnica azul? ¡Es tan guapo!

Ella siempre contestaba:

- Quizá cuando pasen los años y lo conozca mejor. Aunque decís que es hermoso hay muchas cosas que no me gustan en él.

- ¿Por ejemplo?

- Que es un creído y siempre está alardeando de ser el más valiente y rico.

- ¿Y eso no es para ti importante?

- Desde luego que no. Mirar al cielo y contemplar las estrellas y gozar del rumor del agua en las noches claras, yo lo considero mucho más interesante.

 

            Y las amigas casi siempre le decían:

- Pues hija, qué rara eres. ¡Mira que despreciar las grandes riquezas que posee ese príncipe!

Y la princesa de las estrellas callaba. Sabía que no era tan fácil convencer a sus amigas de lo importante que es contemplar por las noches los cielos llenos de estrellas. Tenía claro que sus amigas no la entendían ni tampoco sus padres ni otros habitantes de los palacios de la Alhambra.

 

            Cerca del conocido palacio de los Leones y no muy lejos del también conocido palacio del Paltar, había unos jardincillos. Muy hermosos por lo recogidos que estaban, por el verde y vigor de sus plantas y flores y por sus acequias y fuentes de agua. Lugar también muy silencioso, fresco y perfumado en primavera y verano y algo recogido en otoño e invierno. Por entre los árboles de este jardincillo, limoneros, higueras, almendros, cerezos… también siempre revoloteaban muchos pajarillos.

 

            A este tan especial y verde rincón venía mucho ella. En las tardes calurosas del verano para disfrutar de las sombras, del frescor del agua, el olor de las plantas y de la quietud y el airecillo. Cerca de una fuente pequeña se sentaba y sola aquí se quedaba mucho rato gustando de la soledad. Desde este banco podía ver con toda claridad casi toda la colina y ladera del Albaicín, gran parte de la Vega de Granada y las altas cumbres de Sierra Nevada. Y lo que a ella más le gustaba eran las puestas de sol, la nieve sobre las montañas, los colores del cielo y forma de las nubes.

 

            De vez en cuando se acercaban al lugar algunas de las amigas y le decían:

- Siempre te vemos por aquí muy sola. ¿En qué te entretienes?

Y la princesa les respondía:

- Me gusta estar sola para disfrutar mejor de las delicias que este lugar regala.

- ¿Y no te gustaría estar acompañada de algún príncipe y compartir con él estas cosas?

- La compañía de los príncipes no siempre es lo mejor para la paz del corazón.

- Pero un príncipe y aquí en este rincón tan recogido ¿no sería emocionante?

 

            Y casi siempre, cuando la conversación llegaba a este punto, ella callaba. No encontraba la forma de explicar a sus amigas lo que en el fondo de verdad de gustaba. Sabía que las cosas del corazón y del espíritu no era fácil explicarlas y menos compartirlas. Pero sí estaba muy segura de su comportamiento. Era lo que a ella realmente le gustaba, se sentía bien consigo misma y hasta notaba que cada día más se iba llenando de una cierta sabiduría. De una sabiduría que nada tenía que ver con lo que le enseñaban sus mayores y en la universidad.

 

            Y a esta princesa, lo que realmente le fascinaba, era contemplar el cielo en las noches claras. Sola se venía a este rincón y, a lo largo de muchas horas, aquí se quedaba mirando al cielo y a las estrellas que en el firmamento parpadeaban. Y muchas veces y en estos momentos, sí sentía la necesidad de compartir las maravillas que en el cielo descubría.

 

          La Alhambra, por aquellos tiempos, ya estaba protegida por la gran muralla que conocemos hoy. Pero esto no quitaba que en el recinto que dentro de la muralla quedaba hubiera mucha gente. Los reyes y los príncipes, desde luego y que ocupaban casi todos los palacios. Y cerca de estos palacios, para el lado de Sierra Nevada y también para el lado de la ciudad de Granada, había otras personas: militares, artesanos, contables, criados…

 

            En el espacio que hoy se le conoce como la Medina, existía casi una pequeña ciudad. Y en esta ciudad reducida había casas, calles, tiendas, fuentes, jardines… y aquí vivían muchas de las personas que trabajaban y atendían las necesidades de los habitantes de los palacios: reyes, príncipes y princesas. También en esta ciudad se vendían y se cambiaban alimentos y objetos. Algunos productos eran para surtir a los habitantes de los palacios y otros para los que vivían en la pequeña ciudad.

 

            Por estos motivos y en aquellos tiempos, a los recintos de la Alhambra, todos los días llegaban comerciantes. Algunos a vender productos, siempre autorizados y vigilados por las autoridades de la Alhambra. También otras personas venían al lugar a traer productos por encargo. Los que se encargaban de atender las necesidades de los reyes y príncipes, ya tenían aceptado todo esto. Y por eso ellos no solo compraban productos a personas muy concretas sino que mantenían unas relaciones muy cercanas con estas personas. Los conocían por su nombre y hasta les permitían que entraran por algunos espacios de los palacios y jardines.

 

            Dos de estas personas conocidas y muy queridas eran un Anciano y una niña. Cada dos o tres días aparecían por los recintos de la Alhambra siempre portando productos de una huerta propia. Naranjas, granadas, almendras, higos, ciruelas, manzana, tomates, pimientos… y los productos que estas dos personas traían siempre eran de la mejor calidad. De aquí también que les tuvieran tanta confianza y los trataran casi como si fueran de la familia.

 

            La princesa de las estrellas sabía esto. Y por eso ella, desde hacía tiempo, se fijaba mucho en estas dos personas cada vez que las veía. Consideraba ella a la niña como su amiga pequeña aunque todavía no habían tenido mucho trato entre sí. Pero, de alguna manera, le decía su corazón que la niña era, además de hermosa, buena y dulce. Y la princesa, de lo que más se fiaba siempre era de lo que le decía su corazón.

 

            El mes de septiembre llegó y el calor del verano empezó a irse. Las noches se hacían más largas y el airecillo por entre los jardines de la Alhambra, era fresco. Cargado de aromas a jazmines y a hojas secas. Porque de los álamos, higueras y almendros, comenzaron a caer. En los días centrales del mes de septiembre las plantas de los jardines y bosques se teñían de colores mágicos: ocres, naranja, fuego oro…

 

            Y a ella, más que ninguna otra estación del año, le gustaba el otoño. Por el fresco del vientecillo, por los colores con que se vestía la naturaleza, por la abundancia de buenos y variados frutos y especialmente por el brillo que las estrellas mostraban. Por eso, cada noche en este mes de septiembre, acudía al rinconcillo que tanto le gustaba y aquí se quedaba durante mucho tiempo. A veces la noche entera y otra veces, hasta la madrugada. Y no se cansaba nunca de mirar y gustar las maravillas que las noches y el cielo le regalaban.

 

            Pero era cierto que, en muchos momentos de estos ratos suyos en soledad, echaba de menos la compañía de amigos. Por eso, en uno de estos días del mes de septiembre, se fijó atentamente en la niña que siempre acompañaba al Anciano. Era un día de cielo muy azul y de temperatura muy suave. Por las mañanas, a primera hora y como todos los días, empezaron a llegar a los recintos de la Alhambra, los comerciantes y vendedores de cosas. Estaba la princesa por donde la Puerta del Vino y al ver a la niña con el Anciano se fue hacia ellos. Se puso delante, a unos metros, y mirando a la niña le dijo:

- Tú no me conoces pero yo a ti, sí.

La niña se quedó mirándola sin saber qué decir a la princesa. Le impresionaba que una muchacha tan importante y hermosa se hubiese dignado fijarse en ella y hablarle.

 

            Fue el Anciano el que, pasado un rato, dijo a la hermosa joven:

- Esta niña es mi nieta. Siempre me hace compañía cuando venimos a tus palacios a traerte cosas.

Y la princesa aclaró:

- Lo sé. Os he visto muchas veces y por eso hoy me he acercado. Tengo algo importante para vosotros.

Quiso seguir la princesa explicando algunas cosas más pero le interrumpió el Anciano aclarando:

- Hoy os hemos traído las mejores uvas que nunca se han criado en tierras de Granada. Son moscatel, gordas como aceitunas y dulces como la miel. La cogimos ayer por la tarde de la viña que tenemos al sur de nuestro cortijo.

Y ahora fue la princesa la que interrumpió preguntando:

- ¿Cómo se llama vuestro cortijo?

Y antes de que el Anciano pronunciara palabra se adelantó la niña aclarando:

- Cortijo de la Viña. Y es famoso en toda Granada por los buenos productos que en nuestra huerta se crían.

- ¿Queda muy lejos de estos palacios donde vivo?

- Como a hora y media de camino, andando despacio. Y el recorrido por donde pasa la vereda que cada día recorremos para venir a traerte frutas y hortalizas, es de lo más bonito.

 

            La princesa guardó silencio, parada delante de la niña y sin dejar de mirarla. En estos momentos, por el arco de la vieja Puerta del Vino, entraban y salían muchas personas. Casi todos portando cestas, sacos, bolsos. Dentro de estos recipientes llevaban y traína frutas, hortalizas, verduras, carne… También y a intervalos, por el arco de la histórica puerta, entraban y salían algunos guardias.

 

            La niña no lo había advertido ni tampoco el Anciano pero no lejos de la joven que se había dignado saludarla, algunos observaban. Eran los guardias de palacio que se encargaban de la seguridad de la princesa. No decían ni hacían nada pero en ningún momento quitaban el ojo de encima a la joven. Solo tenían en encargo de cuidar que a la princesa nada malo le pasara. Y siempre lo hacían desde cierta distancia, bastante discretamente y procurando que la princesa no se molestara. Que tuviera libertad para moverse por los rincones de los palacios y jardines pero que al mismo tiempo nada ni nadie la dañaran.

 

            La niña fue la que dijo, después de un breve rato de silencio:

- Si algún día quieres venir a mi cortijo serás bienvenida. Desde ahora mismo quedas invitada.

Y sin titubear mucho la princesa aclaró:

- Sí, un día quiero ir a tu cortijo para jugar contigo y conocer esas tierras de donde tan ricos productos me traes. He preguntado a mis padres y me han dicho que los paisajes de tu cortijo son únicos por estos lugares de Granada. ¿Es cierto?

- Allí mismo hasta tenemos un bonito río con aguas muy claras, charcos grandes y azules donde se derraman bonitas cascadas, una gran cueva casi en el centro del espeso bosque de robles y, lo mejor de todo: un balneario natural.

- ¿Un balneario?

- Sí, de aguas muy puras y buenas casi para todo.

- ¿Y te bañas tú en ese balneario?

- Todos los días antes de venir a tus palacios y después cuando regreso.

- ¡Qué bueno!

- Por eso te repito que cuando quieras puedes venir a mi cortijo. Me gustará mucho enseñarte todas aquellas tierras, recorrer contigo las cascadas del río y bañaros juntas en las aguas del balneario.

 

            Hubo otro momento de silencio y pasado éste, fue el Anciano el que habló para apoyar a su nieta:

- Lo que esta niña te dice es la pura verdad. Puedes venir cuando quieras a nuestro cortijo. Es tan bonito todo aquello que estoy seguro que serás muy feliz y aprenderás mucho.

Y la princesa, muy decidida, dijo a la niña:

- De acuerdo: un día iré a tu cortijo para que me enseñéis todas las cosas bonitas que decís hay allí. Yo no puedo invitaros a ver mis palacios por dentro porque en estos recintos no mando pero sí quiero decirte algo.

Miró la joven detenidamente a la niña y siguió su conversación aclarando:

- Me he presentado a ti para pedirte que un día vengas a contemplar conmigo por la noche las estrellas. Entre estos jardines de la Alhambra tengo un sitio muy especial y solo para mí desde donde podemos mirar al cielo y contar estrellas, mientras estamos juntas y tomamos té.

 

            Y la niña, sin pensarlo mucho, respondió a la princesa:

- Nada me gustará más en este mundo que ser tu amiga y contar estrellas por las noches juntas mientras tomamos té. Acepto tu invitación. El día que tú quieras me lo dices y vengo desde mi cortijo.

Y también sin pensarlo mucho la joven dijo a la niña:

- Dentro de tres días, a primera hora de la noche, será un buen momento para mí. ¿Puedes venir?

- Claro que puedo. Desde ahora mismo ya estoy deseando que llegue la noche de ese día. Tú me invitarás a té en estos tan hermosos jardines y yo te traeré a ti un chocolate especial que de vez en cuando me regala mi abuelo.

 

            Algunas cosas más hablaron la niña, la princesa y el Anciano. Concretaron exactamente el día, la hora y el lugar del encuentro y luego la joven despidió a su pequeña amiga. Vigilada por los guardias se encaminó a los palacios y la niña, todavía se quedó un buen rato por donde la Puerta del Vino. Mirando a la princesa alejarse y contemplando el esplendor de los palacios. Contenta por lo que le había ocurrido dijo al Anciano:

- Ya tengo una amiga nueva y, además, buena e importante como yo siempre he soñado. ¿A que es bonito?

- Claro que lo es, hija mía. Una oportunidad como ésta solo ocurre muy pocas veces en la vida y no a todas las personas. Tú debes ser cariñosa con ella y darle siempre lo mejor que hay en ti.

 

            Con una alegría muy grande, como no habían sentido nunca antes y porque se sentían muy afortunados, el Anciano y la niña regresaron a las tierras de su Cortijo de la Viña. Y al caer la noche de aquel día aparecieron nubes en el cielo. Primero desde el lado de la Vega de Granada y luego desde las altas cumbres de Sierra Nevada. Las nubes taparon en el cielo a la luna y por eso la oscuridad se hizo densa. Sopló el viento, brillaron luego algunos relámpagos y al poco crujieron los truenos. La lluvia comenzó a caer antes de que la noche llegara a su centro.

 

            En el Cortijo de la Viña el Anciano decía a la nieta:

- Son las primeras lluvias del otoño que llegan.

Y ella preguntó:

- Pero si llueve con mucha fuerza ¿No dañará a las uvas que cada día llevamos a la princesa?

- Si la lluvia cae con mucha fuerza puede hacer daño no solo a las uvas que llevamos a los palacios de la Alhambra sino también a los tomates, a los girasoles que ya se están secando, a los almendros y granados y también a los naranjos. Y seguro que también mañana, los barrancos y montañas que nos rodean, aparecerán cubiertos por las nieblas. Ya sabes tú que siempre que en otoño las lluvias caen las nieblas aparecen.

- Y si las lluvias no se marchan y las nieblas siguen cubriendo, no se verán por las noches las estrellas. Mi amiga no me invitará a tomar té y al mirar al cielo junto a ella. Será una pena ¿verdad?

Y el Anciano, de la mejor manera que pudo, animó a la niña.

 

            En esos mismos momentos en los palacios de la Alhambra, la lluvia se quebraba sobre las murallas, las aguas claras de las fuentes y la espesura de los jardines. Los relámpagos, al brillar, iluminaban las torres del Alcazaba y también la torre donde vivía la princesa. Algún mirlo gritaba como asustado al sentir los crujidos de los truenos y las luces de las antorchas se reflejaban en los charcos que se iban formando en los patios. Asomada a su ventana, frente al barranco del río Darro y las laderas del barrio del Albaicín, la princesa pensaba en su amiga pequeña. Imaginaba las tierras y el cortijo donde vivía y para si se decía: “Será una pena que dentro de tres días no podamos contemplar y contar estrellas mientras tomamos el té juntas. Pero esta lluvia, aunque con tantos truenos y relámpagos, regala mucha belleza”.

           

            Y a la luz de una vela, resguardada con los dinteles de la ventana para que el viento no la apagara y mientras miraba a lo lejos y se recreaba en el crujir de las gotas sobre los árboles del bosque, la princesa se puso y escribió el siguiente poema:

 

     Como regalo

del azul del cielo

y del otoño hermano,

las lluvias transparentes

han llegado.

 

     En el jardín y rosas,

en los naranjos,

en la fuente del musgo

y los granados

cuelgan las finas gotas

temblando.

 

     Mañana transparente,

todo callado,

olores otoñales,

y tu recuerdo blanco

con la lluvia del otoño

entre los brazos

del vientecillo fresco

enamorado.

 

Granada, como una reina

           

            Primero se vio en forma de vapor de agua manando de toda la gran Vega y de las laderas y ríos que bajan de Sierra Nevada. Como si la misma tierra se elevara en clara nube muy algodonosa y blanca. Y luego, poco a poco, se le fue viendo en forma de gran nube, extendiéndose lentamente desde toda la extensa Vega y por donde se derrama la mágica ciudad de Granada.

 

            Y se vio como la blanca y vaporosa nube, comenzó a elevarse mientras tomaba figura redonda. Como bola, semejante al globo terráqueo. La niebla iba rodeando a esta inmensa bola y a los lados se veían chorrear las blancas casas y calles alargadas de la ciudad de Granada. Como joyas engarzadas en la redonda bola que se elevaba desde la tierra. Y como el sol se alzaba desde el lado de Sierra Nevada, derramándose sobre las calles y casas, la pura luz rosada parecía prender fuego tanto a la niebla como a las casas.

 

            Y poco a poco la nube empezó a coronar. Envuelta entre los rayos de sol y ataviada con finos encajes de nubes blancas. Como si de la misma esfera surgieran inmensas montañas de vapor de agua. Varios ríos, muy cristalinos y rebosantes, llegaban también desde el lado de Sierra Nevada y vertían sus aguas sobre la parte alta de la grandiosa esfera. Y conforme el agua se iba derramando las nieblas, en forma de nubes cada vez más densas, redondas y alargadas, crecían más y más y se elevaban. Como queriendo irse al mismo tiempo que se quedaban dispersa por entre los rincones de la ciudad de granada.

 

            También muy poco a poco y sobre lo más alto de la bola, donde toda la ciudad se veía delicadamente engarzada, comenzó a aparecer la Alhambra. En forma de corona, muy iluminada por los rayos del sol y velada por la fina niebla. Delicadamente velada a la vez que todo el conjunto de la Alhambra parecía clavar sus cimientos sobre la espesura de las nubes que subían. Por eso se le veía como una gran corona sobre todo la ciudad de Granada pero sostenida entre el cielo y las superficies de las nubes. Y al incidir sobre ella los rayos del sol, brillaba con el fulgor del oro más puro.

 

            Y se vio como desde una de las torres más altas de la Alhambra, comenzó a dibujarse un ancho camino. Tejido todo con girones de nubes y rayos de sol y decorado a los lados por hermosas cascadas de colores, efecto de la luz del sol al reflejarse sobre las aguas de los ríos. Y por el grandioso camino se vio avanzar. Toda vestida de azul y blanco y solemnemente balanceada. Como si pretendiera elevarse por encima de las nubes para irse a infinitos lejanos. A sus pies se derramaba la ciudad de Granada y, por donde ella extendía su manto, la Alhambra se alzaba en forma de corona de reina. Como si también pretendiera irse a infinitos lejanos pero llevando de la mano a su ciudad mágica.

 

 

La princesa del otoño

 

      Solo dos o tres personas la conocían. Pero en la ciudad de Granada, cuando el otoño comenzó a llegar, a varias personas se les oía decir:

- ¿Y de dónde viene?

- Nadie lo sabe.

- ¿Tampoco nadie sabe a dónde va?

- Nadie, todavía.

- ¿Y podremos verla si nos acercamos al lugar?

- Parece que sí aunque tampoco está claro si será por un momento o un rato largo.

 

            Y aquella tarde de septiembre, se fueron concentrando. Por donde los jardines del Partal, cerca de los palacios Nazaríes en la Alhambra. No muchas personas pero a los que llegaban se les notaba muy convencidos de lo que ya llevaban comentando hacía días. Por eso se animaban, mientras esperaban que llegara, elucubrando:

- Dicen que aparecerá por allí: por entre las plantas de esos altos jardines y vendrá caminando y sola.

- ¿Y qué mensaje es el que trae?

- Parece que solo será como una visita para seguir alimentándose de algún hecho, ahora recuerdo, del pasado.

 

            Comenzó a caer la tarde y el sol se iba ocultando al fondo de la Vega de Granada. No hacía ni chispa de viento ni tampoco frío ni calor. Sobre las copas de los árboles y sobre los tejados de los palacios los últimos rayos de sol se derramaban como quemando. El silencio era total y las personas miraban sin pestañear. Esperando que llegara y deseando que se quedara y dijera algo.

 

            Y apareció. Cuando todavía el sol no se había ocultado, se le vio llegar justo por donde algunos habían dicho. Caminando despacio, vestida como de niebla blanca y azul y sonriendo. Avanzó lentamente si ni siquiera fijarse en las personas que le estaban esperando y, en unos minutos, se fue perdiendo por el pasillo del fondo. Dirección a las montañas de Sierra Nevada y por donde parecía abrirse un infinito nebuloso. Poco antes de ocultarse algunos dijeron:

- Princesa, espera y quédate con nosotros.

Pero ella parecía no oír nada.

 

            Y cuando se perdió en el infinito lejano a todos se les vio tristes, muy tristes. Como si un inmenso vacío se hubiera apoderado de ellos por la pérdida para siempre de algo muy grande.

 

El príncipe y el otoño

 

            Ocurrió en los recintos y paisajes que rodean a la Alhambra. Al príncipe nadie le dijo nada porque, al parecer, nadie sabía lo más mínimo dentro de los palacios. Al menos, eso es lo que él creía porque, cuando preguntaba:

- Hace días que no veo a la princesa de mis sueños. ¿Es que está enferma o es que se la han llevado lejos?

Unos y otros siempre les respondían:

- Nosotros, nada sabemos.

 

            Y aquella mañana, otoño recién llegado, con algunas nubes en el cielo y nieblas revoloteando, salió de los recintos de la Alhambra. Tampoco dijo nada a nadie porque no le apetecía. Cogió la senda que, cruzando el bosque de la ladera norte de la Alhambra baja al río Darro y comenzó a descender. Con ella en sus pensamientos y por eso como si meditara o fuera al encuentro de un lugar sagrado. Rozó las ramas de los álamos, ya con las hojas amarillas y atravesó la espesura de los almeces. Según se acercaba al río hasta sus oídos llegaba el rumor de la corriente.

 

            Al llegar a las aguas, saltó al otro lado del río y buscó una piedra alargada. Las nieblas revoloteaban, elevándose desde las aguas para irse como al encuentro de las torres en la Alhambra. Pero, aunque las nieblas se alzaban y aleteaban a sus anchas y las nubes se abrían y cubrían parte del cielo, aquella mañana de otoño, el sol lucía muy bello. Como si despertara de alguna larga siesta después de un prolongado invierno y ahora tuviera que alumbra y calentar toda la tierra aprisa y corriendo.

 

            Se sentó en la piedra, sacó su cuaderno, miró a las aguas del río saltando todas claras, miró las murallas y torres de la Alhambra en lo más alto de la colina y con ella en su mente, escribió:

 

 

     Tu ausencia es ancha

como son bellas las nieblas

que en la mañana

se alzan y vuelan

vestidas de hadas.

 

     Princesa de mis sueños,

fantasía blanca

de las noches de luna

y de Granada.

¿A dónde te has ido

tan callada

dejando tan hondo vacío

en mi alma?

 

            Y dicen que aquella mañana de otoño recién llegado y junto a las aguas del río Darro, el príncipe lloraba. Recordando a su princesa y queriendo compartir con ella los colores, olores y luces de los bosques de la Alhambra. Y también dicen que cuando fueron a buscarlo le preguntaron y él respondió con estas palabras:

- Cuando una persona se marcha y se le olvida para siempre es como si el Universo entero de la historia la borrara. Pero si se le recuerda y con cariño, es como si para toda la eternidad, esa persona y a todas horas por aquí estuviera presente.

 

Cuando todavía no existía la Alhambra

 

            Mucho antes de que la Alhambra existiera y antes del Paseo de los Tristes y el barrio del Albaicín, ya el río Darro corría por donde ahora. Pero en aquellos tiempos, cuando tampoco casas había por donde la Carrera del Darro, todo por aquí era muy distinto a lo que ahora vemos.

 

            Lo más importante, aunque era el río y sus claras aguas, resultaba ser el barranco entero. El río tal como hoy lo conocemos, las laderas norte de la Alhambra y Generalife, la gran hondonada, desde Plaza Nueva hasta Jesús del Valle y las laderas por donde ahora se alza el Albaicín, todo el Sacromonte y la Abadía. Por eso, observado este barranco desde la distancia y desde lo más alto, Cerro de San Miguel y Llanos de la Perdiz, se veía impresionante y misterioso. Oscuro y como entre neblina y húmedo. Como si las mismas lluvias y noches de luna, por aquellos tiempos, a todo esto le estuvieran dando forma desde lo más hondo de los tiempos y el silencio. Los bosques, espesos y verdes, lo cubrían todo.

 

            Y en aquellos tiempos, solo una persona conocía y vivía en este barranco y tramo del río Darro. Tenía su cueva un poco más arriba de lo que hoy conocemos como la Fuente del Avellano, en la gran ladera que después fue Dehesa del Generalife. Y su cueva era pequeña, excavada en la inclinación de la ladera, mirando al río y no muy lejos de la corriente de las aguas. Crecían por aquí las zarzas y los álamos y al otro lado del río, cultivaba un trozo de tierra. Justo donde hoy se alza el Palacio de los Córdova, actual Archivo Histórico de Granada. Justo aquí mismo el terreno era algo llano y de la ladera al sur, brotaba un pequeño manantial. Con el agua de este venero regaba él las tierras donde cultivaba hortalizas y algunos árboles frutales.

 

            Y se le veía siempre solitario. Ir y venir desde su cueva al pequeño huerto y luego sentarse junto a las aguas del río. Sobre todo por las mañanas y al caer las tardes. Con nadie hablaba porque ya he dicho que nadie vivía entonces por aquí y nada buscaba ni compartía. Solo iba y venía por las estrechas sendas y luego se sentaba sobre la hierba o las piedras para contemplar las aguas del río. En la misma orilla de un charco redondo que se remansaba por donde hoy existe el Paseo de los Tristes. Aquí mismo él se pasaba horas y horas mirando y pensando en silencio como si, por donde hoy se alza la Alhambra, buscara o esperara algo.

 

            Y debió ser así porque una tarde, otoño y con algunas nubes en el cielo y girones de nieblas por el barranco, sucedió lo que nunca nadie hasta hoy ha sabido explicar. Miraba él mudo y quieto frente a las aguas y de pronto comenzó a elevarse por el aire, convirtiéndose a la vez en nube y viento. Por encima de la espesura de los bosques se deslizó y, por donde ahora se alza la Alhambra, parece que se fundió con el cielo y dejó de verse. Nunca más se vio ni aquella tarde ni en los días siguientes ni al correr los años.

 

            Pero yo sí sé, porque un día me lo contaron, que desde entonces todo este barranco del río Darro, Paseo de los Tristes, la Alhambra y Fuente del Avellano, guardan el más grande de los misterios. No en un lugar y forma concreta sino como en espíritu de lo que parece es el sueño jamás soñado por humanos. Por eso hoy en día, el Paseo de los Tristes, barranco y río Darro, Alhambra y laderas del Generalife y barrio del Albaicín, resultan tan misteriosamente bellos y enigmáticos. Algo único en el mundo y que nadie sabe explicar por qué pero yo sí lo sé.

El tesoro del anciano

 

            La alhambra la construyeron en lo más alto de una colina, entre el río Darro y el río Genil. Hoy en día, a esta colina, se le conoce con el nombre de la Sabika. Y dentro del recinto amurallado que circunda a la Alhambra, además de los palacios de los reyes, había una zona militar, la Alcazaba y otra zona urbana o ciudad conocida como la Medina.

 

            En tiempos muy lejanos en esta pequeña ciudad vivía un hombre mayor. En una pequeña casa con una sala chica, una habitación y una ventana. Un pequeño granado y dos rosales, tenía él sembrado en la misma puerta. Todas las mañanas, al salir el sol, este hombre salía de su casa, se daba una vuelta por la ciudad, saludaba a los amigos y conocidos y luego volvía a su casa. Cogía algunos frutos, un trozo de pan y agua, lo guardaba todo en una bolsa y se ponía en camino. Siempre dirección a Sierra Nevada, por una vereda que solo él sabía.

 

            Como casi todos en la pequeña ciudad lo conocían, en cuanto lo veían ponerse en camino para no volver hasta caer la noche, comentaban:

- Otra vez se marcha hoy.

- ¿Y a dónde irá, sin descansar un solo día?

- Nadie de por aquí lo sabemos pero debe ir a algún lugar importante. Porque aunque llueva, descarguen las tormentas o nieve, siempre se pone en camino y se marcha.

- Y lo más curioso es que nunca cuenta nada a nadie. Como si tuviera un tesoro en algún lugar lejano y por eso lo guarda tan en secreto.

 

            Y una tarde de otoño, ya casi en las puertas del invierno, cuando por la noche lo vieron regresar, se acercaron a él y le preguntaron:

- Nos intriga mucho tu comportamiento. Te has pasado la vida entera yendo y viniendo a no sabemos dónde. ¿Es que escondes algún importante tesoro?

Y él les respondió:

- El mayor tesoro que nunca humano tuve en este suelo.

- ¿Y tiene monedas de oro y brillantes?

- Ni brillantes ni monedas de oro ni perlas preciosas.

- Entonces ¿qué clase de tesoro es el tuyo y por qué todos los días necesitas verlo?

- Ya os he dicho que es el mayor tesoro del mundo. No hay, como este sueño mío, otro y por eso es para mí como el más necesario alimento.

 

            No hablaron más aquella noche. Pero al día siguiente, varios de la ciudad se prepararon y en cuanto vieron que se ponía en camino lo siguieron. Detrás y a cierta distancia para que el anciano no los descubrieran. Lo vieron adentrarse en el bosque, siguiendo una estrecha senda, en todo momento dirección a Sierra Nevada y luego lo vieron asomarse al barranco. Caminó media hora más, bajando hacia el río y al llegar a una gran roca, vieron que se paró. Soltó en el suelo la barja donde llevaba los alimentos y se sentó. Mirando a la loma de enfrente, donde se veían las ruinas de un cortijo.

 

            Los que le habían seguido, se quedaron escondidos a cierta distancia y lo miraban. Esperaban que de un momento a otro se fuera al sitio donde tenía oculto su tesoro. Y ellos creían que éste sería el momento de salir de su escondite y descubrir el secreto de su gran tesoro. Pero pasó un largo rato y el anciano seguía en el mismo sitio tranquilamente sentado, sin dejar de mirar a la colina donde se veían las runas de la casa. Y transcurrió más tiempo, una hora, dos, tres… y allí permanecía quieto y en silencio.

 

            Al caer la tarde, ya casi cuando el sol se ocultaba, los que le habían seguido salieron de su escondite y se acercaron al anciano. Con cuidado lo saludaron y luego le dijeron:

- Pasábamos por aquí y nos hemos encontrado contigo. ¿Por qué no nos hablas de tu tesoro y luego nos lo muestras?

Y él los miró y muy pausadamente dijo:

- Era yo todavía un niño cuando una tarde jugaba en este mismo sitio. Miré para esa colina de enfrente y la vi a ella salir del cortijo. Pequeña como yo, hermosa como un sueño y se puso a jugar allí mismo. La estuve observando durante mucho rato y luego vi que volvió al cortijo. Entró y dejé de verla. Aquel día y al siguiente y al otro y al otro. Yo seguí viniendo por aquí a lo largo de muchos días, meses y años. Siempre con la ilusión de volver a verla y no fue así.

 

            Era yo todavía un niño cuando ocurrió esto y ahora ya soy una anciano, como bien todos sabéis. En el cortijo ahora ya no vive nadie, las paredes se han caído y el tiempo no deja de roerlo. Pasan los días, los meses y los años, las lluvias y las nieves caen y yo no puedo olvidarla. Por eso cada día vengo a este lugar, me siento aquí y me pongo a esperarla. Sé que tiene que venir y yo quiera volver a verla. Nada hay más importante y grande en esta vida y mundo que mantenerla viva y pura cada día en mi corazón y pensamiento.

 

Crecida del río Darro

 

            Cuando hablaba con los amigos, una vez y otra les decía:

- Lo más importante en la vida no es tener cosas materiales ni viajar mucho ni hacer amigos ni conocer gran cantidad de personas.

Y los amigos, también una vez y otra le preguntaban:

- Entonces, según tú ¿qué es lo verdaderamente importante?

- Siempre procurar que todo lo que en esta vida hagamos, pensemos y deseemos, nada ni nadie nos lo quite nunca. Ni siquiera el paso del tiempo y mucho menos la muerte.

- Pero eso que dices ¿cómo es y de qué modo conseguirlo?

Y de la mejor manera que sabía y podía intentaba explicarles lo que con tanta fuerza sentía.

 

            Vivía en una de las habitaciones de los palacios de la Alhambra. Y el balcón de su habitación daba a la ladera norte, por donde crece un denso bosque y al fondo se ve el Paseo de los Tristes y corre el río Darro. Y aprovechando la gran vista que desde su balcón se divisaba, aquí se pasaba horas y horas. Esperando no se sabía qué pero siempre en silencio y como meditando. Tanto se concentraba en sí y en sus pensamientos que muchos días hasta se olvidaba de las cosas y personas que iban y venían por el interior de los palacios y jardines que les rodean.

 

            Y esta forma suya de comportarse aun fue más acentuada cuando aquel año llegó el invierno. Las lluvias aparecieron en los últimos días del año y no paraban en ningún momento. Desde su balcón miraba durante horas y horas sin mostrar ningún cansancio. Los amigos le preguntaban:

- ¿En qué piensas un día y otro sin cansarte?

No quería darles ninguna respuesta porque sabía que no era fácil. Pero como las lluvias seguían cayendo y el río Darro cada día bajaba más lleno, una tarde les dijo:

- También estos palacios, las murallas y jardines, se los comerán el tiempo un día y desaparecerán para siempre.

 

            Y como para los amigos estas palabras suyas resultaban enigmáticas, ninguno preguntó nada. Pero una tarde de invierno, después de muchos días de lluvias sin parar, salió de su aposento. Caminó despacio y se aproximo a las orillas del río. Caminó un poco más, atravesando la espesura del bosque y se paró justo donde la torrentera de la ladera tenía un pequeño tajo hecho por las aguas de la corriente. Se quedó allí quieto mirando el gran caudal que violento bajaba cuando, de pronto, notó que parte la torrentera comenzó a deslizarse hacia el surco del río. Por entre las piedras, los árboles y el barro, quedó sepultado su cuerpo y luego fue arrastrado por la corriente.

 

            Lo buscaron durante mucho tiempo pero por ningún lado lo encontraron. Pero sí desde aquellos días y hasta hoy, en la ladera norte de la colina de la Alhambra, se sigue viendo la gran brecha. Y se le conoce con el nombre de Tajo de San Pedro.

 

Cumpleaños de la princesa

 

            En Granada, desde tiempos muy lejanos, se ha fabricado y cultivado el arte de la cerámica. Azulejos, vajillas, macetas, platos, cántaros, botijos… También en Granada y desde tiempos remotos se han hecho dulces muy especiales, muchos de ellos elaborados con almendras y miel y con las mejores harinas y frutos secos. Buñuelos, soplillos, piononos, cuajao, boladillos, tocinillos de cielo, almendrados…

 

            En los palacios de la Alhambra hubo una princesa que fue especialmente hermosa. De pelo negro, ojos oscuros, sonrisa clara y blanca y de cuerpo delgado y alta. Era muy amante de la cerámica granadina y también le gustaba mucho los dulces y las flores. Especialmente los dulces elaborados artesanalmente y cocidos en hornos de leña. Sin saberlo ella, muchos la admiraban: príncipes, algunos y otros, simplemente artesanos o personas que trabajaban o vivían dentro de los palacios o casas cercanas. Y entre todos estos admiradores de la princesa mágica, que era como la llamaban sus amigas, había un joven artesano. Vivía en la Medina, al norte de los palacios y trabajaba en una alfarería en el centro del barrio del Albaicín. También algunos días se ocupaba en ayudar a sus padres en fabricar dulces y pan en un horno artesanal que tenían en uno de los rincones de la pequeña ciudad.

 

Todos los días, a primera hora de la mañana, salía de su casa en la pequeña ciudad, cruzaba los jardines y por lo que hoy se conoce con el nombre de Cuesta del Rey Chico, bajaba. Caminando siempre despacio y sin dejar de observar, al frente, las blancas casas del barrio del Albaicín y a la izquierda suya, las murallas y torres de la Alhambra. En una de estas torres tenía él el sueño más hermoso y en secreto: la mágica princesa que en su corazón amaba. Por eso, al caer las tardes y de regreso de su taller de cerámica, también miraba con mucho interés las torres que en su camino se encontraba. Y alguna vez que otra, por una de la ventana de la torre de la princesa, la veía. No muy claramente pero sí lo suficiente para que su corazón de emoción le saltara.

 

            Un día de otoño, cuando ya las primeras lluvias habían caído y las hojas comenzaban a caer de los árboles, dijo el joven a la madre:

- Dentro de poco la princesa cumple años. Tú sabes que yo estoy de ella enamorado pero nunca le he dicho nada. Por eso, para el día de su cumpleaños, quiero hacerle el mejor regalo.

Y la madre dijo al joven:

- Y tú sabes que ella es una princesa de sangre real. No servirá de nada que la quieras tanto. Nunca podrá casarse contigo ni te corresponderá. Porque, aunque ella lo quisiera, sus padres no la dejarán.

 

            Al joven le dolió esta realidad pero, aunque entendía lo que la madre le decía, no abandonaba su sueño. Por eso, por su cuenta y en los ratos libres, se puso a construir un original botijo de barro. En su alfarería del barrio del Albaicín y a escondidas para que nadie lo viera y le hiciera desistir de su idea. Se decía, para animarse y seguir alimentando su sueño: “Nadie, el día de su cumpleaños, la hará un regalo como ése mío. Seguro que va a gustarle mucho y a partir de este momento se fijará más en mí y descubrirá lo mucho que la quiero”.

 

            Un día antes del cumpleaños de la princesa, por la noche, dijo a la madre:

- Hoy tienes que ayudarme.

- ¿En qué quieres que te ayude?

- Tenemos que hacer un par de docenas de dulces muy especiales. Los más bonitos y ricos dulces que nunca se hayan visto y probado en estos rincones de la Alhambra.

Y la madre se puso y a lo largo de la noche trabajaron sin descanso. Al amanecer tenía no una sino tres o cuatro docenas de dulces originales y exquisitos. Con mucho cuidado los fueron colocando en una pequeña cesta de mimbre y, a un lado, también pusieron en botijo de cerámica. Lo decoraron todo con algunas flores que aquella misma mañana cortaron del pequeño jardín que cultivaban en la puerta de su casa y luego el joven dijo a la madre:

- Este botijo para que lo llene de agua y lo ponga en su ventana para que el relente de la noche la refresque y así siempre tenga agua fresca para beber.

 

            Y aquella misma tarde, salió el joven de su casa en la pequeña ciudad dentro del recinto amurallado llevando en sus manos la cesta de mimbre. Recorrió la distancia que le separaba de los palacios donde vivía la princesa de sus sueños y llegó a la estancia principal. En cuanto lo vieron los guardias le echaron el alto. Se paró frente a ellos y cuando le preguntaron éste les dijo:

- Traigo un regalo para la princesa en día de su cumpleaños.

- ¿Estás autorizado?

- Vengo por mi propia cuenta.

- Pues nadie puede entrar en los espacios de los palacios sin estar autorizado.

- ¿Y vosotros podéis darle este regalo de mi parte?

- Deja esa cesta aquí y ya veremos.

Dejó la cesta a los guardias y regresó a su casa.

 

            Esperó aquella tarde y no tuvo ninguna noticia. También esperó al día siguiente y al otro y la princesa de sus sueños en ningún momento daba señales de vida. Sin embargo, cada día por la mañana y por la tarde, cuando iba desde su casa en los recintos de la Alhambra a su taller de cerámica en el barrio del Albaicín, miraba para la torre donde vivía la princesa. Siempre con la ilusión de ver en su ventana el pequeño botijo de cerámica blanca y verde que, por su cumpleaños, le había regalado.

 

Espejo de la Alhambra

 

            Me lo encontré sentado junto a la corriente del río. Frente a un charco redondo, de aguas muy claras y serenamente remansado. Y miraba en silencio, como si se alimentara del rumor de la corriente y de los reflejos de las aguas.

 

            Era otoño. Ya casi mediado de octubre y las hojas de los álamos, amarillas se iban amontonando por el suelo. Por la mañana había llovido y por eso todo el bosque de la ladera mostraba un brillo muy puro. Las nieblas habían revoloteado a lo largo de toda la mañana y ahora, cuando ya la tarde iba por su centro, el sol brillaba. Derramando sus rayos sobre los palacios y murallas de la Alhambra y sobre el bosque y aguas del río.

 

            Me acerqué despacio y le pregunté:

- ¿Estás por aquí esperando algo?

Y serenamente me contestó:

- Me entretengo en el juego de las aguas de este charco y en la imagen que en él se refleja.

- ¿Qué imagen?

- Ven y ponte aquí a mi lado.

Le hice caso y me acerqué un poco más. Con cuidado me fui sentando sobre las hojas amarillas de los álamos y la hierba y esperé a que me dijera algo. Y me lo dijo:

- Mira ahora, por entre las ramas de esos árboles, para la colina de la Alhambra.

De nuevo le hice caso. Y vi, por unos espacios que dejaban al descubierto las ramas, la robusta figura del viejo castillo sobre la colina. Le daba de lleno el sol de la tarde y por eso brillaba como oro puro. Dije:

- Es muy bonito. Nunca antes y desde ninguno de los rincones de Granada, he visto yo una imagen tan hermosa de la Alhambra.

 

            Guardó silencio por un momento y luego me siguió indicando:

- Y mira ahora a la superficie de este charco.

Otra vez le hice caso y desde mi lugar al borde de las aguas del río miré a la superficie del charco. Y en las cristalinas aguas vi la Alhambra reflejada. Como si fuera un pulido espejo y mostrando unos colores que asustaban de tan bellos. Le pregunté:

- ¿Hay algún secreto en este encantamiento?

- Ningún secreto. Es un regalo del cielo, de la tarde de otoño y de los rayos del sol que se marcha. Pero sí es cierto que nadie ni en Granada ni en el mundo entero conoce este misterio. Por eso te pido que tú tampoco se lo digas a nadie para que esto nunca se rompa. Como si todo fuera y para siempre un pequeño sueño.

 

La más hermosa de Granada

 

            Dicen que era la más hermosa. Y no solo por la belleza de su cara si no también por la bondad de su corazón y por la luz de su sonrisa. Y también por la sencillez de su alma y la dulzura que siempre regalaba.

 

            Su casa era pequeña, blanca como la luz del alba, olía a mañanas de primavera y en ella nunca faltaban las flores. Muchas se las regalaban y otras crecían y aun siguen creciendo en el pequeño jardín de la entrada. Y su casa se alzaba en el mismo corazón del Albaicín, frente a la Alhambra y donde el sol se derrama desde primeras horas de la mañana hasta que se oculta en la tarde. Tres cipreses crecían en su casa, en el mismo patio donde la fuente rebosaba y donde también crecen cuatro naranjo, dos limoneros, un jazmín y dos rosales de flores blancas.

 

            Y dicen que ella siempre, siempre estaba atenta a las personas que por su calle pasaban. Mirándolos y saludándolos en cuento se acercaban y atenta a todo lo que le preguntaran. Porque a ella, lo que más le gustaba, era explicar y enseñar las cosas de su barrio, los misterios de la Alhambra, los olores del otoño que el viento traía y llevaba y la luz y colores que desde su calla y casa a todas horas se veían sobre Granada. Esto era lo que más le gustaba y luego hablar con las personas y decirles siempre:

- Vosotros preguntar y pedirme que os acompañe que nada me gusta más que compartir las cosas de mi barrio y de Granada.

 

            Y por esto, ya muchas de las personas que al Albaicín llegaban, unos a otros se decían:

- Lo primero que tenemos que hacer es ir a la casa de la princesa de la gracia. Para conocerla y para que luego nos lleve y nos explique las maravillas de esta ciudad tan mágica.

- Sí, vayamos a su casa para conocerla y para oír el tono dulce de su voz y gustar la ternura de su corazón. Y también para comprobar si es cierto lo que tanto, unos y otros, dicen de ella.

 

            Y dicen que aquella mañana de otoño la Alhambra amaneció cubierta de niebla. Por la tarde, el día antes, había llovido y por la noche se había quedado raso. Olía a setas, al amanecer y el sol lucía más brillante que nunca. Iluminando a la Alhambra sobre su colina y derramándose sobre la ladera sur del barrio del Albaicín. Por eso aquella mañana su casa destacaba entre todas las demás, blanca como la nieve más inmaculada. Subió por la calle un grupo de personas y al verla en la puerta regando sus flores se fueron derecha a ella. El que parecía el guía se paró y le preguntó:

- Queremos recorrer y ver todo lo más bonito de este barrio granadino y luego queremos ir a la Alhambra. Pero queremos ir por ese misterioso camino que dicen que solo tú conoces. ¿Nos acompañas, nos guías y nos explicas las cosas?

- Eso está hecho. Desde este momento estoy toda a vuestra disposición para explicaros las cosas y llevaros a los lugares más bellos de Granada.

Y ellos le dijeron:

- Pero queremos que nos digas cómo llegar a los sitios más importantes de este barrio para ir nosotros solos. Tú debes quedarte aquí a esperar un compañero nuestro que se ha quedado rezagado. Nos dices dónde nos encontramos y cuando llegue, lo acompañas y nos llevas a la Alhambra. Es lo que más nos gustaría.

- Pues no preocuparos que haré las cosas tal como me lo estáis pidiendo.

 

            Indicó al grupo por dónde debía ir, lo que debían ver y en qué lugar encontrarse luego. Y el grupo le dio las gracias y siguieron subiendo por la calle. Media hora después llegó el rezagado y ella lo recibió. Lo saludó con su bondad de siempre y luego le dijo:

- Ahora vente conmigo que te voy a llevar por donde el río Darro y el más bello camino que lleva a la Alhambra.

- Lo que tú me digas yo haré encantado.

 

            Y aquella mañana de otoño, cuando ya las nieblas se habían alzado y la Alhambra brillaba hermosa sobre su colina, dicen que la vieron subir por el camino hermoso. El que solo ella conocía para ir desde el Albaicín a la Alhambra. Iba llevando de la mano al que había quedado rezagado y como al encuentro del grupo, en el lugar que habían acordado. Y dicen que al poco la vieron ocultarse en la espesura del bosque y después ya no apareció. Nadie más la vio ni aquella mañana ni por la tarde ni al día siguiente. Tampoco la vieron tres días después ni pasado los meses ni los años.

- ¿Qué le habrá pasado?

Se preguntaban en el barrio unos a otros.

- Nadie lo sabemos pero desde que no está es como si faltara la luz, la alegría, los colores y olores, la vida misma.

- Como ella de buena y hermosa nunca hubo ni habrá otra en Granada.

 

            Su casa, su pequeño palacio blanco, con los tres cipreses y la fuente en el centro del patio, aun se conserva. En el lado sur del barrio del Albaicín, frente a la Alhambra y donde el sol da a lo largo de todas las horas del día. Y muchos, vecinos del Albaicín y otros que vienen por aquí de visita, pregunta y siguen diciendo lo mismo:

- No sabemos qué fue de ella. Pero el olor de su corazón y la luz de su sonrisa, aun sigue por aquí revoloteando. Era, ha sido la más hermosa de cuantas personas hubo nunca en Granada.

 

La Alhambra coronada

 

            Desde que construyeron la Alhambra, desde que existe alzada sobre la colina que domina a Granada, parece que solo una sola vez se ha visto. Al menos, nadie nunca ha dicho nada de que se haya repetido ni tampoco se reseña en ningún documento antiguo. Ni en los archivos que recogen cosas de estos monumentos ni en los muchos libros que sobre la Alhambra se han escrito.

 

            Y sucedió una mañana de otoño, con el cielo por completo despejado y cuando el sol comenzaba a levantarse. Desde el barranco del río Darro se alzaban las nieblas lentamente. Colándose por entre la espesura del bosque, en la ladera norte y elevándose. También muy lentamente se iban situando sobre lo más alto de la colina y torres de los palacios. Y justamente aquí, sobre el gran conjunto amurallado de la Alhambra, fue donde tomó forma y se vio el fenómeno. Misterioso por lo inexplicable pero bello por los colores que desprendía y por la forma que dibujaba. Y todo fue en muy poco tiempo y tejido de niebla, humo y rayos de sol.

 

            Subía aquella mañana por la orilla del río Darro hacia las partes altas del Albaicín, un hombre con su carro. Tirado éste por dos mulas color canela y cargado el carro de paja y algunas ramas secas de olivo. Como todos los días llevaba su carga a los señores del palacio donde trabajaba. La paja era para alimentar a sus mulos, burros y vacas y las ramas secas para la chimenea en los salones del pequeño palacio. Por eso el hombre era conocido en todo el barrio y gran parte de la ciudad de Granada. Y lo apreciaban mucho porque casi todos sus conocidos decían que era un hombre bueno.

- Como hay pocos en este barrio.

Comentaban algunos.

- Y con un corazón tan generoso que da gusto ser amigo suyo.

- Tienes razón. Siempre he oído decir que cualquier cosa que se le pide jamás se niega a concederla, si está en sus manos.

            Y aquella mañana justo cuando él se paró un momento a la altura de lo que hoy conocemos como el Paseo de los Tristes, las nieblas se alzaban. La humedad que las lluvias de unos días antes habían dejado comenzaba a evaporarse con la llegada del nuevo día y revoloteaban en forma de niebla. Blanca y muy espesa, conforme se estiraba y alzaba ladera arriba hacia la Alhambra y luego azul y color canela, en cuanto el sol la abrazaba. Por todo esto, la mañana parecía algo misteriosa y el silencio, mezclado con el rumor de las aguas del río, aun acentuaba más este misterio.

 

            El amigo que había parado al hombre del carro le preguntó:

- ¿De dónde traes esta paja?

- Del fondo de la Vega de Granada. Es de trigo y de cebada y por eso muy buena para el pienso de los animales. ¿Por qué quieres saberlo?

- Porque te voy a pedir que, cuando puedas y tengas tiempo, me traigas una carga de paja como ésta. Ya sabes: se acerca el invierno y los dos burros que tengo pasarán muchas horas en la cuadra.

Y el hombre del carro dijo a su amigo:

- Tomo nota de tu encargo. En cuanto un día de estos pueda llevo a tu casa una buena carga de paja.

 

            Y justo cuando terminaba él de pronunciar estas palabras, varias personas gritaban diciendo:

- ¡Fuego, Fuego, fuego! Está ardiendo tu carro.

Los dos hombres enseguida corrieron con la intención de sofocar las llamas que ya salían de la paja del carro. Pero las llamas, en un abrir y cerrar de ojos, prendieron rápidas tanto en la paja como en las ramas secas y los varales del carro. Viendo el hombre que nada podía hacer para extinguir el fuego se dedicó a desenganchar las dos mulas para salvarlas del fuego. Pensando que, aunque ardiera su carro y la paja que portaba, si salvaba a las bestias, no lo perdía todo. Y pudo desengancharlas a tiempo aunque ya casi entre llamas y espeso humo.

 

            Vio, en ese momento, que varias personas habían cogido cubos, acudiendo a las aguas del río y con los cubos llenos se acercaban al carro intentando apagarlo. No lo consiguieron porque la paja estaba muy seca y por eso adía como la pólvora. Pero sí, unos y otros vieron que en ese momento, la gran cortina de humo que salía del carro se fue extendiendo hacia las laderas de la Alhambra. Por aquí y entre la densidad del bosque, el humo se mezclaba con la niebla y lentamente se alzaba. Como al encuentro del sol que a media altura alumbraba y parecía como clavado por encima mismo de los palacios. Como si algo o alguien en este lugar sujetara a la niebla y la densa cortina de humo, para algún fin concreto. Y la finalidad comenzó a verse casi al instante. La densa nuble de humo y niebla comenzó a dibujar como una enorme corona blanca y oro. Porque los rayos del sol se enredaban con la niebla y el humo y el leve vientecillo empujaba despacio, creando una misteriosa figura en forma de corona.

 

            Desde la orilla del río Darro y desde todo el Albaicín, unos y otros miraban con la boca abierta. Como no pudiendo dar crédito a lo que sus ojos veían. Algunos se lamentaban por la desgracia del carro cargado de paja y otros decían:

- Nunca se ha visto una cosa igual desde que la Alhambra existe.

- Y fíjate que hasta parece que alguien muy importante y grande estuviera dándole forma a la bella y a la vez misteriosa corona de niebla, humo y fuego.

 

Las monedas del hombre pobre

 

            Al levante de los palacios Nazaríes, dentro del recinto amurallado de la Alhambra, se alzaba la pequeña ciudad. La Medina y hoy conocido el lugar con el nombre de El Secano. Pero aquí estuvo la ciudad, en otros tiempos, aunque reducida y con características muy peculiares.

 

            Entre otras muchas personas, carpinteros, pintores, decoradores, ceramistas, panaderos… vivían también aquí personas pobres. Y una de estas personas era un hombre mayor. No estaba casado ni tenía hijos ni familiares. Amigos sí, dos o tres y los vecinos que lo conocían y no lo trataban mal. De vez en cuando alguno le regalaba algo para comer, unas cuantas frutas, tomates o patatas o alguna prenda de vestir o zapatos todavía en buen estado.

 

            Pero en la pequeña ciudad también vivía otro hombre que sí tenía algunas riquezas. Tierras fuera de la ciudad de Granada, mulos, burros, vacas, ovejas… y hasta una pequeña huerta. Y este hombre sí estaba casado, tenía dos hijas muy hermosas y un par de criados. En su casa, con jardín, fuente y cipreses y un pequeño patio interior, tenía una bonita sala con chimenea. Por eso, cuando llegaban los fríos del invierno, el hombre mandaba encender fuego en esta chimenea y a calor de las llamas se pasaba las horas charlando con sus amigos o familiares.

 

            Un día de otoño, cuando ya habían caído las primeras lluvias y todavía no hacía mucho frío, el hombre rico llamó al hombre pobre y le dijo:

- ¿Quieres ganarte algún dinerillo?

- Claro que quiero.

- Pues te ofrezco un trabajo muy bueno y sencillo.

- ¿Qué trabajo es?

- Necesito leña para la lumbre en la chimenea de mi casa. Te daré un par de monedas por cada haz de ramas secas que me traigas.

Y el hombre pobre dijo que le interesaba el trabajo.

 

            Al día siguiente, por la mañana temprano, salió del recinto amurallado de la Alhambra y se dirigió a los bosques. Por aquellos tiempos, al norte de la Alhambra y antes de Sierra Nevada, las montañas estaban cubiertas de espesos bosques. Encinas, madroñeras, robles, quejigos… de uno de estos bosques el hombre pobre buscó y juntó un buen haz de ramas secas. Cargó con ellas y al caer la tarde llegó a la Medina. Fue a casa del hombre rico y le dijo:

- Aquí tienes lo que me habías pedido.

El hombre rico le dio las monedas y le dijo:

- Tráeme cada día una carga como ésta. La necesito.

- Lo haré porque yo también necesito el dinero.

 

            Y otra vez al día siguiente el hombre pobre fue al bosque a por la carga de leña. Regresó al caer la tarde y así al otro día y al otro. El hombre rico cada día le pagaba su carga de leña y de este modo, el hombre pobre, fue juntando una pequeña fortuna. Para que nadie le robara las monedas hizo un agujero en un rincón de su péquela casa y aquí las guardaba. Y las contaba cada día diciéndose: “En cuanto junte un poco más de dinero me compraré un borriquillo y así ya no tendré que traer acuestas cada día el haz de ramas secas”.

 

            Llegó el mes de la Navidad y cuando por la tarde el hombre pobre regresaba a la ciudad con su haz de leña, se encontró con el hombre pobre. Éste le dijo:

- Llévalo como siempre a mi casa y dile a mi mujer que te lo pague.

Esto hizo el hombre pobre y cuando la mujer le dio las dos monedas por la carga de leña, se fue rápido a su casa. Levantó la losa que tapaba el agujero donde guardaba las monedas y las sacó todas para volverlas a contar. Y estaba él contando sus monedas cuando llegó el hombre rico. Al verlo y descubrí todo el suelo lleno de monedas relucientes, sin más le preguntó:

- ¿Cómo has juntado tanto dinero?

- Lo he ido ganando con mi esfuerzo y poco a poco.

- Yo creo que me lo has robado.

Y el hombre pobre al oír esto se quedó de piedra.

- Usted sabe que yo no he robado nada.

- Me lo has robado y ahora mismo se lo voy a decir a todo el mundo y a los guardines de estos lugares para que lo sepan y te den un escarmiento.

 

La princesa de la cueva

 

            Cuando era pequeña, a la princesa siempre le gustaba vestirse de hada. También le gustaba vestirse con traje de flamenca y de bailarina mágica. Y se iba ella por los salones y pasillos de los palacios de la Alhambra preguntando a sus amigas:

- ¿Estoy guapa?

Y casi todas le decían que sí estaba muy guapa y que además parecía aventurera. Y ella, la princesa más pequeña que por aquellos días vivían en la Alhambra, era feliz.

 

            De paseo por los jardines y fuentes de los palacios sus padres la llevaban y cortaban flores y se las regalaban. Se entretenía ella también y mucho contemplando los colores del cielo reflejado en las aguas de las albercas y observando el revoloteo de los mirlos por entre las ramas de los olivos. Pero a la pequeña princesa lo que más le gustaba era la cueva del bosque. Una cueva natural no muy grande y en forma de palacio que ella y sus amigas habían decorado. Y se abría esta cueva justo al norte de la Alhambra, en la gran ladera que desde la colina cae hacia el río Darro. Entre los troncos de dos gruesos almeces y al borde mismo de la senda que lleva al río.

 

            Y en esta cueva, toda tallada en la tierra, con una puerta casi redonda y con dos ventanas, la princesa reunía a sus amigas. Para celebrar su cumpleaños y para jugar sus juegos de hadas y misterio. Los padres, reyes de la Alhambra, sabían de estos secretos y juegos de la princesa y la dejaban. Decían:

- Como todas las niñas del mundo tiene derecho a disfrutar de sus fantasías y sueños.

- Y ella hasta dice y cree que su cueva entre la espesura del bosque, en la torrentera y mirando al río, no solo es un palacio sino también la puerta de un renio.

- ¿Qué reino?

- Solo ella lo sabe y no quiere compartirlo con nadie.

 

            Y un día, cuando la princesa niña salió de la Alhambra y por el camino del bosque se dirigía a su cueva, algunas personas vieron algo que nunca han sabido explicar: subiendo desde el río y por el mismo camino pero en dirección contraria apareció un caballo blanco y subido en él, a un pequeño príncipe con túnica azul. Al llegar a la altura de la princesa la cogió por la cintura, la subió en el caballo y por donde la cueva, desapareció. Al poco la llamaron y luego fueron a buscarla y nadie la encontró. Ni aquel día ni al siguiente ni al correr los meses y los años.

 

            Me contaron a mí esta historia y como no pude resistir la curiosidad, una tarde me fui por el bosque, al lado norte de la Alhambra. Con la intención de ver la cueva donde dicen jugaba con las amigas la princesa. Y sí que me la encontré. Justo en lo más espeso del bosque y muy cerca de cuatro o cinco árboles grandes. Al verla me paré y me quedé mirando y no sentí miedo sino nostalgia. Por la princesa y sus juegos en esta cueva. Como si de alguna manera me sintiera triste porque ahora no estuviera. Y debe ser porque en el fondo pienso que la princesa pequeña y sus amigas en esta cueva tuvo que ser algo realmente bello y lleno de magia.

 

 

La niña que soñaba con la Alhambra

 

            La familia, desde hacía mucho tiempo, vivía en una casa muy pequeña. Junto a las aguas del río Genil y en lo que se conoce en Granada con el nombre de Barrio del Realejo. Eran pobres pero muy conocidos y queridos por muchas personas en toda la ciudad. Incluso, hasta los reyes de la Alhambra, supieron un día de la bondad y nobleza de esta familia. Por eso, el rey más importante y rico de cuantos por aquellos días vivían en la Alhambra, dijo un día a su gran mayordomo:

- Que se venga esa familia aquí con nosotros. Dale vivienda en una de las torres que miran al río Darro y al Albaicín, que trabaje en el cuidado y conservación de estos palacios y que su niña juegue con nuestras hijas las princesas.

 

            Y una noche de otoño cálido, sentada la madre en el borde de la cama y para que la niña se durmiera, le decía:

- Viajar, cambiar de lugar, conocer sitios nuevos y personas, es una de las aventuras más interesantes y hermosas que puedan ocurrirnos en la vida.

Y la niña, ya un poco adormilada pero todavía muy atenta a lo que la madre le decía, preguntaba:

- Y en aquellos palacios ¿habrá hadas, princesas, duendes y fuentes donde por las noches se reflejen las estrellas?

- En los mágicos palacios de la Alhambra hay princesas muy guapas y buenas y también hadas vestidas con fabulosos trajes de seda y muchas fuentes con aguas claras. Ya verás tú qué bonito es todo aquello y la de aventuras que vas a vivir en cuento lleguemos.

 

            Poco después la niña se durmió y la madre siguió un rato más ordenando la casa y perfilando los detalles finales. Ella también estaba cansada. Y más porque por fin al día siguiente se mudaba desde su casa a los recintos de la Alhambra. Por eso el padre le decía:

- Me han dicho que vendrán con un carro de madera y con dos burros para llevarnos todos los enseres en un solo viaje. En cuanto salga el sol tendremos que tenerlo todo preparado. Tardaremos dos horas en cargar las cosas y una hora, poco más o menos, en ir desde esta casa nuestra hasta los palacios de la Alhambra. Así que podremos estar allí al mediodía, hora muy buena porque nos quedará por delante toda la tarde para tomar posesión de la vivienda y ordenar algo las cosas.

 

            Ya de madrugada la madre se acostó un rato. En la misma cama de la niña y, aunque cansada, con la tranquilidad de tener ya todo bien preparado. Para, en cuanto llegara el nuevo día, ponerse mano a la obra y cargar todo en el carro y en los burros. Y la madre, mientras cogía en sueño, en su corazón saboreaba la alegría del cambio. Aunque también sentía cierta pena tener que dejar su pequeño y vieja casa, junto al borde del río Genil, en el mismo barrio del Realejo. Por esto, para sí y mientras cogía el sueño, se decía: “Pero todo aquello, las torres y palacios de la Alhambra, junto al río Darro y frente al barrio del Albaicín, es mucho más bello que esta pequeña y vieja casa mía. Mi niña allí va ser la más feliz del mundo”.

 

            Y todavía no había llegado el sol a lo más alto en el cielo cuando ya subían por la Cuesta del Realejo. Con todos los enseres de su casa cargadas en el carro y en los burros camino de la Alhambra. Delante iba el padre acompañando a los que habían venido en su ayuda y detrás caminaba la madre, llevando de la mano a su niña. Ésta, todavía con cara de sueño pero de vez en cuando comentando:

- Estoy deseando llegar y ver todo aquello. No puedo creerme que vayamos a vivir en un palacio como los reyes.

Y cuando ya se iban acercando a los recintos amurallados la medre le repetía:

- Viajar, cambiar de lugar, conocer sitios nuevos y personas, es una de las aventuras más interesantes y hermosas que puedan ocurrirnos en la vida.

Y la niña seguía diciendo:

- Quiero que todas las princesas de la Alhambra sean mis amigas y quiero que todos los duendes y hadas de aquellos palacios me lleven y enseñen los sitios más secretos para vivir las más emocionantes aventuras.

 


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