Ventanas a la eternidad 

       Relatos cortos // 2010-16

El libro de los más bellos relatos de la Alhambra,

río Darro, Albaicín, Realejo y Granada - IV 

1- El abrazo 

2- Jugando con las aguas del río Darro 

3- Tarde frente a la Alhambra 

4- El palacio del valle de la luz 

5- Sonidos en el corazón del tiempo 

6- El hombre del tesoro 

7- El lugar más bello del mundo 

8- El rey  y la pequeña 

9- Las tres Alhambras de Granada 

10- La muchacha del río Darro 

11- La almunia de las encinas 

12- El cernícalo y la princesa 

13- El romántico de la Alhambra 

14- Amaneceres desde la Torre de Comares 

15- Al florecer los cerezos 

16- El jardín de las violetas 

17- El almendro del río Darro 

18- La calle más bonita del Albaicín 

19- La princesa enferma 

20- La princesa y el jardinero 

21-Desde la Torre de la Vela 

22-Oracion frente a la Alhambra 

23- Al llegar la primavera 

24- La mujer pobre de la Alhambra 

25- La princesa amante de los pobres 

26-La postal más bella de la Alhambra 

27- El abuelo y los tres nietos 

28- Un hombre bueno

29- El regalo de la nieta 

30- Desde el palacio de Huerta Grande 

El abrazo

 

            Volvía después de mucho tiempo. Y, mientras se iba acercando, quería hacerlo por donde más su corazón lo necesitaba. Por donde se encontraban sus más bellos y tristes recuerdos y por donde, a lo largo de muchos años, la había soñado: junto a las aguas del río Darro. Por eso, se le vio subir por donde hoy se alarga la Carrera del Darro, el paseo más bello del mundo, en Granada y a los pies de la Alhambra. Y llegaba acompañado solo de un pequeño perro blanco y su zurrón de viajero. Y lo que también en su corazón temblaba, según iba llegando, era la figura de la Alhambra sobre su colina. Tan grabada la tenía en su alma, desde aquellos tiempos que, conforme se aproximaba, le parecía volver al descanso, al consuelo.

 

            Antes de llegar al último puentecillo del río, dijo a su perro, amigo y compañero:

- Vente por aquí que quiero que veas esto.

Y se acercó al río. Por donde un pequeño vado y, por eso, la corriente mostraba un buen paso. Y nada más llegar a las aguas lo primero que hizo fue mojar sus manos, luego sus brazos y después su cara. Le volvió a decir al amigo:

- En otros tiempos, cuando todavía éramos pequeños, los dos jugamos por aquí muchas veces. Corriendo por estas riveras, bañándonos en las aguas, tomando el sol recostados sobre la hierba y siempre respirando el purísimo aire y silencio de este río. Para mí, era un ángel bajado del cielo. Por eso, en muchas ocasiones la llamaba con el nombre de “La Sirena del río Darro”. ¡Si tú la conocieras!

Y después de volver a lavar sus manos y cara invitó a su perrillo que a que bebiera.

 

            Cruzaron luego la corriente y pasaron al lado de la umbría de la Alhambra. El sol lucía colocado en lo más alto y relucía como en los mejores días de verano. De nuevo dijo a su compañero amigo:

- Subamos despacio. No tengo prisa por llegar porque ahora ya mi corazón está contento, como en su descanso. Por fin piso otra vez los rincones y tierras que en mi corazón tengo grabadas.

Y remontaron lentamente. Parándose a cada instante para echar una ojeada a las casas del barrio, al otro lado del río: el Albaicín blanco.

- No es el mismo y, sin embargo, fíjate qué bonito y cuanto misterio parece de ahí estar brotando.

Y su perro, como si lo comprendiera, iba de un lado a otro olisqueando. Escudriñando cada rinconcillo del bosque y pendiente de las órdenes de su amo.

- ¿Sabes? Cuando ella jugaba por la corriente del río lo que más le gustaba era irse a los sitios más desconocidos y oscuros. Comentaba:

- Tú dirás que este río viene de las montañas a norte de Granada pero yo creo que viene de algún lago en el más extenso de los paraísos.

- Y después de pasar por los pies de la Alhambra ¿a dónde crees tú que este río se marcha?

- Eso sí que lo tengo claro: al corazón mismo del Universo, que es donde se refugia el cielo y por eso, todo por allí, es eterno. Un río como nuestro Darro, de ningún modo puede ir a otro sitio. ¡Me gusta tanto y es tan bonito!

 

            Más de una hora tardaron en remontar la ladera. Y mientras lo hacía seguía comentando con su perrillo:

- Y la Alhambra, sus murallas, palacios, jardines y fuentes, tú nunca lo has visto pero ahora te digo que todo por aquí es fantástico. Vete preparando que verás como no te miento.

Llegaron a todo lo alto y tomaron para la derecha, siguiendo el camino que discurría pegado a la muralla y bajaron un poco hacia Granada. El sol ahora les daba de lleno y por eso iluminaba no solo sus cuerpos sin o también las plantas y árboles que iban rozando.

- Y cuando por estos bosquecillos paseaba muchos la confundía con una princesa. Y aunque lo era, a mí me gustaba decir a todos que su palacio lo tenía en las estrellas. Tenía cara de ángel, ojos de cielo, sonrisa de estrellas y su alma era blanca, muy blanca ¡Qué bellos fueron aquellos momentos y cuanto misterio derramó por estos jardines!

 

            Llegaron a la puerta de la muralla y la cruzaron. Su pequeño amigo, al sentir ahora el ruido de las personas, se vino a su lado como si tuviera miedo.

- Yo ya no soy nada por aquí pero tranquilo. No dejaré que te hagan daño.

Y justo en este momento se encajaron en la pequeña explanada, antes de los palacios. Frente a la fuente se quedó parado mirando, intentando comprender. Le comento al perrillo:

- Soñé mil veces con esta fuente aquí, para disfrutarla con ella y al fin la han construido. ¡Fíjate que bonita! Frente a los palacios de la alhambra, frente al barrio del Albaicín y al gran valle del río Darro y casi entre los bosques y jardines. ¿A que es fantástico?

 

            Y justo en este momento, mientras miraba absorto a la fuente, sitió su mano. Por el lado derecho se le acercó, le echó su brazo por el hombro y cuello y despacio, muy despacio fue acercando su cara a la suya, al tiempo que le decía:

- Soy la que sueñas y tanto quieres. No digas nada y disfruta el encuentro.

Jugando con las aguas del río Darro  

 

            Le gustaba mucho irse a la corriente del río. Para jugar con las aguas en las doradas tardes de verano y para dejar volar sus sueños. Algunas veces lo hacía en compañía de sus amigos y, en otras ocasiones, sola. Le gustaba mucho jugar con las aguas del río y, su juego, casi siempre era el mismo: diez o doce piedras gordas que buscó en los primeros días y, con mucho cuidado, las colocó en un punto concreto de la corriente. Para que el agua se remansara y formara un pequeño embalse, charco o laguna artificial. Por eso, siempre en el centro del muro construido con las piedras, ponía una en forma de losa. Larga, delgada, bastante ancha y de pizarra negra. Colocaba con mucho cuidado esta piedra, dejaba que el agua se remansara y, cuando el charco estaba lleno, la quitaba y se formaba la riada. Una pequeña crecida del río que de pronto bajaba cubriendo las orillas y formando olas y cascadas.

 

            Siguiendo esta crecida de las aguas, se iba orilla abajo, mirando y disfrutando de los vaivenes y saltos de la corriente. Y mientras avanzaba a la par de las aguas, cantaba canciones divertidas, inventadas por ella y por eso siempre eran distintas. Pero una entre tantas, la recordaba y la repetía con frecuencia. Era ésta:

 

¿Mi corazón, mi sueño?

En su colina,

donde el viento

y casi eternidad,

en lo inmenso.

 

El sol, al fondo,

el azul del cielo,

sobre la montaña

el silencio

y a un lado y otro,

lo bello.

 

Y dicen que una tarde, cuando jugaba con las claras aguas del río, amigo y hermano de la Alhambra, ocurrió algo maravilloso. Como otras veces, colocó la piedra de pizarra en el centro de la corriente y esperó a que el charco se llenara. Cuando ya lo vio colmado quitó la piedra del centro y el agua salió en tromba. Comenzó a crecer la corriente y, mientras cauce abajo se deslizaba, ella la acompañaba cantando su canción de siempre. A intervalos paraba y proclamaba:

- Que va la crecida. Que nadie la sujete para que llegue hasta la Alhambra y la bese.

Y las aguas se vieron crecer cauce abajo hacia Granada y la Vega. Al poco, la corriente del río se fue abriendo como en abanico y de un solo cauce surgieron tres grandes ríos que parecían descender desde altas montañas muy cubiertas de bosque y monte bajo. En el centro de estos tres caudalosos ríos, no muy lejos de donde hoy se encuentra la Alhambra, se alzaba una gran colina. Se parecía mucho a la conocida hoy en día con el nombre de la Sabika. Y en lo más alto de esta colina se veía un castillo, como dominando un inmenso reino, surcado por estos tres ríos de aguas claras y decorados por densos bosques y fértiles prados.

 

            Y dicen que a ella, más alegre que nunca y cantando sus bonitas canciones, se le vio caminando por la orilla del río más grande. Al descubrirla y oírla, sus amigos se acercaron y le preguntaron:

- ¿A quién pertenece estas tierras y ese grandioso palacio que se ve en lo más alto?

Y muy resulta les dijo:

- Pertenece a mundo de los sueños y al reino de lo bello.

- ¿Y cuantas personas conocen esto?

- Muchos conocen la Alhambra de Granada pero ésta de mis fantasías y juegos, solo vosotros ahora y yo, en algunos momentos.

Tarde frente a la Alhambra

 

                                    La luz en Granada

es azul caramelo,

nieve inmaculada,

sangre y oro viejo

y rosa malva

terciopelo.

 

            Quedaban todavía tres horas de sol. El cielo se había llenado de nubes gris plata y sereno viento. Al fondo y a lo lejos, resaltaban las cumbres de Sierra Nevada y más cerca y sobre su colina, las torres y palacios de la Alhambra. La quietud, en ríos invisibles, parecía chorrear desde el cielo para derramarse por todo el rincón. Por eso, el silencio era total y el aire regalaba denso aroma a humedad.

 

            Hora y media antes de que se pusiera el sol la lluvia comenzó a caer. Primero en hilos de agua suaves y frágiles y luego, poco a poco, fue aumentando. Tanto que a los diez minutos de comenzar a llover, todo se quedó como apagado. Como si los mantos de lluvia tejieran una densa cortina desde las nubes hasta la tierra para tapar la luz del sol. Desaparecieron, entre el color gris plata de las nubes, la lluvia y las nieblas, las cumbres de Sierra Nevada, la colina de la Alhambra, las torres y las murallas.

 

            Al otro lado de los cristales de la ventana, los tres y frente a la lumbre, observaban en silencio. Abstraídos por completo en la fina lluvia, en el color gris ceniza que cubría los paisajes y en el fino fluir de la música que desgranaban las gotas de agua. Uno de ellos dijo:

- Parece como si estuviéramos dentro de un sueño. Y la sensación que transmite es como si el fin del mundo hubiera llegado y aquí ya nos hubiéramos quedado para siempre.

- Sí que parece eso pero no hay dolor sino todo lo contrario: como si nos rodeara ahora mismo un mar de gozo inmenso.

Y el tercero comentó:

- Esperad un rato y ya veréis.

 

            Y no esperaron mucho. Solo media hora antes de que el sol se pusiera, la lluvia dejó de caer. Se abrieron las nubes, se vio el azul del cielo y los colores blancos de las nubes altas. Al fondo apareció Sierra Nevada y más cerca, las laderas y la colina con su Alhambra. Salió el sol y en el horizonte de la Vega de Granada, se le vio caer tras las montañas. Y entonces y solo por espacio de unos minutos, aparecieron los colores. No los del arco iris sino los de las puestas de sol en Granada. Del cielo y por entre las nubes, se vio brotar como cascadas de flores y derramarse por las laderas, torres y jardines de la Alhambra. La luz se tornó suave, color azul violeta, malva sangre y nieve inmaculada. Y, sobre las cumbres de Sierra Nevada, la luz se vistió de oro y caramelo miel. Por donde la Alhambra, las nubes formaron como una corona de brillantes rosa y verde agua y el purísimo azul del cielo parecía besarla.

 

            Desde la azotea de la casa, frente a la Alhambra, el primero de los tres volvió a comentar:

- Es como si el cielo y la tierra se estuvieran preparando para irse lejos y el sol los despidiera con un beso enamorado.

- Un beso de luz de colores que ya estáis viendo: hasta parece que tuviera sabor y regalara serenidad y gozo.

- También es así pero los tres ahora mismo estamos viendo que las nubes, después de la lluvia y ahora el sol que se va perdiendo, dibujan un universo de colores únicos. Por eso tiene sabor, se transforma en música y es silencio que gusta el corazón. Las luces y colores de Granada son, esto.

El palacio del valle de la luz

 

            La noticia se corrió por todo el reino de Granada: “Al florecer los almendros y a la salida del sol y en la mañana clara, se casa la princesa en el castillo del valle de la luz. A la fiesta están invitados todos los ciudadanos de buena voluntad y amantes de la libertad y de las cosas mágicas. La princesa lo agradecerá y también le gustará ver en su fiesta a los pastores de las montañas”.

 

            Y en la montaña, al norte del palacio de la luz y donde las nieves más blancas, los pastores comentaron entre sí:

- Pues yo quiero ir a esa fiesta.

- Mira que el camino es largo y son muchos los barrancos y los ríos que los atraviesan. Tendrás que estar toda la noche andando para llegar por la mañana temprano.

- No me importa. Esta noche hay luna llena y las aguas de los ríos son tan claras que no tengo miedo meterme en ellas.

- ¿Y le llevarás algún regalo a la princesa?

- Un buen queso de leche de cabra, esencia de espliego y un ramito de violetas, cogidas de entre las peñas donde las nieves perpetúas.

- Pero si en su castillo y palacios ya los almendros han florecido. Las violetas, flores tan pequeñas ¿crees tú que le gustarán a la princesa?

- Yo se las llevaré para llenar un poco más de color su fiesta.

 

            Y al oscurecer mucho comenzaron a recorrer los caminos. Él cargó con su zurrón, su ramito de violetas, su queso añejo y esencia de espliego y se asomó al collado. Al fondo, muy lejos y con la última luz de la tarde, descubrió los grandes valles por donde descendían los ríos. Al otro lado, se veían las colinas y a lo lejos y como en la honda lejanía del horizonte, se adivinaba el gran castillo. Se dijo: “Caminaré rápido, cruzaré los ríos, subiré las cuestas y al amanecer y salida del sol, estaré donde la fiesta de la princesa”. Y en ese momento vio al grupo. Eran tres o cuatro y bajaban ya por la cuarta curva del camino, acercándose al primer río. Otra vez se dijo: “Me pongo ahora mismo en marcha y aligero el paso para alcanzarlos. Así hacemos el camino juntos y vamos comentando los acontecimientos”.

 

            Se puso en marcha y a toda prisa bajó por la senda hacia el primero de los ríos. Pero al llegar a la tercera curva los vio de nuevo y ya iban por las riveras de las aguas. Buscaron un paso, todos cruzaron la corriente y al poco se elevaban ladera arriba. Al llegar a las aguas cruzó él también sin ningún miedo y a kilómetro y medio ya subiendo, se paró. Pensó que los tenía cerca y agudizó el oído pero ninguna señal captó. Un poco más arriba y se volvió a parar en la fuente, bebió agua miró a la luna y comprobó que la noche ya iba por su centro. De nuevo se dijo: “Llegaré a tiempo. En cuanto termine de remontar la colina debo ir más atento. Ellos me dijeron que según me vaya acercando al castillo, veré los almendros florecidos. Es la señal para saber que ya estoy cerca”.

 

            Y un poco antes del amanecer comenzaba a llegar a lo más alto de la colina. La luna brillaba con una luz muy bella y el aire comenzó a llenarse con aromas de flores de almendro. Se dijo de nuevo: “Es como si la princesa, su reino y su castillo, ya estuvieran por aquí”. Sintió murmullo y con la blanca luz de la luna los vio recortados sobre el horizonte de la colina. Les dio voces diciendo:

- Esperad un momento que quiero unirme a vosotros.

Y al instante sitió que les decían:

- Te esperamos. Será mucho mejor que lleguemos todos juntos.

Aligeró el paso y justo cuando el sol comenzaba a salir los alcanzó. Donde el camino corona lo más alto de la colina estaban parados esperándolo.

 

            Lo esperaban y al mismo tiempo esperaban la salida del sol. Cerca de ellos, a su derecha, se veían los primeros almendros cargados de flores y al fondo, no muy lejos, resaltaba el gran castillo. En el centro de un extenso valle, surcado por tres ríos, rodeado de bosques y jardines y todas las laderas y hasta lo más alto, tapizadas con cientos de almendros florecidos. El limpio sol de la mañana comenzó a iluminar los paisajes y las rosadas y blancas flores de los almendros y por eso, todo ante ellos, se llenó de magia.

 

            Al llegar al grupo estos le dijeron:

- Vamos bien de tiempo. Es al salir el sol cuando se casa la princesa y luego será la fiesta.

- ¿Y sabéis dónde se celebra?

- La boda, será en los palacios de la Alhambra, el castillo del valle de la luz y la fiesta, parte en los salones de estos palacios y parte las tierras que rodean. Al sol del nuevo día, por entre los almendros en flor. Por eso ha escogido ella este momento.

Sonidos en el corazón del tiempo

           

Cerca de la ciudad de Granada, por muchos lugares crecen los almendros. Un pequeño árbol que tiene su origen en las regiones montañosas de Asia Central. La difusión a muchos países asiáticos se vio favorecida por el hecho de que la semilla es al mismo tiempo la unidad de propagación y la parte comestible. De este modo se distribuyó por Persia, Mesopotamia y, a través de rutas comerciales, por todas las civilizaciones primitivas. Se cultiva en España desde hace más de 2.000 años, probablemente introducido por los fenicios y posteriormente propagado por los romanos. En toda la cuenca del río Darro, en las laderas frente a la Alhambra y en la umbría que, desde la Alhambra cae para el río, crecen muchos almendros. Todos florecen en los primeros meses de invierno, desarrollan sus frutos a lo largo de la primavera y verano y se cosechan en otoño.

 

El fruto de este árbol, es la almendra, muy apreciada para la fabricación de dulces y elaboración de alimentos. Pero en muchos rincones de Granada, cuando los almendros florecen, los paisajes parecen vestirse de gala. Son muy vistosas sus flores y por eso, en sus obras, pintores, poetas y escritores, siempre lo dejaron reflejado. También hay muchas leyendas en torno y con el tema de los almendros y en los momentos de su floración. Una de estas historias tuvo lugar en los mismos palacios de la Alhambra, junto a las murallas y en un rincón del bosque que le rodea:

 

            Y cuenta esta leyenda que ella fue muy importante en los palacios de la Alhambra. En sus momentos de infanta, cuando llegó a princesa y cuando ya le faltaba poco para ser reina. Por eso muchos jugaron con ella siendo niña, otros tantos la querían y todos la respetaban. Y el padre, cuando ella le preguntaba:

- ¿Qué es lo que guarda el tiempo en su silencio?

Algunas veces le decía:

- El tiempo es como una cueva redonda, ancha y muy larga. Y dentro, en su corazón, todo lo guarda.

- ¿Hasta lo que hablo con mis amigos y cuando río y juego?

- Y hasta lo que en tu corazón llevas y lo que, cuando duermes, sueñas.

- Entonces ¿el tiempo es también como una flauta?

- Una gran flauta, hueca por dentro y con muchos agujeros. La música, los sonidos, las palabras, duermen en silencio en el corazón de esta gran flauta, llamada tiempo. Pero cuando el aire, la vida, los despierta, salen fuera en escalas, cada uno por su agujero y en sonidos muy concretos.

- Y en ese corazón del tiempo ¿nunca nada se acaba?

- En el tiempo, en el corazón silencioso de la flauta, todo permanece eterno. Durmiendo como a la espera pero con vida propia y con alma.

 

            Entendía ella a medias estas cosas pero un día dijo a su padre que quería estudiar música. Le buscaron buenos profesores y luego le compraron una flauta. Al poco tiempo ya la sabía tocar con elegancia y, por eso, en muchos momentos, se iba sola a un oculto rincón en la Alhambra. Cerca de la muralla pero por el lado de afuera y entre el bosque. Crecía junto al arroyuelo, un viejo olivo y bajo sus ramas se sentaba y, frente al barrio del Albaicín y valle del río Darro, se ponía a tañer su flauta. Luego paraba y ahí, en muchas ocasiones, meditaba dejando volar sus fantasías y sueños. Como si le interesara algo muy concreto. Quizá por esto, cuando regresaba a palacio, le volvía a preguntar a su padre:

- Y el tiempo, los sonidos que en su corazón guarda ¿dónde están y quién cuida de ellos?

- El tiempo vive en el corazón del Universo y ahí se hace eternidad, dentro del corazón de Dios, que es su dueño.

- Pero ¿y los sonidos que el tiempo guarda en su corazón?

- Son mucho más que la materia y mucho más que nuestros cuerpos porque pertenecen al espíritu, a la luz, a lo bello… Por eso, poco a poco vamos convirtiéndonos no en materia ni en objetos sino en sonidos que el tiempo guarda en su corazón para que ahí todo quede eterno. Es lo único que de nosotros, indefinidamente permanece en el corazón de Universo.

 

            Y una tarde de primavera, cuando el sol lucía muy brillante, se fue ella al rincón del viejo olivo. Bajo sus ramas se sentó, sacó su flauta y frente al Albaicín y valle del río Darro, se puso a tocarla. Suavemente y con dulzura y al poco, en una de las ramas del olivo, se posó un mirlo. Observó durante un rato y luego el avecilla, quizá animado por los sonidos que brotaban de la flauta, se puso a cantar. Como si quisiera acompañar las melodías que ella interpretaba. Y en un momento, por todo el rincón empezó a extenderse una honda paz, envuelta como en un ancho mar de silencio. Todo así hasta que de pronto, las notas que salían de su flauta, se convirtieron en ecos, muy lejanos y bellos. Se preguntó, algo sorprendida: “¿Qué esto”? Y el mirlo salió volando y, a solo unos metros, se paró. Lo siguió ella sin dejar de tocar la flauta mientras el eco seguía resonando. Se aproximó al arroyuelo y, por entre los árboles del bosque, despacio vio abrirse la entrada de una gran cueva. Y comprobó que era dentro donde se formaban los ecos de las notas que sacaba de su flauta. Movida por la curiosidad y sin miedo entró y, mientras avanzaba, seguía tañendo la flauta. Detrás de ella y sin parar de cantar, revoloteaba el mirlo.

 

            Se hizo de noche y como no volvía a los palacios, salieron a buscarla. Por el rincón que a ella le gustaba y por todo el bosque y valle del río Darro. Ni oyeron la música de su flauta ni la vieron aquella noche ni al día siguiente ni tampoco al otro. Nunca más se supo de ella pero sí el padre, de vez en cuando, se iba al viejo olivo y aquí se quedaba quieto como meditando y esperando no se sabía qué. Y a veces, cuando creía oír la música de su flauta, muy de fondo y lejos y el canto del mirlo, se decía: “Es como si se hubiera ido al corazón mismo del tiempo y ahí, para toda la eternidad, se ha quedado en forma de música”.

 

Pasó el tiempo y el añoso olivo murió de viejo. En el mismo sitio nacieron varios almendros que se llenaron de flores a lo largo de muchos años. Hasta que también murieron de viejos y, en la misma tierra, volvieron a brotar más almendros. Todos los años siguieron llenándose de flores y algunas de las personas que conocían esta historia, se acercaban a estos almendros y bajo ellos se quedaban. Unos y otros, buscaban por toda la umbría de la Alhambra, la entrada de la cueva por donde esa se fue y nunca la encontraban. Decían:

- Quizá sea la puerta al corazón de la montaña donde se asienta la Alhambra. Por eso puede que ahí dentro haya algún reino o palacio hermoso donde se ha quedado a vivir para siempre.

- Sí, pudiera ser esto.

Y al caer las tardes y, cuando de las ramas de los almendros colgaban las flores, también algunos decían que hasta podía oírse la música de su flauta.

 

Por eso, desde aquellos tiempos y hasta el día de hoy, todavía muchos siguen comentando:

- Una y otra vez, enseñan y explica la Alhambra a todos los que vienen por aquí pero esta historia, nadie la cuenta. Y sin embargo, los sonidos que hay en el corazón del tiempo, lo más espiritual y elevado de estos palacios ¿por qué no se lo enseñan ni explica nunca a los turistas?

- Quizá porque pertenece al gran misterio, al corazón de Dios, a lo eterno. Pero tienes razón: el mayor tesoro de la Alhambra, parece que se concentra en el corazón mismo de la montaña que la sostiene. ¿Por qué nadie le da importancia a esto?

- Sin embargo, la Alhambra, los palacios, torres y murallas, un día desaparecerán. Lo único que para siempre quedará será lo que ella soñaba: los sonidos, la luz y lo bello. Lo que es espíritu y guarda en sí el corazón del tiempo.

 

            Aun hoy en día, cada año y en los primeros meses del invierno, siguen floreciendo los almendros que brotaron en el rincón donde ella se refugiaba. Se pueden ver desde el Paseo de los Tristes y la Carrera del Darro y, al caer las tardes, parecen como si decoraran y al mismo tiempo ocultaran la puerta de la cueva por donde se fue. También, si se presta atención, en algunos momentos hasta puede percibirse los sonidos de su flauta.

El hombre del tesoro

 

            Vivía solo, en una casita junto a las mismas aguas del río Darro. En el rincón de la Casa del Rosal pero más cerca aun del río, entre el Sacromonte y el barrio del Albaicín. Desde este lugar se veía muy bien la hermosa figura de la Alhambra, toda la umbría y bosque que desde lo alto cae y se oía claramente el correr de las aguas. También podía disfrutar del extenso valle que, hacia las montañas de Sierra Nevada, el río Darro abre. Y disfrutaba mucho estos paisajes porque, entre otras muchas cosas, lo que a él más le gustaba eran los días de lluvias con sus nieblas y los días de sol con sus nubes sueltas. Y por el valle que este río labra hacia las sierras donde nace, siempre llueve mucho y se amontonan las nieblas.

 

            En un punto muy concreto y no lejos de su casa, en el río, tenía un precioso charco para bañarse. Lo hacía con frecuencia en las calurosas tardes del verano, cuando regresaba de labrar las tierras de su huerto. Y, después de refrescarse en las claras aguas, le gustaba mucho observar desde aquí la figura de la Alhambra y la umbría tupida de bosque. Le gustaba mucho, después de su baño en el charco, tumbarse en la sombra del viejo fresno y dormir una larga siesta. Y también le gustaba mucho quedarse en la orilla del charco y, en la arena, buscar oro. El río Darro siempre ha tenido oro y, en tiempos lejanos, más que ahora. No tenía él mucha suerte cuando buscaba oro pero se entretenía, descansaba, tomaba el aire y el sol y alimentaba su alma.

 

            En el barrio y entre sus amigos, lo llamaba en “El hombre bueno”. Y esto era porque él continuamente repetía:

- Las cosas, hasta las pequeñas cosas de la vida, hay que transcenderlas.

Y los amigos le preguntaban:

- Entendemos un poco lo que dices pero no sabemos cómo hacerlo. ¿Nos lo explicas?

Y muy paciente siempre les decía:

- Uno puede ser pobre, pasar hambre y tener frío y no poseer ni casa ni fortuna o uno puede ser todo lo contrario: ser muy rico, vivir en un gran palacio, tener mucha comida, conocer idiomas y poseer cultura. Pero tanto si uno es pobre o rico, lo que importa en esta vida es vivir y proceder como si estuviéramos de viaje, solo por un día, hacia un reino grandioso en la otra orilla. Todo lo que por aquí poseemos aquí se quedará para siempre en cualquier momento. Y sin embargo, nosotros, somos habitantes de la luz, de lo hermoso y de lo eterno.

Y al oír esto los amigos de nuevo le decían:

- Muy bonito pero en lo que sí nosotros estamos muy de acuerdo es que eres un hombre bueno, además de respetuoso y amante de lo bello.

 

            Y aquel día, final de febrero y por eso invierno, lluvioso y con algunas nieblas por la laderas, salió de su casa con su borriquillo. Cruzó el río, subió una pequeña cuestecilla y, al poco, se encajó en las tierras de su huerto. Dejó en la llanura a su borriquillo para que comiera hierba y se preparó para la faena. Tenía sus herramientas bajo un grueso almendro, todo en ese momento, repleto de flores. Por eso, durante unos minutos estuvo mirando a este árbol, decorado hoy también por las gotas de lluvia colgando de los pétalos de las flore y con la grandiosa figura de la Alhambra, al fondo. Cogió luego la azada y se puso a cavar para trazar el surco de la nueva acequia. Y no llevaba media hora trabajando cuando, al dar un golpe en la tierra, notó que algo se rompía. Cavó un poco más aprisa y, de pronto, se quedó parado.

 

            Ante sus ojos y con la tierra y trozos de ánfora de barro, aparecieron muchas monedas relucientes. Cogió una, la miró despacio, la limpió en el agua y para sí se dijo: “Son monedas de oro. Acabo de descubrir un tesoro”. Y sin más, se puso a cavar y en menos de media hora tenía desenterrado todo un gran tesoro: muchas monedas de oro, colgantes, sortijas, brazaletes, vajillas… y no lo pensó mucho. Cogió las alforjas que tenía sobre el aparejo de su borriquillo, las llenó por completo con todo lo que había sacado de la tierra y se puso en camino de regreso a su casa. Y nada más cruzar la corriente del río se encontró con uno de sus amigos. Lo saludó y le preguntó:

- ¿Tú hijo no estaba enfermo?

- Mi hijo y mi mujer y la madre de mi vecino. Yo todavía tengo un poco para comer pero ellos, cualquier día de estos se mueren de hambre.

Metió su mano en las alforjas, sacó un buen puñado de monedas de oro, se las dio y otra vez le dijo:

- Todo esto para ti y ve rápido a casa de tus vecinos y diles que venga a mi casa que tengo un regalo para ellos. Hoy, a todos, el cielo nos ha bendecido.

 

            Y el amigo, fuera de sí por lo que estaba viendo, cogió las monedas, fue rápido a casa de los vecinos, comentó lo ocurrido y, al poco, en la puerta de la casa del hombre bueno, se formó una gran cola de personas. Todas querían monedas porque las necesitaban para curarse, quitarse el frío y no morir de hambre. Y sin prisa, pacientemente y con respeto, a todos fue dando piezas de su tesoro. Y todos salían de la casa dando gracias y bendiciendo al cielo por las monedas de oro y por el buen corazón del amigo que tenían entre ellos.

 

            Amaneció y sentado en la chimenea de su casa, charlaba con uno de sus amigos y le decía:

- Hoy soy la persona más feliz del mundo.

- ¿Y cómo dices eso si para ti no te has quedado ni una sola moneda del tesoro que te has encontrado?

Y por respuesta ofreció su silencio y luego compartió con su amigo un baso de té. De nuevo le dijo:

- Si dentro de unos días no me ves por aquí, encárgate de cuidar de mi borriquillo y de las plantas y tierras del huerto.

- ¿Y a qué viene esto ahora?

Tampoco le dio ninguna respuesta. Se levantó del asiento que ocupaba frente a la chimenea, caminó y se asomó a la puerta de su casa. Y al ver la figura de la Alhambra en lo más alto y bañada con el sol del nuevo dijo, susurró:

- ¡Fíjate que bella y fíjate qué amanecer! Y sin embargo, si todo esto no se transciende, dentro de un tiempo, todo será ruinas y polvo. Hay que acumular tesoros en el cielo para ser rico y tener vida allá donde la luz, lo bello y lo eterno.

 

            Y dicen que al día siguiente no lo vieron ni en su casa ni en charco del río ni en las tierras de su huerto. Lo buscaron y lo llamaron y no apareció por ningún sitio. Ni aquel día ni al otro ni nunca más. Algunos dijeron, llenos de tristeza por su ausencia:

- Se ha ido repartiendo antes todo lo que tenía entre nosotros. Realmente era un hombre bueno, muy bueno.

Y pocos días después, todos los amigos y vecinos, acordaron perpetuar para siempre su recuerdo en este suelo. Buscaron el mejor artesano que por aquellos días había en Granada y le dijeron:

- Queremos que talles, en una bonita losa de mármol, este sencillo poema. Te pagaremos con algunas de las monedas de oro que él nos ha regalado.

Talló el artesano lo que los amigos le pedían y, solo una semana después, en la puerta de su casa pusieron la gran losa de mármol y todos pudieron leer los siguientes versos:  

 

Aquí vivió un hombre bueno

que le gustaba soñar junto al río,

era amigo del silencio,

de las lluvias y nieblas blancas

y del sol y estrellas del cielo.

Nos regaló su sonrisa,

su amor puro y su dinero

y un día, al salir el sol,

se marchó a lo eterno

llevándose en su corazón

lo más noble de este suelo:

la libertad y el aroma del río,

el abrazo de su amigo el viento

y, de nosotros sus pequeños hermanos,

nuestro respeto.

Dios, allá en la eternidad,

                       le ofrezca el mejor premio.

El lugar más bello del mundo

 

            Durante varios días no paró de llover. Con el cielo densamente cubierto, sin viento ninguno pero sí con mucho frío. Desde muchos rincones de Granada, desde el Albaicín y desde la colina de la Alhambra, se veían las cumbres de Sierra Nevada, al fondo y a lo lejos, por completo blancas. Como un denso y ancho manto que se confundía con las nieblas que desde los barrancos se alzaban. Era invierno, los últimos días del mes de febrero y, aunque los almendros ya estaban florecidos, la lluvia, el frío y la nieve, seguían presentes.

 

            Al caer la tarde, mientras la noche iba llegando, sentados en su mesa de camilla, en la Casa del Acebo frente a la Alhambra y río Darro, la niña preguntó al Anciano:

- Según tú, el paisaje más bello del mundo, lo tenemos junto a nosotros. ¿Me lo explicas?

- Lo tenemos en nosotros mismo, dentro del corazón de cada uno.

- Pero eso…

- Sí, en nuestro corazón se fraguan y generan los sueños más bellos y los pensamientos más elevados y puros y lo contrario. Y también es cierto que no lejos de donde ahora mismo estamos tenemos parte de este paisaje que te estoy diciendo.

Y después de pensar un momento ella preguntó:

- ¿Acaso te refieres al monumento de la Alhambra, al barrio del Albaicín o a este río Darro?

- Algo sí me refiero a esto pero no del todo.

- ¿Y puedes explicármelo?

- Puedo y quiero: mañana por la mañana te lo explico en vivo y en directo para que lo veas más claro.

 

            Le pareció a ella bien lo que le proponía su amigo y los tres guardaron silencio. Fuera, en el balcón de la ventana, por el cauce del río y umbría en la colina de la Alhambra, se oía el rumor de la lluvia cayendo. Los tres se disponían irse a la cama cuando la niña, de pronto dijo:

- Hoy me ha pasado algo muy interesante.

- ¿Qué ha sido?

- Te lo explico porque quizá tenga algo que ver con lo que hemos hablado hace un rato.

- Pues adelante, te escuchamos.

Y sin más preámbulo, dio comienzo a su relato.

 

            - A primera hora de la mañana Salí de esta casa, crucé el río, subí por la sendilla y me fui derecha a donde el rellano de la encina vieja y del olivo. Donde sabes me gusta ir mucho por lo bello, misterioso y recogido que es ese sitio. Hoy no llevaba intención ni de construir ahí un lago ni de montar mi tienda para quedarme a dormir. Simplemente quería ver la transformación que la lluvia está haciendo en ese rincón que tanto me gusta. Y aunque la lluvia caía y hacía algo de frío, no me importaba. Quería ver el lugar precisamente en este momento. Y según me iba acercando descubría cientos de pequeños arroyuelos cayendo por la ladera, desde las murallas de la Alhambra, hacia el río. La lluvia de estos días ha sido tanta que hasta el bosque de la Alhambra se ha convertido en ríos y cascadas.

 

            Y tampoco me preocupaba esto sino todo lo contrario: me gustaba. Ya sabes lo mucho que a mi me gusta el agua, los paisajes, el bosque, los pajarillos… así que cuando llegué al rellano que conozco, cerca de la vieja encina, me paré. Me dispuse a mirar desde ahí para el valle del río Darro, el Albaicín y Granada para ver qué aspecto tenía en estos momentos de tanta lluvia, cuando descubrí algo que me llamó la atención. Desde las murallas de la Alhambra caía como un pequeño arroyuelo de agua muy clara que llegaba hasta el tronco de la vieja encina y seguía cayendo para el río. Era algo tan bonito, pequeño y, al mismo tiempo, misterioso y tierno, que me fascinó. ¿Sabéis lo que hice?

 

            El Anciano y la madre escuchaban muy atentos lo que ella estaba narrando. Por eso, a la pregunta que les hacía, enseguida los dos preguntaron:

- ¿Qué hiciste?

- No se me ocurrió otra cosa que buscar unas cuantas hojas secas, de almez y de higuera y pensar que cada hoja de éstas podía ser un buen barco. Por eso, sin más, en cuanto encontré las primeras hojas que me parecían apropiadas, la cogí y con mucho cuidado las fui soltando sobre el agua del pequeño arroyuelo que descendía desde la Alhambra. ¿Y Sabéis qué pasó?

Y el Anciano preguntó:

- ¿Qué fue lo que pasó?

- Que esta primera hoja se quedó flotando en el agua y se iba con la corriente, balanceándose y dando saltos, igual que cualquier barco de verdad. Me gustó tanto que repetí el juego. Y cuando solté la segunda hoja ancha sobre las aguas aun flotó mejor. ¡Era tan bonito verla irse corriente abajo como en busca de algún mundo bello! Y de pronto descubrí que tanto como la corriente del pequeño río como mi barco, desaparecieron. Me extrañé mucho y por eso me levanté con la intención de bajar un poco a ver qué era lo que pasaba allí. Pero no pude. La corriente se precipitaba por un trozo de la ladera donde el terreno está muy inclinado. Con la tierra tan mojada por esta abundante lluvia es imposible andar por ahí.

 

            Esperé un momento sin dejar de pensar en lo que había descubierto y solté en el agua una nueva hoja. La seguí muy atenta y al llegar al lugar que ya he dicho ocurrió lo mismo: tanto la hoja que yo imaginaba pequeño barco como la corriente, fueron tragadas por la tierra. De nueve sentí el deseo de ver qué era lo que pasaba allí y tampoco pude. Al final desistí porque la lluvia seguía cayendo y el frío aumentaba. Decidí volver a mi casa pero ahora muy intrigada. Por eso, conforme bajaba por la ladera, me decía “Tengo que averiguar, esta tarde misma, qué es lo que hay donde se pierde el agua y mis hojas”.

Guardó silencio ella y el Anciano preguntó:

- ¿En qué sitio de la umbría de la Alhambra descubriste lo que nos ha dicho?

Y ella, muy resuelta, se levantó de la silla al tiempo que le decía a su amigo:

- Ven que te lo enseño.

- Ya es de noche y con esta lluvia nada podremos ver en esta umbría de la Alhambra.

- Tú ven conmigo que aunque no veamos el sitio concreto, al menos te lo indico.

 

            Obedeció el Anciano a la niña y salieron al balcón que en su casa da al río Darro y umbría de la Alhambra. Y ciertamente la noche era cerrada y la lluvia caía con fuerza. Pero desde el balcón ella señaló y dijo:

- Por ahí se encuentra el rellano de la encina vieja y del olivo. Y un poco más abajo, unos cincuenta metros, es donde se me perdió el agua del arroyuelo y las hojas con las que jugaba.

Y justo al señalar ella a ese punto concreto, ocurrió algo extraordinario. De pronto, entre el bosque y en la ladera, se iluminó un punto, con una luz azul violeta, intensa y bella. Dijo ella:

- Justo es ahí, donde aparece la luz.

Y sorprendido preguntó su amigo:

- Pero esa luz ¿de dónde viene?

- Yo no lo sé.

Con la boca abierta, miraban extasiados cuando vieron que la luz se movía. Parecía manar de la tierra e iluminaba como formando una puerta en forma de corazón. Otra vez preguntó ella:

- ¿Tú no sabes nada de esto?

Reflexionó un momento y luego le dijo:

- Creo que sí y me parece que tiene que ver con lo que nos has contado hace un momento.

- ¿Y qué es?

- Te lo explicaré mañana, en vivo, en directo y con un ejemplo, cuando vayamos a ese rellano que tanto te gusta a ti.

 

            Y como llovía mucho y el frío era intenso, los dos entraron a la casa. Comentaron algo a la madre y, al poco, los tres se fueron a la cama. Ella dijo a su amigo:

- Creo que mañana va a ser un día muy interesante, según lo que me has prometido. No te olvides llamarme temprano.

- No me olvidaré.

Y mientras ella se preparaba para meterse en la cama no apartaba de su mente lo que había visto un momento antes. Y mientras se acurrucaba en las sábanas de su mente no se borraba la figura de la Alhambra y, en el centro del bosque de la umbría, la brillante luz que ahí habían visto. Se fue quedando dormida con esta imagen en su mente y corazón y, al poco, mientras la lluvia caía, formando concierto con el rumor de la corriente en la densa oscuridad de la noche, tuvo un sueño.

 

            Sin saber cómo, se vio caminando por la espesura del bosque, derecha al rincón luminoso que de un punto de este bosque salía. Llegó al lugar y pudo comprobar que la luz azul clarita y violeta, surgí por una especia de puerta que se abría como dando paso hacia el corazón de la montaña, plataforma de la Alhambra. Justo a la altura de la Torre de Comares y un poco hacia el lado de la Torre del Homenaje. Y vio que la puerta que ante sí tenía, mostraba forma de corazón. Como si alguien muy especial la hubiera tallado buscando precisamente esto, la forma exacta de un corazón grande. Siguió avanzando y, al llegar a la abertura de la puerta, se dispuso y pasó dentro. Como si intuyera que esta puerta estaba dando paso a algún recinto secreto. Se dijo, mientras seguía avanzando y mirando a un lado y otro: “Esto puede ser la entrada al corazón mismo de la Alhambra. Seguro que por aquí todo es bueno y bello. Por eso, creo que no debo tener miedo sin o todo lo contrario. Es una suerte para mí descubrí y ver estos secretos”.

 

            En unos tres minutos recorrió todo el pasillo del ancho túnel luminoso y, según avanzaba, hasta sus oídos iba llegando mucho rumor de agua. Pudo ver, al poco, que procedía de su lado derecho y se originaba en una gran sala, muy parecida a la cúpula de una catedral. Del cendro de la gran cúpula manaba una brillante cascada. Al caer, se abría como en abanico, formada por cientos de gotas de agua, todas iluminadas por un gran chorro de luz que manada por la misma oquedad en que surgía el agua. Y al llegar al suelo, a sus pies mismos según iba avanzando, la gran cascada de agua y luz, caía a un redondo charco azul intenso. Desde aquí el agua se deslizaba en un chorro clarísimo y se alejaba atravesando un extenso valle, tapizado con muchos árboles, plantas con flores y alfombras de hierba.

 

            Impresionada por lo que ante sus ojos se presentaba, se paró junto al borde del charco. Porque vio aquí a dos jóvenes sentados, él y ella, que mirando a las aguas parecían como si le estuvieran esperando. Por eso, se acerco y les preguntó:

- No estoy perdida pero tampoco sé dónde me encuentro ni quienes sois vosotros. ¿Podéis decirme algo?

Y él, muy joven, alto, ojos claros, pelo oscuro y cuerpo recio, le dijo:

- Esto es el corazón mismo de la Alhambra.

- ¿Y por qué el paisaje es tan bello?

- Porque esto es como la antesala al paraíso que simboliza la Alhambra.

- ¿Y tú?

- Soy uno de los muchos príncipes que en otros tiempos vivió en los palacios que te estoy diciendo. Ahora ya me encuentro en otra dimensión que no es la tierra.

- ¿Y ella?

- Es mi amada. La más hermosa y buena de las mujeres que ha vivido nunca en Granada.

- ¿También es princesa?

- Y reina y luz en el universo, la claridad de esta agua y los colores y transparencias de la cascada que estás observando.

Vio que ella, más joven que el príncipe con el que hablaba, se recostaba sobre la verde hierba y parecía fundirse con los colores del charco y la luz de las aguas que caían en cascada.

 

            Quiso preguntarle pero en ese momento, el canto del mirlo en el acebo de la ventana, la despertó. Se quedó quieta en la cama un rato, envuelta en las sábanas y gustando en su corazón las sensaciones que el sueño le había regalado. Meditó un momento y, cuando oyó la voz del Anciano que la llamaba, se levantó. Salió de su habitación y se encontró con la madre que ya trajinaba en las cosas de la casa. Al verlo su amigo le dijo:

- Vete preparando que dentro de un momento nos ponemos en camino dirección al rincón de la ladera que anoche me indicabas.

Y ella le dijo:

- Ven conmigo al balcón de la ventana que quiero mostrarte algo.

La siguió él y, al abrir la ventana, comprobaron que no llovía. El sol lucía por lo alto de las torres de la Alhambra y el cielo, todo se veía azul y limpio de nubes. Como un auténtico día de primavera. Dijo el Anciano:

- Es el día apropiado, con la belleza y luz necesaria, para ir al sitio y descubrí lo que planeamos.

Y comentó ella:

- Creo que ahora ya si comprendo un poco lo que me decías anoche: “El paisaje más bello del mundo se encuentra dentro del corazón de cada uno”. Esta noche he tenido un sueño…

 

El rey y la pequeña

 

            Por la noche, la princesa dijo a su padre, el rey:

- Me gustaría que hablaras con ella.

- ¿Y qué quieres que le diga?

- Que le agradezcas su comportamiento para conmigo.

- ¿Para qué serviría esto?

- Tú eres el rey. En cuanto sepa que quieres verla seguro que se anima mucho.

Y el rey dijo que estaba de acuerdo. Por eso al día siguiente llamó a los guardias y les ordenó:

- Id a buscarla y decirle que, uno de los reyes de la Alhambra, quiere verla. Pero hacerlo con cuidado para que no se inquiete. Es la princesa que está agradecida y quiere premiarla.

 

            Ella vivía en una pequeña casa al lado de arriba de la medina, uno de los lugares de la Alhambra. Sus padres dedicaban muchas horas en las faenas de los palacios y, en otros momentos, trabajaba en los huertos y jardines cercanos. Por eso ella, la pequeña de la casa que era como la llamaban, tenía contacto con las plantas y el campo. En muchas ocasiones se iba con ellos y mientras estos labraban la tierra o recogían los frutos de la cosecha, la pequeña jugaba. A veces, con algunas florecillas que cortaba de las matas de hierba o de las plantas, otras veces con piedrecitas de colores y tamaños diferentes, con las que construía casas, castillos y palacios. En algunas ocasiones construía ríos, pequeños lagos, charcos redondos y cascadas, con el agua de las acequias. Pero lo que más le gustaba eran los animales. Los pajarillos y las ardillas que de un lado a otro, siempre por estos rincones pululaban. Tenía un pequeño perro que a todos sitios le acompañaba y le ayudaba mucho en sus juegos. Y también era amiga de los gorriones, y de un mochuelo que hacía su nido en el viejo tronco de un olivo. Lo llamaba Athen, porque su padre le había dicho que el nombre científico de esta ave, era Athene. Y esto lo sabía su padre porque, un día preguntó a un amigo científico y éste le dijo:

- En la antigua Grecia, el mochuelo, era el animal sagrado de la diosa Athenea. Desde entonces a este animal se le llama Athene.

 

            Y un día que los padres trabajaban en las tierras del huerto, por el lado de arriba de la Alhambra y antes del Cerro del Sol y el palacio de los Alixales, ella tuvo un golpe de suerte. Encontró una piedrecita muy brillante y transparente que le llamó mucho la atención. Por eso, nada más verla, la cogió, le quitó la tierra que tenía pegada lavándola en el agua de la acequia y luego se fue corriendo a sus padres y, mostrándosela, les dijo:

- Mirad qué tesoro.

Y al ver lo que les mostraba, el padre dijo:

- Es una bonita piedra de cristal de cuarzo. ¿Dónde la has encontrado?

- Junto al olivo del mochuelo.

- Pues sigue buscando y junta una colección. Luego un día se la regalas a tu amiga la princesa del palacio.

 

            Le hizo caso al padre y llamando a su perrillo y al mochuelo Athen, les dijo:

- Tenéis que ayudarme.  

Se fue, junto con sus amigos, derecha al tronco del olivo. Se posó el mochuelo en una de las ramas, el perro se puso a olisquear por allí cerca y ella comenzó a buscar piedras de cuarzo. En poco rato encontró cinco o seis y se animó mucho. Se fue con ellas en la mano y en al agua de la acequia le quitó la tierra. Y luego se fue al tronco del olivo, buscó un hueco, entre las raíces y el tronco y ahí las guardó mientras decía a sus amigos:

- Este es mi tesoro y los dos sois testigos de ello. No quiero que digáis a nadie dónde lo tengo escondido. Es mi tesoro y mi secreto.

Y el mochuelo salió volando por donde los padres trabajaban. Al verlo ella le dijo:

- Que no les diga nada.

 

            Tres días más tarde, un poco antes de ponerse el sol, estaba ella junto al tronco del olivo revisando su tesoro cuando sintió los gritos del mochuelo. Al oírlo, el perro se puso a ladrar y ella miró para el paseo de los jardines que subían hacia el rincón de los Alixares y la vio acercarse. Era la pequeña princesa de la Alhambra, ya un poco amiga suya, que se acercaba montada en su caballo. Al verla se alegró y, por eso, para sí se dijo: “La saludaré y si quiere quedarse un rato conmigo, le contaré mi secreto y le mostraré mi tesoro”. Al llegar a su lado, la princesa paró su caballo, la saludó y le dijo:

- He visto que eres amiga de un mochuelo y de un perro. ¿Me los prestas?

- ¿Para qué los quieres?

- Voy de paseo a los olivos y jardines del Cerro del Sol. Ellos pueden darme compañía y alegrar la vida a mi caballo.

- Pues llamarlos y si quieren irse contigo, tuyos son.

Llamó la princesa al mochuelo y al perrillo y estos atendieron a su voz. Animó a su caballo y, por entre los jardines comenzaron a alejarse hacia el cerro de los olivos. Le dijo ella, mientras los veía irse:

- Luego cuando vuelvas, me llamas que quiero compartir contigo un gran secreto.

- Te llamaré cuando regrese de mi paseo con tu perro, mochuelo y mi caballo.

 

            Y revoloteando de olivo en olivo, el mochuelo comenzó a señalar el camino. El perrillo le seguía ladrando y el caballo con la princesa, delante surcaba los caminos galopando. Los observó ella muy atenta mientras pensaba que al regresar le contaría todas sus aventuras por la montaña. Y se puso a buscar puntas de cuarzo para la colección de su tesoro cuando, no media hora después, sintió los gritos de su mochuelo. Miró y lo vio que venía volando, desde los pinares del cerro al levante, todo asustado y surcando el aire a gran velocidad. Se posó en el mismo tronco del olivo y al verlo ella enseguida pensó que algo le había pasado a la princesa. Fue a toda aprisa y se lo dijo a sus padres que labraban, en estos momentos, las tierras del huerto. Y nada más tener noticia estos dijeron:

- Vamos ahora mismo a salvarla, siguiendo las indicaciones que nos indique tu mochuelo.

Le ordenó ella que los guiara y, siguiendo su vuelo, al poco tiempo, encontraron a la princesa por entre los olivos. No montada en su caballo sino sentada en un peñasco, mirando a la Alhambra y como esperando. Nada más llegar le preguntó la niña:

- ¿Te ha pasado algo?

- Mi caballo se asustó y me tiró al suelo. Lo he llamado pero no he podido cogerlo. Míralo por donde va.

Y lo vieron por entre los olivos, como si regresara a la ciudad de la Alhambra.

- No te preocupes. Nosotros te ayudaremos y te acompañaremos hasta tu palacio.

Le dijo el padre. Y la niña también le dijo:

- Sí, y de paso, al pasar por el olivo donde tengo guardado mi tesoro, nos paramos un momento y te lo enseño.

 

            No tardaron mucho en regresar y plantarse donde el olivo. Le dijo la niña:

- Si quieres te regalo mi tesoro para que tengas un recuerdo y se te pase el mal rato que te ha dado tu caballo.

Y cuando la princesa vio la colección de piedras transparentes, dijo:

- Me gustaría mucho, esto es muy bonito.

Y la niña no lo pensó un momento. Sacó su tesoro del tronco del olivo, se lo mostró a la princesa y se lo regaló todo. Luego siguieron bajando y, media hora más tarde, ya estaban en la puerta de los palacios. Los guardianes, al ver a la princesa, enseguida la escoltaron y la llevaron ante sus padres. Y ellos tres, con su perro y su mochuelo, regresaron a su casa.

 

            Tres días más tarde, estaban los padres trabajando las tierras y recogiendo las hortalizas cuando, hasta ellos, se acercaron los guardianes de la princesa. Saludaron a los padres y a la niña y luego dijeron:

- Venimos de parte del rey, dueño del más bello palacio en la Alhambra y padre de la princesa. Nos ha dicho que te vengas con nosotros que quiere verte.

Miró ella a los padres y estos le dijeron:

- Vente con ellos.

Y cuando llegaron a los palacios el rey la estaba esperando. También la princesa y la reina. Y antes de que la niña dijera nada el rey le dijo:

- Mi hija me lo ha contado todo. Te agradecemos que seas su amiga y que le hayas regalado tu tesoro.

- La princesa es la mejor amiga que tengo. Yo la quiero.

- Y eso nos gusta. Nos gusta que seas tan buena y, lo que más nos gusta de todo ¿sabes qué es?

- No lo sé, majestad.

- Que seas tan buena amiga de los animales, de las plantas y de las florecillas. Estos palacios de la Alhambra, con sus fuentes y jardines, siempre hemos querido que sean como la antesala al paraíso de lo bello. Y en el gran paraíso, es un lugar donde tiene que haber muchas flores, muchos animales y muchos ríos de aguas claras. Acércate a mí que quiero decirte algo.

 

            Y la niña se aproximó al rey, cogió éste su cara entre sus manos, acercó su cabecita a su corazón y ahí la dejó durante un buen rato. Se sintió ella tan feliz que luego comentó a sus padres.

- Su caricia ha sido para mí el mejor premio que nunca nadie pueda darme en este suelo. Mientras me tenía apretada contra su corazón, me pareció estar volando a un cielo de sea con sabor a caramelo.

 

Las tres Alhambras de Granada

 

            Lo vieron muchas veces caminando solo. Por las plazas, rincones y calles de Granada y, más en concreto, por las orillas del río Darro, jardines y entorno de la Alhambra y barrio del Albaicín. Nadie se fijaba en él porque eran muy pocos los que le conocían y, por eso, con nadie se paraba ni charlaba. Solo caminaba, mirando atentamente, a veces, a las personas con las que se cruzaba y, otras veces, a la Alhambra, bosque de la umbría, riveras del río Darro y barrio del Albaicín. Nunca nadie supo quién fue ni qué era lo que buscaba y, menos aun, qué sentimientos o sueños, en su corazón latían.

 

            Y aquella tarde de invierno, ya final de febrero, florecidos los almendros, con mucha nieve sobre las cumbres de Sierra Nevada y sin ninguna nube en el cielo, se le vio por la orilla del río Darro. Solo y caminando lento, como tantas otras veces pero hoy, como si fuera al encuentro de algo muy concreto. Caía el sol y por eso, la Alhambra, una vez más, refulgía como baña en oro, sombras y misterios. Llegó al final del paseo, torció para su izquierda, subió despacio la cuesta hoy conocida con el nombre de Cuesta del Chapiz y, en cuanto terminó de coronar el cerro, se vino para su izquierda. Por entre unas callejuelas muy estrechas continuó avanzando y, justo cuando el sol se ocultaba, llegó al gran rellano. Al lugar hoy también conocido con el nombre de Mirador de San Nicolás. Todo por aquí estaba solitario, con solo la presencia de un leve vientecillo, los reflejos de la última luz de la tarde y la presencia de algún mirlo.

 

            Sobre la piedra se sentó, mirando de frente a la colina de la Alhambra, sacó de su bolsillo un pequeño mapa, lo desplegó y cogió un lápiz. Era un mapa muy elementa, trazado a lápiz y decorado con algunos dibujos. Como título, en la parte de arriba se podía leer: “Las tres Alhambras de Granada”. A continuación y junto un bloque de líneas y dibujos, tenía escrito: “1- El alma de la Alhambra”. Un poco más abajo, otro bloque de líneas y como título: “2- El cuerpo de la Alhambra”. Y en la última parte del trozo de papel, se podía leer: “3 - El corazón de la Alhambra”. Observó este mapa durante unos minutos, luego cerró sus ojos y, en su mente, parte de su corazón y alma, lo vio todo claramente.

 

            La Alhambra sobre su colina, color tierra y protegida por las murallas. Sobre las torres y como en el aire y fundiéndose con el cielo, el alma de la Alhambra y en las entrañas de la colina que sostiene a la Alhambra, el corazón de ésta. Como escondido bajo la Alhambra de torres, palacios y murallas de tierra y formando un gran espacio, ancho, largo y muy bello. Un gran paisaje lleno de bosques, agua y lagos y muchas personas por ahí yendo y viniendo. Y vio el camino que, desde las aguas del río Darro, subía como al encuentro de la Alhambra tierra pero no se encontraba con ella. Por el camino, color tierra y bordeado por un arroyuelo de agua muy clara, subían y bajaban ellos. Algunos cargados con haces de leña, con sacos llenos de cosas, con frutos y otros alimentos y muchos más, siguiendo a sus borriquillos. Todos iban y venía al lugar donde manaban las aguas. Y las aguas del claro arroyuelo, brotaban justo de las rocas, de la gran pared que parecía parte de la cordillera de Sierra Nevada pero en las entrañas de la colina de la Alhambra.

 

            Y aquí, sentada al borde del charco más claro, estaba ella. De espaldas, mirando fijamente a las aguas y en silencio. Como si esperara o estuviera meditando. Al verla, su corazón se llenó de vida. Su negro pelo le caía desde los hombros por las espaldas y su hermoso cuerpo, se recortaba en las transparencias de las aguas del charco. Lento se acercó por detrás, la tocó muy despacio y, durante unos segundos, permaneció en su quietud. Sin moverse ni pronunciar palabra pero sí dejando intuir que sabía de su presencia y que le gustaba que se hubiera acercado.

 

            Pero al poco, sin mirar ni pronunciar palabra, dejó su asiento, caminó despacio, siguiendo el camino al borde del arroyuelo y poco a poco se fue aproximando al manantial de las aguas. Se quedó él quieto donde la había encontrado sentada y tampoco dijo nada. Tenía conciencia de que los dos se encontraban en el espacio “Corazón de la Alhambra”, donde nada es materia pero sí existe y contiene todas las historias, personas y recuerdos. Caminó un poco y no tardó en verla de nuevo. Al otro lado ya del manantial de las aguas y dentro de los recintos “Alhambra tierra”. En su torre de reina, también recogida y en silencio asomada a la ventana. Miraba para el gran valle del río Darro y parecía esperar o soñar algún sueno bello. Desde el camino del corazón de la Alhambra, subió él y de nuevo se acercó despacio. Por las espaldas y por eso contemplando su hermosa mata de pelo negro. Sin decir nada fue a tocarla y, antes de que lo hiciera, se levantó. De espaldas caminó por un ancho pasillo en el centro de los palacios de la Alhambra y la vio perderse como hacia el viento.

 

            Quieto se quedó donde ella miraba por la ventana de la torre y observó durante un buen rato. Y vio a muchas personas que, con cámaras de fotos, mochilas, mapas, libros… iban y venían por todos los recintos de la Alhambra. No se extrañó porque también tenía conciencia de que estaba en el centro de la “Alhambra tierra”, lugar donde han ocurrido y ocurren muchos hechos que luego han recogido y recoge la historia. Algunas de estas realidades han quedado plasmadas en libros y, otras, no. Por eso, durante un buen rato, aquí estuvo quieto y mirando y luego desvió sus ojos al gran pasillo por donde se marchaba.

 

            Y ante sí y como sostenido del mismo viento, vio el camino. Todo estaba, a un lado y otro, escoltado por muchos jardines repletos de flores. Y coronando a estos jardines, sobre salían los almendros. Cientos y cientos de almendros todos florecidos. Y como el vientecillo se movía levemente, de las ramas caían montones de pétalos de estas flores. El mismo viento los iba dejando sobre el suelo del camino y, por eso, todo el ancho paseo por donde ella se alejaba, se veía alfombrado con millones de pétalos de flores de almendro. Quiso llamarla pero no lo hizo. Sabía que ahora estaba en la dimensión superior. En el alma de la Alhambra. Y sabía que esta dimensión se encontraba por encima de las torres, palacios y murallas de la “Alhambra tierra”. Por eso también tuvo claro que esta era la dimensión de lo eterno. Donde todo es espíritu, luz y bello y donde el tiempo ya es eternidad.

 

            Ya la noche había avanzado. Sobre el cerro, en lo más alto de lo que hoy es el barrio del Albaicín, él cerró y guardó su mapa. Miró, durante unos minutos más, a la figura de la Alhambra tierra, iluminada por la limpia luz de la luna y para sí susurró:

 

                                    En el corazón de la Alhambra,

en la Alhambra tierra

y en la dimensión de su alma,

tú eres la esencia.

Nadie entenderá nunca este misterio

pero has sido y serás la magia

que escondida en el viento

                       palpita eterna en Granada.

La muchacha del río

 

A veces en los encajes del viento, muchas cosas pequeñas se quedan agazapadas y permanecen para siempre. Y, a veces, las soñamos, las recordamos, de alguna manera, las rescatamos de los más recónditos pliegues del tiempo. Pequeñas cosas llenas de gran belleza tal como fue el caso de “la muchacha del río Darro” y sus padres. Tenían ellos su pequeña vivienda muy cerca de la corriente de las aguas, en el tramo del río que hay entre la Fuente del Avellano y el Puente del Aljibillo. Y aquí vivían felices aunque pobremente y sin conocer más mundo que su recogido rincón, su humilde casa, los caminillos que les servían para ir de un lado a otro, las tierrecillas de su huerto, su puñado de plantas y algunos animalillos. Y ella, la muchacha del río, en muchas ocasiones le decía a su madre:

- No le pido otra cosa a la vida que poder disfrutar de este lugar hasta el fin de mis días.

Y la madre le preguntaba:

- ¿Por qué dices eso, hija mía?

- Porque pienso que como este rincón del río Darro, con la Alhambra sobre la colina, no hay nada en todo el mundo. Y como el rumor de las aguas de este río, como el airecillo fresco que por aquí siempre acaricia y como el silencio que de este paraíso mana, tampoco hay nada en el mundo entero. Solo le pido al cielo que nunca tenga que irme de Granada porque mi sueño, mi único sueño, es vivir aquí todos los días y morir en este rincón, cuando llegue el momento.

 

            Pero con el paso del tiempo, todos los caminos se transforman, muchos se borran y otros tantos, desaparecen. También con el paso del tiempo, en los pueblos y ciudades, se construyen nuevas casas y otras se desmoronan para siempre. El tiempo borra millones de cosas, sobre todo en el mundo de los pequeños, que nunca volverán ni quedarán recogidas en la historia.

 

            Con el paso del tiempo, en el río Darro y en el tramo que discurre a los pies de la Alhambra, han desaparecido y transformado muchas cosas. Se han borrado los caminillos, se han demolido casas y se han levantado otras y hasta los nombres se han perdido. El rincón que en otros tiempos era conocido con el topónimo de Valparaíso hoy se le distingue con los nombres de Paseo de los Tristes, Camino de la Fuente del Avellano, Puente del Aljibillo, Carmen de los Capiteles, rincón del Rey Chico… Y fue justo en este lugar donde hubo un puñado de casas que, con el paso del tiempo, todas han ido muriendo. Donde hubo caminos junto a las aguas del río, hoy ya no existen. Tampoco existen los huertos ni las acequias ni los manantiales ni rosales ni árboles frutales. Y mucho menos ya por el rincón se ven las humildes casas que sí hubo en aquellos primeros tiempos.

 

            Pero aquella mañana de primavera, algún tiempo después de que ella hubiera comentado sus deseos con la madre, se le vio sentada en la piedra. Por donde iban los caminillos que llevaban al río y a las tierras de su huerto. Y estaba triste, mirando en silencio la figura de la Alhambra sobre su colina y dejándose abrazar por el hondo silencio. De fondo se oía el rumor de las aguas del río y, a lo lejos, se adivinaba la gran vega por donde se extiende Granada. Se acercó a ella la madre y le dijo:

- Vente conmigo, hija mía que ya tengo preparada la comida. Por última vez comeremos los tres juntos en este rincón que tanto amas.

- Y después ¿a dónde iremos?

- Solo el cielo lo sabe pero ya estás viendo.

 

            Y lo que ella podía ver, por el lado de su derecha que era para donde señalaba la madre, eran las ruinas de su pequeña casa. Toda desmoronada y con los caminillos borrados y sin frutos ni flores en las plantas de su huerto. Como si el tiempo ya todo lo estuviera borrando del mapa.

- ¿Qué será de todo esto y de nosotros?

Preguntó otra vez la muchacha.

- Ya te lo he dicho, hija mía, solo el cielo lo sabe.

 

            Y hoy, después de varios cientos de años, por el rincón sigue corriendo el río Darro. Pero ya muy pocas personas nombran a este sitio con el topónimo de Valparaíso ni tampoco nadie sabe de aquellos caminillos ni de su casa ni de las acequias ni de las tierrecillas de su huerto. Todo y mucho más, se lo ha comido el tiempo y, lo que no, se ha transformado. Sin embargo, cuando se camina por este rincón y se observa atentamente, entre los pliegues del tiempo, puede verse a la muchacha del río. Sentada en la roca donde ella soñaba, mirando a la Alhambra sobre su colina y besada por el hondo silencio y la música del río. Y si se presta atención hasta pueden oírse sus palabras: “Solo le pido al cielo poder vivir siempre en Granada y morir aquí, cuando llegue el momento”.

 

La almunia de las encinas

 

            Las princesas de los palacios de la Alhambra, no lo sabían. Tampoco los príncipes ni los reyes ni las sultanas. En realidad casi nadie en la ciudad palatina de la Alhambra, lo sabían. Pero en muchos momentos y días a lo largo del año, los reyes y príncipes saboreaban muy buenas y abundantes comidas. Y, en estas comidas, casi nunca faltaba la carne de cordero. La más rica, tierna y buena porque era de los mejores corderos que, por aquellos tiempos, se criaban en los reinos de Granada. Por eso, en algunos momentos una de las princesas, les preguntaba a sus padres:

- ¿Y esta carne de cordero tan buena?

- Me han dicho que es del pastor de la Almunia de las Encinas.

- ¿Quién es él y dónde se encuentra eso?

Y de la mejor manera que sabía, explicó a la joven lo de la almunia, lo del pastor y lo de los corderos que criaba.

A esta princesa, como más le gustaba la rica carne de estos corderos, era simplemente frita con aceite de oliva, con un poco de sal, unos trozos de ajo y partida en trozos pequeños.

- No hay alimento más sabroso en esta vida.

Decía siempre ella.

 

            La finca de las Encinas, se encontraba en las montañas, al levante de la Alhambra. Justo en una gran colina, estribación de la gran cordillera de Sierra Nevada y en un terreno donde crecían muchas plantas: madroños, lentiscos, cornicabras, romeros, espliegos… También árboles muy hermosos como encinas, almeces, quejigos, fresnos y olmos, algunos castaños, higueras, granados y almendros. Y al pastor, el hombre que se ocupaba del cuidado del rebaño de ovejas y de criar los mejores corderos, el árbol que más le gustaba, eran las encinas. Decía, a su compañero y vecino:

- La encina es el árbol más hermoso y bueno que Dios ha plantado en este suelo.

- ¿Por qué dices eso?

- Porque las encinas no solo dan sabrosas bellotas, el mejor alimento para nuestras ovejas, sino que en verano regala siempre la mejor sombra, bajo ellas crece todas las clases de hierbas y, entre sus ramas, viven y anidan los más alegres pajarillos de estas tierras.

Y viendo lo que antes sus ojos tenían, el amigo quedaba convencido.

 

            La casa del pastor, el que criaba los mejores corderos de todo el reino de Granada y que degustaban los moradores de los palacios de la Alhambra, se alzaba en lo más alto de la colina. Mirando a Sierra Nevada y con dos ventanas a la Alhambra. A la derecha y en lo hondo, corría un río de aguas muy claras y a la izquierda y también en lo hondo, otro pequeño riachuelo se despeñaba. Pero cerca de la casa, un día y, otros pastores muchos años atrás, plantaron un buen puñado de encinas. Las regaron todos los veranos con las aguas de los ríos y las protegieron para que no se las comieran los animales. Murieron ellos de viejos y ya las encinas estaban muy crecidas. Los nuevos pastores que a la finca vinieron siguieron cuidando a las encinas, podándolas cada año y procurando que sus animales no les hicieran daño. También murieron estos pastores ya de viejos y entonces, el dueño de la finca, contrató al que ahora surtía de corderos a los habitantes de la Alhambra.

 

            Y este último pastor, nada más llegar a la finca se enamoró de las encinas que, en la ladera, entre los ríos y cerca de la casa, crecían. Siguió cuidándola con el mismo esmero o quizá más que los anteriores pastores y por eso el hombre se sentía orgulloso de la grandiosa ladera de encinas, del rebaño de ovejas cuando por entre las encinas pastaban y de los lustrosos corderos que a lo largo del año criaba. Le decía a su amigo, vecino:

- Todas las encinas que hay en esta ladera son dignas del mejor respeto pero esa de ahí, mira qué ejemplar más bello.

Se refería él a una de las encinas por cuatro o cinco veces centenaria que clavaba sus raíces no lejos de la casa. Sus ramas se abrían frondosas, daba muy buenas bellotas y sombra y su figura era esbelta y robusta. Por eso su amigo le respondía:

- Sí que es magnífica esta encina. Solo mirarla alegra la vida y contagia ánimo.

 

            Pero un día, al llegar la primavera, la princesa amante de la rica carne de cordero frita con aceite de oliva, dijo a su padre, el rey:

- Quiero ir a ver la Almunia de las Encinas para conocer al pastor y a su rebaño de ovejas y corderos.

Y el rey dijo a su secretario:

- Da las órdenes pertinentes y que preparen las cosas. La princesa quiere ir a ver la Almunia de las Encinas.

Y lo primero que hizo el secretario del rey fue ir a la finca de las Encinas. Y, nada más llegar, llamó al pastor, se fue con él a la ladera de las encinas, se paró cerca la preferida del pastor y le dijo:

- Esta encina, aquella de allí y la demás allá, hay que cortarlas. Va a venir la princesa a ver la finca y el rebaño de ovejas y quiero que todo por aquí lo encuentre no solo bien cuidado, sino también bello y artísticamente ordenado.  

 

El cernícalo y la princesa

 

El cernícalo primilla, Falco naumanni, Fleischer, 1818, es uno de los falcónidos más pequeños de Europa, algo menor que una paloma, aunque mucho más esbelto.

 

            Son casi treinta las torres que hay en la ciudad palatina de la Alhambra. Todas de gran belleza y casi clavadas en la muralla que rodean la colina. Y ella vivía en una de estas torres, la más bonita. La que, entre otras, queda al lado norte, hincada en la misma muralla y frente por completo al barrio del Albaicín y valle del río Darro y muy cerca del riachuelo de agua clara. Por fuera, su torre, casa y palacio, era y es como todas las torres de la Alhambra: con dos plantas, rectangular, paredes lisas, bastante alta, con ventanas en cada uno de los lados, en lo más alto, la terraza y la puerta de entrada al nivel del adarve que, de un lado a otro, recorre toda la muralla.

 

Pero por dentro, su pequeño palacio, todo era y sigue siendo muy bello. Un pasadizo que conduce a la sala central rectangular, la pequeña fuente en el centro, cenadores en los lados menores y una linterna cubierta de mocárabes. Alrededor de esta sala, se abren ventanas al exterior, situadas en tres salas laterales, estrechas y rectangulares. De estas tres, la que corre paralela a la muralla, es mayor que las otras dos y tiene dos arcos festoneados que permiten el paso a las alcobas.


            Y ella, a lo largo de casi todas las tardes del invierno, se las pasó asomada a la ventana. La que da al riachuelo y desde donde se ven los jardines del Generalife, parte del Cerro del Sol, las cumbres de Sierra Nevada y un buen trozo del barranco del Rey Chico. Miraba en silencio y meditaba y nadie sabía qué era lo que en su corazón soñaba. Pero sí muchos adivinaban que en su torre palacio, vivía encerrada, sin libertad en su vida y sin ser dueña de nada. Excepto de sus sueños, sus largas horas de silencio, el airecillo que rozaba su ventana y el azul del cielo que, a veces, desde aquí disfrutaba. También era dueña, a su manera, de la lluvia cuando caía y hasta de los copos de nieve cuando en algunos momentos nevaba.

 

Sin que ella lo buscara, cuando aquel año el invierno iba acabando, algo nuevo ocurrió en su vida. De pronto, una tarde que asomada a su ventana se distraía en el correr del arroyuelo, una pequeña ave pasó por allí volando. Era un cernícalo. Apareció por entre los árboles del lado de arriba, trazó varios círculos por encina y cerca de su ventana, mientras gritaba como asustado y ella se alertó. Miró despacio, la fue siguiendo con interés y, antes de que la noche cayera, comprobó que se refugió en la torre, justo en el alféizar de su pequeña ventana. Donde casi podía tocarlo con sus manos pero no lo hizo por miedo a que se asustara.

 

Durmió el avecilla aquella noche en el poyete de su ventana y al día siguiente, muy temprano, alzó vuelo, lanzando al viento sus gritos, Calí, calí, calí y ella lo siguió muy interesada. Comprobó que volvió varias veces a lo largo del día y una semana después, en el mismo alféizar de la ventana, se puso a construir su nido. Le decía, como en un intento de ganarse su confianza y de agradecer su compañía:

- Gracias por haber escogido esta ventana para vivir y construir tu nido. No tengas miedo ninguno porque no te haré daño. Aunque no lo sepas, has venido a llegar un poco de luz mi vida.

Y a ella le parecía que el ave la entendía. Por eso, cada día y con más confianza y frecuencia, iba y venía a la ventana y a su nido. A los pocos días, apareció acompañado de otro cernícalo. Cosa que también le gustó mucho porque comprendía que era necesario y bueno para el ave y la construcción del nido.

 

            Una tarde de primavera, cuando el cielo mostraba un azul muy intenso y ya muchas florecillas habían brotado en los campos, notó que el cernícalo hembra tenía varios huevos en su nido. Y luego notó que empezó a quedarse mucho rato en el nido dando calor a los huevos. Vio que el macho, no paraba de revolotear junto a su ventana y vio que una tarde muy serena, se posó cerca de ella, trayendo algo entre los dedos de sus patas. Se acercó diciéndole:

- No temas porque no quiero hacerte daño.

Y le pareció que tanto el macho como la hembra que en el nido daba calor a sus huevos, de nuevo parecían entenderle porque ninguno de los dos se asustaban sino todo lo contrario, que parecían sentirse protegidos estando tan cerca de la princesa.

 

            Pero ella, cuando descubrió que el cernícalo macho dejaba sobre el alféizar de su ventana, lo que había traído entre los dedos de sus patas, se aproximó, lo cogió y lo miró despacio. Y enseguida comprobó que era una pequeña piedra de cuarzo, como de cristal transparente, con algunos motitas de tierra roja y del tamaño de un dedo. Le preguntó:

- ¿Dónde la has encontrado y qué significa esta piedrecita?

Y el ave alzó vuelo y aquella misma tarde, antes de que se pusiera el sol, volvió con otra pieza entre sus garras. La cogió ella pensando que el cernícalo se la traía como regalo. Y algo después, cuando ya oscureció, se fue a su habitación y se acostó. Se llevó con ella solo una de las piedrecitas y, antes de dormirse, la estuvo mirando y tocando varias veces. Se preguntaba: “¿Qué misterio tendrá esta piedra y por qué me la ha traído?” Poco después se quedó dormida con la imagen de la piedra en su mente y, en cuanto amaneció al día siguiente, se levantó y fue rápida a su ventana. Comprobó que ya eran tres las piedrecitas que sobre el alféizar había. Al descubrir al cernícalo macho revoloteando por allí cerca, de nuevo le preguntó:

- ¿Por qué me traes estas cosas?

Pero el ave no respondió aunque sí, como si de alguna manera diera respuesta a su pregunta, se alejó lanzando una buena retahíla de agudos kee, kee, kee. Por encima del riachuelo y luego por lo más alto de la torre.

 

            Y poco después y en uno de estos vuelos, descubrió ella que entre los dedos de sus patas de nuevo el cernícalo portaba algo. Lo siguió con sus miradas fijas y, de pronto, el ave soltó la piedrecita. No en el poyete de la ventana sino en el aire por encima de la corriente del riachuelo. Le llamó mucho la atención y por eso miró aun más concentrada y descubrió que la piedrecita trazó como unos dibujos en el vacío y luego cayó a las aguas del arroyuelo. Y al impactar con la corriente, de las aguas surgió como un gran fogonazo de luz azul violeta. Desconcertada se quedó mirando el fenómeno y buscando una explicación. No la encontró pero sí vio que al poco, otra vez apareció el cernícalo con una nueva piedra entre sus garras. Y al verlo ella pensó que venía a su ventana a traérsela, como había hecho varias veces antes. Pero no fue así. Ocurrió algo parecido a lo acaecido momentos antes. El ave se aproximó a las aguas, antes de rozarlas soltó la piedrecita y ésta impactó en las aguas. Y ahora, en lugar de surgir un fogonazo de luz, las aguas se abrieron, saltaron por los aires, fraguaron como un pequeño camino, color azul transparente y al poco volvieron al riachuelo. De nuevo se asombró y más, cuando vio que el cernícalo, desde el aire, se vino derecho a su ventana. Como si pretendiera venir a por ella pero, de repente, giró y se fue derecho a la corriente del riachuelo. Como si hubiera decidido estrellarse contra las aguas pero tampoco lo hizo.

 

            Antes de rozar la corriente, se alzó por el aire hacia el lado de los jardines del Generalife, rozó las ramas de varios árboles y luego se paró sobre una piedra, frente a la ventana y frente a ella y frente al riachuelo. Agitando sus alas gritaba como llamándola. Desde su ventana preguntó ella:

- ¿Qué quieres?

Y en este momento tocó con sus manos las tres o cuatro piedrecitas que el ave había ido dejando en el poyo de su ventana y cerca del nido donde la hembra daba calor a sus huevos. Y por su mente cruzó una imagen acompañada de una idea. Se preguntó: “¿Me estará diciendo algo?” Y cogió una de las piedrecitas que cerca de sí tenía, alzó su mano y con fuerza, la lanzó hacia la corriente, con la idea de que impactara con las aguas. Y así fue: la piedrecita cayó en el centro de la corriente y las aguas saltaron violentas. Hasta llegar al mismo alféizar de su ventana y dibujando un claro camino que, desde la ventana de su torre, bajaba hasta el río. Miró al frente y, donde hacía solo un momento se había parado el cernícalo, vio la figura de un hermoso príncipe que le decía:

- He venido a salvarte. Desciende por ese claro camino que para ti ha fraguado la corriente de las aguas. Te espero junto al riachuelo.

El romántico de la Alhambra

 

            Ya desde pequeño, tres cosas especialmente le gustaban: repartir sus alimentos con los pobres que por las calles se encontraban, ser amigo y jugar con los animalillos que entre los bosques de la Alhambra vivían y dormir al raso, frente a las estrellas. Por eso, cuando su madre le decía:

- Pero hijo, si todo lo que te doy se lo llevas siempre a los pobres ¿cómo crees tú que en la vida serás rico?

Él siempre le respondía:

- Quizá el cielo lo sepa o me ayude algún día pero mi sueño, mi gran deseo, es que nadie pase hambre ni tenga frío nunca aquí en Granada.

Y la madre callaba.

 

            Tenían ellos un horno para cocer pan y dulces en una pequeña calle en la medina de la Alhambra. Junto al horno tenían una tienda donde vendían el pan y los dulces y también, cada día, llevaban algunos de sus productos a los palacios de la Alhambra. Él ayudaba a sus padres en estos trabajos y siempre estaba pendiente tanto del pan que se cocía en el horno como de los dulces que la madre preparaba. Y de todas las cosas que la madre hacía, lo que más a todos gustaba eran los roscos de azúcar, así llamados y conocidos en estas tierras de Granada. Un típico dulce, muy sencillo y rico y que desde tiempos muy remotos, se ha saboreado en casi todas las casas de estas tierras. Hecho solo de harina, leche o agua, huevos, aceite de oliva y azúcar. Y como su horno se calentaba con leña traída de las montañas, el día que la madre preparaba estos dulces, era toda una fiesta tanto en la casa como en la pequeña ciudad y en los palacios de la Alhambra.

 

            También era una fiesta para los pobres que por las calles pedían. Porque él, en cuanto salía del horno la primera tanda de estos roscos, llenaba un pequeño recipiente de esparto y se iba a repartirlos con todos los que conocía. Y al dárselos siempre les decía:

- No es mucho para lo que tú mereces y necesitas pero al menos hoy, ya tienes algo para comer. Mañana y al otro, ya veremos.

Y los pobres se lo agradecían, lo miraban y luego le decían:

- Si todo lo repartes con nosotros a ti no te quedará nada.

Y él les respondía:

- Lo único que de verdad quisiera es tener muchas monedas de oro.

- ¿Y qué harías con ellas?

- Me gustaría poder dar a cada uno de vosotros un buen puñado de estas monedas. Aunque tampoco os resorbiera la vida del todo, al menos tendríais para comer y quitaros el frío, durante un tiempo.

 

            Y un día de primavera de cielo muy azul y sol espléndido, por entre las plantas y árboles cerca de su casa, apareció una ardilla. Al verla, enseguida dijo:

- No temas. Acércate que comparto contigo esto.

Y le mostraba en sus manos trozos de pan y algunos pedacitos de los roscos de azúcar. El animal, dudó unos instantes y luego se acercó. Comió un poco de lo que él le ofrecía, hizo algunas piruetas con su cola, orejas y con su cuerpo y luego se marchó por entre las plantas. Al verla irse le volvió a decir:

- Vuelve cuando quieras. Me gustaría ser tu amigo.

Algo después compartió lo ocurrido con la madre y ésta le dijo:

- Ser amigo de los animales sí que lo encuentro interesante. Pero eso de repartir, con los pobres que encuentras, todo lo que cae entre tus manos, roscos de azúcar, pan y fruta, no acabo de entenderlo. ¿Qué beneficio te reporta esto?

Y otra vez él le respondió:

- A mí me gusta y es lo que siempre me deja muy satisfecho y en paz conmigo mismo y con el cielo.

 

            Tres días después, también una bonita y cálida tarde de primavera y un poco antes de que se pusiera el sol, salió de su casa. Con solo una pequeña barja de esparto y, dentro, algo de comida y una vieja manta. Caminó y salió fuera del recinto amurallado de la Alhambra. Siguió caminando y, cuando comenzaba a anochecer, llegaba al bosquecillo en las laderas del Cerro del Sol. Buscó un buen sitio, cerca de un árbol, se envolvió en la manta y, sobre la hierba, se tumbó frente al cielo. Se dijo: “Este es un lugar muy apropiado para contemplar despacio las estrellas. Ningún ruido me molesta ni estorbo ni me estorba nada. Y mañana por la mañana, al salir el sol, gozaré del bonito espectáculo de la Alhambra iluminada con las primeras luces del día”. Y se acurrucó un poco más en su vieja manta mientras se fijaba en las estrellas colgadas en la inmensidad de la noche y del cielo. Otra vez se dijo: “Y si aparece por aquí mi amiga la ardilla, compartiré con ella la comida que en la barja traigo y luego le pediré que se quede a mi lado para contemplar juntos las estrellas”.

 

            Rumiando esto y con el brillo de las estrellas reflejándose en sus ojos, se fue quedando dormido. Y, al poco, en sueño vio que se acercaba a él una joven muy bella. Alguien que nunca había visto y por eso no conocía pero sí la sentía como amiga suya desde siempre. Se acercó a él, sin pronunciar palabra y, a solo dos metros, se paró. Lo miró muy fijo y se aproximó un poco más, se inclinó hacia su cara y lentamente fue poniendo sus labios sobre sus mejillas hasta que las rozó por completo. Sintió en su corazón el calor del beso y luego sintió como si se marchara con ella muy lejos de esta tierra. Y, al empezar a caminar, muy dulcemente ella le dijo:

- No hay sentimientos más bellos en el mundo que los que tú tienes en tu corazón. Repartir con los pobres tus alimentos y desear compartir con ellos tus monedas de oro, es lo más noble en un joven como tú. A partir de mañana, tendrás en tus manos todo el oro que desees para que lo compartas con los pobres de Granada. El beso que acabo de regalarte es mi forma de agradecértelo.

Amaneceres desde

la torre de Comares

Historia de las tres princesas y el hermano mayor

 

            Desde la Torre de Comares, el más bello de los palacios de la Alhambra, cada día se observa el espectáculo. Al amanecer y según luego el sol se alza por las altas cumbres de Sierra Nevada. Y, en los últimos días del invierno y durante toda la primavera, es cuando mayor esplendor muestra este espectáculo. Único en todo el mundo y, por eso, de gran belleza y hondo misterio. Muchos dicen que esto fue así y aun lo sigue siendo desde aquel día que las tres princesas de la Alhambra, por esos lugares, se fueron.

 

            Ellas tres, jóvenes y casi de la misma edad, vivían en los palacios de la Alhambra y eran amigas de una niña que tenía su casa en el barrio artesano de la Medina. Con frecuencia salían ellas de sus palacios y se iban en busca de su pequeña amiga. Y casi siempre le decían:

- Queremos que nos lleves a ese rincón y parajes que a ti te gusta tanto.

Y la pequeña, la menor de dos hermanos hijos de una familia de artesanos, siempre les contestaba:

- Os llevo a ese sitio y a la solana de los romeros y arroyuelos de aguas claras. Porque ¿sabéis lo que siempre me dice mi madre?

- ¿Qué te dice tu madre?

- Que hay que ser amigos de la naturaleza, del bosque y de los animalillos y flores que siempre en los bosques viven.

- Eso es estupendo.

Le confirmaban las princesas.

- ¿Y qué más cosas te dice tu madre?

- También me dice que esta ciudad de la Alhambra, nuestro barrio y otros palacios que por aquí hay, no serían tan importantes sin la presencia de Sierra Nevada, allá al fondo, y sin estos jardines y bosques y los dos ríos que cerca de aquí corren.

- Pues llévanos a ese sitio tuyo, tan especial y único. A nosotras también nos gusta la naturaleza y todo lo que hay en ella.

 

            Y la pequeña del barrio, se iba con las tres princesas, a los lugares de las plantas, cielos azules y flores en todas las formas y colores. Y cuando llegaban al rincón inventaban mil juegos, mientras charlaban de otras tantas cosas. Construían fantásticos palacios, con piedras y trozos de palos y daban forma a cristalinos ríos y lagos, todos imaginarios. La princesa más joven, hermosa y alegre, en muchas ocasiones decía:

- Un día deberíamos escaparnos a irnos libres por estas montañas que al frente vemos.

Y las compañeras confirmaban:

- Sería como un sueño. Porque nosotras nunca hemos ido a las blancas cumbres de Sierra Nevada. Y ya estáis viendo con que luz reluce aquello cuando sale el sol por las montañas.

La pequeña amiga, cuando las tres princesas comentaban estas cosas, las miraba y callaba. Sabía que ellas eran sus amigas pero tenía claro que, entre las tres princesas y ella, había una gran diferencia. Al menos esto era lo que la madre, en algunas ocasiones, le decía:

- Hija mía, tú siempre trátalas con cariño y enséñale cosas bonitas y buenas pero nunca pretendas ser como ellas. Tener tus propios criterios y personalidad única, es lo mejor en esta vida.

 

            Y un día que las princesas fueron a la casa de su pequeña amiga, al verlas, ésta les preguntó:

- ¿Queréis que se venga con nosotros mi hermano mayor?

Y las tres a la vez respondieron:

- Sí, que se venga y que él nos hable de todas las cosas bonitas de la naturaleza y que nosotros no sabemos.

El hermano mayor, artesano y guardia en los palacios de la Alhambra, se fue con ellas. Al rincón de los olivos y encinas, donde tantas veces ya habían ido, guiadas por la niña. Y a lo largo de toda la tarde y parte de la noche, por ahí estuvieron entretenidos en sus juegos y conversaciones. Y las princesas quedaron tan contentas y felices que al día siguiente y al otro y durante mucho tiempo, siempre que iban a la casa de su amiga pequeña, le decían:

- Que se venga tu hermano con nosotras.

Y él, cuando podía y estaba libre en la casa, se iba con ellas. Se sentaban en los troncos de los olivos, miraban al cielo, dejaban que los pajarillos revolotearan cerca de ellos y observaban la grandiosa figura de la Alhambra, al fondo y sobre la colina. Decía la princesa más joven, cada día más cautivada por el hermano mayor:

- Un día podríamos escaparnos e irnos los cuatro por esas montañas tan grandes y oscuras que vemos al levante.

No decían nada ni el hermano mayor ni la pequeña.

 

            Pero un bonito día de primavera, cuando ya todos los campos estaban repletos de flores, los cinco se fueron de paseo a su lugar de siempre. Fue al caer la tarde, un día que el sol iluminaba y calentaba mucho. Y al llegar a los olivos y tierras que conocían, dijo la niña:

- Cojamos muchas flores y hagamos con ella una gran corona.

- Si, cojamos muchas flores y coronemos con ellas al príncipe más guapo de estas tierras.

Y miraban al hermano mayor. La princesa más joven fue la que más se implicó y fue la primera en ponerse a cortar flores silvestres de la hierba y monte. En poco rato juntaron cientos y cientos de flores, en todos los colores, tamaños y formas. Se pusieron y también en poco tiempo hicieron una corona muy grande. Le pidieron al hermano mayor que se sentara en el tronco del olivo y luego, sujetándolas con las hojas y las ramas del olivo, colocaron la bonita corona de flores alrededor de su cabeza. Y la más pequeña de las princesas, decía:

- Viva el príncipe más noble y bueno de todo el reino de Granada.

 

            Se emocionó mucho la hermana pequeña, se emocionaron las dos princesas amigas y soñó sueños la más joven. Hasta que se puso el sol y luego, poco a poco, se hizo de noche. En los palacios de la Alhambra, los padres echaron de menos a las princesas y por eso dieron órdenes para que fueran a buscarlas. Salieron los guardias y las encontraron, junto con la pequeña y el hermano, donde los olivos y las tierras llenas de flores. Solo dijeron a las princesas:

- Vuestros padres han ordenado que volváis con nosotros a los palacios.

Y ellas les hicieron caso. Despidieron a los amigos y se fueron con los guardianes. Al día siguiente, uno de los guardias de la Alhambra, llegó a la casa de la niña y preguntó por el hermano. Se presentó éste y el guardia le dijo:

- Por orden del rey, quedas expulsado de este barrio, de todos los rincones de la Alhambra y de todo el reino de Granada.

Y nada más retirarse el guardia, el hermano se puso a preparar las cosas que pensaba llevarse con él como equipaje y para vivir en otro lugar de la tierra.

 

            Al saberlo la pequeña lloró mucho, lloró mucho la madre y también lloró el padre. Pero sabían que nada podían hacer para cambiar el curso de las cosas. Por eso, aquella misma noche, con un hatillo acuestas, salió de los recintos de la Alhambra, caminó despacio dirección al rincón de los olivos y de la hierba y por ahí lo vieron perderse dirección a Sierra Nevada. Cuando al caer la tarde del día siguiente las tres princesas se presentaron en la casa de la pequeña, ésta les dijo:

- Mi hermano ya no vendrá más con nosotros.

- ¿Y eso?

Preguntó enseguida la más joven de las princesas. La niña les contó todo lo ocurrido y luego les dijo:

- Hoy no puedo acompañaros. Estoy triste por la ausencia de mi hermano y no me encuentro con ánimo.

Y ellas les dijeron que lo entendían.

 

            Las tres, también tristes y cabizbajas, se fueron solas al rincón de los olivos. Pero cuando llegaron al lugar no se pararon aquí. Lentas siguieron caminando dirección a Sierra Nevada y, algunas horas después, se perdieron por las altas y oscuras montañas antes de las nieves. Por donde ellas creían se había marchado el hermano mayor. Y también aquella noche, en los palacios de la Alhambra, todos se preocuparon a comprobar que no regresaban las princesas. Salieron a buscarlas y recorrieron los lugares que ellas siempre frecuentaban y no las encontraron. Las llamaron y no respondieron. Amaneció y todos seguían sin saber nada de ellas. No tuvieron noticias de ellas ni aquel día ni al siguiente ni nunca más. Pero sí, al amanecer de aquel primer día de su ausencia, todos en la Alhambra vieron como por las altas cumbres de Sierra Nevada, apareció una luminosidad nunca ante vista en los rincones de Granada. Y esto se repitió al día siguiente y al otro y así desde aquel día en que se fueron las tres princesas.

 

            Por eso, a los pocos días, los padres de las princesas subieron a lo más alto de la Torre de Comares. Al amanecer para ver la luz del nuevo día y luego la salida del sol. Ellos sabían que las princesas, era por estos lugares por donde se había ido para siempre. Por eso, los padres y muchas más personas, intuían que este espectáculo se daba en recuerdo de las tres princesas desaparecidas. Y también como en recuerdo del hermano mayor y de la amiga pequeña. Todavía hoy y, especialmente en las mañanas de primavera, puede observarse este maravilloso y enigmático espectáculo, desde la Torre de Comares, en la Alhambra de Granada.

 

Al florecer los cerezos

 

            En Granada, uno de los espectáculos más bonitos que en invierno puede disfrutarse, son las nieves de Sierra Nevada. Subiendo a las altas cumbres para tocarlas o pisarlas o contemplándolas desde la distancia. Desde las montañas que rodean a las nieves o desde cualquier rincón de la ciudad misma: Mirador de San Nicolás, Fuente de las Batallas, Ermita de San Miguel Alto, cármenes del barrio del barrio del Albaicín, jardines de la Alhambra... Es única la visión de la Alhambra, recortada al fondo, sobre las nieves de Sierra Nevada. Sin comparación con nada de este mundo, en los meses del invierno.

 

            Y cuando el invierno recoge sus bártulos y se marcha, en Granada, uno de los espectáculos más bonitos que en primavera puede disfrutarse, es la floración de los cerezos. Pararse junto a estos árboles para tocar y oler sus flores o contemplarlos desde la distancia. Desde las laderas cara al sol frente a Sierra Nevada, por los valles del río Genil, antes de que éste llegue a Granada, por las riveras del río Darro, a la altura del Sacromonte y desde muchos de los cármenes del barrio del Albaicín. Es única la visión de la Alhambra, enmarcada al fondo por entre las ramas de los cerezos tupidas de flores blancas. Una visión tan bella que no tiene comparación con nada en este mundo, al comienzo de la primavera.

 

            Y él sabía esto. También lo sabían sus antes pasados y por eso, en el bonito jardín de su carme en el Albaicín y frente a la Alhambra, sembraron tres cerezos. Echaron raíces y, en pocos años, se cubrieron de ramas que, al llegar la primavera, se tupian de flores. Disfrutaron de este espectáculo todos sus antes pasados y él, comenzó a disfrutarlos desde muy pequeño. Cuidando y regando cada día los tres cerezos y gozando de sus flores al llegar la primavera. Y, poco después, recogiendo y saboreando las cerezas. Pero él, amante de la naturaleza, de la blancura de las nieves de Sierra Nevada y de las claras aguas de los ríos que se descuelgan desde estas montañas, tenía su particular forma de vivir estos acontecimientos.

 

            En cuanto el invierno se retiraba y comprobaba que los cerezos empezaban a florecer, cogía su borriquillo y se ponía en camino. Desde su carme en el barrio del Albaicín, se ponía en marcha y subido en su borriquillo, emprendía un corto viaje a las montañas cercanas a Sierra Nevada y vega del río Genil. Montado en su borriquillo bajaba por la Carrera del Darro y, al verlos los amigos, lo saludaban y le preguntaban:

- ¿Qué? ¿A darle una vuelta a los cerezos?

Y él siempre respondía:

- Voy a verlos y a disfrutar de su espectáculo de flores.

- Cuando vuelvas nos lo cuentas y cuando, dentro de unos meses maduren las cerezas, ya sabes que queremos ser los primeros en probarlas.

- Lo tendré en cuenta.

 

            Y animaba él a su borriquillo para no perder mucho tiempo atravesando las calles de Granada. Unas horas después, ya subía por las orillas del río Genil, rumbo a las laderas frente a Sierra Nevada. Y cuatro o cinco horas más tarde, ya estaba entre sus cerezos. En el cortijillo de su pequeño trozo de tierra se quedaba y, durante varios días, solo se dedicaba a gozar de las flores de sus cerezos. Al amanecer y al atardecer, mirando a las altas cumbres todavía con algunas nieves y descubriendo, desde la distancia, todo el gran valle del río Genil y la ciudad de Granada. Se decía: “El espectáculo de los cerezos en flor no tiene comparación con nada en este mundo. Pero todavía es más único en estas montañas y rincones de Granada”.

 

            Unos días después, volvía a montarse en su borriquillo y se ponía en camino de regreso. Pero ahora trazaba su ruta por entre los cerezos de la Vengan en el río Genil. Para disfrutar también del fantástico manto blanco que por aquí regalaban los cerezos. Y otra vez se decía: “La blancura de sus flores y el perfume de que ellas mana embriagan como nada en este mundo”. Seguía su ruta de regreso y, montado en su borriquillo ahora subía por la Cuesta del barrio del Realejo para pasar por entre los jardines de la Alhambra y cerca de los palacios. Al verlo, los que ya lo conocían de otros años, le decían:

- ¿Qué? ¿De darle una vuelta a los cerezos en flor?

- De allí vengo.

- Pues no te olvides que, cuando las cerezas maduren, queremos ser los primeros en probarlas. Los reyes y las princesas de la Alhambra ya nos están preguntando por ellas.

- No me olvidaré aunque me olvide.

 

            Y decía esto porque, en cuanto llegaba a su pequeño jardín huerto en su carme del barrio del Albaicín, se iba derecho a sus cerezos. Y bajo sus ramas y entre ellas, se ponía a mirar despacio, al caer las tardes y al amaneces, para disfrutar de la Alhambra, al fondo y enmarcada con las flores de sus cerezos. Y cada vez que disfrutaba de este espectáculo, se decía: “Nada hay en el mundo más bello que la figura de la Alhambra sobre su colina y vista entre flores de cerezos. Es un espectáculo único y más aun, observada desde este carme mío. En cuanto estas cerezas maduren, cargaré mi borriquillo y me iré por las calles de Granada para llevárselas a mis conocidos. También a mis amigos de la Alhambra”

El jardín de las violetas

 

            Cuando ella estaba, una de las cosas que más le gustaban a los dos, era pasear por los caminos y veredas cerca de la Alhambra. Por entre los olivos, umbrías y solanas y por las montañas próximas a Sierra Nevada. Y a ella, una de las cosas que más le agradaba, cuando daban estos paseos, era cortar florecillas de los campos: amapolas, lirios, narcisos, margaritas y también ramitas de romero, de almendros y de cerezos, cuando estos estaban florecidos. Por eso, un día él le dijo:

- Cuando el año próximo el invierno llegue a su fin, te llevaré al valle de las violetas para que las veas y disfrutes de ellas.

- ¿Dónde está eso?

- Te llevaré a ese lugar cuando florezcan las violetas.

Y ella estuvo de acuerdo.

 

            Siguió corriendo el tiempo y, cuando después del otoño llegó el invierno, ella preguntó:

- ¿Ya están florecidas las violetas?

- Todavía no pero falta poco.

Y unos meses más tarde, cuando ya el invierno terminaba y los paisajes comenzaban a prepararse para la llegada de la primavera, él le dijo:

- Es el momento.

Y aquella tarde de cielo azul y sol espléndido, salieron de su casa, pequeño carme en el barrio del Albaicín y se fueron por los caminos en busca de las violetas. Dos horas antes de que el sol se ocultara llegaron al valle. Y al ver ella todo tapizado de multitud de hierbas frescas y, entre las verdes hojas, florecidas las violetas, exclamó:

- Esto es lo más bello que he visto en mi vida. ¿Cómo es posible que en estas montañas tan recias y no lejos de la Alhambra, crezcan tantas violetas?

- No lo sé pero ya lo estás viendo.

- Es que parece un regalo del mismo cielo.

           

            Y aquella noche, en un extremo del valle y donde más violetas crecían, encendieron un fuego. Junto a la lumbre montaron la tienda y aquí se quedaron. Contemplaros las estrellas durante varias horas y luego gozaron del brillo de la luna, del canto de los grillos y de los mochuelos y del rumor de las aguas del riachuelo. Y un poco antes de quedarse dormidos, ella dijo:

- Me marcho dentro de unos días y es una pena. Echaré de menos Granada, tu bonito carme frente a la Alhambra, nuestros paseos por estos campos y este valle de violetas.

- ¿Pero volverás?

- No sé cómo ni cuando pero volveré, te lo prometo.

 

            Se marchó ella al poco tiempo y, desde ese mismo instante, él ya comenzó a esperarla. Recordándola en cada momento y cuando surcaba los caminos de las montañas que tiempos atrás habían compartido. Pasó el tiempo y ella no solo no volvía sino que ni siquiera daba señales de vida. En el jardín de su pequeño carme cada día la soñaba y cada día compartía con ella, en sueños, algo nuevo: algún lirio al florecer, una azucena meciéndose al viento, ramitas de cerezos cuajadas de blancas flores, puñados de jazmines abiertos al sol de la mañana y las flores de azahar. Porque no olvidaba que a ella, una de las cosas que más le gustaban, eran las flores y las violetas de las montañas.  

 

            Y él, amante de la lluvia, nieblas y puestas de sol al fondo de la Vega de Granada, sabía no solo de las violetas del valle sino también las de las montañas de Sierra Nevada, únicas en el mundo. Le seguía gustando trazar rutas, en silencio siempre y meditando, por las orillas del río Darro, por el gran valle del río Genil, por las laderas y cumbres de Sierra Nevada y por el Cerro del Sol, al levante de las torres y palacios de la Alhambra. Y cuando ahora surcaba estos caminos, no solo la recordaba sino que se entretenía y fijaba en muchas cosas. En las corrientes de los arroyuelos, en los animalillos que siempre pueblan los bosques, en los pajarillos que por aquí y allá revoloteaban y en las mil florecillas silvestres que en los bosques se encontraban.

 

            Un día, cuando la primavera estaba a punto de llegar y ya hacía casi dos años que ella faltaba, caminó y llegó hasta el valle de las violetas. Se las encontró todas abiertas, tapizando como en forma de alfombra mágica y llenando el aire con su perfume. La recordó y recordó la noche que los dos habían vivido juntos, al calor del fuego y frente a las estrellas. Se preguntó: “¿Y si arranco unas matas de estas violetas y me las llevo y las planto en el jardín de mi casa? Sería fantástico tener mi jardín tapizado con las violetas que a ella tanto le gustaron, en el corazón del barrio del Albaicín y frente a la Alhambra”. Y no lo pensó más. Se puso, arrancó unas cuantas matas de violetas, las guardó en su zurrón, con un poco de tierra en las raíces para que no se secaran y luego regresó a su casa. Y nada más llegar, cogió el amocafre, cavó la tierra bajo los tres cerezos y sembró las matas de violetas. Procurando que cubrieran todo el rodal de tierra que ocupaban los cerezos y dejando en un extremo, el naranjo ya muy grande que daba ricas naranjas y, el otro extremo, el limonero. También sembró algunas matas de violetas junto al tronco de la palmera y por debajo de las ramas del pinsapo.

 

            Sabía él que a estas flores, les gusta mucho la sombra, los sitios frescos y húmedos y la buena tierra. Uno de los vecinos, no amigo suyo pero sí conocido, en cuanto supo lo de sus violetas en el jardín, apareció por la casa y le dijo:

- ¿Y por qué has sembrado violetas y no otras plantas?

- Porque son bonitas y florecen en una de las épocas del año que más me gustan.

- ¿Y tú crees que estas violetas van a florecer?

- Por eso las he sembrado. Y además, también creo que no solo florecerán sino que lo harán como en un campo fantástico.    

- ¿Y eso va a darte de comer?

- Un poco sí aunque no sea como tú piensas.

- Pues yo pienso que es una tontería y pérdida de tiempo y gasto de agua. Con la cantidad de personas que hay en la vida sin casa, sin alimentos, sin ropa, sin dinero… y que te dediques a esto. ¿Qué quieres que te diga, no lo entiendo?

 

            Y él, aunque le dolió lo que el vecino le decía y su comportamiento, intentó olvidarlo. Se dedicó, desde aquel primer día, a regar y cuidar las matas de violetas y esperó paciente a que llegara la primavera. Las plantas enraizaron y por eso, a lo largo de todo el verano y otoño, se veían muy verdes y frescas. Y cuando el invierno llegó a su fin y dio paso a la primavera, las plantas no dieron flores. Y esto fue la escusa para que su amigo otra vez le dijera:

- Después de un año cuidando a estas violetas, ya ves como te lo agradecen. ¿Estás satisfecho?

- Sí que lo estoy porque hago lo que me gusta a la vez que mantengo vivo mi sueño.

- ¿Qué sueño?

Y en este momento estuvo apunto de hablarle de ella pero no lo hizo. Sí respondió a su pregunta argumentando:

- Entre otras cosas, sueño tener un día en esta pequeña casa mía, el jardín más bello que nunca se haya dado en Granada.

- ¿El jardín más bello con cuatro matas de violetas traídas de de las montañas, sembradas en un puñado de tierra?

- Aunque sea así, este es mi sueño.

No dijo nada más el amigo aquel día.

 

            Pasó el tiempo y las plantas siguieron creciendo porque él no dejó de regarlas ni de quitarles las malas hierba. Al año siguiente tampoco dieron flores pero al tercer año, cuando el invierno se iba y solo faltaban unos días para que la primavera llegara, un día tuvo una gran sorpresa. Al amanecer, sintió el mirlo cantar por entre las ramas de los cerezos, ya florecidos. Se despertó y, en su cama se quedó un rato dando gracias al cielo por el nuevo día y por mantenerla viva en su corazón. A pesar del tiempo transcurrido y a pesar de su silencio y lejanía, no la olvidaba. Tampoco olvidaba la última noche junto a ella, frente a las estrellas en el valle de las violetas. Se levantó nada más salir el sol y, lo primero que hizo, fue asomarse a su pequeño jardín. Sabía que ya los cerezos estaban repletos de flores y que los almendros comenzaban a mostrar los nuevos brotes. Mientras se disponía para asomarse al jardín, se decía: “El limonero también tiene sus frutos colgando de las ramas y el naranjo que conoces, parece como si conservara sus frutos para algún acontecimiento importante”.

 

            Y al abrir la puerta que desde su casa daba al jardín, la luz del sol le dejó deslumbrado. Se alzaba en ese momento por las altas cumbres de Sierra Nevada, limpio y brillante y sus rayos caían sobre el conjunto de la Alhambra y las blancas casas de la ladera sur del barrio del Albaicín. Miró despacio y lo que descubrió en su jardín le dejó desconcertado. Todas las violetas estaban florecidas. Dos o tres pequeñas florecillas en cada mata que, limpias y frescas, se dejaban acariciar por el sol del nuevo día. Frente a la tupida alfombra de florecillas moradas y casi ocultas entre las matas, se quedó parado durante un rato. Como si le costara creer lo que estaba viendo. Y a su mente acudió, una vez más, su recuerdo. Por eso, como en forma de oración, mirando a la Alhambra bañada por el sol y mirando a las cumbres de Sierra Nevada, muy suave susurró:

 

                                               “Ahora entiendo

lo que es vivir en Granada,

inundando a cada momento

por ríos de belleza clara

mientras en el pecho,

el corazón y el alma

                                 viven como en secreto

                                   su nostalgia.

           

La Viola crassiuscula, es un endemismo nevadense que florece en pedregales y roquedos de las cumbres y formando pequeños céspedes. La violeta común, Viola odorata, es una especie del género viola nativa de Europa y de Asia, e introducida en toda América. También se le conoce con el nombre de violeta de jardín.

 

El almendro del río Darro

 

            Aquella tarde de febrero, el grupo de escolares, avanzaba por la Carrera del Darro. Dirección al Paseo de los Tristes y acompañados por su profesor. Eran muchos, casi veinte y caminaban cargados con sus pinceles, reglas, lápices, acuarelas… hacia un rincón muy concreto: justo a donde el almendro, ya florecido, clavaba sus raíces, cerca de las aguas del río. Un poco inclinado hacia la corriente y con sus ramas abiertas al viento, como implorando. Arriba, sobre la colina, la figura de la Alhambra, parecía vigilarlo y también, con el deseo de un abrazo. La tarde era muy hermosa, sin viento ninguno, con temperatura cálida y sin nubes en el cielo. Por eso, en el pequeño muro que hay entre las aguas del río y la plaza del Paseo de los Tristes, muchos estaban sentados. Parejas, matrimonios con sus niños, grupos de jóvenes, turistas… Iban y venían haciendo fotos, charlando, leyendo libros y algunos, tocando sus flautas y guitarras para luego pedir algo. La tarde era muy bella y el ambiente, por el rincón, lleno de encanto.

 

            El grupo de colegiales llegó al rincón. A una señal del profesor, todos se pararon. Frente a la Alhambra y esperando las indicaciones. El profesor les dijo:

- Es un ejercicio que luego corregiré y, después de evaluarlo, puntuaré. Y se trata de pintar un cuadro donde aparezca este almendro florecido, las aguas del río, el bosque y laderas de la Alhambra, con las torres, palacios y murallas sobre la colina. Así que no perdamos más tiempo. Mano a la obra y hasta dentro de dos horas, un poco antes de que el sol se ponga.

- Vale, maestro.

Dijo una joven.

- Esto está chupado.

Comentó su compañero y no perdieron más tiempo. Se acercaron a las aguas y, de la mejor manera que pudieron, se fueron posicionando. Cerca del almendro, algunos, sobre la hierba de la rivera, otros, sentadas cerca de las aguas, tres más y todos, con el almendro en primer plano y la Alhambra al fondo. Prepararon sus cosas y se pusieron a pintar el cuadro.

 

            Ninguno sabía nada, ni siquiera el profesor, ni del almendro ni del río aunque sí algo de la Alhambra. Y menos sabían de aquella tarde lejana, perdida en el tiempo y casi en el espacio, cuando también ellos, justo en este rincón del río, se juntaron. No con instrumentos para pintar cuadros sin o con el corazón afligido y los ojos llenos de lágrimas. Porque se habían reunido todos, familiares, amigos y conocidos, para darle el último adiós y después llevarla al cementerio y enterrarla. Y ellos, tantos o más que los escolares que muchos años después se agrupaban el lugar para pintar un cuadro, sí conocían la historia del almendro del río. Y la conocían porque ella, cuando todavía pequeña, era a este sitio donde siempre se venía. A jugar con las aguas, siendo todavía chica y, ya de mayor, a lavar la ropa hincada de rodillas en la hierba, arropada por la sombra del almendro y besada por el airecillo con olor a nardo. Y mientras restregaba y golpeaba la ropa contra la pierda, le decía a sus amigas:

- Cuando pasen los años ¿quién se acordará de este almendro y quién sabrá que aquí nosotras hemos estado lavando?

- Quizá nadie se acuerde de esto porque ninguna de nosotras viviremos para contarlo.

- ¿Y cómo serán las cosas entonces?

- ¿En qué “entonces”, estás pensando?

- No lo sé, cuando pasen los años, muchos años.

 

            Y pasaron los años. Dejó de ser niña, vivió su etapa de mozuela, se casó, tuvo varios hijos, trabajó mucho en su casa y en las tierras de su huerto, recorrió las calles y camino del barrio del Albaicín, de la Alhambra y de Granada y cada tarde, en invierno, primavera o verano, acudía a este rincón del río. Siempre con su carga de ropa para lavar en las aguas de la corriente y tenderla luego al sol para secarla. Cada tarde y durante mucho tiempo. Hasta que se hizo vieja. Tan vieja que, llegó un momento en el que ya no podía con los años. Sentada al calor de la lumbre en la chimenea de su casa, poco a poco se iba acabando mientras los hijos y vecinos, decían:

- Es una santa. Siempre estuvo trabajando y nunca se enfadó con nadie ni a nadie hizo daño. Siempre sonreía y siempre repartía cualquier cosa que cayera en sus manos.

- Y junto al río y bajo el almendro, esta mujer ¿Cuánto no habrá lavado?

- Desde pequeña hasta casi hace unos días.

- Y lo que nadie entiende es cómo ha podido con tanto.

- Es una santa, no hay que dudarlo.

 

            Y un día, cuando comenzaba a llegar la primavera, ya no tuvo fuerzas para levantarse de la cama. La rodearon sus amigos y seres queridos y todos vieron como se fue apagando lentamente. Sin pronunciar palabras, sin quejarse, sin pedir nada. Como lo hace la llama de una vela cuando se le acaba la cera. Y aquella misma tarde, llena de luz y hasta con una sonrisa en sus labios, se apagó del todo. Su corazón dejó de latir, su boca dejó a aspirar el aire y su sangre dejó de correr por las venas de su cuerpo. La besaron los hijos, la pusieron guapa mientras la lloraban, rezaron por ella al cielo durante toda la noche y, al día siguiente y con los primeros rayos de sol bañando la Alhambra, todos en comitiva, se la llevaron al cementerio. Cuando volvieron, todos notaron que en el rincón del río Darro, algo muy importante había pasado.

 

            Sin embargo, las aguas seguían corriendo, la piedra donde ella había lavado la ropa de los suyos, muda permanecía en la orilla y el almendro, todo florecido, se veía como irradiando una luz nueva. Por eso, algunos comentaron:

- Ningún año hemos visto a este árbol con tantas flores y todas tan bellas y delicadas como lo vemos hoy.

Y otros argumentaron:

- Será que este almendro hoy también la echa de menos y, en lugar de marchitarse y llorar por ella, se ha puesto el mejor traje.

- Y eso ¿por qué?

- Puede que sepa que alguien se la ha llevado directamente al cielo y por eso lo está celebrando.

- Desde luego, mujer más buena que ella, yo creo que nunca hubo otra junto a las aguas de este río Darro.

Y todos guardaban silencio indicando que lo que comentaba tenía mucho de cierto.

 

Por eso, allí junto al río, sobre la hierba, cerca del almendro y frente a la Alhambra, todos se quedaron durante mucho rato. Como si de pronto se pusieran a esperar su regreso aunque sabían que nunca lo haría o como si su silencio y espera, fuera su último homenaje. Por eso, todos los que desde el barrio del Albaicín miraban para el río y por el rincón del almendro, se quedaban extrañados. No solo por el original cuadro del almendro florecido frente a la Alhambra sino por lo que por el lugar estaba sucediendo. Algunos comentaron:

- No se ha visto nunca esto aquí en Granada.

- Impresiona de lo bello y, al mismo tiempo, impresiona tan solemne respeto.

- Se ve que la querían tanto que ahora le va a costar acostumbrarse a no verla bajo este almendro.

 

            Pasó el tiempo y, el almendro, creció mucho y se hizo viejo. Un día la corriente del río se lo llevó y, al poco tiempo, en el mismo lugar, brotó otro árbol nuevo. También creció mucho y enfermó y murió y nació otro almendro aun más bello. Cada año, al llegar la primavera, florecía y muchos, al pasar por aquí, se quedaban mirando y los turistas le hacían fotos. Algunos decían:

- Es muy bonito este árbol en este rincón del río frente a la Alhambra.

Pero nadie ahora ya sabía dónde tenía su origen tan bonito almendro y menos sabían de la que, bajo sus ramas y muchos años atrás, lavaba. Tampoco lo sabía el profesor del grupo de escolares que, cientos de años después, acudían a este sitio para que los jóvenes pintaran cuadros.

 

            Un poco antes de que se pusiera el sol, terminaron ellos su trabajo. Los llamó el profesor y les dijo:

- Hemos acabado. Recoger todo, llevaros a casa vuestros trabajos y mañana me lo entregáis en clase.

Y una joven preguntó:

- ¿Y qué haremos después con estos cuadros?

- Una exposición para que los vean vuestros compañeros y todas las personas de Granada.

Recogieron todo, se fueron concentrando y, poco a poco y con sus cuadros bajo el brazo, comenzaron a retirase. Algo después, se quedó el rincón en su silencio de siempre y el almendro, con sus mil flores en sus ramas al viento temblando. Al fondo, la Alhambra sobre la colina, el río pasando y yéndose despacio y, por la orilla y la hierba bajo el almendro, todavía ellos sentados y esperando. Instalados ahora en los palacios del tiempo y velados, por la luz y el viento. Como dando forma para toda la eternidad, al mejor de todos los cuadros y ajenos a cuantos por aquí pasan y hacen fotos al misterioso almendro del río Darro.

 

La calle más bonita del Albaicín

 

            Hoy ya no existe pero en aquellos tiempos su calle era la más bonita del Albaicín. En la ladera, cara al sol, frente a la Alhambra y no muy larga. Tampoco era muy ancha pero sí lo suficiente para que por ella pasara un carro de madera tirado por algún mulo o burro. Porque su calle, además de ser hermosa y con muchas flores en las puertas de las casas, no estaba trazada de arriba abajo ni paralela al río Darro. Tenía su comienzo casi en la mitad de la ladera, por el lado de debajo de donde hoy se encuentra el Mirador de San Nicolás y se dejaba caer hacia el valle del río, un poco en oblicuo al cauce. Como si fuera al encuentro de las aguas en sentido contrario en que éstas corren, naciendo en mitad de la ladera y descendiendo levemente hacia el valle de la Fuente del Avellano.

 

            Y su casa no era la primera en la calle sino la cuarta, empezando en la parte más alta. Pero su casa y otras cuantas más a lo largo de la bonita calle, tenía algo especial. En la puerta crecían varios rosales, una parra y una acacia dealbata, conocida popularmente como acacia mimosa. Sus flores son amarillas, con textura de terciopelo, olor suave y brillantes casi como el oro nuevo. Pero la primara casa de la calle tenía en su puerta un gran ciprés, otra casa, cuatro más abajo que la suya, en la puerta crecía un limonero, al otro lado y más adelante, en la puerta de una nueva casa, se mecía al aire un laurel y, antes del final de la calle, en otra casa, clavaba sus raíces una higuera. Y ya al final del todo y unos metros antes de la llanura del río, en el patio de la última de las casas, vivía un viejo y fantástico granado.

 

            Por estas circunstancias y muchas otras, su calle era la más bonita de todo el barrio del Albaicín y quizá de toda Granada, a lo largo de los tiempos. Y aun era mayor su belleza, en los meses de primavera. Primero daba sus flores la acacia mimosa, el ciprés siempre estaba verde, lo mismo el limonero pero, a diferencia del ciprés, daba flores y limones cada luna nueva. También el laurel se mantenía verde todo el año pero no así la higuera ni el granado, que comenzaban a llenarse de hojas nuevas con la llegada de la primavera cada año y daban sus frutos en pleno verano y en otoño. Por eso a ella le gustaba tanto su calle. Cuando llegaba la primavera, el cuerpo y el alma se les llenaba de ánimo, luz y fuerza al ver tantos árboles verdes y plantas llenas de flores. Y para darle un sentido más concreto a este bonito sentimiento suyo, muchas veces ponía en práctica un juego muy concreto: por las mañanas, cuando se levantaba y comprobaba que los padres ya se habían ido al huerto del río, salía de su casa, caminaba unos metros calle arriba hasta la casa del ciprés y aquí daba comienzo una gran carrera calle abajo. Con los brazos abierto y casi siempre proclamando a los cuatro vientos:

- Que me voy volando al río derecha.

Y los vecinos y amigos, cuando la sentían, salían a las puertas de sus casas y decían:

- Eres el torbellino de este barrio. Un día te caerás y tu vuelo terminará para siempre.

- Quitaos de en medio que también quiero irme volando a las torres de la Alhambra. Esto es fantástico.

Y los vecinos la dejaban en su juego.

 

            Y cuando llegaba al final de la calle, ya muy cerca de las aguas del río y justo por donde los padres tenían su huerto, al verlos en las tierras trabajando, les gritaba:

- Salid a mi encuentro.

La madre dejaba su trabajo, de pie se ponía frente a ella y la recibía en sus brazos diciendo:

- Aquí se acaba tu vuelo.

Y la apretaba contra su corazón durante un buen rato. Ella reía y luego se iba bajo el cerezo y comenzaba a contar las flores del árbol. Les decía a los padres:

- No hay árbol más bonito en el mundo que este cerezo nuestro.

La madre le cogía la mejor naranja del naranjo al fondo del huerto y, mientras ella se la comía, miraba al cielo y a la Alhambra, al fondo destacando.

 

            Y una mañana, cuando ya la primavera estaba muy avanzada y el cerezo comenzaba a dar sus primeras cerezas, vio ella que en las ramas de este árbol, los pájaros habían hecho un nido. Se lo dijo al padre y éste le dijo:

- Es un nido de arrendajo. Ya hace tiempo que les estoy viendo construir su nido en este cerezo.

- Pues no lo asustes ni le rompas su nido. Quiero verlos criar sus polluelos y quiero que sean mis amigos. Pero ¿de dónde han venido estos pájaros?

- De bosque de la umbría, al sur de nuestro huerto. A los arrendajos les gusta mucho las bellotas, los frutos de los huertos y las cerezas. Por eso este rincón es su reino.

 

            Y a partir de aquel día, cada mañana y tarde, ella vivía pendiente de la pareja de arrendajos y su nido. Vio como las aves dieron los últimos retoques al nido, al poco la hembra, comenzó a depositar huevos y ella los fue contando:

- Ya tiene tres.

Les decía a sus padres y al día siguiente repetía:

- Ya tiene cuatro huevos y todos son preciosos.

Y llegaron hasta cinco. Aquí la hembra de arrendajo paró de poner huevos y, solo unos días después, se puso a encubarlos. Diecisietes días más tarde, salieron de su cascarón los arrendajillos y esto fue una gran alegría para ella. De nuevo dijo a sus padres:

- Voy a dejar que tengas unos días y luego cogeré uno para mí. Solo uno que me llevaré a casa y criaré con todo el mimo para que, desde pequeño, ya comience a ser mi amigo.

 

            Con diez días ella cogió del nido el arrendajo más fuerte y desarrollado, se lo llevó a su casa, le hizo un nido artificial y le dio comida sin parar: trozos de frutas, algunas lombrices, pedacitos de pan, cerezas, manzanas… y no tardó el arrendajo en desarrollarse tanto que, en poco tiempo, se puso tan grande como los padres. Porque, al mismo tiempo, ella fue siguiendo todos los acontecimientos del nido en el cerezo del huerto. Por eso vio que, también en poco tiempo, los polluelos echaron plumas, se pusieron tan grandes como los padres y, algunos días después, abandonaron el nido. Ya podían volar, animados y protegidos por los padres. Pero tanto los arrendajos pequeños como los padres en ningún momento se iban lejos del huerto. Le dijo ella un día a sus padres:

- También mi amigo se entrena para alzar vuelo igual que lo han hecho sus hermanos.

- ¿Y qué hará cuando alce vuelo y quiera irse con los suyos?

- Lo dejaré. Yo quiero que sea mi amigo pero solo si a él le gusta. Nunca lo obligaré ni lo privaré de la libertad que necesite.

Y solo tres días después de los primeros vuelos de los arrendajillos del cerezo, ella le dijo una tarde a su amigo:

- Te voy a poner en la puerta de mi casa y te voy a dejar libre por si quieres volar. Y si quieres irte con los tuyos, puedes hacerlo pero me gustaría mucho que fueras mi amigo para siempre.

 

            Puso el arrendajo en la puerta de su casa, lo soltó frente al ciprés y los demás árboles en las casas de su calle y otra vez le dijo:

- Eres libre. Puedes practicar tu primer vuelo.

Y el avecilla parecía entenderla. Miró a un lado y otro durante unos minutos, reconoció un poco su nuevo mundo y luego alzó vuelo y, gritando como asustado, se fue a las ramas del ciprés. Desde aquí voló al granado, al limonero y a la higuera y luego se perdió por el fondo del río, hacia los cerezos del huerto.

- Se ha marchado.

Dijo a sus padres algo triste. Pero solo unos minutos después, sintió sus gritos y al mirar, lo vio subir volando rápido y vino a pararse justo a su hombro. Se alegró ella mucho y aquella noche el avecilla volvió a dormir en su hogar de siempre. Pero en cuanto salió el sol, al día siguiente, se acercó a él para saludarlo. Vio que sus padres ya se habían marchado al huerto para seguir con el trabajo. Cogió ella al arrendajo amigo, lo volvió a sacar a la puerta de su casa, le dio libertad y le dijo:

- Ahora alza vuelo si quieres. Yo voy a salir corriendo calle abajo, llamándote y gritando y tú puedes venirte conmigo para que el juego sea más divertido.

 

            Y dicen que, en cuanto los vecinos de todas las casas de su calle y parte del barrio, sintieron la escandalera, salieron a sus puertas a ver qué pasaba. Y todos vieron como la chiquilla corría calle abajo, de un lado a otro, con los brazos abiertos, cantando y gritando y llamando a su amigo el arrendajo. Y éste, desde las ramas de la acacia mimosa, alzó vuelo y se fue tras ella también gritando y trazando cabriolas por los aires. Rozando, en algunos momentos, los cabellos alborotados de la niña mientras ésta decía:

- Mi calle es la más bonita y alegre de todo el barrio del Albaicín. Y esta mañana y tú conmigo, sois los más alegres que nunca Dios haya creado.

 

Nota: El Arrendajo presenta un nutrido repertorio de sonidos entre los que hay voces roncas, chasquidos, especie de cloqueo, silbidos y maullidos que emite de forma reiterada. Esto es tan característico de la especie que el nombre del género al que pertenece, ‘garrulus’ que gorjea o charlatán en latín, hace referencia a esta peculiaridad. Lo más habitual es escuchar su grito de alarma un áspero y metálico “craark” o “creerk. Es un ave de tamaño medio: longitud de 32 a 35 cm, y envergadura alar de 54 a 58 cm.Con plumaje anaranjado y un panel azul claro en el pliegue de las alas. Tiene además un obispillo blanco muy llamativo que es un detalle importante para identificarla en vuelo.

 

 

La princesa enferma

 

            De la noche a la mañana la princesa enfermó. Y, en los palacios de la Alhambra todo el mundo se preocupó. Los que más, los padres de las princesa. Por eso buscaron los mejores médicos, sabios y curanderos y les dijeron:

- Encontrad una manera de curar a la princesa y, por el dinero, no preocuparos.

Y todos los médicos, sabios y curanderos entraron y salieron de los palacios con las más variadas recetas y preparaciones mágicas para sanar a la princesa. Pero el tiempo fue corriendo y ella no solo no mejoraba sino que, poco a poco, iba empeorando.

- ¿Qué le pasará a la princesa?

Se preguntaban unos y otros y solo algunos respondían:

- No lo sabemos. Ni siquiera los médicos dan con sus dolencias.

 

            Y como la princesa, según iba pasando el tiempo, se quedaba sin fuerzas y los padres pensaban que se moría, un día el rey escribió un edicto que decía: “La princesa de los palacios de la Alhambra se nos muere. Daré la tercera parte de mi fortuna a quién me diga qué le pasa. Y daré otro tanto más, a quien consiga curarla”. Se publicó este edicto por todos los rincones de la Alhambra y por Granada y todos los pueblos cercanos. Y hasta llegó a oídos de un joven pastor en las montañas de Sierra Nevada. Y nada más saberlo el joven dijo a su padre:

- Yo sé lo que le pasa a la princesa y también sé de qué modo curarla.

- ¿Y cómo puedes saber tú eso?

- No sé explicarlo pero sí sé que estoy en lo cierto. Quiero ir a la Alhambra y presentarme al rey para decirle que tengo el remedio para curar la enfermedad de la princesa.

Y el padre ya no preguntó nada más.

 

            Era mediado de marzo. Los cerezos en las laderas sur frente a Sierra Nevada, todos estaban florecidos. Comenzaban a llenarse de nuevas hojas, los castaños, los majuelos y los robles. Y por los barrancos, ríos y arroyuelos, los mirlos a todas horas lanzaban sus cantos. La naturaleza entera ya estaba preparándose para la llegada de la primavera. Pero aquella noche, quince de marzo, llovió mucho. A lo largo de toda la noche sin parar y, en las altas cumbres de Sierra Nevada, también la nieve cayó en cantidad. Sin embargo, al llegar el nuevo día, en el cielo las nubes se abrieron, salió el sol, subieron las temperaturas y de nuevo las flores de los cerezos brillaron inmaculadas. A media mañana, salió el joven de su sencilla casa, más bien una cabaña de piedra y monte, en el rellano de la ladera junto a las aguas y se fue derecho al bosque. Por entre su espesura estuvo mucho rato, cortando algunas ramas y guardando hojas de plantas en su zurrón. Y poco antes del medio día, se acercó al padre y le dijo:

- Me voy a Granada. Quiero ir a los palacios de la Alhambra para ver a la princesa y curarla.

- Tú sabrás lo que haces pero si estás seguro de ti mismo, que tengas mucha suerte.

 

            Y con su zurrón acuestas y en cada mano una rama en forma de bastón, se puso en camino. Por la senda descendió hasta el gran valle del río y luego, lentamente remontó a la colina y descendió a otro profundo barranco. De nuevo se encontró con las aguas del río Genil y, por aquí, ya muy remansado, tanto en su corriente como en redondos y alargados charcos. Se le vio pararse frente a las aguas y en silencio miró y meditó durante un largo rato. Luego se adentró en el bosquecillo de la derecha. Por donde espesos arbustos mostraban muchas flores en todos los colores y formas. Despacio fue buscando y cortando las más frescas y bonitas que por el lugar encontraba. Formó con ellas un elegante ramo, lo ató con tallos de juncos y, después de observar nuevamente las aguas del río, siguió su camino.

 

            No tardó en remontar a la gran colina que, desde Granada, se alarga hacia el levante y, en su espolón primero, se clava la Alhambra. Al llegar a este sitio para sí se dijo: “Ya los espárragos han brotado, sino todos, sí muchos. Iré despacio mirando y buscando mientras camino para cortar todos los que vaya viendo”. En su mente, en todo momento, estaba presente la imagen de la princesa enferma en los palacios de la Alhambra. Y, aunque no la conocía, sí ya sentía por ella hondo respeto. Por eso, mientras caminaba y buscaba espárragos y, de vez en cuando cortaba alguno, sentía en su corazón como si algo muy grande le ardiera. Pensaba: “Será hermosa y por supuesto, la más buena de cuantas mujeres haya habido nunca en este mundo. ¿Por qué no merece ella todo el amor que en mi tengo?”

 

Conforme avanzaba hacia Granada iba comprobando como el sol caía por la ancha vega al fondo y por donde adivinaba a la Alhambra. De nuevo se decía: “Le ofreceré mis saludos y mi respeto. Y en cuanto se recupere y se ponga buena, si me pregunta qué me debe, le diré que nada tiene que agradecerme. Solo le pediré que le dé las gracias al cielo y si su padre quiere regalarme la mitad de su reino, se lo ofreceré yo a ella. Con que me tenga presente en su corazón a lo largo de su vida, me sentiré pagado”.

 

Y llegó a la Alhambra cuando ya la tarde se iba. Se acercó a la puerta de la muralla y dijo a los guardias:

- Vengo a ver a la princesa porque le traigo un remedio para su enfermedad y también un bonito regalo.

- Espera aquí un momento. Tenemos que decirle al rey de dónde vienes y quien eres y solo si él lo permite, podrás pasar a los palacios.

Llevaron los guardias la noticia al rey y el joven se quedó esperando. Se hizo de noche, el cielo se llenó de estrellas, por los alrededores de la Alhambra, todo se quedó en silencio y a oscuras y, como el frío fue aumentando, buscó algunas ramas secas y preparó una pequeña lumbre. Hizo un hoyo chico en la orilla de la acequia que por allí mismo corría y en el agua, metió el ramo de flores y el manojo de espárragos que había juntado. Pegado a las llamas, muy cerca de la muralla de la Alhambra, se sentó en el suelo, mirando al cielo, pensando en el encuentro con la princesa y esperando a que los guardias regresaran con las noticias del rey. La noche siguió avanzando y él, sin dejar de pensar en la princesa, de vez en cuando echaba alguna ramas seca al fuego y se decía: “También le diré que yo, con solo verla ya me siento más que pagado. Que lo único que quiero y siempre querré para ella, es que sea feliz, que agradezca al cielo su belleza y que en su corazón me considere siempre como un buen amigo”.

 

            Se quedó dormido pensando en ella y, cuando al día siguiente despertó, miró y vio a uno de los guardias a su lado. Lo saludó el guardia y le dijo:

- Hemos informado al rey y éste nos ha dicho que te recibe esta mañana. Así que levántate, lava tu cara en el agua de esta acequia, coge tus cosas, sígueme que te llevo hasta su presencia.

Y el joven no tardó en incorporarse del suelo donde, a lo largo de la noche, había dormido. Lavó un poco su cara y manos, cargó su zurrón a las espaldas, cogió el ramo de flores y el manojo de espárragos y confiado siguió los pasos del guardia. Entraron por el arco de la conocida hasta hoy Puerta de la Justicia, subieron la cuestecilla, cruzaron el arco hoy también conocido como la Puerta del Vino y avanzaron lentamente. Cruzaron varias puertas vigiladas por más guardias y, al rato y después de pasillos y salas, llegaron a la presencia del rey. Saludó el guardia, presentó al joven y luego se retiró. Y sin más, el rey habló y le preguntó:

- Hasta hoy ni médicos ni curanderos ni sabios han podido curar la enfermedad de la princesa. ¿Cómo podrás hacerlo tú?

- Con este ramo de flores y este manojo de espárragos.

Se quedó el rey mirando sin saber qué pensar ni comentar pero al rato preguntó:

- ¿A caso esto es mágico?

- Algo sí pero no tanto

- ¿Entonces?

 

Y el joven, sin más rodeo dijo de nuevo al rey:

- Me gustaría ver a la princesa para entregarle yo mismo estos regalos. Pero sé que lo que pido no es posible. Así que, si su majestad lo quiere, puede dar usted mismo lo que para ella traigo. Y usted puede poner estas flores junto a su cama para que las veas y aspire su perfume. Y estos espárragos, cuando se levante de la cama y se encuentre con fuerzas, hagan una fiesta para celebrarlo y, bien condimentados, se los ofrece también a ella.

Y aun más sorprendido el rey preguntó al joven:

- ¿Solo esto es lo que ofreces par curar a la princesa?

- Nada más que esto, majestad. Y si ahora lo permite, quisiera retirarme. Ya soy el más afortunado con solo haberme permitido pisar estos palacios y sentir que he estado cerca de la princesa.

- De todos modos, como lo que pides es tan poca cosa y tan fácil de llevar acabo, daré órdenes para que se cumplan tus deseos. Creo que tus flores, insignificantes con las que tenemos en los jardines de estos palacios, no harán ningún bien ni mal a la princesa. Pero voy a serte sincero: esperaba a otra persona y con remedios mejores que los que has traído tú.

- Pues lo siento, majestad. ¿Puedo retirarme?

- Puedes irte.

- Gracias y mis saludos a la princesa.

 

            Los guardias acudieron a la llamada del rey, escoltaron al joven fuera de los palacios y lo despidieron. Dentro de los palacios el rey llevó las flores a presencia de la princesa, echó agua en un bonito jarrón de jade y puso las flores dentro. Las colocó cerca de la cama de la princesa y le dijo:

- Un joven de la montaña las ha traído para ti. Fíjate qué regalo más insignificante, con las flores tan hermosas que nosotros tenemos cerca. Pero en fin, aquí tienes.

Se incorporó ella en su cama, miró despacio al ramo de flores, hizo un esfuerzo y débilmente dijo:

- Son las flores más bellas, frescas y puras que he visto nunca. Y entre sus pétalos fíjate qué luz más clara brilla.

- ¿A qué luz te refieres?

- A la luz que de las flores brota. ¿No ves qué suave iluminan y, al mismo tiempo, perfuman?

 

            El rey se acercó a la princesa, puso un beso en su frente y luego se retiró. Y aquella misma tarde ella llamó a los sirvientes y les pidió que les ayudaran porque quería levantarse.

- Pero si no tienes fuerzas.

- Ya estoy curada y mi corazón desea asomarse a la ventana para ver la luz del día.

Obedecieron a la princesa y, poco, la vieron caminar decidida dirección a su ventana que, al levante, daba a las cumbres de Sierra Nevada. Se asomó a ella, miró despacio y, durante largo rato, estuvo imaginando quien sería y cómo el joven que, desde las lejanas montañas, le había traído tan original ramo de flores. Antes de que la noche cayera, todos vieron a la princesa caminar por los pasillos de los palacios. Y todos decían al verla:

- Nunca se le ha visto tan hermosa ni con tan vivos colores en su cara.

- ¿Cómo se habrá curado?

- Es un milagro.

- Pero ¿cómo ha ocurrido y quién ha sido el que lo ha realizado?

- Dicen que un joven pobre de las montañas, donde florecen los cerezos y brillan las nieves inmaculadas.

- ¡Qué extraño!

 

            Y a los pocos días, los reyes dieron una gran fiesta en los palacios de la Alhambra. Pidió el rey que en la cocina prepararan, de la forma más exquisita posible, los espárragos que había traído el joven de la montaña. Y, cuando la princesa saboreaba estos espárragos, sentada en la mesa con sus amigas, dijo al padre:

- Quiero ir a las montañas y quiero encontrar y conocer al joven que me regaló las flores y estos espárragos.

- ¿Y eso para qué?

- En su momento os lo diré.

Y el rey, al día siguiente, escribió un edito que decía: “La princesa ha sanado. Que todo el mundo lo celebre. No sabemos cómo ha sido pero ella es muy feliz. Que todo el mundo, celebre con nosotros, este gran milagro”.

 

Aquel mismo día se publicó este edicto por todo el reino de Granada y todos los pueblos cercanos. Y hasta llegó a las montañas donde el joven pastoreaba su rebaño. Y al tener el padre, le preguntó:

- ¿Sabes tú cómo ha sido?

- No lo sé padre.

- Entonces ¿de qué modo la princesa ha sanado? Me dijiste que sabías lo que le pasaba y también sabías el modo de curarla.

- Lo presentía en mi corazón.

- ¿Y qué era lo que presentías?

- Que la princesa solo necesitaba cariño y un sencillo ramo de flores frescas.

- Pero si tú has sido el que la has curado debes exigir ahora que te den la recompensa.

Y el joven, muy seguro de sí, dijo al padre:

- Para mí, no hay mayor recompensa que la de saber que la princesa ha sanado. Que a ella, siempre la bendiga el cielo y a mí, que algún día me premie, si es que lo merezco.

 

La princesa y el jardinero

 

            Su palacio se alzaba justo en la parte más alta de la colina de la Alhambra. Por encima de lo que hoy se le conoce con el nombre de Silla del Moro y en lo más elevado del Cerro del Sol. Hoy ahí, solo se ven ruinas entre un denso pinar y tierras llenas cubiertas de hierba y pasto, en verano. También por el lugar reina un gran silencio y, por las tardes, cuando el sol se pone, un mar de colores dorados y fuego. Porque desde este lugar se ven las más bellas puestas de sol que ocurren en todo el reino de Granada. Donde estuvo su palacio, en lo más alto del Cerro del Sol, hoy se le conoce con el nombre de Dar al-arusa.

 

            Y ella, como era hija única y su padre era rey, vivía en uno de los aposentos más bonitos de este palacio. Su padre, con mucha frecuencia, le decía:

- Quiero que seas feliz y que nunca te falte de nada. Cuando algún día eche de menos algo, nos lo dices que te lo daremos al instante.

Ella prestaba atención a estos ofrecimientos de los padres y casi nunca les pedía nada. Era tan feliz y tenía tanto junto a sí que pocas cosas echaba en falta. Pero en su corazón, sin que ella lo motivara, parecía existir como una gran sed de algo. No tenía claro de qué pero, cuando iba o venía y paseaba por los jardines cercanos a su palacio o por los que había por donde la Alhambra, siempre observaba con interés a las personas que por aquí o por allá se ocupaban en sus trabajos. Para sí, en algunos momentos, se preguntaba: “¿Cómo será la vida de estas personas y qué tendrán en sus casas y soñarán en sus corazones? Todos parecen buenos y nobles pero se les ve tan pobre y pequeños que hasta parece que no fueran personas”.

 

            Y un día dijo a su padre:

- ¿Sabes lo que me gustaría?

- No lo sé, hija mía.

- Quisiera hacerme amiga de muchas de las personas pobres que continuamente veo por nuestros palacios y por los sitios que rodean a la Alhambra.

Y el rey, meditó un momento y luego dijo:

- Lo que pides no es posible.

- ¿Qué dificultad hay en ello?

- Las princesas nunca son amigas de los pobres.

- ¿Y por qué no?

- Porque pertenecen a un rango superior. No es bueno que su sangre se mezcle con la nuestra por tradición y honor.

- Pero, por encima del honor, tradiciones y costumbres nuestras ¿tú no crees que hay algo mayor?

- ¿Qué es para ti ese “algo mayor”?

- Por ejemplo: la bondad, el amor, lo bello… ¿Te imaginas lo hermoso que sería un mundo donde lo primero fuera el respeto para con los otros? Y si en este mundo todo funcionara por amor y se cultivara siempre lo bello ¿te imaginas lo hermoso que este mundo sería?

Y el padre, después de un buen rato en silencio, respondía:

- Sin duda que lo que sueñas sería bueno pero…

 

            Y cuando, al llegar a este punto, la conversación entre ellos se estancaba, la princesa siempre guardaba silencio. Se iba luego a sus aposentos, se ponía a leer sus libros, miraba por la ventana de su palacio y se dejaba embelesar por los bonitos paisajes que a su palacio rodeaban. Y en estos momentos siempre acudían a su mente los sueños que compartía con su padre. Por eso, en algunas ocasiones, salía del palacio, se iba por los jardines en la llanura al levante de su palacio y miraba de reojo a los que, por un lado y otro, trabajaban. Y mientras paseaba y observaba no dejaba de imaginar un nuevo mundo. A veces se paraba a charlar con los que se iba encontrando pero siempre lo hacía a escondidas por miedo a que sus padres la vieran y la castigaran. Porque su padre, varias veces ya le había dicho:

- No está bien visto que una princesa se mezcle y hable con sus criados. Y menos, si estos son pobres.

También en estas ocasiones deseaba compartir con su padre sus puntos de vista pero nunca lo hacía.

 

            Y como sabía ya esto, ella no paraba de imaginar y buscar la manera de hacer real lo que su corazón le pedía. Por eso, un día que el padre le dijo:

- Hija mía, cuando tengas necesidad de algo, me lo dices que enseguida doy las órdenes oportunas y lo consigo.

Al instante ella le dijo:

- ¿Sabes lo que me gustaría?

- ¿Qué es lo que te gustaría?

- Tener un jardín propio para cultivar mis flores y pasear por él, cuando me apetezca. ¿Podrías regalarme esto?

- Claro que puedo. Enseguida doy las órdenes oportunas y, en unos días, serás dueña del jardín que sueñas.

 

            Y dicho y hecho: el rey dio las órdenes oportunas y, cerca de su palacio, al levante y parte más alta de la colina, los empleados acotaron un gran trozo de tierra. Todo por el rincón estaba lleno de acequias, con abundante agua muy clara y árboles casi centenarios: olivos, encinas, quejigos, algunas higueras y fresnos. Prepararon los empleados las tierras y cuando creyó que todo estaba al gusto de la princesa, habló con ella y le dijo:

- Ahora mismo te regalo en terreno que soñabas para tu jardín privado. ¿Lo has visto ya?

- Sí que lo he visto y me gusta mucho. También me alegro que no lo hayas sembrado. Quiero ser yo misma la que diseñe mi jardín, con los dos mejores jardineros que haya por aquí. ¿Podrías concederme también este regalo?

- Claro que puedo. Mañana mismo pondré a tu disposición a los dos mejores jardineros que, por estos días, hay en Granada.

- ¿Cómo se llaman?

- Nadín, uno, que traducido significa “amigo” y Rafiq, el otro, que también traducido quiere decir “compañero y amigo”.

Y la princesa exclamó:

- ¡Qué bien! Me gustan sus nombres y me gusta que sean amantes de las flores.

 

            Aquella misma tarde la princesa fue a su trozo de tierra, donde ya le esperaban los dos jóvenes jardineros. Y, en cuanto los saludó, les dijo:

- Ante doto quiero que seáis mis amigos y también quiero que hagáis de estas tierras el jardín más bonito que nunca se haya visto.

Y Nadín dijo:

- Había pensado que cada uno de nosotros se encargue de un trozo de este jardín tuyo. No para competir entre los dos sino para responsabilizarnos más por lo que cada uno hagamos.

- Como queráis vosotros. Pero tened claro que, aunque me gustan mucho las flores, odio que me regalen ramos y también odio que las personas las corten de sus tallos. Siempre he pensado que donde más hermosas están las flores no es en un bonito florero ni en las habitaciones de una princesa sino en el jardín. Besadas y acariciadas por el viento. ¿No sé si me he explicado?

Y los dos a un tiempo dijeron:

- Perfectamente princesa. Te haremos caso.

 

            Y a partir de aquel momento, Nadín y Rafiq, se dedicaron a su trabajo. Labraron las tierras, las regaron y sembraron con las más bonitas y variadas flores y también rosales, jazmines y otras muchas clases de arbustos y árboles. Y como las tierras sobre la cima del Cerro del Sol, precisamente es sol lo que más a lo largo del año tienen, en poco tiempo el jardín se convirtió en un auténtico edén. Cada día la princesa paseaba por las tierras, hablaba con Nadín y con Rafiq, se interesaba por lo que cada uno hacía y disfrutaba mucho tocando y oliendo las maravillosas flores que ellos y la tierra conseguían. Los trataba como a verdaderos amigos y de vez en cuando les decía:

- Me gusta mucho vuestro trabajo y me gustan y todas las flores que por aquí ya habéis sembrado.

Y casi siempre Rafiq preguntaba a la princesa:

- ¿Y qué flores te gustan más las de Nadín o las mías?

- Todas son muy bonitas.

- Pero yo creo que las flores y plantas que cultiva Nadín, son tus preferidas. ¿Qué les faltan a las mías?

- Todas las flores son hermosas, Rafiq y este jardín nuestro, cada día crece en belleza y categoría.

 

            Pero una tarde que la princesa paseaba por entre las plantas de su jardín, vio a Rafiq sentando en una piedra, algo triste y pensativo. Se acercó a él y le preguntó:

- ¿Te ha pasado algo?

- Solo que vengo notando que cada día muestras más interés por las flores que cultiva Nadín y que casi no aprecias las mías.

Se sentó la princesa junto a Rafiq, le cogió la mano y le dijo:

- Tus flores son tan bonitas como las que cultiva Nadín pero en tu interior algo no está muy claro.

- ¿Qué le pasa a mi interior?

- Que cuando cultivas tus flores siempre estás pensando en si me gustarán a mi o no.

- ¿Y no es eso lo que hace Nadín?

- Sí pero de otra manera.

- ¿De qué manera?

- El ama lo que hace, crea y le da riendas sueltas a sus sueños. No piensa en si lo que hace me gustará a mi o no. Para él, lo primero es poner trozos de su alma y corazón en cada flor que cultiva y eso, las flores lo reflejan. ¿Sabes Rafiq? En la vida nunca deberíamos hacer las cosas pensando en si a los otros les gustarán o no. Eso no es auténtico ni bueno para ti ni para los demás. Lo primero y más importante es crear, dar riendas sueltas a los sueños que llevamos dentro, poniendo en ello lo mejor de tu corazón y alma. Que cada flor de tu trozo de tierra se el reflejo de lo mejor de ti. ¿Lo entiendes?

 

            Y Rafiq, muy compungido, tímidamente dijo a la princesa:

- Lo entiendo y te lo agradezco.

- Pues venga, levanta el ánimo y no te preocupes más pensando en si tus flores me gustan menos que las de Nadín. Todas son bonitas, porque las flores son la esencia de lo bello, pero a partir de ahora, sed más auténtico y riega cada día tus plantas con lo mejor que en tu alma llevas. El amor sincero, es el único camino para lograr que la vida sea auténtica y buscar que cada día el mundo sea algo mejor.

 

Desde la Torre de la Vela

 

           Muhammad I, fundador de la dinastía nazarí, en 1238 estableció su residencia en la vieja Alcazaba de la Alhambra. Rehízo y restauró las antiguas murallas y torres del siglo XI y mandó construir la Torre de la Vela y la del Homenaje. Tras la conquista cristiana, la Alcazaba quedó en manos de la administración militar. Las estancias de la Torre de la Vela, se destinaron a residencia de la persona encargada de los toques de la campana. Los militares heridos de guerra, eran los encomendados de efectuar los toques que durante siglos marcaron la vida de la ciudad de Granada.

 

Desde su construcción, esta torre y, entre otras cosas, ha sido uno de los balcones más hermosos de Granada. Desde la parte alta de la Torre de la Vela, se ve toda la gran vega, toda Sierra Elvira, a la derecha y, al fondo, la Sierra de Jaén. A la izquierda, se ven las tierras por donde el Suspiro del Moro y las altas cumbres de Sierra Nevada. Casi medio reino de Granada es lo que se domina desde el bonito balcón de la Torre de la Vela.

 

            Y lo que mejor se observa y asombra gratamente son las puestas de sol. Desde lo primeros momentos de la vida de esta torre hasta el día de hoy. Por eso, han sido muchas las personas que han hablado y han escrito sobre las puestas de sol que desde esta atalaya se observan. Los poetas, para escribir sus versos, los pintores, para dar forma a sus cuadros, los científicos para fundamentar sus teorías sobre el sol, la luz, los colores, los atardeceres… Pero las mágicas puestas de sol que se ven desde lo más alto de la Torre de la Vela, desde tiempos muy lejanos, cada tarde muestran algo que nunca nadie ha sabido ni sabe decir qué es. Todos los días se ve, al ponerse el sol y se manifiesta en forma de luz de colores, allá al fondo de la Vega de Granada y sobre el cielo. Y aunque muchos, a lo largo de los tiempos han dicho y dicen que el fenómeno pertenece al mundo del misterio, parece que no lo es tanto si se conoce la leyenda.

 

            Y la leyenda dice que, casi antes de la construcción de la Torre de la Vela, ya había pastores por muchas de las montañas cercanas a Granada. En la época de la construcción de la Alhambra y cuando ya estuvo casi terminada, todavía y aun hoy, hay pastores por estas montañas. Y, por aquellos primeros años, muy lejanos ahora de nosotros, uno de estos hombres, padre de dos hijos y un buen hato de ovejas, daba careo a su rebaño por los altos valles del río Genil. En un lugar muy concreto, cerca de las aguas del río y por el lado de debajo de las nieves de Sierra Nevada. Por donde varios barrancos se quiebran hacia el río, tupidos de monte, muy repleto de flores en primavera y verdes aun en los veranos más cálidos. Se le conocía a este lugar y aun hoy en día muchos lo recuerdan con el nombre del El Valle del Alcornoque Centenario.

 

            Al cuidado del rebaño dejaba este hombre, en muchas ocasiones, al hijo mayor, mientras él se dedicaba a las faenas en la majada. Y al muchacho, todavía casi niño, una de las cosas que más le gustaba era llevar a su rebaño a los barrancos del Alcornoque Centenario. No lejos del río Genil, a las laderas de monte y pequeñas praderas de hierba. Porque siempre era desde aquí cuando, al caer las tardes, se veían los muros de los palacios de la Alhambra. Muy a lo lejos, desde luego pero, como el sol de la tarde se derramaba de lleno sobre los murallas de la Alhambra, desde la distancia, él veía los resplandores. Misteriosos siempre, llenos de colores rojos y sangre y, en algunas ocasiones, como grandes lenguas de llamas. Cuando estaba solo, al cuidado de su rebaño de ovejas y frente a estos atardeceres, se preguntaba: “¿Qué será aquello que brilla tanto allá tan lejos?” Y un día que le daba compañía su padre, éste le dijo:

- Aquello que allá tan lejos brilla cada tarde al ponerse el sol, es la ciudad de la Alhambra.                  

Y entonces él le preguntó:

- Pero ¿qué hay allí para que todo parezca un misterioso mundo repleto de color?

- Eso no lo sé.

Y él se quedaba con la incertidumbre en su corazón. Por eso, cada tarde y también por las mañanas, seguía mirando interesado en el fenómeno que la luz del sol a lo lejos reflejaba.

 

            Hasta que una tarde de primavera, cuando todos los campos estaban llenos de colores porque ya habían florecido las retamas, los cantuesos, los tomillos y las aulagas, llevó él a sus ovejas a las partes alta de los barrancos. Dejó que se esturrearan por las laderas mientras avanzaban hacia el alcornoque centenario. Despacio se fue por las sendillas, dirección al pequeño valle del alcornoque a la vez que miraba para encontrar el mejor punto desde donde observar la puesta de sol. Y lo encontró justo cuando llegó a donde crece el alcornoque. Por eso se detuvo aquí, junto a la hermana pequeña que lo esperaba jugando en la corriente de río. Al llegar y verla le preguntó:

- ¿Qué haces aquí?

- Te estaba esperando.

- ¿Para qué?

- Encontré un trozo de corcho, corteza de este viejo alcornoque y se me ocurrió hacer un barco.

- ¿Qué clase de barco?

- Aquí lo tengo.

Y en sus manos le mostró un simple trozo de corcho, arrancado al tronco del alcornoque. Y al tiempo de mostrárselo le decía:

- No es muy perfecto pero como, al ponerlo sobre las aguas flota mucho, puedo imaginar que sí es un buen barco. ¿Quieres verlo?

- Lo que tú quieras.

 

            Y la hermana pequeña, se acercó a la corriente del río, se puso en cuclillas, soltó el trozo de corcho sobre las aguas y al instante vio como la corteza flotaba y lentamente el río se la llevaba. Miró a la hermana y luego miró al resplandor que ya el sol regalaba al fondo y sobre la colina de la Alhambra. Le Preguntó:

- ¿Sabes qué estoy pensando?

- En que es interesante este barco mío.

- En eso, desde luego, pero también de pronto he imaginado que tu bonito barco podría llevarnos río abajo hasta Granada y dejarnos cerca de la Alhambra.

- Pero eso ¿cómo podría ser? Este barco mío es solo un trozo de corcho, un poco más grande que tu mano. ¿Cómo podríamos montarnos en algo tan chico y viajar río abajo?

- No lo sé pero yo lo estoy soñando.

 

            Y al oír esto la hermana se animó. Los dos se fueron bajo las ramas del viejo alcornoque, buscaron por aquí y por allá y encontraron varios trozos de corcho, algunos más grandes que el que ella había dejado libre en las aguas. Con su navaja de monte, el hermano los modeló un poco, se acercaron luego a la corriente del río y, con mucho cuidado, sobre las aguas soltaron primero el corcho más grande. Y al hacerlo dijo el hermano:

- Imagina ahora que dentro de este nuevo barco vamos tú y yo a un viaje muy largo.

- Cierro los ojos y lo imagino pero ¿a dónde vamos?

- Ya te lo he dicho antes: este río, por todos conocido con el nombre de Genil, según me ha contado padre, pasa por el mismo centro de la ciudad de Granada y casi roza los jardines y murallas de la Alhambra. A este sitio es a donde yo quiero que nos lleve nuestro barco. ¿Te imaginas lo bonito que sería encajarnos en el corazón mismo de la Alhambra y descubrir lo que es aquello? Porque según el resplandor que cada tarde la luz del sol por allí refleja, todo ese lugar tiene que ser un mundo mágico.

- Desde luego que lo será y por eso a mí también me gustaría hacer este viaje.

 

            Y, en estos momentos, mientras los dos soñaban y miraban embelesados su trozo de corcho irse río abajo, descubrieron como éste se perdió en la curva. Como suspendido en lo más alto de una pequeña ola y por donde se remansaba un redondo charco. Dijo la hermana:

- Lo hemos perdido y nosotros todavía seguimos aquí.

- Pero aun continúa río abajo rumbo a ese mágico mundo que antes hemos comentado.

- Y después de rozar la Alhambra y atravesar la ciudad de Granada ¿hasta dónde llegará navegando este barco nuestro?

- Yo creo que hasta detrás de aquellas largas montañas que, al fondo de la Vega de Granada, se recortan en el horizonte.

- Y allí ¿qué hay?

- Ya lo estás viendo: el sol que se esconde y, mientras lo hace, proyecta sus rayos sobre la colina de la Alhambra.

- ¿Y aquello es más bonito que la Alhambra de Granada?

- Seguro que sí. Yo no lo he visto nunca porque nunca llegué hasta ese lugar pero lo he soñado muchas veces y por eso pienso que nuestro barco también podría llevarnos hasta ese sitio.

- Y más lejos, detrás de aquellas largas montañas por donde se marcha el sol ¿qué otros mundos se esconden?

- Aunque ya te he dicho que nunca estuve allí, detrás de aquellas montañas, ya no hay más mundo. En aquel punto se acaba el río y se duerme el sol cada tarde mientras le regala sus besos a la Alhambra.

 

            Ya el sol casi se estaba ocultando por detrás las montañas, al otro lado de la gran Vega de Granada. Ella cogió un par de trozos más de corcho y se dispuso a ponerlos sobre las aguas, con la intención de seguir con su juego. Y el hermano, de su zurrón sacó su pequeña hacha de acero y, con ella en la mano, se fue derecho al tronco del alcornoque. Se paró frente a él, meditó un momento y luego alzó el hacha en sus manos. Golpeó fuerte en un punto concreto de la corteza, de arriba abajo y luego dio varios cortes en la parte de arriba, de derecha a izquierda. Con su mano se agarró a una esquila del trozo de corteza que había cortado, tiró fuerte y ésta, se desprendió rápida en una sola pieza. Casi del tamaño de su cuerpo y el de la hermana juntos. La puso en el suelo, con el hacha y la navaja la modeló un poco y luego se la echó acuestas y camino hacia el río, donde la hermana seguía en su juego. Al llegar a ella soltó la pieza de corcho cerca de las aguas y le dijo:

- Esto sí va a ser un gran barco. Vete preparando que nos vamos de viaje hacia las montañas por donde ahora mismo el sol de pone.

 

            Fue cayendo la noche y el rebaño de ovejas, todas acudieron a la majada. Al verlas llegar, el padre llamó al hijo y como no recibió ninguna respuesta, rápido preguntó a la madre:

- ¿Qué sabes de la niña?

 

Oración frente a la Alhambra

 

Tras la conquista de Granada en 1492, varias órdenes religiosas cristianas, se instalaron en esta ciudad. Actualmente en el barrio del Albaicín hay seis conventos, todos en la ladera sur frente a la Alhambra: convento de Santa Isabel la Real, de Tomasas, de la Concepción, de las Bernadas, de Santa Catalina de Zafra y de San Gregorio.

 

Y a ella la vieron nacer en la casa blanca, clavada en la ladera sur del Albaicín, frente a la Alhambra. Y en cuanto comenzó a caminar, todos la vieron correr y jugar por las estrechas calles del barrio. Y la vieron entretenerse con las claras aguas del río Darro y correr tras las mariposas por entre las zarzas y los saucos. Los padres cada día le enseñaban el gusto por lo bello, el respeto por los pobres y la admiración por lo excelso. Le decían:

- Hija mía, lo único que de verdad debe importante en este suelo son los sueños de tu corazón, el respeto para con los demás y la búsqueda siempre de lo bello.

Y ella les preguntaba:

- Y vivir en esta casa nuestra, en Granada, en este barrio tan bonito y frente a la Alhambra ¿no es importante?

- No solo es importante sino que es el mejor regalo que puede ofrecernos el cielo. Que siempre tu corazón tenga en cuenta este regalo y no olvides nunca agradecerlo. Vivir en Granada, es el más bello de los sueños.

 

            Pasado el tiempo, los padres murieron, murieron también los hermanos y muchas de sus amigas. Y un bonito día de primavera, se le vio cerrar las puestas de su blanca casa, caminó despacio por las calles que conocía, llegó a las puertas del convento, llamó, las abrieron y pasó dentro.

 

Y varios años después, al llegar la primavera, se le ve en la penumbra de la iglesia. Ya viejecita, algo encorvada, envuelta en su silencio, arrodillada en el banco y meditando. Mirando, de vez en cuando, por la ventana que tiene a su derecha y refrescando en su corazón la bella imagen de la Alhambra en su colina de roja tierra. Por la ladera que, desde lo alto cae hacia el río Darro, ya han florecido los almendros, empiezan a mostrar sus nuevas hojas los almeces y la hierbecilla se engalana con todas las flores de la primavera. Cerca de su ventana, por el lado de afuera y en las ramas del limonero, canta un mirlo y, en la copa de los cipreses, las tórtolas revolotean. Es por la mañana y hasta el airecillo anuncia que ya ha llegado la primavera.

 

            Recogida en sus recuerdos y en el calor de su corazón, medita y para sí susurra: “Gracias, Dios mío, por este nuevo día, por esta nueva primavera, con sus flores y perfume y por regalarme este momento. Te llevaste a los míos ya hace mucho, mucho tiempo y sin embargo, no los olvido. Una vez más y esta mañana, los tengo conmigo y para ellos te pido tu bendición y tu beso. Gracias por esta mañana, por la luz, el rumor del agua del río penetrando por esta ventana y por el airecillo que respiro y, una vez más, me regalas. Y te pido que me permitas que acabe mis días en este rincón pequeño, corazón de este barrio mío y frente a la figura de la Alhambra”.

 

Al llegar la primavera

 

            En estos tiempos, en todas las casas del Albaicín, de Granada y muchos sitios de la Alhambra, hay electricidad y gas. Todo el mundo hoy tiene en sus casas fuentes de energía para calentar agua, para la calefacción y para hacer comida. Por eso en estos tiempos, en los fríos días del otoño y del invierno, no se ve salir humo por las chimeneas de las casas. Tampoco muchas casas de hoy en día, ni en el Albaicín ni en el Realejo ni en Granada, tienen chimeneas. Ni las construyen al no ser como elemento decorativo.

 

            Pero en aquellos tiempos, cuando todavía se estaba construyendo la Alhambra y en los palacios vivían príncipes y princesas, las casas en el barrio del Albaicín, sí tenían chimeneas. Muchas viviendas acogían dentro una pequeña cocina para encender fuego, algunas, estufas de hierro y, en otras casas, hasta su pequeño horno en la puerta, en el patio o en el jardín huerto. Por eso, cuando en aquellos tiempos se presentaba el otoño y el invierno, de las chimeneas de muchas casas en el barrio del Albaicín, se veía salir humo. Chorros de humo blanco, con olor a leña seca mezclado con el aroma de alguna torta o pan de harina recién cocido en las brasas de la lumbre en la chimenea.

 

            Las personas, encendían y alimentaban sus fuegos con leña seca recogida en las montañas y algunos, con cisco o carbón vegetal. Por eso, en aquellos tiempos, cada mañana y al caer las tardes, por todas las calles del Albaicín y otros rincones de Granada, se veía un gran trasiego. Muchas personas pobres que, con sus borriquillos o sin ellos, iban y venían por estas calles con sus pequeñas o grandes carga de leña. Ramas o troncos más o menos gruesos que recogían en los bosques por la cuenca alta del río Darro, por la umbría del Generalife y por algunas tierras no lejos de la Alhambra. Y por eso también, al caer las tardes, por las pequeñas veredas que discurrían siguiendo las aguas del río y, a un lado y otro, se veían personas con sus haces de leña acuestas. Hombres, en algunas ocasiones y también mujeres, éstas siempre con el haz de leña sobre la cabeza. En ocasiones, solas y otras veces, acompañadas por alguna amiga o vecina y, de vez en cuando, llevando de la mano a su niño o niña. Y de este modo es como a ella se le vio aquella tarde.

 

            Tenía su vivienda en la ladera sur del barrio del Albaicín, frente a la Alhambra y no muy lejos de las aguas del río Darro. Y aquella clara mañana, primer día de la primavera, se presentaba muy bonita. Al salir el sol, el cielo se mostraba todo limpio de nubes, color azul intenso y con la atmósfera transparente. Se levantó temprano, arregló algunas cosas en su casa, en el jardín y en el huerto y cuando ya el sol se derramaba por los paisajes, se acercó a la cama de su niña y le dijo:

- Venga, despierta, levántate y vete preparando que hoy tenemos faena.

Abrió ella sus ojitos, todavía envuelta en la ropa de la cama, miró a la madre y después de un rato le preguntó:

- ¿Qué tenemos que hacer hoy?

- Ha llegado la primavera. Quizá el frío ya se marche y el sol nos regale la luz y el calor que tanto te gusta a ti. Pero hoy, en nuestra casa, ya no tenemos leña ni siquiera para cocer una pequeña torta de harina.

- ¿Vamos a ir a la montaña?

- Tú levántate cuanto antes que sí que vamos a ir a ese sitio que tanto te gusta.

- Voy ahora mismo. Y déjame que yo prepare la comida que nos llevaremos.

 

            Se retiró la madre, por un momento, a seguir con sus cosas en la casa mientras se mantenía atenta en la pequeña saltando de su cama. Al poco salió de la habitación y al encontrarse con la madre, descubrió que ésta ya tenía casi preparada su pequeña barja de cuero en forma de mochila un poco zurrón. Dijo la pequeña:

- Yo quiero preparar esto.

- Pues hazlo, hija mía. Pero ya estás viendo qué poco hay que preparar. Solo una torta de harina que anoche cocí con las últimas ramas secas que nos quedaban, un tomate, unos cuantos higos secos, almendras y dos naranjas.

- ¿Y esta será la comida que nos llevaremos?

- Y gracias al cielo que todavía tenemos estas cuatro cosas. En la orza solo nos queda un puñado de harina, un poquito de aceite en la cántara y alguna fruta.

 

            Poco después, cuando ya el sol se alzaba a medio cielo, salieron de su casa. La madre con una cuerda de esparto en una mano y, en la otra, un rodete: especie de almohadilla de tela en forma de rosca para apoyar objetos sobre la cabeza. Y la pequeña, portando en las espaldas la barja con las cuatro cosas de comida. Los rayos del sol caían brillantes desde el lado de las cumbres de Sierra Nevada y se derramaban sobre los muros, torres y palacios de la Alhambra. Un cuadro muy bello que ellas tenían la suerte de gozar cada mañana y por eso, apenas daban importancia. Y mientras descendían por la estrecha calle hacia el río Darro para tomar la sendilla que río arriba se alejaba, la madre dijo a la niña:

- Si te cansas me lo dices y paramos un rato para tomar fuerzas. Y si la bajar pesa mucho para ti, me la das y yo cargo con ella.

Y la pequeña enseguida argumentó:

- Tú siempre quieres hacerlo todo por mí y eso, a veces, no me gusta. A mí me agrada ir cargada con esta barja porque de este modo también hago algo por ti. Pesa un poco pero puedo con ella y ya verás como no me canso.

 

            Y nada más comentaron en este momento. Siguieron bajando por la calle, saludando a los conocidos que con ellas se cruzaban y llegaron al puentecillo del río. Lo cruzaron y por la estrecha veredilla, tomaron río arriba. Al poco se encontraron con algunas personas que ya trabajaban en las tierras de sus huertos. Y, al saludarlos, algunos les preguntaron:

- ¿A dónde vais tan temprano y solas por estos caminos?

Y la madre, a todos respondía:

- Se nos acabó la leña en nuestra casa y hoy hace un buen día para ir a la montaña.

Y al alejarse ellas, los que hacía solo un momento les habían preguntado, entre sí comentaban:

- Ay que ver la valentía de esta mujer, tan sola siempre y a todas horas laborando y con su niña siempre a su lado.

- Desde luego que es una mujer fuerte y buena como pocas hay en nuestro barrio.

 

            Cantaban los pajarillos por las riveras del río y en la umbría, hoy conocida como la Dehesa del Generalife, el sol brillaba como el mejor día de verano. Llegaron al lugar también hoy conocido con el nombre de Jesús del Valle y siguieron su camino. Más arriba, bastante lejos todavía y elevadas, ya comenzaban a ver la Colina de los Almendros. En silencio caminaba la niña junto a la madre, agarrada de su mano cuando ésta le preguntó:

- ¿Vamos al mismo sitio que otras veces?

- Al mismo sitio porque es donde encontraremos lo que necesitamos.

- ¿Y estarán todavía por ahí florecidos los almendros?

- La primavera ya ha llegado y los almendros tú sabes que dan sus flores en pleno invierno.

- Pero no importa. También tú sabes que lo que más me gusta de este lugar es la pradera de hierba que por ahí siempre se extiende como en un manto y el manantial de agua clara que brota bajo la roca. ¿Podré jugar un rato mientras tú recoges la leña?

- Podrás jugar todo lo que quieras.

 

            Y aprovechó ella estos momentos para preguntar a la madre lo que le iba llamando la atención según caminaban río arriba. Y le preguntó muchas cosas del río, del rumor de la corriente, de las pequeñas cascadas, los charcos y los remansos y de las lavanderas cascadeñas y mirlos acuáticos que a su paso levantaban vuelo. Y luego le preguntó por el color verde de las plantas, por las mil florecillas con tan variados colores, por los muchos pajarillos que, cada dos por tres, salían volando al acercarse ellas. Y también le preguntaba por la luz del sol, el color del cielo y hasta del airecillo fresco que la mañana les iba regalando. La madre fue respondiendo, una tras otra, cada pregunta que ella le hacía, según la experiencia de las cosas que ya la vida le había permitido conocer y según lo que en su corazón sentía. Y al final, cuando ya les quedaba poco para llegar al manantial de la colina, le dijo, como en forma de resumen:

- La naturaleza, hija mía, está repleta de misterios y de fantasías. Ella nos regala lo mejor de la vida y nos enseña lo que no está escrito en ningún libro.

- Pero la naturaleza, según cada día descubro contigo, encierra mucha belleza.

- Toda la belleza del mundo. Por eso yo siempre he pensado que la naturaleza es el libro más bello jamás escrito, donde están todos los poemas, todos los cuadros que puedan pintar los mejores artistas y todos los misterios y cuentos.

- ¿Y también todos los juegos bonitos que yo siempre sueño?

- También y mucho más.

- Entonces, si no fuera por la naturaleza ¿las cosas no serían nunca como cada día las vemos?

- No solo no serían como ahora cada día las vemos sino que ni siquiera estaríamos aquí nosotros para verlas.

 

            Y al llegar a estas reflexiones, la niña guardaba silencio mientras seguía caminando cogida de la mano de la madre. Y al rato volvía a preguntarle:

- Y si yo quisiera hacerme amiga de los pajarillos, de las flores y de las aguas de este río ¿qué tendría que hacer?

- Solo compartir tus juegos con las aguas del río, los pajarillos que junto a la corriente revolotean y con las flores que caigan en tus manos.

- ¿Todo es así de sencillo?

- No hay más secreto.

- ¿Pues tú sabes lo que a mí también me gustaría mucho?

- A ver, comparte conmigo tu secreto.

- Me gustaría tener muchos amigos buenos y simpáticos para que nos dieran compañía a nosotras cuando venimos por estos sitios. Porque pienso que, compartir con ellos todas estas cosas que decimos y vamos encontrando, sería muy divertido.

- Seguro que algún día el cielo te regala con los amigos que sueñas.

 

            Ya casi al mediodía y, mientras avanzaban por su camino, fue apareciendo ante ellas la montaña que iban buscando. Algo más arriba del ancho espacio de Jesús del Valle, un poco a la derecha y por eso, al fondo, comenzaron a vislumbrarse las cumbres de Sierra Nevada. Por completo cubiertas de nieve muy blanca porque, solo tres días atrás, había nevando. Y como hoy el sol brillaba tan limpio como el mejor día de verano, la nieve sobre las crestas de las montañas, mostraban el blanco más inmaculado. Según ahora ascendían hacia la pradera de la colina de los almendros, al divisar la blancura de Sierra Nevada, la niña comentó:

- Y de ese paisaje tan bonito, con el sol que sobre él se derrama y recortado al fondo sobre el azul del cielo ¿qué me dices?

- Te digo que disfrutarlo como nosotras en este momento, es un regalo inmenso.

 

            Un poco más y ya casi pisaban la llanura del manantial coronada por la puntiaguda cumbre de la montaña que buscaban. Y antes ellas, lo que con mayor fuerza se presentaba era la oscura figura de la centenaria encina. Redonda pero un poco en forma de seta, destacaba clavada en todo lo alto de la colina de los almendros. Recortada también al fondo sobre la blancura de la nieve de Sierra Nevada y el azul del cielo. Y al ver esta enigmática y a la vez robusta figura de la encina, otra vez la pequeña comentó con la madre:

- Es lo que más me asombra de este rincón. Verla ahí clavada en todo lo alto, serena como una estatua, verde oscura como una noche sin luna y siempre como esperando, más de una vez me ha hecho pensar en algo mágico. ¿Tú sabes la historia de esta encina?

- Sé algo y, como bien dices, entre sus ramas, serenidad y color, hay todo un pasado muy extraño.

- ¿Qué pasado es ese?

- Desde hace tiempo quiero contártelo y quizá hoy se presente la ocasión pero ahora mismo, no.

- ¿Cuándo?

- Ahora ya los días son más largos. Podemos descansar un buen rato junto al manantial que a ti te gusta, después de que yo haya juntado la leña que venimos buscando. Y, mientras tomamos el sol cerca del manantial y comemos lo que traes en la bajar, puede ser un buen momento para contarte la historia de esta enigmática encina.

Y la niña dijo:

- ¡Vale! Ya lo estoy deseando. Y también vete preparando porque tengo un buen puñado de preguntas para ti.

 

            Y nada más llegar a la pequeña llanura de la ladera, donde el manantial brotaba, lo que más a las dos les llamó la atención fueron las florecillas. Cientos de pequeñas flores que, a lo largo de todo el arroyuelo del manantial, junto a la roca y por toda la pradera, se veían. Narcisos, algunas violetas, margaritas blancas y amarillas, lirios silvestres, gladiolos, campanillas y las bonitas flores, blancas y violetas del los ajos porros, Allium porrum. Al descubrir tantas y variadas flores y colores, dijo enseguida la niña:

- Como si alguien hubiera plantado y cuidado aquí el mejor jardín para que ahora nosotras lo disfrutemos.

- Sí que parece eso.

- Pues yo me quedo junto a este almendro y manantial y, mientras tú recoges las ramas secas que venimos buscando, juego un rato. Quiero preparar una sorpresa para ti.

- ¿Qué sorpresa?

- No te lo digo porque sino, pierde su encanto.

           

Junto al viejo almendro, soltó ella la barja y como el sol calentaba plantado ahora en todo lo alto, lo primero que hizo fue acercarse con la madre al manantial. Las dos lavaron sus manos en las claras aguas y la madre bebió unos tragos. Se fue luego por el lado de arriba de la roca, hacia lo más alto de la colina y por donde se espesaba el bosque y se puso a buscar palos y ramas secas. Cortó, de varios almendros que los calores del verano pasado habían secado, algunas ramas y recogió trozos de encina, de enebros y de lenticos y, poco a poco y en nada de tiempo, juntó un buen montón de leña. Extendió el cordel de esparto que con ella había traído, formó un buen haz, lo amarró fuerte y cargó con él hacia el manantial donde la pequeña se había quedado. Y en todo esto, la madre no empleó más de cuarenta y cinco minutos pero cuando llegó a donde su niña se había quedado con la intención de jugar con las aguas y las flores que por el lugar decoraban, descubrió que ésta también había trabajado aprisa. Justo por debajo de la roca, donde brotaba el manantial, en la tierra había excavado una pequeña poza. Al chorrillo de agua que desde la poza salía, le había puesto unas piedras para que formaran una pequeña cascada. Había dejado que el agua se posara, tanto en la poza como en el chorrillo y, mientras tanto, se puso a buscar las flores más bonitas que por la pradera crecían. Había cortado un bonito ramo, no muy grande pero sí muy variado en colores y clases de flores y cuando la madre llegó con su haz de leña, ya ella había puesto el ramo de flores en el agua de la pequeña poza. Al llegar la madre, soltó el haz de leña encima de la roca y, antes de que le diera tiempo decir nada, la pequeña comentó:

 

- Las he metido en el agua para que no se marchiten. Es un regalo que quiero hacerte y luego me las voy a llevar conmigo para decorar la casa nuestra. ¿Te gusta mi regalo?

Miró despacio la madre y, tras un minuto de silencio, dijo:

- Me gusta mucho tu juego y el ramo de flores silvestre que para mí has cortado, me gusta la poza del manantial y la cascada. Pero ¿por qué me haces este regalo?

- Tú, en ningún momento paras de hacer cosas por mí. Eres la mejor madre del mundo y por eso pienso que te mereces un ramo de flores como éste. ¿De verdad lo encuentras bonito?

- Todo es fantasía tuya, lo has labrado y modelado con tus manos y has puesto en ello la ilusión de tu pequeño corazón. ¿No es suficiente esto para que me parezca bonito?

 

            Y las dos se sentaron cerca de la poza y el ramo de flores. No a la sombra del almendro sino al sol, para aprovechar el calorcito que éste regalaba. Abrieron la barja, sacaron las cuatro cosas de comida, partieron la torta, el tomate y repartieron las almendras e higos secos y se pusieron a comer. Y mientras saboreaban sus escasos alimentos no dejaban de mirar el ramo de flores en la pequeña poza y el chorrillo de agua saltando por la cascada y yéndose por entre la hierba de la pradera. Se sentía la niña orgullosa tanto de su madre como de su pequeña obra con las flores y el manantial. Miró, en este momento para lo alto de la colina, donde el leve vientecillo mecía las ramas de la gris y misteriosa encina y le preguntó a la madre:

- Me dijiste que ibas a contarme la historia de esta encina. ¿Es ahora un buen momento?

- Sí que lo es.

Respondió la madre, mientras saboreaba un bocado de torta con una almendra. Y se dispuso a contarle a su niña la historia que le estaba demandando cuando, de repente, por el aire y como si viniera de la gris encina en todo lo alto de la colina, apareció una bonita mariposa. Al verla, exclamó enseguida la pequeña, señalando a la mariposa y mirando a la madre:

- Mira, viene a inspeccionar mi ramo de flores.

- Déjala y estate quieta a ver qué hace.

- Nunca había visto una mariposa con tanto colores y tan grande. ¿Sabes como se llama?

- Algunas personas la conocen con el nombre de Mariposa de los Rabos y otros la llaman chupaleches. Es la más grande y bonita de todas las mariposas que viven en estas montañas que nos rodean.

- ¿Quiere hacerse amiga de nosotros?

- Parece que sí. No la espantes ni le hagas daño.

- ¿Pero tú has visto de donde viene?

- Sí que la he visto.

- ¿Es que vive entre las ramas de esa extraña y gigante encina?

Y la madre no respondió a lo que su pequeña le preguntaba.

 

Despacio y como inspeccionando, revoloteó la mariposa alrededor de ellas, sobre las ramas secas del haz de leña, cerca de la madre y de la niña y luego se fue a las flores del ramo en la pequeña poza de agua. Hizo varios intentos de posarse y, después de remontar vuelo y pararse nuevamente a la roca y a las ramas del haz de leña, se posó en el ramo de flores. Y en todo este rato, ninguna de las dos, habían apartado sus ojos de la bonita mariposa. Y en cuanto la vio parada en las flores, a la pequeña le faltó tiempo para comentar:

- Parece como si tuviera algún interés en nosotras y, en espacial, por mis flores.

- Muévete despacio para que no se espante y espera un momento a ver qué hace.

           

            Y la mariposa, durante un buen rato, se mantuvo sobre las flores, abriendo y cerrando sus alas. Como alimentándose de los rayos de sol que sobre ella incidían. Durante bastante rato no dejaron de observarla y de seguir todos sus movimientos y al poco la madre comentó:

- Es bonita y da pena asustarla pero la tarde va cayendo y nosotras tenemos que regresar a casa. Coge las flores con cuidado mientras yo cargo con el haz de leña y nos ponemos en camino de vuelta.

- ¿Y se vendrá ella con nosotras?

- Seguro que no porque su vida y libertad la tiene en estos campos.

Y sin más, la niña cogió las flores y a sus movimientos, la mariposa alzó vuelo. No se alejó mucho pero sí trazó varios círculos, idas y venidas hasta que otra vez se paró en una de las ramas del haz de leña que la madre ya tenía sobre su cabeza, apoyado en el rodete de tela. Volvió a comentar la niña:

- Es como si algo quisiera de nosotras y, en especial, de ti.

- Pues vamos y que haga lo que quiera.

 

            Desde el manantial de la roca, la niña con su ramo de flores en la mano y la madre con su leña sobre la cabeza, comenzaron a descender por la senda. Hacia el encuentro del río Darro y ya con la intención de regresar a su casa en el barrio. Y según bajaban de la montaña la mariposa no paraba de revolotear a veces cerca y otras veces lejos de ellas. Alzaba vuelo, como queriendo irse a la encina sobre la colina pero volvía y se posaba en las ramas del haz de leña, en las flores del ramo de la niña y, en otros momentos, rápida revoloteaba por delante o por encima de ellas.

- Se viene con nosotras y esto es porque quiere hacerse amiga nuestra.

Y la madre guardaba silencio. Siguiendo la sendilla llegaron hasta el río, continuaron bajando cauce adelante, ahora ya frente al sol de la tarde que poco a poco se ocultaba al fondo de la Vega de Granada y por donde los palacios de la Alhambra.

 

            No pararon en ningún momento porque el camino era largo y porque la tarde iba cayendo. Tampoco la mariposa se apartó de ellas. Todo el trayecto del camino y a lo largo de todo el tiempo, las fue acompañando. Perdiéndose a veces por entre las ramas de los árboles que, a lo largo del camino, iban encontrando, pareciendo que se iba para no volver pero, una vez y otra, regresaba con ellas. Y se ponía en sol cuando las dos llegaban a la altura de la Fuente del Avellano. Se había posado la mariposa en las flores que la pequeña portaba en su mano cuando, de pronto, alzó vuelo y se perdió dirección a los palacios de la Alhambra. Dijo la niña:

- También en esta ocasión volverá porque sé que a ella le ha gustado tu haz de leña y mi ramo de flores.

Pero en esta ocasión no volvió. Las dos observaron como, trazando círculos y muchas piruetas por el aire, la mariposa se alejaba más y más hacia la colina de la Alhambra.

 

Al poco, se les perdió en la distancia y aunque la niña esperó que regresara, pasó el tiempo y llegaban ellas a las primeras casas del barrio y la mariposa no volvía. Como apenada preguntó a la madre:

- ¿Crees tú que tendrá algunas querencias entre los jardines y palacios de la Alhambra?

- Puede que sí. Pero tú no te apenes que en cuanto lleguemos a nuestra casa y descansemos un poco, voy a contarte la historia de la encina milenaria sobre la colina y también el misterio de esta mariposa.

 

Nota: La mariposa Iphiclides podalirius, se le conoce con el nombre común de podalirio o "chupaleches". Es una de las mariposas más grandes de Europa. Las hembras pueden alcanzar una envergadura de 8 centímetros. La subespecie que vuela en la península es subsp. feisthamelii. Se desarrollan 3 generaciones anuales de esta mariposa, la primera entre marzo y junio y las otras dos a lo largo del verano y principios del otoño, si bien puede haber variaciones en su aparición en función de la altitud y latitud. Esta mariposa está presente en las zonas templadas de Europa y Asia.

 

La mujer pobre de la Alhambra

 

            Al llegar la primavera, cada año parece que algo la recuerda. No se sabe qué es pero en el aire, en el ambiente, en la luz del sol, en las florecillas que brotan, en el verde intenso de la hierba, en las mañanas de azules puros… cada año al llegar la primavera, parece como si de nuevo otra vez volviera. Aunque hoy nadie la recuerda porque, todos los que la conocían, ya hace mucho que se fueron. A todos, compañeros y amigos, se los comió el tiempo como tantas y tantas cosas en esta vida. Pero ella, a pesar de que ninguno de sus conocidos siguen vivos para mantenerla fresca en la memoria, parece como si permaneciera eterna en un pequeño rincón del tiempo. No por sus títulos académicos ni por la belleza de su cuerpo sino por lo que en su corazón cultivó, a lo largo del tiempo que vivió.

 

            Tenía su casa en la pequeña medina, junto a la Alhambra y tenía unas tierrecillas por la vega del río Darro. Y cada mañana, en invierno, primavera o verano, iba a sus tierrecillas y cultivaba las plantas. Recogía, casi cada día, algún producto de su huerta y, en cuanto llegaba a la medina, iba y se los regalaba al que ella sabía que más lo necesitaba. En otoño, puñados de almendras, nueces, higos secos, membrillos, granadas… En invierno, espinacas, ajos, naranjas, limones… Y en primavera y verano, patatas, tomates, pimientos, racimos de uvas, ramitas de laurel y algunas hierbas aromáticas. Y cuando la veían subir por el barranco hoy conocido como Cuesta del Rey Chico, los vecinos y vecinas le decían:

- Tú haz lo que quieras pero si repartes gratis siempre los productos de tus tierrecillas ¿qué te queda a ti para comer?

- Me queda mucho y lo más rico y valioso.

- ¿Cómo dices eso si todos sabemos que siempre lo regalas todo?

- Los pobres también tienen derechos y necesidad de comer cada día.

- Pero las cuatro cosas que repartes entre ellos nunca los harán ricos y tú si que eres cada día más pobre.  

- Será así pero el corazón lo tengo cada día más lleno y, en un rincón del tiempo, voy acumulando una riqueza inmensa.

- ¿Qué riqueza si hasta te vemos cada día con la misma ropa y, a ti y a tu ropa, cada día más viejas?

- Sin embargo sé que soy preciosa y que mi ropa, supera en brillo y en finura a las de todas las princesas.

Y en vista de esta forma de pensar y ver las cosas ella, los vecinos y vecinas la dejaban tranquila.

 

            Pasó el tiempo y cada día se le vía más y más vieja. Seguía afanada en las tareas de su tierrecilla y seguía subiendo la Cuesta del Rey Chico con los productos de sus tierras acuestas. Cada vez más despacio, con su saco o cesta de esparto y cada día más encorvada y con menos fuerzas. Cada vez crecían menos plantas en su huerto pero seguía teniendo suficiente para repartir entre las personas que ella quería. Hasta que una bonita mañana de primavera, cuando ya habían florecido muchas flores en los campos y junto a las tierras de su huerta y cuando cantaban los pajarillos y las ardillas saltaban por entre los pinos, los vecinos no la vieron salir de su casa. Uno que vivía próximo a ella, se acercó a su vivienda para ver qué le pasaba y se la encontró en su cama. Sin fuerzas y sin ganas ni de levantarse ni de ir a ningún sitio. Se corrió enseguida la noticia y el primero que se dispuso a prestarle ayuda fue el vecino de la pequeña tienda de la esquina. Dijo:

- Todo lo que necesite, tanto para alimentarse como para abrigarse y calentarse, que se lo lleve de mi tienda. Yo se lo regalo en recompensa a tantas cosas como ha dado a los pobres a lo largo de su vida.

Y otro vecino de una casa más arriba, también dijo:

- Yo le haré cada día la comida y le arreglaré su casa mientras lo necesite.

 

            Pero ella no necesitó ni de los alimentos del vecino de la tienda ni del cuidado de la vecina que cada día quería hacerle la comida. Porque aquella misma tarde de primavera, murió. Al saberlo, a su humilde casa acudieron todos los pobres que de ella habían recibido frutos de su huerta y también muchas otras personas. Nadie sabía por qué pero todos la lloraban a escondidas y todos en sus corazones sentían que ni había muerto ni era pobre. Entre sí, muchos comentaban:

- Es como si en un rincón del tiempo ahora fuera la más bella y rica del mundo entero.

 

            Ocurrió esta historia hace ya muchos, muchos años. Por eso hoy, muy pocos o casi nadie la recuerdan. Porque, todos los que la conocían, también ya hace mucho tiempo que se fueron. Pero ella, a pesar de que ninguno de sus conocidos siguen vivos para mantenerla fresca en la memoria, parece como si permaneciera eterna en un pequeño rincón del tiempo. No por sus títulos académicos ni por la belleza de su cuerpo sino por lo que en su corazón cultivó y acumuló, a lo largo del tiempo que estuvo en esta tierra.

 

La princesa amante de los pobres

 

            La princesa diferente, amiga de las flores, de los cielos azules, noches estrelladas, lunas claras y amante de los pobres, vivía en una de las torres del palacio del Cerro del Sol. En la colina que hay por encima de la Alhambra, cerca del Generalife y de la Silla del Moro. Y era feliz a medias. Porque sus padres, reyes poderosos y ricos, le daban todo el cariño que necesitaba y le dejaban libertad para que paseara por los jardines y tierras cerca del palacio. Y en sus paseos por estos vergeles y terrenos, cuando se encontraba con los soldados o criados de sus padres, en muchas ocasiones se paraba a saludarlos y a charlar con ellos. Estos, siempre se lo agradecían porque sabían que era la princesa pero en sus corazones, tenían miedo. Nunca estaban seguros qué era lo que ella quería ni de la reacción del rey, si los descubría hablando con la princesa. Por eso, aunque ella les decía:

- Yo quiero ser vuestra amiga y quiero ayudaros en lo que pueda. No tened reparo en contarme vuestras cosas: carencia, sufrimientos, penas… Aunque vosotros seáis pobre y yo princesa, ante el Universo y ante Dios, nada nos diferencia. Vuestro corazón, vuestros sentimientos y vuestros sueños son como los de cualquier humano en cualquier tiempo.

Ellos le decían:

- Princesa, eres la más buena que nunca hemos conocido. Eres muy amable, muy inteligente y también muy bella.

Y ya no comentaban más. La querían y agradecían que los tratara de esta manera pero, en el fondo, no se fiaban. No sabían con qué intenciones ella les ofrecía tanta confianza.

 

            Pero ella, por las tardes, por las noches y siempre que tenía oportunidad de hablar con el rey, le decía:

- Padre, yo soy feliz y tengo cuanto mi corazón desea. Vosotros siempre me dais más de lo que merezco y hasta me habéis procurado un buen príncipe para que me case pero…

Y dudaba seguir compartiendo con él lo que en su corazón llevaba. Por eso el padre le preguntaba:

- Si algo te falta o te impide ser feliz del todo, cuéntamelo, hija mía.

Y ella reunía fuerzas, se hacía valiente y, aunque temía que el padre la castigara, le decía:

- Es que los pobres que tienes en tu reino y los que trabajan en los jardines y dependencia de este palacio, son muy pobres.

- ¿Y cómo quieres que sean?

- Me gustaría que fueran libres, que tuvieran dignidad y que en sus vidas no faltara ni una casa donde guarecerse ni un trozo de pan para quitarse el hambre.

- Ellos tienen el pan necesario y muchos viven en cuevas o en casa humildes no lejos de este palacio.

- Pero no son libres y sufren mucho y tienen hambre. Nosotros vivimos en la abundancia y nunca no falta de nada.

- Las cosas tienen que ser así. En cuanto los pobres tengan todo lo necesario y posean dignidad y libertad, nosotros perderemos nuestro poder sobre ellos y dejaremos de ser reyes. Y perderemos tanto que incluso hasta podemos quedarnos sin este palacio.

- Pero padre…

 

            Y la princesa callaba por miedo a que el padre la castigara. Se iba a sus aposentos en la torre del palacio y se ponía a pensar en sus cosas. Por las noches, a veces contemplaba la luna y las estrellas y por el día, se entretenía con el canto de los pajarillos y en cortar flores de los jardines que rodeaban a su palacio. Y luego al otro día y siempre que podía se iba con los que trabajaban en las tierras y se ponía a charlar con ellos. Les decía:

- Merecéis que se os trate con la misma dignidad que a un rey y que se os dispense el mismo respeto.

Y ellos le preguntaban:

- ¿Y por qué dices eso, princesa?

- Porque es así como lo siento y lo que, en lo más profundo de mi corazón, para todo el mundo quisiera.

 

            Hasta que, una mañana de primavera, cuando daba un paseo por la parte alta del Cerro del Sol, oyó gritos. Se asomó corriendo a la ladera y los vio subir por entre el monte, apresurados y en busca de la vereda. Eran cuanto: un joven, una muchacha algo más joven y dos niños. Y al poco volvió a oír voces que decían:

- Que no se escapen. Hay que cogerlos, vivos o muertos.

Y unos minutos más tarde pudo comprobar como los apresaron, le pusieron cadenas en las manos y luego, apuntándoles con armas de fuego y flechas, los obligaron a que caminaran dirección a los recintos amurallados de la Alhambra. La princesa quiso correr y salir al encuentro para ayudarles pero no lo hizo. En ese momento se acordó del rey su padre y tuvo miedo que la castigaran. Pero por la noche, toda triste y desconsolada, se acercó al padre y le preguntó:

- ¿Por qué han apresado a ese joven, a la muchacha y a los dos niños?

Y el rey le dijo:

- A los pobre, hija mía, hay que darles escarmientos para mantenerlos a raya, controlados y sometidos. No podemos dejar que sean libres ni que hagan o digan lo que quieran. Si empiezan a exigir derechos y dejamos que nos critiquen, un día se amotinarán y nos quitaran estas tierras, este palacio y todas nuestras riquezas.

- Pero padre…

Y la princesa pensó en el joven que, al frente del grupo, había visto subir por la ladera huyendo de los soldados.

 

            Poco después se fue ella a las dependencias de su palacio. Y dicen que aquella noche, mientras contemplaba las estrellas y se dejaba besar por la luz de la luna, se le vio llorar amargamente. Sin poder apartar de su mente la imagen del joven apresado mientras intentaba comprender por qué las cosas eran de este modo, en su pequeño mundo mágico.

 

La postal más bella de la Alhambra

 

            En los primeros tiempos de la Alhambra, solo a unos pocos les interesaban estos palacios. A los reyes y personas de alto rengo que la iban construyendo y la habitaban, a los que trabajan en estos aposentos y a los soldados y tropas que la custodiaban. No había turistas en estos primeros tiempos ni tampoco los hubo cuando ya la Alhambra estuvo por completo terminada.

 

            Pero después de que la Alhambra y Granada fueran conquistadas y después de muchos años y algunas guerras, sí empezó a interesar todo esto a muchos turistas. Llegaron de todos los lugares del mundo a visitarla y la pintaron en muchos cuadros, le hicieron muchas fotos y la escribieron en cientos de libros. Coleccionistas, fueron bastantes de estos turistas, tanto de libros como de cuadros y postales. Y según fue corriendo el tiempo, surgieron más y más coleccionistas, ahora ya no solo de cuadros y fotos de la Alhambra sino también de las primeras obras que realizaron los primeros turistas. Coleccionistas de postales e imágenes antiguas, era como algunos lo llamaban y otros los llamaban turistas, viajeros, historiadores, científicos, pintores, escritores…

 

            Situados ya en estos últimos tiempos modernos, cada día se ven por aquí más y más turistas. No solo privilegiados, como en tiempos pasados, sino todas las personas del mundo y equipados con los más modernos instrumentos: cámaras de fotos, de vídeo, teléfonos, grabadoras de sonido, lienzos para pintar cuadros, pinceles, cuadernos… Y no es en estos tiempos modernos donde más se ven a los coleccionistas sino en los tiempos situados entre la primera época de la Alhambra y éstos últimos. Y así fue como en aquellos tiempos intermedios, se les vio a ellos.

 

            Una bonita mañana de primavera, cuando toda la ciudad de Granada, el Albaicín, el Realejo y la Alhambra, estaban en su quietud más serena. Eran tres y subían por la orilla del río Darro. Siguiendo una veredilla que discurría pegado a las aguas y desde donde se veía muy bien la figura de la Alhambra sobre la colina. El invierno que acabada de marcharse había sido muy lluvioso y lo estaba siendo también la primavera que llegaba. Por eso el río bajaba muy lleno y por eso, en algunos tramos que hoy ya están muy deformados, se fraguaban pequeñas cascadas y amplios charcos. Dos de los del grupo eran muchachos y un tercero, la hermana pequeña del mayor de los dos jóvenes. Por eso, mientras avanzaban por la veredilla y muy cerca de las aguas, entre sí charlaban. Se paraban de vez en cuando, tiraban alguna piedra a las aguas, miraban a la Alhambra y luego decían:

- Todo esto parece mágico. Tanta agua, un día tan soleado, la figura de la Alhambra en todo lo alto y estas cascadas…

Y la pequeña, como a veces se quedaba atrás entretenida en las aguas, salía corriendo y cuando los alcanzaba les decía:

- Cuando lleguemos a la gran cascada quiero quedarme ahí un buen rato para, desde ese sitio, mirar para atrás y contemplar despacio a la Alhambra.

 

            Y un poco antes de llegar a la gran cascada, se lo encontraron. Estaba solo, venía cargado con algunos aparatos, vestía ropa de montañero y no hablaba correctamente el idioma de ellos. Pero se acercó al grupo y les dijo:

- Soy coleccionista de postales antiguas de la Alhambra y de los paisajes que le rodean. ¿Podéis ayudarme vosotros algo?

- Nosotros solo vamos a un sitio desde donde se ve la Alhambra como desde ningún otro lugar del mundo.

- ¿Dónde está ese sitio?

- Si nos acompaña se lo mostramos.

 

            Y los tres siguieron su caminar junto a las aguas acompañados ahora por el coleccionista. Al poco, llegaron a donde las aguas caían en cascadas. Le dijeron:

- Aquí es.

Y se acercaron al primer escalón de la cascada. Y mientras lo hacían, la pequeña comentó al coleccionista:

- Póngase ahí, súbase en ese escalón y cerca de las aguas.

Le hizo caso, un poco temeroso por el peligro que parecía verse en las aguas y en la cascada. Pero cuando estuvo en el punto que ella le había indicado, se volvió para atrás, miró a la Alhambra despacio, concentrado y durante largo rato y luego miró al grupo de los jóvenes y les dijo:

- Como esta postal no hay otra en el mundo de este río Darro y de la Alhambra sobre su colina.  

 

El abuelo y los tres nietos

 

            Llegaron a la orilla del río un poco antes de que el sol se pusiera. Y nada más pisar la pequeña llanura tapizada de hierba, al borde mismo de las aguas y frente a las cumbres de Sierra Nevada, el abuelo dijo a los tres nietos:

- Dejemos aquí mismo las mochilas, descansemos un rato y pongámonos a montar las tiendas.

Y la pequeña de los tres, la nieta princesa que era como la llamaba el abuelo, preguntó:

- ¿Es este el sitio mágico del que tanto tú nos has hablado?

- Este es el lugar que quiero enseñaros.

 

            Y mientras descansaban un poco, antes de ponerse a montar las tiendas, el abuelo les explicó despacio:

- Ya estáis viendo: aquí junto a nosotros, corre el río de las aguas más limpias del mundo, allá en lo alto, brillas las nieves de Sierra Nevada, río abajo, se encadenan los charcos, las cascadas y las riveras tupidas de árboles, al fondo, se extiende la ciudad y Vega de Granada por donde ahora se oculta el sol y a nuestra derecha, sobre la colina, mirad que hermosa se alza la Alhambra, con el Albaicín de fondo y la luz del sol que la tarde le regala.

Y otra vez la pequeña nieta le preguntó:

- Abuelo, y la cascada gigante, de espumas blancas y charcos azules que nos has dicho ¿dónde se encuentra?

- A solo unos metros río arriba.

- ¿Vamos a ir a verla?

- Mañana por la mañana, en cuanto nos levantemos, vamos a ir a explorarla.

- ¿Y también exploraremos las galerías de agua y la misteriosa cueva que lleva a los palacios de la Alhambra?

- Os las enseñaré para que veáis las maravillas que por aquí ha fraguado la naturaleza.

 

            Se pusieron a montar las tiendas, sobre el tapiz de hierba junto a las aguas. Una pequeña para la princesa nieta y otra, algo más grande para los dos nietos mayores y para el abuelo. Y mienta la montaban no dejaban de mirar a la Alhambra, besada por los últimos rayos de sol de la tarde. Y al llegar la noche, cerca de las aguas del río y cerca de las tiendas, encendieron un fugo y alrededor de las llamas se sentaron. El abuelo les dijo:

- Contemplar las estrellas desde un sitio como este, con el rumor de las aguas del río de fondo, es lo mejor que las personas podamos hacer en la vida. Porque aprender los misterios y belleza de la naturaleza, amarla, respetarla y vivir entre ella, es el camino correcto para descubrir y gozar de todo lo bueno que hay en el Universo.

 

Un hombre bueno

 

            Frente a la Alhambra, cerca del río Darro y en las laderas sur del barrio del Albaicín, se alzaba el palacio. Un gran edificio muy amplio, con extensos jardines, varios patios, unas cuantas terrazas y salas señoriales decoradas con fuentes de mármoles de colores y claras aguas. Por el lado de la derecha, frente al primer sol de la mañana y por donde descienden las aguas del río Darro, junto al gran plació había una extensa explanada. En un extremo tenía una fuente muy copiosa con un pilar alargado siempre lleno de agua azul verde y varios árboles centenarios: moreras, almeces, nogales, granados y dos o tres higueras. Bajo estos árboles, algunos asientos rodeados de jardines que casi a lo largo de todo el año estaban llenos de flores: rosas de varios colores, jazmines, lirios, mimosas, glicinias, violetas, lilas…

 

            Y el dueño del gran palacio, amigo de varios reyes de la Alhambra, tenía a su cargo soldados, tierras no muy lejos de Granada donde criaban en libertad hermosos caballos, una manada de cabras y otra muy grande de ovejas que pastaban por entre los olivares y cerca de las fértiles huertas. También este hombre rico tenía a su cargo a muchos criados que cuidaban tanto de las estancias del palacio como de los jardines, tierras, huertas y ganado. Al frente de todos estos criados y demás personal del gran palacio, había puesto un hombre sabio. Decían que era el más sabio y bueno de todas las personas que por aquellos tiempos había en el gran reino de Granada. Por eso, una bonita mañana de primavera, el dueño del palacio llamó a su administrador y le dijo:

- Sabes que deposito en ti no solo mis riquezas sino mi confianza y las llaves de todas las puertas y aposentos de este palacio. Espero que me seas fiel y espero que mi honor sea por ti acrecentado.

Y el hombre agradeció a su dueño todo cuanto ponía en sus manos y aprovechó el momento para decirle:

- Señor, puede dormir tranquilo que yo siempre le seré el más fiel de todos sus criados pero…

El dueño se le quedó mirando y le preguntó enseguida:

- ¿Pero qué?

- Que entre los criados, casi todos, hay mucho descontento.

- ¿De qué se quejan?

- De trabajar de sol a sol, de cobrar un suelo muy bajo, de no tener casa donde vivir y de que sus alimentos son muy escasos.

- Tontería de ellos. Los pobres siempre se están quejando. Tú trátalos con mano dura y cuanto más protesten darles más trabajo.

 

            No estuvo, el administrador, de acuerdo con el modo de pensar de su amo pero guardó silencio. Sabía que lo primero era estar de su lado aunque su corazón le pedía estar del lado de los criados. Por eso, cuando hablaba con ellos o tenía que encargarle algún trabajo entre los miles que siempre había pendientes, jardines, finca y palacio, les decía:

- Ya sabéis que, en la medida que pueda, siempre os favoreceré y os daré más de lo que tengáis estipulado. Pero tened en cuenta que yo también tengo que cumplir con lo que se me ha encargado. Si me pongo por completo de vuestro lado el dueño me destituirá y todos saldremos perjudicados. Mientras vosotros y yo cumplamos honestamente con nuestros deberes, las cosas nos irán bien y tendremos trabajo.

Y ellos le dijeron:

- Pero es que trabajamos tanto que a veces ni siquiera tenemos fuerzas para seguir. ¿No podrías darnos algunos kilos más de harina y algo más de grano?

- Veré lo que puedo hacer pero tenemos que proceder con gran cuidado.

 

            Y como el hombre no encontraba la manera de dar más cosas a los esclavos sin que el dueño lo supiera, un día reunió a los más cercanos. Los saludó uno por uno y les dijo:

- Mañana el dueño se marcha a un viaje muy largo. Como hasta hoy apenas os he dado nada de lo que estáis necesitando quiero obsequiaros con una rica comida en los salones del palacio. ¿Lo veis bien?

- Por nosotros, encantados. Pero ¿de dónde vas a sacar el dinero para comprar los productos de esta comida?

- Me estoy arriesgando mucho pero tengo amigos y si ninguno de vosotros dice nada al dueño, yo procuraré que él tampoco salga perjudicado y así todos contentos. Me importáis mucho pero me la estoy jugando.

 

            Y en cuanto el dueño del palacio se fue de viaje, el administrador preparó todo para la gran comida a los criados. Acudieron todos, montaron las mesas en los salones, prepararon los alimentos y luego comieron hasta el hartazgo. Como nunca antes en su vida habían comido. El administrador les dijo:

- Esto es solo el comienzo pero ya sabéis que todo debe quedar en el más absoluto secreto. Y para recompensar las pérdidas que suponen los gastos de esta comida, todos haremos un poco mejor nuestro trabajo. De este modo, el dueño, yo y vosotros, salimos beneficiados. ¿Estáis de acuerdo?

- Claro que estamos de acuerdo. Sabemos que eres bueno y por eso también estamos de tu lado.

 

            Pero cuando el dueño volvió de su largo viaje, enseguida alguien le dijo:

- Tu administrador te está robando.

- ¿Cómo es eso?

Y le informó no solo de lo de la comida si no también de algo que nunca había ocurrido. Y en cuanto el dueño supo todo lo sucedido, llamó a su administrador y le dijo:

- ¿Con que me estás robando?

- No es cierto, señor.

- ¿Entonces?

- Mi comportamiento es en honor suyo y en el bien de los criados. Quiero que ellos se sientan amigos y quiero que usted, de todo esto, alga beneficiado.

- Y yo quiero saber de dónde has sacado el dinero para pagar la comida que, a mi costa, has dado a mis criados.

- De mi propio trabajo, señor y del sudor de ellos.

 

            Y el administrador explicó y explicó al dueño pero éste no le hizo caso. Mandó prenderlo, lo amarraron con cadenas, lo subió a la parte alta de la explanada en la puerta del palacio y cerca del pilar de las aguas azules y verdes, reunió a todos los criados, se puso frente a ellos y les dijo:

- Mi administrador me ha traicionado y vosotros sois cómplices. Aquí lo tenemos encadenado. ¿Sabéis lo que voy a hacer con él?

Y todos a una, los criados concentrados en la explanada, dijeron:

- Su administrador es el hombre más bueno que nunca hemos conocido. Él no le ha traicionado pero con todos nosotros ¿Qué piensa hacer usted?

 

            De esta historia y de la presencia del gran palacio frente a la Alhambra y en las laderas sur del barrio del Albaicín, hace ya mucho tiempo. Hoy nadie sabe ni recuerda siquiera el lugar donde se alzaba aquel palacio. Algunos dicen que poco tiempo después, fue abandonado y, poco a poco, olvidado y convertido en las más desoladoras ruinas. Las tierras donde se alzaba el edificio, fueron huertos, luego casas blancas, jardines y calles estrechas y alargadas. Y como el tiempo ha seguido corriendo, hoy ya a nadie le importa las riquezas del dueño de aquel lujoso palacio. Sin embargo y no se sabe cómo, en un rincón muy concreto de las laderas sur del barrio del Albaicín, todavía parecen latir el corazón de aquel administrador sabio. Un hombre malvado, según el dueño del gran palacio pero un hombre bueno, como nunca hubo otro, según decían los esclavos.

 

 

El regalo de la nieta

 

            El abuelo, cada día se levantaba muy temprano. Al salir el sol o media hora después. Y lo primero que hacía era asomarse a la habitación de la nieta para ver cómo dormía. Siempre con mucho cuidado para no despertarla y si la descubría durmiendo, esperaba un rato. A veces, sentado en el banco bajo uno de los tres naranjos frente a la Alhambra y a veces, sentado en la estancia de la casa esperando que la niña se despertara. Y en cuanta notaba que ya estaba despierta, le pedía permiso, entraba en su habitación, se sentaba en el borde de la cama, le daba un beso y luego le decía:

- Aquí te traigo tu primer desayuno.

- ¿Qué es lo que me traes?

Le preguntó ella el primer día. Y el abuelo le dijo:

- Este tarro de miel de romero, de las montañas de Sierra Nevada y este baso de agua, también de las mismas montañas.

- ¿Y qué milagros hace esto?

- La miel de romero es el mejor y más sano de los alimentos del mundo y esta agua pura, lo mismo. No hay en el mundo agua más buena que la que tenemos aquí en Granada. Y si cada mañana te tomas una cucharadita de miel de romero y bebes unos sorbos de agua en ayunas, es lo mejor que puedes hacer para la alegría de tu alma y la salud de tu cuerpo.

 

            Y el abuelo le daba a la nieta su cucharadita de miel y dos o tres tragos de agua. Se lo tomaba ella con gusto mientras él le seguía diciendo:

- Ahora, vete levantando poco a poco. Yo me voy al jardín y ahí sentado bajo los naranjos y frente a la Alhambra, te espero.

- ¿Me vas a preparar la segunda parte de mi desayuno?

- Eso es lo que quiero.

Y cuando un rato después, treinta minutos o una hora, ella se levantaba, salía de su habitación y se iba al jardín de los naranjos, el abuelo ya le tenía preparado la segunda parte de su desayuno: una rica naranja que minutos antes había cogido del árbol y, pelada y abierta en gajos, se la ofrecía diciendo:

- Estas naranjas mías también son las mejores del mundo. Me paso el año cuidando con cariño estos naranjos siempre pensando en que tú, como cada primavera, vengas a mi casa y te comas estas naranjas. Y te lo aseguro: están regada con la mejor agua, no tienen ningún producto químico y el aire que en este barrio del Albaicín reciben, desde luego que es lo más sano.

 

            Una vez más la nieta se sentaba junto al anciano, cogía la naranja que éste le ofrecía y mientras se la comía despacio, frente a la Alhambra y en la sombra del naranjo, le preguntaba:

- Abuelo, y este mirlo que también cada año hace aquí su nido ¿Por qué vive tan cerca y nunca se asusta ni de ti ni de mí?

Y el abuelo, lentamente y todo muy interesado, le explicaba por qué el mirlo, desde hacía mucho tiempo, era su amigo. Y luego le explicaba la importancia de respetar y ser amigo de los animales y de todas las plantas de la naturaleza y lo hermoso y el gran privilegio que es vivir en la ladera sur del barrio del Albaicín frente a la Alhambra. Ella escuchaba muy atenta y algunas veces le decía:

- Y también es muy importante tener un jardín como este tuyo, con tres naranjos que dan frutas buenas y con un laurel, un granado y una higuera. ¿Sabes una cosa?

- ¿En qué estás pensando?

- Por todo lo que me enseñas y regalas cada vez que con mi madre vengo a Granada, yo también quiero hacerte a ti un bonito regalo.

- ¿Qué regalo?

- Por ahora es un secreto pero ya lo tengo claro porque llevo dos o tres días pensándolo.

 

            Y el abuelo guardaba silencio, la miraba de vez en cuando, miraba a la Alhambra sobre su colina besada por el primer sol de la mañana y luego le decía:

- Pues haz las cosas como quieras tú pero tienes que saber que para mí, con solo tenerte aquí en mi casa y verte a mi lado bajo estos naranjos, es como si ya tuviera el mejor de todos los regalos.

- Pero lo que yo estoy pensando ya verás qué bonito.

Y al rato, ella se olvidaba de los naranjos, del regalo y de la Alhambra y se ponía a correr detrás de las semillas en forma de alas pequeñas que el vientecillo arrancaba de las ramas del olmo. Y mientras corría queriendo coger todas las florecillas a la vez según caían, gritaba:

- ¡Flores, flores, muchas flores! La primavera ha llegado.

 

            La casa del abuelo se alzaba justo en lo más alto del barrio del Albaicín, un poco por debajo del Mirador de San Nicolás y por eso estaba por completo frente a la Alhambra. Le daba el sol a lo largo de todo el día y era especialmente luminosa y confortable en las primeras horas de la mañana. Porque en cuanto el sol asomaba por las altas cumbres de Sierras Nevada, comenzaba a derramarse sobre la pequeña y blanca casa. Por eso, hasta en los días más fríos del invierno, las estancias de la casa y jardincillo, eran rincones muy agradables. Sobre todo, en la habitación que abría sus ventanas al valle del río Darro y a la Alhambra. Y por eso, en su pequeño jardincillo, crecían con vigor los naranjos, el laurel, el olmo, las nogueras, higueras y granado. Y también por esto, a la nieta y a su madre, le gustaba tanto volver a esta casa de vacaciones en primavera o verano o a pasar algún que otro fin de semana. Y espacialmente a la nieta, era a la que más le gustaba esta casa, sencilla pero bella como el más hermoso de los palacio. Y también le gustaban tanto los naranjos como el asiento bajo sus ramas por las bonitas historias que el abuelo siempre le contaba, sentada junto a él, bajo estos árboles y frente a la Alhambra.

 

            De aquí que se sintiera tan feliz siempre que venía a la casa de su abuelo, en el barrio del Albaicín de Granada. Y como además de feliz ella se sentía muy alagada por todo el cariño que del anciano recibía, siempre jugaba con él, le hacía caso en todo lo que él le pedía, le preguntaba constantemente, con frecuencia sentía la necesidad de hacerle algún bonito regalo. Por eso, aquella mañana de primavera y después de saborear la rica naranja que el abuelo había cogido del árbol, le reveló el secreto del regalo que le estaba preparando. No le dijo la clase de regalo que sería sino simplemente le transmitió la noticia de lo que traía entre manos. Al saberlo el abuelo se sintió bien y se dispuso a recibir lo que a ella tanto le estaba ilusionando.

 

            Y ella, aquella misma mañana, cuando el abuelo se fue a regar las plantas de su jardín, sacó la pequeña mesa de la casa, la puso bajo el naranjo más grande, abrió un estuche grande, sacó un cuaderno y lápices de colores y se puso con su trabajo. Pero antes de hacerlo miró al abuelo y le dijo:

- No puedes ver lo que estoy haciendo.

- Tranquila que ya sabes que yo respeto tus deseos.

- Es que se trata de mi regalo para ti y por eso no lo puedes ver ni te puedo decir nada más. Ya te he dicho que es un secreto.

- Tu secreto es para mí sagrado. Sigue en tus cosas que yo tengo trabajo regando todas estas plantas para que pronto se llenen de flores y, con ellas, puedas hacer esos ramos que te gustan tanto.

 

            A lo largo de toda la mañana, mucho rato estuvo ella sentada en la mesa que había sacado al jardín y atareada en lo que llamaba su secreto. Alzaba su cabeza, miraba al abuelo, escribía en una gran hoja de papel blanco y luego se paraba y pensaba un rato. Como si buscara en su mente algo muy concreto para ponerlo sobre el papel. Corrió el tiempo y el sol se situó en lo más alto, por encima por completo de la Alhambra. Regó el abuelo todas sus plantas, cogió un buen puñado de flores de azahar de los naranjos que aun tenían muchas naranjas en sus ramas y al poco se oyó la voz de la madre que, desde dentro de la casa, decía:

- Todo el mundo a la mesa que es la hora de comer y la comida ya está preparada.

Se acercó el abuelo a la nieta, le pidió permiso para no entrometerse en lo que tenía entre manos y ésta le dijo:

- Sí, acércate más.

- Es que he cogido para ti un buen puñado de flores de azahar y quiero dártelas. Huelen a primavera, a miel, a Semana Santa por las calles de Granada y a la esencia más pura de este barrio, el río Darro y la Alhambra.

- Y yo ya tengo preparado para ti el regalo que quiero darte. Siéntate aquí a mi lado y, mientras tú me regalas ese tan blanco puñado de flores de azahar, yo te muestre y entrego mi secreto regalo.

 

            Y se acercó el anciano un poco más, puso sobre la mesa el puñado de flores de naranjos, miró a la nieta y ésta le mostró la hoja de papel sobre la que había estado trabajando al tiempo que le dijo:

- Este es mi regalo para ti.

Cogió él la hoja de papel que la pequeña le entregaba, la miró despacio y al rato comentó:

- Es un dibujo muy bonito pero no entiendo del todo lo que representa.

Y ella le dijo:

- Es la Alhambra, vista desde el Puntal de la Hierba que cae desde Sierra Nevada. Lo que se ve al fondo, es la Vega y el río Genil que por ahí se aleja. Y estos de aquí, somos tú yo. ¿No ves con que cariño me llevas de tu mano y me explicas las cosas y me las enseñas?

 

Desde el palacio de Huerta Grande en Granada

 

           El Cuarto Real de Santo Domingo, Dar al-Bayda, es un antiguo palacio de época almohade,[ ]ubicado junto a la cerca que cerraba el barrio de Rabad al-Fajjarin, en la Granada musulmana.[ ] Estaba localizado en la llamada Huerta Grande de Almanxarra que comprendía un área de huertas con jardines y diversas edificaciones entre las que destacaba una qubba o salón de protocolo, dentro de un torreón en la muralla del Arrabal de los Alfareros.

 

            Cuando en la Alhambra vivían los reyes de aquellos primeros tiempos, a un lado y otro de la colina y en las partes altas, hubo muchas huertas. Pequeños o grandes trozos de tierra usados para el cultivo de frutas y hortalizas. Muchos de estos productos eran para los habitantes de los palacios y otros, se consumían en casas particulares. Familias pobres, algunas y muchas familias ricas y bien relacionados con los reyes de los palacios de la Alhambra.

 

            En las tierras hoy ocupadas por gran parte del barrio del Realejo, estaban las huertas más grandes y famosas. Hasta nosotros han llegado con el nombre de “Huertas Reales”. Y al parecer eran cinco, las más importantes. A una de estas parcelas se le conocía con el nombre de “Huerta Grande de la Almaxarra”. Aquí mismo y, y entre árboles, hortalizas, jardines y acequias de claras aguas, se alzaba un bonito palacio también conocido con el nombre de Dar al-bayda, casablanca. Hoy se le conoce al lugar con el nombre de Cuarto Real de Santo Domingo. Porque aun hoy en día sigue existiendo este palacio, aunque bastante olvidado, muy desconocido y casi todo en ruinas.

 

            En aquellos tiempos, cerca de este palacio y en las tierras de Huerta Grande, había una pequeña construcción. Humilde e insignificante comparada con el lujoso palacio Dar al-Bayda. Pero en esta vivienda tenía su nido un sencillo matrimonio con su niña. La madre trabajaba en la limpieza y cuidado de algunas dependencias del palacio y el padre, cultivaba las tierras y plantas de la huerta. Por todo esto, el matrimonio era muy pobre aunque, comparados con otras personas cercanas y hasta compañeros, no lo era tanto. Su niña, desde su nacimiento, padecía una enfermedad grave. No podía apenas moverse aunque sí hablaba bien y era muy inteligente, según decían sus padres.

 

            En alguna ocasión, tuvo la suerte de conocer a varios de los príncipes y princesas que venían de visitas al palacio de la huerta. Solo en algunas ocasiones porque estos jóvenes tenían su residencia fija en los palacios de la Alhambra. Pero como también tenía la posibilidad de vivir, a veces temporadas largas, en el palacio Al-Bauda, esto era lo que hacían de vez en cuando. Y ellos, cuando más visitaban este lugar, era en lo meses de primavera. Para desde aquí tener contacto y disfrutar más a fondo esta hermosa estación del año. Porque desde el rincón de Huerta Grande y el palacio blanco, no solo se podía disfrutar de los fantásticos jardines que rodeaban y de los árboles y hortalizas de la huerta sino también de las caudalosas acequias de aguas claras, de la corriente, charcos y pequeñas playas del río Genil a su paso por este rincón de Granada. También desde este rincón hoy barrio del Realejo, ellos podían disfrutar de la mejor vista de las cumbres de Sierra Nevada. Y en primavera, todas las personas que han vivido o visitado esta mágica ciudad de Granada, sabemos que las cumbres de Sierra Nevada, son hermosas. Blancas como en ningunos otros momentos del año y con los cielos más azules que el Universo haya creado.

 

            Por eso, una de las princesas que con frecuencia venía a pasar unos días al palacio de la huerta, en ocasiones comentaba con los amigos:

- Somos unos grandísimos privilegiados en este mundo y entre todas las personas que en este mundo viven.

­y casi siempre, algunos de sus amigos le preguntaban:

- ¿Por qué dices eso?

- No tengo ni que explicarlo porque vosotros mismo lo estáis viendo cada día.

- Vemos muchas cosas cada día pero no sabemos en qué piensas cuando dices lo que dices.

- Pues aunque está más claro que el agua, solo os pido que miréis un poquito y reflexionéis un momento. Cuando la primavera llega por aquí, fijaos como se pone todo de guapo. Cientos de árboles llenos de flores y nuevos tallos, aromas deliciosas en el aire, aguas clarísimas saltando por el río y las acequias, cantos de pájaros por doquier, cielos luminosos y con sus nubes blancas… Y por si todo esto fuera poco, Sierra Nevada al fondo y nosotros aquí con estos jardines y palacio.

Los amigos escuchaban a la princesa y, en ocasiones, comentaban cosas entre sí. Decían:

- Quizá tengas razón pero para eso nosotros somos príncipes y los que trabajan estas tierras y cada día trajinan a nuestro lado, no lo son.

 

            Y una mañana de primavera, cuando el sol lucía espléndido y las temperaturas eran muy buenas, las princesas con sus amigos, salieron del palacio de Huerta Grande. Caminaron despacio por los paseos trazados en el terreno y llenos de flores a los lados y llegaron hasta el rincón de la cascada. Donde crecían varios árboles muy grandes y de ramas espesas. En unas piedras que junto a la cascada habían colocado los trabajadores de las tierras, entre ellos el padre de la niña invalidad, se acomodaron. Sacaron pliegos de papeles y pinceles y se pusieron a escribir y dibujar los paisajes. La niña pobre los vio desde un ángulo a la derecha de la cascada, donde el padre aquella mañana la había sentado para que disfrutara de la naturaleza mientras él trabajaba en las tierras. Y los observó interesada y con deseos de acercarse a ellos. Pero no podía porque su enfermedad no se lo permitía y sintió envidia. Por eso se limitó a observarlos desde la distancia mientras también esperaba que ellos se le acercaran y le dijeran algo.

 

            Pero no solo no se le acercaron para saludarla o comentar algo con ella si no que hasta la ignoraron por completo. Por eso ella se sintió más pobre que otras veces y por eso su corazón se llenó de tristeza. Y más cuando vio que ellas pintaban y escribían cosas muy hermosas en las hojas de papel que poseían. Tres horas después, el grupo de príncipes y princesas, se mostraron unos a otros las imágenes que habían dibujado, recogieron sus cosas y por los mismos paseos del jardín, volvieron al palacio. Se quedó sola la niña pobre pero no por mucho rato. Al mediodía, el padre dejó su trabajo en las tierras de la huerta y se vino al lado de su niña. Al llegar la saludó y le regaló unas rosas que había cortado de la parte alta de la huerta. Se lo agradeció ella y mientras el padre le decía:

- Tengo que hacerte un asiento especial y bonito para estés cómoda en los ratos que a este rincón te vengas.

Y ella le preguntó:

- ¿Qué clase de asiento?

- Algo así como un sillón donde, además de sentada puedas estar también tumbarte para estar más cómoda. Me gusta verte junto a esta cascada y entre las sombras y luces de esta vegetación.

- ¿Y con qué material me harás ese asiento?

- De ramas finas de mimbre. Le he pedido permiso al rey y dueño de estas tierras y me ha dicho que puedo cortar todas las ramas que necesite de los árboles que por aquí crecen.

 

            Y la niña miró para la cascada y luego miró para los grandes árboles que crecían cerca. Dijo al padre:

- ¿Pero tú sabes qué es lo que más me gustaría a mí?

- ¿Qué es?

- He visto a las princesas dibujando cosas muy bonitas y esto me ha gustado. Si yo tuviera papel y pinceles como ellos también aprendería a escribir y dibujar los colores, luces y sombras de estos paisajes. ¿Tú puedes darme algo de esto?

- Lo pensaré pero creo que no. Ya sabes que nosotros somos tan pobres que ni siquiera podemos comprarte papeles para que aprendas a escribir y dibujar lo que quieras.

- ¿Y qué podríamos hacer, entonces?

- No lo sé ahora mismo. Pero lo iré pensando y en cuanto tenga algo claro te lo digo.

Esto animó a ella mucho y luego le pidió al padre que la acercara a las ramas del laurel que había próximo de la cascada.

- ¿Para qué me pides esto?

- Tú acércame a esas ramas y te lo muestro.

 

            Y el padre se aproximó a ella, la cogió de la mano, la alzó lentamente del asiento y sujetándola por la cintura, la fue llevando hasta las ramas del laurel. Se pararon cuando ya estuvieron cerca y en este momento, de una de las ramas más baja y espesa, salió volando un mirlo. La miró el padre y le preguntó:

- ¿Tiene ahí su nido?

- Mientras las princesas dibujaban sus cuadros he visto a este ave moverse por aquí continuamente. Creo que sí tiene aquí su nido.

Se acercaron un poco más y lo vieron. Entre las horquillas de varias ramas delgadas, los mirlos habían construido su nido. La acercó el padre para que ella lo viera mejor y los dos descubrieron que tenía dentro tres pequeños huevos, algo azules y con pintas marrones.

- Son bonitos ¿verdad?

Preguntó ella.

- Son preciosos.

- Pues déjalos aquí y a partir de ahora, te cuidado para que no le pase nada. Quiero verlos criar a sus polluelos y también me servirán para dibujarlos si tú me consigues papel para ello.

 

            Sujetó fuertemente el padre a su niña y poco después se fueron alejando para regresa a la humilde casa. Cuando llegaron, ya unas horas después del mediodía, la madre los esperaba. Contó la niña todo lo que por la mañana había vivido junto a la cascada y frente al laurel mientras el padre se retiró a sus cosas. En aquel mismo momento se dispuso y, saliendo otra vez de la casa, se fue a donde crecían los sauces. Las mimbreras Salix fragilis, usadas en muchos lugares del mundo y desde tiempos muy lejanos, para confeccionar utensilios para el hogar. Miró y buscó las mejores ramas, largas y delgadas y se puso a cortarlas. En poco tiempo juntó un haz bastante grande. Dio unos cuantos viajes y fue llevando en cada uno de ellos un buen puñado de varetas. Las fue amontonando cerca de la cascada, a la derecha y no lejos de unas piedras. Se sentó en una de estas piedras y al lado de montón de varetas de mimbre y se puso a quitarle las hojas y la corteza. Poniendo en este trabajo todo el cariño del mundo para que cada ramita quedara muy limpia y perfectamente pulida. Pensaba en su niña y por eso su corazón le pedía lo mejor.

 

            Toda la tarde estuvo el padre ocupado en la limpieza y preparación de las varetas de mimbre y, cuando ya las tuvo bien modeladas, las colocó a la sombra del laurel, donde a nadie les estorbaran. Volvió otra vez a la mimbrera, buscó algunas ramas más gruesas, muy restas y sanas y también las cortó. Cerca de la misma mimbrera las limpió y antes de que la tarde cayera del todo, dio comienzo al que era el verdadero corazón de su proyecto: la construcción de un original asiento para su niña. Se decía: “Tiene que ser un asiento bonito, cómodo y por completo práctico. Quiero que cuando ella se venga a este rincón de la cascada, a la sombra de este laurel y junto al nido de sus amigos los mirlos, se sienta cómoda y la más feliz de las personas. Por eso deseo que este asiento sea como su sillón de reina, su trono de princesa y su juguete de muchacha feliz, libre y alegre”. Y con este sentimiento y el fresco vientecillo de la tarde, siguió dando forma a la idea que tenía en su mente.

 

            Cuando ya la noche caía colocó el haz de varetas cerca de la cascas y bajo las ramas del laurel. También colocó aquí las varas más gruesas y la primera pieza que ya servía de plantilla a lo que en su mente tenía dibujado. Se fue a su pequeña casa y comentó con la mujer y con la hija lo que tenía pensado hacer. Al saberlo la pequeña preguntó:

- ¿Y podré sentarme y mecerme cerca del nido del mirlo?

- Claro que podrás hacerlo. Mientras yo trabajo en las tierras de las huertas quiero tenerte a mi lado y quiero que te dediques a las cosas que a ti te gustan tanto.

- Y si, en algunos de esto días, vienen por aquí los príncipes ¿qué hago?

- Si ellos lo quieren, que hablen y jueguen contigo y si se hacen tus amigos, se lo agradeces.

- ¿Mostrándole el bonito asiento que tú me has hecho y compartiendo con ellos el nido del mirlo?

- Es poca cosa comparado con lo que tienen ellos pero tú sillón y el nido del mirlo serán nuestros pequeños tesoros, a partir de ahora.

 

            Poco después se fueron a la cama mientras la madre decía que le gustaba lo que el padre quería regalarle. Al día siguiente la madre se fue al palacio, a su trabajo y el padre se llevó a su niña junto a la cascada. La sentó en la piedra no lejos de las aguas, cerca del nido del mirlo y frente a frondoso jardín. Ella le dijo:

- Pero lo que más me gusta aun no lo tengo.

- ¿Qué es?

- Ya sabes que sueño con tener para dibujar y escribir las mismas cosas que pintan los príncipes. ¿Podrás algún día dármelo?

- Te dije que lo intentaré pero ya sabes que para nosotros no es tan fácil. Somos tan pobres que justo tenemos para comer y un techo para cobijarnos. Y todo esto, gracia a que el rey es generoso con nosotros.

Y, en este momento, la niña nada más dijo a su padre. Éste se puso a trabajar en las tierras de la huerta, sin apartar en ningún momento la vista de su pequeña y sin borrar en su corazón lo que ella le estaba suplicando. Por eso, mientras trabajaba, pensando en ella, una vez y otra se repetía: “Tengo que encontrar la manera de conseguir para esta niña mía lo que tanto desea. Podría pedir audiencia al rey para suplicarle unas hojas de papel para que ella dibuje pero tengo miedo. Quizá el rey llegue a pensar que soy demasiado inoportuno y puede que lo mismo piensen los príncipes y princesas, si también a ellos se lo digo. Sin embargo, yo quiero que ella tenga lo que tanto ilusión le hace”.

 

            Corrió el tiempo sin dejar de estar, tanto el padre como la madre, preocupados por lo que su niña soñaba. Por eso, en cuanto las varetas de mimbre estuvieron suficientemente secas, se puso y en pocos días tejió el bonito asiento que varias veces ya le había prometido. Y aunque su niña fue feliz con este práctico y bonito regalo, no apartaba de su mente el deseo de las hojas de papel y pinceles para dibujar. El padre no pidió audiencia al rey para regarle este material ni tampoco se lo pidió a ninguno de los jóvenes príncipes. Ellas, de vez en cuando, seguían apareciendo por los jardines, por la cascada y por los paseos y acequias de la huerta pero nunca hablaban nada con la chiquilla. Ni siquiera la saludaban, cuando se la encontraban sentada frente a la cascada.

 

            Pero el padre, una mañana, sí habló con el jefe de todos los que trabajaban en las tierras. Le pidió permiso para tener un día libre y el jefe se lo concedió. Cogió una sencilla barja de esparto, puso dentro algunas frutas para comer algo, cargó con bolsa y se puso en camino río Genil arriba, hacia las cumbres de Sierra Nevada. Y durante todo el día estuvo buscando por los altos barrancos, en las laderas norte del pico Veleta y Mulhacén. Cuando encontró lo que buscaba, después de andar mucho y desechar muchas piedras, cargó otra vez con su barja de esparto y regresó al rincón de los jardines y palacio de la huerta. Y en cuanto llegó a su casa, buscó a su niña, sacó de la bajar una piedra gris azulada en forma de losa y tan grande como un cuaderno y también otra pedrecita redonda y con forma de lápiz, se las mostró y le dijo:

- Hija mía, aquí tienes lo que con tanta insistencia más de mil veces me has pedido.

Miró ella la losa que el padre le entregaba y algo sorprendida preguntó:

- Padre ¿pero esto qué es?

- Ya lo estás viendo. Una bonita y práctica piedra de pizarra casi negra, arrancada a las montañas de Sierra Nevada. En esta pizarra y con esta alargada piedrecita, podrás escribir y dibujar todo lo que sueñas. Y si algo te sale mal o no te convence, también podrás borrarlo y empezar de nuevo. A partir de ahora ya no quiero que nunca más tengas envidia ni de los príncipes ni princesas que por aquí vienen a dibujar sus cuadros. Tú eres más rica que todos ellos porque tus sueños son mucho más grandes. Un día, yo lo sé, tus cuadros serán los más bellos que nunca haya pintado el mejor de todos los artistas.

 

Nota. El núcleo de Sierra Nevada está formado por materiales de la era paleozoica, principalmente pizarras de poca dureza. Roca metamórfica homogénea formada por la compactación de arcillas. Se presenta en color opaco azulado oscuro y negro y dividida en lajas u hojas planas siendo, por esta característica, utilizada en cubiertas y como antiguo elemento de escritura.

 


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