Ventanas a la eternidad

       Relatos cortos // 2010-16

El libro de los más bellos relatos de la Alhambra,

río Darro, Albaicín, Realejo y Granada - IX

1- El artesano, los libros y la princesa 

2- Diamantes del Darro 

3- Los silencios del río Darro 

4- Las torres de la Alhambra 

5- El más bello mirador de la Alhambra

6- Desde el muro del río Darro 

7- La lluvia y la princesa 

8- Recordando a un hombre bueno 

9- A la luz de la luna 

10- La llave de oro 

 

11- El hombre del río 

12- El solitario del río 

13- Desde el Puente Espinosa 

14- Castillo de arena en el río Darro 

15- El jardín más bello 

16- El sueño de los niños 

17- La morera milagrosa 

18- El zorro, la campesina y la princesa 

19- La estatuilla de oro 

20- La calle

II- La cueva y los libros

               La finca era del rey de la Alhambra. Un trozo de tierra muy grande donde lo que más abundaba eran las encinas. También los acebuches, castaños en las umbrías, madroños, romeros y jaras y, en las orillas de los ríos, tarayes y fresnos. Y la finca tenía un trozo de tierra llana cerca del cortijo, donde brotaba un pequeño venero. Por eso, algo más arriba y sobre un montículo rocoso, habían construido una pequeña casa. Con solo una sala con chimenea y una ventana en el lado del arroyo y, a la izquierda, una habitación. En esta sencilla estancia se instaló el hombre con su mujer y su hijo. Bastante lejos de la Alhambra y de Granada pero muy cerca del rebaño de ovejas del rey. Porque junto a la vivienda, por el lado de atrás, se encontraba el corral y, en la llanura hacia el lado norte, este rebaño pastaba, principalmente al caer las tardes, antes de entrar en el corral para pasar la noche. Y por esta llanura, con este rebaño y en compañía del padre, el joven se iba, siempre con una pequeña bolsa de cuero que él mismo hizo con una piel de cordero para transportar, mientras cuidaba de las ovejas, un libro.

 

               Le tenía mucho aprecio a este libro que al padre le habían regalado algunos conocidos de la Alhambra. Y como era de historia, lo leía y releía y luego preguntaba a su padre. Éste le respondía en lo que podía pero al final siempre le decía:

- Tú no dejes de leer y aprenderte de memoria lo que hay escrito en este libro. Un día, cuando menos lo esperes, te servirá de algo.

Y el hijo contestaba:

- Aunque sea así, padre, yo no puedo seguir viendo de esta manera. Todo el día solo detrás de estas ovejas, sin amigos ni nadie con quien hablar para compartir mis cosas, lejos del taller donde sí tenía muchos libros y amigos, lejos de Granada… Me siento más triste cada día y por completo sin ninguna ilusión en la vida.

- Pero ya sabes que no tenemos otra alternativa. Servimos al rey y debemos obedecerle. De lo contrario, sí que sería una gran desgracia nuestra vida.

 

               No convencía al hijo las palabras de su padre. Por eso, todos los días llevaba al rebaño de ovejas por donde el río tiene un profundo tajo y en lo hondo se remansa un largo charco. Junto al agua, frente a una ancha solana de acebuches, se abría una profunda y muy bella cueva. Toda abierta en la pura roca, obra de la naturaleza y un trozo de tierra llana en la misma puerta. Como asomándose al profundo tajo del río pero dejando espacio suficiente para que por delante mismo pasara una senda. Por aquí, por esta vereda y para cruzar el río por el lado de arriba del charco, de vez en cuando, caminaban algunas personas. Gente de las montañas que, con sus borriquillos y sin ellos, iban o volvían de Granada para vender o comprar cosas. Y como él, lo que más necesitaba y buscaba era compañía y los libros que soñaba, en la misma orilla de la corriente, buscaba piedras lisas. Trozos de pizarras que comenzó a usarlos para escribir en ellos. Con otra piedra fina y de cuarzo, a modo de lápiz, escribía en las pizarras y en la misma puerta de la cueva se ponía con la intención de vender sus escritos.

 

               A los que pasaba por allí, los paraba y les preguntaba:

- ¿Me compras un libro de estos?

- ¿Esto es un libro?

- Sí, un libro que he escrito yo en una piedra de estas montañas.

- ¿Y qué es lo que has escrito aquí?

- Las cosas que pienso y sueño y lo que un día me gustaría ser y hacer en la vida.

- Pero es que ni yo ni ninguno de los que por aquí pasamos cada día, sabemos leer ni escribir. ¿Para qué queremos estos libros tuyos?

- Para que se los enseñéis a vuestros hijos y ellos aprendan. Y si no, para tener un recuerdo mío y algún día alguien sepa lo que ahora en mi corazón cada noche sueño. Os aseguro que son cosas muy importantes y bellas.

- Y si te compramos estos libros tuyos, algunos no todos ¿qué harás con el dinero que vayas juntando?

- Eso también lo tengo claro: regresaré un día a Granada y a la Alhambra y le compraré al rey los buenos y bellos libros que guarda en esos palacios y ahora echo mucho de menos. Y a la princesa, la que conozco yo y escribe versos llenos de luz y aromas, también le compraré algunos de sus poemas.

- Pues que tengas suerte, sigue soñando y que poco a poco vayas vendiendo muchos libros a ver si un día se hacen realidad tus sueños.

 

         III- Hablando de los libros

               Se lamentaba él que ninguna de las personas que pasaban por la puerta de su cueva, supieran leer ni escribir. No porque no le compraran sus escritos sino porque le parecía una gran desgracia, mucho más grande que ser pobre, no saber leer y escribir. Por eso se decía: “Estas pobres personas, tan buenas y siempre cuidando y respetando estos rincones de las montañas y otras tierras, no disfrutan de una parte esencial de la vida. Aunque ellos dicen que el mejor libro y el que más enseña, es la vida misma y los lugares por donde cada día van y vienen. Y en el fondo, tienen razón. Pero es algo muy hermoso en esta vida, escribir los sentimientos para que nunca se pierdan. Y no solo los sentimientos, es bueno y muy valioso dejar escritas las historias, las vivencias, los cuentos, las leyendas y la poesía que regalan los ríos y las estrellas. Por eso pienso que no saber leer ni escribir, es una gran desgracia que lleva a no gustar muchas cosas esenciales de la vida”.

 

               Pero cuando esto comentaba con algunos de los que por delante de su cueva pasaban, casi siempre ellos le preguntaban:

- Para ti ¿qué es lo más importante en esta vida?

- Desde luego que no lo es tener una casa hermosa ni trajes de seda ni mucho oro ni comer en muy bien surtidas mesas.

- ¿Entonces?

- Creo que lo más importante en la vida, es ser feliz aunque se tengan pocas cosas.

- Pues eso es lo que queremos decirte a ti. Que aunque no sepamos leer ni escribir, con nuestras cuatro cosas de cada día, podremos ser tan felices como el más culto de este suelo.

- Y claro que en esto tenéis razón. Porque la armonía, la paz en el alma, no ambicionar ni tener envidia, es una riqueza muy grande. Y ser amantes de los ríos, de las noches, de los libros y de las flores, también creo que es una gran fortuna.

- Luego entonces ¿nos sobran o no los libros?

- En parte sí y en parte no. Todo aquello que no se conoce, siempre tendemos a quitarle valor. Y los libros, saber leer y escribir, sumado a la gran fortuna que tenéis vosotros y yo también, es una riqueza fabulosa. Las personas podemos hacernos mejores cuanta más y más cosas sepamos de la vida.

 

IV- Las monedas

No quería él convencer a las personas que se paraban en la puerta de su cueva pero en el fondo sí que le gustaba mucho hablar con unos y otros, de estos temas. Nunca discutía porque sabía que todos tenían su parte de razón y también tenía claro, que su modo de ver y entender las cosas, no era del todo erróneo. Por eso seguía escribiendo sus pensamientos y sueños, en las piedras que recogía del río y de las laderas. Cada una de estas piedras las iba coleccionando, poniéndolas muy bien colocadas y ordenadas, en un rincón de su cueva. Y como tenía que irse con su padre, casi todos los días, tras las ovejas y para cuidarlas, se le ocurrió algo genial.

 

En la misma puerta de su cueva, al lado de arriba, junto a la senda y por donde tenían que pasar los que iban a Granada ya la Alhambra, montó como un escaparate. Sobre una roca de pizarra, colocaba cada día tres o cuatro piedras escrita con sus cosas y en una losa algo más grande, escribió: “Cuando pases por aquí, coge un libro de estos y si quieres, déjame una moneda”. Los que no sabían leer y escribir no podían leer el mensaje pero como él se lo fue diciendo a unos y otros, al poco tiempo, muchos conocían el anuncio. Y a los primero día, no. Nadie cogía libros escritos en las piedras ni nadie dejaba monedas. Pero un día de primavera, cuando al caer la tarde, volvió a su cueva, al mirar vio que los libros que había dejado sobre la roca, no estaban. Se acercó y en su lugar descubrió dos monedas relucientes. Extrañado y muy ilusionados, cogió las monedas, las observó despacio y para sí se preguntó: “¿Quién habrá venido por aquí y ha comprado estos libros míos? Desde luego que tiene que ser culto y amigo de los libros. ¿Quién habrá sido?”

 

Y entró a su cueva, guardó las monedas en una repisa de la pared rocosa y se puso a escribir nuevos libros, sobre unas cuantas losas que a lo largo del día había ido recogiendo de los campos. A la mañana siguiente colocó estos libros en la roca junto al camino y se fue con las ovejas. Cuando volvió por la tarde, todo ilusionado por ver lo que hoy había ocurrido, se encontró una nueva sorpresa. Los libros que había dejado en la roca, no estaban y, en su lugar, sí tres monedas de oro. Más extrañado y contento que el día anterior, se dijo: “Esto tiene que ser un milagro del cielo. Porque además, hasta parece que la persona que se lleva estos libros míos, le gusto lo que en ellos hay escrito. Porque si no fuera así ¿Por qué iba a llevárselo y por qué dejar monedas a cambio? Ciertamente que me gustaría saberlo”.

 

Y al tercer día, a primera hora de la mañana, volvió a colocar algunas losas con versos que se le habían ocurrido. Y en lugar de irse con las ovejas, se quedó allí mismo. No dentro de la cueva sino oculto en unos lentiscos que había al lado de arriba. Se dijo: “Si hoy vuelve por aquí la princesa que se lleva mis libros, quiero verla. Quizás la salude para preguntarle por qué hace esto o puede que no le diga nada. Ya veré. Pero lo que sí haré será darle las gracias”. Y estaba en estas reflexiones, mirando para las profundidades del río y con otro ojo puesto en la senda que asomaba cauce arriba, cuando vio el caballo. Blanco reluciente y montado por una joven muchacha, con la cara tapada pero ataviada por un hermoso traje de seda. Se quedó sorprendido al descubrir la figura del caballo y la de la joven y retuvo el aliento esperando que se acercara un poco más.

 

No tardó en hacerlo. Paró el caballo justo mismo a la altura de los libros en las losas, se apeó del equino, descolgó una pequeña bolsa de cuero color verde muy parecido a la tela con la que, tiempos atrás, había él encuadernado el libro de poemas de la princesa. Abrió esta bolsa, sacó unas monedas, las puso en el suelo, cogió los libros que el joven había dejado sobre la roca, los guardó en unas alforjas, también de tela oro muy bonita, montó en su caballo, dio media vuelta y lentamente y lentamente se alejó por la senda río abajo, como en dirección a la Alhambra. Desde su escondite, el joven reflexionó y se dijo: “Es mucho más que un milagro lo que mis ojos han visto. Y su belleza es la más fresca y pura que mi corazón haya soñado. ¿Quién será ella y por qué se lleva estos libros míos y deja aquí estas monedas?”

 

Salió de su escondite, recogió las monedas, las guardó en la cueva y sin perder tiempo, porque ahora si corazón y alma están llenos de luz, se dirigió al río. A un punto muy concreto que él conocía y por eso sabía bien que ahí había buenos trozos de piedras de pizarra que servía perfectamente para escribir sus libros. De aquí y de allá, se puso a recoger las pequeñas losas que necesitaba y las iba dejando junto a la corriente de las aguas para después pulirlas un poco y lavarlas. Y mientras hacía estos trabajos, notaba que más que ningún otro día, el corazón le ardía. No dejaba de pensar en la joven, en la belleza de su cara y en la luz que desprendía su figura. Se decía: “Es como si hubiera traído por aquí una vida nueva, llena de luz y ternura. Hoy tengo que escribir para ella el más sentido poema que nunca hasta hoy se haya escrito”.

 

Al caer la tarde, cuando ya junto con sus padre, recogían el rebaño de ovejas hacia la majada por detrás del cortijo, llevaba con él cuatro o cinco losas de las encontradas en el río. En ellas se puso a escribir, antes de que el sol se pusiera y al día siguiente las dejó junto a la senda. No se quedó vigilando porque el padre lo necesitaba para unos trabajos pero al volver por la noche, comprobó que todo había transcurrido como los días anteriores. Por eso, aquella noche y pensando en la bella joven, a la luz de la lumbre en su cueva, escribió más poemas en sus libros de piedra. Sin parar a lo largo de toda la noche porque los sentimientos se le desbordaban y las ideas les hervían en su mente y corazón. No podía apartar de sus recuerdos la fantástica imagen de la joven y su caballo blanco y no podía dejar de pensar en la princesa de los poemas de la Alhambra.

El terremoto -V

               Al llegar el nuevo día, otra vez colocó sus libros de piedra junto a la vereda. Y en esta ocasión, las que tenían escritos un par de poemas, las puso en el sitio más visible y cercano del camino. Se dijo: “Por si hoy, la misteriosa joven de nuevo viene, que vea primero estos libros y que se los lleve con ella. Me gustaría mucho que leyera y guardara, como algo muy importante, estos bonitos versos míos. Porque ahora mismo siento que si los lee y guarda ella, estos escritos míos tendrán gran sentido y me llenarán siempre. Como si fuera lo más importante y mejor que me haya ocurrido en la vida. O mejor aún: como si ella y su presencia por aquí, llenara de sentido no solo estos campos, río y mi pequeña cueva si no también, lo que sueño, hago y lo que escribo.

 

               Sobre la roca dejó sus libros de piedra, miró para el río y para la solana de enfrente. Y como vio que el rebaño de ovejas ya pastaban por esas tierras, caminó un poco por la senda hacia las aguas. No dirección a Granada sino como si fuera al encuentro del largo charco que en lo hondo y por debajo de su cueva, se remansaba. Porque era por aquí por donde las rocas del gran tajo, dejaban ver y se podían coger con facilidad, las pequeñas lajas de pizarras que él usaba para escribir sus libros. Esta mañana tenía necesidad de encontrar y pulir unas cuantas piedras más. Para seguir escribiendo todo lo que en ese momento necesitaba. Por eso, con mucha ilusión, se puso a buscar por la inclinada pared de pizarra y enseguida encontró varios trozos piezas en forma de losas finas y no muy grandes, que le gustaron mucho. Era exactamente lo que buscaba y necesitaba.

 

               Y estaba entusiasmado, un poco subido en un escalón del acantilado, cuando sitió el relincho de un caballo. Por la parte alta que era por donde ahora le quedaba su cueva e iba la senda. Miró y vio al animal y, a la joven de los días anteriores, montada en él. Se dijo: “De nuevo hoy viene. ¿Será o no mi amiga la princesa de la Alhambra?” Y quiso disponerse para bajar de la pared rocosa y ponerse en un punto donde ella lo viera a fin de llamarla cuando, justo en este momento, se oyó un extraño, ronco y profundo ruido. Notó que la montaña se movía y vio que de la ladera, se desprendían las rocas y caían rodando para el río y a las aguas del charco. Siguió mirando para donde el caballo con la joven y descubrió que el animal, se alzaba de manos, lanzó varios relinchos, se fue para la derecha y cayó al suelo. Con él también cayó el cuerpo de la joven y como la tierra temblaba mientras el ronco ruido seguía resonando, caballo y joven, rodaron.

 

               Al principio solo unas vueltas por el rellano de la puerta de la cueva pero luego, cayeron por el precipicio entre las piedras, tierra y árboles que a chorros se precipitaban para el río. Al ver a la joven caer, con los brazos abiertos y gritando, su instinto natural, fu correr como si pretendiera cogerla antes de que se aplastara contra la grava del río y quedara sepultada. Pero la montaña entera seguía temblando y por el profundo tajo, caían a chorros, piedras, tierra, monte y la joven con su caballo. Le dio a él tiempo ponerse justo debajo de la avalancha de rocas y tierra donde pretendía salvar a la joven. Pero cuando la avalancha comenzó a llegar al río, en un abrir y cerrar de ojos, lo dejó sepultado. Junto con las losas de sus libros, el caballo blanco y la misteriosa muchacha que pretendía salvar.

 

               El largo charco del río, se desbordó y una gran ola cayó sobre la tierra y rocas y la joven y el pastor. Y también en un abrir y cerrar de ojos, la corriente del río se llevó por delante todo lo que a su paso encontraba. Seguía temblando la montaña y, por las laderas, rocas y monte, rodando. Pero ellos ya en estos momentos, nada sentían. Sí en la casa sobre la roca y ahora vivienda del pastor, la madre echó de menos al hijo y lo llamó y salió a buscarlo. También el padre que, olvidándose del rebaño de ovejas y de las laderas de los acebuches, con su mujer se fueron para donde la cueva en la roca. No pudieron llegar porque toda la senda había desaparecido, una gran parte de la ladera y la cueva se veía, desde lejos, por completo hundida.

- Si nuestro hijo estaba dentro, ahí ha quedado sepultado.

Comentó la madre. Y dijo el padre:

- Quiera Dios que no haya ocurrido esto.

 

               En la Alhambra, los padres también echaron de menos a la princesa y al dejar de temblar la tierra, ordenaron que fueran a buscarla. Nadie la encontró por ningún sitio ni nadie supo en aquellos momentos que el río se la había tragado. También al joven artesano, con los sueños de su corazón, su amor secreto y sus libros de piedra, escritos y por escribir. Pasó el tiempo y nadie supo nada de estos dos jóvenes pero sí desde aquellos días del terremoto, los que siguieron y muchos años después y aun hoy, cuando las personas contemplan las aguas del río Darro o las del Genil, muchas veces comentan:

- Son tan claras, reflejan tanta luz y misterio que parecen que fueran versos líquidos. Como si todos los poemas del mundo y la más fresca belleza, estuvieran concentrados en estas aguas.

              

 

               Los poemas -VI

               Cuando los reyes de la Alhambra, padres de la princesa poeta, subieron a los aposentos de la joven, quedaron sorprendidos. Todas las salas de lo que habían sido las habitaciones de la princesa, relucían limpias y claras y con destellos de colores. Azules, verdes, rosa, oro nuevo y aire transparente. Y ellos, al recorrer y ver estas bellas salas, decoradas con telas de seda y mármoles blancos, se entristecieron con el recuerdo de la hija ahora ausente. Pero, armándose de valor, fueron observando y tocando cada una de las cosas que la joven en sus habitaciones tenía. Y al llegar a una pequeña arca de madera noble decorada con piedras preciosas, la abrieron. Dentro encontraron el libro de poemas que el artesano pastor le había encuadernado. Y en el fondo de este mueble, descubrieron algunas losas de pizarra.

 

               Preguntó el rey a la reina:

- ¿Qué será esto?

- Algún recuerdo que ella guardaba.

Cogieron las losas y al ver las letras escritas sobre ellas, leyeron despacio. Y tanto la reina como el rey, se asombraron de la belleza de los versos que en las lajas de pizarra aparecían escritos. Abrió luego el rey el libro de poemas de la princesa y, en voz alta, leyó algunos de sus versos. La reina dijo:

- Sin duda que nuestra hija tenía alma de poeta y era amante de lo bello.

- ¡Y qué cosas más hermosas escribía ella!

Confirmó el rey. Y a continuación siguió expresando:

- Guardaremos estas losas de pizarra y el libro de poemas de nuestra hija para que se mantenga siempre vivo su recuerdo, ahora y en las generaciones venideras.

 

               Y yo, dando hoy por terminada esta tan original y hermosa historia, pongo aquí ahora, solo un par de aquellos poemas. Uno entresacado del libro de la princesa y otro, escogido de entre las losas que el artesano pastor escribió. Y esto, para que de alguna manera, se conozcan las cosas que escribieron aquellos dos jóvenes enamorados uno del otro y de la lluvia, los ríos y las flores y de los sueños de sus corazones.

 

 

 

Un poema del libro de

poesías de la princesa

 

En abril, la lluvia cae

dulce, cristalina y mansa

sobre las rosas del jardín

y las acequias de la Alhambra.

Huele a primavera el aire

de las limpísima mañana

que llega desde las cumbres

de la nieves blancas

y la lluvia sigue cayendo

besando dulce mi alma

mientras te recuerdo

desde mi torre encerrada.

 

Un poema de los que escribió

el pastor en las piedras

              

Qué bien que en la tarde llueva

y que se llenen los campos

de aromas de hierba fresca,

qué bien que la lluvia caiga

como en fino rocío de perlas

y que por el río se vaya

el agua que a ti me lleva,

qué bien que sea tan profunda,

tan misteriosa y tan bella,

la lluvia sobre estos campos

y en mi alma tu presencia

y que la tarde y su aroma,

el silencio y la fresca hierba,

me permita soñar contigo

y en el sueño que tú sueñas.

 

                                     

Diamantes del río Darro

 

                                            Diamantes líquidos, azul claro

son las cantarinas aguas

que van por el Darro,

desde la nieve en las montañas,

para quedarse sembrados

en los jardines de la Alhambra.

 

               En aquellos tiempos, además de muchos huertecillos, veredas y algunas alamedas, junto a las aguas del río Darro, había molinos. Construcciones, algunas pequeñas y otras no tanto, levantadas en las mismas orillas de las aguas y casi siempre por dentro, llenas de vida. Olían a trigo granado y convertido en harina blanca y, en otros momentos del día, a pan recién hecho con sabor a gloria. Y todo sazonado con el run, run continuo de la piedra de granito machacando el trigo y el chapoteo de las aguas pasando y pasando.

 

               Casi todos estos molinos estaban ocupados, en sus momentos de trabajo, por hombres sencillos, muy pobres algunos, delgados o recios pero todos buenos. Ilusionados con su trabajo y felices por vivir cerca de las aguas de este río y orgullosos de las tierrecillas de sus huertos y de la figura de la Alhambra, siempre sobre la colina como vigilando o dando compañía. A primera hora de las mañanas, algunos comentaban con sus compañeros:

- Este molino nuestro, será viejo, pequeño y poca cosa pero hay que ver qué hermoso se ve junto a este río.

- Y que lo digas. Este pequeño molino nuestro, el de más arriba y el de más abajo, es como si fuera la mejor decoración del río. El Darro, el río de la Alhambra, no sería lo que es sin nuestros molinos.

- Y de sus aguas claras, sustancia fina de las montañas ¿qué me dices?

 

               Y el compañero y el que trabaja en el otro molino de abajo y en el de arriba, siempre respondían:

- Que son diamantes líquidos las aguas del río que mueven nuestros molinos.

Y esto lo decían porque continuamente el agua del Darro parecía nieve recién derretida. Y cuando más se veía este bellísimo espectáculo, era por las tardes, un poco antes de ponerse el sol. Si se miraba al río un poco alzado en las laderas que tiene a un lado y otro, siempre se veían los viejos molinos decorando junto a la corriente. Y siempre de estos molinos, emergían como pequeñas torres de piedra, algo parecidas a las torres de la Alhambra. Y como al darles los rayos del sol de las tardes, las aguas relucían con tonos de diamantes líquidos, ellos decían y creían que sí: Que las aguas del río Darro, eran esencias de diamantes líquidos que bajaban de las montañas a mover las piedras de sus molinos.  

 

Los silencios del río de la Alhambra

 

                                            El río que corre cristalino

                              rozando las murallas de la Alhambra

                              entre álamos y zarzas escondido,

                              es espejo y abriga en su alma,

                              los silencios y secretos más bonitos.

                              ¡Cuánto saben y proclaman las aguas

                              de este bellísimo y transparente río,

                              ruiseñor enamorado de Granada!

              

              Con frecuencia se le veía por las orillas del río Darro. Siguiendo el trazado de las sendillas que por esos lugares iban, en busca de su “rincón pequeño”. Porque con este nombre era como él siempre llamaba al solitario balcón frente al río. Pequeña repisa natural, alzada en una de las laderas, umbría o solana de la Alhambra y donde reinaba siempre un gran silencio. Tanto que hasta parecía que ni siquiera el tiempo por allí pasaba y las personas, tampoco. Solo él, cuando cada tarde llegaba, se acomodaba en lo más alto, siempre donde la hierba se extendía en alfombra, no lejos del viejo almez y alzado en la ladera.

 

               Y en este punto concreto, mirando al río, sumido en hondo silencio y quietud, se quedaba, a veces horas y horas. Muy pocos lo veían aunque sí muchos lo conocían. Vivía en las partes bajas del barrio del Albaicín, no lejos de la Alhambra y por eso estaba enamorado, no tanto del gran castillo como sí del río Darro, amigo inseparable de estas torres y murallas. Las aguas de este río, su rumor al saltar por la corriente, sus silencios remansados en los charcos y la luz que siempre con la corriente jugueteaba, era lo que a él más le divertía y alimentaba. Solo de vez en cuando, algún conocido se le acercaba, cuando lo veía recogido en el mirador de su rincón pequeño y comentaba:

- Debe ser algo muy grande lo que cada día descubres tú en las aguas de este río.  

- ¿Por qué lo dices?

- Tanto rato aquí sentado, un día y otro y siempre frente a estas agua y como ajeno a cuanto te rodea, es por algo que los demás no sabemos ni adivinamos.

Y en alguna ocasión él les respondía:

- Es mi secreto personal pero sí que me alimento y me sacio de algo que nadie ni nada puede darme por ningún lado en este suelo.

 

               Y a veces, en aquellos momentos o cuando la tarde caía y el sol se iba apagando, aparecía la niña. De pelo negro, cara redonda y cuerpo menudo y frágil como un soplo de viento. Él siempre se le quedaba mirando y esperaba. Ella, un día y otro y casi siempre por las tardes, se paraba en un punto concreto del río. Donde las aguas se remansan y parecen más puras que en ningún otro punto, miraba para el lado de la Alhambra en lo más alto de la colina y la llamaba:

- Mamá, asómate a la ventana que quiero decirte algo.

Y nadie se asomaba. Ni a la ventana ni a la puerta ni a ningún otro lado. Pero ella, después de un rato, esperando una respuesta, otra vez la llamaba:

- Mamá ¿dónde te has metido?

Y pasado otro buen rato sin que nadie apareciera ni contestara, la pequeña daba media vuelta, en silencio subía por la torrentera y cabizbaja se iba a su cueva, meditando nadie sabía qué.

 

               Tampoco nadie parecía verla ni saber quién era ni lo que en su corazón palpitaba. Pero él, desde el balcón pequeño alzado en la ladera y frente al río, sí la observaba en silencio. Y a veces se preguntaba: “¿Quién será esta niña y por qué tantas veces viene a este río en busca de la madre que nunca se presenta?” Y como nadie tampoco respondía a esta pregunta, allí, en su silencio, frente a las cristalinas aguas del río, seguía quieto. Como ajeno por completo al mundo que le rodeaba aunque sí parecía alimentarse de las purísimas aguas de la corriente.

 

               A sus espaldas, también siempre silenciosas y muy hermosas sobre la colina, emergían las torres y murallas de la Alhambra. Como mirando con él irse las aguas del río y como meditando y diluyéndose en el silencio y los imperceptibles pasos del tiempo. ¿Quién era él y la pequeña del río que tanto necesitaba de la madre que nunca parecía? ¿Qué misterios o secretos eran los que en el corazón de uno y otro, palpitaban y por qué la Alhambra sí parecía conocerlos y arroparlos desde su eternidad clavada? También yo sé dónde está y como es exactamente el rincón donde cada tarde se sentaba frente al río y abrazado por el más limpio de los silencios. Conozco el sitio que en forma de balcón se eleva cerca del río Darro pero no voy a descubrirlo. Ahora sé que el lugar, tiene algo de sagrado porque pertenece al universo de lo eterno y por eso nadie debe nunca mancharlo. Le pertenece, y también al río, como algo único y para siempre, ya que fue y sigue siendo su especial trocito de cielo.

 

Las torres de la Alhambra

 

               Ahora es conocido con el nombre de Jesús del Valle. De mismo modo en que fue bautizado varios siglos atrás. Pero antes, cuando en la Alhambra había reyes, príncipes y princesas, a este lugar se le conocía con el nombre de “El Valle de la Luz”. Y tiene sentido este primer nombre y el segundo que le pusieron.

 

               Porque el rincón sí es exactamente un valle. Todo un pequeño paraíso, más o menos a la mitad del recorrido del río Darro. A unos siete u ocho kilómetros del nacimiento de este río y casi a la misma distancia donde el cauce se entrega al río Genil, es donde se encuentra el valle que digo. Justo donde el río traza una amplia curva, obligado por una cuerda montañosa que nace justo donde la Alhambra se asienta. Esta gran colina, larga y muy robusta, es conocida con varios nombres: por donde la Alhambra, se le da el nombre de la Sabika, algo más arriba, el lugar muchos lo llaman Cerro del Sol, aunque sean los aledaños de este gran cerro, Luego, Dehesa del Generalife y llanos de la Perdiz. Y a la altura del valle que vengo diciendo, es donde encaja perfectamente el nombre del Cerro del Sol. Cumbre con 1036 metros de altura y verdadero Cerro del Sol porque es el punto más elevado. Por aquí, crecían y aun crecen, densos bosques de encinas, cornicabras, retamas, muchas aulagas y en las partes bajas, olivos y avellanos. Ya en los primeros tiempos de este edén, cuando era conocido como Valle de la Luz por lo bien iluminado que siempre está gracia al brillante sol que en muchos momento lo baña, sembraban por aquí muchos olivos. También viñas y avellanos. Y dicen que las avellanas que se han dado siempre en este bellísimo lugar, eran las mejores de todo el reino de Granada. Lo mismo dicen de las uvas y el vino que salía de la viña que aun hoy en día puede verse no lejos del río. También en tiempos lejanos, en las tierras de este valle y en las laderas que a un lado y otro lo encierran, se daban muy buenas cosechas de cereales: trigo, cebada, centeno, avena…

 

               Porque el Valle de la Luz, además de una belleza excepcional, desde tiempos remotos, ha tenido mucha agua y muy buenas tierras. Pero sobre todo, sol y agua en abundancia, pura y fina porque el manantial donde brotan, se abre en la montaña bajo una roca. Y precisamente por esta abundancia de agua y buenas tierras es por lo que, desde tiempos lejanos, en el lugar siempre hubo grupos de personas. Al principio del siglo quince, en la construcción y existencia de un gran cortijo hoy conocido con el nombre de Hacienda de Jesús del Valle. Un gran complejo, recio, ampuloso y de alguna manera, bello.

 

               Pero mucho antes de la Hacienda de Jesús del Valle, era importante un pequeño cortijillo en las tierras de este singular paraíso. Bueno, había más de una construcción ocupadas por algunas familias pero una en concreto es lo que interesa en este relato. Se alzaba, no lejos de la corriente del río. Sobre una llanura cara al sol de la mañana y, por lo tanto, mirando a Sierra Nevada y a un lado y otro, las tierras estaban sembradas de viñas y olivos. Blanco, rectangular, rodeado también de álamos y avellanos y con su corral al lado de arriba, para ovejas y cabras. Por el lado de abajo y hacia el río, se veía la senda que llevaba al gran charco. Remansado en la arena, entre algunas piedras y a la sombra de un par de almeces. Aquí era donde la madre muchas veces acudía para lavar la ropa de los hijos y del marido.  

 

Y los dos hermanos, de entre diez y doce años, muchas veces también se venían con la madre cuando ésta lavaba en el río. Jugaban ellos con la corriente de las aguas, juntaban piedrecitas de distintos colores y tamaños, buscaban nidos de ruiseñores, recogían frutos silvestres, moras, avellanas, bellotas, majoletas, selvas, azufaifas, acerolas… Y luego decían a la madre:

- Por las aguas de este río de la Alhambra, un día flotaremos un barco construido por nosotros y nos iremos navegando hasta Granada.

- Eso será muy divertido y una gran aventura pero ¿y si os perdéis navegando río abajo hacia la Alhambra?

- No nos perderemos porque, según nos ha dicho nuestro padre, la Alhambra tiene muchas torres que se ven desde gran distancia. Iremos atentos a estas torres y nos servirán de guía.

 

               Y para ir conociendo las torres de la Alhambra, muchas veces ellos se iban con el padre, cuando éste labraba la viña o los olivos, por el lado de arriba del cortijo. Y en estas ocasiones, era el hermano el que siempre decía a la pequeña:

- Subamos a ese cerro a ver si desde lo más alto, divisamos las torres de la Alhambra.

Y por el campo, pisando la hierba y siguiendo las veredas de las ovejas, se iban al cerro. Desde lo más alto, miraban y como no descubrían ni la Alhambra ni sus torres, se decían:

- Pues mañana subimos a ese otro cerro más alto, que desde ahí seguro que sí vemos las torres que buscamos.

Y al día siguiente, mientras el padre labraba las tierras de la viña y la madre lavaba en las aguas del río Darro, ellos remontaban otro cerro. Desde este monte, como sí era muy alto, descubrían algunas de las torres. Y entonces se entusiasmaban y se decían:

- Pues mañana subimos al monte de aquel lado del río, que desde allí se tiene que ver mucho más.

 

               Y otra vez de nuevo al día siguiente y al otro, al cuarto y quinto día, subían a un monte y otro para descubrir las torres de la Alhambra. Hasta que llegó un momento que ya habían subido a todo los cerros que el río Darro tiene por donde las tierras de Jesús del Valle. Y como ellos fueron descubriendo que todos estos cerros eran más altos que las torres de la Alhambra, se le fue ocurriendo una nueva idea. Comenzaron a darle nombres a cada uno de estos cerros y comenzaron a buscar de qué manera conectarlos con las torres que soñaban. Hasta que un día descubrieron que subiéndose a lo más alto del cerro más elevado, el de los olivares al otro lado del río, desde su cumbre, se veían cinco o seis montes muy altos y todos parecían estar en línea recta con las torres de la Alhambra. Éstas se divisaban al final del todo, muy lejos y por donde el río Darro se perdía.

 

               Y una tarde, estando ellos en lo más alto de este monte, frente a la puesta del sol y con las torres de la Alhambra al fondo recortadas y todas alineadas con los cerros que conocían, la hermana pequeña dijo:

- ¿Y si en lugar de construir un barco para irnos por las aguas del río, un día damos un salto y desde estas cumbres salimos volando hasta las torres de ese gran palacio?

 

El más bello mirador de la Alhambra

 

               Vivía en la torre más bonita y alta. Desde donde se veía no solo la amplia Vega de Granada, todo el barrio del Albaicín y cuenca del río Darro, sino también las cumbres de Sierra Nevada y valles y laderas del Genil. Y disfrutaba él, cada día contemplando desde su torre, estos fantásticos paisajes, las salidas y puestas del sol y las nieves blancas de las altas cumbres. Pero con frecuencia les decía a sus amigos:

- Aunque esta torre mía y sus ventanas, son un mirador único, no es lo que a mí de verdad me gustaría.

- Pues hombre, mayor fantasía que tu recia torre, sus ventanas y los paisajes que desde aquí se ven, es imposible encontrarlo en Granada.

- En algún lugar del mundo y puede que no lejos de aquí, tiene que existir lo que sueño y deseo cada día.

- Pues cuando lo encuentres, nos lo dices y nos lo enseñas.

 

               Y desde aquel día, cada mañana a primera hora, montaba en su caballo blanco, le abrían las puertas de las murallas de la Alhambra y lento se dirigía hacia las montañas de Sierra Nevada. Llevaba siempre con él, además de su caballo, unas alforjas de cuero llenas de monedas de oro y algunas cosas para comer al media día. Por las orillas del río Genil y otras veces por las montañas y campo a través, trotaba y, de vez en cuando, se paraba. Miraba para atrás, buscando la figura de la Alhambra y luego extendía sus miradas por la ancha vega de los ríos y para las blancas cumbres de Sierra Nevada. Y una vez y otra se decía: “Este lugar es bonito pero no me deja satisfecho. Lo que sueño y quiero tiene que ser fantásticamente bello y único. Quiero que tenga mucha hierba, abundante agua clara, la luz más brillante del mundo, los colores más puros y la vista más reluciente que se pueda observar de la Alhambra y de Granada. Y también quiero que tenga silencio, música de cascadas, perfume de flores frescas y, sobre todo, libertad auténtica y sin mancha”.

 

               Y uno de aquellos días, al llegar a un valle muy recogido, se encontró con un pastor de ovejas. Cerca de él paró su caballo y le preguntó:

- ¿Conoces tú algún lugar por estas montañas, que tenga mucha hierba, abundante agua clara y tierras buenas?

- Sí que lo conozco, señor.

- ¿Me lo enseñas?

- No está lejos de aquí. Sígame usted y se lo muestro.

Caminaron un trecho siguiendo la senda del arroyuelo, el pastor delante y él detrás montado en su caballo y al poco salieron a un claro del bosque. Se paró el pastor y alzando sus brazos dirección a las cumbres de Sierra Nevada, aclaró:

- Este es el lugar que le he dicho. Mire usted despacio y diga si le gusta o no es esto lo que viene buscando.

Miró despacio desde lo alto de su caballo y al rato confesó:

- Sí, esto es lo que yo siempre he soñado. ¿Tú quieres ayudarme?

- ¿En qué necesita usted ayuda?

 

               Despacio y con detalles, le contó al pastor el sueño de su proyecto y al final le dijo:

- Te nombraré encargado y director general de esta obra mía y te daré todo el oro que necesites si me ayudas y consigues llevar a cado el sueño que te he contado.

Y el pastor respondió:

- Yo le ayudo a usted pero con dos condiciones.

- ¿Qué dos condiciones?

- Que me deje libertad para hacer las cosas a mi manera y que usted no vea nada de esta obra hasta que todo esté terminado. Hasta que yo se lo diga y en el momento concreto.

- Estoy de acuerdo contigo. ¿Cuándo empezamos?

- Cuando usted quiera.

- Pues ahora mismo. Estas alforjas que traigo aquí, las tengo llenas de monedas de oro. Desde este mismo momento son tuyas. Para que compres y pagues todo lo que necesites, con toda la libertad que me has pedido. Volveré por aquí y te traeré las alforjas llenas de monedas de oro cada día y no me entremeteré en nada de lo que digas o hagas. Eres libre como el aire de estas montañas y confío en ti plenamente. ¿Qué más necesitas?

- Quizás me sobre todo este gran tesoro que me entrega y, por eso ahora mismo, ya no necesito nada más. Pero por si acaso y ahora al principio, usted traiga todo el oro que tenga y pueda.

 

               Se bajó de su caballo, descargó la alforja llenas de monedas, se la dio al pastor y luego miró valle arriba y dijo:

- Este río de agua clara, esas laderas tupidas de bosque y de hierba fresca, las tierras que miran al sol de la mañana y aquellas cumbres tan bonitas y blancas, es lo que siempre he soñado. El lugar y mirador más bello de Granada, no lejos de la Alhambra y desde donde podré ver el mejor y más amplio espectáculo. Me gusta este sitio. Creo que no hay otro en ninguna parte del mundo desde donde disfrutar de la visión de la Alhambra, de su entorno y de todo el reino de Granada. Ponte ahora mismo mano a la obra y no tengas prisa ni tampoco te preocupes por el dinero. En tus manos pongo mi gran sueño.

 

               Dejó las alforjas llenas de monedas de oro a los pies del pastor, lo despidió y regresó a la Alhambra. Y el pastor, en una profunda cueva que se abría en la roca cerca de la corriente del río y que él conocía muy bien, entró y guardó las monedas. En un rincón de la gran sala que la cueva tenía, según se entraba a la derecha. Salió luego, buscó a sus amigos y conocidos y les dijo:

- Tengo que ausentarme por unos días. Cuidad de mi rebaño de ovejas y cuando vuelva os lo pagaré. Y también compartiré con vosotros un milagro del cielo que ha ocurrido hoy por el Valle de la Luz.

- Pues ve tranquilo y regresa cuando puedas. Y despacio, luego también nos cuentas qué milagro es el que ha ocurrido hoy por ese lugar de las montañas.

 

               Se ausentó el pastor y aquella misma tarde, habló con el dueño de las tierras del Valle de la Luz y se las compró. Habló luego con muchas familias que conocía en el barrio del Albaicín y del Realejo y a todos les dijo:

- Desde ahora, tenéis casa, tierras para cultivar, agua clara en abundancia y toda la libertad que siempre habéis soñado. Para vivir feliz y todo completamente gratis.

- ¿Dónde es eso y qué tenemos que hacer para conseguirlo?

Preguntaron incrédulas las familias. El pastor les explicó su proyecto y al día siguiente, muchas familias se presentaron en el Valle de la Luz.

 

               Por encima de la cueva donde el pastor había guardado el oro, en una pequeña llanura cerca de la cascada, reunió a todas las familias que iban llegando. Se puso frente a ellos, sobre una alta roca y les dijo:

- A todo el que quiera, le regalo ahora mismo un buen trozo de tierra de las mejores de este valle. Por esa gran ladera frente al sol y en lo más alto de las cumbres y por las partes bajas y junto al río de aguas claras.

Y enseguida algunos preguntaron:

- ¿Y qué tendremos que darte nosotros a cambio de tu regalo?

- Absolutamente nada. Pero sí que es un regalo con algunas condiciones.

- ¿Qué condiciones?

- Solo tres, muy sencillas y fáciles de cumplir.

- ¿Cuáles son?

- Que cultivéis con esmero cada uno de los trozos de tierra de este rincón, respetando al máximo la naturaleza. Que cada uno de vosotros se construya una bonita casa de paredes blancas en la ladera de enfrente de las tierras de cultivo y que en vuestros ratos libres, me echéis una mano en la obra que tengo que construir.

Un poco desconcertados estaban los allí presentes aunque satisfechos con las condiciones que les ponía el pastor. Por eso varios preguntaron:

- ¿Y qué obra es la que tienes que construir?

- Una muy grande, de cal, arena y piedras en lo más altos de la montaña que forma este valle. Y como será tan grande, ha de ser única tanto en Granada como en el mundo entero.

 

               Y las familias, después de hablar mucho entre ellos y reflexionar sobre los pros y contras, dijeron:

- Estamos de acuerdo en las condiciones que nos pides. ¿Cuándo tomamos posesión de las tierras?

- Desde hoy mismo, en este instante, os podéis poner mano a la obra. Entre vosotros poneros de acuerdo y hacer las cosas como más os guste, teniendo en cuenta solamente las tres condiciones que os he dicho.

- Pues ahora mismo damos comienzo a esta fantástica aventura.

Dijeron todas las familias allí presentes. Y en aquel mismo instante se pusieron mano a la obra. Entre ellos se repartieron las tierras fértiles de la ladera del sol y las más cercanas a las aguas del río. En la ladera de enfrente, por encima de la cueva y en lo más alto, abrieron cimientos y comenzaron a construirse sus casas. Cada familia una y procurando que todas fueran más o menos iguales. Y por las riveras del río, se pusieron a sembrar árboles frutales: higueras, membrillos, ciruelos, cerezos, perales, parras…

              

               Cada mañana, el soñador de la Alhambra, seguía llegando al lugar montado en su caballo blanco. Saludaba al pastor, le entregaba algunas monedas de oro y luego preguntaba:

- ¿Cómo va la construcción de mis sueños?

- Va todo muy bien, señor.

- ¿Cuándo podré verla y disfrutarla?

- Tiene usted que esperar todavía bastante tiempo. Una obra como ésta es complicada y hay que dedicarle mucho esfuerzo.

- ¿Y ni siquiera puedo observarla desde lejos?

- Es una de las condiciones que pastamos. Hasta que todo esté terminado, usted no podrá contemplar el valle ni ver la obra que ahí levantamos.

 

               Despedía el hombre al pastor y luego, muchas veces, se quedaba allí, junto al río. Por debajo de la gran cascada, cerca del charco azul redondo, donde se bañaba, comía en solitario, siempre mirando para la Alhambra y siempre soñando con el mirador del Valle de la Luz. El pastor nunca lo molestaba ni tampoco las familias ya dueños del valle. Sus casas, según iba pasando el tiempo, emergían blancas sobre la ladera del sol y sus huertos, se llenaban de verdes frescos, de árboles cada vez más grandes, con muchas flores en primavera y cargados de los mejores frutos, en verano y en otoño. Así fue como, según corría el tiempo, meses, algunos años y más meses y semanas, la belleza del valle aumentaba.

 

               Hasta que un día, seis años después del primer encuentro con el pastor, éste una mañana le dijo al hombre soñador:

- Llega la primavera y por fin, la obra que para usted hemos estado construyendo, se encuentra terminada. Mañana por la mañana, usted puede entrar conmigo al valle y subir al mirador de sus sueños.

- Desde este momento, ya solo vivo esperando que amanezca mañana.

Dijo el hombre. Y al salir el sol al día siguiente, montado en su caballo, entraba por las veredas de las partes bajas del valle. Y al ver la ladera de la izquierda, toda repleta de huertos y tierras llenas de vegetación, se quedó sin aliento. Y más se sorprendió al ver la ladera de la derecha, por donde más de mil casas de paredes blancas y casi todas iguales, emergían como asomadas a las aguas del río. Y río arriba, los árboles y vegetación, llenaban de colores y sombras, todo el amplio valle. Dijo:

- De ningún modo podía yo imaginar que esto fuera tan bello y mágico. ¿Cómo lo has conseguido?

- Con el sudor de la frente y la bendición del cielo.

 

               Caminaron un buen trecho, el hombre sobre su caballo y el pastor delante y al llagar a la construcción, por encima de la cueva de las monedas, se bajó del caballo. Por un camino todo de piedra, subió guiado por el pastor y comenzaron a remontar hasta las partes más altas del valle. Y según iban subiendo, de vez en cuando se paraba y miraba para atrás. Al fondo, a lo lejos y cada vez con más claridad y fuerza, iban descubriendo las torres de la Alhambra, la ciudad de Granada, sus ríos y la Vega. Y según miraba exclamaba:

- Mucho más hermoso de lo que siempre yo había imaginado.

- Pues subamos un poco más y lleguemos al mirador.

 

               Siguieron caminando y cuando por fin alcanzaron la plataforma del mirador, todo de piedra tallada y mármoles blancos y verdes, el hombre se paró. Cerró los ojos, respiró profundo y luego poco a poco comenzó mirar. Cuando por fin sus ojos se abrieron por completo y pudo contemplar lo que desde el mirador se veía, se quedó todo quieto. No dijo nada, miró largamente en silencio y pasado un buen rato comentó:

- Este mirador, esas laderas tan verdes que caen hacia el río y aquel enjambre de casitas blancas como la nieve de Sierra Nevada, es el pórtico del paraíso. Nada, en ningún otro lugar del mundo, puede ser más bello.

Y entonces el pastor, abriendo un gran cofre que había colocado a la derecha del mirador, de madera tallada y decorado con pequeñas piedrecitas de cuarzo transparente, dijo al hombre soñador:

- Y aquí tiene usted todas las monedas de oro que me ha ido entregando desde el primer día. Solo algunas hemos necesitado pero luego fuimos recuperándolas poco a poco.

 

               Y aquel día, el hombre soñador, ya no regresó a su torre de la Alhambra. En el mirador del Valle de la Luz, se quedó a vivir con las familias y su amigo el pastor. Y aunque al día siguiente y los que vinieron después, fueron a buscarlo, no lo encontraron. Tampoco en aquellos días, nadie pudo descubrir el Valle de la Luz. Aun hoy en día nadie sabe dónde se encuentra este magnífico lugar. Pero cuando las nieblas cubren las laderas de las montañas de Sierra Nevada, sí algunos dicen que se vislumbra el valle, con su gran mirador en lo más alto, los huertos y las casas blancas en la ladera del sol. Y otros comentan:

- Si el Valle de la Luz, era el pórtico del paraíso, pertenece a la eternidad y por eso es lógico que siga existiendo. Pero para verlo, quizás sea necesario tener el corazón tan hermoso y puro como el de aquel pastor.

 

Desde el muro del río Darro

 

               Hoy se le ve muy bonito, con aspecto de antiguo, color piedra vieja y como mirador pequeñito frente al río. Aunque es un muro ancho, que sujeta el agua del cauce y al mismo tiempo sirve para definir y trazar el paseo de la Carrera del Darro y también como balcón frente a la umbría, murallas y torres de la Alhambra. Por eso, muchas de las personas que ahora van y vienen por aquí, se paran en este muro, se asoman al río, hacen fotos, contemplan las torres de la Alhambra, comentan y hasta se sientan a charlar con los amigos. Y claro que es interesante, íntimo y original este pequeño muro en el río Darro, a lo largo del paseo que he dicho.

 

               Pero en otros tiempos, hace muchos, muchos años, por donde hoy se alza este muro y se ven los puentes de piedra, ocurrieron y se vieron muchas e interesantes historias. A mí me han contado, sino todas gran parte de ellas. Y entre tantas historias y hechos interesantes, una leyenda es especialmente curiosa. Dicen que un hombre con dinero, con muchos amigos y algo de cultura, recibió el encargo de construir un puente en las aguas de este río. A la altura de lo que hoy conocemos como Puente de los Tableros o del Cadí. Y lo primero que hizo este hombre fue hablar con los jóvenes que por aquellos tiempos vivían en las partes bajas del barrio del Albaicín. Más o menos cerca del lugar de la construcción del puente. Los reunió junto a las aguas del río y les dijo:

- Vamos a construir un puente en este río, aquí mismo. Y, para mí, vosotros sois lo primero y más importante. Necesito de vuestro trabajo para que este puente sea una realidad. Pero de vosotros, lo primero que quiero y necesito es que os guste este trabajo, que forméis un equipo unido, que os respetéis entre sí y estéis alegres.

Y algunos enseguida preguntaron:

- ¿Y cómo va a tratarnos usted para conseguir eso?

- Os digo cuales van a ser mis condiciones y principios: solo trabajaréis algunas horas al día, os pagaré un buen sueldo y os daré comida y casa para que viváis cerca del río y no lejos del puente que vamos a construir. ¿Qué os parece mi oferta?

- Que es algo tan fantástico que hasta creemos que estemos soñando. ¿Cuándo empezamos?

- Mañana mismo.

 

               Y al día siguiente, dieron comienzo las obras. Abrieron cimientos, juntaron tablas, trajeron piedras y ladrillos y antes de que se pusiera el sol, dieron de mano. Se reunieron para comer, se refugiaron en el lugar donde iban a construir la casa para vivir durante el tiempo de la construcción del puente y, entre sí, muchos comentaron:

- Un trabajo como éste, donde se disfruta tanto y que entre nosotros haya tan buen ambiente, nunca se ha dado aquí en Granada. Yo estoy contento y soy feliz por completo.

- Y lo mismo dijo yo y me pasa a mí.

- Desde luego que todo es tan bonito que es mucho más que un sueño.

 

               Y poco tiempo después se vio el puente ya casi concluido. También se veía a este grupo de jóvenes, a veces trabajando y charlando entre ellos y otras veces, reunidos frente a las aguas del río, celebrando el momento de la comida o refugiados en la casa que construyeron para vivir. Y los que por el lugar pasaban, comentaban:

- Esta forma de hacer las cosas es la mejor de todas. Nunca antes se ha visto por aquí. Y por eso, cada día debemos ser más respetuosos y agradecidos con el arquitecto de esta obra.

 

               Y un día, pasado bastante tiempo, se terminó la construcción del puente. Dicen que el más bonito, importante y recio de todos los puentes que se han construido en el río Darro a su paso por Granada. Por eso al verlo, todos se quedaban maravillados y, los que más, fue aquel grupo de jóvenes trabajadores y amigos. Y aquel puente duró, muchos, muchos años pero como el tiempo siempre sigue su ritmo, poco a poco aquella obra se fue rompiendo. Tanto que hoy en día, ya no queda por aquí sino algunos restos muy viejos y cada vez más deteriorados. Las personas siguen pasando, yendo y viniendo por la orilla del río, hoy el paseo más bonito de Granada y de otros sitios. Y muchos, cada tarde o mañana, se paran en el pequeño muro frente al río y frente a la Alhambra. Hacen fotos a los restos que de aquel puente quedan, miran, preguntan y comentan pero nadie, absolutamente nadie ni recuerdan ni saben nada de aquel grupo jóvenes. También ellos, en sus ratos libres, miraban las aguas de este río y soñaban y preguntaban mientras entre sí, vivían y compartían momentos de ensueño.

 

La lluvia y la princesa

 

            Siempre tiene algo de misterio la lluvia en Granada. En otoño, en invierno y especialmente, en primavera. Y da igual desde qué lugar se observe. Desde el Albaicín, frente a la Alhambra, desde el río Darro, frente al Albaicín y a los bosques del Generalife y desde el Realejo y riveras del río Genil. Y también da igual en qué momento caiga. Por las noches, cuando en muchos rincones del Albaicín reina el silencio, por las mañanas, cuando la luz del sol brota desde Sierra Nevada, al medio día, cuando por las orillas de los ríos los mirlos cantan y por las tardes, cuando el sol comienza a irse allá por la Vega de Granada. Da igual la época del año, el día o la hora. Cuando la lluvia cae sobre Granada, siempre tiene algo de misterio y mucho, muchísimo de mágica.

           

            Y cuando la lluvia cae sobre y por entre los jardines de la Alhambra, todavía resulta más hermosa y alegra o entristece al corazón y al alma. Porque cuando la lluvia cae sobre Granada, los bosques de los ríos y las colinas que sostienen a la Alhambra, siempre el espíritu llora o sueña. Porque la lluvia siempre hiere, lava, regala versos, hondos momentos de melancolía y sueños fantásticos que elevan y sanan. Su rumor, siempre de melodías únicas, su transparencia blanca resbalando por los pétalos de las flores y quebrándose contra las torres de la Alhambra, su tono gris plata y la fragilidad con que se rompe y dulcemente lava… Todo en la lluvia es limpia poesía, embelesos misteriosos para el alma y recuerdos y alimento para el corazón que ama.

 

            Y ella, la pequeña princesa de la Alhambra, parecía conocer muchos de los misterios que la lluvia regala cuando en primavera cae. Desde su ventana en la torre más bonita de la Alhambra y hacia los valles del río Darro, parecía irse con el viento o el tiempo, mientras la lluvia caía y en silencio ella la contemplaba. Ni siquiera percibía el paso de las horas ni oía si alguien la llamaba. Pero sí, en muchos momentos, a veces cuando llovía, salía de su torre y en silencio cruzaba los salones de los palacios y sin pararse, se iba a los jardines de las rosas blancas. Los que también estaban repletos de jazmines y albercas y acequias plateadas. Y por aquí, como si gozara con las gotas de lluvia que caían o como si pretendiera hacerse amigas de todas ellas, a veces abría sus manos y dejaba que la lluvia se las llenara de perlas transparentes. Luego, cuando ya tenía un buen puñado, las derramaba todas sobre su cara y se decía: “Lluvia hermana, lávame el corazón y hazte amiga de mi sangre. Me gusta tu caricia blanda y la música tan fina que siempre de tus dedos mana. Lluvia purísima y más que hermana mía, gracias por la dicha que me regalas y por la vida que le regalas a las plantas”.

 

            Y a veces esta princesa, dicen que la más hermosa y romántica de todas las princesas que han vivido en la Alhambra, corría como loca y con los brazos abiertos, mientras cantaba y las gotas de lluvia la empapaba. Otras veces, por entre las flores del jardín, se sentaba y en silencio se quedaba mucho rato mirando a las aguas de las albercas. Le gustaba a ella, de una manera especial, contemplar en silencio las gotas de lluvia romperse sobre las superficies de las aguas. Sobre el cristal de las albercas por entre los jardines de la Alhambra y sobre las pequeñas olas que se formaban en las acequias que iban a los jardines y a las huertas. Algunas veces, desde la distancia o desde las ventanas de las torres en los palacios, los padres la observaban. Y, después de permitir y dejarla sola largor ratos, el rey salía fuera, se acercaba a la princesa y le preguntaba:

- ¿Qué es lo que encuentras tú en esta lluvia que cae que te gusta y embelesa tanto?

Y ella, sin pensarlo mucho, siempre le respondía:

- No hay cosa más bella y pura en este mundo que la lluvia que riega y empapa las flores de este jardín. Y si te quedas quieto y desde aquí conmigo miras para las torres que emergen desde los palacios, observa como nada hay más bello en este mundo que ver la lluvia caer. Lenta y con su música de cielo, lavando y besando cuanto encuentra a su paso.

Y el padre le decía:

- Tienes razón en lo que dices pero ¿por qué no contemplas esta lluvia desde las ventanas de tu torre en los palacios?

- Sentir la lluvia caer cobre mi cara y sentir su beso resbalando suave por mis mejillas, es lo más dulce y tierno para el corazón y el alma.

 

            Y a veces, el rey padre, se quedaba allí con la princesa y también se dejaba empapar de la lluvia. Otras veces, se volvía a los palacios y le decía a la reina:

- Esta hija nuestra, es la criatura más soñadora que nunca hubo en esta tierra.

- Soñar es bueno. Y que nuestra hija se enamore y juegue con la lluvia, es más bueno aun. No solo de pan deben alimentarse las personas.

Y al oír estas palabras de boca de la reina, el rey callaba, dejaba que la princesa siguiera jugando con la lluvia y meditaba.

 

            Estaba ya la primavera bastante avanzada y por eso los almendros se veían tupidos de verde. Los cerezos ya tenían sus frutos algo gordos y las rosas en los jardines de la Alhambra, se abrían en cantidades grandes. Se nubló el cielo una tarde y por la noche llovió mucho. Siguió lloviendo por la mañana y al caer la tarde y al día siguiente. Desde su ventana la princesa miró y miró en silencio la lluvia cayendo por el barrio del Albaicín y por todo el valle del río Darro y por la dehesa del Generalife y huertas reales. Escribió ella algunas cosas en su diario a lo largo de estos días de lluvia y al tercer día, salió a pasear por el jardín. Ya aquella tarde las nubes se habían alzado, el sol brillaba puro y todo el jardín de la Alhambra y bosques cercanos, olían puro y húmedo. Caminó ella despacio por entre las flores ya abiertas y lavadas por la lluvia y al llegar a una alberca, rectangular y grande, se paró frente a las aguas. Las miró durante un buen rato y luego se acercó al sauce de la derecha. De sus ramas bajas, cortó una delgada y de un metro poco más o menos de larga. Le quitó los tallos y las hojas, se acercó a la superficie del agua y con fuerza, deslizó la vara a lo largo de toda la superficie. Al instante vio ella que del agua de la alberca, saltaban pequeñas nubes de gotitas transparentes, se elevaron por el aire y luego comenzaron a caer en forma de lluvia. Algunas sobre la alberca y otras, sobre las plantas del jardín.

 

            Se aproximó un poco más a las aguas de la alberca, movió la vara de mimbre con algo más de fuerza, siguiendo la superficie líquida y de nuevo la pequeña nube de gotas cristalinas, se elevaron por el aire. Y comprobó ella que, en esta ocasión, algunas gotas fueron a caer sobre las mismas torres de la Alhambra. Esto le gustó y con más fuerza y ánimo, volvió a cimbrear la vara de mimbre. Y ahora, no una vez sino muchas veces seguidas y al instante vio como desde la alberca se alzaba una densa y ancha nube de gotas líquidas que se elevó por encima de las torres, cubriendo el valle del río Darro y todo el barrio del Albaicín. Y luego, poco a poco, comenzaron a caer como en forma de lluvia fina y suave que lavaba todo cuanto a su paso encontraba.

 

          Dentro de los palacios, el rey descubrió que la lluvia que caía, era mucha y mucho más limpia y bella que otras veces. Llamó a la reina para que ésta se lo dijera a la princesa y aunque la buscaron en su torre y por todos los recintos de los palacios, no la encontraron. Sí vieron que, desde la gran alberca del jardín, se alzaban nubes de lluvia que se abrían más y más y caían ya no solo sobre la Alhambra, río Darro y Albaicín sino sobre toda la ciudad de Granada. Siguieron buscando a la princesa y nadie la encontró por ningún sitio. Sí comprobaron que algunas horas después, de la alberca ya no brotaban nubes de gotas. Tampoco llovía sobre los palacios ni por el valle del río ni Albaicín ni Granada. Salió el sol, el día se llenó de luz y la primavera parecía brillar con tonos y luces especiales.

           

            Siguieron llamando y buscando a la princesa y nadie la encontró por ningún lado. Tampoco nadie supo, ni en aquellos momentos ni nunca, qué fue lo que pasó en la alberca del jardín ni con las nubes de gotitas que de la alberca brotaron. Pero sí desde aquel día y siempre que la lluvia cae sobre Granada, el barrio del Albaicín, río Darro, Alhambra y jardines, muchos dicen que tiene algo de mágica. Que el corazón se llena de melancolía y que el alma sueña y se eleva. Que uno, aunque no quiera, se embelesa contemplando la lluvia caer y que entran ganas de escribir versos, de llorar, en algunos momentos y de tener alas para volar e irse, no se sabe a dónde. Quizás a donde se fue aquella princesa que vivió en la Alhambra y era amiga de la lluvia. Y quizás también por eso, siempre tiene algo de mágica y es misteriosa y bella la lluvia en Granada. Como si tuviera y guardara en sí todos los secretos y maravillas del Universo, como si concentrara en cada una de sus gotas, todos los sueños que a lo largo de la vida sueña el alma o como si fuera espejo o mensajera del idílico paraíso que apetecemos cada día y cada mañana.

Recordando a un hombre bueno

 

               A lo largo de toda la noche, el padre había dormido plácidamente. Sumido en un sueño dulce y profundo donde hasta el corazón parecía latir sobre un mar de gozo. Y donde, a lo largo de toda la noche, todo su cuerpo había estado flotando en la luz más limpia y la paz más auténtica. Todo relajado, todo en armonía consigo mismo y cuanto existe, todo amigo y en dulzura con el aire y el silencio que le regalaba el universo y todo en paz con las personas que conocía y le rodeaban.

 

               Y al ir llegando el nuevo día, en su cama de madera y esparto, el padre se iba despertando. Del dulce sueño que a lo largo de la noche le había abrazado y se acomodaba a la dorada luz que el amanecer le regalaba. Y según se desperezaba, aun tumbado en su humilde cama de madera y esparto, meditaba algo y se decía: “Debo dar gracias al cielo por el abrazo tan amable con que en esta noche me ha premiado. Y debo agradecer también que me reconforte tan generosamente sin yo merecerlo, con esta paz y armonía tan real y buena. Cada día más, el cielo llena mi corazón de la sabiduría y riqueza que vale más que todo el oro del mundo. Porque ahora sé que no hay dicha como la mía ni paraíso más hermoso en este suelo”.

 

               Y, en cuanto terminó de levantarse, antes de que lo hicieran los tres hijos y la mujer, silencioso salió de la casa. Del pequeño y blanco cortijillo en las laderas de las montañas, no lejos de las nieves de Sierra Nevada y bastante cerca de las aguas del río. Salió a la puerta, respiró profundo el cálido vientecillo de la mañana, miró para las cumbres por donde ya el sol comenzaba a levantarse y al sentir la humedad y olores que de los campos manaba, el corazón se le ahogaba en gozo. El nuevo día, en su primer momento y con la luz aun todavía apareciendo, se presentaba sereno. Con una fina bruma alzándose desde el río, de las laderas de las montañas y de los prados tupidos de hierba. Y por entre este velo algo gris, azulado y blando como la seda, los primeros rayos del sol se desperezaban. Respiró aun más profundo, alzó sus brazos hacia el sol que iba apareciendo por encima de las cumbres de Sierra Nevada y otra vez se dijo: “Solo por el gozo de vivir un momento como éste, ya doy por bien empleados todos los días de mi vida. Un deleite como el que ahora mismo me regala el cielo, no tiene comparación con ninguna otra cosa en este suelo. Por eso debo agradecer a Dios que me regale y premie con estas tan dulces sensaciones y las maravillas que brotan de estos prados, ríos y montañas”.

 

Y, en aquellas primeras horas de aquel hermoso día de primavera, estaba él abstraído en su mundo interno, cuando los tres hijos se le acercaron y le dijeron:

- Por fin ya hoy nos marchamos de estas montañas a la ciudad que tanto hemos soñado y echamos en falta.

Y el padre les dijo:

- Pues que tengáis suerte, hijos míos y no olvidéis nunca lo que ya tantas veces os he dicho: que tanto en los pueblos como en las ciudades, la vida no siempre es tan bonita como desde lejos se sueña.

- Lo tendremos en cuenta, padre y algún día volveremos por estas tierras y cortijillo. Pero ahora, a partir de hoy mismo, van a cambiar mucho nuestras vidas, seremos libres y tendremos las cosas que tantos por allí tienen.

 

               Los tres hermanos, se despidieron de los padres y justo cuando daban sus primeros pasos por la senda hacia el río, el padre les dio el último consejo:

- Y ya sabéis, en cuanto lleguéis a Granada, id primero a la Alhambra y preguntar por el amigo mío que os he dicho. Es el hombre más bueno que hasta hoy he conocido y, en la Alhambra, esto lo saben mucho y el rey, el primero. Estoy seguro que en cuanto os presentéis a él y le digáis que sois mis hijos, os ayudará en todo lo que pueda. A lo largo del tiempo que yo lo he conocido, mil veces vi que nunca dejó a nadie sin su ayuda, cuando la necesitaban o se lo pedían. Y con quien mejor siempre se ha comportado, ha sido con los más desfavorecidos.

Y el hijo mayor dijo a su padre:

- Te haremos caso: en cuanto lleguemos a Granada, lo primero que haremos, será ir a la Alhambra para preguntar por tu amigo y pedirle que nos eche una mano en lo que necesitemos. Pero, y si tu amigo ya no vive en la Alhambra ¿Qué hacemos?

- Buscarlo en las tierras de las Huertas Reales que ya tantas veces os he dicho. Cuando yo trabajaba a sus órdenes, siempre estaba en estos sitios. Es el hombre que más disfruta en este mundo labrando las tierras y cultivando las plantas. Lo conozco desde hace mucho tiempo y por eso sé bien lo que es mi amigo.

 

               Los tres hijos despidieron al padre y a la madre y comenzaron a recorrer la senda dirección al río. Con la ilusión de encontrarse con la ciudad de Granada, con la Alhambra y sentir la libertad de su nuevo estado de vida. Y, durante un buen rato, mientras los padres desde la puerta del cortijillo lo observaban alejarse, caminaron en silencio. Uno detrás del otro, iluminados por los rayos del sol que se alzaba y fundiéndose poco a poco con el verde de los bosques y de la hierba. Y fue el mayor el que, al poco de comenzar su viaje, rompió el silencio y dijo:

- Desde luego que ese amigo del que tanto nuestro padre nos habla, tiene que ser una personas buena de verdad.

Y la hermana, la más pequeña de las tres, comentó:

- Estoy de acuerdo contigo. Ese hombre tan desconocido por nosotros, tiene que ser algo especial. Desde que tenemos conocimiento, nuestro padre siempre nos ha hablado de él y, en todo momento, solo cosas buenas.

- Por eso digo que ese hombre ha de ser valioso como pocas otras personas. La huella que su comportamiento y forma de ser, ha dejado en la vida de nuestro padre, es fuerte y auténtica como ninguna otra cosa.

Y ahora fue el hermano menor el que comentó:

- Nuestro padre recuerda continuamente a ese hombre amigo suyo y eso es señal de lo que vosotros estáis diciendo. Que ese hombre le enseñó y practicó con él y otras personas, algo que pertenece al cielo, a Dios, a lo eterno. De lo contrario ¿cómo podríamos explicar la admiración que nuestro padre siente por su amigo y lo bien que siempre habla de él?

 

               Y ahora, ninguno de los tres hermanos, dieron respuesta a esta pregunta. En silencio siguieron avanzando por la sendilla hacia las aguas del río. Sin dejar de pensar en sus padres que se quedaban solos en el cortijillo de las montañas, en el encuentro con la Alhambra y con Granada y en el buen amigo del padre.

 

               El hombre bueno que el padre recomendaba a sus hijos, durante mucho tiempo estuvo en los palacios de la Alhambra. Al servicio del rey y como era cierto que su corazón estaba lleno de bondad, educación y respeto para con los más pobres, el rey un día lo llamó y le dijo:

- Necesito a una persona que se encargue y lleve a buen puerto las tierras de las Huertas Reales, cerca de las aguas del río Genil.

- ¿Y por qué su majestad me cuenta esto?

- Porque todos me hablan de ti. Y lo que todos me dicen es que eres muy trabajador, responsable y riguroso con las cosas que se te encargan, al mismo tiempo que bueno y generoso con los más pobres. Creo que tú eres la persona que estoy buscando.

- Yo siempre estuve a sus órdenes, majestad. Y todo lo que hago o diga, me sale del corazón. Y mi comportamiento con las personas pobres, también siempre procuro que sea respetuoso y educado. Porque desde que tengo uso de razón, veo claro que tratar a los demás con respeto y dignidad, es lo mejor que podamos hacer en esta vida. Y los pobres, todos los pobres de este mundo, son personas buenas, muy buenas. Si se les trata con respeto, ellos siempre lo agradecen con cualquier cosa que tengan en sus manos. Se sienten dignos, disfrutando de libertad y llenos de gozo y contentos con todos y todo lo que les rodea.

 

               Y el rey, muy satisfecho con las palabras del hombre bueno, después de un rato en silencio y meditar algo, volvió a decir:

- Pues desde ahora mismo, te nombro capataz mayor de las Huertas Reales. Ponte al frente de esas tierras y lábralas como quieras y con las personas que a ti te gusten. Solo te pido que saques muchos y abundantes frutos de ahí y que la paz y buenos modales, reine entre las personas que a tu lado tengas. Te doy libertad y mi permiso para hacer las cosas como crear mejor.

Agradeció el hombre bueno la confianza que el rey depositaba en él y comprobando que ya era responsable de lo que su majestad le encargaba, solo dijo:

- De acuerdo, señor. Le seré fiel y también con lo mejor de mí, procuraré llevar a buen puerto, la empresa que me confía.

 

               No se habló más en aquellos momentos. El hombre bueno se retiró de la presencia del rey, salió de los aposentos de los palacios y aquel mismo día se puso mano a la obra. Bajó, desde la colina de la Alhambra, a lo que en aquellas fechas eran las Huertas Reales: se ubicaban no lejos del río Genil y más o menos por donde hoy se extiende gran parte del barrio del Realejo. Por eso las tierras eran muy fértiles, estaban regada con abundantes y buenas aguas de Sierra Nevada y no quedaban lejos de los recintos de la Alhambra.

 

               En la parte alta de estas tierras, tiempos atrás, habían construido un edificio muy bonito. Una especie de cortijo, llamado también almunia, con paredes blancas, varios estanques de agua muy clara, jardines en la puerta, varias acequias y un patio central. A los lados, este edificio, tenía viviendas, algunos corrales para animales, cuadras y un pilar para que bebieran las bestias. En este edificio se instaló el hombre bueno, con su familia y lo primero que les dijo, tanto a la mujer como a los hijos, fue:

- A partir de hoy y mientras el rey y el cielo nos lo permita, quiero que sintáis esta casa y tierras como vuestras. Id por donde os guste y queráis, coger de los árboles la fruta que os apetezca, caminad y sentaros donde se os antoje y disfrutar a tope todo lo que por aquí hay. Como si fuerais los dueños absolutos pero todo con una sola condición.

Y tantos los hijos como la mujer enseguida preguntaron:

- ¿Qué condición?

- Que cada vez que os encontréis con algunas de las personas que en estas tierras trabajan, lo saludéis y tratéis como si fuera de la familia. Con el mayor respeto, ofreciéndole todo lo que en vuestras manos tengáis y haciéndole caer en la cuenta que es importante como el más grande de los personajes.

Y la mujer y los hijos, estuvieron de acuerdo en lo que el hombre bueno les decía. Sobre todo, la mujer. Conocía ella a su marido desde hacía mucho tiempo y por eso sabía bien que era un hombre honesto, bondadoso para con los demás, trabajador como el mejor, sabio y de corazón sincero.

 

               Por eso, ni ella ni los hijos se extrañaron cuando a los pocos días, hablando con los obreros que trabajaban en las tierras de las huertas, les decía:

- Dinero o comida, nunca me pidáis. Pero si queréis trabajar para ganaros honestamente el salario con el que alimentaros y alimentar a los vuestros, venid a mí para que yo os contrate. Desde hoy mismo quiero sembrar estas tierras de todos los productos que los reyes necesitan en sus palacios. Y como también quiero que estas tierras produzcan las mejores cosechas y más abundantes de todo el reino de Granada, necesito hombre para trabajar en ellas. Así que el que esté buscando trabajo, que me lo diga. Ahora mismo lo contrato y le pagaré un sueldo digno y recibirá el mejor trato.

Casi atónitos, los hombres escucharon al nuevo capataz y solo algunos, entre sí, comentaron:

- Lo que nos ha dicho es algo que nunca antes habíamos oído ni tampoco nadie por aquí ha practicado. ¿Qué pensáis vosotros?

- Que sus ideas son las mejores. Así que si hace realidad lo que nos ha dicho, para nosotros será una suerte grande. Hagámosle caso y trabajemos con honestidad y entusiasmo para demostrarle que estamos dispuestos a poner en práctica lo que nos pide.

 

               Y al partir de aquel momento, al día siguiente y al otro, los pobres labraron las tierras con ahínco y alegría. El capataz, se dio cuenta de ello y les correspondió, acercándose a cada uno de los obreros, los saludaba con respeto, les preguntaba por su salud y por la familia y luego les decía:

- Mientras tú quieras y respondas con honestidad, trabajo no te va a faltar conmigo. Te pagaré puntual cada día y si tienes algún amigo o familiar que necesite trabajar para comer, dile que venga a mí. Voy a procurar tener sitio para todos porque quiero que estas tierras produzcan abundantes y ricas cosechas.

Y al oír estas palabras, uno de los obreros le preguntó un día:

- Yo tengo un amigo que vive solo, es muy tímido y siempre está buscando trabajo y nadie se lo da. ¿Puedo decirle que venga?

- Dile a tu amigo que venga mañana mismo.

 

               Y al día siguiente por la mañana, a la hora de comenzar la faenas en las tierras de las huertas, se presentó el amigo tímido. El hombre bueno lo saludó y sin más rodeos le dijo:

- Sed bienvenido a estas tierras y a este grupo de trabajadores. Desde ahora eres uno más y con los mismo derechos y privilegios. Coge las herramientas y ponte a trabajar. Si eres sincero y cumples honestamente, recibirás el sueldo que te corresponde y el trato que mereces.

Y el hombre tímido, enseguida dijo:

- Le agradezco yo a usted, señor, su buen trato conmigo. Y desde ahora mismo estoy a su disposición para todo lo que necesite y quiera de mí. Le prometo que voy a cumplir con el trabajo que me encargue para que usted se sienta satisfecho de mí y también como agradecimiento a la oportunidad que me da.

-Pues ya lo sabes: si por tu parte eres honesto y haces bien tu trabajo, yo me sentiré obligado a darte todo lo que te corresponda y con el mayor respeto.

 

               Desde aquel momento, el hombre humilde se aplicó a su trabajo. Labrando las tierras que le pedían, sembrando y recogiendo las plantas que en cada momento y época el capaz decía, escardando luego estas plantas y quitándoles las malas hierbas, llevando a la Alhambra, cuando el capataz se lo pedía, los productos que salían de las tierras, siempre a lomo de una borriquilla y hablando y colaborando con todos los que trabajaban en las huertas. Y a lo largo de todo este tiempo, el hombre humilde observó y fue notando que el capataz lo trataba cada día con más respeto. En ningún momento notó él ni malas palabras ni actitudes violentas ni comportamientos humillantes. Y esto precisamente fue lo que con mayor fuerza comenzó a grabarse en el corazón del hombre humilde.

 

               Le decía a los compañeros, cuando con ellos hablaba de este tema:

- Nunca en mi vida me he sentido yo tan valorado y digno como ahora con este buen hombre. Desde que vivo y a lo largo del tiempo, a mi alrededor y por todos lados, solo vi y recibí mal trato, palabras llenas de ira y desprecio y actitudes arrogantes y prepotencia. En cambio, desde que estoy aquí entre vosotros y a las órdenes de nuestro capataz, ya os digo que me siento cada día mejor y hasta experimento una gran admiración por este hombre. Es como un gran maestro que enseña con tanto amor y sinceridad, que solo despierta en el corazón deseos fuertes de ser como él.

Y los compañeros, al oír estas cosas del hombre humilde, a veces comentaban:

- Tus palabras expresan con mucha claridad lo que muchos también pensamos de nuestro capataz. Y fíjate que, además de todo lo que tú ya has dicho de él, también tiene detalles que dejan por completo desconcertado por lo buenos que son.

Hubo un gran momento de silencio y entre sí, unos y otros, se miraban adivinando en sus corazones a qué se refería el compañero que había hablado. Porque todos ellos, un día y otro, tenían la oportunidad de vivir los gestos que el hombre bueno practicaba con ellos.

 

               Y estos hechos eran los siguientes: a veces, cuando los hombres trabajaban las tierras y el sol y el esfuerzo los bañaba en sudor, el capataz y hombre bueno se acercaba a ellos con una vasija llena de agua fresca y les decía:

- Tomad y beber un trago mientras respiráis un poco para soportar algo mejor estos calores y el esfuerzo.

Y les alargaba la vasija de agua fresca. Los hombres, sedientos y cansados, cogían esta vajilla, bebían hasta saciarse, se limpiaban luego el sudor, miraban a su capataz y les decían:

- Gracias señor. Esta agua cada día está más fresca y buena. Y en momentos con estos, sabe a rocío del cielo.

Se sentía feliz el hombre bueno y para darles ánimo y hacer más llevadero el trabajo, de nuevo les decía:

- Hoy daremos de mano unas horas antes para que podáis ir al río y daros un buen baño y descansar a la sombra de los fresnos. Sé que es mucho el trabajo en estas tierras. Pero para llevarlo a cabo y que cada día las tierras produzcan más y de la mejor calidad, aun sois más necesarios vosotros y vuestro estado de ánimo y físico. Así que, cuando alguno de vosotros sienta que lo que hace es demasiado y duro, que me lo diga que todo tiene arreglo en esta vida.

              

               Un día, el hombre tímido, se enamoró de una mujer joven de su barrio. Poco tiempo después se casó con ella y, de este matrimonio, en unos años nacieron varios hijos. El hombre agradecía cada día al capataz el buen trato que le seguía dando. Porque, de vez en cuando y de los pequeños lotes de productos que salían de la huerta, le regalaba cosas. Y al dárselas siempre le decía:

- Por tu buen comportamiento y entrega sincera en el trabajo. No es mucho pero otra cosa no tengo. Con esto pongo mi granito de arena para que ni a tu mujer ni a tus hijos, le falten algo que llevarse a la boca.

- Ya somos cinco en mi casa y para alimentar a tantas bocas, todo es poco.

- Lo sé y por eso, en cuanto pueda, hablaré con el rey de la Alhambra a ver si él puede hacer algo más por ti y por tu familia.

 

               Y un día, el hombre bueno, habló con el rey y le contó la historia del hombre humilde, su mujer y tres hijos pequeños. Al saber el rey las cosas, sin pensarlo mucho, dijo a su capataz:

- Desde que tú estás al frente de las huertas, solo recibo de ahí buenas cosechas y mejores comentarios por la forma de hacer las cosas y tratar a las personas. Así que, como tampoco nunca me pediste ningún trato especial o favor para ti ni para tu familia y sí para las personas que tienes a tu cargo, te voy a conceder lo que me estás padeciendo ahora para este amigo tuyo. Regresa a tu trabajo y en unos días recibirás noticias mías para que a su vez tú se las transmita a ese buen hombre.

Obedeció el capataz al rey y tres días más tarde, recibió lo que el rey le había prometido. Enseguida el hombre bueno se acercó al hombre humilde y le dijo:

- El rey me ha dicho que en las montañas de la nieve, cerca del río y donde también hay muy buena tierra para labrar, te ofrece una bonita casa blanca y un rebaño de ovejas para cuidar. Puedes irte a ese sitio cuando quieras y con lo que saques de esas tierras y animales, seguro que tendrás más que suficiente para ti y toda tu familia.

Escuchó en silencio el hombre humilde la propuesta del capataz y pasado unos segundos dijo:

- Esta noche hablo con mi familia y si mi mujer e hijos están de acuerdo, mañana mismo me mudo a ese sitio que usted me dice. Por parte del rey, es un gran detalle para conmigo y mi familia. Pero en este momento, una cosa más quisiera pedirle yo.

- Habla y di que si está en mis manos, lo tienes concedido.

- Voy a necesita, para mudarme a esa casita blanca de la montaña, la borriquilla que tiene para las necesidades de estas tierras. ¿Me la puede prestar solo un día?

- Claro hombre. Precisamente ese animal, contigo es con quien mejor se entiende. Prepárala y carga en ella las cosas de tu casa y me la devuelves cuando ya no la necesites.

 

               Y al día siguiente, a primera hora de la mañana, con la borriquilla cargada, al hombre tímido y su familia se le vieron subir por las sendas. Desde Granada, río Genil arriba en busca del cortijillo y las tierras que el rey le había regalado. En cuanto llegaron, aquí se instalaron, acondicionaron la casa, devolvieron la borriquilla, prepararon las tierras, se hicieron cargo de la pequeña manada de ovejas y en pocos días, todo por este lugar de la montaña, cerca del río y frente a Sierra Nevada, estuvo lleno de vida. Los tres hijos, todavía pequeños, jugaban en la puerta del cortijo, jugaban por el río, se iban con el padre dando careo a las ovejas y de los montes cogían espárragos, bellotas, castañas, setas, collejas, flores y ramas secas para la lumbre en la chimenea del cortijo. Y toda la familia era libre y vivía feliz. Como pocas familias eran libres y felices en aquellos tiempos porque tenían casa donde refugiarse, tierras donde sembrar un huerto, mucha agua clara en el río que descendía de las montañas, carne de corderos, leche, lana y queso y aire puro y mucha paz en el corazón.

 

               Por eso el padre, cuando iba por el campo con las ovejas en compañía de sus hijos y su dócil perro carea, charlaba con ellos y les decía:

- Tened siempre claro en la vida que lo más importante en este mundo, no es poseer riquezas materiales ni vestir lujosos trajes de seda o celebrar grandes fiestas.

- Entonces ¿qué es lo más importante?

- Tened en cada momento el corazón lleno de paz y sentir el gozo de haber hecho el bien a los demás. Y si luego el cielo premia con el aire puro de montañas como éstas, con el verde de estos campos y con abundantes ríos de aguas claras y silencios y cantos de pájaros, esa es la mejor fortuna.

Los hijos, no alcanzaban a comprender del todo lo que el padre les decía pero sí cuando él les comentaba:

- Y ser honestos y buenos como mi amigo el capataz de las Huertas Reales de la Alhambra, es lo más valioso de todo.

La hermana siempre preguntaba:

- ¿Tan bueno es ese amigo tuyo para que contantemente nos hables de él y nunca puedas olvidarlo?

 

               Y el padre, una vez más, les decía:

- Este hombre, no solo es bueno sino que muchas veces he pensado que quizás sea un enviado del cielo. El trato que él da a las personas, su forma de hacerlo, el tono amable con que siempre dice las cosas, el respeto que siempre dispensa y la sencillez de su vida, no es normal entre las personas. Este hombre bueno, amigo mío, muchas veces yo he pensado que puede ser un enviado del cielo. Por eso, aunque pase el tiempo y ahora estemos lejos de él y no lo veamos, yo no lo olvido ni podré borrar de mi corazón lo bien que me ha tratado siempre que estuve a su lado y me habló o me pidió algo. De aquí también que tantas veces os haya dicho que un día tenéis que conocer vosotros este buen amigo mío. Para que comprobéis que todo lo que os estoy diciendo es mucho más de lo que se puede expresar con palabras.

 

               Y los hijos callaban y entre sí, en algunos momentos se decían:

- Un día vamos a ir a Granada y a la Alhambra para conocer aquello y encontrarnos también con el amigo de nuestro padre.

- Sí, yo un día, quiero irme con vosotros a Granada.

Confesaba siempre la hermana pequeña. Y con este sueño y las palabras que contantemente el padre compartía con ellos, los tres hermanos fueron creciendo. Mientras el tiempo corría y ellos cada día ayudaban a los padres en las faenas del campo y con el rebaño de ovejas. Pero ellos, como siempre ha pasado con todos los jóvenes del mundo, lo que más continuamente apetecían era ser libres, irse un día lejos de su casa en las montañas para adentrarse y conocer el mundo de la ciudad y la civilización. Y esta idea e inquietud, crecía con fuerza en ellos según el tiempo iba corriendo. Y aunque el padre también con frecuencia les decía:

- Que en la ciudad, hijos míos, no todo lo que reluce es oro. Las cosas en sueños y cuando se es joven, se ven muy bonitas pero siempre la realidad es otra.

Y ellos le preguntaban:

- ¿Qué es lo que nos quieres decir con eso?

- Solo pretendo deciros que la felicidad que tanto apetecen las personas, casi siempre se encuentra en las cosas más sencillas y pequeñas. No es necesario ser ricos ni tener grandes y lujosos palacios para gozar de libertad y tener el corazón lleno del mejor gozo y la más sincera paz.

Y ellos cada día soñaban más y planeaban irse de su cortijo en las montañas para adentrarse y conocer la ciudad de Granada.

 

               Y así fue como aquella mañana, ya por fin comenzaban a vivir la aventura que a lo largo de tanto tiempo habían soñado. Despidieron a los padres en la puerta del cortijo, recorrieron la senda que bajaba al río, cruzaron las aguas, subieron por la ladera donde los castaños crecían espesos y agarrándose a las ramas del monte, fueron poco a poco acercándose al camino principal que, desde las montañas, venía surcando las laderas hacia Granada. Y cuando el sol comenzó a colocarse a media altura sobre las cumbres de Sierra Nevada, ellos divisaron la silueta de la Alhambra. Al fondo, todavía bastante lejos y sobre la colina. La luz que el sol derramaba desde lo alto, incidía sobre las torres y murallas del gran edificio y por eso parecía arder con tonos dorados y resplandores de ascuas. Muy impresionados ellos, mientras lentos caminaban hacia Granada, miraban y, aunque sentía la necesidad de expresar las emociones, nada contaban. En sus corazones ardía la ilusión del encuentro de lo nuevo y también el temor a lo desconocido, mezclado con el recuerdo de las palabras que tantas veces del padre habían oído.

 

               Y fue la hermana menor la que, después de caminar mucho rato en silencio, preguntó:

- ¿Vamos a llegar primero a la Alhambra o nos dirigimos directamente a las Huertas Reales para encontrarnos con el amigo de nuestro padre?

Y el hermano menor también preguntó:

- ¿Piensas tú que primero deberíamos presentarnos en los palacios de la Alhambra?

- Se me ocurre que sí. Podríamos presentarnos a los que vigilan aquellas murallas y decirles que somos los hijos del hombre humilde, amigo del rey. Le pediremos que nos lleve a presencia de este señor y una vez ante él, lo saludamos y le explicamos qué es lo que por aquí buscamos y queremos.

- ¿Y si el rey no quiere recibirnos o no se interesa por nada de lo nuestro?

- Según tantas veces nos ha dicho nuestro padre, el rey de la Alhambra, también es un hombre bueno. Por eso, en cuanto sepa quiénes somos, seguro que nos atiende.

 

               Pero ellos, según se iban aproximando a Granada, casi de una forma instintiva o porque los empujaban, se acercaban directamente a las tierras de las Huertas Reales. Pisaron estas tierras, avanzaron por los caminillos, se metieron por entre los árboles y las plantas y al descubrir a varios hombres que trabajaban en las tierras, se pararon cerca de ellos y el hermano mayor, después de saludarlos, les preguntó:

- Venimos buscando al hombre bueno amigo de nuestro padre. ¿Sabéis dónde podremos encontrarlo?

Los hombres observaron a los jóvenes y uno de ellos respondió:

- Acercaros a esa casa blanca que se ve ahí y preguntar por él. Ellos os informarán mejor que nosotros.

Agradecieron los jóvenes la información y siguieron avanzando. Llegaron a la casa, llamaron en la puerta, esperaron un momento y luego vieron a una mujer salir del edificio de la derecha. Se acercó a ellos y les preguntó:

- ¿Qué estáis buscando?   

- Al amigo de nuestro padre. Necesitamos verlo.

Durante unos segundos la mujer los miró, no dijo nada, luego los invitó a que se sentaran junto a la acequia que por allí mismo corría y ellos le hicieron caso. Se acomodó junto a ellos la mujer y después de un rato en silencio, habló y dijo:

- El hombre bueno que estáis buscando, mi padre, ya hace mucho tiempo que se marchó de con nosotros. Dios se lo llevó al paraíso una mañana de primavera y desde entonces, en esta casa y tierras, solo queda su recuerdo.

 

               Al oír esto, los jóvenes se miraron. Quisieron decir algo pero no encontraban las palabras. Observaron también de reojo los jardines, ventanas y puertas de la blanca casa y luego pidieron permiso y se levantaron. Despidieron a la mujer y como impulsados y guiados por la una fuerza oculta en sus corazones, caminaron alejándose de la casa. Cruzaron las acequias y las tierras de las huertas por el lado de arriba de la casa, subieron a lo más elevado del montículo, desde donde se veía toda la Vega de Granada, el río Genil, la colina de la Alhambra y Sierra Nevada y aquí se sentaron. En silencio y teniendo casi a sus pies la hermosa casa blanca donde el hombre bueno había vivido y también las tierras de la huerta. Y aquí, durante mucho rato, estuvieron sin pronunciar palabras, aspirando el aire fresco y perfumado que manaba de las plantas de la huerta y rumiando lo que en sus corazones palpitaba.

 

               Solo después de un largo rato, el hermano mayor habló y preguntó:

- ¿A que parece que de pronto, todo lo que habíamos soñado y Granada y la Alhambra, ahora deja de tener sentido?

Y la hermana pequeña comentó:

- Sí que parece que al saber que él ya no vive, todo lo que soñábamos deja de tener sentido.

- Sin duda que el amigo de nuestro padre, debió de ser un hombre muy bueno porque si no ¿Por qué nosotros sin conocerlo sentimos ahora este vacío?

Y el hermano pequeño preguntó:

- ¿Qué hacemos? ¿Seguimos para Granada, vamos a la alhambra y hablamos con el rey o regresamos a las montañas y contamos a nuestros padres lo que ha pasado con su amigo?

 

            Nota: entre los muchos documentos que hoy se conservan de la Alhambra, en ninguno se dice nada de este hombre bueno. Sin embargo, por algún sitio ha quedado recogido lo que ocurrió con aquel hombre después de su muerte. Como llegó a ser un gran amigo del rey de la Alhambra, su cuerpo fue enterrado en un lugar muy concreto, aun hoy desconocido en el gran conjunto de estos palacios. El rey así lo deseó y ordenó. Y, pasado el tiempo, todo el mundo olvidó. Hasta incluso en los días de hoy. Muchos se afanan en investigar, descubrir, dar a conocer y enseñar, hasta los últimos rincones, piedras y columnas de la Alhambra. Y sin embargo, la vida y figura de aquel gran hombre, permanece ignorada a pesar de haber sido tan grande.

A la luz de la luna

 

               Cuando los amigos le preguntaban:

- Y de la ciudad de la Alhambra, donde naciste y dices que es la más bella del mundo ¿qué recuerdas?

- De la ciudad de los sueños, Granada, yo siempre recuerdo tres cosas por encima de las otras.

- ¿Por ejemplo?

- No puedo olvidar nunca el río Darro a su paso por mi barrio y me acuerdo constantemente de las casas blancas donde nací, el Albaicín, siempre mirando a la Alhambra y siempre frente a Sierra Nevada. No hay en el mundo luz más pura ni sol más bueno que el que juega y besa aquellas pequeñas casas de mi barrio de Granada.

- De acuerdo pero ¿y la tercera cosa que no puedes olvidar del rincón donde naciste?

- Las noches de luna clara, sentando en el balcón de aquel barrio mío, frente a la Alhambra.

- ¿Y qué tenían o tienen aquellas noches de luna en Granada?

 

               Y cuando le hacían esta pregunta, él nunca la contestaba. No porque no quisiera sino porque siempre se le hacía un nudo en la garganta que no le dejaba hablar. Había nacido en el seno de una humilde familia en una casa pobre, justo en el corazón mismo del Albaicín. Aquí vivió hasta los catorce años y, como la familia no tenía recursos ni trabajo, un día emigraron a otro lugar del mundo, en busca de una vida mejor. La encontraron, no por completo, en otra ciudad grande muy lejos de la ciudad de la Alhambra. Y en este lugar, creció, se casó, tuvo hijos y no le faltó el trabajo pero tampoco era feliz del todo. Un día los padres murieron y a partir de ese momento, comenzó a sentir y cada vez más, añoranza por Granada, el barrio blanco y la humilde casa donde nacido y de pequeño jugó y, a la luz de la luna, contempló la figura de la Alhambra.

 

               Hasta que una de aquellas noches, se vio así mismo volviendo a Granada. Llegaba a la ciudad una mañana de primavera cuando todos los campos estaban verdes y en Sierra Nevada aun brillaban las nieves. Caminó por la calles, recorrió las plazas del blanco barrio, habló con las personas y contempló la figura de la Alhambra. Y como la emoción le empezó a embargar, se decía: “Todo está como cuando yo por aquí jugaba. Pero la Alhambra, sí que parece otra. Tengo que ir a verla pero antes, quiero contemplarla como cuando aquellos días de pequeño”. Y aquella noche se quedó a dormir en la misma casa que tiempos pasados había sido suya. El matrimonio que ahora vivía aquí, le dijo:

- La que fue tu casa, sigue siendo pequeña, sin comodidades ni lujos pero en ella vamos viviendo. Puedes quedarte con nosotros el tiempo que quieras o sea necesario. Y aunque ni siquiera una cama para ti tengamos, sí queremos que realices tus sueños. Sabemos que, desde aquella distancia, echas mucho de menos este barrio y la que fue tu casa.

 

               Y aquella noche, los tres hijos de la familia, le ofrecieron sus camas para que durmiera. El mayor le dijo:

- Yo puedo dormir en el suelo. Junto la chimenea y tú, duermes en mi cama. Como la tengo junto a la ventana, desde ahí, con solo abrir los ojos y mirar, verás la Alhambra. Y por la noche, cuando la luna salga, podrás disfrutar del espectáculo que tanto deseas y recuerdas.

Y él le dijo al joven:

- Es muy generoso por tu parte pero quiero ser yo el que duerma en el suelo. Y cuando esta noche salga la luna, lo que más deseo es verla desde el mismo sitio que lo hacía cuando era pequeño.

- Pues como quieras pero que sepas que tanto yo como mis dos hermanos, estamos dispuestos a dejarte las camas para que duermas esta noche.

 

               De nuevo el hombre agradeció la generosidad mientras veía que los padres y ahora dueños de la humilde casa, observaban y dejaban que las cosas se resolvieran entre ellos. Y se resolvió en cuanto la noche llegó. Los hermanos ocuparon sus pequeñas camas de todas las noches y el hombre, sobre una alfombra de esparto, se acostó cerca de la chimenea, no lejos de la ventana que daba a la Alhambra. Y en cuanto se acomodó, quiso coger el sueño pero no lo consiguió. En la oscuridad de la estancia y sintiendo cerca a los tres hermanos, rememoró algunas cosas y se dijo: “Tengo que estar atento para que en cuanto la luna salga, levantarme y ponerme a contemplarla como lo hacía cuando era pequeño”.

 

               Y un poco después, el sueño lo venció. Y unas horas antes de la llegada de la aurora, se oyó el canto de un gallo. No lejos de la casa y estancia donde dormía y esto lo despertó. Miró por la ventana y al fondo, a lo lejos y sobre la colina, descubrió la silueta de la Alhambra, bañada por completo por la luz de la luna. Rápido se incorporó, procurando no hacer ruido para no despertar a la familia que le había acogido, abrió la puerta de la casa, caminó despacio por las solitarias calles del barrio que conocía y se dirigió al pequeño muro y balcón frente a la Alhambra. El rincón que también conocía casi con los ojos cerrados porque, de pequeño, este sitio había sido el lugar preferido para sus juegos y que tantas veces había soñado y echado de menos en la ciudad donde ahora vivía.

 

               Mientras aminaba por las calles, sitió los cantos de otros gallos, los ladridos de los perros y maúllos de varios gatos. Los recuerdos de su niñez, se despertaron en su mente y el corazón se le llenó de un gozo íntimo, dulce y profundo. Llegó al pequeño muro, se acercó al borde despacio, miró para la colina de la Alhambra y al descubrir el espectáculo, le pareció vivir dentro de un sueño. Sobre las torres, murallas y palacios de la Alhambra, la luz de la luna se derramaba como en una lluvia de silencios y eternidad. Al fondo y lejos, se veían brillar las blancas nieves de Sierra Nevada y a los pies de la Alhambra, las aguas del río Darro, se deslizaban rumorosas y reflejando también el brillo de la luna. Sobre el muro se sentó frente a la hermosa visión en todo lo alto de la colina al otro lado del río y en su corazón susurró: “No hay en el mundo nada más bello y placentero que lo que ahora mismo vivo. Y nada hay más misterioso, hermoso y hondamente excelso, que una noche de luna y la Alhambra con su silencio y desde su colina, como asomada a Granada. ¿Por qué me llevarían a mí de estas tierras a vivir en aquel destierro?”

 

               Y al llegar el día, se despertó en su cama de siempre. En el corazón de la ciudad en la que se sentía extranjero. Y durante unos segundos, sentado en el borde de la cama, meditó el sueño. Luego salió fuera y en la misma puerta de su vivienda, se encontró con los amigos de siempre que le preguntaron:

- ¿Qué? ¿Cuándo vas a ir a Granada para ver la luna jugando con las torres de la Alhambra?

Y muy solemne el hombre les respondió:

- De allí vengo ahora mismo y no penséis que os hablo de un sueño.

 

La llave de oro

 

               La mujer tenía un pequeño horno para cocer pan y hacer dulces. Un horno muy rústico y antiguo, hecho de adobes de barro y que cada día calentaba con leña. Amasaba la harina al caer las tardes, dejaban que la masa fermentara, se levantaba a media noche, encendía el horno, cortaba los trozos de masa, moldeaba el pan y en cuanto el horno estaba caliente, metía las piezas dentro ayudándose con una pala de madera. A primera hora de la mañana, todos los días, llevaba este pan recién hecho a los palacios de la Alhambra. Se decía: “Para que coman pan bueno, calentito y hecho con la mejor harina de trigo, el rey, la reina y la princesa. Y para que ellos comprueben que como mi pan, no hay otro más bueno en toda Granada”.

 

               La mujer vivía y tenía su horno en el lado del levante de los palacios de la Alhambra. En una de las estrechas calles de la medina porque era aquí donde vivía, amasaba la harina, calentaba el horno y cocía el pan. También todos los días ella cocía en su horno una pequeña tanda de dulces. Algunos se los vendía a los vecinos y otros, se los llevaba a los reyes y a los príncipes. Por eso, al entregar ella sus dulces en los palacios, siempre decía:

- Para que la princesa y el príncipe disfruten mucho saboreando estos riquísimos dulces míos hechos de harina, miel y almendras.

Algunas veces la princesa salía de sus habitaciones, saludaba a la mujer y le decía:

- Tu pan, recién hecho y crujiente, está buenísimo pero los dulces que me traes aun son muchos más ricos.

- Me alegro mucho, princesa que te gusten a ti los dulces que hago con todo el cariño.

 

               Y como la mujer tenía su casa, su horno y una pequeña tienda, todo en la medina, la ciudad de los artesanos dentro del recinto amurallado de la Alhambra, siempre por la calle corrían o jugaban algunos niños. Un grupo compuesto por tres niños y una chiquilla de ojos negros, todas las tardes se ponían a jugar cerca de donde la mujer tenía su horno para cocer el pan y los dulces. Por eso, mientras jugaban, los niños disfrutaban con el olor a dulces de miel y pan de trigo. La mujer lo sabía y de vez en cuando, llamaba a la chiquilla y le decía:

- Tamo, estos dulces para que te los comas y así tengas más energía para seguir jugando.

Se lo agradecía la pequeña, repartía los dulces con los amigos y luego siempre comentaba:

- Esta mujer es tan buena que un día nosotros deberíamos pagarle los regalos que nos hace.

- ¿Y cómo se lo pagamos si somos pobres y nada tenemos?

- El día que nos encontremos un tesoro, se lo damos todo a ella para pagarle los dulces que tantas veces reparte con nosotros.

 

               Y desde aquel día, con frecuencia comenzaron a salir de los recintos amurallados de la Alhambra y buscaban sitios nuevos para jugar. Se iban a los huertos que había por el lado de arriba de la medina, a los caminillos que rodeaban las murallas y a la Puerta de la Justicia, que era por donde pasaban muchas personas. Y sucedió que una tarde, cuando iban saliendo por la Puerta de la Justicia para ponerse a jugar por el lado de afuera de las murallas, al mirar, la niña vio un pequeño cofre en el suelo. Entusiasmada enseguida dijo:

- ¡Mirad lo que hay ahí!

Miraron los niños y vieron que el cofre relucía mucho con la luz del sol.

- ¿Qué tendrá dentro?

Seguía comentando, intrigada la chiquilla. Y se acercaron, cogieron el cofre, lo abrieron y descubrieron que dentro tenía una llave que relucía aun más que el cofre.

 

               Sin pensarlo mucho, enseguida la pequeña dijo:

- Vamos ahora mismo y le llevamos este pequeño tesoro a nuestra amiga del horno del pan.

- Si, vayamos y se lo regalamos para pagarle, de alguna manera, los ricos dulces que cada día nos regala ella.

Y con el cofre en la mano, entraron por la Puerta de la Justicia, cruzaron la Puerta del Vino, llegaron a la medina, buscaron a la mujer y le dieron el cofre diciendo:

- Hace mucho tiempo que deseábamos pagarte los dulces que nos regalas. Hoy nos hemos encontrado un tesoro y te lo traemos todo entero para ti.

Cogió la mujer el pequeño cofre, lo abrió y al ver la llave de oro, dijo:

- El tesoro no es ni este cofre ni esta llave de oro sino lo que hay detrás de la puerta que la llave abre.

- ¿Y dónde está esa puerta, qué puerta es y qué es lo que hay detrás?

- Eso es algo que vosotros debéis descubrir. Yo ya tengo mi mejor tesoro que sois vosotros y vuestro buen corazón, mi horno de pan y las personas que cada día se alimentan de este crujiente pan y de los dulces que hago. Os devuelvo este cofre y la llave de oro que hay dentro para que sigáis buscando hasta que encontréis la puerta y descubráis el verdadero y más importante de los tesoros.

 

El hombre del río

 

               Tenían unas tierrecillas cerca del río. Por encima del puente del Aljibillo, frente a las laderas del Sacromonte y no lejos de la Fuente del Avellano. Y como era un gran enamorado de las plantas, colores y perfume del campo, de los silencios y rumor de las aguas del río, en sus tierras cultivaba muchos árboles: almendros, nogueras, morales, manzanos, higueras y cerezos. Y lo que más le gustaba a él, era sentarse cerca de la corriente de las aguas, contemplarlas en silencio mientras a intervalos miraba para la Alhambra y dejar que el tiempo pasara. Con frecuencia se decía: “Vivir en armonía con las personas, las plantas y los animales, es lo mejor que podamos hacer en esta vida. Porque la felicidad que el corazón de las personas siempre sueña y necesita, de ninguna otra forma es posible alcanzarla sino por la vía de la armonía y el respeto para con todo y todos los que nos rodean”. Por estas circunstancias, forma de ser y de pensar, en el barrio lo conocían con el apodo de “el hombre del río”.

 

               Su casa la tenía no lejos de las tierras de su huerto, también cerca del río y en el barrio del Albaicín. En una estrecha calle de tierra y a la derecha, según se remontaba desde el río hacia lo más alto del barrio. Vivía con su mujer y dos hijos y era muy querido por todos los vecinos. Por la amabilidad que siempre mostraba con todo el mundo, por su generosidad y por el entusiasmo que a todas horas irradiaba. Cuando hablaba con algunos de los vecinos, siempre les decía:

- Ser amable, bueno y alegre, cuesta muy poco en la vida y llena de paz y gozo el corazón.

Algunos de los vecinos le preguntaban:

- Y usted ¿qué obtiene a cambio de su amabilidad?

- Nada y mucho. Porque nadie me paga para que sea como soy y sí me siento bien conmigo mismo y con el cielo. Y por las noches, cuando me acuesto, siempre duermo relajado y como abrazado por un gozo profundo.

 

               Y un día, los más intrépidos del barrio, pusieron a prueba la bondad de este hombre. En sus tierrecillas, los árboles y las plantas, ya estaban brotadas. La primavera estaba siendo muy buena y después de bastantes días de lluvias, salió el sol, florecieron las plantas, el aire se llenó de aromas y las laderas y jardines de la Alhambra, también se llenaron de tallos verdes y flores. Maduraron las primeras cerezas en los árboles del hombre del río y se acercaba el momento de recogerlas. Él y su mujer, varias tardes fueron a las tierrecillas y de los árboles cogieron ramos de cerezas rojas. El hombre decía:

- Son las más ricas del mundo porque están regadas con las limpias aguas del río Darro y acariciadas por el aire que viene de la colina de la Alhambra.

- Tienes toda la razón.

Confirmaba su mujer.

- Y ya verás cuando dentro de unos días terminen de madurar las cerezas del árbol grande.

 

               Comentaba ella esto porque el árbol grande, uno muy viejo y de tronco grueso y añoso que crecía en el terraplén por debajo del la Fuente del Avellano, daba cerezas muy buenas. Rojas como la sangre, gordas y brillantes y de sabor inmejorable. Pero los frutos de este árbol, siempre maduraban después que los otros. El sol de la primavera siguió calentando y un día, las buenas cerezas del árbol grande, maduraron por completo. Y se preparaba el hombre, con su mujer y sus hijos para ir a sus tierras y coger estas cerezas, cuando sucedió algo extraño. La noche antes de la recogida de estas cerezas, salió la luna, hizo una temperatura muy agradable y todo por la orilla del río Darro, estaba en silencio y en paz. Unos vecinos del barrio del Albaicín, amigos del hombre del río, cogieron una gran espuerta de esparto. Salieron de su casa a la luz de la luna y se fueron directos a las tierrecillas de los cerezos. Buscaron el árbol grande de las buenas cerezas, se pusieron y poco rato, llenaron la espuerta con los mejores frutos. Comieron muchas y luego, esperaron a que amaneciera. Se pusieron en camino de regreso al barrio, cuando el sol se alzaba por encima de las torres de la Alhambra. Y poco después, entraban por la calle donde tenía su casa el hombre del río y dueño de las cerezas que ellos habían cogido. Y al pasar por delante de la puerta del hombre dueño del huerto, comenzaron a hablar mucho y fuerte. Tanto que otros vecinos se enteraron, se asomaron a las puertas de sus casas y al ver el espectáculo, no se lo creían.

 

               Dos jóvenes y una muchacha, subían por la calle con una gran espuerta llena de ricas y rojas cerezas y no paraban de hablar diciendo:

- Las hemos cogido del árbol grande que hay en el huerto de nuestro vecino.

Llegó a oídos de la mujer del hombre del río lo que decían los jóvenes de las cerezas y ésta, rápida buscó a su marido y le dijo:

- Mira lo que sucede. Han ido a nuestro huerto, han cogido las cerezas que nosotros había pensado recoger hoy mismo y no contentos con habernos robado, ahora lo proclaman a los cuatro vientos. ¿Qué te parece esto?

Y el hombre no dijo nada. Se levantó de donde estaba sentado, salió a la puerta de su casa, miró y vio a los jóvenes con la espuerta rebosante de lustrosas y ricas cerezas. Se acercó a ellos y sin violencia les dijo:

- Las habéis cogido sin mi permiso y ahora estoy viendo que son las mejores que había en árbol.

- Sí señor. Exactamente eso que dice usted es lo que hemos hecho. ¿Qué le parece?

- Que lo mejor que ahora mismo podéis hacer es soltar esta espuerta en el suelo.

 

               Y lo jóvenes, algo asustados, soltaron la espuerta rebosante de cerezas en la misma puerta de la casa del hombre del río. Y éste, después de agacharse, coger un puñado de cerezas y comerse algunas, dijo:

- Como son tan buenas y tan ricas, voy a repartirlas ahora mismo con todos los vecinos de esta calle. Así que, el que quiera cerezas frescas y sabrosas, que se acerque que voy a darle muchas y las mejores.

Los vecinos se fueron acercando y a cada uno, el hombre fue dando un gran puñado de cerezas. Mientras tanto, los jóvenes, desorientados y sin creer lo que estaban viendo, siguieron subiendo por la calle. Llegaron a su casa y dijeron al padre:

- Nos ha quitado las cerezas que habíamos cogido. ¿Qué hacemos?

- Volver ahora mismo y decirle que vosotros sois mis hijos. Ese hombre siempre fue mi mejor amigo. Por eso, en cuanto sepa quiénes sois, veréis como cambian de actitud.

 

               Volvieron los jóvenes a la puerta de la casa del hombre del río, le dijeron que eran hijos de su buen amigo y al saber esto, el hombre comentó:

- Pues volver al cerezo de mi huerto, llenad de nuevo esta espuerta de esos tan ricos frutos y luego, cuando paséis por aquí, entrar a mi casa para que os pague vuestro trabajo.

Y los jóvenes se miraron entre sí y le preguntaron:

- ¿Pero cómo es que en lugar de enfadarse por lo que hacemos, nos paga y de la mejor manera?          

Y el hombre del río, sin más les dijo:

- Vivir en armonía con las personas, las plantas y los animales, es lo mejor que podamos hacer en esta vida. Porque la felicidad que el corazón de las personas siempre sueña y necesita, de ninguna otra forma es posible alcanzarla sino por la vía de la concordia y el respeto para con todo y todos los que nos rodean.

EL SOLITARIO DEL RÍO

 

               Todos los días se levantaba temprano. Antes del amanecer. Recorría despacio la sendilla y al llegar al río, se paraba. De entre las zarzas y la vegetación, recogía trozos de ramas secas y palos que por aquí las aguas habían dejado y, cerca de la corriente, encendía una lumbre. Siempre en el mismo sitio y desde donde se veía claramente la figura de la Alhambra en lo alto de la colina. Junto a esta lumbre se sentaba y esperaba. Nadia sabía qué era lo que esperaba pero sí muchos lo veían cada día y ninguno se atrevía a preguntarle.

 

            Sin embargo él, sentado junto a fuego cerca de un gran charco del río y justo por donde discurría un pequeño camino, cuando al amanecer alguien pasaba, le decía:

- Si tienes frío, párate un momento conmigo y te calientas en esta lumbre.

Y como en los meses de invierno, a veces sí hace mucho frío por este lugar del río Darro, algunos se paraban con él y se calentaban. Era el momento en el que él aprovechaba para comentar:

- Si necesitas que labre las tierras de tu huerto, solo tienes que decírmelo.

- Es que yo no tengo dinero para pagar tu trabajo.

- Por eso no te preocupes tú. Mi ofrecimiento es gratuito. Con que seas mi amigo y os paréis conmigo de vez en cuando para calentaros en este fuego mío, estoy pagado.

 

            Y a veces, algunos de los hombres que tenían sus pequeños huertos junto a las aguas del río Darro por el lugar llamado Valparaíso, dejaban que labrara sus tierras. También que sembrara las plantas y que las regara cuando las plantas lo necesitaban. Y a cambio, muchos de estos hombres y de vez en cuando, le regalaban frutas, tomates o melones. El hombre, sentado junto al fuego que cada mañana encendía cerca del río, se comía lo que le regalaban. Y luego, durante el día y al caer las tardes, cogía moras de las zarzas y buscaba nueces y almendras en los árboles que tenía cerca y con el permiso de sus dueños. Porque nunca robaba nada a nadie sino todo lo contrario: respetaba y cuidaba todo lo que podía las propiedades y cosechas de los que tenían sus huertos por estos rincones del río.

 

            Por eso, las personas que pasaban por este camino y los que tenían tierrecillas por las riveras del río, con frecuencia comentaban:

- Es bueno, no se pelea con nadie, ofrece lo poco que tiene y siempre vive por aquí solitario. ¿Qué tesoro será el que por estos lugares tiene?

- Nadie lo sabemos y sí es cierto que para él no hay más mundo que este rincón del río. ¿Por qué misterio? Nadie lo sabemos.

Y tampoco nadie se atrevía a preguntarle precisamente por eso: porque lo veían un hombre bueno, respetuoso con todos y como poseedor dueño de un gran misterio.

 

            Junto al fuego, cerca del río y un día de invierno, se lo encontraron muerto. Los hombres de los huertecillos recogieron su cuerpo y en la ladera por encima de su pequeña cueva, lo enterraron. Algunos lo lloraron y otros tantos lo echaron de menos. Respetaron su cueva y el lugar donde ellos creían tenía enterrado su tesoro. Porque entre las personas del barrio del Albaicín y del río Darro, se empezó a comentar:

- Estuvo enamorado de alguien que se fue de su vida y como soñaba que algún día volviera, para esa persona guardaba por aquí su tesoro.

Por encima de la Fuente de Avellano, un poco elevado en la ladera y no lejos del río, todavía hoy se puede ver su cueva.

 

 

Del libro inédito: “Desde la Alhambra,

                                         Ventanas a la Eternidad

 

Desde el Puente Espinosa

 

               Son cuatro los puentes que el río Darro tiene ahora mismo en su tramo Plaza Nueva, Paseo de los Tristes. Los cuatro de piedra, reconstruidos y muy bellos. Y se les conoce con el nombre de Puente Cabrera, Espinosa, Chirimias y Aljibillo. Todos ellos decoran con elegancia el famoso paseo que discurre junto al río y transmiten historias y recuerdos únicos en Granada y a los pies mismos de la Alhambra.

 

               Y a ella, joven universitaria, muy culta y con grandes sueños, muchos la hemos visto cada tarde, sentada en el pequeño muro de piedra del famoso Puente Espinosa. El puente de la higuera y de los gatos, conocido de este modo también porque en uno de sus muros crece una higuera y junto a las aguas, siempre hay algunos gatos durmiendo o jugando. La joven, siempre iba con su caballete de madera, un lienzo en blanco, pinceles y botes de pintura. Metida en todo momento en el proyecto que tenía entre manos y como ajena a cuantos iban, venían o se paraban en el puente para hacer fotos. Una persona vecino de este barrio, casi cada tarde se acercaba a ella y le preguntaba:

- ¿Te molesto?

Por un momento la joven dejaba su trabajo, miraba al hombre mayor y a su vez le preguntaba:

- ¿Quieres saber algo?

- Te veo, desde hace mucho tiempo, en este puente pintando y como me intriga tu comportamiento, siento curiosidad por tu trabajo y por eso quisiera verlo. ¿Me dejas?

Y muy solemnemente ella le comentaba:

- No pienses que soy mal educada pero es que mi trabajo, por ahora, no quiero compartirlo con nadie.

Y el hombre, como pidiendo escusas, respondía:

- Lo entiendo pero ¿te puedo hacer una última pregunta y después me marcho?

- ¿Qué es lo que quieres preguntarme?

- Como me intrigas tú y el trabajo que tienes entre manos, quisiera saber si el día que termines este cuadro, me dejarás verlo.

 

               La joven meditó un momento antes de darle una respuesta y después le dijo:

- El día que por fin termine la obra que estoy elaborando, lo que cada tarde veo y no consigo plasmar en este lienzo, sí que te dejaré que veas mi cuadro.

Se quedó el hombre satisfecho con las palabras de la joven y aquella tarde y a la siguiente y a las otras, ya no la molestó más. Sí cada tarde siguió pasando por el pequeño puente de piedra, saludaba a la muchacha, miraba de reojo y luego seguía su paseo. Se decía: “Creo que esta joven está pintando un cuadro hasta hoy nunca visto aquí en Granada. Parece inteligente, tiene alma de soñadora y según la belleza y expresión de su cara, su corazón ha de ser muy hermoso. El día que por fin termine su cuadro, quizás nos asombre de tan bello”.

 

               Y terminó su cuadro ella, una bonita tarde de primavera, cuando por las laderas de la Alhambra se veían verdes los bosques y las amapolas abiertas y rojas. Pasó el hombre por allí y al verlo, ella lo llamó y le dijo:

- Hoy ya puedes ver mi cuadro. Por fin lo he terminado.

Y más que impaciente, el hombre se acercó, agradeciendo a la joven el detalle, se paró delante del caballete que sujetaba al cuadro y durante un buen rato, miró en silencio. Luego se dirigió a la joven y le preguntó:

- En el paisaje que has pintado en tu cuadro, se ve claramente que es la Alhambra, el río Darro y las laderas del Albaicín. Pero tantos bosques, tantos caminos y tanta agua ¿de dónde lo has sacado?

Preguntaba esto porque a la derecha del cuadro, se veían un par de edificios blancos, con muchas ventanas y algunas torres. A la izquierda, una robusta colina y en lo más alto, un gran edificio en forma de barco y amurallado. En el centro, un claro río con abundante agua y a los lados, laderas no muy pronunciadas, por completo llenas de bosque. Y descendiendo de una a otra colina, por las laderas casi llanas y hasta el río, blancos caminos bordeados de muchísimas plantas llenas de flores y cientos de arroyuelos claros descendiendo.

 

               Después de un momento en silencio y como si meditara la pregunta que el hombre le había hecho, la joven dijo:

- Tú estás mirando mi cuadro, comparándolo con la imagen que de la Alhambra y río Darro, ahora mismo tienes en la retina de tus ojos. Y lo que en este lienzo yo he plasmado, es un reflejo de lo que, de la Alhambra, bosques, río Darro y Albaicín, tengo en mi corazón. No es lo mismo, ni mucho menos.

Más concentrado miró el hombre a la pintura que tenía ante sí y de nuevo comentó:

- Es hermoso, muy hermoso lo que en este lienzo has reflejado y por eso de nuevo te pregunto: ¿Es que entonces tú eres capaz de ver lo que yo no?

- Las dos imágenes son verdaderas. La que hay en la retina de tus ojos y la de mi cuadro. Con la diferencia que la de mi cuadro, forma parte de la fantasía, del sueño, de la dimensión espiritual que es la del reino de lo eterno. Yo creo que al final de todos los tiempos, esta es la Alhambra que permanecerá y la que todos veremos.

 

Castillo de arena en el río Darro

 

               El niño recorría las calles del Albaicín, con la ropa rota, la cara manchada de tizne o barro y los pies desnudos. Tenía hambre y siempre que recorría las calles, miraba para la Alhambra y soñaba con una princesa que nunca había visto. A veces se iba con el padre a las tierras del huertecillo que tenía cerca del río y se afanaba en regar los tomates, los ajos o las habas. Y otras veces, se iba con la madre, cuando ésta bajaba al río a lavar la ropa y también le ayudaba.

 

               Y aquella limpia y algo calurosa mañana de primavera, la madre le dijo:

- Hoy tengo que ir a lavar al río. Vente conmigo y me ayudas.

Y con su cara manchada de tierra y su ropa rota, se fue con la madre al río. Por donde las aguas corren serenas y se forman charcos y pequeños vados. Por donde hoy el río aun sigue pasando y al sitio se le conoce con el nombre de Paseo de los Tristes. Sobre la hierba la madre amontonó la ropa sucia, buscó una gran piedra y se puso a lavar en la corriente. Un poco más abajo, se remansaba el charco y en su orilla, se extendían pequeñas playas de arena. Miró el niño a la madre y le preguntó:

- ¿Puedo construir y, mientras tú lavas, un pequeño castillo?

- Construye un castillo y así te entretienes.

 

               Y el niño se puso y con la arena mojada, comenzó a construir un castillo. Miraba a la Alhambra y ponía puñados de arena sobre las murallas de su castillo. Levantaba unas torres y para sí se decía: “En una de estas torres, la más grande y bonita, vive mi solitaria princesa. Y como está cautiva, yo tengo que intentar rescatarla. La salvaré y entonces ella se hará mi amiga y por fin yo seré príncipe y tendré caballos, reinos y riquezas”.

 

               La madre lo miraba, mientras restregaba la ropa sucia contra la piedra y luego la enjuagaba en las claras aguas del río. El sol caía sereno, algo caluroso y la corriente saltaba, se remansaba en el charco, entre las zarzas cantaba un ruiseñor y en lo más alto de la colina, la Alhambra se asomaba como observando. Recogía puñados de arena de las pequeñas playas al borde del charco, los apretujaba y los iba colocando sobre las murallas de su castillo, en las torres y palacios. Y poco a poco fue dando forma a su obra de arena hasta que llegó un momento en que lo tenía todo terminado. Le dijo a la madre:

- La princesa está en su torre cautiva y me llama para que la rescate.

- Pero la princesa que tú sueñas vive en las torres de la Alhambra y no este pequeño castillo de arena.

- Aquella princesa es la misma que hay este castillo mío. Yo la conozco y como ella me necesita, tengo que salvarla. ¿No oyes como me llama?

 

               Y la madre siguió lavando la ropa en la corriente del río. El niño se sentó en la hierba, cerca de su castillo, frente a la Alhambra y no lejos de las aguas del río y se puso a idear un plan para rescatar a su princesa. Y como en su corazón retumbaban las voces de su amiga prisionera, le respondía:

- Espero un momento que estoy buscando un punto para escalar las murallas y poder entrar a la torre donde estás encerrada.

El sol caía, ahora ya colocado en lo más alto y por eso calentando mucho más. La arena con la que estaba construido el Castillo, se fue secando y el niño, mientras meditaba buscando la manera de escalar las murallas y miraba para la Alhambra, fue descubriendo como su castillo, poco a poco se desmoronaba. Seguía sintiendo a su princesa llamándolo y él le decía:

- Si el castillo se cae tú quedarás dentro sepultada. Pero antes de que esto suceda, yo voy a rescatarte, mi princesa.

 

El jardín más bello

 

               Era jardinero del jardín más bonito que en aquellos tiempos había en la Alhambra. Y no solo le gustaba a él labrar, podar y regar las plantas sino que cada día dedicaba mucho tiempo a imaginar el jardín más original, relajante y bello. Decía a sus compañeros:

- Tengo que encontrar el diseño más hermoso que nunca se haya imaginado.

- ¿Y para qué quieres ese diseño tan especial?

- Porque pienso que un jardín no debe ser solo plantas verdes, flores y agua. Por encima de todo, un jardín debe ser obra de arte, en la misma medida que un poema, un cuadro, un gran palacio o una pieza de música.

- No te entendemos mucho pero si tu sueño es ese, te deseamos suerte.

Y a escondidas, luego los amigos lo criticaban diciendo:

- Es un visionario y lo único que pretende es ganarse la simpatía del rey. Ya veréis como lo suyo es puro cuento, como el de otros muchos.

 

               Y en el fondo, también decían esto porque el hombre de los sueños, del jardín, con frecuencia hablaba con el rey. Y siempre que el rey le condecía audiencia, sacaban a colación y platicaban del mismo tema:

- Mire usted, majestad, que lo que yo quiero es sembrar y cultivar el mejor y más bello jardín del mundo. Usted, su familia y los palacios que en esta colina han levantado, se merecen un edén como el que sueño.

- ¿Y qué es lo que necesitas para llevar a cabo tu proyecto?

- Solo un trozo grande de tierra, acequias con abundante agua, algunas plantas ornamentales y árboles de todas las especies, formas y frutos.

- Pues las tierras que me pides y las acequias con agua, lo tienes concedido desde ahora mismo. Pero antes de llevar a cabo tu propósito, quiero que me expliques el diseño del jardín que en tu mente tienes.

- Gracias majestad, y le prometo mostrarle cuanto antes lo que me pide. Cada día perfilo un poco más los detalles del edén que le he dicho para no dejar nada al azar y que todo sea bello y con sentido.

 

               Y aquella misma tarde, el hombre se fue a las laderas del Cerro del Sol. Al este de la medina de la Alhambra y cerca de una pequeña llanura. En este lugar se sentó, frente al sol que caía por la Vega de Granada y con las cumbres de Sierra Nevada, a su izquierda. Frente a él y más cerca, también le quedaban las torres de los palacios y murallas, los jardines que cultivaba y algunos huertos. Miró despacio durante mucho tiempo mientras meditaba de qué modo podía perfilar el mejor diseño para el jardín que le había prometido al rey. Antes de caer la noche, pidió audiencia al rey y cuando estuvo junto a él, le relató la idea del oasis que ya tenía perfectamente claro en su mente. Escuchó el rey muy interesado y al final dijo:

- Pues adelante. Pero ahora quiero preguntarte: ¿Cuándo podré ver materializado tu sueño?

- Eso es lo que le iba a decir. Que a partir de ahora necesito hombres que me ayuden y medios para adquirir plantas y árboles. Y usted, aunque se lo coma la curiosidad, lo siento mucho pero no podrá ver esta hermosísima obra hasta que pasen tres años.

- ¿Y eso por qué?

- Porque las plantas necesitan echar raíces, brotar y dar flores. Usted sabes, mejor que nadie, que todo en esta vida necesita tiempo para madurar, para echar raíces y luego dar su fruto. Para los grandes proyectos, las prisas nunca son aconsejables.

- Pues del mismo modo te concedo esto pero, pasados tres años, quiero ver por fin la fantasía que ahora me prometes. Desde ahora mismo ya estoy impaciente.

- Fíese de mí, majestad que ya verá como al final no le defraudo.

 

               Salió el hombre de los palacios y al día siguiente dio comienzo al proyecto que había soñado. Al levante de la medina, reunió una cuadrilla de hombres y se pusieron a remover tierra. Rebajaron el nivel del suelo, hicieron un gran hoyo, ancho y largo pero con escasa profundidad, trazaron acequias y siguieron trabajando a lo largo de muchos días. Casi un año y unos meses después, por todos estos sitios, sembraron muchas plantas ornamentales y árboles decorativos y de buenas frutas. Vertieron el agua de las acequias en la depresión que en el terreno habían tallado y dejaron que siguiera pasando el tiempo. Al llegar la primavera, las plantas y los árboles brotaron y el agua se remansaba clara y teñida de verdes y azules. Y al tercer año, cuando de nuevo la primavera desplegó sus alas por todos los lugares próximos a la Alhambra, el hombre volvió a pedir audiencia al rey. Se lo concedieron y en cuanto el jardinero estuvo ante su majestad, le dijo:

- Quiero mostrarle la obra que le había prometido. Subamos a lo más alto de la torre y se la enseño.

 

               La hizo caso el rey, subieron a lo más alto de la torre y cuando ya estuvieron aquí, miraron para el lado de la medina. Y, al comienzo de las laderas del Cerro del sol, el rey vio un bellísimo lago rebosante de aguas azules y verdes y rodeado de espesos jardines y mil árboles. Y asombrado el rey descubrió también que las aguas de este lago, por un lado reflejaban las cumbres de Sierra Nevada y por el otro lado, se reflejaban las torres, palacios y murallas de la Alhambra. Y en el mismo centro del gran lago, las dos imágenes reflejadas, parecían fundirse como en un abrazo misterioso. Y justo en este punto, las aguas también parecían dormirse como en una nube transparente para llevarse entre sus reflejos y flecos, las dos imágenes que el lago irradiaba. Al ver tal maravilla, el rey exclamó:

- Parece como si toda la Alhambra y las altas cumbres de Sierra Nevada, se concentraran en el centro de estas aguas para desde ahí, las dos imágenes hechas una, se fueran al corazón mismo de los sueños y del viento. ¿Has imaginado tú esto e intencionadamente así lo has construido?

Y satisfecho el hombre con las palabras del rey y la emoción que sentía, expresó:

- Sí señor. Usted y yo sabemos que la Alhambra sin Sierra Nevada, no sería la gran maravilla que por aquí cada día vemos. Y también tenemos muy claro que estos palacios, murallas, torres y jardines, pertenecen a mundo de los sueños, del paraíso que solo existe en el universo de lo eterno. De verdad ¿le gusta o no el jardín que para usted y los suyos, he diseñado?

- No solo me gusta sino que pienso que este es el vergel más bello del mundo, digno de decorar el más hermoso palacio de la tierra.

El sueño de los niños

 

               Donde ahora se alza el gran carmen, a la derecha del camino del Avellano, por debajo del Generalife y de la Alhambra, imaginaron ellos su fantasía. Pequeña y blanca como las nieves de Sierra Nevada, recogida al final de la ladera y casi al borde del río Darro. Y como la soñaron bella, limpia e inocente como los latidos de sus corazones, el tiempo y donde el reino de lo eterno, para siempre la ha conservado.

 

               Él, el hombre del corazón de oro que era como lo llamaban los niños, tenía solo tres higueras, un granado y dos nogueras. Justo al borde mismo de las aguas del río, a la izquierda del camino del Avellano y por donde las tierras del Valparaíso. Cuidaba él con mucho esmero estos seis viejos árboles y cuando recogía los frutos maduros, solo se comía algunos y no vendía ninguno. Los recolectaba en una cesta de mimbre, se iba luego por el camino con la cesta repleta de frutos y por debajo del camino del Avellano, se paraba. Buscaba el rodal de tierra que conocía y sobre la hierba, colocaba con cuidado higos maduros y dulces, granada rojas y muy sabrosas y al rato, los que por el caminillo pasaban, le preguntaban:

- ¿Es que hoy vas a vender la cosecha que te han dado tus árboles?

- Ni hoy ni nunca voy a vender nada.

- ¿Entonces?

- Estos ricos frutos míos los pongo aquí sobre la hierba para que los niños los cojan y se los coman cuando vengan.

 

               Los niños eran una pequeña pandilla, más o menos todos de la misma edad, que vivían en las casas blancas del barrio del Albaicín. Y como ellos aun estaban libres de obligaciones, muchas veces se juntaban, se iban por los caminos a las aguas del río Darro y a las tierras de los huertos que los padres cultivaban por debajo del camino del Avellano. Y para animarse y hacer más divertidos sus juegos y aventura, por votación entre ellos, eligieron a un líder. Entre sí se dijeron:

- Pero no queremos que nos dé órdenes tontas ni que te impongas sobre nosotros por la fuerza. Queremos un líder sabio, que nos respete a todos y que sepa llevar a cabo las cosas por consenso.

Y el líder dijo:

- Estoy de acuerdo con vosotros. Así que si en algún momento hago o digo lo que no es correcto, me lo decís para que todo entre nosotros se haga por consenso.

 

               Una de las pequeñas, delgada, cara redonda, pelo y ojos negros y voz semejante a los sonidos del agua del río Darro, siempre decía:

- Como el hombre de las tres higueras que nos regala frutas cada día, no hay por aquí nadie de bueno.

- ¡Claro! Por eso lo llamamos corazón de oro. Y por eso todos sabemos que tú a él lo quieres mucho y él contigo, se le cae la baba.

Decían esto porque el hombre de la fruta, en cuanto cada día veía al grupo de los niños, preparaba la mejor fruta, la ponía sobre la hierba y al llegar la pequeña, siempre le daba el higo más maduro o la nuez más sana. Y ella, siempre se ponía a su lado, le ayudaba a repartir los frutos y cuando la cesta de mimbre estaba vacía, enseguida decía:

- Vamos corriendo a las higueras y cojamos otra carga de higos para que nuestro amigo se los lleve a su casa y se los coma. Él siempre nos da lo mejor de sus árboles y nosotros, pocas veces hacemos algo bueno para agradecérselo.

 

               Le gustaba al hombre esta forma de ser y comportarse la pequeña y por eso, cada día la mimaba un poco más. Hasta que una mañana, cuando los niños llegaron a donde el hombre tenía sus frutas sobre la hierba, el líder dijo:

- Hoy queremos pedirte algunos consejos.

Al oír esto, el hombre enseguida preguntó:

- ¿De qué se trata?

- Muchas veces ya lo hemos hablado entre nosotros y por fin hemos acordado que nos ayudes.

- ¿Pero en qué tengo que ayudaros?

- Como siempre eres bueno con nosotros, se nos ha ocurrido que podríamos seguir tu ejemplo.

- ¿Y de qué modo vais a seguir mi ejemplo?

Y en este momento fue la pequeña la que cogió la palabra y dijo:

- Queremos construir una ciudad solo para nosotros, aquí cerca de donde cada día tú nos regalas frutas. ¿Qué te parece?

- Que me gusta vuestro sueño pero ¿para qué necesitáis una ciudad y a vuestra medida?

- Porque nos hemos dado cuenta que lo que tú haces es algo muy bonito que nos gusta mucho. Y como ya sabemos que nos quieres y eres bueno, si construimos una ciudad aquí cerca de ti, sería bueno para todos. Tú nos protegerías de los que vengan a pegarnos o a robarnos y nosotros a cambio, viviendo todos juntos y en esta ciudad, te demostraríamos nuestro agradecimiento. Como un homenaje pequeño a lo bueno que siempre has sido con nosotros.

 

               Y el hombre, después de oír las fantasías que la pequeña le relató, guardó silencio. Meditó un momento y luego preguntó:

- Pero todavía no tengo claro en qué tengo que ayudaros.

Y de nuevo la pequeña dijo:

- Como tú eres bueno y sabes mucho, hemos pensado que puedes ir a los palacios de la Alhambra, preguntar por el dueño de las tierras que hay en la ladera de enfrente, le dices lo que te hemos contado y al final le pides que nos regale esas tierras.

Y el líder del grupo aclaró:

- Sí, porque lo primero que necesitamos son esas tierras de la ladera, no lejos del río y cerca de tu rincón. Si nos la regalan, también luego tú puedes ayudarnos a construir la ciudad que te hemos dicho.

Y otra vez el hombre guardó silencio.

 

               Al día siguiente subió a la Alhambra, habló con el dueño de las tierras y en cuanto éste supo lo que los niños soñaban, dijo:

- Esas tierras son las que yo tengo reservadas para construirme un gran palacio.

- Se trata solo de una fantasía de los niños. ¿No podríamos hacerlos felices permitiendo que realicen su sueño?

- ¿Pero es que estás loco?

Y el hombre ya no dijo nada más. Bajó desde la Alhambra al río Darro y a la mañana siguiente preparó sus frutas para repartirlos con los niños cuando estos llegaran. Y llegaron, les dio las frutas y como la pequeña lo encontró triste, le preguntó:

- ¿Por qué hoy no sonríes como otras veces?

Y el hombre no quiso decirles por qué no tenía ganas de sonreír.

 

               Pasado el tiempo, muchos años, los niños se fueron haciendo mayores y la pequeña de pelo y ojos negros, con sus padres un día se marchó de Granada. Junto a la higuera más grande de las tres que tenía cerca del río, el hombre sembró rosales. Cada día los regaba y siempre se decía: “Esto es como un homenaje y para que nunca me olvide de mi amiga de pelo negro”. Por encima del camino que lleva a la famosa fuente del Avellano, a la derecha según se sube una pequeña cuesta, se alzó un hermoso y blanco palacio. Todavía hoy se puede ver ahí, en la ladera cerca del río y en las mismas tierras donde los niños habían pensado construir la ciudad de sus sueños. Y nadie hoy lo sabe pero cuando se pasa por el lugar, camino de la Fuente del Avellano, si se mira con los ojos que se ven los sueños, se descubre algo muy hermoso: como una ciudad en miniatura de casas blancas y calles muy estrechas, decorado todo con jardines llenos de flores y muchos, muchos pequeños ríos de aguas claras.

La morera milagrosa

 

            Aclaración

En la alhambra y terrenos del entorno, durante la época nazarí y a lo largo de todo el año, se cultivaban hortalizas, legumbres y frutales, para el abastecimiento de la corte y no depender en exceso de otros mercados. Una de las mayores aportaciones de los árabes en este campo fue la introducción y extensión de especies como espinacas, alcachofas, sandías, melones, granados, moreras, melocotoneros o almendros. La forma de cultivo de los musulmanes se extendió y quedó impreso en el peculiar paisaje alpujarreño. El agua fue conducida mediante sofisticados sistemas de acequias hasta los pequeños bancales labrados en las laderas. En ellos crecen hortalizas, vides, olivos, frutales y en época musulmana, multitud de moreras y morales, base de la producción de la comarca. En 1552, en la Vega de Granada, se dio un aumento notable de las plantaciones, contabilizándose un total de 15.000 moreras. Algunas parcelas, de un solo propietario, con cantidades superiores a las registradas en todo el término de Almuñécar. En las huertas de la Alhambra se citan plantíos de 3.000, 4.000 y 5.000 moreras realizados a instancias del Conde de Tendilla.

 

El relato

               De su pequeña casa blanca, en el barrio del Albaicín y frente a la Alhambra, aquella mañana la anciana no salió. Al notar su ausencia, los vecinos comentaron:

- ¡Qué extraño! Ella cada mañana y desde hace muchos años, es la primera en levantarse en este barrio.

- ¿Le habrá pasado algo?

Y como los vecinos sabían que desde hacía mucho, mucho tiempo, la anciana vivía sola, fueron a su casa. Se la encontraron tumbada en la cama, sin fuerzas ni para hablar y aunque los vecinos le dijeron que querían ayudarle, ella torpemente contestaba:

- Ya estoy muy vieja y algún día tendré que irme de este mundo. Gracias por venir a verme pero ¿qué más podéis hacer por mí?

             

               Los vecinos llamaron al médico y éste, después de atenderla y animarla, dijo a los allí congregados:

- Lo que ella necesita, es alimento. Que alguien le traiga una buena cesta de moras no negras ni blancas sino moradas, bien maduras y que se las coma. Recobrará las energías y se pondrá sana.

Y los vecinos preguntaron:

- ¿Y a dónde vamos nosotros a por moras moradas, buenas y bien maduras?

Los tres niños, los que vivían en la casa del alado de la anciana, al oírlos enseguida dijeron:

- Nosotros vamos ahora mismo a las huertas de la Alhambra, buscamos al jefe de aquellas tierras y le pedimos que nos regale unas pocas moras moradas para que se las coma la anciana y se ponga buena.

Los padres de los niños, dos varones y una niña, sin dudarlo rápidos dijeron:

- Pues coger ahora mismo la barja de esparto picado, bajáis al río Darro, cruzáis el puente, subí por el barranco de los álamos y os acercáis a las huertas de la Alhambra. Saludáis a los que estén allí trabajando y le contáis lo que le ocurre a la mujer más buena de toda Granada. Y en cuanto ellos os den las moras, os volvéis rápido a este barrio nuestro.

 

               En un abrir y cerrar de ojos, los tres niños prepararon la barja de esparto, salieron de sus casas, recorrieron los caminos que iban desde el corazón del Albaicín hasta las huertas del Generalife y cuando estuvieron en estas tierras, comentaron a los hombres lo que pasaba. El jefe, sin dudarlo un momento, dijo:

- ¿Y qué tenemos nosotros que ver con esa anciana que dices? Las moras que en estas huertas cultivamos, son para los reyes de la Alhambra. Así que olvidaros que podamos daros ni un solo puñado.

- Pero es que nuestra amiga se está muriendo y nosotros no queremos que se vaya.

- Ese no es problema nuestro.

Tristes los niños ya volvían por el mismo camino, cuando les salió al encuentro un muchacho algo mayor que ellos y les dijo:

- Vivo aquí en la medina de la Alhambra y como he oído lo que le habéis contado los que cuidan estos huertos y lo que ellos os han dicho a vosotros, estoy dispuesto a ayudaros.

- ¿De qué modo puedes ayudarnos?

- Yo también tengo un amigo mayor que lo quiero mucho y por eso no deseo que vuestra amiga muera. Venid conmigo y ya veréis como arreglamos esto.

 

               Y los niños, ahora ya contentos, surcaron los caminos dirección a las cumbres de Sierra Nevada. Caminaron durante varias horas y cuando ya estaban muy cansados, llegaron a unas tierras con muchos árboles. El amigo de la Alhambra les dijo:

- En ese valle verde que se ve al fondo, crece la morera. ¿No la veis ahí verde y portentosa?

Miraron los niños y sí que la vieron. Clavada en el mismo centro de las tierras del redondo valle y como si estuviera esperando a que ellos llegaran. No tardaron en estar bajo sus ramas. Por la estrecha senda, descendieron rápidos y en cuanto llegaron a la morera y la vieron toda cargada de moras gordas, moradas y maduras, se pusieron a llenar la barja. El amigo de la Alhambra les decía:

- Y también vosotros podéis comer todas las que queráis. Probadla ya veréis qué buenas.

Le hicieron caso los niños y en cuanto probaron las moras dijeron:

- Desde luego que moras como éstas no las hemos comido nunca en la vida. ¿Quién es el dueño de este árbol?

- De eso no preocuparos. Yo lo conozco bien y como es mi mejor amigo, no tendréis ningún problema sino todo lo contrario: Este amigo mío siempre se alegra que venga a coger moras a esta morera.

 

               Llenaron los niños la barja de moras, se pusieron en camino para regresar a la Alhambra y al barrio del Albaicín y con mucho cuidado para que las bayas no se estropearan, bajaron por los caminos. Y venían ellos tan contentos, en compañía de su amigo de la Alhambra y con la barja repleta de moras, cuando al pasar cerca de las huertas del Generalife, los vio el jefe de estas tierras. Les salió al paso, se puso delante de ellos y les dijo:

- ¡Alto ahí!

Los niños se asustaron, detuvieron su marcha, miraron al hombre temblorosos, esperaron a que se acercara un poco más y cuando estuvo a solo dos pasos de ellos, les dijo:

- ¡Con que nos habéis robado las moras de las moreras de la parte alta!

El muchacho de la medina salió en defensa de los niños y dijo:

- No señor, estas moras son de mi amigo de las montañas.

- Tú a callar, que tu padre es amigo nuestro y como se entere de lo ocurrido, los dos vais a tener problemas.

Calló el joven, callaron los tres niños, cogió el hombre la barja llena de moras y al verlas, rápido dijo:

- Y además, habéis robado las más buenas que nunca se han dado en estas tierras. Gordas como castañas, completamente maduras y con una presencia que solo verlas, alimentan. Hoy el rey, la reina y los príncipes, van a disfrutar de las mejores moras que nunca se han dado en estas huertas.

 

               Y el hombre, sin más, vació todas las moras en una gran cesta de mimbre, devolvió la barja a los niños y les dijo:

- Ahora ya podéis seguir vuestro camino y dar gracias al cielo que solo os quito las moras y os dejo libres, sin castigos y sin cargos.

Y a los que trabajaban a sus órdenes, les dijo:

- Y vosotros, ahora mismo llevad estos frutos a los palacios para que los reyes puedan saborearlos cuanto antes.

Hicieron caso los hombres mientras los niños, tristes y en silencio, por el camino del barranco que baja al río Darro, regresaban al barrio de la anciana. Pasado un rato la niña comentó a sus compañeros:

- Regresamos con la barja vacía y nuestra amiga se está muriendo.

Nada dijeron los dos niños porque sabían que era cierto lo que la pequeña comentaba. Llegaron al río, lo cruzaron y subieron la cuesta hacia el corazón del barrio del Albaicín, llegaron a la casa de su amiga la anciana y al verlos los vecinos rápidos dijeron:

- ¡Gracias al cielo que habéis regresado! Traed enseguida esa barja que le demos un puñado de fruta a esta amiga nuestra para que recupere fuerzas.

Y al ir los vecinos al coger la barja para sacar las moras, los niños se dispusieron para contar todo lo que había sucedido. Pero enseguida, los tres se quedaron con la boca abierta al comprobar que la barja estaba repleta por completo de moras gordas, maduras y con una pinta estupenda. Y vieron como los vecinos, cogieron estas moras, las lavaron y se la dieron a la anciana que con gusto, poco a poco se las comía diciendo:

- Nunca en mi vida he comido yo moras más buenas que éstas. Estos bocados van a darme la vida. Que el cielo os pague todas las cosas que estáis haciendo por mí. Y a estos niños, que un día también el cielo se lo pague muy crecido.

 

               Los niños, asombrados y maravillados por lo que estaban viendo y oyendo, después de agradecer a la anciana sus palabras, cogieron la barja ya vacía y se fueron rápidos a su casa para contar a los padres lo que habían visto y oído. Y fue la pequeña la que, nada más encontrarse delante de los padres, se puso a relatar todo lo ocurrido. Con tanta emoción y fuerza que en uno de los momentos, cogió la barja para decirle a los padres cómo habían sucedido las cosas y al abrirla para que la vieran por dentro, se quedó parada, sin aliento e incapaz de pronunciar palabra. Porque al instante descubrió y también todos los allí presentes, que la barja estaba repleta de moras que relucían como trozos de ascuas incandescentes. Y más asombrada que nadie, la madre de la niña preguntó:

- Y tanto oro ¿de dónde lo habéis sacado?

 

El zorro, la campesina y la princesa

 

               1- El zorro

               Sintió un pequeño ruido. Como de alguien o algo que tuviera en apuros y llorara. Desde el rellano de la sombra del olivo, prestó atención y al rato, escuchó como unos quejidos. Se dijo: “Alguien se ha perdido por aquí y se encuentra en apuros. Voy a ver quién es por si puedo ayudarle”. Y desde el rellano de la sombra del olivo, se movió cautelosa como hacia la cascada del lado de la derecha. Con cuidado se fue tapando tras el peñasco cerca del arroyo y poco a poco alzaba su cabeza para ver qué ocurría por entre las rocas de la parte alta.

 

               Y no tardó mucho en descubrirlo. El animal, un zorro no muy grande, de pelo color naranja y gris, estaba como recostado en la hierba antes de las tres rocas blancas. Desde unos cinco metros de distancia, miró durante unos segundos y al poco comprobó que le pasaba algo. Sintió deseos de hablar para preguntarle quién era y qué le pasaba pero se contuvo. Se volvió a decir: “Sé que los zorros no hablan pero también sé que todos los animales del mundo, tienen como un sentido especial para entender las cosas y comportamientos de las personas”. Tal como estaba oculta tras la roca, quedamente preguntó:

- Te he sentido y parece como si lloraras. ¿Qué te pasa?

Al oírla el zorro, rápido se levantó, miró para la roca, se preparó como para salir huyendo pero se quedó quieto en el centro de la pequeña pradera de hierba. Miraba como asustado y al mismo tiempo como si tuviera necesidad de quedarse. De nuevo ella habló y dijo:

- Quiero ayudarte. Voy a salir de detrás de esta roca para acercarme más a ti. Yo también estoy sola y necesito amigos. Deseo saber quién eres y conocer qué te pasa. Tranquilo, no te haré daño, confía en mí.

 

               Y el animal, se comportó como si le hubiera entendido claramente. Permaneció quieto en la pradera de hierba, mirando muy expectante. Salió ella de detrás de la roca, dio unos paso y como a unos dos metros del zorro, en una piedra gorda se sentó. Lo miró mostrando interés y le preguntó:

- Nunca antes te había visto por aquí. ¿De dónde eres?

Esperó un momento, casi por completo convencida de una respuesta por parte del zorro y por eso escuchó muy concentrada. Y lo sintió susurrar, a su manera y no con el lenguaje de los humanos pero que sí ella entendió:

- Como vez, soy un zorro, ya algo viejo, cansado de muchas cosas y vengo de la Alhambra.

- Yo nunca estuve en la Alhambra pero sí mis padres me han dicho que aquello es grande y bello. Un día iré porque cada noche lo sueño. ¿Es que allí hay zorros?

Y el animal, con el lenguaje de los raposos, le respondió:

- Yo he vivido allí durante mucho tiempo y ahora me he escapado. Vengo huyendo porque estoy cansado de lo mal que hablan de mí y el poco agradable tratado.

 

               2- La campesina

               Ella vivía en una pequeña casa blanca, al borde mismo de un arroyo. En la misma puerta crecía una parra, una gran higuera a la derecha y miraba para donde el sol salía cada mañana. Por eso, una de las ventanas de la casita de paredes blancas, daba a las cumbres de Sierra Nevada y la otra, al arroyo. Justo donde el terreno formaba como una repisa, siempre cubierta por la sombra de un viejo olivo que crecía por el lado de arriba, entre la cascada, las rocas y la hermosa casa blanca. También en esta llanura, había una clara fuente, con dos gruesos caños de agua y un pilarillo cuadrado que el padre había hecho de piedras y cemento. Sentada al borde de este pilar, ella jugaba a ratos, con las manos metidas en el agua y chapoteando con los pies.

 

               Y a esta pequeña llanura, como unos diez metros cuadrados, era donde se venía cada mañana. A veces, en compañía de la madre cuando ésta lavaba o zurcía algún roto en la ropa. En otras ocasiones, se venía a la sombra del olivo, sola y les decía a los padres:

- Lo que más me gusta de este mundo, es la llanura del olivo y la espesa sombra que por aquí derrama. Creo que nada hay más bello en este suelo.

Los padres eran felices viviendo como ella que, a pesar de estar sola, no echaba de menos nada. Ni la ciudad ni amigo ni cosas parecidas, creían ellos. Porque siempre la veían llenando el tiempo cada día, a veces, ayudando a la madre y en otros momentos, inventándose juego que continuamente desarrollaba en la pequeña llanura, a la sombra del olivo y entre la casa y el arroyo. Porque el arroyo pasaba por allí mismo. A solo unos metros de la llanura del olivo. De aquí que ella disfrutara también mucho, con las claras aguas del redondo charco que se remaba justo donde la llanura terminaba. En verano, en este charco se bañaba. También cogía pequeños puñados de agua y la derramaba sobre las plantas. En otoño, invierno y primavera, en este charco y en la cascada que se fraguaba algo más arriba, también jugaba. Con las hojas secas que en otoño caían de los álamos y con los carámbanos de hielo que se formaban en las cascadas. En ocasiones decía:

- ¿Y si un día me encuentro un tesoro?

- ¿Por qué dices eso?

Le preguntaba la madre. Y ella le respondía:

- ¿No decís vosotros que en los ríos de Granada, hay oro?

- Sí, en un río muy concreto pero no en este arroyo.

- ¿Dónde está ese río y cómo se llama?

- Todo el mundo lo conoce con el nombre de río Darro y, como corre a los pies mismos de la Alhambra entre las dos colinas, también algunos lo llaman y creo que muy acertadamente con el nombre de “El río de la Alhambra”. Pero tú siempre debes tener presente que el mayor tesoro del mundo, el que no roban los ladrones ni corroe la polilla ni destruye el tiempo, todos lo tenemos en nuestros corazones.

 

               Estaba ya para cumplir lo quince años y por eso, ella como todos los jóvenes del mundo y en todos los tiempos, con frecuencia sí que soñaba con amigos. Muy poco sabía de otros lugares ni de los jóvenes de su edad pero sí cada día su corazón le pedía salir del rincón del arroyo a irse a conocer mundo y otras personas. De aquí que, cuando en otros momentos la madre se venía a la sombra del olivo, ella se sentaba a su lado y le preguntaba:

- ¿Nos iremos algún día a vivir a Granada?

- ¿A ti te gustaría?

- Aunque yo no sé cómo será aquello ni conozco a nadie allí, sí que me gustaría. Estos lugares son bonitos, tenemos aire puro, hondos silencios, verdes y colores primorosos pero la monotonía es mucha y me siento sola. A veces me parece como si todo por aquí aplastara con una soledad inmensa. Me faltan amigos para compartir con ellos cosas y crear mundos nuevos. Y yo creo que todo esto es porque mi espíritu necesita encontrar su lugar en este suelo. No sé si me entiendes.

- Claro que te entiendo, hija mía. Pero es que nosotros tenemos nuestra vida en esta pequeña casa, en los campos que nos rodean y en los animales que tu padre cuida cada día. En la ciudad ni tenemos para vivir ni sabemos cómo.

Y al oír esto de la madre, la muchacha callaba, seguía en sus juegos, ayudaba en lo que podía y al rato otra vez preguntaba:

- ¿Y la Alhambra?

- ¿Qué es lo que quieres saber de este lugar?

- Nunca he visto aquello aunque sí tú me has hablado de torres, murallas, palacios, jardines y agua. ¿Quién vive allí y cómo son de importantes los príncipes y princesas de aquellos palacios?

 

               Rememoraba la madre mil y una cosa y luego, de la mejor manera que sabía, le contaba historias y detalles de todo lo que la joven le preguntaba.

- ¿Y tampoco podremos irnos a vivir algún día a estos palacios y casas?

- Ya sabes que la Alhambra fue construida y pertenece a personas muy importantes. Y, aunque sé que a ti te gustaría ir y conocer la Alhambra y Granada, ahora mismo no puedo decirte si lo haremos algún día. Somos pobres y nuestro mundo está en este rincón de las montañas, el agua de este arroyo, la sombra del viejo olivo, el sol y el silencio.

Al oír estas reflexiones de la madre, la joven guardaba silencio y ahora se distraía observando el vuelo del viejo mochuelo que tenía su nido y querencias en el tronco del olivo. También y un poco más arriba y sobre las rocas, se posaban muchas veces águilas y algunas otras aves.

 

3- La princesa y el zorro

- ¿Quién te ha tratado mal?

Preguntó la muchacha al zorro.

- La princesa de las trenzas negras.

- ¿Una princesa que vive en la Alhambra?

- Ella y los que le rodean, dicen que es princesa pero conmigo no ha sido buena. Yo un día pensé que todas las princesas del mundo, por el hecho de ser princesas, deben ser mejores que otras personas. ¿Y sabes? Lo que más me duele ahora mismo y por eso estoy triste, es haber comprobado que las personas no tienen buen corazón. Al menos conmigo, y esta princesa de las trenzas negra que te estoy diciendo, de este modo es como se ha comportado.

Y en este momento el zorro agachó su cabeza, dejó caer sus pequeñas orejas y lloró. Lo supo la muchacha porque, por los brillantes y pequeños ojos del animal, vio aparecer varias lágrimas. Se acercó la joven un poco más, se puso de rodillas frente al que ya consideraba su amigo y, respetando su dolor y espacio personal, de nuevo le preguntó:

- ¿Y qué es lo que te ha hecho tu princesa?

Ahora tardó unos segundos en responder. Miró triste a la joven que tenía ante sí, suspiró al modo en que lo hacen los zorros, restregó sus ojos con las manos y con voz entrecortada y temblorosa, confesó:

- Yo la quería y aun la quiero mucho. Porque ella sí es muy bella. Siempre huele a rosas, a prados y a rocío fresco, su pelo es suave, su voz dulce, su cara brillante y su sonrisa, como un cielo lleno de estrellas en una cálida noche de verano. Sin embargo…

 

               Y la voz del zorro se quebró como sin fuerzas y llena de dolor. Sintió deseos la joven de abrazarlo pero contuvo su impulso. Le dijo:

- Cuéntame las cosas y deshaga tu corazón. Yo también lloro alguna vez, a escondidas para que no me vean mis padres y por eso sé lo bueno que es tener un amigo al lado. En estas ocasiones, lo que más echo en falta es un abrazo y alguien con quien compartir mis sentimientos. Llorar limpia por dentro y dar tranquilidad. Lo sé por experiencia aunque nadie me lo haya contado.

Y el zorro dijo:

- Era yo todavía muy pequeño, cuando una mañana de primavera, por estos campos aparecieron hombres montados a caballo. Mataron a mi madre, a mis hermanos los persiguieron y mí me cogieron prisionero. Entre gritos de alegría, oí que decían:

- Ya tenemos el trofeo que necesita la princesa. Regresemos ahora mismo a la Alhambra y se lo mostramos.

Metido en una jaula de hierro, me llevaron a los palacios de la Alhambra, me pusieron delante de una joven muy bella y al verme dijo:

- Este zorro será mi mejor amigo. Ponedlo en un rincón de los jardines donde yo pueda verlo cada día. Quiero domesticarlo porque un zorro sin domesticar, por bello que sea, no sirve para nada.

 

               Junto a una gran torre, cerca de una muralla muy alta y dentro de la jaula de hierro, me dejaron. Al poco vino la princesa y al verme, me miró con algo de interés y me dijo:

- Si te portas bien, serás mi amigo, te sacaré de esta jaula, te llevaré a los palacios conmigo y te daré de comer lo más exquisito.

Y yo, al ver aquella joven tan bella, me llené de ternura. Dejé que me hablara, que se aproximara a la jaula y que acercara su mano como para acariciarme. Noté en ese mismo momento que su mano, su cara y su corazón, olían a rosas y vi que sus ojos me miraban con dulzura. Me dio higos secos y cerezas y luego se fue. Lloré mucho aquella noche recordando a mis hermanos y a mi madre y luego soñé con la princesa. Esperaba con ilusión que volviera al día siguiente y así lo hizo. Al caer la tarde, la vi acercarse, con una sonrisa muy bella en sus labios y con su precioso pelo negro recogido en trenzas. De nuevo me regaló frutas, se puso muy cerca de mi jaula de hierro y me dijo:

- Podría abrir la puerta de esta jaula y darte la libertad.

Y yo le pregunté:

- ¿Y por qué no lo haces?

- Porque tengo miedo a que me hagas daño o a que te escapes.

- Soy un zorro salvaje y seguro querré irme a las montañas pero tú eres buena conmigo. Creo que no podría hacerte daño. Hueles a rosas y tu cara refleja la luz del sol.

- De todos modos, no me fío. Tendrás que seguir encerrado un poco más hasta que te acostumbres a mí y a estos palacios. Poco a poco debes ir aprendiendo cosas hasta que estés amaestrado por completo. Si no te domestico, no me servirás para nada.

 

               Volvió al día siguiente y compartió conmigo frutas y un buen rato de conversación. Me contó algunos de sus sueños, historias de sus amigas y lo que pensaba hacer conmigo y luego me dijo:

- Lo he pensado mejor. Si me prometes no irte a las montañas, mañana mismo abro la puerta de esta jaula y te dejo libre.

- ¿Y a dónde iré cuando sea libre si no puedo marcharme a las montañas?

- Quiero que vivas en libertad por entre estos jardines, torres y palacios. Así te irás acostumbrado y poco a poco te harás mi amigo, mientras juego contigo y te cuento mis cosas. De naturaleza, tú eres salvaje y tus comportamientos son agresivos y descontrolados. Me siento en la obligación de educarte porque para eso te he cogido preso y estás en esta jaula encerrado. ¿Qué piensas de esto?

- Que si me dejas libre no me iré a las montañas. Tú eres muy hermosa, hueles a flores, a rosas frescas y pareces buena.

- Pues te prometo que mañana vengo y abro la puerta de esta jaula.

Le di las gracias, confíe en ella, soñé aquella noche con su pelo negro y sonrisa parecida a una noche de estrellas y esperé ilusionado a que volviera por la tarde. Desde mi jaula miraba inquieto, con el corazón agitado esperando verla asomar por entre las plantas del jardín. No apareció. Ni aquella tarde ni al día siguiente ni al otro.

 

               Sí cada día, empezó a venir un guarda y me dejaba algo de comida. No me decía nada ni yo le preguntaba. Hasta que en una ocasión oí que con sus compañeros comentaba:

- La princesa quiere que este zorro se acostumbre a vivir solo por entre estos jardines, torres y murallas.

- ¿Y qué piensa hacer con él, luego?

- Su intención es domesticarlo para que sea su amigo y viva en los palacios.

- ¿Y cuándo será eso?  

- Cuando este animal se haya acostumbrado a vivir en libertad y a nadie ni a nada haga daño.

Tenía triste mi corazón por la ausencia de la princesa pero cuando oí la conversación de los criados, me desanimé por completo. Esperé cada día a que ella volviera para verla y demostrarle que deseaba ser su amigo porque a mis ojos y corazón, era la más hermosa y buena. Seguía sin aparecer pero sí una tarde, los guardas abrieron la puerta de mi jaula y me dijeron:

- Si te comportas bien y no huyes a las montañas puede que dentro de poco la princesa venga a verte y te lleve con ella.

Me acordaba tanto de la princesa, la echaba tanto de menos, estaba tan enamorado de su perfume a rosas, del color de su pelo y la sonrisa de su boca que lo último que se me hubiera ocurrido era irme y dejarlas sola. Al verme suelto, fuera de la jaula de hierro y libre, me dije que debía comportarme de la manera que ella muchas veces me había pedido. Y así lo hice.

 

               Durante algunos días, por la noche principalmente, recorrí los jardines de la Alhambra, exploré todos los rincones de las murallas, chapoteé en las acequias y visité las huertas de los que por allí sembraban tierras. Y al amanecer, siempre buscaba un lugar oculto y no lejos de la torre donde yo creía vivía mi princesa. Y muchas horas, a lo largo del día, me las pasaba mirando con la ilusión de verla. Soñaba verla asomada a la venta de la torre y soñaba verla aparecer por entre las flores del jardín. Y por eso, cada vez que el airecillo me traía aromas de rosas, jazmines o violetas, me parecía que se acercaba. El corazón me daba un vuelco, latía acelerado e impaciente deseando verla aparecer por entre las plantas. Me decía: “El olor de rosas que siempre desprende mi princesa, es limpio, dulce como una noche de primavera, fresco y suave y me llena del corazón de vida. En cuanto la vea tengo que preguntarle si todas las princesas del mundo huelen a rosas o esta cualidad es solo de ella. Y le diré que me gusta mucho, lo que más hasta ahora me gusta en el mundo, es el perfume a rosas que ella siempre desprende”.

 

               En este sueño estaba y en otros parecidos cuando un día, a primera hora de la mañana y cuando ya me había refugiado en mi escondite, oí a unos hombres que decían:

- Esta noche el zorro de la princesa se ha comido todas las ciruelas de mi árbol.

- Pues ayer se comió una buena cantidad de los higos pasos que iba a guardar para el invierno.

- Y a uno de los vecinos de la parte alta de la medina, parece que le ha quitado algunas de sus gallinas. Se lo hemos dicho a la princesa y como a ésta no le ha gustado nada el comportamiento del animal que ahora vive por aquí suelto ¿sabéis lo que ha dicho?

- Cuéntanoslo.

- Nos ha dado permiso para que en cuanto lo veamos, le demos todos los palos que queramos. Y también creo que comentó: “Ese zorro, a pesar de su cara de bueno, no me gusta nada. Huele mal y si ahora se ha convertido en ladró robagallinas y frutos de los huertos, no lo quiero como amigo. Así que en cuanto lo veáis, deshaceros de él como podáis”.

 

               Se fueron aquellos hombres a labrar las tierras de los huertos y yo, escondido me quedé en mi refugio. Ahora triste y perseguido y por eso, ni siquiera un minuto de paz tuve en todo el día. Esperé inquieto a que la noche llegara deseando que antes no aparecieran por allí los que iban a matarme a palos ni tampoco mi princesa. Porque de pronto y, al oír lo que comentaban aquellos hombres, se me quitaron las ganas de ella. Pensé que sus palabras no tenían valor porque me había mentido sin importarle la ilusión que había hecho brotar en mi corazón. Ya no quería verla ni saber nada más de ella. Aunque luego también me dije: “Pero al fin y al cabo, es mi princesa, sus manos son blancas como la nieve, su sonrisa hermosa como una noche de estrellas y huele a rosas frescas”. Y al llegar la noche, en cuanto oscureció, salí de mi escondite, busqué un agujero que en el lado norte de la muralla conocía y por allí me escapé del recinto amurallado. Y aprovechando la oscuridad de la noche, atravesé aquellos jardines, algunas acequias y muchos huertos y subí por la ladera que hay al lado de arriba de la Alhambra. Cuando llegué a lo más alto del cerro, me paré y miré para atrás. Al fondo vi todo el conjunto de la Alhambra y Granada, iluminadas por muchas luces parpadeantes. Me dije: “Tengo que alejarme de aquí antes de que amanezca y me vean. Lo siento por mi princesa y porque quizás no pueda sepa de ella nunca más en mi vida. ¡Es tan bella y su perfume a rosas, tan delicioso!”.

 

               Al llegar a este punto del relato, el zorro dejó de hablar. Tal como estaba frente a la joven campesina, permaneció quieto como esperando algo, al tiempo que por sus ojos brotaron más lágrimas. La muchacha ahora de nuevo sintió el impulso de acercarse más y abrazarlo. Se dio cuenta de esto el animal y antes de que la joven dijera o hiciera nada, aclaró:

- Ahora, si no te importa, por favor, déjame solo. Agradezco tu compañía y agradezco que me hayas escuchado. Pero como estás viendo, estoy cansado y por dentro tengo mucho dolor.

- Lo entiendo y te respeto pero, puedo ser tu amiga por si en algún momento me necesitas. Sé que ahora estás solo, ya no conoces ni estas montañas ni por aquí tienes amigos y tu princesa te ha fallado. No quiero yo ocupar su lugar en tu corazón pero comprendo lo mucho que te ha dañado. Si yo fuera tu amiga, te prometo que no voy a comportarme como ella.

Y al oír la palabra “amiga”, el zorro tembló. Dijo:

- En otro momento hablamos y gracias de nuevo por escucharme.

  

               4- Preparándose para irse

               Se movió el zorro, algo triste, dio media vuelta, caminó despacio y poco a poco se fue alejando por entre las rocas y por la izquierda del arroyo y como hacia la cascada. La joven lo miró mientras se alejaba y sintió que su corazón se le llenaba de amor. Se dijo: “Sus ojos brillan con tanta luz, su voz es tan amable y su modo de comportarse parece tan correcto, que me gustaría tenerlo por amigo para siempre. Ahora lo dejo tranquilo pero luego volveré, lo llamaré y dejaré que hable todo lo que necesite. Luego le preguntaré y comentaré lo que en mi corazón ha despertado”. Reflexionando éstas y parecidas cosas, la joven se vino al rellano de la sombra del olivo y cuando cayó la tarde, con sus padres se refugió en la casa. Nada contó a ellos del encuentro y charla con el zorro. Pero sí, en cuanto se acostó, de nuevo pensó en el animal. Lo imaginó refugiado en algún agujero de las rocas junto a la cascada y le dio pena verlo tan solo. Por eso se volvió a decir: “Ya sé que él, es un animal pero si se hace mi amigo, podemos recorrer juntos muchos rincones de estas montañas. Podríamos compartir mil cosas e incluso, ir un día a la Alhambra para conocer a la princesa y que también nos cuente cosas. Quizás al ver la tristeza de este animal, se le conmueva el corazón y lo trate con amor”. Se quedó dormida pensando en estos momentos y en su amigo el zorro.

 

Y en cuanto se despertó al día siguiente, se levantó, salió de su casa, caminó hacia el arroyo, subió a la repisa de las rocas y, por donde la tarde anterior había visto irse el zorro, lo buscó. No lo vio y por eso lo llamó. No apareció pero sí, al mirar para el lado de la cascada, lo descubrió cerca de las aguas. Desde la distancia le dijo:

- Tengo algo importante que decirte. Deja que me acerque y te lo cuento.

Y oyó que el animal le dijo:

- Gracias por acordarte de mí y por venir a verme pero tengo que irme.

- ¿A dónde te vas?

- Mis padres no pudieron enseñarme a vivir en libertad en las montañas porque los mataron cuando a mí me cogieron preso. Y en la Alhambra, la princesa y otros más, tampoco me han enseñado a vivir con ellos, con vosotros los humanos. Por eso ahora quiero irme a mi mundo natural.

- ¿Pero y tu princesa, su olor a rosas y todo lo que me has dicho sientes por ella?

- Yo sé que ella huela a rosas y que yo huelo a cebolla podrida, según con frecuencia me decía. No le guardo ningún rencor sino todo lo contrario: siempre soñaré con ella y pensaré que, a pesar de su arrogancia, es débil y necesita mucho amor. Si me lo hubiera permitido yo habría cuidado de ella y habría llenado su corazón de alegría. Pero es arrogante y se engalana con lujosos vestidos de seda, a pesar de oler a rosas.

 

Caminó la joven por entre las rocas, hacia el lugar donde el zorro se preparaba para irse y cuando ya estuvo un poco más cerca, de nuevo comentó:

- Escucha con atención lo que voy a decirte: quiero ser tu amiga y yo no soy como tu princesa. Jamás te diré que hueles mal porque ahora sé que tu corazón es bello. Si te haces mi amigo, podremos compartir muchas cosas juntos. Quiero demostrarte que no todos los humanos somos malos. Tú podrás contarme todo lo que sabes de la Alhambra y de las personas que viven allí y lo de tu princesa y yo podría llevarte por todos los rincones de estas montañas. Y te lo prometo: nunca, nunca me iré de tu lado ni te diré que hueles a cebolla podrida. ¿No te parece que sería muy bonito vernos los dos juntos caminando por estas montañas y por otros rincones del mundo, compartiendo nuestros sueños?

Esperó la muchacha la respuesta del zorro y en este momento vio como él, saltó a una gran roca ya más cerca de la cascada. Desde aquí volvió su cabeza, miró a la campesina y le dijo:

- Mi princesa es culta y tiene sueños grandes y tú eres simpática y derrochas inocencia. Hueles a monte y a agua clara y tus palabras animan mucho pero gracias por todo lo que me has dicho y por haberme escuchado. Quiero irme, debo irme a la libertad porque pertenezco a las montañas y también a mi princesa. Te animo a que sigas tu sueño y no amarrarte a los caprichos de un zorro decepcionado, solo y despreciado como yo. Eres buena y sueñas con tener amigos pero, como yo voy a hacer ahora, sigue tu destino y no renuncies nunca a ser tu misma.

 

LA ESTATUILLA DE ORO

 

Desde las montañas donde nace, el río Darro siempre ha arrastrado muchas piedras. También tierra y árboles pero, a lo largo de todo su recorrido, lo que más las aguas han arrastrado han sido y son piedras. Algunas muy grandes y otras, miles y miles de ellas, pequeñas. Por eso la corriente y a lo largo del tiempo, ha ido dejando playas de arena, montones de grava y piedras redondas, chatas y alargadas.

 

A él, una de las cosas que más le gustaba, era venirse al río a mirar y jugar con la corriente. Y siempre lo hacía justo por donde ahora se alza el Puente del Aljibillo. Por ahí el río tenía y aun sigue teniendo, muchas piedras en todos los tamaños. En algunas de estas piedras, al borde de las aguas, se sentaba y mientras miraba a la corriente y remojaba sus pies, iba cogiendo las piedras de la orilla, las tiraba al charco y de este modo se divertía. Los amigos, cuando lo veían, con frecuencia le preguntaban:

- ¿Es que estás buscando algún tesoro?

- No busco tesoro alguno.

- Entonces ¿para qué buscas, levantas y tiras a la corriente tantas piedras?

- Simplemente me entretengo, porque me gusta, en este juego. Me divierto y medito cosas a mi manera.

- ¿Y por qué no buscas oro y así no desperdicias sin fruto ninguno tanto tiempo? A lo mejor tienes suerte y encuentras tanto, que te haces rico.

 

            Y a partir de aquel momento, cada vez que cogía una piedra para luego tirarla a la corriente, miraba por si aparecía alguna pepita de oro. Aunque los padres le habían dicho:

- Que el oro del río Darro, fue en otros tiempos. Ahora ya no queda por aquí ni un gramo.

Él soñaba que en algún momento podría encontrar ese gramo. Se decía: “¿Por qué no podría sonreírme la suerte?” Y cogía también pequeños puñados de arena, metía su mano en las aguas, dejaba que la corriente lavara la tierra y arena más fina y miraba buscando encontrar el oro que soñaba. “Si aun todavía queda un gramo ¿por qué no podría yo encontrarlo?”

 

            Y sucedió que una tarde, al levantar una piedra para tirarla a la corriente, vio algo que relucía. Se agachó enseguida, cogió la pieza, la metió en el agua para lavarla y al instante descubrió que era como una pequeña estatuilla de oro. Dos leones acostados que miraban como si esperaran algo. Al momento dejó de tirar piedras a la corriente, subió por las calles del barrio, llegó a su casa y dijo a sus padres:

- ¡Ya soy rico! Acabo de encontrarme el gramo de oro que tú decías que aun quedaba en el río Darro.

Observaron los padres la pieza brillante y también dijeron:

- Esto es mucho más que unos gramos de oro. Tiene pinta de ser un tesoro inmenso.

 

            Enseguida escondieron la pieza en un rincón de la casa, al día siguiente el padre le comentó lo del hallazgo a un amigo y éste se lo dijo a un hombre rico, interesado en piezas antiguas y valiosas.

- Quiero ver esa pieza y si me gusta y tiene valor, se la compro a tu amigo.

Dijo el hombre rico. Llamaron al joven, éste le mostró la pieza al coleccionista y sin tardar, el hombre rico dijo:

- Parece de oro y del bueno. Voy a comprártela por una muy grande cantidad de dinero pero antes, quiero que respondas a una pregunta y también haremos una prueba para saber la clase de oro con que está fabricada esta pieza. ¿Aceptas?

- Pues lo que usted quiera.

Dijo el joven al coleccionista.

- ¿Qué es lo que quiere preguntarme?

- Algo muy sencillo. Si te compro esta pieza de oro y te doy mucho dinero por ella ¿Qué harás con tanta riqueza?

- Una cosa sí tengo muy claro: no volveré más al río a coger piedras para tirarlas a la corriente.

- Ya has respondido a la pregunta. Ahora tenemos que hacer la prueba para descubrir si el oro de esta pieza es bueno.

 

            Cogió el hombre la pieza en sus manos, la levantó hasta la altura de su cabeza, abrió las manos y la dejó caer. Y al golpear contra el suelo, la estatuilla se rompió en mil pedazos. Asombrados se quedaron los allí presente y el joven dijo:

- Mi estatuilla de oro fino se ha desmoronado ¿por qué ha sido?

Y el hombre rico comentó:

- Si esta estatuilla hubiera sido de oro fino, ahora tú serías rico. Pero ¿no crees que es mucho más divertido, la mayor fortuna del mundo y la que hace feliz por completo, sentarse al borde de las aguas y mirarlas mientras coges piedras y las tiras al río?

Y el joven no supo qué responder.

 

            Hoy en día, cuando uno se sienta en el Puente del Aljibillo, frente a la Alhambra y mira despacio a la corriente, a veces parece como si todavía estuviera él por ahí tirando piedras a las aguas. Como si para la eternidad, se hubiera convertido en el sueño que soñaba cuando jugaba con las aguas y piedras del río.

- LA CALLE, STREET, УЛИЦА, شارع

 

               No estaba asfaltada ni tenía empedrado granadino ni adoquines de granito. Toda, de un extremo a otro y a lo ancho, era de tierra. Algo roja, con piedras rodadas del río en algunos tramos y con muchos baches y pequeños arroyuelos. Surcos no muy grandes que el agua al correr formaba cuando llovía. Por eso, toda la calle y hasta las mismas puertas de las casas, era un puro barrizal en invierno y primavera. En verano, de tanto pasar las personas y las bestias, el barro se convertía en polvo. Y en otoño, las hojas secas de las parras y las higueras, la cubrían por completo.

 

               Solo algunas casas, a un lado y otro, todas de una sola planta, con tejas de barro y paredes de adobes amasados con paja. La casa que daba las espaldas a la Alhambra, se veía más hermosa. En la puerta tenía una parra y por el lado de abajo, un pequeño huerto con una higuera y una alberca con agua. La casa de la izquierda, la que se alzaba a mitad de la calle, casi en lo más alto del Albaicín y miraba de frente a la Alhambra, era muy humilde. Quizás la más humilde de todas las casas que en aquellos tiempos había en este barrio. Estaba techada con paja, el suelo era de tierra como el firme de la calle, tenía una pequeña sala y a la izquierda según se entraba, una habitación aun más chica que la sala. Solo una pequeña ventana había en la recogida habitación y daba a la Alhambra, al primer sol de la mañana y a las cumbres de Sierra Nevada.

 

               En la casa de la parra, vivía un matrimonio con dos hijas y en la humilde de la izquierda, solo una anciana ya muy cansada y a penas sin fuerzas. Pero ella, en los días de primavera y verano, siempre salía a la puerta de su casa y en su silla de aneas y madera de olivo, se sentaba. Simplemente a ver lo que por la calle pasaba, a mirar en silencio a la grandiosa figura de la Alhambra y a esperar, según decía ella. Por eso, las jóvenes de la casa de la parra, cuando pasaban y la veían sentada en la puerta, siempre quieta y en silencio, con frecuencia le preguntaban:

- ¿Y qué es lo que esperas?

- Cuando yo era joven, un apuestos muchacho, un día me prometió que vendría a mi casa y me llevaría con él muy lejos.

- Y después de tanto tiempo ¿todavía sigues esperándolo?

- Aunque pasen los años, la ilusión nunca se pierde.

 

               Y las jóvenes callaban. No se atrevían ellas a confesar a la anciana que también en sus corazones tenían un sueño. Pero la anciana era inteligente y por eso un día les preguntó:

- Y vosotras ¿a quién esperáis?

- Nosotras, muchas tardes nos aseamos y nos ponemos vestidos nuevos parque esperamos irnos algún día de aquí.

- ¿Iros a dónde?

- No sabemos, porque nunca hemos visto cómo son las cosas en otros lugares del mundo pero tenemos que irnos. Cada día estamos más cansadas de tanta monotonía y lo limitadas que son las cosas y personas que por este barrio conocemos.

Y al oír esto, a veces la anciana les decía:

- Vuestro sueño es igual de bello que el mío cuando yo era joven y fijaros como me encuentro ahora mismo.

- ¿Y qué consejo puedes darnos?

- Que soñar es bueno porque sino la vida sería imposible. Pero yo, aunque cada día lo sigo esperando, si en algún momento se presentara, le diré que ya es tarde. Que siga su camino y se vaya a sus cosas.

- ¿Por qué harías eso?

- Porque ahora sí tengo claro que pasado el tiempo, lo único valioso que tenemos, es el recuerdo de aquello que de jóvenes soñamos. Ni la realidad más hermosa puede superar a esto.

 

               Y las muchachas, mostrando sus vestidos limpios y de colores, daban media vuelta sobre sí delante de la anciana y muy resueltas comentaban:

- Pero abuela, lo que nosotros soñamos, es muy distinto a lo que has vivido tú. Las cosas ahora ya no son lo mismo.

Ha pasado el tiempo. Muchos, muchos años y aquella calle de barro y casas de adobes con paja, parece otra. Está empedrada, tiene adoquines de granito y todas las casas muestran cristales en sus ventanas. No se ve, al caer las tardes, ninguna anciana sentada en la puerta de su casa y esperando en silencio. Sí, de vez en cuando, por la calle van y viene grupos de jóvenes que comentan:

- Un día, tendremos que irnos de aquí, a otro lugar del mundo en busca de amigos, de oportunidades y de fortuna. La monotonía y el vacío que por este rincón cada día vivimos, no sirve para nada.

 


Aviso legal | Política de privacidad | Mapa del sitio
© José Gómez Muñoz. "El Último Edén"