Ventanas a la eternidad 

       Relatos cortos // 2010-16

El libro de los más bellos relatos de la Alhambra,

río Darro, Albaicín, Realejo y Granada - V 

1- Al volver las golondrinas 

2- La princesa que soñaba un mundo difere  

3- Por donde la Silla del Moro  

4- Zawi, el amigo 

5- La cueva de Zawi 

6- Buscando nidos de pájaros 

7- El abrazo del rey al joven Tariq  

8- La casita de madera en el nogal -II  

9- Desde un carmen del Albaicín  

10- Las cascadas de la Montaña del Sol, Sulayr 

11- El níspero de la Alhambra 

12- El río de las aguas azules  

13- La cabaña de las princesas  

14- Junto a las aguas del río ...  

15- La muchacha del ramo de flores 

16- Alfombra de espigas de trigo -III 

17- Un hombre bueno 

18- La madre, el soldado y el rey 

19- Sueños de juventud 

20- El sueño de una novia  

21- El joven del caballo negro (tres partes) 

22- El rincón de la hiedra -IV 

23- El nido y la mariposa 

24- La cueva de los diamantes -I  

 

Al volver las golondrinas

 

            El rey llamó a la princesa, su hija y le dijo:

- Desde hoy tienes prohibido hablar con tu amigo, el jardinero.

Y la princesa, nerviosa y algo asustada, le preguntó:

- Señor ¿por qué me impone este castigo?

- Tu amigo no es de mi agrado. Ya hace tiempo que te lo vengo diciendo y no me haces caso.

- Es que Nadín, mi amigo el jardinero, es la persona más buena que nunca he conocido. Y como cuidador del jardín y todas las plantas que crecen por aquí, es único.

- ¿Y cómo me lo demuestras?

- Desde el día que su majestad me regaló las tierras que hay el levante de nuestro palacio, él ha trabajo aquí sin descanso hasta construir en este espacio el edén más hermoso que hay en torno a la Alhambra y en el reino de Granada. Solo tiene que mirar y verlo. Yo creo que nunca hubo ni habrá en el mundo otro jardín como este mío. Nadín es un hombre bueno, sabio y de corazón puro. Es amante de lo bello y lo excelso y, por todo esto, yo lo quiero mucho. Y como persona, también es un gran amigo.

- Pero desde aquel primer día yo he ido observando en él hacia ti mucha confianza y esto, no me gusta nada. Así que te lo repito: desde ahora mismo te prohíbo que hables con él y que te acerques a su lado.

- Pero padre…

 

            Y a la princesa ya no le dio tiempo explicar nada más. Se levantó el padre de su asiento de rey, dio las espaldas a la joven y se fue a sus cosas. A despachar con los gobernadores los asuntos del reino y de su palacio. Se levantó la princesa también de su asiento, caminó despacio y muy cabizbaja y se fue a su aposento, en la torre alta del gran palacio sobre el Cerro del Sol, por encima de la Alhambra. Una de las ventanas de su torre, palacio y alcoba, daba a la gran llanura del fabuloso jardín cultivado y cuidado por Nadín. Y tenía siempre de fondo las altas y blancas cumbres de Sierra Nevada.

 

            La primavera estaba ya muy avanzada. Cada día el sol lucía con su mejor luz y colores y por eso el calor se hacía sentir, como preludio de la llegada del verano. Pero las nieves sobre las montañas de Sierra Nevada todavía tardarían unos días en derretirse del todo. En su jardín, el edén más florido y verde que por aquellos tiempos había en Granada y en todos los recintos y alrededores de la Alhambra, ya habían florecido muchas plantas. Nadín el jardinero y gran amigo de la princesa, cada día cuidaba con tanto cariño a todas estas plantas que hasta le puso nombre a todo el terreno. Cuando hablaba con sus amigos o con la princesa siempre se refería al vergel como “El Jardín de la Princesa”. A ella le hacía mucha gracia y, en el fondo, le gustaba y se sentía honrada y orgullosa.

 

            A estas alturas del año y de la primavera, en el Jardín de la Princesa, ya habían brotado las lilas, las rosas rojas, blancas y amarillas, las pequeñas rosas de pitiminí, los lirios y las azucenas. También ya estaban abiertas las flores de los naranjos aunque de las ramas de estos árboles, colgaban aun muchas naranjas. Nadín las iba cogiendo poco a poco, algunos días, acompañada de la princesa. Por eso hablaba con ella y le decía:

- Dentro de poco volverán las golondrinas y también los ruiseñores y llenarán con sus vuelos y trinos, todos estos sitios.

Y la princesa comentaba con él:

- ¿Te acuerdas que el año pasado las golondrinas hicieron su nido donde tú guardas las herramientas?

- Claro que me acuerdo y también recuerdo lo mucho que a ti te divertía primero verlas construir cada día un trozo de su nido y luego, verlas acarrear hebras de pasto y, después, encubar sus huevos y crías los polluelos. Y también me acuerdo de tu alegría el día que las nuevas golondrinas salieron de su nido y se pusieron a dar vueltas por encima de este jardín tuyo.

 

            Guardón un momento de silencio la princesa y, mientras ayudaba a Nadín a coger una rama cargada de lustrosas naranjas, le preguntó:

- Y cuando este año vuelvan las golondrinas ¿vendrán las que hicieron aquí su nido el año pasado y también sus crías?

- Las golondrinas siempre vuelven cada año al llegar la primavera al mismo sitio donde hicieron el nido y nacieron.

- Pues desde ahora mismo voy a estar pendiente a ver si lo que me dices es cierto. Pienso que cualquier día de estos pueden volver las golondrinas y, en cuanto las vea revoloteando por encima de este jardín nuestro, lo primero que voy a comprobar es ver si vuelven todas.

- Yo también estaré pendiente y en cuanto las veas te lo digo.

Otra vez guardó silencio la princesa y al rato le preguntó:

- ¿Y por qué a ti te gustan tanto los pajarillos, los árboles, las flores, los animales, la naturaleza entera?

Sin titubear Nadín respondió:

- Princesa, nada sería igual en este mundo y entre nosotros los humanos si no existiera la naturaleza ni los animales ni las flores. ¿Qué belleza tendría la vida si en el mundo no hubiera flores y pájaros?

Y guardó silencio la princesa.

 

            Con estos pensamientos y refelxiones y recordando lo bonitos momentos que había vivido con su amigo el jardinero, la princesa de refugió en el aposento de su torre. Triste por lo que el rey le había dicho y preocupada por Nadín. Se acercó a la ventana que, en uno de los lados de la torre, se abría hacia los jardines de la llanura. Despacio y meditabunda miró para el vergel y descubrió los naranjos. En primer término, más cerca de su palacio, descubrió los rosales de rosas amarillas y pequeñas y luego la hiedra y las celindas, los cipreses, las encinas, los pinos y por último y ya hacia el pequeño barranco que subía desde los jardines de los Alixares, los olivos y más pinos. Y mientras miraba despacio como si buscara algo descubrió a muchos pajarillos revoloteando de un lado para otro. Mirlos, tórtolas, palomas torcaces, abubillas, currucas… Miró más despacio por si entre todas estas avecillas ya revoloteaban las golondrinas y no las descubrió. Sin embargo, sí vio a Nadín regando uno de los arriates de rosas rojas, cerca de los naranjos.

 

            Y lo primero que pasó por su mente fue salir del palacio a irse a su encuentro. Sentía la necesidad de compartir con él las cosas que el rey le había comentado. Pero lo pensó con calma y, asustada por lo que pudiera ocurrir, se contuvo. Sin embargo, continuó asomada a su ventana, ahora más pendiente de su amigo y, en uno de los momentos que éste miró para la torre del palacio, ella le hizo señales y le dijo: “Hoy no me esperes porque no puedo ir”. Desde la distancia también Nadín le hizo señales y le preguntó: “¿Te pasa algo?” Repitió la princesa las señales y le contestó: “Nada grabe pero hay problemas”. Y enseguida Nadín quiso preguntar más cosas pero ya no le dio tiempo. La princesa tuvo miedo del rey y por eso se apartó de su ventana, caminó por dentro de la torre y se refugió en la cama de su aposento. Pensando en su amigo el jardinero y sin poder apartar de su mente las cosas que el rey le había dicho.

 

            Por eso, toda aquella tarde y por la noche, estuvo refugiada en su aposento. No comió nada ni tampoco durmió. Al día siguiente tampoco quiso salir de su torre aunque sí las doncellas le llevaron de comer. Durante la noche varias veces se asomó a la ventana de su torre y triste se puso a contemplar las estrellas. De fondo oyó el croar de las ranas en las acequias y estanques, el canto de los autillos, el ulular de algún cárabo y también al amanecer, se sorprendió al oír los trinos de un ruiseñor. Se había refugiado entre las ramas del rosal de flores de pitiminí amarillas y se puso a cantar. Al oírlo, enseguida se dijo: “Ya han vuelto los ruiseñores. Seguro que las golondrinas también volverán en cualquier momento”.

 

            De madruga ella se quedó dormida y cuando las asistentas entraron en su aposento y la vieron acurrucada en la cama, la dejaron tranquila. Ya al mediodía se levantó, bajó a los aposentos del rey, lo saludó y también a la reina su madre y luego dijo:

- Salgo un momento a dar un paseo por el jardín.

Ninguna objeción puso el rey y la dejaron que saliera. Y lo primero que hizo fue irse a donde el rosal de hojas amarillas con la intención de encontrar el nido del ruiseñor. No lo vio ni tampoco lo oyó pero sí descubrió el nido de una curruca. Un pequeño pajarillo del tamaño de un gorrión que había tejido su nido en unas delgadas ramas del rosal. Se acercó despacio para no asustar al pajarillo y enseguida vio que salió del nido y levantó vuelo. Se aproximó un poco más, alargó su mano y con sus dedos palpó cuatro huevecillos. Se dijo: “Son muy pequeños y están calientes. Seguro que los está encubando. Los dejaré aquí sin dañarlos”. Y se retiró. Caminó despacio hacia el centro del jardín y al pasar cerca del ciprés que Nadín había cortado en su parte alta unos meses atrás para que no tapara la ventana de su torre, el mirlo levantó vuelo. Conocía ella a este mirlo porque, desde hacía mucho tiempo, más de un año, siempre cantaba no lejos de su ventana. A veces en el ciprés y otras veces en las ramas del acebo. Por eso se aproximó al árbol, miró y descubrió el nido. Lo había construido justo al lado del tronco del ciprés, entre las ramas del acebo. También se acercó despacio y como el nido estaba muy bajo, ni siquiera tuvo que alargar su mano para palpar los huevos que había dentro. Sin apenas esfuerzo perfectamente descubrió los tres huevecillos color azul verdoso. Tampoco los cogió sino que, después de observarlos un rato, se retiró y siguió caminando. Se dijo: “Ojalá me encuentre por aquí a Nadín para compartir con él estos hallazgos”. Pero enseguida sintió miedo y se dijo: “Que no esté por aquí Nadín y me vea. Si se me acerca y charla conmigo y el rey se entera, no quiero ni pensarlo”.

 

            Caminó por los pasillos de los jardines en busca del cedro alto y grueso. Sabía ella que este era al árbol que más le gustaba a Nadín. Por eso, de vez en cuando le decía:

- En todo jardín que se precie debe crecer siempre un cedro. Y éste, es el más noble árbol que nunca se ha visto por estos reinos. Fíjate qué porte, qué follaje y qué dignidad le imprime a todo este jardín tuyo.

Y ella, siempre que Nadín le hacía caer en la cuenta de la gran belleza del cedro, le decía:

- Sí que es cierto. Me gusta mucho este árbol. Ojalá nunca nadie le corte sus ramas ni lo arranque. Para que, cuando pase el tiempo y ya ninguno de nosotros estemos por aquí, este cedro siga dando testimonio de tu presencia como jardinero y de mi amistad contigo.

 

            Y al acercarse ella ahora a este emblemático árbol, otra vez deseo encontrarse con Nadín y otra vez tuvo miedo. No lo vio pero sí le sorprendieron los aleteos de una torcaz. Miró para arriba y descubrió que en lo más alto estaba construyendo su nido. Se alegró y también sintió cierta satisfacción comprobar que hasta las palomas torcaces, acudían al cedro para hacer sus nidos. Se dijo: “Desde que Nadín cuida este jardín, no solo crecen por aquí las más bellas y mejores flores, rosas, tulipanes, jazmines, narcisos, violetas, lirios, lilas y celindos sino que hasta los pajarillos se han venido a vivir aquí. Diga lo que diga mi padre, estoy orgullosa de mi amigo jardinero y del florido vergel que para mí ha construido”. Y en estos momentos y al acercarse a un viejo olmo, vio una tórtola que se posaba en las ramas más altas del árbol. Se acercó y descubrió su nido entre la espesura de las ramas. Y mientras la observaba, otra vez se dijo: “Mañana mismo tengo que volver por aquí con papel y lápiz para tomar nota y poner por escrito en qué sitio he encontrado todos estos nidos y de qué son y en qué árbol se encuentra cada uno. Y en cuanto tenga la oportunidad de hablar con Nadín, se lo voy a comentar y, para que no se me olvide, nada mejor que tenerlo todo escrito”.

 

            Se decía esto cuando vio dos abubillas que, por entre las encinas, picoteaban y luego levantaron vuelo. Se pararon en lo más alto de la torre de sus aposentos y ahora recordó que las golondrinas podrían volver de un momento a otro. De nuevo se dijo: “Hoy he descubierto señales de currucas, mirlos, palomas torcaces, tórtolas y abubillas… Luego lo escribo y también cada uno de los detalles”. Se acercó a un rosal de rosas rojas, cortó varias flores, hizo un pequeño ramo, miró luego a un lado y otro intentando encontrar a Nadín por algún lado y, al no verlo, quiso llamarlo pero se lo impidió el miedo. Regresó por los paseos del jardín y entró a su palacio. Subió a sus aposentos y se asomó a la ventana de la torre. El día ya caía y por eso el sol brillaba sobre las nieves de Sierra Nevada. Sintió el canto de un autillo y a su mente acudió el recuerdo de Nadín. Se dijo: “Es extraño que no lo haya visto ni oído por ningún lado. Él siempre anda por entre las plantas de este jardín porque no para ni para dormir. Y es tan bueno conmigo y me quiere tanto que su mayor ilusión es tener el jardín más bonito para mí. ¡Qué extraño no haberlo visto por ningún lado!”.

 

            Fue cayendo la tarde y ella no salió de los aposentos de su torre. Las ranas en las acequias y en los estanques dieron comienzo a un gran concierto y los autillos y cárabos ululaban por entre los árboles del jardín. Contempló el cielo sembrado de estrellas durante un buen rato y aunque las doncellas le dejaron la comida para que cenara, les dijo que no tenía hambre. Se fue a la cama pensando en Nadín y diciéndose que al día siguiente tenía que hablar con su padre el rey. Pero al día siguiente, todavía antes del amanecer, sintió un gran tropel por la parte alta del jardín. Corriendo se asomó a su ventana y no vio nada porque era todavía casi de noche. Pero sí hasta sus oídos siguió llegando una gran algarabía de voces y gritos. Y por eso, en cuanto las doncellas llamaron a la puerta de su aposento para traerle el desayuno, ella les dijo:

- Pasad, está abierto.

Pasaron las tres doncellas y le ofrecieron los alimentos para que desayunara al tiempo que le decían:

- El rey nos pide que te digamos que tienes que alimentarte y que si no lo haces, tomará medidas.

- ¿Qué medidas?

- Nosotras no lo sabemos pero esto es lo que nos ha dicho.

Y entonces la princesa preguntó a las doncellas:

- ¿Sabéis vosotras qué ha sido lo que esta madrugada ha ocurrido en la parte alta del jardín?

- Todo el mundo lo sabe en este palacio.

- ¿Y qué ha sido?

- El rey ha ordenado a los soldados y estos han hecho prisionero a Nadín, el jardinero.

 

            Por un momento la princesa se quedó aturdida. Quería seguir preguntando a las doncellas pero se contuvo unos segundos. Caminó y se fue a la ventana, miró para el jardín y luego se volvió para las doncellas y ahora sí les preguntó:

- ¿Y sabéis vosotras por qué el rey ha hecho esto?

- Lo único que sabemos es que el rey ha dado órdenes a los soldados para que recluyan a Nadín en las cuevas del barranco que sube desde los jardines de los Alixares.

- A las cuevas ¿por qué?

- Le ha prohibido que aparezca más por este jardín y, como castigo menor, le deja vivir en esas cuevas pero con la prohibición también de encontrarse contigo.

- Y si él rompiera esta prohibición ¿qué otra cosa haría el rey con Nadín?

- Esto ya no lo sabemos.

 

            Y en estos momentos, ya con el sol brillando sobre las nieves de Sierra Nevada, sobre su palacio y el jardín de la Princesa, de nuevo se oyeron voces y mucha algarabía. Se acercó la princesa otra vez a la ventana y al mirar descubrió un grupo muy numeroso de hombre. Preguntó a las doncellas:

- ¿A dónde van y que harán?

- También cumplen órdenes del rey.

- ¿Qué órdenes son éstas?

- Según nosotras hemos oído el rey ha ordenado que se arranquen todos los árboles de este jardín.

- ¿Y eso por qué?

- También hemos oído que es porque te han visto a ti, por entre estos árboles, charlando con Nadín. Y como el rey te lo ha prohibido, parece que se ha enfadado y, por ahora, la quiere pagar con los árboles de tu jardín. Quizá luego lo pague contigo.

- Pero es que yo no he hablado con Nadin y estos árboles están llenos de vida. Entre sus ramas viven cientos de pajarillos y ahora mismo tienen ahí sus nidos.

- Princesa, nosotras nada sabemos de estas cosas ni tampoco opinamos en la decisiones del rey.

 

            Desde la ventana ella esperó a ver como los hombres daban comienzo a la corta de los árboles. Y descubrió como los pajarillos, mirlos, currucas, ruiseñores, tórtolas y palomas torcaces, alzaron vuelo y se fueron para el barranco de las cuevas. Se retiraron las doncellas dejando en el aposento el desayuno para que comiera ella y ésta ni siquiera le hizo caso. Desde la ventana miraba triste y veía como cortaban y arrancaban los naranjos, los limoneros, las encinas, los cedros… Y a cada golpe sobre los troncos y ramas de los árboles su corazón temblaba. Por eso lloraba y miraba en silencio pensando en los nidos de los pajarillos y pensando en Nadín. Se dijo: “Tengo que salir y buscar al rey rápido y pedirle que detenga toda esta barbarie. No hay derecho que haga esto y menos cuando no hay ningún motivo para ello. ¿Qué mal ha hecho Nadín y qué daño han hecho estos árboles y todos los pajarillos que viven entre sus ramas?”

 

            Y en estos momentos sintió el trino de las golondrinas. Volvió su cabeza para descubrirla y las vio surcando el cielo. Llegaban desde el lado de los jardines y buscaban el lugar donde el año anterior habían construido su nido y habían criado a sus pajarillos.

 

La princesa que soñaba

un mundo diferente

 

            Ella, siempre que hablaba con las amigas, les decía:

- La vida dentro de estos palacios, es enfermiza.

Y las amigas, llenas de curiosidad y sorprendidas, le preguntaban:

- ¿Por qué dices eso?

- Está muy claro: nosotros las jóvenes, nos pasamos los días soñando con enamorarnos de éste o aquel príncipe, fuerte, valeroso y alto, soñamos con sus besos, sus abrazos, su palabras bonitas, ramos de flores, diamantes, joyas y sortijas de oro. Y luego seguimos soñando y lo que más deseamos es tener un hijo, rodearnos de lujosas casas, vestidos de seda y seguir viviendo entre lujos en estos palacios. Todo esto parece como si fuera lo único importante para nosotras en esta vida.

- ¿Y en la vida de ellos?

- También podéis verlo cada día: se pasan las horas soñando con nosotras, en luchar entre ellos, en organizar guerras y conquistar reinos y luego en celebrarlo con fiestas y grandes comidas y, de vez en cuando, desean tener un hijo para que sea el heredero de la corona o de las riquezas que han conseguido con la injusticias que practican en sus vidas.

 

            Y las amigas de la princesa le seguían preguntando:

- Entonces, según tú ¿Cómo debería ser nuestras vidas?

- Desde luego, no tan enfermiza como dentro de estos palacios, vivimos cada día. Todo lo que ya os he dicho, en el fondo es pobreza y una gran miseria aunque sea lo que todo el mundo hace y a lo que, todos los hombres del mundo y también todas las mujeres, siempre aspiramos.

- Pero ¿cómo debería ser entonces nuestras vidas?

- Con muchas menos intrigas, bastantes menos amores románticos, menos celos y luchas fratricidas, con menos sueños de reinos mágicos y menos dineros, menos fiestas, comidas y palacios.

- Pero hija mía, qué reino más raro es el que tú proclamas.

- Raro, en absoluto. Lo que a mí me gustaría es ser la más libre de todas y no esclava de joyas, amores, riquezas y palacios. Porque yo tengo muy claro que todas aquellas sociedades, instituciones y personas que sean más libres, serán las que en el futuro tendrán más posibilidades de sobrevivir. Y por el contrario: todas aquellas sociedades, instituciones y personas que practiquen la prohibición, el sometimiento y la opresión, siempre estarán abocadas al fracaso. Solo el camino de la libertad y el respeto llevará a este mundo y a las personas, a la luz y a lo bello.

Al oír esto las amigas le seguían preguntando:

- Pero según tú, las puertas y murallas de estos palacios son los elementos ideales para un mundo sin futuro.

- Todas las murallas deben derribarse y todas las puertas y ventanas de casas y palacios, deben abrirse. Por eso en el futuro, la casa donde yo viva, tendrá las puertas abiertas a todas horas para que entre y salga todo el que quiera. No quiero murallas ni rejas ni llaves. Ni tampoco joyas, ni fiestas ni grandes comidas. Y flores, las justas, cultivadas siempre por mí misma.

- Pues como no nos lo expliques con algún ejemplo, nosotras no lo entendemos.

- Es lo que más deseo en este mundo pero ya estáis viendo que yo también soy esclava de la vida enfermiza que ando criticando. Me muero en estos palacios porque me falta aire y libertad y caminos para recorrer y llegar a donde mi corazón se inclina.

 

            La princesa tenía su pequeño palacio en uno de los lujosos aposentos de la Alhambra. Con ventanas a un gran patio interior donde crecían varios cipreses, corría cristalina el agua en una preciosa fuente de mármol y había un jardincillo con arrayanes, rosales y granados. Bajo estos árboles y junto a la fuente, había algunos bancos para sentarse y contemplar tanto el jardincillo como la fuente y, al fondo y en lo más alto, el azul del cielo en los días soleados. Otra de las ventanas de su pequeño y lujoso palacio, daba a la ladera norte de la Alhambra. A lo que hoy se le conoce como umbría de la Alhambra y río Darro y que mira de frente al barrio del Albaicín. Al patio interior de su palacio ella sí podía salir a pasear o meditar cada día pero a la umbría de la ladera norte, no. Se lo impedía la gran muralla que, aun rodea a todo el conjunto de la Alhambra. Y al patio de la fuente ella salía con frecuencia, algunas veces acompañada de sus amigas y otras veces, sola. Esto último era lo que más le gustaba porque podía meditar y soñar con un mundo nuevo y menos enfermizo que en el que cada día se movía. Y también le gustaba que las amigas no le acompañaran para así no discutir con ellas las cosas en las que no creían.

 

            Y además de todo esto, a la princesa le agradaba mucho asomarse a la ventana de la umbría. Se ponía en el hueco de esta ventana y aquí se quedaba horas y horas mirando al bosque, al río Darro y a las casas del blanco barrio, al frente, brillando limpias bañadas por el sol de las mañanas y doradas, cuando recibían el sol de las tardes. Y cuando en estos momentos contemplaba y meditaba, para sí se decía: “¡Qué lástima de mi vida! Aquí siempre encerrada, pendiente de los amores de éste y del otro y siempre en lujosos salones, grandes fiestas, bailes y comidas”.

 

            Y un día que ella pasaba el tiempo mirando por su ventana y soñando, se le acercó una de las amigas y le preguntó:

- Y para llevar acabo la creación de ese nuevo mundo en el que tanto piensas ¿qué harías tú y qué sería necesario?

- A mí se me ocurren hacer muchas cosas pero, en el fondo, estoy asustada. Sé que procedería en contra de todo lo reglamentado, sé que nadie me ayudaría y sé que, en cuanto me descubrieran, sería encarcelada y castigada.

- Y si tuvieras suerte y lograras ser libre ¿a dónde irías?

- Mi gran deseo es encontrar un lugar en este mundo donde todo sea puro y todos los seres y personas, libres. Creo que en algún rincón de este planeta, habrá un trozo de tierra con un bosque virgen, con muchos ríos de aguas claras, con aire puro y donde las personas y animales, vivan libres y de nada ni nadie tengan envidia ni sufran ni sean victimas de los poderosos.

- Princesa, tu sueño parece grande pero para llevarlo a cabo, hay que tener mucho cuidado y fuerza y estar muy convencido. Y, además, es peligroso. Como te descubran, quedará arruinada para siempre tu vida.

- Eso lo tengo claro pero es que me repugnan las cosas y el modo de vida que veo a mi lado.

 

            Y estaba esta princesa una mañana asomada a la ventana y miraba para el bosque de la umbría norte de la Alhambra. Un rayo de sol muy luminoso se colaba por encima de la muralla, entraba por entre las ramas de unos árboles y caía al suelo justo en un grueso tronco de almez. Y vio ella que en la tierra del tronco de este árbol, brillaba algo con un resplandor que parecía fuego. Se preguntó: “¿Qué será eso y en este lugar tan oculto?” Y no tardó en saberlo. Porque enseguida vio que por una esquina de la muralla se descolgaba un hombre que reconoció al instante. A punto estuvo de llamarlo y preguntarle pero no lo hizo. Pensó: “Me estaré quieta y callada para ver dónde va y qué hace. Él no sabe que lo he descubierto”.

 

            Tal como estaba en la ventana se quedó quieta sin perder de vista al que se descolgaba por la muralla. Y vio que, cuando tocó el suelo con sus pies, caminó despacio hacia el árbol donde brillaban los rayos del sol. Y al llegar al tronco del árbol, el hombre se paró, sacó de sus bolsillos un puñado de monedas que, al darles el sol, enseguida brillaron con la misma intensidad que las que había visto un momento antes. Otra vez se dijo: “Son monedas de oro, no cabe duda. Por eso relucen tanto con estos rayos de sol”. Siguió esperando y enseguida vio que el hombre cavó un poco en el suelo, sacó un pequeño cofre, lo abrió, echó dentro las monedas que tenía en sus manos, volvió el cofre a su sitio, lo enterró y volvió a la cuerda que colgaba de la muralla. Escaló por ella y cuando ya estuvo en lo alto, caminó despacio por el adarve.

           

            Pasaba él cerca de la ventana donde estaba la princesa y por eso ésta lo llamó. Sorprendido miró y al verla le preguntó:

- Princesa ¿tomando el sol de la mañana?

- Sí y no. Acércate que quiero compartir contigo algo.

Y el hombre se acercó a la ventana de la princesa, decidido pero temeroso. Le dijo cuando ya estuvo a su lado:

- Aquí estoy, princesa. ¿Tienes necesidad de que haga algo por ti?

Y la princesa, sin más rodeos ni preámbulos, le dijo:

- Te he visto en el árbol de la umbría enterrando monedas. ¿Son de oro?

Y lleno de miedo el hombre dijo:

- Es un pequeño tesoro que tengo ahí escondido. Ya sabes que nosotros los vasallos, somos tan pobres que ni siquiera casa tenemos ni libertad ni pan ni nada. Tengo ahí escondido un poco de oro para comprar con él algunas cosas que necesita mi familia. Están enfermos, se mueren de hambre y frío y yo los quiero.

- ¿Y a dónde has ido a por esas monedas?

- Me las fui encontrando y como nadie ha preguntado por ellas, me las estoy quedando. Yo las necesito más que nadie.

 

            Y la princesa guardó silencio, pensó un momento, miró al hombre y luego le dijo:

- No tengas miedo, no voy a delatarte. Te conozco desde hace mucho tiempo y por eso sé que es cierto cuanto me has contado. Tu familia es muy pobre y tú siempre has deseado tener libertad. Sé que no eres como los demás esclavos y, tanto ellos como tú, tenéis mi mayor respeto. Desde que tengo uso de razón, he querido hacer algo para mejorar vuestras vidas pero no lo tengo fácil. Tampoco a mí me gusta el mundo que me rodea y donde vivo pero, ya te lo he dicho: no lo tengo fácil.

Y el hombre, asombrado y también admirado por las palabras que salían por la boca de la princesa, le preguntó:

- Entonces ¿de verdad no vas a delatarme?

- Ya te he dicho que no. Si lo hiciera nada ganaría yo y sé que tú perdería incluso hasta tu vida.

- Y a cambio de este silencio tuyo ¿qué tengo que darte?

- Algo sí voy a pedirte pero poco y no es a cambio de mi silencio. Vuelvo a repetirte que por nada del mundo voy a delatarte.

- ¿Entonces?

- Porque te conozco y tú me conoces y porque necesito que alguien me eche una mano, es por lo que voy a pedirte un gran favor.

- Pues habla princesa buena, que soy todo oído.

 

            Y la princesa habló despacio y expuso todos los detalles, explicando lo que desde tanto tiempo atrás venía planeando. Cuanto terminó, el hombre dijo:

- Pues cuenta conmigo y te digo lo mismo que me has dicho tú: lo hago no como agradecimiento a que no me delates sino porque te conozco y sé que eres buena y tu sueño es noble y grande. Eres una gran persona, princesa. Ojalá como tú hubiera muchas mujeres en este mundo.

Ella guardó silencio, luego le dio las gracias, dio las gracias al cielo por haber permitido aquel encuentro y luego comentó:

- Quedamos en lo dicho. Esta noche, cundo salga la luna, nos vemos.

- Nos vemos esta noche a la hora fijada y en el lugar que hemos dicho.

           

            Y un poco antes de salir la luna, el hombre se presentó en la ventana de la princesa, le ayudó a salir, echó luego la cuerda por fuera de la muralla, descendió rápido, animó a la princesa para que también se descolgara por la cuerda, le ayudó de la mejor manera que pudo, se acercaron luego al árbol donde el hombre tenía sus monedas de oro, sacó el cofre, cogió un poco de este tesoro suyo y se lo alargó a la princesa diciendo:

- Para ti porque seguro que vas a necesitarlo.

Y la princesa le dijo:

- Y yo te lo agradezco pero quiero ser libre y enfrentarme al mundo que sueño limpia y con mis manos vacías.

- Pero princesa, el dinero siempre es necesario. Seguro que esto puede ayudarte mucho.

Y ella se hizo la desentendida mientras le preguntaba:

- ¿Dónde está mi caballo?

- Ven conmigo y te lo enseño.

 

            Caminaron un trecho por la sendilla entre el bosque y, al dar una curva, amarrado al tronco de un gran almeza, vieron el caballo. Blanco como la luz de la luna y lustroso y bello como un amanecer de primavera. Dijo el hombre a la princesa:

- Es tuyo y es tan bueno que te llevará a donde quieras con solo indicárselo.

- De nuevo te lo agradezco y de nuevo deseo que el cielo nunca te abandone.

- Lo mismo te digo, princesa. Que el cielo colme tus sueños y que siempre seas la más libre de todas las mujeres en esta tierra. Pero no dejo de estar preocupado porque pienso que, si después de todo, no logras hacer real tus aspiraciones ¿qué será de ti y de qué modo te recordará la historia?

Y muy segura de sí aclaró ella:

- Aunque me pierda en el tiempo y el viento me funda en la lejanía y el misterio, aunque la historia solo me recuerde como “La Princesa Soñadora”, lo prefiero. Alguien algún día podrá decir que he muerto en una lucha y el deseo de un mundo mejor. Es necesario hacer lo que hago porque de lo contrario, la especie humana quedará para siempre estancada, arruinada y enferma aunque, como yo hasta hoy, viva en lujosos palacios, llenos de joyas y fiestas.

 

            Montó en su caballo, lo espoleó y, a la luz de la luna, se le vio alejarse de la Alhambra y de Granada. Por los caminos que iban río Darro arriba, se adentró en las montañas, dirección a Sierra Nevada. Y desde aquella madrugada hasta hoy, nadie ha sabido nada de esta princesa. Sí algunos, de vez en cuando, comentan:

- Seguro que en algún lugar de la Tierra ella ha fundado un reino y seguro que este reino suyo, algún día se extenderá por todo el Planeta. Y seguro que este mundo suyo será el único que al final, tendrá en esta vida, futuro.

 

Por donde la Silla del Moro

 

            Al parecer, muy pocos los vieron. Ni siquiera los que iban y venían por la Cuesta de Gomérez, por la entrada a los jardines del Generalife y por donde los recintos de la Alhambra. Y sí es cierto que todos estos rincones estaban repletos de paseantes y turistas que iban y venían con cámaras de fotos y planos en las manos. Pero ninguna de estas personas se fijaba en ellos.

 

            La tarde era muy hermosa: primavera ya casi en su centro, con un sol muy brillante, cielo azul intenso y temperatura muy agradable. Los dos subían despacio por el paseo, como al encuentro de un lugar muy concreto. Miraban, de vez en cuando, a los lados y a las personas que les adelantaban o que se les cruzaban caminando en sentido contrario. Llegaron a donde para el autobús, en estos tiempos, pasaron por el lado de arriba de los edificios donde venden las entradas para visitar los jardines y palacios de la Alhambra y siguieron. Comenzaron a caminar por donde los aparcamientos para los coches de los que ahora visitan estos recintos, cuando el que iba delante, se paró. Miró durante un momento y luego preguntó al compañero:

- ¿Te acuerdas de estos lugares?

- Recuerdo que en aquellos tiempos todo por aquí eran jardines, largas acequias llenas de agua, aire fresco, perfume a jazmines y hermosos huertos repletos de frutos y flores de girasoles.

- ¿Y qué te parece lo que ahora por aquí encontramos?

- Algo me hace daño dentro, me duele el corazón y tengo miedo.

 

            Mucho tiempo atrás, por donde ahora ya iban caminando y se veían cientos y cientos de coches, hubo pequeños huertos. Y en estas tierras, entre otras cosas, se mecían al viento hermosas plantas de girasoles. Y al sol de las mañanas y de las tardes, se cimbreaban sus grandes flores amarillas. Al recordar ellos ahora aquellas estampas, de nuevo el que iba delante preguntó al segundo:

- ¿Y te acuerdas qué misterioso y bello parecían estos lugares?

- Me acuerdo y nunca podré olvidar cuando por aquí los niños jugaban. La pequeña de las trenzas, el hermano enano, el amigo de las mariposas, el que coleccionaba flores, el que se escondía tras lo árboles… ¡Qué mundo aquel, ahora tan lejano y sin embargo, tan bello!

- ¿Qué habrá sido de todos ellos?

- También el tiempo se los ha llevado pero ¿a que parece como si por aquí aun siguieran sonriendo y enfrascados en sus juegos?

- Parece como si por aquí el tiempo los siguiera abrazando con la misma luz y belleza de aquellos días.

 

            Llegaron al comienzo del barranco, por donde las higueras, el algarrobo y todavía la acequia llena de agua y torcieron para la izquierda. De entre los pinos de la parte alta, alzó vuelo un cernícalo. Al verlo y sentir sus gritos, el que iba delante preguntó al que le acompañaba:

- ¿Y te acuerdas de aquellos dos cernícalos?

- Claro que me acuerdo. El rey de los palacios se empeñó en que tenía que mantenerlos enjaulados y aunque le dijimos mil veces que era mejor que vivieran libres, él siempre nos respondía:

- Si les abro la puerta de la jaula se marcharán de estos contornos y me quedaré sin ellos.

Y nosotros le decíamos:

- Majestad, la libertad, tanto para las personas como para los animales, es lo mejor de todo. Si abre la puerta de estas jaulas y suelta a los cernícalos, seguro que se quedarán por aquí a vivir. Los animales y las personas siempre son y somos agradecidos. ¿Y no le parece que es mucho más humano y bello que sean libres y sigan siendo nuestros amigos?

- Pero ya no tendré control sobre ellos.

- Usted será más feliz si los ve surcando cada mañana los cielos por encima de estos palacios en su libertad y siempre a nuestro lado. Los animales son agradecidos y más nobles que las personas.

- Pues voy a probar a ver si es cierto lo que estáis diciendo. Ahora mismo voy a dar suelta a estos cernícalos. Los dejaré libres para que vuelen y vayan por todas estas torres y palacios de la Alhambra y luego esperaré a que vuelvan cuando yo los llame. Pero si los cernícalos se marchan o no me obedecen, iros preparando.

 

Y en aquel momento el rey dio suelta a los cernícalos. Salieron estos volando, trazaron varios círculos poro encima de los palacios y torres de la Alhambra y luego se alejaron por la umbría norte hacia el barrio del Albaicín. El rey los miraba y nos miraba a nosotros y esperaba que volvieran. Y los animales volvieron al rato. Al verlos el rey los llamó y los cernícalos, en lugar de venir, se alejaron por las torres de la Alhambra. Enfadado se volvió a nosotros y nos dijo:

- ¿Veis como en cuanto se concede la libertad, se pierde el poder y el control sobre las personas y animales?

Y entonces dijiste tú:

- Espere un momento, majestad, que en cuanto vuelvan otra vez, los voy a llamar yo.

Y media hora más tarde, los dos cernícalos volvieron. Al verlos los llamaste y al oírte, las dos aves se vinieron derechos a tu brazo. Le dijiste al rey:

- Veis, majestad, son libres y amigos.

- Tonterías. Vuélvelos de nuevo a estas jaulas y cierra la puerta. Ya tengo bastante con lo que he visto.

Y enfado el rey, dio órdenes para que volvieran las jaulas a los salones de los palacios y aquello fue tremendo. En su jaula de oro, unos días después, amanecieron muertos los dos cernícalos. ¿Te acuerdas de eso?

- Claro que me acuerdo y también de las órdenes que el rey dictó contra nosotros, cumpliendo así la amenaza que momentos antes había hecho.

 

            Guardaron silencio mientras subían hacia lo más alto del puntal por donde las ruinas de la Silla del Moro. Se ponía el sol cuando llegaron al lugar. Se acercaron mostrando mucho respeto, miraron durante un rato para el valle del río Darro, para el barrio del Albaicín, para las laderas del Sacromonte y luego para la colina por donde emergía la Alhambra. Caminaron luego para la parte alta del cerro y en unas piedras se sentaron. Sin dejar de mirar ahora para la Vega de Granada, por donde el sol se marchaba. El que había caminado en todo momento delante, preguntó al que tenía a su lado:

- ¿Y te acuerdas cuando le pedimos al rey libertad para nosotros?

- Me acuerdo que cuando se lo pedimos, él dijo:

- Desde que yo tengo uso de razón, los esclavos nunca han sido libres.

Y al oír esto enseguida saltaste tú y dijiste:

- Pero majestad ¿de qué tiene miedo?

- De quedarme sin poder y sin reino. Un esclavo libre dejará de obedecer mis órdenes.

- Yo creo, majestad, que sería todo lo contrario: un esclavo libre le estaría agradecido toda la vida, sería feliz y a cambio de este gran tesoro, le obedecería en todo lo que le pidiera pero no como esclavo sino como amigo.

- Tonterías. Mientras yo tenga poder, los esclavos no serán libres para así mantenerlos sometidos y que no piensen ni actúen por su cuenta. Ya tengo bastante con la demostración que me habéis hecho con los dos cernícalos.

 

            Y los dos guardaron silencio. Siguieron sentados sobre las ruinas de lo que todavía se le conoce aquí en Granada como la Silla del Moro. Mirando fijamente a los palacios de la Alhambra, al fondo sobre su colina y esperando que la noche terminara de llegar. Para refugiarse un poco más en los pliegues del tiempo y seguir vivos en ese rincón y en estos lugares. Ocultos, desde luego, a los ojos de todos los que por aquí ahora van y vienen, aunque estén tan presentes que sean parte del cielo y del alma y corazón mismo de la Alhambra.

 

            La Silla del Moro, hoy se alza casi en la parte alta del Cerro del Sol. Cerca de las ruinas del palacio de Dar al-arusa, por encima del Generalife y justo por donde la Acequia Real de la Alhambra. Fue una torre de vigía en otros tiempos, tanto para controlar la Acequia Real como el palacio de Dar al-arusa, Generalife, jardines y huertos y todos los palacios de la Alhambra. El tiempo fue desmoronando esta construcción y también los de la guerra y otros más. Hoy, la han restaurado y ahora puede verse y considerar como uno de los miradores más bonitos y espectacular de Granada y en toda la colina de la Alhambra. Pero lo más hermoso y misterioso de esta torre mirador y algo de palacio, es lo que guarda en su silencio y al ponerse el sol, cada tarde.  

Zawi, el amigo

Por donde la dehesa del Generalife

 

Por aquellas fechas, la ciudad de Elvira, cerca de donde hoy se alza el pueblo de Santa Fe, se encontraba en un emplazamiento de complicada defensa por lo que Zawi decidió trasladar la capital del reino taifa a Medina Garnata, la actual Granada. Zawi Ibn Zirí, fue una de las personalidades más relevantes del siglo XI español. Jefe bereber, fue el primer emir de Granada e iniciador de la dinastía Zirí y, por tanto, al que corresponde el honor de ser considerado el primer rey de Granada y fundador de este reino. Ocupó el trono entre 1013 y 1019.

 

            Y en tiempos posteriores, cuando ya en la Alhambra vivían los reyes nazaríes, comenzaron a ser famosos los terrenos de la gran umbría hoy conocida con el nombre de Dehesa del Generalife. Eran importantes y muy valorados en el conjunto de la Alhambra, fundamentalmente por tres cosas. Por esta gran ladera discurría y aun discurre, la famosa Acequia Real, que surtía y surte de agua a la Alhambra. Al comienzo de esta ladera se alzaba y aun se alza el palacio del Generalife, con sus huertas y también su particular acequia, distinta a la Acequia Real. Y por esta larga ladera, ancha y muy inclinada, pastaban rebaños de cabras, ovejas y vacas. Por la ladera, orillas del río Darro y montañas y valles altos.

 

            Eran estos rebaños de animales, importantes reservas de alimentos para todos los habitantes de la Alhambra. Fundamentalmente, la carne de cordero, la leche de vaca y también las hortalizas y frutos cultivados en los huertos. Una de las cosas, entre otras muchas, que más gustaban a las personas que ocupaban los edificios de la Alhambra, era precisamente el agua, la vegetación, los animales y el cultivo de las tierras. También todo lo relacionado con la jardinería y la decoración de los palacios. Eran grandes constructores y, para llevar a cabo sus proyectos, empleaban esclavos y, muy pocas veces, personas a sueldo.

 

            Tal era el caso de uno de los pastores que, por aquellos tiempos, cuidaba y mantenía un rebaño de ovejas por las tierras a la derecha del río Darro. El hombre estaba casado con una mujer muy buena y tenía un hijo entre los doce o trece años. En aquellos tiempos los niños de las familias pobres no iban al colegio y por eso el padre lo empleaba en los trabajos del cuidado del rebaño. Muchos días, cuando el tiempo lo permitía, primavera, verano y también algunas veces en invierno, el padre le decía a su hijo:

- Anda, coge el zurrón, que madre te ponga dentro algo de comida y llévate al rebaño por las tierras de la umbría para que coman hierba y monte. Y ten cuidado que a ninguna de las ovejas le pase nada ni que se despeñen por los barrancos. También, cuando llegues a lo más alto de esta gran colina, ten cuidado que no se te metan en los jardines del palacio de Dar al-arusa ni se vayan a la alberca de la Noria o de la Lluvia. Ya sabes que esos sitios son sagrados y, como tales, debemos cuidar que no entren ahí las ovejas. Los romperán y tendremos problemas con los reyes de los palacios y con los dueños de estas ovejas. Así que anda, ponte en marcha y cuida del granado.

 

            Y aquel día de primavera, como otros tantos, el hijo le hizo caso, cargó con su pequeño zurrón, con algunos frutos secos dentro, un poco de pan y una pequeña cantimplora de barro cocido, llena de agua. Un amigo del padre, alfarero en el barrio del Albaicín, se la había regalado. Y el padre, para que la vasija no se rompiera y, en verano conservara fresca el agua, la había forrado con un tejido de esparto. Planta muy abundante por toda la ladera del Generalife, terrenos cercanos y en las laderas de enfrente. Por donde hoy se extienden el famoso barrio del Sacromonte. Por las laderas del Generalife y en aquellos tiempos, solo un par de manantiales había, a parte de las aguas de la Acequia Real y la del Generalife. Estas acequias, en algunos puntos, filtraban chorrillos de agua que muchas veces aprovechaban para beber tanto los animales como las personas. Tal es el caso de la famosa Fuente del Avellano, aun hoy muy conocida y visitadas pero ya sin agua.

 

            Por si acaso las ovejas se iban por sitios lejanos a las acequias en la umbría del Generalife, el joven pastor siempre llevaba su cantimplora de barro llena de agua. La portaba dentro de su zurrón o colgada en la cintura o del hombre, aprovechando la correa de esparto que también le había construido el padre. Así, cuando tenía sed, bebía y en ocasiones también compartía sorbos con su mejor y casi único amigo: un carnero todavía joven que casi había domesticado y por eso, siempre estaba dándole compañía. Le había puesto de nombre Zawi y cuando lo llamaba, el animal lo entendía y se venía a su lado. De aquí que además de compartir con él el agua de su cantimplora, en muchas ocasiones también los frutos que la madre le había puesto en el zurrón, hortalizas que él cogía del huerto, bellotas de las encinas por la ladera, madroños, almecinas y las mejores matas de hierba que a lo largo del día se iba encontrando por el campo.

 

            Él le había puesto por nombre Zawi, en honor al primer rey y fundador de la ciudad de Granada. Porque él, aunque no iba al colegio sí su padre, por las noches, le contaba historias, leyendas y relatos. Y entre todas estas historias, ya muchas veces le había contando todo lo que sabía del monarca Zawi.

- Fue el primer rey que hubo en esta ciudad de Granada. De origen bereber, muy valiente y sabio y por eso desde entonces la historia lo recuerda. Este hombre fundo la ciudad de Granada en lo más alto del cerro donde hoy se extiende el barrio del Albaicín y aunque ya ha pasado tanto tiempo, todavía quedan por ahí restos de aquel palacio y de las murallas que le rodeaban.

 

            Esta familia de pastores a sueldo, vivía en una pequeña casa construida de madera, paja y adobes de barro, en las tierras llanas a la derecha del río Darro, un poco más arriba de donde hoy se encuentra la Fuente del Avellano. Y junto a esta pequeña casa, también tenían unas tierrecillas que usaban como huerto y el corral donde encerraban el rebaño de ovejas. Por eso, cuando daban suelta a las ovejas para llevarlas a pastar, siempre subían por la ladera hasta lo más alto, comiendo poco a poco y recorriendo las veredillas que, a lo largo del tiempo, los mismos animales habían trazado. Por estos caminillos también se iba él en compañía de su amigo. Y como todavía se sentía niño y, por lo tanto con mucha ganas de jugar, siempre lo hacía con Zawi. Cuando iba por las veredillas de la ladera, lo llamaba, lo acariciaba y si las veredas discurrían paralelas a las curvas del nivel del terreno, se subía en el lomo de su amigo y le decía:

- Venga, llévame un poco sobre tu lomo y me paseas mientras subimos.

Y el carnero parecía entenderlo. Se dejaba montar por el joven y, con él sobre su lomo, avanzaba despacito siguiendo las veredillas.

 

            Él siempre estaba muy atento y cuando notaba que los caminillos se inclinaban por la ladera, se bajaba del animal para dejarlo descansar. Le decía:

- Estas pendientes son muy tortuosas. Yo puedo caerme de tu lomo y tú puedes hacerte daño.

Zawi, parecía entenderlo. Siempre caminada a su lado atento por si lo veía agacharse para coger alguna manta de hierba o baya para dársela. Las hierbas que más le gustaban eran las amapolas y el trébol y los frutos silvestres, eran las bellotas, las moras de las zarzas, las majoletas y también las almecinas. En realidad, cualquier frutillas que por el monte crecieras y en las tierras de cultivo como las cerezas, manzanas, almendras, nueces, higos…

 

            Un día de primavera, cuando ya estaban floridos todos los campos, las flores blancas, los tréboles, las margaritas y las amapolas, se fue él con el rebaño por la ancha y larga ladera. Como otras muchas veces, subió por las veredillas acompañado de Zawi, unas veces sentado en su lomo y otras veces caminando a su lado. Poco a poco remontaron y cuando ya el rebaño estuvo en lo más alto de la colina, miró él para el amplio valle del río Darro. Se asombró de la gran belleza que por todos estos lugares se extendía y más se asombró de la magnífica figura de la Alhambra, al final de la colina y frente al blanco barrio del Albaicín. Se dijo: “Sería precioso construir en este mismo sitio un pequeño palacio para desde aquí disfrutar con calma de tan bonitos paisajes”. Y miró para su derecha. Por donde el barranco tallaba como una muy inclinada torrentera. Caminó y se acercó a este sitio, lo observó despacio y, después de mirarlo un buen rato, de nuevo se dijo: “Y este podría ser el sitio ideal para construir el palacio que digo. Desde aquí se ve todo el valle del río, desde su comienzo hasta el final y por la ancha Vega de Granada. También este sitio es muy soleado, se encuentra todo rodeado de bosque, crecen aquí mismo grandes encinas y el airecillo es puro y fresco”.

 

            Y en aquel mismo momento se puso y comenzó a excavar en el terreno de la ladera. Con la punta de un palo de encina que le servía de bastón y que era grueso y estaba muy sano. Descubrió que el terreno, a pesar de tener muchas piedras, cantos rodados, resultaba fácil de escavar. Por eso, durante mucho rato, estuvo hincando el palo, golpeando con una piedra y retirando luego con sus manos la tierra y piedrecillas sueltas. Zawi, su fiel amigo, se quedó por allí cerca comiendo hierba y de vez en cuando miraba al muchacho. Éste le decía:

- Ahora tú te extrañas porque no sabes lo que voy a construir aquí pero ya verás luego.

 

            Durante mucho rato, un par de horas o más, estuvo escavando en la torrentera. No le cundió mucho pero sí logró abrir un gran hueco, poco profundo aunque ancho, alargado y alto. Miraba a Zawi y le decía:

- Tiene que ser un poco más alto que yo para que cuando entre no tenga problemas. Tú eres más bajo y pequeño y por eso, si procuro que salga a mi medida, valdrá para ti también.

Seguía Zawi buscando las mejores matas de hierba, sin alejarse mucho ni tampoco del resto del rebaño. Pero ya al mediodía, un buen piquete de ovejas se separó de la manada y el muchacho descubrió que se iban para las partes altas, se dijo: “Si las dejo, pueden meterse en las tierras, huertas y jardines de los palacios y tendré problemas”.

 

            Por eso dejó su tarea en la excavación en la ladera, subió por el barranco, siguiendo las veredillas y, sin que lo llamara, Zawi se fue tras él. Como si esperara que el joven le ofreciera algunos de los exquisitos bocados que le daba de vez en cuando. Y se los regaló porque, mientras subía por el barranco hacia lo más alto de la colina, comentó con su amigo:

- En cuanto alcancemos la cumbre, te doy lo que deseas. Pero ahora ¿tú no advierte como yo que por aquí hay algo?

 

            Zawi no respondió y siguió su caminar lento ladera arriba. Pero el joven dos o tres veces se paró, miró a un lado y otro, miró luego al piquete de ovejas que iban por las partes altas y otra ve echó una larga mirada al barranco. No sabía que habría por esta hondonada pero presentía como si, en algún momento y años atrás, por el lugar hubiera ocurrido algo. Le volvió a decir a su amigo: “Y este acontecimiento que me parece intuir, se me revela como algo hermoso y bueno. Por eso no infunde ni miedo ni resulta extraño. Se palpa como una muy agradable sensación. ¿Tú no percibes como yo algo hermoso en el aire y en los paisajes de este rincón?” Y Zawi no emitió ninguna señal.

 

            Llegó a lo más alto, cortó el paso al piquete de ovejas y luego se sentó en una gran piedra. Volvió a mirar para el ancho valle del río Darro y luego miró para las laderas del Sacromonte. Abrió su zurrón, sacó de él las frutas secas que la madre le había preparado para que comiera al mediodía, cogió unos higos secos, llamó a Zawi y le dijo:

- Tama, el primero, el más grande y bueno, para ti. Por tanta compañía que me das y por hacer que no me sienta tan solo en este tan bonito día de primavera. Y vete preparando que dentro de un rato volvemos otra vez a la majada. ¿Sabes? En cuanto regresemos voy a buscar las herramientas necesarias para volver otra vez mañana a este lugar y seguir con mi trabajo en este barranco. Y para ti, ya tengo pensado de qué modo puedes ayudarme, además de darme compañía y dejar que me pasee en tu lomo. Toma, cómete ahora estas nueces que te he preparado para que no te falten las fuerzas. Te voy a poner a prueba a partir de mañana.

 

            Y poco después, el rebaño de ovejas y él, bajaban por la ladera en busca de la majada. Llegaron a la orilla del río Darro cuando la tarde se iba y enseguida comentó con el padre la construcción que había planeado en el barranco de la ladera. Éste no le dijo nada pero sí le ayudó a buscar algunas herramientas: una piqueta pequeña, un martillo de hierro, un cincel, una pala no muy grande y una espuerta de esparto. Lo preparó todo y a primera hora del día siguiente lo primero que hizo fue buscar a Zawi. Lo llamó, lo sacó del corral, le colocó sobre el lomo un pequeño aparejo que hacía tiempo había construido a su medida, colocó a un lado y otro, algunas de las herramientas, su caontimplora llena de agua y le dijo:

- ¡Ale! En marcha que tenemos que subir todas estas cosas al barranco de mi cueva. Pero sin prisa, tenemos todo el día para llegar y, en esta ocasión, yo iré delante buscando las mejores veredillas.

Dio suelta al rebaño de ovejas y, como tantos otros días, las guió hacia las tierras de la ladera. Delante de la manada, caminó él seguido de Zawi cargado con las herramientas que pretendía llevarse a su cueva. Y aunque subieron despacio, en unas dos horas llegaron a lugar de la construcción. Le pidió a Zawi que parara, descargó de su lomo las herramientas y le quitó el aparejo y otra vez le dijo:

- Ahora, come hierba por aquí o vete con la manada que yo voy a seguir con mi proyecto. Y en esto, aunque quieras, no puedes ayudarme.

 

            A lo largo de toda la mañana y parte de la tarde estuvo escavando en la ladera. Con la piqueta y el martillo, la pala y la espuerta. Y en todo este rato logró un buen trabajo. Tanto que hasta él mismo se sorprendió. Por eso, al caer la tarde otra vez se fue junto a su amigo, compartieron alimentos, agua y tiempo y un buen rato de charla y regresaron, al caer la tarde, a la majada. Comentó con los padres todo lo que a lo largo del día había hecho y estos lo animaron. Aunque antes de irse a la cama el padre le preguntó:

- Y cuando tengas la cueva hecha ¿para qué la usarás?

- Ya lo he pensado pero os lo diré solo cuando lo tenga todo terminado.

- Pues lo que tú quieras pero ya estamos deseando saber tu secreto y ver tu preciosa cueva.

 

            En cuanto amaneció al día siguiente, antes de salir de la humilde casa que les servía de vivienda a irse a la majada, el padre le dijo al joven:

- Se me olvidó decírtelo anoche.

- ¿Qué tenías que decirme?

- Que hoy no puedes llevarte contigo ni a Zawi ni a los demás corderos.

- ¿Y eso?

- Ahora mismo, lo primero que vamos a hacer esta mañana, es separar todos los corderos del resto de la mañana.

- Pero ¿para qué?

- Ya sabes… como otras veces.

Y el joven miró al padre y por un momento no pronunció palabra. Vino a su mente el recuerdo de otras veces y el mal rato que en estas veces, él siempre había pasado. Y eso era por lo siguiente:

 

            Dos o tres veces al año, los habitantes de los palacios de la Alhambra, se presentaban en la majada de la Dehesa del Generalife. Hablaban con el padre y al día siguiente, se llevaban todos los corderos que, por aquellos días, estaban a punto de ser destetados. Siempre decían:

- Necesitamos carne para alimentar a las personas que viven en los palacios.

Y el padre y el hijo, siempre callaban pero sufrían mucho. Ellos tenían claro que no eran los dueños ni de las tierras ni del rebaño ni de los corderos y por eso tenían que aguantarse. Ni siquiera opinar podían cuando el dueño decidía llevarse los corderos. Y ni siquiera podían expresar lo doloroso que era para ellos y, sobre todo, para el muchacho. A lo largo del tiempo que los corderos retozaban por las tierras, iban y venían y mamaban de sus madres, él los disfrutaba. Y era feliz como nadie en este mundo viendo correr a estos animalillos tan bellos y viéndolos retozar y crecer libres. Por eso, en el fondo de su joven corazón, se sentía amigo de todos estos corderillos y de sus madres y de sus cabriolas cuando correteaban. Y por eso, cuando venían “los de la Alhambra”, que era como él los llamaba, se ponía malo y sufría. Sabía que se presentaban por la majada para llevarse a todos los corderos y quitarles la vida. Y sabía que a partir de ese momento ya no volvería a verlos nunca más.

 

            Recordó el joven todo esto aquella mañana de primavera y, cuando ya caminaban desde su vivienda hacia la majada, volvió a preguntar al padre:

- Sé lo de otras veces pero ¿por qué hoy no puedo llevarme conmigo a Zawi?

- Tienes que dejarlo en el corral por si lo necesitan.

- Necesitarlo ¿para qué? ¿Acaso también van a llevárselo?

- No lo creo. Es para algo que luego te diré.

Y el joven se sintió tan mal que hasta se le quitaron las ganas de comer. Y más aun se le quitaron las ganas de entrar al corral y ponerse a separar a los pequeños y blancos corderos de sus madres.

 

            Pero el muchacho era todavía muy joven y por eso, aunque su corazón se revelaba y sentía rabia, dolor y miedo, no tenía fuerzas para oponerse a lo que el padre le ordenaba y menos para enfrentarse a los que se llevaban los borregos y con los que luego los mataban y se los comían en la Alhambra. Por eso, esta misma mañana y una vez más, hizo caso a lo que el padre le pedía. Para animarlo un poco el padre le comentaba:

- Nosotros somos unos mandados. Trabajamos para ellos y aunque nos paguen poco, son los dueños. Y todavía tenemos que estarle agradecidos. Así que nuestro deber es hacer lo que nos piden y, aunque lo creamos injusto y doloroso, debemos callarnos. Es lo mejor para todos.

Y el joven comentó:

-Pero padre…

 

            Llegaron al corral, se pusieron a separar los corderos de sus madres y cuando ya los tuvieron encerrados en un pequeño cobertizo, el padre le dijo:

- Abre la puerta del corral y deja que salga en rebaño de ovejas. Y coge el zurrón con algo de comida y tu cantimplora de barro llena de agua y llévatelas de careo por donde siempre.

Y otra vez, enfadado y triste, el joven exclamó:

- Pero padre…

- Lo siento, hijo mío. A tu amigo Zawi, parece que solo quieren verlo. Por eso, cuando de nuevo vuelvas al caer la tarde, otra vez lo tendrás contigo.

Malhumorado, el joven abrió las puertas del corral, dejó que salieran las ovejas y al poco se le vio subir por la ladera del Generalife. Solo hoy y sin zurrón ni cantimplora. Aunque el padre le había insistido para que cogiera algo de comida y agua, él no quiso.

- Y cuando tengas hambre o sed ¿cómo te las apañarás?

Le preguntó el padre. Y muy disgustado él le contestó:

- Ya me las arreglaré como pueda. Si Zawi hoy no viene conmigo, no tengo con quien compartir mi comida y agua ni mi tiempo y ni juegos.

Lo comprendió el padre y por eso lo dejó en paz.

 

            A media mañana llegó a la altura del barranco donde había comenzado a construir su cueva pero ni siquiera se acercó al lugar. Se fue por el lado derecho, subió hasta lo más alto, miró para la ladera por donde subía pastando el rebaño, sin los pequeños corderos y sin Zawi y por aquí estuvo casi todo el día. Sentado frente al barranco de la cueva, dominando con su vista todo el valle del río Darro y la colina de la Alhambra y recordando a los corderillos y a su amigo. También observaba por si veía llegar a los de la Alhambra para llevarse a los corderos. Y los vio pero no quiso saber nada de ellos. Volvió su cabeza, se tumbó sobre la hierba bajo una gran encina y cuando ya el sol se ocultaba, despertó como de un extraño sueño. Vio que el rebaño regresaba a la majada y por eso caminó rápido y también regresó al valle del río. Ya se hacía de noche cuando, al encontrarse con el padre, le preguntó:

- Sé que han venido los de la Alhambra a por los corderos pero con Zawi ¿qué han hecho?

- También se lo llevaron pero me han dicho que volverán a traerlo.

- Nos están engañando.

Y sin decir nada más, dejó la majada con las ovejas y el padre y se fue a la casa. Al verlo la madre quiso preguntarle algo pero lo dejó tranquilo. Sabía que lo estaba pasando mal.

 

            No comió nada antes de acostarse ni tampoco tenía ánimo para comentar nada. Y al amanecer del día siguiente, aunque el padre lo llamó varias veces, no quiso levantarse. Lo dejó tranquilo en su casa en compañía de la madre y él llevó a las ovejas a pastar por la ladera. Cuando volvió por la noche enseguida fue a la casa para animar al joven. Y cuando llegó, le preguntó a la esposa y ésta le dijo:

- A media mañana se levantó, fue al corral, estuvo por ahí un rato mirando, luego miró para el camino que lleva desde aquí a la Alhambra y después se fue a la orilla del río. Pasado un buen rato se vino otra vez a la casa y de nuevo se metió en la cama.

- ¿Ha comido algo?

- Ni siquiera un sorbo de leche caliente ha querido probar.

Entró el padre a la habitación, lo saludó y luego le dijo:

- Estuve hoy por donde el barranco de tu cueva y me gustó mucho aquello.

Lo miró el hijo y nada comentó. Se acercó la madre y le preguntó:

- ¿Y por qué quieres construir una cueva en ese sitio?

Y con voz entre cortada y muy apagada habló y dijo:

- Os voy a contar mi secreto para que lo sepáis y porque a lo mejor mañana, no puedo.

- Pues, venga, habla que te escuchamos.

 

            Y después de tragar saliva, el muchacho, muy apenado comentó:

- Yo quería construir ahí un pequeño palacio, frente al valle del río y frente a la Alhambra. Y lo quería construir junto con mi amigo, para disfrutarlo los dos. Quería sembrar en la puerta de mi cueva una noguera, un granado, una higuera, olivos y un pequeño jardín con flores de todos los colores. Yo quería todo esto pero ahora ya no quiero.

Y guardó silencio porque la congoja le ahogó la voz en la garganta. Volvió la cabeza y se puso a llorar. Lo abrazó la madre y aunque le pidió que se levantara y comiera algo, no lo hizo.

 

            Tampoco se levantó al día siguiente ni comió nada. Ni al cuarto ni al quinto día. Y los padres, preocupados, al séptimo día pensaban llevarlo a un amigo médico pero no pudieron. Al amanecer de este séptimo día, se lo encontraron muerto en la cama. Sin ni siquiera sufrir ni pronunciar palabra. Los padres sí lo lloraron y, entre lágrimas, amargamente comentaban:

- Tenía su sueño y se lo han roto. Ojalá ahora sí sea libre en algún lugar del cielo al que se ha marchado.

 

 

La cueva de Zawi

 

            II - La noticia de la muerte del joven pastor de la Dehesa del Generalife, se corrió por toda la ciudad de Granada. Y especialmente por los barrios del Sacromonte y el Albaicín, lugares próximos a la majada del pastor. Y muchas personas de estos lugares, acudieron al entierro para consolar a los padres. También porque a muchos, la muerte del pequeño pastor, les resultaba extraño. Preguntaban al padre:

- ¿Pero es que se ha caído por algún barranco?

Y el padre les respondía:

- Él tenía una bonita ilusión y la compartía con su mejor y casi único amigo y las dos cosas se la han tronchado.

- ¿Pero cómo es eso?

Y el padre, de la mejor manera que podía y frenado por el miedo, explicaba a los amigos y conocidos, lo de la cueva de su hijo.

 

            Por eso, a partir de aquel momento, muchos subieron por las veredillas de la gran ladera del Generalife, en busca de la cueva. Solo por curiosidad, algunos y otros, como un pequeño homenaje al joven. Y por eso, poco a poco se fue extendiendo la noticia por todos los vecinos cercanos y por muchos rincones de Granada. Entre sí, unos a otros, se decían:

- Aquello es precioso, a la vez que solemne y misterioso. Todo rodeado de verde, envuelto en un gran silencio y como colgado de algún balcón del cielo.

- ¿Y qué se siente cuando se llega al lugar?

- Hay que ir y verlo y quedarse allí en silencio porque con palabras no se puede expresar.

Por todo esto y otras cosas que nadie ha sabido explicar nunca, las personas empezaron a ponerle nombre al lugar y cueva del joven pastor. Lo llamaban “La Cueva de Zawi”.

 

            Y sucedió que poco después de la muerte del muchacho, vinieron unos días muy soleados. Plena primavera y por eso subieron las temperaturas y los campos se llenaron de flores y de muchas mariposas y pajarillos ya con sus polluelos y azules muy brillantes en el cielo. Y también ocurrió que, a los pocos días de la muerte del joven, en los palacios de la Alhambra, la hija del rey enfermó. Los padres llamaron enseguida a sus amigos y mejores médicos y unos y otros fueron diciendo al rey:

- No sabemos qué enfermedad es la que tiene la princesa.

Y el rey les decía:

- Pero tenéis que encontrar algún remedio porque nosotros queremos que la princesa cure y se ponga fuerte y otra vez juegue y ría por los salones de estos palacios.

Los médicos se reunieron, hablaron mucho entre ellos y como no acertaban con la enfermedad de la princesa, otra vez fueron al rey y les dijeron:

- Majestad ¿usted tiene algún amigo que viva en el campo?

Y el rey enseguida pensó en el pastor de la Dehesa del Generalife y por eso les respondió a los médicos:

- Lo tengo desde hace mucho tiempo y es muy buena persona.

Y los médicos aconsejaron al rey:

- Pues hable con él y dígale que le busque y traiga miel fresca de la montaña.

- ¿Miel fresca?

- Creemos que si la princesa se alimenta, durante un tiempo, con miel pura y fresca de la montaña, su enfermedad desaparecerá.

- ¿Pero cómo es eso?

- Majestad, a veces las cosas se soluciona de la manera más fácil. Lo que le estamos aconsejando es lo único que nosotros podemos hacer para que cure la princesa. No sabemos qué le pasa y por eso no tenemos ningún otro remedio.

 

            Y aquel mismo día el rey en persona se presentó en la majada del pastor de la Dehesa y le dijo:

- Tienes que ayudarme.

- Siempre estuve a su servicio, majestad. ¿En qué puedo ayudarle?

Y el rey contó al pastor lo que le ocurría a su hija y lo que le habían aconsejado los médicos. Y al final le pidió:

- Tienes que hacer lo que puedas para traerme miel pura y fresca. La más buena de todas las mieles que haya en estas montañas.

- Pues no se preocupe, señor, que yo no le fallaré.

El padre decía esto al rey y con tanta seguridad por lo siguiente:

 

            A los pocos días de morir su hijo, él mismo subió por la ladera de la umbría dando careo y al cuidado del rebaño de ovejas. Y una de las cosas que más le urgía era conocer el barranco y la cueva que su hijo había soñado construir por aquí y varias veces había comentado con ellos. Y una mañana, conforme se iba acercando al lugar donde el joven tallaba su cueva, descubrió que por el aire revoloteaban muchas abejas. Como en un remolino y a la vez formando un gran ovillo. Las fue siguiendo y vio como este denso y oscuro vellón de abejas se metió en el agujero de la cueva. Lo observó durante un rato y luego lo dejó y se fue. Y mientras se retiraba se decía: “Es un enjambre nuevo que ha salido de la colmena donde vivía y está buscando un lugar donde instalarse. Ahora que ya mi hijo no podrá seguir con la construcción de su cueva ¿qué mejores habitantes pueden ocuparla que este enjambre de abejas?

 

            Por eso, a partir de aquel día, a todas las personas que llegan al lugar con la intención de ver la cueva, les decía:

- Se encuentra en aquel barranco pero tened cuidado de no dejar nada por allí ni de hacer daño al enjambre de abejas que en lo más profundo se han instalado.

Y los que tenían noticias de estos decían al padre:

- Tranquilo que respetaremos tanto el lugar como los caminos, las plantas y el enjambre de abejas.

- Es que parece como su fuera un regalo del cielo. Ya sabéis que él amaba y respetaba a todos los animales y a todas las cosas de la naturaleza. Y ya que las circunstancias han sido como han sido y hasta su amigo Zawi desapareció de aquí, me agrada ver que su cueva se llena de vida. Creo que es un regalo del cielo.

- Seguro que sí porque tu hijo, además de hermoso y fuerte, era un niño muy bueno e inteligente. Muchos sabemos y pensamos esto.

Y al oír estas alabanzas, el padre se sentía orgulloso.

 

            Y más orgulloso se sintió cuando unos días después, el rey le pidió miel fresca para curar la enfermedad de la princesa. Enseguida pensó en el enjambre de la cueva de Zawi. Por eso, a partir de aquel momento, puso al principio de todos sus quehaceres, la vigilancia y cuidado de la cueva del barranco. Seguía aconsejando, a todos los que se acercaban por el lugar, que tuvieran cuidado y respetaran y siguió muy de cerca y con detalle, la evolución del enjambre y su trabajo. Y como fueron corriendo los días y en los palacios de la Alhambra la princesa no mejoraba, el rey mandó un mensajero a la casa del pastor. Al llegar éste lo saludó y le dijo:

- Me envía el rey para que te pregunte por lo que él te pidió.

Y dijo el pastor:

- Pues vuelve a presencia del rey y dile de mi parte que yo mismo iré un día de estos a llevarle lo que necesita.

- He visto al rey muy preocupado y parece que tiene urgencia. La princesa sigue enferma y parece que solo en ti tiene puestas sus esperanzas.

- Vuelve y dile que se tranquilice porque yo no le voy a fallar.

 

            Volvió el mensajero a los palacios de la Alhambra y aquel mismo día el padre subió a la cueva del barranco. Volvía a ser un bonito día de primavera, con todo el campo lleno de verde y flores y con un sol muy hermoso. Por eso, mientras remontaba por la ladera dirección a la cueva, varias veces vino a su memoria la imagen de su hijo y su amigo Zawi. Recordó él lo mucho que al joven le gustaban los días soleados, en los momentos en que los campos estaban vestidos con los verdes más puros y decorados con florecillas y cantos de pájaros. Al llegar a la puerta de la cueva, se paró, miró despacio y descubrió que el enjambre de abejas ya había fabricado varios panales. No muy grandes pero sí los tenían repletos de miel. Bajó rápido a la casa, en las tierras llanas del río Darro y preguntó a su mujer:

- ¿Sabes algo de mi amigo el alfarero del Albaicín?

- Vino mientras tú estabas en la cueva y te ha traído lo que le encargaste. Aquí lo tienes.

Y la esposa le mostró una bonita ánfora de barro, con algunos tonos verdes vidriados y con dibujos de flores y pájaros. La vasija tenía como unos treinta centímetros de altura, doce centímetros de diámetro en la boca, veinte en el vientre, la parte más ancha y la base era como de unos diez centímetros. Unas medidas perfectas para lo que él la quería y, al estar vidriada en tonos verdes hierba, resultaba realmente bonita. Dijo el hombre, a ver la vasija:

- Justo lo que le había pedido. Y como le dije que era para un regalo al rey, se ha esmerado para darle la forma más bella y revestirla con el mejor traje.

Y la mujer le preguntó:

- Y el enjambre ¿cómo lo has encontrado?

- Creo que está en su mejor momento.

- ¿Cuándo vas a cogerle la miel que el rey te está pidiendo?

- Mañana mismo subiré otra vez al barranco y cogeré los dos o tres panales que le he visto repletos de miel.

 

            Y tal como había planeado, hizo. Al amanecer, se levantó, le pidió a su mujer que al salir el sol, diera suelta al rebaño de ovejas y que se encargara de vigilarlas por las tierras del valle. Él cargó con el ánfora de barro y un pequeño cuchillo. Subió por las veredillas de la ladera, llegó a la cueva, se acercó al enjambre con mucho cuidado y sin hacer movimientos bruscos, sujetó bien la vasija, con el cuchillo cortó lentamente los mejores trozos de panales y con las celdillas más llenas de miel, los fue colocando dentro del ánfora y, a media mañana, bajaba otra vez por la ladera ahora cargado con el precioso tarro casi lleno de miel pura y fresca. Y al llegar a la orilla del río, se encontró con la mujer que cuidaba el rebaño de ovejas. Enseguida ella le preguntó:

- ¿Has conseguido lo que necesitabas?

- Claro que sí. Y además, en mayor abundancia de lo que había imaginado. Y vengo contento porque me parece que el cielo nos está ayudando. Como si nos estuviera bendiciendo con el mejor regalo.

Y mostró él los bonitos panales de cera repletos de miel dentro del ánfora de barro al tiempo que exclamaba exultante:

- ¡Fíjate qué delicia de almíbar y el color tan oro líquido que tiene! Como si nuestro hijo nos lo estuviera regalando desde su paraíso en el cielo.

 

            Y le ofreció a su mujer un pequeño trozo de panal con todas las celdillas rebosantes de miel. Se fue luego para la higuera que tenía cerca, cortó de ella la hoja más ancha y grande, la puso en la boca del ánfora, la dobló un poco y luego la sujetó con unas hebras de esparto, arrancadas de la manta en aquel mismo momento. Y de nuevo dijo a su mujer:

- Voy ahora mismo a los palacios de la Alhambra. Sigue tú cuidando del rebaño y, si al caer la tarde no he vuelto, mete las ovejas en el corral y les cierras la puerta.

- Ve tranquilo y llévale al rey lo que está esperando que yo me encargo del cuidado del rebaño.

Amarró a las asas del ánfora una cuerda también de esparto y cogiendo esta cuerda con mucho cuidado, partió por el camino que, desde su majada, llevaba a los palacios de la Alhambra. Llegó a las puertas de la muralla cuando la tarde caía pero todavía con dos horas de sol. Dijo a los guardias que el rey lo estaba esperando y cuando éste supo de su presencia, dio órdenes para que lo condujera a los salones reales. Entró el pastor por los jardines, pasillos y palacios, conducido por uno de los guardias y cuando llegó a donde el rey lo esperaba, lo saludó y enseguida le dijo:

- Majestad, aquí le traigo la mejor, más pura y fresca miel que nunca se haya cosechado en las tierras que rodean a la Alhambra.

Y el rey le preguntó:

- ¿De verdad es buena?

- Tan buena que, en cuanto la prueba la princesa, recuperará la saludo, la alegría y las fuerzas.

- Pues si tú lo dices, confía en que las cosas sean así pero ¿de dónde la has cogido?

- Del palacio de mi hijo y que ya muchos por aquí conocen como la Cueva de Zawi.

 

            Le dio el pastor el ánfora al rey y éste la cogió diciendo:

- Yo mismo y ahora voy a llevársela a la princesa. Y tú, no te marches. En agradecimiento al presente que me acaba de entregar, quiero invitarte a comer. Esta noche quiero que pruebes unas muy ricas chuletas de cordero. Te van a gustar mucho.

Y el pastor, de la mejor manera que pudo, se excusó aclarando que tenía que volver a la majada porque el rebaño de oveja lo necesitaban. Otra vez el rey agradeció al hombre su regalo y cuando ya lo despedía, le dijo:

- Si la princesa recupera la salud con esta miel que me has traído, yo mismo iré a la majada para que me digas dónde se encuentra la Cueva de Zawi. Quiero ver y conocer el palacio de tu hijo y voy a dar órdenes para que cojan el enjambre que me has dicho.

                       

            Regresó el hombre a su casa y cuando llegó, ya de noche, contó todo a la mujer. Ésta lo escuchó muy interesada y luego preguntó:

- Y si la princesa sana y el rey viene y se apodera de la cueva de nuestro hijo ¿qué haremos?

- Yo quiero que la princesa sane pero no quiero que el rey se apodere de lo que fue el sueño de nuestro hijo.

- Pero y si la princesa no sana ¿qué hará el rey con la cueva de nuestro hijo y con nosotros?

 

Buscando nido de pájaros

 

           Tarek es el nombre del guerrero árabe que invadió España, atravesando el canal que separaba los dos continentes, donde hay dos peñones que fueron bautizados como Tarek. El canal que los baña se le nombró como el canal de Gibraltarek el cual fue castellanizándose con el tiempo y hoy lo conocemos como Gibraltar. Cuando logró pasar a su ejército mandó hundir todas las naves para así no poder regresar. Este nombre perteneció a un valiente e inteligente guerrero árabe que transmitió toda la riqueza cultural de oriente a occidente.

 

            I - Una bonita mañana de primavera, cuando ya se derretían las nieves en Sierra Nevada y los campos se cubrían de flores, el príncipe reunió a sus amigos en uno de los salones de la Alhambra y les dijo:

- He convocado esta reunión para deciros que ahora es el momento para salir al campo en busca de nidos de pájaros.

Y preguntó uno de los presentes:

- ¿Cuándo salimos y a qué campo?

- Mañana mismo y comenzaremos por los jardines y huertas de los Alixares, subiremos por las laderas del Cerro del Sol hasta llegar a las altas y pobladas tierras de Dar al-arusa.

- ¿Y qué llevamos?

- Nosotros, caballos, comida rica y abundante para no pasar hambre y muchos criados para que nos atiendan y estén pendientes de nuestras necesidades.

- Pero, la batida por las tierras en busca de nidos de pájaros ¿quién la realiza?

- De eso se encargará otro grupo de criados. Lo nuestro, consistirá solo en ir a esos campos, con caballos y comida, como ya os he dicho y luego reunirnos en las tierras altas. Primero, para la comida en grupo y segundo, para organizar una fiesta y celebrar la recolección de nidos hecha por el grupo de los criados.

 

            Y aquella mañana, después de un largo rato de reunión, todos acordaron volverse a concentrar al día siguiente muy temprano. Pero antes de retirarse, aun comentaron:  

- Tendremos mañana todo el día completo por delante pero, a primera hora, concretaremos todos los detalles de lo que estamos planeando.

- Esto es una buena idea. Mañana será un gran día de primavera, con cielos muy azules, mucho sol y un clima estupendo. Será un bonito día de campo que culminaremos con una inolvidable fiesta.

- ¿Y no surgirá ningún problema?

- ¿En qué estás pensando?

- Entre los criados y entre los hortelanos que cultivan las tierras por donde los Alixares, sé que hay algunos que pueden oponerse a esta aventura nuestra.

- A los criados, yo me encargo de controlarlos pero entre los hortelanos ¿a quién conoces tú que pueda molestarnos?

- Conozco a un joven de unos dieciocho años que cultiva un trozo de tierra, en compañía de sus padres, cerca de las laderas del Cerro del Sol. Es un joven alto, fuerte, dicen que valiente y muy sabio. Y también mucho lo respetan por la bondad de su corazón y el gran amor que le tiene a los animales.

- ¿Alguien de los presentes conoce el nombre de este joven?

- Yo he oído hablar algo de él y parece que muchos lo conocen con el nombre de Tarek.

- ¿Y por qué pensáis que este joven podría arruinar nuestra concentración y fiesta?

- Precisamente porque Tarek es joven, está lleno de energía, fuerza y rebeldía. Sé, por lo que me han dicho, que es muy crítico con nuestra forma de vida.

- Pues yo pienso que lo mejor que podemos hacer es ignorarlo. No hacerle ni chispa de caso para así no provocarlo y entrar en conflicto con él.

- Sí, lo que dices es muy sensato.

 

            Y al amanecer del día siguiente, en algunos de los recintos de la Alhambra, los criados tenían ya casi todo preparado: caballos para el príncipe y cada uno de sus amigos, comida muy rica y abundante, algunos arcos y flechas para ir bien preparado, vasija con agua y vino y hasta algunas pequeñas tiendas de campaña por si el príncipe las necesitaba para algún momento de descanso. Al apuntar el sol, el príncipe salió de sus aposentos, saludó a los amigos que ya lo esperaban y uno de los salones, los invitó a un suculento desayuno rápido y luego les dijo:

- El día no puede ser más bueno.

- Eso estábamos comentando nosotros mientras te esperábamos. Y al oír cantar, a primera hora de la mañana, algunas tórtolas y ruiseñores por entre los jardines, se nos ha venido a la mente una pregunta.

- ¿Qué pregunta?

- No tenemos claro si entre los nidos que hoy vamos a recolectar también se encuentran los de los ruiseñores y golondrinas. ¿Podrías aclarárnoslo?

- Ya os lo dije ayer: buscaremos y cogeremos todos los nidos que encontremos. Nidos de tórtolas, de golondrinas, de ruiseñores, de currucas, de chamarines, de mirlos, de abubillas y de mochuelos. Todos valen porque se trata de vivir un día divertido a la vez que respiramos aire puro y comemos y hacemos ejercicios por el campo. Y como broche final, la comida todos juntos y la fiesta para convivir y pasárnoslo bien

- Pues ya no se hable más. Pongámonos en acción y demos comienzo a lo que ya tanto hemos comentado.

 

            Y no se habló más. Sí el mayordomo dio órdenes a los criados y todos los concentrados se pusieron en marcha. Los primeros que salieron por las puertas de los palacios y luego por la puerta de la muralla, hoy en día llamada de Los Siete Suelos, fueron los amigos del príncipe, precedidos de éste. Todos montados en sus caballos, muy bien enjaezados y ellos también vestidos con trajes de guerra, de fiesta y de campo. Detrás de la comitiva del príncipe y los amigos, salió por la puerta un buen grupo de criados escoltando mulos y burros cargados con los alimentos y todas las cosas que habían preparado. Y al terminar de salir por la puerta de los Siete Suelos, el que conducía al grupo de criados, se puso frente a ellos y en voz alta gritó:

- Aquí mismo y en este momento, empieza la operación. Por el lado de la derecha, que avance un grupo de hombre, por el centro, otro y por el lado de la izquierda, el más numeroso. Y que cada uno, abra bien los ojos y mire y remire en cada árbol, arbusto, matojo, piedra y tronco de viejos olivos. Para que nos se nos quede ni un solo nido sin descubrir, sea de lo que sea. Incluidos los nidos de perdices, cogujada y codornices que, como sabéis, están en el suelo, entre las piedras, la hierba y los matojos.

Y los que ya estaban al frente de cada uno de los grupos, preguntaron al general:

- ¿Y a qué hora nos juntamos y en qué sitio concluimos esto?

El general les contestó:

- Terminaremos al mediodía y nos volveremos a juntar por el barranco que sube desde el final de las tierras de los Alixares hacia las llanuras del Cerro del Sol. Por allí es por donde hemos quedado con el príncipe y sus amigos para, al mediodía, preparar la comida y la gran fiesta.

- Señor, y el príncipe y sus amigos, en esta batida que ahora comenzamos ¿dónde se sitúan?

- Ellos irán delante, como ya estáis viendo pero no buscando nidos sino pendientes de los pájaros que levante vuelo.

- ¿Van a cazarlos?

- Parece que no. Solo quieren verlos para irlos contando y así luego poder relatar a sus princesas la realidad de esta aventura. Y ya se acabó. Que nadie haga más preguntas porque se nos va la mañana y no damos comienzo a la batida. Así que adelante.

Y sin más, dio comienzo la gran aventura de la recolección de nidos de pájaros.

 

            Se pusieron en marcha los grupos y el general, se quedó en el grupo que avanzaría por el centro. Y, al frente de todos, comenzó a caminar muy valiente, al tiempo que alzaba la voz y decía:

- Adelante mis valientes, vamos a por ellos.

Y aquella bonita mañana de primavera, iluminada por el brillante sol y medio confundidos con la naturaleza, se vio a los hombres avanzando en busca de nidos. Casi como una gran infantería al comienzo de la batalla en una guerra. Y por eso, los que desde los recintos de la Alhambra y sitios cercanos los vieron, sorprendidos comentaban:

- Parece como si fueran a enfrentarse con el enemigo más fiero.

- Pero no tiene sentido ni parece lógico que tantos se enfrenten a los pequeños nidos de inocentes pájaros.

- No tendrá sentido pero ante nosotros los tenemos claro.

 

            Por la izquierda del grupo que iba hacia las laderas del Cerro del Sol,       se encontraban las tierras del hortelano padre y el joven Tarek. Una porción no muy grande de tierra, herencia de sus antes pasados y que era lo único que tenían para vivir. Por eso este año las había sembrado con plantas de tomates, berenjenas, pimientos, hierbabuena, perejil y orégano. Y el hijo, para su alimento propio y como algo suyo muy personal, le había pedido al padre, un pequeño trozo de tierra, al lado justo de dos naranjos. Le dijo al padre:

- Sembraré aquí solo cinco matas de tomates, las cuidaré con todo cariño, las sujetaré con palos y esperaré paciente a ver qué cosecha saco sin ayuda de nadie.

Y eso fue lo que hizo. Cavó una pequeña zanja, en forma de surco y en un costado del lomo, plantó cinco matas de tomates. Las regó entusiasmado y le puso algunos palos para que las plantas se sujetaran según fueran creciendo. Y un día, a la semana de haber plantado las matas de tomates, se encontró con una bonita sorpresa. Cuando cortaba un palo, junto a una mata de celindos que crecía en el lado izquierdo, salió volando un mirlo. Miró enseguida y descubrió que aquí mismo el mirlo había hecho su nido. Y como estaba a la misma altura de su cabeza miró dentro y vio que tenía tres huevos. Le dijo al padre:

- Ten cuidado cuando riegues por aquí y no lo molestes mucho. Me gusta que haya venido a construir su nido tan cerca de mis tomateras. Creo que será bonito ver nacer las crías y también será emocionante verlos crecer y luego irse con sus padres.

 

            Por eso aquella mañana, en cuanto sintió a los hombres avanzar por los campos, el joven les salió al paso, les pidió que se detuvieran y luego les preguntó:

- ¿Quién os ha dado permiso para entrar por estas tierras?

Y ellos le dijeron:

- Estamos cumpliendo órdenes del príncipe de la Alhambra. Buscamos nidos de pájaros y sabemos que en tus tierras es donde más animalillos se refugian.

Y enseguida el joven pensó en su nido de mirlo y en los dos nidos de currucas que, a la derecha y en el naranjo, ya tenían pajarillos. Por eso otra vez les dijo:

- Pero esta huerta es de mis padres y los nidos de mirlos y currucas pertenecen a los animalillos que por aquí viven con nosotros.

- Tonterías. El príncipe es el único dueño de todo esto. Así que apártate del camino y deja que busquemos nidos por entre los árboles y arbustos de tus tierras.

 

            Y aunque se opuso con todas sus fuerzas, no consiguió cortarles el paso. Empujándolo siguieron adelante buscando nidos y como el joven continuaban oponiéndose, el comandaba este grupo buscanidos, dijo:

- En nombre del príncipe de la Alhambra, quedas detenido.

- Pero yo no he hecho nada. Solo defiendo lo que es mío.

- Sujetadlo, amarrarles las manos a las espaldas, seguid buscando nidos por todos los rincones de estas tierras y sigamos luego nuestra marcha. Llevémoslo a él y a sus nidos a presencia del príncipe para que decida qué hacer.

En un abrir y cerrar de ojos, lo apresaron, cogieron el nido que el mirlo había hecho cerca de sus cinco matas de tomate con sus tres huevos dentro, cogieron luego los nidos de las currucas, cada uno con dos polluelos ya con sus plumas y, al poco, subieron por las veredillas del Cerro del Sol. Con el joven preso y con una buena carga de nidos, además de mirlos y currucas también de tórtolas, de mochuelos y de gorriones.

 

            Al mediodía se fueron juntando en la parte alta del Cerro del Sol. Por aquí ya habían plantado las tiendas los grupos que habían avanzando por el centro y la derecha. Y en una de estas tiendas el príncipe se había instalado para descansar un rato. En cuanto el grupo de la izquierda llegó, lo primero que hizo el que lo dirigía, fue presentar al joven preso y a los nidos que habían recolectado. Y nada más saber todo lo ocurrido el general entró en la tienda del príncipe e informó a éste del incidente. Salió el príncipe de la tienda, dejando su descanso, muy enfadado se acercó al joven y le dijo:

- Sin darte ninguna explicación, aquí y ahora mismo, podría acabar contigo. Te has atrevido a desafiar mi autoridad y eso no te lo permito.

Y el joven miró al príncipe y, con el mayor respeto, le dijo:

- Alteza, un reino que no respeta a los nidos de los pajarillos ni tiene en cuenta la libertad de las personas, va directamente a la ruina y a la miseria.

Al oír esto el príncipe estuvo apunto de lanzarse contra el joven pero se contuvo, lo miró indignado y le preguntó:

- Entonces, según tú ¿qué modelo de reino es el correcto?

- El único reino bueno y verdadero es aquel donde el respeto es lo primero. Respeto a las personas y a los animales y a lo bello. Ningún otro reino, alteza, tendrá en este mundo un fin bueno.

- Tonterías. Eso que dices ya lo sabemos.

Y el príncipe dio órdenes para que comenzara la fiesta. Pidió que amarraran al joven al tronco del árbol más cercano y ordenó que pusieran todos los nidos de pájaros en una larga mesa de madera y que todo el mundo bebiera, bailara y comiera delante del joven preso. Todos obedecieron las órdenes del príncipe y comenzó la fiesta.

 

            Al caer la tarde, la gran comitiva, regresó a los palacios de la Alhambra con el joven preso. Al llegar, el príncipe dijo a sus generales:

- Encerrarlos en una mazmorra que mañana decidiré qué hacer con él. Ahora quiero irme a mis aposentos para descansar porque estoy muy agotado.

- Y con los nidos de pájaros ¿qué hacemos?

- Ponedlo a buen recaudo que también más tarde decido qué hacer con ellos.

 

            Nota: este relato continúa en una segunda parte titulada “El abrazo del rey al joven Tarek”. Pondré aquí esta segunda parte próximamente.

 

El abrazo del rey al joven Tarek

 

II- Todos los días, a primera hora de la mañana, a la Alhambra acudían muchas personas. La mayoría, acompañados de animales de carga como burros, mulos o caballos y portando en el lomo de estos animales, muchos y variados productos: hortalizas, frutas, cereales, carnes, pecados, aceite, vino… Y todo esto era porque todos los días, a primera hora, en las murallas y puertas de la Alhambra, se vendían e intercambiaban los productos que he comentado. Como en un pequeño mercadillo, en estos tiempos modernos, pero con sus características concretas y muy distintas a los mercadillos de hoy en día. Y, entre la multitud de personas que cada día a primera hora se concentraban en las puertas de la Alhambra, también se encontraban los que por las tierras cercanas, tenían sus huertos. Algunos, de la vega del río Darro o Genil y otros, de la gran Vega de Granada y de las huertas por donde los Alixares.

 

            Pero aquella mañana de primavera y con un cielo muy azul, según se iban concentrando en el mercadillo por las puertas de la muralla, algunos comentaban:

- ¿Sabes la noticia?

- ¿De qué se trata?

- ¿No te has enterado lo que el príncipe de los pájaros hizo ayer?

- He oído que llevó a todo un ejército a buscar nidos de pájaros por los campos pero nada más sé. ¿Es que ha ocurrido algo grave?

- Y más grave de lo que tú imaginas. Porque todo el mundo anda diciendo que el príncipe tuvo un choque muy desagradable con el joven Tariq.

- ¿El joven hijo del hortelano amigo nuestro?

- Exactamente.

- Si tú sabes lo que ocurrió, por favor, cuéntamelo. Me interesa mucho saberlo porque yo soy muy amigo de esa familia y de ese joven, bueno donde los haya.

 

            Y aquella azul y limpia mañana de primavera, entre unos y otros, se iba corriendo la noticia. Con versiones diferentes porque muy pocos eran los que tenían información exacta. Pero en algo, sí muchos coincidían.

- Al final del desagradable encuentro y aventura, dicen que se trajeron preso al joven Tariq.

- ¿Y qué le han hecho?

- En los calabozos de la Alcazaba ha dormido esta noche y ahí todavía lo mantienen encerrado.

- Y los padres ¿qué dicen o que esperan?

- Los pobres, igual que muchas veces nos pasa a nosotros, están indignados y muertos de miedo.

- Y es para estarlo. Lo ocurrido es una tragedia que tiene muy mala pinta. Debemos juntarnos a ir a la casa de los padres del joven Tariq para animarlos.

- Lo que debemos hacer es organizarnos y acudir al rey para pedirle clemencia. No hay derecho que con un joven tan bueno se haga esto.

 

            Y aquella mañana del día después a la de la aventura de los nidos, la noticia de lo ocurrido con Tariq, se fue corriendo como la pólvora. De boca en boca y no solo por entre las personas que se concentraban en las puertas de la muralla y palacios de la Alhambra sino también por entre los habitantes de las tierras cercanas y por donde el río Darro y Genil y la ancha Vega de Granada. Y conforme la noticia se iba extendiendo, aumentaba entre las personas el deseo concentrarse para consolar a los padres y exigir al rey la libertad del joven. Sin embargo, a todos los paralizaba el miedo. En lo más oculto de sus corazones, todos sabían que manifestarse contra el rey y el príncipe y, en general, contra lo ocurrido, era algo serio y peligroso. Temían que el rey y el príncipe tomaran represalias y en lugar de conseguir la libertad de Tariq, podría ocurrir todo lo contrario. Pero la noticia y el malestar seguía extendiéndose y crecía la indignación y el deseo de hacer algo.

 

            Antes del mediodía, la noticia llegó al corazón mismo de los palacios de la Alhambra. Por eso, en cuanto los consejeros del rey supieron lo que entre las personas se comentaba y se planeaba, fueron a éste y le dijeron:

- Majestad, hay que hacer algo.

- Algo ¿cómo qué?

- A nosotros solo nos toca aconsejarlo. Y le decimos esto porque la indignación entre la gente, sigue aumentando. Puede generarse un gran motín y entonces ya será muy difícil controlar las cosas.

Y el rey pensó un momento y luego dijo:

- Entiendo vuestra preocupación y entiendo la preocupación y enfado de la gente pero decidme, en un caso como éste ¿qué haríais vosotros?

- Creemos que lo mejor es, inmediatamente y antes de que tengan tiempo para organizarse, ir contra todos los que están poniendo en duda su autoridad.

- Pero si lanzamos contra ellos los a soldados y les atacamos para aplastarlos ¿no sería echar más leña al fuego?

- Si no hace esto, majestad, su autoridad quedará entre dicho y usted vendría a menos y ellos se crecerían.

 

            Quedó el rey otra vez en silencio y luego les dijo a los consejeros que se retiraran. Ordenó que buscaran al príncipe que había encarcelado a Tariq y lo trajera a su presencia. Al poco rato el príncipe estaba junto al rey, su padre y éste le preguntó:

- ¿Por qué has hecho lo que has hecho con el joven hortelano?

Y atemorizado el príncipe contestó:

- Él se reveló contra mí, impidiéndome realizar mis deseos.

Y el rey, dando muestra de la fama que tenía en los palacios de la Alhambra y en los barrios cercanos y en Granada, dijo al príncipe:

- Escucha atento lo que voy a decirte: los problemas en la vida siempre vienen por sí solos. Por eso, lo más sensato es proceder siempre intentando no crear problemas. Y lo más sabio y mejor de todo para evitar que surjan los problemas, es estar muy atento y cuando intuyas que algo va a molestar, buscar la manera de encauzar y crear paz.

Y el príncipe, algo desorientado, preguntó al rey:

- Pero padre, ese joven es un simple hortelano y yo soy príncipe. Si dejo que se salga con lo suyo ¿no crees que yo hubiera sido humillado y desautorizado?

- Lo que sí creo yo es que si tú hubieras procedido con inteligencia no habrías salido humillado y desautorizado sino todo lo contrario, que hubieras salido glorioso y triunfante.

Y todavía más desorientado el príncipe dijo:

- No entiendo padre, lo que quiere decirme.

- No lo entiendes porque tú te crees más importante que ese joven hortelano y eso te ciega el corazón y nubla la razón. Ser príncipe no es ningún privilegio ni te hace mejor que los otros sino lo llevas dentro.

Y aun más confuso el príncipe preguntó al rey:

- Padre ¿por qué no me enseñas lo que está diciendo con un ejemplo?

- Eso es lo que, desde que tuve noticia de este asunto, estoy pensando.

 

            Y el rey se levantó de su trono, se acercó al príncipe y le dijo:

- Vente conmigo y, a partir de ahora, obedece en todo lo que te voy a pedir.

Atravesó el rey el gran salón, se acercó al guardia que lo protegía y le dijo:

- Llévame a presencia del joven que el otro día mi hijo apresó y encarceló.

Llamó el guardia al general y en cuanto éste estuvo frente al rey le dijo:

- Majestad, ese joven se encuentra ahora mismo en uno de los calabozos que hay en la Alcazaba.

- Pues llévame a ese sitio y ordena que salga.

- Nunca ningún rey ha ido a los calabozos de los esclavos. Podemos traer ese joven aquí para que usted lo vea y le diga o pregunte lo que quiera.

- Yo sé que podéis hacer eso pero es mi deseo ir a los calabozos y encontrarme allí con este joven.

Y el general no volvió a comentar nada más. Sí dio órdenes para que escoltaran al rey y a su hijo y él se quedó a su lado para guiarlo y protegerlo. Atravesaron varios salones y pasillos, salieron a los jardines, caminaron por entre la multitud que en los exteriores de los palacios y puertas de las murallas, vendían cosas, iban y venían y entraron por las puertas de la Alcazaba. Llegaron al recinto de los calabozos y el general dijo al que custodiaba que trajeran al joven a presencia del rey y del príncipe. Sin rechistar, el vigilante hizo lo que le habían ordenado y al poco, el joven estaba frente al rey. Lo miró atemorizado y quiso saludarlo y decirle algo pero no le dio tiempo porque, nada más verlo, el rey le dijo:

- Hijo, no tengas miedo. Vengo a pedirte perdón y a darte un abrazo como disculpa por el mal que te ha hecho el príncipe.

 

            Y sin que al joven le diera tiempo reaccionar y antes en asombro de todos los presentes, el rey se aproximó, tendió sus brazos al joven, pasó sus manos por el cuello y las espaldas y le dio un fuerte abrazo al tiempo que le decía:

- Los reyes también somos humanos. Disculpa el mal que te hemos hecho.

Y el joven se quedó helado. Quiso hablar algo pero no le salieron las palabras. Enmudecido dejó que el rey lo apretara contra su pecho y al rato, se retiró un poco del joven, lo miró a los ojos, miró al hijo que estaba allí a su lado y le dijo:

- Ahora, también el príncipe, mi hijo, quiere pedirte disculpa. Acéptalas y perdona su mal comportamiento contigo.

Fuera de sí, el príncipe miró al rey y con palabras temblorosas, le dijo:

- Pero padre… yo no puedo hacer esto. Soy el príncipe y lo que me está pidiendo su majestad, es una grandísima humillación para mí.

- Hijo, y yo soy el rey y dueño de un gran reino. Si yo le he dado un abrazo también puedes tú. Y si no eres tan valiente, deja que este joven te dé un abrazo a ti.

 

            Agachó el príncipe su cabeza, miro el rey al joven y le pidió:

- Sin rencor ninguno, puesto que el príncipe ya te ha perdonado, acércate a él y perdónalo con un fuerte abrazo.

Tembloroso el joven y sin pronunciar palabra, se aproximó al príncipe, tendió sus brazos y tímidamente dio un gran abrazo al príncipe. El rey miraba y también todos los presentes y vio como los dos jóvenes, asustados y algo sonrojados, también se miraban de reojo. Y en ese momento el rey, dirigiéndose de nuevo al joven, dijo:

- Y ahora, llévanos a tu casa y preséntanos a tus padres.

Dio el rey órdenes al general para que los guiara y escoltara y al poco, los cuatro salieron por la puerta de la muralla que rodea a la Alhambra. Guiados por el joven, atravesaron varios jardines, algunos huertos y tomaron por un caminillo de tierra. Se aproximaron al huerto propiedad de la familia del joven y al ver los padres de éste la gran comitiva, con el rey y el príncipe al frente, también se asustaron mucho. Dejaron ellos sus tareas en las tierras del huerto y se quedaron quietos esperando.

 

            Preguntó el rey al joven:

- ¿Son estos tus padres?

- Mi padre y mi madre, majestad, para serviles.

Se acercó el rey a ellos, los saludó y les dijo:

- Aquí os traigo a vuestro hijo y yo vengo acompañándolo para que nada le pase y para pediros disculpas. Todo ha sido un mal entendido y una pequeña equivocación por parte del príncipe. Os pide disculpas también y los dos queremos que a partir de ahora seáis nuestros amigos.

Muy torpemente dijo el padre:

- Majestad, nuestro más sincero agradecimiento por ser tan bueno con nosotros. No nos lo merecemos.

- Aceptamos vuestra gratitud. A partir de ahora tenéis nuestro respeto y lo único que os pedimos a cambio es que digáis a todos que en la vida, hay que procurar siempre no crear problemas. Las dificultades y males vienen por sí solos y por eso, lo correcto es apaciguarlos y controlarlos antes de que srujan.

Y el padre, de nuevo y muy titubeante, habló al rey y le dijo:

- Majestad, yo disfruto mucho sembrando plantas, regándolas, labrando la tierra para que crezcan y luego cuando de estas plantas recojo sus frutos. Creo que no hay en el mundo placer más grande y limpio. Y lo mismo dijo de un simple nido de pájaro. Usted no imagina la experiencia tan bonita que se vive ver a un pajarillo hacer su nido, verlo poner luego su huevecillos, descubrirlo cada día echado en este nido encubando estos huevos, ver nacer los polluelos y ver a los padres darles de comer y al final, verlos salir volando a irse libres en compañía de los padres por los campos. Y por último, majestad, usted no imagina lo que es tener un hijo, verlo crecer y aprender en compañía y en amor con todo lo que antes le he dicho. Es como si la vida misma, todo cuanto existe y nos rodea, se resumiera en estas sencillas cosas y regalos del cielo y de la naturaleza.

Y el rey dijo al padre del joven que, de alguna manera, sí que entendía todo lo que acababa de comentarle.

 

            Poco después, el rey con su hijo el príncipe, el general y todos los guardias que le iban dando escolta, se retiraron del huerto de joven Tariq. Y en aquellos mismos momentos, la noticia de lo ocurrido se empezó a correr por entre todas las personas del mercadillo en las puertas de los palacios y murallas de la Alhambra. Y entre unos y otros, de boca en boca, comentaban:

- Es el rey más bueno e inteligente que nunca hubo aquí en Granada. Nos ha dado lo que más necesitamos y de la manera más sabia. Y claro que tiene razón: si se siembre amor y respeto, se recoge respeto y amor, paz y reconocimiento.

 

La casita de madera en el nogal

 

            El nogal, Juglans regia, procede de Persia, región del Himalaya, según unos autores o de China y Japón, según otros. Fue transportado a Grecia y luego a Italia y a los demás países de Europa. Hay evidencias fósiles de la presencia del nogal en la Península Ibérica, que se remontan al Paleolítico. Se encuentra vegetando en estado silvestre en la Europa oriental, Asia Menor y en Norteamérica, formando un cierto número de especies más o menos cultivadas. El nombre del género deriva del latín iuglans, nombre romano del nogal y de la nuez, que es una abreviatura de lovis glans; bellota de Júpiter, a su vez versión latina del griego dios bálanos, nombre de la nuez y de la castaña, que significaba literalmente: bellota o castaña de Zeus.

 

            II- De la noche a la mañana, la primavera se abrió con toda su potencia. Se llenaron de brillantes verdes todo el valle del río Genil, las laderas de las partes medias de Sierra Nevada, las tierras llanas de la Vega de Granada y las Huertas Reales por el arrabal al-Fajjarin. Todas estas tierras y llanuras y montes cercanos a la Alhambra, por donde el río Darro, lugares del barrio del Albaicín, laderas del Sacromonte y umbría del Generalife. Todo se llenó de verde, de flores en mil colores y olores y de revoloteo de mariposas y pajarillos. También se cubrieron de hojas nuevas los almezos, las higueras, los granados, los álamos y las moreras. Y como ya por aquellos tiempos en las tierras cercanas a la Alhambra, por Sierra Nevada y otras montañas, crecían las nogueras, también todos estos árboles se engalanaron con cientos de hojas frescas. Hojas brillantes y flores primaverales, preludio de una nueva cosecha.

 

            En los jardines de Huerta Grande, también las plantas se llenaron de vida. Y por donde la cascada del laurel y el nido del mirlo, la niña hija del jardinero, se pasaba las mañanas y gran parte de las tardes, practicando en la pizarra de roca que el padre le había regalado. Dibujaba ella y escribía, en muchos momentos, sentada en su original sillón de mimbre, también regalo del padre y, de vez en cuando, alzaba su cabeza y miraba atenta. Algunas veces, para el árbol donde el mirlo tenía su nido, en otros momentos, para la cascada de claras aguas y, en ocasiones, para donde el padre labraba las tierras. Porque ella, en este rincón de la huerta y jardín, era donde pasaba la mayor parte del día principalmente porque era el padre el que se la traía, con objeto de tenerla cerca y a la vista mientras él desarrollaba su trabajo. Y como la pequeña tenía puesta toda su confianza en el padre, mientras iba corriendo la mañana o la tarde y se entretenía en dibujar cosas en el trozo de piedra de pizarra, no dejaba de estar pendiente del padre. Se sentía así protegida por él y, al mismo tiempo, cuando trazaba sobre la piedra de pizarra alguna línea para dar forma a un dibujo o escribir alguna palabra, siempre pensaba en compartirlo con él.

 

            Así fue que una de aquellas bonitas mañanas de primavera, cuando el sol llegó a lo más alto y por eso el padre dejó su trabajo para venirse junto a su niña, al llegar y verla muy ocupada en un dibujo en su pizarra, le preguntó:

- ¿Qué significa este dibujo?

Y ella lo miró emocionada y le preguntó:

- ¿Te gusta?

- Me gusta mucho porque, aunque es muy sencillo, me parece casi perfecto.

- Lo he hecho para ti porque quiero hacerte un regalo.

- Y yo te lo agradezco mucho pero como soy muy torpe, no acabo de entenderlo. ¿Por qué no me lo explicas?

- ¿De verdad quieres saberlo?

- Claro que sí.

 

            En la pequeña pizarra, trozo de piedra que el padre le había traído de Sierra Nevada, la niña inválida había dibujado lo siguiente: en un lado de la losa pizarra se podía ver como un montón de troncos de árboles, formando una pila puestos unos encimas de los otros. Y en el otro lado de la pizarra, se veía un árbol muy grande, recio y bonito, cubierto con mucho follaje y algunos pajarillos posados en las ramas delgadas. Porque en las ramas más gruesas que arrancaban del tronco del árbol como a unos cinco metros del suelo, la pequeña había dibujado una casita. Casi camuflada entre las ramas pero perfectamente definida y por eso se vía muy bien una pequeña puerta, dos ventanas, una chimenea y una escalera de madera que servía para, desde el suelo, subir pegado al tronco del árbol y así llegar a la puerta de la casita. Y todo esto, simplemente representado con unas líneas trazadas en la pizarra de piedra. Por eso el padre, en cuanto vio lo que él creyó una gran obra de arte, quedó impresionado. Y por eso, aunque los dibujos estaban muy claros, no comprendía bien lo que significaban, le preguntó:

- ¿Qué significa esto?

 

            Y la pequeña, sentada en su cómodo y bonito sillón de mimbre, le pidió al padre que se acercara. Éste le hizo caso y cuando ya rozaba con sus manos las manitas de la niña, fijó sus miradas en la pizarra y otra vez le dijo:

- Estoy esperando que me expliques tus dibujos.

Extendió ella la pizarra hacia el padre para que la viera mejor y le dijo:

- Te los voy a explicar despacio. Y empiezo por estas líneas en el lado izquierdo de la pizarra. ¿Sabes lo que es esto?

Señalaba ella a las líneas que, en forma de troncos de árboles y apilados en sentido horizontal, formaban como un montón madera. Respondió el padre:

- No sé lo que es esto.

- Te lo explico yo: ¿No recuerdas que tú muchas veces me has dicho que la vida se descubre y avanza siempre en etapas?

- Sí que recuerdo eso y te lo digo porque es cierto.

- Pues cada una de estas líneas en forma de troncos de árboles, representa una de esas etapas que me dices. Como si la suma de todas estas líneas fuera la vida entera y, estas primeras de abajo, representara la etapa que estoy viviendo ahora. Todas las líneas que hay encima de la primera, sugieren las etapas que me quedan por vivir. ¿Lo entiendes?

- Claro que sí pero no del todo.

- ¿Y qué es no que no comprendes?

- No comprendo bien el dibujo que has hecho a la derecha de este montón de troncos de árboles. ¿Qué significa este árbol y una casita de madera entre sus ramas?

- También te lo explico. En la etapa que ahora estoy viviendo me corresponder vivir este sueño.

- ¿Qué sueño?

- Sueño, como muchas niñas en el mundo, tener un día una casita de madera entre las ramas de un gran árbol. Y éste que aquí he dibujado, es el nogal que todos los días tengo cerca.

 

            El nogal crecía solo a unos treinta metros del palacio de Dar al-Bayda. El gran palacio de Huerta Grande y en el que vivían, de vez en cuando, el grupo de príncipes y princesas de la Alhambra. De recreo, algunas veces, de veraneo, en otros momentos o simplemente a echar una tarde o una mañana en contacto con la naturaleza y por eso la niña los veía. Los veía una vez y otra pero nunca llegaba a tener amistad con ellos. No porque ella pusiera dificultades sino porque al grupo de príncipes y princesas, no les interesaba mucho ni jugar ni charlar con ella. Pero siempre que este grupo de jóvenes, habitantes de los palacios de la Alhambra, aparecía por el rincón de Huerta Grande, le hacían una visita al gran nogal, compañera de la niña. Y el nogal era, además de hermoso y con grandes ramas muy gruesas, muy viejo. Según el padre le había dicho podría tener más de doscientos años. Por eso a ella le gustaba tanto este majestuoso árbol. Por los años que imaginaba había vivido y por las hermosas ramas y tronco que mostraba. Y por eso ella, más de una vez ya había soñado tener una casita de madera entre las ramas del noble nogal.

 

            Y en esta ocasión, hasta lo había dibujado en su pizarra para de alguna forma hacer real su secreto sueño. Y por eso ella, a la pregunta que el padre le había hecho, respondió:

- Lo mismo que las princesas y príncipes de la Alhambra, tienen su palacio particular en éste de Huerta Grande, a mí me gustaría tener el mío propio en este nogal.

- ¿Y por eso has dibujado, entre las ramas de este árbol, esta casita de madera?

- Por eso y porque imagino que esta casita es mi gran palacio, mucho más bonito que los palacios de los príncipes y princesas de la Alhambra.

Y el padre la miró, cogió sus pequeñas manitas, las besó y le dijo:

- Lo entiendo todo, hija mía. Tu sueño es un gran sueño y tus dibujos en esta pizarra, son una maravilla. Me gustan mucho.

 

            Poco después, el padre dejó su trabajo en las tierras de la huerta, cogió a su niña de la mano y poco a poco se la fue llevando hacia la casita donde vivían de prestado cerca del palacio de loso reyes de la Alhambra. Cuando llegaron contó a su mujer lo de los dibujos en la pizarra y ésta le dijo:

- Puede que un día, algún ángel del cielo o hada, le construya una casita de madera entre las ramas del nogal que tanto le gusta.

Y algo después, los tres cenaron unas frutas y un poco de leche y se fueron a la cama. Y mientras cogía el sueño, el padre meditó y meditó en los dibujos de su niña y en todo lo que le había comentado.

 

            La noche comenzó muy tranquila. Sin viento ninguno, con una temperatura muy agradable y con solo algunas nubes en el cielo. La luna brillaba muy pura y quizá por eso, entre las ramas de los árboles resonaban los cantos de los mochuelos y autillos. También entre los arriates del jardín y huerta, se oían los trinos de los ruiseñores y el croar de las ranas en las aguas de las acequias. Poco a poco el viento comenzó a soplar y, de vez en cuando, refulgía el resplandor de algún relámpago. Se oyeron los crujidos de truenos y, como a media noche, la lluvia comenzó a caer. Al principio con poca fuerza pero luego fue aumentando hasta convertirse casi en diluvio. Tan fuerte y con tanto viento y truenos que hasta parecía ser la mayor tormenta ocurrida nunca aquí en Granada.

 

            En su pequeña cama la niña se acurrucaba intentando dormirse y a ratos lo conseguía y a ratos no. Lo mismo le ocurría al padre y a la madre y lo mismo sucedía con las ranas y autillos que a primera hora de la noche canturreaban. Al llegar el nuevo día, el primero en levantarse fue el padre. Esperó un poco a que la luz del sol iluminara y luego salió de la casa a ver los efectos de la tormenta en la huerta y jardines de la finca. También un poco después se levantó la madre y se preparaba para llamar a su niña y darle el desayuno antes de irse ella a su trabajo, cuando la pequeña le dijo:

- No tengo ganas de levantarme. Déjame que hoy me quede acurrucada y calentita en esta cama mía.

Y la madre le hizo caso. Compartió con su marido lo que la niña le había pedido y algo después se fue a su trabajo, en los recintos del palacio de Huerta Grande. El padre se acercó a la cama de la niña, le puso su mano en la frente, la miró y le dijo:

- Esta noche he soñado con algo muy bonito para ti.

- ¿Puedes contármelo?

- Sí pero no ahora. Quiero mantenerlo en secreto para darte una sorpresa. ¿Por qué no te levantas?

- No tengo fuerzas.

Y durante un buen rato el padre le dio compañía. Luego salió a la calle, fue al palacio y pidió audiencia para una entrevista con el rey. Y éste, en cuanto supo la noticia, lo recibió. Habló el padre largo rato con el rey, dicen que el más bueno de cuantos reyes hubo en la Alhambra y después se fue a la huerta a seguir con su trabajo. Pero al caer la tarde, pidió ayuda a unos compañeros y estos se la prestaron. Durante varias horas, aquella tarde, también al día siguiente y al otro y al otro. Así casi a lo largo de un mes entero, mientras la primavera pasaba y la pequeña inválida seguía, un día sí y otro no, metida en la cama. Sin apenas ganas de comer y con muy pocas fuerzas. De la mejor manera que podían, los padres la cuidaban y animaban.

 

            Hasta que un día, casi mes y medio después de la noche de la tormenta, el padre le dijo a su niña:

- Ya tengo para ti el regalo que te prometí.

- ¿Qué es y cuando me lo enseñas?

- No te digo qué es porque sigue siendo sorpresa pero lo puedes ver cuando tú quieras.

- ¿Ahora mismo?

- Hoy es un día muy bonito de primavera. ¿Te ayudo a levantarte y te llevo al sitio de la sorpresa?

- Sí, por favor.

Y en aquel mismo momento el padre se puso a disposición de la niña. Le ayudó a levantarse, le pidió que comiera algo, le puso un pañuelo en el cuello y poco después, le ayudaba a salir de casa. Sujetándola y llevándola de la mano, poco a poco la fue llevando hacia la explanada de la cascada y los grandes árboles. Y antes de aproximarse más, le dijo:

- Ahora quiero taparte los ojos para que no veas nada hasta el momento justo.

Y ella dijo:

- Lo que tú quieras, papá.

Y se dejó vendar los ojos con el pañuelo que momentos antes le había puesto en el cuello. Siguieron avanzando por la explanada dirección a la gran noguera y, cuando ya estuvieron a solo unos pasos del árbol, el padre otra vez le dijo:

- Ha llegado el momento. Prepárate porque voy a quitarte el pañuelo de los ojos.

- Estoy preparada.

 

            Y con mucho cuidado y despacio el padre fue retirando el pañuelo de los ojos de la niña. Al sentirse libre abrió ella sus ojos y observó emocionada. Ante sí descubrió el nogal de siempre y, entre sus gruesas ramas, una preciosa casita de madera perfectamente construida y camuflada. Con dos muy originales ventanas, una pequeña puerta y la escalera que subía como abrazándose al tronco del árbol. Llena de asombro dijo:

- Es el sueño que un día dibujé en mi pizarra de piedra. ¿Cómo lo has conseguido?

- Como se consiguen todos los sueños: con ilusión, amor y constancia.

- A partir de ahora ya tengo mi propio palacio, tan bonito o más que los que tienen los príncipes y princesas de la Alhambra. ¿Cuándo me puedo venir a vivir a él?

 

Alfombra de espigas de trigo

 

III- Al ver ella el regalo que el padre le entregaba, después de un rato en silencio mientras observaba la casita de madera entre las ramas del nogal, preguntó:

- ¿Puedo estrenarla ahora mismo?

- Puedes estrenarla cuando quieras.

- Pues ayúdame a subir por las escaleras y entramos y la veo.

Pasó el padre su mano por la cintura de la joven, ella echó su brazo por el cuello del padre y con cuidado poco a poco le fue ayudando a subir por las escaleras. Y conforme se iban acercando a la puerta de la casita el corazón de la hija palpitaba emocionado. Preguntó al padre:

- En cuanto vengan por aquí los príncipes y princesas de la Alhambra, si me piden entrar en esta casita mía ¿qué le digo?

- Bien sabes tú lo que tu madre y yo tantas veces te hemos aconsejado: en la relación entre las personas, lo primero es el cariño y el respeto. Y nosotros los pobres, el único tesoro que tenemos para ganarnos el favor de los que son más ricos, es la sencillez y humildad. Y también sabes que en más de una ocasión hemos comentado contigo que, en la vida, nunca debemos movernos o hacer las cosas empujados solo por los sentimientos. Tener ideas buenas, claras y bellas, es lo más importante en todas las personas. Los sentimientos son necesarios pero sin ideas claras y grandes, no llegaremos a ser personas nobles ni construiremos un mundo mejor.

Y la joven, ya en la misma puerta de su casita y a punto de entrar en ella, detuvo sus pasos, miró al padre y le dijo:

- Siempre estuve de acuerdo con vosotros en este que me dices pero también siempre y, parece que cada día más, siento rabia.

- Rabia ¿por qué, hija mía?

- Creo que no hay derecho a que ellos tengan tanto y nosotros tan poco. Y más aun me enfada la forma en que se comportan conmigo cada vez que vienen por aquí.

- Respeto tu forma de pensar y tus sentimientos pero no estoy del todo a favor tuya.

- ¿Por qué no?

- Ya te lo he dicho: la buena o mala suerte de cada uno en este suelo, no siempre es culpa de los otros. Y nosotros, al fin y al cabo, somos unos privilegiados. El rey que nos tiene a su servicio, es bueno. Y prueba de ello es esta casita que hora mismo te regalo. Si no hubiera sido por la bondad de su corazón, yo no hubiera podido construirte este pequeño palacio tan bonito y en este árbol. Todo por aquí es propiedad del rey pero él nos permite cosas que otros no tienen. Por eso te repito que con los demás, aunque seamos pobres, hay ser buenos. Solo de este modo la felicidad vendrá al corazón y anidará ahí y tendremos siempre la bendición del cielo. Nada hay más importante que vivir en paz con uno mismo y con los demás. Y nada hay más gozoso y valioso que hacer el bien y no odiar ni maldecir nunca.

Y a estas palabras del padre, la joven ya no dijo nada más.

 

            Avanzaron unos pasos más apoyada ella en el hombro del padre y se encajó dentro por completo de su pequeño palacio. Miró a un lado y otro y luego observó por las ventanas. Una de las dos ventanas se abría hacia las cumbres de Sierra Nevada y por eso, muy al fondo, descubrió a estas montañas cubiertas con las últimas nieves del invierno. Más cerca, descubrió el surco del hermoso río Genil y luego la llanura de las riveras y las huertas repletas de hortalizas, árboles frutales y muchas flores. Por la otra ventana, un poco al lado norte y hacia la Vega de Granada, descubrió las bonitas cascadas en primer plano, más jardines repletos de flores y las laderas hacia la colina de la Alhambra. Por una de estas laderas pudo ver el camino que, descendiendo venía desde la Alhambra hacia el bellísimo palacio de Dar al-Bayda. Por una ventana y otra miró despacio durante un buen rato y luego se volvió al padre y le dijo:

- Estoy tan contenta y me siento tan feliz en este momento que me parece tener ahora mismo y todo para mí, el mejor palacio del cielo.

- Me alegro, hija mía.

Dijo el padre sintiéndose dichoso y orgulloso del buen corazón de su hija. Preguntó de nuevo ella:

- ¿Y sabes de lo que me estoy acordando ahora mismo?

- Creo adivinarlo pero mejor si me lo explicas.

- Sí, es lo que estás pensando: esta noche quiero quedarme a dormir en este palacio. ¿Me das permiso?

- Ya te dije antes que puedes quedarte a vivir en esta casa de madera a partir del momento en que tú lo quieras.

 

            Y después de un rato comentando algunas cosas más, el padre bajó las escaleras de la casita del nogal. Fue a su casa de siempre, habló con su mujer, ésta le preparó algo de ropa y cosas para que comiera y el padre regresó al nogal de la casita. Subió las escaleras cargado con todo lo que la madre le había preparado y cuando entró a la casita encontró a la hija sentada en un pequeño asiento de madera que también él le había construido. Le dijo:

- Nunca me sentí tan bien como ahora mismo aquí. El vientecillo es fresco, huele a flores y a tierra mojada, alegran mucho los cantos de los pajarillos, son muy bellos los colores del cielo y las cumbres de Sierra Nevada y se respira tanta paz y silencio, que es como si todo esto fuera un sueño. Gracias por construir y regalarme este rincón tan especial. Eres muy bueno.

Y el padre, como respuesta a lo que su hija había expresado, comentó:

- Pues para que todo sea algo mejor aquí tienes lo que necesitas para quedarte a dormir esta noche en tu casita. Me pongo y ahora mismo te preparo la cama y la comida que tu madre me ha dado para ti y luego me marcho. Tengo que seguir con mi trabajo y, en cuanto tenga un rato libre, debo hacerle una visita al rey para agradecerle su bondad con nosotros.

- ¡Vale!

 

            Se puso el padre y en un momento preparó lo que había anunciado. Luego bajó otra vez de la casita y antes de retirarse dijo a la hija:

- Si necesitas algo o quieres que venga para estar contigo, solo tienes que llamarme. Tu madre y yo estamos pendientes de ti y ahora, a disfrutar de tu palacio y de su intimidad y silencio.

Agradeció otra vez al padre todo su cariño y lo despidió. En la puerta de la casita estuvo asomada un rato, contemplando el paisaje y gozando del vientecillo y siguiendo los revoloteos de los pajarillos que se paraban en las ramas del nogal. Y le gustó especialmente la presencia de una oropéndola y la de unos verderones que no paraban de canturrear. Y conforme la tarde fue cayendo, se entretuvo en gozar despacio la hermosa puesta de sol al fondo de la Vega de Granada. Luego y, antes de que la oscuridad de la noche llegara, comió algunas de las cosas que la madre le había preparado y se fue a la cama. A la pequeña pero muy especial cama de madera que, cerca de una de las ventanas, también el padre le había construido. Y mientras comenzaba a llegar la noche y se acurrucaba para dormirse en el nido de su delicioso trozo de cielo, se acordó de sus amigas y de las princesas y príncipes de la Alhambra.

 

            Quedamente susurraba: “Lo único que en estos momentos me falta son los amigos. ¡Me gustaría tanto compartir con ellos lo que ahora vivo! Porque las princesas y príncipes de la Alhambra, nunca han sido buenos conmigo. Sin embargo, en cuanto vuelvan por aquí, los voy a invitar a que suban y vean y compartan conmigo este pequeño palacio. Y si no quieren porque consideren que mis cosas no son importantes para ellos, no me enfadaré. A partir de ahora voy a poner en práctica todo lo que me aconsejan mis padres. Pero desde luego que para mí será una gran pena que no se alegren por la belleza de esta preciosa casa mía”.

 

            Y rumiando estas cosas y otras parecidas se quedó dormida. Relajada desde luego por el fresco que el vientecillo regalaba y arrullada por el delicioso canto de los grillos en las tierras de la huerta y el croar de las ranas en las acequias. Y durmió tan profundamente que no se despertó en toda la noche. Tampoco al venir el día ni cuando, un poco antes de salir el sol, el padre le hizo una visita. Subió despacio las escaleras de la casita, se asomó a la ventana y al verla durmiendo, se retiró y la dejó en su gozo. Se fue a labrar y regar las tierras y plantas de la huerta uniéndose a los compañeros. Con ellos comentó algunas de las cosas que en los últimos días estaba compartiendo con su hija y estos le dijeron:

- Eres un buen padre.

- Yo diría más bien que mi hija tiene un corazón bello y grande.

- Una cosa no quita a la otra. Pero es cierto que tu hija es bellísima por dentro. Más valiosa que muchas de las princesas que viven en la Alhambra. Y esto, que se quede entre nosotros.

 

            Entre ellos se quedó lo que comentaban pero aquella misma mañana, los príncipes y princesas de la Alhambra, confirmaron lo que los hombres entre sí habían comentado. Se alzaba el sol ya a medio cielo, entre las cumbres de Sierra Nevada y la Alhambra, cuando el grupo de los príncipes y princesas salieron de sus palacios en la colina, cerca del río Darro. Cruzaron los jardines y se dejaron caer por los caminos que, desde las partes altas de lo que hoy es el barrio del Realejo, iban hacia el palacio de Dar al-Bayda y tierras de las Huertas Reales. Poco después llegaron a este lugar mientras entre sí comentaban:

- Vamos al rincón de las cascadas, el laurel y los cipreses.

- Sí, vamos a este rincón a disfrutar de la frescura de este sitio y a jugar con las aguas de las acequias, albercas y cascadas.

Y en un abrir y cerrar de ojos se organizaron y prosiguieron su camino hacia el rincón de las cascadas. Y tan contentos iban y mostrando tanto júbilo que antes de llegar al lugar, la joven de la casita del nogal, se despertó. Abrió sus ojos, miró por la ventana de su pequeño palacio y vio al grupo. Enseguida se sobresaltó y por eso para sí se dijo: “¿A qué vendrán hoy por aquí? No saben ellos que ahora soy dueña de la más bella casita de madera que jamás nadie nunca haya tenido en Granada. Se van a llevar una sorpresa en cuanto la vean y me vean”.

 

            Y la vieron enseguida. Porque aun todavía no habían llegado al rellano de las cascadas, cuando al mirar para el nogal, una de las princesas dijo:

- Mirad lo que hay en el nogal de las cascadas.

Todos miraron alertados por el anuncio y al ver la casita enseguida preguntaron:

- ¿Quién la habrá hecho y de quién será?

- Seguro ha tenido que ser un gran artesano porque fijaros qué preciosidad de palacio en miniatura.

- ¿Y quién vivirá en ella?

- Seguro que también una princesa que nosotros desconocemos.

- Pues qué afortunada es esta princesa. Su pequeño palacio es mucho más bonito que los que tenemos nosotros en la Alhambra.

- Vamos a llamar a ver si es verdad que en esta casita vive una princesa.

 

            Y sin pensarlo mucho se pusieron a dar voces diciendo:

- Princesa del palacio del nogal, si estás dentro y nos oyes, sal a la puerta que te veamos.

Y como la joven hija del jardinero sí estaba dentro y oyendo todo lo que entre sí comentaban los príncipes y princesas, con un gran esfuerzo se incorporó de la cama, se apoyó en la silla que el padre le había hecho, dio unos pasos y se acercó a la puerta de su casita, abrió y se asomó. Por entre las ramas del nogal los jóvenes príncipes de la Alhambra, enseguida la vieron. Y mudos se quedaron al verla. Esperaron a que la dueña del palacio dijera algo. Y lo dijo. En cuanto estuvo en la puerta de su casita, los saludó, les dio los buenos días, y les dijo:

- Seáis bienvenidos a mi palacio.

Y los príncipes, todos a coro, exclamaron:

- ¡Pero tú…!

- Sí, soy yo que ahora tengo una casita para mí sola. Ahora mismo está un poco desarreglada porque acabo de levantarme pero podéis subir y os la enseño. Este pequeño palacio mío es también vuestro, desde ahora mismo.

Y los jóvenes de los palacios de la Alhambra no esperaron ni un momento. Rápidos se dirigieron a las escaleras del tronco del nogal, las princesas primero y comenzaron a subir. Con la curiosidad royéndoles el alma y el ansia de ver y conocer de cerca el extraño refugio de la hija del jardinero. Y por eso, en cuanto se encajaron en la puerta de la casita, miraron, tocaron, entraron dentro, se asomaron por las ventanas, observaron la cama y el sillón de la joven y luego se asomaron otra vez por las ventanas. Y mientras curioseaban por aquí y por allá, las princesas cuchicheaban y se reían. Al final, una de ellas, se puso delante de la hija del jardinero, la miró despacio y le dijo:

- Muy bonita tu casita de madera entre las ramas de este árbol pero le falta lo más importante.

- ¿Qué es lo que le falta?

- ¿Es que ni te has dado cuenta que tu palacio ni siquiera tiene una mísera alfombra? Nosotras, en nuestros palacios allá en las torres de la Alhambra, sí que tenemos las alfombras más bellas del mundo. Así que tu casi ni siquiera le llega a la suela de los zapatos a los palacios nuestros.

 

            Y después de estas palabras, el grupo de jóvenes príncipes, se fueron de la casita de la hija del jardinero. Llenas de envidia, desde luego pero sintiéndose más importantes y con mejores cosas que la pobre muchacha invalidad. Y se fueron al pequeño edificio que por encima de las cascadas sus padres habían mandando construir. Una casa no muy grande, con vistas a las cascadas, al río Genil y a la Vega de Granada y también frente ahora de la casita en el nogal. Desde la puerta de esta construcción real, los jóvenes miraron y varias princesas dijeron:

- Fijaros qué paisajes más hermosos y qué albercones tan llenos de agua tenemos cerca de aquí. Esto sí que es bello y no la enanez de la casita de madera que tiene la hija del jardinero.

 

            Y cuando al mediodía el padre volvió de nuevo, lo primero que hizo fue subir al nogal para ver cómo estaba su hija. Y en cuanto ésta vio al padre le faltó tiempo para decirle:

- Las princesas me han dicho que aunque les gusta mi casita no la creen interesante porque ni siquiera tengo una sencilla alfombra y ellas sí tienen muchas y muy bellas.

- Pero eso no es tan importante para la felicidad y gozo de la vida.

- Ya lo sé pero ellas se burlan de mí y esto me duele. Yo tampoco quiero tener aquí lujosas alfombras pero…

Y el padre no dijo nada más en aquel momento. Besó a su hija, le pidió que se comiera algunas de las moras y nísperos que le había traído de los árboles de la huerta. Poco después, los dos se fueron a su casa, cerca del palacio del rey. Y aquella misma tarde, otra vez el padre pidió audiencia al rey, dueño de todas aquellas tierras y construcciones. Éste lo recibió al ponerse el sol y escuchó pacientemente todo lo que el padre deseaba comentarle. Al final el rey dijo:

- Como siempre, quiero complacerte. Ya sabes que de ti tengo un gran concepto y me agrada mucho que luches tanto por tu hija inválida. Eres un gran ejemplo para todas las personas de estos reinos.

- Gracias, majestad.

Dijo el padre y se retiró.

 

            Al día siguiente a primera hora de la mañana, el padre cogió un caballo, cruzó los caminos que desde las huertas reales iban hacia la Vega de Granada. Llegó al trigal, se puso y cortó las mejores espigas de trigo, regresó montado en su caballo con una buena carga de estas espigas, subió a la casita de madera y continuó con su obra. Cuando caía la tarde invitó a su hija para que de nuevo regresar a su palacio del nogal. Y ésta, después de subir las escaleras, entró a la casita y, al mirar, se quedó parada pensando. Porque descubrió que todo el suelo de su pequeña casita estaba alfombrado de hermosas y lustrosas espigas de trigo. Preguntó al padre y éste le dijo:

- Ahora tienes la alfombra más bella y mágica que nadie tuvo nunca. Mucho más valiosa que todas las alfombras de los palacios de la Alhambra.

- Si, pero son tan bonitas estas espigas de trigo que ni me atrevo a pisarla por temor a romperlas. ¿De dónde las has traído?

- Son parte de la cosecha y alimento de un amigo mío que me las ha regalado para ti.

Y al oír esto la hija se quedó mirando al padre. Éste de nuevo le dijo:

- Sí hija mía, su campo era precioso y ahora se ha quedado sin belleza. Y con la harina que hubiera sacado de estas espigas se hubría alimentado durante algún tiempo pero…

Y la hija, mirando fijamente al padre, pensó durante un buen rato y luego comentó:

- Pienso que cuando vengan las princesas y príncipes de la Alhambra y vean esta alfombra de espigas de trigo también me van a decir que las suyas son mucho más bonitas. Y también pienso que mi casita, con la sencillez con que tú me la has construido, supera en muchísimo en belleza a sus palacios. Por eso te agradezco mucho este regalo de espigas pero no quiero más alfombras que las que me regala la naturaleza cada día al levantarme. Devuelve a tu amigo estas espigas de trigo porque aun le pueden servir para algo. Y los príncipes y princesas de la Alhambra, que digan lo que quieran. A pesar de todo y, como tantas veces me habéis dicho, ser pobre no es malo siempre que en el corazón haya paz, amor y respeto a todo lo que Dios nos ha regalado.

 

El rincón de la hiedra

 

Las sensaciones más bellas y placenteras,

pertenecen al mundo de los sueños y viven en el corazón

de las personas. Y no mueren nunca ni las destruye el tiempo

porque, al no ser materia, existen en un cielo especial

donde todo es eterno.

 

 

               Cuarta parte del relato: DESDE EL PALACIO DE HUERTA GRANDE

 

            IV - El rincón de la hiedra, no estaba lejos de la noguera. A sólo uno cuarenta metros, por el lado de abajo, como a unos doscientos metros del río, a la derecha de la cascada y alzado sobre una torrente. Por eso el rincón era como una ventana, no sólo a la noguera de la casita donde ahora la joven pasaba muchas horas del día y de la noche, sino también a la huerta, a un buen trozo del río y al camino que discurría entre el río y la torrentera. Muchos árboles crecían en la torrentera: almendros, granados, manzanos, moreras, algunos pinos y también madroños, un par de higueras, un algarrobo, dos palmeras y una encina. Por eso también el rincón de la hiedra era un mirador natural, muy fresquito en verano y con vista un paisaje muy amplio y realmente hermoso.

 

            A la derecha y entre la cascada y el camino que descendía por la orilla del río, crecían muchas chumberas. Justo a al borde de las tierras entre las huertas y otro pequeño camino que subía desde el río por la derecha hasta lo más alto del cerro de los Alisares. Por este camino casi nunca pasaba gente pero por el que discurría siguiendo el curso del río, a todas las horas del día y parte de la noche, sí iban y venían muchas personas. Montados en sus borriquillos, algunos, en sus mulos, caballos o carros, otros y muchos, simplemente andando. Y como no quedaba lejos del bonito rincón de la hiedra, en muchas ocasiones, hasta se oía lo que hablaban los que por el camino transitaban. Y en otras ocasiones, como en el bosquecillo de la ladera se refugiaban muchos pájaros, al pasar las personas por el camino, éstos se asustaban y salían volando. Las palomas, los gorriones, las tórtolas, las currucas, algunas ardillas y los mirlos. Y eran estos precisamente los que más escandalera liaban cada vez que se asustaban y salían volando. Pero esto no le molestaba a la joven de la casita de madera sino que le gustaba. Porque sabía ella que entre estos mirlos, estaban los que habían hecho su sonido y habían criado no lejos de su casa de madera. Se decía: “Así, cada vez que los sienta chillar, sabré que están vivos y que me siguen dando compañía, a su manera, en su mundo y libertad”.

 

            Y como el padre seguía teniendo su trabajo en las tierras de la huerta, conocía bien el rinconcillo de la hiedra. Ya le había echado el ojo y, como le gustaba, no sólo por la hermosa vista, su silencio y lo fresco que era en verano, sino también porque estaba bastante cerca de la casa de madera donde ahora vivía su niña. Se decía: “En mis ratos libres y cuando el calor apriete, me puedo venir a este rincón. Y aquí, mientras me ocupo en fabricar objetos de esparto y mimbre, estoy cerca de mi niña por si le pasa algo o me necesita. Ella en su casita, entre las ramas de la noguera y yo en este recogido rincón de la hiedra, para tener independencia y en, al mismo tiempo cerca el uno del otro por si nos necesitamos. Y si ella, en algún momento quiere venirse conmigo para darme compañía o porque tenga ganas de hablar o quiera ayudarme en algo, que lo haga. Como no está muy lejos este rincón de su casita, nada complicado es ir de un lado a otro”.

 

            Por eso el padre, pensando en el verano que se acercaba y conociendo de otros años el calor que en estos meses hacía, pidió audiencia al rey. Ya en los últimos días de la primavera, cuando por todos los sitios, las plantas estaban muy verdes y los pájaros concluían sus nidos. Y solo tres días después, el rey le concedió la entrevista. Se presentó el padre en los salones del palacio de Huerta Grande y, en cuanto estuvo frente al rey, éste le preguntó:

- ¿Cómo está tu niña?

- Es feliz en su casita de madera entre las ramas de la noguera, gracias a usted, majestad.

- Me alegro y cuando la veas, le das un abrazo de mi parte. Tu niña debería haber nacido princesa por el buen corazón que tiene y lo amante que es de la belleza.

- ¡Y que lo diga su majestad! Se entretiene con cualquier cosa aunque sea pequeña. Y es tanta la sensibilidad de su corazón, que con cualquiera de estas cosas pequeñas, encuentra siempre gozo e ilusión.

- Una bendición del cielo que te premia, a ti, con esta hija tan bella y, a la niña, con el don de la sensibilidad y la gracia de lo excelso.

 

            Algo abrumado se sintió el padre al oír del rey palabras tan buenas y por eso quedó unos segundos en silencio. Luego, cambiando de tema y dirigiéndose otra vez al rey, le dijo:

- Por eso y otras cosas que en otros momentos puedo contarle, vengo y a su presencia.

- Pues habla y dime que, como otras veces, te escuchó atento. ¿Qué quieres pedirme?

- En esta ocasión, majestad, le pidió permiso para acondicionar y usar, en estos días de verano, ese pequeño rincón que hay cerca de la cascada.

- ¿El rincón que todos llaman de la hiedra?

- El mismo.

- ¿Y para que lo quieres? ¿Piensas construir ahí algún pequeño palacio para tu niña?

- Sí y no. Ella, con el palacio de su casita de madera, tiene bastante y, como ya le he dicho, es feliz como la más dichosa de las princesas.

- ¿Entonces?

Y el padre, paciente y detallando cada explicación, dio cuenta al rey de su preyecto. Escuchó éste muy atento y cuando el padre concluyó diciendo:

- Para ella y para mí, va a ser un gozo inmenso. Y para su majestad, seguro que el cielo también se lo premia.

El rey miró al padre fijamente y después de unos segundos en silencio le volvió a pregunta:

- Me admira tu forma de pensar y esa idea tan clara que tienes de lo trascendente. ¿De dónde sacas tanta seguridad?

Y el padre, con mucha claridad y fuerza, respondió al rey:

- Majestad, lo único verdaderamente auténtico y bueno que los pobres tenemos en esta tierra es la esperanza en un mundo hermoso al otro lado de la muerte. Y yo creo firmemente en esto. Tanto que, plenamente convencido afirmo que esta esperanza es lo único que realmente merece la pena en esta vida. Todo, un día, lo destruye y se lo come el tiempo y es entonces cuando nos damos cuenta que no hay más tesoro que el que hayamos acumulado en el cielo.

 

            El rey, sin poner en duda lo que el padre argumentaba, dijo:

- Pues no se hable más. Porque sé que eres un hombre recto, de ideales nobles y sólidos y porque sé que tu corazón está lleno de amor y sabiduría, desde ahora mismo tienes concedido lo que me pides.

Agradeció el padre, una vez más, la generosidad del rey para con él y con su familia y, saludando cortésmente, dio por concluida la audiencia, salió de los recintos del palacio, se fue a la huerta a seguir con sus tareas de siempre y aquel mismo día comentó con sus compañeros, el hecho. Y estos, solo algunos, le preguntaron:

- Un sitio aislado, para ti solo aquí donde lo único que buscas es tener tranquilidad y frescor en las tardes de verano ¿Qué sentido tiene?

- Para mí, tiene todo el sentido del mundo.

- Pues que lo disfrutes y ya nos irás contando.

 

            Aquella misma tarde, al día siguiente, al otro día y otro, el hombre dedicó un rato a preparar el rincón, para irlo acomodando a su gusto. Regó la hiedra cada tarde, trazó una pequeña acequia desde la principal, por el lado de la derecha, abrió el agua y comprobó que corría por ella cómodamente, quitó las malas hierbas que habían crecido por el lado de abajo y por la izquierda y acomodó un sitio muy concreto. Dentro del pequeño rectángulo que formaba el rincón de la hiedra, en el lado de Sierra Nevada, arriba y a la derecha, colocó una silla de mimbre que él mismo había hecho. Al lado de la silla puso una pequeña mesa y, para apoyar los pies y estar algo más cómodo, por delante de la silla puso un trozo de tronco de álamo. Un resto de tronco que había sobrado de la construcción de la casita de su niña.

 

            Ésta, en cuanto el padre le comunicó su proyecto en el rincón, se alegró mucho. Le dijo:

- De este modo, cada uno tendremos un pequeño espacio personal, a no mucha distancia entre sí. ¿Me podré venir en algunos momentos contigo?

- Claro que podrás y yo lo deseo.

- Y el día que vengan por aquí los príncipes de la Alhambra ¿También podré enseñarle este rincón tuyo?

- Seguro que ellos, en cuanto se enteren, serán las primeros en querer venir a conocerlo. Pero lo que más busco tener en este rincón es aislamiento, tranquilidad y silencio.

- ¿Y eso?

- Es mi capricho personal, aunque contigo, en su momento, sí quiero compartirlo.

Y su niña ya no le preguntó más cosas de de este tema. Pensó ella que su padre tendría alguna buena razón para desear lo que había comentado.

 

            Y una de las razones que el padre tenía, aunque no la única, comenzó a verla hecha realidad a los pocos días. Se acababa ya la primavera y era una tarde bastante calurosa. Estaba él sentado en su silla de mimbre, tejía un cesto de esparto para un encargo que le habían hecho los compañeros de trabajo, el sol caía por el fondo de la Vega de Granada y, por el camino que discurría pegado al río, iban y venían algunas personas. Todo estaba en silencio, no solo en el pequeño rincón de la hiedra sino en toda la extensa huerta, por donde la cascada y la acequia grande y donde la noguera con su casita de madera. Sabía que su niña estaba dentro en ese instante y sabía que ella se ocupaba en sus pequeñas cosas de siempre. Como le había dicho al rey, cosas casi insignificantes para la mayoría de las personas pero muy importantes para ella y por eso su corazón lo tenía lleno y era feliz.

 

            Y en un momento de esta tranquila y hermosísima tarde, cuando el padre fue a coger un puñado de esparto para añadir al que tejía en la construcción de la cesta, sintió piar un pajarillo. Por entres las ramas de la hiedra, en el lado de abajo y entre las ramas también de un rosal de rosas pequeñas, miró y lo vio. Enseguida lo conoció. Se dijo: “Es una acurrucada capirotada”. Y como estaba acostumbrado a ver con bastante frecuencia a estos pajarillos, no le prestó mucha atención. Siguió con su faena y, sólo unos segundos después, volvió a sentido al pajarillo, ahora algo más cerca. Miró y lo vio pararse en una ramita a solo unos metros de él. Y ahora descubrió que en su pico portaba unas hebras de pasto. De nuevo se dijo: “¡Qué raro! La época de la construcción de los unidos ya se ha pasado. Siempre las avecillas comienzan sus nidos un poco antes de la primavera y concluyen al llegar el verano. ¿Qué hace esta acurruca con estas hebras de pasto a estas alturas del año?

 

            Y no terminó de hacerse esta pregunta cuando la vio parada entre unas ramas de hiedra que colgaban de otras más gruesas. Sólo tres ramitas muy delgadas que, aunque colgaban casi en el centro no llegaban al suelo. Sí estaban muy cerca unas de las otras y por eso sus hojas parecían verdes lámparas colgantes. Entre estas ramas se paró el pajarillo, hizo algunos movimientos de un lado a otro, colgada en unas de las ramitas y con la hebra de pasto en su pico, lío y lío entre sí las ramas. Y lo hizo de tal manera que las tres ramitas quedaron unidas como con un pequeño aro y sujetas entre sí por la hebra de pasto. Observó el padre muy atentamente este acontecimiento y luego regresó a su trabajo en la cesta que tejía. Y no habían pasado tres segundos cuando volvió a ver de nuevo al pajarillo trayendo en su pico, ahora no una hebra de pastor sino varias. Y lo mismo que había hecho solo unos segundos antes, hizo ahora. Pero en esta ocasión enganchando las hebras de pastor de arriba abajo, en cada una de las ramitas de la hiedra. Se dijo otra vez: “Ya veo claro que quiere construir su nido aquí. Fuera ya casi de tiempo pero tendrá su razones. Los animales también actúan con lógica”.

 

            Y enseguida pensó en su niña. Y pensó en comentarle lo del pajarillo y su nido para que ella viviera esta pequeña pero muy interesante experiencia. Sin embargo luego pensó que sería mejor no decirle nada y dejar que pasarán unos días para ver qué iba haciendo el pajarillo. Y esto fue lo que hizo, por eso comprobó él, cada día cada tarde y casi de hora, que la curruca no paraba de ir y venir a las tres ramitas de la hiedra. Y en solo tres o cuatro días, construyó un precioso nido colgante, no muy perfecto pero sí muy bonito, pequeño y rematado por dentro con hebras de pasto muy fino. Y como el avecilla se fue acostumbrando poco a poco a la presencia del padre en el rincón de la hiedra no se asustaba cuando éste se venía al sitio que había acomodado. Por eso el padre fue siguiendo muy de cerca y con todo detalle cada una de las fases de la construcción del nido. Y ahora otra vez se decía: “En cuanto termine de hacerlo pondrá sus huevecillos y en este momento sí que me gustaría que viniera niña”.

 

            Así que a la semana de que la acurruca comenzara la construcción de su nido, una tarde, el padre invitó a su niña para que se viniera al rincón de la hiedra. Le dijo ella:

- Hace tiempo que pensaba pedirte que me invitara a que me viniera contigo.

- Pues lo mismo había pensado yo. Y en este momento hay una razón muy buena.

Y ella enseguida le preguntó:

- ¿Qué razón es?

- Más que explicarlo con palabras mejor lo ves con tus propios ojos.

Y con la mayor ilusión del mundo, mostró a su niña el nido del pajarillo. El y ella, toda ilusionada y algo asombrada de tan original maravilla, preguntaba y preguntaba al padre. Éste, además de explicarle muchas cosas que él sabía por experiencia fue respondiendo a todas sus preguntas. Con la mejor bondad y con el deseo de que su niña aprendiera y disfrutara con lo que a ella tanto le gustaba. Y al final, después de casi dos horas visitando, tocando y mirando por aquí y por allá, su niña le dijo:

- Ahora que ya sé y he visto este nido y tu rincón ¿sabe lo que más me gustaría?

- ¿Qué es?

- Lo que ya te dije el otro día: poder enseñar y compartir con los príncipes de la Alhambra este pequeño tesoro nuestro.

- Lo entiendo porque sé que una de las cosas que más satisface a los humanos, es compartir con los demás nuestros momentos felices, los secretos más personales y los pequeños tesoros que poseemos. Así que, cuando los príncipes de la Alhambra vengan por aquí, muéstrale y comparte con ellos, lo que a ti te ilusiona tanto. Pero ya sabes que en otras ocasiones, ellos siempre te han tratado mal. Nunca valoran lo interesante y valioso que es tu mundo y tus cosas y sí hablan y ensalzan hasta el absurdo, sus palacios y las cosas que poseen.

Y la niña, durante unos segundos, se mantuvo en silencio. Meditando ella lo que el padre le había dicho y recordando lo muchas y no buenas experiencias que, en varias ocasiones, había tenido con el grupo de los príncipes de la Alhambra. Sin embargo se animó y preguntó al padre:

- Pero en esta ocasión puede que todo sea distinto. ¿No les va a gustar a ellos este rincón tuyo tan bonito y la maravilla de este original nido de curruca?

 

            Este relato continua y termina con el siguiente, titulado: “V- El nido y la mariposa”, que pondré aquí en unos días.

 

Aquí están todas las partes del relato completo:

 

107 // Desde el palacio de Huerta Grande -I

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117 // La casita de madera -II

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125 // Alfombra de espigas de trigo -III

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133 // El rincón de la hiedra -IV

El nido y la mariposa - V

 

El nido y la mariposa

 

                        Nada hay más hermoso y con valor alterno,

                que los limpios sueños del corazón,

solo compartidos y guardados en el cielo.  

 

V- Solo unos días más tarde, en el pequeño nido de curruca ya había cuatro huevecillos. Del tamaño de una cereza mediana, blancos y con pintas marrones, casi color sangre. Y como el padre fue siguiendo la apuesta de los huevecillos en el nido, se decía: “Como mi niña ya sí sabe de la presencia de este nido, ahora voy a esperar a que la acurruca tenga su puesta de huevecillos completa y entonces de nuevo se lo enseño. Será mejor no molestar mucho a los pajarillos para que no dejen abandonados su nido”.

 

            Y sólo un par de días más tarde el padre volvió a invitar a su niña para que otra vez viera el nido, ahora ya con sus huevecillos. Y al verlos y tocarlos con sus pequeñas manos, enseguida pensó en sus amigos y por eso dijo al padre:

- Es el momento justo para que vengan y lo vean. ¿Por qué no hablas con el rey y le dices que envíe un mensajero a la Alhambra y que se lo comunique?

- Hija mía, el rey no está para ocuparse en estas cosas pero no te preocupes porque yo tengo noticias.

- ¿Qué noticias son?

- Hace unos días recibimos órdenes, yo y los compañeros que trabajan conmigo en las tierras de esta huerta.

- ¿Y qué órdenes recibisteis?

- La de acondicionar ese ancho camino que, desde las riberas del río Genil, discurre casi por el borde de estas tierras y pasa a solo unos metros de rincón de la hiedra.

- ¿Y para que tenéis que hacer esto?

- Hemos oído que el grupo de príncipes de la Alhambra, los que tú consideras amigos y tantas veces te han humillado, preparan una fiesta.

- ¿Qué clase de fiesta?

- Por lo visto, entre otras muchas cosas, van a celebrar una carrera y por eso tenemos que preparar este camino. Quizás hagan competiciones entre ellos, bailen, beban, organicen conciertos y comidas y también carrera de caballos. Ni yo ni mis compañeros lo sabemos cierto pero esto es lo que creemos.

 

            La niña inválida de Huerta Grande, guardó unos segundos de silencio. Miró al padre, miró al nido de curruca, observó despacio todo el rincón de la hiedra y luego recorrió con sus ojos el terreno por donde discurría el camino que el padre le había descrito. Y después de un rato comentó de nuevo:

- No me ha gustado mucho la noticia que me has dado pero pienso que si el grupo de príncipes se presentan por aquí, puede ser un buen momento para compartir con ellos este nido de pajarillo y el rincón de la hiedra.

- Sí, quizá sea un buen momento para compartir con ellos lo que deseas pero…

- ¿En qué estás pensando?

- Que hasta me resulta extraño que estos amigos tuyos ni siquiera te hayan dicho que van a venir.

- ¿Piensas que me lo deberían haber anunciado?

- Y también habría sido muy elegante de su parte que te hubieran invitado a esta fiesta suya. Eres la única niña que vive por aquí y ellos te conocen y saben que quieres ser su amiga.

- Todavía no es tarde. Quizá lo hagan. ¿Tienes noticia del día de la celebración de esta fiesta?

- Sí que las tengo. Dará comienzo mañana mismo a primera hora.

 

            Y aunque la fiesta que organizaban los príncipes de la Alhambra se celebraba al día siguiente, ya la tarde anterior empezaron a llegar personas al lugar. A media tarde la niña vio a muchas personas dirigiéndose a la Casa de la Parra. Unos lo hacían andando, otros montados en caballos, algunos con burros cargados de cosas para decorar y con alimentos. El padre, como trabajaba al servicio del rey, recibió órdenes para que ayudara a los que llegaban. Por eso él vio que en la Casa de la Parra, además de comida para la fiesta al día siguiente y trajes y ropa, también llegaban hombres con bestias cargadas con sillas de madera, mesas, objetos para la cocina… Lleno de curiosidad preguntó al que hacía de jefe y éste le dijo:

- Todo esto es para la fiesta de mañana. ¿No lo sabes?

- Algo me dijeron pero ¿tantos muebles y vajillas?

- Esta noche misma, algunas personas dormirán en esta casa. Y ellos quieren tener lo necesario y algo más. Por eso hay que traer tantas cosas y preparar para que estén cómodos.

- ¿Y tantos alimentos van a consumir?

- Y quizás hagan falta.

 

            En ese momento y antes de que la tarde se fuera, llegaron más personas con burros cargados con leña. Ramas secas y troncos de encinas y robles. Mientras los hombres descargaban esta leña en la misma puerta de la casa, entre sí comentaban:

- Para que los príncipes y reyes de la Alhambra degusten buenas carnes asadas en las brasas de la mejor leña de montañas.

Y otros argumentaban:

- Y no solo eso sino que lo rieguen con el mejor vino y aceite de oliva y lo sirvan en bandeja de plata.

- ¡Quién fuera príncipe para disfrutar de una comida tan buena!

 

            Y, en ese mismo momento, en la casita de madera entre las ramas del nogal, la niña inválida, miraba por una de sus pequeñas ventanas queriendo enterarse de lo que pasaba. Y como veía a tantas personas yendo y viniendo de un lado para otro, para sí se decía: “Mis amigos los príncipes seguro que vendrán mañana. Tengo que levantarme temprano para estar preparada en el momento que lleguen. Y en cuanto los vea, les voy a contar lo del nido en el rincón de la hiedra. Y si ellos quieren los llevaré para que lo vean y disfruten de cobijo tan bonito y maravilla tan perfecta. Seguro que, aunque estén de fiesta y lo celebren con buenas comidas, también van a disfrutar mucho con el rincón de la hiedra y el nido de curruca”.

 

            Y mientras estas y otras reflexiones se hacía, no dejaba de esperar la llegada de algún mensajero. Porque su corazón le decía que los príncipes de la Alhambra de ninguna manera podrían dejar de invitarla. Y menos, celebrándose estas fiestas justo donde ella vivía y en las tierras y sitio donde pasaba la mayor parte de sus días. También pensaba que como su padre era amigo del rey, esto podría darle algún privilegio. Por eso, aunque se acostó temprano, en cuanto la oscuridad de la noche llegó, no se quedó dormida enseguida. Primero, porque el ruido de los que se movían por la explanada de la cascada y por donde la Casa de la Parra, no le dejaban relajarse. Y segundo, porque aunque se hizo de noche, seguía esperando la llegada de algún mensajero. Por esto y una extraña inquietud en su corazón, no podía coger el sueño.

 

            El padre, hasta bien entrada la noche, estuvo afanado con los que llegaban y descargaban cosas tanto en la explanada como en la Casa de la Parra. Luego, cuando ya la noche estuvo muy avanzada y le dijeron que podía irse a dormir un rato, lo primero que hizo fue acercarse a la acequia que había trazado próximo al rincón de la hiedra. En el agua clara se lavó, colocó bien la silla, mesa y el esparto con el que tejía cestas, capachos y alfombras y luego se dijo: “No creo que este rincón sea ocupado mañana. Nadie me ha dicho nada y como tengo permiso del rey, pienso que todo por aquí será respetado. Lo mismo mis cuatro cosas, el pequeño nido de curruca, la acequia y esta hermosa planta de hiedra”. Y mientras se decía esto pensaba en su niña, imaginándola en la casita de nogal. Se dirigió este sitio, llevando en sus manos un puñado de moras y algunos nísperos para dárselos y que se los comiera al levantarse al día siguiente como desayuno.

 

            Subió despacio y con el mayor sigilo las escaleras que llevaban a la casita, se aproximó a la puerta y, en lugar de llamar o abrir, miró por la pequeña ventana de la izquierda. A la luz de la luna, vio que dormía y por eso, enseguida se retiró. En la misma puerta de la casita, entre las ramas de la noguera, frente a la cascada de la acequia y frente a la clara luz de la luna, se acurrucó. Con la intención de pasar la noche en este sitio, lo más cerca posible de su niña, alejado un poco de las personas que al lugar iban llegando y lo más en contacto posible con las cosas que tanto le gustaban: el chapoteo del agua de la cascada, el canto de los grillos, la luz de la luna, el vuelo de las lechuzas y el ulular de los cárabos y autillos. Y se quedó dormido ya casi de madrugada. Con la imagen de su niña en la mente y también con la imagen de la fiesta al día siguiente y de los príncipes de la Alhambra.

 

            Al llegar el nuevo día, fueron estos precisamente lo que despertaron a la niña. Porque muy temprano, antes de la salida del sol, los príncipes llegaron a la explanada de la cascada entre la noguera y la Casa de la Parra. Y como aparecieron montados en caballos y rodeados de muchas personas, al ruido de este tropel, la niña se despertó. Desde su cama miró y vio, sobre una muy bonita mesa de mimbre, la fruta que el padre le había dejado para que desayudara. Y cerca de ella un poco asomado a la puerta, descubrió la figura del padre. Desde su cama le dijo:

- Quiero levantarme enseguida para saludar a mis amigos, que ya los oigo por aquí.

- Sí, hazlo. Te ayudo a bajar las escaleras y te llevo hasta la acequia para que laves tu cara y cuerpo. Hoy debes estar lo más guapa posible para recibir a tus amigos.

 

            Después de desayunar y lavarse en la acequia, acompañada del padre, se dirigió a la explanada y conforme iban llegando, saludaba a sus amigos y les decía:

- Tengo para vosotros una bonita sorpresa.

- ¿Qué es?

Le preguntó una princesa.

- Cuando queráis os la enseño.

- Pues ahora mismo porque dentro de un rato, a la mejor no podemos. ¿Te han dicho que hoy celebramos por aquí una gran fiesta?

- Mi padre me dijo algo.

- Pues es cierto y nosotros, todos los príncipes y princesas de la Alhambra, somos los protagonistas. Vamos a competir en una carrera muy emocionante y luego nos entregaremos premios y habrá una suculenta y abundante comida.

- Sin duda que todo ha ser muy divertido.

- Eso esperamos. Pero ahora y antes de que dé comienzo la competición ¿nos muestras la sorpresa que nos has dicho?

- Venid conmigo y os lo enseño.

 

           Y la niña vio como en estos momentos unos hombres se acercaban al padre, le decían algo y luego se lo llevaron hacia la Casa de la Parra. Uno de los príncipes le ayudó a ella y apoyándose en su hombro, todos se dirigieron al rincón de la hiedra. Cuando llegaron al lugar, la joven dijo a sus amigos.

- El rey le ha regalado a mi padre este bonito escondite. ¿Qué os parece?

Y todos los príncipes y princesas, se pusieron a mirar y a curiosear de un lado para otro. Dos de las princesas, se sentaron en la silla y mesa del padre y, frente a las riberas del río Genil, se quedaron un buen rato mirando en silencio. Luego dijeron:

- Este es un mirador fantástico para desde aquí, contemplar y seguir al detalle la competición que estamos organizando.

Y uno de los príncipes confirmó:

- Yo pienso lo mismo. Porque fíjate que el camino por donde discurrirá la carrera de la competición, queda a solo unos metros de este balcón y se vez completamente y con toda claridad.

- ¿Como no habíamos descubierto nosotros este rincón antes? Y lo digo por lo realmente hermoso que es y las grandiosas vistas que desde aquí se observan.

Y otra de las princesas, dirigiéndose a la niña, le preguntó:

- ¿Por qué tu padre nos lo tenía oculto?

 

            Algo sorprendida la niña, miró a varios de los que consideraba amigos y sin apenas convención, dijo: 

- Mi padre no esconde nada a nadie.

- ¿No? Y entonces este mirador tan hermoso ¿Por qué nunca nos lo ha enseñado?

- Mi padre, solo trabaja a las órdenes del rey y no decide ni es dueño de nada de lo que hay por aquí.

- Y sin embargo, este mirador ahora lo tiene acondicionado como si fuera suyo propio.

- No es cierto eso.

Y en este momento a la riña se le quitaron las ganas de enseñarle a sus amigos el pequeño nido de curruca. Pidió a uno de los príncipes que le ayudara y se fue a la escalera de su casita de madera. Al ver esto otra de las princesas le dijo:

- Y esta hermosa noguera. ¿Con qué derecho vives aquí y te apropias de este árbol?

De nuevo la riña, muy enfadada y confundida dijo:

- Esta casita es un regalo mi padre y el permiso para hacerla aquí, a él se lo ha dado el rey.

- Tu padre, el rey, tu casita de madera, el rincón de la hiedra… ¿Qué más cosas quieres enseñarnos y decirnos hoy?

Y, en estos momentos volvió ella a pensar en el pequeño nido de curruca. Sabía que era algo maravilloso y por eso, su gran ilusión estaba en compartirlo con ellos pero ahora ya no le apetecía. Por eso guardó silencio, sentada en el primer escalón de la escalera de su casita.

 

            Se retiraron los príncipes y princesas y la dejaron sola. Todos volvieron a concentrarse en el rincón de la hiedra y dieron órdenes para que los criados llevaran al lugar algunas de las sillas que habían traído con los burros y mulos. Y en poco rato, el pequeño rincón de la hiedra, se convirtió en un autentico balcón a las tierras del río y al camino por donde discurriría la gran competición. En un resguardo, a la izquierda y pegado a las raíces de la hiedra, pusieron las cosas que el padre tenía en este lugar. Desde el primer peldaño de la escalera de su casita de madera, la niña miraba. Triste y con lágrimas en los ojos pensando en el nido del pajarillo y viendo lo que en el rincón estaban montando. Quiso llamar al padre para que viniera que les dijera algo a los príncipes. Pero los demás criados le dijeron que su padre hoy estaba trabajando en la organización del gran evento.

 

            Dio comienzo este evento a media mañana. Primero con una competición de carreras personales entre los príncipes y princesas. Conforme cada uno iba terminando, los invitados aplaudían y luego comenzaba su carrera otro príncipe o princesa. Como unas dos horas después, dio comienzo otro tipo de carreras, ahora entre los atletas y luego llegaron las carreras de los caballos. Desde el balcón de rincón de la hiedra, los príncipes, princesas y sus amigos, seguían emocionados cada uno de estos acontecimientos y aplaudían, gritaban y saludaban. Desde el peldaño primero de la escalera de su casita, la niña miraba, cada vez más sola y apenada. Esperaba que en algún momento se le acercara el padre y esto sucedió ya casi al final del mediodía. En un momento que lo dejaron libre, se vino al lado de su niña y al encontrarla tan sola y llorando, la consoló como pudo. Una de las mujeres que preparaban las mesas con la comida para los invitados y los príncipes, le ofreció algunas frutas y unos cuantos dulces y luego le entregó un jarro con agua diciéndole:

- No te preocupes porque hoy todos por aquí somos iguales.

Agradeció la niña su cariño y como la mujer y el padre, estaban a las órdenes de los que organizaban la fiesta, tuvieron que irse a su trabajo. Al mediodía, ya muy avanzado, terminaron todas las competiciones. Alrededor de las mesas, en la explanada, en la Casa de la Parra, junto a cascada y el rincón de la hiedra, se fueron juntando los invitados. Muchos de ellos ya con sus trofeos en las manos y otros, simplemente comentando los incidentes de las carreras. Y durante mucho rato, toda la tarde hasta la caída del sol, comieron, charlaron, bailaron, iban y venían, príncipes y criados. Antes de caer la noche la fiesta concluyó y todos, poco a poco, se fueron marchando. También los príncipes de la Alhambra, con sus trofeos y hermosas vivencias del día pero sin despedirse de la niña de la casita del nogal.

 

            Ésta, ya muy cansada y sin ganas ninguna de fiesta ni de amigos ni comida, dijo a su padre que le ayudara a irse a su casita en el nogal. Dos de las mujeres que servían, le ayudaron y, luego se lo dijeron al padre. Y éste, cuando ya casi todos los invitados se habían retirado, se fue a la casita con su niña. Al llegar la encontró en la cama, acurrucada por completo y sin ánimo para nada. La abrazó el padre, la besó y luego le dijo:

- Ya estás viendo, hija mía. Los amigos, no siempre saben ni pueden darnos todo aquello que las personas necesitamos para la vida. Lo mejor y valioso por encima de todo, es quererse y confiar en uno mismo, ser bueno con todo el mundo y esperar plenamente en el cielo. Tú no eres menos que los príncipes de la Alhambra por el hecho de que ellos tengan riquezas y vivan en palacios.

Y compungida la niña musitó:

- ¿Pero por qué no me han invitado y me han dejado aquí y tan sola?

- Muchas veces ya te lo he dicho: las personas, cada uno somos un mundo.

 

           La niña, a estas palabras del padre, no dijo nada. Escondió su cabeza entre las sábanas de su pequeña cama mientras el padre se sentaba a su lado. Y luego, cuando ya la noche se extendió por todas partes, la dejó en su cama. En la misma puerta de la casita volvió a tumbarse para pasar la noche cerca de la niña y porque estaba muy cansado. Y en esta ocasión, sí se durmió enseguida. Y tan profundamente que no tardó en soñar. Y en su sueño vio a su niña que, vestida de blanco, salía de su casita, bajaba por la escalera y, con un grupo de niños así de su edad, se acercó al nido de curruca mientras les decía:

- Ya veréis que maravilla y delicadeza. Sus cuatro huevecillos parecen perlas, las ramas de la hiedra, collares de jade y el pasto con el que está construido el nido, hebras de oro entre sí enlazadas.

Y una de la niña del grupo le preguntó:

- ¿Y podremos tocar los huevecillos?

- Podéis pero yo lo haré primero.

Dijo la niña. Y el padre vio como ésta, muy silenciosa y con mucho cuidado, se acercó al nido de curruca, alzó su mano y alargaba sus dedos para tocar los huevecillos cuando, como por arte de magia, del nido salió volando un una hermosa mariposa. Tras ella, vestida de blanco y adornada como la más agraciada de las princesas, por el aire se alejó volando la niña. Al ver el espectáculo todos los niños y niñas exclamaron:

- ¡Qué maravilla! Se va volando al cielo.

 

            Al despertar al día siguiente, el padre vio que el sol había salido. Tal como estaba acurrucado en la puerta de la casita de madera, se quedó meditando el sueño que había tenido. Y se extrañó que su niña aún no se hubiera despertado y de que a lo largo de la noche, no hubiera dado ninguna señal de vida. Y al mirar para el rincón de la hiedra, para el río, las tierras de las huertas y las cumbres de Sierra Nevada, también se extrañó verlo todo tan intensamente sereno, hermoso y como celebrando una silenciosa y fantástica fiesta. Como nunca se había visto en los palacios de la Alhambra ni el rincón de Huerta Grande ni en todo el reino de Granada. Se dijo: “Voy a levantarme y llamar a mi niña para que vea esto”. Y al instante, reflexionó y se preguntó: “¿Y si fuera cierto que esta noche mi niña se ha ido volando el cielo, tras el vuelo de una mariposa y toda vestida de blanco?”.

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Desde un carme del Albaicín

 

           Cuenta una leyenda que Boabdil, el último rey narazí en la Alhambra, antes de abandonar Granada rumbo al exilio, ordenó esconder todos sus tesoros en una torre de estos palacios. Un soldado fue empujado al interior de la torre, junto al oro, las joyas y los demás objetos de valor, con la misión de protegerlos. Cerraron la puerta a su espalda y después un mago de la corte realizó un poderoso encantamiento. Mediante el mismo, el contenido de la torre quedaba oculto para siempre a la rapiña del soldado, cristianos, y otras personas y, de forma indirecta, condenado a permanecer allí prisionero hasta el fin del mundo. 

           

            Llegó el mes de mayo y todavía de sus tres naranjos colgaban las naranjas. Y aunque el vecino le había dicho muchas veces:

- Pero hombre, coge ya las naranjas del árbol que la primavera está encima. Si las dejas un poco más, cuando vayas a cogerlas se caerán todas las flores de la nueva cosecha.

Él siempre le respondía:

- Es que en estos primeros días de mayo vendrá a verme una de mis hijas.

- ¿Y eso qué tiene que ver para que no le cortes la naranjas a los árboles?

- Lo que más le gusta a mis nietos son las naranjas de estos tres naranjos de mi casa. Por eso las estoy dejando en espera de que lleguen ellos. Quiero que este año, cada vez que se coman una naranja, la cojan directamente el árbol. Les deleita a ellos esto mucho y para mí es una satisfacción inmensa verlos alimentarse con estos frutos tan buenos.

 

            Tenía él su pequeño carmen justo en la ladera del Albaicín, por completo frente a la Alhambra y no lejos del río Darro. Con un trocito de tierra en la puerta donde cultivaba tres bonitos naranjos, algunos rosales y una higuera. Y una de las ventanas de su habitación daba directamente a los naranjos. La otra, quedaba frente a la Alhambra y por eso, cuando se tumbaba en la cama, con solo volver la cabeza, disfrutaba tanto de sus tres naranjos como de la grandiosa figura de la Alhambra sobre su colina. Y, como desde hacía mucho tiempo, vivía solo y casi alimentándose de los recuerdos, sus tres naranjos y la Alhambra, cada día le daban fuerzas. Sobre todo, en los momentos en que la soledad le torturaba sintiéndola a ella continuamente viva en su alma.

 

            Y aquella noche principio del mes de mayo por fin llegaron sus nietos. Acompañados de su madre y para él, la hija más querida. Los abrazó, los besó, jugó con ellos un buen rato, les contó historias y leyendas de la Alhambra y les habló extensamente de un rincón mágico que solo él conocía.

- ¿Dónde se encuentra eso?

- No lejos de la Alhambra, a la izquierda y como en un valle todo verde, lleno de luz y con muchas flores con olor a caramelo.

- ¿Y tú eres su dueño?

- Lo soy pero nunca se lo he dicho a nadie. No lo entenderían y por eso nadie conoce este lugar, de lo cual, mucho me alegro.

- ¿Y nosotros sí podremos verlo?

- Quiero que lo conozcáis y quiero que seáis dueños de los tesoros tan bonitos que esconde aquello.

- ¿Cuándo nos llevarás?

- Mañana mismo, si hace buen tiempo.

 

Y poco después y ya muy cansados, todos se fueron a la cama y la casa se quedó en silencio. Mientras intentaba coger el sueño, se decía: “Mañana, en cuanto amanezca, le enseñaré a la pequeña el nido del mirlo. Ya tiene tres mirlillos a punto de salir volando y está justo en el naranjo que da las mejores naranjas. Por eso, le diré que cuando vaya a coger naranjas de este árbol, lo haga con cuidado. Para que los pajarillos no se asusten y salgan de su nido. Todavía no vuelan y si se caen al suelo se los puede comer el gato del vecino”. Y rumiando esto y echándola de menos una vez más, se quedó dormido. No si antes haber puesto el despertador a una hora muy temprano para levantarse el primero y así preparar el desayuno a los nietos y a la madre.

 

            Pero antes de que el despertador sonara, por la ventana que daba al jardín, entró una gran algarabía de revoloteos y chillidos de mirlos. Se despertó, miró por la otra ventana y al fondo descubrió la figura de la Alhambra iluminada. Luego miró por la ventana de los naranjos y vio a la más pequeña de los nietos. La que para él era la más risueña y por eso disfrutaba con solo verla. Se quedó tumbado en la cama, esperando a que el día iluminara un poco más pero solo fue unos minutos. Porque al poco de oír la algarabía de los mirlos sintió abrirse la puerta de su habitación. Y al instante descubrió a la más pequeña que, entrando apresurada, decía:

- Abuelo, mira lo que traigo.

En su pequeña mano mostraba un mirlillo. Con la otra mano lo sujetaba mientras avanzaba y seguía diciendo al anciano:

- Es lo más bonito que he visto en mi vida. Quiero quedármelo para que se haga mi amigo.

 

            Desde su cama la miró, observó despacio al pajarillo y luego le preguntó:

- ¿De dónde lo has cogido?

- Se ha caído del nido cuando fui a coger una naranja del árbol. ¿Tienes una jaula para meterlo?

El anciano se incorporó en su cama, cogió entre sus brazos a la nieta, le regaló un beso y con serenidad le dijo:

- Todos los años, los padres de este mirlillo, hacen su nido en el naranjo. Y todos los años crían pajarillos tan bonitos como éste y yo nunca encerré a ninguno en jaulas. Ellos viven en mis naranjos, son libres y son mis amigos y me alegran con sus cantos las tardes y las mañanas. Nunca hice por ellos nada más que dejarlos en paz y respetarlos. Porque ¿sabes una cosa? La naturaleza y los animales que en ella viven, casi siempre lo único que necesita de nosotros, es solo respeto y un poco de cuidado.

La pequeña miró, durante unos segundos, al abuelo y luego miró al polluelo que tenía entre sus manos y, pasado este tiempo, preguntó:

- Entonces ¿qué puedo hacer con este mirlillo?

- Déjalo donde te lo has encontrado. Seguro que los padres lo están buscando y seguro que él ahora mismo está asustado.

- Pues ven conmigo y me ayudas.

 

            Terminó de levantarse, cogió la mano de la nieta, salió fuera de la casa y cuando se acercaban a los naranjos para dejar al pajarillo entre las ramas, vio a los otros dos nietos que le esperaban. Les preguntó:

- ¿A dónde vais?

- Te estamos esperando ya con nuestras mochilas preparadas.

- ¿Y eso?

- Anoche nos dijiste que hoy nos llevarías a ese lugar de la Alhambra donde crecen los lirios, hay cascadas, prados llenos de flores frescas y espárragos en abundancia. ¿No te acuerdas?

- Claro que me acuerdo pero antes de salir de casa tenemos que prepararnos.

- Nosotros ya hemos desayunado, hemos cogido esos palos que tú tenía entre los naranjos, hemos metido los bocadillos en las mochilas y aquí nos tienes preparados.

 

            El sol ya se alzaba como suspendido sobre los palacios de la colina, el día era por completo claro y con un azul muy intenso en el cielo y los mirlos revoloteaban por entre los naranjos, saludando al nuevo día y llenando de armonía la clara mañana de primavera. Ellos cruzaron el río Darro, por el lado de arriba del Paseo de los Tristes, todos en grupo y guiados por el abuelo camino del lugar mágico cerca de la Alhambra. Y, al comenzar a subir por la Cuesta del Rey Chico, por donde a la derecha corre un claro riachuelo y arriba se alza la Torre de los Picos, la pequeña preguntó al anciano:

- Y cuando estemos en ese prado de hierba y entre las flores que huelen a caramelo ¿nos contarás la historia y nos enseñarás el sitio donde dices se esconde el gran tesoro de la Alhambra y que nunca nadie todavía ha descubierto?

 

Las cascadas de la Montaña del Sol, Sulayr

 

           Para elaborar el queso de oveja, se extra la leche de las ubres de forma manual. La leche se traslada a un recipiente de cuajar, donde se coagula utilizando cuajo. La cuajada obtenida se somete a cortes sucesivos hasta conseguir pequeños granos similares a los de arroz. Se agita la masa y se recalienta con objeto de facilitar la eliminación del suero. La cuajada obtenida se introduce en moldes, pleita de esparto y ahí se prensa para darle forma y eliminar el suero restante. Una vez la cuajada en el molde, se la somete a prensado para facilitar la eliminación del suero del interior de la masa. El proceso siguiente es la salazón con sal común y la duración oscila entre 24 y 48 horas. Las piezas se ponen en lugares con la humedad adecuada para eliminar el exceso de agua. La maduración de los quesos tiene una duración no inferior a 30 días.

 

            II - Mientras en la Alhambra, la vida transcurría entre los palacios, reyes y princesas, comidas y fiestas, habladurías e intrigas, rumores y comentarios, en la Almunia de las Encinas, el tiempo no parecía pasar. Los pastores se habían quedado sin sus más bellas encinas pero ellos seguían cuidando a sus ovejas, yendo y viniendo por las orillas de los ríos, por los pequeños valles de buenas tierras y por las laderas siempre frente a las altas cumbres de Sierra Nevada. También siempre lejos de la ciudad de Granada y ajenos, muy ajenos a la vida y demás cosas que ocurrían dentro de las murallas y palacios de la Alhambra. Los pastores de ovejas en las montañas, en aquellos tiempos y algo todavía hoy, en todo momento vivían sus vidas muy al margen de los habitantes de las ciudades y palacios.

           

            Y aquella hermosa y cálida mañana de primavera, cuando ya se derretían las nieves en la montaña del sol, Sulayr, palabra con la que los árabes conocían a Sierra Nevada, una vez más los pastores se entregaron a sus tareas. En la majada de las encinas centenarias, ahora ya desaparecidas por orden de los reyes de la Alhambra, el pastor amante de los árboles, se levantó muy temprano. No más temprano que otros días pero sí antes de salir al sol y, como otros muchos días, se fue al corral y se puso a ordeñar a las ovejas. Hora y media después, volvió a la casa cargado con varios recipientes llenos de leche fresca, calentita y muy buena. Y como otros muchos días, se aprestó a preparar las cosas para convertir toda esta leche en queso. Vació las vasijas en un recipiente más grande, echó a la leche una pequeña porción de cuajo natural, extracto de cuajo de cordero lechal, removió un poco toda la leche en el recipiente de barro cocido y lo acercó luego un poco al fuego de la chimenea. Para que el calor de la lumbre fuera poco a poco calentando toda la leche y ésta cuajara para, unas horas más tarde, proceder a la fabricación de varios quesos. Y mientras esto hacía el pastor para sí se decía: “Tanto trabajo y tanto cariño en hacer todo esto para que luego vengan los de la Alhambra y se lo lleven sin darme siquiera las gracias. Y aunque una vez y otra les pido alguna recompensa más generosa siempre se conforma con darme una moneda y algo de comida. Y siempre que me las dan, me dicen:

- Y debes estar agradecido porque otros, ni siquiera lo que tienes tú, tienen.

 

            Y el hombre rumiaba esto para sí por lo siguiente: cada dos o tres días, a su majada llegaban personas que, al servicio de los reyes, trabajaban en la Alhambra, saludaban al pastor, le pedían lo que venían buscando, a veces sus quesos de oveja y otras veces los tiernos corderos, cogían estos productos y regresaban con ellos a los palacios de la colina. Y cuando el pastor les preguntaba, ellos lo más que le decían era:

- Los reyes, príncipes y princesas y sus amigos, siempre dicen que tus quesos de oveja son los mejores del mundo. ¿Cómo lo consigues?

Y el pastor les contestaba:

- Ni lo sé pero sí tengo muy claro que tanto estas ovejas como los corderos, son para mí lo mejor de mi vida. Por eso se me parte el corazón cada vez que os lleváis una partida de corderos recién nacidos.

- Será así pero luego nosotros siempre te devolvemos de estos corderos, el abomaso.

- ¿Con qué otra cosa podría yo hacer estos quesos tan ricos si no me devolvéis el cuajo de los corderos que os llevéis?

El abomaso es el cuarto y último compartimento del estómago de los rumiantes. Secreta la renina, cuya variedad artificial se denomina cuajo y se utiliza en la producción de queso. 

- Eso ya no lo sabemos.

- Yo tampoco lo sé pero sí tengo claro que cada vez más me lleno de miedo en cuanto os veo venir por aquí.

- Pues ten cuidado y no critiques los hechos y forma de hacer las cosas del rey que puede perjudicarte y mucho.

 

            Y aquella hermosa y cálida mañana de primavera, el pastor dejó el recipiente lleno de leche ya con su ración de cuajo, cerca de la lumbre. Al volver, como tantos otros días, sabía que ya la cuajada estaría lista para convertirla en queso. Salió fuera de su humilde casa, miró al cielo, miró a la gran montaña que tenía enfrente, las bellísimas cumbres de Sierra Nevada, miró para su derecha y vio el corral donde se encontraban las ovejas. Cogió su zurrón de piel de cabrito, cogió su bastón de madera de acebuche, llamó al pequeño perro amigo y le dijo:

- Vamos, como otros días, a la montaña con nuestro rebaño.

Y se acercó al corral, abrió la puerta, invitó a los animales a que salieran fuera y las primeras en hacerlo fueron las cuatro cabras que siempre iban camufladas en el grueso del rebaño de ovejas. Detrás de las cabras comenzaron a salir las ovejas y, al poco rato, pastor, perro amigo y rumiantes, ya subían por el recogido valle al encuentro de una de las altas cumbres de la gran montaña del sol. Y mientras los animales, desparramados y lentamente buscando la mejores matas de hierba, subían hacia las partes altas, él y su perro carea, se fueron situando al lado de arriba. Por donde un áspero corte de rocas de pizarra negra, esta mañana convertidas en pequeñas cascadas.

 

            Por encima de esta recia muralla de rocas, se extendía un amplio valle donde todavía algunas nieves se acumulaban. Pero como la primavera ya estaba muy avanzada y el sol cada día calentaba más, las nieves acumuladas en este pequeño valle y las que a lo largo del invierno se habían amontonado en las crestas de las montañas, ya se estaban derritiendo a marcha forzada. Por eso esta mañana se veían no solo pequeñas cascadas descolgándose por los acantilados sino también riachuelos cristalinos y lagunas diminutas con tonos azules plata. Y por eso también las tierras llanas en forma de praderas de ensueño, se veían cubiertas de fresca hierba y muchas florecillas de colores. Y por eso el hombre, acompañado de su fiel amigo el perro carea, se fue por el lado de arriba del acantilado de pizarra negra. Le volvió a decir a su amigo:

- Quiero ver, antes de que las ovejas lleguen a estas alturas, cómo se encuentra por aquí el terreno. Y también quiero comprobar si en estas partes altas, ya pasta el rebaño de ovejas de nuestro amigo el vecino.

 

            Y precisamente esto fue lo que descubrió. En cuanto terminó de superar el pequeño escalón en forma de acantilado y muralla rocosa, lo primero que descubrió fueron las ovejas de su amigo vecino. Se paró sobre una roca, miró despacio inspeccionando toda la llanura y buscó, por entre las rocas, los arroyuelos de agua y las ovejas de su amigo, el pastor de este rebaño. Sobre una roca, también por el lado de arriba del rebaño y ya muy cerca de las grandes sábanas de nieve, lo descubrió sentado. Le dijo a su perro amigo:

- Vamos a saludarlo. Tengo necesidad de hablar con él para preguntarle lo que, desde hace días, me está inquietando.

 

            Subió despacio pero sin pararse un momento, se situó junto a su vecino, lo saludó y sin más preámbulos, le preguntó:

- He visto a tus ovejas pero me he fijado que hoy no retozan por aquí los corderos que hacía unos días, sí.

Y el amigo, primero lo miró, luego tragó saliva y después le dijo:

- ¿No sabes lo que ha pasado?

- No lo sé. ¿Me lo cuentas?

- Ayer mismo por la mañana, vinieron a mi casa los que, desde la Alhambra y en nombre del rey, vienen por aquí. Y nada más llegar me dijeron:

- En los palacios de la Alhambra necesitan tus corderos para la fiesta de una princesa que se casa.

Y les pregunté:

- ¿Y cuántos corderos míos necesitáis?

- Todos los que tengas y aun así serán pocos. El rey ha invitado a todos sus amigos y conocidas y quiere obsequiarlos con las mejores carnes de estas tierras de Granada. Dice él que como los corderos que se crían en las laderas de La Montaña del Sol, no hay otros en el mundo. Así que ahora mismo te pones mano a la obra y separa a tus corderos del resto de la manada. Nos los llevamos y tenemos prisa.

- ¿Y qué hiciste tú?

- ¿Qué iba a hacer? Sin rechistar, me puse mano a la obra, separé a todos mis corderos del resto del rebaño y de sus madres y poco después los vi llevárselo por el camino dirección a la Alhambra.

           

            Y el amigo, al llegar a este punto del relato, guardó silencio, tragó saliva y apenado, miró para la llanura por donde pastaba su rebaño. Durante un buen rato, el pastor de la Almunia de las Encinas, siguió al lado de su amigo. Quiso preguntarle más cosas pero se dio cuenta que sufría. Que el recuerdo de sus borregos y el modo de comportarse los que, desde la Alhambra venían en nombre del rey, le dolía. Por eso, después de un rato, le dijo:

- Lo siento y también me indigno con lo que a ti te duele tanto. Claro que no hay derecho.

Llamó a su perro carea, siguió caminando dirección al sol del mediodía y hacia las altas cumbres por donde extensas laderas cubiertas de nieve. Cruzó varios arroyuelos, superó un par de acantilados rocosos, ya muy cerca del gran collado y al mirar al perro que le acompañaba, le dijo:

- Si al menos tuvieran el detalle de compartir con nosotros algunas de las decisiones que toman… Pero no, se comportan con nosotros como si fuéramos un cero a la izquierda, importándoles nada lo que sentimos. Y esto no es bueno por dos cosas: porque nadie en este mundo es más que el otro, aunque sean reyes y nosotros pastores y porque todos en este mundo somos dignos de respeto. Y lo que yo siento ahora mismo y veo en mi amigo vecino, es que ellos ni siquiera nos respetan. No hay derecho.

 

            Subió un poco más por la ladera, pisó las tierras del collado y mientras, poco a poco y ahora muy despacio, iba descubriendo los paisajes al otro lado de la montaña que había recorrido, a sus oídos iban llegando los sonidos de las cascadas. Como en remolinos de gran viento y también como un fantástico concierto que retumbaba en el corazón mismo de las montañas. Su corazón se le aceleró y el ansia de llegar a lo más alto y asomarse al nuevo mundo, le soliviantó el alma. Por eso, continuó subiendo, coronó por completo las tierras del collado y antes sus ojos apareció el gran asombro: tres grandes cascadas, blancas y abiertas como en abanicos y lagos cristalinos, caían desde lo más alto. Desde las crestas mismas de Sierra Nevada y se precipitaban por el profundo acantilado. Del barranco, hondo valle y comienzo de hermosos ríos cristalinos, surgían anchas nubes de vapor de agua, empujadas por el vientecillo. Y por entre estas densas nubes vaporosas, también surgía el ruido que las aguas emitían al caer.

 

            En lo más alto del collado, se quedó parado frente a las cascadas, mirando y meditando. Intentando comprender y al mismo tiempo, dando gracias y sintiéndose dichoso. Al rato, buscó una piedra a la derecha suya, se sentó en ella frente por completo a las cascadas, llamó a su perro y otra vez le dijo:

- Ellos serán reyes y tendrán hermosos palacios allá en la Alhambra. Y en los salones de estos palacios, organizarán fiestas y se comerán nuestros corderos convertidos en ricas chuletas. Ellos pueden tratarnos como si nada fuéramos y pueden no respetarnos excluyéndonos de su mundo y de sus cosas. Pero la belleza, la luz y la música de estas cascadas, de ningún modo pueden arrebatárnoslas.

 

            Y melancólico miró para lo más profundo del valle. El sol del mediodía se reflejaba en las transparentes aguas del río que fluía desde las pozas donde se quebraban las cascadas. Y el brillo de la luz del sol sobre el cristalino río que se alejaba, le animó de nuevo a comentar con su perro amigo:

- Tampoco podrán impedirme que ahora mismo me vaya con las aguas de este hermoso río. Por eso, lo mejor de mí, lo que ellos nunca podrán apropiarse, palpita y se marcha ahora mismo con las aguas de estas cascadas y este río, a un mundo maravilloso donde ellos tampoco serán nada ni me harán más daño ni me atropellarán ni me faltarán el respeto.

 

El níspero de la Alhambra

 

            La tarde iba cayendo. El sol se derramaba, oro y fuego, sobre las murallas y torres de la Alhambra y sobre las laderas y casas del Albaicín, Realejo y la ciudad de Granada. Se veían algunas nubes en el cielo, redondas y largas, muy negras en su centro y doradas en los bordes por el sol de la tarde que iba cayendo.

 

            Por la Carrera del Darro, desde Plaza Nueva hasta el Paseo de los Tristes, las personas caminaban, se asomaban al río, observaban la figura de la Alhambra en lo alto de la colina, hacían fotos y seguían con sus paseos. Por donde la iglesia de San Pedro, unos metros antes del Paseo de los Tristes, el grupo se había parado. Sentados sobre el muro que encaja las aguas del río, escuchaban lo que el guía les explicaba. Al pasar cerda de ellos, él se paró junto al grupo y, como distraído, escuchó. Y hasta sus oídos llegaron las explicaciones que el guía daba sobre la Alhambra, el río Darro, el bosque de la umbría, la iglesia a su derecha y de los puentes sobre las aguas.

 

            Frente a ellos, al otro lado del río y al comienzo de la ladera, se veía clavado en níspero. Verde como un mar de frescas algas y cargado de frutos redondos y pequeños. Uno del grupo preguntó:

- ¿Se sabe quién sembró ese árbol ahí?

Y el guía contestó:

- No se sabe. Quizá algún pájaro trajo por aquí la semilla hace tiempo y el árbol, por sí solo ha brotado.

Y él, mirando al guía y observando al grupo, quiso hablarles y explicarle la historia del árbol. Porque él sí sabía que hacía mucho, mucho tiempo, en la ladera y un poco más arriba, hubo una cueva. Excavada en la torrentera de cantos rodados por las aguas del río y era pequeña. Con una sola sala, una habitación, una pequeña explanada en la puerta que hacía como de balcón frente al barrio del Albaicín, en su parte baja. También se asomaba a las aguas del río Darro y a una gran parte de la ciudad de Granada, al fondo y por donde cada tarde el sol se marcha.

 

            Y en esta cueva vivía un hombre. Solo, sin más compañía que las paredes de la cueva, el silencio de las noches mezclado con el rumor de las aguas del río, el canto de los pájaros, la figura de las blancas casas del barrio bajo del Albaicín y la imagen de la Alhambra en todo lo alto de la colina, por el lado de arriba de la cueva. Y el hombre, entre otras cosas, había plantado en la puerta de su cueva un árbol. No una noguera ni una higuera ni un granado sino una morera que en poco tiempo empezó a darle muchas moras negras, dulces y ácidas, al final de la primavera cada año. Él regaba cada día, con las aguas del río Darro, esta morera suya y también unas matas de tomates, solo cuatro o cinco, que sembraba a la derecha de la explanada de su cueva. Y tanto sus cuatro matas de tomates como la morera, cada año le daban frutos muy abundantes y buenos.

 

            Por eso él, cuando la morera se llenaba de moras maduras, negras y dulces, para recogerlas mejor, ideó algo. Con hebras de esparto recogidas en la umbría del Generalife, de los Llanos de la Perdiz y de las laderas del Sacromonte, tejió una especie de capacho no muy recio pero sí grande. Algo redondo, casi en forma del ruedo de la morera. Y en este ruedo él extendió su estera de esparto con la intención de que sobre esta alfombra se fueran concentrando las moras que por el día y a lo largo de la noche, caían de las ramas del árbol. Sobre todo, cuando el airecillo de las mañanas y o de las tardes movía las ramas de la morera o cuando los pájaros revoloteaban por entre estas ramas buscando moras maduras. Y así fue que cada mañana, en aquellos días de primavera en que maduraban las moras de su morera, él recogía una muy buena cantidad de frutos. Se los comía, en el mismo momento de recogerlos, algunas veces. Y los que le sobraban, los ponía al sol, sobre las anchas hojas de la morera y los convertía en frutos secos que a lo largo del verano y parte del otoño e invierno, se iba comiendo. Lo mismo hacía con los tomates que recogía de sus cuatro tomateras.

 

            Y una de las cosas que más le llamaba la atención a las personas que le conocían, era que el hombre, a pesar de ser muy pobre, nunca se molestaba ni se enfadaba con los pájaros y otros animalillos que venían a comer moras a su morera. Tampoco si algún mirlo picoteaba los tomates sino que él siempre se alegraba de estas cosas. Por eso, en muchos momentos de aquellos días de primavera, se le veía en el rellano de su cueva sentado a la sombra del árbol llamando a los pajarillos para que vinieran a comer en sus manos. Y los pájaros venían y los vecinos no comprendían como, siendo tan pobre, repartía con los animalillos lo poco que tenía. Pero a él no le importaba lo que los demás decían o pensaba. Era feliz y se sentía libre y bueno, viviendo la vida de esta manera.

 

            Y todo fue así hasta que un día, tarde de verano ya muy próximo al otoño, sobre las montañas de la parte alta de Granada, descargó una gran tormenta. Tan grande y con tanta agua que al poco, el río Darro bajaba rebosando como nunca antes se había visto. Y esta gran tromba de agua en poco rato se llevó por delante muchas de las casas que había cerca del río, gran parte murallas y otras muchas casas de Granada. Y también se llevó por delante la morera y los tomates y su cueva. Porque un buen trozo de la ladera del lado norte en la colina de la Alhambra, se vino abajo y el agua arrastró todo lo que fue encontrando a su paso. Con la cueva y la tromba de agua desapareció la morera y el hombre y nunca se supo de él. Pero pasó el tiempo y nadie supo de qué manera ni cuando, brotó un níspero en la ladera donde, tiempos atrás, estuvo la cueva de este hombre. Cuando este níspero se puso grande y fuerte, comenzó a dar frutos. Nadie los cogía pero sí cada día, en la época de la maduración de los nísperos, acudían al árbol muchos pajarillos. Ellos y solo ellos eran los dueños absolutos de los frutos de este árbol.

 

            Pasó el tiempo y aquel primer árbol se secó y en su lugar brotó otro y luego otro. Esta tarde del guía y los turistas sentados sobre la pared que encauza al río, frente a ellos y por debajo de la Alhambra, se ve el árbol níspero. Repleto de frutas ya casi maduras y entre las espesas ramas verdes. Por eso, al pasar cerca del grupo y oír las explicaciones del guía, se paró y escuchó. Y oyó que no sabía dar una buena respuesta al que le preguntó por níspero que se veía al otro lado del río repleto de fruta. Y por eso, a oír:

- Nadie sabe la historia de este níspero.

Quiso hablarles y decirle que no era cierto. Porque sí se sabe, sino del todo en parte, la historia del níspero de la ladera de la Alhambra. Pero nada dijo. Miró por un momento al árbol, al otro lado del río y siguió su paseo. Y mientras se alejaba se dijo: “Igual les pasa a tantos y tantos turistas que por aquí cada día pasean. Ni siquiera se dan cuenta que ahí en la ladera crece este árbol cargado de frutos y ni siquiera advierten que estas pequeñas historias, son parte de la gran historia de la Alhambra. La vida y el mundo que en aquellos tiempos y hoy, rodeaban y rodean a la Alhambra de Granada.

 

El río de las aguas azules

 

            I- Dentro de la Alhambra, en los salones de las torres y en los palacios y jardines, continuamente se comentaba:

- Dicen que es el río más bonito que nunca se vio aquí en Granada y en otras partes del mundo.

- ¿Y tú lo has visto?

- Yo nunca fui por donde corre ese río pero cada noche lo sueño.

- Pero yo no creo que ese río sea más bello que el que nosotros esperamos encontrar allá en el paraíso.

- Tampoco creo que podamos decir eso mientras no veamos el río de esas montañas.

- ¿Cuándo quieres que vayamos a verlo?

- No sé en qué momento y día podré pero en cuanto se me presente la oportunidad, te lo digo.

 

            Y la noticia del río más bello de la tierra llegó a oídos de las dos princesas amigas. Cosa que en un principio ellas no dieron mucha importancia pero como corrían los días y cada vez más se hablaba del río azul y de sus cristalinas aguas, un día las princesas preguntaron a sus criadas:

- ¿Es cierto lo que dicen de ese río?

- Debe ser cierto porque todo el mundo cuenta y nunca para.

- ¿Y podríamos ir nosotras a verlo?

- Seguro que sí pero nosotras no podemos intervenir en esto.

- ¿Quién entonces puede informarnos bien?

- Quizá la familia que vive en la medina que hay dentro de la muralla que rodea a la Alhambra.

- ¿Por qué esta familia?

- Porque todos ellos son amigos de la mujer que tiene su casa de piedra junto a las aguas del río azul, allá en la montaña. Vive ella allí con su marido y su hijo y, de vez en cuando, se monta en su borriquillo y viene a la casa de sus amigos de la medina de la Alhambra. Casi siempre les trae productos de sus animales y huerta y se los cambia por otras cosas que ellos necesitan.

 

Y las dos amigas princesas, aquella tarde de primavera ya final del mes de mayo, salieron de los palacios y se fueron a casa de la familia de la medina. Al llegar saludaron al hombre que las recibió y preguntaron por la mujer del borriquillo. Él les dijo:

- Es mi mujer la que puede daros información más completa porque las dos son muy amigas.

Y salió la mujer, saludó a las dos princesas y cuando éstas les dijeron lo que buscaban ella les aclaró:

- Precisamente mañana viene mi amiga con su borriquillo a traerme algunas cosas que me tiene prometido. También yo ya le tengo preparado lo que le voy a dar a cambio.

- ¿Y podemos saludarla y preguntarle?

- Claro que podéis. A ella le va a gustar mucho en cuanto se lo diga.

- Pues mañana, cuando tu amiga llegue, aquí ya estaremos nosotras esperándola.

 

            Y la mujer de del borriquillo llegó a media mañana. Saludó a la familia y antes de que la amiga de la medina dijera nada, se presentaron las dos princesas. Saludaron a la mujer de la montaña y sin más rodeos le informaron de lo que querían. La mujer de la casa de piedra junto a las aguas del río azul, les dijo:

- Será un gran honor para mí llevaros para que veáis ese río que deseáis conocer.

- Es que no acabamos de creer que sea lo que cuentan y por eso queremos verlo con nuestros propios ojos. ¿Cuándo nos llevas?

- Yo regreso a mi casa allá en la montaña en menos de media hora. Lo que tarde en descargar las cuatro cosas que traigo en mi borriquillo para estos amigos mío y en cargar lo que ellos tienen que darme.

- Vale. Nosotras te ayudamos y así terminamos antes.

Y las dos princesas se pusieron y, en nada de tiempo, descargaron el borriquillo y lo cargaron de nuevo. También un poco después, se pusieron en camino de regreso, la mujer a su casa y las princesas, al encuentro del río de las aguas azules.

 

            Y mientras subían por las veredas, desde la Alhambra hacia Sierra Nevada que era por donde la mujer tenía su casa, charlaban de mil cosas. La mujer montada en su borriquillo y las dos princesas andando porque no consintieron montarse ni siquiera un rato. Decían:

- Somos jóvenes y fuertes y, además, a nosotras nos gustan estas aventuras.

- Y hacéis bien, hijas mías porque, digan lo que digan unos y otros, nada hay más importante en este mundo que ser amigos de la naturaleza, de lo bello y de la libertad que siempre regalan estas tierras.

- ¿Y tú eres libre como el aire?

- Mucho más porque tengo la suerte de poder vivir junto al río más bello de la tierra y, aunque no soy muy rica, poseo este borriquillo, el cariño de mi marido e hijo y un trozo de tierra donde cultivo frutas y hortalizas.

- ¡Qué suerte tan buena la tuya!

- Y también la vuestra porque vivís en los palacios más bonitos del mundo y porque hoy vais a desfrutar de una experiencia única.

- ¿Y baja hoy el río con mucho agua?

- Repleto como nunca. Con la marcha de la primavera y los primeros calores del verano, las nieves de Sierra Nevada, se están derritiendo. Por eso el río baja repleto y más al caer las tarde que es cuando nosotras vamos a llegar a mi casa.

 

            Y al caer la tarde, aunque todavía con cuatro horas de sol, llegaban al puente de piedra, al final del amplio valle y por donde el río se estrecha mucho. La mujer sentada en el lomo de su borriquillo y las dos princesas acompañándola, una agarrada a la cola del borriquillo y la otra a las crines. Preguntó la más joven de las dos princesas:

- ¿Sabes tú quién y cuando construyeron este puente?

- Yo solo sé que es mucho, mucho más antiguo que la Alhambra.

- ¿Y tan viejo y todavía tan fuerte y bello?

- Ya lo estáis viendo.

El pequeño puente de piedra, con solo dos arcos, pasillo empedrado y con dos paredes a los lados, daba paso al río con la elegancia de lo eterno. Y ellas, al llegar al centro de este puente, se pararon y la mujer del borriquillo dijo a las princesas:

- Desde aquí mismo, cuando el sol se pone, es desde donde se ve más bonito este río.

- Y su azul intenso ¿en qué momento es más bello?

- Ahora mismo. Mirad para vuestra derecha y lado de arriba y luego para la izquierda, lado de abajo y por donde el sol se pone.

Y las princesas hicieron caso a la mujer del borriquillo.

 

            Miraron para el lado de arriba y vieron el río descender desde las altas cumbres de Sierra Nevada. Y luego descubrieron que, cuando el río se acercaba al valle, se ensanchaba y por aquí mismo, por donde el cauce se hacía grande y dejaba a los lados hermosas praderas de hierba, el azul de las aguas era intenso y puro. Lo más parecido a un limpio cielo y semejante a transparente viento. Y por el lado de abajo, por donde el sol iba cayendo, las aguas se alejaban serenas, tornándose cada vez más en tonos dorados, miel y caramelo. Preguntó la princesa más pequeña:

- ¿Y nosotras podemos venirnos a vivir aquí contigo?

Y la mujer del borriquillo aclaró:

- Mi casa no es muy grande ni se parece someramente a vuestros palacios pero si queréis quedaros en ella, bienvenidas seáis a estas tierras.

Y la princesa mayor dijo:

- Es que lo que estamos viviendo es tan bonito e interesante y nos gusta tanto que solo quedándonos a vivir aquí contigo podríamos realmente disfrutarlos. Son tan azules las aguas de este río y es tan mágico todo lo que por aquí vemos que en nada tiene que envidiar al paraíso que, nuestros mayores, siempre nos han dicho.

 

Este relato tiene una segunda parte titulada:

“LA CABAÑA DE LAS PRINCESAS”.

Lo pondré aquí en unos días.

 

La cabaña de las princesas

 

            II- Y aquella noche, las dos princesas de la Alhambra, se quedaron a dormir en la casa de piedra de la mujer del borriquillo. En compañía del marido de la mujer y de su hijo. Y mientras las dos princesas se acomodaban en una rústica cama de madera de castaño y juncos secos, al rumor de las aguas del río que pasaba casi rozando las paredes de la casa, entre sí comentaban:

- ¿Te imaginas tú lo bonito que sería si este hombre nos hiciera una cabaña de monte para nosotras dos solas?

- Sí que sería bonito pero ¿dónde te gustaría a ti que nos hiciera esa cabaña?

- El sitio ya lo he visto cuando esta tarde subíamos desde el puente del río hacia esta casa.

- ¿En qué sitio?

- ¿No viste el pequeño valle de hierba y tierra llana que hay un poco más arriba del puente de piedra?

- Claro que lo he visto. Y me ha gustado tanto que por eso te dije que aquello se parece a un pequeño paraíso.

- Pues allí mismo es donde a mí me gustaría que el marido de esta mujer nos construyera una pequeña cabaña de monte para nosotras. ¿Qué te parece mi idea?

- Que me gusta mucho pero también estoy pensando en lo que ahora mismo estará sucediendo allá en los palacios de la Alhambra. Seguro que muchos están preocupados por nuestra ausencia.

- También pienso yo eso pero podemos volver cuando nos de la gana. Esto que ahora estamos planeando es solo para vivir una experiencia única. Todos los días allí encerradas en los palacios y siempre con las mismas cosas, ceremonias, fiestas y comidas, es de lo más pesado y sin sentido.

- Claro que pienso como tú. Lo que ahora mismo estamos viviendo es la libertad y el sueño que tantas veces habíamos imaginado.

 

            Y poco después de estas palabras, se quedaron dormidas. Cuando despertaron al día siguiente ya era media mañana. El sol brillaba limpio en lo más alto de las cumbres de Sierra Nevada y el silencio parecía envolverlo todo. Solo se oía el correr de las aguas del río, el rumor de una cascada, allá a lo lejos y el repiqueteo de una cencerrilla de las ovejas que cuidaba el marido de la mujer del borriquillo. Nadie había en la sencilla casa de piedra en esos momentos excepto ellas dos y la mujer del borriquillo. Ésta, ya le había preparado un sencillo pero exquisito desayuno: unas rebanadas de pan que ella misma amasaba y cocía en un pequeño horno de leña, unas tazas de leche de oveja y un poquito de aceite de oliva que la mujer había conseguido en sus intercambios de productos con la amiga de la medina de la Alhambra. También había preparado una cestica de frutos secos: higos, almendras, ciruelas, nueces…

 

            Y en cuanto comprobó que las dos princesas se habían despertado, se acercó a ellas y les dijo:

- Seguro que en vuestros palacios de la Alhambra os echan de menos y por eso seguro que ya os están buscando.

Y ellas dos dijeron:

- Aunque esto sea así tú no te preocupes. Porque aunque piense que somos unas insensatas, nosotras hemos decidido libremente vivir esta aventura. Y si los solados llegan aquí y nos encuentran, ten por seguro que a ti no te pasará nada. Les diremos a todos que nos habéis tratado bien y que la decisión de venirnos a vivir a este lugar, es solo de nosotras.

Y la mujer les dijo:

- Bueno pero ahora, ya tenéis el desayuno preparado. En cuanto os levantéis podéis desayunar y luego nos ponemos en camino y regresamos a la Alhambra, vuestros palacios.

- De regresar nada. Nos lo estamos pasando tan bien que vamos a quedarnos a vivir en una cabaña de monte que vamos a construir junto al río.

- ¿Una cabaña?

- Si, queremos pedirle a tu marido que nos ayude para construir esta cabaña junto a las aguas del río, en ese sitio tan bonito que vimos ayer por la tarde.

 

            Poco después las dos princesas se levantaron y lo primero que hicieron fue acercarse al río. Junto a las aguas se quedaron un buen rato, contemplando la transparencia y colores que, en la mañana, el río regalaba. El sol brillaba a media altura, llenando de luz primaveral la nieve de las laderas de las montañas, la hierba en las praderas y el agua que por el río saltaba. La princesa más joven dijo a su amiga:

- Esto es como si fuera el comienzo de un nuevo reino. Pequeño y lleno de luz y armonía, tal como siempre lo hemos soñado y en la libertad más real. ¿A que sería fantástico?

- ¿Qué es lo que sería fantástico?

- Lo que ya te he dicho: fundar aquí un reino pequeñito para disfrutar de la vida tal como en nuestros corazones siempre lo hemos deseado.

- Lo que estás comentando es bello y creo que tiene un gran sentido pero…

 

            La princesa mayor miró para el lado de arriba. Por donde descendían las aguas del río y la nieve brillaba en las laderas. Y sin pretenderlo descubrió que tanto las montañas como la nieve, las aguas, la hierba de la pradera, se veían como transparencias muy semejantes al cristal más puro y con muchos tonos azules y verdes esmeralda. Preguntó la princesa más joven:

- ¿Por qué me dices que pero…?

- Luego te lo cuento. Ahora vamos a lavarnos en las aguas del río y luego aceptamos el desayuno que esta mujer nos ha preparado.

- Pues venga porque también es cierto que tendremos tiempo de ir madurando todo lo que nos está ocurriendo.

Y sin pensarlo mucho, las dos se pusieron a lavar sus manos y caras en las aguas del río. Luego se pusieron al sol del claro día y mientras allí mismo, junto a las aguas y sobre la fresca hierba, desayunaban, observaban a las ovejas del marido de la mujer del borriquillo. Iban pastando por la ladera de enfrente y, por el lado de abajo del rebaño, se movía el que las guiaba. Era el marido de la mujer del borriquillo y, como ellas lo conocían de la noche que ya habían pasado en la casa de piedra, lo llamaron. Al oírlas, el hombre se vino hacia ellas y cuando llegó a donde estaban sentadas desayunando lo que la mujer les había preparado, las saludó y les preguntó:

- He oído que me habéis llamado. ¿Necesitáis algo?

- Sí, queremos comentar contigo unas cosas.

- ¿A caso necesitáis que mi mujer os acompaña de regreso a vuestros palacios allá en la Alhambra?

- Por ahora no es eso lo que necesitamos. Y porque las dos hemos decidido quedarnos a vivir en estas montañas y cerca de las aguas de este río.

- Y eso ¿Por cuánto tiempo?

- El tiempo todavía no lo hemos pensado. Por ahora solo nos apetece quedarnos aquí en una cabaña de monte que vamos a construir y disfrutar de este río y de la libertad que por aquí tenéis vosotros. ¿Tú puedes ayudarnos?

 

            El hombre se quedó quieto, mirándolas fijamente, meditó lo que le habían dicho y al rato dijo:

- Pienso que vuestros padres, allá en los palacios de la Alhambra y también muchos amigos y personas, os estarán echando de menos. Seguro que todos están preocupados por vosotras y por eso no hay que extrañarse de que en cualquier momento aparezcan por aquí los soldados y os pidan que regreséis con ellos.

- Esto ya lo hemos pensado y hablado con tu mujer. Pero también hemos pensado que nosotras tenemos derecho a decidir si regresamos a la Alhambra o nos quedamos a vivir aquí. Así que no pienses en lo que nos ha dicho y responde si quieres ayudarnos o no.

Y el hombre volvió a meditar un momento y luego les preguntó:

- ¿Y si los soldados vienen y al verme colaborando con vosotras me denuncia delante de vuestro padre, el rey?

- También esto ya lo hemos hablado con tu mujer. Y por eso te decimos lo mismo que a ella: que no te preocupes porque nosotras siempre vamos a salir en tu defensa aunque sea a costa de nuestra condena.

 

            Y a partir de aquel momento no se habló más. Sí el pastor llamó a su hijo que andaba cuidado el rebaño de ovejas. Vino éste enseguida, hablaron un momento, se pusieron de acuerdo con las princesas y, poco después, los cuatro comenzaron a buscar troncos, palos y ramas por el bosque de los castaños. El padre iba delante mirando, buscando y señalando los palos y ramas que le parecían buenas y ellos iban detrás no cortando árboles sino planificando cómo hacerlo y de qué modo transportar luego la madera al lugar del río donde ellas habían decidido construir su cabaña. Y al mediodía, pararon su trabajo, se fueron a la casa de piedra, comieron lo que la mujer del borriquillo les había preparado y antes de que el sol cayera, de nuevo regresaron al bosque para continuar con el proyecto. Ya en esta ocasión, con una gran sierra que enseguida, el padre y el hijo, comenzaron a usar. Serraron un gran castaño alto y seco pero sano y cuando el árbol cayó al suelo las princesas preguntaron:

- ¿Y cómo llevaremos luego toda esta madera a la llanura del río donde vamos a levantar nuestra cabaña?

- Arrastrándola con nuestro borriquillo.

Y al saber esto ellas se quedaron tranquilas porque, poco a poco, se iban dando cuenta que el pastor de la casa de piedra y su hijo, eran fuertes y sabían cómo llevar acabo lo que ellas les habían pedido.

 

            Se ponía el sol, regresaron a la casa de piedra, encerró el pastor sus ovejas en el corral y ya todos en la sala de la casa, charlaron durante un buen rato y luego se acostaron. Y aquella noche, mientras iban cogiendo el sueño arrullados por la corriente del río, el joven hijo del pastor, no paraba de pensar en las dos princesas. Para sí se decía: “Nunca en mi vida he visto muchachas tan hermosas y simpáticas como estas dos princesas. Sería el más feliz del mundo si ellas me hicieran su amigo y sería el más afortunado de la tierra si ellas me aceptaron por amigo. Pero yo ¿qué puedo darles o qué puedo hacer por ellas que no tengan en abundancia en sus vidas? Seguro que allá en la Alhambra tienen todo cuanto les apetezca: vestidos lujosos y joyas, libros y muebles fantásticos, amigos importantes y flores y muchos jardines. Por eso ellas deben verme muy poca cosa y una persona insignificante. Y por eso seguro que en ningún momento aceptarán que sea su amigo. Pero de todos modos, si se quedan a vivir cerca de este río y a dos pasos de donde vivo yo, voy a tener la oportunidad de verlas y charlar con ellas muchas veces. Y pienso que siempre que se me presente esta oportunidad, por mi parte, debo procurar ser amable y bueno con ellas. Desde mañana mismo voy a estar atento a todo lo que necesiten para complacerlas y que así vayan descubriendo que me interesan mucho y que las quiero. Voy a ser amable, educado, bueno… para que no les falte de nada y poco a poco vayan confiando en mí y me hagan amigo suyo. Son tan hermosas y jóvenes y parecen tener un corazón tan tierno que solo verlas y estar a su lado, todo me parece mucho más bello. Como si de pronto por aquí el universo todo lo hubiera llenado de estrellas de colores y de una alegría y dicha casi perfecta”.

 

            En cuanto amaneció al día siguiente, los cuatro de nuevo se pusieron mano a la obra y la mujer fue la encargada de preparar el borriquillo para comenzar a transportar la madera desde el bosque hasta la orilla del río. El joven no se apartada en ningún momento de las dos princesas y no paraba de mirarlas y comentar cosas con ellas. Les decía:

- Ya veréis que cabaña más bonita vamos a construir ahí junto a las aguas.

- Estamos tan emocionadas que nos morimos de ganas de verla ya levantada.

- Seguro que lo vamos a conseguir en solo dos o tres días. Y vosotras no preocuparos que yo voy a encargarme de que no os falte de nada. En mi huerto tengo sembrado muchas clases de hortalizas y frutas y en este río hay truchas muy grandes y buenas. Pescaré las mejores para vosotras y os las prepararé en las brasas de la lumbre que haré en la puerta de vuestra cabaña. Y con el permiso de mis padres, os voy a regalar el cordero más bonito, blanco y juguetón que ahora mismo tenemos en el rebaño para que juguéis con él y luego os llevaré por los sitios más bonitos de estas montañas y que solo yo conozco.

- Entonces ¿te gusta esta idea de veniros a vivir junto a este río?

- Me gusta mucho porque pienso que vosotras vais a llenar de algo maravilloso todos estos lugares. Por eso soy feliz de que hayáis decidido veniros a vivir tan cerca de mi casa.

 

            Y las princesas, viendo el interés y la buena disposición que, para con ellas mostraban los tres amigos de la montaña, expresaban su alegría diciendo:

- A partir de ahora en nuestras vidas solo habrá libertad, paisajes fantásticos llenos de luz y armonía y mucha tranquilidad. Se acabó para nosotras vivir encerradas en grandes y lujosos palacios y rodeadas de criados, murallas y torres. Y se acabó para nosotras tener que estar siempre sometidas a los caprichos de nuestros padres y de las demás personas que nos rodean. Somos persona y como tal tenemos derecho a decidir por nosotras mismas y a pensar y hacer de nuestras vidas lo que nos apetezca. ¡Viva la libertad!

 

            Y al oírlas, tanto el hombre como la mujer y el hijo, también se llenaban de entusiasmo pero con algunas reservas. Por eso el hombre, para sí pensaba: “En la juventud está el futuro de este mundo. Sin duda que es muy arriesgado lo que ellas están llevando a cabo pero si estas cosas no se hacen, nunca nada cambiarán entre los humanos”. Y la princesa pequeña le decía al hijo del pastor:

- También nosotras, con tu ayuda, sembraremos un huerto y cultivaremos hortalizas y frutas. Pescaremos en el río y criaremos algunos animales para tener leche y carne. Y sol, aire puro y paisajes para correr y meditar, fíjate cuanto tenemos.

Y al oírle esto el joven comentaba:

- Con vuestro entusiasmo y presencia todo por aquí, de la noche a la mañana, ha cambiado.

Y la princesa pequeña decía:

- Gracias, eres muy bueno y por eso tenemos tanta confianza en que nos ayudaréis mucho.

- Pero también debéis pensar en lo que ya os han dicho mis padres. Si vuestros padres, reyes de la Alhambra, vienen a buscaros ¿qué puede pasar?

- Ya verás como no pasará nada. Nadie en este mundo tiene derecho a decidir sobre nuestras vidas ni impedir que llevemos a cabo nuestros sueños.

 

            Pero las cosas no fueron como las princesas soñaban. Porque una tarde, a los tres días de comenzar la construcción de su cabaña de madera, cuando todos estaban junto al río acarreando palos y ramas y colocando las piezas en la estructura en lo que ya era el comienzo de la cabaña, de pronto vieron que cruzaba el puente un grupo de hombres montados a caballo. Se quedaron mirando, suspendiendo el trabajo en la cabaña y esperaron que se acercaran. Y cuando llegaron a ellos, el que dirigía el grupo, saludó a las princesas y les dijo:

- Por orden de vuestros padres debéis regresar inmediatamente a los palacios de la Alhambra.

Y la princesa pequeña, enseguida se adelantó y preguntó al que dirigía:

- ¿Y si no queremos regresar?

- Os haremos prisioneras. Es la orden que tenemos de vuestros padres.

Y al oír esto la mujer del borriquillo dijo a las princesas:

- Debéis obedecer las órdenes de vuestros padres.

Protestó la princesa mayor diciendo:

- Pero no hay derecho. Queremos ser libres y vivir nuestro sueño.

 

            Poco después, el escuadrón de soldados montados en sus caballos, cruzaban de nuevo el puente de piedra. Al frente del grupo se veían dos hermosos caballos blancos y, montados en ellos, se recortaban las siluetas de las dos princesas, escoltadas por el grupo de soldados y dirección a la Alhambra. En las azules aguas del río, al cruzar el puente, se reflejaron las siluetas de las dos princesas y las pequeñas olas de la corriente parecían como abrazarlas y llevárselas río abajo. Hacia el sol de la tarde, por donde el horizonte se teñía de oro y fuego.

 

            Desde la llanura, cerca del montón de palos y ramas y junto al la primera estructura de la cabaña de madera, el hombre, su hijo y la mujer del borriquillo, mundos miraban observando alejarse la comitiva. Y en uno de los momentos, el joven dijo a sus padres:

- Ahora parece como si todo esto por aquí se hubiera quedado, además de sin sentido, lleno de tristeza. Como sin luz, sin futuro, sin vida.

 

Este relato tiene una tercera parte titulada:

JUNTO AL RÍO, RECORDANDO A LAS PRINCESAS

 

Junto al río, recordando a las princesas

           

III - Algo más tarde, el joven hijo de la mujer del borriquillo, cruzó la llanura, dirección a la parte alta del río. Solo y cabizbajo caminó durante un rato, siguiendo las aguas del río, dirección a las cascadas. Unas pequeñas cascadas que él conocía muy bien y que era uno de los rincones que más le gustaban por estas montañas. Y le gustaba tanto este lugar porque, a lo largo del tiempo que ya había vivido por aquí, muchas veces se había venido a estas cascadas para sentarse en una piedra, por el lado de arriba y quedarse aquí mirando sin prisa mientras contemplaba las aguas saltar. Y soñaba, siempre él soñaba cosas parecidas a las que a las princesas les había empujado venir a este rincón del mundo. Pero él soñaba no en construirse una cabaña de monte junto a las aguas del río sino en bajar algún día a la ciudad de Granada y conocer la Alhambra. Porque a su edad, todavía los padres no les habían permitido salir de los paisajes del río y por donde la casa de piedra. Por eso ya había elegido él el rincón de las cascadas como un mundo suyo muy particular y especial, para recogerse en sí y meditar. Y esta tarde, sin saber por qué, cuando vio que las princesas se alejaban de estos lugares, algo se le rompió en el corazón y en el alma. Por eso, de pronto, todo se le oscureció, el corazón se le llenó de tristeza y hasta los paisajes y aguas del río se nublaron. Se sintió acongojado y solo, como nunca antes. De aquí que, como empujado por una fuerza interna, caminara buscando las cascadas que tanto le gustaban. Como si, de alguna manera, por este sitio buscara algo de consuelo o alivio a la desazón que de pronto le inundó.

 

            Vadeó las aguas del río, subió una pequeña cuestecilla, rozó las ramas de unos majuelos y, siguiendo la pequeña sendilla, se encajó por el lado de arriba de las cascadas. Buscó la roca que conocía y, acercándose a las aguas todo lo que pudo, en la piedra se sentó frente a la corriente. Justo donde las aguas se remansan para, unos metros más abajo, empezar a caer en amplio abanico blanco. Este era exactamente el sitio que él visitaba con frecuencia. Y lo mismo que otras veces, en cuanto estuvo sentado en la roca y arropado por la sombra de los árboles del rincón, alargó su mano para tocar las aguas. Como si, igual que otras veces, intentara jugar con la corriente al tiempo que meditaba y dejaba pasar las horas. Pero en esta ocasión, aunque las aguas seguían claras, frescas y misteriosas, algo en su interior le impedía gustarlas. Su corazón latía como ahogado en una fina tristeza, soledad y honda sensación de pérdida. Miró despacio la corriente despeñarse y luego alzó su cabeza y siguió mirando al camino que el río trazaba, alejándose desde las cascadas hacia la llanura y el rincón por donde las princesas habían soñado construir su cabaña. Y cuanto más observaba a los paisajes y descubría el montón de troncos y ramas en la llanura cerca del río y ahora en silencio y solitario, más se entristecía.  

 

            Se dijo, mientras las recordaba: “Ahora ya no volveré a verlas nunca más. Aquí se han quedado los troncos y ramas que, con tanta ilusión estábamos preparando para su cabaña. Y solo verlos en estos momentos hasta parece como si ya hubieran pasado más de mil años y ahí siguieran pudriéndose solitarios y en el más hondo silencio. Ningún sentido tienen ya por aquí estos palos sino más bien sirven solo para recordarlas y hacer que la tristeza sea más grande en el alma. Ya no volverán más y por eso también este río ha dejado de ser bello. ¿Qué haré yo y a dónde iré sabiendo que las he perdido para siempre? Creo que ni siquiera me va a gustar caminar por estos campos ni cuidar de los corderos del rebaño. Hacer las cosas por ellas y para complacerlas y darles lo mejor, era una ilusión muy bonita. Seguir ahora haciendo las cosas con la tristeza de su ausencia, ni me gusta ni le encuentro sentido”.

 

            Y mientras la tarde iba llegando a su final, junto a las cascadas permanecía sentado. Sin dejar de alargar su mano para meterla en las aguas y sin dejar de observar el movimiento de la corriente. Luego, un poco antes de que oscureciera, cogió un pequeño trozo de piedra de pizarra, buscó una astilla también de pizarra en forma de lápiz y en la superficie plana de la losa de pizarra, escribió:

 

                     “Como si mil años hubieran pasado ya

        desde que os marchasteis

         así parece que todo por aquí ahora

         estuviera:

         seco el aire,

         añosa y muda la tierra,

         teñida toda de gris la tarde

         y la frescura que ayer tenía la hierba,

         como si mil años hubieran pasado ya

         desde que os fuisteis de estas tierras”.

 

            Conforme la tarde iba apagándose y lo noche comenzaba a llegar, él se fue levantando de la piedra donde, frente al río, estaba sentado. Despacio descendió por la ladera, buscó la corriente del río por el lado de abajo de las cascadas, cruzó las aguas y, poco a poco, se fue acercando a la casa. Cuando llegó, los padres parecían esperarlo. Sentados frente a una pequeña lumbre charlaban y, al entrar a la estancia, lo miraron y fue la madre la que le preguntó:

- ¿Te pasa algo?

- Nada, solo que me encuentro un poco cansado.

Y la madre le ofreció algo de comer. Junto a ellos estuvo sentado un rato, mientras comía y en silencio, dejaban correr el tiempo. El padre le preguntó:

- ¿Quieres que mañana continuemos con la construcción de la cabaña que íbamos a levantar para las princesas?

- Todavía no lo tengo claro. Pero si ya no está ellas ¿para qué vamos a levantar esta cabaña?

- Pienso que a lo mejor algún día a ti te gustaría irte a vivir a esta cabaña.

A estas palabras del padre el joven no contestó.

 

            Poco después los tres se acostaron y mientras intentaba coger el sueño, las recordaba y no paraba de imaginarlas allá en los palacios de la Alhambra. Y quizá por esto, en cuanto el sueño lo venció, comenzó a verlas. Por el caminillo que sube pegado al río, vio avanzar a la princesa más joven. Como si viniera huyendo de alguien que la persiguiera. Llegó al vado del río y sin pensarlo se metió en las aguas para cruzar la corriente. Bastante más abajo del puente de piedra y por donde la corriente, a pesar del amplio vado que formaba el río, era muy fuerte. Por eso, la joven princesa, según se adentraba en las aguas, se hundía y comenzaba a irse río abajo. Con su pequeño hatillo en las manos para que no se le mojara, comenzó a mover los brazos al tiempo que gritaba pidiendo socorro. Y como el joven se vio a sí mismo corriendo por la llanura a su encuentro para salvarla, le decía:

- No tengas miedo que voy a tu encuentro para salvarte.

 

            En poco tiempo estuvo en el lugar donde el río se llevaba a la princesa, saltó a las aguas, la cogió de la mano, tiró de ella, abrazó luego su cuerpo y como en un milagro, rápidamente la sacó fuera de las aguas. Y ya en la orilla del río, por el lado en que se veían los palos que habían amontonado para la cabaña, ella le dijo:

- Me he escapado de la Alhambra y me persiguen para encerrarme en una torre. Y como no tenía a donde ir para librarme de los que quieren cogerme prisionera, me he venido a este sitio. Lo único que se me ocurría es pensar en que tú sí puedes salvarme.

Y el joven le dijo:

- No tengas miedo. Nadie te viene siguiendo y ahora mismo ya está a mi lado. Te defenderé si vienen y quieren llevarte.

Y la princesa, en agradecimiento al cariño y confianza que el joven le prestaba, se abrazó a él, despacio pegó su cara con las mejillas del joven y sin pronunciar palabra, con su cara unida a la del joven estuvo mucho rato. En ese momento el joven se sintió tan lleno de amor que el corazón se le aceleró y el alma se le transformó. Por todo su cuerpo corrió como una muy agradable y dulce sensación y por eso dijo:

- Princesa, eres muy buena conmigo. Por primera vez en mi vida me siento enamorado. El calor de tu cara pegada a la mía llena de esperanza y dulzura mi corazón. Gracias por haber venido. Te ayudaré a terminar de construir tu cabaña de madera y me quedaré a tu lado para protegerte y darte todo lo que necesites hasta el final de los tiempos.

 

            Y en este momento, el sueño que el joven estaba viviendo mientras dormía, se transformó en otro nuevo. Siguió viendo a la princesa pero ahora caminando por los pasillos de jardines muy grandes y bellos y escoltada por un grupo de soldados. El primero de estos soldados llevaba en la mano una gran llave de hierro. Llegaron a la puerta de una gran torre de piedra, el soldado introdujo la llave en la cerradura, empujó y la puerta se abrió, invitó a la princesa para que pasara dentro al tiempo que le decía:

- Este será tu aposento y nueva casa a partir de ahora. Se te acabó soñar con cabañas de monte, junto al río de las aguas azules en las laderas de Sierra Nevada.

Entró la princesa en la torre de piedra, cerró el soldado la puerta con la gran llave de hierro y luego se retiró en compañía del grupo que había escoltado a la princesa.

 

            En su cama de madera y juncos secos en la casa de piedra junto al río de las aguas azules, el joven se despertó, asustado y tembloroso. Comenzaba a salir el sol por las altas cumbres de Sierra Nevada y por eso el padre dijo al joven:

- Prepárate que vamos a irnos con las ovejas por las laderas de las últimas nieves en esta primavera. Luego al caer la tarde, nos acercaremos a la llanura y seguiremos con la construcción de la cabaña.

Y el joven dijo al padre:

- Yo hoy tengo que hacer otras cosas.

- ¿Qué cosas son esas?

- Tengo que ponerme en camino e ir a la Alhambra. La princesa pequeña está en peligro y creo que me necesita.

Y el padre lo miró durante un buen rato, meditó despacio y luego le dijo:

- Te entiendo, hijo. Yo también cuando fue joven como tú ahora, tuve grandes y bellos sueños y por eso hoy sé que es bueno dejar a las personas que vayan tras sus sueños. También sé ahora que nada es fácil en esta vida pero si no intentamos llevar acabo lo que soñamos, nada, absolutamente nada, tiene sentido. Tú ahora crees como yo que lo que le ocurre a las princesas merece la pena y te dispones a luchar para ayudarles. Puede ser muy duro y creo que casi imposible que consigan lo que quieren y quieres pero solo si se lucha contra lo injusto y por salvar aquello que amamos, es posible personas más nobles y un mundo mejor. Te deseo mucha suerte, hijo mío y vuelve cuando puedas o lo necesites. Tu madre y yo desde ahora ya te estaremos esperando.

 

            Y poco después, cuando el sol brillaba en lo más alto de las cumbres de Sierra Nevada, se le vio salir de la casa de piedra dirección a la Alhambra. Las aguas del río bajaban serenas y teñidas de un azul purísimo. Y sobre la llanura, un poco más arriba del puente de piedra, se veían los troncos y ramas de la cabaña que con tanta fuerza e ilusión habían soñados las princesas.

La muchacha del ramo de flores

 

            Lo primero que hizo fue buscar un buen mapa de Granada. Donde apareciera y se viera con claridad no solo los barrios, calles y plazas de la ciudad sino también los rincones y lugares que nunca muestran los mapas y las guías. Y cuando tuvo en sus manos este mapa, lo segundo que hizo fue estudiarlo despacio. Para conocer a fondo todo el plano e ir, sobre el papel, anotando al tiempo que investigaba. Y cuando hizo esto, lo tercero que llevó acabo fue señalar sobre el mapa los sitios: Arco Elvira, Cuesta Alhacaba, Plaza Larga, Mirador de San Nicolás, Ermita de San Miguel Alto, ladera de las cuevas con su muralla y las puestas de sol al fondo, Cuesta de Chapiz, río Darro y Paseo de los Tristes, Cuesta del Rey Chico, jardines y murallas, puertas, calles y plazas de la Alhambra y el Pilar de Carlos V y Plaza Nueva.

 

            Y cuando ya tuvo todo esto muy bien señalado sobre el mapa, con muchas anotaciones en los márgenes y en un cuaderno a parte, lo cuarto que hizo fue irse por las calles a buscarla. Como si se tratara de salirle al encuentro después de mucho, mucho tiempo esperándola. Y también como si su corazón se lo estuviera pidiendo con urgencia porque la necesitaba tanto o más que el aire que respiraba. Por eso, desde el primer día que tuvo el mapa en sus manos, cada vez que iba o venía por las calles de Granada, por el barrio del Albaicín y por donde la colina de la Alhambra, miraba y soñaba. Y miraba con gran interés a todas las muchachas que con él se cruzaba y en su corazón se decía: “Ésta es hermosa y parece que la bondad le chorrea por la cara pero la que yo sueño, la que estoy esperando para compartir con ella todo lo que deseo y siento, seguro que es mucho más bella”. Y miraba y miraba y soñaba mientras tomaba fotos, recorría las calles y escribía más y más nombres y cosas sobre el mapa y en su cuaderno.

 

            Y así fue como una clara tarde de primavera, ya casi al final del mes de mayo, una vez más salió de su casa con el mapa y el cuaderno en sus manos. Como hacia su encuentro aunque todavía no tenía claro ni su nombre ni dónde o cómo encontrarla. Pero salió de su casa también con la cámara de fotos preparada y bajó lentamente por la calle. Rozó los jardines del Hospital Real y se acercaba a Plaza Elvira, cuando la vio. Subía en dirección contraria, sola, con una pequeña mochila colgada de su hombro y, en su mano, un ramo también pequeño de flores recién cortadas. La miró despacio y miró el ramo de flores y al cruzarse con ella, quiso pararse para preguntarle y hablarle del sueño que en corazón llevaba pero no lo hizo. Dejó que se cruzara mientras la miraba fijamente y observaba el ramo de flores. Y descubrió que era hermosa, tal como muchas veces la había soñado y también se dio cuenta de que su pequeño ramo de flores era muy especial.

 

            Lo llevaba muy bien sujeto en su mano y en él se entrelazaban margaritas blancas y amarillas, campanillas también silvestres, rosas y moradas, un par de amapolas, otras flores también amarillas y algunos tallos de hierba fina para decorar y embellecer a su ramo de flores. Y mientras la observaba y miraba su original ramo, se dio cuenta que ella lo portaba no solo con elegancia y mimo sino también con ternura y suavidad. Por eso se dijo: “Parece como si en este momento no hubiera en el universo nada más importante que ella y este pequeño ramo de flores. ¿Dónde lo habrá cogido y por qué lo mima tanto y a dónde lo llevará?” Y mientras esto se preguntaba y la miraba, veía que seguía subiendo por la calle, alejándose de él sin ni siquiera una mirada. Pero él sí la grabó en su corazón y la transformó en su alma. Por eso, mientras seguía bajando con ella en su mente, de vez en cuando, se volvía para atrás y miraba para verla alejarse. Y cada vez que esto hizo para sí exclamaba: “¡Dios mío, qué hermosa y cuanta eternidad lleva en sus manos!”

 

            Torció por la calle Cuesta Alhacaba, subió despacio parándose de vez en cuando para mirar para atrás y observar la tarde al tiempo que la recordaba y, al poco, llegó a Plaza Larga. La imaginó por el lugar con su ramo de flores y su mochila y se imaginó a sí mismo a su lado, con el mapa extendido y explicándole la historia, los lugares y la originalidad del rincón. Luego la siguió imaginando caminando a su lado por el Arco de las Pesas y torciendo por la calle de la izquierda, rumbo al Mirador de San Nicolás. Al típico y tópico lugar del barrio del Albaicín y donde, como todos los días del año, las personas se amontonaban. Vendiendo cosas, algunos, cantando y tocando la guitarra, otros y muchos, haciéndole fotos a la Alhambra, con el fondo de Sierra Nevada.

 

            Pero como la tarde era muy clara y el sol lucía con una luz especial, para él el rincón también se convertía en un cuadro muy bello. Se acercó, sacó su cámara, hizo algunas fotos, miró despacio a un lado y otro y la buscó entre las personas. Sabía que la había visto minutos antes subiendo por la calle con su ramo de flores y la mochila pero ahora soñaba encontrarla entre la muchedumbre concentrada en el mirador. Porque su corazón de este modo se lo decía. Y por eso miró y miró y aquí y allá le parecía verla en ésta y aquella joven que hacía fotos a la Alhambra o simplemente miraba charlando con sus amigas. Y se marchaba, después de un buen rato mirando y esperando, cuando la vio. Pegada a la pared de la iglesia de San Nicolás, acostada a todo lo largo y sobre el fino empedrado granadino y con un libro en la mano. Su cabeza descansaba sobre la mochila y por el suelo se derramaba la hermosa mata de pelo negro. Y junto a su cabeza y pegada a la pequeña botella de agua, se veía el ramo de flores. Fresco y brillante como el que momentos antes le había visto en la mano mientras subía por la calle. Pero ahora, tanto el ramo de flores como su pelo y su cuerpo, parecían mucho más hermosos. Como si de todo su cuerpo manara una luz especial, misteriosa y al mismo tiempo, irreal. Y es que el sol de la tarde se derramaba directamente sobre su rostro y bañaba todo su cuerpo y el ramo de flores junto a la botella de agua.

 

            A cierta distancia, para no distraerla o molestarla, se quedó parado mirándola y pensando. Quiso sacar su cámara de fotos y fotografiarla para llevársela de recuerdo pero no lo hizo. También quiso acercarse y saludarla y preguntarle pero tampoco lo hizo por temor a importunarla. Quiso ponerse a sus espaldas y, a contraluz, situarse cerca de ella observarla desde menos distancia pero tampoco lo hizo por temor a manchar la belleza de su cara y sueño. Por eso, durante un buen rato, estuvo observándola desde la distancia y comprobando como inmóvil, tumbada sobre el empedrado, bañada de sol y con su ramo de flores y libro en la mano, disfrutaba de la tarde y del rincón. También del vientecillo y el azul del cielo y del murmullo que a su alrededor se generaba. Para sí, otra vez se dijo: “Es la que desde hace tanto, estoy soñando porque mis ojos la ven envuelta en la misma belleza que en mi alma la tengo dibujada. Y Dios mío, cuanta belleza y misterio refleja”. Abrió su mapa, lo miró despacio, miró los apuntes que en el margen tenía escritos y deseó compartir con ella tanto el rincón como la Alhambra, las blancas nieves que lo lejos reflejaba Sierra Nevada y la tarde y el sol. Lo deseó con todas sus fuerzas porque era la que desde hacía muchos, muchos años, estaba esperando.

 

            Pero dobló el mapa, guardó su cámara de fotos, caminó despacio hacia la plaza por donde el aljibe, tomó por la estrecha callejuela que discurre pegado y por entre los restos de la vieja muralla Zirí y bajó las escaleras hacia el corazón del barrio. Sin dejar de pensar en ella y sin dejar de mirar a todas las que, en dirección contraria, se cruzaban. Miraba como buscando lo que tanto y tanto, a lo largo de su vida ha necesitado. La misteriosa y a la vez hermosísima hada de sus sueños y que, en muchas ocasión, le había parecido ver por las calles de Granada. Y esto, no solo esta tarde sino la anterior y la de dos meses más atrás y la de un año y otro año.

 

            Recorrió las tortuosas y estrechas callejuelas por detrás de la iglesia del Salvador, la principal iglesia del barrio del Albaicín y se encajó en la Plaza Aliatar. La que, hasta con los ojos cerrados conocía de tantas y tantas veces como por aquí había pasado. Por eso no se paró mucho. Siguió caminando, cruzó por delante de la iglesia del Salvador y poco a poco, fue tomando la calle que lleva a la Cuesta de Capiz. Por aquí continuó bajando, con la cámara en la mano, mirando a todos los que se le cruzaba y observando la vista de la Alhambra sobre su colina, al fondo. Varias veces se paró para mirar más despacio tanto los rincones de las calles como los balcones llenos de macetas con flores y también el aljibe de la derecha, el camino del Sacromonte y el Carmen de la Victoria. Y cada vez que se iba encontrando con estos sitios o se paraba para observar, se decía: “¡Que dicha no sería para mí ir por aquí con ella explicándole todo esto! En el mapa que llevo conmigo lo tengo todo anotado y en mi corazón, en forma de sueño, lo tengo todo repleto de emoción”.

 

            Al final de la Cuesta de Chapiz, dejó a su izquierda el bello palacio de los Cordova y al poco, se dispuso para cruzar el puente del Aljibillo. El último puente que el río Darro tiene por aquí, al lado de arriba del Paseo de los Tristes y que da paso al camino que lleva a la Fuente del Avellano y a la famosa Cuesta del Rey Chico. Por eso, mientras se iba aproximando al puente para cruzarlo con la intención de continuar por la Cuesta del Rey Chico, a su mente y en forma de vivencias, acudieron las mil veces y tardes que a lo largo de los meses y años, había pasado por aquí. Siempre buscándola, siempre con la ilusión soñándola, haciendo algunas fotos de ves en cuando con la ilusión de compartirlas con ella algún día y en algún momento pero comprobando una y otra vez, que ni se presentaba ni llegaba en momento. Por eso, al terminar de cruzar el pequeño pasillo empedrado del puente, como distraído, miró para su derecha. Por el lado en que las claras aguas del río Darro se alejaban hacia el centro del Granada y también hacia los últimos rayos del sol de la tarde. Al fondo descubrió el amplio espacio del Paseo de los Tristes, la figura de la iglesia de San Pedro y, más al fondo y en lo alto, la robusta figura de la Alhambra. Y al descubrir la imagen, una vez más sintió dolor, algo de nostalgia y cierta desazón. A su mente acudieron todas las tardes y mañanas que por este rincón había vivido y los recuerdos que en todos esos momentos por aquí había ido dejando. Por eso, aunque una vez más se le presentaba hermosa y robusta la figura de la Alhambra, ni le parecía hermosa ni interesante ni misteriosa aunque lo fuera. Se dijo: “Es el tópico y típico de todos los que observamos la Alhambra desde este rincón. Pero yo la tengo ya tan manida, fotografiada y observada que más que sentir placer me entrega amargor”. Terminó de cruzar el puente y, tal como iba mirando para el lado en que se alejaban las aguas del río, de pronto se quedó quieto y fijo en un punto. Sobre la pared de este lado del río y explanada del Rey Chico, la vio sentada. Con su mata de pelo negro tapándole parte de la cara y cayéndole sobre los hombros y espaldas. Con un libro abierto en sus manos y, a la vez que leía en este libro, miraba para el comienzo de la Cuesta del Rey Chico. Sobre el muro mismo, a su derecha, se veía su mochila y a su lado, el pequeño ramo de flores silvestres. Las sombras de los árboles que crecen ahí mismo, la arropaban y el vientecillo que subía desde el río y de lado de la Plaza del Paseo de los Tristes, lo acariciaba. Y frente a ella, en la pequeña explanada que sirve de pórtico al edificio del Rey Chico, dos o tres niños jugando.

 

            Desde el mismo puente y parado frente a ella, aunque a cierta distancia, la observó despacio. Intentando comprender por qué de nuevo se la encontraba en este sitio y con su mismo ramo de flores. Pero enseguida se ocupó en lo que representaba su bella imagen allí sentada, leyendo un libro, sola, como de espaldas al mundo, a la sombra del verde árbol, no lejos de la Alhambra y como en su regazo. La imagen era muy hermosa y estaba llena de misterio y justo en el momento en que su corazón más lo necesitaba. Una vez más pensó hacerle una foto, quiso acercarse, saludarla y preguntarle. Para, de alguna manera, sentir la dicha de tenerla cerca y compartir con ella algo de su mundo interno. ¡Tanto y tanto tiempo buscándola cada tarde y día por las calles de Granada! ¡Tanta soledad y melancolía inundando siempre su interior!

 

            Pero no. Agachó su cabeza, continuó caminando, comenzó a subir por la Cuesta del Rey Chico intentando llevársela solo en la mente. Se dijo: “Como si hubiera sido un sueño. Toda hermosa, llena de luz y belleza, repleta de gozo espiritual y casi perfecta. Tan perfecta que solo existe en la dimensión de lo intangible. Pero aun así, Dios mío qué bello”. En la sombra de los álamos que hay al comienzo de la Cuesta del Rey Chico, comenzó a cantar un mirlo. Por el vientecillo de la empedrada calle en este primer tramo de la cuesta, se percibían aromas de celindas y rosas mientras las sombras de los árboles se derramaban sobre el empedrado de este primer trozo de calle. Miró despacio a un lado y otro de la cuesta, siguió subiendo y al poco se encajó en la primera curva del camino. Durante unos minutos aquí estuvo parado, observando la imagen de la Alhambra que, sobre la colina, al frente y por el lado de la tarde, se alzaba. Siguió luego y poco a poco fue contando cada paso en las escaleras empedradas de la empinada cuesta. Por la derecha le iba escoltando la recia muralla que en estos tiempos todavía protege a las tierras del bosque de la Alhambra en la umbría norte. Pensó en ella varias veces y cuando por fin terminó de remontar el último tramo de la cuesta, se encontró en el pequeño rellano de los olivos. Justo por donde corre el agua de la Acequia Real, al lado mismo del camino y por el exterior de la muralla de la Alhambra. Le saludó la primera torre de este rellano, conocido precisamente con el nombre de El Paseo de las Torres. Y la primera de todas estas torres, subiendo por la Cuesta del Rey Chico, es la Torre de los Picos. Donde justo se abre una puerta conocida como La Puerta del Arrabal y que en otros tiempos comunicaba los recintos de la Alhambra con los del Generalife.

 

            Saludó con entusiasmo este bonito recorrido de los olivos y siguió subiendo. Dejó atrás la segunda torre conocida con el nombre de Torre de Cadí y al aproximarse a la tercera torre, la conocida como Torre de las Cautivas, de nuevo la vio. Sentada en el suelo, con sus espaldas apoyadas en uno de los grandes bloques de piedra que por aquí sirven de bancos y con sus pies extendidos hacia las aguas del riachuelo. Tenía su mochila puesta sobre la gruesa piedra y en ella descansaba su cabeza. Por eso su negro pelo queda esturreado parte sobre toda la mochila y parte sobre la piedra, colgando algunos mechones por los lados. En sus manos sujetaba un libro y, mientras recibía de lleno el sol de la clara tarde, leía. Por eso la imagen, frente a las recias murallas de la Alhambra, junto a las aguas del riachuelo, entre las torres más emblemáticas y bajo las ramas de los olivos, era bella. Romántica, muy poética y misteriosa. Desprendía mucha paz e invitaba al corazón a soñarla única.

 

            No detuvo sus pasos pero sí, en cuanto la vio, el espíritu se le llenó de gozo y algo de tristeza y otra vez quiso sacar la cámara y hacerle una foto. Pero de nuevo tuvo miedo. Sin embargo, para sí se dijo: “¿Cómo es posible que me la encuentre en tantos lugares, siempre leyendo, solitaria, en silencio y con su ramo de flores?” Quería encontrar una respuesta a la pregunta mientras pasaba justo por detrás de ella sin molestarla. Y fue en este momento cuando descubrió el pequeño ramo de flores silvestres. Lo había soltado en el suelo, muy cerca de ella, a su derecha y junto a su botella de agua. La corriente del arroyuelo salpicaba en pequeñas gotitas y por eso las flores se veían muy frescas. Pasó de largo, miro un momento las ramas y sombras de los árboles, olivos, almeces, avellanos… y al poco cruzó por debajo de la Acequia Real. Rozó la Torre del Agua, bajó por la acera que, desde la parada del autobús lleva a la Torre de las Cabezas y desde aquí a la Alhambra y siguió bajando. Al poco rozó el Pilar de Carlos V, lavó sus manos en las aguas, hizo algunas fotos y comenzó a bajar por la calle Cuesta Empedrada. La cuesta que desciende desde el Pilar Carlos V hasta la Puerta de las Granadas, entrada principal a los bosques de la Alhambra.

 

            Y bajaba metido en sí, distraído en las sombras y luces de la tarde por este bellísimo rincón, cuando al llegar a la estatua de Washington Irving, la vio de nuevo. Ahora acostada a todo lo largo del banco que hay al lado de arriba de la estatua. Por eso casi se confundía con la forma del banco aunque alzaba sus manos sosteniendo un libro y sobre el pecho, descansaba el pequeño ramo de flores. Y en esta ocasión la miró como de reojo pensando que no lo vería y cuando ya estuvo unos metros por debajo del banco y de la estatua, sí le hizo una foto. Desde bastante lejos y por eso ni se veía su cara ni la mochila ni el ramo de flores. Pero se sintió satisfecho y continuó bajando. Solo unos metros más adelante, cruzó el arco de la Puerta de las Granadas y cinco minutos después se encajaba en el rellano de Plaza Nueva. Torció para la izquierda, tomó el comienzo de la Carrera del Darro y caminó hacia el Paseo de los Tristes. Cabizbajo y sin dejar de mirar a todas las muchachas que con él se cruzaban. Con el deseo de encontrarla de frente y cerca para colmar la necesidad de su corazón.

 

            Y caía el sol porque la tarde estaba llegando a su final, cuando llegó a la altura de los restos arqueológicos conocidos con el nombre del Puente de los Tableros y aquí se paró. Se acercó al muro que, por la derecha, encaja al río y miró a la corriente. Sin otra intención que llenar el tiempo en observar las aguas y las plantas. Y miraba, como abstraído por completo de todo lo que le rodeaba, cuando se dio cuenta que la luz de sol llenaba de un color muy especial toda la gran ladera y bosque que desde el río sube hacia la Alhambra. Y la volvió a ver. Pero ahora no sentada ni acostada leyendo y disfrutando de los rayos del sol sino como alejándose desde el río, bosque arriba, en forma de luz doraba y verde y agua clara. Restregó sus ojos y quiso llamarla pero no lo hizo. Tampoco sacó la cámara. Simplemente se quedó tal como estaba, observando la tarde irse e intentando comprender lo que antes sus ojos tenía. Se sintió solo, quiso llamarla, quiso irse con la luz de la tarde y abrazarla para siempre allá donde su corazón la soñaba. Pero lo único que hizo fue escribir, en una de las hojas de su cuadernos, estos versos:

 

Cuando los días se lleven

las tardes cálidas,

las horas de melancolía,

y las blancas

mañanas de primavera

de mi alma,

cuando los horas arruguen

la belleza de tu cara

y el tiempo te oculte en silencio

allá en el alba,

cuando la noche te borre

entre las sábanas

de los recuerdos sin nombre

y en las playas

del infinito apagado,

 

aun quedará en el aire,

en la sombra de las plazas

y por las calles

de esta ciudad encantada,

tu aroma en forma de sueño

y flores blancas.

    

Porque fuiste aquella tarde

la fantasía soñada

de un corazón enamorado

que buscaba

tu presencia por los rincones

de Granada.

 

Un hombre bueno

 

            Tenía su casa frente a la Alhambra, justo en la ladera sur del barrio del Albaicín y por eso, cada día, desde la primera hora de la salida de sol, gozaba del resplandor de las nieves en Sierra Nevada y de la luz y colores de los palacios Nazaríes. Su casa era hermosa, casi un palacio, con jardines, estanques llenos de agua, tierras muy buenas, vistas al río Darro y a la ancha Vega de Granada. Y dentro de su casa brillaban los azulejos, hermosas telas de seda, columnas de mármol de colores, lámparas de cristal y jarrones bellísimos, siempre llenos de flores frescas. Porque el hombre era tan rico que incluso hasta los reyes de la Alhambra lo admiraban. Tenía grandes extensiones de tierras llenas de todas clases de árboles frutales y muchas hortalizas y riachuelos de aguas muy abundantes y claras. Y también era dueño de muchas manadas de animales: vacas, cabras, ovejas, caballos… Por eso en las mesas de su lujoso palacio nunca faltaba de nada.

 

            Sin embargo, a pesar de la abundante riqueza, el hombre tenía un buen corazón. No estaba casado y por eso no tenía hijos pero sí, en muchos momentos de su vida, había estado enamorado. No de una sino de varias mujeres muy hermosas que siempre lo iban dejando. Cuando sus amigos le preguntaban:

- ¿Pero qué te pasa a ti que, aunque se te ve con mucha frecuencia rodeado de mujeres jóvenes y bellas, nunca eres gran amigo de ellas?

- Lo que me pasa es que siempre compruebo que ninguna me quiere por lo que soy sino por el dinero que tengo. Todas las mujeres que hasta hoy he conocido, buscan mis riquezas, el lujo y los salones de mi palacio.

- Si eso es cierto ¿qué piensas hacer?

- Seguiré buscando porque en el fondo de mi corazón, no dejo de soñar encontrar algún día la mujer perfecta que deseo.

- ¿Y cómo es para ti esa mujer perfecta?

- Me la imagino inteligente, que me valore por lo que soy y no por lo que tengo, buena con los pobres y que sepa ver en las personas su mundo interno.

Y los amigos le decían:

- Pues que tengas suerte. Pero con la gran fortuna que tienes, será difícil que un día encuentres la mujer que sueñas.

 

            Cerca de la casa de este hombre rico había una humilde vivienda ocupada por un hombre pobre. También sin familia y por eso vivía solo. Y sus pertenencias eran tan escasas que solamente tenía la sencilla casa donde vivía y un trocito de tierra por el lado de abajo. También frente a la Alhambra y no muy lejos de las aguas del río Darro. En su casa por dentro no había más estancias que una muy pequeña sala y una habitación a la derecha. En la sala tenía una mesa, una silla de mimbre, algunos libros viejos, hojas de papel en blanco donde escribía cosas y algunas cestas de mimbre y esparto donde guardaba cosas. Principalmente en estas cestas guardaba almendras que le regalaban los amigos, nueces, higos secos y algunos tomates frescos o secos, según la época del año. Y también frutas como granadas, melocotones, moras silvestres de las zarzas del río Darro y moras del árbol que tenía sembrado en su trozo de tierra.

 

            También él, en este pequeño trozo de tierra, sembraba algunas matas de tomates, alcachofas, espinacas y girasoles. Al lado de arriba tenía un granado, un naranjo, un azofaifo y un acerolo. Por eso el hombre se la ingeniaba para que, con la cosecha que les daban sus cuatro árboles y las hortalizas de la tierrecilla, no le faltara alimento a lo largo del año. Y por eso él tenía todo muy bien organizado. En la época en que su naranjo ofrecía frutas maduras, solo cogía dos o tres cada día y siempre a primera hora de la mañana. Para desayunar y luego para la cena, lo mismo hacía con sus melocotones y con las granadas que le daba el granado. Y cuando las granadas, los higos y los melocotones maduraban en cantidad, los secaba. Sobre juncos los ponía al sol, los convertía en frutos secos que luego guardaba en sus cestas de esparto para irlos consumiendo a lo largo de todo el año. Las granadas las colgaba con una cuerda de esparto en la habitación de su cama y así las conservaba casi de un año para otro. Los amigos le decían:

- Con lo poco que tienes no sé cómo te las ingenias para que nunca te falten alimentos.

- Es cuestión de inteligencia y de no pedirle a la vida más de lo que hace falta. Y pocas son las cosas realmente necesarias.

- Pero es que a ti parece que nunca te faltara de nada. Y hasta muchas veces parece que te sobra.

Esto se lo decían porque este hombre pobre tenía una costumbre que a todos admiraba mucho. Bueno, no era una sola cosa sino dos, que él valoraba por encima de todas las demás cosas de su vida.

           

            Junto al acerolo que tenía en su pequeño trozo de tierra, crecía una mata de lavanda. Grande y muy frondosa que todos los años, al llegar la primavera, echaba tallos nuevos. Y en los primeros días del verano, cuando el calor comenzaba a sentirse, su fantástica mata de lavanda se llenaba de flores. Muchas ramitas delgadas donde las florecillas se trababan y por eso, cuando todas estas mil florecillas se abrían, su mata de espliego se convertía en un auténtico jardín. Y por las noches, por las mañanas y al caer las tardes, las mil florecillas de lavanda llenaban de perfume no solo su casa y el trocico de tierra sino parte de la calle y del barrio del Albaicín. De aquí que los vecinos y los que le conocían, de vez en cuando también le decían:

- A ver cuando nos regalas un manojito de florecillas te tu manta de lavanda para que nos dé suerte en la vida.

Y él siempre les contestaba:

- Eso está hecho. Ven a mi casa cuando quieras o tengas tiempo y te llevas un ramito de estas flores tan perfumadas.

Y los vecinos y conocidos sí que algunas veces iban a su casa a por ramitos de flores de lavanda pero otras veces, no. Porque no tenían tiempo o porque pensaban que molestaban. El hombre pobre se fue dando cuanta de esto y se le ocurrió algo muy curioso.

 

            En sus ratos libres, sentado en su casa, a la sombra del naranjo y siempre frente a la Alhambra, se ponía a construir pequeñas cajitas. De madera algunas y de juncos o de mimbre, otras. También de esparto y hasta de trocitos de cuero que un amigo suyo talabartero, le regalaba. Cada día hacía cuatro o cinco cajitas, en diferentes modelos y tamaños y luego por las noches, las llenaba de pequeños tallos de flores de lavanda. Y al día siguiente, a primera hora, se ponía en la puerta de su casa y cuando pasaban los vecinos y conocidos y le decían:

- ¡Qué bien huele tu manta de lavanda! A ver cuando nos regala un puñado de esta florecillas tan perfumadas.

Él cogía una de las cajitas llenas de ramos de flores y se la regalaba diciendo:

- Para que disfrutéis de este perfume tan delicioso y para que tengáis un recuerdo mío y la vida os llene de cosas bellas.

Los vecinos y amigos se lo agradecían y algunos, los que tenían huertos por las orillas del río Darro, le decían al hombre pobre:

- Cuando tú quieras o tengas tiempo, te pasas por mi huerto y coges de allí la fruta y hortaliza que necesites o quieras.

Y él también, en forma de agradecimiento, les correspondía diciendo:

- Pues de mi morera, ahora todos los días, cojo un montón de moras muy buenas. También cuando tú quieras y tengas tiempo, te pasa por mi casa y te llevas todas las que apetezcas.

 

            Y los vecinos y amigos, no pero los niños hijos de estos, sí iban a su casa a por moras. Él mismo les ayudaba a cogerlas y luego se las lavaba en el agua de su fuentecilla. Y los niños, al comérselas, siempre decían:

- Las moras de tu morera saben a gloria.

Y luego lo miraban y le preguntaban:

- ¿Por qué tú regalas siempre todo lo que tienes y nunca quieres nada a cambio?

Y él les aclaraba:

- Cuando yo era pequeña mis padres siempre me decían que hay más gozo en dar que en recibir. Entonces no entendía el significado de sus palabras pero ahora, sí. Cuando seáis mayores haced vosotros lo mismo y veréis como lo que ahora os digo, es cierto.

- Y tus moras ¿también dan la salud y suerte en la vida?

- La salud y la suerte en la vida, casi siempre la llevamos dentro y hay que saber cultivarla para que den sus frutos como hago yo con mi naranjo.

Y los niños llevaban a sus casas, para compartir con sus padres, muy buenos puñados de estas bayas. Y los padres, doblemente agradecidos, en cuanto se encontraban con él, otra vez le repetían:

- No olvides que te puedes pasar por las tierras de nuestros huertos para coger de allí todo lo que quieras y necesites para la vida.

 

            Y él, según iba avanzando la primavera y en los huertos del río Darro, las personas empezaban a sembrar las cosechas del verano, sí que iba a visitarlos. No para que le dieran frutos o verduras si no para ayudarles a labrar la tierra y para aconsejarles. Por eso, algunos le preguntaban:

- ¿A qué distancias es mejor plantar cada mata de tomate?

Él siempre le respondía:

- Como a medio metro una de otra. Así, cuando hayan crecido y se hagan grandes, tendrán espacio suficiente y darán buenos tomates.

Y los amigos a veces le preguntaban:

- Y los melones y sandías ¿Cuántas veces a la semana tenemos que regarlos?

- Solo un riego profundo por semana y procurar que el sol les de mucho. A estos frutos lo que mejor le siente es el sol y calor del verano.

 

            Otros le preguntaban por el mejor método para podar sus parras o en qué momento era el apropiado para sembrar la hierba buena y el perejil. A todos, con cariño y respeto, ayudaba y aconsejaba y todos se lo agradecían repitiéndole:

- Llévate una pocas brevas de esta higuera mía verás qué buenas por las mañanas, fresquitas.

- También yo en mi huerto ya tengo algunos calabacines y pimientos. ¿Te corto unos kilos y te los llevas?

Y él otra vez les respondía:

- Es que con las moras de mi morera y los nísperos de mi árbol, casi tengo de sobra. No me da tiempo a comerme tantas cosas. Pero de todos modos, muchas gracias y estad tranquilos que en cuanto necesite de vuestros productos y de vuestros huertos, ya os lo pediré yo.

Pero era el caso que él nunca les pedía nada a cambio y sí cada día les seguía ayudando en todo lo que podía.

 

            Por eso al hombre pobre, todos lo querían sinceramente. No por las riquezas que tuviera ni por las florecillas de lavanda que regalaba sino por su buen corazón y noble disposición para con todos los que conocía. Y de esto, el hombre rico y vecino del hombre pobre, se daba cuenta. Y no solo se daba cuenta sino que cada día analizaba más y más la forma de comportarse las personas con el hombre pobre y con él. Los que les rodeaban, conocía o tenía a su servicio, cada vez más le adulaban no por lo que era como persona sino por las riquezas que poseía. Por eso, en más de una ocasión, para sí se decía: “Todos, sin excepción ninguna, me buscan y alaban por mi dinero y esto, cada vez me agrada menos. Me gustaría que las personas se comportaran conmigo como veo que lo hacen con mi vecino pobre. Se nota a la legua que lo quieren y tratan con dignidad y amor. A mí me gustaría que también las personas me trataran así”.

 

            Y un día, preguntó a uno de los vecinos:

- ¿Cuál es la razón por los que todos quieren tanto a mi vecino pobre?

Y le dijeron.

- Porque es sinceramente generoso. Lo poco que tiene siempre lo reparte con nosotros y hasta su tiempo y sus fuerzas y, de vez en cuando, nos da buenos consejos que practica y vive cada día.

- Sí que es bonito eso pero lo que más me admira es lo mucho que todos lo queréis. Creo yo que no hay tesoro en el mundo más valioso que esto.

- Desde luego que no. Estar rodeado de amigos es muy valioso pero aun es más valioso saber que la amistad de estos amigos es sincera. Nada hay más grande y bello es este mundo.

- ¿Y qué podría hacer yo para que las personas me quisieran por lo que soy y no por lo que tengo?

- La respuesta la tiene usted en este hombre pobre.

 

            Y a partir de este momento, cada noche, mañana y durante el día, meditó y meditó en el comportamiento de su vecino pobre. Buscando la manera de poner en práctica en su vida lo que veía en él. Y a veces, encontraba una respuesta clara y otras veces, no. Fue corriendo el tiempo y los días de primavera llegaban a su final. Por eso, en los huertos de los amigos del hombre pobre y junto a la orilla del río Darro, las plantas crecían, se llenaban de flores y empezaban a dar sus frutos. Las matas de pimientos, las tomateras y los calabacines y esto animaba mucho al hombre pobre. Todas las mañanas y por las tardes, se acercaba a los huertos de sus amigos y además de seguir ayudándoles a regar y cavar la tierra, miraba cada mata de tomates para contar su flores, sujetándola con palos o cañas para que se mantuvieran firmes y colocando bien cada rama o tallo. Les decía a los amigos:

- Ocupar el tiempo en mimar cada una de estas plantas, es más gozoso que recoger y comerse sus frutos.

Y los amigos le respondían:

- Sí que es cierto lo que dices y haces. Y nosotros, también creemos que las plantas hasta necesitan del cariño y mimo que con ellas compartimos.

- Y os lo aseguro: cuando luego un día de estos maduren los tomates de estas plantas vuestras, ya veréis qué hermosos y el sabor tan rico que tienen cuando os los comáis.

- Nos los comeremos, porque tú eres tan dueño de todos estos frutos como nosotros. Cada día que les regalas, más todo por aquí moralmente te pertenece.

- Pero tened en cuenta que yo también especialmente me lleno y crezco. El amor a la naturaleza y a las plantas, siempre ennoblece y llena de sabiduría.

 

            Y así fue como uno de aquellos días, justo el último de la primavera y a tan solo unas horas de la entrada del verano, el hombre pobre estaba sentado junto a las aguas del río Darro. No lejos de los huertos de sus amigos y frente a las casas del barrio del Albaicín y a los palacios de la Alhambra. Caía la tarde y en las partes altas del río, por donde las montañas antes de Sierra Nevada, se formó una gran tormenta. Al principio se vieron solo algunas nubes muy negras y poco después todo el cielo se cubrió. Y media hora más tarde las nubes aun se oscurecieron más y se vieron los destellos de los relámpagos. Crujieron los truenos y se levantó un fuerte viento. Siguió el hombre sentado carca de las aguas del río y para sí se dijo: “Que no venga por aquí esta tormenta porque, si trae granizos y descarga, romperá todas las cosechas que mis amigos tienen en sus huertos”.

 

            Y estando pensando esto vio a su vecino, el hombre rico que, montado en un precioso caballo blanco, bajaba desde el Albaicín hacia el río Darro. “¿A dónde irá?” Se preguntó y siguió observándolo muy interesado. No tardó en descubrir como, muy lentamente recorría el caminillo, llegó a la orilla del río, por la derecha siguió subiendo sin detenerse en ningún momento. Parecía ir como al encuentro de la tormenta que, donde los montes se extendían y eran altos, seguía descargando. Y según se alejaba río arriba poco a poco la figura de su caballo con él en lo alto, se perdía y fundía por entre las nubes y blanquecinas cortinas de lluvia. Los relámpagos seguían brillando y los truenos no paraban de estallar. Hasta que, justo donde la tormenta parecía concentrarse, la figura del caballo blanco quedó difuminada. Como fundida con la lluvia, la oscuridad de las nubes y los destellos de los relámpagos.

 

            El hombre pobre, sentado junto a las aguas del río Darro, restregó sus ojos, se levantó de donde estaba sentado, caminó hasta los huertos de los amigos y al encontrarse con ellos les preguntó:

- ¿Habéis visto lo que yo?

- Lo hemos visto claramente.

- ¿A dónde habrá ido y para qué, en este momento?

- Cuando luego regreses a tu casa, pregúntale a los que en su palacio, con él trabajan.

 

            Y cuando unas horas más tarde, el hombre pobre regresó a su casa, esto fue lo primero que hizo. Se acercó al palacio del hombre rico y a los primeros que vio les preguntó:

- ¿A dónde ha ido vuestro dueño?

- Lo sabemos pero no podemos decírtelo. Es un secreto.

- ¿Y tampoco podéis decirme de qué secreto se trata?

- Estate atento y mañana por la mañana podrás descubrirlo por ti mismo.

Y el hombre pobre regresó a su casa, elucubrando sobre lo que los vecinos le habían dicho. Comentó lo ocurrido con los que poco después fue viendo y unos y otros, intrigados, se preguntaban:

- ¿Qué será lo que ocurrirá mañana por la mañana?

- Quizá alguien de la casa del hombre rico, salga por las calles de este barrio anunciando lo que esta tarde hemos visto, allá por donde la tormenta.

- Y Puede que nos digan que el hombre rico se ha marchado.

- ¿Pero a dónde puede haberse ido?

- Él no era feliz ni tenía buenos amigos. Quizá se haya marchado en busca de un mundo nuevo.

- Sí, en busca de su identidad y al encuentro de alguna mujer que lo quiera por lo que es y no por lo que tiene.

- Pero todo esto ¿por qué y de esta manera?

- Él no era feliz ni tampoco estaba contento con la suerte de su vida.

- Vamos a estar atentos a ver qué sucede mañana por la mañana.

 

            Y tan atento estaba el hombre pobre que, en cuanto amaneció, se levantó. Y lo primero que hizo fue ir a su morera, cogió un buen puñado de moras, se acercó al chorrillo de agua de su fuentecilla, las lavó y se las comió. Como hacía cada día para desayunar. Y aquí mismo, junto al chorrillo de su fuente, se quedó sentado mirando para la Alhambra para gozarla según del día iba llegando y mirando para la casa de su vecino, el hombre rico. Saboreando las moras mientras también recordaba la figura del caballo blanco y el hombre rico montado encima, perdiéndose hacia el corazón de la tormenta.

 

            Y de pronto, cuando empezaba a salir el sol, oyó mucha algarabía de personas. Todo el ruido venía de la casa del hombre rico y, al mirar, descubrió el espectáculo. En la misma puerta del palacio de su vecino, comprobó que se concentraba un grupo de hombres y muchas bestias: burros, mulos, caballos… Los hombres entraban y salían de la casa portando grandes bultos y cajas de madera y cargaban estos objetos en el lomo de las bestias que se encontraban en la puerta. Intrigado, el hombre pobre, se preguntó a sí mismo: “¿Quiénes serán y qué estarán haciendo?” Y quiso acercarse para preguntarles pero desistió. A su memoria acudió la figura del hombre rico y cayó en la cuenta que, aunque en el fondo era bueno, también tenía cierta dosis de huraño. No le gustaba mucho que las demás personas se entrometieran en sus asuntos a no ser que él mismo tuviera interés en algo.

 

Así que el hombre pobre, se quedó sentado bajo su morera, esperando que el sol saliera del todo y recreándose en la figura de la Alhambra y observando el tumulto de personas en la puerta de la casa del hombre rico. Y poco a poco fue comprobando cómo cargaban más y más cosas en las bestias. Hasta que, como media hora después de la salida del sol, vio como el gran grupo de hombres, daban por concluido la carga en los mulos, burros y caballos y enseguida, el jefe dio órdenes y cada uno se puso al frente de un animal, tomándolos del cabestro y configurando una larga procesión desde las casas del hombre ricos, por las calles hacia el cauce del río Darro. Por aquí bajaron con la gran recua de bestias, cruzaron el río y, como media hora más tarde, se perdieron hacia las profundidades de las montañas. Por donde la tarde anterior se había fraguado la tormenta y se perdió el hombre rico montado en su caballo blanco.

 

Pero antes de que la recua de equinos, se perdieran hacia las montañas, mientras salían del barrio del Albaicín y cuando cruzaba por donde los huertos de los amigos del hombre pobre, los que veían el espectáculo de hombres y animales cargados hasta las orejas, se preguntaba:

- ¿Adónde Irán con tantos animales tan cargados de cosas?

- Nunca hemos visto nada igual en este barrio.

- Algún proyecto extraño tiene entre manos el hombre rico del palacio.

Y el hombre pobre, cuando ya la recua bajaba hacia el río, al último de la comitiva le preguntó:

- ¿Es que estáis y organizando una procesión?

- De procesión nada. Es algo muy serio que va a ocurrir dentro de un rato.

- ¿Y qué es, sí me lo puedes decir?

- Tú, estate atento y que también estén atentos todos los vecinos de este barrio.

- ¿Acaso estáis preparando una guerra para invadir las tierras o las casas de esta ciudad?

- Nada de guerras sino todo lo contrario: algo fabuloso que será bueno para todos los vecinos del Albaicín.

 

Y el hombre pobre siguió observando a la recua de burros, mulos y caballos cargados de cosas. Y se dispuso a permanecer muy atentos para que no se le escapara ningún detalle del acontecimiento que le habían anunciado, cuando vio como, poco a poco, la recua se perdió en las partes altas de río Darro, por donde también se había perdido el caballo blanco del hombre rico. Y por ese punto se quedó observando durante mucho rato. Casi dos horas o algo más y ya, casi al mediodía, descubrió que por el mismo camino, regresaba el grupo de hombres sin mulos ni burros. Bajaron por la orilla del río, rozaron las huertas de los amigos del hombre pobre, subieron las cuestas de la colina del Albaicín y al encontrarse con el hombre pobre le dijeron:

- Ha llegado el momento. Vete por todas las calles del barrio y dile a la gente que todo el que quiera hacerse rico en un abrir y cerrar de ojos, que suba rápido a las llanuras de las montañas del río Darro.

- ¿Y de qué modo vamos a hacernos ricos se subimos a esas llanuras?

- El hombre rico del palacio que conoces, ha dado órdenes para que llevemos toda su fortuna y allí quiere repartirla con todos los vecinos de este barrio. Así que subí rápido si queréis joyas preciosas, telas lujosas, muebles nobles, monedas de oro, ovejas, cabras y vacas. Vete ahora mismo por todas las calles de este barrio y díselo a todos tus amigos y conocidos.

 

Y el hombre pobre, como había visto la enorme recua de bestias cargadas con cientos de cosas, creyó que algo de cierto tenía lo que le estaban diciendo. Dudó un poco pero la curiosidad se lo comía. No se fue por las calles del barrio anunciando lo que le habían dicho pero sí comentó el asunto con sus vecinos más cercanos. Por las calles del barrio y anunciando el acontecimiento sí fueron los del la comitiva y las personas, al enterarse de lo del reparto de la fortuna, decían:

- A lo mejor nos está engañando pero por ir a ese lugar y ver lo que pasa allí, no perdemos nada.

Y media hora después todos los caminos del río Darro se veían repletos de personas que subían a las llanuras de las montañas de la parte alta del río. Y según iban llegando a la llanura, se encontraban con montones de cosas que unos y otros se repartían entre sí. Otro grupo de hombres, los que estaban al servicio del hombre rico, repartían lujosas telas, monedas de oro y joyas preciosas a todo el que llegaba.

 

Se acercó también por allí el hombre pobre, preguntó a uno de los que repartía tan gran fortuna y éste le indicó donde se encontraba el hombre rico. Al lado de arriba de la llanura, en unas cuevas, se había refugiados. Para evitar encontrase con las personas que por el lugar se iban concentrando y para observar desde la distancia, los comportamientos de estas personas. Se acercó a él el hombre pobre y le preguntó:

- ¿Por qué haces esto?

- Quiero comprobar si las personas me quieren por lo que soy o por mi dinero. ¿Cuántos han venido a por los tesoros que estoy repartiendo?

- Muchos.

- ¿Y cuántos preguntan por mí?

- Todos se ocupan en llenarse los bolsillos para llevarse la mayor cantidad posible de cosas pero ninguno pregunta por ti.

- Eso indica que sí les importa y mucho mi fortuna pero no yo.

 

Y el hombre pobre comprendió y también vio claro el por qué el hombre rico había escogido aquel lugar para llevar a cabo lo que con sus ojos estaba viendo.

 

La madre, el soldado y el rey

 

En aquello tiempos, las mujeres tejían ellas mismas muchas de las prendas de lana que usaban en los meses de invierno. La labor nunca faltaba en sus manos cuando disponían de un momento tras cuidar de los hijos, alimentar a los animales domésticos, arreglar la casa, lavar la ropa... Incluso hacían calceta mientras charlaban en la calle en corro con sus vecinas, llevando el ovillo en una pequeña cesta colgada del brazo. Y era habitual que en cada pueblo residiera uno o más sastres que cortaban y cosían las prendas de la indumentaria que lucían tanto hombres como mujeres los días señalados y que con frecuencia pasaban de una generación a otra. 

 

Aquella mañana del mes de junio amaneció con el cielo desvaído. Color azul ceniza y como manchado de polvo y barro. Hacía sólo unos días que había llegado el verano y, aunque aquella mañana llegaba muy fresquita, el calor ya había llegado. Casi a cuarenta grados habían subido las temperaturas el día anterior y, el en nuevo día que se abría, se esperaba que las temperaturas llegarán a otro tanto. Por eso, aunque amanecía muy fresquito y a lo largo de toda la noche, el viento había acariciado, ya desde primera hora parecía anunciarse un día muy caluroso. Como son muchos de los días en Granada, en los soleados meses de verano.

 

Pero aquella mañana, cuando comenzaba salir el sol y el aire aún corría fresco, en los palacios de la Alhambra, el rey llamó a su consejero y le dijo:

- Creo que hoy es el día propicio para ir a hacerle una visita. ¿Es mejor ir ahora por la mañana o esperamos a que la tarde caiga?

- Creo que la mejor hora para ir a visitarla es un poco antes de que el sol se ponga.

- Pues da las órdenes pertinentes y que vayan preparando mi caballo.

- Si me permite majestad, creo que es bueno que usted vaya en su carroza del rey.

- ¿Y porqué crees que es importante que yo vaya en mi carroza y no a caballo?

- Para ella, que su rey vaya a visitarla montada en su carroza, será como un sueño mágico. Seguro que se le llena el corazón de gozo sintiéndose la más afortunada de cuántas mujeres hay ahora mismo en su reino.

- Pues no se hable más y que preparen mi carroza. Da las órdenes pertinentes y que todo, un poco antes de ponerse el sol, esté listo.

 

Y en ese mismo momento, al otro lado del río Darro y en la colina frente al altozano de la Alhambra, ella se acurrucaba en su casa. No en un pequeño palacio, con jardines, fuentes y árboles, sino en una especie de chambado. Por la noche, con el fresquito del aire que subía de la vega y del río, había dormido muy relajada. Por eso, en cuanto amaneció, como el sueño la abandonó, dejó la cama. Salió a la puerta de su casa, se dirigió al chambaillo de tejas de barro y en su rincón de siempre, se puso a tejer una manta. Era un encargo que tenía que entregar unos días más tarde y hacia sólo unas horas que se lo habían dado. Y como el encargo era para una persona importante y rica del barrio, dejó todos los demás trabajos, mantas viejas y ropa pendiente de remendar, para tener pronto el último pedido.

 

En el taburete de madera de álamo y hebras de eneas que el vecino le había hecho, se sentó. Frente al telar de manera y frente a los hilos de la manta que estaba tejiendo. Y según se ponía mano a la obra, a su mente acudía, una vez más, la figura del hijo. El único que a lo largo de su vida había tenido y ahora ausente para siempre. Porque antes de cumplir los dieciocho años los del ejército, se lo llevaron diciendo:

- Lo necesitamos y también a muchos jóvenes como éste, para que defiendan nuestro reino.

Ella protestó preguntando:

- ¿Qué reino es el que tiene que defender?

- Este reino nuestro de Granada y, si llegara el caso, hasta este barrio del Albaicín y los palacios de la Alhambra.

Y ella no hizo más comentarios ni preguntas. Sabía que era inútil y hasta temía que la castigaran por no estar de acuerdo con las cosas del ejército, con algunas cosas de la Alhambra y los reyes que en ella tenían sus aposentos. Por eso, en aquel momento, no dijo nada más. Se guardó para sí su disgusto y, poco después, también se guardó para sí, su dolor.

Y sólo unos meses más tarde de que los del ejército se llevaran a su hijo, recibió una grata noticia.

- Tu hijo ya es militar y lo han trasladado al recinto de la Alhambra para que defienda estos palacios de los ataques de los enemigos.

 

Y al tener noticia de esto, su corazón se llenó de gozo. El mismo día en que el hijo llegaba a los palacios de la Alhambra para vigilarlos juntos con otros soldados, ella fue a este lugar, pidió permiso al rey para que le dejara verlo y tanto el rey como los jefes militares, se lo denegaron diciendo:

- Ningún familiar puede venir a visitar a los soldados que defienden la Alhambra.

Ahogada en su dolor preguntó la madre:

- ¿Y eso por que?

- Porque así está escrito en nuestro reglamento.

Y sintió rabia y deseo de protestar pero también se contuvo. Sabía que tenía la de perder y por eso, con el corazón roto una vez más, desanduvo los caminos y volvió a su ruinosa y pequeña vivienda en el barrio del Albaicín.

 

Desde aquel día, siempre que se asomaba a la ventana de su hogar, siempre que trabajaba remendando ropa o mantas viejas o siempre que se ponía frente al telar de madera, miraba para la Alhambra y se acordaba del hijo. Y de vez en cuando, sin poderlo evitar, se le escapaba un suspiro: “¡Qué lástima de él y qué lástima de mí, tan cerca el uno del otro y ni siquiera nos podemos ver! Los militares, las guerras, los reinos, los palacios y reyes de los reinos… Cuánto dolor para tantas madres aunque sea necesario y se beneficien de ello sólo unos pocos”.

 

Corrió el tiempo y justo al cumplirse un mes de la presencia de su hijo como soldado de la Alhambra, una mañana calurosa de los primeros días de julio, llamaron a la puerta de su casa. Abrió ella rápido y al ver la figura del soldado, enseguida preguntó:

- ¿Me traéis noticias?

- Sí, pero no son buenas.

- ¿Qué ha pasado?

- A tu hijo militar se lo llevan a la guerra.

- ¿A qué guerra y dónde?

- Nadie lo sabemos pero sí nos han dicho que marcha esta tarde mismo, con otros muchos soldados, a los campos donde se libran las batallas.

 

Sin pensarlo ni esperar un momento, la mujer salió de su casa, despidió al militar, bajo rápida por los caminillos y con la misma prisa subió a la colina de la Alhambra. Y sin atender a las indicaciones de los soldados guardianes, se encajó en la misma puerta de los palacios diciendo:

- Quiero hablar con el rey ahora mismo.

Y los guardianes le dijeron:

- Es imposible y si no desistes, te arrestaremos.

- A mi hijo se lo llevan a la guerra y quiero verlo antes de que parta. Necesito hablar con el rey para pedirle indulgencia.

- El rey no recibe a cualquiera ni en cualquier momento.

Y justo cuando el guardia pronunciaba estas palabras la madre vio a su hijo. Un batallón de soldados salía de la parte militar, la alcazaba y, desfilando, se alejaban a toda prisa hacia las puertas de la muralla. Y uno de los soldados del batallón, era su dijo. Lo vio a lo lejos y rápida quiso ir a su encuentro para darle un abrazo pero lo vigilantes se lo impidieron.

 

Llorando suplicaba la madre mientras veía alejarse al hijo. Desde la compañía, éste le dijo adiós con su mano y al poco, todos los soldados del batallón se perdieron al otro lado de las puertas de la muralla. Desconsolada la madre seguía suplicando hasta que ya no pudo más y vencida se dejó arrestar. Dijo:

- Llevadme a donde queráis porque, a partir de este momento, todo en la vida me dará igual.

Y no la llevaron delante del rey sino a un calabozo oscuro mugriento y allí la dejaron diciendo:

- Lo sentimos mucho pero nosotros cumplimos órdenes del rey.

- No importa lo que conmigo ahora hagáis.

Cerraron la puerta del calabozo, la dejaron dentro y en la oscuridad y allí siguió ella llorando la pérdida de su hijo y su desgracia.

 

Pero, poco después, el jefe de los guardias, llevó la noticia al rey que a saber lo ocurrido dijo:

- Sacadla del calabozo y decidle que se vaya a su casa y que viva tranquilidad. Y transmitirle también que un día de éstos, un mensajero irá a verla de parte mía para llevarle una invitación para un encuentro conmigo. Quiero darle la oportunidad de que me cuente todo lo que le apetezca. Una mujer como ésta, tiene derecho a ser escuchada.

Los guardias obedecieron las órdenes del rey y, unas horas más tarde, la mujer descendía de la colina de la Alhambra, cruzó el río Darro, subió las cuestas del barrio del Albaicín y se refugió en su pobre casa. No durmió nada aquella noche pensando en la pérdida del hijo y pensando en la visita del mensajero del rey. Porque imaginaba ella que el rey sí la recibiría al día siguiente o dos días más tarde o como mucho una semana después. Era lo que realmente necesitaba y el corazón le pedía. Por eso, a lo largo de aquella primera noche en vela, al día siguiente, mientras tejía la manta que le habían encargado y luego por la tarde y otra vez por la noche, no paraba de darle vueltas en la cabeza a las cosas que iba a decirle al rey. Susurraba quedamente: “Con educación, porque al fin y al cabo el rey merece respeto, tengo que decirle que no estoy de acuerdo con su modo de proceder. Que no es justo lo que ha hecho conmigo quitándome a mi hijo y ni siquiera dejarme verlo en el momento de llevárselo a la guerra. Tengo que hacerle comprender que esto para una madre, es un dolor tremendo. A la mejor el rey se enfada conmigo por decirle estas cosas pero a partir de ahora ¿qué me importa lo que puede pensar y hacerme?”

 

Tres días más tarde todavía no podía dormir por las noches pensando en el hijo ausente, pensando en la visita del mensajero del rey y dándole vueltas en su cabeza a las cosas que debía decirle. Porque cuanto más días pasaban, más era su dolor y más indignación y cosas para compartir con el rey se acumulaban en su corazón. Una calurosa tarde, a los quince días de la marcha de su hijo a la guerra, estaba sentada en la puerta de su casa y miraba melancólica a la Alhambra sobre la colina al otro lado del río Darro. Y vio, no con los ojos de la cara sino con las fibras del corazón, que en la explanada de los palacios, pasaba algo. Su corazón de madre enseguida le hizo pensar en el hijo y por eso el alma se le llenó de temor. Sintió profunda amargura y lloró. No sabía por qué pero esto era lo su corazón le pedía.

 

Y en la Alhambra, en la explanada delante de los palacios, hicieron alto tres soldados. Los recibió el guardia de la entrada y el jefe de los tres soldados enseguida dijo:

-Traemos, desde donde se está librando la guerra, una noticia para el rey.

- Se lo diremos al jefe mayor y que éste se lo transmita al rey.

- Es que las órdenes que tenemos es que debemos dar nosotros mismos en persona la noticia al rey.

Y al saber esto, los guardias dejaron pasar a los tres soldados. Los recibió el jefe mayor y él mismo los condujo a la presencia del rey. Saludaron cortésmente y el rey enseguida les dijo:

- Trasmitirme la noticia que para mí traéis desde la guerra, sin rodeos y claramente.

Y el jefe de los soldados dijo:

- La noticia que nos han encargado que le transmitamos es hacerle saber que el soldado, hijo de la mujer de las mantas viejas, ha muerto.

Se mantuvo un momento en silencio el rey y luego preguntó:

- ¿Qué habéis hecho con su cuerpo?

- Allá en la guerra esperan órdenes de su majestad.

- Pues volver a la guerra y transmitir al general que dé sepultura allí mismo a este joven. Y decidle también al general que yo mismo me encargaré de dar la noticia de su muerte a la madre de este valiente soldado.

 

Despidió el rey a los tres soldados y al instante partieron para la guerra. Y también en ese momento el rey envió un mensajero a la casa de la mujer del chambaillo. Media hora más tarde el mensajero llegaba al barrio del Albaicín, preguntó por la casa de la mujer y cuando supo donde vivía se acercó y llamó a la puerta. Al ver la madre al mensajero del rey enseguida pensó que venía con la invitación para la entrevista que tanto estaba esperando. Pero en ese mismo instante también su corazón le dijo lo que ya había presentido. Por eso, nada más ver al mensajero, preguntó:

- Sé que vienes del parte del rey pero ¿qué noticia es la que me traes hoy?

- Departe del rey vengo y el encargo que tengo es transmitirte la noticia de la muerte de tu hijo en la guerra.

Parada, sin aliento y sin voz, se quedó la madre delante del mensajero. No le dio las gracias ni le ofreció un vaso de agua ni y le pidió que entrara y descansara un rato. Sí el mensajero, cayendo en la cuenta de la dolorosa noticia para la madre, dijo:

- ¡Lo siento! No sabía cómo decírtelo y, como ya no tiene remedio lo ocurrido, más que dar rodeos he preferido ser directo.

Y la madre, apartándose una lágrima de la mejilla, abrazó al soldado, besó su cara y apretándolo fuerte dijo:

- Tú estás cumpliendo con lo que te ordenan, lo mismo que ha hecho mi hijo. También yo lo siento por ti a la vez que sufro por él.

- Sed fuerte y ya verás como todo lo borra el tiempo. Tu hijo, como todos los hijos del mundo, era bueno y por eso, seguro que ahora ya, en el cielo tiene un paraíso donde te estará esperando.

- Sí, hijo. Él no quiso hacer daño nunca a nadie y por eso, aunque le han obligado a dar la vida por algo que no cree, sé que en el cielo tiene su pequeño reino. Pero qué dolor tan grande para una madre tan pobre y sola como yo.

 

            Con su pena, su soledad y ocupando el tiempo en remendar ropa vieja y tejer alguna manta o alfombra de colores, siguió la madre llenando sus días. Cada vez más con la pena del hijo muerto en la guerra y cada vez más sola y triste. Hasta fue perdiendo las ganas de entrevistarse con el rey y también, poco a poco fue olvidando algunas de las cosas que había pensado decirle cuando estuviera frente a él. Y fue aumentando tanto su soledad y desazón por la vida después de la pérdida del hijo, que ni siquiera ya le interesaba que el rey la llamara para hablar con ella.

 

            Pero aquella mañana del mes de junio, cuando el fresquito subía desde el río Darro hacia la Alhambra y hacia el barrio del Albaicín, ella se puso a tejer la manta que le habían encargado. En los palacios de la Alhambra el consejero del rey dio órdenes y prepararon la carroza y los caballos. Y al caer la tarde, cuando el cielo se nubló un poco y el sol bajó su temperatura, el rey subió en su carroza y salió de los recintos amurallados. Cuatro caballos blancos tiraban de su carroza y cuatro caballos negros la escoltaban. Y mientras descendía por los bosques de la Alhambra para bajar a Granada y luego subir por las calles del Albaicín en busca de la casa de la mujer, el rey comentaba con su consejero:

- Lo único que quiero es saludarla y que sienta que su rey está cerca y con ella.

- Y si le saca el tema del hijo y de la guerra ¿Qué piensa decirle, su majestad?

- Nada. Le dejaré que hable y desahogue su corazón diciendo lo que quiera. Porque sé que ninguna palabra mía sería suficiente para quitarle su pena. Yo, aunque muchas personas piensen lo contrario, sé lo que es el corazón de una madre y sé lo que siente cuando pierde el hijo único.

- ¿Es que piensa compensarla o resarcirla de alguna manera?

- Podría hacerlo pidiéndole que se viniera a vivir a los palacios de la Alhambra y también podría regalarle una buena y bonita casa en el barrio del Albaicín.

- ¿Y hará esto su majestad?

- Ya veremos. Pienso que quizá esta mujer, lo único que quiera ahora, sea la presencia del hijo perdido. Por eso, si le ofrezco algo como premio, hasta podría ofenderla y esto es lo que nunca yo quisiera, después de todo lo que ya ha pasado.

           

            La carroza del rey y los cuatro caballos negros que la escoltaban cruzaron el puente del río Darro, a la altura de lo que hoy es Plaza Nueva. Giró para la derecha, subió por unas callejuelas más o menos anchas y poco a poco, se fue acercando a la casa de la madre. Pero antes de llegar al lugar, la comitiva tuvo que pararse Las callejuelas se estrechaban tanto que por ellas no cabía ni la carroza ni los caballos. Dijo el consejero y General del rey:

- Majestad tendremos que bajar e ir a pie hasta su casa.

- Pues vayamos y no perdamos mucho tiempo.

 

            Nadie en el barrio del Albaicín sabía de la visita del rey. Por eso, nadie salió a recibir ni a la carroza ni al rey cuando comenzaron a subir por las calles hacia la casa de la madre. Y como ella tampoco estaba avisada ni sabía nada, se encontraba en ese momento metida en su humilde taller de artesanía. Sumida en sus pensamientos, recogida en su soledad, ocupada en su trabajo y con los ojos puestos en los palacios de la Alhambra. Por eso cuando, alertada por los ladridos unos perros, miró y vio a los cuatro caballos de la escolta del rey, el corazón le dio un brinco. Pensó enseguida que se trataba del mensajero que tanto tiempo llevaba esperando pero no tardó en intuir que eran otros personajes.

 

            Los caballos blancos se pararon en la puerta de su casa, el general y el rey avanzaron por entre ellos, se aproximaron a la madre que, en la puerta de su chambaillo, miraba y esperaba expectante. Y por eso fue la primera en saludar diciendo:

- Buenas tardes tengan ustedes y sean bienvenidos a este mi rincón pequeño.

Y sin pronunciar palabra el rey se adelantó, se acercó mucho a la madre, de pie frente a frente, le hizo una reverencia al tiempo que le decía:

- Soy el rey de la Alhambra y vengo saludarte. ¿Es impertinente mi visita?

Y algo nerviosa y desconcertada ella dijo:

- Bienvenido sea su majestad pero ¿de cuándo a mí que mi rey venga a visitarme?

- Es mi deber y lamento no haberlo antes.

- Yo soy tan pobre que no tengo dónde recibirlo ni qué ofrecerle a no ser un vaso de agua fresquita.

- Pues te lo agradecemos.

- Pasen y se acomodan en el único rincón que en mi morada poseo.      

 

La madre condujo al rey y al general a su pequeño taller de ropa vieja y mantas y rey, sin más, dijo que se sentaba sobre una de las alfombras que allí tenía. Y en cuanto se acomodó y bebió un sorbo del agua fresca que la madre le ofrecía, de nuevo comentó:

- Sé que desde hace tiempo quieres hablar conmigo ¿Qué tienes que decirme?

- Hace ya tanto tiempo y han pasado tantas cosas que ya ni me acuerdo qué era lo que necesitaba decirle.

- Yo he debido atenderte antes pero…

- Bueno, lo de mi hijo, su marcha a la guerra y su muerte, ya ha pasada pero ahora que se me presenta la oportunidad de estar en presencia de su majestad, mi rey ¿me permite que le diga algunas cosas?

- Es una de las razones por la que he venido a tu casa. Habla y dime lo que quieras. Que al menos, en lo que te quede de vida, tengas la satisfacción de poder sentir y decir que tu rey te ha dado la oportunidad de hablar con él para contarle lo que necesitabas.

 

Y la Madre guardó un minuto de silencio y luego dijo:

- Lo de mi hijo ya no tiene remedio pero sí en el futuro, su majestad puede parar la guerra y evitar así que sigan muriendo personas inocentes.

- Pero es que la guerra…             

- Sí, ya sé, majestad va a decirme que la guerra es necesaria y que es necesario que mueran personas para el bien de otras. Esto siempre ha sido así desde que la humanidad existe. Pero yo pienso que nunca, nunca jamás, las guerras y la muerte de personas buenas e inocentes, servirá para hacer mejor a la humanidad. Majestad, los reinos hay que construirlos y gobernarlos solo con amor libertad y respeto. Este es el único camino cierto y bello y el que de verdad ayudará a las personas a ser ellas mismas y a encontrar la felicidad que tanto se necesita en esta vida. La muerte de mi hijo y la de otros jóvenes buenos, sólo va a servir para que su reino, usted y sus palacios, sobrevivan unos días más, unos meses, unos años. Porque yo tengo claro que todo aquello que se construye con odio, violencia y sangre, no pasado mucho tiempo, lo sepultará el olvido y lo pudrirá en ese mismo mundo de odio, violencia y sangre. Majestad, yo soy una madre sumida en la soledad y con el corazón roto y que ya no esperar nada de la vida sino el momento de irse a un reino nuevo, donde me encontraré con mi hijo para darnos el gran abrazo que necesito. Pero hágame caso: como en sus manos está, ponga fin a todas las guerras y construya un reino hermoso cimentado sobre el amor, la libertad y lo bello. Es lo único y más importante que los humanos necesitamos en esta tierra.

 

Sueños de juventud

 

            Con el nombre de Casa de la Parra, se le conocía en aquellos tiempos. Y aún hoy, algunas personas saben de este edificio y cuando se refieren a él, pronuncian el mismo nombre.

- ¡La Casa de la Parra! Qué bonito tuvo que ser aquello, por el sitio donde estaba levantada y la ubicación que tenía: no lejos del río Genil, entre las montañas y la Vega, frente a Sierra Nevada y desde donde mejor se ven todas las puestas de sol de Granada.

- Aunque de la existencia de esta casa ya hace tanto tiempo, que nadie vive ya para contarlo. ¿Tú sabes si por algún sitio hay documentos que hablen de ello?

- Yo solo sé cómo, en aquellos tiempos, la llamaban y que era el edificio predilecto de un grupo de príncipes y princesas de la Alhambra.

- ¿Y la leyenda que algunos todavía recuerdan?

La leyenda de la Casa de la Parra cuenta que:

 

            La construyó una familia de reyes de aquellos tiempos para que en esta pequeña casa pasaran sus tardes y mañanas y fines de semanas, un grupo de príncipes y princesas. Y por eso precisamente la construyeron sobre un montículo. En las laderas donde hoy se extiende el barrio de realejo, dentro de las huertas reales. Por eso la casa era casi un pequeño palacio. Con sólo dos plantas, varias ventanas, de paredes blancas, con un par de salones en la entrada, también varias habitaciones y un pequeño pórtico en la entrada. Como un el mirador no muy elevado donde, a los lados, sembraron algunas parras. Cuando estas plantas crecieron las fueron sujetando con hierros y palos hasta formar como un techado. Un bonito emparrado en la misma puerta de la casa que en verano daba mucha sombra y era muy fresquito. Por eso a los príncipes y princesas de la Alhambra les gustaba tanto venirse a este recinto, en los calurosos días de los meses de julio y agosto. Para disfrutar de la sombra de la parra, mientras el día corría, acariciado por el fino vientecillo que a todas horas subía desde el río Genil y de la gran Vega de Granada. Y también a ellos le gustaba mucho venir a esta casa para disfrutar del agua en la alberca, a la derecha de la casa. Una alberca no en forma de piscina moderna de ahora sino algo rectangular y bastante profunda.

 

            Y esta alberca, además de para refrescarse ellos cuando en verano se bañaban, servía para regar las tierras de las huertas reales. Desde la misma alberca, por el lado de debajo, salía una gran acequia. La principal era como la llamaban y como estaba construida a bastante altura en la latera, incluso unos metros más arriba de la casa, el agua de la acequia real, bajaba y corría con fuerza. Casi con la fuerza y el rumor de un riachuelo de montaña. Y más aún se asemejaba a un río, en el tramo de la cascada. Porque la acequia principal, a unos cincuentas metros más debajo de la alberca, se despeñaba por un inclinado talud. Al llegar aquí, las aguas se abrían en forma de un airoso abanico y por la pendiente de la torrentera, caían abiertas y dibujando una muy bella cascada. Y donde la cascada se derramaba, se formaba un bonito charco, azul transparente y profundo.

 

            Por eso el grupo de príncipes y princesas, también muchas veces se venían al charco azul, que era como todos lo llamaban. Y en las aguas de este charco, en los calurosos días de verano, se bañaban, tomaban el sol, charlaban, contaban relatos, jugaban, reían y merendaban. Por la explanada cerca del charco, correteaban y en el césped de hierba verde, se recostaban mientras seguían disfrutando del sol, de silencio, del airecillo y de los inigualables olores de la huerta y jardines que por un lado y otro rodeaban.

 

            No lejos de las huertas reales de la Alhambra, Casa de la Parra, alberca y acequia, en aquellos tiempos, también se alzaba un cortijo. Una vivienda mucho más rústica que la Casa de la Parra y que era usada por otras personas muy distintas: Un hombre algo mayor y un joven que aún no había cumplido los quince años. La construcción del cortijo era rectangular, con una sola planta, una sala con chimenea y una habitación. Dos ventanas tenía en el lado de la entrada, una pequeña que servía para iluminar la estancia de la chimenea y otra, algo más grande, que iluminaba y permitía la entrada de aire en la estancia de la habitación. En la misma puerta, esta sencilla construcción llamada cortijo, tenía clavadas dos grandes encinas. Dos hermosísimos árboles casi centenarios, de troncos negruzcos y gruesas ramas retorcidas que en otoño daban riquísimas bellotas. El joven y el hombre mayor, padre e hijo, todos los años recogían las bellotas de estas encinas y, en las frías noches de invierno, se las comían asadas en las ascuas de la lumbre mientras se daban compañía y se calentaban.

 

            Y era en estos momentos cuando el padre, en algunas ocasiones, entablaba un rato de conversación con el hijo. Casi siempre era en el momento en que el hijo comentaba:

- Algún día, me marcharé de este cortijo y de estas tierras.

Al principio el padre lo escuchaba y callaba. Luego le decía:

- Sé que cada vez más, sueñas esto.

- ¿Acaso es malo?

- Todos los jóvenes del mundo, en todos los tiempos y en los que quedan por venir, tienen el mismo sueño.

- Es que es triste, aburrido y sin futuro, vivir siempre en el mismo sitio, sin compañía de otras personas, como siempre estamos nosotros y desconectados por completo de las realidades del mundo.

- Tienes razón en lo que dices porque sé que ahora mismo y a tu edad, éste es el gran sentimiento que cobija tu corazón. Pero debo decirte, aunque ahora no lo entiendas, que procedas siempre con inteligencia.

- ¿Por qué me dices eso?

- Más allá de este cortijo y de estas tierras que tanto cada día te hastían, no todo es alegría. El mundo y las personas, en todos los rincones del planeta, sueñan y desean lo mismo que tú en esta etapa de tu juventud.

- ¿Quieres decir que nadie es feliz en esta vida ni está contento ahí donde nace y con las cosas que le rodean?

- Tú lo has dicho. Las cosas han sido, son y serán siempre así. Nadie es feliz nunca del todo, ahí donde viví y con lo que posee. Y por esto, todos los humanos siempre sueñan viajar, irse lejos para conocer a otros y tener más oportunidades. Esta realidad es intrínseca en la condición humana. Y la verdad es que, estos Sueños de Juventud, son puro espejismo.

- Espejismo ¿por qué?

- Porque la verdad y realidad auténtica, nunca es como de joven se sueña.

- ¿Entonces?

- Vas a ir viéndolo poco a poco, según vayas viviendo y pase el tiempo.

Y a estas últimas palabras del padre, el joven callaba, sin estar convencido del todo. Porque siempre pensaba que era único en este mundo por la gran inquietud que en su corazón hervía.

 

            En sus momentos de ensoñación, cuando iba por las montañas dando careo a las cabras, se sentaba a contempla las aguas saltando por el río y se decía: “Necesito irme de estas tierras porque quiero conocer a otras personas y hacerme amigo de ellas. Necesito comprarme otra ropa, comer otros alimentos, vivir la vida que tantos y tantos disfrutan en las ciudades con muchachas jóvenes. Necesito…” Y sus fantasías, impulsadas por la fuerza de su joven corazón, le llevaban a los lugares más lejanos y a vivir las situaciones más hermosas y placenteras. Quizás por esto, en bastantes ocasiones y cada vez con más frecuencia, se revelaba con el padre. Con las cosas que le ordenaba y con lo que cada día hacía y razonaba. Y esto se daba cada vez con más frecuencia, cuando iba por las montañas cuidando del rebaño de cabras. Sí el padre le decía:

- Vete por aquélla ladera y vuelve para atrás aquella punta de cabras.

Él se hacía el remolón y se comportaba como sí lo que el padre le ordenaba no tuviera sentido o careciera de inteligencia. Se decía: “No le haré caso para demostrarle que lo que me ordena no me gustan y lo veo falto de talento”.

                                              

            Y en cambio, cuando su rebaño de cabras se iba por las laderas del lado de arriba de las huertas reales de la Alhambra, el joven sí sentía una ilusión especial. Y esto era porque, en más de una ocasión, cuando su rebaño de cabras ramoneaba próximo a las huertas reales, había oído la algarabía del grupo de personas de la Casa de la Parra. Y al sentir, desde la distancia, sus risas y voces, cada vez más se despertaba en su corazón la curiosidad. Sobre todo, al sentir las risas y cantos de las jóvenes princesas. Por eso, lleno de inquietud e lesionado como el más ardiente enamorado, se decía: “¡Qué vida más bella y qué bien se lo pasan estos jóvenes y no como yo, todo el día sólo en las montañas y aburrido en la más absoluta monotonía!”

 

            Y un día muy caluroso de verano, llevó a su rebaño de cabras a que ramonearan cerca de las huertas reales. En la ladera, por el lado de arriba de la Casa de la Parra y de la alberca donde las jóvenes princesas se bañaban. Los animales se extendieron llenando toda la ladera del barranco y él, ilusionado con el grupo de jóvenes que otros días había oído por donde la alberca de Casa de la Parra, se aproximó a este sitio. Por entre la vegetación de lentiscos y romeros, al lado de arriba de huerta grande. Y según se iba acercando, hasta sus oídos llegaban con mucha claridad las palabras, risas y cantos las princesas. Buscó un sitio desde donde ver lo que ocurría en la Casa de la Parra y en la alberca y lo encontró: por entre los granados, donde la huerta terminaba y la vegetación de la ladera comenzaba, encontró un hueco. Se paró, observó despacio y no tardó en ver a un grupo de cuatro o cinco jóvenes. Muchachos y muchachas, todos hijos de los reyes de la Alhambra que, como tantas otras veces, pasaban su tiempo en este rincón predilecto. Y al ver a las princesas, se quedó prendado, tanto de sus hermosos cuerpos, sus bellas matas de pelo negro, su dulce tono de voz y sus divertidas risas.

 

            Se dijo: “Que jóvenes tan bellas y yo, por estos campos todo el día solo y con mi corazón reventando en vida. ¡Si yo pudiera hacerme amigo de ellas! Aunque ni tengo cultural ni poseo riquezas, sí puedo darle mucho cariño y respeto. ¿De qué modo podría acercarme y conocerlas?” Y soñando estos sueños y otros parecidos, entre los granados y lentiscos, estuvo mucho rato. Tanto que ni siquiera se dio cuenta de que su rebaño de cabras abandonó la ladera por encima de las huertas y se fueron hacia la umbría del cortijo de las encinas. Las vio el padre que se ocupaba en un pequeño huerto que tenía por detrás del cortijo y llamó al hijo. Al comprobar que éste no contestaba ni aparecía por ningún sitio, lo llamó más fuerte y tampoco obtuvo respuesta.

 

            Era ya tarde caída cuando el joven apareció por las laderas del cortijo. Al verlo el padre enseguida le dijo:

- Las cabras solas y tú ¿dónde te has metido?

No quiso mentirle al padre pero tampoco quiso decirle la verdad. Y el padre si continuó mostrando su enfado:

- Seguro que, como otras veces, te has quedado dormido, soñando tus sueños de siempre.

Sin responder nada al padre, se fue el joven al cuidado del rebaño de cabras y, cuando la tarde llegó a su fin, las encerró en el corral que tenían por detrás del cortijo. En cuanto terminó y se hizo de noche, los dos se fueron al cortijo, comieron algunas cosas sin pronunciar palabra y cuando ya se iban a acostar, el padre sí comentó:

- Esto no puede seguir así. Cada día me haces menos casos y muestras menos interés por las cosas que tenemos entre manos. Yo me hago viejo y si tú no pones de tu parte y, poco a poco te vas haciendo cargo de todo cuanto por aquí tenemos, no sé qué va a ser de ti y de mí.

 

            Tampoco el joven hizo ningún comentario a estas reflexiones del padre. Se fue a la cama y, mientras se dormía, reflexionó en todo lo ocurrido a lo largo del día. Concretamente, en el enfado de padre y en el grupo de jóvenes de la Casa de la Parra. Para sí, otra vez se dijo: “Desde luego que esto no puede seguir así. Ahora más que nunca siento envidia de la libertad y alegría que he visto en los jóvenes de la Casa de la Parra”. Y con este pensamiento y disgusto, se quedó dormido. Y en cuanto, al llegar en nuevo día se despertó, se quedó quieto en la cama y cuando comprobó que el padre salía de la habitación para irse al corral de las cabras, él también se levantó. Con precaución para que el padre no se percatara, cogió el zurrón de piel, metió dentro algunas cosas, salió del cortijo tapándose con los troncos de las encinas para que el padre no lo viera y, en cuanto se alejó un poco más hacia el barranco y perdió de vista al cortijo, camino rápido. Con la emoción latiéndole en el pecho y con un solo pensamiento en su mente: marcharse lejos en busca de amigos, fortuna y otra vida mejor. Por eso se encaminó a la ciudad de Granada, también con su pensamiento puesto en el grupo de las jóvenes princesas de la Casa de la Parra.

 

Pasó el tiempo, muchos años. Ni el padre tuvo noticias del hijo ni él del padre. Siguieron corriendo los años y una calurosa tarde de verano, se le vio subir por la misma vereda que recorrió aquella última mañana por estas tierras. Caminaba despacio, con una mochila en las espadas, con el pelo blanquecino, barbas largas y encorvado. Pero a pesar de su vejez y cansancio, según se acercaba al cortijo, el corazón le latía emocionado. Y cuanto más acercaba al cortijo también más el corazón se le llenaba de tristeza. Y en cuanto estuvo en la puerta, donde todavía crecían las encinas, la tristeza se le acumuló en la garganta y en el pecho. Despacio fue mirando y claramente comenzó a descubrir que lo que en otros tiempos había sido un precioso cortijo ahora ante sus ojos se presentaba como un destartalado esqueleto. Paredes rotas, techo si tejas, zarzas y lentiscos donde estuvo la habitación y algunos nidos de avispas y mucha hierba seca. Lo mismo fue descubriendo por donde estuvo el corral de las cabras y el pequeño huerto que el padre cultivaba. Aquí, en una gran piedra cerca del manantial que todavía brotaba, se sentó y durante mucho rato, lloró.

 

            Luego, cuando la tarde caía, recorrió otra vez la senda, cruzó el río y se fue acercando despacio a las tierras de las huerta reales y Casa de la Parra, rincón predilecto de la princesa de sus sueños. Pero cuando llegó, todo lo encontró silencioso, seca las plantas, los granados y la parra de la puerta de la casa y el edificio que en otros tiempos había parecido un palacio de ensueño, todo convertido en ruinas. Rotas las ventanas, desconchadas las paredes, sin agua y rota la alberca y ni rastro ni señales de la princesa de sus sueños. Se paró en la misma explanada de la puerta y escuchó como si pretendiera percibir algo a través del hondo silencio. No oyó ni las sonrisas de las princesas ni el valido de las cabras ni la voz del padre llamándolo.

 

Nuevamente lloró sintiéndose desgraciado, roto y ahora mucho más solo que cuando en su juventud, por estos mismos lugares, soñaba con un mundo maravilloso. Y a su mente acudieron las palabras que el padre había compartido con él por las noches sentados junto al fuego de la chimenea: “Casi todos los sueños de juventud, son pura fantasía porque muy pocas veces se convierten en realidad. Sin embargo, hay que vivir intensamente estos sueños para, al correr del tiempo, comprobarlo y darnos cuenta de lo poco que somos en esta vida. El único gran tesoro del mundo, todas las maravillas del Universo y la verdadera felicidad que de jóvenes soñamos, siempre lo tenemos junto a nosotros: en nuestro corazón y en el pequeño rincón donde cada día nos movemos y respiramos”.

El sueño de una novia

           

Su país está muy lejos de Granada. A más diez mil kilómetros, en el otro extremo del planeta. Y, desde este rincón del mundo, ella soñaba y compartía con él sus sueños. Con frecuencia le escribía y comentaba:

- Son tres los grandes deseos que ahora mismo tengo en mi vida.

- ¿Y cuáles son estos tres grandes deseos tuyos?

- El primero, es viajar un día desde mi país y venirme a vivir, aunque solo sean unos meses, a la ciudad mágica de Granada.

- ¿Y el segundo de tus tres deseos?

- Enamorarme en Granada de un hombre bueno y casarme, una mañana de primavera, cuando el sol luzca intenso.

- ¿Y el último de tus tres deseos?

- Llevar en mis manos, el día de mi boda, el ramo de flores más bonito que nunca se haya visto, recorrer todos los recintos de la Alhambra vestida de novia con este ramo de flores en mis manos y que me hagan muchas fotos. Quiero tener, de mi boda, del ramo de flores más bello, de mi paseo por la Alhambra vestida de novia, de este luminoso día de primavera y de mi estancia en Granada, el recuerdo más eterno.

 

            Desde las distancia, desde el otro lado del planeta tierra, ella compartía con él, constantemente este sueño. Y él, con frecuencia le argumentaba:

- Las cosas más bellas y placenteras de la vida casi siempre son aquellas que soñamos.

- Pero los sueños, y casi siempre los más bellos y placenteros, sólo en contadas ocasiones se realizan.

- Eso es cierto y por eso pienso que lo más hermoso y elevado de la vida no es que los sueños se hagan realidad sino, soñarlos.

- ¿Soñar es más hermoso que vivir la realidad de lo que soñamos?

- Nunca, por muy bella que sea una realidad, puede superar la magia y dulzura de un sueño. No hay nada más sagrado, limpio y elevado, que la magia de los sueños del corazón humano.

 

            Y con estas palabras y reflexiones,  desde la distancia, él intentaba animarla y al mismo tiempo complacerla. Porque sabía que no era fácil que ella pudiera realizar el bonito sueño de su corazón. En su país, nevaba mucho. Más de seis meses a lo largo del año, la nieve estaba presente cubriendo ciudades, ríos, lagos, llanuras y montañas. Ella no tenía apenas dinero. Escasamente para vivir porque toda su familia era pobre. Pero era lista, muy inteligente y poseía estudios. Sabía tres idiomas y, entre ellos, hablaba correctamente el español. Por eso precisamente vivía con tanta intensidad, su deseo de venirse a vivir a Granada. Pero en su país también ella encontraba una gran dificultad: Era y es muy complicado conseguir todos los papeles necesarios para viajar al extranjero. Incluso aun teniendo beca de estudiante o permiso de trabajo.

 

            Un día, cuando ya en Granada la primavera estaba casi en su centro, por la mañana, él salió de su casa, en la ladera sur del barrio del Albaicín. Con su mochila a cuestas y algo de comida dentro, surcos los caminos dirección a Sierra Nevada y, cuatro horas después, se aproximó al sitio que iba buscando: Una pequeña porción de terreno entre montañas, donde concluían dos ríos pequeños y se fraguaba un valle casi de ensueño. Delimitado por el lado de arriba, con grandes rocas y densos árboles, a los soldados por los dos ríos cristalinos y en la parte de abajo, donde los ríos se iban juntando, quedaba enmarcado este valle por una sucesión de charcos verdes esmeralda. Por eso el rincón era único en todo el reino de Granada y por eso él lo conocía con el nombre de “El Valle de las Flores Encantadas”.

 

            Sin embargo, a pesar de la gran belleza, su silencio y misterio, muy pocas personas en Granada conocían este lugar. Varias veces había pensado que sólo él sabía de la existencia de este valle y algunas personas que hacía mucho habían muerto. Por eso, con frecuencia se decía: “Cuando se venga a vivir a Granada, antes de que se case con el hombre de sus sueños y antes de que vestida de novia se haga fotos por los rincones de la Alhambra, quiero traerla a este valle. Para que también conozca los hermosísimos paisajes de estas montañas y por sí, de estos rincones se enamora, construirle aquí una casa. Para que también sea única su experiencia y vida aquí en Granada y, para que continuamente su vida esté rodeada de ríos cristalinos, de hierba fresca, de flores perfumada, de sol y azules cielos y también de hondo silencios y nubes blanca”. Estas y otras reflexiones parecidas con frecuencia él en su corazón elaboraba y más en los momentos en que venía a este valle.

 

            De aquí que, aquel tranquilo día de primavera, cuando por fin llegó a donde los ríos y los árboles forman muralla, se paró y despacio miró largamente para las tierras que tenía por debajo. Luego observó los dos claros de ríos y al fondo, donde la tierra se allana, el rosario de charcos verdes esmeralda. Respiró profundamente y, durante un buen rato, dejó que el sol lo besara. Cerró sus ojos y, mientras se deleitaba en el concierto de las aguas de los ríos, se puso a imaginarla. Con la ilusión y el deseo de compartir con ella tan celestial y bellísimo momento, justo frente al paisaje más hermoso que jamás ser humano nunca haya soñado. Y mientras con sus ojos cerrados gozaba de la delicia del vientecillo perfumado a hierba verde y de los chapoteos de las aguas, para sí y en su corazón se dijo: “Y antes de que se pasee por los jardines de la Alhambra con su bellísimo ramo de flores en la mano, también quiero enseñarle el maravilloso secreto que se esconde en este valle. Quiero que oiga las dulcísimas melodías que en unos de estos rincones viven agazapadas y quiero que contemple el delicioso jardincillo de flores azules y moradas. Pero sobre todo, quiero mostrarle el gran secreto de este encantado valle para que se vaya enamorando de todo aquello que es excelso y pertenece al cielo más eterno. Para que su juventud, el sueño de su corazón y todo el perfume que de su sueño mana, por aquí quede sembrado en el tiempo y sea siempre luz y perfume en Granada”.

 

Satisfecho por su pequeña oración y abrazo en el alma, abrió sus ojos, caminó despacio, sorteos las rocas y los arbustos que tapizaban la pendiente hacia el valle y se fue acercando. Con el aliento contenido porque sabía que, a estas alturas del año, ya estaban brotadas. Y las vio enseguida, tal como las había imaginado. En cuanto pisó las tierrecillas del valle entre ríos y claro charcos, se fue derecho al sitio donde sabía podía encontrarlas. Y, tal como iba avanzando, de pronto ante sus ojos se presentaron. Muy cerca de las aguas del charco más grande y claro, entre unas rocas blancas y como refugiadas del vientecillo y del ardiente sol de la tarde. Frente a las pequeñas matas, volvió a pararse y, con su pensamiento puesto en ella, las observo despacio diciéndose quedamente y para sí: “Ya están brotando, como todos los años por estas fechas. Pero todavía tardarán unos días en abrir del todo y, unos días más, en vestirse con los mejores colores y trajes”.

 

            Y es decía es todo porque él sabía que las florecillas del valle de los ríos, hasta final de la primavera o principios del verano, no se habrían por completo. Pero aún así, mientras parado frente a las pequeñas matas, observaba y meditaba su recuerdo y su presencia, ya imaginaba la alegría y belleza en su cara, al tener en sus manos estas pequeñas flores. Azules, moradas y blancas, algunas y amarillas, rojas y rosas otras. Todas pequeñas y de tallos cortos pero delicadamente bellas a la vista, suaves al tacto y olorosas como pocas flores en esta tierra. Por eso también, mientras de píe y quieto observaba las hermosas plantas, imaginaba los bonitos ramos que con esta florecilla iba a formar para ella.

 

            Tan bonitos y únicos, que hasta se le animaba el corazón soñando la dicha en su cara. De nuevo se dijo: “Se lo merece por el gran amor e interés que a lo largo del tiempo ha expresado por las cosas de esta tierra. Y se merece, además, el mayor respeto y el cariño más puro como agradecimiento al interés que siempre ha mostrado por lo bello”. Y con el alma henchida de paz, se apartó de rincón de las originales plantas. Caminó despacio hacía las aguas del charco primero, ya en su orilla buscó una piedra, se sentó en ella y muy cerca de las aguas y frente al sol de la tarde. Comenzaba a caer el día y por eso, al fondo de la vega de Granada, el cielo se vestía de colores semejantes a las florecillas que había imaginado. Sacó un pequeño cuaderno y un bolígrafo y, mientras la seguía soñando y rezando una oración por ella, escribió estos versos:

 

     Cuando de nuevo vuelvas a Granada,

cualquier tarde de primavera

o en las hermosísimas mañanas

del otoño recién llegado,

tráete contigo tu alma

limpia y abierta a la luz

que has soñado en la distancia.

 

     Junto al río más cristalino

de las blanquísimas montañas,

donde se refleja en su sueños

la Alhambra,

vamos a construir para ti

la más hermosa de las casas

para que en ella cultives tus sueños

de princesa enamorada.

 

     Cuando de nuevo vuelvas por aquí,

tráete perfumada tu alma

y limpio tu corazón

para que en esta ciudad encantada

el sol se enamore de ti

y te emborrache la magia

del cielo que tanto has soñado

en la distancia.

 

            Lentamente la tarde fue cayendo y allí, sentado en la piedra junto a las aguas, rodeado del hondo silencio y besado por el refresco vientecillo de la montaña, dejó que la noche llegara. Sobre la arena del charco azul, hizo una cama y, frente a las estrellas, se abrió brazos y dejó volar su sueño. Y durante mucho rato estuvo imaginándola despierto. Luego se durmió y cuando al día siguiente despertó, ya el sol alumbraba colgado el cielo sobre las cumbres de Sierra Nevada. Y lo primero que hizo, en cuanto se levantó de su cama de arena, fue acercarse a las aguas del gran charco. Mojó sus manos y luego sus pies y su cara y después se zambulló en lo más profundo de las aguas. Y al sentir el frío del purísimo líquido, no se desanimó sino todo lo contrario: nadó a prisa y, en unos segundos, cruzó el charco de un lado. Luego volvió otra vez a la orilla y, frente al alicaído sol de la mañana, se tumbó. Y durante un buen rato, la volvió a soñar mientras se deleitaba en el hondo silencio y perfume a hierba fresca.

 

            Una hora después, cargó con su mochila, caminó despacio y cuando la tarde caía, llegaba a su casa con la ilusión en su mente de encontrar alguna noticia de ella. Pero no fue así. Se dijo: “Le hubiera contado todo lo que estos días he vivido para que se vaya animando y prepare su corazón para el día de su boda y paseos por los jardines de la Alhambra”. Pero ni aquella noche ni al día siguiente ni al otro, tuvo noticias suyas. La echó en falta y, a su modo y en silencio, la lloró mientras buscaba la manera de saber por qué de pronto tan gran silencio. Y siguió sin dar señales de vida. Ni a lo largo de la semana ni en todo el mes. Pero él, cuando pensó que las pequeñas florecillas del valle de las montañas, ya habían abierto, volvió otra vez por el lugar. También una mañana, ya en los primeros días del verano. Y al llegar al valle, encontró las florecillas, tal como las había imaginado. Por completo abiertas, mostrando los colores más vivos, frescas y robustas y en su silencio y entre los arbustos y piedras, esparcidas. Por eso todo el rincón del valle junto a las aguas del charco y de los ríos, mostraban en miniatura, un autentico jardín de fantasía.

 

            Con ella en el pensamiento, se puso y lentamente fue contando las florecillas más bellas. Las fue poniendo sobre la hierba, cerca de las aguas y cuando ya tuvo muchas, cortó un pequeño puñado de unas plantas parecidas a juncos delegados y cortos pero de color plata cobre. Hizo, con los tallos de estas bonitas plantas, un elegante ramo y lo mismo elaboró con las florecillas. Con las de color azul, moradas y blancas, formó un ramo algo más pequeño que el de los juncos. Y con las flores amarillas, rojas rosas, creó otro pequeño ramo. Los juntó los tres, poniendo en el centro los tallos plata oro y decorando a los lados, colocó los dos ramos más pequeños. Los cogió los tres en sus manos, los alzó un poco hacia el cielo, poniendo de fondo las cumbres de Sierra Nevada, y con sus ojos clavados en la pequeña obra de arte, para sí se dijo: “Sin duda que este es el más bello ramo de novia que nunca se haya visto. Lo que ella siempre ha soñado y con el que piensa pasearse por los recintos de la Alhambra para hacerse fotos”.

 

            Y diciendo esto, cargó de nuevo con su mochila, recorrió los caminos de vuelta y, en esta ocasión, no se fue directamente a su casa sino que se encaminó a los rincones de la Alhambra. Y con sus ramos de flores fue recorriendo todos los lugares que por aquí visitan las novias para hacerse fotos el día de su boda. En cada uno de estos sitios fue colocando los ramos en el punto más apropiados e hizo fotos desde todos los ángulos. Luego y, cuando ya había recorrido todos los espacios importantes de la Alhambra, buscó el rincón más adecuado y, un poco culto a los ojos de los turistas, colocó muy bien los tres ramos de flores silvestres. Se dijo: “Para que de alguna manera esté aquí presente tu recuerdo y esto sea testimonio del día de boda que tanto has soñado desde tu país lejano”.

 

            Y cuando volvió a su casa, tampoco encontró ninguna noticia de ella. Esperó al día siguiente y al otro y ni señales de vida. Sí él, tres días después, volvió al lugar donde, en la Alhambra, había guardado sus ramos de flores y miró y las encontró lozanas y tal como las habías dejado unos días antes. Lo mismo se las encontró una semana después y dos meses más tarde, al año siguiente y al otro año. Frescas y bellas, cada vez que se pasaba por el rincón donde había dejado la florecillas silvestres del valle de las montañas. Y ella, cuanto más tiempo pasaba menos señales de vida daba más y más hondo era su silencio y la distancia de esta mágica ciudad de Granada.

 

Para animarse y, de alguna forma, llenar de sentido sus días, con frecuencia se repetía las palabras que con ella había compartido en otros tiempos: “Nunca, por muy bella que sea una realidad, puede superar la magia y dulzura de un sueño. No hay nada más sagrado, limpio y elevado, que la magia de los sueños del corazón humano”.

El joven del caballo negro

          

                                                          Casi todas las personas,

lo que más buscamos, ansiamos y necesitamos

a lo largo de nuestra vida, es amistad, amor y respeto.

 

            I- Las monedas de oro

            En las noches de luna clara, con frecuencia algunas personas lo veían. Desde las orillas del río Darro, laderas del Albaicín y partes altas, donde hoy se alza el Mirador de San Nicolás. Y cuando, en estas noches de clara luna, por muchos rincones de la Alhambra lo veían, unos a otros se preguntaban:

- ¿Quién será y qué tesoro por ahí esconderá?

- Quizás no guarde o vigile un gran tesoro pero algún interés muy especial seguro que por ahí tienes escondido.

- ¿Y por qué lo vemos siempre solo, montado en su caballo negro y como si fuera al encuentro de algo muy amado?

- Tampoco lo sabemos pero sí es cierto que su caballo es tan hermoso, que a la luz de la luna, fíjate cómo brillan sus pelos.

- ¿Será algún príncipe que, en algún momento, de la Alhambra fue desterrado?

- Puede serlo y también puede ser algún príncipe enamorado que vuelve por aquí de vez en cuando en busca de la princesa por los recintos de esos palacios.

- Quizás pudiera ser esto. Pero para saberlo y tener conocimiento de todos estos secretos, no nos queda otro remedio que organizarnos y, una noche de luna clara, agazaparnos por esos rincones de la Alhambra y, en cuanto lo veamos, le preguntamos.

 

            Estas y otras cosas parecidas era lo que, algunas de las personas que observaban desde las laderas y partes altas del Albaicín, entre sí comentaban. Sobre todo en las noches de luna llena, en primavera y en verano. Y lo que ellos veían y cada vez más les intrigaba, era la figura de un hermoso caballo negro que, montado y guiado por un desconocido, aparecía de repente y se paseaba por muchos rincones de la Alhambra. A veces por donde las murallas y los caminillos que se adentraban en el bosque, otras veces, por los paseos de los jardines y junto a las albercas de aguas claras y, en otras ocasiones, por los senderos que se alejaban, desde la colina de la Alhambra, hacia las montañas. Siempre su caballo era negro y, a la luz de la luna, hasta desprendía destellos desde sus crines y su grupa. Y lo que también sucedía con la misteriosa figura del hombre del caballo negro, era que no todo el mundo lo veía. Sólo algunas personas y a unas horas muy concretas de las claras noches de luna.

 

            Tiempos atrás, según cuenta la leyenda, en la Alhambra las cosas fueron así: en uno de los recintos que se recogía dentro de las murallas, vivía un numeroso grupo de personas. No era en los palacios hoy conocidos con el nombre de nazaríes ni tampoco las personas eran reyes ni príncipes. Sí estos aposentos eran tan lujosos como los palacios de los reyes y, las personas que formaban de este grupo, también eran muy ricas. Casi todos tenían grandes posesiones, títulos de nobleza y desempeñaban cargos importantes dentro de los recintos de la Alhambra. Por eso, entre sí y en los círculos de los reyes y príncipes, eran respetados y considerados. Tenían sus leyes propias y, con frecuencia, se reunían para tratar de temas que les concernían a ellos y a sus formas de vida y comportamientos. Y, entre estas personas, había un joven que, aunque compartía casi todo con el grupo general, en el fondo, vivía sus ideas propias. Se adaptaba, siempre que podía, al modo de vida de todos los que le rodeaba pero de una forma muy concreta. Cuando consideraba que nadie lo veía o a escondida, trataba con los más pobres, de una forma muy especial.

 

            Sin embargo, algunos de los del grupo, con frecuencia le decían:

- No sé de dónde te viene a ti esta inclinación por los pobres.

- ¿Por qué me dices eso?

- No hay nada más que verte: en cuanto puedes te vas con ellos, les hablas y dejas que te cuenten sus problemas y hasta les repartes tu comida y ropa. ¿Por qué haces esto si tú no eres pobre ni tienes nada que ver con ellos?

Y el joven reflexionaba durante unos minutos y luego argumentaba:

- Los pobres también son personas y como los respeto, ellos se sienten amigos míos y me quieren. En el fondo ¿no es cariño y amistad lo que la mayoría de las personas buscamos y necesitamos a lo largo de la nuestra vida?

- Pero nosotros somos de una casta superior. Ellos no tienen cultura y para lo único que sirven en esta vida es para estar siempre a nuestras órdenes. No sabrían vivir sin tener un dueño que les órdenes, les obligue y los someta. Porque ni son inteligentes ni saben filosofía ni conocen modales.

- Pero te repito: son personas con sentimientos y tienen buen corazón y saben amar y respetar. Muy pocos de ellos tienen ansias de riquezas como sí nosotros.

- En fin, allá tú con tu forma de pensar, proceder y comportamientos pero un día…

 

            Y un día, cuando la primavera estaba llegando a su final, este gran grupo de personas nobles, convocó una reunión. Una joven, muy amiga del hombre amante de los pobres, dijo a éste:

- No dejes de asistir a esta reunión porque voy a proponer para ti algo muy interesante.

- ¿Qué vas a proponer?

- Me ha costado mucho conseguirlo pero, al final, lo he logrado. Y ahora no te digo nada más, asiste a la reunión y ya lo descubrirás.

Intrigado se quedó el joven pero, como era de corazón bueno, agradeció a la muchacha lo que le anunciaba. Esperó ilusionado el momento de la reunión general y, cuando ya estaban todos en la gran asamblea, la muchacha miró al joven. Con sus ojos le pidió que tuviera paciencia. Y no tuvo que esperar mucho porque, en la primera parte de la reunión, fue ella la que habló aclarando:

- Ha llegado el momento de materializar lo que ya he hablado con cada uno de vosotros en particular.

Todos los reunidos miraban a la joven y esperaban que procediera a realizar lo que había anunciado.

 

            Ésta habló de nuevo y dijo:

- Lo acordado es concederle un premio en metálico a este compañero nuestro.

Señalando al joven que tenía su derecha y éste, algo desorientado, miró en todas las direcciones. La joven siguió hablando y dijo:

- Y le concedemos este premio en metálico por su loable comportamiento entre nosotros. Porque todos sabemos que continuamente está haciendo favores, aconsejando a muchos y acompañándolos en sus problemas. Así que, el premio que le damos ahora, lo tiene más que merecido. ¿Alguien tiene alguna pregunta o desea exponer algo?

Hubo un momento de silencio y a continuación, uno de la asamblea levantó la mano y dijo:

- Yo sí que estoy de acuerdo pero con una condición.

- Puedes hablar y dar tu opinión.

- Lo que pienso no es gran cosa pero creo que tiene mucho sentido. Acepto que hoy se le dé un premio a nuestro compañero pero, a cambio, pido que él deje de ser amigo de los pobres que por aquí nos rodean.

De nuevo se produjo un gran silencio y, como pasado un buen rato nadie más pidió la palabra ni dio su opinión, la joven de nuevo dijo:

- Que se levante este compañero y que se acerque para que podamos entregarle lo que ya hemos dicho.

 

            El joven se levantó, caminó despacio y se acercó a donde estaba la muchacha. Se paró junto a ella y ésta, enseguida cogió de manos de otro compañero, una gran bolsa de cuero, la alzó un poco mostrándola al tiempo que se la entregaba al joven pronunciando estas palabras:

- Este es el premio que entre todos los aquí presentes hemos reunido para ti.

Cogió el joven la bolsa en sus manos, pronunció unas palabras de agradecimiento, saludó y agradeció a la joven lo que estaba llevando a cabo y, sólo unos minutos después, la reunión se terminaba. Poco a poco todos fueron saliendo de la sala y mientras se dispersaban, entre ellos comentaban. La joven se quedó junto al amigo premiado y cuando vio que éste habría la bolsa, le dijo:

- Es una gran suma de dinero.

- ¿Y por qué tanto?

- Todos tenemos un gran deseo de ofrecerte la mejor y más práctico.

- De nuevo os lo agradezco.

Y mientras caminaban, el joven iba contando las monedas de oro que ahora tenía en sus manos. De nuevo preguntó la muchacha:

- ¿Y qué harás con todo esto?

- Ya lo estoy pensando pero tendré que meditarlo algo más despacio.

- Esta gran riqueza ahora es tuya y por eso, hagas lo que hagas, eres libre y estás en tu derecho.

Y parándose el joven, miró de frente a la muchacha y le preguntó:

- ¿Pero por qué me concedéis este premio tan grande?

- Ya te lo hemos dicho: por tu buen comportamiento.

- ¿Y no hay ninguna otra motivación oculta?

- Seguro que no.

Nada más dijo el joven. Siguieron caminando mientras continuaba contando sus monedas de oro.

 

            Y aquella noche, cuando ya estuvo en su cama, el joven reflexionó y para sí se dijo: “Ya sé lo que haré con todas estas monedas de oro. Me las han regalado seguro que con muy buenas intenciones pero yo no la necesito. Tengo que emplearlas en lo más honesto y bueno”. Y en cuanto amaneció al día siguiente salió de su casa, se fue por donde sus amigos pobres y uno a uno les fue diciendo:

- Esta tarde misma quiero reunirme con todos vosotros.

- ¿Y para que eso?

- Os lo diré cuando ya estemos todos juntos.

- De acuerdo pero ¿dónde quedamos?

- En la ladera del barranco de las higueras y en el mismo sitio que otras veces.

 

            Otras veces, en muchas ocasiones y a lo largo de bastante tiempo, este joven se reunía con sus amigos los pobres, sólo para estar con ellos, preguntarles cosas y darles la oportunidad de que hablaran y desahogaran sus penas y preocupaciones. Y ellos, agradeciendo al joven estas reuniones, le decían:

- Al menos, alguien en esta vida nos escucha y, aunque no pueda ayudarnos con riquezas ni alimentos, tener la suerte de contar a alguien nuestras desgracias, ya es algo bueno.

Y él les razonaba:

- Eso ya os lo he dicho muchas veces: cosas materiales no puedo daros porque también yo poseo poco, mas, mi compañía y respeto, siempre lo tendréis.

Y algunas veces, algunos se animaban y preguntaban:

- Y sí acudiéramos a los reyes de la Alhambra ¿nos darían casas, vestidos y alimentos?

A lo que de joven siempre respondía:

- A los reyes y en general, a todos aquellos que la sociedad distingue como “grandes”, es preferible no molestarlos mucho. Ellos quieren vivir lo más protegidos posible de los problemas de los demás y por eso, cuando algo o alguien les molesta, buscan la manera de quitarlo de en medio.

Los amigos del hombre pobre, agradecían estos consejos y se conformaban un poco más con su suerte.

 

            Al caer la tarde de aquel día de primavera, el joven fue el primero en llegar al lugar del encuentro con los pobres. Ellos fueron llegando poco a poco y él esperó a que estuvieran todos. Los fue saludando según aparecían y, en cuanto estuvieron todos, se sentaron en el suelo, en forma de un gran círculo, se puso en el centro el joven y les dijo:

- Nunca fui rico pero ahora lo soy un poco.

Y enseguida le preguntaron:

- ¿Y eso?

Y con detalle, les explicó lo del premio y a continuación les dijo:

- Pero como la fortuna que en estos momentos tengo no es tan grande como para sacarnos a todos de pobres, se me ha ocurrido algo interesante.

- ¿Y qué es?

- Voy a repartir entre vosotros todas mis monedas de oro aunque con una condición.

- Tú pon la condición que quieras que todos estaremos de acuerdo. ¿Qué es lo que se te ha ocurrido?

- Tres o cuatro monedas de oro para cada, poco va a resolver vuestra pobreza. Por eso, sería bonito organizar todos juntos una comida. Nos servirá para compartir un poco más nuestras cosas, al tiempo que disfrutamos y degustamos buenos alimentos. ¿Qué os parece?

- Que es una idea fantástica. Nunca en nuestra vida hemos tenido la oportunidad de vivir una cosa como ésta. Y si además, luego nos vamos cada uno con un par de monedas de oro en el bolsillo ¿Qué más podemos pedirle a usted y al cielo?

- Pues no se hable más y a partir de ahora mismo, vamos a organizarnos para preparar esta gran comida entre amigos.

- Eso, amigos todos entre sí y no como tantos otros que conocemos. Pobres, sin casa ni ropa ni techo pero respetuosos unos con los otros, gracias a este joven de corazón buen.

 

            Un rato más duró la reunión y en ella se habló de otras muchas cosas. Algunos, contaron los últimos acontecimientos de sus vidas y otros, narraron sus penas y sus sueños. Dejó el joven que hablara cada uno lo que le apeteciera porque entendía que esto era una forma de estar juntos, gozar de la amistad de unos para con los otros y, al mismo tiempo, llenar el momento y pequeño trozo de sus vidas, con las experiencias y pensamientos de los conocidos. Luego, cuando ya la reunión llegó a su final, sacó él la gran bolsa de cuero llena de monedas de oro y dijo:

- A cada uno voy a entregar unas pocas de estas monedas. Porque cada uno se va a encargar y responsabilizar de comprar aquellos alimentos que le apetezca. Y, dentro de tres días, como es fiesta, a primera hora de la mañana, todos nos volveremos a juntar en este mismo sitio. Cada uno de nosotros traeremos las cosas que hayamos comprado, las pondremos aquí en común, prepararemos mesas y asientos y daremos comienzo a la celebración de la comida que ya hemos dicho.

Y al terminar el joven de exponer su plan, casi todos a una dijeron:

- Es fantástica la idea que se te ha ocurrido.

Otros comentaron:

- También podremos buscar ramas secas de estos monte cercanos a la Alhambra, hacemos fuego y, en las brasas, asamos cosas.

- Eso también es una muy buena idea. Que cada uno exponga y aporte aquellas ideas y proyectos que se le ocurra.

- Todo esto nos parece tan original que seguro va a ser una experiencia única en nuestras vidas.

- Pues pongámonos mano a la obra.

 

            Y el joven, abriendo la gran bolsa de cuero, comenzó a repartir las monedas de oro entre sus amigos lo pobres. A unos les daba tres, a otro dos y a los que sabía de sus cualidades y entusiasmo para hacer el bien entre los compañeros, les dio más monedas. Todos las fueron cogiendo entusiasmados y al tener las monedas en sus manos, las miraban, las tocaban, las mordían con sus dientes y luego decían:

- Nunca hemos tenido tanto oro en propiedad. Y es cierto, reluce como el fuego y tienen un color tan bonito que parece caramelo.

- Caramelo del bueno y también se parece a las puestas de sol que desde esta colina cada día vemos.

Y otros, entre sí y con las relucientes monedas entre sus manos, cuchicheaban diciendo:

- Somos tan ricos como los mismos reyes de la Alhambra y por eso ahora no tenemos envidia ninguna de ellos.

- Y menos envidia de ellos vamos a tener cuando dentro de unos días estemos todos por aquí celebrando la gran comida.

Y otros volvían a preguntar al joven:

- ¿Y podemos comprar lo que queramos?

- Lo que queráis y todo aquello que os apetezca para que la comida resulte rica, variada y abundante.

Y al pronunciar estas palabras, algunos murmuraron cosas entre sí, muy bajo.

 

            La noticia del reparto de monedas y organización de la gran comida, se supo enseguida por todos los recintos de la Alhambra, alrededor y fuera de las murallas. Y muchos, al saber lo de la monedas de oro regaladas al joven como premio a su honestidad, fuera de la Alhambra y barrio del Albaicín, comentaban:

- Desde luego, a esto se le llama tener suerte y no yo, que me paso la vida trabajando del sol el sol y escasamente tengo para comer.

- Pero también hay que ser poco inteligente para repartir tanto oro entre los pobres.

- A los que he preguntado, comentan que el joven dice: “Repartiendo mi oro con los pobres, estoy juntando un gran tesoro en el cielo, donde no lo corroe la polilla ni lo roban los ladrones”.

- Eso son fantasías sin sentido. Mejor disfrutar todo lo que se pueda en esta vida y, en la otra si es que existe, ya veremos.

- Pero ya se sabe: cada uno tenemos nuestras cosas e ideas propias y eso, lo mejor siempre, es respetarlo.

 

            Dentro de los recintos de la Alhambra y en especial, en el círculo de nobles compañeros del joven, también se comentaba la noticia. Y lo que con más interés todos comentaban, era lo que el joven había hecho con sus monedas de oro. Decían:

- Lo de la comida con los pobres no me parece una buena idea.

- Desde luego que no lo es y por eso, hasta nuestros amigos los reyes, están alertados. Tanto que ya han dado órdenes para que se vigile la concentración que va tener con los pobres el día de esa comida.

- Yo creo que hacen bien porque, con reuniones como ésta o parecidas, es como empiezan las revoluciones y caen los reinos y los gobiernos. No hay que fiarse nunca mucho de las buenas intenciones de la gente buena y, menos, de los más pobres.

- ¿Pero a quien se le ocurre poner en manos de un joven como éste, tantas monedas de oro?

- Todo ha sido obra de su amiga, esa muchacha tan guapa que siempre lo está defendiendo.

- Pues yo creo que con ella también debemos tener cuidado. ¿Con que intenciones lo favorece tanto?         

 

            Este relato tiene una segunda titulado:

II- La comida, el baile y el caballo

 

II- la comida, el baile y el caballo

   No hace feliz la riqueza sino la generosidad

 

Al tercer día, el que el joven y los pobres habían acordado para celebrar la comida, el sol apareció muy brillante. Como son casi todos los días de primavera en Granada. Pero en esta ocasión, la luz del sol parecía más hermosa que nunca, lo mismo el azul del cielo y el cálido vientecillo que corría. Para la comida planeada, los pobres ya tenían casi todo preparado. Entre ellos, en los grupos pequeños, comentaban y se ponían de acuerdo y se aconsejaban esto y aquello. Y como, al salir el sol en este día de doble fiesta, descubrieron la gran belleza de la luz, del airecillo y del azul del cielo, entre sí también disertaban:

- Parece como si el cielo hoy estuviera de parte nuestra regalándonos esta bellísima mañana de primavera y éste sol tan espléndido.

Y otro de los pobres también dijo:

- Algo hay de esto es lo que has dicho porque es cierto que no puede ser más hermoso el día.

Otro más de los allí presentes, preguntó:

- ¿Y os habéis enterado de la noticia?

- ¿De qué noticia?     

- Lo de la hermosa muchacha amiga de nuestro amigo.

- ¿Es que le ha pasado algo?

- Yo he oído que el grupo de los nobles, al cual pertenece nuestro amigo y también los reyes de la Alhambra, están algo disgustados con ella.

 

            Entre los pobres que comentaban estas cosas, hubo un momento de silencio y luego, uno de ellos preguntó de nuevo:

- ¿Por qué están molesto con la muchacha?

- Yo no tengo mucha información del asunto y por eso no quiero hablar nada más. Pero sí podemos, cuando dentro de un rato ya estemos todos reunidos en el lugar de la comida, preguntar a nuestro amigo el joven.

- Eso es lo mejor pero ahora que estamos hablando de la muchacha, también quiero aprovechar para comunicaros una bonita confidencia.

- ¿Qué noticia es la tuya?

- Sé, y de muy buena tinta, que esta joven prepara algo especial para llenar de alegría y emoción la reunión de la comida.

- ¿Y qué es lo que prepara?

- También prefiero no adelantar acontecimientos. Y digo esto porque por lo visto, ella y los que preparan con ella la sorpresa, quieren mantenerlo en secreto para que todo resulte más emocionante.

- Pero tú ¿cómo te has enterado de esto?

- Ya sabes que entre nosotros, los llamados pobres de la Alhambra, hay algunos artistas amantes de la música y del baile. Un amigo mío, que también conocéis vosotros, me lo ha contado todo. Y luego me ha pedido que haga el favor de no revelar nada a nadie.

- Seguro que la sorpresa tiene que ser muy interesante y, aunque no lo fuera, el hecho de que esta joven venga a nuestra reunión, es muy, pero que muy gratificante.

 

            A primera hora de la mañana, cuando ya el sol comenzaba a derramar sus rayos por todos los contornos de la Alhambra, de la vega y de Sierra Nevada, llegaban los primeros pobres al lugar acordado. En las laderas y cerros al lado de arriba de las murallas, palacios y jardines de la Alhambra, por donde las acequias y amplios valles de hierba fresca. Y según iban apareciendo, unos a otros se saludaban y enseguida comenzaban a preguntarse:

- ¿Qué ha sido lo que has comprado tú?

- Mucha fruta, algo de carne, pan… Todo lo que se me ha ocurrido.

- Pues lo mismo he hecho yo pero a mí, después de haber comprado todo lo que me ha gustado, me ha sobrado mucho dinero.

Conforme llegaban otros, contaban lo mismo. Y como enseguida comprobaron que a todos les había sobrado dinero, el que hacía algo de líder entre el grupo de los pobres, propuso:

- Como nuestro amigo el joven nos ha dado las monedas de oro para que compremos cada uno lo que queramos, propongo hacer una cosa.

Los que ya habían llegado al lugar de la reunión y los que iban apareciendo, se interesaron enseguida por lo que proponía el que hacía de líder. Por eso, no tardaron en preguntar:

- ¿Qué es lo que se te ha ocurrido?

- Que juntemos todo el dinero que a cada uno nos ha sobrado y, con lo que reunamos, le compramos un bonito regalo a nuestro buen amigo.

- La idea es estupenda pero ¿qué le compramos?

- Yo ya lo tengo pensado.

- ¿Y qué es lo que has pensado?

- Bien sabemos todos que a nuestro amigo le gustan mucho los caballos. Nos lo ha dicho muchas veces y hasta nos ha comentado que el color del caballo que más le gusta, es el negro.

- Sí que es cierto que él ha comentado con nosotros muchas veces esto.

- Y todos sabemos que en el barrio del Albaicín hay un señor bastante rico que cría y vende caballos.

- También lo sabemos y yo, hasta lo conozco un poco. He hablado con este hombre varias veces y siempre que he ido por donde tiene sus caballos, me he quedado enamorado de uno negro. Es una maravilla de caballo y hasta lo tiene perfectamente domado. Es tan genial este equino que al animal, sólo le falta hablar.

 

            Y después de un rato de saludos y comentarios mientras iban llegando más pobres con las cosas que habían comprado, el que se había erigido líder, dijo:

- Pues ya está el asunto encarrilado. Como tú conoces al dueño de este caballo negro, hoy mismo, en cuanto demos por finalizada esta comida juntos, te encargas de ir y comprar este gran caballo.

- ¿Pero y el dinero?

- Antes de que llegue nuestro amigo y la joven muchacha amiga de él, vamos a ir el juntando todo lo que nos ha sobrado, en secreto para que nuestro amigo no se entere de nada y así, cuando luego le hagamos el regalo, se lleve una bonita sorpresa. Igual que él ha hecho con nosotros y en agradecimiento a su buen corazón.

 

            Y justo cuando ellos concluían estas conversaciones, vieron acercarse al joven. Por uno de los caminillos que, por entre jardines y trozos de bosque, subía desde las partes amuralladas de los palacios, se acercaba y mientras caminaba, mantenía conversación con alguno de los pobres y también con la muchacha. Preguntaba ella:

- ¿En qué sitio exactamente se va a celebrar la reunión y comida?

- Justo en la ladera cara al sol, a la Alhambra y Sierra Nevada, donde ahora mismo crece verde y espesa la hierba.

- ¿Al lado de la pequeña Alberca?

- Ahí mismo pero un poco más abajo. Por donde va la acequia que, al asaltar la torrentera, forma la bonita y clara cascada.

- Estupendo. Es el sitio que más me gusta y, como es ladera salpicada de piedras y árboles, resulta perfecto para sentarnos y para el espectáculo.

Y algo sorprendido, el joven preguntó a su amiga:

- ¿Qué espectáculo?

- Es una sorpresa pero ya te digo que el sitio es muy bueno para el escenario. ¿Conoces ese pequeño rellanillo que hay a la derecha de la Alberca?

-¿Donde crece una gran higuera y ahora, en estos días, las florecillas tapizan?

- Sí, creo que ése es el lugar ideal para lo que yo necesito.

- ¿Y para qué lo necesitas?

- Ya te he dicho que es una sorpresa.

Y el joven no preguntó nada más.

 

            Siguieron caminando, subiendo lentamente y, en unos minutos, se encajaron donde ya esperaba un buen grupo de pobres. Conforme iban llegando, además de saludarse, preguntar por lo que cada uno había comprado y recaudar el dinero sobrante para el regalo, todos iban poniendo en común lo que habían comprado. Junto a una gran roca, sobre la hierba y no lejos de las claras aguas. A llegar el joven, con otro grupo más de pobres y su amiga, todos se acercaron a saludarlo cortésmente y todos enseguida fueron presentando y aclarando lo que habían traído. Y, el que hacía algo de líder entre los pobres, preguntó al joven:

- ¿Deseas decirnos de qué modo nos organizamos?

- Yo no tengo nada que deciros. Vosotros sois y libres, la fiesta es vuestra y por eso podéis hacer lo que queráis y de la manera que más os apetezca.

- ¿Podemos hacer algunas lumbres para asar varias de las cosas que hemos traído?

- Estas tierras pertenecen a los habitantes y reyes de la Alhambra y por eso he hablado con ellos para pedirle permiso. No me han puesto ninguna pega y creo que tampoco nos dirán nada porque hagamos dos o tres hogueras.

- Pues entonces, mano a la obra.

Y el que hacía de líder, reunió a unos cuantos pobres, se fueron al bosque cercano, buscaron y recogieron ramas secas de encinas, lentiscos y romeros, las fueron juntando en haces pequeños y cuando ya se disponían ir a la zona más espesa del bosque en busca de más ramas secas, se quedaron parados.

 

            Tal como estaban, sobre un pequeño montículo, miraron al frente y, sin pronunciar palabras, descubrieron ante ellos un grupo bastante numeroso de soldados montados a caballo. Al frente se veía el que parecía hacer de general que, después de un rato sin moverse, espoleó su caballo y lento avanzó hacia el grupo de hombres que buscaban ramas secas. Esperaron que éste se acercara, parados sobre el montículo y sin dejar de mirar al general montado en su caballo. Llegó a donde ellos, detuvo su caballo, los miró despacio y luego les preguntó:

- ¿Qué estáis haciendo en estas tierras?

- Ya veis señor, buscando unas ramas secas.

- ¿Y adónde ibais cuando nosotros nos hemos presentado?

- Adonde es más espeso el bosque a por más ramas secas.

- A esa parte del bosque queda prohibido entrar.

 

            El general, tiró de las riendas de su caballo, giró éste y dando media vuelta de nuevo regresó al grupo de los soldados. Y los pobres, recogieron enseguida sus pequeños haces de leña, regresaron al lugar de la reunión y, nada más llegar, comentaron al joven lo ocurrido. Éste dijo que no se preocuparan y que diera comienzo la preparación de la comida. Y en un momento, unos por aquí y otros por allá, se pusieron mano a la obra. Encendieron fuego, asaron carne y otros productos, los fueron colocando sobre pequeñas piedras en forma de mesas, se sentaron en grupos reducidos sobre la hierba y, mientras charlaban y compartían todo cuanto habían traído, fueron comiendo despacio y en un ambiente muy relajado. El joven, junto con un pequeño grupo de pobres, se había sentado cerca de la acequia, muy próximo a la pequeña cascada y algo por debajo de la explanada de la Alberca. Y compartía él también la comida con los pobres cuando de pronto, el que hacía de líder, llamó la atención diciendo:

- Pido un momento de atención para informaros de algo muy importante.

Y todos, tal como estaban sentados en las piedras, al borde de la acequia y en la hierba, sin dejar de ocuparse en sus alimentos, guardaron silencio y miraron esperando lo anunciado por el que hacía de líder.

 

            Y antes de que éste dijera nada más, todos vieron que un grupo de pobres, vestidos con ropas humildes pero limpias, subían por el caminillo de la acequia, portando en sus manos instrumentos musicales, de viento, de percusión y de cuerda. Conforme fueron llegando a la pequeña llanura a la derecha de la Alberca, por debajo y en la ladera, comenzaron a sentarse. Prepararon sus instrumentos, afinándolos un poco y probando algunos acordes y al rato, el líder dijo de nuevo:

- Alguien muy amigo nuestro, en este día tan especial, quiere obsequiarnos con un espectáculo bello y personal. Mirad para el rellanillo de la derecha de la Alberca.

Todos hicieron caso y, en este momento, vieron a la muchacha amiga del joven que, como si viniera del lado del bosque, salía de entre unas matas de lentisco y se situaba sobre el rellanillo, frente a todos los que estaban celebrando la comida. Saludó diciendo:

- Quiero aportar mi granito de arena en esta reunión tan bonita, para que sea memorable para cada uno de los que estamos aquí.

 

            Con la boca abierta miraban unos y otros y algunos hasta aplaudieron pero ella pidió que no lo hiciera. El sol se había colocado en lo más alto del cielo, sobre un fondo azul intenso. A la izquierda de la muchacha, destacaba la oscuridad del bosque y al fondo y a lo lejos, se veían las cumbres de Sierra Nevada. Frente a ella y por la ladera, llanuras y bordes de la acequia, se repartían los pobres con sus lumbres encendidas y sus pequeñas mesas de piedra, degustando los alimentos. Más al fondo, se veían los verdes y espesos jardines de la Alhambra y Generalife y la muralla, rodeando palacios, ciudad y alcazaba. Más al fondo y al frente, relucían las casas de la ciudad de Granada, barrios del Albaicín y Realejo y la extensa vega por donde el río Genil y Darro se alejaban.

 

            Hizo ella una señal y del grupo de los músicos brotaron los sonidos, llenando el aire y todo el espacio de notas y acordes musicales, alegres y al mismo tiempo tristes y melancólicos. Volvió a extender sus brazos como si quisiera con ellos agarrarse al sol para irse a lejanos paraísos y, al mismo tiempo, movió sus caderas, sus piernas y todo su cuerpo. Y sobre el bello escenario de hierba orlado por las agua de la acequia y engalanado de florecillas, la joven danzó sin parar. Mostrando cada vez más y más belleza y trasmitiendo con su danza, la luz y alegría de su corazón. A cada momento el sol parecía iluminarla con más fuerza y los que la contemplaban, quedaban extasiados, sin encontrar palabras para expresar lo que sus ojos veían. Tanto que hasta se olvidaron de los alimentos que comían, absortos por completo en la música que de los instrumentos salía y en la hermosísima figura de la muchacha convertida en danza.

 

            Y hora y media después, cuando ya la joven había ofrecido toda la dulzura, luz, amor y dolor que anidaba en su corazón, la música dejó de sonar. Detuvo también ella su baile, miró despacio a todos los que le rodeaban y, con la alegría de la más tierna princesa, dijo:

- Y ahora, para terminar esta primera parte de mi baile para con vosotros, os voy a obsequiar con los sonidos de la “Canción del sol”.

Aplaudieron mucho y con fuerza, dio orden ella para que la música sonara de nuevo, extendió otra vez sus brazos al sol y, poniendo en ello todo su sentimiento, cantó:

 

Yo soy amiga del sol,

de las flores y de la hierba

y por eso en mi corazón

crece una primavera.

Florece cada mañana

cuando la luz del sol me besa

y allá en las altas montañas

pura la nieve blanquea.

 

Granada,

los ríos que lo atraviesan,

las verdes praderas anchas,

la esencia

de las noches embrujadas

y vuestra sincera

sonrisa cada mañana…

flores de mi primavera

en mi fantasía soñada.

 

Se alimenta,

cada día mi pobre alma

de la luz de las estrellas

y de los besos que el sol

cada mañana me entrega.

Él vive en mi corazón

en forma de primavera.

 

            Aplaudieron mucho y le dijeron hermosas palabras al terminar ella de cantar esta canción. Y la joven, agradeció todas las muestras de cariño que los pobres y su amigo le regalaban y se dispuso a bajar del escenario natural para unirse a los grupos mientras descansaba un poco cuando, de repente, algo a todos los sobresaltó. Por el lado de la máxima espesura del bosque, aparecieron los soldados montados en sus caballos, precedidos por el general. Por un momento, sobre el montículo y a lo lejos, se quedaron quietos. Luego comenzaron a bajar del montículo y se fueron acercando al grupo esparcido por la ladera y cerca de la acequia. Desorientado, el que hacía de líder, preguntó al joven:

- ¿Vienen a por nosotros?

- No lo creo.

- ¿Qué hacemos?

- Estarnos quietos y no hacer ni decir nada.

- ¿Y si nos atacan?

- Tampoco creo que hagan esto. Nada le hemos hecho.

 

            Y los soldados, no les atacaron. Fueron acercándose lentamente hasta situarse justo en el rellanillo que momentos antes había servido de escenario a la muchacha. Y ellos, tanto el joven como su amiga y todo el grupo de los pobres, al sentirse vigilados y acorralados, decidieron dar por concluido el día de fiesta. Poco a poco fueron apagando las hogueras, recogieron todo lo que por el campo tenían para que nada quedara contaminando y comenzaron a irse del lugar. Y según la tarde caía, descendían por los caminillos, alegres pero tristes. Tan tristes y preocupados que ni siquiera el joven y la muchacha, se atrevían a comentar nada. Sí el que hacía de líder, se acercó en secreto al que habían nombrado para la compra del caballo que iban regalar al joven y le dijo:

- Ya tienes el dinero necesario. Ponte en camino en cuanto puedas y ve al barrio del Albaicín y compra ese hermoso caballo negro. Pero ya sabes: procura que ninguno de ellos dos se enteren. Tiene que ser nuestro regalo secreto.

 

 

Este relato tiene un tercer y último capítulo, que pondré aquí próximamente y que se titula:

 

III- La derrota de los pobres

               La vida, solo merece la pena

                     si se da por aquello que soñamos

 

III- La derrota de los pobres

             La vida, solo merece la pena

                         si se da por aquello que soñamos

 

El joven, casi no pudo coger el sueño a lo largo de la noche. Recordando él los acontecimiento del día pasado y, sobre todo, el baile, la canción de su amiga y la presencia de los soldados. Con nadie comentó lo ocurrido pero, como el hecho le dejó tan consternado, mientras en su cama esperaba coger el sueño, se decía: “¿Serán los reyes de la Alhambra que maquinan contra mí? ¿Serán mis amigos los ricos? ¿Serán los soldados y gobernadores? ¿Serán…?” Y como no encontraba una explicación convincente, aunque también pensó en su amiga, desechó por completo este pensamiento. Sin embargo, los que más les preocupaban eran sus amigos los pobres. “Ellos no tienen quien les defiendan ni tampoco a dónde acudir. Y lo que hoy he visto sé que puede hacerles mucho daño. En cuanto amanezca y me levante voy a ir a los palacios de los reyes y a los de mis amigos nobles, a ver si me dicen galgo”.

 

            Y un poco antes del amanecer, el sueño lo fue venciendo. Y a pesar de la preocupación, el cansancio lo agotó y con el fresco de la madrugada, el canto de los grillos y el ulular de los autillos, se iba quedando dormido cuando, el relincho de un caballo, lo despertó. Se preguntó: “¿Un caballo aquí en mi casa y a estas horas de la madrugada? ¿Serán otra vez los soldados que vienen a buscarme?” Quiso incorporarse en la cama pero se quedó en ella tendido, ahora no queriendo coger el sueño sino escuchando atentamente. Y no tuvo que esperar mucho rato cuando otra vez le alertó un nuevo relincho. Y en esta ocasión tan fuerte y con tanta claridad que extrañado se dijo: “¡Si parece que está en la misma puerta de mi casa!” Y no se contuvo más. Se echó abajo de la cama, se vistió a prisa, mientras iba comprobando que por su ventana, ya entraba la luz del nuevo día.

 

            Su casa, el rincón donde desde que era niño vivía, no se encontraba en los recintos de los palacios de los reyes ni tampoco entre las lujosas viviendas de sus amigos los nobles. Su casa, sencilla pero limpia y delicadamente decorada, se alzaba en el rincón de la Medina. Donde también vivían muchas otras personas: artistas, poetas artesanos pintores y trabajadores de los recintos de los reyes. Por eso su casa carecía de protección, tanto de torres y murallas como de soldados que la vigilara. Y esto le gustaba a él, también mucho a sus vecinos y a todos sus amigos los pobres. Por eso, de vez en cuando le decían:

- Ustedes sí es de los nuestros.

- ¿Y eso?

Les preguntaba el joven.

- Porque vive como uno más entre nosotros y, aunque su categoría es distinta a la nuestra, ni siquiera tiene ropas lujosas ni come alimentos de primera.

- Es cuestión de saber que la felicidad, el verdadero disfrute de la vida y de las cosas, no se encuentra ni en ropas de lujo ni en comidas fabulosas.

- Usted piensa así y además lo practica pero no todo el mundo opina lo mismo.

- Quizás por eso hay tanta injusticia en este planeta, desgracias y miserias, en unos y otros. Sí las personas nos preocupáramos solo por lo necesario para la vida y nunca robáramos ni explotáramos a los otros ni tuviéramos envida, los humanos seríamos una raza realmente grande y libre.

Y los vecinos y pobres, como casi siempre entendían claramente lo que con ellos compartía, cada día lo admiraban un poco más. Y lo que con absoluta claridad entendían era su forma de vida y comportamientos. Lo que ellos llamaban “Enseñar con el ejemplo”.

 

Terminó de vestirse y de calzarse, sin dejar de mirar a la luz que, del nuevo día, se iba colando por su ventana. Abrió la puerta de su casa, salió fuera y, fue a mirar hacia la parte derecha de la estrecha calle que atravesaba la Medida, cuando ahora otra vez fue sorprendido pero en esta ocasión por el resoplido de un equino. Miró enseguida para su izquierda y lo vio. Y, al descubrirlo, más sorprendido aún, se preguntó: “¿Qué hará aquí y quién lo habrá traído?” Se acercó al animal, llamándolo suavemente y éste se dejó acariciar, con la tranquilidad y confianza de un amigo de siempre. Y lo primero que hizo fue darle unas palmadas en el cuello, luego acarició su frente y garganta y después le dijo: “No sé quién será tu dueño pero, mientras los averiguamos, no te inquietes ni te pongas nervioso. A mi casa y a mi compañía, eres bien venido”.

 

            Y miró ahora, muchos más detenidamente, la preciosa montura de cuero que sobre su lomo había, tapizada con una piel de cordero y bien sujeta con la cincha. Y la tocaba por aquí y por allá, cuando, al poner su mano en la parte de arriba de la montura, vio algo que otra vez le sorprendió: Enrollado en forma de pergamino y amarrado con una cinta de seda verde, sujeto a la montura, colgaba un trozo de papel color hueso. Sin tardar, lo cogió, desató la cinta, desenrolló el papel y a la luz, ahora ya un poco más clara del nuevo día, en letras grandes y gruesas, leyó: “Este bello caballo negro es un pequeño regalo de tus amigos los pobres, como agradecimiento a tu respeto y amor por nosotros. Responde al nombre de Trueno y es noble como ninguno. Que lo disfrutes”.

 

            Cuando terminó de leer el pequeño mensaje, se quedó mirando al papel, al caballo, a su casa y al recién llegado amanecer. Empezaba ya el sol a levantarse y fue ahora precisamente cuando cayó en la cuenta de que, por donde otros días a estas horas siempre veía y encontraban algunos de sus amigos los pobres, hoy no había ninguno. Y al descubrir esto, se extrañó aún más que con la presencia del caballo. Se dijo: “¡Qué raro! Parece como si todos se hubieran escondido para darme una sorpresa más”. Pero como seguía pareciéndole todo muy extraño, sin pensarlo mucho, desató la rienda del caballo, lo tranquilizó advirtiéndole que iba montarlo y, poniendo un pie en el estribo, brincó y se colocó sobre la montura. “Tranquilo pero ya en este momento te necesito”. Tiró de las riendas, lo hizo girar, lo animó después y luego le ordenó ponerse en marcha. “Mis amigos los pobres creo que nos están esperando en algún lugar escondidos, vamos a verlos y a disfrutar con ellos tu presencia en nuestras vidas”.

 

            Por la estrecha calle que atravesaba la Medina, subió a prisa montado en su caballo negro, sin dejar de mirar a un lado y otro. Y nada, ni un solo pobre encontraba por ningún sitio. Se tropezó con algunos vecinos y conocidos que, sorprendidos al verlo montado en tan hermoso caballo, los saludaron y varios le dijeron:

- Que lo disfrutes y te haga vivir experiencias emocionantes. Nunca se ha visto por aquí un caballo tan bello como el tuyo.

Y él les respondía:

- Luego os cuento que ahora tengo prisa.

Y dirigiéndose a su caballo le decía: “Vamos, Trueno, que mis amigos seguro que también se van a alegrar mucho al verte”. Y en unos minutos, salió de la Medina, cruzó algunos jardines de los palacios de los reyes y al llegar a la puerta de la muralla, también los soldados lo saludaron extrañados.

- ¡Qué buen caballo lleva usted hoy!

- Sí que es bueno y tiene carácter amable pero no puedo pararme.

- ¿Es que busca algo?

- Luego os cuento que ahora no puedo entretenerme.

Y aunque deseó preguntarle por la ausencia de los pobres, no lo hizo por temor a que no le contara la verdad. Él sabía que ni siquiera entre los soldados, lo pobres gozaban de simpatía.

 

            Por eso, en cuanto estuvo fuera de los recintos de la Alhambra, dirigió a su caballo hacia las llanuras de la parte alta. Por donde los espesos jardines y las acequias, con la intención de acercarse al rincón donde el día anterior habían celebrado la comida y la fiesta, pensando que por aquí encontraría algunos de sus amigos. Y no lo equivocó su intuición. Porque cuando con su caballo comenzó a subir por el caminillo de la acequia, justo en la hondonada y asomado a una de las cuevas que aquí había, uno de los pobres muy conocido de él, al verlo le salió al paso pidiéndole que se detuviera. Ordenó a Trueno que parara y, a solo unos metros del pobre, se detuvo. Y se disponía el joven a preguntarle cuando el pobre se le adelantó exclamando:

- ¡Gracias al cielo que has venido!

- Estoy intuyendo que algo ha ocurrido pero no sé qué. ¿Puedes tú decirme algo?

- ¿Pero no se lo ha dicho nadie?

- ¿Qué es lo que debían decirme?

 

            Y el pobre, muy alterado y atropellando las palabras, aclaró al joven:

- A todos nuestros amigos se los han llevado.

- ¿Pero quién y a dónde?

- Anoche, cuando se ocultó la luna, por todos estos sitios de la Alhambra, jardines, murallas y alrededores, aparecieron los soldados de los caballos. Y, con el general al frente, fueron cogiendo presos y amarrando a cada uno de nuestros amigos. Algunos quisieron avisarle pero no tuvieron tiempo. En menos de media hora, apresaron a todos los que usted y yo sabemos y, empujado por el ejército de soldados montados en sus caballos, se lo llevaron por los caminos que llevan al río Genil.

Desde lo alto de su caballo negro, el joven escuchó muy atento el relato y, cuando el viejo pobre dejó de hablar, el joven le preguntó:

- ¿Y adónde se los han llevado?

- Oí a un soldado decir que se lo llevaban al cañón del río para, una vez allí…

No pudo seguir dando más explicaciones porque las palabras se le atascaron en la garganta. Alzó sus brazos al cielo y al joven y se echó a llorar.

 

            Dejó el joven que pasaran unos segundos y luego, otra vez le preguntó:

- Tampoco he visto por ningún lado a mi buena amiga. ¿Sabes de ella algo?

- Su buena y hermosa amiga y también muestra, yo la vi enfrentarse a los soldados para que éstos no detuvieran a los pobres y ni siquiera a ella la respetaron. La hicieron prisionera, amarraron sus manos con unas cuerdas y, al frente del grupo de nuestros amigos, también se la llevaron, del modo en que ya le he dicho.

Y al oír estas palabras, el joven no esperó más. Tiró de las riendas de su caballo, lo hizo girar, lo encaminó hacia las sendas del río Genil y, en un abrir y cerrar de ojos, por esos parajes se perdió a toda prisa. Espoleando más y más a su caballo mientras miraba, escuchada y elaboraba situaciones en su mente. Sólo con la idea fija en encontrarse con los soldados y enfrentarse a ellos para salvar a sus amigos y a la hermosa joven.

 

            Y galopó durante mucho tiempo. Surcando los caminos, bajó desde las altas colinas de la Alhambra hasta las vegas del río Genil. Siguió luego galopando por los caminos que sabía iban al lugar del río que le había dicho el pobre de la cueva y no paró hasta coronar una alta colina. Al sur del río Genil, por donde los bosques de encinas y robles eran muy espesos y donde, en lo más elevado de esta colina, se extendía una gran llanura. Conocía él muy bien este lugar y por eso sabía que, una vez atravesada la llanura, se encajaría en lo más elevado del terreno, desde donde se veía todo el gran cañón del río. Por eso, mientras galopaba, ya con su caballo casi agotado, se iba diciendo: “Seguro que en cuanto me asomé a las cumbres de estas tierras, me los voy a encontrar por algunas de las curvas que por aquí traza del río. Y como yo me encuentro más elevado que todos ellos, en cuanto los vea, les gritaré y los perseguiré. Y si no me hacen caso, desde estas alturas, los atacaré y salvaré a mis amigos”.

 

            Estas y otras cosas parecidas iba rumiando su corazón mientras se colocaba en lo más alto de la colina. A un lado y otro del camino que recorría, el bosque era muy espeso pero, en cuanto estuvo en lo más elevado, tal como había imaginado, descubrió todo el cañón del río, por donde las grandes curvas, abundantes rocas y pronunciadas laderas. Sobre una era de tierra muy llana detuvo su caballo, observó despacio la ancha depresión del río, al mismo tiempo que escuchaba muy concentrado. Y, como el silencio era tan denso, no tardó en oír, haya muy a lo lejos y en lo más hondo del cañón de río, una voz conocida. El enseguida supo que era la voz de su joven amiga que lo llamaba. Desde lo alto de la elevada colina, gritó con la potencia de un trueno:

- Sed valiente, no te rindan ni dejes que el miedo se apodere de ti. Ahora mismo voy a salvarte y también a todos nuestros amigos.

 

           Y, como el camino que le había traído hasta las alturas de la colina desde aquí seguía bajando, trazando curvas por la umbría hacia el surco del río, dijo a su caballo negro:

- Vamos Trueno. Ha llegado el momento de dar la vida, si fuera necesario, por todos ellos. Galopa con la velocidad de relámpago siguiendo este camino hasta que les demos alcance.

Espoleó a su caballo y, ladera abajo, se estiró en un galope largo y suave como el viento. Y, no llevaban recorridos cien metros cuando, de un lado y otro del camino y de la espesura del bosque en lo más alto de la colina, surgió un ruido atronador de voces, gritos y cascos de caballo. Tal como iba sobre su caballo negro y algo inclinado hacia delante para facilitar el galope, miró a un lado y a otros y luego para atrás, y lo que vio le dejó helado el corazón.

 

            Cientos de soldados, montados en otros tantos caballos y equipados con armas de guerra, salieron de entre el bosque y de los lados del camino. Y al grito del general:

- ¡A por él, que no se nos escapa!

Se lanzaron en su persecución, al tiempo que otros pretendían cortarle el paso. Y al ver el joven tanto soldados y caballos contra él, en lugar de ordenar a Trueno que se detuviera lo avivó más diciéndole:

- No dejemos que nos apresen porque nuestros amigos no necesitan. Así que adelante y demostrémosles que somos los más valientes.

Y el negro caballo del joven, por completo desbocado a la vez que asustado por los ejércitos que le perseguían, empujó más en su galope. Tanto que, al llegar a una de las curvas que el camino trataba para la izquierda, el animal no puedo tomarla. Por eso, tal como iba en su veloz carrera, siguió, tropezó con los primeros arbustos que encontró al borde del camino, cayó al suelo y comenzó a dar tumbos ladera abajo hacia el río. Y a cada tumbó que daba, doblaba arbustos, rompía ramas de árboles y levantaba piedras y el polvo.

 

            Entre estas piedras, tierra y ramas del bosque, también rodaba el joven, precipitándose como en una avalancha hacia lo más hondo del río. Los que habían salido para cogerlo prisionero, al ver lo ocurrido, en lugar del parar la persecución y los gritos, vocearon con más fuerza y se lanzaron detrás del joven y su caballo. Y fue justo en este momento cuando el general ordenó:

- Detened la persecución. Ya hemos conseguido acabar con él. Misión cumplida.

Por todo el camino los soldados fueron deteniendo a sus caballos mientras seguían contemplando el espectáculo que ladera abajo se despeñaba. Y mientras el general se adelantaba para ver con más claridad todo lo que por la ladera se precipitaba, el caballo Trueno y el joven, caían y caían hasta llegar a las rocas, cascadas y charcos del río. En las aguas se fue hundiendo todo lo que desde la ladera caía.

 

            Era media mañana de un hermoso día de primavera, cuando ocurrió todo esto y sólo media hora después, el ejército de soldados montados en sus caballos, regresó a los recintos de la Alhambra. Enseguida en general trasmitió el parte al rey diciendo:

- Majestad, sus órdenes han sido ejecutadas.

- Bien, general noble y fiel. Desde hoy pasas a tomar posesión de una parte de mi reino.

Y justo en estos momentos, en el profundo, misterioso y a la vez hermoso paisaje del río, todo había quedado en silencio. Solo se oía el rumor de la corriente de las aguas, el canto de algún pájaro y el viento quebrándose al paso por entre las ramas del bosque. Cayó la noche y al salir la luna e iluminar los claros charcos del río y los bosque de las laderas, el silencio aún se hizo más denso. Lo mismo al día siguiente y un mes más tarde y un año y otro año. Las personas que habían sabido de este acontecimiento fueron poco a poco olvidándolo y, con el tiempo, muchos de ellos murieron. Por eso hoy en día ya casi nadie sabe de esta historia y hasta se ha olvidado en qué lugar del reino de Granada, ocurrió. También se ha olvidado el nombre con que algunas bautizaron el cañón del río y ladera. Durante un tiempo lo llamaron “El Valle del Misterio”. Y esto fue así porque, durante mucho tiempo y aún hoy en día, por el lugar se oía y se oye, algunas noches claras de primavera, como grandes coros cantar. También se oye una música muy hermosa y, entre el chapoteo de las cascadas del río, se percibe una voz muy dulce entonando las melodías de “La Canción del Sol”.

 

            Y por aquellos tiempos y aún hoy en día, algunos decían y dicen:

- Es que ese lugar fue, para los pobres, para la muchacha y para el joven y su caballo negro, puerta por donde entraron a la eternidad de un hermosísimo cielo. Puerta al paraíso que, cuando vivieron en este suelo, tantas y tantas veces habían soñado.

- Creo que eso es cierto. Por eso también creo que a este lugar habría que llamarle “El Reino de lo Bello”. Porque los sueños que ellos soñaron pertenecen al alma del más hermoso de los cielos.

 

            Por eso también, en las claras noches de luna, algunos todavía dicen que ella y el joven del caballo negro, se pasean libres, siempre felices y rodeado de su amigo los pobres, por las orillas de las aguas del río. Y también en estas noches de clara luna, el joven montado en su caballo negro, se ve paseando por algunos rincones, murallas y jardines de la Alhambra. Con frecuencia algunas personas lo ven. Desde las orillas del río Darro, laderas del Albaicín y partes altas, donde hoy se alza el Mirador de San Nicolás. Y cuando, en estas noches de clara luna, por muchos rincones de la Alhambra lo ven, unos a otros se preguntan:

- ¿Quién será y qué tesoro por ahí esconderá?

- Quizás no guarde o vigile un gran tesoro pero algún interés muy especial seguro que por ahí tienes escondido.

- ¿Y por qué lo vemos siempre solo, montado en su caballo negro y como si fuera al encuentro de algo muy odiado o amado?

- Tampoco lo sabemos pero sí es cierto que su caballo es tan hermoso, que a la luz de la luna, fíjate cómo brillan sus pelos.

- ¿Será algún príncipe que, en algún momento, de la Alhambra fue desterrado?

- Puede serlo y también puede ser algún príncipe enamorado que vuelve por aquí de vez en cuando en busca de la princesa por los recintos de esos palacios.

- Quizás pudiera ser esto. Pero para saberlo y tener conocimiento de todos estos secretos, no nos queda otro remedio que organizarnos y, una noche de luna clara, agazaparnos por esos rincones de la Alhambra y, en cuanto lo veamos, le preguntamos.

 

La cueva de los diamantes

       (Relato en varios capítulos. © José Gómez Muñoz)

 

                                               Quien confía, vive y muere por su sueño,

                               aunque en su vida todo sea fracaso,

                               tendrá para sí y entregará a los demás,

el más hermoso y autentico de los cielos.

 

Presentación

I- Él creía en su sueño. Mucho más que en todo aquello que veía con sus ojos, tocaba con sus manos, oía o pisaba. Y aunque los amigos y conocidos, con mucha frecuencia le decían:

- Que en estas tierras de Granada nunca se han encontrado diamantes.

A unos y a otros, siempre él les respondía:

- Porque nunca nadie haya encontrado diamantes en estas tierras, no quiere decir que no los haya.

- ¿Y en qué sitio crees tú que puedes encontrarlos?

- En las montañas, entre Sierra Nevada y la Alhambra.

- Pero si por esos lugares solo hay bosques, muchos ríos de agua muy claras, silencios profundos en el corazón de las noches y también caminos que han recorrido y recorren personas a lo largo de los siglos y ahora mismo.

- Pues en un rincón de esos paisajes, se encuentra la Cueva de los Diamantes.

- ¿Cómo puedes saberlo si nunca la has visto?

- Me lo dice mi corazón, una voz invisible y amorosa dentro del pecho y la fuerza clara y potente de mi sueño.

- Tu sueño, mi sueño, su sueño… La mayoría de las cosas que deseamos las personas, solo llegan a ser eso: bellos sueños.

 

            Llegó el verano y el sol comenzó a calentar con fuerza. Como lo hace siempre y en todos los meses de verano en estas tierras de Granada. Una mañana, en los primeros días de agosto, el cielo amaneció color caramelo. Y, antes de que el sol apareciera, en las laderas y bosques de la Alhambra, ya estaban cantando las chicharras. En el barrio del Albaicín, partes altas, laderas espejos de la Alhambra y por la orilla del río Darro, las personas comentaban:

- Hoy va a ser el día más caluroso del verano.

- Eso es lo que siempre decimos y al día siguiente repetimos lo mismo.

- Pero hoy, fíjate que color tan feo tiene el sol y el bochorno que ahora mismo brota del río.

- Desde luego que será un día muy caluroso y esto, aunque nos moleste mucho, también sabemos que es bueno.

- Bueno ¿para qué?

- Para que, en los huertecillos que muchos tenemos a un lado y otro del río y por esta ladera y aquella, maduren los tomates, pimientos, calabazas, berenjenas y pepinos.

- Por cierto, a la vieja higuera que clava sus raíces al lado de arriba de mi huerto, el otro día ya le cogí un par de higos. Maduros por completo y dulces como la miel.

- ¿Ves? Para esto también es bueno el calor de este pálido día de verano. Yo no tengo higueras ni tierra para sembrar huerto pero me gusta que las personas, los que sí tienen algunas tierrecillas, recojan buenas cosechas.

- Pues la cosecha de la higuera que te he dicho, este verano y con este calor, va a ser mucho más que buena. Cuando quieras te das una vuelta por allí y coges todos los higos que te apetezca.

 

            Esto y cosas parecidas, comentaban aquella calurosa mañana de agosto algunos de los vecinos del barrio del Albaicín. Y fue cierto que el sol comenzó a calentar con fuerza, nada más salir y según se alzaba sobre el Albaicín y la Alhambra. Y las personas que, además de comentar los acontecimientos de sus huertas, iban y venían por las calles y caminos, vieron al joven. Justo cuando el sol ya se había colocado casi en el centro del cielo y por eso brillaba intensamente y calentaba vigoroso. Y como lo conocían, al verlo, dos de ellos comentaron entre sí:

- ¿Adónde irá a estas horas del día y con este calor?

- Seguro al sitio que siempre dice: a su sueño.

- Es bueno este hombre pero también, raro como él solo y, misterioso, no te digo nada.

- “El Muchacho” lo llaman algunos, en plan de mofa y otros le dicen “El Misterioso” por lo que también sabes.

- Aunque no me gusta nada ese sentido irónico y de mofa que algunos le dan al pronunciarlo.  

- En eso tienes razón. A mí tampoco me gusta que las personas nos burlemos y menospreciemos unos a otros. Al fin y al cabo y como dice de él, “todos somos iguales en un punto concreto del universo y, en ese lugar, todos un día nos encontraremos.

 

            Y él, en estos momentos de la mañana, salía de su casa, no muy lejos de las aguas del río Darro, caminó un poco hasta llegar al río, torció para la derecha y, por la estrecha sencilla, se puso a subir. Sin prisa y como llevando su pensamiento ocupado en algo muy importante. A sus espaldas portaba una mochila y en la mano, un trozo de caña de bambú que utilizaba a modo de bastón. Llegó a uno de los puentecillos de piedra, en el río Darro, cruzó al otro lado y siguió subiendo hasta que vio el gran charco. El que muchos por el barrio conocían con el nombre de “el charco de las truchas” y era porque en sus aguas, él y otros, las habían pescado muchas veces. Se veía, en esos momentos en las aguas de este charco, la Alhambra reflejada al mismo tiempo que también destacando en lo más alto de la colina. Conforme se acercaba a las aguas, iba observando la figura de este robusto y viejo monumento y también lo iba disfrutando meciéndose sobre las pequeñas olas de las aguas. Y en su mente, se dibujaban las estancias, pasillos y jardines de los bellos palacios dentro de las murallas y ella por allí, de un lado a otro paseando.

 

            Conocía tan bien estos rincones y a los reyes, princesas, administradores, soldados y criados, que por eso en este momento se decía: “Hoy me echareis de menos y quizás mañana y al otro y puede que más, muchos días más. Pero hoy al menos no vais a maltratarme ni tampoco os burlaréis de mí ni me oprimiréis como si fuera un delincuente. Hoy soy libre porque os siento lejos y porque voy a dedicarme a lo que sueño y a llenar de paz y luz mi corazón. Aunque también puede que mañana tenga que volver y de nuevo deba aguantar vuestras impertinencias y malos modos para conmigo y otros pero ya veremos”. Y al llegar al charco, se paró, se quitó la mochila, buscó la gran piedra que cerca de las aguas había, al lado de arriba y en ella se sentó. Sacó de la mochila papel y lápiz y se puso escribir, frente por completo a las aguas del charco, donde ahora se reflejaba más brillante, la imponente figura de la Alhambra y donde también se veían nadar algunas truchas. Y, abrazado por el limpio silencio de la ya muy avanzada mañana y también besado por el fresco vientecillo que subía por el río, escribió durante un rato. Casi sin levantar la cabeza y por eso por completo concentrado.

 

            Se acercó a él, por detrás y desde el lado de las tierras de las huertas, uno de los vecinos del barrio. Muy despacio y casi en silencio y cuando estuvo como a unos dos metros, se paró. Notó que no se había percatado de su presencia y por eso lo alertó diciendo:

- ¿Hoy también vienes a pescar truchas?

Al oír la voz, dejó de escribir, torció su cabeza, miró para el lado de arriba y al ver al vecino y dueño de un pequeño huerto cerca del río, respondió:

- No son truchas lo que hoy vengo por aquí buscando.

- ¿Entonces qué? ¿Vas a escribir tus memorias o piensas ponerte a buscar oro en las aguas de este río?

- Las dos cosas podría hacer pero no haré ninguna y sí otras.

El vecino pidió permiso y se sentó sobre la grama, muy cerca de las aguas del charco, mirando también a la Alhambra y a la pequeña cascada que formaba el río por el lado de arriba. Y durante unos minutos no volvió a pronunciar palabra. Sin embargo, sí mostraba interés por la presencia del joven en el charco, a estas horas del día y nada más que con su mochila, un papel y lápiz.

- Todos por aquí sabemos que tienes una especial predilección por este charco del río y nunca nadie hemos sabido por qué.

- Eso es cosa mía y a la mejor algún día lo comparta con vosotros.

- Pero, además de las truchas y el agua clara que aquí se remansa ¿qué otro interés tienes en este charco?

 

            No respondió él enseguida lo que el hombre le preguntaba. Meditó durante unos segundos y sí dijo luego:

- En la vida, aunque no tengamos certeza ni seamos sabios ni poseemos riquezas, cada persona sabe lo que quiere y busca la manera de realizarlo. Creo que esto es lo que le pasó a ella y también lo que vivo yo cada día.

Y al terminar de pronunciar estas palabras, guardó silencio, cogió un trozo de rama seca, dibujó algunos letras en las arenas de la orilla del charco mientras de reojo miraba para la Alhambra.

 

            A ella, muy pocas personas la habían conocido. Vino un día de un país muy lejano y se quedó a vivir en unos de los palacios de la Alhambra. No como criada o esclava sino como aprendiz de princesa. No lo era pero según se decía y llegó a oídos de él, su familia tenía algo de fortuna y conocía a unos de los reyes de la Alhambra. Por eso, se pusieron de acuerdo y un día viajó, desde su lejano país, hasta la ciudad de Granada y le dieron cobijo de los recintos de la Alhambra. Y él, la conoció a los pocos días de llegar. Su redonda cara y nariz un poco respingona, sus ojos rotundos y negros, su pelo también negro y siempre descansándole sobre los hombros, su sonrisa limpia y en todo momento como regalando gracia, su menudo cuerpo, su voz aterciopelada y su cándido mirar, a él le cautivó. Con una fuerza tal que enseguida el alma se le lleno de ilusión.

        

            Y como él también vivía en la Alhambra, no en los palacios sino en una mansión cercana, tuvo la suerte de verla nada más aparecer en estos lugares. La vio al día siguiente, al otro y todos los que siguieron a lo largo del año y medio que tuvo también la suerte de hablar en muchos momentos con ella. Siempre se interesaba por lo que él hacía, cómo vivía, lo que pensaba, las aspiraciones de su vida y lo que soñaba. Y por eso, en ocasiones le decía:

- Realizar el sueño que todos llevamos en el corazón es lo más difícil en esta vida pero es lo único que merece la pena y tiene sentido.

Y ella, siempre que el joven reflexionaba de este modo, le preguntaba:

- Y tus sueños ¿cuáles son?

- Me conformaría sólo con encontrar una mujer que fuera buena y me quisiera.

- Pero a esta mujer ¿qué le pedirías que tuviera?

- Solo cuatro cosas fundamentales y, por encima de las demás, valiosas.

- ¿Por ejemplo?

- Primero, que fuera inteligente. Segundo, que amara lo excelso y bello más que las riquezas de esta tierra. Tercero, que amara a todas las personas, ricos, pobres, blancos, negros y pequeños, como a ella misma. Y la última y para mí muy fundamental es que también fuera amante de la naturaleza, de los ríos claros, de las puestas del sol, de los cielos azules y nubes blancas, de los días de primavera cálidos y de las nieves y de las lluvias. Y te digo esto porque, dentro de mi corta inteligencia, he llegado a descubrí que si una persona es amante de las flores, de los animales, de los días de sol, lluvias y nieves y también de los colores del universo, esta persona, sin más remedio, ha de ser valiosa y buena.

 

            Y la aprendiza de princesa, ya más que reina hermosa en el corazón del joven, al oír las reflexiones que con ella compartía, siempre le preguntaba:

- ¿Por qué crees tú que no es bueno que una mujer sea amante de los vestidos de seda, de los collares de oro y del lujo y de las riquezas?

- Para mí, la mujer que pone en primer lugar en su escala de valores, las cosas que acabas de mencionar, no es valiosa del todo ni plenamente bella. Y menos encuentro hermosa a la mujer que centra su sueño y lucha por la vida en conseguir, por encima de todo, riquezas materiales y lujos.

- Pues esto es hermoso y también bueno.

- Lo es pero no tanto porque su valor es efímero. Los humanos, todos y a lo largo de todos los tiempos, estamos llamados a ser inmortales, plenamente felices, en el reino donde todo es luz, bello y mucho más perfecto que el más hermoso de todos los sueños. Y la materia, el lujo, las riquezas, los vestidos de seda y joyas de oro, siempre, siempre lo corroe el tiempo y convierten en polvo. Por eso, ninguna cosa material lleva nunca a la felicidad plena.

 

            Y también, cuando el joven compartía estos pensamientos con la aprendida de princesa, en muchas ocasiones ella guardaba silencio. Como reflexionando las cosas que él le decía y como si, en el fondo y aunque las compartiera, no encajaran del todo con sus formas de ver y sentir la vida. Sin embargo, el joven sí buscaba continuamente la oportunidad de verla, estar a su lado y hablarle de sus sueños. Por eso, un día de primavera, cuando ya habían brotado muchas flores en los campos y estaban verdes los montes y las riberas del río, le dijo a la joven:

- El río Darro, a su paso por entre la Alhambra y el Albaicín, es hermoso y guarda muchos secretos. ¿Conoces tú estos rincones que te digo?

Y ella le contestó:

- Algunos de los amigos que ya tengo aquí en la Alhambra, me han hablado de este río pero todavía no he pisado yo esos sitios.

- ¿Y te gustaría conocerlos?

- Mucho. Porque pienso que sí serán lugares bellos y porque me interesa, para mí cultura universal, conocer también los paisajes que rodean a estos palacios y a sus murallas.

- Pues yo puedo llevarte el día que tú quieras.

- ¿A qué sitio concreto?

- A todo el hermoso rincón que el río Darro ofrece a su paso por la umbría de la Alhambra y las casas y palacios del barrio del Albaicín.

- Y por las partes altas, esas tierras llanas que desde las torres de la Alhambra se ven junto al río ¿qué hay?

- Esas tierras llanas están pobladas de árboles frutales y muchas huertas de personas pobres. Es un lugar muy bello y más, por donde en una curva, el río ofrece una pequeña cascada y se remansa un precioso charco azul y profundo.

- ¿Y también conoces ese sitio?

- Lo conozco y mucho y por eso sé lo que me digo y te repito que puedo llevarte cuando quieras.

Y la joven, contagiada del entusiasmo que su amigo transmitía cuando hablaba de estas cosas, otra vez repitió que le apetecía ver y conocer los sitios secretos y bellos del río Darro.

 

            Por eso, aquella mañana de primavera, los dos se encontraron en uno de los espacios de los palacios de la Alhambra. Ella había pedido permiso para ausentarse el día entero y lo mismo había hecho el joven. Porque él, aunque era libre y tenía su vivienda fuera de los palacios, trabajaba como consejero y sabio en un grupo a las órdenes del rey. Le concedieron el permiso que había pedido, lo mismo que ya había sucedido otras veces y al encontrarse con ella en unos de los patios de la Alhambra, la saludó y le dijo:

- Hace un día precioso y por eso he pensado que mejor que llevar caballos, podemos ir andando. ¿Está dispuesta?

- Si no hay que andar mucho ni es complicado del camino, sí.

- Hay que andar un poco pero tenemos todo el día por delante. Y el camino, los caminillos de tierra que suben y bajan y se retuerce por las laderas, en algunos tramos, tienen sus dificultades.

- ¿Pero tú los conoces?

- Los he andado muchas veces tanto de día como de noche. Y por eso te digo que aunque tienen cuestas y muchas curvas, son transitables y pasan por paisajes muy bellos. Y esto, como tú dices, puede ser bueno para que conozca de cerca y en vivo los paisajes que rodean a la Alhambra.

- Pues si tú los dices, yo me animo. Confío en ti y por eso espero que todo salga bien y el día sea hermoso.

 

Continúa con el capítulo “II - La aprendiza de princesa”

 


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