Ventanas a la eternidad

       Relatos cortos // 2010-16

El libro de los más bellos relatos de la Alhambra,

río Darro, Albaicín, Realejo y Granada - VIII 


1- Secretos en el Albaicín  

2- La música del río Genil  

3- Estudiar frente a la Alhambra   

4- La madre  

5- El manantial de las aguas agrias   

6- La joven del corazón de oro  

7- Los nombres, a veces no importan  

8- Un cuento para la princesa   

9- Una Alhambra entre montañas 

10- Un hombre malo   

   

11- Artista en la Alhambra 

12- Un paraíso en Granada  

13- El hombre y el borriquillo del río Darro  

14- Al florecer los almendros    

15- La princesa que se convirtió en hielo 

16- Las injusticias hay que denunciarlas   

17- El caballo blanco del río Darro   

18- La casa de la princesa    

19- Meditar la Alhambra  

20- El restaurador   

Secretos en el Albaicín, Granada

 

       Conozco uno de los muchos secretos y misterios que se han dando y dan en el barrio del Albaicín. Ha llegado hasta mí a través de una persona amiga. Esta persona un día me dijo:

- ¿Has oído tú alguna vez el secreto de la muralla del Albaicín?

Algo sorprendido lo miré, estuve en silencio un buen rato y luego le pregunté:

- Algunos secretos sé de este barrio pero el de la muralla del Albaicín nunca lo he oído. ¿Qué misterio es?

- Dicen que solo se puede ver una vez al año y desde un punto concreto.

Y como la curiosidad se fue apoderando de mí le seguí preguntando:

- ¿Qué día del año y desde qué lugar se puede ver?

- El día es justo mañana. El primer día de la primavera y solo se puede ver este secreto a la hora exacta en que entra esta estación del año.

- Pues yo ya me muero en deseos de vivir esta experiencia. Mañana entra la primavera justo a la seis de la tarde. ¿Quedamos y vamos a este barrio y me muestras el enigma que me dices?

- Si tú quieres, quedamos y te lo enseño.

Y no se habló más. Aquella mañana nos despedimos quedando vernos al día siguiente en el Mirador de San Nicolás.

 

            Se sabe que el barrio del Albaicín es el más antiguo de Granada. Y se dice que su origen es árabe. De la época de la Alhambra o mucho antes. Aunque algunas personas dicen que el Albaicín nació con los primeros pobladores de estas tierras. Cartagineses, fenicios griegos, romanos, ziríes, andalusíes, árabes… Y también muchos dicen que sobre el cerro donde ahora se asienta este barrio, fue donde nació Granada. Justo en lo más alto, desde donde se ve mejor todas las tierras de la Vega y la gemela colina de la Alhambra. El lugar exacto se le conoce ahora como Alcazaba Cadima, alcazaba vieja, y también Palacio de Daralhorra.

 

            Quizás por todo esto y algunas cosas más son tres las murallas que tiene el Albaicín. Por el barranco y ladera de la Cuesta Alhacaba, entre el mirador de San Cristóbal y la colina de Alcazaba Cadima, es donde se pueden ver restos de estas murallas. Por aquí y por otros sitios del actual barrio del Albaicín: por algunos tramos de la calle San Juan de los Reyes, por donde Haza Grande, por las laderas de San Miguel Alto…

 

            Estas cosas y más aun, se saben del bonito barrio del Albaicín, en Granada. Porque eso sí: este barrio es el lugar más hermoso de la ciudad de la Alhambra, no solo por su historia y el trazado de sus calles y casas. También y fundamentalmente por el sitio que ocupa. Como ya he dicho: en lo más alto de un precioso cerro que forma colina gemela con la de la Alhambra. Se puede decir que el Albaicín es el espejo de la Alhambra y, al mismo tiempo, la Alhambra espejo del barrio del Albaicín. Porque, en lo más elevado de las colinas, se miran y reflejan sobre las aguas del río Darro y las tierras de la Vega, iluminados por las nieves de Sierra Nevada. Cosas estas realmente curiosas y originales que son apreciadas por muchas personas. Pero este blanco barrio, antiguo y nuevo, guarda en sí misterios y secretos que muy pocas personas conocen. Al menos el secreto que pretendo contar y que me descubrió la persona que ya he dicho.

 

A la noche siguiente del encuentro que dije, llovió mucho. Sin parar estuvo lloviendo toda la noche y, al amanecer, la lluvia seguía cayendo. Recordé que la persona conocida, el día anterior me había comentado:

- Y además de ser en el primer día de la primavera, la noche antes tiene que haber llovido mucho. Sin embargo, cuando se acerque la hora exacta del paso del invierno a la primavera, las nubes deben abrirse en el cielo y el sol tiene que salir. Si estas cosas no se cumplen no será posible ver el secreto que te he anunciado.

 

            Así que al amanecer del día acordado descubrí que las cosas estaban siendo tal como él me lo había contado. Pero temía que a la hora exacta de la llegada de la primavera, el sol no saliera. Sin embargo, confié y a mediodía, salí de mi casa. Con el paraguas en la mano y con la ilusión de encontrarlo en el Mirador de San Nicolás.

 

            Despacio subí por la Cuesta Alhacaba y lentamente me fui acercando al mirador. Y me lo encontré como siempre: lleno de gente que miraba y hacia fotos a la Alhambra y también muchos hippies con perros. Miré y vi a mi amigo. Estaba sentado en el viejo aljibe de ladrillos y también miraba esperando. Seguía lloviendo y por eso se cubría con un paraguas. Le dije:

- Aquí estoy.

- Has llegado a tiempo.

- ¿A dónde tenemos que ir para presenciar el acontecimiento?

- Hay que caminar un poco para llegar a un punto muy concreto.

- ¿Qué punto es ese?

- Es un lugar en este barrio del Albaicín que no te digo ahora. Vamos a caminar y lo verás dentro de un momento.

- Pues, cuando tú quieras.

 

            Y dejó el sitio donde estaba sentado y se puso a caminar. Lo seguí. Cruzamos la plaza por detrás de la iglesia de San Nicolás, entremos en el callejón Cementerio de San Nicolás, salimos a la placeta Hornos Moral, rozamos el aljibe Polo, cruzamos la plaza Aliatar y por el lado de arriba caminamos. Recorriendo muchas callejuelas siempre en dirección a la ladera de San Miguel Alto, que es por donde hay muchas cuevas. Pensé que me llevaba a una de estas cuevas pero no fue así.

 

            Lentamente fuimos remontando toda esta ladera hasta que coronamos al Mirador de San Miguel Alto, por delante de la ermita con el mismo nombre. También pensé que sería por aquí donde él debía mostrarme el secreto pero tampoco acerté. Porque seguimos caminando, le dimos la vuelta a la ermita y volcamos para el barranco del Sacromonte. Y al llegar a este sitio sí le pregunté:

- ¿A dónde me llevas?

- Observa el cielo.

- Sí, parece que ya no llueve. Las nubes se abren y, en algún momento, el sol quiere salir. ¿Es esto lo que tiene que suceder para que podamos ver tu secreto?

- Exactamente esto.

- ¿Y queda mucho por llegar al sitio?

- Muy poco.

 

            Nos acercamos a un tramo de muralla. No digo ahora exactamente el sitio porque esto fue lo que me pidió mi amigo:

- A nadie debes decir nunca las cosas con claridad para así evitar que muchas personas vengan a este lugar.

Y le dije a él:

- Cumpliré siempre con este deseo tuyo.

Por eso ahora solo digo que nos fuimos acercando a un pequeño trozo de muralla, sobre el cerro de San Miguel Alto. Buscamos un punto muy concreto, desde donde se ve todo el Albaicín y seguimos con los ojos puestos en el cielo. Las nubes se abrieron más, el sol comenzó a brillar y la hora exacta en que debía comenzar la primavera se acercaba.

- Todo va a salir bien, ya verás.

- Estoy tan nervioso que hasta me parece que esto no es cierto. ¿Qué tenemos que hacer ahora?

- Debemos buscar la piedra que, al tocarla, nos abrirá la gran puerta al secreto.

- ¿La piedra?

- Sí, una piedra no muy grande, algo blanca porque es caliza y casi redonda.

- ¿Sabes dónde se encuentra?

- Tranquilo.

 

            Miró el reloj, miró luego al sol y se agachó un poco. En este momento miré yo y vi la piedra. Metida en un trozo de la tapia que conforma la muralla y del color que me había dicho. Volvió a mirar al cielo, se abrieron mucho más las nubes, brilló con mucha fuerza el sol y él alargó su mano. Eran las seis en punto de la tarde, momento en que comenzaba la estación de la primavera. Con su mano tocó la piedra y, antes mis ojos, ocurrió el asombro. Vi como el trozo de muralla que teníamos ante nosotros, se abrió en dos. No al frente sino a lo largo. Como si el grueso de la pared que conforma la muralla, a lo largo, se abriera por el centro. Y no solo el trozo que teníamos por la izquierda, hacia la Alhambra, sino el de la derecha y por el otro lado de la ermita de San Miguel Alto, lado de Haza Grande. Y el trozo que caía para el barrio del Albaicín comenzó a transformase como en mil pétalos de rosas, en todos los colores. Lo mismo sucedía con el trozo de muralla que caía hacia el barranco de Sacromonte.

 

            Y, conforme estos trozos de muralla se transformaban en grandes pétalos de rosas, del centro de estos pétalos, comenzaron a surgir más hojas, también de mil colores y brillantes casi como el mismo sol. Y, entre estos pétalos del centro, vi aparecer todo el barrio del Albaicín. Como transformado en una gran montaña de color blanco y desprendiendo haces de luz hacia los lados. Lentamente surgía del centro de esta gran rosa y al mismo tiempo se elevaba hacia el cielo. Al fondo, muy al fondo y sobre montañas de nubes rojas, se veía la Alhambra.  

 

            Con el aliento contenido, yo miraba sin creer que fuera cierto lo que mis ojos estaban viendo. Pero me animé y le pregunté:

- ¿Qué explicación tiene esto?

Y él, con su mano apoyada en la blanca piedra, me respondió:

- Yo no lo sé y por eso no me preguntes más. Solo puedo decirte que no es sueño y de aquí mi deseo de que lo vieras.

- Pero, y si me permites, yo sé que muchas de las personas que han vivido y viven ahora en este barrio del Albaicín, lo pasaron y lo pasan mal, tuvieron y tienen enfermedades, sufrieron y fueron y son pobres. ¿Cómo es que todo lo que ahora mismo veo es glorioso y bello? ¿De dónde sale tanta luz y tantos colores fantásticos?

- En lo que preguntas es donde se encuentra el gran misterio. Y quizá por esto es por lo que a tantas personas les gusta mucho todo este barrio del Albaicín.

- Sigo sin entenderlo.

- Ni yo sé explicarte más. Pero te repito: Esto no es un sueño.

 

La música del río Genil

 

            Aclaración

            Un amigo mío del barrio del Realejo, un día me hizo un regalo muy especial: una vieja maleta en forma de baúl, llena de cuadernos escritos a mano. Me dijo:

- Como sé que tienes mucho interés en todas las cosas de la Alhambra, los paisajes que le rodean, los ríos que a un lado y otro corren y las luces de los atardeceres y cantos de pájaros, te hago este regalo por si puede servirte para algo.

Al dármela le pregunté:

- ¿Son tuyos estos cuadernos de hojas amarillas?

Y él me respondió:

- Ni son míos ni tampoco conozco a la persona que los guardó en este baúl.

- ¿Entonces?

- Tanto esta maleta como los cuadernos, pertenecieron a un hombre que un día vivió y murió en un pequeño cortijo al norte de Granada. Por donde dicen existió el Cortijo de la Viña. Le llamaban a este hombre el Anciano y, a lo largo de toda su vida, escribió mucho. Nunca nadie le publicó nada pero sí al morir, dejó todos sus escritos guardados en este baúl. Unos conocidos míos me trajeron a mi casa esta gran maleta y, como yo no sé qué hacer con todos estos papeles, hoy te los regalo a ti. Algunas de las cosas que en estos cuadernos hay escritas, sí las he leído, otras, no. Pero creo que todo es muy interesante y por eso ahora quiero regalarte a ti esta extensa colección de aquel hombre de las montañas. Quizá pueda servirte para algo a incluso darle alguna utilidad.

 

            Le agradecía a mi amigo su regalo y aquella misma tarde, me puse y comencé a leer algunas de las cosas que había escritas en los cuadernos. Me interesó mucho un grueso cuadernos, todo por completo escrito y con el siguiente título en la portada: “El huerto de los Girasoles”. Leí algunas de sus páginas y luego me enfrasqué en la lectura de otro cuaderno, por completo amarillo y sucio. En una de sus páginas, encontré el relato muy curioso, donde se habla del río Genil, sus claras aguas y los paisajes que un día fueron la gloria de la grandiosa ciudad de la Alhambra. Pongo a continuación un fragmento de este interesante escrito:

 

            Excursión de Sierra Nevada            

            “Hoy es trece de marzo y sábado. Hoy se la levantado el día solo con algunas nubes por el cielo, sin nada de frío ni viento. Hoy es un día algo extraño en este país llamado España porque solo hace dos días hubo un gran atentado en la capital principal y han muerto más de doscientas personas. Lo sentimos Sinombre y yo pero nada podemos hacer contra estas cosas y lamentarnos o condenar como ya lo hacen tantos ¿qué sentido tiene y para qué sirve? En tu nombre y para ti, hoy nos hemos levantado temprano y nos hemos puesto en marcha para realizar la excursión que ya teníamos planeada. Queremos ver y pisar nieve y, aunque hoy el día no parece el más indicado, quizá tengamos algo de suerte y sobre las cumbres sí caiga nieve. La excursión que pretendemos realizar discurre todo el río Genil arriba hasta el Barranco de San Juan. Aquí mismo, en este Barranco de San Juan, arranca la famosa y rimbombante Vereda de la Estrella que discurre todo el río Genil arriba hasta las laderas norte de los picos Mulhacén y Veleta. Y no es que hoy nos queramos meter a montañeros por estas sierras que desconocemos por completo. Por estas sierras ya hay muchos montañeros curtidos y con grandes conocimientos de todo. Muchos que tienen libros escritos, mapas, rutas, páginas Web y todo esto. Lo nuestro por aquí y hoy es solo vivir la experiencia de los paisajes para sentir y gustar la belleza de lo excelso. Buscar el encuentro con nosotros mismos y con Dios para sentir la vida que nos pertenece y, en forma de nostalgia y sueño, nos corre y quema por las venas. Esta es la ruta que Sinombre y yo queremos hacer hoy y para vivir la emoción que ya he dicho. Clero que no nos hemos olvidado de ti. ¿Cómo vamos a olvidarnos? Aunque no lo sepas o, cuando lo sepas si es que lo sabes algún día, esta ruta es en tu nombre, por ti y para ti. Es como si fuéramos en busca de Dios que es a quién pertenece lo que somos, sentimos y soñamos para encontrarnos en Él, contigo y que ya sea cierto lo que tanto soñamos. Te hemos cursado la invitación correspondiente para que veas que no te excluimos en nada. Y la hemos cursado con el siguiente texto:

 

“Nos vamos de montañismo ahora mismo. Ha llovido un poco esta noche y ahora hace algo de frío ¿Te esperamos? Porque es que si no vienes nos va a faltar lo principal. Y si vienes, juntamos tu alegría y la nuestra y ya verás lo que vamos a liar por la montaña. Con lo optimista que eres y nosotros que también estamos contentos, nos lo vamos a pasar bomba. ¡Anda! Vente con tus amigos. Te vamos a esperar un ratico y si no apareces, pues nos iremos sin ti y procuraremos hacer fotos y recoger todos los datos que podamos para luego contarte las cosas ¿Te parece bien? Pero tú no te preocupes, que lo que enserio nos gustaría es poder estar contigo y Bandolero. ¡Ojalá pudiéramos verte aquí con tu caballo, subida sobre él, acariciándolo, dándole tus palmaditas de cariño, hablándole!... Ojalá pudiéramos estar para darle unas palmaditas de amistad también a Bandolero y decirle lo guapo que es y lo mucho que lo queremos. Así que tienes mucha más suerte que nosotros. Pero estamos a tu lado dándote amistad. Como fue el primer día, como lo es hoy y como lo será siempre. Te consideramos la mejor. Para nosotros siempre serás la buena. Pero siempre, siempre, siempre.”

 

            Y la excursión nuestra ha dado comienzo a las 8,15 de la mañana. Hemos atravesado la ciudad de Granada, cuando todavía duerme casi todo el mundo y nos hemos metido por el río Genil arriba. Siguiendo el carril de tierra que al borde de las aguas construyeron no hace mucho y mientras la mañana se va levantando, ya damos comienzo a nuestra excursión. Antes de cruzar las aguas del Genil para venirnos a lado de la izquierda y tomar la carretera hemos visto el sitio donde ya el otro día te dije hay algunos caballos. No es una hípica propiamente pero sí hay algunos caballos que comen hierba en la pradera y tienen cuadras con paja, un rincón donde se ven palos de esos que ponen para que los caballos salten cuando los montan los que los doman y también se ven algunos pesebres donde comen los animales y cosas de estas. Sinombre es la primera vez que ve este rincón. Él nunca ha venido por aquí. Por eso mientras lo vamos superando le digo que mire para que vea y se imagine cómo será el lugar donde Bandolero tiene su mundo al tiempo que le comento:

- De este rincón y estos caballos el otro día le hablé a ella. Le dije que le mandaré una foto para que lo vea y le dije que siempre que paso por aquí mi mente la recuerda. Porque esto es algo parecido a la cuadra donde tiene a su Bandolero.

Y Sinombre me dice: “Pues vamos a parar y le hace la foto. Porque hoy tenemos que hace fotos de todo lo que veamos y sea bonito. Luego se las mandas y así podrás ver y enterarse un poquito de lo que vamos a vivir hoy. Venga, hazle la foto y se la mandas.”

- Pero mejor luego al volver. Ahora mismo todavía no hay mucha luz y como las nieblas tapan algo los paisajes que rodean, lo dejamos para cuando volvamos por la tarde. ¿Te parece?

“Lo que veas mejor pero que no se te olvide para que ella compruebe que la recordamos y la llevamos con nosotros en esta excursión a la montaña y a la nieve.”

- Seguro que no se me olvida y menos si me lo pides tú. Ya sabes que cumplir tus deseos para mí es lo más importantes.

 

            Y Sinombre, hoy más hermoso que ningún día y con una alegría en su cuerpo como nunca le he visto, mientras vamos recorriendo las riveras del río Genil me vuelve a comentar: “Y cuando le mandes la foto de estos caballos le dices que por aquí mismo pasa el río de las aguas cristalinas. Que en las riveras de este cauce crecen muchos álamos que se mecen al viento cuando la brisa sopla. Le dices que entre las ramas de estos álamos cantas, anidas y revolotean mirlos, arrendajos, tórtolas, carboneros, ruiseñores y otras aves. Por eso, cada mañana y cada tarde, darse un paseo por aquí es como vivir un sueño. Rebosan las montañas a los lados y cuando el cielo tiene nubes, este rincón es el paraíso más bello de la tierra. Así que le dices todo esto para que tenga información y conozca un poco los mundos nuestros. Y le dices que por el carril que recorren las riveras del Genil desde Granada hasta el pueblo de Pinos Genil pasean muchas personas. Al caer las tardes y por las mañanas temprano por aquí se dan sus caminatas muchas personas. Dile que se venga un día y vea lo bonito que es esto.”

- ¡Qué si, que le diré todo esto y muchas más cosas! Tú no te preocupes porque a ella le gusta que le cuente cosas nuestras. Pero ahora, aligera que a este paso no vamos a llegar nunca.

           

            El río y las lavanderas cascadeñas

            Aligera su paso y cuando empezamos a cruzar las aguas del río para venirnos a lado de la izquierda se queda mirando a la corriente y me dice: “¡Mira qué bonito baja hoy el río! ¿Por qué no nos vamos cauce arriba? Siguiendo el borde mismo de la corriente para irla gozando mejor.” Presto atención a lo que me dice y caigo en la cuenta que a él le gusta ver las corrientes de los ríos. Ese juego que el agua lleva mientras saltas por las rocas y se derrama en los charcos, es una de las cosas que más le gusta. Tú ya lo sabes porque te lo he contado algunas veces. Le fascina a él ver el agua clara de los ríos y arroyos saltando y persiguiéndose en ese juego interminable de pilla, pilla. ¿Por qué será que le guste tanto este juego del agua? Y como lo que acaba de preguntarme me parece una buena idea le digo:

- ¡Eh! Vayámonos río arriba pisando las aguas y la hierbecilla que crece en su orilla. Pero ya sabes que no nos podemos entretener demasiado porque la ruta es larga.

Y a estas palabras me dice: “Pero ten en cuenta lo que ya algunas veces hemos hablado.”

- No me acuerdo ahora. Como tantas cosas hemos hablado una vez y otra. ¿A qué te refieres?

Y me ilumina la duda diciendo: “Eso de que en la vida y, antes las cosas de la naturaleza, nunca deberíamos tener prisa. Es más importante la calidad que la cantidad. Así que lo que nos interesa hoy es gustar a fondo todo aquello que vayamos viendo y encontrando. Gozar a fondo las cosas, interesa más que recorrer muchos kilómetros y ver millones de maravillas. Que es más importante la calidad que la cantidad ¿Vale?”

- Creo que tienes razón pero…

Y ya no me atrevo a decirle lo que pienso porque en el fondo sé que tiene toda la razón.

 

            Así que desviamos nuestros pasos y nos pegamos a las aguas de la corriente del río Genil. Por la misma orilla y casi pisando las aguas cristalinas, las piedrecillas y la hierba que crece por estas riveras, empezamos a subir. Y tengo que decirte que el Genil esta mañana baja repleto de aguas frías y cristalinas. Aguas que más parecen caños de viento de tan puras y con sus pequeños puñados de espumas y olas. El río Genil es la vena principal de Granada y su Vega y como baja de las altas cumbres de Sierra Nevada y en estas altas cumbres las nieves se están derritiendo hoy este río baja casi desbordado. Y por la orilla de las aguas revolotean algunas aves bellas. Son las preciosas lavanderas cascadeñas. Unos pajarillos con tonalidades bonitas y que se mueven con agilidad y elegancia. La Lavandera cascadeña, Motacilla cinerea, es una de las aves más bonitas que frecuentan los arroyos y ríos de España. Los machos en primavera tienen el dorso y la cabeza grises. La garganta es negra y las partes inferiores amarillo limón vivo. En el agujero de un muro, justo al borde del agua, entre las raíces de un árbol o protegido por rocas, hacen el nido con musgo, hojas muertas y tallos. Tapizan el interior con pelos e hierbas. Los cuatro o seis huevos suelen incubarse en doce días. Longitud: 21 cm. (10 cm corresponden a la cola). Envergadura: 29 cm. Peso: 17 gr. Longevidad desconocida.  

 

            Al ver estos pajarillos tan alegres, sale corriendo detrás de ellos como si los quisiera coger o asustarlos. Le digo:

- Pero así no podemos ir por estos lugares. Deja tranquilo a estas lavanderas que están en su mundo.

Me mira y me dice: “¡Es que son tan bonitas que me los quisiera comer a todas juntas!” Y sigue corriendo y trotando como si sus patas tuvieran electricidad. Se mete por la corriente del río y chapotea en las aguas con tanta fuerza que las aguas saltan y me mojan, mojan la hierba de la rivera, las rocas y a los preciosos pajarillos que no dejan de revolotear asustados por el torbellino que de pronto se ha presentado. Una de estas lavanderas revolotea a solo un par de metros por delante de mí y me parece que me dice: “¡Pero hombre de Dios, sujeta a este burro tuyo que nos está metiendo el susto en el cuerpo! Está loco y no respeta nada.” No sé que responderle pero de pronto, como si el cielo mismo viniera en ayuda de las preciosas lavanderas, ocurre algo. Va él corriendo a todo gas por la rivera del río y el césped de la hierba y persigue a una de las lavanderas más bonita cuando de pronto ocurre lo inesperado.

 

 

            La música del río

            Fundido con el rumor de la corriente, hasta nuestros oídos llegan los sonidos de una música bella. Son notas de piano, flautas y coros que resuenan con la delicadeza del viento y el matiz dulcísimo del rumor de la corriente que salta río abajo. Al percibir estos sonidos deja de trotar detrás de los pajarillos y, sobre la verde hierba de la rivera, se para mirando. Como sorprendido mira para las aguas de la corriente y luego me mira a mí. Noto que se ha extrañado y quiere saber qué son y de dónde viene esta música tan fina. Me pregunta: “¿Oyes tú lo mismo que yo?” Y le digo:

- Seguro que los dos estamos oyendo lo mismo. Yo aprecio sonidos de una música deliciosa que viene como de la curva que el río traza unos metros más arriba.

Y me sigue preguntando: “¿Pero quién será el que por aquí hace sonar esta música tan original?” Se pega a mí y, como si ahora tuviéramos miedo de romper la deliciosa armonía que el vientecillo nos trae, caminamos despacico, pisando con cuidado el césped de la verde hierba de la rivera del río. Avanzamos con cuidado y mirando con el deseo de descubrir de dónde brota la armonía que hasta nuestros oídos llega y, al dar la curva, lo descubrimos. Bajo unos álamos, aun todavía con las ramas sin hojas porque la primavera no ha llegado, vemos varias personas.

 

            Nos paramos y durante unos minutos gozamos en silencio de los delicados sonidos que llenan toda la cuenca del río y la sedosa luz de la mañana. Caminamos luego lentamente y nos acercamos a las personas que bajo los árboles hacen sonar los instrumentos musicales. Y ellos, al vernos, no se detienen en su tarea de crear tan bello concierto sino que ocurre algo especial. Vuelven sus ojos hacia nosotros y mientras nos vamos acercando nos miran con un interés muy vivo. Me dice: “Es como si estuvieran tocando especialmente para nosotros. Como si al vernos se hayan alegrado y tocaran con más entusiasmo y cariño.” Le digo que sí, que parece esto pero también le pido que escuche con la atención que las melodías merecen.

- Creo que nos la regalan y de una forma personal. ¡Y fíjate qué regalo y en esta mañana y junto a las aguas del mágico río, tan amigo de Granada y de la Alhambra!

A solo unos metros de donde el grupo de cinco personas acarician sus instrumentos, nos paramos. Los saludo alzando mi mano y le pido que no interrumpa su tarea por nuestra presencia y así lo hacen. Siguen interpretando las bellísimas melodías y mientras tocan nos miran con afecto. Pasado unos minutos dejan de tocar sus instrumentos y nos saludan diciendo:

- Os hemos visto subir por el río y hemos querido recibiros de este modo. Y es lo que pensáis: esta música es para vosotros necesariamente.

Le pregunto:

- ¿Por qué para nosotros si no nos conocéis ni tampoco sabemos quienes sois?

- Os conocemos y, sobre todo, conocemos a tu borriquillo. Y no me preguntes más porque lo importante es lo que acabáis de oír y seguiréis oyendo todavía durante un rato. Así que perseguí vuestra ruta que continuaremos decorándola con los mejores sonidos. Los que nadie ha oído ni se oirá nunca bajo el sol.

 

            Se ha quedado pegado a mí con la actitud de un niño ante lo desconocido. Quieto, metido en sí y como desconcertado. Hablo y les doy las gracias al que me ha dirigido la palabra y, damos media vuelta como para continuar la ruta, cuando notamos que ocurre otro fenómeno extraño. Como por arte de magia, en un abrir y cerrar de ojos, las personas que hemos visto tocando sus instrumentos musicales para recibirnos y alegrarnos la vida, dejan de ser visibles para nuestros ojos. Por la rivera del río ahora solo ve hierbecilla llena de rocío, piedras mojadas, las avecillas que revolotean y la corriente saltando juguetona. Pero la música sigue oyéndose. Fundida cada vez más con el rumor de las aguas y el siseo leve del vientecillo. A Sinombre se les han ido las ganas de jugar con los pajarillos. No porque los pajarillos hayan dejado de ser divertidos sino porque los sonidos de la música que estamos oyendo se cuelan en el corazón y ahí dejan como un intenso y delicioso gusto que duele de tan placentero”.

 

En este enlace, algo parecido a la música que oímos nosotros

http://www.goear.com/listen.php?v=8e5f9f0

 

Estudiar frente a la Alhambra

 

            Era invierno, el día estaba nublado y hacía frío. Sobre las cumbres de Sierra Nevada, la nieve caía y los pronósticos del tiempo anunciaban lluvia en cualquier momento. Sin embargo él, a primera hora de la tarde, salió de su casa. Con tres gruesos libros bajo el brazo y cruzó la plaza, pisó los primeros metros de la Carrera del Darro y al comenzar a subir, se tropezó con el amigo. Se saludaron y luego el amigo preguntó:

- ¿Otra vez el mismo sitio?

- No puedo evitarlo.

- ¿Y qué es lo que tiene de mágico ese jardín?

- No sé decírtelo con palabras pero tiene algo.

- Claro, porque estudiar, como tantas otras personas, podrías hacerlo cómodamente en tu casa. Un día de estos me voy a ir contigo para que me enseñes, no el camino sino el rincón donde te sientas a estudiar frente a la Alhambra. Quiero ver y experimentar lo que a ti tanto te fascina.

- Pues cuanto tú quieras.

 

            Se despidieron y siguió subiendo. Esta tarde era una de las más de doscientas veces que ya había acudido mismo sitio. Ni siquiera recordaba en qué momento y cuantas eran las veces que había visitado el rincón. Desde pequeño, desde que andaba metido en el mundo de los libros, desde siempre, desde toda la eternidad. Y siempre hacía lo mismo. Salía de su casa, lentamente caminaba por el paseo que discurre río Darro arriba, torcía luego, ya al final, para la izquierda, seguía subiendo despacio la cuesta y al llegar a la puerta de hierro, llamaba. Le abrían y entraba. Saludaba y sin más pérdida de tiempo, se iba al rincón. Justo entre las plantas buscaba el sitio más apropiado, se sentaba y, frente a la Alhambra, se ponía a estudiar. Dejando que pasara el tiempo. Y siempre mirando y estudiando en sus libros, le parecía descubrir a sus pies, por donde corre el río Darro y las laderas de la umbría de la Alhambra, un mundo mágico. Profundo como el valle más amplio, repleto de bosques verdes y vírgenes a los lados, surcado por limpísimas cascadas, riachuelos y manantiales e eliminado por el sol más puro.

 

            Y siempre que vivía él esta experiencia, en el corazón se le quedaba una sensación muy placentera. Por eso nunca tenía ganas de irse del lugar ni volver a la cotidiana realidad de la materia y por eso un día y otro, regresaba. Y en esta ocasión, sin apenas mirar a las personas con las que se cruzaba, recorrió despacio el hermosísimo paseo de la Carrera del Darro. Llegó a la recogida plaza del Paseo de los Tristes, lo recorrió y al final, donde el puentecillo de piedra da paso al camino del Avellano y Cuenta del Rey Chico, torció para la izquierda. Continuó subiendo por la empinada Cuesta del Chapiz y al llegar al Carmen de la Victoria, se paró frente a la puerta de hierro. Llamó y al instante la puerta se abrió. Pasó dentro, saludó a la persona que le atendía, una mujer mayor que le preguntó:

- ¿Qué libros son los que traes hoy?

- Ya estás viendo, tres muy gordos, viejos y que pesan como demonios pero hermosísimos.

- ¿Hablan de lo que andas estudiando?

- Hablan de eso pero de una manera que gusta y transporta al más hermoso de los sueños.

- Tienes que dejármelos para que también los lea yo. Y también hoy quiero irme contigo para sentarme a tu lado en el rincón que tanto te gusta.

- Puedes hacerlo pero es que hoy, como otros tantos días, deseo estar solo.

- Si ya conoces tanto este sitio que hasta con los ojos cerrados lo podrías recorrer y gustar.

- Parece eso pero no es así.

- Pues como quieras.

 

            Y por entre los pasillos, escoltados por gruesos árboles y plantas muy bellas, siguió caminando. Hasta que llegó al moral de tronco retorcido. Se paró aquí, miró para la Alhambra, al frente y sobre la alta colina y luego fue deslizando sus miradas por las laderas hacía el río. Y conforme descendía iba descubriendo lo que ningún otro día había visto. Por las laderas donde los bosques se tupían vírgenes, grupos de niños jugaban y, mientras corrían y gritaban, se decían:

- Démonos prisa y recorramos estos paisajes antes de que los profesores nos llamen otra vez a clase. Hay tantos misterios por aquí que debemos descubrirlos para luego mostrarles a ellos lo que realmente es importante.

 

Desde lo alto, desde su lugar en el jardín del Carmen de la Victoria, él miraba, los veías y escuchaba. Y como tantas otras veces, descubrió a la Alhambra al frente y como vigilando pero en esta ocasión mucho más imponente y misteriosa. Se dijo: “A todos los libros del mundo, hasta el mejor escrito y de contenido más bello, le faltará siempre el capítulo más importante mientras no sea leído y estudiado desde este balcón frente a la Alhambra. Con el corazón abierto y el alma ensanchada para descubrir, gustar y oír el misterioso mundo que en estos paisajes se agazapa. La Alhambra, el río Darro y el barrio del Albaicín, no se entienden por completo sin esta visión tan íntima, cerca y lejana. Contaré esto a mi amigo para que comprenda que leer un libro o estudiar frente a la Alhambra, es algo único”.

 

La madre

 

A pesar del tiempo que había pasado, la seguía recordando con cierta tristeza. Por las noches, cuando ya en la cama esperaba coger el sueño, por las mañanas al despertarse y mientras en la cama esperaba la llegada del nuevo día, por las calles cuando daba una vuelta por los sitios de Granada y luego al ponerse el sol. En muchos momentos se iba por las laderas de las cuevas en el barrio del Albaicín y del Sacromonte y en algún punto de estas cuevas, se paraba. Frente al sol de la tarde y con la imagen de la Alhambra sobre la colina y la ciudad derramada en la vega y a lo lejos, pensaba en ella. Sin prisa y siempre imaginándola como a la más hermosa, dulce, bondadosa y serena y en todo momento buscando la armonía y la paz entre las personas y las cosas. Porque la madre, no perdía la oportunidad, en cuanto la ocasión se presentaba, para aconsejar:

- Hijo mío, tú ten siempre presente en la vida que lo más valioso de todo no es tener ni abundancia de cosas materiales. Ni siquiera rodearse de gran cantidad de amigos. Nada hay más importante en esta vida que tener el alma siempre en paz y vivir en armonía contigo mismo y con todos los que te rodean. Esta sencilla realidad es la mayor fuente de dicha y garantía de poseer algún día un luminoso cielo.

A pesar del tiempo que ya había pasado, él no olvidaba nunca estas palabras ni se le borraba de la mente, la sonrisa de su cara ni su figura.  

 

                Recordaba el cortijo, al norte de la ciudad de Granada, el olor a hierba fresca en los días de primavera, los sonidos de la majada, los ladridos de los perros, el rumor de las aguas del río y de las cascadas y el silbar del viento por entre las ramas de las encinas, cuando la lluvia azotaba y cuando la nieve caía. Y en aquel momento recordaba él, sus juegos con los dos hermanos cuanto los tres eran pequeños y luego, las palabras del padre y sus encuentros con el rebaño de ovejas. Y recordaba que, cuando todavía era pequeño, apenas sabía nada ni del rebaño de ovejas ni del cortijo ni de las tierras ni del río. Hasta que un día le dijo el padre:

- Hijo mío, nada de lo que aquí hay, es nuestro. Ni este cortijo ni las tierras por donde cada día jugáis ni las ovejas ni los perros mastines que en cada momento nos dan compañía.

Y él preguntó al padre:

- Entonces ¿de quién es todo lo que por aquí tenemos?

- Su dueño es uno de los reyes de la Alhambra. ¿No has visto tú que por aquí vienen de vez en cuando hombres desconocidos por nosotros?

- Claro que los he visto y siempre me dan miedo cuando aparecen y hablan contigo y luego se van con nuestros borregos.

- Pues esos hombres son criados del rey y siempre que vienen por aquí es con algún encargo de este rey. Por eso hablan conmigo y se llevan los borregos.

- Y esos hombres o el rey que les ordena ¿pueden algún día hacernos daños?

- Yo creo que no porque nosotros, aunque estemos en su reino y nada por aquí poseamos, siempre nos hemos comportado bien con ellos. El rey sabe que le doy el mejor trato y cuidado a su rebaño de ovejas, que cuidamos bien de estas tierras y que nunca les robamos nada.

- ¿Por eso nunca te hará daño a ti ni a nuestra madre ni a nosotros?

- Yo creo que el rey nunca nos tratará mal.

 

                Y él se quedaba tranquilo, confiando en las palabras del padre y siempre con sus juegos en la libertad de los campos. Hasta que un día, por la mañana al salir el sol, a cortijo llegaron dos enviados del rey. Saludaron y sin preámbulo alguno dijeron al padre:

- El rey te necesita.

- ¿Para qué me necesita?

- Ha entrado en guerra con otros reinos cercano a Granada y hacen falta soldados. Te necesita para que vayas a luchar en esta guerra.

Y tembloroso aclaró el padre:

- Pero yo ya no soy tan joven. Tengo tres hijos pequeños, mi mujer y el encargo de cuidar de este rebaño, como sabéis, propiedad del rey.

- Nosotros solo cumplimos órdenes. Y en cuanto a este rebaño de animales, también el rey lo necesita.

- ¿Cómo que lo necesita?

- Para alimentar a las tropas que piensa mandar a la guerra, el rey necesita no solo este rebaño de ovejas si no también otros muchos alimentos.

- Pero entonces ¿qué va a ser de mí y de esta familia mía?

- Te repetimos que eso no es cosa nuestra. Solo cumplimos órdenes.

 

                Se fueron los enviados del rey, el padre entró al cortijo, contó a su mujer lo que ocurría y luego dijo a sus tres hijos:

- Tengo que marcharme a un viaje muy largo del cual puede que tarde mucho en volver. Aunque todavía sois pequeños, espero que cuidéis de vuestra madre. Ella siempre ha sido la mejor para con nosotros y con todas las personas. Ahora que yo voy a faltar, necesita mucho cariño y apoyo de todos vosotros. Cuidad mucho de ella.

Y él, enseguida dijo al padre:

- Yo me encargo de eso, tú no te preocupes.

Y a continuación preguntó:

- ¿Pero cuánto tiempo vas a estar de viaje?

- Por encargo del rey, debo ir a un lugar muy lejano y tendré que hacer cosas muy difíciles. Por eso ni siquiera yo sé el tiempo que tardaré en volver.

- ¿Pero volverás aunque pase mucho tiempo?

- Solo en manos de Dios está eso.

 

                Y ya no se habló más en aquel momento. La madre miró al padre y se prestó a preparar algunas cosas. Solo un hatillo que, sujeto con tela azul oscura y recia, el padre se echó acuestas y al momento salió del cortijo. Se despidió de la familia y poco después, se le vio alejarse por los caminos que desde las montañas venían hacia la Alhambra. Porque era este el lugar donde tenía que presentarse, cosa que hizo unas horas más tarde. En el blanco cortijo de las montañas, la madre con los tres hijos, se unieron entre sí y empezaron a planificar para organizar sus vidas a partir de aquel momento. Pero no les sirvió a ellos de mucho porque al día siguiente por la mañana, al cortijo también llegaron unos envidados del rey. Saludaron y sin dar ningún rodeo, dijeron a la madre:

- Volvemos a venir de parte del rey para decirte que te vayas preparando para marcharte de este cortijo.

Y muy preocupada preguntó la madre:

- Marcharnos ¿por qué y a dónde?

- Lo que a nosotros nos han dicho es que, como ahora ya tu marido no vive contigo ni tampoco por aquí habrá ovejas para cuidar, parece que el rey se compadece de ti y de tus hijos. Quiere que te vayas a los palacios de la Alhambra, donde puedes trabajar, tener un techo para refugiarte y ganar un pequeño sueldo con que alimentar a tus hijos.

 

                Muy interesada escuchó la madre lo que los emisarios le decían y, al terminar estos, les preguntó:

- ¿Y cuando será esta marcha mía del cortijo?

- Hoy mismo. Dentro de un rato llegará un hombre con un pequeño carro de madera donde podrás cargar las cosas que aquí tienes para mudarte a los sitios que ya te hemos dicho.

Y en aquel mismo momento, por el camino se acercó el pequeño carro de madera tirado por un borriquillo. Se paró en la puerta del cortijo y la madre al verlo y tener conocimiento de lo que ya le habían dicho los emisarios, dijo a sus hijos:

- Ayudadme y preparemos las cosas para marcharnos de este cortijo.

Tomó la iniciativa la madre y, ayudada por los hijos, se pusieron y comenzaron preparar las cuatros cosas para cargarlas en el carro. Unos colchones de paja, varias mantas viejas, un poco de ropa ya muy usada, algunos utensilios de cocina y platos y vasijas de barro y poco más. Los hijos fueron sacando del cortijo, bajo la mirada y cuidado de la madre, estas cosas y las fueron cargando en el carro. Mientras tanto, los emisarios, regresaron a la Alhambra y el hombre que guiaba el carro, ayudó un poco en la tarea de desalojar la vivienda y cargar los objetos en el carro.

 

                Y era mediodía cuando, desde el cortijo, se pusieron en marcha dirección a la Alhambra. Con la madre sentada en la parte delantera del carro y los tres hijos y el hombre, caminando a los lados mientras el borriquillo tiraba lentamente y el carro avanzaba despacio. A media tarde llegaron a la Alhambra, varias personas le ayudaron y en una humilde vivienda en el lado de la Medina, descargaron las cosas y se acomodaron. Al poco, una mujer de parte del rey, llegó y dijo a la madre:

- Mañana mismo te vienes conmigo y das comienzo a tu trabajo en los palacios de los reyes. Parece que el rey quiere favorecerte y por eso me ha dicho que me encargue de orientarte por los sitios y de explicarte las cosas.

Y la madre preguntó:

- Y con mis tres hijos ¿qué hago?

- También parece que el rey tiene algo pensado para ellos.

- ¿Qué es?

- Eso te lo dirá el que el rey ordene y en su momento.

 

                Y aquella noche, la madre y sus tres hijos, durmieron por primera vez en la humilde vivienda de la Medina de la Alhambra. A la mañana siguiente, la madre fue a los palacios en compañía de la mujer que le había recibido y nada más llegar, se dirigió al rey y le dijo:

- Majestad, muchas gracias por haberme tratado tan bien. Gracias a usted, yo ahora lo tengo todo pero como me falta mi marido, con mis tres hijos ¿qué hago?

- Tus tres hijos serán bien atendidos y hoy mismo.

Dio órdenes el rey en aquel momento y el hombre que había conducido el carro, fue a la humilde casa de la medina. Llamó a los hijos y les dijo:

- De parte del rey, aquí tenéis tres preciosos borriquillos para vosotros.

- ¿Y qué pretende el rey que hagamos con estos jumentos?

- Que cada día vayáis a la montaña y traigáis a estos palacios una carga de leña. A cambio se os dará paja y cebada para alimentar a los borriquillos y a vosotros, algunas monedas para que compréis cosas y podáis vivir.

- ¿Somos, entonces y a partir de ahora, empleados del rey?

- Lo sois y de ello, debéis estar agradecidos. El rey se ha llevado a vuestro padre a la guerra pero a cambio, protege a vuestra madre y a vosotros, también os atiende.

 

                Y los tres hermanos, se hicieron cargo de los borriquillos. Al día siguiente fueron a la montaña a por las primeras cargas de leña y, al caer la tarde, regresaron. Entregaron la leña en los palacios, recibieron la paga y comida para los jumentos. También la madre recibió su primera paga por su trabajo en los palacios y esto le hizo sentirse bien. Pero cuando ya al final de la tarde regresaba a su humilde casa, la mujer que la había recibido, le dijo:

- El rey se esta comportando muy bien contigo y esto para ti debe ser motivo de orgullo pero ten cuidado.

- ¿Cuidado de qué?

- En este lugar hay muchos envidiosos y el rey es un hombre justo, generoso y bueno y también muy duro para con aquellas personas que les traicionan.

- ¿Y a mí para que me cuentas esto?

- Te repito que en este lugar hay muchas personas envidiosas. En cuanto te descuides pueden hacerte mucho daño.

 

                Y la madre guardó silencio. Siguió yendo cada día a los palacios a trabajar y lo mismo hacían sus tres hijos con los borriquillos. Pero al poco tiempo, mes y medio después de la presencia de la madre y los hijos en los recintos de la Alhambra, el rey una mañana llamó a la madre y le preguntó:

- ¿Qué es lo que me dicen de ti?

- ¿Qué le dicen de mí, majestad?

- Que cada día, a escondidas, robada y te llevas comida de estos palacios.

Y al oír esto la mujer se quedó paralizada. Tragó saliva, se armó de valor y le dijo al rey:

- Yo nunca en mi vida he rodaba nada a nadie y menos lo haría a una persona tan buena como usted.

- Me gustaría creer en lo que me dices pero también estoy seguro que es cierto lo que me han dicho de ti.

- Que no es cierto, majestad. Se lo prometo por la salud de mis hijos.

 

                Y el rey despidió a la madre. Dos días más tarde la volvió a llamar y le anunció:

- Como ya estoy seguro que es cierto que cada día me robas comida no tengo más remedio que castigarte. Lo siento pero siempre he sido justo y quiero seguir siéndolo.

La mujer suplicó al rey y lloró jurando que era mentira pero el rey no se compadeció. Al final le dijo:

- Y ya tengo decidido cual será el castigo para ti. Por tu mal comportamiento conmigo y para que sirva de ejemplo y otros no hagan lo que has hecho tú.

- ¿Qué castigo va a imponerme?

- Ahora mismo te voy a dar a elegir entre tres formas de castigo: puedo desterrarte de estos lugares de Granada a un país lejano, desde donde nunca más volverás ni sabrás de tus hijos. Puedo ordenar que te corten una mano, por haber robado y puedo ordenar que te encierren en una mazmorra para toda la vida y a donde tus tres hijos solo podrán ir a verte una vez al año. ¿Cuál de estas tres cosas eliges?

La madre, llorando y toda confundida, suplicó al rey que no cayeran sobre ella ninguno de los tres forma de castigo. Pero el rey se mantenía firme en su decisión y le urgió a la madre para que eligiera en aquel mismo momento o, de lo contrario, tomaría él la decisión. Al final, la madre y sin apenas fuerzas, dijo al rey:

- Si me encierran en las mazmorras ¿Por cuánto tiempo será y cuantas veces podré ver a mis hijos?

- Serás privada de libertad para toda la vida y solo una vez al año podrás ver a tus hijos.

- Pues suplico a su majestad que me imponga este castigo.

- Muy bien. A pesar de todo ya estás comprobando que soy magnánimo contigo.

 

                Y el rey dio órdenes y en aquel mismo momento encerraron a la madre en las mazmorras. Al saber lo ocurrido, la mujer de la Medina dijo:

- Ya le dije que tuviera cuidado porque en estos lugares hay muchos envidiosos.

Y al enterarse de la noticia los hijos, acudieron al rey y por más que le suplicaron nada consiguieron. Ni siquiera pudieron ver a la madre porque el rey quería cumplir con lo que había dicho: que solo la vieran una vez al año. Llenos de pena los tres hijos aceptaron la nueva realidad. Siguieron cada día yendo con sus borriquillos a las montañas y traían leña a los palacios. En los últimos días de cada año, un rato muy corto, veían a la madre en las mazmorras y con esto se contentaban. La madre fue envejeciendo y cada año estaba más enferma, sin fuerzas y sin ganas de vivir. Hasta que un año, ya en los días finales, cuando los tres hijos fueron a las mazmorras para verla, se la encontraron muerta.

 

                Llenos de dolor y desesperados, le pidieron permiso al rey y se llevaron su cuerpo a las montañas y cerca del río y de las ruinas del cortijo, la enterraron. La lloraron durante mucho rato y días y al correr del tiempo, ninguno de los tres hijos olvidaban ni a la madre ni al padre. Sobre todo, el menor de los tres hermanos. Cada día, cuando iban a las montañas a por la leña para los palacios de la Alhambra, recordaba a la madre y junto al río, por donde las ruinas del cortijillo y los manantiales de aquel pequeño valle, se sentaba y pensaba en ella. No podía olvidarla y sí recordaba con nostalgia las palabras que de ella había oído cuando era pequeño: “Hijo mío, tú ten siempre presente en la vida que lo más valioso de todo no es tener ni abundancia de cosas materiales. Ni siquiera rodearse de gran cantidad de amigos. Nada hay más importante en esta vida que tener el alma siempre en paz y vivir en armonía contigo mismo y con todos los que te rodean. Esta sencilla realidad es la mayor fuente de dicha y garantía de poseer algún día un luminoso cielo”.

 

El manantial de las aguas agrias

 

            Dos días antes de esta mañana, él había pedido audiencia al rey de la Alhambra. Éste lo recibió y cuando el hombre estuvo frente al rey, le dijo:

- Majestad, lo que quiero es anunciaros la existencia de un gran tesoro no muy lejos de estos palacios vuestros.

Con los ojos muy abiertos el rey le preguntó:

- ¿De qué tesoro me hablas?

- Por las montañas donde nace el río Darro, hay un manantial de aguas agrias.

- ¿Y eso es un gran tesoro?

- Sí que lo es, majestad.

- Convénceme de ello.

- Es que usted sabe mejor que yo que las aguas ferruginosas, siempre son medicinales. Usted podría ordenar construir una acequia que traiga las aguas desde aquel manantial hasta los recintos de estos palacios. Una vez aquí, esas aguas agrias, las puede utilizar no solo para beber sino también para los baños. Usted sabe mejor que yo que los baños en aguas ferruginosas, son muy buenos para la salud del cuerpo y para otras muchas cosas.

Y el rey, después de oír las palabras que el hombre le dijo, meditó un momento y luego le volvió a preguntar:

- ¿Pero tú estás seguro que en las montañas que me dices hay un manantial con esa clase de agua?

- Y tan seguro, señor. Con mis propios ojos lo he visto un par de veces y también he bebido de esas aguas y por eso le puedo decir que saben a gloria y son buenas.

 

                Volvió el rey a mirar al hombre muy detenidamente y pasado un rato le dijo:

- Pues estoy pensando que podríamos hacer una cosa.

- Lo que usted diga, majestad.

- Como a mí nunca nadie me ha hablado de la presencia de un manantial de aguas agrias cerca de la Alhambra, tengo mis dudas de que sea cierto lo que tú ahora me cuentas. Pero como noto que me lo dices por completo convencido, también quiero creer en lo que me anuncias. Pero ¿y si lo has soñado y ese manantial solo existe en tu mente?

- Que no, Señor. Ya le he dicho que yo mismo he bebido y he lavado mis manos en esas aguas.

- De acuerdo. Creo en tus palabras pero antes de tomar ninguna decisión por mi parte, tengo que estar por completo seguro de que no me mientes.

- ¿Y qué se le ocurre a usted?

- Algo muy sencillo. Te doy dos días para que vayas a ese manantial, cojas una buena cantidad de agua y me la traes. Y al mismo tiempo, me dibujas un pequeño plano en un papel para que mis sabios y hombres de confianza, puedan ir y encontrar el punto exacto donde brota el venero de las aguas agrias. Y una cosa para ti muy importante: si en estos dos días no encuentras el venero ni me puedes traer el agua ni el plano, con que no vengas más a estos palacios, sabré yo que lo de tu manantial es un sueño. Y no te preocupes que nada te pasará. Tú has venido a mí con el mejor deseo de compartir conmigo algo que crees es bueno. Tu noble gesto te deja libre de cualquier castigo por mi parte. Porque entiendo que ningún daño quieres hacerme sino más bien, beneficiarme.

 

                Miró el hombre al rey muy sorprendido y después de unos segundos habló de nuevo diciendo:

- Pues lo que usted quiera, majestad. Iré a ese manantial cogeré las aguas que me ha dicho, se las traeré y también le entregaré el pequeño mapa con los detalles necesarios para que sus sabios puedan ir al lugar y ver esas aguas.

- Ponte ahora mismo en camino y ya sabes: si no encuentras el manantial, con solo no volver más por aquí, yo lo sabré.

Despidió el rey al hombre del manantial y al instante llamó a su general de confianza y le dijo:

- Si vuelve por aquí este hombre, no le hagáis ni chispa de caso y mucho menos le concedáis permiso para hablar conmigo. Estoy harto de embaucadores y soñadores de tesoros.

Y el general, muy sometido y pidiendo permiso al rey, dijo:

- Al pie de la letra se cumplirán sus órdenes, majestad. Pero ¿me permite una sugerencia?

- ¿Qué tienes que opinar?

- Que si por cualquier circunstancia, lo que dice este hombre fuera cierto y nosotros no le hacemos caso ¿no cree que saldríamos perjudicados?

- Tonterías. Lo que dice este hombre no puede ser cierto porque si por aquí cerca hubiera un manantial de aguas agrias ¿no crees tú que ya lo sabríamos hace mucho, mucho tiempo?

- Yo pienso que sí pero nunca se sabe las sorpresas que la vida puede traernos en cualquier momento. Y digo de nuevo que, de alguna manera, deberíamos no ignorar las noticias que este hombre nos ha traído. Nunca se sabe cuando puede ocurrir algo bueno o lo contrario.

- De todos modos, tú hazme caso y cumple las órdenes que te he dado.

- Pues yo, su fiel y pobre siervo, así lo haré.

 

                Y en aquel mismo instante, el hombre del manantial, salió por las puertas de los palacios. Dejó atrás también la entrada principal de las murallas y, por la Cuesta del Rey chico, bajó hasta el río. Subió luego al barrio del Albaicín, llegó a su casa, le dijo a su mujer que tenía que hacer un viaje y que tardaría un par de días en volver y al poco, se puso en camino hacia los manantiales en la parta alta del río Darro. Llegó al lugar cuando la tarde caía y, como por aquellos días era invierno y por las noches hacía mucho frío, se puso y antes de que la noche cayera, construyó un pequeño refugio. Se decía: “Solo para resguardarme aquí esta noche, dormir y meditar un poco hasta que llegue el nuevo día. Mañana por la mañana, caminaré un poco y me encajaré donde brotan las aguas. Cogeré de ahí una buena cantidad de esta agua para llenar la vasija y regresaré a la Alhambra para entregársela al rey. Que compruebe él que yo no le engaño y, a partir de aquí, que decida y haga lo quiera. Yo quedo satisfecho y me doy por bien pagado con poner a su disposición este hallazgo mío”.

 

                Llegó la noche, se acomodó en el pequeño refugio de monte y piedras que había construido, se acurrucó dentro, procurando quedar con la cabeza frente a la puerta del refugio, para ver la llegada del nuevo día. Y un poco antes del amanecer, se despertó. Dentro del refugio y acurrucado en la cama de pasto y monte que había hecho, se quedó quieto, esperando la luz del nuevo día y el amanecer por encima de la colina que tenía enfrente. Porque su pequeño refugio lo había levantado justo en la llanura, por encima del río, con la entrada mirando al sol de la mañana. Por eso se dijo: “Esperaré un poco más mientras me voy desperezando y el sol se alza. Luego saldré de este chozuelo y me asomo para ver llegar el día por encima de la colina. Luego…” Durante un buen rato, desde su singular nido, estuvo meditando, dando gracias al cielo por permitirle vivir el momento y contemplar la salida del sol. Gozando en su corazón y alma la luz del nuevo día, la quietud y latir de los paisajes y oyendo el rumor de las aguas del río. Después, según el sol se alzaba en el horizonte y por encima de las cumbres de Sierra Nevada, se fue preparando para salir fuera. Respiró el nuevo aire, miró para la colina que al fondo y muy a lo lejos, servía de cimientos a la Alhambra y cogió su vasija de barro. Un pequeño jarro en forma de cántaro con dos asas a los lados y con una tapadera de corcho.

 

                Caminó lentamente por una veredilla de animales y se dirigió al río. Recto al lugar donde él sabía brotaba el manantial de las aguas agrias. Y conforme se iba acercando el rumor de la corriente se oía más claro y cerca. Otra vez se dijo: “Aunque a mí también me dará pena que un día, para llevar esta agua a los palacios de la Alhambra, rompan estos paisajes. Es todo esto una maravilla mucho más grande que todos aquellos palacios”.

 

                Se acercó al río, buscó la mejor entrada para llegar al manantial, por entre los troncos de unos árboles, saltó una torrentera que, en forma de escalón, parecía como proteger el punto exacto donde brotaba el manantial. Se acercó más y descubrió la pequeña cueva, como tallada en la pura roca, con forma de túnel, de unos dos metros de profundidad y decorada a los lados por hermosas formaciones rocosas, muchas en forma de estalactitas y estalagmita y otras como arrugas y pliegues. Por eso, cada vez más se asombraba de la misteriosa belleza del rincón. Se fue acercando al chorrillo de agua que, entre algunas piedras y arena, corría. Como desde el manantial en forma de arroyuelo y buscando el cauce del río.

 

                En la misma entrada de la recogida cueva, se paró en la arena, soltó la vasija de barro junto a la corriente y buscó despacio el mejor borbotón o charco para coger el agua y llenar el cántaro. Se agachó junto al riachuelo, apoyándose en la fina arena y se dispuso a cavar un hoyo para dejar luego que el agua lo llenara y, cuando estuviera clara, llenar de este charco el jarro. Y lento comenzó a cavar cuando, de pronto, un pequeño resplandor cegó sus ojos. Desde el lado del sol de la mañana, entraba por entre los árboles un haz de rayos luminosos. Se reflejaban en la corriente del riachuelo y un puñado de estos rayos, incidían en la pared de la derecha. Justo donde la arena formaba como un pequeño talud que casi se apoyaba en las rocas de uno de los lados de la cueva. Y aquí, en este talud de arena y graba recia, fue donde vio relucir algo con mucha fuerza. Se preguntó: “¿Qué será esto que brilla tanto y con este color tan bonito?” Se acercó, cavó un poco con sus manos en la arena del talud y al instante descubrió el mineral que brillaba. Una pepita del tamaño de un garbanzo que rápido cogió y lavó en el agua del riachuelo. De nuevo se dijo: “Esto es una pepita de oro. Algo que no me esperaba encontrar aquí pero que no me sorprende porque yo sé que este río y estas montañas, sí tienen oro. Y esta pepita es tan bella y grande que solo con ella voy a ser rico para toda mi vida. ¡Qué suerte me está regalando el cielo esta mañana!”

 

                Después de lavar la hermosa joya en las claras aguas de la corriente la puso sobre la palma de su mano, la colocó bajo los rayos del sol y comprobó que brillaba como un trozo de ascua encendida. Sin pensarlo más, quitó la tapadera de corcho de la vasija de barro, echó la pepita de oro dentro, se acercó más a talud de arena, escarbó con sus manos y al instante vio que aparecían más pepitas brillantes. Todas casi del tamaño de un garbanzo, muy relucientes y con un color tan vivo que parecían recién formadas. Rápido fue cogiendo cuantas pepitas de oro aparecían entre la arena y, cuantas más recogía y echaba dentro de la jarra, más parecían brillar en el talud y en la arena que de aquí se desprendía. Hasta que llegó un momento en el que el filón se terminó. Echó la última a la vasija de barro y ahora comprobó que casi lo tenía lleno. Lo tapo, lo levantó del suelo y notó que pesaba mucho.

 

                Pero cargó con él, obvió coger el agua que había venido a buscar, caminó dirección a la senda que había recorrido un momento antes, se retiró de la covacha del riachuelo y del manantial y se puso a caminar de regreso al barrio del Albaicín, con su sencillo cántaro lleno de pepitas de oro. Y mientras regresaba se decía: “Ya verás mi mujer y mi hijo que contentos se van a poner en cuanto vean el tesoro que les llevo. Y si me preguntan, se lo explicaré todo y con detalle para que ellos sepan cómo ha sido esta aventura mía”. Y la mujer, en cuanto el marido estuvo en la casa, asombrada de la cantidad de pepitas de oro que el hombre había encontrado, nada más verlas, lo primero que preguntó fue:

- ¿Y qué pasará ahora con el agua que tenías que llevarle al rey?

- No pasará nada. No se fiaba mucho de mis palabras y por eso me dijo que no regresara más a la Alhambra, si lo del manantial no era cierto. Y esto será lo que haré. Lo del manantial y el tesoro de las pepitas de oro, sí es cierto pero yo no regresaré más a la Alhambra ni para una cosa ni para la otra. Prepara las cuatro cosas que creas necesarias que dentro de un rato nos vamos de esta casa, de este barrio y de Granada y que se queden aquí los reyes con sus palacios, soldados y reinos. Ellos no han creído nunca en las palabras de las personas humildes y ahora que nosotros somos ricos, también nos alejamos y olvidamos de su mundo.

 

                Y dicen que aquel mismo día, el hombre, su mujer y su hijo, se marcharon lejos de Granada. Nadie les preguntó nada ni nadie los echó de menos. Tampoco el rey de la Alhambra que sí, algunos días después, comentó con su general de confianza:

- ¿Te acuerdas del hombre que no hace mucho vino por aquí a contarme el descubrimiento de un manantial de aguas agrias?

- Claro que me acuerdo, majestad.

- Desde aquel día nunca más hemos tenido de él. Por eso ahora sabemos que todo lo que nos dijo, era mentira. Ese hombre no deja de ser otro charlatán más de los muchos que hay en este mundo, que también pretendía reírse de mí. Los incautos y pobres, todos son así. De aquí que nunca deberíamos hacerles caso y ni siquiera tratar con ellos. ¿Una fuente de aguas agrias cerca de la Alhambra? ¿Pretendía este embaucador hacerse famoso o rico a costa mía?

 

 

La joven del corazón de oro   

 

                I- No era muy corriente pero de vez en cuando se daba. En los caminos que en aquellos tiempos entraban y salían de Granada, algunas personas se ponían a vender frutas. Algo parecido a lo que también hoy ocurren en algunas carreteras, cerca de los pueblos o de los campos de cultivo. Y en este caso, la joven se puso a vender sus frutos, en uno de los lugares más simbólicos de la ciudad: no lejos del río Genil, ya por donde el cauce comienza a adentrarse en las tierras de la Vega y por donde, en aquellos tiempos, había huertos.

 

                Exactamente el lugar se encontraba a la izquierda del río, dirección a Sierra Nevada y próximo a las Huertas Reales de la Alhambra. Por este sitio hoy se extiende parte del barrio del Realejo, no lejos del Barranco del Abogado. También discurría cerca de aquí la vía conocida hasta nuestros días con el nombre de “Camino de los Neveros.” Sendero que fue utilizado durante mucho tiempo y hasta hace poco, para subir a Sierra Nevada a por nieve, con burros y mulos. Incluso hasta en los meses más calurosos del verano. Hoy en día este camino se ha transformado en otra cosa y también aquellas huertas y otros muchos sitios importantes en aquellas épocas.

 

La ruta de los Neveros es el itinerario más antiguo de los numerosos de la provincia de Granada. El trayecto, de largo recorrido y dificultad media, se inicia en la parte alta de la Avenida de Cervantes y finaliza en el Dornajo, lugar donde ya aparece la nieve, dentro del Parque Natural. El camino toma el nombre de los antiguos neveros, hombres que subían hasta la Sierra de forma regular. Recogían nieve de las alturas, la protegían de forma rudimentaria para que no se derritiera y la usaban para refrescar el agua o para granizarla en helados y sorbetes. Los neveros también surtían de nieve a los hospitales de la capital y a los negocios de hostelería, recurso fundamental para ellos.

 

                En este lugar de Granada, cerca de donde estuvieron las Huertas Reales de la Alhambra, el padre de la joven tenía unas tierras sembradas de árboles. Las regaba con las aguas del río Genil y los cuidaba con esmero porque era casi el único medio que tenía para vivir. También poseía un borriquillo, un par de cabras, un perro que siempre acompañaba a la joven y poco más. Aunque cerca de ellos tenían el rumor de las aguas del río al bajar de las cumbres, muchos pajarillos que continuamente iban y venían por entre las ramas de los árboles de su huerto y las puestas de sol cada tarde y amaneceres, la lluvia y las flores en primavera. Y como el hombre trabajaba con mucho tesón y esmero las tierras de su huerto, los árboles les daban muy buenas cosechas. Por eso un día dijo a la hija:

- Prepárate porque a partir de hoy quiero que te pongas junto a los caminos con algunos de los frutos de este huerto nuestro para vendérselos a los que pasan por ahí y quieran comprarlos. Así sacaremos algún dinerillo que ahorraremos para comprar lo que tanto sueñas: los árboles centenarios que el vecino tiene en su huerta.

- Lo de ser dueña de estos árboles tan originales para construirme ahí un pequeño paraíso, es lo que más deseo en esta vida pero yo nunca hice el trabajo de vender fruta en los caminos. Me da vergüenza.

- Lo entiendo y comprendo, hija mía. Más, debes ser valiente y arriesgarte. Yo voy a estar en todo momento cerca de ti para que no te sientas sola y por si algo se complica. Este trabajo es tan digno como otro cualquiera o quizás más. Tú me has hablado muchas veces de libertad y de no ser esclavo de nadie, cosa muy difícil en los tiempos que vivimos pero que es inherente y necesario en la condición humana. Vender frutos junto a los caminos, es algo muy digno porque trabajas en lo tuyo y eres libre. Y ya sabes: quien sueña un mundo más bello, lleno de libertad y cosas hermosas, no tiene otro camino y modo para conseguirlo que luchar por ello.

 

                Y la joven, después de oír los razonamientos del padre, se animó. Era otoño, ya la cosecha de almendras, nueces y granadas, había sido recogida. En la casa guardaban ellos una buena cantidad de estos frutos y por eso aquella mañana de cielo azul puro, preparó unas espuertas de esparto. Las llenó de almendras, nueces, granadas, higos secos y acerolas y se fue al camino. Justo al lado de arriba de su huerto y en un punto muy concreto, se puso. Se dijo: “Por aquí pasan todos los días muchas personas que trabajan en la Alhambra, otras que viven en el barrio y soldados y pastores que van y viene a la ciudad y a la montañas. Me verán y se pararán a comprarme cosas”. Pero aquel primer día, a pesar de la gran cantidad de personas que por el camino pasaron, nadie se paró a comprarle frutos. Sí, ya al final de la tarde, un joven muy desarrapado, se paró junto a ella y le dijo:

- Tus frutos tienen una pinta estupenda. Tanto que te daría todo el oro del mundo, si lo tuviera, por un puñado de estas almendras y nueces.

- Pues anímate y te las llevas.

- ¿A cómo las vendes?

- Casi regaladas.

- Pero es que yo no tengo ni un solo centavo y me muero de hambre.

La joven se quedó mirándolo, cogió un puñado de almendras y nueces y se las dio diciendo:

- Toma, para ti y otro día me las pagas. Así por lo menos este primer día vendo algo.

Agradeció el joven el regalo, la despidió y siguió su camino dirección a las montañas, río Genil arriba.

 

                Cuando por la noche ella regresó a su casa, enseguida el padre le preguntó:

- ¿Has vendido mucho?

- Ni un solo higo paso.

- Pero entonces, las almendras y nueces que faltan ¿qué has hecho con ellas?

- Se las he regalado a un joven que tenía mucha hambre.

- Nosotros también somos pobres y tenemos que vivir de algo.

- Ya lo sé pero ese joven es mucho más pobre que nosotros. Me llenó el corazón de pena.

- Pero hija mía…

Nada más hablaron aquella noche padre e hija pero sí ella, al día siguiente, preparó los productos y otra vez se fue al camino. Todos los que por el camino pasaban, la miraban y decían:

- Nadie te comprara nada, ya lo verás.

- ¿Y por qué no me van a comprar?

- Tus frutos son muy buenos pero las personas no tenemos dinero.

- Pues os regalo estas Granada y estos higos secos.

- Si regalas los productos ¿qué negocio harás?

- No lo tengo claro pero mis frutos son muy buenos.

 

                Y esto fue lo que le dijo el joven pobre, cuando de nuevo, al pasar por el camino, se paró junto a ella. Al verlo, sin pensarlo mucho, la joven le volvió a regalar higos secos, nueces, almendras y granadas. Al llegar a la casa, ya por la noche de vuelta, comprobó el padre que nada había vendido pero sí faltaban muchos frutos. Otra vez discutió con la hija. Ésta lo escuchó sumisa y nada dijo. Tampoco al día siguiente ni al otro, cuando de nuevo volvía a la casa sin haber vendido nada y con menos productos cada vez. Hasta que un día, de nuevo el joven pobre se paró junto a ella, aceptó los frutos que le regaló y luego la despidió y se alejó por el camino, en esta ocasión dirección a la Alhambra. Al rato miró ella a sus espuertas de esparto llenas de almendras y vio una bonita bolsa de cuero. La cogió, la abrió y asombrada comprobó que estaba llena de monedas de oro. Volvió rápida a su casa, le mostré el oro al padre y le dijo:

- Ves padre, al final hoy, ha ocurrido un milagro.

 

 

El vecino, su huerto y los árboles

                II- Con los ojos muy abiertos y asombrado, el padre observó las monedas que la joven le mostraba en la palma de la mano. Tragó saliva, miró a la hija y pasado un rato le preguntó:

- ¿De dónde has sacado tanto dinero?

- De pronto y sin que yo hiciera nada, lo he visto entre los frutos secos que vendía en el camino. Pienso que es un milagro porque de otro modo ¿cómo explicarlo? Ya que yo sí estoy muy segura de no haber robado nada a nadie.

- ¿Has repartido, como los días anteriores, algunos de los frutos con alguien?

Y la joven explicó al padre que, lo mismo que otros días, también se había presentado el joven pobre.

- Le he dado algunos puñados de almendras porque me sigue pareciendo una buena persona que no tiene a nadie en este mundo y sí se muere de hambre.

 

                Guardó silencio el padre, se movió un poco por la casa y al rato dijo a la hija:

- Somos ricos pero como este oro has sido tú la que lo ha traído a esta casa, tienes derecho a decir y decidir qué hacemos con él.

Y ella, sin tardar, dijo:

- Yo ya sé lo que quiero.

- ¿Qué es?

- Bueno, ahora mismo tengo en mi mente dos cosas importantísimas para mí. Las dos quisiera convertirlas en realidad pero ¿tú crees que será posible?

- ¿Qué dos cosas son las que tienes en tu mente?

- Las de las cuevas por este barrio y barranco por encima de las Huertas Reales y también las que hay en las laderas frente a la Alhambra, por el barrio del Albaicín.

Con detalle y despacio, la joven explicó al padre lo que ella había pensado con relación a estas cuevas y el dinero que en estos momentos tenía en sus manos y cuando terminó, le siguió diciendo:

- Pero también sabes tú que el vecino que tiene su huerto al lado de abajo del nuestro y antes de las aguas del río, no las cultiva con esmero. Y sin embargo, los árboles que crecen ahí, son mi sueño.

- Lo sé porque muchos días me encuentro con este vecino nuestro y hablamos de estas cosas. Y sí que es una pena que un huerto tan bueno como el suyo, con tierras tan fértiles y esos fantásticos árboles, lo tenga abandonado. Por eso, cada vez que paso por ahí y observo despacio a estos árboles, me entran más y más ganas de que sean nuestros.    

- Lo mismo me pasa a mí. Cada vez que veo la gruesa encina de la acequia, el almez de la torrentera y los dos que hay a la entrada del huerto, la higuera de tronco retorcido y los granados, siento envidia de nuestro vecino. Por eso ahora mismo pienso que con este oro que ahora tenemos podríamos comprarle a nuestro vecino su huerto. Ya me ha dicho más de una vez que quiere venderlo.

 

                El padre guardó silencio y meditó durante un rato. Cayó él en la cuenta que su vecino, ya muchas veces le había dicho:

- En cuanto encuentre alguien que me compre estas tierras, las vendo.

- ¿Y por qué quieres venderlas?

- Ya estoy cansado de trabajar tanto y, al fin y al cabo, este huerto apenas me da para recoger algunos frutos. Entre los que se comen los pájaros y los que me roben los amantes de lo ajeno, ni para aprobarlos me quedan. ¿Tú quieres comprarme este huerto mío?

- Si tuviera dinero, desde luego que lo haría.

- Pues haber si algún día te encuentras un tesoro y haces realidad tus sueños y el mío.

- Ojalá te escuche el cielo.

 

                Y a partir de aquel día, el padre de la joven y también ella, no dejaban de soñar este sueño. Por eso ahora, el padre salió de su casa, se fue al huerto del vecino, lo llamó y como éste estaba regando algunas plantas, al oírlo, le contestó. Los dos hombres se acercaron, se saludaron y sin rodeo ninguno, el padre preguntó al vecino:

- ¿Sigue vigente la ofertas de tu huerto?

- Y tan vigente. Si quieres te lo vendo ahora mismo, si es que ya tienes las monedas necesarias para comprarlo.

- Pues no querrás creerlo pero la suerte me han sonreído y creo que tengo para comprarte tus tierras. Ya sabes lo mucho que a mi hija le gusta este huerto tuyo y, sobre todo, los árboles tan grandes, recios y bellos que aquí tienes.

- Pues hacemos trato ahora mismo.

- Es un buen momento pero antes de cerrar el trato, quiero hablarlo con mi hija. Por ahora solo quería saber si tu oferta seguía vigente.

- Pues ya sabes que sí. Vuelve cuando quieras y si aun tienes el dinero, en ese mismo momento estas tierras son tuyas.

 

                Despidió el padre al vecino, volvió a su casa, comentó con la hija lo de la compra del huerto y al saberlo, ella dijo:

- Por fin voy a ser dueña de los árboles más viejos, gruesos, sanos y fuertes que hay en todo el reino de Granada. La encina de la acequia es una joya y lo mismo los granados, las higueras y los almendros. Me gustan tanto estos árboles que pienso que en cuanto sean míos, me voy a sentir la más feliz de todas las mujeres del mundo. ¿Cuándo pasa a ser nuestro el huerto del vecino?

- En cuanto quieras tú.

- Pues mañana mismo.

Y al día siguiente, padre e hija, fueron otra vez al huerto de los árboles centenarios. Se encontraron con el vecino y, nada más saludarlo, la joven le dijo:

- Aquí está el dinero con el que vamos pagar tus tierras. ¿Tienes algo que objetar?

Miró el vecino las monedas que la joven mostraba en sus manos, pensó un momento y luego dijo:

- Nada tengo que objetar. En cuanto me des esas monedas las tierras son vuestras.

Y la joven puso en las manos del vecino el puñado de monedas de oro al tiempo que decía:

- Para ti este oro y el huerto ya es nuestro.

 

                Cogió el vecino lo que la joven le ofrecía, se lo guardó en el bolsillo y al momento dijo:

- Solo os pido un favor pequeño.

- Por nuestra parte, está concedido, sea lo que sea.

Aclaró el padre y luego preguntó:

- ¿Qué es lo que quieres?

- Que no toméis posesión de estas tierras hasta dentro de un par de días.

- ¿Y eso?

- Quiero tener algo de tiempo para realizar un pequeño proyecto.

- Pues por nosotros, tienes permiso para hacer lo que nos dices.

Y el padre y la hija, más contentos que nunca, regresaron a su casa.

 

                El vecino, en cuanto el padre y la hija se fueron, buscó algunos hombres, les dio órdenes y al instante se pusieron a podar los árboles que a la joven le gustaba tanto. Tres días más tarde, el padre y la hija volvieron a las tierras del vecino, ahora ya suyas, y al ver lo que el hombre había hecho con los árboles, la joven exclamó:

- Papa, los has desmochado por completo, cortando todas las ramas y dejando solo el tronco.

Y el vecino aclaró:

- Tú no te preocupes que ya verás como brotan al llegar la primavera.

- Pero aunque broten, ya nunca más serán árboles frondosos y bellos. ¿Por qué has hecho esto?

- Es que a los arboles como estos es así como hay que podarlos. Y por mi parte, quería tener un detalle para con vosotros.

 

El segundo milagro

                III- Muy enfados, el padre y la hija discutieron con el vecino y ella, en algún momento, se arrepintió de haber gastados sus monedas de oro en la compra del huerto. Por eso pidió al vecino que le devolviera el dinero pero éste no le hizo caso. Al final, los dos se volvieron a su casa y al día siguiente por la mañana, la joven se fue al camino no a vender frutos secos sino a contemplar cómo habían quedado las cosas en el huerto nuevo. Sobre el cerrillo, al lado de arriba de lo que ahora es el Barranco del Abogado, buscó una piedra que desde hacía mucho tiempo sobre el montículo se clavaba y en ella se sentó. No lejos del camino, mirando al río Genil y a las tierras que a sus pies se extendían. Con ella tenía una de las espuertas de esparto, con algunas almendras y nueces. La misma espuerta donde, días atrás, había encontrado la bolsa con las monedas de oro. Y hoy, dentro de la espuerta, también guardaba entre los frutos secos, la misma bolsa de cuero.

 

                Se decía: “Por si viene por aquí el joven pobre, amigo mío. Para compartir con él estos frutos, como otros días. Y si llega y se para conmigo, le contaré todo lo que me ha ocurrido. No me servirá de nada porque quizás él poco pueda hacer por mí pero al menos me desahogo y comparto con alguien el disgusto tan grande el vecino me ha dado”. Y reflexionaba ella en esto, mirando y meditando los paisajes que a sus pies quedaban cuando observó que cerca, se paraban de vez en cuando, algunos pajarillos. Mirlos, petirrojos, tórtolas, gorriones, cernícalos… Al ver tantas avecillas cerca de ella y como desorientadas, también pensó: “Seguro que, como se han quedado sin las ramas de los árboles que mi vecino ha cortado, ahora no saben a dónde ir. ¡Qué poca sensibilidad y qué malo es este hombre!”

 

                Y en ese momento vio asomar por el camino al joven pobre. El corazón le dio un vuelco y el alma se le llenó de luz. El ánimo se apoderó de ella y tal como estaba sentada en la piedra, lo miró y esperó entusiasmada a que se acercara. Lentamente se acercó el joven, la saludó y al mirar su cara y ver que no reflejaba la alegría de otros días, le preguntó:

- Hoy no pareces tan hermosa como otras veces. ¿Te pasa algo?

- Soy la misma de siempre lo que pasa es que estoy muy disgustada.

- ¿Por qué?

Y la joven, como si hubiera conocido a su amigo pobre de toda la vida, se puso y despacio y con todo detalle, contó lo mal que se sentía por culpa del comportamiento de su vecino. El joven la escuchó con interés mientras partía algunas de las almendras que su amiga le había dado. Al final de la explicación de la joven le dijo:

- Y lo que más siento es que me he quedado sin dinero, sin árboles y sin la posibilidad de compartir con mis amigos de las cuevas que hay en Granada.

 

                Al oír esto el joven preguntó enseguida a su amiga:

- ¿Qué es lo que deseaba compartir con tus amigos de las cuevas?

- Quería compartir con ellos las monedas de oro que aparecieron en la bosa de cuero. Todos los que viven en estas cuevas y en otras por las laderas del barrio del Albaicín y río Darro, son personas muy pobres. A ellos les hubiera servido de mucho un par de monedas de oro y sin embargo ahora, fíjate lo que ha pasado: me he gastado todo el dinero en la compra del huerto de mi vecino, con la ilusión de tener esos árboles que tanto me gustaban y también para construirme algún día en ese terreno una bonita casa y al final, ni tengo árboles ni oro ni casa. Estoy confundida, triste y muy enfadada.

Y el joven le preguntó:

- ¿Ni siquiera una moneda de oro te ha quedado?

- Solo una. Aquí tengo la bolsa con la moneda dentro. Puedes verla para que compruebes que no te engaños.

- Te creo y también te digo que no te aflijas tanto. Lo mismo que aquel día ocurrió un milagro, puede suceder de nuevo.

- Dos milagros tan grandes nunca en la vida podrá ocurrirme a mí.

- Tú confía y haces bien en mostrarte indignada por lo que ha hecho tu vecino. Su comportamiento no ha sido honesto.

 

                Dijo luego el joven que tenía que irse porque hoy debía hacer algunas cosas en los recintos de la Alhambra y, al despedirse, la joven le regaló todas las nueces y almendras que tenía en su espuerta de esparto. Le dijo:

- Para que comas hoy y mañana y pasado, sino nos vemos antes. Que Dios vaya contigo y muchas gracias por haberme escuchado. Eres un amigo muy bueno.

Se despidieron y al poco, la joven regresó a su casa con la espuerta de esparto y dentro, solo la bolsa de cuero con la moneda de oro que le quedaba. Cuando llegó, saludó al padre y al verla, éste le preguntó:

- ¿Dónde has guardado las monedas de oro que te habían quedado?

- En esta espuerta la tengo dentro de la bolsa. ¿La quieres?

- Es que me gustaría juntarla con esos otros centimillos que tengo para comprarte un día la casa que tantas veces me has dicho.

 

                Y la joven fue a coger la bolsa de cuero para dársela al padre cuando, asombrada, descubrió que no solo la bolsa estaba llena de monedas relucientes sino también la espuerta. Miró sin poderlo creer y luego miró al padre y exclamó:

- Papá, de nuevo ha ocurrido otro milagro. No puedo creer lo que estoy viendo.

Los amigos de las cuevas

            IV – Durante unos segundos, el padre observó a la hija al tiempo que también miraba a lo que en la espuerta relucía. Quiso él comentar algunas cosas pero se mantuvo, esperando que la hija expresara sus deseos. Y ella, conforme se iba recuperando del asombro, comentó largamente lo que en el corazón tenía. Paciente y sin interrumpir, la escuchó el padre. Llegó la noche, los dos se fueron a dormir y la hija, se llevó con ella la espuerta rebosante de monedas de oro. Aclaró:

- Mañana va a ser un gran día en muchos de los rincones de Granada.

 

            Y al día siguiente, en cuanto salió el sol, se asomó a la puerta de su casa, miró para las partes altas del cerro que al frente se alzaba y buscó despacio. Al poco, sintió los graznidos, miró y los vio. Se dijo: “Son los cernícalos que viven en las torres de la Alhambra. Ellos, sin que lo sepan, van a colaborar conmigo de la manera más acertada”. Y después de esto, entró a la casa y dijo al padre:

- Me voy ahora mismo, llevándome conmigo todas las monedas de oro que otra vez el cielo me ha regalado. No me esperes al mediodía ni al caer la tarde. Quizá no vuelva hasta bien entrada la noche.

- Pues que tengas suerte, hija mía y que, sin ningún contratiempo, hagas realidad tu sueño.

 

            Al poco, la joven salió de su casa, caminó despacio por la sendilla que rodeaba el huerto por el lado de arriba y, con la bolsa de cuero llena de monedas, subió a las partes altas. Llegó a la primera cueva, por la zona que hoy es conocida con el nombre de Barranco del Abogado, llamó y al poco salió un hombre mayor que le preguntó:

- ¿Buscas algo, muchacha?

- Solo quería saludarte y ofrecerte un regalo.

- Si ya hace tanto tiempo que a mí nadie me regalan nada que ni me acuerdo.

- Pues hoy es un día muy bueno para recibir un regalo especial.

- ¿De qué se trata?

- Aquí mismo, en la derecha de la puerta de tu cueva, voy a hacer un pequeño hoyo. Dentro voy a poner algunas cosas y luego taparé este agujero con una piedra. Tú no puedes verme porque quiero darte una sorpresa. Luego yo voy a irme porque tengo mucho trabajo pendiente y tú tampoco podrás quitar la piedra que tapa el hoyo hasta que llegue su momento.

Muy intrigado el hombre preguntó:

- ¿Y en qué momento llega ese momento?

- Mañana por la mañana al salir el sol y cuando oigas los gritos de los cernícalos que viven en las torres de la Alhambra.

- ¿Y por qué esto tiene que ser así? ¿Se trata de un juego?

- Sí, se trata de un juego muy divertido donde al final tendrás el regalo que te he dicho y que te va a gustar más de lo que te imaginas.

Y el hombre mayor dijo a la muchacha:

- De todas maneras, nada tenía antes de que llegaras tú y nada tengo ahora. Y si como dices, tu regalo es importante, tampoco pierdo nada con esperar hasta mañana y ese momento que dices.

 

            Despidió la joven al hombre mayor y se fue derecha a la siguiente cueva. Saludó a sus habitantes, les dio las mismas explicaciones, hizo otro hoy en la tierra y repitió la misma operación. Se lo agradecieron los habitantes de esta segunda cueva, sin tener ellos claro qué era lo que la joven pretendía, siguió su recorrido y repitió las mismas cosas en la siguiente y siguiente y siguiente cueva. Así hasta que visitó todas las cuevas por las laderas y barrancos de esta zona de Granada. Siguió luego la tarea que se había impuesto y caminó hasta las partes altas de la Alhambra. Por aquí, vertiente sur del Cerro del Sol, visitó varias cuevas más y repitió las mismas cosas. Bajó luego al río Darro, lo cruzó y comenzó a surcar las laderas que dan al sur, hoy conocidas con el nombre de Sacromonte y partes altas de San Miguel. En la puerta de cada una de las cuevas que por estos terrenos había, hizo el pequeño hoyo en la tierra, puso dentro el regalo especial: un par de monedas de oro, tapó luego el agujero con una piedra, pidió a los habitantes de las cuevas que hasta el día siguiente y con la llegada de los gritos de los cernícalos, no descubriera en agujero y regresó a su casa. Ya muy tarde, casi de noche y muy cansada. Nada más llegar, le preguntó el padre:

- ¿Te han ido bien las cosas?

- Mejor de lo que yo pensaba.

- ¿Y ahora?

- Solo dos monedas me han sobrado y hasta llegué a pensar que no iba a tener suficiente pero parecía que cuantas más monedas sacaba de la bolsa, más iban quedando.

- ¿Pero qué pasará ahora?

- Ya verás mañana por la mañana.

 

            Y al llegar el nuevo día, la primera en despertarse fue la joven. Salió a la puerta de su casa y se puso a mirar para el lado de las cumbres de Sierra Nevada mientras esperaba ver asomar el sol. Fue apareciendo poco a poco al ritmo en que su corazón se aceleraba hasta que de pronto, oyó los gritos de los cernícalos de las torres de la Alhambra. Miró y los vio volar, desde las Alhambra, para las partes altas del Cerro del Sol, para el valle del río Darro y para y para el barrio del Albaicín. Y mientras estas aves se alzaban en el cielo surcando el aire, gritaban y gritaban como anunciando algo muy grande. Y fue justo en este momento cuando la joven oyó y vio surgir, de todos los paisajes por donde se encontraban las cuevas, un resplandor de luz muy brillante al tiempo que se oía un enorme grito de alegría. Enseguida intuyó que los habitantes de las cuevas habían destapado el pequeño hoyo y habían descubierto las monedas de oro que ella en el agujero había dejado. Rápida llamó al padre y le dijo:

- Anoche me preguntabas que qué pasaría ahora. Un poco ya lo estás comprobando.

Y el padre comentó:

- Muy interesante pero, con solo dos monedas de oro por cueva ¿van a salir de pobres estas personas?

- Ya lo sé. Pero también pienso que aunque no les sirva de mucho, porque dos monedas de oro no dan para gran soca, hoy y a todos lo que viven en estas cuevas, se le acaba de llenar el corazón de gozo. Y yo con ellos y ahora mismo, también me siento la más afortunada.

 

            El último milagro

            V - En la Alhambra, en los aposentos de una de las torres más bonita, el príncipe se despertó, miró por su ventana y al ver el resplandor y oír los gritos de los cernícalos, llamó a uno de sus criados. Se presentó éste rápido y el príncipe le preguntó:

- ¿Qué es lo que ocurre esta mañana?

- Exactamente, nadie lo sabe pero se rumorea que la joven del huerto junto al río Genil, tiene que ver con todo esto.

- ¿Y qué es lo que ha hecho esa muchacha?

- Tampoco lo sabemos pero ya digo que ella parece estar al frente de toda esta algarabía.

Meditó un momento el príncipe y luego dijo a su criado:

- Preparadme ahora mismo el caballo blanco y que abran las puertas de las murallas. Tengo que salir a un asunto importante.

- Al instante, alteza, su caballo estará preparado.

- Solo mi caballo blanco y nada de escolta. Es un asunto personal y por eso no quiero que nadie me acompañe.

 

            Y media hora después, el príncipe del caballo blanco, era de este modo como en toda la ciudad de la Alhambra lo conocían, salía por las puertas de la muralla, cruzó los jardines, remontó al collado y por el camino que iba hacia el huerto de la joven hortelana, avanzó a toda prisa. Enseguida estuvo en la puerta de la casa, desde donde la joven contemplaba el hermoso día y gozaba en su corazón la alegría que estaban viviendo los habitantes de las cuevas. Al verla el príncipe, paró su caballo cerca de ella, la saludó y le preguntó:

- ¿Eres tú la que ha organizado toda la algarabía que esta mañana hay por los parajes de las cuevas de los pobres y por el cielo y torres de la Alhambra?

Y un poco asustada y como excusándose, la joven respondió:

- Yo solo he repartido, con los habitantes de estas cuevas, unas monedas que tenía. ¿Qué hay de malo en ello?

- ¿De dónde has sacado las monedas que dices has regalado?

Y la joven, despacio y por momento más asustada, explicó al príncipe todo lo que le había ocurrido días atrás. Y cuando terminó el relato, viendo que el joven del caballo blanco se mostraba muy interesado en lo que le iba narrando, preguntó de nuevo:

- ¿De qué modo se ha sabido esto de las cuevas en los palacios de la Alhambra?

- La algarabía que esta mañana han liado los cernícalos de las torres, ha sido enorme. Todo el mundo se ha sorprendido.

- ¿Y esto le ha molestado al rey?

- A mí desde luego sí que me ha llamado mucho la atención.

- ¿Y por eso has venido a cogerme presa?

- De ninguna manera. Vengo para darte yo también a ti una gran sorpresa.

 

            Y el joven príncipe, pidió a la muchacha del huerto, que subiera con él en su caballo. Ella le obedeció con gusto aunque bastante preocupada. Puso el príncipe en marcha su caballo, con la joven hortelana montada en la grupa y por el camino que iba al río, bajaron. Rodearon un poco la huerta del vecino, entraron luego a las tierras y casi en el centro del espacio, se pararon. Saltó del caballo el príncipe y desde el suelo y frente a ella, preguntó a la joven:

- ¿Es aquí donde siempre has soñado construirte una casa bonita y pequeña?

- Aquí es. ¿Por qué lo sabes?

- Lo sé y también sé el interés que tienes en los árboles centenarios que el antiguo dueño de estas tierras, salvajemente ha desmochado.

- ¿Y qué más sabes y por qué?

- Sé que vendes frutos en el camino y sé que en alguna ocasión, alguien te ha regalado monedas de oro.

- Lo de las monedas es un milagro que siempre ha ocurrido después de la presencia de un joven pobre, amigo mío. ¿También sabes tú esto?

- Claro que lo sé y hasta conozco el sueño de tu corazón y el enfado que te cogiste por el destrozo que ha hecho tu vecino con los árboles centenarios.

 

            Intrigada la joven volvió a preguntar al príncipe:

- ¿Sabes tú entonces dónde vive y quién es ese joven andrajoso que siempre se para a charlar conmigo cuando vendo frutos en el camino?

- Vive en la Alhambra y es un príncipe por todos muy conocido.

Y al oír esto, la muchacha miró fijamente al príncipe y al instante el corazón le dio un vuelco. Quiso seguir preguntando pero el príncipe le dijo:

- Sí, soy yo. Y esta mañana he venido a tu casa para decirte que, por tu buen corazón y tu original belleza, a partir de ahora, van a cambiar mucho las cosas en tu vida. Tendrás una casa hermosa y pequeña en este lugar de Granada. Tendrás árboles grandes y bellos y serás amiga de todos los habitantes de las cuevas. Quiero compartir y fundar contigo un reino nuevo en este lugar del mundo junto con los más pobres de estos sitios y rodeados de agua y muchos jardines y árboles. Yo también como tú, creo que es posible un mundo construido sobre el amor, la generosidad y lo bello. Tu corazón de oro, me ha hecho ver y enseñado que es posible este sueño.

 

Lo nombres, a veces no importan

 

            En su país, muy lejos de la ciudad de Granada y de la Alhambra, los amigos le decían:

- Convéncete: los nombres de las cosas, lo sitios y las personas, muchas veces, no importan nada.

- Pero si las personas, lo sitios y las cosas carecemos de nombres ¿de qué modo podremos entendernos y organizarnos?

- Eso es lógico, sin embargo, en bastantes momentos, los nombres no sirven para mucho.

- Pues yo tendré que verlo para creerlo.

Y no tardó mucho tiempo en descubrirlo claramente.

 

            Aquella mañana de invierno frío, con muchas nubes en el cielo y nieve en las partes altas de las montañas, donde vivía le dijeron:

- Tu destino ahora mismo ya no está ni en esta casa ni en esta ciudad ni en este país.

- ¿Y eso?

- Todos hemos decidido que tienes que marcharte de aquí.

- ¿Cuándo y a dónde?

- Mañana mismo te marcharás rumbo a la ciudad de Granada, muy conocida en el mundo entero por el gran monumento de la Alhambra.

- Pero ¿cómo en tan poco tiempo voy a organizar un viaje así y recoger y embalar mis cosas?

- Podrás, porque no te queda más remedio.

 

            Y solo unas horas después, a la mañana siguiente, se le vio salir del edificio donde había vivido durante mucho tiempo. Se le vio avanzar por la calle, con una pequeña maleta en las manos, se acercó al quiosco de prensa y pidió un periódico diciendo:

- Me marcho para siempre de esta ciudad y país y lo único que ahora mismo me apetece llevarme, es el periódico con la fecha de hoy y escrito en la lengua que aquí se habla.

- Pues que tengas suerte y que todo te vaya bien.

Le dijeron al darle el periódico que había pedido.

 

            Poco después se le vio subir en el autobús y sentarse cerca de una pequeña con su madre. Media hora más tarde el autobús salía de la ciudad y la niña, ajena al viaje, a lo que por la ventanilla se veía e ignorante por completo a lo que en el corazón de su compañero ocurría, se puso a jugar. A un juego inocente y sin importancia pero que para ella y en ese momento, era lo más importante de cuanto existía en el mundo. Al poco le dijo al joven:

- Juega conmigo, verás qué divertido.

Y sin saber cómo ni por qué, se puso a jugar con la pequeña. Y a los diez minutos, se implicó tan sinceramente en el juego que hasta se olvidó del viaje y de los acontecimientos que le obligaban a marcharse y del lugar a donde iba.

 

            Pero hora y media más tarde, la madre dijo a su niña:

- Hemos llegado a nuestro destino. Prepárate que en unos momentos nos bajamos.

Le dio ella un beso al joven y le indicó lo bien que se lo había pasado jugando juntos. Y cogida de la mano de la madre, abandonaron el autobús. Se quedó él mirando y al ver a la pequeña alejarse, para sí se dijo: “Ha sido lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo y ahora, ni siquiera sé cómo se llama. Pero ciertamente que no me importa el nombre que tenga”. Se puso en marcha el autobús y al poco subía las laderas de grandes y altas montañas. Mirando por la ventanilla comenzó a llenarse de los amplios y hermosos paisajes: altas y bellas montañas cubiertas de monte, escarpadas laderas surcadas de ríos y con muchos valles verdes a sus pies. Se dijo: “Todo esto es maravilloso y nuevo por completo en mi vida. Y tampoco sé ni cómo se llaman estos lugares ni a qué país del mundo pertenecen”.

 

Al caer la tarde, en un lugar donde el terreno era llano y los paisajes relucían de verdes, el autobús de nuevo se paró. Miró por la ventanilla y vio y oyó a varias personas que hablaban en un idioma que desconocía. Pero sí le llamó mucho la atención comprobar como estas personas se ayudaban entre sí mientras compartían cosas. Otra vez se dijo: “Sin duda que esto será un país en algún lugar del mundo y tendrá su propio nombre. Pero yo ahora mismo ni lo sé ni tampoco me serviría de nada conocerlo”. De nuevo el autobús se puso en marcha y él se recostó en el asiento. Meditando el dolor de la despedida y el miedo a lo desconocido, se quedó dormido y al poco se vio acercándose a la mágica ciudad de Granada.

 

Divisó altas montañas llenas de nieve, muchos ríos de aguas claras despeñándose por las laderas de estas montañas y al fondo, una gran llanura por donde una ciudad blanca se derramaba. Y sobre una alta colina llena de vegetación e iluminada por los rayos del sol de la tarde, vio un edificio fantástico. Grandes torres se elevaban desde él, recias murallas lo rodeaban, muchas personas en grupos grandes, más pequeños y de dos en dos, paseaban, iban y venían por entre hermosos jardines y una luz misteriosa perecía envolverlo todo. Vio el autobús surcando la carretera que, como trabada en el viento, descendía desde las altas cumbres al encuentro de la ciudad que por la vega se derramaba. Y en el asiento de sus espaldas oyó que alguien comentaba:

- Esta es la ciudad de Granada y eso que tanto deslumbra ahí, es la Alhambra. ¿A que, aunque no tuvieran nombre ni esta ciudad ni esos palacios, todo sería igual de maravilloso y desprendería la misma magia?

 

Un cuento para la princesa

 

                I- Cuando la princesa era todavía niña, lo que más le gustaba a ella, era jugar y cortar flores del jardín. También le gustaba mucho entretenerse con el agua de las albercas en los palacios y jardines, correr libre por entre las plantas donde iba a buscar las flores, abrir sus brazos y dejarse acariciar por el fresco airecillo, al caer las tardes y muchas veces por las mañanas y al mediodía, en los meses de primavera y verano. Le gustaba mucho distraerse con los pajarillos que siempre revoloteaban por entre los árboles y rosales del jardín y disfrutar de sus cantos y melodías.

 

            Pero a la princesa de la Alhambra y en la etapa de su niñez, le gustaba más que otras cosas, algo muy concreto. Tenía ella sus aposentos en una de las más altas y bonitas torres de los palacios de la Alhambra. Y esta torre, tenía varias ventanas. Grandes ventanales, decoradas por dentro con telas de hermosos colores y que se abrían a los paisajes más espectaculares que desde la colina de la Sabika se divisan. A Sierra Nevada, daba una de estas ventanas. Al gran valle de la Vega de Granada, se abría otra ventana. A los jardines que ella con frecuencia recorría, también se abría una tercera ventana y la más grande y que a ella le gustaba mucho, daba al barrio del Albaicín. A la umbría que desde la Alhambra desciende hacia el río Darro, al ancho valle de este río y a las laderas y partes altas de la colina del barrio de las casas blancas. Y a este paisaje, era al que más tiempo dedicaba. A veces, horas enteras se pasaba sentada frente a la ventana, mirando para la colina de enfrente y como abstraída o perdida en la distancia y laberintos de los cerros.

 

            La madre reina, ya se había dado cuenta de esto y dejaba pasar el tiempo. Se decía: “Al fin y al cabo, ningún daño hace a nadie ni a ella misma, mirando por esta ventana y soñando sus sueños”. Pero un día, ya muy intrigada la reina madre del interés que la niña mostraba en la observación de lo que se veía desde la ventana, se acercó a ella y le preguntó:

- ¿Qué es lo que desde aquí ves que te entusiasma tanto?

Y la niña le respondió:

- No sé explicarte lo que veo pero sí a veces me pregunto cosas.

- ¿Y qué cosas son las que te preguntas?

- En ocasiones me pregunto en cómo serían hace mucho, mucho tiempo, esos cerros de enfrente. Por donde ahora se ven las casas blancas de este tan bonito barrio. ¿Tú sabes algo?

- Los sabios lo han dejado escrito en los libros y, por eso, muchas cosas sí se saben.

- ¿Y qué es lo que en esos montes había hace mucho, mucho tiempo?

- ¿Cuánto tiempo?

- Por ejemplo, antes de que en el barrio del Albaicín hubiera personas viviendo y se construyeran cuevas en esas laderas.

 

            Y la madre reina, bastante intrigada con la pregunta que le hacía la princesa, pensó durante un momento. Se puso a mirar con la niña por el hueco de la ventana, mientras intentaba recordar lo que de este cerro del Albaicín a ella le habían contado los sabios y maestros de los palacios de la Alhambra. Luego miró a su niña y de nuevo comentó:

- Como tú sueñas tanto e imaginas tan varias cosas quiero preguntarte algo.

- Pero ya sabes que la que necesita conocer, soy yo.

- Es que mi pregunta la única persona que puede responderla eres tú.

- ¿Y qué es lo que deseas preguntarme?

- Si cuando miras por esta ventana y te pierdes por esos montes de enfrente tú has pensado alguna vez cómo serían esos lugares hace mucho, mucho tiempo.

- Claro que lo he pensado.

- ¿Y cómo te imaginas que era eso?

- Me lo he imaginado de muchas maneras y todas muy bonitas y llenas de flores. Pero una noche tuve un sueño y en él vi todos esos cerros de enfrente. Eran mucho más grandes y desde las partes altas caían hondo y largos barrancos. En la mitad de la ladera y a la derecha de uno de estos barrancos, vi a un joven muy fuerte, alto y bello. Al lado de arriba y casi en lo alto del todo, vi a una niña así como yo que lo llamaba y le decía:

- Salta y vente a jugar conmigo a lo alto de este monte.

Y vi que el joven siguió caminando y volcó para el barranco que, desde aquel monte, cae para el río Darro, llegó al mismo borde y en ese momento, dio un gran salto y por el aire salió volando al encuentro de la niña que lo llamaba en lo más alto del cerro.

 

            Yo me sentía muy contenta y al ver al joven volando por el aire, como lo hace cualquiera de las avecillas que viven en los jardines de estos palacios, tuve miedo. Lo llamé y al instante desperté. En aquel momento y hasta hoy, sentí y tengo mucho interés en lo que hubo y cómo eran esos cerros hace mucho, mucho tiempo. ¿A caso alguna vez por ahí las cosas fueron como las he visto en mi sueño?

La reina madre meditó unos segundos y luego dijo a su niña:

- Te voy a contar un cuento. ¿Quieres?

- Claro que sí.

- Pues escucha y verás qué bonita historia de esos lugares, en tiempos lejanos.

Y la reina madre, lentamente comenzó a narrar a su niña:

 

            Hoy a este barrio de las casas blancas frente a la Alhambra, se le ve ahí: en lo más alto de una colina, donde el terreno es llano, por algunos sitios, tiene laderas, pequeños cauces corriendo, un río al lado sur y otro río al norte. Y por estas laderas, pequeños valles, collados y partes altas de los cerros, hoy se ven ahí muchas casas blancas, multitud de calles estrechas, recogidas plazas, muchas de ellas bien empedradas y por las tierras que miran al sol de las mañanas y de las tardes, también muchas cuevas. Y por todos estos pequeños, bonitos e interesantes rincones, hoy se ven muchas personas. Habitantes de las casas blancas, algunos de ellos, habitantes de las cuevas excavadas en las laderas y algunos turistas que van y vienen llegando de todas partes. Y en todo momento y desde cualquier parte de estos cerros, barrancos y valles, se abre al frente la robusta silueta de la Alhambra. Más a lo lejos y al fondo, desde cualquier rincón de lo que hoy es el barrio del Albaicín, continuamente se ven las cumbres de Sierra Nevada, muy blancas en invierno y color gris apagado en las otras estaciones del año.

 

            Pero el monte donde hoy se extiende y reluce blanco el barrio del Albaicín, no siempre estuvo sembrado de casas. En otros tiempos, mucho antes de la construcción de la Alhambra y de la aparición del primer asentamiento humano sobre la colina del Albaicín, todos estos lugares fueron tierras solitarias. Despobladas de seres humanos, cubiertas de vegetación con monte bajo y espesos y altos árboles y con algunos caminillos que, por entre esta densa vegetación, iban de norte a sur buscando el mejor paso en las laderas, collados y barrancos y perderse para luego descansar en alguna construcción de piedra o cueva en los barrancos. Rudimentarias construcciones levantas por los primeros humanos que se establecieron y vivieron en estos montes que hoy ocupan las casas blancas del barrio del Albaicín.

 

            No han quedado documentos de aquella etapa de la civilización ni tampoco la arqueología ha podido encontrar nada con lo que hilvanar los hechos. Pero como aquellos montes existieron y también fue cierta la presencia de aquellas primeras personas, puede hablarse de ellos como algo real. Y yo sé que, por entre la vegetación que cubría el gran monte hoy conocido como Albaicín, en aquellos tiempos había algunas ruinas de casas. Muy primitivas pero viviendas en forma de casas, ocupadas por personas y muy perdidas entre el monte y los árboles de estos cerros. Al lado norte y por la ladera que caen para el río Beiro, había algunas casas. No blancas sino color tierra, de madera, piedras y tierra y muy pequeñas. Un poco al este de este gran terreno también había casas, en el collado al poniente, se veía un edificio algo más grande y al levante, casi mirando a lo que hoy es la Alhambra y Sierra Nevada, se alzaba un par de construcciones más. Por donde hoy se encuentra el corazón del Albaicín y que en aquellos tiempos todo era bosque con gruesos árboles, algunas veredas y más viviendas.

 

            Y una mañana fría de invierno, de una de las pequeñas casas en las laderas que caen para el río Beiro, salió un joven. Alto, fuerte, de pelos largo, ojos oscuros y miradas claras. Le dijo a la madre que en aquel momento apilaba unos palos junto a la entrada de la vivienda:

- Voy a la ladera sur y volveré al caer la tarde.

- Ve con cuidado y con nadie te enfrentes ni enfades. Y si por el bosque encuentras algo que pueda servirnos para comer, si no tiene dueño, cógelo y te lo traes. También, cuando regreses, recoge las ramas y monte seco que encuentres. Lo necesitamos para calentarnos.

Y el joven respondió:

- De acuerdo, madre.

Llamó al instante a su pequeño perro, color canela claro y por una de aquellas sendas, se puso a caminar hacia el lado sur de la montaña, ya vertiente al río Darro. Y solo en unos minutos, coronó al collado, volcó para la vertiente sur y enseguida se encontró frente al ancho valle del cristalino río que te he dicho. Y al descubrir el amplio y misterioso paisaje, desde estas tierras y colina de la Alhambra, río arriba hacia las profundidades de las montañas, se paró. En eso momento el sol se alzaba a medio cielo sobre las cumbres de Sierra Nevada y las montañas de donde viene este río y la luz caía como velando en una misteriosa cortina de niebla blanca. Del río se alzaba también finas nubes de vapor de agua y en la mitad del valle, descubrió un hermoso lago. Todo azul y reflejando los rayos del sol de la mañana, escoltado a los lados por las dos altas colinas que este río tiene.

 

            Miró durante un buen rato, escudriñando despacio este bellísimo espectáculo, buscó luego un lugar cómodo, se sentó en una piedra, llamó a su pequeño amigo el perro y le dijo: “Quiero contemplar despacio esta maravilla de la naturaleza y quiero gozar en profundidad los colores y luces que brotan de este lago. ¿Te acuerdas tú de ella? Por este misterioso río y esas oscuras montañas que se ven al final, se marchó aquel día. Como al encuentro de las blancuras de Sierra Nevada y desde entonces, nada hemos sabido de su persona. ¿A dónde se habrá ido, en qué lugar tendrá su palacio y cómo será el paraíso que ahora pisan sus pies?” Su pequeño perro amigo pareció comprenderlo y por eso, durante unos segundos, lo miró. Luego saltó por entre unas matas, buscó una estrecha sendilla y después de ladrar un par de veces, comenzó a trotar despacio, volviéndose para atrás y mirando al joven, como invitándole a que lo siguiera.

 

            El joven pareció comprender a su perro amigo y por eso, se levantó de donde estaba sentado, caminó hasta la senda al tiempo que de nuevo habló a su perro y le dijo: “Quizás quieras enseñarme algo que conoces o intuyes que puede ser bueno para mí. Camina y ladra que yo te sigo”. Y el perro de nuevo ladró un par de veces y prosiguió su trotar lento y decidido. La sendilla surcaba toda la ladera sur y poco a poco iba cayendo para el río, aproximándose cada vez más al lago azul, por donde las finas nieblas, jugueteaban formando paisajes fantásticos. Por eso, entre esta luz de colores y bruma en forma de vellones algodonosos, el perrillo y el joven se fueron perdiendo. Como al encuentro del sol que se alzaba colgado en la gran bóveda celeste.

 

            Y nadie, en ese momento vio ni al joven ni a su perrillo amigo color canela claro. Y tampoco nadie lo encontró aquella tarde cuando la madre y unos conocidos, salieron a buscarlo. Lo llamaron desde lo más alto del cerro tapizado de bosque y luego lo buscaron por algunos rincones del valle del río y por ningún sitio lo vieron ni no oyeron. Ni aquella tarde ni por la mañana ni en los días que siguieron. Al cuarto día, varias personas se unieron a la madre y se fueron a buscarlo a donde el lago azul y aun más lejos, río arriba. Ninguna señal vieron de él ni tampoco les decían nada concreto las personas a les que les preguntaban.

 

            Pasó un tiempo y siguieron sin saber nada de este joven. Pero sí, a los pocos días de aquel frío invierno, algunas personas empezaron a decir que en las aguas del río Darro, encontraban pequeñas pepitas de oro. Comentaban:

- ¿Será esto obra del joven que se marchó con su perro amigo?

- No lo sabemos pero sí es cierto que este río, desde aquel día, tiene mucha más agua que nunca. Y estas pepitas de oro, solo ahora empiezan a verse por aquí.

 

            Y la reina madre, al llegar a este momento del relato, guardó silencio. La princesa la miró y le preguntó:

- ¿Tú crees que aquel joven tuvo algo que ver con el oro y las aguas claras de este río?

- Yo creo que sí.

- ¿Pero a dónde se fue a vivir?

- Muchos creyeron y aun se siguen creyendo hoy que se fue a las montañas oscuras donde nace este río de la Alhambra.

Y la princesa, después de un rato en silencio, volvió a preguntar:

- ¿Puedo yo un día, cuando sea mayor, ir por estas montañas a ver si encuentro a este joven?

 

UN CUENTO PARA LA PRINCESA

 

               El lago del Patio de los Arrayanes

Segura parte de “Un cuento para la princesa”

                II- El Patio de los Arrayanes, un gran espacio dentro de la Alhambra, se sitúa al este del patio del Cuarto Dorado y al oeste de la sala de Baños y patio de los Leones. A su alrededor hay varias estancias, siendo las más importantes la destinada al lugar de trabajo del sultán, diwan o sala del trono y de audiencias, al norte del patio. A estos aposentos se les conoce como Palacio de Comares. Es rectangular este patio, de dimensiones bastante grandes y con un estanque o alberca en el centro, rodeado de plantaciones de arrayanes o mirtos. También es conocido con los nombres de patio de los Mirtos, patio de la Alberca y patio de Comares.

 

                Y otra de las cosas que le gustaba mucho a la princesa niña, era precisamente este Patio de los Arrayanes. El recinto más hermoso que, en aquellos días y aun hoy, había y hay en la Alhambra. Como gran pórtico a la grandiosa Torre de Comares, se reflejaba y se refleja en las aguas de este estanque, los azules del cielo de Granada, los colores de los atardeceres, las nubes blancas que en muchas ocasiones se pasean por el cielo y las esbeltas siluetas de las torres, puertas y columnas de los palacios en torno a este recinto. Y cuando la princesa paseaba sola por los bordes de la gran alberca, le divertía mucho mirarse en las aguas, meter sus manos en estas aguas y removerlas para verse a sí misma bailando entre las pequeñas olas y perderse luego con las nubes reflejadas y las figura de las torres. También le divertía sobre manera esconderse entre las plantas que al borde de la alberca crecían y cortar pequeños tallos para dejarlos caer en el espejo de las claras aguas.

 

                Quizás por esto o quizás por la imagen que en su mente había quedado del relato que la madre le había contado, aquella noche tuvo un sueño. Cuando ya oscureció, se fue a su bonito y recogido aposento en la torre de las ventanas frente al Albaicín y después de mirar un rato por la ventana que daba a las montañas, se fue a su cama. Antes les dijo a las damas que la cuidaban:

- Iros a vuestras habitaciones y dejarme sola y no vengáis por aquí hasta que yo os llame.

Y las damas le dijeron:

- Lo que usted ordene, alteza.

Y al poco de retirarse las damas, la joven princesa se metió en su cama, meditó a su manera y desde su mundo de fantasía, el relato que la madre le había contado y al rato se quedo dormida. Tranquilamente en su cama de seda pero como envuelta en una nube de misterio y luz. Tuvo un sueño y en él se vio paseando por el borde de la alberca del Patio de los Arrayanes, su rincón preferido para jugar y dejar volar su fantasía. Pero en esta ocasión, se vio a si misma moviéndose despacio por el borde de la alberca, en el lado de la puesta del sol. Por eso al frente le quedaba el lado que da al valle del río Darro, aunque desde esta alberca de los Arrayanes no se ve. Sin embargo, ella sí vio en su sueño, por este lado del río y muy al fondo, una gran hilera de montañas. Muy parecidas a las montañas que la madre le había descrito en su relato aunque mucho más bellas porque reflejaban los colores más vivos. Blancos por las partes bajas, verdes oscuras en sus lados y en las partes altas, azules y algodonosas. Y descubrió ella que estos montes parecían proteger, por el lado del levante, las aguas de un lago mucho más bello que el que la madre le había descrito en el relato. Se dijo: “Es como si las aguas de esta alberca entre palacios, se hubieran convertido de pronto en un precioso y plácido lago”.

 

                Miró para su derecha, para el lado de la Torre de Comares y junto a la orilla del lago, vio una bonita carroza. Parada en un prado de hierba, con dos caballos blancos enganchados y un hermoso joven subida en ella. Se acercó un poco para ver esta carroza más de cerca y, se preparaba para preguntar al joven, cuando oyó que éste le dijo:

- Estoy esperando a una princesa para llevarla de paseo a las montañas blancas que se ven al fondo.

Y la niña le preguntó:

- ¿Vive esta princesa en los palacios de la Alhambra?

- Vive ahí y es tan hermosa que solo verla llena de felicidad el corazón. Sube que ya el sol todo lo está iluminando.

Y sin más, la pequeña princesa, subió en la carroza, se pusieron en marcha los caballos y al poco, por el camino entre las aguas del lago, la tierra y el viento, se vio avanzar en compañía del joven. Pero al mismo tiempo también se vio parada en el mismo borde de la alberca del Patio de los Arrayanes. Y ésta, la que estaba junto a la alberca, miraba con mucho interés a la carroza alejarse dirección a las montañas blancas. Se dijo: “Aquella que va en la bonita carroza, soy yo y la que está en esta alberca, también. ¿Cómo es posible esto?” Nadie respondió a la pregunta que se hacía. Sí la princesa que se alejaba subida en la carroza, preguntó al joven:

- ¿Volvemos otra vez al la alberca que hay en el corazón de los palacios?

- Ya estás viendo que esa alberca ahora es un precioso lago entre montañas. Y sí, rodeamos este lago por el lado de las montañas blancas y volvemos al sitio que tú quieres.

- ¿Y me encontraré con la que allí ahora me mira?

- Aquella eres tú, la que vive en los palacios de la Alhambra y ésta que va conmigo en la carroza, es la ilusión de tus sueños.

- ¡Qué cosas más hermosas y al mismo tiempo, qué divertido y mágicamente bello!

 

                Y al llegar el nuevo día, la princesa se despertó en su cama de seda. Se quedó quieta tal como estaba y miró por la ventana que da al barrio del Albaicín. Meditó lentamente su sueño y luego se dijo: “Hoy más que nunca me apetece ir a jugar a la gran alberca de los arrayanes. Porque según he visto en mi sueño, esta alberca es el lago entre montañas, por donde el río de la Alhambra. Y porque también sé que ahí vive un príncipe que en cualquier momento puede venir con su carroza para llevarme con él a su palacio y reino”.

Una alhambra entre montañas

           

            III- A diferencia de la Alhambra actual, frente a Granada y entre ríos, la primera Alhambra fue otra cosa. Algo que muy pocas personas conocen ni saben de ella pero existió. Primero en sueño, luego en pequeño paraíso entre vegetación y después, en un edificio entre ríos y montañas, fruto de la fantasía que el hombre llevaba en su corazón.

 

            Era rico, muy amante de la naturaleza, bueno con los que le conocían y rodeaban y, según muchos decían, enamorado profundamente de lo bello. Por eso, un día vino a Granada, buscó y habló con bastantes personas hasta que una mañana, un pastor de las montañas, le dijo:

- Ese lugar que busca usted, yo sé dónde se encuentra.

- Dímelo porque mi corazón no alcanzará la paz hasta que consiga realizar mi sueño. Y si quieres dinero a cambio, te daré lo que me pidas.

Y el pastor le aclaró:

- Aunque soy pobre y sí que necesito el dinero que me ofrece, yo voy a llevarle a usted al sitio que le digo y se lo enseño sin pedir ni exigir ninguna recompensa a cambio.

- Pues vamos ahora mismo.

 

            Y aquel mismo día, el pastor de las montañas, montado en su borriquillo y el hombre en su hermoso caballo blanco, recorrieron las sendas. Durante varias horas estuvieron cabalgando dirección a Sierra Nevada, que se alzaba al fondo repleta de nieve inmaculada. Al mediodía, cuando ya el sol se derramaba brillante y puro por las laderas y crestas de las montañas, llegaron al lugar. Detuvo el pastor su borriquillo sobre un pequeño collado y dijo al hombre que le acompañaba:

- Este es el lugar que le decía.

Desde lo alto de su caballo, el hombre miró durante un rato y luego dijo:

- El lugar es casi, casi lo que yo siempre he soñado. Y si como dices, hay agua en abundancia, muchos pájaros, hierba, flores y árboles, sí que es este el paraíso que estoy buscando. Me gusta este valle, su silencio, la luz que por aquí se derrama, las montañas y bosques que le rodean y me agrada el río que descuelga desde aquellas altas montañas. Quédate conmigo y te pongo al frente de las personas que aquí me construirán mi palacio.

 

            Pocos días después, el pastor organizaba y dirigía una gran cuadrilla de hombres. Y lo primero que hicieron fue trazar acequias desde los ríos de la derecha y de la izquierda hasta el centro del valle. Luego dieron comienzo a la construcción del palacio, justo en la parte más bonita del valle, entre los ríos, no lejos de Sierra Nevada y donde las aguas de las acequias se derramaban. Mientras abrían los cimientos y levantaban las paredes de la construcción, otros hombres fueron preparando las tierras de las partes altas y en ellas sembraron árboles, plantas aromáticas, jardines con rosales, jazmines y arrayanes y siguieron regando las tierras. Aquel año, al siguiente y al otro, continuaron trabajando en la construcción del palacio y al quinto año, el hombre rico por fin vio su sueño hecho realidad. El bonito edificio, blanco, no muy alto, con torres y murallas y en el centro del valle más verde y con más aguas claras que hay toda la tierra. Sentado en la ladera, entre las acequias y frente al río, una tarde dijo al pastor:

- Este lugar se llamará desde ahora “Palacio entre montañas y ríos de aguas claras”. Y acuérdate de lo que te digo: Algún día alguien querrá construir algo parecido a este palacio mío y, durante generaciones enteras, lo llamarán Alhambra. Pero ni por asomo nunca aquello será tan bello como esto.

 

UN HOMBRE MALO

 

                Nació en el seno de una familia humilde y no tuvo más hermanos. Por eso los padres le dieron tanto cariño y lo mimaron tanto que según crecía, se veía más y más egoísta cada día. Y además de egoísta, se mostraba soberbio y altanero con todos los que iba rozando. En su defensa, los padres siempre decían:

- Pero es inteligente como él solo. Tanto, que no hay otro en toda Granada más listo que este hijo mío.

Y algunos amigos de los padres, comentaban:

- Tened en cuenta que lo de vuestro hijo no es inteligencia.

- ¿Por qué dices eso?

Preguntaba siempre la madre. A lo que los amigos respondían:

- Una persona inteligente nunca se muestra soberbia ni consigue las cosas maltratando y humillando a los demás.

Y los padres callaban.

 

                El hijo crecía y un día, cuando ya cumplía los veinte años, se enroló en el ejército del rey de la Alhambra. Enseguida los demás soldados dijeron:

- Dicen que es el más inteligente pero su actitud inquisitoria y despótica la está ejerciendo cada día con nosotros.

A él parecía no importarle lo que a sus espaldas se decía. Actuaba siempre gritando, pronunciando palabras ofensivas y lleno de cólera. Por eso los soldados, sus compañeros, al poco tiempo lo odiaban. Sin embargo, algún mando superior, salía en su defensa y decía:

- Será mal educado y violento pero todos dicen que no hay otro como él de inteligente.

Algunos de estos soldados enfrentándose con los jefes, argumentaban:

- Mire usted que las personas inteligentes siempre consiguen y enseñan las cosas desde el diálogo y el respeto.

- ¡Tonterías!

Respondían los jefes.

 

                Y la fama de hombre sabio llegó a oídos del rey. A los pocos días llamó al soldado violento y le dijo:

- Para comprobar si realmente eres tan inteligente como dicen y tú te crees, desde hoy te voy a nombrar administrador general y recaudador de todos los que tienen tierras y propiedades en el barrio del Albaicín y río Darro.

- Gracias Señor.

Dijo el hombre soberbio. Y aquel mismo día ordenó acondicionar una gran sala para su despacho de administrador. Dentro de los recintos de la Alhambra, mirando al barrio del Albaicín y la decoró con los mejores muebles de madera noble. También la decoró con telas de seda y objetos de cristal, cobre y cerámica más lujosos. Los que ya estaban a sus órdenes, entre sí preguntaban:

- Y todo este lujo, sus ricas comidas y ropas buenas ¿Quién lo paga?

- Según nos han dicho, lo pagarán los pobres que ahora tienen que obedecer y entregarles sus impuestos.

Y de todos estos comentarios, el hombre violento, siempre se defendía diciendo:

- Lo mejor en la vida y antes los demás, es impresionar. El gran lujo de este despacho mío va a servir, además de para sentirme cómodo, para impresionar y asustar a todos lo que entren aquí. Así verán que yo soy mucho más que ellos y que mi poder es grande.

 

                A los pocos días de tener su flamante y lujoso despacho y sentirse poseído de autoridad, comenzó a llamar a los que tenían a sus órdenes. Uno a uno les fue diciendo:

- Mañana mismo vienes y me traes los impuestos de tus propiedades. Pero mañana mismo y con creces. Y como no cumplas lo que te pido, irás derecho al calabozo.

Y los pobres, como sus cosechas eran muy escasas y a veces ni para comer ellos tenían, decían al hombre soberbio, ahora administrador general:

- Mire usted que yo no puedo. Iré ahorrando a ver si cuando pase unos meses tengo para traerle algo.

- He dicho que mañana mismo y no repitamos más.

Y los despedía sin otra explicación.

 

                Enseguida, este comportamiento violento, humillante y sin respeto, fue objeto de conversación entre los pobres. Por eso, todos comenzaron a vivir asustados y temblaban cuando los llamaban para que fueran al lujoso despacho de la Alhambra. Decían:

- Es tan violento, mal educado y soberbio que solo verlo, aterra.

Y como el hombre se fue enterando de estas cosas, un día ordenó que le prepararan un caballo.

- El mejor, más hermoso y de color blanco.

Dijo. Y le respondieron sus súbditos:

- Sus órdenes serán cumplidas al instante, señor.

Y aquel mismo día, montó en su caballo, salió de la Alhambra y por los caminos, se fue a los huertecillos del río Darro. Visitó a los pobres de estos huertecillos y luego se paseó por las calles del Albaicín presumiendo todo lo que podía de su gran caballo y de su autoridad como dueño casi absoluto. Por eso, unos y otros, en cuanto lo vieron, se echaron a temblar y se escondían. Entre sí decían:

- Que no aparezca por aquí y si aparece, que se vaya cuanto antes.

Pero él aparecía y, de vez en cuando, se paraba cerca de alguno y desde el centro de la calle le decía:

- Todavía no me has pagado los impuestos este año. Mañana mismo quiero verte en mi despacho.

Y luego espoleaba a su caballo y se iba.

 

                Al oír y ver esto, el hombre humilde y los vecinos, se morían de miedo. Humillados por lo había dicho y torturados por la idea de tener que ir al gran despacho de “inquisidor”, como ellos decían. Y tanto fue el miedo que entre los humildes se instaló y se sentían tan oprimidos, que entre sí comenzaron a planear un motín. El malestar y la tensión que entre los humildes se iba creando, llegó a oídos del rey. Por eso un día, pasados ya unos pocos años, el rey llamó al hombre soberbio y le dijo:

- Es cierto que mis riquezas con tu gestión han aumentado. Pero también es cierto que todo el mundo está descontento contigo y de tu comportamiento.

- Es que a los ignorantes y escasos de inteligencia, hay que tratarlos como lo hago yo. Impresionar y meter miedo es la manera más inteligente de imponerse sobre las personas.

Y el rey dijo de nuevo:

- Pues desde ahora mismo te prohíbo que vuelvas a tu despacho aquí en la Alhambra. Quedas destituido del encargo que te di.

 

                Protestó el hombre soberbio y quiso suplicar al rey pero éste fue inflexible. Por eso, al día siguiente, los humildes del río Darro y de Albaicín, lo vieron sin caballo. Habló con algunos de ellos y les dijo:

- Ya no soy ni administrador ni tengo poder alguno.

- ¿Y de qué va a vivir usted ahora?

- De lo que vosotros me queráis dar. Sois mis amigos ¿no?

Y los humildes no le pagaron con actitudes soberbias ni palabras vejatorias. Se callaron y esperaron. A los pocos días, vieron al hombre soberbio ir a los huertecillos del río Darro. Se paró con los dueños de estas tierras y les preguntó:

- ¿Podéis prestarme algunos de vuestro frutos?

- ¿Y para qué quiere usted que le prestemos nuestros frutos?  

- Intentaré venderlos por el barrio y por Granada y con lo que gane, puedo seguir viviendo.

- Pero es que nosotros no necesitamos la cosecha para alimentar a nuestras familias. Usted puede buscar bellotas, nueces y almendras por estos lugares y con lo que encuentre, lleva acabo su proyecto.

 

                Y el hombre soberbio les decía:

- No tenéis corazón y eso que ya hace tiempo que me conocéis.

- Por eso mismo. ¿No se acuerda usted del mal comportamiento que tuvo con todos nosotros?

- Pero es que yo soy el más inteligente. Es lo que todos siempre han dicho de mí.

- La persona inteligente siempre es humilde y tiene comportamientos respetuosos para con los demás.

- Entonces ¿no queréis ayudarme?

- Usted nos hizo mucho daño y nos trató muy mal. Recoja ahora lo que sembró.

 

                Y dicen que, poco tiempo después, muchos lo vieron con un viejo saco acuestas. Yendo y viniendo por las calles del Albaicín y por las orillas del río Darro, recogiendo lo que unos y otros le daban y también las bellotas, almendras y nueces que por los huertecillos habían quedado. Buscó luego refugio bajo uno de los puentes del río y desde aquí miraba a la Alhambra y se preguntaba “¿Por qué me tratan así si yo soy mucho más inteligente que todos los que viven por aquí?”

 

 

Artista de la Alhambra

 

                Tenía el hombre un pequeño taller de artesanía en el barrio del Albaicín. Frente a la colina de la Alhambra y por eso, desde una de las ventanas de su taller, mientras trabajaba dándole forma a las figuras de barro y madera, siempre tenía frente a sí la gran colina. Y el hombre, además de humilde, bueno y sabio, poseía una sensibilidad especial por lo bello, por la libertad, el respeto entre las personas y por los sueños del alma y del corazón. Por eso, todas sus pequeñas tallas y obras en cerámica, eran muy apreciadas por los conocidos. Los vecinos siempre le decían:

- Nadie nunca ha hecho cosas tan sencillas y bellas como tú. Parecen que tuvieran vida y que nos contaran fantasías. Mirando despacio cada obra de estas tuyas, eso es lo que se adivina. ¿Cómo lo consigues?

- Simplemente imprimo, en cada cosa que hago, lo que en mi alma siento y en mi corazón tengo.

 

                En la Alhambra, el encargado de un gran taller de artesanía, tenía noticias del artista del Albaicín. Dijo un día al rey:

- Deberíamos hablar con él y pedirle que se venga a trabajar con nosotros. Podría hacer cosas hermosas para decorar estos palacios.

- Pues tienes mi permiso. Ponte en contacto con este hombre y procede como quieras con tal de que consigas lo que me dices.

Respondió el rey al encargado del taller. Y este hombre, fue un día al taller del hombre del barrio blanco, lo saludó y le dijo:

- Si te vienes con nosotros a trabajar en el gran taller de la Alhambra, tendrás muchas oportunidades, te harás famoso y ganarás dinero.

Y el hombre le preguntó:

- Pero cuando haga mi trabajo ¿tendré libertad de expresar en él lo que dentro de mí llevo?

- Por supuesto. En todo momento serás libre y recibirás el mejor trato.

Y al día siguiente, el hombre se fue a trabajar al gran taller de los artesanos, sabios y artistas de la Alhambra. En una de las torres frente al Albaicín, le dieron una gran sala y allí se puso a trabajar con otros artesanos.

 

                Aquel día, al siguiente y al otro, hizo cosas poco importantes y nada originales. Pero a la semana, una mañana dijo al encargado:

- Esta pequeña obra que usted quiere que haga, quedará mucho más bonita si la modelo de esta otra manera.

- Tú limítate a realizar el trabajo tal como yo te lo digo.

- Pero señor…

Y no se atrevió a decir nada más. Ni aquel día ni al siguiente ni al otro. Sin embargo, sí fue notando según pasaba el tiempo, que cuando llegaba la hora de ir a trabajar al taller, cada vez sentía más miedo. El capataz estaba siempre encima de él y nunca le daba libertad para imprimir en su trabajo lo que en su alma y corazón tenía. Y tanto miedo llegó a sentir que al entrar cada mañana en el taller, se preguntaba: “¿A ver qué manía se le ocurre hoy y qué me pide que haga? Desde que estoy aquí y con este hombre a mi lado, ni tengo vida ni soy lo que siempre a mí me ha gustado. Cada día más siento como si no fuera yo desde que trabajo en este taller. Me hizo una promesa y ahora me siento engañado”.    

  

                Y cuando un día de aquellos el capataz se empeñó en que hiciera algo que el hombre claramente veía que no tenía sentido, éste se reveló y le dijo:

- Señor, yo haré lo que usted me pida porque es quien manda aquí pero obro en contra de mis deseos y de mi alma y corazón. Lo que usted quiere ni es bello ni tiene nada que ver con el arte.

- Tonterías. Tú estás aquí para hacer lo que se te ordene y no para realizar tus sueños. Necesitamos que trabajes para nosotros y eso es todo.

- Pero por encima de todo, en las obras que uno hace y en todo el comportamiento que tengamos a lo largo de la vida, se ha de ser sincero.

- ¿Y es que acaso yo no lo estoy siendo contigo?

               

                Y pocos días después, el hombre regresó a su taller del Albaicín. Desanimado de lo que había visto y oído en el gran taller de la Alhambra y, sobre todo, del capataz absurdo. Se dijo: “Ser libre y hacer las cosas según me dicte mi alma y corazón, es la mayor dicha del mundo. Porque pienso que nadie, absolutamente nadie tiene derecho a cortar o dirigir los sueños de los demás”.

 

 

Un paraíso en Granada


                “Cultivar en el alma y corazón, la paz y respeto para con los demás, es lo mejor que podemos hacer en esta vida y suelo”. Este era su lema y lo que en todo momento practicaba. Principalmente, con los más pobres, los que no sabían leer y escribir y, de alguna manera, la sociedad despreciaba.

 

                El hombre era rico. Decían que el más rico de todo el reino de Granada en aquellos tiempos. Y tenía muchos, muchos amigos. En el barrio del Albaicín, en la ciudad de Granada, en toda la Vega y, especialmente, en la Alhambra. Los reyes de estos palacios, lo admiraban mucho y por eso, siempre que tenían oportunidad, le preguntaban:

- No sabemos cómo lo consigues pero nosotros, los que tenemos el poder y las riquezas, siempre estamos metidos en guerras, matando gente por doquier, haciendo esclavos, peleándonos unos con los otros, imponiendo cargas a los demás… Y en cambio tú, a todas horas estás rodeado de amigos, de personas que te quieren y tratan con respeto y te dan lo mejor de sí mismos. ¿Cómo lo consigues?

Y el hombre les contestaba:

- Nada especial hago yo para conseguir tantos amigos.

- ¿Entonces?

- Solo me limito a ver en cada persona un ser digno de respeto y cariño y esto, ellos me lo agradecen y devuelven también en forma de respeto.

- Pero ¿cómo lo consigues?

- Teniendo siempre presente que lo principal, para ti, para mí y para todos, es solo eso: cultivar en el corazón y alma, la paz y respeto para con todos.

- Pero entre nosotros ¿por qué practicamos lo contrario?

- Porque tenéis miedo a perder el poder y las riquezas. Queréis ser ricos y poderosos a toda costa y eso os lleva someter a los demás, organizando guerras, imponiendo injustos impuestos, haciendo esclavos y tratando a las personas como si no tuvieran derechos ni dignidad.

 

                Y al oír estas palabras, algunos de los reyes de la Alhambra, se iban con su amigo el hombre rico. A las tierras que este hombre tenía en el corazón mismo de la Vega de Granada. Y allí, en su cortijo llamado en aquellos tiempos alquería, se quedaban durante algunos días. Disfrutando especialmente de los hermosos jardines, estanques de aguas claras, fuentes cristalinas, acequias y ríos y también del perfume de las plantas y cantos de los pajarillos. También disfrutaban ellos mucho de la paz y silencio que toda la alquería rezumaba y del trato sincero que recibían de las personas que por allí había. Y lo que más les gustaba a estos reyes de la Alhambra, era ver lo que hacía y cómo se comportaba su amigo rico, con las personas que en sus propiedades trabajaban.

 

                Cada mañana, al salir el sol él siempre era el primero en levantarse. Vivía con su familia en unos de los pabellones del cortijo. Por eso, en cada momento, estaba en contacto y charlaba con las personas que a sus órdenes tenía. Y lo primero que hacía cada mañana al salir el sol, era ponerse frente a las cumbres de Sierra Nevada, respirar el aire puro que de esas cumbres venía y luego rezaba, dando gracias a Dios y pidiéndole fuerzas y luz para hacer las cosas bien en el nuevo día. Luego, se iba al lado de cada uno de sus trabajadores, los saludaba, comía con ellos y charlaban de mil cosas y, cuando llegaba el momento del trabajo, el primero en ponerse mano a la obra, era él.

 

                Azada en mano, labraba la tierra, la regaba, quitaba las malas hierbas y escardaba las plantas, siempre a la par de los que a sus órdenes tenía. Cuando llegaba la hora del descanso, un tiempo más o menos largo después de unas horas de trabajo, él mismo decía:

- Vamos a respirar un poco mientras saboreamos un té.

Siempre había alguno encargado de tener a punto esta bebida y allí mismo, entre las plantas, cerca de las acequia o de las aguas del río, se concentraban y durante un rato charlaban y compartían las cosas sencillas de sus vidas. Al caer las tardes, dos horas antes de que se pusiera el sol, siempre les decía a todos lo que trabajaban en su alquería a cambio de un sueldo:

- Ha llegado otra vez la hora del descanso. Venid todos conmigo al cortijo que quiero compartir con vosotros algo que os interesa mucho.

 

                Todos le seguían, con sus manos llenas de barro y sus caras impregnadas de sudor, lo mismo que el dueño, el hombre rico. En una de las salas del cortijo, preparada para el encuentro, se reunían y entonces el hombre rico les decía:

- Gracias a todos por esta nueva jornada de trabajo. Estoy contento con cada uno de vosotros y más contento estoy por el cuidado que ponéis en cultivar y labrar estas tierras mías. Este año vamos a tener le mejor cosecha y eso será bueno tanto para mí como para vosotros. Entre todos nos repartiremos los frutos que de aquí saquemos. Y ya sabéis: quiero que aprendáis a leer y escribir para que cada vez seáis más libres. Cuanto más cultura tiene una persona más preparada está para ser libre y practicar el respeto con los demás. Y quiero que transmitáis a vuestros hijos lo bueno que es el disfrute y amor por todas las personas, con la naturaleza y con Dios. Solo de este modo es posible construir aquí en la tierra, el paraíso que todos siempre soñamos.

 

                Y los que trabajaban con el hombre rico, siempre decían:

- Pues nosotros estamos más contento con usted cada día. Nos paga bien, nos trata mejor, nos enseña la bondad y el respeto y por eso, también cada día vamos a trabajar más, procurando hacer todo lo mejor posible. Usted y su forma de comportarse con nosotros y también su familia, se lo merecen.

Y los reyes de la Alhambra, al ver y oír estas cosas, en un ambiente de tanta armonía y en tan hermoso lugar, decían:

- Parece un sueño pero desde luego que el paraíso tiene que ser algo muy similar a esto.

Y el hombre rico les argumentaba:

- Tenéis razón: ya estáis viendo que el paraíso es posible en este suelo con solo cultivar en el alma y corazón, la paz y el respeto para con los demás. El odio, la envidia y la opresión, destruyen mientras que el amor por lo bello, las personas, Dios y la naturaleza, engrandece y lleva al gozo del paraíso más hermoso.

 

El hombre y el borriquillo del río Darro

                              

                I- Sin el agua, la Alhambra no existiría. Y del río Darro, a los pies de estos palacios, es de donde se recoge este cristalino elemento para los palacios de la colina. Para regar jardines, nutrir fuentes, llenar albercas, alimentar cascadas y acequias y saturar de música y perfume todos los rincones de esta fortaleza encantada. Pero el agua que, desde el río Darro encauzaron y se llevaron a los recintos de la Alhambra, desde aquellos tiempos lejanos, fue y sigue siendo como robada a esta cauce. Porque tan pequeño y bonito río, mucho antes de que existiera la Alhambra, ya era amigo del valle y de los humildes por donde estos tenían sus cuevas, huertos y veredas.

 

                En aquellos lejanos tiempos y hasta nuestra época, muchas personas pobres, se refugiaron por las orillas del río Darro. Los que podían o habían tenido más suerte en la vida, cogieron por aquí un trozo de tierra para cultivar. Otros, junto a la corriente y colina de la Alhambra, cavaron sus cuevas, aprovechando que el río les regalaba sus limpias aguas y mucho más, tenían por el lugar su trabajo. Cultivando hortalizas y árboles frutales y yendo y viniendo con sus borriquillos cargados con estos productos.

 

                Este era el caso, por aquellas épocas en que la Alhambra se alzaba sobre la colina, del hombre del borriquillo. Tenía mujer y dos hijas y él, en una batalla cuando luchaba en la guerra, perdió una pierna. Por eso, los amigos y conocidos, lo llamaban “el cojo del borriquillo”. Hombre bueno, como pocos en esta zona del río de Granada pero muy pobre, aunque poseía un borriquillo. Con mucho esfuerzo y trabajo, logró construir una humilde casa, no lejos del río por donde la conocida Fuente del Avellano y en un lugar desde donde se veía bien la figura de la Alhambra.

 

                A la pequeña casa, le hizo un patio donde, en un rincón preparó un cobertizo para el borriquillo. A la vivienda le hizo una sala pequeña con chimenea y, a la izquierda, levantó un tabique para una habitación. Aquí dormían las dos hijas y la madre y él, siempre se acostaba junto a la chimenea. Se levantaba el primero cada mañana y, con su muleta de palo, iba al cobertizo del borriquillo. Lo acariciaba, le daba algo de comer, paja, hierba cuando podía, algunas plantas secas que los vecinos le regalaban de sus huertos y poco más. Luego él, después de comer también alguna cosa en compañía de las hijas y la mujer, se subía en el borriquillo, se ponía en marcha por los caminillos que iban de un huerto a otro y al llegar le decía al dueño de la tierra:

- Aquí estoy, con mi borriquillo y las aguaderas por si necesitas que te lleve algún producto a tu casa o a los sitios donde los vendes.

Y los dueños de estos huertecillos, como conocían a este hombre y sabían que el pobre tenía que hacer algo para buscarse la vida y dar de comer a su familia, casi siempre le decían:

- Tu borriquillo y tú, venís en el mejor momento. Porque sí que necesito que me lleves algunas cosas a casa y a los sitios donde vendo los productos que saco de mis tierras.

 

                El hombre cojo, se bajaba del borriquillo y, ayudado por el dueño del huerto, llenaba las aguaderas de lo que necesitaba transportar. Luego, volvía a subirse en el jumento y por las estrechas veredas, regresaba al barrio del Albaicín, a la casa del dueño de los productos y a los sitios donde los vendía. Aquí dejaba su carga y, a cambio de este trabajo, siempre le regalaban alguna cosa diciendo:

- Toma, con esto pago un poco tu trabajo para que también puedas comer hoy y llevar algo a tu casa.

Y las hijas, como ya sabían esto, siempre estaban en la puerta de la casa y cerca de las aguas del río, mirando a ver si regresaba el padre con las cosas que le habían regalado. Comían ellas y la mujer algunos de los frutos u hortalizas que el padre traía en el borriquillo y de esta manera iban tirando.

 

                En las aguas del río, la madre lavaba la ropa y, mientras tanto, por allí cerca las hijas jugaban o miraban. Y arriba, sobre la colina, siempre se veía la figura de la Alhambra como vigilando. Alguna vez que otra, la madre decía a sus hijas:

- Sino fuera por este río y por las aguas tan buenas y limpias que a todas horas nos regala, no sé qué sería de nosotros.

Y las hijas le preguntaban:

- ¿Y tú crees que, los de la Alhambra, nos las quitarán algún día?

Y al oír esto, la madre siempre callaba, seguía lavando su ropa en la corriente del río y, de vez en cuando, miraba para la Alhambra.

 

                Y el padre, algunos de aquellos días, al caer las tardes y después de terminar los encargos que los amigos le mandaban, regresaba con su borriquillo a las orillas de este río. A un lugar muy concreto que él conocía bien y por donde crecía la hierba y el monte bajo. En un punto elevado, aprovechando el desnivel del terreno en la ladera frente a la Alhambra, le pedía al borriquillo que parara, se apeaba de él, caminaba un poco ayudado con su muleta de palo y en una piedra se sentaba, diciendo al animal amigo:

- Descansa y come algo mientras yo te observo y también descanso.

Dejaba que el asno amigo se alimentara de la hierba, monte y pasto mientras él se embelesaba mirando las aguas del río, las casas del barrio, la Alhambra sobre su colina y la tarde irse. Y era en este momento cuando siempre se decía: “Seré pobre y estaré mutilado y no podré dar a mi familia lo que otros sí, pero el cielo me permite vivir junto a este tan bello río de aguas claras. Nadie sabe esto y menos, nadie sabrá de mi vida ni de mis sentimientos junto a este río, cuando pase mucho, mucho tiempo”.

 

            II- Ya el invierno estaba llegando a su fin y por eso, por un lado y otro, en las plantas se veían los brotes nuevos. Los rosales silvestres, los arrayanes, los romeros y lo mismo en los árboles frutales: cerezos, almendros, higueras, ciruelos, perales… También los pajarillos se afanaban en la construcción de sus nidos: palomas torcaces, mirlos, gorriones, currucas… Otras aves, se preparaban para regresar a sus lugares de origen como los zorzales y petirrojos, mientras en dirección contraria, empezaban a llegar las golondrinas, las tórtolas y los vencejos.

 

               Y una de aquellas tardes, estando él recogido en el rincón que tanto le gustaba, vio a las hijas cruzar el río. La mayor saltó primero y la pequeña la siguió. Al ver el padre a las chiquillas cruzando el río y caminar por la senda hacia la ladera, se preguntó: “¿A dónde irán por aquí tan solas y con esa actitud tan dispuesta?” Y no tardó en comprobarlo. Siguió fijo en ellas y al rato oyó la voz de la mayor que lo llamaba. Rápido él le contestó y dijo:

- Estoy donde siempre. Rodead las tierras del huertecillo y aquí os espero.

Algunas cosas más dijo la hija mayor mientras recorría la senda, animando a la pequeña a que la siguiera. Y como caminaron deprisa, al poco estuvieron junto al padre. Lo saludaron y le dijeron:

- Queremos estar contigo porque nos hemos acordado que un día nos dijiste que nos contarías un cuento. ¿Lo recuerdas?

- No lo he olvidado pero lo que aquel día quería contaros y ahora puedo, no es un cuento sino algo que sucedió de verdad.

- ¿Por este río o por la Alhambra?

- No lejos de este río y también no muy lejos de la Alhambra.

- ¿Y qué fue lo que ocurrió?

 

                Le pidió el padre a las dos hijas que se sentaran junto a él, en la hierba, frente a las aguas del río, no lejos del borriquillo que tranquilamente pastaba. La hermosa figura de la Alhambra, a sus espaldas, se recortaba sobre la cumbre de la colina. El sol caía por ese lado y su luz dorada, teñía de rojo oro las murallas y torres de los palacios. Dijo la hija pequeña:

- Empieza cuando quieras que te escuchamos.

Y el padre, con sus miradas como perdidas por donde el río se alejaba, sin más dijo:

- Algo que en la vida, vosotras debéis tener siempre presente, es luchar por vuestra felicidad. Y para conseguir esta paz y gozo en el alma, lo más importante es creer en vosotras mismas, procurando en todo momento que nadie ni nada os desanime ni os aparten del camino que debéis recorrer.

La mayor preguntó:

- Lo que dices parece bonito ¿pero es fácil llevarlo acabo?

- No es fácil, como nada en esta vida pero debéis luchar por ello porque, os lo aseguro, nada, nada en este mundo vale más ni es más importante.

Y la pequeña preguntó:

- ¿Y el cuento que ibas a contarnos?

- Voy con él, escuchad despacio porque tiene mucho que ver con lo que os digo en este momento.

 

                Y después de un rato en silencio, como si intentara concentrarse o respirar aire puro, comenzó y dijo:

- Era un día también como el de hoy. Tranquilo, limpio el cielo, sin frío ninguno aunque con muchas nieves sobre las cumbres de Sierra Nevada. El grupo de niños, así como vosotras, se juntaron aquella mañana en unas de las pequeñas plazas del barrio del Albaicín. Se saludaron y enseguida se pusieron en camino. Cruzaron este río, subieron por las laderas de estas montañas y tres o cuatro horas después, llegaron al collado de las encinas y donde la hierba tapizaba. El muchacho mayor iba el primero y al ver la pequeña casa blanca al lado de arriba del collado, dijo al grupo:

- Ahí es donde vive nuestro amigo. Y, según me dijo, nos está esperando. Acerquémonos y lo llamamos.

Se aproximaron a la casa, llamaron a la puerta y al instante salió el hombre. Bastante mayor, de pelo y barbas blancas y largas y amablemente los saludó. Una de las muchachas así como tú, enseguida dijo:

- Queremos que nos lleves a ese sitio que tantas veces nos has dicho. ¿Es hoy el momento?

- Claro que lo es. Vamos ahora mismo.

Cogió él el ronzar de su borriquillo que lo tenía atado en la encina de la puerta de la casa, se subió en el jumento y por el camino que, desde el collado bajaba hacia los arroyos de las adelfas, comenzaron a caminar. El borriquillo con el hombre encina y el grupo de muchachos, a su costado o detrás. Al poco llegaron al arroyo, en sus aguas algunos lavaron sus manos y otros bebieron y luego continuaron por el caminillo. Por la pequeña senda que, desde el arroyo, remontaba por la ladera hacia las partes altas.

 

                Y según iban subiendo, cada vez más aparecía ante ellos un paisaje muy hermoso. Por el lado del sol de la tarde, iban descubriendo la figura de la Alhambra y por el lado del sol de la mañana, se les aparecía cada vez más cerca y con más claridad las cumbres de Sierra Nevada. Una de las muchachas más joven, preguntó:

- Y cuando lleguemos al sitio ¿vamos a parar un poco?

- Un poco vamos a parar pero no mucho.

Después de cruzar unos arroyuelos, por donde la senda se abría paso, se encajaron en el puntal todo repleto de almendros llenos de flores. Dijo el hombre mayor:

- Este es el sitio donde vamos a parar. Descansemos un momento mientras echamos la última ojeada a los paisajes y luego seguimos.

Se pararon, estuvieron mirando durante un rato para el lado del sol de la tarde y luego siguieron. Lentamente y como al encuentro de un paraíso hermoso y oculto entre brumas. Y por ahí, sin miedo y sin prisa, se fueron perdiendo. Y tanto se perdieron en aquella bellísima profundidad entre montañas y ríos que ni aquella tarde ni al día siguiente ni nunca más se les ha vuelto a ver.  

                            

                En este punto detuvo el padre la narración de su relato y miró a las hijas. La pequeña, después de unos segundos, preguntó:

- ¿Y a dónde se fueron?

- Parece que a un mundo misterioso, para ellos muy bello como ya he dicho, que nunca nadie hasta hoy ha descubierto.

Y ahora fue la mayor la que preguntó:

- ¿Y la casa del collado, el hombre mayor y el borriquillo?

- Del hombre y del borriquillo tampoco se supo nada pero la blanca casa del collado, creo que aun sigue en el mismo sitio.

- ¿Nadie nunca tampoco ha ido ahí y ha explorado esa casa por dentro?

- No lo sé pero ahí sigue la pequeña casa, junto a las encinas y por donde la hierba continúa tapizando verde.

Y después de un buen rato en silencio, como meditando algo, la más pequeña volvió a preguntar:

- ¿Por qué no, tú un día, nos llevas a este collado y vemos y descubrimos esa casa por dentro?

- Podemos hacerlo. Ahora que pronto llegará la primavera, un día podemos ir hasta ese collado y nos dedicamos a descubrir esa casa y recorremos los paisajes por donde los niños desaparecieron.

- Será fantástico porque, a lo mejor y sin que lo queramos, descubrimos el misterio de ese grupo de muchachos y el mundo mágico hacia el que dices se fueron.

- Y si esto sucede, quizás sea bueno para vosotras porque comprenderéis entonces el significado exacto de lo que os he dicho hace un rato.

 

Al florecer los almendros

 

                Ahora ya no pero en otros tiempos, sí. Eran tantos los almendros, ciruelos y cerezos que por la Alhambra, Albaicín y Sacromonte había que, al llegar la primavera, se veían flores por todos sitios. Cientos de almendros llenos de flores blancas o rosadas, muchos ciruelos por el valle del río Darro y junto al Genil y también muchos cerezos, por los jardines de la Alhambra y paisajes que le rodean. Por eso, en aquellos tiempos, al llegar la primavera, todo por estos lugares se veía como vestido de fiesta. Con bandadas de pajarillos por entre las ramas de aquellos árboles florecidos, con un mar de luces de colores y con el aire repleto de aromas frescas.

 

                Los habitantes de la Alhambra, reyes, príncipes y princesas, celebraban mucho este mágico espectáculo por todas estas tierras de Granada. Y la que más celebraba las maravillas de los árboles cubiertos de flores, era una joven princesa, muy amante ella de las cosas naturales, del aire libre y de la libertad que siempre regalan las montañas. Hablando con sus amigas, les decía:

- Yo no entiendo como nuestros padres se pasan la vida planificando guerras y reclutando soldados para luchar hasta morir en las batallas.

- ¿Y por qué dices eso?

Le preguntaban las amigas.

- Porque un día y otro, veo a nuestros padres siempre metidos en estos asuntos y resolviendo problemas o creándolos con todos los que vivimos en estos palacios. Y en cambio, pocas veces los veo ocupados en las cosas de la naturaleza.

- ¿Cómo qué cosas?

Y la princesa les hablaba de todo lo que ella veía desde la ventana en la torre donde vivía.

 

                De los paisajes que hay ladera abajo hacia las aguas del río Darro, del amplio valle y lejanía que todo este río arriba desde su ventana se veía, de los montes que al otro lado del río se alaban, de las blancas cumbres de Sierra Nevada y del Cerro del Sol y llanuras por esos lugares. Alguna vez ella, montada en su caballo blanco, se daba largos paseos por estos sitios y siempre se quedaba prendada de las maravillas que descubría. Y uno de estos días, por la mañana y cuando ella iba trotando sobre su caballo por las tierras llanas del Cerro del Sol, se encontró con un joven que por aquí recogía cosas del campo. Lo saludó y enseguida le preguntó:

- ¿De dónde eres?

- Vivo en el Albaicín.

- ¿Y eres dueño de algunas de estas tierras?

- Todas estas tierras, aquellas montañas y mucho más, pertenecen al rey de la Alhambra pero yo las recorro cada día buscando frutos y leña de estos bosques.

- ¿Es que te gusta la naturaleza?

- Es lo que más me gusta en esta vida.

- ¿Y tú puedes enseñarme los caminos y secretos que por aquí conoces y tanto te gustan?

- Puedo hacerlo y me agradaría.

 

                Y desde aquel día, el joven, cada mañana y muchas veces por las tardes, esperó a la princesa del caballo blanco por las laderas del Generalife y las llanuras del Cerro del Sol. Ella aparecía cada día, montada en su blanco caballo, saludaba al joven y luego los dos se iban por entre los árboles, siguiendo las veredas, gozando de los cantos de los pajarillos, de la pureza y frescura del viento de las montañas y del hondo silencio y flores nuevas. Ella le decía:

- Nunca conocí a nadie tan amante y sensible con las cosas de la naturaleza, como lo eres tú.

- Gracias, princesa.

Le contestaba el joven.

Y de los almendros florecidos, cortaba pequeños ramos de flores y se los regalaba. Luego le decía:

- Es que yo siempre he pensado que el misterio de estas flores y el perfume que regalan, hay más belleza y cielo que en toda la redondez de la tierra. Por eso creo que este momento contigo a mi lado, estas montañas, aire, perfume y tú, siempre seréis por aquí lo más auténtico y eterno.

Y la princesa se alegraba y era feliz como ninguna otra princesa de la Alhambra.

 

                Pero un día, el joven la esperó y ella no llegó. Tampoco al día siguiente ni al otro ni en los días que siguieron. Llegó el otoño, se presentó y también fue pasando el invierno y al llegar la primavera, un año después de la última vez que había visto a la princesa, se le vio una mañana. Con su mochila a las espaldas, caminando por las sendas que días atrás habían recorridos juntos, parándose bajo los almendros florecidos y mirando para la Alhambra. Se preguntaba: “¿Dónde estarás, por qué nada sé de ti y por qué guardas tan hondo silencio?” Sobre una piedra se sentó, sacó papel y lápiz y mirando para los palacios que se derrama sobre la gran colina, frente al barrio del Albaicín y valle del río Darro, escribió los siguientes versos:

 

Al florecer los almendros

no puede olvidar el alma
que por aquí estuviste.
Llegaste aquella mañana,
como si de un sueño vinieras,
vestida de luz y gracia.
Y como todo para ti era nuevo
preguntabas y preguntabas:
“¿Cuándo florecen los almendros?

Dicen que sus flores blancas
son como los jardines del cielo
o como los sueños de hadas”.


Y florecieron los almendros
aquella primavera clara
y tú te fuiste por ellos
como estrenando alas,
cual mariposa niña
que necesitara
volar mucho y besar las flores
de los almendros, en sus ramas.
Corrías, saltabas, sonreías,

cantabas,
cogiendo puñados
de estrellas blancas
que, contra tu pecho,

candorosamente abrazabas.

   Fuiste luz del amanecer
engarzada
en los pétalos purísimos
de las flores encarnadas.
Y también fuiste armonía,
canción de plata,
cascabel azul celeste
que animaba
en todo momento
al corazón y al alma
y al airecillo amigo
que entre las flores moraba.
Y poco a poco fuiste sembrando

sonrisas inmaculadas,

regalos de tu corazón,
cual princesa enamorada.

Y te hiciste perfume selecto
de hierba recién regada
a lo largo de aquel tiempo
sin mancha.


   Hasta que un amanecer,
todavía primavera exacta,
dejaste de amar a las flores
que ya eran trozos del alma.
Nadie supo cómo fue,
tú callabas,

y ya no sonreías
ni cantabas.
Poco después te marchaste
¿No te acuerdas como lloraba,
por ti, el corazón
que ya te amaba?
Mil veces ha venido a buscarte
por entre las flores nácar
que habían sido tus amigas
en la mañana.
Pero tú, aunque estabas,
ya no eras cascabel ni hada
ni princesa azul
enamorada.


   El alma recuerda ahora
las primaveras pasadas
y sueña que sigues corriendo

por entre las flores blancas
de los floridos almendros,
en las tardes y mañanas.

Y, cada día por donde fuiste,

el alma reza callada
sabiendo que aquí estuviste

aquella primavera clara.
Y hasta cree que tu sonrisa

aun revolotea en las ramas
de los almendros en flor
que en tu fantasía, besabas.

 

 

La princesa que se convirtió en hielo

 

 

                El valle de la hierba

                I- La casa se alzaba entre rocas, al comienzo de la pequeña llanura donde brotaba un manantial y rodeada de cerros. Al levante, se elevaba uno de estos cerros rocosos, con sus laderas tupidas de madroñeras, lentiscos, cornicabras, arrayanes y encinas. A las espaldas de la casa y por el lado del poniente, se elevaba otro cerro, éste en forma alargada y también con muchas rocas por las laderas. Por estas laderas y la llanura al norte y sur, cada mañana pastaba el pequeño rebaño de cabras. Y la niña y el abuelo, iban y venían. A veces, jugando por entre las rocas, la hierba y las encinas y otras veces, buscando setas, frutos del bosque o ramas secas para la lumbre en la chimenea de la blanca casa, toda construida de piedra.  

 

                Y aquel día de invierno, al salir el sol, el frío era intenso. Dijo el abuelo a la pequeña:

- Quizás sea hoy el día más frío del año. Fíjate que hasta las malvas que ya crecen en la puerta de esta casa, se han helado.

Miró la niña y vio que era cierto. Las malvas que habían brotado con las primeras lluvias del otoño y ya a estas alturas del año estaban muy crecidas, aparecían con sus hojas color verde negro y el tronco lacio. Preguntó ella al abuelo:

- ¿Y ya no se recuperarán cuando el frío se vaya?

- Son plantas muy resistentes al frío y al calor, pero ya veremos.

Y en estos momentos se acordó ella del manantial del centro de la llanura, al levante del cerro de las rocas. Dijo de nuevo al abuelo:

- ¿Me llevas de paseo y vemos si también se han helado las aguas del manantial y la cascada del arroyuelo?

- Ponte ropa de abrigo y te llevo a la fuente de la llanura ahora mismo.

 

                La niña entró a la casa, pidió a la madre que le ayudara y en un momento se preparó para hacerle frente al intenso frío de la mañana. Salió y otra vez dijo al abuelo:

- Ya estoy lista. Llévame al manantial y luego subimos a la fuente de la ladera y a lo más alto del cerro.

- ¿Para qué quieres subir a lo más alto del cerro?

- Quiero mirar y comprobar desde allí cómo se ve hoy la Alhambra y Granada. Con este frío y el sol tan limpio que brilla esta mañana ¿no crees tú que el espectáculo será bonito?

- Puede que sí. Esta mañana tan frío y hermosa, parece como si anunciara algún misterio importante.

La niña miró y pasado unos segundos de nuevo dijo:

- Y allí, en lo más alto de ese gran cerro de rocas, como le otro día, me cuentas la historia que me tienes prometida.

- ¿La de la princesa de la Alhambra que se convirtió en hielo?

- ¿Qué fue lo que pasó y de qué modo sucedió aquello?

- Vamos ahora mismo a la fuente de la cañada y cuando estemos en lo más alto del cerro, te cuento la historia que deseas saber.

 

                Por la sendilla que, desde la casa de piedra parte y lleva al centro de la hierba, se pusieron en marcha. Del algarrobo viejo y de tronco retorcido que crece al comienzo de la llanura, cogieron un buen puñado de algarrobas ya muy secas pero todavía buenas. En el manantial que brota bajo la piedra blanca, se pararon, bebieron un trago y durante un buen rato, observaron despacio las claras los transparentes carámbanos de hielo. Y, solo unos cuantos metros más abajo, al llegar al borde del pequeño charco redondo, la niña dijo frente al espejo translucido:

- Es como una pista de hielo de juguete.

- Sí que lo parece y como la luz del sol lo besa de frente, fíjate con qué fuerza refleja el color del cielo y el verde de la hierba que rodea.

Y desde la orilla, la niña tiró un par de piedrecitas. Por la capa helada, cristal viento, las piedrecitas rebotaron y luego se deslizaron veloces y fueron a pararse sobre la hierba de la orilla. De nuevo dijo al abuelo:

- Luego cuando volvamos, quiero pararme en este charco y, cogida de tu mano para no caerme, voy a patinar un poco. ¿Te parece?

- Sí, luego cuando volvamos y ya caiga la tarde.

 

                Siguieron subiendo ahora por la sencilla que surca la ladera hacia la cumbre del cerro y media hora después, llegaron a la fuente de las prímulas. La que brota justo por entre las raíces de los robles y, nada más salir, el hilillo de agua cae por entre unas rocas en forma de cascada. Y enseguida comprobaron que esta pequeña cascada también casi de juguete, hoy no era sino una mágica escultura de hielo. En forma de carámbanos gruesos, delgados, rugosos, puntiagudos, achatados y como formando parte del limpio momento de la mañana. Dijo el abuelo a la nieta:

- Ni los artista más cualificados y sensibles, han podido ni podrán nunca crear una obra de arte tan maravillosa como ésta.

- Y si los miras despacio ¿a que parecen que se asemejan a la princesa que se convirtió en hielo?

 

                Siguieron remontando y poco después, se pararon en lo más alto del cerro. Donde varias rocas grandes tallan una redonda y bonita cueva, con la puerta mirando hacia el lado de la Alhambra. El sol refulgía iluminando y ahora y desde aquí, los paisajes se abrían como en una visión mágica. Al fondo y muy lejos, se veía la figura de la Alhambra y la ciudad de Granada extendida sobre la Vega. Dijo la niña:

- No hay sitio mejor que éste para quedarnos y, mientras nos recreamos en este tan bonito espectáculo, me cuentas la historia de la princesa que se convirtió en hielo.

 

                La princesa de hielo

                II- Durante un buen rato, el abuelo se dedicó a buscar ramas y palos secos, los fue juntando en la misma puerta de la cueva que ofrecían las rocas, les prendió luego fuego y, entre unas piedras redondas, se alzó la lumbre. Cerca de las llamas pero a cierta distancia, pusieron unas piedras en forma de asientos y, frente a la lumbre y a la grandiosa vista que desde el lugar se divisaba, se sentaron. Sacó el abuelo del zurrón algunos trozos de pan, algo de queso, frutos secos y lo repartió con la pequeña mientras le decía:

- Si que es este el momento y el mejor sitio para hablar de la historia de esa princesa. Calienta sus manos y abrígate bien y, mientras te comes las cosas, te hablo de ella.

 

                Y el abuelo, poniendo un trozo de pan sobre una piedra y sujeto con un palo, frente a las llamas para que se tostara, dijo a la nieta:

- A los príncipes que viven en la Alhambra, algunos de ellos venidos de países lejanos, lo que más le ha gustado siempre y les sigue gustando, es el agua. No conciben ellos el paraíso sin ríos cristalinos, transparentes lagos, copiosos manantiales y arroyuelos limpios. Tampoco conciben ellos paisajes bellos, sin flores ni pájaros y árboles frutales. Por eso en los recintos de la Alhambra, entre palacios y palacios, en los jardines y fuentes que le rodean, una cosa que abunda mucho, es el agua. En fuente de piletas de mármol, con surtidores sencillos pero bellos. También, en forma de acequias, con pequeñas cascadas y remansos más o menos grandes y en albercas. Los habitantes de la Alhambra, otra cosa que también valoran mucho, son las albercas entre los jardines y en las puertas o patios de los palacios. Y todas estas albercas, no muy grandes porque lo que ellos buscaban no era almacenar agua sino que esta agua estancada, durmiera y transmitiera paz y serenidad y reflejara los azules de los cielos de Granada, las siluetas de las torres, las columnas de los pórticos, las plantas y flores que rodean y la figura de las personas que por estos lugares paseaban.

 

                Y la princesa de este relato mío, era una gran enamorada de las transparencias y luces de esta agua que te digo. En la misma puerta del palacio donde ella vivía, habían construido una bonita alberca rectangular, como muchas otras y no muy profunda. Por una pequeña acequia le entraba el agua, venida directamente del río Darro y por un canalillo de mármol blanco, se escapaba el agua sobrante e iba directamente a regar los rosales y otras plantas del jardín.

 

                Se enamoró esta princesa de un joven príncipe, también habitante de unos de los palacios de la Alhambra. Cada tarde soñaba y lo esperaba junto a la alberca de agua transparente y luego, cuando estaba con él, aquí mismo charlaban y se contaban sus sueños. Un día e dijo él:

- Cuando yo sea rey, voy a construir para ti el más bello de los palacios, junto al río más bonito que exista en este reino de Granada.

- ¿Y cuando será eso?

- Dentro de poco. Pero ahora, como el reino de mi padre se encuentra en guerra, un día de estos tengo que marcharme para luchar en las batallas.

- ¿Y cuando volverás?

- Aunque me vaya muy lejos y pase muchas penas, te juro que volveré. Tú siguen viniendo a esta alberca a esperarme cada tarde hasta que me veas llegar. Seguro que traeré para ti mucho oro y extensas tierras donde levantaré para ti el palacio te que he prometido.

- Ojalá no tengas que ir nunca a la guerra y si vas, quiera Dios que vuelvas pronto.

Dijo la princesa.

 

                Unos días después, el príncipe se marchó a la guerra y la princesa se quedó llena de pena. Lloró por el príncipe y lo esperó cada tarde, incluso en los días más fríos del año. Que aquel año y a los pocos meses de haberse marchado el príncipe, el frío comenzó a ser muy, muy intenso. Tanto que sobre las cumbres de Sierra Nevada, las nieves caían y caían y no paraban y los ríos, empezaron a helarse. También se helaron las cascadas, los manantiales que hay en los rincones de la Alhambra y las acequias, fuentes y albercas de estos recintos. La princesa, siendo fiel a las palabras que le había dado al príncipe de sus sueños, cada tarde seguía esperándolo en el lugar de siempre. Ni el frío ni la lluvia ni la nieve ni los hielos, la acobardaban. Se decía: “Aunque no lo sepas ni me veas, aquí me tienes fie siempre al cariño que por ti siento”.

 

                Muchas de aquellas tardes, la noche se le echaba encina y allí permanecía ella soñando con su príncipe y esperando que en algún momento apareciera. Y un día de aquellos, el frío fue tanto, que se heló toda el agua de la alberca, la fuente, la acequia y el caño de agua que caía a esta alberca. Allí estaba la princesa, fiel como siempre y parece que ni siquiera notó el frío. Pero la oscuridad de la noche se echó encima y el frío fue penetrando en las carnes de su cuerpo. Tanto que sin sentirlo, se quedó helada por completo. En los palacios, al echarla de menos las damas, salieron a buscarla y se la encontraron junto al la alberca por completo convertida en hielo.

 

                La llamaron, la tocaron y de nuevo la llamaron y la joven no daba señales de vida. Fueron a cogerla y vieron que con el calor de las manos, el cuerpo de la princesa de hielo, se derretía y se convertía en agua. Las damas y los padres dijeron:

- No la toquemos y quedémonos aquí a su lado hasta que mañana salga el sol. Quizás entonces despierte sana y salva.

La arroparon como pudieron procurando que no se derritiera su cuerpo y allí a su lado se quedaron esperando al nuevo día y a que el sol saliera.

 

                Llegó el nuevo día, salió el sol, comenzó a calentar poco a poco y los padres y damas, seguían junto a la princesa. Esperando y mirando a ver si con el calor del nuevo día, su cuerpo recuperaba la temperatura y resucitaba. Pero los rayos del sol del nuevo día, fueron poco a poco fundiendo cada trocito del cuerpo de la princesa. Impotentes, todos miraban, comprobaban y veían como la princesa se iba convirtiendo en agua clara que se derramaba por la alberca, los jardines junto a los palacios y las laderas que caen para el río Darro. Los padres se lamentaban:

- ¡Qué lástima de nuestra hija!          

Y los demás comentaban:

- Por aquí quedara en agua, en flores y en azules claros, para siempre. Cuando vuelva su príncipe tendrá que ir a buscarla a donde sus sueños, convertida en hielo, se la han llevado.

 

                Con estas palabras el abuelo dio por concluido el relato que le había prometido a la nieta. Quedó en silencio y entonces la niña le preguntó:

- Esto que me has contado ¿ocurrió de verdad?

- A mí me han dicho que sí. Y por eso, desde entonces y allá en la Alhambra, siempre hay flores frescas y mucha agua.

- Per estas cosas y otras que también me has contando, estoy descubriendo que aquello deber ser algo mágico.

- Lo es y aun más de lo que siempre de lo que pueda expresarse con palabras. Pero la Alhambra, si no fuera por de los manantiales que le rodean, no sería nada. No existiría.

LA PRINCESA QUE SE CONVIRTIÓ EN HIELO - II

 

El hombre del libro  

            III- Abuelo y nieta, estuvieron un rato más sentados junto al fuego en la puerta de la cueva. Caía el sol, el frío aumentaba, el aire acariciaba helado y por los campos, todo parecía acurrucarse en el silencio. Dijo el anciano a la pequeña:

- Volvamos al cortijo nuestro, entre las rocas en el collado.

Y se levantó ella, le dio su mano al anciano y cuando ya bajaban por la senda hacia el valle de la hierba y dirección al cortijo, preguntó:

- Lo de la princesa convertida en hielo en los jardines de los palacios de la Alhambra, me parece bonito y también triste. Pero esa historia ¿fue o no cierta?

- Es una historia llena de mucha fantasía pero escucha lo que te digo.

 

            Apretó la nieta su mano con la del abuelo, algo inquieta ella al oír lo que le había anunciado. Y sin más rodeos el abuelo dijo:

- Nosotros los humanos, muestras vidas y las cosas que vivimos, siempre somos y resulta complicado. Muchos son egoístas y oprimen, roban y maltratan a los demás. Algunos tienen poder y lo usan para sacar beneficio y los más humildes, con frecuencia sufren, callan y luchan intentando ser felices mientras buscar hacer alguna riqueza. Pero entre nosotros los humanos, siempre hubo y hay personas que sueñan. Que luchan no por conseguir riquezas materiales si no para vivir en profundidad sus sueños y las cosas que llevan en el corazón. Y esto de la princesa de hielo de los palacios de la Alhambra, sea o no cierto, encierra una verdad muy profunda.

Guardó silencio el anciano y la niña aprovechó para preguntar:

- ¿Qué verdad encierra?

- Que el ser humano, lo mejor de nosotros, somos parte y pertenecemos al mundo de lo eterno y bello. Por eso, morir por un sueño, en forma de hielo que luego será agua y después flor, luz y armonía, es lo mejor que en la vida puede sucedernos.

 

            De nuevo guardó silencio el Anciano, también la nieta y siguieron bajando por la senda hacia el cortijo de piedra. Cuando llegaron la madre los acogió y, después de comer algo y lavar ella sus manos y cara en al agua calentita que la madre les había preparado, se sentaron junto a la chimenea. Aprovechó la nieta para preguntar:

- Lo que me has contado también me parece muy interesante pero ¿podrías explicármelo con algún cuento?

- Puedo y lo hago ahora mismo.

- Venga, empieza que te escucho.

Y el anciano sin más dijo:

              

            - En el Albaicín, ese bonito barrio blanco que hay frente a la Alhambra al otro lado del río, vivía un matrimonio mayor. No tenían hijos porque al nacer, murió el único que tuvieron. Pero el hombre sí poseía unas tierrecillas que sembraba y de lo que recogía y cuatro cosas más, vivían. Su casa era muy pequeña. Con una bonita parra en la puerta, muchos rosales, lirios y azucenas y con un naranjo y un limonero. Un día, después de la historia de la princesa de hielo, a la casa de este matrimonio mayor, llegó un hombre. Con una pequeña maleta y algunos libros y cuadernos con hojas en blanco. Habló con los dueños de la humilde vivienda y estos le dijeron:

- Usted puede quedarse vivir, todo el tiempo que quiera, en la habitación derecha de esta casa nuestra. Su única ventana, da a la Alhambra y al gran valle del río Darro y a la quietud y silencio más auténtico de Granada. Por eso la tranquilidad es total.

Dijo el hombre extranjero:

- Me gusta mucho esta casa, el jardín de su puerta, la habitación que me dais y la pequeña ventana que mira a la Alhambra. Es exactamente lo que vengo buscando y necesito.

 

            Y el hombre se instaló en la habitación, puso la cama cerca de la ventana para ver la Alhambra mientras estuviera tumbado en ella, sacó los libros y cuadernos de la maleta y aquella misma tarde se puso a escribir. Al día siguiente fue a la Alhambra, preguntó, pidió permiso, pasó, vio, recorrió e investigo muchos rincones de los palacios y jardines. Preguntó a muchas personas mayores, soldados, artesanos y sirvientes y luego regresó a la pequeña casa en el Albaicín. Escribió mucho en sus cuadernos y también hizo algunos dibujos y meditó. Pasó el tiempo y cada día más se entusiasmaba con el trabajo que estaba haciendo. Cuando el matrimonio mayor le preguntaba por lo que escribía en sus cuadernos, el hombre siempre aclaraba:

- Lo de la princesa de hielo de la Alhambra, es lo que estoy investigando.

- ¿Y para qué investiga usted eso?

- Porque pienso que es uno de los acontecimientos más hermosos ocurridos en estos palacios.

- ¿Mucho más que las guerras y luchas internas entre los reyes y sus comidas y fiestas?

- Mucho más, sin comparación ninguna.

- Pues usted un día tendría que explicarnos esto.

- Os lo explicaré, con mucho gusto y lo dejaré escrito para que esta historia se conozca y se extraiga de ella toda la gran y hermosa verdad que encierra.

 

            Y a partir de aquel día, el hombre extranjero siguió escribiendo en sus cuadernos y continuó investigando más y más en los palacios y todos los rincones de la Alhambra. Luego un día, se marchó, diciendo al matrimonio mayor que volvería y por eso dejó en su habitación todos los cuadernos que había escrito. Nunca más volvió. El matrimonio guardó los cuadernos, en un baúl de madera y un día, bastante tiempo después, también murieron ellos. La casa quedó cerrada hasta que un día mis padres la compraron. Yo era pequeño y cuando entré en aquella habitación y descubrí en el baúl aquellos cuadernos escritos y con muchos dibujos, me llené de ilusión. Los leí una y otra vez y aun los sigo leyendo.

La nieta, que había escuchado esta historia con la boca abierta y esperando ansiosa el desenlace final, en unos de los momentos en que el anciano guardó silencio, preguntó:

- ¿Y todavía tienes guardados esos cuadernos?

- En mismo baúl de madera.

- ¿Y qué es lo que se cuenta en ellos?

- Hay escrito en ellos las historias más hermosas que se puedan imaginar. La de la princesa de hielo de la Alhambra y también otras muchas. Un gran libro que nunca nadie ha leído excepto yo y por eso sé las cosas que te cuento.

 

            Un más embelesada, la nieta miró al anciano y, después de un largo rato en silencio, de nuevo le preguntó:

- ¿Me llevarás algún día a esa casa del Albaicín y me enseñarás esos cuadernos?

- Te llevaré un día y te enseñaré aquello pero antes y, poco a poco, te quiero ir contando muchas otras historias escritas en esas páginas.

 

Los almendros de la Alhambra

IV- A los pocos meses de la historia de la princesa convertida en hielo, comenzó a llegar la primavera. En los recintos de la Alhambra, casi nadie le dio importancia a no ser porque los jardines se llenaron de flores de todas las especies colores y porque los cientos de pajarillos, comenzaron a construir sus nidos en las ramas de los árboles. Seguía reluciendo la nieve sobre las altas cumbres de Sierra Nevada aunque los fríos y las lluvias, comenzaban a retirarse.

 

Justo a los pies de la torre donde la princesa había tenido su estancia, crecía un precioso y verde acebo. Y entre las ramas de este arbusto, antes de la llegada de la primavera, un mirlo hizo su nido. Mejor dicho: un mirlo, no fue una pareja. Pero el macho mirlo, más grande que la hembra y con el pico de color muy amarillo, comenzó a desgranar melodías fabulosas. Trinos dulces que resonaban durante todo el día, al caer la noche, de madrugada y al salir el sol. Las que habían sido amigas de la princesa que se convirtió en hielo, decían:

- Nunca antes un mirlo ha cantado por aquí con el vigor y dulzura con que lo hace éste que ahora oímos cada día.

- Y fíjate que este mirlo siempre canta a los pies de la torre donde vivía nuestra amiga.

- Desde luego que es algo mágico y, al mismo tiempo, bello. Porque parece como si este pájaro, de alguna manera, estuviera por aquí recordándonos la presencia de nuestra amiga la princesa.

 

            Esto comentaban aquellas jóvenes mientras en los salones de los palacios, los reyes y sus generales, se pasaban el tiempo discutiendo y planificando guerras y batallas. También hablaban de intrigas y de amores y de envidias. Y como la primavera iba llegando, al poco de que los mirlos hicieran su primer nido entre las ramas del acebo, echaron sus flores los almendros. Allí mismo, cerca del acebo, un poco a la derecha y también a la izquierda y umbría abajo hacia las aguas del río Darro, crecían algunos de estos almendros. Se llenaron de flores blancas como la nieve y el aire se impregnaró de aromas. Tanto, que las personas que iban y venían por las orillas del río Darro hacia los huertecillos o a sus casas, al descubrir las flores de estos árboles, comentaban:

- Nunca antes por aquí se han visto tantas en los almendros de estas laderas.

- Si que es cierto. Este año parece como si algún misterio oculto estuviera presente por la umbría y bosque que, desde la Alhambra, cae para el río Darro.

 

            Y aquel año y primavera, nadie llegó a saber ni por qué el mirlo hizo su nido y cantaba tanto en el acebo a los pies de la torre de la princesa ni por qué tenían tantas flores los almendros de la umbría. Tampoco nadie supo nada de esto al año siguiente ni al otro ni en los años que siguieron corriendo. Porque seguía pasando el tiempo y tanto en la Alhambra como en Granada y en el barrio del Albaicín, ocurrieron muchas, muchas cosas. Se fueron los habitantes de los palacios, murieron, nacieron, emigraron y llegaron otras personas y todo, todo fue avanzando en silencio. Sin embargo, en la umbría de la Alhambra, al legar la primavera cada año, los almendros florecían. Con la misma fuerza y frescura de aquellos días de la princesa de hielo.

 

            Pero como con el paso del tiempo, casi siempre todas las cosas se olvidan, se olvidó también lo ocurrido con la princesa de la Alhambra. Tanto que, hoy en día, casi nadie conoce esta historia. Pero parece que el cielo, de alguna forma que los humanos no podemos entender, no olvida ni permite que el tiempo borre algunas cosas. Y por eso alguien o algo con mucho poder y grande, permitió que perviviera el recuerdo de aquella princesa. Y lo hace como siempre son las cosas valiosas y bellas: sin prisa, en silencio, ajeno a las personas y acontecimientos pero firme y cargado de misterio. Por eso, al llegar la primavera, cada año y ahora mismo, siguen floreciendo los almendros de la umbría de la Alhambra. Las personas que por estos tiempos fechas tienen la suerte de pasear por lo que ahora es la Carrera del Darro, pueden seguir viendo el espectáculo de los almendros florecidos. Muy pocos se fijan en esto y casi ninguno cree en la historia pero lo que digo es cierto. Los almendros siguen floreciendo en la umbría de la Alhambra, como emergiendo del tiempo y envueltos en el mayor de los silencios.

Las injusticas hay que denunciarlas

 

               Servía al rey y tenía poder y dinero. Y el rey, como un privilegio especial, le había regalado un trozo de tierra para que lo cultivara y sembrara. En el espacio que hay dentro de las murallas que protegen a los palacios de la Alhambra. Junto al trozo de tierra que le regaló el rey, también otras personas tenían sus huertecillos. Con menos terreno porque todos eran pobres y ninguno estaba protegido por el rey. Pero sí todos, el rico y las personas pobres, tenían derecho a una cantidad de agua para regar las tierras de sus huertos.

 

               Un día, el protegido del rey dijo a los que tenían las tierras cerca de su huerto:

- Del agua que llega por esta acequia yo puedo coger toda la que quiera y en el momento que la necesite.

Y las demás personas le dijeron:

- Mire usted que esta agua, regalo del rey que nos hace a cada uno de nosotros, a todos nos pertenece por igual.

- Pero yo soy más rico que vosotros y tengo poder y por eso decido que puedo coger toda el agua que quiera y cuando me apetezca.

Los hombres no respondieron a estas palabras pero sí se sintieron atropellados en sus derechos y heridos en su dignidad. Entre sí comentaron su descontento y el que más se enfadó, fue el hombre que tenía su tierrecilla cerca del huerto del hombre rico. Dijo:

- Si me quita el agua, lo que tengo sembrado, se secará y no podré dar de comer a mi familia. No hay derecho que se comporte de esta manera con nosotros.

Algunos de los compañeros también dijeron:

- Desde luego que no hay derecho porque ante Dios y ante la ley, todos somos iguales.

- Eso lo sabemos pero, contra los abusos de este hombre rico ¿qué podemos hacer?

- Cierto es que él tiene más poder que todos nosotros juntos pero yo creo que contra sus abusos, sí podemos hacer algo.

 

               Los hombres todos guardaron silencio porque tenían miedo y temían las reacciones tanto del hombre rico como del rey. Pero uno de ellos preguntó:

- ¿Y qué es lo que quieres hacer tú?

- Denunciarlo.

- ¿Estás loco? Este hombre es amigo del rey y tiene mucho poder y dinero. Si lo denunciamos saldremos perdiendo.

- Sí y no.

- ¿Por qué sí y no?

- Porque yo pienso en una denuncia que para todos nosotros es buena porque no nos hará mucho daño y para él, es muy mala.

- ¿En qué denuncia piensas?

- En hablar este asunto entre nosotros y contárselo a todos los que conocemos. No callarnos antes sus abusos para con nosotros, es lo que más daño puede hacerle. ¿Estáis de acuerdo?

- Estamos de acuerdo. Desde ahora mismo, cada vez que este hombre abuse de nosotros, se lo diremos a todo el mundo.

- ¿Y si el asunto llega a oídos del rey?

- Puede ser bueno o malo. Pero tenemos que correr este riego para defendernos de su mal comportamiento.

 

               Y a partir de aquel día, cada vez que el hombre rico les robaba el agua con la que regaban sus huertos, los hombres pobres se lo decían a todo el mundo. A los vecinos, a las familias, a los sabios y artesanos de la Alhambra y a los comerciantes. Hasta que un día las cosas llegaron a oídos del hombre rico. Y éste, al saber que se hablaba mal de él y que comentaban unos y otros los robos del agua, reaccionó guardando silencio. A su modo y sin que nadie lo supiera fue buscando al cabecilla de los que denunciaban su mal comportamiento. Hasta que un día descubrió que el culpable de todo era el hombre pobre que tenía el huertecillo cerca de su terreno. No le dijo nada pero a partir de aquel momento, se puso a buscar el modo de hacerle más daño.

 

               Empezó a quitarle cada día más agua hasta que las plantas del huerto del hombre pobre se secaron. Éste se lo dijo a sus compañeros, los compañeros se lo dijeron a los amigos y a los vecinos y en poco tiempo, lo ocurrido se supo por toda la Alhambra. Y al enterarse el hombre rico se enfadó más. Reunió a dos o tres conocidos y les dijo:

- Os pagaré mucho dinero si ideáis un plan para quemarle la casa a este vecino mío criticón y que no consigo doblegar. Me está haciendo la vida imposible y quiero escarmentarlo.

Los reclutados por el hombre rico empezaron a ideal un plan y, a los pocos días, la noticia llegó a oídos del hombre pobre. Enseguida éste se lo contó a sus amigos, se corrió la noticia entre los familiares y vecinos y llegó hasta los oídos del hombre rico. Indignado dijo a los que había contratado:

- Ya no podemos quemar su casa porque todo el mundo sabe que soy yo el malo.

- ¿Y qué hacemos entonces para darle un escarmiento?

- Ya pensaré algo para que este mal nacido no se salga con la suya.

 

               Pero la noticia del mal comportamiento del hombre rico llegó también a los oídos del rey. Llamó éste al que había sido hombre de su confianza hasta ese día y llamó también a los hombres pobres, dueños de los huertecillos y les dijo:

- El agua que corre por las acequias y que sirve para regar vuestras tierras, las de todos, es regalo mío. Quiero que entre vosotros haya paz y que nadie abuse del otro.

Y luego el rey llamó al hombre pobre, vecino del hombre rico y le dijo:

- Y en cuanto a ti y a tus amigos, habéis hecho bien en denunciar estas cosas. Si os hubierais callado yo no podría defenderos ahora y los abusos cada día hubieran ido a más. Los malos comportamientos y agresiones a la dignidad de las personas, siempre hay que denunciarlos.

El caballo blanco de río Darro

 

Era una de las personas más importantes en la Alhambra. No tanto como el rey, pero en el fondo, mucho más. Porque el ostentaba el cargo de Secretario General. Por eso muchos trabajaban a sus órdenes, las cuentas y el dinero pasaban por sus manos, las obras y arreglos de los palacios, lo que se le pagaba a los empleados y soldados y hasta las órdenes que el rey daba. Todos decían que era un hombre serio, inteligente, bastante soberbio y muy rico. Por eso muchos allí en la Alhambra, por el barrio del Albaicín y riberas del río Darro, decían:

- Es lo de siempre, todo el que maneja dinero de los de constituyentes, al final acaba llenándose los bolsillos.

- Y eso es cierto porque si no ¿decidme vosotros de dónde ha sacado para costearse el palacio que tiene junto al río?

 

               Se referían ellos a un fantástico y bellísimo palacio, junto al río Darro, entre las casas del Albaicín y lo que hoy se conoce con el nombre de Sacromonte. Todo de piedra tallada, con vigas y artesonados de madera, columnas y escaleras de mármol blanco rematadas con mármol verde y negro y jarrones y cuadros de vidrio y hermosa cerámica. También este palacio tenía un buen trozo de tierra a su alrededor, sembrado de tupidos jardines y con muchos árboles frutales y de flores. Los granados, cipreses y ciruelos eran los árboles que más se le gustaban a este secrietario General. También le gustaban mucho las fuentes de agua clara entre los jardines de su palacio, la grandiosa vista que desde todas las ventanas de su palacio, tenía hacia la Alhambra valle del río Darro y de Granada. Por eso cuando estaba con sus amigos, también ricos e importantes como él, los invitaba a pasear por los jardines y siempre les preguntaba:

- ¿Decidme vosotros si por algún sitio y a lo largo de vuestra vida, habéis visto alguna vez un palacio tan bello como éste mío?

- Nunca lo hemos visto.

- Y además, aunque está hecho con el lujo más grande y el gusto más exquisito, no me ha costado ni un duro.

Y sus amigos le preguntaban:

- ¿Y cómo lo has conseguido?

 

               El hombre importante, dándoselas de astuto y sabio, seguía diciendo sus amigos:

- Aquí entre nosotros y en confianza os digo que todo este palacio ha salido del sudor de gente pobre y humilde. De los impuestos que cada año les cobramos y de la opresión que ejercemos sobre ellos.

- Es que los pobres, los incultos y miserables, siempre han sido una gran fuente de riqueza pero no para ellos mismo. No hay nada mejor que mantenerlos a raya, doblegarlos y cobrarles impuestos para sí manejarlos a nuestro antojo.

              

               Por el lado de arriba de su palacio, siguiendo el curso del río Darro y en las laderas del Sacromonte, una familia muy humilde, vivía en una cueva. Dos hijas tenían y el padre, todavía joven, fue llamado un día por el rey. Al saber la noticia, de rápido lo comentó con la mujer y ésta le preguntó:

- ¿Para qué te llamará?

- No lo sé.

- ¿Acaso el rey o los de la Alhambra tienen de nosotros alguna deuda que cobrar?

- Nosotros no tenemos ni animales ni riquezas. Por eso, aunque el rey quiera, por nada puede cobrarnos impuestos. Nada le debemos.

- Entonces ¿para qué que te llamará?

- En cuanto mañana suba a la Alhambra y me lo digan, lo sabremos.

 

               Y en la Alhambra, en uno de los recintos militares, le dijeron:

- Es cierto que nada debes al rey pero te necesitamos.

- ¿Quién me necesita y para qué?

- Te necesita el sultán de Granada para luchar en la guerra que sostiene con los que quieren echarnos de este reino.

- Pero yo tengo mujer y dos hijas. Si me llevan a la guerra ¿quién va a cuidar de ellas?

- Las cosas son así y nosotros cumplimos órdenes.

Y muy apenado y triste el hombre de la cueva preguntó:

- ¿Y si me sublevó contra la orden del rey?

- Ni se te ocurra porque entonces, serás apresado y ejecutado y de este modo nadie que tu familia saldrá ganando.

- Pues decirme entonces ¿cuándo tengo que presentarme para ir a la guerra?

- Ahora mismo ya te necesitamos pero vuelve a tu casa, despídete de tu familia y te presentas aquí mañana por la mañana al salir el sol.

 

               Volvió a su casa, comentó a su familia lo que le habían dicho y a aquella noche nadie durmió en la pequeña cueva. La madre lloraba de vez en cuando y las hijas se abrazaban a ellas preguntando:

- ¿Y cuándo volverá nuestro padre?

- Quizá vuelvo pronto o quizá no vuelva nunca.

- Y sin él, contigo enferma y nosotras tan pequeñas ¿cómo podremos seguir viviendo?

Preguntaba la hija mayor. Nada respondió la madre y sí el padre, al salir el sol al día siguiente, se presentó todo en el los recintos de la Alhambra.

 

               Junto a su bonito palacio, también este hombre importante, tenía un trozo de tierra. Por las orillas del río Darro, más o menos a la altura de la fuente del avellano y no lejos de muchos huertecillos de personas pobres del barrio del Albaicín. Y en este trozo de tierra, había construido un cobertizo donde cuidaba y protegía un bonito caballo blanco. Porque a él, también una de las cosas que le gustaba mucho eran los caballos. Para ir a las montañas de caza con sus amigos o simplemente su para subirse en ellos y darse paseos por Alhambra o calles de la ciudad. Se decía: “De este modo, las personas se fijarán en mí y al verme en esta magnífico caballo blanco, se impresionarán y me temerán más. A los pobres, para sacarles hasta la última gota de sangre, siempre hay que tenerlos asustados. Y este caballo mío, tan blanco, tan robusto y con estas crines y cola tan bonita, a los pobres les debe impresionar mucho”.

 

               Este era el motivo principal por lo que el hombre “importante”, mostraba tanto interés por su caballo. De aquí que todos los días, de los trozos de pan que sobraba en las mesas de los reyes, un criado recogiera varias cestas. Le había dado órdenes para que guardara estos trozos de pan y cuando tuviera un par de sacos, los cargara en su borriquillo y se los llevara al cobertizo donde guardaba su caballo blanco. También le había dicho a este hombre:

- Pero a ti que no se te ocurra darle ni un solo trozo de este pan a mi caballo. De eso me encargo yo, que para eso soy su dueño y hago lo que me gusta.

- Usted descuide, señor. Yo siempre haré exactamente aquello que me ordene.

- Así me gusta.

Y el pobre criado, cuando recogía de las mesas estos trozos de pan, cuando los guardaba en los sacos y cuando los transportaba en su borriquillo, constantemente se decía: “¡Con la cantidad de personas que pasan hambre y hasta se mueren y que éste pan tan bueno sirva de alimento a un caballo…! Le entraban ganas de, a escondidas, coger algunos de aquellos mendrugos y comérselos porque él también pasaba mucha hambre. También en ocasiones y siempre a escondidas, se sentía tentado a esconder algunos de aquellos trozos de pan para luego llevárselos a sus hijos pero nunca llevó a cabo esta acción. Sabía que si lo descubría el hombre “importante” no solo se quedaría sin su trabajo si no que podría costarle la vida.

 

               Pero un día, cuando el criado del borriquillo dejó su carga en el cobertizo del caballo blanco, el hombre “importante”, enseguida se acercó. Miró los sacos de mendrugos, los vació y contó cada uno de los trozos. Se dijo: “De este criado mío así como de otros muchos, no me fío ni un pelo. Todos ponen caras de santos cuando están en mi presencia pero luego por detrás, traicionan, engañan y hasta roban”. Por eso anotó bien el número de trozos de pan que había en los sacos y luego se fue, diciéndole a su caballo: “Al caer la tarde volveré por aquí y te daré de comer todo lo que quieras. Sé que te gusta este pan duro porque para ti también es comida de reyes”. Y volvió al caer la tarde. Justo cuando ya se ponía el sol y lo primero que hizo fue, en cuanto llegó al cobertizo, fue sacar otra vez los trozos de pan y contarlos. Y para su asombro, comprobó que le faltaban diez mendrugos. Se dijo: “¡Maldito criado! Como me imaginaba, me está robando. Va a saber lo que es bueno en cuanto lo coja con las manos en la masa.

 

               Le dio de comer a su caballo y al día siguiente, esperó a que el criado llegara con su borriquillo. No le dijo nada pero en cuanto dejó la carga y se fue, se puso a contar los trozos de pan. Lo anotó bien todo en un papel y luego, en lugar de regresar a su palacio, buscó un rincón oculto y allí se agazapó. Se dijo: “Quiero cogerlo con las manos en la masa para así poder acusarlo y que de ningún modo pueda defenderse. Estos malditos, todos lloran como unos cobardes en cuanto se sienten descubiertos y eso es lo que quiero yo: verlo llorar implorando de rodillas a mis pies”. Esperó paciente toda la tarde y cuando ya caía el sol, sintió el ruido de personas. De nuevo se dijo: “Ya está aquí. Voy a esperar un momento para cogerlo como tengo pensado”.

 

               Esperó un momento, sin dejar de mirar y cuando ya creía que el criado estaba cogiendo los mendrugos de pan, salió de su escondite, se acercó de prisa por detrás y a dos pasos del ladrón, se paró y dijo:

- ¡Ya te tengo!

La muchacha dio un fuerte grito, se volvió para atrás y se agarró al hermano mientras decía:

- No estamos robando.

Y el hombre “importante”, a ver cara a cara la figura de la muchacha y la del niño, se quedó de piedra. Sin aliento y sin saber qué decir. No tuvo que preguntar nada porque ella enseguida dijo al hombre:

- No tengo padre porque se lo han llevado a la guerra, mi madre está enferma y mi hermano y yo nos morimos de hambre. Solo he cogido unos mendrugos para comérnoslo esta noche y así vivir un poco más.

- ¿Dónde vives?

- En la vieja cueva que hay al otro lado del río, frente a la Alhambra.

- ¿Y no sabes que robar es un delito?

- Eso es lo que me ha dicho mi madre. Pero yo pienso que por coger unos mendrugos de pan duro para no morirse de hambre, no puede ser ningún delito.

- Con este pan es con lo que yo alimento a mi caballo. Tú, tu hermano y tu madre, a mí no me importáis nada.

 

               Y el hombre “importante”, después de echar un largo discurso sobre ladrones, personas pobres y ricos, dijo a la muchacha:

- Por esta vez, os voy a perdonar vuestro robo. Pero no aparezcas más por aquí porque de lo contrario acabaréis todos en el calabozo.

- ¿Y no le da pena a usted mi madre enferma y este pobre hermano mío?

- Ninguna pena. Mi hermoso caballo blanco es lo que de verdad me importa.

 

               Y dicen que unos días más tarde, a la madre con sus dos niños, se los encontraron muertos en su pobre cueva. Los vecinos los enterraron en la ladera, no lejos del río y el hombre “importante”, al enterarse, dijo:

- Tres ladrones menos en este mundo y más pan para mi caballo.

 

En el Puente del Aljibillo del río Darro

 

               Me lo dijeron y no lo creía. Por eso, durante algunos días, pensé mucho en ello. Y aquella noche, última del mes de marzo, ya en la cama me dije: “Mañana mismo tengo que ir a verlo”. Y al día siguiente, primer día del mes de abril y comienzo de la Semana Santa, me dediqué a ello.

 

               El día amaneció nublado, sin frío ninguno, con los naranjos llenos de flores y, en los jardines y cármenes de Granada y por la Carrera del Darro, cimbrándose y florecidos los narcisos. Olían a incienso fresco algunas de las calles de Granada y por la Carrera del Darro, la luz, los colores, el rumor del agua, los turistas y la hermosa figura de la Alhambra, llenaban de entusiasmo el alma. Caminé despacio y a primera hora de la tarde, me dirigí al pequeño puente de piedra. Se le conoce con el nombre de Puente del Aljibillio y es el último que el río Darro tiene, subiendo desde el centro de Granada hacia la Fuente del Avellano. Justo donde termina el Paseo de los Tristes y comienza la Cuesta del Chapiz y camino o cuesta de los Chinos o del Rey Chico. Lugar éste muy conocido por todos los habitantes de Granada. Porque, además de ser muy bonito y único en el río Darro, también se rodea de misterio y luces fantásticas al caer las tardes y frente a la Alhambra. Yo diría que no hay en toda Granada un rincón tan bello y mágico como el Puente del Aljibillo.

 

               Por eso, según me iba acercando, el corazón me latía a prisa y la curiosidad me comía. Ya he dicho que yo, como muchas otras personas que tenían conocimiento de los hechos, no me lo cría. Pero por bastantes sitios de Granada, muchos comentaban:

- Que tal como están los tiempos ahora, nadie regala nada.

- Parece de locos y por eso algunos no se lo creen pero es cierto.

- ¿Y tú lo has visto y comprobado?

- Con mis propios ojos y ayer mismo.

- Pues si es así, habrá que ir a verlo. Que tal como están los tiempos ahora, si las cosas son como dices, es un milagro que solo puede suceder en Granada, no lejos de la Alhambra y junto a las aguas del río Darro.

 

                  Estas o cosas parecidas iba meditando mientras me acercaba al puente. Y vi a las primeras personas concentradas y formando fila al final de la plaza del Paseo de los Tristes y otros ya subiendo para la Alhambra, por la Cuesta del Rey Chico. Ya he dicho que el día era muy hermoso, sin frío ninguno ni viento y como con algo mágico suspendido en el tiempo. Me fui acercando poco a poco y cuando estuve al comienzo del bonito puente, me paré. Miré buscándolo y lo vi. Estaba sentado en el pequeño muro del lado de arriba y hablaba con las personas que a él se acercaban. Les preguntaba:

- ¿Cuántos libros quieres?

Y algunos le decían:

- Yo me conformo con dos y también dos entradas.

De las cajas de cartón que tenía junto a sí, cogía los libros y las entradas, se las deba a la persona y le decía:

- Que disfrutes este libro y también disfrutes mucho recorriendo la Alhambra y los hermosos rincones de Granada.

 

               Y el siguiente decía:

- Yo quiero tres libros y cuatro entradas.

- Pues a mí me da usted dos entradas y seis libros. Se los voy a regalar a mis hijos y a mis nietos.

- Y a mí, solo un libro y una entrada.

Y a unos y a otros, sin cobrarles nada, iba dando lo que cada cual le pedía al tiempo que les repetía:

- Como la Alhambra y Granada, nada hay en el mundo entero. Que esto te sirva un poco para gozarla a fondo y conocer sus misterios.

Fue avanzando la cola y cuando llegué a él, lo miré despacio, miré al libro que regalaba y luego miré al río Darro y a la Alhambra. Me preguntó:

- ¿Cuántos libros quieres tú?

- Con solo uno y una entrada, tengo bastante.

Me alargó el libro y al cogerlo, leí enseguida el título: “La Fantasía del sueño más bello, Alhambra de Granada”.

 

Me guardé la entrada y cuando comenzaba a subir por la Cuesta del Rey Chico, oí que varias personas comentaban:

- Apenas nadie lo conoce en Granada pero muchos dicen que tiene tanto dinero que no sabe qué hacer con él. Y parece que lo único que se le ha ocurrido, es editar este libro y comprar entradas para visitar los palacios de la Alhambra, y regalar todo esto a todo el que viene por aquí.

- Un hombre bueno y enamorado de la Alhambra y de Granada, sin duda. Y más valor tiene aun, en los tiempos que vivimos.

- Y lo más original, es el rincón que ha escogido para repartir estos libros y las entradas.

- Sí, porque el Puente del Aljibillo, en el río Darro y frente a la Alhambra, es un rincón único no solo aquí en Granada sino en el mundo entero.  

 

La casa de la princesa

 

            Se le conoce en Granada con el nombre de “La Casa de la Princesa”. Y ahora, cuando llega la Semana Santa, Navidad o las vacaciones de verano, se la alquilan a los turistas, con el nombre de “Casa rural”. Les gusta mucho a los turistas este sitio por el lugar tan especial donde está construida, por los ríos que la rodean, por la bellísima fuente de agua clara y por el pequeño valle al poniente de esta casa.

 

            Porque a la princesa, una de las más hermosas que en la época de los reyes Nazaríes hubo en la Alhambra, disfrutó de su casa en el lugar más bello. Regalo de sus padres por el interés que ella siempre mostraba por los ríos de aguas claras, cantos de pájaros, cielos azules, flores silvestres y olores a montañas verdes. Por eso un día, sus padres, famosos reyes de la Alhambra, le preguntaron:

- ¿En qué lugar del reino de Granada quieres que te construyamos la casa de tus sueños?

Y ella enseguida dijo:

- Al norte de la Alhambra, no lejos de las cumbres blancas, cerca de un verde valle y fuentes y ríos de aguas claras.

- ¿Te gusta la almunia de los Acebuches?

- ¿Ese puntal tapizado de encinas que al poniente tiene un valle y al levante un manantial y un misterioso arroyo lleno de zarzas?

- Sí, ese sitio concreto.

- Es el lugar más bonito que nunca se haya soñado. Quiero tener ahí mi casa.

- Pues ya está todo hablado.

 

            Y en aquel mismo momento, los padres dieron órdenes y solo unos meses después, se alzaba la casa sobre el Puntal de los Acebuches. Entre olivos silvestres, escoltada por un precioso bosque de encinas centenarias, mirando a Sierra Nevada, por encima de valle verde y no lejos de la Fuente de los Berros y el arroyo de las zarzas. Y la estancia era pequeña, como le gustaba a la princesa. Con solo un par de habitaciones, una sala con chimenea, ventanas a un lado y otro para ver los paisajes, un jardín muy pequeño en la puerta, paredes blancas y lo demás, cielos azules, aire puro, libertad sincera, silencio profundo y ella con su figura hermosa y su pequeño sueño.

 

            Aquel mismo año, al llegar la primavera, estrenó su bonita casa. Dijo a sus padres y a los guardianes que la protegían:

- Durante un tiempo, quiero vivir sola en esta casa mía. Que nadie me moleste y que me dejen caminar libre por los campos que rodean a la casa de mis sueños.

- Pues lo que tú quieras, hija mía.

Dijeron los padres. Y al comienzo de aquella primavera, la princesa se fue a vivir a su casa de campo. Durmió por las noches en su habitación, gozó del silencio y del canto de los grillos, contempló, al amanecer, la luna y las estrellas y a media mañana, bajaba por la senda y se iba a la Fuente de los Berros. El pequeño manantial que brotaba y aun brota, al comienzo del arroyo de las zarzas. Aquí se sentaba y durante mucho rato, se quedaba contemplando la blancura de Sierra Nevada y los lugares que por ahí siempre se adivinan.

 

            Toda la primavera estuvo ella viviendo sola en su blanca casa. Solo algunas personas la molestaban durante algunas horas del día para llevarle comida y otras cosas que necesitaba y luego la dejaban en su reino de fantasía. Regresó a la Alhambra por un tiempo pero, al poco, volvió a esta casa suya. En los meses del verano, también en otoño y al llegar el invierno y otra vez al con la nueva primavera. Y así, durante varios años. Hasta que un día, estando ella sentada junto a la Fuente de los Berros, apareció un príncipe montado en su caballo, la subió en la grupa y se la llevó. Nunca más se supo de la princesa de la casa blanca. Y la buscaron por todo el reino de Granada y aun más lejos. Los padres la lloraron y durante mucho tiempo, ordenaron que La Casa de la Princesa, estuviera limpia, bien cuidada y todo el entorno protegido.

 

            Pero pasó el tiempo y los reyes de la Alhambra, abandonaron también estos recintos. Se olvidó por completo La Casa de la Princesa y también su historia. Muchos años después, alguien fue dueño de estas tierras. En el mismo Puntal de los Acebuches y sobre las ruinas de aquella bonita casa de ensueño, hicieron una construcción pensando en los turistas y le pusieron por nombre Casa Rural. Los paisajes ya también han cambiado mucho por este sitio pero la Fuente de los Berros, el arroyo de las zarzas, el valle de la hierba y las encinas y las cumbres de Sierra Nevada, siguen ahí. Como testimonio de aquella princesa aunque los turistas que por aquí pululan ahora, no sepan nada de esta historia.

 

Así son las cosas y así el tiempo las transforma. Pero como las cosas hermosas siempre pertenecen al universo de lo eterno, nunca desaparecen. El tiempo las conserva frescas y puras en lo que los humanos llamamos el reino de los sueños. Tal es el caso de La Casa de la Princesa, cerca de la Alhambra y en Granada.

 

Meditar la Alhambra

 

El agua que baja de Sierra Nevada,

fresca y limpia

como el limpio viento de las altas montañas,

desciende cantarina

y se quiebra y remansa

en los valles de la hierba

y en los misteriosos recodos de las sombras largas.

Es esencia pura de sol y silencios

que busca los silencios de la Alhambra

y llena de armonía las tardes

de los sueños que en las tardes llora el alma.

 

            De su amiga en el extranjero recibió noticias que decían: “Para Semana Santa, quiero ir a Granada. Quiero ver las procesiones por las calles, por la Carrera del Darro y frente a la Alhambra y quiero recorrer el Albaicín y oler la magia de sus rincones llenos de incienso y flores. Pero sobre todo, quiero pasear y gustar la Alhambra de esa manera auténtica que dicen solo tú sabes mostrarla. ¿Puedes atenderme?” Y enseguida él contestó a su amiga diciendo: “Por Semana Santa, sí que puedo atenderte en tu visita a Granada. Y claro que puedo y quiero mostrarte la Alhambra de esa manera que sé yo y a muchos les entusiasma. Ven cuando quieras que, con los brazos abiertos, ilusionado te espero. No en Plaza Larga ni en el Albaicín ni río Darro ni en los jardines de la Alhambra. Espero tu llegada, donde los ríos se juntan y nos conocimos aquel día de invierno”.

 

            A él no lo conocían muchos en Granada pero los amigos que tenía, siempre comentaban:

- Su forma de enseñar la Alhambra, en nada se parece a lo que dicen y explican tantos guías.

- Es que él no enseña ni explicar la Alhambra, la muestra desde el alma y desde ese matiz tan peculiar que no se expresa con palabras. Por eso siempre dice: “Mirar la Alhambra, recorrer sus palacios, leerla en los libros, hacerle fotos y tocarla, no es conocerla en su esencia más real. Para descubrir al menos un poco lo mejor de la Alhambra, primero hay que meditarla, luego hay que gustarla dentro y después, recorrerla en silencio”.

- Pero esta forma suya de ver y exponer la Alhambra casi nada tiene que ver con el modo en que casi todos la enseñan.

- Es que él no la enseña, la medita. Y en este matiz que parece tan pequeño, es donde se encuentra la diferencia.

 

            Estas y cosas parecidas comentaban sus amigos mientras iban y venían por las calles de Granada. También mientras él aquella tarde de primavera y vísperas de la llegada de su amiga, salía de Granada con la mochila acuestas. Recorrió los caminos, a ratos por las orillas del río Genil y en otros momentos, por las laderas de las montañas y al caer la tarde, llegó al sitio. Descolgó su mochila, sacó las cosas, desplegó la tienda, la montó en el rincón que desde hacía mucho conocía y luego se acercó a las aguas del río. Se comió un bocadillo y mientras contemplaba la corriente y pensaba en ella, se dijo: “Justo aquí, entre la acequia, el charco y la corriente, le voy a decir que plante su tienda. En el mismo sitio y del mismo modo que aquel día para que viva la experiencia con toda la profundidad y frescura que necesita”.

 

            Y al caer la tarde, se metió dentro de su tienda y se puso a meditar mientras cogía el sueño. Amaneció al día siguiente con el cielo por completo limpio, azul intenso y luego salió el sol brillante y puro, como el mejor día de primavera. Se dijo, pensando en ella y gustando la belleza del nuevo día: “Es lo que más le gusta y necesita para vivir la experiencia única que está buscando”. Y se puso a esperarla, con la ilusión de verla asomar con su mochila acuestas, su coleta de pelo negro, su sincera sonrisa y la inmaculada belleza de su cara.

 

            Era ya medio día un poco pasado, cuando la vio asomar por el camino. Salió a recibirla, la acompañó hasta el lugar de la acequia, le ayudó a descolgarse su mochila y luego, después de un buen rato de charla y de compartir cosas y noticias, se pusieron a montar la tienda. Justo donde años atrás. Y cuando la tarde se iba, se sentaron frente a la corriente y charlaron de mil cosas más durante mucho rato. Luego dijo él, cuando ya la noche llegaba:

- Ahora, entra a tu tienda y mientras coges el sueño y también mientras duermes, gusta y medita los sonidos y silencios que este lugar concreto regala. Mañana vamos a la Alhambra y te la muestro verás como la descubres en su realidad más auténtica.        

Y se metió ella en su tienda, se acurrucó en su saco de dormir y en silencio, se puso a gustar del rumor del río, del chapoteo de la acequia, del siseo de las hojas de la alameda, del canto de los autillos, ruiseñores y mochuelos y del silencio de las horas pasando. Al amanecer, salió de su tienda y se puso a mirar la salida del sol. Salió él también de su tienda y después de saludarla le preguntó:

- ¿Has gustado de la música de las aguas?

- La he gustado y ahora ya creo que sí estoy preparada para ir y que me muestres la Alhambra. Porque también ahora creo que sé lo que significa el agua en esos palacios y jardines y en Granada. Tu modo de preparar para ver y gustar las cosas, es el mejor. Vamos y muéstrame la Alhambra que quiero descubrir y saborear en profundidad su esencia.

 

El restaurador, los libros y la princesa

                     Relato en cinco pequeños capítulos

 

                El artesano y la princesa -I

               La cueva y los libros -II

               Hablando de los libros -III

Las monedas -IV

               El terremoto -V

               Los poemas -VI

 

 

            I- El artesano y la princesa

               Vivía en una casita dentro del recinto amurallado de la Alhambra. En la parte alta que era y es conocida con el nombre de “Le Medina”. Lugar donde, por el lado de arriba de los palacios, había una pequeña ciudad formada por un numeroso grupo de familias. Casi todas estas familias eran trabajadores al servicio de los reyes y, los que no, cultivaban algún huertecillo, cuidaban jardines o tenían algún pequeño negocio de artesanía o alimentación.

 

               Él, padre de un solo hijo y con una mujer muy hermosa, trabajaba de jardinero. Los demás, decían eso pero él, siempre se defendía diciendo:

- Yo, de jardinero, jardinero, tengo poco. Solo riego y cultivo las plastas de estos jardines, corto de ellas flores de vez en cuando, recojo frutas de los árboles y abro y cierro acequias para que el agua empape la tierra. Si vosotros consideráis que esto es ser jardinero, es cosa vuestra.

- Hombre, jardinero titulado, no lo eres pero muchos comentan que eres bueno como persona y que cuidas con cariño a las plantas. Esto ya es algo.

Y el hombre, que nunca había querido destacar en su vida por nada, se quedaba satisfecho.

 

               Sabía leer y escribir, no mucho y por eso, por las tardes y muchas veces a la luz de una antorcha, enseñaba a su hijo. Le decía:

- Aunque como yo, nunca tengas títulos, saber leer y escribir, es cosa buena.

- ¿Y para qué podrá servirme en la vida?

- Para saber más cosas que otras personas. Los libros enseñan más de lo que piensas tú.

- Pero también enseñan las personas.

- Las personas, nos contamos cosas unos a los otros y de este modo se enseña y transmite la historia pero los libros, cuenta mucho más de lo que a veces sabemos las personas.

- ¿Y todo es verdadero?

- No todo pero sí que mucho, es cierto y bueno.

 

               Y el hijo, todavía bastante joven, se entusiasmaba con lo que el padre le enseñaba. Poca cosa pero sí lo suficiente para escribir algunas líneas y saber leer en los libros. Un amigo del padre que trabajaba en un taller de la Alhambra, le dejaba libros prestados y luego le decía:

- Que tenga mucho cuidado y no los rompa. Que los lea sin prisa y aprenda todo lo que ahí se dice y cuando lo termine, que me lo devuelva.

Se lo agradecía el padre, dejaba el libro a su hijo y éste lo leía cada vez con más entusiasmo. Hasta que un día dijo al padre:

- Si no fuera por lo que leo en estos libros, solo lo que por aquí me rodea y conozco, sería mi única sabiduría. Porque tú tienes razón: los libros son tan divertidos y enseñan tanto que sin ellos, ahora no sé como viviría.

 

               Y por esta circunstancia y el entusiasmo que día a día iba mostrando el joven por los libros, en una ocasión, el padre dijo a su amigo:

- ¿No podrías darle un trabajo a mi hijo en el taller dónde tú restauras libros?

- Hablaré con el jefe a ver qué dice.

Y el jefe, aquel mismo día, dijo:

- Que se venga mañana mismo y que empiece de aprendiz, luego, ya veremos.        

Y al día siguiente el joven ya estaba trabajando en el pequeño taller de la Alhambra donde se restauraban libros. Y, desde el primer momento, mostró tanto interés por su trabajo que no solo reparaba lo que el maestro le daba sino también, en los ratos libres, se ponía y leía todo lo que podía. Casi todo lo que caía en sus manos. Y como se entusiasmaba más y más cuanto más leía, comenzó a decirle al maestro:

- Los libros enseñan tanto que sin ellos ciertamente que sería pequeña la vida. Como un día me falten, me sentiré muy desgraciado.

 

               Una de las princesas que en aquellos días vivía en la Alhambra, era muy amante de la poesía. Cada día, ella escribía un pequeño poema, en hojas sueltas de papel crema. Y guardaba estos poemas con tanto esmero que un día fue al taller de los artesanos, saludó al maestro y al ver al joven, se fue directamente a él y le dijo:

- Me han dicho que a ti te gustan mucho los libros. ¿Es cierto?

- Sí que me gustan mucho.

- ¿Y la poesía?

- También leo, de vez en cuando y algunas veces, hasta escribo algunos versos.

- Pues mira, aquí traigo conmigo el mayor tesoro de mi vida.

Le mostró las hojas donde tenía escrito su colección de poemas y le dijo:

- Y los traigo para que me hagas un libro bonito, con una tapa en seda verde y el lomo en tela color oro. Porque también me han dicho que eres un gran artesano.

- Quizás no tanto pero hago lo que puedo, según me enseña mi maestro.

 

               Cogió el joven, de la mano de la princesa, las hojas que ésta le daba y en ese momento de nuevo ella dijo:

- Y de paso, como eres tan amante de la buena literatura, puedes leer los poemas que quieras porque me gustaría oír tu comentario.

Sintiéndose muy honrado, el joven aclaró:

- Gracias princesa. Es un honor para mí hacer un libro con tus poemas y más honrado aun me siento, permitiéndome que lea tus versos. Pondré, en una cosa y otra, mi mayor interés y respeto.

- Eso es algo bueno porque a mí también me interesa mucho la opinión de personas jóvenes y buenas como tú. ¿Cuánto tardarás en tenerme el libro terminado?

- Si el maestro me da permiso, ahora mismo me pongo con ello y, si no ocurre ningún imprevisto, en tres día todo estará terminado.

 

               Y el maestro, como trabajaba a las órdenes del rey, le dio permiso al joven para que dedicara todo el tiempo solo al libro de la princesa. Se puso éste con el trabajo, pegó las hojas, reforzó el lomo, preparó las tapas y la tela para la cubierta y el lomo, dejó que la cola se secara y al día siguiente, continuó con el trabajo. Entre paso y paso y mientras la cola iba endureciendo, leía algunos poemas y así, al tercer día, volvió la princesa. Le entregó el joven su pequeño libro de poemas, cuidadosamente encuadernado en tela de seda verde y oro y al verlo la joven, dijo:

- Ha quedado mucho más bonito de lo que yo había imaginado. Hoy tengo prisa porque me esperan mis padres pero no olvido que te di permiso para que leyeras mis poemas. Quiero que me digas qué te parecen pero en otro momento. También otro día te haré un bonito regalo por este tan especial trabajo que me has hecho.

La princesa le dio un beso al joven, agradeció una vez más lo que había hecho con sus poemas, salió del taller y se fue a las torres de los palacios.

 

               Pasaron los días y, aunque el joven no la olvidaba y en todo momento esperaba que volviera para comentar con ella lo que le habían parecido sus poemas, la princesa no volvió más por el taller de los artesanos. Sí un día, casi un año después, el capataz de los trabajadores de la Alhambra, dejo al padre del joven:

- El rey, ha comprado ovejas y tierras en las montañas al levante de estos palacios. Necesita un pastor y ha pensado que nadie podría serlo mejor que tú.

- ¿Qué significa eso?

- Significa que a partir de mañana, tu trabajo como jardinero en estos rincones de la Alhambra, se acaba. Prepara las cosas y con tu mujer y tu hijo, dentro de unos días, te marchas a las montañas que te he dicho. El rey necesita que le cuiden su rebaño y tú eres un hombre bueno y de su entera confianza.

- Pero ¿y mi hijo?

- ¿Qué le pasa?

- Está aprendiendo un oficio y es feliz entre tantos libros.

- Que se lleve uno y lo lea mientras va por el campo detrás de las ovejas.

 

               Y el hombre no discutió con el capataz porque sabía que en casos como éste, era mejor someterse y hacer caso a lo que el rey ordenara. Por eso aquella misma noche, dio la noticia a su mujer y al hijo, cuando volvió del trabajo en el taller. Le dijo:

- Tenemos irnos lejos de estos recintos de la Alhambra.

- Marcharnos ¿a dónde?

Le explicó el padre todo con detalle. Escuchó el joven atento y cuando concluyó diciendo:

- Y por los libros no te preocupes. Me han dicho que puedes llevarte uno para leer cuando vayas por los campos con las ovejas.

- Pero padre, la fuente de sabiduría que aquí entre tantos libros tengo, la perderé por completo. Creo que nunca podré acostumbrarme a ir por los campos con un solo libro para leer a lo largo de toda mi vida. ¿Tú sabes lo triste que va a ser para mí eso?

    


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