Ventanas a la eternidad

        Relatos cortos // 2010-16

El libro de los más bellos relatos de la Alhambra,

río Darro, Albaicín, Realejo y Granada - X

1- Las encinas del río Darro 

2- La cautiva del Albaicín 

3- La casa de las golondrinas 

4- El río oculto de la Alhambra 

5- Leyenda del río azul 

6- El tesoro del árbol 

7- El poeta del Generalife 

8- Un milagro por el puente del Aljibillo 

9- Sonidos de guitarra junto al río 

10- La nieta 

 

11- El sueño del joven 

12- Una noche a los pies de la Alhambra 

13- La cueva, la joven y la casa 

14- El rey, el bufon y el manantial 

15- La casa de la Higuera 

16- Descalza por las calles de Granada 

17- El hijo maldito 

18- El profeta de la Alhambra 

19- La joven enferma 

20- El arqueólogo 

LAS ENCINAS DEL RÍO DARRO

 

               Ella llegó y, en el banco de piedra, se sentó a su lado. Esperó unos segundos y luego le preguntó:

- Con solo verme y sentirme junto a ti ¿qué ocurre en tu corazón?

Y al instante él le dijo:

- Mi corazón se llena de paz y siento como si todo cuanto existe en este mundo, fuera irrelevante. Con solo verte y tenerte a mi lado, soy feliz plenamente.

 

               Pero, una fresca mañana de julio, el rey lo llamó y le dijo:

- Cuando todavía eras pequeño y vagabas por el mundo sin casa ni comida ni padres, te acogimos en estos palacios. Un día te pedí que a cambio de techo y alimentos, nos compensaras con tu trabajo. Desde entonces has ido cumpliendo mediocremente, mal cuidando las plantas de los jardines, cultivando pobremente las huertas y creando conflictos con tus compañeros. Con este historial ¿qué futuro sueñas y qué esperas de mí?

Y sin dudarlo dijo al rey:

- Sabe su majestad que hace tiempo, sembré tres encinas junto al río. Las cuido con esmero cada día para que crezcan sanas y fuertes.

- Nadie en estos palacios y menos yo, te hemos pedido que hagas esto. Es tu proyecto personal.

- Lo tengo claro y sé bien que es mi sueño particular. Pero pienso que un día estas tres encinas, serán grandes árboles que darán frutos y sombras y quizá ennoblezcan y sean el orgullo de su vida. Un símbolo único que proclamará la memoria de su majestad a lo largo de los siglos. Porque yo creo que la felicidad consiste en la realización de estos pequeños sueños. Con ello, con el cultivo y cuidado de estas encinas ¿qué mal hago a nadie?

- Escusas para no reconocer que dedicas parte de tu vida y tiempo a satisfacer tus propios caprichos. Ahora vete y ya te diré algo dentro de unos días.

 

               Y desde aquel momento, la cama que ocupaba en los recintos de la Alhambra, el aire que respiraba, los jardines que cuidaba y la princesa de sus sueños, comenzó a ser su sufrimiento. Se decía: “Me siento proscrito. Como si todo cuanto por aquí hiciera o pensara, estuviera al margen de lo aprobado”. Y su corazón se llenaba de tristeza. Siguió manteniendo vivo su interés por las tres encinas porque las sentía como la obra que daba sentido a su vida pero siempre con sentimientos de culpa y lleno de miedo por lo que el futuro algún día pudiera depararle.

 

               Un día, cuando el único consuelo y razón de su vida se sentó junto a él, le confesó:

- Si por algún motivo algún día desaparecieras de mi vida y me prohibieran cuidar de mis tres encinas, me moriré de pena.

- Lo vengo intuyendo desde hace algún tiempo pero nada puedo hacer para evitarlo.

Y aquel mismo día, el rey lo llamó de nuevo y le dijo:

- Ya lo he pensado. Ningún castigo voy a imponerte por tu escasa entrega al cuidado de las cosas que se te han encargado en estos palacios. Pero a cambio, tienes que elegir entre dos cosas que voy a proponerte.

- ¿Qué cosas son, majestad?

- Debes elegir entre irte al mundo de donde te recogimos cuando eras pequeño, donde te vas a encontrar sin techo, sin comida y sin familia o aceptar un trabajo en la ciudad de la lejanía. Allí necesitamos a una persona para limpiar los establos de las caballerías.

Y el hombre preguntó:

- ¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo?

- Solo tres días.

 

               Y aquella misma tarde, se le vio sentado triste y muy pensativo, en las murallas de la Alhambra. Miraba al río, pensaba en sus tres encinas, la pequeña obra que había realizado a lo largo de su vida y miraba a la ciudad. Pensando en ella, se decía: “Si elijo irme al mundo de fuera, ya no tengo fuerzas ni sé cómo adaptarme para lograr vivir. Y si elijo irme a la ciudad de la lejanía, allí me moriré de pena, realizando aquel trabajo y viviendo la pérdida de mis encinas y la que alimenta mi corazón cada tarde”. Tuvo un sueño aquella noche y se vio como en brazos de un ángel que, surcando el aire río arriba desde el corazón de Granada hacia las altas montañas, se lo llevaba en compañía de la que amaba su corazón.

 

               Pero al día siguiente cuando amaneció, muchos del barrio del Albaicín y de Granada, pudieron ver que las tres encinas del río, estaban tronchadas. Partidos sus troncos por la mitad y sus ramas esparcidas por el suelo. A él no lo vieron ni aquel día ni al siguiente ni nunca. Ella sí siguió apareciendo cada mañana y tarde, caminando por entre los jardines de la Alhambra y tampoco nadie supo si lo echaba de menos o lo lloraba. Sí algunas personas comentaron:

- ¡Es lástima que hayan roto estas tres encinas! Eran hermosas y tenían vida propia. Una lozanía como nunca tuvo por aquí ningún otro árbol. Si las hubieran dejado y él hubiera seguido cuidándolas, quizás con el tiempo habrían sido majestuosas. Tan importantes y más que los mismos muros de la Alhambra y los reyes que la habitan.

 

LA CAUTIVA DEL ALBAICÍN

 

Cuando alguien es arrancado a la fuerza de su mundo, de su gozo, de su sueño, en lo más profundo del Universo, siempre se rompe algo vital. Y aunque Dios nunca dejará sin recompensa el dolor de las personas, el mundo entero queda privado de un trozo de belleza única, de una bocanada menos de fresco aire y con una porción de alegría para siempre perdida.

 

               Todos los días, el padre y el hijo, iban desde el Albaicín a la Alhambra. Vivían ellos en la parte alta de la colina, se levantaban al amanecer, descendían por la ladera hacia el río, subían por el barranco hoy conocido como Cuesta del Rey Chico y se encajaban en lo más alto de la colina de la Alhambra. Aquí tenían ellos su trabajo. Lo habían aceptado para trabajar en la construcción de la gran muralla.

 

               Todos los días, un poco antes de salir el sol, llegaban ellos a lo más alto de la colina de la Alhambra. Junto con otros muchos hombres, se ponían mano a la obra y ya no paraban hasta que el sol se ocultaba al fondo de la Vega de Granada. De nuevo se ponían ellos en camino y, de vuelta a la colina del Albaicín, recorrían el mismo tramo que habían andado por la mañana. Todos los días, hiciera frío o calor, lloviera o nevara. Y siempre sucedía que al regresar y cruzar el río para subir a su casa, la noche se le echaba encima. Por eso, cuando ya remontaban por la ladera hacia la parte alta de la colina, muchas veces apenas veían dónde pisaban. Las sombras de la noche lo cubría todo y esto, en bastantes ocasiones, impresionaba mucho al hijo. Le decía al padre:

- Algún día de estos, nos va a ocurrir algo.

- ¿Por qué dices eso?

- Tú sabes que por aquí, siempre hay maleantes y gente que asaltan y matan a los que van por los caminos.

- Pero a nosotros ¿qué pueden robarnos? Solo tenemos esta vieja bolsa de cuero, con algún mendrugo de pan duro y la mísera ropa que llevamos puesta.

- Pues, a pesar de eso, algún día puede pasarnos algo.

 

               Todos los días, cuando ya era de noche, al cruzar el río y subir hacia su casa, sentían miedo. Y cuando más miedo experimentaban, era cuando pasaban cerca de un edificio viejo, en forma de torre, de paredes de piedra y tierra con una sola ventana con gruesas rejas de hierro. Por eso, al acercarse a este lugar cuando ya de noche regresaban a su casa, el hijo con frecuencia le decía al padre:

- Una noche de éstas, desde este edificio, van a salirnos al paso y nos matarán.

Y el padre le decía:

- Si nosotros nunca nos metemos con nadie y somos tan pobre que ni la ropa que llevamos puesta vale dos centavos.

- Pues ya verás como algún día salen a nuestro encuentro y nos atacan.

 

               Y un día, cuando ya las sombras de la noche cubrían por completo todo el valle del río Darro, la colina del Albaicín y de la Alhambra y Granada, sucedió algo extraño. Subían ellos desde el río hacia su casa y al pasar cerca de la vieja torre, oyeron lamentos. Detuvieron sus pasos, escucharon atentos y al rato, el joven comentó:

- Parece que vinieran de la ventana de rejas gruesas que hay en la torre y parece como si estuviera llorando o le pasara algo grave. ¿Nos acercamos a ver quién es y comprobar qué le pasa?

Y respondió el padre:

- Otro día, si acaso. Hoy ya es muy tarde y estamos muy cansados de tanto trabajo.

Siguieron subiendo y aquella noche, el joven apenas durmió pensando en los lamentos que había oído en la vieja torre. Quiso comentar su preocupación con los padres pero no lo hizo. Esperó impaciente a ver qué pasaba a la noche siguiente.

 

               Y a la noche siguiente, más oscura que nunca porque era invierno frío y algo lluvioso, cuando subían por la cuesta y rozaban las paredes de la vieja torre, caminaban con el corazón encogido y muertos de miedo. Ninguno de los dos hablaba pero sí iban atentos por si se oía algo. Nada oyeron, sin embargo, cuando ya se retiraban del edificio, sí el hijo le parecía percibir los mismos lamentos de la noche anterior. No comentó nada con el padre, siguieron caminando, llegaron a la casa y después de calentarse un poco en la lumbre y comer algo, el hijo dijo al padre:

- Voy a salir uno momento a casa de unos amigos y a lo mejor me quedo a dormir con ellos.

- Pero ya sabes que mañana, tenemos que madrugar como todos los días para ir al trabajo.

- Seré puntual, como siempre.

 

               Y el joven salió de su casa, bajó a toda prisa por la oscura calle y se fue derecho a la vieja torre. Se acercó sigiloso a la ventana y después de escuchar un buen rato, oyó los lamentos de la noche anterior. Se aproximó un poco más y percibió los lamentos con toda claridad y también pudo distinguir que la persona parecía ser una mujer. Lleno de miedo pero inquieto y con deseo de conocer y ayudar a la persona que se lamentaba, trepó un poco por un trozo de pared algo derruida y vieja y, ayudándose de las ramas de un árbol, logró acercarse mucho a la ventana. Esperó un rato y como seguía oyendo los lamentos, preguntó:

- ¿Quién eres y qué te pasa?

Al instante se hizo el silencio y pudo percibir el paso del viento por entre las ramas de árbol, el canto de un autillo y los maullidos de un gato. También y unos segundos después, a través de la ventana y dentro de la torre, oyó como pasos de alguien que se acercaba a la reja de hierro. De nuevo dijo:

- Quiero ayudarte porque he oído tus lamentos. No tengas miedo y dime quién eres y qué te pasa.

 

               La figura de una persona, con la cara tapada, apareció pegada a la recia reja de hierro. Y una voz quebrada y con sonido agudo y suave, dijo:

- Yo soy la cautiva de las montañas y ni tú ni nadie podrá ayudarme.

- ¿Cautiva de quién y por qué?

Y unas blancas manos se aproximaron a los hierros de la reja y la cara tapada, se acercó un poco más al tiempo que se oía:

- Aunque no me sirva de nada ni crea que tú puedas ayudarme, voy a contártelo.

- Puedo ayudarte aunque tampoco sepa ahora mismo de qué modo lo haré, cuéntame, que te escucho.

 

               Y la voz con timbre femenino, algo quebrada, dijo:

- Yo he acido en las montañas que hay entre Granada y Sierra Nevada. Libre en estos montes me he criado y libre he respirado el aire fresco y me he bañado en los ríos de aguas claras. Sintiéndome la más afortunada del mundo y dando gracias al cielo por la dicha tan grande que cada día me regalaba. Y en esta felicidad, hondo gozo y libertad estaba viviendo hasta que hace unos días, por los lugares donde vivía, apareció un extraño hombre montado en un caballo negro. Al verme jugando en las aguas del río, se acercó y sin pronunciar palabras, me cogió, tiró de mí, me subió a su caballo, galopó veloz y unas horas después me encerró en esta torre. Me dijo:

- Si quieres ser libre tendrás que casarte conmigo.

Le respondí:

- Si no te conozco de nada y mi mundo, gozo y libertad, siempre ha estado en las montañas donde me has encontrado.

- Eso a mí no me importa. Tu belleza me ha cautivado y por eso quiero convertirte en mi esposa. Y si no aceptas, aquí en esta torre vivirás el resto de tus días prisionera.

 

               Al pronunciar estas palabras, la joven se echó a llorar, apretando su cara y manos contra la reja de la ventana. Le dijo el joven:

- Quiero rescatarte ahora mismo pero estas rejas y paredes me lo impiden. Sed fuerte y ya verás como mañana por la noche vuelvo con algún plan ideado para salvarte. Ahora tengo que irme no sea que alguien me vea y te castigue a ti y a mí me quite la vida.

Suspiró lastimosamente la joven al tiempo que él se retiró de la ventana, bajó del árbol, caminó por la calle y llegó a su casa. No dijo nada a los padres pero nada pudo dormir en lo que quedaba de noche. Al rallar el día, como otras veces, con su padre bajó hasta el río para ir al trabajo de la muralla de la Alhambra y al pasar cerca de la vieja torre, miró a la ventana. El corazón le dio un vuelco y quiso llamarla.

 

               No lo hizo ni tampoco la vio ni la oyó. No percibió señal alguna de ella por la noche al regresar del trabajo y sí vio el árbol tronchado y la pared de la ventana, destruida. Dentro, la torre y todo su alrededor, estaba en silencio y esto le alertó. Ya muy de noche, salió de su casa, se acercó a la ventana de la torre y la llamó. Ni se oían sus lamentos ni nadie contestó a su llamada. Triste se dijo: “Su vida ha sido rota de la manera más cruel y despreciable. ¿Qué derecho tiene nadie a destruir la vida de otras personas? Era libre en sus montañas y plenamente feliz, sin hacer daño a nadie y dando gracias al cielo por el regalo que cada día el cielo le entregaba. Y ahora, qué lástima de persona y de sueño mal logrado, en beneficio de nada ni de nadie”. Lloró el joven aquella noche y se lamentó a lo largo de muchos días. Y cada vez que pasaba cerca de la vieja torre, de nuevo se decía: “Un día, no sé ahora cuando ni de qué manera, tengo que hacer algo grande para que en el futuro se conozca la historia de esta joven y que su memoria nunca se pierda”.

 

Hoy, en el lugar donde en aquellos días se alzaba la torre de “la cautiva de las montañas”, junto a las aguas del río Darro y frente a la Alhambra, se puede ver un grandioso palacio de estilo más moderno. Construido de piedra y con torres muy bonitas, que los turistas visitan con mucha frecuencia. Pero nadie, absolutamente nadie, ni sabe ni recuerda nada de aquella joven prisionera ni tampoco del muchacho que quiso rescatarla.

 

LA CASA DE LAS GOLONDRINAS

 

            En algún lugar del alma, los sueños duermen. Como agazapados y mudos, esperando no se sabe qué momento para abrir sus alas y convertirse en vida. Y cuando esto sucede, cuando los sueños que duermen en algún lugar del alma se hacen vida en el presente, el corazón casi siempre se transforma. Porque a veces, algunos de estos sueños, son tan hermosos y llenan tan plenamente, que no hay ninguna otra realidad en el mundo que lo supere. Y es que los sueños son ráfagas mágicas que dejan entrevés la eternidad, donde todo se guarda y queda, esperando el fin de los tiempos, permanece.

 

            Tal es el caso de la anaranjada casa, justo en una plaza pequeña del Albaicín. Miraba a la Alhambra, siempre estaba con su puerta abierta, tenía dos ventanas y un pequeño patio con muchas flores y fuentes con agua. Eran importantes y buenas las personas que en la casa vivían y eran bellas las flores y los árboles que en el patio crecían. Pero lo más importante de la casa, además de sus curiosas paredes color naranja, sus ventanas y su puerta, eran las golondrinas. Cada año venían al llegar la primavera, hacían sus nidos al fondo del patio, entre las piedras color naranja de las paredes, ponían sus huevos, criaban sus polluelos y al terminar la primavera, las nuevas avecillas levantaban vuelo. Un acontecimiento nada importante pero que el joven seguía con mucho interés. Tanto que un año, cuando las golondrinas llegaron, no pudo resistir hablar y contar el acontecimiento a la muchacha que una de aquellas primaveras vino de lejos a vivir a la casa. En cuanto vio las golondrinas, dijo a la joven:

- Quiero que las veas y quiero que sigas conmigo cada momento de estos pajarillos.

- ¿Y qué hay en ello tan valioso para mostrar tanto interés en algo que me parece insignificante?

- Hay algo tan hermoso que yo no sé decirte con palabras pero que transmite emociones muy placenteras. Un día, antes de que te vayas, te contaré un secreto que tienen que ver con estas aves.

- Pues ya veremos si tengo tiempo y ganas para dedicar un rato a lo que me pides.

Dijo al final la joven.

 

            Y aunque tuvo no un rato sino muchos ratos y tardes libres, ni un solo día buscó al joven para compartir con él la presencia y actividad de las avecillas. En la misma puerta del patio la esperaba una tarde y otra, mientras se distraía con el vuelo de las golondrinas a la vez que la soñaba. Algo que ella no sabía y él guardaba dentro de su corazón. Hasta que una tarde, la joven tal como vino, se marchó de Granada. La echó de menos aquel día y en los que siguieron y tanto que, cada año al llegar la primavera y ver de nuevo las golondrinas revoloteando por el patio, el corazón se le entristecía mientras la soñaba. En silencio se lamentaba lo poco que había podido compartir con ella a pesar de lo mucho que él lo había deseado.

 

            Hoy, donde se alzaba la casa color caramelo por el color de las paredes de piedra, existe una pequeña plaza. Empedrada y desde donde se ve, en la colina de enfrente, la Alhambra. También al fondo Sierra Nevada y la ancha vega por donde se aleja el río Genil. Y a veces, no siempre, cuando se pasa por aquí y se mira despacio, se siente y hasta se ve, aquel pequeño patio lleno de flores y las golondrinas revoloteando cerca de sus nidos porque siguen volviendo cada año al llegar la primavera. También se intuye la presencia del joven y la ausencia de la muchacha que se ha perdido en el tiempo sin ni siquiera haber dejado la más pequeña huella de sí. Tampoco nadie por el barrio del Albaicín y de Granada, sabe quien era ni cómo se llamaba. Sin embargo, en forma de sueño, en algún lugar del alma y de Universo, un mundo maravillo y eterno por aquí invisible parece agazapado esperando el momento.

 

El río oculto de la alhambra

 

                                                            Dichosa la persona que por las noches sueña

con ríos de aguas claras

y bienaventurada el alma que mientras duerme juega

y vuela libre al cielo y a la luz del alba.

 

               Esto pensó él aquella tarde de verano, sentado en el Puente del Aljibillo. El pequeño puente antiguo y de piedra que en el río Darro, al final del Paseo de los tristes, da pasa a la Alhambra y a la Fuente del Avellano. Se habían venido como cada tarde desde hacía mucho tiempo, a este bellísimo rincón para meditar un poco, soñar sus cosas a su manera, dejarse acariciar por el vientecillo que por aquí siempre pasea y, desde la sombra del almez, contemplar la Alhambra en todo lo alto. Y caía la tarde, calurosa aunque con un bellísimo azul en el cielo, mientras los turistas pasaban. De vez en cuando alzaba su cabeza, los miraba y, mientras seguía meditando sus cosas, iba analizando los idiomas que los turistas hablaban: inglés, chino, ruso, español, alemán, francés, árabe…

 

               Y en esto estaba, contando idiomas y dejando que su alma bebiera del momento, cuando notó que alguien se le acercaba. Habían subido por la Carrera del Darro y al final del Paseo de los Tristes, torcieron para el puente. Eran tres, marido y mujer y la hija, de unos doce años de edad, que fue la primera en acercarse. Lo saludó y sin más, le preguntó:

 

- ¿Sabes tú dónde se encuentra el río oculto de la Alhambra?

La miró despacio, miró a los padres y pasados unos segundos, dijo:

- No conozco ni nunca oí hablar de este río. Tampoco lo he leído en ningún libro ni guía para los turistas.

Dio unos pasos la madre, se puso a su derecha, dejando la figura de la Alhambra a sus espaldas y mirándolo de frente aclaró:

- Es que mi niña dice que el río por el que te ha preguntado, existe de verdad y cree que debe estar por aquí cerca.

 

               Miró a la pequeña y le preguntó:

- ¿Por qué estás segura de que este río existe?

- Lo soñé una noche hace mucho tiempo y una vecina mía mayor me dijo que si lo seguía soñando, debía buscarlo porque existe de verdad. “Cuando las cosas se sueñan muchas veces y luego cinco noches seguidas, lo que se ve en el sueño, existe”. Me ha dicho siempre ella.

Desde donde estaba sentado, miró al frente. Para la colina donde se encuentra el Generalife, coronado por el Cerro del Sol. Y un pensamiento brillante y limpio pasó por su mente. Le preguntó de nuevo a la pequeña:

- ¿Y de qué modo ves en tu sueño el río que me dices?

- Siempre lo veo cristalino, saltando muy alegre por entre piedras, remansándose en charcos azules y verdes y por la orilla de esos charcos, siempre ando yo jugando y buscando algo que me gusta mucho pero que no sé qué es.

 

               Cerró él los ojos, intentó imaginarse el río que la niña le describía y también se esforzó para verla en sus juegos por las orillas de este cauce. Y pensaba que era un lugar realmente mágico cuando la pequeña dijo de nuevo:

- Y la última vez que lo he soñado fue anoche. Las aguas del río estaban más claras que nunca y yo me vi como en brazos de alguien invisible. Me paseaba por las orillas por encima de la corriente y todo era tan hermoso y placentero que luego lloré cuando desperté del sueño. Me entristecía haberme venido de ese lugar.

- ¿Y por qué crees que ese río que ves en tus sueños debe estar por aquí?

- Porque siempre veo a la Alhambra sobre la colina, hermosa y como perdida entre nubes. ¿De verdad tú no sabes nada de este río de mis sueños?

- Sé que por las entrañas de la colina que la sostiene la Alhambra, hay mucha agua. Ríos enteros y lagos anchos pero los dos únicos ríos que todos conocemos cerca de esta castillo mágico, son el Genil y éste donde ahora estamos que se le conoce con el nombre de Darro.

- Ninguno de estos dos ríos es el que veo en mis sueños. Por eso te pregunto otra vez: ¿No puede estar en ese lugar, en las entrañas de la colina que sostiene a la Alhambra, el río que busco?

- Podría ser pero te repito que yo no lo he visto nunca.

 

               Y la pequeña se acercó a la madre, la cogió de la mano, arrugó su entrecejo y algo triste, refugió su cabeza cerca del corazón de la madre. Al ver la escena, él habló diciendo:

- Lo que yo sí puedo decirte es que la persona que sueños con ríos de aguas claras y vuela sobre charcos y cascadas azules verdes, es porque en su corazón y alma, hay mucha paz, luz y belleza.

La madre la abrazó, le dio un beso y le dijo:

- Sí, hija mía: de verdad y justo en el corazón de la montaña que sostiene a la Alhambra, hay un gran río de aguas muy limpias y perfumadas. Aunque nunca lo haya visto nadie ni sepan dónde está. Lo seguiremos buscando.

 

LEYENDA DEL RÍO AZUL

 

                                                                          Paisajes nevados en invierno,

hierba tierna en primavera,

aire puro y fresco…

así decían que era

aquel paraíso de ensueño.

 

               Y yo supe de la existencia de este lugar en la tierra, entre Sierra Nevad y la Alhambra, por un viejo documento. Me lo encontré un día que investigaba cosas de la Alhambra, en un pequeño archivo. Y, nada más descifrar las primeras líneas, me quedé impresionado. Pedí permiso, saqué de su lugar el escrito y muy despacio y estudiando todos los detalles, lo leí una calurosa tarde de verano. Sentando en el muro del Puente del Aljibillo y mientras el rumor del agua del río Darro, me acompañaba de fondo. Pongo aquí a continuación la parta más importante del documento que digo:

 

               “El espléndido y bellísimo río azul, corre al levante de Granada, a solo unos kilómetros de la Alhambra y todavía antes de las altas cumbres de Sierra Nevada. Y el pequeño edificio, construido de piedra, cal y madera, se alzaba en una elevación del terreno, recortado al poniente por el cauce del río grande y al levante, también recortado por el cauce pero en este sitio, por el que es conocido con el nombre de río chico. El río grande baja sereno y majestuoso y sus aguas siempre son azules esmeralda. El río chico, viene del lado del levante, también muy sereno pero este curso, tienen las aguas color de diamantes líquidos. En la casa vivía el pastor con su mujer y su hija y todo parecía transcurrir como si el tiempo no pasara por el rincón. Sin embargo, sí eran especialmente hermosos y mágicos, los momentos y escenas que en la soledad de estos paisajes y junto a los ríos, cada día protagonizaba la joven.

 

               A muchas horas del día, por las mañanas y por las tardes, en cualquier época del año, se le veía sola recorriendo los paisajes. Por las orillas del río diamantino y paseando por las riveras del río grande esmeralda. Por el lado de las piedras ella había trazado una estrecha senda que iba hasta la curva de las rocas. En algunas de estas rocas alargadas, redondas o puntiagudas, se sentaba frente al río, justo por donde las aguas discurren más serenas y, por estar rodeada de espesa vegetación, se ven azules esmeralda. Y en este lugar se quedaba horas y horas observando pasar la corriente y soñando nadie ha sabido nunca qué. Pero observado el cuadro desde el aire, con el cauce del río, la curva y las rocas, el bosque, el caminillo y ella sobre las rocas sentada, era lo más bello que nunca se ha podido ver en la tierra.

 

               Un invierno nevó mucho. Todos los paisajes se cubrieron con un espeso manto blanco y la joven los recorrió con en un deseo de hacerse nieve para formar parte de aquellos paisajes. Al llegar la primavera, el sol calentó mucho y las tierras se cubrieron de tupidas alfombras de hierba. En las ramas de los árboles, los pájaros hicieron sus nidos y en el acerolo de la colina frente al cortijo, colgaron su nido una pareja de jilgueros. La joven lo descubrió desde el primer momento y por eso, con mucho interés y respeto, cada día lo visitaba. Hablaba con los pajarillos y vio como pusieron sus huevecillos, los encubaron y nacieron los jilguerillos. Luego un día que ya tenían plumas, ella vio que al nido se acercaron varios jóvenes y uno muy alto vestido de blanco, se aproximó al árbol y cortó la rama donde estaba en nido y se la mostraba en sus manos a los amigos. Vio que los jilguerillos, asustados llamaron a los padres y al acercase estos para salvarlos, el joven también los apresó.

 

               Metió a todas las avecillas en una jaula y si decir nada, todos montaron en sus caballos y se alejaron dirección a la Alhambra. Sobre el puntal se quedó la joven sentada mirando al árbol ahora sin nido, mirando al joven vestido de blanco subido en su caballo y mirando a las aguas esmeraldas del río grande. Meditando y triste allí estuvo todo el día y en algún momento se dijo: “Debe ser un príncipe de la Alhambra, el joven vestido de blanco que se ha llevado mis avecillas. ¿Para qué las querrá si estos pajarillos son de estas montañas?” Y luego sintió que su corazón no solo echaba de menos a los pajarillos sino también al joven vestido de blanco, aunque no lo conocía de nada porque era la primera vez que lo veía. Su hermosura le había cautivado y lo mismo su vestido blanco y su corpulento caballo. Pensó que si en algún momento volvía por el rincón, ella podría hablarle y hasta regalarle el río de las aguas esmeraldas y esto le llenó aun más el corazón de ilusión.

 

               Al día siguiente no se le vio pasear por aquellos lugares. Ni por la orillas del río ni por las praderas de la hierba. Ni tampoco se le vio en los días que siguieron ni a lo largo de aquella primavera, verano y otoño. Nunca más se le ha visto ni tampoco nadie sabe decir qué fue de ella. Sí algunos rumoreaban que aquella joven, un día se metió en las aguas del río y se fundió con las olas.

- Para irse río abajo hasta la Alhambra y Granada y transformarse luego allí en flores en los jardines de los palacios del príncipe de sus sueños y que le había robado los pajarillos”.

 

               Con estas palabras termina el texto del documento. Y al concluir su lectura, sentado en el Puente del Aljibillo y con el rumor de las aguas del río de fondo, también yo me quedé meditando. No conozco el lugar por donde corren los ríos diamantinos y esmeralda ni tampoco nadie me habló nunca de este sitio. Por eso creo que todo esto puede ser un sueño aunque también pienso que el sitio puede existir de verdad. De aquí que me entren ganas de ponerme a buscarlo un día de estos. Ya que en Granada y en la Alhambra, la fantasía, el mundo de los sueños y de lo mágico, se funden y no tienen fronteras con el mundo real.

 

EL TESORO DEL ÁRBOL

 

               Un hombre rico, con muy pocos amigos en el Albaicín y con su trabajo al servicio del rey en los palacios de la Alhambra, compró tierras en las orillas del río Darro. Cerca de la Fuente del Avellano donde ya terminan las casas de Albaicín y desde donde se ve muy bien toda la colina de la Alhambra, sus murallas y torres. Y como sus planes eran sembrar estas tierras para recoger buenas cosechas, enseguida buscó hombres para preparar el terreno. Juntó una cuadrilla de doce, los llevó a las tierras que había comprado, se puso frente a ellos y les dijo:

- Ninguno de vosotros debe preguntarme por origen de mi riqueza. Soy rico y con mi dinero puedo hacer lo que quiera sin dar cuanta a nadie y menos a vosotros, aunque seáis vecinos míos en este barrio. Os he buscado para que me hagáis un trabajo y vuestro horario es de sol a sol, os pagaré un sueldo decente pero a cambio quiero un excelente trabajo.

Uno de los hombres preguntó:

- ¿Qué trabajo es el que tenemos que hacer?

- Poneros ahora mismo y piedra a piedra recoger todas las que hay en esta huerta y luego las sacáis del terreno. Amontonarlas cerca del río y al borde de la ladera de la derecha. Más tarde nos servirán para levantar una pared, ya veremos cómo de gruesa y alta. Así que no perdamos tiempos ni me hagáis más preguntas.

 

               Era verano, salía el sol, los hombres se pusieron con el trabajo y durante toda la mañana, buscaron y recogieron piedras sin parar. Cantos rodados del río, trozos de rocas desprendidos en las laderas del Generalife, algunos trozos de tejas y ladrillos y también ramas secas y palos. Pararon a comer un poco al medio día y se fueron a la orilla del río, a la sombra de un gran fresno. Y estando aquí sentados, uno de los trabajadores preguntó a los compañeros:

- ¿Vosotros lo habéis pensado alguna vez?

- ¿A qué te refieres?

- Todos conocemos al hombre que hoy nos ha contratado para quitar las piedras de estas tierras. Y todos sabemos que este hombre, tiempo atrás no era tan rico. ¿De dónde habrás sacado la afortuna que tiene ahora?

- Se habrá encontrado algún tesoro

Comentó otro de los hombres. Y en ese momento, vieron a una persona que subía por la senda del río, con una bolsa de cuero a sus espaldas y al llegar a la parte alta de las tierras, dejó el camino, se fue derecho a un gran árbol que allí crecía, se paró bajo sus ramas y luego trepó por el tronco.

 

               Los hombres que descansaban a la sombra junto al río, guardaron silencio, no se movieron, observaron atentos y cuando vieron que el hombre misterioso, se bajaba el árbol y se iba, entre sí comentaron:

- Algo ha escondido en ese árbol. Y además, a mí me ha parecido que este hombre es el mismo que nos ha contratado.

- Eso iba a decir yo. ¿Nos acercamos y vemos qué es lo que ha escondido?

- Sí pero dentro de un rato, que dé tiempo a que se aleje de aquí no nos vaya a ver.

- De acuerdo.

Y siguieron a la sombra cerca del río hasta media hora después. Luego, todos se levantaron, caminaron hacia el árbol y el más decidido de ellos, trepó tronco arriba. Enseguida llegó a la cruz del árbol y al instante descubrió que en la rama más gruesa había un gran agujero. Se lo dijo a los compañeros y estos le contestaron:

- Mete la mano en ese agujero a ver lo que hay dentro.

Le hizo caso, metió la mano, palpó objetos duros, cogió algo y sacó la mano. Al mirar y con la luz del sol, todos vieron que lo que había casado eran monedas de oro que relucían mucho. Dijeron:

- Aquí es donde esconde su tesoro el hombre que nos ha contratado hoy.

- Eso está claro porque lo estamos viendo pero ¿qué hacemos ahora?

 

               Todos se quedaron mirando al árbol y pensando. Hicieron muchos comentarios y planes y al final, el que había subido al árbol y ahora sacaba más monedas del agujero, dijo:

- También todos sabemos que desde hace tiempo en el barrio se rumorea que en la Alhambra hay ladrones. Y muchos dicen que al rey y a las princesas, les han robado dinero y joyas.

- Eso es cierto pero ¿qué hacemos nosotros con este tesoro?

- Si nos lo quedamos y se descubre que somos ricos, en la Alhambra van a sospechar de nosotros. Y si lo dejamos aquí y este tesoro es fruto de un robo, las cosas no se descubrirán y el ladrón seguirá robando.

 

               Después de pensarlo un buen rato, cogieron el tesoro, cargaron con él, subieron a la Alhambra y le dijeron al rey lo que había sucedido. En cuanto el rey vio las joyas y monedas de oro, relacionó todo con parte de lo que en los palacios habían robado. Dijo a los hombres:

- Ahora mismo mando coger preso al ladrón, le doy su merecido y las tierras que estáis limpiado de piedras y broza junto al río, se las quito y os las doy a vosotros como agradecimiento a vuestra buena acción.

EL POETA DEL GENERALIFE

 

“Si uno no encuentra la manera y tiene la posibilidad de expresar su interior, la propia vida queda empobrecida. Porque lo material, la rutina de cada día en el trabajo, las preocupaciones y las luchas, no realizan por completo si el alma y el corazón no puede vivir su yo más personal”.

 

 

               Así pensaba el hombre y, de la mejor manera que sabía, vivía de acuerdo a estas realidades. Procurando en todo momento realizar lo mejor posible el trabajo que tenía entre manos. Pero, al mismo tiempo, procurando expresar sus sentimientos, sueños y fantasías, casi siempre a escondidas. Lo habían contratado para un trabajo en las tierras de las huertas del Generalife. Y en ese mismo instante, el jefe principal, le dijo:

- Tienes que labrar las tierras, sembrar las plantas, regalarlas y quitar las malas hierbas, podar los árboles, recoger las cosechas de hortalizas y frutas, prepararlas y llevarlas puntual a los palacios de la Alhambra. En esto consiste tu trabajo y debes hacerlo con diligencia y poniendo en ello tu yo entero.

Y el hombre respondió:

- Seré fiel y llevaré a acabo con sincera entrega y dignidad, el deber que se me está encomendando.

 

            Y desde ese mismo momento, se dedicó y empleó todo el tiempo e realizar este trabajo. Con gusto, además, porque era un gran enamorado de las plantas, de las flores en las ramas de los árboles, de las avecillas por entre los jardines construyendo sus nidos y de las cascadas de aguas claras que relucían en las acequias al darle el sol de las mañanas. Por eso, de vez en cuando y después de realizar a la perfección su trabajo, se paraba a respirar el aire que subía del río Darro, mientras contemplaba el agua llevándose las hojas y tallos de hierba a la vez que empapaba y refrescaba la tierra. Le decía a sus compañeros:

- Contemplar estas cosas en silencio y meditarlas, llenan más y alimentan mejor que las frutas y aquello que se compra con dinero.

- ¡Tonterías tuyas! Debes dejarte de romanticismos y dedicarte plenamente al trabajo que te han encomendado.

- Cumplo continuamente con mis obligaciones y en los momentos de respiro o minutos de descanso, tengo derecho a sentir y expresar lo que me guste.

- Pues un día, este romanticismo tuyo te traerá problemas.

 

            Y el hombre sentía miedo al tiempo que para sí se decía: “Si Dios me ha hecho de esta manera ¿por qué no voy yo a gozar los dones que me ha regalado?” Pero un compañero de la huerta de arriba, lo tenía vigilado. Desde el primer día que el hombre llegó a las huertas, lo controlaba y en cuanto veía en él algo que no cuadraba con lo que siempre había hecho y pensado, iba al jefe y le decía:

- El otro día, se llevó el agua de la acequia por donde nunca antes ha ido y la otra tarde, miraba la puesta de sol mientras en la tierra escribía versos. Debe usted hacer algo y darle un escarmiento. En este trabajo no hacen falta ni románticos ni poetas.

Y el jefa callaba pero a escondidas observaba. No descubría en él ningún comportamiento que le quitara tiempo y esfuerzo en el trabajo que se le había encomendado. Al contrario, cada día iba notando que las cosas que hacía las realizaba perfectamente y con matices y detalles exquisitos.

 

            Unos años atrás, descargó una gran tormenta por estas tierras de las huertas. Un rayo cayó en la higuera más grande y la rompió por completo. Solo quedó como un metro de su tronco que nadie cortó por si de nuevo brotaba y echaba ramas. No brotó en aquel año ni al siguiente ni a los que siguieron. Pero una tarde, el compañero malo, cortó unos tallos de otra higuera y, sin que lo vieran, fue y los puso junto al tronco seco de la higuera rota por el rayo. Esperó escondido y al poco vio que el hombre que escribía versos en la tierra, se acercó al tronco seco y con un hacha, dio unos golpes a la madera seca y casi podrida. Desde la parte alta, el compañero malo dio voces y dijo:

- ¿Qué, cortando los nuevos tallos que este año ha dado la vieja higuera?

 

            Sorprendido miró el hombre de los versos al compañero malo y muy enfadado le dijo:

- Deja de perseguirme porque un día tendrás problemas.

- ¿Qué problemas voy a tener?

- Yo nunca voy al jefe a contarle cosas tuyas ni de nadie y tú, desde que vine por aquí, no dejas de hablar mal de mí.

- Es que eres un romántico sentimental y eso no me gusta a mí. Aquí todos hemos venido a labrar y regar las tierras y no a escribir versos en el suelo o contemplar puestas de sol. En cuanto venga el jefe le diré que acabas de cortar los tallos nuevos que le habían brotado al tronco seco de la higuera del rayo.

Y el hombre se llenó de amargura y tuvo miedo.

 

            Tres días más tarde, el jefe lo llamó y le dijo:

- Quedas despedido.

- ¿Qué mal he hecho?

- El tronco de la higuera del rayo, estaba echando brotes nuevos y tú se los has cortado. Debería meterte en la cárcel por eso pero solo te despido de tu trabajo y te pido que no vuelvas nunca más por aquí. Desde ahora mismo te prohíbo pisar estas tierras, jardines y recintos de las murallas y palacios.

Y el hombre de los versos, no quiso ni suplicar ni dialogar y exponer para aclarar las cosas. Sí a punto estuvo de gritar o llorar por la rabia contenida pero agachó su cabeza, dejó las herramientas de labranza junto a unas piedras y comenzó a irse por una vereda en la ladera hacia el río Darro. Al verlo el que hasta ese momento había sido su compañero y enemigo, le dijo:

- Desde ahora tienes todo el tiempo del mundo para escribir tus versos, contemplar las estrellas y expresar tus sueños. Hoy, yo no soy el tiene un gran problema.

Tampoco dijo nada a este hombre y sí continuó bajando por la senda dirección al barrio del Albaicín. Se ponía el sol y sus dorados rayos, incidían en las torres y murallas de la Alhambra. También por lo hondo, saltaban las aguas del río Darro y el Albaicín al frente y sobre la colina, parecía mirarlo mudo.

 

            Nunca más se le vio por las huertas del Generalife ni tampoco nadie lo vio escribiendo versos en el suelo o contemplando las puestas del sol al fondo de la Vega de Granada. Sí el compañero malo, cuando hablaba con los otros hortelanos, seguía diciendo:

- Escribir versos en el suelo y contemplar las puestas de sol en Granada… ¡Como si eso sirviera para algo!

Un milagro por donde el Puente del Aljibillo

 

               Ahora ya no porque hicieron muchas obras y todo lo que por ahí había, lo rompieron y tiraron. Pero no muchos años atrás, todavía se veía por el lugar, restos de paredes, tejoletas, ladrillos y otras piezas antiguas. Los últimos restos de varias casas y algún pequeño palacio que por el rincón se alzaba. A la derecha, según se cruza el Puente del Aljibillo hacia la Cuesta del Rey Chico y antes de que el río se estreche entre la Carrera del Darro y la umbría de la colina de la Alhambra.

 

               Una de estas casas, quizás la más grande y de construcción señorial, tenía una pequeña muralla, un patio amplio, tejado con tejas de barro cocido, viviendas para varias personas, alberca y pilar con agua para que bebieran las bestias y cogieran agua las personas y hasta un pequeño cobertizo. El amplio patio estaba empedrado y a la entrada y a lo largo de las puertas de las viviendas, crecían varios árboles. Limoneros, naranjos, un fresno, un gran almez y también algunos rosales.

 

               Al caer las tardes, cada día y sobre todos en las calurosas tardes de verano, en este patio y por entre el jardín, los árboles y las fuentes con agua, jugaban los niños. Corriendo detrás unos de los otros, al escondite y siempre gritando, riendo o llamándose entre sí. La mujer, ni joven ni mayor, siempre que los niños jugaban en el patio o se iban a las aguas del río, los miraba con gran interés y en todo momento sentía pena, a veces alegría y en otras ocasiones, tristeza. Se decía: “Dios no quiso darme un hijo para bendecir mi vida y esto hace que mi corazón esté triste. ¡Qué mala suerte he tenido en esta vida!” Y a escondidas, cuando por el patio de la casa resonaba la algarabía de los niños, lloraba.

 

               Vivía ella sola, en una de las pequeñas estancias de la bonita casa y tenía, para alimentarse e ir tirando, algunas cabras, gallinas y un trocito de tierra que cultivaba por las orillas del río Darro, subiendo hacia la Fuente del Avellano. Y por eso, cada mañana, cuidaba de sus animales y al verla los niños le preguntaban:

- ¿Te ayudamos?

- Solo un poco porque así me dais compañía y me alegráis la mañana.

Y los niños le echaban de comer a las cabras y gallinas y luego ordeñaban y recogían los huevos. Ella era feliz y su corazón se llenaba de tanto gozo que hasta soñaba. Y cuando los niños le preguntaban:

- Y tú ¿por qué no tienes hijos?

Siempre, siempre les respondía:

- Porque el cielo no ha querido dármelos.

- ¿Y no te gustaría tener un niño como nosotros?

- Es lo que más me gustaría en este mundo.

 

               Y también en estos momentos agachaba su cabeza y, sin que nadie la viera, lloraba. Sin embargo, cuando por la noche ya estaba en la cama y todo el patio, barrio del Albaicín y Alhambra en todo lo alto desaparecían en el más hondo silencio, en sus oídos siempre resonaba el rumor de la corriente del río. Las aguas que se deslizaban a los pies de la Alhambra y casi rozando las paredes de la casa y esto sí que le hacía muy feliz a ella. Mientras cogía el sueño y luego cuando a medianoche se despertaba, siempre se decía: “Y a pesar de todo, Dios me tiene bendecida. Me permite vivir junto a este río de aguas claras y me premia con el gozo de la música de la corriente en estas noches de luna llena y profundo silencio. Soy, a pesar de todo, una privilegiada”. Con este pensamiento y sensación, se quedaba dormida y esto hacía que durmiera muy relajada. Tanto que cuando de madrugada se despertaba, también siempre se decía: “Yo creo que no hay en el mundo gozo y placer más profundo que la paz tan auténtica y dulce que cada noche el cielo me regala”. Y quería compartir con los vecinos estos sueños suyos pero nunca lo hacía. De nuevo echaba de menos la presencia de un hijo en su vida y de nuevo se sentía sola.

 

               Hasta que una noche, mientras dormía, tuvo un sueño. Se vio a sí misma, a la casa, al río y a la Alhambra sobre la colina, en el patio jugando con un hermoso niño. De unos cinco años de edad, bello como las rosas de las plantas del patio, tierno y con la piel muy suave y brillante. El corazón le dio un vuelco y como era la hora de ordeñar las cabras, salió de su vivienda, se fue al cobertizo y al pasar por donde el niño jugaba, éste la miró y le preguntó:

- ¿Quieres que te ayude y luego juego contigo?

- Sí, por favor. Yo luego te prepararé el desayuno y te llevaré conmigo cogido de la mano a las aguas del río. Seguro que te gusta mucho jugar en la arena y hacer castillo se dorados.

 

               El niño cogió la vasija y mientras la mujer oprimía las ubres de las cabras para que la leche saliera, la sujetaba. Miraba a la mujer, ponía su cara cerca de la de ella y por momentos casi la besaba. Y ella, al sentir el cálido aliento derramándose por su cara y acariciando su rostro, notaba como si se muriera de mi gozo. Cuando terminaron de ordeñar las cabras, regresaron a la vivienda pero cuando iban por la mitad del partido, el niño dijo a la mujer:

- Yo me quedo aquí jugando mientras tú preparas el desayuno.

-Bueno, pero ten cuidado no te pase algo. Vengo enseguida a jugar contigo.

Y rápido la mujer preparó un buen tazón de leche fresca, con un trozo de pan y frutas secos y enseguida salió al patio para llamar al pequeño y que comiera. Pero al mirar, descubrió que no estaba, lo llamó y éste no respondió.

              

             Sobresaltada se despertó en su cama y enseguida salió al patio para ver si lo encontraba. Solo algunos vecinos iban y venían dando agua a sus bestias en el pilar de las aguas claras. Al frente, sobre las blancas casas del Albaicín, el sol se derramaba y lo mismo sobre las torres de la Alhambra, en lo más alto de la gran colina. Uno de los vecinos la saludó y le dijo:

- Un nuevo día que nos regala el cielo y tú ya dispuesta para la faena.

Y ella dijo:

- Y es un día tan bello que hasta parece que todo por aquí se hubiera transformado.

- Es que, a pesar de todo, somos unos privilegiados. Vivimos a los pies de la Alhambra, tenemos un río que corre limpio cerca de nosotros y por las noches, la tranquilidad es tanta que hasta parece que por aquí el cielo se hubiera derramado.

 

               Y la mujer, agachó su cabeza, sintiendo ganas de llorar y, al mismo tiempo, dar gracias al cielo. Porque notó que su corazón estaba inundado y lleno de gozo. Pero en lo más hondo, sentía un vacío inmenso. Oyó que de nuevo decía el vecino:

- Y las personas pobres como nosotros, cada día deberíamos esperar un milagro. Es la mayor y mejor riqueza que en este suelo tenemos.  

 

Sonidos de guitarra junto al río

                             

 

Escribía versos

y junto a las aguas del río

mataba el tiempo

tocando su guitarra.

 

   Eran lamentos

que el agua se llevaba

y sus recuerdos.

Y cuando le preguntaban:

- ¿Cantas al viento?

siempre respondía:

- Como a nadie tengo

para cantarle mis canciones

y dedicar mis versos,

con mi guitarra y el río,

lloro y rezo.

 

               Junto a las aguas del río Darro, por el Puente del Aljibillo, siempre y ahora en verano más, hay gente. Algunos bañándose, otros caminando despacio río arriba, algunos con los pies metidos en el agua y tomando el sol o simplemente charlando. Al caer las tardes, desde hace tiempo, veo algunos jóvenes que, junto a las aguas de este río se sientan y tocan sus guitarras o flautas. Casi siempre acompañados de amigos o perros. Casi todos menos un joven que, desde hace un tiempo, lo veo por aquí. No acompañado de nadie y por eso tampoco sé quién es. Pero, cuando desde el pequeño muro del Puente del Aljibillo miro para el río y lo veo sentado junto a las aguas, siempre me digo: “No parece extranjero ni tampoco parece que sea de Granada. Pero toca con fuerza su guitarra y siempre está solo. ¿Quién será y a quien le cantará?”

 

               Y me pregunto esto porque siempre he pensado que en la vida, todos hacemos las cosas para alguien o por alguien. Y sé que las personas que escriben o hacen música, casi siempre es por algunas de estas razones. Por eso, desde hace unos días, miro con interés a este joven y a veces me entran ganas de bajar hasta la corriente de las aguas y preguntarle. Sin embargo, ayer por la tarde, al mirar desde el sitio del puente, me di cuenta que hasta él se acercaba una muchacha. Lo saludó y luego se sentó a su lado. Siguió él tocando su guitarra y cantando las canciones y al poco vi que la joven se levantó, subió por la pequeña senda que surca la torrentera y al llegar al rellano, se vino derecha al puente.

 

               Al pasar frente a mí le pregunté:

- ¿Es amigo tuyo el joven que toca la guitarra junto al río?

- Lo he conocido hace un rato y solo me he acercado a él para saludarlo.

- ¿Y qué te ha dicho?

- Le he preguntado por las letras de las canciones que canta y me ha dicho que las escribe él mismo.

- ¿Y para quién escribe y a quien le canta?

- Eso es lo que yo también le he preguntado y me ha dicho, muy emocionado, que le escribe a su corazón y le canta al viento.

- ¿No tiene a nadie en esta vida a quien cantarle?

- Eso es lo que me ha dicho y luego me ha pedido que lo deje solo.

 

               La joven siguió su camino, yo miré una vez más para el río y ahora vi la torre de la Alhambra, la del Palacio de Comares, emergiendo en todo lo alto y como observándolo. El cielo se había nublado, hacía calor, cantaban las chicharras, se oía el rumor de las aguas del río Darro mezclado con su voz y los sonidos de la guitarra. Reflexioné un momento y luego me pregunté: “¿Qué habrá pasado en su vida para que esté tan solo y no tenga a nadie a quien dedicar sus versos ni tampoco a quien cantarle sus canciones?”

 

La nieta

 

Sin una ilusión en la vida,

sin amor en el corazón

y una meta definida,

todo es puro humo

y cenizas.

Necesita el alma de los sueños,

del gozo y la fantasía

 

para dar sentido a las cosas

y para llenar la vida

del maravilloso cielo

que en el Universo grita.

Vivir ilusionado

eleva y siempre ilumina.

 

               Murió la madre de una enfermedad que nadie conocía y al poco, murió el padre. Tenía ella ocho años y la única familia que le quedaba era el anciano abuelo. Tenía él un pequeño taller de cerámica, en la Medina, dentro del recito amurallado de la Alhambra. Porque desde pequeño no había conocido otro oficio, trabajo con el que iba tirando malamente pero le daba lo suficiente para vivir. Cada tres o cuatro días, a pesar de sus años, iba a las montañas a buscar leña para el horno donde cocía las pequeñas piezas de cerámica. Y también acarreaba la tierra necesaria para amasarla y dar forma a los objetos que fabricaba.    

              

               Y cuando murieron los padres y la niña se quedó sin más compañía que el abuelo, éste le dijo una noche:

- Hija mía, yo estoy ya muy viejo pero mientras tenga una pizca de fuerza, a ti no te faltará un trozo de pan y un vestido que ponerte.

Y la nieta le preguntó:

- ¿Y me enseñarás las cosas que haces tú?

- Todo lo que yo sé te lo enseñaré para que un día puedas seguir el oficio y tener así para vivir.

- Aunque también me gustaría, cuando sea mayor, ser alguien importante, con mucho dinero y fama.

Y el abuelo le dijo, y luego le repitió durante mucho tiempo que:

- La posibilidad de realizar un sueño es lo que hace que la vida sea interesante. Mientras yo tenga fuerzas te daré todo lo que pueda. Y sí, hija mía, procura mantener siempre la ilusión viva en tu vida porque nada hay peor para las personas que hacer las cosas y vivir sin ilusión ninguna. La monotonía y la rutina, sin un sueño en el corazón, no es vida ni tiene sentido ninguno.

- Pero abuelo, tú nunca has sido rico a pesar de lo mucho que has trabajado en tu oficio.

 

               Y el anciano, con palabras dulces, le decía a la nieta:

- No he tenido ni tengo dinero pero en mi corazón, nunca me ha faltado la ilusión. Y esto, te lo aseguro, es una gran fortuna. La mayor de todas las riquezas del mundo. Siempre hice, a lo largo de mi vida, aquello que me gustaba, con la ilusión cada día renovada y sin que nadie mandara sobre mí. Y por eso he sido libre y bueno con todos los que he conocido. Hice siempre las cosas ilusionado y de aquí que hora dé gracias al cielo por la gran fortuna que en mi alma tengo. Lo comparto contigo para que tengas conciencia y tu pequeño corazón, poco a poco se vaya enamorando de lo esencial.

 

               Y un día de verano, antes de salir el sol, el abuelo se levantó. Dejó que la nieta durmiera un poco más mientras él le preparaba el desayuno. Luego, cuando ya el sol se alzaba por las cumbres de Sierra Nevada, los dos salían del recinto amurallado de la Alhambra. Caminaron despacio por la bonita senda que llevaba a las montañas y cuando ya estuvieron en el bosque, el abuelo dijo a la nieta:

- Yo voy a subir a lo más alto de este monte para recoger las ramas secas que vimos el otro día. Tú quédate aquí, por debajo de estas rocas y ve juntando lo que encuentres. No me alejaré mucho ni tardaré en volver. Y si me necesitas, me llamas.

Estuvo de acuerdo la pequeña y al poco, vio como el abuelo remontaba a la parte alta del cerro. Seguro de sí y confiado en que la niña sabía desenvolverse y hacer las cosas bien. Pero no había pasado media hora cuando el abuelo la sintió gritar.

- ¡Socorro, abuelo sálvame!

Asustado el hombre miró para el barranco y descubrió un gran movimiento en el monte y ramas de los árboles. Dejó lo que estaba haciendo, corrió ladera abajo en busca de la nieta y al poco la vio como huyendo por entre la vegetación para el lado de abajo. Gritaba y lo llamaba y el abuelo le decía:

- No temas que ya estoy aquí para salvarte.

 

               Detrás de unas rocas, la niña se refugió y en estos momentos se oyeron los ladridos de unos perros. El abuelo se acercó a ella, la cogió enseguida y fuerte la abrazó contra si preguntando:

- ¿Qué te ha pasado, mi pequeña?

Quiso hablar la niña pero no le salían las palabras. Al final, cuando ya su corazón sintió la paz y fuerza que el abuelo le trasmitía con su abrazo, balbuceando dijo:

- He visto como un monstruo surgir de la espesura del monte y venía hacia mí para tragarme. Gracias por haberme salvado.

- Tranquila que ya verás como ningún monstruo te va a comer.

Y el anciano la abrazaba con la fuerza del más poderoso y a la vez dulce de las personas. Los perros que por entre la vegetación saltaban ladrando, aparecieron y al llamarlos el abuelo, se vinieron hacia ellos haciendo carantoñas.

 

               Aparecieron enseguida dos hombres y al instante se oyó el tintineo de algunas campanillas metálicas. No tardaron en verse, por el lado de abajo, el rebaño de ovejas que subía río arriba. Uno de los pastores dijo al anciano:

- Hemos oído los gritos de la niña y veníamos a buscarla.

- Gracias por venir a salvarme.

Dijo ella y luego preguntó a los pastores:

- ¿De dónde venís y a dónde vais?

- Subimos de la Vega de Granada y vamos a las montañas, a las partes altas que cubren las nieves en invierno.

- ¿Y dónde vais a dormir esta noche?

- En ese collado que se ve al frente.

Miró la pequeña al abuelo y le preguntó:

- ¿Podemos quedarnos en estos montes y dormimos esta noche con estos amigos nuestros?

- Si tú quieres y ellos lo permite, podemos quedarnos.

 

               Poco después, subían por la estrechas sendillas hacia el collado mientras iban viendo que el cielo se llenaba de nubes. Y según fue cayendo la tarde, las nubes se espesaron y al poco, cuando ya empezaba a oscurecer, se vieron los primeros relámpagos y se oyeron los truenos. Refugiaron los pastores a las ovejas entre las rocas del collado y en una cueva a la derecha, se guarecieron ellos con la niña y el anciano. Hicieron fuego, comieron de las cosas que los pastores les dieron y después de charlar mucho, se acostaron junto al fuego. Y dormían todos muy tranquilos, ya con la tormenta casi extinguida, cuando a media noche, en sus sueños la niña vio que el cielo se iluminó. Se abrieron las nubes y vio la figura de una mujer muy bella que le decía:

- Lo que dice tu abuelo es verdad. Sin ilusión en la vida, no merece la pena vivir. No hagas nunca nada si antes no estás profundamente ilusionada.

 

                  Oyó la pequeña las voces de los pastores y se despertó. Tal como estaba acurrucada junto al fuego, miró al abuelo, miró a los perros y ovejas y luego a los pastores. Al verlos despiertos ya preparando el desayuno en las ascuas de la lumbre, les preguntó:

- ¿Y vosotros nunca tenéis miedo en estas montañas?

- Nunca hemos tenido miedo de nada excepto de algunos hombres.

- ¿De qué hombres?

- A veces, de los soldados que el rey manda a estas montañas a por los borregos que criamos y otras veces, de hombres malos que vienen a robarnos.

- ¿Y os gusta vivir de esta manera?

- Estamos ilusionados y por eso somos felices y nos sentimos libres. Y creemos que nada hay más hermoso y grande en esta vida que esto que te he dicho. Somos amigos de las estrellas, de la lluvia, del viento y del monte y tú lo estás viendo.

 

               Después de desayunar junto al fuego y en compañía de los pastores, abuelo y nieta se despidieron. Y cuando ya regresaban por las sendas dirección a Granada y a la Alhambra, besados por el sol de nuevo día y con la pequeña carga de leña acuestas para cocer la cerámica, la nieta dijo al abuelo:

- Creo que ya he comprendido lo que tantas veces tú me has dicho.

- ¿Qué es?

- Que vivir ilusionado y mirar y hacer las cosas con ilusión, es lo mejor en este mundo.

- Esto es una verdad rotunda y sin fisuras.

- Es que, abuelo, el abrazo que me diste ayer por la tarde en el monte cuando estaba perdida y lo buenos que son los pastores de estas montañas, me han enseñado mucho.

Y el abuelo guardó silencio y nada dijo.

 

El sueño del joven

(Así nació el Albaicín)

 

               Al lado derecho del barranco, por donde bajaban las aguas de la cumbre y del collado, se le vio aquella mañana. Subiendo despacio por la senda que, por el lado de arriba de los huertos, remontaba al rellano. Iba solo, en busca de su rebaño de cabras que, desde hacía dos días, tenía perdido por entre el monte. Y como la cuesta era grande, se paró un momento a descasar, respirar el fresco airecillo y mirar para atrás. Sobre una piedra se sentó y, durante un buen rato, estuvo mirando para la ladera de enfrente. Por ahí, el sol todo lo bañaba, los árboles cubrían espesos, caían hermosas las cascadas, la hierba relucía fresca y las rocas salpicaban.

 

               Y como le pareció tan bello el espectáculo, cerró los ojos y se puso a soñar. Quería ver, una vez más, cómo sería el pueblo pequeño, con sus blancas casas, sus árboles frutales, las huertas y veredas. Y lo estaba imaginando en su corazón y alma, cuando le despertó de su sueño el ruido de unos caballos. Abrió sus ojos, miró para el lado del sol de la mañana y los vio frente a él. Eran tres hombres montados en sus caballos que se habían parado solo unos metros más arriba. Lo saludaron y sin más, le dijeron:

- Venimos de la Alhambra, enviados por el rey que vive en aquellos palacios.

- ¿Me buscáis?

- Hemos preguntado por ti y nos han dicho que subías por la senda en busca de tus cabras. Te hemos salido al paso y aquí estamos para darte el recado.

- ¿Qué recado?    

- El rey quiere hablar urgentemente contigo.

- ¿Para qué?

- No lo sabemos pero en este momento, sí te pedimos que subas a uno de estos caballos y nos acompañes. Estas son las órdenes que tenemos.

 

               Preguntó el joven bastantes cosas más pero los soldados a ninguna de sus preguntas respondieron. Solo decían:

- Estamos llevando a cabo lo que el rey nos ha ordenado. Cuando estés frente a él, pregúntale todo lo que ahora quieres saber.

Y de nuevo le pidieron que subiera al caballo para regresar con él a los palacios de la Alhambra. Pensó en ese momento en su rebaño de cabras y las imaginó perdidas por las laderas y barrancos de las montañas y a punto estuvo de no obedecer a los soldados. Pero luego también pensó que si el rey de la Alhambra lo requería, fuera para lo que fuera, debía acudir a su presencia. Se dijo: “tenga o no razón, a un superior y más a un rey, nunca es bueno contrariarlo. Si no le hago caso, pensará que desafío su autoridad y reaccionará montando en cólera y urdiendo contra mí, Dios sabe qué cosas”.

 

               Subió al caballo, pusieron los soldados rumbo a la Alhambra y después de atravesar algunos valles y montañas, llegaron a los recintos amurallados. Dijeron a los guardianes que el rey los esperaba y en cuanto estuvieron en los palacios, el secretario mayor condujo al joven a presencia del rey. Éste lo recibió enseguida y lo primero que le dijo fue:

- Me han dicho que eres un soñador.

- Creo que como cualquier joven, señor.

- Pero es que a mí también me han dicho que tu sueño es distinto. Que muchas veces te sientas en la ladera, al borde de la senda que sube al collado y ahí te quedas extasiado imaginando grandes cosas. ¿Qué es lo que sueñas?

- Siempre que me siento al borde de la senda que sube al collado miro al frente e imagino lo hermoso que sería ese barranco si a un lado hubiera un pueblo, por el centro un arroyo con aguas claras y más cerca, la senda con los huertos barranco arriba.

 

               Cerró el rey los ojos, meditó durante un rato y luego, como si despertara de un sueño, dijo al joven:

- Yo también, desde mi trono de rey, sueño y por eso te he llamado.

- ¿Y qué sueña usted, majestad?

Se levantó el rey de su trono, cogió al joven del brazo, lo condujo por los pasillos y después de subir a una torre, se paró frente a una gran ventana y mirando por el hueco, dijo:

- Aquello que al frente ves es la colina que hay al otro lado del río Darro. Y como puedes comprobar, es colina, tiene laderas y en todo lo alto hay llanuras de donde cuelgan algunos arroyuelos aunque sin agua.

El joven miró interesado y pasado un rato preguntó al rey:

- ¿Y qué pretende usted decirme con lo que me está mostrando?

- Que mi sueño es muy parecido al tuyo. Desde esta ventana, miro una vez y otra a la colina que tenemos al frente y me esfuerzo en imaginar cómo serían aquellas laderas, arroyuelos y llanuras, con un pueblo de casitas blancas ahí alzado. Tú que eres más joven que yo y por eso tu sueño puede ser más bello que el mío ¿puedes ayudarme?

 

               Y el joven ahora no respondió rápido al rey. Meditó durante un buen rato en silencio y luego preguntó:

- ¿Me da usted un día o dos de tiempo? Necesito volver y encontrar mi rebaño de cabras y también necesito pensar con calma lo que su majestad me ha preguntado para darle la mejor y más acertada respuesta.

Y el rey dijo:

- Te doy solo tres días de tiempo. Creo que tiene suficiente para las dos cosas que me has pedido.

- Pues se lo agradezco, majestad. Ahora mismo regreso a mis montañas y en cuanto encuentre a mi rebaño de cabras, vuelvo y comparto con usted lo que me está pidiendo.

 

               Al instante salió el joven de los palacios de la Alhambra, cruzó las puertas de la muralla y torció dirección al levante. E iba él todo diligente e ilusionado, cuando tomó por una pequeña senda que avanzaba por la umbría frente a la colina que el rey le había mostrado. Caminó un rato y de pronto, al dar una cuerva, miró al frente y se quedó parado. Se sentó en una piedra, cerró sus ojos y en su imaginación vio lo que el rey estaba buscando. En la colina de enfrente, en una parte de la ladera, diseñó un pequeño pueblo de casas chicas y blancas. Lo cubría todo un sol muy brillante, por el centro vio caer un arroyuelo con aguas muy claras y más abajo, se deslizaba el río y en sus orillas y laderas, vio los huertos llenos de hortalizas y árboles frutales. Se dijo: “Dibujaré y le explicaré al rey esto que estoy viendo para que dé órdenes y construyan en esa colina el pueblo que sueño. Frente a la Alhambra, casas pequeñas y blancas como las nieves de Sierra Nevada, bañado por el sol, mucha agua y frondosos huertos. Y le diré que a ese pequeño y bellísimo poblado, le ponga por nombre “Albaicín”, el barrio del agua, de la luz y amigo de la Alhambra”.        

Una noche los pies de la Alhambra

 

               Al caer la noche, se fue por la Carrera del Darro. Caminando despacio para sentir la caricia del airecillo que de las aguas del río subía y para gustar con calma la figura de la Alhambra sobre la colina. Ya estaba iluminada y era justo el momento en que el cielo muestra su azul intenso, en las últimas luces día. Por eso, las esbeltas torres y murallas, iluminadas por la luz de los focos artificiales, se recortan como en una lejanía íntima y muy bella a la vez que mágica y misteriosa. Al llegar a la mitad del paseo, torció para la derecha y subió por la estrecha callejuela. Mirando también despacio y empapándose del silencio, el fresco airecillo y las luces anaranjadas iluminando tenuemente. Se dijo, mientras seguía su paseo a ninguna parte concreta pero llenando el alma y el corazón del mágico momento: “Piso por primera vez estas calles de Granada y por primera vez en mi vida paseo junto a la Alhambra y ahora mismo siento como si una vida entera por aquí hubiera estado viviendo. Esta calle estrecha, su silencio, esta sombra y luz tamizada, esta soledad, el fresco airecillo… Como si todo se me colara en el corazón para entregarme un beso limpio y hondo”.

 

               Al final de la calle, torció para la derecha, bajó por otra calle aun más estrecha, siguió su paseo y al poco salió a la plazuela de la fuente. La conocida con el nombre de Paseo de los Tristes y al ver a la gente sentada en el muro que separa el río de la plaza, buscó un sitio solitario y frente a la figura de la Alhambra iluminada en todo lo alto, se sentó. Como si se preparaba para quedarse la noche entera, sintiendo la caricia del aire y soñando. Alguien rozó su cara con las manos y ella, en lugar de inquietarse o mirar para ver quién era, cerró los ojos y gustó en su corazón la dulzura de la caricia. Sintió el calor de las manos y luego del abrazo y aun cerró más sus ojos para concentrarse en la deliciosa sensación que por su alma se expandía. De nuevo se dijo: “Sentir una caricia como ésta, aquí junto al río, en este lugar de Granada, a estas horas de la noche y junto a la Alhambra, es lo que siempre había soñado. El calor del alma de esta ciudad transmitiendo su aliento y llenándome el corazón del gozo más puro e intenso”.

 

               Había llegado a Granada solo unas horas antes. Y desde Plaza Nueva, cargó con su maleta Carrera del Darro arriba hasta la estrecha callejuela conocida con el nombre de Santísimo. En el hotel que hay en esta calle, se hospedó, dejó las cosas que traía, en la bonita habitación, se duchó y después de comer algo, bajó a recepción y preguntó:

- Solo voy a estar esta noche aquí en Granada. ¿Qué es lo mejor que puedo ver y disfrutar sin que sean discotecas, bares o tablaos flamencos?

Y le dijeron:

- Estás en el barrio del Albaicín, a los pies mismos de la Alhambra y en corazón de Granada. Pasea despacio por este rincón y observa y gusta lo que vayas encontrando.

- Eso es lo que mis amigas siempre me han dicho. Que pasear en silencio por esta zona de la ciudad, al caer la noche y ahora en verano, es una experiencia única. ¡Voy a probarlo!

 

               Y cuando ya la noche estaba muy avanzada, se levantó del muro donde se había sentado, cerca del río y frente a la Alhambra. Caminó unos metros y enseguida llegó a la calle y al hotel donde unas horas antes se había hospedado. Subió a su habitación y se dejó caer en la pequeña cama. Durmió y soñó solo un rato porque al amanecer la despertaron diciendo:

- Nos dijiste que te llamáramos temprano.

Y entre sueños y como cansada, dijo:

- ¡Gracias! Es que mi avión sale temprano y como tengo que coger el autobús para ir al aeropuerto, quiero ser previsora y llegar a tiempo.

De nuevo agradeció que la hubieran despertado. Se levantó enseguida, preparó su pequeña maleta roja, bajó a recepción, desayunó algo y con la luz del nuevo día, salió a la calle. Y lo primero que hizo fue mirar para la Alhambra y luego seguir bebiendo el fresco airecillo que del río manaba. Se dijo: “¡Qué hermosa se ve Granada en un amanecer como éste y entre estas luces tan claras! ¿Quién sería el que anoche acarició mi cara dejando tan dulce sensación en mi alma? Ojalá viniera ahora a darme un fuerte abrazo de despedida. Sería para mí el broche de oro de mi breve estancia en esta ciudad encantada”.

 

               Y arrastrando su maleta caminó lenta Carrera del Darro abajo dirección a Plaza Nueva. Alzaba su cabeza de vez en cuando y luego la agachaba para que los que se iba encontrando, no vieran sus lágrimas. Las limpió con sus dedos dos o tres veces y al llegar a la altura de la Plaza de Santa Ana, se paró un momento. Miró por última vez para la Alhambra y volvió a sentir el deseo de que alguien la abrazara para hacer hermosa la despedida. Y de su corazón, sin que ella lo controlara, le salió un profundo y sincero “te quiero”. Sintió en ese momento que por detrás, alguien la abrazaba de la forma más tierna y sincera. Puso sus manos sobre el brazo que la sujetaba y exclamó:

- Solo un momento más, aprieta mi cuerpo contra tu corazón, mientras me voy alejando poco a poco de este lugar mágico para que la despedida no sea tan dolorosa. Me vuelvo a Siberia, el lugar de las nieves, las llanuras y los lagos. No volveré nunca más en mi vida a Granada y por eso necesito que tu abrazo me acompañe unos metros más mientras me voy alejando. Ha sido lo más delicioso que en mi vida ha sucedió nunca”.

 

               Y oyó como si el mismo viento que manaba del río Darro, le susurrara al oído:

 

Te marchas a tu país lejano

hermosa muchacha,

llevándote en tus brazos

el alma de Granada.

 

Cuando los inviernos largos

 

lleguen con sus nieves blancas

y cubran aquel mundo llano

del que tú eres hermana,

recuerda bella criatura

que aquí te sueña la Alhambra

y junto al río Darro,

eterna estarás abrazada.

 

La cueva, la joven y la casa

 

               Lo que más le gustaba al hombre era pasear. Ir, en sus ratos libres, por las calles de Granada, barrio del Albaicín, Sacromonte, Paseo de los Tristes, Cuesta del Rey Chico y Fuente del Avellano. También, de vez en cuando, dedicaba el día entero a recorrer los paisajes del río Darro: Jesús del Valle, Cerro del Sol, laderas del Generalife, Silla del Moro… Y en todas estas caminatas, lo que más le gustaba era observar, hacer fotos, pararse a charlar con las personas que encontraba y responder a las preguntas que le hacían. Porque esto le gustaba casi más que pasear.

 

               Así fue como una tarde de verano, recorrió todo el camino que lleva a la Fuente del Avellano. Bebió un trago en la moderna fuente que ahora han puesto ahí y siguió por la sendilla que discurre río arriba. Y al dar una curva, por entre las zarzas y álamos, a la derecha vio las cuevas. Alzadas bastante en la ladera y por eso con una sendilla casi en escalera. Subió con dificultad y al encajarse en el rellano, la vio sentada en un banco de madera y a la sombra de un joven almez, casi asfixiado por las zarzas. La saludó, le pidió permiso para sentarse y enseguida ella le dijo:

- Yo no soy española. Vine a Granada desde un país muy lejano donde casi todo el año está nevado y como no tengo papeles, en esta cueva me he refugiado.

- ¿Y en qué trabajas?

- Enseño danza del vientre y también, de vez en cuando, trabajo de camarera.

 

               Miró de reojo y vio que la cueva estaba muy bien cuidada. Limpia la puerta, con rejas en la entrada y en las dos ventanas, alfombras en el suelo, una cama a la derecha, mesita de noche, velas, algún libro, muchos pequeños objetos decorando y ropa de colores a cuadros y rayas.

- Soy ilegal pero no me importa. A mi país no quiero volver pero si algún día me piden los papeles y me expulsan, que me paguen el viaje y así regreso gratis.

Y el hombre sitió deseos de ayudarle. Por eso, al día siguiente y al otro, volvió por el lugar y le llevó almendras, tomates de su huerto, frutas frescas y hasta un libro y un cuaderno. Al dárselos le dijo:

- Para que escribas tus memorias y lees, si te apetece y cuando tengas tiempo.

- Muchas gracias pero lo que yo quiero es que no me traigas más cosas ni vuelvas más por aquí.

Guardó silencio él, no supo qué decir ni tampoco pudo despedirse con entusiasmo.

 

               A la tarde siguiente no fue a su cueva ni tampoco al otro día ni a los que siguieron. Sí continuó dando sus paseos y ahora, una de sus mayores satisfacciones era sentarse en el muro del Puente del Aljibillo y esperar. Leía algún libro, escribía algo, miraba a los turistas y en su corazón soñaba que apareciera para verla y saludarla. Sabía él que para ir a la Fuente del Avellano y luego a su cueva, tenía que pasar por este puente. Pero en ningún momento tuvo la suerte de verla a pesar de acudir a este lugar todas las tardes. Sin embargo, un día de invierno, frío y lluvioso, sí la vio venir desde su cueva y la Fuente del Avellano. Al llegar a su altura, se paró, lo saludó y sin más le dijo:

- En mi cueva, ahora hace mucho frío y como ha llovido tanto, el otro día se cayó un trozo del techo.

- ¿Y te ha pasado algo?

- Por poco me quedo enterrada como le ha pasado a la ropa que tenía tendida en la cueva del alado.

- ¡Cuánto lo siento! ¿Puedo hacer algo por ti?

- Lo único que me gustaría es que alguien me regalar una casa y que no me pidiera papeles ni dinero.

 

               Miró el hombre para la Alhambra, imponente y bella en lo más alto de la colina y luego miró para el Paseo de los Tristes y Carrera del Darro. Ella siguió su camino y tres días después, él subió hasta la Fuente del Avellano, continuó y llegó hasta su cueva, la saludó, sacó del bolsillo unas llaves y se las dio diciendo:

- Con estas llaves puedes abrir la puerta de la casa que tengo en el mejor sitio de la Carrera del Darro.

- ¿Es que me puedo ir a vivir a esta casa?

- Cuando quieras.

- ¿Y me costará dinero o me pedirás papeles?

- Ninguna de las dos cosas. Puedes vivir en esta casa mía durante un tiempo, mientras el invierno pasa y encuentras trabajo con el que ganes lo suficiente para pagarte lo que tanto te hace falta.

- Pues te acompaño y me enseñas tu casa, que ya estoy deseando irme a vivir ahí con mis cuatro cosas.

 

               Poco después los dos bajaron por la cuestecilla del camino del Avellano, cruzaron el Puente del Aljibillo, recorrieron el Paseo de los Tristes y al llegar a la casa, le mostró la puerta, abrió, entraron y enseguida se puso a recorrer las estancias. Al rato preguntó:

- ¿Cuándo me puedo venir a vivir aquí?

- Cuando tú quieras.

- Pues me ayudas y ahora mismo comienzo a mudarme a esta casa tan bonita, en el mejor sitio de Granada y frente a la Alhambra. ¿Será mía para siempre?

- Ya te he dicho que hasta que tengas un buen trabajo y ganes lo suficiente y mientras pasan las lluvias y frío del invierno. La casa es mía propia, está a mi nombre y por ahora nada, absolutamente nada te voy a pedir a cambio.

 

               Aquella misma tarde, al día siguiente y al otro, ayudó a la joven a mudarse desde su cueva a la casa en el mejor sitio de Granada. Y al cuarto día, cuando ya tenía todas las cosas en la nueva vivienda, por la tarde, al llegar él, ella le dijo:

- No quiero que vengas más por aquí ni a traerme cosas ni a verme.

- ¿Cómo?

- Desde ahora voy a vivir como una reina y quiero estar sola, sin que nadie me moleste.

Y el hombre la miró algo desorientado y triste y a punto estuvo de hablar y decirle lo que pensaba y sentía pero no lo hizo. Cabizbajo se marchó y al día siguiente no volvió. Tampoco al otro ni al otro ni a los que siguieron pero sí continuó acudiendo al Puente del Aljibillo. Cada tarde y en el pequeño muro se sentaba esperando verla si por aquí pasaba.

 

               Corrió todo el invierno y seguía sin verla. Sí, cada tarde al pasar por la puerta de su propia casa, miraba pensando en ella y algunos días, hasta veía a muchos jóvenes que entraban y salían como a celebrar fiestas. Ningún día la vio pero en algún momento y, sobre todo cuando pasaba por delante de la casa, le parecía oír sus palabras: “No quiero que me traigas cosas ni que vengas más por aquí”. Luego seguía y sentando en el pequeño muro del puente, miraba a las aguas del río, miraba al cielo, miraba a las ramas de los árboles temblando al paso del vientecillo y miraba a la Alhambra. Y como la esperaba, porque en lo más limpio de su corazón sí tenía de ella una imaginaba bella y buena, una tarde intentó escribir y le salieron estos versos:

 

Cada tarde te espero

en el puente que has cruzado

durante tiempo,

miro a mi derecha

y a mi lado izquierdo

y miro a las aguas del río

y al cielo

y como no te encuentro,

me duele el corazón,

el aliento

y también en el alma

tu recuerdo.

 

               Cada tarde estás conmigo

mientras te espero

y tú sigues escondida

tras el silencio.  

 

El rey, el bufón y el manantial

 

               Por el Paseo de los Tristes, el río Darro corre sereno y accesible para muchas personas. Justo a la altura del viejo Hotel Reuma y entre los puentes del Aljibillo y de las Chirimías. Era en este tramo del río donde, en tiempos pasados, las personas se acercaban a las aguas para lavar la ropa y para organizar juegos. También en este tramo del cauce, ahora muchas personas se acercan a las aguas pero no para lavar si no para mojarse los pies y tomar el sol frente a la Alhambra. Fundamentalmente por las tardes y en los calurosos días del verano. Y la mayoría de las personas que ahora y en este trayecto del río vienen a bañarse, son jóvenes. Extranjeros algunos, estudiantes con beca Erasmus, grupos de muchachas de las casas bajas del Albaicín y, en gran número, habitantes de las cuevas del Sacromonte, Fuente del Avellano y laderas de San Miguel Alto. Casi todos estos, son jóvenes y acuden a las aguas del río acompañados de sus perros, guitarras, violines, acordeones y trombones, flautas... Y en este lugar, se quedan horas y horas pendientes de las carantoñas de sus perros, con los pies metidos en el agua del río Darro a su paso por el Paseo de los tristes, tomando el sol o interpretando su música.

 

               Algunas de estas tardes de verano, yo también vengo a este rincón de Granada y tramo del río Darro. No a bañarme ni a meter mis pies en las aguas sino a sentarme a la sombra del almez que crece en el mismo muro del puente del Aljibillo. Siempre por aquí corre un agradable vientecillo y siempre distrae mucho observar a los que de un lado a otro van y a los que disfrutan con las aguas del río, en las calurosas tardes de verano. Y la otra tarde, al ver a una joven buscando oro en la arena de un charco del río, me animé. Bajé por la pequeña senda que se ha ido formando en la torrentera de tanto pasar por ahí para entrar y salir del río y me acerqué a las aguas. Quería ver de cerca a la joven que buscaba oro y deseaba preguntarle si había encontrado algo. El oro del Darro, aunque muchos dicen que ya no hay, todavía algunos lo buscan. Pero cuando me acerqué, vi a un hombre mayor que, sentado a la sombra del viejo sauce que ahí también crece, hablaba con la muchacha. Me paré cerca de ellos y oí que el hombre mayor le preguntaba:

- ¿Tú sabes dónde brota el agua que sabe a miel?

- Digo yo que brotará en las montañas que se ven por las partes altas de este río. Donde tiene su nacimiento.

- No es así porque las aguas de este río, lo son todo y saben a muchas cosas menos a miel. Y donde tiene su nacimiento este claro río, crecen berros, orégano y poleo pero las aguas no saben a miel.

- Pues entonces ¿dónde brotan y en qué manantial puedo yo probar las aguas que dices saben a miel?

- ¿De verdad quieres saberlo?

- ¡Claro, hombre! Si no me hubieras dicho nada, seguiría en mi ignorancia y tan tranquila. Pero ahora que me has hablado de estas aguas, se me despierta la curiosidad.

 

               Y lo mismo me pasó a mí al enterarme de lo que el hombre hablaba con la joven. La curiosidad me empujó a escuchar con atención lo que el hombre parecía estar a punto de narrar. Me acerqué un poco más, sin dejar de mirar las claras aguas que por entre las piedras se deslizaban y muy pendiente de la arena que en sus manos, la joven lavaba con paciencia para encontrar el oro que buscaba. Y el hombre, siguió sentado a la sombra del viejo sauce, invitó a la muchacha para que se viniera a la arena que cerca de él había dejado el río y le dijo:

- Mientras aquí sigues buscando el oro que necesitas, la sombra te refresca y yo te cuento lo que deseas saber.

Le pedí permiso, me senté cerca de él, muy próximo a las aguas del río y desde donde se veían perfectamente la gran torre de Comares, la de la Vela y las dos robustas torres del Homenaje, en la Alcazaba y me dispuse a escuchar el relato que anunciaba.

 

               Le dijo a la joven:

- En aquellos tiempos, cuando en la Alhambra los reyes iban y venían por los salones, ocurrió algo muy curioso. En una ocasión, un amigo de aquellos reyes, hizo un regalo. No de oro, telas de seda, joyas, animales o tierras. El regalo que le hizo al rey fue el de un bufón. Se sabe que los reyes de aquellos tiempos no tenían bufones en sus cortes y menos estos reyes de la Alhambra. Se divertían ellos de forma muy diferente a como luego sucedió, pasado el tiempo. Por eso, cuando el amigo ofreció al rey aquel tan original regalo, le dijo:

- Más que bufón es un enano, bastante deformado, con una joroba muy grande, boca ancha y dientes negros y feos como sables oxidados.

Y el rey comentó:

- ¿Y para qué quiero yo a este personaje?

- Salta como una cabra borracha, cuenta cosas graciosas y hace tantas marrullerías que con solo verlo ya te estás riendo. Si a ti no te divierte puede que distraiga a la princesa o a la reina. Ya te digo: es un hombre tan diferente que solo su presencia, hace gracia.

 

               A los pocos días el rey recibió en sus palacios a este hombre enano y deformado. Mandó que le dieran aposento en unas galerías oscuras, en la parte baja de una torre y ordenó que cada día le dieran algo de comida. Luego, en la primera fiesta que hubo en los palacios, ordenó que subieran de los sótanos al enano y cuando estuvo delante de él, le preguntó:

- ¿Qué es lo que sabes hacer?

- Lo que usted quiera, majestad.

- Pues venga, brinca y di algo gracioso que se distraiga la reina y todos los aquí presentes.

Y el hombre se puso a dar saltos, a decir tonterías y a mover sus pies y manos con tanta energía y con movimientos tan variados que el rey se embelesó por completo. Decía a los presentes que estaban a su lado:

- Es algo nuevo para nosotros pero tiene su gracia. ¿No creéis?

- Al menos nos distrae de las inquietudes de la guerra y las intrigas entre nosotros.

Y una de las princesas allí presentes, comentó:

- Pues a mí no me gustan nada las tonterías que dice y hace este payaso.

- ¿Por qué no te gustan?

- Es feo todo entero, habla gangoso, tiene los dientes sucios y está jorobado.

Intentó la reina convencer a la princesa de las cosas alegres que ella veía en el enano pero la princesa no cambiaba de opinión. Se terminó la fiesta y el rey ordenó que el hombre deformado se fuera a sus aposentos y cuando éste hizo algunas reverencias para despedirse, el rey le dijo:

- Tu trabajo no ha sido muy digno ni tampoco ha sido afortunado esas cosas que dijiste.

- Lo siento, señor. Solo he pretendido divertirles a ustedes. ¿Es que no lo he conseguido?

- Un poco, solamente. Y para convencerte solo tienes que mirar la cara de la princesa.

Miró el enano a la princesa y ésta, al darse cuenta que el bufón la miraba, volvió la cabeza para otro lado, en señal de desprecio. Y aunque el bufón sintió el impulso de acercarse a la joven y decirle algo, tuvo miedo que el rey se enfadara o que la princesa lo despreciara aun más.

 

               Hizo una última reverencia al rey y a todos los allí presentes y luego se retiró, salió de los salones, recorrió los pasillos y conducido por los soldados, quedó encerrado en su reducido espacio. Y el hombre, en cuanto se quedó solo, comió algunas de las cosas que de la fiesta habían sobrado y el rey le ofreció como pago a su trabajo y luego meditó. Como otras muchas veces, se sintió la persona más desgraciada de la tierra por el poco respeto y aprecio que de unos y otros recibía. Y en esta ocasión, aun se sintió más desgraciado pensando en la gran indiferencia que había recibido de la princesa. Se dijo: “Yo he puesto todo mi interés y esfuerzo en hacer las cosas lo mejor posible. Y he medido cada una de las palabras que han salido de mi boca. Si el rey, la reina y la princesa no han quedado satisfechos, lo siento. El cielo sabe que de ningún modo quiero ofender a nadie. La próxima vez me esforzaré al límite”.

 

               Y aunque la próxima y la siguiente en varias ocasiones más, se esforzó al límite, el rey no quedó contento con las cosas que hacía y decía el hombre enano. Tampoco quedaron satisfechas ni la reina ni la princesa. Ésta dijo a su madre:

- Este enano repelente que habéis traído para que nos divierta en las fiestas, cada día me gusta menos.

- ¿Y eso por qué?

- ¿No te diste cuanta como la actuación de la otra noche me puso en ridículo?

- ¿Qué noche fue esa y qué fue lo que hizo o dijo?

- La noche que estrené el vestido de seda azul que me trajeron del extranjero. ¿No viste como se acercó a mí, en uno de los momentos de su danza y me dijo que yo soy tonta, pesada y sin corazón?

- Yo no me di cuenta de eso pero si tú lo dices será cierto. Hablaré con tu padre el rey para que le dé un escarmiento.

 

               Y aquella misma tarde, la reina habló con el rey y le dejó claro el malestar de la princesa con el hombre enano. También le dijo:

- Además, ese enano es feo, ridículo, jorobado y no tiene gracia ninguna. Mi hija merece ser tratada por otra clase de personas.

Y el rey dijo:

- Tendré en cuenta lo que me dices de este personaje.

Y lo que el rey hizo fue que aquella misma tarde, ordenó que dejaran libre al enano. El soldado que le dio la libertad, al abrir la puerta de su calabozo, le dijo:

- Y de parte del rey, dice que debes estar agradecido que solo te deje libre y no ejerza sobre ti ningún castigo.

Preguntó en hombre al soldado:

- Pero yo ahora, sin la protección del rey, sin un techo donde dormir y sin nadie que me regale algo de alimentos ¿a dónde voy?

- Eso no es asunto mío ni del rey. Y menos de la princesa o de la reina. Búscate a vida como puedas.

 

               Al instante salió el hombre de los aposentos de los palacios, caminó por los pasillos de los jardines, solo con una vieja manta en su hombro y se fue a la gran puerta que daba entrada a los recintos amurallados de la Alhambra. Pidió permiso a los guardias y en uno de los lados de la puerta, se sentó y se puso a pedir limosna a todos los que por allí pasaban. Muy pocos le daban algo, algunos solo lo miraban con indiferencia y otros le decían:

- Si con esa joroba que tienes y esa cara de higo seco, no es de extrañar que te echaran de los palacios.

El hombre callaba, a todos lo que le daban algo se lo agradecía, luego bebía agua en una de las acequias que corría por allí cerca y al llegar la noche, se acurrucaba en la vieja manta y allí mismo dormía. En un rincón de la torre que daba entrada al recinto amurallado. Y cuando los soldados le decían que iba a pasar por allí la princesa, siempre se escondía entre los árboles o plantas del jardín para que no lo viera.

 

               Pero la princesa, un día que se enteró que estaba pidiendo limosna en la puerta grande, fue enseguida, habló con el rey y le dijo:

- ¿No piensas tú que es un desprestigio para estos palacios y para tu trono que ese hombre se refugie en ese lugar?

- Desprestigio ¿por qué?

- Por esa puerta pasan todas las personas importantes que vienen a estos palacios. Y ese hombre allí, con su vieja manta, esa cara de higo arrugado y la joroba en sus espaldas, es lo primero que ven estas personas que te digo. Su imagen es tan fea que nada puede hacernos más daño en esta vida. ¿No lo entiendes?

Y el rey, como en ningún momento quería contrariar a la princesa o ver que ésta estuviera molesta, enseguida ordenó que expulsara de allí al mendigo. Recibieron las órdenes los soldados y estos se acercaron al jorobado y le dijeron:

- Por orden real, desde ahora mismo se te prohíbe permanecer en este lugar.

Y el jorobado miro a uno de los soldados y preguntó:

- ¿Y por qué se me prohíbe esto?

- Es lo que dice el rey y pensamos que se debe a una petición expresa de la princesa.

- ¿Ni siquiera durante el día puedo estar aquí sentado?

- Ni durante el día ni por la noche puedes quedarte a dormir en este sitio. Ya te lo hemos dicho. Así que coge tu sucia manta ahora mismo, carga con ella y te marchas para siempre de estos sitios.

- ¿Y a dónde voy yo ahora sin casa donde vivir, sin nadie que me mire y me quiera, sin trabajo y sin comida?

- Eso no es asunto nuestro.

 

               Y el hombre enano ya no discutió más con los soldados. Se fue al rincón donde tenía su raquítica manta, se agachó para cogerla y en ese mismo momento, al torcer la cabeza y mirar, vio la figura de una mujer que frente a él, la miraba. Tenía la cara cubierta, dejando ver solo los ojos y un poco de la frente, era alta, se adivinaba joven y hermosa y parecía irradiar sabiduría. Miró al hombre enano y le dijo:

- Ni me conoces ni sabes por qué ahora me presento a ti. Pero como yo sí sé quién eres y conozco la preocupación que ahora mismo vives, quiero ayudarte.

Sin reparo alguno, el hombre le preguntó:

- ¿De qué modo puedes ayudarme siendo tantos los problemas y disgustos que ahora mismo hay en mi vida?

- Tú no preguntes nadas pero haz caso a todo lo que voy a decirte.

Y confiado el hombre dijo:

- Más amargado y pobre de lo que ahora mismo me encuentro, será difícil que algún día sea. Así que dime lo que tengas que decirme que te haré caso.

 

               Y la mujer, sin más rodeos y mostrando autoridad, dijo al hombre deformado:

- Coge tu manta y obedece a lo que te ha dicho ese soldado. Márchate de aquí sin despedirte de nadie, vete por el camino que baja al río Darro y cuando llegues al puente que cruzan las aguas, no sigas al frente. Vete para la derecha río arriba y huertos, camina por esas sendas, ve mirando y cuando veas un buen sitio párate ahí, suelta tu manta y ponte a excavar una cueva. Tendrás algo en que trabajar y luego, un refugio donde vivir. Y te servirá también para algo que ahora mismo no puedo decirte pero que será lo más grande y bueno que ha ocurrido en tu vida.

Y el hombre, intrigado y con la impaciencia a flor de piel, preguntó a la mujer:

- Sé que me has dicho que no haga ninguna pregunta pero después de lo que me has anunciado, me gustaría que me aclararas algo.

- ¿Qué es lo que deseas preguntarme?

- Con esta joroba mía, tan pequeño como soy y las pocas fuerzas que tengo ¿crees que podré cavar una cueva en ese sitio que dices?

- Tú prueba y así te convences. Y a lo de tu joroba y pocas fuerzas, no le des mucha importancia.

- ¿Por qué no si es lo más cierto de todo lo que aquí ahora mismo estamos hablando?

- Ya no puedo responder a ninguna pregunta más. Solo me queda por decirte que en esa cueva que te he pedido que caves, cuando llegues a cierta profundidad, encontrarás una vena de agua. Agua clara y fresca como no hay otra en toda la tierra y con sabor a miel. Deja que corra un poco, bebe luego de esa agua, llena un ánfora y bebe más pasado un rato y a nadie diga nada de esto. Ni del agua ni de la cueva ni del venero que te he dicho.

 

               Se agachó el hombre para coger su vieja manta y al incorporarse, alzó su cabeza para despedirse de la mujer y comprobó que no estaba. Ni delante de él ni a su lado ni a su derecha. Miró para la puerta que daba entrada a las murallas de la Alhambra y miró para el camino que subía por el barranco. Por ningún lado encontró a la persona que buscaba y aunque, por un momento estuvo tentado de preguntar a los soldados que vigilaban la puerta de la muralla, no lo hizo. Cargó con su manta, caminó despacio barranco arriba y cuando llegó a la parte alta de la muralla, giró para el lado de la izquierda. Buscó la pequeña hondonada que por aquí ofrecía el terreno y por donde servía como de hitos las torres de la muralla de la Alhambra y por camino de tierra, comenzó a bajar. Dirección al río Darro y como si fuera también en busca del Albaicín, al otro del cauce y sobre la colina. Despacio, cabizbajo aunque con un pequeño hilo de ilusión, descendió por el camino del barranco que, según descendía, se inclinaba más y más en busca del tajo del río.

 

               Como una hora después, el hombre llegaba a un lugar donde la ladera de la derecha del río, dejaba ver un abrupto terraplén. Bajo unos árboles se paró. Era casi medio día, hacía mucho calor porque el verano ya estaba bastante avanzado y el chirriar de las chicharras, llenaba toda la ladera y orillas del río. Sobre su vieja manta, se sentó con la intención de descansar y planear un poco lo que a partir de ahora iba a hacer. Y sobre un viejo tronco de árbol, apoyó sus espaldas y cabeza. Cerró los ojos y en su corazón susurró: “Lo que debería hacerse realidad es lo que hace unos momentos soñé”. Y lo que había soñado unas noches atrás, era con monedas de oro. Se vio cavando una zanja, parecida a la acequia que lleva el agua a la Alhambra y en uno de los momentos, al dar un golpe con la herramienta en el suelo, apareció una vasija de barro. La cogió en sus manos, la miró, buscó una piedra, golpeó en la vasija y al romperse, vio que dentro tenía como tierra negra. Removió esta tierra con sus manos y de pronto descubrió una pequeña moneda, muy redonda y por completo brillante. Se dijo enseguida que era de oro y siguió buscando más. Encontró otra y otra y así hasta seis pequeñas monedas tan brillantes que parecían por completo nuevas. Se las guardó entre la ropa para que nadie las viera y se las quitara y en ese momento despertó de su sueño. Y se despertó recordando claramente lo que había soñado y ahora casi con más fuerza e ilusión que lo vivido en sueño. No olvidó la imagen de las seis pequeñas monedas relucientes como el sol y por eso ahora se decía: “Lo que debería sucederme es que se hiciera real lo de las monedas. Y quien sabe lo que podría pasar. Quizá cuando esté cavando la cueva que esa mujer me ha dicho, ocurra el milagro”.

 

               Por eso, tal como estaba recostado sobre el tronco del árbol, miraba para la ladera que tenía enfrente. A sus espaldas le quedaba la corriente del río y al fondo y sobre la colina, se veían las torres y recintos amurallados de la Alhambra. Vino a su mente la imagen de la princesa y la figura del rey y experimentó un regusto amargo y algo triste. Se reclinó un poco más sobre el tronco del árbol y por un momento deseó dormir. Pero se mantuvo despierto, dejando que el chirriar de las chicharras acompañaran su descanso. Luego, pasado un buen rato, se incorporó, cogió su manta, buscó las sendas que iban por la ladera y por una de ellas, ascendió lentamente. Mientras caminaba, miraba a un lado y otro, al frente y para lo hondo y cuando llegó a una pequeña hondonada, se paró. Observó despacio el pequeño terraplén que se veía al frente y luego observó la llanura en el terreno. Aquí, sobre el fresco tapiz de hierba, todavía con algunas florecillas, vio algunas herramientas: un pico, una pala, un martillo y una espuerta de esparto. Dentro de la espuerta, vio una pequeña vasija de barro. Se agachó, cogió esta vasija, y al instante comprobó que estaba llena. Quitó el tapón de madera y derramó una pequeña cantidad del contenido. Comprobó que era agua muy clara y estaba fresca. Bebió y notó que el agua, además de fresca y clara, sabía como a miel. Le gustó y como tenía sed, bebió un poco más y luego se dijo: “Nunca en mi vida he probado agua tan buena como ésta. ¿Quién la habrá dejado aquí y de dónde la habrá cogido?”

 

               Soltó su manta sobre la hierba, cogió el pico y la pala, se dirigió al pequeño terraplén y después de inspeccionarlo brevemente, se dispuso a picar en el terreno. Enseguida comprobó que la tierra estaba dura y que los cantos rodados del río eran muchos. Recordó en estos momentos las palabras que había oído de boca de la mujer que se le había aparecido en la puerta de la muralla. Y como ahora sí se sentía solo, sin techo donde refugiarse y sin alimento, la idea de cavar una cueva para vivir, empezó a darle ánimo. Por eso, con energía y empujado por la ilusión, cavó sin parar. Despacio para no agotarse pero manteniendo el ritmo. Y de vez en cuando, paraba un momento, bebía un trago del agua de la vasija y cuando volvía a sentirse reconfortado, seguía cavando. Se decía: “Parece como si esta agua me llenara de energía. Y como tiene un sabor tan agradable y refresca tanto, también parece como si alimentara no solo el cuerpo sino el espíritu y el corazón”.

              

               Hasta que se hizo de noche, estuvo cavando sin parar. Con el pico removía la tierra, mezclada con grava y arena, con la pala recogía la tierra suelta, la echaba en la espuerta y luego la vaciaba en la torrentera que caía para el barranco. Y al llegar la noche, en la misma puerta del agujero que ya dibujaba la entrada de la cueva, tendió su manta y se acostó. Frente a la Alhambra sobre la colina que ahora, con la oscuridad de la noche, se veía iluminada por ciento de antorchas. Soñó momentos mágicos mientras se dormía y con la imagen de las luces parpadeando a lo lejos y cuando notó que el sueño empezaba a cerrarle los ojos, buscó la vasija de barro para beber un último trago de agua con sabor a miel.

Y al coger el recipiente notó que ya apenas tenía agua. Se dijo: “Beberé con cuidado la poca que me queda y mañana por la mañana, lo primero que haré, será bajar al río y llenar de nuevo esta vasija. Pero, aunque el agua de algunas de las fuentes que brotan por la orilla del río sea buena, seguro que ya no tendrá el mismo sabor que la que contenía este recipiente. ¿De dónde será esta agua y quien la habrá traído aquí?”

 

               Con este pensamiento y con el cielo sembrado de estrellas y el canto de los grillos, se durmió. En un sueño plácido que le abrazó a lo largo de toda la noche, arrullado por una música de fondo que en ningún momento supo qué era ni de dónde procedía. A ratos, mientras dormía, le parecía que soñaba y en otros momentos, creyó encontrarse en los recintos de la Alhambra. Pero cuando, un poco antes de venir el día les despertó el grito de unas águilas, se quedó como asombrado. Tal como estaba liado en su vieja manta, permaneció quieto, mirando al cielo todavía cubierto de estrellas y escuchando el rumor que le había acompañado a lo largo de toda la noche. Y después de un rato, todavía medio dormido, se dijo: “Este rumor es de agua que corre y salta como por algún arroyo o cascada. Y no es el río que se desliza ahí más abajo. Parece como si viniera de algún lugar de esta ladera o barranco”.

 

               Se incorporó, se movió un poco para la parte más profunda del agujero que ha había cavado y que tenía forma de cueva y se paró un momento. Pegó sus oídos a la pared del terreno y escuchó muy concentrado. Y de pronto, captó que el rumor del agua se filtraba y llegaba hasta él a través de la pared del agujero de la rudimentaria cueva. Más sorprendido aun, otra vez se dijo: “El río o cascada que a lo largo de toda la noche he estado oyendo mientras dormía, parece correr por las entrañas de esta colina, prolongación de la que sostiene a la Alhambra. Y no parece pequeña sino caudalosa y con gran ímpetu. Voy a ponerme ahora mismo y sigo cavando la cueva que ayer comencé a ver si tengo suerte y doy pronto con el manantial que ahí dentro parece brotar”:

 

Y rápido, cogió el pico, bebió el último trago de agua que aun le quedaba en la vasija y se puso a cavar. Con tanta ilusión y fuerza que hasta él mismo se sorprendió. Y sin descanso, cavó durante mucho rato. A lo largo de toda la mañana, parando solo de vez en cuando para limpiarse el sudor y echar una mirada para el valle del río Darro, la colina de la Alhambra y el barrio del Albaicín. Comenzaron a chirriar las chicharras por las laderas, de vez en cuando algún mirlo se levantaba y, a pesar de no haber comido nada desde bastantes horas atrás, no sentía hambre. Tampoco se notaba cansado pero sí la sed le acuciaba cada vez más. Tanto que en algún momento llegó a pensar en dejar de cavar en la tierra, coger la vasija de barro y bajar al río a por agua. Pero la inquietud y el deseo de llegar hasta donde el rumor de agua se oía, le podía más.

 

               Y más aun se entusiasmaba cada vez que clavaba el pico y removía otro puñado de tierra. El rumor de la corriente poco a poco se oía más claro. También la tierra comenzó a verse húmeda y desprendía olor a agua. La temperatura en la cavidad, según profundizaba hacia el corazón de la montaña, era fresca y con mucho olor a tierra mojada. Hasta que, después de unos minutos de respiro, alzó el pico y lo dejó caer con fuerza en la pared donde cavaba. Tan fuerte fue el golpe que la tierra y graba húmeda, se desmoronó, se abrió un pequeño agujero y el rumor del agua llegó hasta él con total claridad. Dejó de golpear, se acercó al agujero, escuchó y miró despacio y descubrió, al fondo iluminado por la luz que se colaba por la cavidad de la cueva que ya había abierto, un pequeño chorro de agua. Caía como desde las entrañas de la montaña y parecía derramarse desde algún gran charco. Alargó su mano, metiéndola por el agujero abierto en la pared y tocó el agua. Al sentir la sensación, se dijo: “Está fría como la nieve y parece buena”.

 

               Salió a la puerta de la cueva, cogió la vasija de barro donde ya no quedaba ni gota de agua, se acercó al agujero en la pared, alargó la mano y puso el recipiente bajo el chorro de agua fría. En cuanto lo tuvo lleno, se lo acercó a la boca y bebió un buen trago. Fue ahora cuando comprobó que el agua sí que estaba fría, sabía como a miel de romero y olía a limpia. Se limpió el sudor de la cara y, en este momento, notó que sus manos, pies y todo su cuerpo, se habían transformado. Se miraba y se notaba por completo joven porque ni tenía joroba en sus espaldas y sí parecía mucho más alto, fuerte y recio. Rápido dejó el pico, la pala y la espuerta, bajó por las sendillas en la ladera, se acercó al río Darro, buscó un charco grande, se acercó a las aguas y se puso a mirar su cuerpo reflejado. Y lo que descubrió le llenó de asombro el corazón. De su cuerpo y cara habían desaparecido todas las arrugas y manchas negras y marrones que antes había tenido. Se dijo, mirando a la Alhambra en todo lo alto de la colina: “Si ahora regresara a esos palacios y me vieran, no me reconocerían, aunque sea al mismo”. Y pensó en la princesa, en el rey y la reina. Miró para la corriente del río y en el fondo del charco, vio relucir muchas monedas de oro. Y en la superficie de las aguas se reflejaba, además de la imagen de su joven y hermoso cuerpo, la figura de la mujer de la cara tapada. Preguntó y ésta al instante habló y le dijo:

- Tu buen corazón, tu resignación ante el maltrato que siempre recibiste de los demás y tu inclinación a no robar ni hacer daño a nadie, ha sido premiado por el cielo. Coge las monedas del tesoro que ves relucir en el fondo de las aguas de este río y cómprate con ellas un buen palacio en las partes bajas de este barrio y frente a la Alhambra. El día que lo inaugures, invita a los reyes, príncipes y princesas de la Alhambra para que disfruten contigo el gozo de ser libre y de tu vida y sueños.

 

               Hizo caso el hombre ya no jorobado y pocos días después compró tierras en el rincón más bonito del Albaicín y cerca del río. Contrató hombres y arquitectos y unos más tarde, el pequeño palacio se alzaba frente a la Alhambra. El día de su inauguración, invitó a los reyes, príncipes y princesas y todos dijeron:

- Es un hombre generoso, fuerte, joven, de figura hermosa y muy rico. Debemos conocerlo y hacernos amigos de él.

Y cuando las princesas llegaron a su palacio, la que más lo miraba, le perseguía y lo atosigaba, fue la que en tiempos atrás, lo despidió y expulsó de los palacios de la Alhambra. Contantemente decía:

- Tu palacio, tú y este lugar de Granada, es todo lo que yo siempre he soñado. Nunca he conocido a nadie tan hermoso y generoso como tú. Me gustaría ser tu amiga para siempre.

Y el hombre callaba y observaba. Nada le dijo aquel día a la princesa ni tampoco en los días que siguieron. Sí se casó, unos meses después, con una joven pobre del barrio del Albaicín y se la llevó a vivir a su palacio. De la comida que le sobraba y de las monedas de oro que iba multiplicando, cada día daba una buena cantidad al las personas pobres del barrio. Y todos decían:

- Nunca conocimos a un hombre tan bueno como éste. Y hasta es amigo de los reyes de la Alhambra y sin embargo parece que le gusta más compartir todo con nosotros.

Y dicen que, en las noches de luna clara, se veía a una princesa asomada a las ventanas de las torres de la Alhambra, mirando pensativa hacia el barrio del Albaicín, las aguas del río Darro y el pequeño palacio del hombre que ya no era jorobado. Y también dicen que esta princesa suspiraba y se moría de pena pensando en el joven del río, en lo hermoso y bueno que era y el poco caso y atención que tenía hacia ella.                                                        

    

               Cuando el hombre mayor terminó de narrar esta historia, la joven que buscaba oro en las aguas del río, se le quedó mirando. Lo mismo hice yo porque en el fondo, algo en corazón nos decía que debía explicarnos un poco más lo que terminaba de contar. Y fue la joven la que, después de un rato en silencio, le preguntó:

- Interesante, triste y bella es la historia de este hombre enano y jorobado. Pero ¿qué enseñanza se puede sacar de ella?

Y el hombre mayor, tal como estaba sentado, mirando para la Alhambra y a las aguas del río, dijo:

- La enseñanza es clara: que las personas nunca debemos despreciar ni maltratar a nadie en esta vida, tenga el color que tenga o sea alto, feo o desgarbado. En el corazón de cada uno, anida la semilla de Dios, reflejo siempre de la bondad, belleza y amor. Y esto es lo que en cada momento debemos ver y apreciar en los demás y no lo feo o maldad. Y también deberíamos tener muy en cuenta y valorar mucho, vivir en paz y en armonía con todos y todo. No hay dicha más grande en este mundo ni riqueza mayor. Aquel hombre jorobado practicó y vivió a fondo todo lo que ya te he dicho. Y por eso ahora, cuando se miran las aguas de este río, se observa el azul del cielo y se contemplan las torres de la Alhambra, hasta parece que por aquí sigue palpitando el hermoso universo, transparente y bello que llevaba en su interior. Porque de todas, todas las cosas, lo que hizo y vivió aquel hombre, es lo único que perdura con el paso del tiempo.

 

               Mientras el hombre mayor remataba su relato con estas reflexiones, la joven miraba a las aguas del río, corriendo a sus pies, meditó un momento y luego dijo:

- Ahora sí que estoy convencida de que en este río puedo encontrar oro. Porque me parece que aquel hombre ha dejado por aquí mucho de todo eso que acabas de contarnos.

Y el hombre mayor remató:

- Pero no olvides que el mayor de todos los tesoros se esconde y debes encontrarlo primero en tu corazón. Practica el amor, la bondad y el respeto y verás como en tu vida y a tu alrededor, aparecen bellos tesoros, hermosas primaveras y cristalinos ríos de aguas claras como éste que ahora corre a nuestros pies. Sigue buscando siempre ilusionada, que las pepitas o monedas de oro, pueden aparecer ante ti en cualquier momento y cuando menos lo esperes.  

 

La Casa de la Higuera

 

               No era como todas las casas que en aquellos momentos había en el barrio. Ni tampoco el barrio en sí estaba configurado tal como hoy lo conocemos. Dos de las calles, bastantes limpias y que no discurrían de arriba abajo en la ladera sino de un lado a otro elevándose levemente, eran estrechas. Sin empedrados ni asfalto sino pura tierra hasta en las mismas puertas de las casas. Algunas de estas construcciones, a un lado y otro y de arriba abajo, eran muy humildes. Otras, estaban edificadas de adobes de barro y hasta tenían un poco de jardín o árbol frutal, sembrado en las puertas.

 

               Tal era el caso de la vivienda que muchos conocían con el nombre de “La Casa de la Higuera”. Porque crecía este árbol en una de las entradas de la humilde casa. En la entrada que daba al norte y a la calle más importante. La vivienda tenía dos entradas ya que su construcción era alargada. De una calle a otra y por eso la segunda entrada daba al sur. A la calle más estrecha y que al otro lado, ya no tenía viviendas porque discurría casi al borde de una pequeña torrentera que, según caía hacia el río, se convertía en tierra de labor y huertos.    

 

               Y como las dos entradas a la casa alargada, humilde y baja no daban a ninguna de las calles sino que estaban alineadas con la longitud de la construcción, en la pequeña franja de tierra por delante de las puertas a la vivienda, en tiempos pasados y nadie sabía quién, habían sembrado algunos árboles. Un granado, un ciprés, un naranjo y una higuera. Este último árbol ya estaba muy grande, tenía el tronco ennegrecido, crecía fuerte y frondoso y por eso, al llegar cada año el verano, daba muy buena cosecha de higos rayados. Ni blancos por completo ni negros total. Higos rayados que era como lo llamaban ellos.

- Los mejores higos que se crían en este barrio y rincones de Granada.

Comentaban con frecuencia los vecinos. Y desde luego que era cierto porque cuando la higuera estaba en el mejor momento de la cosecha, en los meses centrales del verano, era la atracción no solo de los niños sino de todas las personas que por la calle del centro pasaban.

 

               Y una de las personas que más disfrutaba y se aprovechaba de los frutos de esta higuera, era el niño de la casa que se alzaba al final de la calle del centro. Un niño pobre que vivía también en una casa muy humilde y un día lo contrataron para que cuidara de un rebaño de cabras, propiedad de una familia algo rica. Desde aquel momento, todos los días se levantaba muy temprano, salía de su casa, subía por la calle del centro y al llegar a la higuera, en la época en que el árbol tenía los frutos maduros, se paraba a coger algunos higos. Con mucho cuidado para que no lo vieran los dueños no fueran a enfadarse con él. Pero esto precisamente era lo que a él más le intrigaba: que nunca, nunca había visto a los dueños de la frondosa higuera. Se decía, cuando se paraba a coger higos y miraba por si los dueños aparecían: “Es como si en esta casa no viviera nadie”. Y recordaba los momentos que entre los vecinos, con frecuencia oía:

- En la casa de la higuera, parece que no vive nadie pero no es cierto.

- ¿Y quién vive? ¿Tú lo sabes?

Se preguntaban entre ellos.

- Un anciano con sus dos nietos y una mujer joven.

- ¿Por qué sabes tú eso? ¿Acaso lo has visto alguna vez?

- Yo no lo he visto nunca pero sí he oído que dicen eso.

 

               Y como al muchacho que cada día pasaba y se paraba a coger higos, también le intrigaba lo del abuelo y los nietos, de vez en cuando miraba. Cuando se paraba a coger higos, con mucho cuidado para que no lo vieran, miraba muy interesado por las puertas y ventanas de la casa buscando ver a los niños. Nunca los veía y por eso, en algunas ocasiones pensó acercarse a la puerta y llamar para conocerlos. Pero luego sentía miedo y no se atrevía. También se decía: “Si es cierto que esos niños viven aquí ¿qué comerán y dónde juegan? Porque tampoco los he visto jugando en la calle con los demás niños de este barri”.

 

               Sí los vecinos veían a una mujer joven, aunque ya madura, que cada día salía de la casa con una especie de bolsa, caminaba por la calle de la torrentera y se iba lejos. Nadie sabía a dónde pero sí la volvían a ver otra vez al oscurecer con la misma bolsa llena de cosas. Y una mañana, cuando el joven se paró al lado de la higuera para coger un par de higos de las ramas bajas, sintió discutir dentro de la casa. Escuchó atento y luego sintió a los niños llorar. Quiso entrar para ver qué pasaba pero seguía teniendo miedo y se contuvo. Continuó su camino para ocuparse en el trabajo que cada día realizaba y cuando volvió por la tarde, vio que los vecinos se concentraban cerca de la casa. Preguntó y le dijeron:

- A media mañana salió de esta casa gritando y dentro hemos oído a los niños llorar.

- ¿Qué ha pasado?

- Nadie lo sabe pero parece que no es nada bueno.

 

               La mujer de la bolsa y algo joven, no volvió aquella tarde ni al día siguiente ni nunca más. Sí a los dos días, como dentro de la casa se oían a los niños llorar, los más decididos entraron y vieron a un hombre mayor y a un niño y una niña de entre diez y doce años de edad. Le preguntaron y la niña dijo:

- Esa mujer no era nuestra madre. Nos tenía aquí encerrados, nos daba algo de comida y continuamente nos amenazaba con pegarnos si salíamos fuera de la casa o si decíamos algo a alguien.

Y el anciano, muy afectado y con pocas, confesó:

- Yo los he cuidado lo mejor que he podido pero necesitan cariño y alguien que los alimenten y los lave.

 

               Tres días después, al pasar el joven cerca de la higuera de la casa, se paró y miró. Vio a la niña que asomados a la puerta primera, esperaban algo. Le preguntó:

- ¿Estás sola?

- Mi abuelo y hermano están dentro.

- Si queréis, los dos podéis veniros conmigo y os enseño mis cabras, los campos por donde siempre ando solo y jugamos juntos todo lo que tengáis ganas.

- Si que nos vamos ahora mismo.

Dijo ella casi al instante. Llamó al hermano, salieron de la casa y se fueron con el joven. Al volver aquella noche se llevaron el abuelo a casa de su amigo, el niño que guardaba cabras en las montañas y la familia los acogió diciendo:

- Desde hoy, en esta casa nuestra, seréis uno más. Como hijos nuestros de toda la vida y regalo maravilloso envidado del cielo.

 

Y el joven, la niña, el abuelo y el niño, se alegraron. No volvieron más a la casa de la higuera. Pasado un tiempo, el árbol se secó, la casa se fue cayendo poco a poco y la hierba y las zarzas, crecieron en el terreno. Todo el mundo decía que dentro, lo que había, no era nada bueno y por eso la empezaron a llamar, en lugar de La Casa de la Higuera, La Casa de la Mala mujer.

 

Descalza por las calles de Granada  

 

Como si rezara al cielo,

por las calles iba descalza,

pisando el suelo,

mirando las torres de la Alhambra

y en silencio.

Y cuando le preguntaron:

- ¿Por qué misterio

caminas de este modo y tan callada?

Ella respondió:

- Fundo mi alma,

mi corazón y cuerpo

con la esencia del alma de Granada.

 

               Bajaba sola. Por la Cuesta del Rey Chico y al dar la cuerva en la calle, la vio. Por donde ya el camino, empedrado y estrecho, se encuentra con la calzada que lleva a la Fuente del Avellano. Él estaba sentado en el pequeño muro del puente del Aljibillo y tomaba el aire. Hacía mucho calor y del río Darro, de vez en cuando, subían pequeñas rachas de aire fresco, con aromas de juncos, sauces y almendros.

 

Era por la tarde, mediado de agosto y por eso el sol calentaba con fuerza. Tanto que entre las ramas del viejo almez que en el mismo muro del puente crece, las chicharras cantaban sin descanso. Y por el río, unos metros más abajo, ya casi a la altura del Paseo de los Tristes, algunos jóvenes desfrutaban de las claras aguas. Caminaban por la corriente pisando la arena o de piedra en piedra, miraban los remolinos del transparente líquido sentados en la orilla y a la sombra del robusto sauce que ahí crece y charlaban entre ellos mientras esperaban no se sabía qué. Todo esto, justo donde al río se entrega el cristalino arroyuelo que, desde la Alhambra, Torre del Agua y de la Cautiva, desciende paralelo al camino del Rey Chico. Y aquí mismo, donde el arroyuelo se junta con las aguas del río Darro, esta tarde se veían tronchadas las dos ramas más gruesas del viejo sauce que ahí clava sus raíces. Dos días antes, una ráfaga de aire, desgajó una de las gruesas ramas. Cayó atravesada en la corriente del río y ahí quedó. Y la noche antes de verla bajar por la Cuesta del Rey Chico, se rompió la otra rama. Casi por el mismo sitio y quedó tumbada justo donde las aguas del arroyuelo de la Alhambra, se funden con las del río. Aquí mismo se siguen sentando los jóvenes y ahora aprovechan ellos parte de las dos ramas caídas, para tender sus toallas, las camisas o algunas otras prendas.  

 

               Y estaba él mirando, sentado en el muro del puente y se preguntaba: “¿Qué habrá sido lo que ha pasado para que caigan de esta manera estas dos ramas y en tan poco tiempo?” Nadie respondió a su pregunta y le resultaba aun más chocante ver el mismo panorama con la fantástica figura de la Torre de Comares en todo lo alto de la colina. “Como si estuviera ocurriendo algún fenómeno extraño por aquí y nadie lo supiera. En cuanto se me presente la oportunidad, voy a preguntarles a los vecinos a ver si saben algo”. De nuevo se decía, cuando al mirar para la Cuesta del Rey Chico, la vio. Con sus zapatos en la mano, una pequeña mochila, un pañuelo de seda entrelazado con el pelo y caminando muy despacio para no hacerse daño. Porque esto fue lo que más le llamó la atención: descubrir que caminaba descalza, con mucho cuidado y procurando pisar en las piedras más grandes del empedrado en este camino.

 

               Tal como estaba sentado, esperó a que llegara al puente, con la intención de preguntarle en cuanto se acercara. Pero, comenzaba a cruzar por delante y antes de que él dijera nada y justo a su altura, ella se paró y le preguntó:

- Vengo de la Alhambra y quiero ir al barrio del Albaicín y al Mirador de San Nicolás. ¿Voy bien por aquí?

- Sigue recto, sube la calle que se ve al frente, Cuesta del Chapiz y al final, verás un edificio muy grande. Es la iglesia mayor del albaicín, el Salvador. La construyeron sobre una mezquita y por eso hoy se alza majestuosa. Muy cerca y por detrás de esta iglesia, se encuentra la nueva mezquita y el famoso mirador.

- ¿Y queda lejos?

- Quince minutos, a un paso lento.

- ¿Y el Sacromonte?

- A mitad de esta cuesta, a la derecha, sale un camino que lleva a ese barrio.

- Es que también quiero verlo.

- ¿Y descalza vas a recorrer todas esas calles y caminos?

- Me gusta y más si es por las calles de Granada,

- ¿Qué tienen las calles de Granada para que sean interesante recorrerlas descalza?

 

               Dio unos pasos, soltó sus zapatos en el muro del puente, miró al río y luego dijo:

- Soy de Italia y me llamó Diana. Y entre otras cosas, me gusta de una manera especial, la ciudad de Granada. ¿Y sabes por qué?

- No lo sé.

- Desde pequeña, yo siempre he soñado con un castillo viejo en lo más alto de las montañas. Y lo que más me ha gustado cada vez que con este castillo he soñado, ha sido y es el paisaje que le rodea y los ríos de aguas limpias que a un lado y otro corren. Me he visto muchas veces caminando por estos paisajes, arroyuelos y bosques y siempre lo he hecho descalza.

- ¿Y sabes por qué?

- Cada vez que piso la tierra y experimento su contacto bajo mis pies, me parece que me fundo con ella. Como si de alguna manera mi alma y toda yo entera, se fusionaran conmigo y yo con la tierra y el Universo entero.

 

               Hubo un momento de silencio y luego él volvió a preguntar:

- ¿Y qué tiene de especial caminar descalza por las calles de Granada?

- Para mí tiene de especial que la Alhambra, este río y estas calles, se parecen mucho al sueño que desde pequeña he soñado. Solo dos días voy a estar en esta ciudad y por eso quiero vivirla y sentirla de la manera más especial.

- ¿Para hacer realidad lo que tantas veces dices que has soñado?

- Si tuviera tiempo te contaría con detalle mi sueño pero ahora tengo que irme para aprovechar las horas que aun voy a estar en Granada, la ciudad más bella del mundo, sin dudarlo.          

 

               Agradeció ella el rato de conversación y la información que le había dado y poco después subía por la Cuesta del Chapiz, con sus zapatos en la mano y caminando despacio y descalza por el empedrado de la acera. La siguió mirando mientras se alejaba y para sí, otra vez se dijo: “A nadie hace daño con su decisión de caminar descalza por las calles de Granada. Y si es su sueño y de esta manera transciende su ser y eleva su alma al cielo, es hermoso y digno del mayor respeto. Verla alejarse y de la manera que lo hace por las calles de Granada, también es muy bello”.

El hijo maldito

 

               I- La semilla de la maldad y de lo malo, siempre está presente en el corazón de las personas. Se puede ver claramente haciendo un recorrido por la historia de la Humanidad. Y en los individuos que con más fuerza ha germinado la necesidad de hacer daño a los otros, casi siempre ha sido y es en aquellos que tienen poder. Han procurado y procuran en todo momento, echar de su lado y quitar de su vista y a veces destruir por completo, a todos aquellos que no les son afines o que no les resultan simpáticos o simplemente no les adulan. En el corazón humano, anida la semilla de la maldad y los que han tenido o tiene alguna clase de poder, han sido y son los que más daño siempre han hecho a los demás.

 

               Esto fue lo que sucedió en aquellos tiempos dentro de las murallas y palacios de la Alhambra. Uno de los reyes, tuvo amores con una mujer que no era de sangre real. No repudió ni abandonó a su legítima esposa sino que dejó que siguiera viviendo en los mismos palacios. Con su mujer verdadera, el rey tenía tres hijos, dos ya mayores que serían, en el futuro, los herederos del trono y el pequeño. Pero con la mujer que no era su esposa, también tuvo dos hijos. Y como esta mujer sí tenía la maldad instalada en su corazón, un día dijo al rey, su amante:

- Quiero que algunos de mis hijos, herede el trono cuando tú mueras.

Y el rey, ya algo mayor, de carácter débil y más dado a las mujeres que a sus deberes con el reino, argumentó:

- Pero yo tengo dos hijos ya mayores con mi esposa verdadera. Por ley, uno de ellos, debe heredar la corona y gobernar.

- Yo no quiero que ninguno de tus tres hijos hereden la corona y gobiernen. Soy tu amante y mi hijo, aunque no tiene derecho a ser rey, yo sí lo deseo. Y tú, como rey que eres, tienes el poder para conseguir lo que te estoy pidiendo.

 

               Meditó el rey, durante algún tiempo estas cosas y como la amante le seguía pidiendo que su hijo heredara la corona, una tarde el rey llamó a la mujer verdadera. Le pidió que entrara a los salones que él siempre ocupaba como emperador del reino y cuando ella estuvo enfrente, le dijo:

- Desde hace un tiempo vengo observando que nuestro hijo pequeño es un solemne vago.

- ¿Por qué dices eso?

- Siempre lo veo ocupado en sus cosas personales, caprichos absurdos y sin sentido y dejando a un lado sus deberes más elementales.

Al oír la mujer estas palabras, sintió un gran dolor en su corazón. Muy apenada, dijo al rey, su esposo:

- Nuestro hijo pequeño es bueno. Siempre se ha comportado de una manera especial, eso es cierto: le gusta la soledad, es amante de los ríos y las montañas, le gusta contemplar las estrellas en las noches que la luna no brilla y defiende la libertad. ¿Qué tiene de malo esto? Pienso como él, que las personas tenemos derecho a ser respetadas por encima de todo, porque somos obra de Dios. Nada está por encima de la dignidad de las personas, aunque sea el más pobre.

Y rey siguió argumentando:

- Pero tu hijo pequeño, nunca hace bien las cosas que le tengo encomendado. Y menos aun muestra ilusión por estas cosas y eso a mí, no me gusta nada.

- No sé por qué dices esto de nuestro hijo porque él es bueno. Y por eso, como estoy intuyendo tus intenciones, te pido que no lo castigues ni vayas contra él. Yo lo quiero y de ti deseo que te comportes con bondad.

 

               Al oír estas palabras el rey de boca de su mujer, guardó silencio, meditó algo y luego dijo:

- Pues ya veremos lo que decido hacer. Pero que te quede claro que ni mucho menos estoy contento con él. Nuestro hijo pequeño, no sirve para rey y con toda claridad te lo digo.

Un gran dolor sintió la mujer en su corazón y por eso fue incapaz de seguir hablando con el rey, su marido. Lo despidió, salió de los aposentos reales y se fue derecha en busca del hijo pequeño. Nada más verlo lo abrazó y lo llenó de besos. Y aunque estuvo a punto de hablarle y contar lo que sucedía, no lo hizo. Su corazón de madre, buscaba lo mejor y más amable para el hijo. Unos días más tarde, el rey llamó al general mayor y le dijo:

- Organiza una cacería en las montañas y pídeles a mis dos hijos mayores que vayan. Sin que nadie lo note ni se den cuenta, debe ocurrir un accidente donde estos dos hijos míos mueran. Y mucho cuidado porque esto es un alto secreto. Solo tú y yo debemos saberlo.

- Pero majestad…

Exclamó el general. Y antes de que le diera tiempo a decir nada más, el monarca atajó:

- No permito que nadie discuta mis deseos. Cúmplase inmediatamente lo que ordeno.

Y dos días después, todos en los palacios de la Alhambra, lamentaban y lloraban la muerte de los dos hijos mayores del rey. La madre, más afligida y asustada que nunca, no se apartaba del hijo pequeño porque en su corazón intuía otra desgracia.

 

               Cuatro días después de la muerte de los dos hijos mayores, el rey llamó otra vez al general y le dijo:

- Mi hijo pequeño ha enfermado y ningún médico puede curarlo. Ya me entiendes y por eso también te pido que obedezcas y quede todo en el más riguroso de los secretos.

Guardó silencio el general, se retiró de la presencia del rey y rápido fue a la madre del hijo pequeño y le dijo:

- El rey planea quitarle la vida al único hijo que te queda.

Agradeció la reina la confesión que el general le hacía y sin perder tiempo buscó al hijo pequeño y le dijo:

- Tienes que salir ahora mismo de estos palacios y no me preguntes por qué. Algo muy grande trama el rey y la única manera de impedírselo, es huyendo.

 

               Al caer la noche, ayudados por el general, los tres se descolgaron por la muralla de la alhambra, bajaron por el camino que hoy conocemos en Granada como Cuesta del Rey Chico, cruzaron el río Darro y en lo más alto de Albaicín, se refugiaron. Temblando de miedo porque esperaban que el rey, en cuanto supiera lo ocurrido, montaría en cólera y atacaría a todo lo que fuera necesario. El general le dijo a la madre:

- Usted tranquila, señora, que mientras yo esté aquí, nadie tocará un pelo a su hijo pequeño.

Y la madre, junto a su hijo pequeño, miraba al general y le decía:

- Este hijo mío pequeño, tiene sus manías, como todas las personas en este mundo pero es bueno. Nadie tiene derecho a maltratarlo o quitarle la vida por el hecho de que no se comporte según lo establecido. Solo Dios puede disponer de la vida de las personas.

Y el general intentaba animarla diciendo:

- Tiene usted toda la razón del mundo, mi señora. Pero su marido el rey, se ha vuelto loco y ahora mismo ni gobierna ni actúa con inteligencia. Solo piensa en sí mismo y en mantener, de la manera que sea, la corona.  

 

               II- El edificio era hermoso, grande, de paredes recias y con algunas ventanas. Daban a la Alhambra, algunas de estas ventanas, a Sierra Nevada y a la amplia vega de Granada. El gran general, dijo a la madre:

- En esta habitación, con su gran ventanal a la colina de la Alhambra, debe instalarse usted. Es el lugar más seguro del palacio y, al mismo tiempo, el sitio más hermoso y desde donde se ven los más amplios y bellos paisajes.

Y la madre preguntó al general:

- ¿Y mi hijo pequeño?

- Se encuentra a salvo bajo mi protección porque ahora creo que corre más peligro que nunca. Pero usted señora, no se preocupe que mientras yo tenga fuerzas y mis partidarios me apoyen y obedezcan, nadie tocará ni un pelo a su hijo. Le seré fiel hasta mi muerte porque usted se lo merece. Y, por mi honor yo le prometo que su hijo heredada un día la corona de rey que le pertenece y será el señor de la Alhambra y de todo el gran reino de Granada. Porque su padre, el rey de corazón negro, ha hecho y está haciendo mucho daño tanto a usted, a su propio hijo, a las demás personas y al reino entero. No es un hombre bueno.

 

               Agradeció la madre la valentía y sincera disposición del general y se instaló en la habitación de la amplia ventana a la Alhambra. Y como su corazón estaba lleno de dolor y se sentía sola, despreciada, abandonada y al mismo tiempo perseguida y acorralada, junto al hueco de la ventana puso un pequeño sillón. A media mañana y al caer las tardes, sentada en este lugar y mirando por el hueco de la ventana hacia la colina de la Alhambra, triste se decía: “Me siento la más desgraciada de todas las mujeres del mundo. Me desprecia el rey, me destierra de la Alhambra, sola vivo ahora con mi hijo pequeño en este rincón del barrio del Albaicín y ni siquiera tengo esperanzas de salir de aquí en ningún momento. Y sin embargo, yo sé que soy digna y una buena madre. Ojalá que el cielo me abrace y me siga dando fuerza para continuar en esta tierra”. Y mientras esto reflexionaba, lloraba como una magdalena y el corazón se le afligía de la manera más amarga. Y más aun se sentía triste y desgraciada cuando hasta sus oídos y a través de la ventana, llegaban las risas y algarabías de los niños que por las calles jugaban. Hacía ella un esfuerzo, se asomaba y al verlos, aun se sentía más prisionera. Como encerrada por completo en una pequeña cárcel, condenada y maldecida por el rey de Granada.

 

               Aquel mismo día y en los que siguieron, el general salió del palacio donde se habían refugiado, se quitó la ropa de militar y se fue por las calles a mezclarse con los demás habitantes del barrio. Y a todos los que iba encontrando, les preguntaban:

- ¿Qué piensas tú del rey de la Alhambra que vive con una mujer que no es la suya y ha matado a dos de sus hijos?

- Que es una muy mala persona. Como rey no vale nada, como padre, es un cruel y como persona, es deshonesto, está loco y tiene el corazón negro.

Y otras personas decían:

- Además, cada día, nos cobra más y más impuestos y ya no podemos más. Trabajamos solo para mantener sus caprichos mientras nuestros hijos se mueren de hambre. Este rey de Granada, es tan malo que ni siquiera protección nos das sino que nos trata de la peor manera. ¿Para qué lo queremos?

- Eso mismo pregunto yo. Porque hasta su ejemplo es malo no solo para nosotros sino para todos nuestros hijos y sus vasallos.

 

               El general vestido como uno más, agradecía a las personas que fueran sinceras con lo que estaba pesando en los palacios de la Alhambra y luego, después de charlar mucho rato con ellos, volvía a donde la madre se moría de pena, junto a su hijo pequeño. Meditaba lo que los vecinos le habían dicho y en su corazón comenzó a tramar un plan. No dijo nada a la madre pero sí informó al hijo diciendo:

- Podemos reunir a todos los hombres de este barrio que están descontentos con tu padre como rey y formar un pequeño ejército con el cual entrar a los palacios y derrocar a este mal gobernante y peor padre. ¿Qué te parece?

- Que estoy de acuerdo con usted. Mi madre y yo tenemos, dentro de los recintos amurallados de la Alhambra, un buen grupo de amigos guerreros y enemigos de mi padre. Nos podemos poner en contacto con ellos y junto con los hombres de este barrio, entramos en los recintos amurallados y palacios y destronamos a mi padre.

- Pues ya no hay nada más que hablar. Desde ahora mismo me dedico a organizar y preparar a los hombres de este barrio. Y a tu madre, la verdadera reina de la Alhambra y de Granada, cuéntale si quieres este plan nuestro. Sin duda que ella estará de acuerdo y nos apoyará como siempre ha hecho. Porque su sueño con respeto a ti, es que seas rey de la Alhambra y de todo el reino de Granada, cosa que yo también apoyo. Su marido, tu padre y el actual rey, la ha traicionado de la manera más vil y eso ella no puede perdonárselo.

 

               Unos días después, el padre y rey de la Alhambra, tuvo que marchar a una guerra, lejos de Granada y con un gran ejército. Los amigos de la madre en la Alhambra, informaron al general diciendo que era el mejor momento para asaltar los recintos amurallados y derrocar al rey malo. Le comunicaron:

- Nosotros estamos preparados.

Y el general les contestó:

- Y nosotros en este barrio, también estamos preparados. Mañana por la mañana, a primera hora, nos presentamos en las puertas de las murallas y entramos en los palacios.

Respondió el general a los amigos.

 

               Y al rayar el alba al día siguiente, el gran general se reunió con sus amigos y su ejército, entraron por las puertas de la muralla y sin apenas lucha, se hicieron dueños de los palacios y del trono real. Enseguida la madre ordenó que su hijo fuera coronado rey de Granada y así se hizo. Tanto los amigos del general como los vecinos del Albaicín y de Granada, estuvieron de acuerdo. Rápido enviaron un emisario al rey padre que luchaba en la batalla lejos de Granada y al saber éste lo ocurrido, dijo a su general de confianza:

- De nada nos sirve que ganemos esta batalla porque, desde este momento, ya no soy rey. No podremos regresar ni a Granada ni a la Alhambra.

 

               La batalla fue violenta y en la lucha murieron muchos soldados. La gano, al final, el rey de corazón negro y cuando, con lo que quedaba de ejército, se dispusieron regresar, no lo hicieron a Granada. Encaminaron sus pasos a un pueblo pequeño no lejos de la ciudad de la Alhambra, dirección al mar, y aquí se refugió, con su general y las tropas que habían quedado. En un pequeño castillo, en lo más alto del monte cerca de este pueblo, se instaló el rey de corazón negro, destrozado por completo, muy cansado y sin fuerzas para nada. Dijo a su general:

- Ojalá dejen libre a mi amada y venga a protegerse aquí conmigo.

 

               En los recintos de la Alhambra, el nuevo rey y la madre, dejaron libre a la amada del rey padre y ésta con sus hijos, marcharon rápidos al encuentro del anciano destruido y derrocado. Nadie celebró el encuentro y ni siquiera las personas del pequeño pueblo se alegraron. Sí en la Alhambra, en toda Granada y en especial en el barrio del Albaicín, había gran júbilo por los nuevos cambios en la Alhambra. Y los que más se alegraban, era la madre y el hijo pequeño. Los amigos les decían:

- El rey derrocado, ha acabado como merecía. Toda su vida ha sido y loco y un tirano que solo pensaba en sí mismo y por eso su comportamiento no podía ser bendecido por el cielo.

 

               Poco tiempo después, murió el rey malo, muy envejecido y hasta por completo ciego. Nadie de la Alhambra fue a su entierro y en el pequeño pueblo, tampoco lo lloraron. Lo enterraron, los poco amigos que aun le quedaban, en algún lugar secreto que solo unos cuantos conocían. Después, ya pasado el tiempo, por completo se perdió todo rastro de este rey, de su amante y de los dos hijos que ella propuso para reyes. Ni siquiera hoy se sabe dónde está la tumba del rey destronado. Y en la historia, este personaje ha quedado recogido como un hombre egoísta y malvado. Algunos decían y aun todavía repiten, que aquel hombre merecía que sus restos y memoria, hayan desaparecido de esta manera y para siempre.

- Quien hace tanto daño a las personas y a los suyos, no merece ni la bendición del cielo ni el recuerdo ni aprecio de los humanos.                   

 

EL PROFETA DE LA ALHAMBRA

 

               A media mañana se le vio subiendo la empinada cuesta. Caminaba despacio, mirando a dónde pisaba a cada paso y mirando al frente, de vez en cuando. La calle era estrecha, muy empinada, con solo algunas casas a los lados, empedrada en algunos tramos y con varios escalones ya casi al final. Y él, anciano muy deteriorado, se la conocía casi de memoria. Muchas veces la había recorrido a lo largo de su vida y otras tantas veces se había parado a descansar en el mismo sitio. Donde la calle y la cuesta tenían un rellano que servía para esto, para descansar y también para dividir la calle en dos. Porque a partir de aquí, al frente seguía una calle aun más estrecha y con un firme de tierra y por la izquierda, hundiéndose algo para el lado de abajo, salía otra callejuela. También esta pequeña calleja o camino, era muy estrecho y como discurría por terreno muy inclinado, estaba todo empedrado.

 

               Por eso, desde el rellano, caía casi en picado y enseguida, como a unos treinta metros, aparecían las casas que él llamaba “pobres”. Diez o doce casas que en realidad eran cuevas porque estaban cavadas en la misma torrentera y hundidas en el cerro por debajo del rellano donde ahora se había parado. Pero las casas cuevas, tenían más aspecto de casas porque todas ellas presentaban sus fachadas construidas de adobes, con ventanas llenas de macetas y las paredes encaladas con un blanco inmaculado de cal fresca. Las familias que las ocupaban, la mayoría se ganaban la vida haciendo cosas insignificantes. Y otras familias, solo algunas, poseían algún animalillo para sobrevivir. Pero a él, nunca a lo largo de su vida, le había importado relacionarse con estas personas pobres. Al contrario: le gustaba mucho venir a verlos, charlar con ellos, hablarles de Dios y consolar sus penas.

 

               Unos y otros, siempre le decían:

- Usted es la única persona que de verdad nos quiere, viene a visitarnos y nos trata con respeto.

- Y eso es poco para lo que en realidad cada uno de vosotros os merecéis.

Les decía él y luego se lo demostraba en el trato que les daba. Con frecuencia les razonaba:

- Ser tan pobres como vosotros, aunque en realidad es mala suerte, tampoco es la mayor de las desgracias.    

Y ellos le argumentaban:

- Usted piensa así porque toda su vida ha vivido entre reyes en esos palacios de la Alhambra. Nunca pasó ni hambre ni frío como sí nosotros en estas pobres casas y con estas condiciones.

- No lo niego ni tampoco quisiera defenderme pero mi vida en esos palacios de la Alhambra, no ha sido ni es tan feliz como vosotros pensáis. Allí se habla mucho de Dios y en su nombre se construyen bellas obras, se escriben hermosos poemas y se recitan largas y rebuscadas oraciones. Pero también luego, se maltrata a las personas, se roba y se matan unos a los otros y se urden intrigas oscuras y criminales. No es ese el Dios que yo llevo en mi corazón y deseo mostraros a vosotros.

Y a estas palabras, las personas pobres, una vez y otra, le preguntaban:

- ¿Qué Dios es ese que quiere enseñarnos?  

- El que respeta a las personas como a lo más sagrado y por encima de todo. El que no roba ni traba venganzas contra los demás, el que da libertad y exige el amor como único camino para entrar en el paraíso. Y este Dios, sin que vosotros los sepáis, lo honráis cada día en medio de vuestra pobreza, en este lugar del mundo y en estas sencillas casas donde vivís.

 

               Y cuando el hombre reflexionaba con ellos estas cosas, casi nunca nadie ponía en duda sus palabras. Por eso, poco a poco le fueron tomando cariño y poco a poco lo fueron aceptando como a uno más entre ellos. Incluso aun más: ya habían llegado a un punto en que les gustaba que viniera a verlos. Se decían:

- Cuando nos habla ¿a que parece que transmite fuego? Como si sus palabras le salieran del centro mismo del corazón.

- Sin duda que ese hombre, además de sabio, sincero y bueno, está lleno de bondad de Dios y por eso necesitamos más personas como él en este mundo.

- Y aun lo engrandece más el que sea amigo de los reyes de la Alhambra y que viva allí con ellos y al mismo tiempo, se digne regalarnos su cariño, tiempo, sabiduría y respeto.

Decían esto porque él, a lo largo de su vida, había compartido muchas cosas entre los reyes y con los príncipes y princesas de la Alhambra. Como encargado de animar y mantener vivo dentro de la corte, la imagen y enseñanza de Dios. Por eso era un hombre respetado, con una gran cultura y con ideas elevadas y acciones nobles. Pero él, poco a poco y según se iba haciendo viejo, más aun intencionadamente se alejaba de estas personas y lugares. Se decía: “El camino verdadero hacia Dios y hacia el paraíso, está en el respeto para con los pobres. Cada día me gustan menos los lujos de estos palacios y los comportamientos de lo que aquí viven”.

 

               Y por eso, esta mañana, ya muy viejo, muy cansado y con la decisión tomada, una vez más se acercaba a las humildes casas del barrio. Después de descansar un momento sentados frente al hermoso valle del río, se incorporó, caminó despacio ahora bajando por los escalones en la estrecha y empinada callejuela y al poco, llegó al rellano que servía de portal a las casas. Al verlo, dos de las mujeres, lo saludaron y dijeron:

- Como tantas veces, sea usted bienvenido.

- Y yo que me alegro de veros. ¿Cómo estáis?

- Bien pero siempre con nuestros problemas encima, nuestras penas y en la lucha por la vida.

- Pues a tener ánimo que la bendición y ayuda del cielo nunca os faltará. Y de parte de Dios, mi respeto para con todos vosotros.

- Sus palabras, no nos quietan ni el hambre ni las penas pero sí que nos hace sentirnos personas.

- Me alegro y doy gracias a Dios.

 

               Y al poco llegaron algunos hombres y varios niños. Los hombres enseguida lo saludaron y le dijeron:

- Hoy se queda todo el día aquí con nosotros.

Y él les dijo muy seguro:

- Hoy solo vengo a despedirme.

Al oír estas palabras, todos se le quedaron mirando y al rato, uno de ellos preguntó:

- ¿Y cómo es eso?

- Sí porque me marcho. Mi hora ha llegado porque ya estáis viendo lo viejo que estoy y lo cansado que me encuentro.

- Nosotros repartiremos con usted todo lo que tenemos.

- No se trata de eso. Es que Dios, como a todos en esta vida, me está llamando. Me voy con Él al paraíso para ir preparando las cosas y todo lo que allí haga falta para ese día en que a vosotros también os llegue la hora.

 

               Hablaron algunas cosas más durante un buen rato y después los despidió. Desde la puerta de sus casas, ellos lo despidieron y luego lo observaron mientras se alejaba. Sobre las blancas casas del barrio del Albaicín, el sol caía limpio y brillante y lo mismo sobre las torres y murallas de la Alhambra. Al fondo, por donde el río venía desde las oscuras montañas, todo parecía tranquilo, algo oscuro y lleno frondosos bosques. Y por ahí, lentamente se fue perdiendo. Dijeron algunos de las personas pobres:

- Se va al encuentro y abrazo del Dios que en su corazón tantas veces hemos visto.      

        

 

LA JOVEN ENFERMA

 

               La más milagrosa de todas las medicinas, la que lo cura todo y de forma permanente, la tenemos al alcance de la mano cada día. La llevamos en el corazón y todos la conocemos con el nombre de “amor”.

 

               Ella era muy hermosa. De pelo negro, estatura alta, cara algo redonda, cuerpo delgado y palabras dulces. En todo el barrio del Albaicín se decía y repetían que era la más dulce de las jóvenes y también la más buena. Tanto que cuando se la encontraban caminando por las calles, los que la conocían y otros, siempre se paraban para verla y gozar de la hermosura que irradiaba. Y entre sí, unos y otros, muchas veces comentaban:

- Es como si el cielo nos quisiera premiar con solo la presencia de esta joven tan delicadamente bella.

- ¡Y que lo digas! Porque ya comprobáis que con solo verla, nos llena de luz cada día. Y no solo esto sino que hasta parece que con solo encontrarse con ella, despierta pensamientos hermosos y entran ganas de ser buenos.

- Claro que todo esto es cierto y por eso también da pena verla tan triste cada día. ¿Qué será lo que le pasa?

 

               Preguntaban esto los vecinos porque la joven, a pesar de su hermosura y la aparente frescura de su cuerpo, la mayor parte del día, se la pasaba encerrada en su casa. Sentada frente a la ventana que se abría hacia la colina de la Alhambra, valle del río Darro y parte de la ciudad de Granada. Y como los vecinos, casi todos los del barrio, en el fondo la querían, un día uno de ellos le hizo un regalo. Fue uno de los vecinos que tenía una fragua algo más abajo de su casa. En mitad de la ladera que desde lo más alto del Albaicín, cae para el río. El dueño de la fragua, ya un hombre mayor, dijo a su hijo, joven, fuerte y con una muy agradable presencia:

- Como nuestra vecina, la hermosa joven que todos adoramos, se pasa el día encerrada en su casa y mirando por la ventana, vamos a tener un detalle con ella.

- ¿Qué detalle?

Preguntó enseguida el hijo:

- Tú prepara los hierros que yo te vaya diciendo y mantén bien alimentado el fuego. Ayúdame cuando te lo pida y pon todo el cariño que puedas en este trabajo.

- Lo haré con mucho gusto porque si se trata de algo para regalar a esta joven, a mí también me gusta.

 

               Y desde aquel momento, hijo y padre, los dos mejores herreros que por aquel entonces había en el barrio, dedicaban largos ratos a lo que iban a regalar a la joven. Y poco a poco, el hijo iba descubriendo lo que el padre había imaginado. Pero como el padre quería que todo fuera un secreto para impresionar a la joven el día que se lo regalaran y que así se llenara de alegría, le decía al hijo:

- A nadie digas nada de esto.

- ¡Descuide, padre! A nadie voy a decir nada pero sí quiero que sepa que me gusta mucho esta decisión suya y lo que estamos haciendo.

- Y yo me alegro de saber que tú estás contento. A mí también me agrada mucho hacer algo por esta hermosa muchacha, vecina nuestra.

 

               Confesaba esto el joven porque, en lo más secreto de su corazón sentía una admiración especial por la joven. La conocía desde pequeña y en muchas ocasiones, junto con otros niños del barrio, habían jugado por las calles y plazas del Albaicín. También por las orillas del río Darro y los sitios desde donde mejor se veían las torres y murallas de la Alhambra. Y en aquellos momentos de sus juegos infantiles, en más de una ocasión, la joven había dicho al hijo del herrero:

- Yo no sé qué me pasa que a veces me encuentro sin fuerzas y hasta se me quitan las ganas de todo.

- Estarás cansada de tanto como corres y te diviertes jugando por estos rincones de Granada.       

Le decía el joven porque ella, cuando pequeña, sí era muy alegre y hermosa. Tanto que los vecinos del barrio, lo que más les gustaban, era verla, llamarla para que le hicieran algún mandado o pedirle que se quedara junto a ellos. Y esto era por la alegría y jovilidad que la pequeña siempre derramaba y repartía con unos y otros. Por eso, muchas veces también comentaban:

- Como esta chiquilla de alegre, hermosa y buena, nunca hubo otra en Granada.

 

               Pero la chiquilla fue creciendo y según se hacía mayor, la alegría y la sonrisa, desaparecían de su vida y de sus labios. El hijo del herrero la seguía tratando cada día y también cada día se iba preocupando más y más porque la veía lánguida y sin ganas de nada. En muchos momentos se sentaba en la puerta de su casa y en silencio, se le pasaban las tardes o mañanas mirando para la colina de la Alhambra. El hijo del herrero se acercaba, la saludaba y le preguntaba:

- ¿Te pasa algo?

- Debe pasarme algo porque cada día tengo menos ganas de nada. Ni siquiera de vivir.

- Quizás algún día deberías ir al médico para que te diga qué es lo que te está pasando.

- Intuyo que lo mío, ningún médico podrá curarlo.

Y el joven muchacho, guardaba silencio. Por eso ahora estaba ilusionado con el regalo que su padre y él le estaban preparando.

 

               Y lo terminaron una mañana temprano. Los dos cargaron la bonita pieza de hierro forjado y subieron por la calle. Los vecinos al verlos, le preguntaron:

- ¿A dónde vais con esa reja de ventana tan bonita?

- Ahí vamos con ella.

Respondieron ellos. Llegaron a la casa, llamaron a la joven, el hijo le pidió que salieran por la parte de atrás y que esperara un poco en la calle o en la casa de la vecina.

- ¿Y eso por qué?

Preguntó ella.

- Porque mi padre y yo vamos a darte una sorpresa.

Salió la joven, se fue a casa de una vecina y unas horas después, la llamaron y le dijeron:

- Ya puedes entrar a tu casa, la sorpresa está en esa ventana desde la que tú contemplas a la Alhambra horas y horas en silencio.

 

               Rápida la joven se acercó a la ventana y al ver la reja de hierro forjado con adornos de cobre, colocada en su ventana y frente a la Alhambra, dijo:

- Es un regalo maravilloso. Muchas gracias.

Y el padre comentó:

- Para que cuando estés aquí sentada mirando a los paisajes que tanto te gustan y meditando tus cosas, te acuerdes de nosotros y no te encuentres tan sola.

Y el hijo confirmó:

- Y también para que tu ánimo se llene un poco más de ganas de vivir.

Agradeció la joven otra vez el regalo y ellos se fueron, pensando que ya habían hecho algo bueno y bonito por la muchacha. En cuanto se quedó sola, se acercó a la ventana, se sentó en el dintel interior, por detrás de la bonita reja, miró durante un rato hacia a la colina de la Alhambra, torres y murallas y como algo en su interior le hacía sentirse triste y sin ganas de vivir, cerró los ojos. Y al instante vio algo que nunca antes había observado: la bonita verja de hierro, aparecía cerca de ella como enmarcando un maravilloso paisaje lejano y como entre finas nubes negras. A los lados del paisaje, destacaba el marcho de hierro como reforzando el cuadro que en el fondo se veía y en el centro de la gran belleza, se vía la Alhambra con sus robustas torres y murallas. Sintió deseo de tener alas y lanzarse al viento para irse hacia donde el maravilloso paisajes, Granada, la ancha Vega y las montañas lejanas. Y también sintió deseos de quedarse dormida y no despertar nunca más de este sueño.

 

               Por eso, pasado un buen rato, ni siquiera sabía cómo había sido de largo, abrió los ojos, miró y vio que era de noche. Se fue a su cama y se acostó. Mientras cogía el sueño, lloró y lloró desconsolada sin saber por qué. A la mañana siguiente, al salir el sol, se levantó y rápida se fue otra vez a la ventana. En el dintel se sentó y al ver la misma imagen de la tarde anterior, cogió un papel y escribió durante un rato. Luego cerró los ojos y notó como poco a poco, se fue quedando dormida.

 

               Era ya medio día cuando el hijo y el padre, al pasar por la puerta de la casa, se dijeron:

- Vamos a entrar y le preguntamos si disfruta del regalo que le hemos hecho.

Llamaron a la puerta y como, después de un buen rato nadie abría, al notar que estaba abierta, empujaron y pasaron. La vieron sentada en el dintel de la ventana, con sus ojos cerrados y frente a la Alhambra y a su derecha vieron un trozo de papel escrito. Lo cogieron y leyeron lo siguiente: “Mi enfermedad ha sido de falta de cariño. Nadie nunca me dio el beso que mi corazón necesitaba y por eso me marcho a donde sí sé que voy a recibir el abrazo que tanto he soñado”.

 

EL ARQUEÓLOGO

 

               I- Llegó a Granada y se hospedó en una casa en el barrio del Albaicín, frente a la Alhambra. Antes de alquilarla, el dueño le había dicho:

- Esta casa mía, es pequeña pero sus paredes son muy blancas, tiene un pequeño jardín con rosas, un limonero, un naranjo, un ciprés y también un laurel. ¿Le gustan a usted estas cosas?

- Exactamente es lo que estoy buscando. Porque hospedarme en el barrio del Albaicín, frente a la Alhambra y no lejos del río Darro, no tiene sentido si en la casa no hay todo lo que me has dicho.

- Pues a disfrutarla y que viva usted experiencias interesantes y encuentre muchos tesoros aquí en Granada.

 

               El hombre arqueólogo, llegaba de un país lejano y traía en su maleta y mente un proyecto muy claro. A lo largo de su vida, había leído muchos libros sobre Granada, la Alhambra, el barrio del Albaicín y también pintores y poetas, le habían contado cosas maravillosas. Tantas y tan hermosas y variadas que el hombre comenzó a interesarse cada día más por Granada, la Alhambra y el barrio del Albaicín, con su río Darro y las montañas al levante. Y fue quizá por esto o por alguna otra razón oculta que a él se le escapaba, por lo que empezó a tener sueños. Al principio, algo enigmáticos e indescifrables para él pero luego, pasado el tiempo, soñaba cada vez más y con más frecuencia, cosas muy concretas.

 

               Así fue como una noche en su sueño con Granada, el río Darro y la Alhambra, vio algo que le gustó mucho. Soñó con unas montañas al norte de esta ciudad y por donde el río Darro antes del Generalife. Y en estas montañas vio un paisaje muy hermoso aunque por completo extraño. Era un gran cerro, alto y bastante redondo y en sus laderas, descubrió arroyuelos. Algunos con agua y otros secos. Hasta aquí, todo normal, se decía él cuando comparó estos paisajes con lo que había leído en los libros y sus amigos le habían contado. Pero cuando en su sueño vio un pequeño valle a los pies del cerro de los arroyuelos, se extrañó. Se dijo, al despertar aquella mañana y todavía con las imágines de su sueño frescas en la mente: “En este pequeño valle que he visto a los pies del cerro de los arroyuelos, se esconde algo valioso. Y creo que está en uno de esas cuevas que he visto a la izquierda, como excavada en la reseca tierra y como dominando al valle y parte de la corriente del río de la Alhambra. Nunca he visto ni por ningún lado he leído lo que se esconde en esas cuevas pero mi intuición me dice que algo muy grande y valioso hay dentro”.

 

               A la noche siguiente volvió a soñar otra vez y el sueño fue casi el mismo. Se repitió cinco o seis veces a lo largo de unos meses y por eso, cuando se iba acercando el verano, el hombre se volvió a decir: “No espero más. Hoy mismo organizo mi viaje a Granada, me instalo en el barrio del Albaicín y desde aquí y con la Alhambra frente a mí, me dedico a investigar todas estas cosas que veo en mis sueños”. Y dicho y hecho. El hombre lo preparó todo, hizo las maletas, colocó dentro libros y planos y emprendió el viaje dirección a Granada.

 

               Llegó a esta ciudad y en la casa blanca y pequeña se hospedó. Y lo primero que hizo fue saludar y charlar con los vecinos. A unos y a otros les preguntaba:

- ¿Sabéis vosotros de alguna cueva grande y medio abandonada que se encuentre a los pies del cerro redondo de los arroyuelos?

Y los vecinos, unos y otros, le respondían:

- Mire usted que en este lugar de Granada, hay muchas cuevas más o menos cerca del río.

- Lo sé pero la cueva por la que os pregunto, es distinta.

- ¿Y cómo es, si nos la puede describir?

- Ya os lo ha dicho: su puerta creo que es pequeña pero en cuanto se entra dentro, se ven varias estancias a los lados y en hilera y hacia el fondo, se abren tres o cuatro habitaciones muy amplias.

- ¿Y sabe usted quién vive en esa cueva?

- Hace mucho tiempo, ahí sí que vivían personas pero ahora mismo, creo que nadie la ocupa. Me parece que tiene su puerta tapada y hasta crece la vegetación por la entrada, más arriba y más abajo.

- Pues por lo que usted nos cuenta, de esa cueva nada sabemos. Lo habrá soñado en algún momento y a lo mejor se encuentra en otros lugares que no son estos.

 

               Y el hombre, cuando los vecinos le daban estas respuestas, desde su pequeña y blanca casa, miraba para la colina de la Alhambra. También para donde hoy se levanta el gran edificio del Generalife y toda la umbría que río arriba sube. Miraba y despacio meditaba y luego cogía algunos planos, los ojeaba, tomaba algunas notas sobre ellos y después seguía dándole vueltas a las cosas en su mente. Hasta que una mañana, salió de la casa, bajó por las calles del barrio, llegó al río y por una senda, caminó cauce arriba y llegó hasta la altura de lo que hoy conocemos como Fuente del Avellano y aquí se paró. Observó la ladera de enfrente y cuando, en unos de los barrancos que por ese lado caen hacia el río, descubrió algo que le llamó la atención, cruzó el río y se fue para ese sitio. Al llegar, tuvo como una confirmación de algunas de las cosas que en sus sueños varias veces había visto. Percibió que este lugar, donde un pequeño arroyo comenzaba a fundirse con el río, había algo que se parecía mucho a lo que en sus sueños continuamente veía.

 

               Se acercó a la torrentera de la derecha y a un punto concreto, sobre una piedra, vio sentado a un hombre mayor. Tenía el pelo largo, las barbas blancas y estaba como meditando. Lo saludó y le preguntó:

- Busco la entrada de una cueva que más de mil veces he visto en sueño. ¿Tú sabes si por aquí podría encontrarla?  

Y el hombre mayor le dijo:

- Aquí mismo, a mi derecha, hay una gran cueva con la puerta tapada que nunca nadie ha ocupado. Solo yo sé que es grande, como ninguna otra cueva en Granada y que dentro guarda tesoros inimaginables.

- ¿Y a quién hay que pedir permiso para abrir la puerta de esta cueva?

- A nadie.

- ¿Entonces?

- También solo yo tengo el secreto y puedo decir de qué manera se abre la puerta de esta cueva.

- ¿Y me lo puedes contar a mí?

- Te lo podría revelar si llevas a cabo lo que te voy a decir.

- ¿Qué es?

 

               II- Y el hombre de las barbas, se levantó, miró para las partes altas del valle en el río y señalando con su mano, dijo al arqueólogo:

- En lo más alto de cada uno de esos montes que ves al frente, hay piedras de muchos tamaños y colores. Para encontrar las claves que abren la puerta de esta cueva, hay que subir a tres cerros distintos, buscar por allí tres piedras muy concretas y luego volver a este lugar con esas tres piedras. Cada una tiene un tamaño y color diferente.

Miró el arqueólogo para la cima de los cerros, pensó un momento y luego preguntó:

- ¿Vale cualquier piedra que por allí encuentre?

- La clave está en que las piedras, cada una debe ser de un monte distinto, tener tamaño parecido pero el mineral y color diferente.

- ¿Qué mineral?

- Una de ellas ha de ser de cuarzo lechoso y blanco, la otra, de pedernal opaco y gris y la tercera, color oro viejo y debe pesar mucho.

- ¿Pero tú estás seguro que en esos montes hay piedras como las que describes?

- Las hay y en encontrarla y juntarlas aquí las tres, se encuentra el secreto.

 

               No hizo más preguntas el arqueólogo al hombre de las barbas. Observó durante unos minutos la figura de la cueva que tenía cerca y luego despidió al guardián y volvió al barrio. Entró a su casa, se puso frente a la ventana que se abría hacia la Alhambra y comenzó a tomar apuntes en los planos que había traído con él. Calculó muchas cosas y entre ellas, las posibilidades y el tiempo que le llevaría encontrar las tres piedras que necesitaba para abrir la puerta de la cueva y al llegar la noche, se acostó algo cansado. Nada más dormirse, tuvo un sueño y en él se vio saliendo de su casa al amanecer. Era invierno, hacía mucho frío y una gran nevada había cubierto todas las laderas, caminos y arroyuelos y los cerros por donde debía buscar las tres piedras. Al caminar, notó que se hundía en la nieve y por eso se decía: “Con esta gran dificultad, no podré subir a esos cerros y, aunque lo consiga, creo que de ningún modo lograré hallar las piedras que necesito”.

 

               Se sintió agobiado y tuvo la tentación de no seguir adelante pero cuando todavía no había recorrido media calle pisando nieve, despertó. Miró por la ventana y vio que el sol lucía hermoso y muy brillante, tanto sobre los cerros a los lados del río como sobre la colina de la Alhambra y las cumbres de Sierra Nevada. Se levantó rápido, comió algo, cogió su bolsa de cuero donde guardaba viejos planos y papel para escribir y tomar notas y salió de la casa. Muy decidido caminó por la calle, bajó hasta el río, buscó la senda por la ladera de la derecha y sin tomar ningún respiro, caminó aprisa con el deseo de coronar el monte cuanto antes. De vez en cuando, según subía, se paraba un momento, miraba para atrás y embelesado se quedaba observando la portentosa magia de la Alhambra sobre la gran colina. Se decía: “Sin duda que las personas que idearon y dieron forma a la construcción que ahí se alza, buscaban algo grandioso, jamás conseguido y visto en esta suelo. Y lo consiguieron aunque yo sigo creyendo que de ningún modo lograron dar forma a su auténtico sueño. Sé que hay mucho más de lo que ahora mismo se ve sobre esa colina y dentro del recinto amurallado”.

 

               Coronó el primer cerro cuando ya el sol brillaba potente. Echó una amplia mirada por el terreno de la cumbre, buscó por aquí y por allá y de pronto, vio unas piedras que brillaban. Bajo unas encinas, cerca de unas gruesas rocas, encontró una bonita piedra de cuarzo lechoso, muy blanco y opaco por completo. La cogió, le dio varias vueltas en sus manos y en unos de los momentos en que puso la piedra frente al sol para verla mejor, descubrió que de ella salían unos potentes y bonitos rayos de luz. Giró la piedra hacia el cerro del enfrente y vio que el haz de luz llegaba hasta la cumbre del monte cercano. Y como si alguien en esa cumbre también tuviera en sus manos una segunda piedra, vio que el rayo luminoso se reflejaba y a la vez se escapaba hacia el tercer cerro. Pensó que podría ser que algunas de las piedras en estos cerros, también reflejaran los rayos del sol.

 

               Guardó la piedra que había encontrado en su bolsa de cuero, bajó del cerro, subió rápido al segundo monte, cogió la piedra que había visto brillar y siguió su camino al tercer monte. Cuando también encontró lo que creía era la última piedra que necesitaba, descendió por las veredas en busca del anciano en la puerta de la cueva tapada. Antes de llegar, el hombre de las barbas blancas, lo vio, se levantó y según se acercaba lo saludó y le dijo:

- No hace falta que me digas nada porque lo sé todo.

- ¿Y por qué lo sabes?

- Lo sé y eso es lo que importa ahora. Saca las tres piedras que traes en tu bolsa de cuero.

El arqueólogo obedeció, sacó las piedras del zurrón, se las dio al anciano y éste las juntó en sus manos, orientándolas hacia el sol y hacia la Alhambra. Al instante, la puerta de la cueva tapada, se abrió y entonces dijo el anciano:

- Entra y con la luz que reflejan estas piedras, observa despacio a tu derecha.

Dio unos pasos el arqueólogo, avanzó unos metros por lo que parecían una grandiosa cavidad, miró para su derecha y vio como una gran repisa tallada en una roca blanca parecida al mármol. Vio ahí un baúl y se acercó para observarlo mejor. Oyó que el anciano le dijo:

- Abre ese cajón y coge lo que hay dentro.

              

               Le hizo caso el arqueólogo, abrió el baúl, cogió lo que encontró dentro, lo observó unos segundos a la luz de los rayos luminoso y se lo entregó al anciano. Cogió el anciano el documento, los dos salieron fuera de la cueva, desdobló el pergamino y, mirando hacia la Alhambra y la ciudad del Granada al fondo, leyó lo siguiente: “Lo que con tus ojos ahora mismo descubres sobre la colina que cada noche ves en tus sueños, solo es el reflejo de lo que tuvieron en sus corazones aquellos que construyeron la Alhambra. La verdadera maravilla, no es la que ahora puedes ver y tocar sino la que en el corazón tuvieron y tienes tallado”. Cerró el anciano el pergamino, miró al arqueólogo y cuando éste le preguntó:

- ¿Qué significa todo lo que he observado y estoy viendo?

El hombre de las barbas blancas le respondió:

- Que lo que tú has venido a buscar por aquí y puedes de alguna manera encontrar, solo es una pequeña imagen de lo que hay en tu corazón, en las estancias de esta cueva y en el corazón de todos aquellos que dieron forma a la Alhambra. Como un intento pálido de dar forma y materializar en este suelo, la gran belleza que hay en el paraíso que llamamos eternidad.

 

               Por un momento, el arqueólogo se quedó pensativo y no dijo nada. Luego, sacó un plano de la bolsa de cuero, anotó algo, miró para la Alhambra, para la gran ciudad que al fondo y sobre la llanura se extendía y dijo al anciano:

- Entiendo algo.

Lo despidió, caminó dirección al barrio del Albaicín y antes de alejarse más, se volvió para atrás y de nuevo comentó:

- No sé cuándo pero volveré por aquí y traeré conmigo las claves para encontrar y mostrar a la Humanidad las maravillas que me has dicho y tantos, estamos buscando.

No dijo nada el anciano. Se quedó sentado en la puerta de la cueva, mirando para la Alhambra y observando al arqueólogo que se alejaba, cabizbajo y meditando. Éste, para sí y en silencio se preguntó: “¿Todo lo que por aquí pueda encontrar será solo un pálido reflejo de lo que en el corazón tengo y sueño? Y si lo que estoy viendo y buscando de suyo ya es tan fantástico ¿qué maravilla no será aquella que en el corazón llevamos y levemente vislumbro en mis sueños?”


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