Ventanas a la eternidad

        Relatos cortos // 2010-16

 El libro de los más bellos relatos de la Alhambra,

 río Darro, Albaicín, Realejo y Granada - XIV

1- Dibujando al río Darro  

2- Sentado en el puente 

3- Castañuelas musicales  

4- El robo  

5- Puerta sin llave  

6- El misterioso puzle de la Alhambra  

7- Los grandes misterios de la Alhambra  

8- El sueño // Los cuadernos del sabio -I 

9- El administrador fantoche 

10- La princesa y los cautivos

11- Un tesoro distinto  

12- El valle de los reyes 

13- El hombre y el borriquillo 

14- Como en un espejo 

15- El perfume de la Alhambra 

16- Las niñas de las flores  

17- El álamo

18- Despedido  

19- Los señores de la Alhambra

20- La hermana, la cueva y el hijo 

DIBUJANDO AL RÍO DARRO

 

               Estaba sentada en el mismo muro que separa al río de la calle. Justo a la altura del Puente Cabrera y a la sombra del árbol que ahí crece. No se le veía la cara porque, al tener la cabeza inclinada para dominar mejor el cuaderno que tenía entre sus manos, el pelo le caía lacio, tapándole las mejillas y la frente. Pero a simple vista, se adivinaba joven y hermosa por el color y brillo del pelo y la blancura de sus manos.

 

               Al verla tan recogida en sí y concentrada en el dibujo que en su cuaderno trazaba, al pasar cerca, se paró. Alzó ella su cabeza y lo miró y entonces, sintió la necesidad de dar una explicación:

- ¡Perdona! Te he visto tan entusiasmada en lo que dibujas que no he podido pasar de largo sin mirar y pararme. ¿Te importa que lo vea más de cerca?

Y ella, en un español muy mal chapurreado por el fuerte acento extranjero, dijo:

- Puedes mirarlo. Es solo un sencillo dibujo de este puente de piedra, del río y las torres que se ven al fondo.

- ¿Y para quién lo pintas?

- Solo para mí, como recuerdo de este rincón de Granada.

- Pues es hermoso tu dibujo, el sitio donde estás sentada, el puente de piedra, la torres al fondo y a la derecha y sobre la colina, la Alhambra como mirando.

- ¿De verdad te gusta?

- Me gusta mucho.

 

               Agachó ella otra vez la cabeza, con el bolígrafo de tinta negra, garabateó algunas líneas más, miró varias veces para el puente, el río y las casas al lado izquierdo y al final, abajo y en la esquina derecha de la hoja con el dibujo, escribió su nombre. Arrancó la hoja del bloc y se la alargó diciendo:

- Para ti como regalo y recuerdo.

Sorprendido cogió el trozo de papel con el dibujo y le preguntó:

- ¿De verdad me lo regalas?

- Sí y con mucho gusto. Yo he venido de Japón a visitar Granada y mañana ya me marcho. No volveré más pero tú, y a cambio del regalo que ahora te hago, cada vez que vuelvas a pasar por aquí, reza por mí una oración al cielo. Sé que un día tengo que morir y siempre deseo que cuando llegue ese momento, sea rápido y sin dolor ninguno en mi cuerpo. Pídele esto al cielo por mí.

 

               No supo que responder a sus palabras pero sí cogió el dibujo, le dio las gracias y cuando ya se retiraba de nuevo ella le dijo:

- Y procura también, cada vez que vuelvas a pasar por aquí, llenarte de la luz que en estos rincones hay. Y si un día escribes un libro que hable de estos sitios, deja claro en él fundamentalmente esto. Luz y esperanza es lo que más necesitamos las personas y este mundo.

 

               Siguió subiendo por la Carrera del Darro, con el dibujo guardado en su bolsillo mientras pensaba en ella y en sus palabras. Al día siguiente volvió por el lugar y al pasar por ahí, no la vio pero sí rezó al cielo. Lo hizo de nuevo dos días más tarde y ahora, siempre que pasa cerca del Puente Cabrera. Y siempre que por ella reza, recuerda sus últimas palabras: “Luz y esperanza es lo que necesitamos las personas y el mundo entero”.

SENTADO EN EL PUENTE  

                                                                                             Vivir para solo gastar el tiempo,

                                                                                         es la mayor de todas las pérdidas.

 

               Junto a las murallas de la Alhambra, lo vi sentado en el pequeño puente. Miraba a las aguas de espaldas a la Puerta del Arrabal y parecía soñar. Frente le quedaba la Torre de las Princesas por donde, en cascada blanca, el agua de la Acequia Real, se derramaba en el arroyuelo. Cauce pequeño que desde las murallas y corazón de la colina de la Alhambra, desciende por el barranco de la Cuesta del Rey Chico hasta el río Darro, por debajo del Puente del Aljibillo. A su izquierda se veía el singular camino medieval que usaron los reyes nazaríes en aquellos tiempos y todavía existe y lleva al Generalife.

 

               Por el paseo que discurre riachuelo abajo, pegado a las murallas y entre las huertas medievales, llegaron ellas. Dos jóvenes muy hermosas que al acercarse ni lo saludaron. En el bloque de piedra que, bajo uno de los olivos sirve para sentarse, soltaron sus mochilas. Se quitaron sus sandalias y, entre alegres comentarios, caminaron hacia las aguas. Cogidas de la mano, pisaron la corriente arroyuelo arriba y, al poco, se volvieron para atrás. Siguieron caminando hasta que estuvieron a solo unos pasos de donde él estaba sentado. Las miraba ahora muy interesado y se preguntaba quienes serían y por qué de esta manera jugaban con las aguas, cuando una de ellas le preguntó:

- ¿Puedes hacernos una foto?

Se levantó, cogió la cámara que la muchacha le alargaba, enfocó y le hizo la foto que le pedían. Al devolverla la cámara, la otra joven le dijo:

- No somos de Granada. Llegamos ayer por la tarde y mañana nos vamos pero antes de marcharnos, queríamos pisar el agua de este arroyuelo de la Alhambra. Nos han dicho que es muy bueno porque refresca no solo el corazón sino también el alma.

 

               Quiso preguntarles algo pero no se atrevió. Pensó en ese momento en la joven que solo unas tardes antes, en este mismo rincón, sentada sola en el pequeño muro de la izquierda, leí un libro frente al sol de la tarde. También vino a su memoria la joven que hacía una semana, dibujaba el río Darro, sentada en el muro antes del Puente Cabrera. Y en la otra muchacha que el verano pasado, tocaba su flauta bajo el Puente del Aljibillo. También recordó a las dos jóvenes que en otoño, justo a la derecha de este pequeño puente del Arrabal y entre las hojas secas de los árboles, cantaban tristes canciones acompañándose con su guitarra. Pasaban por su mente estos recuerdos, románticos, tristes y poéticos, mientras seguía mirando a las aguas del arroyuelo y a las dos muchachas mojando sus pies en la corriente. Les preguntó:

- ¿Qué misterio hay en lo que estáis haciendo?

- Nos divertimos y al mismo tiempo, alimentamos el alma con algo bello. Y tú ¿qué haces aquí tan solitario?

- Solo gasto el tiempo meditando mis cosas.

- Casi parecido a lo que hacemos nosotras. Porque pensamos que, leer un libro en este rincón tan lleno de silencios, tocar la flauta o la guitarra, dibujar el río y los viejos puentes y meditar en la tarde aquí sentado frente a las aguas, es llenar la vida de lo mejor que hay en el Universo.

 

               Reflexionó un momento intentando comprender lo que la joven decía y vio que, en ese instante, ellas se salían del agua. Se acercaron a la piedra en forma de banco, se calzaron sus sandalias, cargaron con sus mochilas y comenzaron a caminar. Mientras se alejaban una de ellas, de nuevo dijo:

- Gracias por la foto y recuerda: vivir solo para gastar el tiempo, es la mayor de todas las pérdidas. Pero nosotras, ya llevamos nuestras almas lavadas con la frescura de las aguas que corren por las acequias de la Alhambra.

Las despidió con amables palabras y siguió sentado en el viejo y pequeño puente del Arrabal. Mirando a las aguas que manaban por la muralla, como del corazón mismo de la Alhambra y que habían acariciado los pies de las dos jóvenes, hacía solo un momento.

318- CASTAÑUELAS MUSICALES

 

               I- Fue avanzado el otoño y las lluvias caían. A veces, de una forma torrencial, con fuertes vientos y con frío y otras veces, más suave. En las cumbres de Sierra Nevada, las nubes dejaban nieve y por los montes cercanos y colina de la Alhambra, las nieblas revoloteaban. El río Darro y el Genil, a su paso por Granada, corrían llenos y los árboles de las riveras, sembraban el suelo de hojas amarillas. También la hierba junto a los ríos, cada mañana amanecían bañadas en agua y con mil gotas claras colgadas en su tallos. Un otoño hermoso, lleno de melancolía y para él, triste como ningún otro.

 

               Solo hacía unos días, de Granada se había marchado su mejor amigo. Un hombre honesto donde los haya, sabio y bueno. Y aunque ya tenía más de noventa años, a todas horas repartía respeto y llenaba de entusiasmo a todos los que con él trataban. Durante muchos años, en la misma casa habían vivido y a lo largo de todo este tiempo, ambos habían compartido tardes soleadas junto a las fuentes de los pinos, horas nocturnas frente a las estrellas por entre los naranjos y muchos ratos de silencio. A su manera y, mientras miraban al cielo, muchas veces rezaban. Por eso ahora, lo echaba de menos y hasta sentía nostalgia cada vez que se asomaba a la ventana a contemplar la lluvia y a escuchar los cantos del mirlo en el acebo mientras caía esta lluvia y la soledad en su corazón se le acrecentaba.

 

               Se dijo: “Seguiré dando mis paseos por las calles de Granada, mientras lo recuerdo y bebo la música de este otoño viejo y nuevo”. Y siguió dando sus paseos por la Cerrera del Darro, por la Cuesta del Rey Chico, por el centro de la ciudad y por el jardín de las fuentes y los naranjos. Y en estos paseos, además de la lluvia y las hojas amarillas que el otoño arrancaba de los árboles, una de las cosas que le empezó a llamar la atención fueron algunas muchachas jóvenes. Sin pretenderlo, a la vuelta de una esquina en la calle, junto a una tienda, frente a una plaza o cerca de un jardín, de pronto veía a una joven sentada casi en el suelo o en algún escalón. La miraba porque le llamaba la atención y para sí se preguntaba: “¿Estará, como yo, echando de menos a alguien? Y me hago esta pregunta porque la veo sola, triste, como bebiendo de un dolor íntimo y secreto y también como esperando, mientras la lluvia cae y el otoño camina firme y en su silencio”.

 

               Y una tarde, cuando la lluvia caía recia y por la plaza del Triunfo, frente al Arco Elvira, todo el espacio estaba sembrada de hojas amarillas, de nuevo se fue a dar un paseo por la calles de Granada. Caminando solo y triste mientras recordaba a su mejor amigo y mientras, de vez en cuando, se encontraba con alguna joven sentada en el umbral, mirando la lluvia caer y acurrucada en su mundo más secreto. En más de una ocasión, estuvo a punto de pararse, saludar a la joven y preguntarle pero no se atrevía. La lluvia había lavado los adoquines de la calle Elvira y el frío se dejaba sentir, mezclado con el olor a castañas recién asadas. Subió por la Carrera del Darro y al mirar para su derecha, vio a la Alhambra sobre la colina, muy velada por una fina cortina de niebla. La carrera del Darro esta tarde, estaba solitaria, con solo cuatro o cinco gatos en el Puente Espinosa y muchas hojas naranjas y color otoño desparramadas por el suelo.

 

               Siguió subiendo, mientras recordaba a su amigo y reflexionaba sobre las jóvenes que había visto sentadas en el umbral de las casas y puertas de las tiendas. Llegó al puente del Aljibillo y al verlo todo solitario, bañado de lluvia y hojas de otoño color ocre, el corazón le dio un vuelco. Porque vino a su memoria la imagen del amigo ahora por completo ausente y porque también pensó en la joven extranjera que se refugiaba en la cueva que hay por encima de la Fuente del Avellano. Se dijo: “También ella está sola, no tiene trabajo, es emigrante y sin papeles y ni siquiera puede comprar algo de fruta para alimentarse. Sin duda que ahora con esta lluvia, el frío y las nieblas del otoño que por aquí cubren, sentirá añoranza. ¡Qué pena no tener cerca a las personas queridas para compartir estos momentos y para acurrucarse en el calor de una casa, bajo un techo!”.

 

               Y después de mirar durante un buen rato los muros del pequeño puente y las aguas del río, se dispuso a seguir para continuar por la Cuesta del Rey Chico. Pero justo en este momento, sintió los repiqueteos de unas castañuelas. Miró y la vio. Estaba sentada a la altura de la fuente, en la plaza del Paseo de los Tristes. Frente a la Alhambra y cerca de las aguas del río. Era joven, tenía el pelo recogido en trenzas y en cada mano sujetaba y hacía soñar una castañuela. La observó y escuchó un momento y luego se acercó y le preguntó:

- ¿Qué celebras de esta manera y en esta fría y silenciosa tarde de lluvia?

Lo miró ella y sin dejar de tocar sus castañuelas, respondió:

- Celebro precisamente eso: la vida, la lluvia de la tarde de otoño y mi sueño.

- ¿Tu sueño?

- ¿Sabes tú que estas castañuelas son musicales?

- ¿Castañuelas musicales? ¿Qué explicación puedes darme de eso?

 

               Y la joven se levantó de donde estaba sentada, dio unos pasos hacia la Cuesta del Chapiz y mirando para una de las estrechas calles que desde este lugar arrancan hacia el corazón del Albaicín, dijo:

- Ven conmigo y te lo muestro para que veas en vivo y en directo.

 

               II- La casa, un poco antigua y unida a otra que se alargaba calle arriba y calle abajo, se veía hermosa. Una sola puerta a ras de la calle, dos ventanas, una a cada lado y unas macetas con flores en las rejas de estas ventanas. La puerta, se veía de madera vieja y un cristal transparente que dejaba ver como una pequeña estancia. A través de este cristal, en la estancia se veía una mesa, algunas sillas, una chimenea y un par de cuadros colgados en la pared. La puerta de la casa miraba a la Alhambra y la calle, estrecha, solitaria y empedrada, subía casi recta desde el río, como atravesando la ladera hacia lo más alto de la colina. Preguntó el hombre a la joven:

- ¿Vives tú en esta casa?

- En parte sí y en parte no pero luego te explico.

- ¿Y por qué luego?

- Porque antes quiero decirte que él, ni joven ni mayor, siempre solo y continuamente como ausente, fue en esta casa donde pasó sus días. Sentado tras la puerta de madera, escribiendo sus cosas, apoyado en la mesa frente al fuego y mirando continuamente hacia la calle.

- Luego también me cuentas quién era él porque ahora me gustaría saber qué escribía y por qué siempre tras la puerta mirando para la calle.

- Eso es lo que a mí en todo momento me intrigaba. Hasta que un día le pregunté y como respuesta obtuve un prolongado silencio.

- Y por tu cuenta ¿qué pensabas?

- Que tenía el corazón tan lleno y vivía en una ausencia tan grande que necesitaba escribir sin parar para sanarse y al mismo tiempo quería fundirse y marcharse con todos los que por la calle pasaban.

 

               El hombre pidió a la joven que se detuviera, todavía unos metros antes de la puerta de la casa y, mirando en silencio, pasado unos segundos volvió a preguntar:

- ¿Y por qué me has traído aquí y me enseñas y explicas esto?

- Porque un día, yo lo vi salir por esta puerta y caminar calle abajo, como hacia el río y hacia la Alhambra. Llevaba bajo el brazo un gran bolso con muchos cuadernos escritos dentro y al cruzarnos aquí mismo, lo miré y le pregunté: “¿Te marchas?” Muy solemne me respondió: “Me marcho y ahora ya es para siempre aunque en estas casa y rincón me quedo para toda la eternidad”. “¿Y a dónde te marchas?” Y otra vez muy seguro de sí, rotundamente me dijo: “Muy lejos de estos lugares y reino pero al mismo tiempo creo que ya para siempre estaré por aquí presente”. No entendía el mensaje de sus palabras pero en ese momento sentí un poco de miedo, mezclado con cierta tristeza y un halo de paz y misterio. Las cosas profundas y elevadas, a veces hacen temblar el alma. Le volví a preguntar: “¿Quieres dejarme algún encargo de algo que pueda hacer por ti?” Y otra vez muy decidido me comunicó: “Sí, lo que yo a lo largo de tanto tiempo y tras los cristales de la puerta de mi casa he soñado: que te compres unas castañuelas de la mejor madera y que aprendas a tocarlas con alegría y fuerza. Y que cuando ya sepas sacar música de estas castañuelas, tú y tus amigos contigo, vengáis aquí cada tarde y en esta calle y frente a la Alhambra, toquéis vuestras castañuelas y bailéis el mejor baile”.

 

               Sorprendida por el encargo que me dejaba, durante unos segundos lo miré sin saber qué más preguntarle. Luego me animé otra vez y le volví a preguntar: “¿Y por qué piensas que es bueno y para qué puede servir todo esto que me pides?” Me dijo: “De esta vida y de este suelo, un día u otro, todos nos marcharemos. Hoy me toca a mí, ayer lo hicieron otros y puede que mañana lo hagan los que ahora mismo pasan por aquí. Y tras la marcha, siempre queda nostalgia, vacío y hasta tristeza. Pero las personas buenas y con sentimientos elevados, por encima de la tristeza de la pérdida, debemos celebrar los días, el sol, el aire, el silencio y el rumor de las aguas del río y la presencia de la Alhambra sobre esa gran colina. ¿Entiendes lo que te digo?”

 

               Y le dije que sí, sin estar seguro de ello. Se despidió de mí, siguió caminando y por esta estrecha calle que baja hasta el río, se perdió para siempre. Hace ya de esto mucho tiempo y, desde que se marchó, busco la manera de aprender a sacar música de mis castañuelas. Para cumplir su encargo y para, un día y tal como él me dijo, justamente en esta calle y frente a su casa, celebrar lo que me indicó. Creo que será muy hermoso y, no solo aquí en Granada sino en el mundo entero, que un grupo de jóvenes cada tarde interpretemos y saquemos música de nuestras castañuelas y bailemos en esta calle frente a la Alhambra. ¿No crees tú eso?

 

               Y el hombre, miró fijamente a la joven, miró luego para la Alhambra y pasado unos minutos, respondió:

- Sí que lo creo. Te doy las gracias por lo que me has enseñado y recuérdalo ofreciéndole el homenaje que ahora mismo es tu sueño.

Despidió a la muchacha, continuó caminando por la Carrera del Darro, ahora de vuelta y conforme se iba encontrando con los turistas, para sí se decía: “Tendré que acostumbrarme a vivir con la tristeza que me ha dejado la marcha de mi amigo anciano y tendré que acostumbrarme a ver cada tarde muchachas sentadas en el umbral de las casas y en las puertas de las tiendas. Y cuando pueda, vendré a consolarme con la música y danza de este grupo de jóvenes y sus castañuelas frente a la Alhambra. La vida es así y solo elevándola para trascenderla merece realmente la pena vivirla”.

EL ROBO  

La historia que describe este relato, está basada en un hecho real. Ocurrió en la época actual, justo en otoño y unos días antes de la Navidad.

 

               En la pequeña casa del Albaicín, se recogieron aquella noche. Unos cuantos vecinos amigos de la joven, él y los niños con los que durante tiempo había jugado. Sentada en la cabecera de la mesa, miraba a los que tenía junto a ella y se le veía hermosa. Joven y bella como el más dulce sueño, sonriente, con su gran mata de pelo chorreándole por las mejillas hasta los hombres y el pecho y serena. Toda una bellísima princesa y como dueña de un tesoro inmenso. Fuera, en la calle, sobre las blancas casas del Albaicín, valle del río Darro, colina y torres de la Alhambra y vega por donde se extiende Granada, llovía. Era otoño, noche algo fría y con niebla aunque cargada de serenidad y misterio.

 

               Uno de los niños sentados al lado derecho de la joven, le preguntó:

- ¿Y cuando vuelves?

- Yo quiero volver pronto pero es algo que ahora mismo no lo sé.

- Nosotros hemos pensado que si ahora te marchas de Granada, es porque en el fondo te gusta menos que tu país y tu casa. ¿Es cierto eso?

- Algo de cierto sí que lo es pero… Sí, mi país y mi casa, me gustan más que nada en ese mundo. Por eso también pienso que quizá no vuelva nunca.

Y al pronunciar estas palabras, todos los reunidos alrededor de la mesa, se quedaron en silencio. Mirándola fijamente y como experimentando cierta tristeza en el corazón. Él, el que la amaba en secreto porque nunca se lo había dicho de palabras, sintió una tristeza mayor. Como si de pronto la vida se le quedara sin sentido y el corazón ya no tuviera ninguna razón para seguir latiendo.

 

               Dieron comienzo a la última cena, en esta ocasión, comida de despedida. Y a lo largo de varias horas, todos hablaron muy poco. Solo los niños, sus amigos, se divertían comentando cosas con ella e imaginando mil fantasías. Avanzó la noche y en un momento de la comida, la pequeña más amiga de la joven, dijo:

- Para este momento, hemos preparado algo especial.

Intrigada ella, enseguida preguntó:

- ¿De qué se trata?

- Es una sorpresa y, como ha llegado el momento, queremos dártela ahora mismo. ¿Estás preparada?

- Claro que sí.

- Pues tienes que cerrar los ojos, permanecer sentada, serena y recogida tal como estás ahora y no abrir los ojos hasta que yo te lo diga.

- ¡Vale! Mis ojos ya están cerrados, empieza a descubrirme la sorpresa cuando quieras.

 

               Y la pequeña se levantó, se fue hacia la estancia de su derecha, cogió una pequeña cesta de mimbre, se vino hacia la joven, se puso lo más cerca posible de ella, miró a todos los que en la mesa estaban sentados, alzó la cesta entre sus dos manos, la situó por encima de la cabeza de la joven, la levantó un poco más y, de pronto, volcó todo su contenido sobre la cabeza y pelo de la amiga al tiempo que anunciaba:

- ¡Jazmines frescos para ti de los jardines de Granada!

Y las pequeñas flores blancas, frescas y exhalando aromas, cayeron por entre el pelo de la joven, chorrearon por su cara, hombros, pecho y manos y luego tapizaron la mesa y el suelo. Abrió ella los ojos y al ver y oler la densa lluvia blanca de tan finas florecillas, exclamó:

- Perfume de Granada para que no me olvide nunca ni de este momento ni de esta ciudad ni de vosotros.

 

               El que la amaba en secreto, hombre bueno, mucho mayor que ella y por eso no había querido compartir con la muchacha sus sentimientos, la miró desde el lugar que ocupaba en la mesa. El corazón se le llenó de amor y el alma se le transformó en tiernas y dulces sensaciones al verla toda bañada en jazmines mientras regalaba una sonrisa limpia y llena de sinceridad serena. Quiso decir algo pero, por miedo a romper el encanto del momento, se mantuvo en silencio. Sí los niños siguieron jugando con su amiga mientras el tiempo corría hasta que llegó la media noche. Se levantaron de la mesa, unos y otros se despidieron y todos alrededor de ella le decían:

- Mañana a primera hora te despedimos como mereces.

Y poco a poco, unos y otros se fueron retirando. Se quedó la joven sola con el que le amaba en secreto y aprovechó para decirle:

- Sé que me vas a echar de menos.

 

               Y el corazón del hombre tembló. Un fuerte impulso interno se agitó también en su espíritu y a punto estuvo de confesarle lo que en ese momento sentía. De nuevo se contuvo y simplemente dijo:

- Pasearé por las calles de Granada pensando que por aquí sigues presente y siempre con la ilusión de encontrarte en el rincón más inesperado.

Y sin más, la joven comentó:

- Tengo para ti una sorpresa que quiero darte ahora mismo.

- ¿Qué es?

- Para que puedas hablar conmigo cuando a partir de mañana ya no esté en Granada, aquí tienes esto.

 

               De su bolso sacó una pequeña cajita de cartón y se la entregó diciendo:

- En cuanto ya esté en mi país lejano, te mandaré mi número de teléfono para que lo tengas y puedas llamarme cuando quieras.

Un poco aturdido el hombre cogió lo que la joven le regalaba mientras oía que ésta de nuevo comentaba:

- Ahora ya es tarde y mañana tengo que madrugar para coger el autobús a tiempo. Abre el regalo que te doy cuando llegues a tu casa y lo miras y estudias despacio.

Se despidió y el hombre, caminó por las oscuras y estrechas calles del Albaicín hasta su casa, abrió la puerta, entró y enseguida se puso a ver qué era lo que la joven le había dado. Ilusionado y nervioso, abrió la cajita y no tardó en descubrir que lo que dentro había era un teléfono móvil de última generación. Se digo: “¡Qué gran regalo y cómo me va a servir para mantenerme en contacto con ella y así no sea para mí tan dolorosa su pérdida!”

 

               Lleno de gozo y muy reconfortado, durmió relajadamente a lo largo de lo que quedaba de noche. Y madrugó bastante para despedir a la joven en el momento de su marcha. Y aquella mañana, mientras ella se alejaba de la ciudad de la Alhambra y el hombre la recordaba, asomado a la ventana de su casa frente a la Alhambra, se puso a estudiar el funcionamiento del teléfono que su amiga le había regalado. Y enseguida descubrió que el aparato, además de teléfono, servía para otras muchas cosas. Para radio, reproductor de música, lector de libros, para ver y hacer fotos, reproductor de vídeos… Con los amigos de la joven, compartió el hombre del práctico y bonito regalo y al caer la tarde, guardó el móvil en su bolsillo, salió de su casa y se fue a dar un paseo por los lugares que con ella había recorrido días atrás. Se decía, mientras cada vez más ilusionado miraba el bonito aparato y pensaba en ella: “Ya estoy deseando que me mande su número de teléfono para así usar este móvil y compartir mi alegría con ella”. Y buscó los rincones más bonitos del barrio del Albaicín, río Darro y la Alhambra sobre su colina y le hizo fotos. Las guardó todas con el propósito de mandárselas en cuanto conociera a fondo el teléfono y ella le mandara su número.

 

               Todo el rato estuvo de acá para allá, por los rincones del Albaicín y río Darro que había recorrido con ella. Y al ponerse, se decidió volver a su casa. Todo lleno de gozo y hondamente ilusionado con el regalo de su amiga. Por eso, mientras subía por la empinada calle, llevaba en la mano el móvil y miraba la pantalla, aprendiendo las cosas y probando su funcionamiento. Caminaba y ya estaba a solo unos metros de su casa cuando, en dirección contraria a como avanzaba, notó que pasaba una moto pequeña. Solo unos metros más abajo, percibió que la moto daba la vuelta, reparó que dos jóvenes vestidos con ropas oscuras, se bajaban de esta moto y no prestó más atención porque por completo se concentraba en la pantalla del móvil que llevaba en la mano.

 

               Pero de pronto, los brazos de alguien, lo sujetaron por detrás, lo empujaron con fuerza y lo tumbaron en la calle. El hombre, gritó pidiendo ayuda al tiempo que sujetaba fuerte el móvil contra su pecho. Sobre su cuerpo sintió el peso de las dos personas y los dedos de estas personas que se aferraban fuertemente a la mano donde el hombre sujetaba el aparato. Seguía apretando con todas sus fuerzas el móvil contra sí y protegiéndolo bajo su cuerpo y el empedrado de la calle mientras gritaba sin parar implorando socorro. Y en un momento de esta angustioas, lucha y miedo, por su mente pasó la imagen de la joven y se concentró en el bonito regalo que de ella había recibido y ahora aprisionaba contra su pecho para que no se lo quitaran. Volvió su cabeza, en uno de los forcejeos y a su derecha vio una alta pared que circundaba los jardines de un amplio Carmen. Y, mientras se debatía tumbado en el suelo con los dos jóvenes encima y seguía suplicando ayuda, por su mente un pensamiento cruzó veloz. Con la mano derecha cogió el móvil, lo alzó rápido por el aire y lo lanzó con fuerza con la intención de que cayera al otro lado de la pared. Y en este mismo instante pudo mirar y ver al móvil volando por los aires, con la pantalla encendida y dando vueltas. Lo vio luego perderse por entre las ramas de un granado y justo en este momento, los jóvenes lo soltaron y salieron corriendo. Fue a incorporarse enseguida pero al querer levantarse, notó que no podía. Miró y vio a los jóvenes subirse en la moto y en unos segundos, los dos desaparecieron calle abajo.

 

               Sin saber qué hacer ni decir, siguió mirando durante unos segundos y luego de nuevo quiso levantarse. Le dolía la pierna y le sangraba la mano derecha. Se miró y descubrió que toda la mano, por el lado de arriba, la tenía llena de heridas. Mi siquiera hizo por limpiarse la sangre que le chorreaba por los dedos y manchaba el empedrado de la calle. Miró a un lado y otro y a nadie vio. Quiso seguir pidiendo ayuda pero ahora pensó que ya no serviría para nada. Se arrastró poco a poco por la calle hasta llegar a su casa. Abrió la puerta, entró, se situó frente a la ventana que daba a la Alhambra y pensó en ella, en el móvil que había tirado por encima de la tapia y en los dos jóvenes que les habían atacado. Exclamó: “¡Dios del cielo! ¿Qué les he hecho yo para que de este modo me ataque?” Su corazón se le asfixiaba en pena y angustia y hasta el aliento se le entrecortaba. Tanto, que deseaba morirse para no vivir el momento. La recordó e imaginó las escena en que llegaba a su país y luego y la vio mandándole el número de su teléfono para que él la llamara. Imaginó dónde habría caído y cómo el móvil que solo unas horas antes ella le había regalado y con más fuerza deseó morir.

 

               Unas horas después de la salida del sol, la niña de los jazmines y sus amigos, llamaron a la puerta del hombre enamorado. Golpearon en la madera varias veces y luego dijeron:

- Venimos a verte y a estar contigo porque queremos contarte algo.

Pero dentro de la casa, nadie contestaba. Pasó en esos momentos por la calle, la madre de la pequeña y al darse cuenta que la puerta estaba abierta, empujó un poco, entró a la estancia al tiempo que decía:

- Los niños amigos de la joven que hace unas horas se ha marchado, desean compartir algo contigo. ¿Dónde estás?

Y a esta llamada de la madre, nadie contestó. Por eso, siguieron avanzando por la estancia y al mirar para la ventana que se abría frente a la Alhambra, lo vieron sentado junto a ella. Inmóvil y por el suelo, se extendía un amplio charco de sangre. Asustada la madre pidió a los niños que salieran de la estancia. Luego salió ella y enseguida avisó a los vecinos. Acudieron rápidos unos y otros y, de ningún modo, pudieron devolverlo a la vida. Sí se empezó a correr la noticia de lo ocurrido la tarde antes porque algunos de los vecinos, vieron y oyeron algo aunque no acudieron en su ayuda.

 

               Al día siguiente, el grupo de niños y vecinos, llevaron su cuerpo al cementerio y la pequeña de los jazmines, agarrada de la mano de la madre, en un momento le preguntó:

- ¿Por qué esos jóvenes de la moto han sido tan malo con este amigo nuestro?

Y después de un rato, la madre respondió a su pequeña:

- Esos jóvenes no son buenos ni en sus corazones anida el amor. Hija mía, tú aprende de esto: cuando una persona ataca y agrede de la manera que han hecho ellos con este buen hombre, es indicio de que en su alma anida lo diabólico.

- ¿Y eso qué quiere decir?

- Que la esencia más pura de las personas no es atacar y herir a los demás. Nosotros hemos sido creados para respetarnos, ayudarnos y amarnos unos a los otros y no para comportarnos como lo han hecho esos jóvenes. Por eso te repito que ellos están poseídos por el espíritu de lo diabólico. Como si no perteneciera a lo esencia de la especia humana.

Y la pequeña, ya no hizo ninguna pregunta más a la madre. Siguió caminando junto a ella, cogida de su mano y al poco oyó a una vecina que comentó:

- ¡Y con lo bueno que era este hombre! Nunca, nunca en su vida hizo daño a nadie ni a nada y a veces, ni hablaba por no ofender. Siempre que alguien lo necesitaba, él se prestaba para ayudarle en lo que fuera y siempre procuraba crear armonía y paz entre las personas. Nadie, nadie nunca ha sido por aquí más bueno que él.

Y varias de las personas que iban en el cortejo, aprobaban las palabras de los amigos vecinos y seguían caminando en silencio.

 

               Por lo alto de las cumbres de Sierra Nevad, se alzaba el sol y sus brillantes rayos, caían sobre las torres y murallas de la Alhambra. Al fondo, corría el río Darro y más al fondo, se veía en su quietud y silencio, la blanca ciudad de Granada. Más a lo lejos y como en un mundo misterioso y hondamente quieto, se intuía la presencia de la joven que hacía solo unas horas, se había marchado de Granada. Y en el aire, parecía oírse como los latidos del corazón del hombre enamorado, por completo ahora en su mundo hondo y silencioso.    

PUERTA SIN LLAVE

 

               La calle era estrecha, toda de tierra, en el mismo corazón del que es hoy en día el barrio del Albaicín y discurría, no desde el río a lo alto de la colina, sino en otra dirección. El trazado de la calle se alineaba casi paralelo al cauce del río Darro pero en las partes altas. Casi en lo más alto de la colina de este barrio. Más o menos por donde hoy se localizan los cármenes que hay por debajo del Mirador de San Nicolás. Por eso la calle, la del lado de arriba, porque en realidad eran dos las calles, dominaba muy bien toda la colina de enfrente. La que hoy es conocida como la Sabika y es donde se alza la fantástica Alhambra.

 

               La calle de arriba, la que tenía pavimento de tierra y discurría paralela a la colina de la Alhambra, en realidad no avanzada por la misma línea de nivel. Nacía un poco a la altura del que hoy es el Mirador de San Nicolás y según avanzaba, descendía como al encuentro del río. Pero no llegaba a tocarlo porque la calle era corta y por eso moría como en una pequeña plaza, que era donde justamente se encontraba con la segunda calle. Ésta también discurría paralela al cauce del río y era algo más ancha. Y la casa, de una sola planta, quedaba recogida entre las dos calles. De aquí que la vivienda tuviera dos entradas. La del lado de arriba, en la calle primera y la del lado de abajo, en la segunda calle.

 

               Las dos entrada a la casa eran importantes pero la entrada del lado de arriba, resultaba muy bonita. Tenía en la puerta un trozo de terreno donde crecían rosales, jazmines, algunas matas de arrayan, naranjos y limoneros. Por eso, al entrar a la casa por esta puerta, todo resultaba agradable. La puerta se ocultaba un poco por entre las ramas de los naranjos, limoneros, jazmines y rosales, creando un especio muy recogido y fresco antes de atravesar la puerta y pasar al interior de la casa.

              

               La otra puerta, la que en la misma casa daba a la calle de abajo, era igual de importante pero mucho menos bella. En la entrada, solo había un banco y dos ventanas a los lados y con rejas. Era una puerta muy concreta que se abría frente a la colina de la Alhambra, como un mirador muy particular. De aquí que esta puerta de la casa, aunque no fuera tan bonita como la de la calle de arriba, sí mostraba un encanto especial. Sin embargo, a la joven que vivía en la casa, hija única de un matrimonio mayor, la puerta que más le gustaba era la del lado de arriba. Comentaba con la madre:

- Resulta como algo misterioso por quedar bastante escondida entre las plantas de este trozo de tierra.

Y la madre le decía:

- Pero lo que no acabo de entender es por qué quieres que esta puerta nunca esté cerrada con llave.

- Yo sí lo entiendo y, como además me gusta, esto es lo que siempre deseo.

- Pero, hija mía, tener abiertas las puertas de las casas, siempre es un peligro. ¿Cómo no comprendes esto?

- Lo entiendo y comprendo tu preocupación pero mi corazón me dice que es hermoso y, de alguna manera, deja muy feliz por dentro no cerrar nunca la puerta con llave.

 

               Cuando se entraba por la puerta de arriba, la de los rosales en el jardincillo, si se seguía recto, enseguida se llegaba a una pequeña sala. Si se avanzaba un poco más, en solo unos metros, se encontraba la segunda puerta, la que miraba a la colina de la Alhambra. Y a la joven, le gustaba mucho la sala que había en el mismo centro de la casa y que era como el recibidor a las dos entradas. En esta estancia, ella tenía su pequeño mundo. Una mesa camilla en la que, en los fríos días de invierno, se sentaba al calor del brasero y a estar con ella y meditar sus cosas. De vez en cuando, como la puerta de arriba nunca la cerraba con llave, las amigas empujaban, entraban y en la sala se quedaban con ellas contando sus aventuras o sueños. Otras veces, cuando ella estaba sola en la sala, la puerta se abría, se asomaba por el hueco algún vecino, la saludaba, le preguntaba alguna cosa y luego se iba.

 

               A la derecha de la sala, tenía ella su habitación y también la puerta de esta estancia nunca tenía la lleve echada.

- Que algún día, cuando tú estés en esta sala o en tu habitación, va a pasarte algo.

- Pero es que me siento libre y muy feliz con la puerta de mi casa y habitación sin llaves ninguna.

Le seguía ella argumentando a la madre un día y otro y cada vez que ésta le pedía que cerrara bien las puertas. Y una noche, cuando la luna brillaba limpia y redonda en lo más alto de la Alhambra, estaba ella en su habitación. Sintió que se abría la puerta de los rosales y luego sintió que se abría la puerta de su habitación. Miró y vio a un hermoso joven que le dijo:

- Vengo a llevarte conmigo ¿estás preparada?

- Llevo mucho tiempo esperándote y por eso las puertas de mi casa y habitación, las tengo abiertas.

- Mi caballo está en la puerta esperando dame tu mano y no hagas ruido.

 

               Al día siguiente, cuando la noticia se corrió por el barrio, algunos vecinos comentaban:

- Anoche sentí yo relinchar un caballo mientras galopaba veloz y se alejaba como hacia la colina de la Alhambra.

Y la medre decía:

- ¡Y mira que yo le tenía dicho que no dejara abiertas ni la puerta de la casa ni la de su habitación! Esto tenía que pasar y ahora es mi corazón el que se va a morir de dolor.

Aquel mismo día, los siguientes y durante mucho tiempo, por todo el barrio del Albaicín se hablaba y se hablaba de la joven y las puertas sin llave en su casa. Algunos decían:

- Es que en los tiempos en que vivimos ¿a quién se le ocurre no cerrar con llave todas las puertas de las casas?

Y otros argumentaban:

- Pero es que cerrar con llave todas las puertas y ventanas es como poner fronteras entre cada uno de nosotros y el resto del mundo. Y de este modo, cada día nos aislamos más y nos volvemos egoístas y posesivos. Como si consideráramos enemigos nuestros a todos los que hay fuera de nuestras casas. Quizá sea muy peligroso lo que ella pensaba e hizo pero si de este modo era feliz y, donde ahora esté lo sigue siendo, nos ha demostrado que las cosas pueden hacerse tal como soñaba.

 

               En el barrio del Albaicín y en otros muchos lugares del reino de Granada, hubo un tiempo en que las personas siempre tenían abiertas las puertas de sus casas. Hoy en día, no es así. Las puertas de las casas a todas horas están cerradas y con llaves, candados y cerrojos.

 

EL MISTERIOSO PUZLE DE LA ALHAMBRA

 

               Se llamaba María y era la más buena del mundo. Tenía su casa, un bonito palacio con patio interior y columnas de mármol, cerca de las aguas del río Darro. A la altura del Paseo de los tristes, no lejos del Puente del Aljibillo. Era algo mayor, no tenía hijos y su marido la quería mucho. Nunca le reprimía nada, dejaba que expresara sus sueños y aspiraciones en libertad y del modo en que quisiera y la valoraba mucho. Cuando hablaba con los amigos, siempre les decía:

- A las mujeres, hay que verlas y respetarlas como a la obra más perfecta de la creación. Si se les mira desde el corazón, las mujeres, todas las mujeres del mundo, son tan bellas que se comprende enseguida que sin ellas el mundo no tendría valor. Pienso que todas tienen una gran misión en la tierra. El más grande y digno cometido que existe. Las mujeres, todas, son pilares del cielo, belleza del mundo, fuerza del corazón, esperanza de la vida, alimento del alma, la vida misma… Y para los poetas, escultores, escritores, pintores, para todos los que llevan sensibilidad en el alma, ellas son la poesía. El libro más bello nunca escrito.

Al oír esto, algunos de los amigos le preguntaban:

- ¿Y de este modo que dices es como tú ves y tratas a tu esposa?

- María, mi mujer, es única. Ella me ha dado tanto cariño y me ha enseñado tantas cosas que de no haberla conocido, mi vida habría sido nada.

- ¡Pues sí que ves tú tesoros y bellaza en la mujer de tu vida!

 

               María la bella, que era como muchos la llamaban en el barrio del Albaicín, no solo era hermosa en su rostro y cuerpo. Ella era enormemente bella en su corazón y alma y esto, muchos también en el barrio lo sabían. Y, sobre todo, los más pobres, maltratados y despreciados. Porque ella, siempre con el permiso de su marido, una de las cosas que con frecuencia practicaba, era su amor para con los más débiles. Por los niños que vivían cerca de su casa y por los pobres que se refugiaban en las cuevas, calles y plazas. No era muy rica pero sí tenía una pequeña fortuna. Y, parte de esta fortuna, la gastaba en los pobres y niños. Porque, con frecuencia, en el patio de su bella casa, organizaba no una fiesta para divertirse sino un encuentro de personas humildes. Preparaba alimentos y en este lugar, se reunía con estos pobres y niños, compartía con ellos todo lo que pudiera. Y, mientras estas personas se alimentaban con las cosas que ella les regalaba, se hacía presente entre ellos, los saludaba, les preguntaba por su vida y luego los cogía de las manos y les decía:

- Lo poco que tengo, ya estáis viendo que, siempre que puedo, lo comparto con vosotros.

Y ellos le decían:

- Es usted la mujer más buena que nunca hemos conocido. Ojalá todas las personas del mundo tuvieran un corazón como el suyo.

 

               Y como se sentían tan queridos, bien tratados y respetados, expresaban su sinceridad ofreciéndole pequeñas reverencias y hasta tocándole las manos o regalándole algún beso. Les agradecía ella estos detalles y les decía:

- Es que, además de otras muchas cosas, el cielo me ha premiado con el marido más bueno del mundo. Me respeta tanto y me premia con tanta libertad que soy la más feliz de las personas. Como bien decís vosotros, ojalá todos los hombres fueran tan gallardos y nobles como mi marido.

 

               Desde la bonita casa de María la bella, se veía perfectamente la gran colina de la Alhambra. Y, alzada sobre esta robusta colina, se veían las torres y murallas de los palacios, gran parte de los jardines y toda la umbría que caía por la ladera hacia el río Darro. Le gustaba a María, en las calurosas tardes de verano, sentarse en la puerta de su casa y desde aquí, contemplar despacio y en calma, los paisajes que tenía enfrente. Y como también al caer las tardes, los niños de las casas cercanas salían a la calle a jugar, a ella le gustaba mucho observarlos. Mientras contemplaba la figura de la Alhambra, se distraía en el juego, risas y algarabías de los niños que cerca de ella jugaban y hasta se sentía una privilegiada.

 

               Tres de estos niños, vivía en la casa contigua a la suya. Dos de ellos, entre diez y doce años, eran varones y la tercera, hermana de los dos niños, no llegaba a los nueve años. Y era esta pequeña la que, cuando estaba en la casa y veía a la mujer tratar amablemente a los pobres, siempre preguntaba:

- ¿Por qué los quieres tanto?

- Estas personas tienen corazón como nosotros. Regalarles una sonrisa, una simple caricia o una palabra amable, a mí no me cuesta nada y a ellos les da la vida. Lo que más necesitamos todas las personas en este mundo no son riquezas ni grandes palacios ni hermosos vestidos sino sentirnos queridas por los que tenemos a nuestro lado.

- Pero tú ¿qué recibes a cambio de lo que haces por estos pobres?

- Recibo su agradecimiento y, verlos felices, es para mí lo más valioso.

- ¿Te deja el corazón contento?

- Contento y lleno de una dicha que ni con todo el oro del mundo puede comprar nunca nadie.

Y la pequeña, aunque no llegaba a comprender, si notaba que tanto las palabras de María como sus comportamientos para con los pobres, era algo bueno.

 

               Por eso lo comentaba con sus hermanos y por eso, cada vez más, le apetecía compartir con esta amiga mayor, ratos, juegos y palabras. Y así fue como una tarde que la mujer repartía comida a los pobres en el patio de su casa, se acercó a ella y le confesó:

- Pues a mí ¿sabes lo que me gustaría en esta vida?

Algo sorprendida María la miró, puso sus manos obre la cabeza de la niña, la observó con ternura y le preguntó:

- ¿Qué es lo que te gustaría?

- ¿Tú conoces ese pequeño puente de piedra que, en el río, da paso hacia el barranco de la Alhambra?

- Claro que lo conozco. No está lejos de mi casa y muchas veces lo he cruzado para subir a la colina de ese barranco.

- Pues desde ahí, desde ese puente, a mí me gustaría lanzarme al río y no para tirarme a las aguas o quitarme la vida.

- Entonces ¿por qué te gustaría lanzarte al río desde ese puente?

- Para volar.

- ¿Para volar?

- Sí, porque lo que a mí me gustaría mucho es ponerme encina de ese puente, en el lado de la derecha según se cruza dirección al barranco, asomarme a las aguas en la dirección en que la corriente se va y dar un salto al vacío.

- ¿Y qué te gustaría que pasara después de dar ese salto?

- De qué modo podría ser, no lo sé porque yo no tengo alas pero después de dar este salto que te digo, me gustaría quedar en el aire suspendida y salir volando en la misma dirección en que se alejan las aguas del río.

 

               Guardó silencio la mujer, abrazó un poco más a la pequeña y después de unos segundos, de nuevo preguntó:

- ¿Y se puede saber cuál es la razón por la que quieres volar y además en la misma dirección que se alejan las aguas del río?

- Tampoco lo tengo claro pero sí sé que me gustaría mucho. Porque me parece a mí que volar desde este puente en la misma dirección de las aguas del río, podría llevarme a lo más alto de las torres de la Alhambra. Y lo de las aguas del río creo que es porque sería muy divertido que esta corriente me acompañara en este fantástico vuelo mío. ¿Tú crees que esto podría suceder algún día?

- Tu sueño es muy bonito y está lleno de libertad, luz y transparencia. Pero ahora mismo no sé si algún día se hará real.

- ¿Entonces?

- Que por soñar no pasa nada. Y yo sé que algunas veces, hasta los sueños más incompresibles se convierten en realidad.

 

               Unas tardes después, jugaban los tres hermanos justo por donde el Puente del Aljibillo. Y, en uno de los momentos de sus juegos, la niña se paró, se acercó al puente, miró para las torres de la Alhambra que en lo más alto de la colina emergían como saludándola. Se ocultaba el sol tras estos muros y por eso, las torres de las murallas y palacios, resaltaban sobre un cielo muy bello, con tonos naranja, azul y morado. Y este tan mágico cuadro le encandiló a ella tanto que preguntó a sus hermanos:

- ¿Qué pensáis vosotros que puede haber por aquellos cielos y rincones de la Alhambra?

- No lo sabemos pero eso debe ser bonito y extraño.

Comentó el menor de los niños. De nuevo ella dijo:

- Un día, debemos subir hasta esa colina y descubrir lo que en esos lugares haya. ¿A que será divertido?

- A mí me gustaría mucho.

Dijo ahora el mayor de los tres hermanos.

 

               Y en estos momentos, al mirar la niña para el pequeño muro en el puente del río, vio a un hombre ahí sentado. No lo conocía de nada porque nunca antes lo había visto por ningún rincón del barrio. Lo miró, durante unos segundos y luego, sin decirles nada a los hermanos, se acercó a él, lo saludó y le preguntó:

- ¿Cómo te llamas?

Y el hombre, algo mayor, con barbas blancas y pelo negro, miró a la niña y le respondió:

- Mi nombre no es importante pero sí tengo para ti algo que puede gustarte mucho.

- ¿Qué es?

- Sé que te gustaría trazar un vuelo desde este puente hasta las torres de la Alhambra y sé también que te gustaría subir a esa colina y recorrer todos los rincones que por ahí hay para descubrir los secretos y misterios de esos lugares.

Algo extrañada por lo que el hombre le revelaba, la niña preguntó:

- ¿Y tú como sabes todo esto?

- Ahora tampoco importa porque quiero decirte que sí puedo ayudarte a realizar algunas de las cosas que sueñas.

- ¿Y a mis hermanos también?

- A los tres puedo ayudaros.

- ¿De qué modo y cuando?

- El modo es de la manera más sencilla y el momento puede ser ahora mismo.

 

               Llamó la niña a los hermanos, les habló de lo que le acababa de contar el hombre que allí estaba sentado, se acercaron los tres de nuevo a este hombre y después de que la niña le presentara a los dos niños, le dijo:

- Ahora ya estamos esperando a que nos digas más cosas de lo que hace un momento me contabas.

Y el hombre de barbas blancas, con voz suave y como acariciando, habló y dijo:

- En lo más alto de la colina, sobre la que se alza la Alhambra, hay muchos tesoros y secretos escondidos.

- ¿Tesoros y secretos?

Preguntó muy interesado el hermano menor.

- Sí, además de otras cosas valiosas y muy interesantes que solo algunas personas conocen.

- Pues a nosotros nos gustaría mucho encontrar un día algunos de estos tesoros y secretos. ¿Es en esto en lo que dices puedes ayudarnos?

- Exactamente en esto es en lo que puedo y ahora deseo ayudaros.

- Pues ya estás viendo que nos morimos de ganas de oír de ti lo que nos anuncias.

 

               Hizo una pausa el hombre, metió la mano en uno de sus bolsillos, sacó un papel doblando, se lo mostró a los niños, comenzó a desdoblarlo al tiempo que les decía:

- Esto es un plano de un rincón en lo alto de la colina de la Alhambra.

- ¿Y qué hay en este plano?

Seguía preguntando la niña.

- ¡Fíjate! Por este lugar se ve un pequeño barranco. Algo así como un arroyuelo sin agua, donde crecen muchos árboles y han sembrado algunas plantas de jardín. Justo aquí, en la parte alta de este arroyuelo y que se encuentra al otro lado de la Alhambra pero en lo más elevado de la colina, hay un tesoro escondido. Hace mucho, mucho tiempo que lo enterraron ahí y nadie lo sabe ni fue nunca descubierto.

- ¿Qué clase de tesoro es?

- Eso podréis descubrirlos vosotros en cuanto deis con este tesoro y lo saquéis del lugar donde se encuentra enterrado.

- ¿Tú vas a llevarnos a ese sitio y luego nos ayudas a encontrar el tesoro que dices?

- Me gustaría hacer esto pero no puedo.

- ¿Por qué no puedes?

- Tampoco a vosotros os interesa mucho esto. Pero puede que más adelante y en un momento concreto, sí pudiera deciros lo que ahora queréis saber y no lo hago.

- Entonces nosotros ¿de qué manera podremos encontrar el tesoro que nos dices?

- Con este plano que, a partir de ahora mismo, ya es vuestro.

 

               Dobló el hombre el plano, se lo dio a la niña y luego le indicó:

- Cuando vosotros queráis, podéis subir a la colina de la Alhambra y, siguiendo las indicaciones que en el plano hay escrito, poneros a buscar el tesoro que ya os he dicho.

- ¿Y cuando lo encontremos?

- Ya veréis entonces lo que sucederá.

- ¿Y podremos compartir con otras personas todo lo que nos acabas de contar y mostrarle este plano?

- Podéis hacer lo que a vosotros os guste más.

- ¿También, el día que encontremos el tesoro, venir por aquí y mostrártelo?

- También podéis hacer eso.

 

               Y durante un buen rato, los tres niños siguieron hablando con el hombre de las barbas blancas. Le preguntaron y le preguntaron cosas y luego, cuando ya la noche comenzaba a llegar, despidieron al hombre del puente del río, se fueron a su casa y al pasar por la puerta de la casa de su amiga María, el mayor de los tres preguntó:

- ¿Y si le contamos a nuestra amiga esto del plano y lo del tesoro en la colina de la Alhambra?

Y la pequeña enseguida comentó:

- Podemos hacerlo y a lo mejor ella se une a nosotros y todo así puede ser más divertido. Pero creo que mejor es no decir nada a nadie.

- ¡Pues vale!

 

               Casi no durmieron nada a lo largo de la noche pensando en hombre del puente, en el plano que les había dado y en el tesoro que iban a buscar al día siguiente por la colina de la Alhambra. Por eso, en cuanto amaneció, los tres se levantaron enseguida. Al verlos la madre madrugar tanto y tan diligentes, les preguntó:

- ¿Qué aventura tenéis hoy entre manos?

El menor de los hermanos dijo:

- Vamos a ir a un lugar muy interesante que ahora no podemos contarte. Pero no te preocupes porque nada nos pasará y sí puede que nos ocurra algo muy bonito.

- Pues llevaros, en la barja de esparto, algo de comida y tened cuidado.

Hicieron caso los niños a su madre y al salir el sol, se pusieron ellos en marcha. Caminaron por la calle, pasaron cerca de la casa de su amiga María, cruzaron el Puente del Aljibillo, subieron por el barranco de la Cuesta del Rey Chico y al poco vieron algo que les llamó mucho la atención.

 

               Por la ladera que, desde las torres de la Alhambra cae hacia el río Darro, revoloteaba una bandada de palomas. Eran tantas y se movían como trazando círculos que esto fue lo que a ellos más les empezó a intrigar. Dijo la niña:

- Nunca por estos sitios, hemos visto tantas palomas.

- Es la primera vez. ¿Por qué será?

Y en este momento, descubrieron otra bandada de estas aves. Arrancaban vuelo como de las torres de la Alhambra, las que hoy se les conoce como del Homenaje y de la Vela y trazando círculos, se concentraban en lo más alto del Cerro del sol. Por donde en aquellos tiempos se encontraba el bonito palacio conocido con el nombre de Dar al-arusa. Comentó el hermano menor:

- Es como si alguien las estuviera cuidando y ahora mismo se las llevara para ese cerro, por alguna razón.

- ¿Pero quién puede ser dueño de tantas palomas?

- ¿No os acordáis vosotros de lo que un día nos contó nuestra amiga María?

 

               María, la amiga de ellos y la mujer más buena del mundo, un día les dijo que en tiempos pasados, un padre y su hijo, por aquí tenía muchas palomas.

- ¿Y qué hacían con ellas?

- Eran palomas silvestres que se concentraban en estos lugares y al padre y al hijo, les gustaba mucho guiarlas hacia lo más alto del Cerro del sol y la colina de la Alhambra.

- ¿Y se dejaban cuidar estas aves por ellos?

- Nadie por aquí sabía cómo pero el caso era que estas bandadas de palomas, se dejaban guiar por ellos. El padre se iba por la orilla del río Darro y el hijo se situaba en lo más alto del cerro. Desde allí, él movía sus brazos indicando a las palomas que se fuera para un lado u otro y éstas le hacían caso. Lo mismo que cuando el padre las llamaba desde el río o la colina de enfrente.

- Qué misterios ¿verdad María?

- Sí que es un gran misterio y todos por aquí lo sabían sin que nadie supiera explicar esto de las palomas y lo del padre y el hijo.

- ¿Y qué sucedió pasado el tiempo?

 

               Y María, aquella tarde no pero al día siguiente, sí contó a los niños la historia completa de las palomas. Por eso ahora, esta mañana, al ver ellos estas grandes bandadas de palomas sobre las torres de la Alhambra, recordaron lo que María les había contado. Dijo la hermana:

- Luego, cuando mañana vayamos a verla, le contamos lo que ahora estamos viendo por aquí.

- Sí, se lo tenemos que contar y también debemos compartir con ella esto del tesoro y el plano que tenemos con nosotros.

- Seguro que le va a gustar mucho y hasta puede que se alegre.

 

               Terminaron de remontar la colina justo por donde hoy se encuentra la Casa de la Mimbre. Es aquí donde nacen dos pequeños barrancos: el que baja por la Cuesta del Rey Chico y el que ahora es el Paseo Central de los Bosques de la Alhambra y Cuesta de Gomérez. Miraron el plano, buscaron algunos puntos que ellos creían eran interesantes y comenzaron a descender por este segundo barranco. Dijo la niña:

- Según aquí se ve, en este barranco, a la mitad más o menos, es donde se encuentra enterrado el tesoro que buscamos.

A un lado y otro de la pequeña senda que recorrían, crecían árboles y algunas plantas. Y, por entre estas plantas, al dar una cuerva, vieron una acequia con agua muy clara que saltaba como en la misma dirección que descendía el barranco. Justo aquí se pararon, abrieron el plano, miraron prestando mucha atención y la niña dijo:

- Un poco más acá de esos árboles, entre esta acequia y nosotros, es donde se encuentra el tesoro.

- ¿Por qué estás tan segura?

- Lo estoy viendo reflejado en este plano y, además, mi corazón me lo dice.

- ¿Y qué hacemos ahora?

 

               Cogió la niña unos trozos de ramas secas que vio por allí, le pidió al hermano mayor que las partiera y con los palos que de las ramas salieron, apartaron el manto de hojas secas de árboles y plantas que tapizaban el suelo. Ella la primera y muy entusiasmada, se puso a limpiar el suelo al tiempo que les decía a los hermanos:

- Removed la tierra conmigo con toda la fuerza que podáis que ya veréis como aquí encontramos lo que venimos buscando.

Ilusionados y con ahínco los niños clavaban los trozos de palos secos en la tierra y luego apartaban la tierra, piedras y hojas secas.

 

               Y a los cinco minutos de su esfuerzo limpiando el terreno, de pronto, el hermano pequeño exclamó:

- ¡Mirad lo que veo aquí!

La niña y el hermano mayor, se acercaron y miraron donde el hermano menor escarbaba. Y asombrados vieron que, en la tierra húmeda, algo roja y recién removida, aparecía algo muy brillante y transparente. Como un trozo de cristal alargado, grueso como dos dedos gordos, con facetas muy pulidas y terminadas en punta de pirámide. Lo cogió enseguida la niña, lo mostró en sus manos y dijo a los hermanos:

- Es una punta de cristal de cuarzo.

- ¡Pero qué transparente y pulido está!

- Y es bonita y brilla como el diamante más puro.

- ¿Qué hacemos con él?

- Vamos a guardarlo y cuando vayamos luego a la casa de María, se la enseñamos y le preguntamos a ver qué nos dice ella.

Dijo la hermana. Se acercó a la acequia y en el agua clara, lavó su joya de cuarzo, dejó que el vientecillo la secara y luego, después de mirarla y remirarla al sol y a contraluz, la guardó en la barja que la madre les había dado para que trajeran algo de comida.

              Y ahora, mucho más entusiasmados que antes, de nuevo se pusieron a remover la tierra, mientras la niña seguía comentando:

- Presiento que esta bonita piedra transparente que aquí nos hemos encontrado, es como una pieza del tesoro que buscamos.

- ¿Como la llave de este tesoro?

- Sí, eso es lo que yo creo.

Y a los pocos minutos de apartar hojas y remover tierra con los trozos de palos que había preparado, vieron una pequeña pieza que parecía arcilla. El mayor, la cogió enseguida, la sostuvo en sus manos, se la mostró a la pequeña y le dijo:

- Parece de cerámica pero es un trozo de losa de piedra con dibujos en colores.

La observó la niña, la cogió con mucho cuidado y luego, la puso en el suelo sobre unas matas de hierba. Y fue justo ahora cuando, de pronto y como si surgiera de algún punto concreto en el cielo, por encima de ellos y como flotando en el aire, apareció algo que les llamó mucho la atención. Sobre el azul del cielo recortada y como suspendida en el aire, se veía como una nube alargada que reflejaba varios colores y de uno de sus extremos, dejaba caer como pétalos de flores. Muy sobrecogidos los tres niños miraban a la figura de esta nube, a los pétalos en forma de signos musicales al tiempo que también se sorprendían por la música que empezaban a oír. Porque hasta sus oídos llegaba como el comienzo de una melodía muy hermosa, extraña y algo triste que parecía surgir un poco de la nube de colores que sobre el cielo aparecía y otro poco de los pétalos en forma de signos musicales que desde esta nube caían.

 

               Y la niña, instintivamente cogió el trozo de piedra que el hermano mayor había encontrado, lo levantó en sus manos y al instante la música dejó de oírse. La volvió a poner otra vez sobre la hierba y la música de nuevo comenzó a oírse pero solo duró unos segundos. Dijo el hermano mayor:

- Es como si este trozo de losa que hemos encontrado, fuera también la llave de la música que ahora mismo oímos y parece que está incompleta.

- Tienes razón porque, si nos fijamos bien, también este trozo de piedra parece que le falta algo.

El trozo de piedra que la niña había dejado sobre la hierba, estaba como roto por varios lados. Por eso de nuevo el hermano mayor comentó:

- Vamos a seguir buscando a ver si encontramos algunas piedras más que puedan encajar con ésta.

Siguieron buscando y al poco, descubrieron otro pequeño trozo de piedra. De mismo material y algunos dibujos parecidos a los que había en el trozo que sobre la hierba descansaba. Vio la niña que este segundo trozo de piedra, encajaba en unos de los lados con otro de los bordes del primer trozo de piedra. Colocó despacio y con mucho cuidado una piedra junto a la otra y justo al encajar sus aristas, en el cielo se volvió a ver la misma figura en forma de nube y de varios colores. De uno de sus lados, en esta ocasión, se deslizaban pequeños trozos en forma de copos de nieve. Pero eran también como notas musicales. La melodía volvió a oírse aun más bella y con sonidos brillantes y vivos. Escucharon ellos durante unos segundos y luego siguieron buscando en el mismo sitio. Dijo la niña:

- Quizá este sea el tesoro que ese hombre no dijo ayer por la tarde.

 

               Durante mucho rato, con los trozos de ramas secas, escarbaron en el suelo y poco a poco fueron encontrando más trozos de losa con dibujos muy parecidos y aristas desiguales. Los fueron encajando unos con otros y, según iban construyendo una pieza grande en forma de losa rectangular, descubrían que era como un puzle. El hermano mayor comentó:

- Cada vez que colocamos una pieza junto a la otra, en el cielo aparece esa bonita nube de colores y se oye la música que nos fascina tanto. Pero ahora llegamos al final y tanto la música como este puzle, quedan incompleto. ¿Qué podemos hacer?

La niña y el hermano menor comprobaron que en realidad las cosas eran como el hermano mayor decía. Y por eso, buscaron con ahínco el último pedazo del puzle con el deseo de ver qué sucedía. El tiempo fue transcurriendo y no encontraban la última pieza que les faltaba.

 

               Miró la niña el plano unas cuantas veces, observó la nube de colores y escuchó muy atenta la música que siempre se extinguía antes del final y luego dijo a los hermanos:

- Creo que sí, en este lugar es donde se encuentra el tesoro que ese hombre nos ha dicho. Pero ya no sabemos ni cómo seguir buscando ni en qué consiste este tesoro.

- ¿Qué hacemos?

- Coloquemos todos los trozos de piedra que hemos encontrado, en el mismo sitio en que estaban, los enterramos y volvemos a nuestra casa.

- Pero si hacemos eso nos quedaremos ni saber el secreto de lo que por aquí hemos descubierto.

- Sí, es así pero no del todo.

- ¿Cómo que no?

- Es que yo ya he pensado lo que vamos a hacer.

- ¿Qué es lo que vamos a hacer?

- Luego os lo cuento. Ahora vamos a dejar todo por aquí tal como lo hemos encontrado y regresemos a nuestra casa.

Dijo muy segura de sí la niña.

 

               Los tres hermanos, se pusieron y en poco rato, colocaron los trozos de piedra en el mismo sitio donde los habían descubierto. Echaron tierra encima, los taparon y cubrieron con las mismas hojas secas, guardaron el plano, caminaron barranco arriba y al llegar a donde comienza el segundo barranco, se pararon. Abrieron su barja de esparto, sacaron los alimentos que la madre les había preparado y, sentados junto al agua de una acequia, comieron despacio. Luego, tomaron por el camino que discurre barranco abajo y un rato después, cruzaban el Puente del Aljibillo. En lugar de irse a su casa, los tres se dirigieron a la casa de su amiga María. La saludaron al llegar y enseguida la niña le contó lo del hombre del plano y lo que le había contado en la colina de la Alhambra. María la escuchó con toda atención y cuando al final la niña preguntó:

- ¿Qué puede ser las piedras que allí hemos encontrado y por qué al unirla unas con las otras, en el cielo aparece esa nube tan bonita y se oye tan hermosa música?

Miró María a los tres hermanos, los acarició y dijo a la niña:

- Venid conmigo ahora mismo que os quiero mostrar algo muy interesante.

 

               Siguieron los niños a su amiga, salieron de la casa y caminaron hacia el Puente del Aljibillo. Al llegar al pequeño muro se pararon, mirando en la dirección en que se iban las aguas del río y también frente a las torres de la Alhambra. María habló y dijo a los niños:

- Mirad fijamente al cielo y ya veréis lo que por ahí aparecerá en cuanto el sol descienda un poco más sobre el fondo de la Vega de Granada.

Hicieron caso los niños a su amiga y muy atentos, miraron para las tres grandes torres de la Alhambra. El sol caía lentamente, al tiempo que se apagaba y el cielo comenzaba a cambiar de color. Primero se tiñó de azul intenso y fue cambiando a morado para pasar luego a rojo sangre y a negro noche. Y fue justo en este momento cuando, asombrados los niños comenzaron a descubrir algo maravilloso.

 

               Por detrás de las tres grandes torres que, de la Alhambra se ven desde el Puente del Aljibillo, comenzó a surgir como la cola de un gran cometa que parecía ocultarse por detrás de estas torres. En el cielo se veían muchas estrellas cada una de un color y se oyó una dulce música al tiempo que el fondo del cielo se teñía de azul intenso. Por completo asombrados los niños miraban y fue la niña la que otra vez preguntó a su amiga:

- ¿María, qué es esto y por qué ocurre?

Y María, abrazando a la pequeña con su mano izquierda y a los dos hermanos con su mano derecha, frente a las torres de la Alhambra y en la dirección en que se iban las aguas del río, habló y dijo:

- Lo que ahora mismo estamos viendo al frente y sobre el cielo que corona a las torres de la Alhambra, es parte tu sueño.

- ¿De mi sueño?

- Sí y el deseo de encontrar el tesoro en la colina que nos corona, también es parte de tu sueño y el de tus hermanos.

- No lo entiendo, María.

- Claro, porque la Alhambra en sí, es un gran puzle que se completa con el puzle que rodea a esta colina y con el maravilloso mundo de tus sueños y el de tus hermanos.

 

               Y como la niña seguía diciendo a su amiga que no entendía lo que le estaba mostrando y explicaba, María se sentó en el pequeño muro del puente. Cogió a la pequeña sentándola a su lado y le dijo:

- Yo también estoy dentro de este puzle y todas las personas pobres que con frecuencia se reúnen y mi casa.

- ¿Son ellos las estrellas de colores que ahora mismo vemos sobre el cielo?

- En parte sí.

- ¿Y el cielo donde se sostienen esas estrellas eres tú?

- También en parte.

- Pero y los trozos de piedra que en esa colina hemos encontrado ¿a qué puzle pertenece?

- Tú y yo y las personas pobres amigas mías y todas las personas del mundo, llevamos un sueño en el corazón desde el momento en que nacemos. Y todos deseamos encontrar y vivir en un mundo mucho más hermoso que este que vemos y tocamos ahora mismo. En el fondo, toda la Alhambra y la colina donde se asienta, es un intento de reconstruir en esta tierra este maravilloso mundo y sueño que te digo. Y vosotros, sois privilegiados porque el cielo os está permitiendo encontrar y, de alguna manera, ver lo que a otra personas no.

 

               Después de estas palabras, ninguno de los niños dijo nada. La pequeña se abrazó al cuerpo de su amiga y después de un buen rato en silencio, muy quedamente le preguntó:

- Pero María, la música que sonaba cuando uníamos las piedras y esas mismas piedras allí enterradas ¿qué son?

- Un día de estos, vamos a ir todos a ese lugar de vuestro tesoro y allí, sobre el terreno, os diré qué es esa música y de qué modo podremos encontrar y colocar la pieza que os ha faltado en ese puzle.

- ¿Y vendrá también y nos dirás quién es el hombre que nos ha regalado el plano?

- Vendrá también y sabréis quién es.

 

               En uno de los bolsillos de sus pantalones, el hermano menor se había guardado la bonita piedra de cuarzo que en la colina de la Alhambra habían encontrado. Momentos antes la niña le había dicho:

- Ten cuidado de no perderla y cuando estemos con María, se la mostramos y le preguntamos.

Y como el hermano menor, ahora que estaban con María, creyó que era el momento de mostrarle la piedra, la sacó de su bolsillo, se la dio a la hermana y le dijo:

- Toma, enséñasela tú y le preguntas.

Cogió la niña la transparente punta de cuarzo, se la mostró a María, le explicó dónde y cómo se la habían encontrado y luego le preguntó:

- ¿Y sabes tú qué es esta piedra y el secreto que encierra?

 

               Y María, mostrando ahora mayor cariño por los tres niños que tenía junto a ella, habló y les dijo:

- Lo que yo sé es que la Alhambra, ese gran edificio que vemos sobre la colina, tan lleno de torres y murallas y los grandiosos paisajes que le rodean, tiene un alma que nadie ha visto ni verá nunca con los ojos de la cara.

- Y María ¿qué tiene que ver eso con esta transparente piedra de cuarzo?

- Que esta bonita piedra de cuarzo, es como la llave que un día abrirá las puertas de ese alma transparente y blanca que esconde la Alhambra y nadie en este mundo ha visto ni verá.

- ¿La llave de ese universo que tantas veces tú nos has dicho se llama cielo?

- Así es. Y que se parece mucho al alma y luz que tú y tus hermanos tenéis en el corazón. Por eso a vosotros, y por un misterio que ahora mismo no sé, se os ha permitido encontrar y tener ahora entre vuestras manos esta misteriosa y bellísima llave que abre las puertas del alma de la Alhambra.

 

               Hubo unos segundos de silencio y luego la niña preguntó de nuevo:

- Y el alma que dices tú y que es parte del cielo ¿es transparente y blanca como esta piedra de cuarzo?

- Blanca como la nieve de Sierra Nevada y transparente como las aguas de este río y el cristal de esta piedra. Por eso nadie la ha visto nunca y ni siquiera la buscan. Todos se quedan de la Alhambra, lo que deslumbra a los ojos y ni se plantean que exista este mundo transparente que estamos diciendo.

LOS GRANDES MISTERIOS DE LA ALHAMBRA

 

               Los había guiado por veredas únicas, tapizadas de hierba y escoltadas de vegetación. A lo largo de varias horas y por eso, al llegar a la llanura del pequeño lago verde azul, les dijo:

- Es este el lugar ideal para un descanso. Soltad vuestras mochilas, acercaros a las aguas y lavaros las manos y la cara, bebed del manantial y tomad el sol recostados en la hierba.

Y uno de ellos le preguntó:

- ¿Vamos a montar las tiendas para quedarnos a dormir aquí esta noche?

- Yo voy a seguir caminando para explorar la ruta mientras vosotros recuperáis fuerzas y me esperáis. Cuando regrese, lo hablamos.

 

               El grupo estaba formado por doce “niños mágicos”, como él decía. Y decía esto porque todos ellos eran alegres, de caras sonrosadas, sonrisas limpias y miradas claras como los cielos de las montañas. Y entre todos, dos de las pequeñas, eran “hadas de luz”, según él, porque siempre estaban jugando con los demás, sonreían y compartían sus emociones llenas de gracia y nunca, nunca se enfadaban ni dejaban a nadie sin su ayuda. Pero la luz más hermosa que ellas irradiaban era la belleza que del corazón a todas horas les brotaba. Por eso, él los valoraba mucho y se sentía orgulloso de los silencios, colores, perfume y música de las montañas. Según pensaba, no existía en el mundo belleza más fina ni cielos más perfectos que el pequeño grupo de niños que esta mañana guiaba a las cumbres de las nieves y de las aguas claras.

 

               Les volvió a decir:

- No estéis inquietos ni temáis nada, volveré dentro de unas horas y compartiré con vosotros lo que encuentre al otro lado de esta montaña.

- Y tú vete tranquilo que nosotros confiamos en ti y aquí te esperamos.

Los despidió de nuevo, buscó el caminillo, subió despacio pero sin perder el ritmo, parando de vez en cuando para observar el valle donde los niños se habían quedado y para descubrir la Alhambra y Granada, al fondo y a lo lejos. Llegó a la cumbre hora y media más tarde. Poco a poco fue coronando y descubriendo el paisaje por entre las ramas de unos árboles, al tiempo que hasta sus oídos llegaba el rumor de las aguas.

 

               Superó los últimos árboles y ante él apareció el gran escenario. Al fondo, una cuerda de montañas nevadas y desde ellas, cayendo por las laderas chorros de agua blanca. A los pies de estas montañas, un ancho y largo valle salpicado de lagos azules y mucha hierba y en los bordes de estos lagos, los manantiales brotando como del corazón de la tierra. Y más cerca de él, los verdes y azules lagos, derramándose por entre florecillas, alfombras esmeraldas y hermosos encajes de espumas de cascadas. Miró sin pestañear durante un buen rato, luego sacó su cámara y comenzó a tomar fotos mientras se decía: “En cuanto regrese, se las enseñaré a ellos para que con sus ojos vean esta maravilla única”.

 

               Pasado un rato, volvió su cabeza y miró muy atento para el horizonte lejano. Sobre la colina y por entre algunas nieblas, descubrió la robusta figura de la Alhambra y absorto por la gran belleza que al norte le regalaban las montañas, en su corazón reflexionó: “La fina belleza de la Alhambra y los grandes misterios que todavía nadie conoce, está fundamentada sobre la belleza y misterio de estas montañas y estas aguas. Lo que sobre aquella colina se ve y muchos recorren y observan cada día, son muros, torres y unos trozos de historia pero la esencia, el paraíso, el alma de la Alhambra, está condesado en esto que a mis pies tengo”.

 

               Poco después, con su mochila en las espaldas, la cámara de fotos en la mano y el corazón henchido de gozo, descendía por la senda al encuentro de los niños que en el valle se habían quedado. Y mientras se iba acercando a ellos, también se susurraba: “Quiero compartir con todos ellos esto que acabo de ver para que un día conozcan la gran belleza del más hermoso de los sueños”.

 

EL SUEÑO

Los cuadernos del sabio-I

 

               Tenía el sabio su casa cerca del río Darro. Al pasar el Puente del Aljibillo, a la derecha y donde comienza el camino que lleva a la Fuente del Avellano. Y le gustaba a él, además de escribir cada día un buen rato, sentarse en el puente del río para contemplar las aguas y las puestas de sol al otro lado de las torres de la Alhambra. Le servían estos momentos para llenar su alma y alimentarse de los silencios y sueños que luego escribía en sus cuadernos.

 

               Porque el sabio, tenía en su casa, una muy bonita colección de cuadernillos donde redactaba sus cosas. Los iba colocando en un lugar muy concreto dentro de su vivienda y de esto se sentía orgulloso. A veces, con algunos de sus amigos compartía estas cosas pero en otros momentos, meditaba y escribía solo para sí y esto era precisamente lo que le daba un interés especial a sus pequeños cuadernos. Que eran cosas escritas en libertad, llenas de sinceridad, por el puro placer de explicar la vida y lo que veía y ocurría en el mundo que le rodeaba. Y aquella soleada mañana de invierno, sentado el sabio frente al río y frente a las torres y palacios de la Alhambra, en uno de sus pequeños cuadernos, escribió lo siguiente:

 

               “Durante algún tiempo, estuvo viviendo con ellos. En la casa grande, de piedras y tejado rojo, al final de la llanura en el amplio valle del río. Donde el cauce tiene algunos charcos de aguas claras y los avellanos crecen cerca. Y a la orilla de estos charcos, se iba cada día. Simplemente a sentarse ahí, mirar el ir y venir de los renacuajos y a disfrutar del fresco airecillo en las tardes de verano. También le gustaba esperar sentado hasta que la noche llegara. Para mirar el firmamento y la luz de las estrellas y para escuchar despacio el canto de los grillos.

 

               Uno de los que vivía en la casa grande, no paraba de ir al director para decirle:

- No sé qué pinta entre nosotros. Vive solo su vida y los demás, nada le importamos. Y las normas, las reglas, lo que está mandado, ya ves que ni les hace caso.

Y un día el director lo llamó y le dijo:

- Ya estoy harto de tantas quejas como recibo de ti. Y además, hasta parece que con todos estés enfadado.

Miró fijo al director y nada comentó. Sabía que otra vez lo estaba acusando pero en esta ocasión, no tenía claro qué castigo le impondría.

 

               No tardó el director en dejarlo claro:

- Coge una manta, tú morral y algunas cosas de comer y te vas a la cueva del río.

- ¿A qué cueva del río?

- A la de los tajos.

- ¿Y qué voy a hacer allí?

- Te pones y arrancas todo el monte del lado derecho. Labra luego esa tierra, le quitas las piedras y los escaramujos y, cuando llegue la primavera, la siembras.

- ¿De qué la siembro?

- De garbanzos y algunas matas de maíz.

- Y durante todo este tiempo ¿dónde vivo y de qué me alimento?

- Te sientas en las orillas del río y por las noches contemplas las estrellas y sueñas con las fantasías que en tu corazón llevas. Todos en esta casa estamos hartos de ti y ha llegado el momento de que lo sepas.

 

               Y aquella tarde, una muy calurosa tarde de verano, se le vio salir de la hermosa casa. Con solo una pequeña mochila acuestas y una manta. Atravesó la llanura, buscó la senda que va por entre las encinas y se dirigió a las partes altas del río. Iba solo y cabizbajo, muy en silencio y como rezando. Miraba muy despacio y en su corazón se decía: “Me han echado de su sociedad. Porque esto es como si en el fondo me estuvieran desterrando a las montañas, a las orillas del río para que goce de su encanto y, en las noches, del cielo estrellado”

 

EL ADMINISTRADOR FANTOCHE

Los cuadernos del sabio-II

                                                                                                                                                       Hay personas que,

                                                                                                                                     para sentirse algo en la vida,

                                                                                                                                         necesitan crear enemigos

 

               Sentado en el muro del puente del Aljibillo, el sabio escribía. En un pequeño cuadernillo de papel blanco que había dividido en varios apartados. En uno de estos apartados, había puesto: “Personas buenas que nunca han hecho daño a nadie”. Debajo de este título, aclaraba: “Estas personas siempre serán felices en este mundo y en el que sueñan encontrar el día que mueran”. En otro apartado había escrito el siguiente título: “Personas malas que humillan y limitan imponiéndose a los demás”. Y también debajo de este encabezado, había desarrollado la siguiente reflexión: “Estas personas nunca serán felices en esta vida ni encontrarán paz después de su muerte. No son bendecidas por Dios aunque en el fondo lo deseen ni tampoco tendrán un paraíso bello el día que para siempre mueran. Mo siquiera en este mundo, serán capaces de sentir la belleza y armonía de las cosas. Y aunque se sientan atraídas por la luz y misterios de la naturaleza, la naturaleza nunca les regalará con el conocimiento de sus grandes verdades”.

 

               En el siguiente apartado, el sabio había hecho un sencillo dibujo en su cuaderno. Unas líneas que describían el curso de un río que se abría como en abanico en las partes altas. Como si miles de arroyuelos vinieran desde todas las direcciones para irse encontrando poco a poco hasta formar la gruesa línea central, el cauce del río principal. Al final de esta hoja en el pequeño cuadernillo, el sabio había escrito: “Como este río y los mil arroyuelos que lo alimentan y dan forma, son las obras, sueños y riquezas de las personas buenas. Se abren desde la tierra como hacia el centro del cielo en el que creen y suben y llevan consigo transparencia, armonía y belleza”.

 

               Y estaba el sabio tan emocionado en las reflexiones que escribía en su cuadernillo de hojas blancas, que ni siquiera se dio cuenta del hombre que se acercó. Muy mayor, algo encorvado y con una sonrisa muy bella. Se puso al lado del sabio, lo saludó, le pidió permiso para sentarse en el mismo muro del puente y luego, al mirar al cuadernillo del sabio y ver el original dibujo del río, le preguntó:

- ¿En algunas de estos tres capítulos que en tu libro tienes escritos encajan las dos Alhambras?

Miró el sabio al hombre y, después de unos segundos, le preguntó:

- ¿De qué dos Alhambras hablas?

- En realidad son tres: la Alhambra del corazón y alma blanca, la del corazón y alma negra y la otra.

- ¿Cuál es la otra?

- La del administrador idiota, engreído y adulador que le amargó la vida a la princesa y al hombre artesano. ¿No conoces tú esa historia?

- De la Alhambra, las personas que la han construido, vivieron y viven en ella, conozco muchas cosas pero lo del corazón negro y alma blanca y el administrador fantoche, nunca oí nada.

- ¿Si te hablo de ello podrás luego poner correctamente estas realidades en algunos de los tres capítulos de tu cuaderno?

- Seguro que podré. Háblame primero del administrador malo. Las historias de estas personas siempre son de risa y hasta dan pena pero ilustran mucho.

 

               Y el hombre encorvado dijo al sabio:

- Uno de los reyes de la Alhambra, tenía una hija. La quería mucho y como la princesa era muy amante de los libros, el padre ordenó que se pusiera en marcha un pequeño taller de encuadernación. Le dijo a la hija:

- Para que, todos aquellos libros que a ti te gusten y quieras conservarlos de una manera especial, en este taller se puedan encuadernar y restaurar.

Y la princesa preguntó al rey:

- ¿Y podré yo buscar y encargarme de las personas que hagan el trabajo en este taller?

- Puedes hacerlo

Agradeció la princesa al padre los detalles que tenía con ella y aquel mismo día se fue a la Medina. Saludó y habló con casi todos los artesanos que en esta ciudadela vivían y al final, se presentó ante un hombre mayor. Lo saludó y le dijo:

- Todos me hablan bien de ti.

- ¿Y qué te dicen de mí, princesa?

- Que eres un hombre bueno, inteligente y un gran artesano.

- Me alegra mucho oír tus palabras pero sí es cierto que nunca en mi vida robé ni humillé a nadie intencionadamente. Los trabajos que me encargaron los hice con amor y fui siempre enemigo de los que adulan a los poderosos y humillan a los pobres.

 

               Y la princesa, admirada de las bonitas palabras que salían de la boca del anciano, le preguntó:

- ¿Tú quieres hacerme un gran favor?

- Lo que me pidas, eso haré yo por ti y hasta donde tenga fuerzas. ¿Qué quieres de mí?

- Soy amante de los libros y mi padre me ha regalado un pequeño trabajo de encuadernación. ¿Quieres tú trabajar en este sitio, encuadernando y restaurando libros para mí?

- Quiero, princesa.

- Pues desde ahora mismo te nombro responsable del taller que te he dicho.

Y aquel mismo día, el hombre se instaló en el taller que el rey le había regalado a la princesa. Ésta lo acompañó durante unas horas y luego le dio varios libros muy hermosos que ella poseía. Le dijo:

- Algunos de estos libros son verdaderas joyas que me han ido regalando mis amigos. De poesías, varios de ellos, de relatos e historias, otros y, bastantes de ellos, de cosas de animales y naturaleza. Estos últimos son los que más me gustan y por eso, no solo los leo y mimo todo lo que puedo sino que hasta los estoy ilustrando poco a poco. Fíjate en esto.

Y la princesa le mostró algunas de las ilustraciones que entre las páginas de los libros tenía guardadas. Echas todas en blanco y negro y con trozos de líneas muy finas y elegantes.

 

               Observó el hombre muy despacio lo que la princesa le mostraba y luego, pasado un rato y por completo impresionado por lo que veía, dijo:

- Princesa, tu corazón está lleno de belleza y sentimientos hermosos y tu mente y alma, poseen la mayor bendición del cielo. Me alegro que sepas plasmar en el papel lo que ves cada día y sientes en cada momento.

- ¿Quieres decir que te gustan las cosas que dibujo?

- Me gustan mucho, princesa y te agradezco que me hayas elegido a mí y ahora compartas conmigo lo mejor de lo que en ti hay.

Y la princesa, más que contenta por las palabras que seguía oyendo del hombre que había traído a su taller de artesanía, le dijo:

- Pues lo que deseo es que es que estos libros, las poesías que escribo y los dibujos que hago, tú los adornes con la mejor decoración que nunca haya existido. ¿Podrás hacerlo?

- Claro que sí.

 

               Ayudó ella durante un buen rato al hombre en las cosas que empezó a preparar y como enseguida comprobó que necesitaba algunos instrumentos y material para realizar el trabajo que le estaba pidiendo, la princesa dijo al artesano:

- También y desde este momento, tú mismo te encargas de buscar, pedir y comprar todas aquellas cosas que necesites en este taller y que sean necesarias para hacer bien el trabajo que te pido.

Y el artesano le dijo:

- Princesa, lo primero que necesito es un pequeño telar para coser los libros que sean necesarios. Necesito hilos y cuerdas, pegamento, pieles, papel de colores y calidades distintas y también pinceles y algunos instrumentos.

- ¿Y a dónde podemos ir a por todo eso?

- Si tú me das permiso, yo me encargo de ello. Sé quien nos puede servir y, además, conozco la calidad de las cosas y la nobleza de las personas.

- Pues tienes mi permiso. Y lo que cuesten estos productos, tú no te preocupes. Que pasen los gastos a mi padre el rey para que él lo pague todo. Tengo permiso para ello.

 

               Al caer la noche, aquel mismo día, el artesano habló con varias personas conocidas y les pidió que les trajera las cosas que necesitaba en el taller. Y al día siguiente llegaron al taller varias personas con mucho y variado material que el hombre necesitaba. Compró él de todo un poco y luego mandó a los vendedores al rey para que le abonaran el importe de los productos. En los palacios, como el rey había ordenado que se pagara puntualmente todo lo que en el taller de la princesa se comprara, pagaron a los vendedores las facturas que estos presentaron firmadas por el maestro artesano. Y aquel mismo día, al siguiente y al otro, en el taller, el hombre restauró, cosió y luego encuadernó con toda pulcritud y cariño, todas las cosas que la princesa le dejaba. Y ésta, como le gustó tanto el bonito y delicado trabajo que el artesano hizo en su colección de libros, le dijo:

- Si necesita un ayudante, solo tienes que decírmelo.

- Lo necesito no solo para que aprenda el oficio sino también para que haga las cosas más elementales mientras yo me concentro en las partes más delicadas de restauración y encuadernación.

- Pues mañana mismo hablo con mi padre y arreglamos esto.

 

               Habló la princesa con su padre de este asunto y dio la casualidad que la noticia llegó a oídos de un hombre mayor que siempre andaba por los palacios haciendo cosas insignificantes. Nadie en la corte lo apreciaba por su escasa inteligencia, sus artimañas de manipulador y la capacidad que tenía de controlar a todos lo que se movía a su lado. Se acercó este hombre al rey y le dijo:

- Majestad, yo puedo trabajar en el taller de encuadernación de la princesa.  

- ¿Sabes tú de este oficio algo?

- Nada sé pero lo aprenderé enseguida.

- Pues habla con la princesa y dile que vas de parte mía.

Habló este hombre con la princesa y lo primero que le dijo fue:

- Además de hacerte un trabajo precioso en todos los libros que me des, voy a horrarle mucho dinero a tu padre.

Confío la princesa en las palabras del hombre manipulador y al día siguiente, éste se presentó en el taller de artesanía. El maestro le encargó algunos trabajos menores y aquel día, al otro y en los que siguieron, las cosas fueron más o menos bien.

 

               Sin embargo, el hombre artesano de verdad, desde el primer día comprobó que el que había sido colocado en el taller como ayudante, se metía y entrometía en las cosas que no le competían. Continuamente le decía al artesano:

- Es que gastas mucho pegamento.

- Solo lo necesario para que los libros queden fuertes.

- Pero es que también gastas mucho hilo y mucho papel y, además ¿para qué compras tanta cantidad de esto y de aquello?

- Es justo el material que se necesita para realizar bien el trabajo que la princesa me encarga.

- Pues yo no estoy de acuerdo.

Y el buen artesano callaba por no discutir con el manipulador su tacaña visión pero en su interior, se empezó a sentir mal.

 

               Dejó que pasara el tiempo mientras cada día ponía todo su amor e interés en hacer bien las cosas que la princesa le encargaba. En su aposento, en una de las torres de la Alhambra, la princesa fue coleccionando libros y más libros, lujosamente encuadernados, tanto de poesía como de historia, relatos y otros temas. También de manuscritos que ella misma confeccionaba y por eso se sentía feliz y muy orgullosa de lo que en su palacio estaba acumulando. Con sus amigas comentaba estas cosas y el contenido de sus libros y les decía:

- Cada día me siento más llena por dentro y soy feliz pensando que esto que hago será, en el futuro, no solo una gran fuente de sabiduría sino un tesoro para el mundo entero. Me dará renombre a mí, a mi padre el rey y a la Alhambra.

- ¿Y tanto valor le das tú a los libros que coleccionas?

- Es que lo tienen y aun más. Para mí es como la realización de parte de mi sueño porque pienso que de este modo me expreso y dejo para la humanidad un legado muy valioso.

- ¿Y qué dicen de esta afición tuya tus amigos los príncipes?

- Algunos lo entienden y me apoyan y otros, no pero a mí me da igual. Yo soy sincera conmigo misma y, como tengo el apoyo de mis padres, mi corazón es feliz y me siento muy satisfecha.

 

               Quizá por esto y porque también en el fondo le gustaba la compañía del artesano del taller, en este lugar se pasaba horas y horas todos los días. Le ayudaba al hombre en el trabajo tan bonito que cada día hacía y también trataba con respeto al ayudante manipulador. Éste, un día y otro, la llamaba aparte y le decía:

- Princesa, que este hombre mayor que tú llamas maestro, no es tan artista ni mucho menos bueno.

- ¿En qué te basas para pensar eso?

- Gasta pegamento, papel y pinceles sin control y, en algunos momentos, hasta lo he visto llevarse cosas a su casa.

- ¿Estás seguro de lo que dices?

- Y tan seguro. Es feo, muy feo por dentro y por eso yo quisiera que él no fuera el encargado de pedir y comprar las cosas que en este taller hacen falta. Es un inconsciente derrochador.

La princesa guardó silencio y no dijo nada a su amigo artesano.

 

               Pero unos días después, vio ella al ayudante manipulador hablando con el administrador. Aquella misma tarde el administrador se presentó en el taller y dijo al jefe artesano:

- De parte del rey, tenemos que hacer un inventario en este taller.

- Yo en eso no me meto. Si el rey lo ha ordenado, usted haga su trabajo.

- Y también de parte de la princesa, desde ahora mismo, lo que se necesite en este taller, lo pido yo.

- Pues lo mismo le digo.

Y como en ese momento el hombre manipulador estaba allí y vio y oyó todo lo que se decía, en su corazón se alegraba que las cosas comenzarán a encauzarse según sus puntos de vista.

 

               Tres días más tarde, la princesa una mañana se presentó en el taller y dijo a su amigo el artesano:

- Mi padre me ha dicho que quiere llevar él las cuentas personalmente de lo que se hace, compra y gasta en este taller.

- ¿Y por qué te ha dicho tu padre esto, princesa?

- No se fía de mí ni tampoco de ti y ha perdido interés en la colección de libros que yo estaba juntando en mis aposentos.

- ¡Cuánto lo siento!

Dijo sin más el hombre artesano. Y a partir de aquel día, la princesa ya no volvió más por el taller. El hombre manipulador sí hablaba con frecuencia con el administrador hasta que éste un día le dijo:

- Quiero que tú te encargues de los pedidos y lleves control de lo que entra y sale en ese taller.

- Gracias señor. Ya verá usted como todo cambia aquí para mejor.

 

               Y como a los pocos días el hombre artesano descubrió que no tenía ni el apoyo ni el respeto de la princesa ni del rey ni del administrador, se dijo: “Lo mejor es que yo desaparezca de aquí y para siempre”. Y a la mañana siguiente ya no apareció por el taller. Tampoco al otro día ni en los que siguieron. Triste se ponía a tomar el sol en la puerta de su casa en la Medina y no dejaba de pensar en la princesa. Un día, pasado el tiempo, ésta apreció por la Medina y al ver al viejo maestro, lo saludó y luego le preguntó:

- ¿No vas a volver más por el taller?

- Princesa ¿tú sigues entusiasmada con tu colección de libros bellos?

- Me gustaría pero como el administrador, por orden de mi padre el rey, no muestra interés ninguno en ayudarme, no quiero seguir en este empeño. Parece como si todos se hubieran confabulado para quitarme la ilusión que tenía cuando te conocí a ti y no lo entiendo. ¿Qué piensas tú que ha pasado?

- Yo lo tengo claro y si pudiera, hablaría con el administrador y le diría lo que en mi corazón siento y pienso de él.

- ¿Piensas de él que no es un hombre bueno?

 

               Y el viejo artesano guardó silencio. Lo comprendió la princesa y por eso nunca más volvió por la medina. Poco meses después, dejó de funcionar el taller de encuadernación y tres meses más tarde, el administrador pidió permiso al rey para vender y deshacerse de toda la colección de libros hermosos que la princesa había juntado en sus aposentos.

- Majestad, estos libros no sirven para nada y sí podemos obtener con ellos algunos dineros.

- Pues ordeno que así se haga aunque se enfade la princesa.

 

               Con estas palabras, el hombre encorvado que hablaba con el sabio del Puente del Aljibillo, concluyó su relato. Miró al sabio y después de unos segundos, le preguntó:

- ¿Encaja o no este relato en algunos de los capítulos del libro que escribes?

Y el sabio, sin pronunciar palabra ni mirar al que tenía a su lado, debajo del capítulo que decía: “Personas malas, no inteligentes y egoístas que humillan y limitan imponiéndose a los demás desde la soberbia y por la fuerza”, escribió: EL ADMINISTRADOR FANTOCHE.

 

LA PRINCESA Y LOS CAUTIVOS

Los cuadernos del sabio-III

 

               Unos días más tarde, el sabio repasaba sus escritos sentado donde otras veces: en el pequeño muro del Puente del Aljibillo y, mientras se distraía en la corriente del río que en esta ocasión bajaba abundante y muy clara, se decía: “Ojalá hoy venga por aquí el hombre que el otro día me habló de la Alhambra de corazón y alma blanca y negra. Le quiero preguntar para dejar recogido en mis cuadernos las cosas que nadie cuenta de estos palacios, reyes y habitantes”. Y estaba el sabio ensimismado, repasando lo que tenía escrito y pensando en el hombre encorvado, cuando lo vio acercarse. Venía del lado del barrio del Albaicín y al llegar lo saludó. Le correspondió el sabio y enseguida le dijo:

- Me gustó mucho la historia que el otro día me contaste y que ocurrió en la Alhambra.

- ¿Y la has recogido en tus cuadernos?

- Con mucho interés para que se conserve a lo largo del tiempo. Pero mientras la escribía, me iba dando cuanta que a la historia que me narraste, le falta algo. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste?

- ¿Lo de la Alhambra de corazón y alma negra y blanca?

- Eso mismo. Si tienes tiempo y te apetece ¿por qué no me hablas de esto?

Y el hombre encorvado, sin más, dijo al sabio:

 

               - El rey de la Alhambra quería mucho a su hija. Y como ésta era muy amante de las flores, del agua y de los árboles que rodeaban a los palacios, el padre siempre que podía la llevaba de paseo. Por los jardines más verdes y bellos que había ordenado construir dentro de los recintos amurallados y por donde se remansaban las albercas y saltaban las claras acequias.

 

               Le decía a la princesa:

- No quiero que en esta vida te falte nada ni tampoco quiero que carezcas de los jardines más hermosos.

Se lo agradecía la princesa y se sentía orgullosa de tener por padre un rey tan bueno. Les decía a sus amigas:

- Siempre me complace en todo lo que me gusta y siempre está pendiente de mí para que sea la más feliz.

- Tu padre, desde luego, es un rey excepcional. Eso se ve y muchas personas así lo dicen. ¡Quién tuviera un padre rey tan bueno como el tuyo!

 

               Y un día que la princesa paseaba cerca de los palacios y en compañía de su padre, sintió lamentos de hombres que gritaban.

- ¿Quiénes son y qué les pasa?

Preguntó la princesa al rey.

- Son los esclavos.

- ¿Qué esclavos?

- Otro día te hablo de ello. Hoy, sigamos con nuestro paseo y disfruta de las flores en estos palacios y del agua clara de las acequias y fuentes.

No preguntó más la princesa a su padre pero aquella noche, apenas durmió pensando en los hombres que había oído lamentarse. Al día siguiente, salió ella sola de sus aposentos, cruzó los salones de los palacios y se dirigió al lugar donde había oído los lamentos el día antes. Unos soldados le salieron al paso y le dijeron:

- Tu padre el rey nos ha dicho que no te permitamos pasear por aquí.

- ¿Y eso?

- Ahí un poco más allá, es por donde están las mazmorras de los cautivos. El rey no quiere que veas y conozca eso.

- ¿Cuántas cautivos hay ahí?

- Cientos y cientos.

- ¿Y cómo viven?

- La mayoría de ellos, encerrados en las mazmorras que hay en el suelo y sin apenas ropa, agua y alimentos.

- ¿Pero por qué sois tan crueles con estas personas?

- Nosotros solo cumplimos órdenes.

 

               Aquel mismo día, la princesa habló con su padre el rey y le dijo:

- Yo no entiendo como aquí, a cien metros de estos palacios donde vivimos con toda comodidad y lujo, puede haber tantas mazmorras llenas de personas sin libertad.

- Los esclavos no son personas y por eso no tienen derechos.

- Pero padre, yo vivo y tengo mis aposentos y cama a solo unos metros de donde estas personas se mueren sin la luz del sol, de hambre y frío. ¿Cómo puedo tener en el corazón paz y ser feliz de este modo?

- La vida es así, hija mía. Para que nosotros podamos tener todos los lujos y comodidades que en estos palacios hay, es necesario quitarles la libertad a todos los esclavos de las mazmorras. Y para que yo sea rey debe haber muchas personas sometidas, sin libertad y sin tierras. A todos los críticos y rebeldes, siempre es necesario eliminarlos.

 

               Y la princesa aquella noche, ya no habló más con el padre de este asunto. Tampoco durmió feliz en su cama de seda y lana porque no podía dejar de pensar en los esclavos de las mazmorras a solo unos metros de donde ella estaba acostada. Por eso, a la noche siguiente, subió a lo más alto de su torre y durante mucho rato estuvo observando el firmamento lleno de estrellas. Se preguntaba, mientras a su modo rezaba: “¿Qué podría hacer yo para darle la libertad a todos estos cautivos y que fueran felices como se merecen?” Y pensó que podría ponerse de acuerdo con los militares que conocía y pedirles que, por los mil pasadizos secretos que había y hay bajo las torres y murallas de la Alhambra, dejar que se escaparan y se fueran a la libertad, todos los cautivos que llenaban las mazmorras. “Pero ¿y si mi padre luego se enfada y me quita su cariño o me encierra a mí en estos calabozos?” Se decía asustada.

 

               Vivió sin vivir con este extraño sentimiento durante algún tiempo. Hasta que una noche de luna clara, subió una vez más a lo más alto de la torre donde tenía su mundo. Se puso a contemplar las estrellas mientras a ratos, también miraba para las mazmorras donde adivinaba a los cautivos encerrados. Y de pronto, un blanco resplandor le dejó medio ciega. Cerró los ojos, tapándose la cara con sus manos y luego, poco a poco los fue abriendo. Asombrada fue descubriendo junto a ella y al frente, la figura de un joven muy hermoso. Le preguntó:

- ¿Quién eres y qué quieres de mí?

- Vengo desde una de esas estrellas que tú cada noche observas en el cielo.

- ¿Y qué te trae por aquí?

- En el cielo donde brillan esas estrellas, se ha oído tu plegaria y se conocen los buenos deseos de tu corazón

- ¿Vienes por aquí a liberar a los esclavos que se mueren en las mazmorras de estos palacios?

- Mira para tu derecha.

 

               Y la princesa, miró para su derecha, lado por donde se encontraba el barrio del Albaicín. Y en las aguas del río Darro, vio caer como una densa y maravillosa lluvia de estrellas en todos los tamaños, formas y colores. Preguntó al misterioso joven:

- ¿Qué es y qué significa esto?

- Los esclavos que tú quieres liberar, por las galería subterráneas de la Alhambra, un día llegarán hasta las aguas de este río y al salir a la luz y ser libres, todos ellos se convertirán en estrellas hermosas que desde este río subirán al cielo que les pertenece y que tu padre rey les ha negado en este suelo.

- ¿Pero cómo será eso y cuando?

- Será así un día y para toda la eternidad, permanecerán libres y bellos y tú con ellos. Y pasado el tiempo, lo más valioso y hermoso que de estos palacios de la Alhambra se conocerá para siempre, serán precisamente estas personas y no las torres, piedras o tronos de los reyes y recintos de estos palacios.

 

               II- Pasado el tiempo, muchos, muchos años después, un grupo de personas, ensayaban la escena. Caminaban por uno de los más bellos patios de la Alhambra y se dirigían a la grandiosa sala de la Torre de Comares. Al frente iba una joven muy bella que hablaba muy entusiasmada. Antes de llegar a la gran sala, le salió al paso el director y le dijo:

- Luego quiero hablar contigo, largo y tendido de este tema pero ahora, te adelanto algo: vamos a filmar vuestro ensayo para incluirlo en la gran película que estamos realizando.

- ¿Quieres decir que debemos tomarnos muy en serio lo que estamos haciendo?

- Exactamente eso es lo quiero decirte.

Y la joven, dirigiéndose al grupo que le rodeaba y seguía para ensayar la obra de teatro, dijo:

- Ya estáis oyendo. La representación que preparamos tiene que ser tan real que todo el que luego en el cine nos vea, entienda con claridad los hechos de aquella extraña y sincera princesa.

 

               Dos días antes, el director de la película, también había filmado otra de las escenas de esta obra de teatro. En esta ocasión, exactamente en los jardines donde se creía que, en aquellos tiempos, paseaba y soñaba la princesa. Era parte de los primeros momentos de la princesa en su relación con su padre y los cautivos de la Alhambra. Pero esta escena, la que ahora se disponía ensayar el grupo de actores en la sala de la Torre de Comares, era la realmente interesante. Lo que ponía punto y final a la vida de aquella princesa, su padre el rey y los cautivos de las mazmorras.

 

               Por eso, en cuanto el grupo de actores estuvo en la gran sala, la joven que interpretaba el papel de la princesa, tomó asiento al fondo de la sala y frente al grupo, habló y dijo:

- La princesa, primero fue encarcelada en su torre y, luego fue sometida a un juicio y, al final, fue condenada por ponerse del lado de los cautivos y hacerse amiga de los pobres. La princesa sufrió mucho porque hasta su padre la despreció. Pero ella se hizo fuerte y no renunció en ningún momento a sus convicciones más íntimas. Todo esto, nosotros ahora tenemos que memorizarlo para luego transmitirlo en la representación que preparamos. Y con más fuerza aun tendremos que expresarlo en el momento que empiece el rodaje de la película. Así que demos comienzo al ensayo del último juicio al que fue sometido la princesa amiga de los cautivos. Todos la acusaban de loca y traicionera pero en este juicio debe quedar claro que ni estaba loca ni traicionaba a nadie. Que la condenaban y ejecutaban porque a ninguno le gustaba su postura a favor de los esclavos. 

UN TESORO DISTINTO                                

Los cuadernos del sabio-IV

 

               A la tarde siguiente, el hombre encorvado se acercó al sabio y le dijo:

- En la Alhambra, ahora, muchos conocen sitios y van y vienen por jardines y palacios. Pero a pesar del tiempo transcurrido, ahí donde rodean esas murallas, hay un lugar muy especial, desconocido por completo de todas las personas.

Y al oír esto el sabio le preguntó:

- ¿Y qué sitio es ese?

- No puedo decírtelo exactamente porque aunque lo concrete hasta en sus más pequeños detalles, ya todo por ahí tanto se ha transformado, que es imposible verlo y recorrerlo como yo dentro de mí lo tengo.

- ¿Entonces?

- Lo veo casi cada noche en mi sueño y por eso sé que existe y fue importante en su momento y lo sigue siendo ahora.

- ¿Y por qué es, según tú, importante ese rincón que hay en la Alhambra y ves con frecuencia en tu sueño?

- A mi modo, voy a describírtelo para que lo escribas en tus cuadernos y quede para siempre recogido.

 

               Y el hombre encorvado dijo a sabio:

- El rincón del que te hablo, es como un lugar sagrado, entre los palacios y las murallas. El terreno donde se encuentra, es algo inclinado y por eso se ve como repisas. Al lado de arriba o parte alta, crecen muchos árboles. Por entre ellos, desciende un camino en forma de escalera que va derecho a un pequeño rellano, donde hay asientos de piedras, fuentes a los lados, plantas con muchas flores y agua en cascadas y acequias serenas. Y al final de este camino tallado en escalera, hay un descanso algo más grande. Al lado de la derecha, una gran fuente vierte sus aguas y a la izquierda, dos o tres grandes árboles derraman sus sombras en verano.

 

               En mi sueño, cada noche veo caminando por esta escalera entre fuentes, árboles y flores, a un hombre muy anciano. Lleva siempre en su mano un libro muy grande, grueso, encuadernado en piezas rotas y casi deshechas por el tiempo. Las hojas de este libro, están amarillas y también se caen a pedazos. Pero él, siempre trae el viejo libro en sus manos, apretándolo contra sí con mucho cariño y al llegar al último rellano del camino en escalera, se para, mira y luego se sienta en una piedra grande que hay junto a la fuente. Abre el libro y hace como si lo leyera al tiempo que, de vez en cuando, mira para el lado de abajo.

 

               Por entre los árboles, rozando la acequia del agua clara y apartando las flores, aparece y camina ella. Una joven muy bella, de pelo negro, alta y delgada y de caminar sereno. Roza la gran fuente del rellano, se acerca a donde el anciano lee el libro, se sienta a su lado y sin decirle nada, mira las hojas de este viejo libro y parece que leyera. Sonríe el anciano y al poco, cierra el viejo libro, se lo entrega a la joven y le dice:

- Princesa, esto es lo que queda de aquel tan bonito sueño que tuviste cuando eras libre.

- También quedas tú que fuiste y eres mi fiel y mejor amigo. Y para que aquel tan bello y dulce sueño mío permanezca fresco, quedan los versos escritos en estas descoloridas páginas del libro que fue mi sueño.

- Princesa, debes quedarte con él y cuidarlo mientras vivas. Es de un valor inmenso lo que en este libro hay escrito.

- Tú lo cuidas mejor que yo. Siempre caminando y cada tarde, mientras tengas fuerzas y a mí el cielo me lo permita, ven a este lugar y me lees algunos versos. Ahora ya, con esto me sacio y mi corazón alcanza su paz.

 

               Y en este momento, el anciano abrió el libro casi por el centro, buscó despacio y luego, muy quedamente y como si rezara una oración, leyó a la princesa el siguiente poema:

 

No me echéis de menos

ni lloréis por mí

cuando ya me encuentre

lejos de aquí,

en lo más adentro,

a todos os metí

y donde Dios y el cielo

y las rosas de abril

se unen con mi sueño,

seremos y ya, sin fin.

Allí os espero,

no lloréis por mí.

 

        Y casi siempre, al llegar a este punto, mi sueño se termina. Me despierto y en el alma siento una sensación muy extraña. Como si de verdad hubiera estado presente en ese rincón de la Alhambra, viendo con mis propios ojos, el anciano del libro y su amiga la princesa. ¿Qué crees tú que puede ser esto?

Preguntó el hombre encorvado al sabio, al terminar su relato. Dejó el sabio que pasara un rato y luego dijo:

- Yo no sé lo que podrá ser pero sí me parece que tu sueño es hermoso. Pertenece a esas cosas misteriosas del alma, Dios y el cielo y por eso saben y proyectan eternidad.

- ¿Lo vas a escribir en tus cuadernos?

- Tengo que escribirlo y dejándome un gran espacio en blanco para poner el final el día que en tu sueño, descubras el misterio de ese libro, del hombre que lo porta y de esa joven tan bella. 

 

EL VALLE DE LOS REYES                    

Los cuadernos del sabio-V

 

               Una mañana de abril, después de muchos días de abundantes lluvias y enormes crecidas del río Darro, salió el sol. Brillante como nunca antes se había visto en Granada y por eso los paisajes se veían limpios y frescos. Las torres y murallas de la Alhambra, los árboles por las laderas, la hierba con sus florecillas junto al río y al borde de los caminos por donde la Fuente del Avellano y las cumbres de Sierra Nevada. Se anunciaba un mes de abril muy bello, preludio y pórtico de la primavera que llegaba.

 

               Por la orilla del río Darro, a la altura de lo que hoy es el Paseo de los Tristes y subiendo por la izquierda del cauce, se vio caminar al hombre encorvado. Solo y observando con interés todo cuanto a su paso iba encontrando. El vuelo de un mirlo, le sorprendió al pasar a solo unos metros por encima de su cabeza y entonces se paró y miró. Lo vio posarse en las ramas de un pequeño árbol casi en el mismo camino que las personas recorrerían al ir y venir por estos sitios. Y al mirar más despacio, descubrió que el mirlo traía comida a sus pajarillos. Estos, alzaban sus cabezas y abrían sus picos y en esos momentos los vio recortados sobre el azul del cielo y las torres de la Alhambra en lo más alto de la colina. Se dijo: “Solo hace unos días que la primavera ha llegado y solo también hace nada que las lluvias han parado y estas avecillas, ya tienen sus crías pidiendo comida. Lo que es la vida y lo que es la naturaleza, con sus pequeños y grandes misterios y sus inigualables pinceladas de belleza”.

 

               Y se dispuso seguir su paseo cuando, al mirar para el Puente del Aljibillo, lo vio sentado. Hoy no en el mismo muro de la calzada del puente sino en el muro que hay por delante del edificio conocido en estos tiempos como El Rey Chico. Desde aquí se veía claramente la aun turbia corriente del río y los árboles que por ahí, las crecidas de los días anteriores, habían dejado tumbados. Aligeró el paso, cruzó el puente, se acercó al viejo sabio, ahora ya amigo suyo y al llegar, lo saludó. Vio que tenía en sus manos un pequeño cuaderno con las hojas en blanco. Sin más rodeo le preguntó:

- ¿Si te explico las cosas, despacio y con detalles, serías capaz de dibujar un plano?

Lo miró pensativo el sabio y a su vez le preguntó:

- ¿A qué plano te refieres?

- A un secreto, grande y bello que también me gustaría contarte. Por eso, si dibujas el plano en esta primera hoja blanca de tu cuaderno y luego escribes el relato que da sentido al plano que te digo, ya verás como todo queda claro.

- Pues explícame las cosas despacio y con todos los detalles, que yo por mi parte voy a intentar hacer el dibujo del plano que me dices.

 

               El hombre amigo del sabio, se sentó junto a él y despacio comenzó a contarle las cosas. Escuchó un momento en sabio y luego se puso a dibujar en la hoja en blanco los detalles que el amigo le iba narrando. Retocó un poco por un lado y otro y, pasado media hora, un pequeño plano, muy sencillo, bonito y algo decorado, se vio dibujado en la primera hoja en blanco de su cuaderno. Al final el sabio preguntó al hombre encorvado:

- ¿Refleja con exactitud el terreno y los paisajes que tienes en tu mente?

- Lo refleja bastante bien pero con la narración del relato que ahora voy a contarte, todo va a quedar muy claro. Escribe en la parte de arriba y como título al plano EL VALLE DE LOS REYES y debajo y en las páginas que siguen, toma nota y escribe lo que te cuento ahora mismo.

Escribió el título el sabio y luego, continuó escribiendo la historia que el amigo le contaba. Pongo a continuación el relato que al final, quedó perfectamente escrito en el pequeño cuaderno del sabio:

 

               “Al levante de la Alhambra, en un paisajes que nadie conoce porque nadie ha visto nunca, se encuentra el misterioso y bellísimo Valle de los Reyes. Lugar que visitaban con frecuencia los reyes de la Alhambra y otros cortesanos. Y como el paisaje era tan bello, mucho tiempo atrás, aquí ordenaron construir no un palacio sino varios, rodeados de grandes jardines, muchas fuentes y acequias con abundantes aguas cristalinas. Pasado el tiempo, estos lugares tan bellos y repletos de vegetación, lo fueron usando como cementerio. Algo que solo algunos sabían porque al recinto del grandioso valle, no se podía llegar sino desde el lado del río grande. Subiendo desde Granada y la Alhambra hacia Sierra Nevada pero por caminos y lugares que hoy nadie saben.

 

               Y la última vez que los reyes y cortesanos llegaron y llenaron esta fantástico valle, fue un día de primavera recién comenzada. Desde la colina de la Alhambra, por una gran vereda ancha y en dirección contraria a como corren las aguas del río Genil, se vio subir al cortejo. Una gran fila de personas a caballo, en carruajes y andando, bajó primero a las tierras llanas del río. Tierras que estaban sembradas con muchos árboles frutales, llenos de flores algunos, aquella mañana y ya con hojas y pequeños frutos, otros. La gran comitiva surcó las tierras llanas junto al río y al remontar la pequeña loma, se encontraron frente a las hermosas construcciones de piedras, mármoles, jardines, fuentes y arroyos. El rey que iba al frente de la comitiva, se paró, miró a los que le acompañaban y les dijo:

- Este lugar ha sido, es y será siempre para nosotros, pórtico del paraíso que esperamos encontrar en el cielo. Que nadie nunca lo profane ni le dé otro uso que el que nosotros siempre hemos querido.

 

               Guardaron silencio todos los de la gran comitiva y unos minutos después, descendían por la pequeña ladera hacia el corazón del gran valle. Al llegar frente a los magníficos edificios de piedra y mármol, se pararon. Rezaron al cielo y algo después, dieron sepultura al que había sido príncipe entre ellos, hasta aquellos momentos. Todos rezaron un poco más, miraron al sol y a las cumbres de Sierra Nevada y algo más tarde, las nieblas cubrieron todos aquellos paisajes. Cuando al día siguiente volvió a salir el sol, nadie vio ni a la gran comitiva ni a los reyes ni a los magníficos edificios ni jardines ni fuentes de aquel valle. Nadie lo ha vuelto a ver nunca más ni nadie sabe hoy en día que existió este lugar, con todo lo que ya he dicho”.

 

               Con estas palabras, el hombre encorvado, concluyó el relato que contaba al sabio. Éste puso punto y final al escrito y luego alzó su cabeza, miró al amigo y le preguntó:

- Lo que me has contado es muy bonito pero ¿cómo puedo yo saber si esto es verdad o es algo que tú te has inventado?

- ¿Importa eso mucho para que lo dejes o no escrito en tus cuadernos?

- Desde luego que no importa nada. Es más: creo que debo dejarlo escrito y junto al plano dibujado. Porque también creo que en el fondo importa poco que “El Valle de los Reyes” en Granada, sea cierto o no. Tú me lo has contado, y yo lo he dejado recogido en mi cuaderno porque me parece bello y como reflejo de algo aun más bello y eterno.

              

EL HOMBRE Y EL BORRIQUILLO

 

               Una sola ventana tenía su casa. Miraba a la Alhambra desde las laderas de enfrente, barrio del Albaicín y bajo su ventana crecía un pequeño árbol. Un acebo que siempre estaba muy verde y, en los días de otoño e invierno, repleto de semillas rojas. Por eso, entre las ramas de este acebo, siempre revoloteaba un mirlo. Un ave que había nacido precisamente aquí, entre las espesas ramas del acebo y por eso el pájaro, había delimitado como territorio propio tanto el acebo como las tierrecillas cerca de su pequeña casa. Se pasaba el día y parte de la noche cantando y, especialmente, cuando la hembra estaba en el nido encubando.

 

               Y aquella noche fría y lluviosa de otoño, comenzó a cantar mucho antes del amanecer. Ya estaba el otoño muy avanzado pero aún así, las lluvias no paraban. Había llovido casi sin parar durante dos meses largos y en las cumbres de Sierra Nevada, caía y caía nieve como nunca se había visto antes en Granada. Por eso el hombre, cuando estaba en la habitación de su pequeña casa, miraba por la ventana y sin querer veía las nubes, las lluvias y las nieblas por el valle del río Darro, por la colina y umbría del Generalife y por donde las torres y murallas de la Alhambra. No le importaba a él mucho ni lo que ocurría dentro de los palacios en esta colina ni las personas que vivían en ellos, incluidos reyes y princesas. Pero como desde la ventana de su casa veía cada día y a cada instante estos lugares, sí le gustaba la luz de los paisajes, el misterio de la lluvia y de la niebla cuando revoloteaban por estos sitios.

 

               Y aquella noche de otoño, lluviosa, fría y oscura, se fue a la cama pensando en esto. Tenía él unas tierrecillas junto al río Darro, por debajo de la Fuente del Avellano, que era de lo que vivía. En invierno las labraba, les echaba estiércol y las preparaba para sembrar legumbres y hortalizas antes de la llegada de la primavera. En verano recogía la cosecha y con su borriquillo, un jumento pequeño color ceniza, llevaba estos frutos a su casa. Y sucedió que uno de estos días de otoño, recogió las pocas almendras que sus tres almendros en esta ocasión le habían dado. Metió estos frutos en unos viejos sacos de cuero y los cargó en su borriquillo. Se puso en camino bajando por las sendillas del río hacia el Puente del Aljibillo, cruzó el cauce por aquí y subía montado en su borriquillo por las cuestas del Albaicín, cuando le salieron al encuentro.

 

               Dos jóvenes con las caras tapadas que se acercaron al borriquillo, lo sujetaron del cabestro y se agarraron a los sacos de almendras para llevárselos. El hombre, sentado encima de su borriquillo, lo único que se le ocurrió, para defenderse y procurar que no le robaran la cosecha de almendras, fue golpear a los ladrones con el palo que llevaba en la mano. Y al tiempo que los golpeaba gritaba:

- ¡Socorro, que me roban!

Oyeron sus gritos los guardas que vigilaban por las calles del barrio y acudieron para ayudarle. Pero los ladrones, en cuanto vieron a los guardas, salieron corriendo sin llevarse los sacos de almendras. Se acercaron los vigilantes al hombre del borriquillo y le preguntaron:

- ¿Cómo ha sido todo esto?

- De la manera más tonta pero ya habéis visto que querían robarme.

- ¿Los conoces?

- Creo que sí pero no he visto las caras.

- Investigaremos a ver si damos con ellos pero, a partir de ahora, ten cuidado. Ellos sí saben bien quién eres tú y también saben donde tienes tu huerto y tu casa.

- ¿Es que pensáis que puedan volver?

- En cualquier momento y ahora seguro que con peores intenciones. Como no les ha salido bien el robo que habían planeado, desde este momento, ya eres su enemigo y no pararán hasta acabar contigo.

- ¿Y vosotros no podéis ayudarme?

- Lo único que podemos hacer es advertirte y pedirte que tengas cuidado.

 

               Siguió el hombre con su borriquillo y cuando llegó a su casa, descargó las almendras, metió el jumento en su cuadra, le echó un puñado de paja e hierba y se fue a su habitación. No pudo dormir aquella noche pensando en el ataque de los jóvenes y cuando al día siguiente se encaminó a las tierrecillas de su huerto, iba temblando. Llovió mucho aquel día y al caer la tarde, se levantaron nieblas que cubrieron todo el valle del río Darro y toda la colina de la Alhambra. Y el hombre, empapado y con algunas cosas que había recogido de su huerto, subió por las cuestas del barrio hasta su casa. Cuando llegó, encendió una lumbre, se calentó un poco, asó unas patatas en las brasas y después de comérselas, se fue a la cama. Seguía lloviendo con fuerza y hacía mucho frío.

 

               No pudo coger el sueño a lo largo de toda la noche pensando en el ataque de los jóvenes y en lo que en cualquier momento podría pasarle. Y fue ya casi al amanecer cuando sintió al mirlo chillar por entre las ramas del acebo. Se asomó rápido a su ventana y los vio. Uno de ellos se había quedado un poco retirado y el otro se acercaba a la puerta de su casa. Aterrado el hombre se dijo: “¡Dios mío! Vienen a por mí. ¿Qué hago, dónde me meto y a quién pido ayuda?”

 

               Al amanecer del nuevo día, una densa nube de humo se cernía sobre la colina del Albaicín. De de casa del acebo y el mirlo, aun brotaban pequeños chorros de humo blanco y gris. Muchos vecinos por allí cerca se congregaron y, entre comentarios y preguntas, alguno dijo:

- Sin duda que en algún lugar del Universo tiene que haber un Dios justo y bueno que, de alguna manera, abrace a este hombre y para siempre en su corazón lo tenga. Era bueno como pocos, nunca hizo daño a nadie, con los más pobres siempre repartía las cosas que de su huerto sacaba y por no molestar ni herir a las personas, casi no hablaba. Por eso merece un cielo para toda una eternidad. Y los que le han atacado, nunca deben ser nunca amados ni respetados. Así que de nuevo repito que debe existir un cielo y un Dios grande e inmensamente bueno que premie y condene el bien o el mal que entre nosotros las personas nos hacemos. 

 

COMO EN UN ESPEJO

 

               Algunas personas las conocían, solo unos pocos trataban con ellas y de su vida, sus sueños y angustias, casi nadie sabía nada. Y después de aquel día en que el cielo se las llevó, el tiempo las ha ido borrando y todos, todos, las fueron olvidando. Tanto que hoy en día, nadie sabe ya nada de ellas y menos nadie conocen cómo fueron sus últimos días ni tienen información del lugar donde en aquellos últimos momentos se refugiaron.

 

               Pero es cierto, yo doy fe de ello que, aunque ya hace muchos, muchos años que de los lugares de la Alhambra desaparecieron, siguen por aquí presentes casi tan vivas como en aquellos días finales de sus vidas. No se les ve con los ojos de la cara ni tampoco se puede hablar con ellas pero ahí, en el rincón y tierra que les pertenecía, yo las veo con frecuencia. Acurrucada una con la otra, dándose ánimo, temblando de miedo y mirando para el lado de abajo temiendo que aparezcan. Y la madre, la más valiente y hermosa de cuantas mujeres hayan pisado tierras por donde la Alhambra, abraza fuerte a su niña y le dice:

- Aunque el miedo te coma, sed valiente, respira despacio, no digas nada y deja que pase el tiempo. Quizá una vez más tengamos suerte y pasen de largo y no lleguen.

- Pero mamá, tengo tanto miedo que estoy aterrada. Ni un solo día encontramos la manera de vivir tranquilas y ser libres en este pequeño paraíso nuestro.

- Te comprendo, hija mía pero el cielo nos ayudará, dándonos las fuerzas necesarias para seguir vivas.

 

               Y la madre, con el corazón también lleno de miedo, quería explicarle y no sabía cómo hacerlo. Su pequeña casa, con un trozo de tierra donde crecían hortalizas y otras plantas, se ocultaba un poco más arriba de las torres de la Alhambra. Por donde hoy se encuentran algunos jardines y huertas dentro del recinto del Generalife. Eran de su propiedad estas tierras y vivienda pero un día, los que tenían el poder en los palacios de la Alhambra, se enfrentaron al padre y como éste se hizo fuerte, rebelándose contra lo injusto, prisionero se lo llevaron a las montañas al norte. Salió la madre en su ayuda y a ver que lo arrastraban de la manera más violenta y sin dar razones algunas, les gritó:

- ¿Pero a dónde lo lleváis y por qué de este modo?

- A partir de hoy, ya no molestará más al rey. Y tú, no sigas gritando ni preguntes más que también podemos venir a por ti en cualquier momento. En los recintos de la Alhambra, ya te tienen fichada.

 

               Y al oír esto, el corazón de la madre tembló. Se llenó de miedo y dejó de gritar, se volvió a su rincón, buscó a su niña, se abrazó a ella y desconsolada lloró y lloró. Asustada la niña, dulcemente besó a la madre y le dijo:

- Mamá, tú sed valiente que papá puede volver en cualquier momento. A lo mejor esta tarde misma. Él siempre fue bueno con nosotras y, en todo momento, nos dio lo mejor de su trabajo y de su corazón.

 

               No volvió ni aquella tarde ni al día siguiente ni al otro. Nunca más volvió ni supieron de él. La madre y la niña, sí lo esperaron impacientes y, a escondidas, a veces en su pequeña casa y en otros momentos por entre las plantas de las tierrecillas y huertos frente a la torres de la Alhambra, observaban tristes por si aparecía, temblando de miedo y, aunque lloraban, se daban ánimo y esperaban en el cielo. El cielo, se las llevó un día y poco después, las pocas personas que las conocían, las olvidaron por completo. No pasado mucho tiempo se borró su memoria y desaparecieron las tierrecillas que les habían servido de huerto y la pequeña casa donde se cobijaban. Por el lugar, levantaron algunos palacios, trazaron acequias, sembraron árboles y convirtieron las tierras en fértiles huerta. Y pasado aun más tiempo, por el lugar van y vienen muchos turistas, fotografiando todo cuanto por ahí ahora hay pero todos ajenos por completo a la madre y a la niña, escondidas por aquí en aquellos días.

 

               Yo que con frecuencia recorro estos sitios, sí intuyo que siguen por aquí vivas. Escondidas detrás de un promontorio de tierra, mirando asustadas a las personas pasar cerca de ellas y abrazándose entre sí para darse ánimo. Y al verla y observar la realidad actual, algunas veces me digo que el tiempo las guarda y las refleja como en un espejo frente a la Alhambra, a los turistas y demás personas que por aquí ahora pasan. Como si de alguna manera, emergieran desde el cielo al que se fueron y dejaran ver que son eternidad en este lugar de tierra y polvo. Y en algunos momentos, hasta me parece oír una dulce, alegre y triste canción que dice:    

 

Nos prohibieron la vida

y creyeron

que ganarían

y que nos olvidaría hasta el tiempo,

no sabían

que nos haríamos cielo

y que algún día

seríamos de la eternidad, espejo.

 

EL PERFUME DE LA ALHAMBRA

 

Nada dura para siempre en esta tierra,

lo que ayer fuera un hermoso jardín

y la más florida de las primaveras,

pasado el tiempo, es solo polvo

que nadie bajo el sol recuerda.

Solo el sueño que desde el corazón

surge y eleva hasta las estrellas

en forma de oración,

que trasciende a la materia,

solo lo que nace del amor,

eterno queda.

 

               I-El rey de la Alhambra preguntó a la princesa:

- ¿Qué regalo quieres para tu cumpleaños?

Y la joven, sin dudar un segundo, respondió:

- Un trozo de tierra ni grande ni pequeño, por encima de los jardines del Generalife.

- ¿Y puedo saber para qué quieres estas tierras?

- Con mi amiga, la hija pequeña del hortelano, quiero sembrar jardines y construir ahí un bonito palacio, mucho más hermoso y original que estos donde ahora vivimos.

- Un poco raro me parece tu sueño pero, si este es tu deseo, mañana mismo tendrás como regalo el trozo de tierra que me pides.

 

               Y el rey cumplió su palabra: aquel mismo día, dio órdenes y al día siguiente, los administradores llamaron a la princesa y le pidieron que los acompañara.

- ¿A dónde queréis que os acompañe?

- A ese sitio donde sueñas tener tu porción de tierra. Queremos que nos digas dónde es exactamente y que nos indiques la extensión que necesitas.

Y sin más, la princesa se fue con los administradores que el rey había escogido y salieron de los recintos amurallados de la Alhambra. Caminaron dirección a Sierra Nevada y después de un rato, se encajaron por donde comienzan las laderas del Cerro del Sol. Más o menos por donde hoy se encuentran los aparcamientos para los coches de las personas que visitan la Alhambra y casi exactamente por donde están los edificios de la biblioteca y archivos de estos palacios.

 

               Era por aquí por donde vivía la pequeña amiga de la princesa, la única hija de un matrimonio sencillo. Su padre era hortelano y la madre tejía alfombras y telas de seda. Al llegar al lugar, lo primero que hizo la princesa fue acercarse a la casa donde vivía su pequeña amiga. Le preguntó a la madre y ésta le dijo:

- Se fue hace un rato, me dijo que a la montaña.

- ¿Sola se ha ido?

- Sola y me dijo que iba a buscar plantas aromáticas.

- ¿Para qué las quieres?

- Las colecciona aquí, en su habitación y dice que para estar rodeada en todo momento del perfume más puro y natural de la tierra. ¿Para qué la buscas tú?

- Precisamente para que me ayude.

- ¿Ayudarte en qué?

- Por fin mi padre me va a regalar lo que tanto siempre he deseado. Y como sé que a mi amiga le gustan mucho las plantas aromáticas, quiero compartir con ella esta ilusión mía y pedirle ayuda.

- Lo entiendo. Pero si no tiene prisa, quizá no tarde mucho en volver.

- La esperaré.

 

               Y la princesa, mientras comenzaba a retirarse de la madre y se dirigía a los hombres que le acompañaba, se dijo para sí: “No sé qué tendrá la casa de esta amiga mía que siempre que vengo por aquí, me embriaga un perfume delicioso. Y no es perfume de incienso ni de rosas ni de jazmines ni de flores de almendros. La casa de esta amiga mía, huele a naturaleza pura y fresca y a libertad y luz. Como si ella por aquí tuviera un mundo mágico lleno de transparencias. En cuanto ahora llegue y la vea, tengo que preguntarle el por qué su casa huele a hierba húmeda y limpia y no como mis palacios y otros que en la Alhambra hay”.

 

               Se dirigió ella a las personas que el rey había ordenado que le acompañaran y al administrador mayor le dijo:

- Desde aquel árbol hasta esta acequia, subiendo por ese barranco, quiero que limitéis el trozo de tierra que voy a convertir en mi jardín particular y especial.

- Así se hará ahora mismo, princesa.

Y el administrador dio órdenes para que los que le acompañaban, se pusieran mano a la obra. Miraba la princesa a un lado y otro y miraba para donde las montañas. Y no había pasado media hora cuando vio a su amiga aparecer por la pequeña senda. Le salió rápida al encuentro y nada más estar junto a ella, le dijo:

- Te estoy esperando.

- ¿Para qué?

- Para algo muy importante.

Y la princesa explicó a su amiga el proyecto que tenía en mente. La niña la escuchó muy interesada y cuando la joven princesa terminó, la amiga le dijo:

- Me gusta tu sueño y por eso, desde ahora mismo estoy a tu disposición. Y si me das permiso, hablo con mi padre y ya verás como en poco tiempo, en este trozo de tierra, construimos para ti, el vergel más hermoso, verde y fresco.

- Tienes mi permiso y confío en el trabajo y sabiduría de tu padre.

 

               Allí mismo la niña regaló a su amiga princesa algunas de las plantas aromáticas que traía de las montañas. Y aquella misma noche, planeó con su padre el jardín para la princesa. Al día siguiente, el padre y ella, se pusieron a trabajar en las tierras, trazando amplios acequias, delimitando paseos y arriates y luego buscaron plantas aromáticas por la montaña cercana. Lo mismo hicieron al día siguiente y al otro y así durante varios meses. La niña, durante todo este tiempo, trabajó muy ilusionada junto con el padre y esperó que su amiga princesa apareciera por el lugar. Pero no fue así. Sí cuando la primavera estaba en su mejor momento, una mañana se presentó la princesa en la casa de la amiga y al mirar y ver el terreno que hacía tiempo había escogido para su jardín, se quedó impresionada. Preguntó a la niña:

- ¿Cómo has conseguido todo lo que por aquí estoy viendo?

- Te di mi palabra. Ven conmigo que te llevo por estos sitios y te enseño y explico todo cuanto para ti por aquí hemos hecho.

 

               Acompañando a la niña se fue la princesa, comenzando el recorrido desde la misma puerta de la pequeña casa. Bajaron despacio por una sendilla que descendía siguiendo el trazado de la acequia y la niña, comenzó a explicar a su amiga:

- Ves, aquí hemos sembrado las plantas de romero. Florecen estas plantas en los primeros meses del año y ya se muestran frescas y perfumadas durante mucho tiempo. A este lado, ese arriate es solo de matas de espliego, el perfume más fino y puro en los meses de verano. Ahí, como estás viendo, solo hay plantas de mejorana y en aquel lado, tomillos, poleo y mastranzo. Todas plantas de montañas que son las que regalan el mejor perfume y por eso gustan tanto a las abejas y mariposas. ¡Mira cuántas revolotean por aquí y por las flores de los cerezos y granados!

 

               Sin palabra, caminaba la princesa junto a su amiga, descubriendo el pequeño y bonito jardín que para ella le había configurado. Y como el airecillo era cálido y se movía con calma, llevaba y traía el aroma de las plantas como un delicado regalo. Llegaron a la parte alta, donde la acequia principal caía en forma de cascada dirección a las torres de la Alhambra y bajo la sombra de un laurel, se pararon. Dijo la niña a su amiga:

- Ponte aquí y mira dirección a las torres de la muralla y dime qué te parece.

Le hizo caso su amiga la princesa y al mirar en la dirección que corrían las aguas, descubrió el hermoso trozo de tierra en toda su extensión. Surcado de largo paseos con romeros, tomillos, mejorana, poleo y mastranzo y rematados con almendros, granados, cerezos, laureles, avellanos y nogueras. Impresionada y toda emocionada, dijo:

- El mejor jardín que en estos lugares de la Alhambra se haya construido nunca y de donde mana el aroma más fino y puro. Ahora todo esto huele a ti y al aroma fresca que siempre he percibido en tu casa.

 

               II- Llovió mucho aquel año, a lo lardo de toda la primavera. También salió el sol y, por las noches algunos días, bajaron mucho las temperaturas. Desde la pequeña casa de la amiga de la princesa, al lado de arriba del jardín de romeros y mejoranas, se veía a lo lejos, muy al fondo y altas, las cumbres de Sierra Nevada. Blancas en todo momento y por eso, como proclamando que las nieves no se derretían. Sin embargo, en el original jardín y algo de huerta de la princesa, todas las plantas que la niña y el padre habían sembrado, crecían y crecían y daban mil flores y llenaban de aromas el lugar y todo el entorno. La niña dijo un día a su madre:

- De las ramas de romero que con frecuencia podamos, quiero que cada día me hagas algunas infusiones.        

- ¿Infusiones de ramas de romero?

- Sí, y lo mismo de mejorana, espliego y poleo.

- ¿Y para qué deseas estas infusiones?

- Tú hazme caso y ya verás como es algo bueno.

Y aquel mismo día dijo al padre que le hiciera unas mesas pequeñas de madera y unas cuantas sillas de eneas. También el padre le preguntó:

- ¿Y para qué son estas mesas y sillas?

- Lo mismo te digo: tú hazme caso y ya verás como te gusta cuando lo veas.

 

               En pocos días, el padre le hizo un par de mesas pequeñas y también le tejió cinco o seis sillas, algunas de eneas y otras de esparto. Y una mañana de primavera, llena de sol, cielo azules y con el viento por completo en calma, puso las mesas en la puerta de su casa. Colocó, junto a las mesas, las sillas y sobre las mesas, algunos recipientes de barro cocido y vasos. Dentro de estos recipientes, la madre le había depositado infusiones de espliego, romero, mejorana y poleo. Por eso, toda la puerta de su casa y un buen trozo del original jardín de la princesa, comenzó a oler a montaña fresca y a mañana recién llegada.

 

               Se sentó ella en una de las sillas que el padre le había regalado y dijo a la madre:

- Vente aquí a mi lado y, mientras bordas esas telas de seda, saborea algunas de las infusiones que hemos puesto sobre estas mesas. Del tarro de miel de romero que el otro día me trajo padre de la montaña, yo te regalo unas cucharadas para que estas bebidas sepan más a cielo.

Y la madre le hizo caso al tiempo que le preguntó:

- ¿Y solo para nosotras dos son estas meses, sillas y bebidas?

- Para nosotras dos y también para todas aquellas personas que venga o pasen por aquí y les apetezca un sorbo de estas delicias.

- ¿Y qué personas serán esas?

- La otra noche lo soñé: de la Alhambra y de los que viven en la Medina y en los barrios de Granada no lejos de aquí, van a venir muchas personas a que los invitemos a una de estas infusiones nuestras.

- ¿Y cómo van a venir?

- En cuanto se enteren y los primeros prueben lo que les regalemos, ya verás como unos a otros se lo comenta y por aquí llegan en masa.

- Pero si vienen tantas personas ¿cómo podrás atenderlos a todos?

- Podré, ya lo verás.

 

               Y aquella misma mañana pasó por allí un soldado de la Alhambra. Al ver a la madre y a la niña sentadas en la puerta de la casa y oler el aroma que desprendían las infusiones, preguntó:

- ¿A cómo vendes el vaso de estas delicias tuyas?

- No las vendo, las regalo. Ven y siéntate aquí con nosotras y dime si te gusta más el romero, la mejorana, el espliego o el poleo.

- Me gusta mucho el poleo con miel silvestre de la montaña.

Y la niña le llenó un buen vaso de infusión de poleo con unas cucharadas de mil, se lo dio y le dijo:

- Ya verás qué bueno está y lo bien que te sienta.

Y el soldado preguntó:

- ¿Este es el jardín de la princesa de la Alhambra?

- Es su jardín y yo soy la encargada de cuidarlo. ¿Has visto tú alguna vez un jardín tan original como éste?

- Nunca ni en ningún lado. Ni tampoco nunca vi que una persona como tú, tu padre y madre, ofrecieran gratis infusiones de plantas de la montaña en la puerta de su casa, al aire libre y frente a la Alhambra.

- ¿Te parece interesante?

- Creo que es lo más interesante que por aquí nadie nunca hizo. En cuanto regrese a la Alhambra y me encuentre con los compañeros, le voy a contar todo esto. Pero antes ¿me permites un consejo?

- ¿Qué consejo?

- Que por estas ricas bebidas de plantas aromáticas que aquí ofreces, cobres algunas monedas a lo que vengan.

- Bueno, ya veremos.

 

               Y al día siguiente, al otro y en los que siguieron, empezaron a llegar personas a la puerta de la bonita casa de la amiga de la princesa. Todos decían:

- Nos han hablado de esto que aquí ofreces y hemos venido a verlo con nuestros propios ojos y a probar tus tesoros.

- Pues habéis hecho bien. Y como regalo, después de tomaros una infusión de plantas silvestres con miel de romero, os enseñaré el bonito huerto jardín de la princesa. Lo hemos sembrado y lo cuidamos mi padre y yo.

Y las personas, todos los que de un lado y otro llegaban, después de saborear las bebidas de plantas de la montaña, recorrían los paseos del jardín de la princesa. Y mientras caminaban guiadas por la niña y luego cuando ya se iban, comentaban:

- Este pequeño huerto y jardín de la princesa, es mucho más original y bello que los que hay en los palacios de la Alhambra. Y las infusiones de plantas silvestres de las montañas, son más sabrosas y sientan mejor que el té que beben en esos palacios.

- ¡Y que lo digas!

 

               Cuando a los pocos días la noticia llegó a oídos de la princesa, ésta salió de los palacios y a prisa subió a las tierras de su jardín. Al llegar vio a la niña sentada en la puerta de su casa, con las mesas repletas de tarros de barro cocido y todos llenos de bebidas aromáticas. Al ver la niña a su amiga la princesa, enseguida le salió al encuentro y le dijo:

- Te estaba esperando.

- Y yo vengo para que me expliques qué es lo que por aquí está pasando.

- ¿Es que ocurre algo grave?

- Todos los días, a todas horas, por todos sitios y muchas personas, hablan y hablan de este jardín mío.

- ¿Qué cosas malas dicen, princesa?

- No dicen cosas malas sino buenas y todos se asombran que en este rincón de la colina de la Alhambra, exista un jardín como el mío y con un perfume tan especial. Y de lo que más se asombran unos y otros, es de las bebidas que aquí en tu casa regalas.

- Princesa, yo lo hago para que todos se admiren de tu jardín y para que con sus propios ojos vean que con las plantas naturales que crecen en las montañas que rodean a la Alhambra, se puede crear un paraíso único en el mundo. Y que en este jardín, se puede disfrutar de olores y sabores como no hay otros en toda la tierra. Y ya verás tú cuando los cerezos, granados, almendros, nogueras y avellanos den sus frutos. Yo quiero que tu jardín sea lo más especial que nunca se haya visto y realizado en esta colina de la Alhambra.

 

               Y la princesa, agradeció a su amiga y al padre de ésta, la inteligencia y cariño que cada día ponían en las tierras de su huerto jardín. Durante mucho, mucho tiempo y mientras en la Alhambra reyes y soldados organizaban y participaban en guerras y batallas, el jardín de la princesa crecía y daba flores y era envidia de todos los que lo visitaban y conocían. Hasta que un día la princesa, ya mayor y casada pero no reina, tuvo que irse de la Alhambra. Murió el padre de la niña y también la madre y, ésta, fue echada de las tierras del jardín huerto y de su pequeña casa. Poco a poco todo por ahí fue muriendo y desaparecieron las plantas, árboles y acequias. Hoy, mucho, muchos años después, el lugar lo han convertido en aparcamientos para los coches de las personas que visitan la Alhambra y en biblioteca y archivo histórico. Pero nadie sabe ni en ningún lugar se recoge la historia de este maravilloso jardín ni de la princesa y su amiga. Así es la vida y así son y suceden las cosas en este mundo.     

 

               Epílogo

               Estas son algunas de las propiedades que tienen las plantas que la amiga de la princesa sembró y cultivó y luego regalaba en infusiones.  Romero. Reduce o previene la caída del cabello, ya que mejora la llegada de sangre al bulbo piloso. Disminuye la tensión arterial, ya que fluidifica la sangre, mejorando la circulación sanguínea. Adelgaza y aumenta la actividad celular, reduce el tejido graso y disminuye la hinchazón abdominal causada por exceso de flatulencias. Actúa sobre el sistema nervioso, brindando una acción calmante. Reduce el dolor de cabeza. Previene el malo aliento. Ayuda a mejorar estados anémicos. Disminuye los síntomas de la tos y el catarro.

 

               Tomillo. Es una hierba que, además de tener gran capacidad astringente, es muy buena para combatir bacterias  y otros problemas que puedan aparecer en la boca y garganta incluidos dolores de la misma. Tiene buenas cualidades antisépticas y esto nunca viene mal para combatir cualquier microorganismo que se haya depositado en la boca. Por esto mismo, no tienes más que preparar este remedio casero, bastante sencillo y con ingredientes que se consiguen con facilidad.

 

               Mejorana. Por sus propiedades aperitivas es muy útil para tratar casos de inapetencia o para estimular el apetito previo a las comidas. La mejorana posee propiedades sedantes, por lo cual se recomienda su consumo en casos de trastornos del sueño o insomnio. Además, es muy útil para personas que sufren de nerviosismo y ansiedad. En estos casos se recomienda beber una infusión de mejorana. La planta de la mejorana posee propiedades antiespasmódicas, ya que actúa favoreciendo la relajación del músculo liso, siendo muy útil para tratar casos de diarreas y cólicos estomacales. La mejorana se utiliza como antibacteriana de uso urológico, siendo muy recomendado su consumo para tratar infecciones urinarias.

 

               Poleo. Como expectorante, la menta poleo actúa estimulando la eliminación de secreciones acumuladas en los pulmones, siendo útil su aplicación en casos de bronquitis, además está totalmente recomendado su consumo para casos de resfriados que afecten a la garganta. Como carminativo, la menta poleo actúa favoreciendo la eliminación de gases acumulados en el tubo digestivo, resultando muy útil para tratar casos de flatulencias y meteorismo. Debido a las propiedades sedantes de la menta poleo, es muy bueno su consumo mediante infusión para tratar casos de nerviosismo, también situaciones de ansiedad y problemas para dormir. Otras propiedades medicinales de la menta poleo son: Antipirética: debido a su composición, la menta poleo es útil para tratar resfriados que presenten fiebre.  Antiséptica. Indicada para limpiar heridas, previniendo de esta manera que se infecten. Cicatrizante: en aplicación externa, la menta poleo tiene propiedades que estimulan la cicatrización, siendo muy recomendada para tratar heridas o cortes.

 

LAS NIÑAS DE LAS FLORES

 

               Ahora por ahí pasan a diario los turistas, algunos se paran a observar la calle, otros hacen fotos, miran a los mapas y luego siguen. Y como la calle es estrecha y acaba o empieza justo en la Carrera del Darro, a ellos les llama mucho la atención esta curiosidad, las macetas con flores que cuelgan en algunos balcones y la vista de la Torre de la Vela, en la colina de la Alhambra.

 

               Pero ninguno de estos turistas y ni siquiera las personas que ahora viven por este lugar del Albaicín, saben nada de ellas. Para indagar en las cosas y conocer su valor real, más de una tarde cuando he pasado por aquí, a las personas mayores les he preguntado:

- ¿Sabéis vosotros algo de aquellas dos niñas amantes de las flores?

Muy sorprendidos, siempre me han mirado y pasado un rato, me han preguntado:

- ¿A qué dos niñas te refieres?

- Dos pequeñas, muy amigas que vivieron por aquí hace muchos años y se les veía con frecuencia en esta calle con ramos de flores frescas y olorosas.

- Pues nunca nadie nos habló de estas niñas. Y ahora, fíjese usted: por estos lugares solo van y vienen turistas, hay gatos sucios y hambrientos en el río y muchos jóvenes con pelos largos, también van y viene con sus perros, sin ningún control. De ningún modo se parece hoy esto a la imagen que usted nos describe de esas dos niñas amigas amantes de las flores.

 

               También he preguntado a personas cultas y he investigado en libros y archivos y por ningún sitio hallé rastro de estas dos pequeñas. Pero, a pesar de lo dicho, si sé que ellas, cada mañana y en los días de primavera y verano, se ponían en la esquina de una de estas calles y a todo el que por aquí pasaba, le decían:

- Se vas al campo o a las huertas del río, cuando vuelvas, tráenos un ramico de flores. A ser posible, de las más olorosas y frescas que encuentres y de colores azules o violeta.

- Si puedo y me acuerdo, cumpliré con vuestro encargo pero no estoy seguro de ello. Sin embargo, una pregunta: ¿por qué las flores que pedís tienen que ser azules o violeta?

- El color del cielo o de los atardeceres mágicos, es el que más nos gusta. Es nuestro sueño.

Un hombre mayor que no vivía en el barrio y que aparecía de vez en cuando por el lugar, se acercaba a las niñas amigas, le ofrecía un ramito de flores pequeñas color violeta y muy olorosas y les decía:

- Que vuestras vidas sean siempre perfumadas como estas flores y que la historia os recuerde con el mismo aroma. Nada hay más hermoso en esta vida ni existe más valiosa empresa.

 

               Las dos niñas cogían el ramito de flores que el hombre les ofrecía y le preguntaban:

- ¿Cómo se llaman y de qué lugar las has cogido?

- Se llaman trozos de cielo y las he cogido de la estrella más brillante que hay en el paraíso de ese cielo.

Y la niña más pequeña, la que casi siempre tenía sus ropas sucias y rotas, le decía a la amiga:

- ¿Tú ves como en el cielo hay flores bellas y olorosas y de color azul violeta? Mi madre me lo dijo muchas veces y por eso ahora me envía desde allí estas flores, trozos de estrellas. Me sigue recordando de igual modo a cuando vivía a mi lado en esta tierra. 

Le daban las gracias al hombre mayor y le pedían que volviera al día siguiente con otro ramito de flores. Volvía el hombre de nuevo con flores frescas y olorosas hasta que un día de verano, ni las dos amigas aparecieron en la esquina de la calle ni el hombre mayor regresó con más florecillas azules violeta.

 

               Algunos vecinos dijeron:

- Ni ellas ni él vivían en este barrio sino que tenían por aquí su corazón y su sueño. Pero ahora que no están, todo por estos sitios es menos bello y ni siquiera el aire huele a incienso. Aunque en el fondo, sí al pasar por esta esquina, el alma parece impregnarse de un aroma indescriptible, como de azul cielo y brisa fresca. 

La niña casi desnuda y sucia, tenía su cara redonda, su pelo era negro, sus ojos muy brillantes y siempre sonreía. Su compañera era más pequeña y siempre estaba como refugiada en la ilusión y alegría que manaba de su amiga. Y hoy, cuando de aquello ha pasado tanto tiempo, cada tarde por aquí paso, miro a la Alhambra, oigo el rumor de las aguas del río Darro y observo a las personas y me digo: “Nuestros ojos no están preparados para verlas pero yo sé que aquí siguen con su sueño y, en sus manos, sostienen pequeños ramilletes de flores perfumadas, color azul violeta”. 

 

 

EL ÁLAMO       

 

               - No sé cómo podré irme de aquí.

Le comentó a los hombres que estaban junto a él, al darse cuenta que los arroyos crecían y crecían por momentos.   

- Esto se pasa enseguida.

Le dijeron ellos y así fue: ni siquiera media hora más duró el cielo nublado. La gran tormenta, tal como había llegado derramando lluvia y lanzando rayos y truenos, se fue y el agua en los arroyos, comenzó a bajar.

 

               Sin embargo, los que trabajaban en la cantera, a partir de aquel momento, suspendieron el arrastre de los grandes bloques de piedras. Todo el campo y, en especial cerca de la cantera, se había convertido en un barrizal. Y como precisamente su presencia allí aquella tarde era ver de cerca el traslado de las rocas, en cuanto los hombres dejaron el trabajo, los despidió y se fue. También porque temía que se presentara otra tormenta y le cogiera en medio de los campos. Cruzó el arroyo por el puente de piedra y luego atravesó la llanura dirección a la huerta. Aquel día la pequeña no iba con él. Se había quedado en la casa y luego acompañó a la mujer hasta la huerta para recoger algunas frutas. Ahora, en este momento, tenía ganas de verla para contarle lo aparatoso de la tormenta y los cambios que había dejado en el campo.

 

               Y recorría los últimos metros de la llanura, acercándose a los álamos del arroyo que bajaba desde la huerta, cuando de pronto, le azotó en la cara, manos y cuerpo, una fuerte racha de viento que subía por el arroyo. Eran los últimos retazos de la tormenta que acababa de marcharse. Justo cuando llegaba a la altura del bosque de los álamos, uno de estos árboles, crujió, se retorció y lo vio caer, partido por la mitad. La parta alta, la que había sido arrancada del tronco principal, el mismo viento la empujó y fue a caer al borde del arroyo. El tronco quedó tumbado dentro de la corriente, en un charco redondo y las copas, apuntando a la colina al otro lado del cauce. Se paró, miró observando interesado el destrozo en el álamo y al momento comenzó a sentir como tristeza. Le tenía un gran cariño al pequeño bosque de álamos porque en verano, daba una sombra muy fresca y en invierno, le gustaba mucho contemplarlos desde la ventana cuando las nieblas revoloteaban o las lluvias caían.

 

               Siguió y pasó cerca del árbol roto. Lo volvió a mirar pensativo durante unos segundos más y luego continuó hacia la casa. En cuanto llegó, llamó a la pequeña y le contó lo de la tormenta, la crecida de los arroyos y la tragedia del álamo tronchado por la ráfaga de viento. Preguntó ella:

- ¿Puedes llevarme a ver ese árbol roto?

- Si quieres tú, te llevo ahora mismo.

- Es que me gustaría verlo.

Se pusieron en camino y solo unos minutos después, ya estaban los dos junto al bosque de los álamos en el arroyo y frente al que la tormenta había partido. Y durante mucho rato, miraron e hicieron varios comentarios, extrañado por el cambio que se había producido en el lugar.

Al final, dijo él a la pequeña:

- Así es la vida y así son las cosas y, en muchas ocasiones, no tenemos más remedio que aceptarlas.

 

               Pasó el tiempo, un mes, tres meses, un año, dos años y el trozo de álamo tronchado, de unos cuatro metros, no perdía lozanía ni se marchitaba. Todo lo contrario: cada día que pasaba, se le veía más verde y fresco, a pesar de estar por completo separado de las raíces. Y en cambio, el trozo de álamo que tenías raíces, sí se había secado y poco a poco se iba pudriendo. Y además de esto, en aquel pequeño bosque de álamos, sucedió algo que le desconcertó por completo: aquella mañana de primavera, se marchitó totalmente el que parecía más robusto de todos aquellos álamos. El que estaba cerca del que había roto la ráfaga de viento. Era un árbol alto, verde, recio y frondoso y sin embargo, se marchitó.

 

               Dos semanas más tarde del día de la tormenta, empezó a ponerse amarillo y veinte días después, estaba por completo seco. A la pequeña, este fenómeno le llamó tanto la atención que desde aquel día, siempre que pasaba por allí, se paraba y observaba tanto un árbol como el otro. Decía:

- Me parece imposible que el álamo tronchado por aquella ráfaga de viento, siga tan verde y lozano y en cambio el otro, el que sí tiene raíces robustas y profundas, se esté muriendo de esta manera.

Y durante muchos días, estuvieron observando el fenómeno y comentando sus impresiones y sentimientos. Tanto que pasado el tiempo, hasta empezaron a temer que por fin un día el árbol roto, se marchitara. Después de tantos meses tronchado pero verde y lozano, ahora no querían que muriera. Por eso comentaba a la pequeña:

- Sí, yo también quiero que siga vivo y para siempre. Es como una necesidad, como la demostración de algo.

- ¿Y si cualquier día de estos amanece lacio y seco?

Preguntaba ella.

 

               Sin embargo, pasó el tiempo y el trozo de álamo, no se podría. Y de esta imagen, él y la pequeña, hasta habían sacado conclusiones. Le decía a la niña:

- Parece como si nos dijera que las personas más sanas, las que tienen muchas raíces por donde les puede llegar la vida a raudales, muchos medios para vivir y poseerlo todo, pudieran ser, sin embargo, las más prontas en morir y desaparecer para siempre. En cambio, esas otras personas sin nada, sin amor, sin casa, sin dinero, sin amigos, sin influencia, sin raíces y sin tierras, sí son capaces de permanecer en la vida para siempre y no morir jamás. Lo que ha ocurrido con estos dos árboles parece anunciarnos y enseñarnos esto.

 

               Reflexionaba de este modo con la pequeña y ni siquiera tenía claro que ella lo comprendiera. Por eso, para sí también se decía: “Este álamo, el que permanece con sus raíces clavadas en la tierra y sin embargo se seca y mure, se parece a la madre de esta pequeña amiga mía. Ella, con ser un día la más hermosa entre todas las otras y poseer mayor encanto y pureza, aun teniéndolo todo y abundante dinero, casa, comida y unos padres que la quieren mucho, ahora se marchita y pierde lozanía y fuerza. Ya no tiene encanto porque empieza a estar llena de prejuicios y cree solo lo que le interesa. Ya no hay inocencia ni en su alma y mente y aunque, como el álamo sigue con sus raíces y todo lo necesario para ser la más grande, es pobre. La de menos atractiva y por donde la vida al pasar, ya no crea belleza ni sentimientos puros. Y en cambio, este otro árbol, el tronchado por la gran ráfaga de viento y que sigue verde junto a las aguas del arroyo, sí está lleno de misterio y encanto. Y por eso se parece a mi pequeña amiga. Ella ahora, con estar tronchada y separada de sus raíces, posee la vida con toda su riqueza y esplendor. En esta niña sin padre y sin madre que la cuiden y quieran, se acumula todo el encanto e inocencia del Universo, sin mancha y apuntando hacia un mundo nuevo”.     

 

DESPEDIDO

 

               En la ladera cara al sol, se paró. Justo en el pequeño mirador que el terreno ofrecía frente al valle. A lo lejos, muy levadas y todas blancas, se veían las nieves de Sierra Nevada. Por las laderas, se adivinaban los ríos desparramándose y en el recogido valle, casi a sus pies y junto a uno de los ríos que descendía de las cumbres, se veían las manadas de cabras. Separadas las blancas de las negras y subiendo hacia el mirador desde donde el joven observaba. Al frente de la primera manada, caminaba la madre y el hijo.

 

               Desde el mirador los veía y por eso, sobreponiéndose al miedo que le oprimía por dentro, caminó por la sendilla dirección al valle. Le salió al paso y, después de saludarlos, les preguntó:

- ¿Ya no contáis conmigo para que cuide del rebaño de las cabras blancas?

- A nosotros nos han dicho que ya no contemos contigo.

- ¿Y se sabe por qué?

- Tú has querido hacer las cosas por tu cuenta y eso al dueño lo he ha gustado. No consiente que le des lecciones de nada y menos en su propiedad y con sus animales.

- ¿Y qué vais a hacer conmigo a partir de ahora?

- Supongo que si lo mereces, te darán las gracias y después si te he visto no me acuerdo.

- ¿Ya tiene quién le haga el trabajo que hacía yo?

- Al menos, dos hombres hay casi seguro y, el tercero, puede decirse que también.

- ¿Y a dónde voy a ir yo ahora y de qué vivo?

- Por lo que hemos oído, al dueño de estos animales, lo que sea de ti, tus sueños y necesidades, a partir de ahora, nade le importa.

 

               Miró el joven a los dos rebaños de cabras esturreados por el valle y luego miró para la ladera de enfrente. En la mitad, entre la cumbre del cerro y el valle, se veía la majada de las cabras y la casa donde hasta hacía unas horas había vivido. Durante muchos años, dedicado exclusivamente al cuidado del rebaño de cabras, llevándolas a pastar, convirtiendo su leche en queso y criando muchos y lustrosos chotillos. El dueño, una persona rica que vivía en la Alhambra al servicio de los reyes, no lo trataba bien porque el joven nunca había estado de acuerdo con su forma de pensar y proceder con las personas. Pero como el joven hacía su trabajo, el dueño lo dejaba seguir. Hasta que un bonito día de primavera, el joven dijo al vecino de las tierras cercanas:

- Ahora que llega el buen tiempo, podríamos juntar tu rebaño de cabras y las mías y así los dos nos vamos juntos por los campos y, mientras los animales pastan, nos damos compañía, charlamos y nos contamos cosas.

- Yo no puedo hacer eso sin contar con la autorización del dueño de tus cabras y las mías.

- Y el dueño ¿por qué tiene que enterarse de esto?

- A ti y a mí, es él quien nos tiene contratados. Las cabras son suyas y las tierras también y nosotros sus criados.

- Tonterías. Mañana mismo, cuando abramos la puerta del corral, juntamos los dos rebaños y en una sola manada nos los llevamos por los campos.

 

               Pero al día siguiente, cuando el joven fue al corral para abril la puerta al rebaño de cabras que cuidaba, se encontró con un hombre que en la misma puerta lo recibió y le dijo:

- Ni se te ocurra abrir la puerta de este corral.

- ¿Y eso?

- El dueño está muy enfadado contigo y me ha enviado para que te lo diga y te despida.

- ¿Y tú quién eres?

- Un enviado del dueño de estas cabras y tierras y amigo del administrador del rey.

- ¿Y de este modo me trata solo porque he pensado unir los dos rebaños de cabras?

- Así son las cosas y yo cumplo órdenes.

 

               Ahora, ya media mañana del hermoso día de primavera, la madre y el hijo subían por el valle al frente de los dos rebaños de cabras, separado el uno del otro. El joven, sintiendo que ya era un intruso tanto en las tierras como entre los animales, después de hablar con la madre y el hijo y conocer lo que ya el dueño había decidido, caminó río arriba, alejándose de las cabras, las tierras, la madre y el hijo. Y triste para sí se decía: “Y dice que recibo lo que merezco por haberme atrevido a pensar y querer hacer las cosas a mi modo. ¿Qué va a ser de mí si a partir de ahora ya nadie me quiere?”

 

 

LOS SEÑORES DE LA ALHAMBRA

 

               Han pasado ya muchos años desde que ocurrió la historia que voy a narrar a continuación. Pero yo conozco el lugar donde sucedieron los hechos, el arroyuelo, la higuera y el manantial. Despacio y con el alma encogida, he recorrido el rincón a lo largo de bastantes tardes y lo que más me ha sorprendido y me asombra cada vez que por ahí paseo, es precisamente esto: que a pesar del mucho tiempo transcurrido, sigue verde y fuerte la higuera, brota casi virgen el manantial y se refugia en su silencio de eternidad el arroyuelo. Todo como si por el rincón no hubieran hecho mella el tiempo. Y las cosas sucedieron tal como a continuación cuento:

 

               Durante bastantes años había estado al servicio de los “Señores de la Alhambra”: reyes, príncipes, princesas, administradores y generales. Pero como en su corazón albergaba una sensibilidad especial por lo bello y respeto y amor a las personas más humildes, con frecuencia le decía a su mejor amigo:

- No son buenos los reyes que habitan en estos palacios de la Alhambra. Tampoco son buenos los príncipes y princesas ni lo generales ni administradores.

- ¿Por qué dices eso?

- ¿Tú no te das cuenta que siempre están maltratando a los más pobres al tiempo que entre sí se odian, conspiran y ponen zancadillas?

- La vida en los palacios y, sobre todo la vida de aquellos que gobiernan reinos, siempre ha sido así. Los que deberían ser mejores y dar ejemplo en bondad y honestidad, son las personas más egoístas, embusteras y miserables. Solo piensan en tener poder y acumular tesoros sin importarles nada el dolor y la pobreza de los que les rodean.

 

               Y el joven, seguía comentando con el amigo:

- ¿Pues sabes lo que te digo?

- ¿Qué es lo que me dices?

- Que un rey o un gobernante en general, debería llegar y ocupar este cargo por ser el mejor entre todos. Estoy harto de gobernantes mediocres, infantiles y mal preparados. Por eso pienso y no me arrepiento que todos los que hay dentro de estos palacios de la Alhambra, son malos. Que no tienen corazón ni practican el amor y respeto para con los demás.

- Aunque sea así, tú ten cuidado con lo que haces y dices porque cualquier día de estos puedes tener problemas.

 

               Y tuvo problemas. Tanto el rey como los príncipes, generales y administradores, se enteraron de su manera de pensar y ver las cosas. Entre sí comentaron que una persona con estas ideas no debería estar cerca de ellos.

- Un día de estos se levantará contra nosotros y tendremos que matarlo antes que también se amotinen contra nosotros sus seguidores.

Llegó a oídos del joven lo que pensaban de él los grandes de la Alhambra y una noche de luna clara, salió de los recintos amurallados de los palacios. Buscó las sendas que llevan a las montañas de Sierra Nevada y caminó durante bastantes horas. Al amanecer se tropezó con un río de aguas muy claras y corriente arriba siguió caminando.

 

               Se alzaba ya el sol a medio cielo, cuando llegó a una viña a la derecha del río. Cogió unos racimos de uvas y luego buscó la senda que subía siguiendo un arroyuelo. Al poco se tropezó con una higuera que clavaba sus raíces en el mismo surco del arroyo. Bajo este árbol y a la sombra se paró al tiempo que veía que allí mismo brotaba un claro venero. Se dijo: “Este lugar ya queda bastante lejos de la Alhambra y creo que también muy oculto. Aunque me busquen mucho, puede que no me encuentren nunca”. Y se decía esto porque ahora tenía miedo de “Los Señores de la Alhambra”, que era como él los llamaba. Sabía también que además de malos, eran crueles y vengativos y por eso temía que lo persiguieran para quitarle la vida. “Más que gobernar y usar su poder para mejorar el país y a las personas, maquinan continuamente para ver cómo quitar de en medio a los que les criticamos o podemos arrebatarles algunos de sus privilegios”.

 

               Bajo la higuera del arroyuelo, entre unas rocas y cerca del manantial, hizo una cama de juncos y mastranzos. Para gozar tanto del rumor de las aguas que brotaban en la fuente como del aire puro y las estrellas en el cielo, en las limpias noches de primavera y verano. Y también, y era lo que su corazón le pedía con más fuerza, para orar en silencio y hacer que en su alma creciera más y más el gusto por lo bello y el desprecio por la maldad en las personas. Se dijo: “Desde estas montañas y en el centro de esta exuberante naturaleza tan limpia y llena de silencios, quiero alzar mi oración a Dios. Para pedirle que Él nunca bendiga a los malvados y sí se apiade de los pobres, sin techo y sin alimentos. Y si alguien viene por aquí a buscarme o se encuentra conmigo para pedirme algo, le indicaré este camino de paz y libertad. Lo que de verdad en el fondo necesita toda la humanidad: llenar sus vidas de cielos estrellados, alimentarse de silencio y sinfonías de arroyuelos, beber del aroma de los bosques y elevar rezos sinceros al que nos da la vida y nos ilumina hacia lo bueno. Una persona puede ser plenamente feliz con solo mirar a las estrellas, rezar sinceramente al cielo y no desear nada más”.

 

               Estas cosas y otras parecidas alimentaba en su corazón mientras comenzaba a vivir en su nuevo mundo de serenidad. Bajaba, de vez en cuando, a la ciudad de Granada y, a escondidas de los señores de la Alhambra, se encontraba con el amigo. Al verlo, el amigo se alegraba y le decía:

- Pues ten cuidado que estos señores de la Alhambra están muy enfadados contigo.

- ¿Y por qué?

- Temen que en algún momento, tus ideas y forma de vida, sean dañina para su poder y privilegios y por eso te consideran peligroso.

- ¿Si lo único que hago es decir la verdad y rezar por ellos al cielo?

- Consideran que eres un hombre inteligente, íntegro y bueno y esto es lo que les llena de miedo.

 

               Volvió aquel día de nuevo a su rincón pequeño, junto a la higuera y el manantial y aquella noche, contemplando a las estrellas, oró más que nunca. A la mañana siguiente, se fue a contemplar la salida del sol a una roca que se clavaba en la ladera al levante y después de hacer aquí su largo rato de oración, bajó al río. Buscó  y cogió algunos peces para comer y cuando subía por la senda que llevaba a la higuera, vio algo que le sorprendió. Junto a una encina al lado de la senda, un hombre que no conocía de nada y que vestía pobremente, había montado como una especie de mostrador con palos, monte y piedras. Sobre este mostrador, en el suelo, por delante y a su derecha, había puesto pequeñas vasijas de barro en forma de cuencos alargados.

 

               Se acercó a él lleno de curiosidad, lo saludó y le preguntó:

- ¿Quién eres y qué representa esto?

- Soy un viejo pastor en los montes de estas montañas y ayer cogí muchos panales repletos de mil de un gran enjambre que había en el tronco de un roble. De miel he llenado todas estas pequeñas vasija de barro y me he venido a este lugar del camino. Sé que no pasa por aquí mucha gente pero por si algún viene, aquí estoy para venderle un poco de esta miel tan buena. ¿Tú quieres probarla?

- Es que yo no tengo nada con qué pagar lo que me ofreces.

- Por eso no te preocupes. Prueba toda la miel que quieras y llévate luego contigo algunas vasijas de éstas. Con que reces por mí al cielo, ya estoy más que recompensado.

 

               Y el que decía ser un viejo pastor de las montañas, alargó una pequeña vasija llena de miel al joven. La cogió éste, se la llevó a la boca, probó la miel y dijo:

- No solo está rica sino que hasta parece oler a romero.

- Pues sigue saboreándola y llévate contigo estos pequeños cuencos llenos hasta arriba de miel de estas montañas. Es un dulce alimento que te dará muchas fuerzas y ganas de vivir.

Siguió el joven saboreando la dulce miel que el pastor le ofrecía y, al poco, con sus peces y las dos vasijas llenas de miel, bajaba hacia la higuera junto a la fuente. Y el viejo pastor, en cuanto el joven se perdió en la curva del camino, desmontó su tinglado, recogió todas las vasijas de barro y desapareció arroyo abajo, dirección a la Alhambra. Unas horas más tarde llegaba a los palacios y enseguida se fue derecho al despacho del rey que estaba reunido con los generales y administradores. Pidió permiso y dijo a todos los presentes:

- El rebelde, ya es nuestro. Ha caído de la manera más inocente y sin tener que derramar ni una sola gota de sangre ni dar lugar a que sus partidarios se revelen contra nosotros.

- ¿Estás seguro de ello?

Preguntó enseguida el rey.

- Completamente seguro, majestad.

- Pues ojalá sea todo tan cierto como nos dices.

 

               Y aquella misma noche, bajo la higuera y junto a la fuente, el joven rezaba al cielo mientras contemplaba las estrellas y se quedó dormido. No despertó en toda la noche ni tampoco al amanecer ni horas después. No despertó nunca más. Y como su amigo en la Alhambra, sospechaba y hasta sabía algo, aquel mismo día fue a buscarlo. Cuando llegó se lo encontró acostado en su cama de juncos y mastranzos, bajo la higuera, cerca del manantial y como mirando al cielo y rezando. Apenando, lloró por él durante un buen rato mientras en su corazón se decía: “¡Lo han envenenado! Ciertamente que ahora compruebo que los que nos gobiernan no son buenos”. Abrazó a su amigo y algo después, no lejos de la higuera y frente a las montañas de Sierra Nevada, lo enterró. Cuando en la Alhambra se supo la noticia, el rey dijo:

- A todo el que amenace mi poder y ponga en peligro mi reino, de una manera u otra, hay que quitarlo de en medio. Y sobre todo, a los más sabios, a los que piensen por sí mismos y tengan ideas propias.

 

LA HERMANA, LA CUEVA Y EL HIJO

 

               Muchos decían que su cueva estaba en el lugar más bonito del río Darro. Alzada sobre las aguas del cauce unos cien metros, tallada en la pura roca, con una plataforma en la puerta que le servía de pórtico y mirador hacia las aguas del río, el valle del cauce, a la izquierda y derecha y a la gran umbría y colina de la Alhambra. Su cueva estaba decorada a los lados, toda la ladera y desde el mismo río hasta lo más alto del cerro, con matas de retamas, espliegos, tomillos, romeros, espartos, cornicabras, algunas encinas centenarias, acebuches y varios almeces.

 

               Por eso su cueva, además de amplia, muy soleada todos los días del año, era como un hermosísimo palacio, frente a las cumbres blancas de Sierra Nevada y como colgada en el aire. Porque desde aquí se oía no solo el rumor de las aguas del río deslizándose o saltando por las cascadas sino también la sinfonía de los cientos de pajarillos que por entre la vegetación revoloteaban o iban y venían río arriba o aguas abajo. Varios charcos redondos, algo profundos y azules, se remansaban justo al frente y por debajo de su cueva, y que a ella, la hermana que era como los dos jóvenes la llamaban, le servían como de espejo. También para usarla como de piscina natural porque desde su cueva, de alguna manera mágica, se podía saltar y caer justo en el centro de los azules charcos que en el río se remansaban.

 

               Para llegar, entrar o salir de su cueva, solo se podía por una estrecha veredilla que arrancaba desde las mismas arenas del río y, trazando zigzags, recorría la pendiente de la inclinada ladera hasta encajarse en la misma puerta y sobre la sola de la roca. Una sendilla también muy bonita y original que los hermanos le habían hecho para que ella pudiera vivir en este tan bellísimo y a la vez extraño y solitario lugar no lejos de Granada y frente al sol de la mañana. Algunos árboles como encinas, acebuches y almeces, iban escoltando esta sendilla y a ella les servían como de hitos o barandillas para apoyarse o agarrarse y no caer al vacío cuando entraba o salía de su cueva.

 

               Al poco de morir los padres, cada uno de los hermanos intentó vivir a su manera aunque sin dejar de estar unidos y compartir casi todos los momentos de sus vidas. El mayor de los tres hermanos, vivía por debajo de la cueva y el más pequeño, casi en las partes altas del cerro. Por eso, a este hermano menor le gustaba mucho un recogido mirador que ofrecía la ladera justo por encima de la cueva de la hermana. Donde el terreno se transformaba en una pequeña plataforma, casi al borde el acantilado de la cueva y la vereda que subía desde el río. Desde esta plataforma, casi a la altura de las torres de la Alhambra pero en la ladera de enfrente y cara al sol de la mañana, el hermano vía claramente la cueva donde vivía la hermana. Y como, a pesar de las muchas limitaciones que había en la vida de los tres hermanos, unos a otros entre sí se apoyaban y querían, el hermano menor siempre estaba pendiente de su hermana.

 

               No podía hacer mucho por ella porque los tres eran muy pobres pero nunca la criticaban. Ni siquiera le retiró su cariño y apoyo el día que la hermana se quedó embarazada, nadie sabía de quién ni tampoco luego cuando nació su niño. Fue él el que le buscó la cueva al borde del río y le dijo:

- El cielo nos quitó a nuestros padres y ahora somos los más pobres de estos lugares pero esto no quita que entre nosotros nos ayudemos. Nuestra pobreza y desgracia no debe ser impedimento para querernos entre sí, ayudarnos y protegernos. Incluso hasta pienso que precisamente porque somos pobres y a nadie tenemos en esta vida, es bueno que estemos unidos y nos queramos entre sí. Nuestra pobreza nos empuja a unirnos.

Y la hermana, mujer muy sencilla, de buen corazón y con la autoestima muy baja, escuchaba con interés lo que el hermano menor le decía y se sentía reconfortada. Y más reconfortada aun por la cantidad de personas y veces que por el barrio y por Granada, la despreciaban.

 

               Nadie la quería y sí muchos, por detrás de ella y como en secreto, murmuraban:

- Ni siquiera se sabe quién es el padre del niño.

- Es una mujer mala que además de no respetar las leyes de nuestra religión, vive solitaria y como echándonos en cara que los malos somos nosotros.

- Aunque en el fondo yo creo que en algo tenéis razón, también pienso que esta mujer tiene buen corazón y respeta a Dios.

- No sé como piensas tú que respeta a Dios haciendo y viviendo de la manera que todos sabemos. En la vida, uno debe comportarse de otra manera a como lo hace esta mujer.

- ¿Pero vosotros no creéis que en la vida, también cada uno tiene derecho a ser y hacer lo que su corazón y conciencia le dicte?

- ¿Es que tú apruebas lo que hace y la manera de comportarse?

- Lo que yo no veo honesto es, erigirme en juez de nadie. Criticar a los demás, para muchos, es lo más fácil. Pero yo pienso que antes de comportarnos de este modo, todos deberíamos mirarnos a nosotros mismos y dar ejemplo con nuestra forma de comportarnos y nuestros hechos.

- Entonces, según tú ¿es hipócrita y un mal ejemplo decir a los demás cómo deben hacer las cosas y proceder en la vida?

- Ya os lo he dicho y es así como lo pienso: criticar a los demás, es lo más fácil. Y hasta creo que ya este hecho en sí, nos descalifica por ser poco inteligente y muy feo.

Y ellos, los que a escondidas criticaban a la hermana huérfana y entre sí discutían, cuando en sus conversaciones llegaban a estas reflexiones, unos callaban, otros se iban en silencio y algunos movían la cabeza, como gesto de aprobación o lo contrario.

 

               Y una hermosa mañana de primavera, después de varios días de lluvias continuas y densas, el sol apareció por entren las nubes, brillando con una luz muy limpia. No hacía frío ninguno y sí se veían, por las laderas de enfrente, muchas durillo con sus blancas flores abiertas. El río Darro, el que pasaba a los pies de la cueva de la hermana, bajaba repleto de aguas color naranja y en la laderas, a un lado y otro, corrían algunos arroyuelos. Bajó el hermano pequeño por la sendilla que descendía desde lo más alto del cerro y se fue derecho al recogido trozo que en forma de mirador se asomaba a la cueva de la hermana. Nada más llegar al sitio, se paró, se asomó al borde del pequeño acantilado con la intención de ver la cueva y comprobar si estaba la hermana y qué hacía y la vio. Salió en esos momentos de su cueva, con su niño en los brazos. Buscó la sendilla de la izquierda que, casi en forma de escalera, subía por el barranco hacia el mirador. Ascendió lentamente por este caminillo, seguida por las miradas del hermano en todo lo alto y quince minutos después, coronó a la pequeña plataforma. Con su niño en los brazos y todo el vestido roto y lleno de tierra.

 

               Ni siquiera se dio cuenta ella de que el hermano estaba en aquel recogido trozo de tierra. A la izquierda de la senda que acababa de recorrer y un poco tapado por una gran piedra que en ese lado del balcón había. Por eso ella, por completo ajena a que alguien la observara, al llegar a la llanura de la pequeña plataforma, se acercó al borde del precipicio que caía para el barranco. Por donde abajo, a unos doscientos metros de distancia, se veían las rocas que formaban la puerta de su cueva. Miró a su niño, lo besó y le dijo:

- No te abandono porque eres sangre de mi corazón y lo único que quiero y tengo en este mundo. Pero debo irme porque todos por aquí me han dejado sin dignidad y ya no hay aire para que respire yo en este suelo. Te dejo en manos de Dios y por eso, a pesar de mi dolor, me voy tranquila sabiendo que el cielo va a perdonarme y a bendecirte a ti con el más sincero de los besos.

 

               Hasta los oídos del hermano, llegaron estas palabras y en su corazón la sangre se le heló. Sintió el impulso de salir de su escondite y presentarse ante la hermana pero se mantuvo quieto. Mirando asombrado y vio que la hermana, se acercó un poco más al precipicio. Sobre una piedra que sobresalía del terreno y colgaba un poco en el aire, en el vacío hacia el barranco, sentó a su niño. Con todo el cariño y cuidado al tiempo que le pedía que no llorara.

- Todo será rápido y ocurrirá como en un sueño. En realidad, la vida en este suelo es solo eso: un misterioso sueño que, aunque parece largo, al final es breve y de él todos despertamos. Y lo hermoso, lo verdaderamente valioso y que da sentido a todo cuanto en este suelo vivimos, es lo que al despertar de este sueño que es la vida, encontremos.

 

               Su niño, como si entendiera lo que la madre le decía, ni lloraba ni parecía sentir ninguna molestia. Dulce sonreía y la fina piel de su cara brillaba pura iluminada por los limpios rayos de sol de la mañana. Tal como la madre lo sentó en la piedra que colgaba en el vacío, se quedó como mirando y esperando. Esto le dio tranquilidad a la madre que, en cuanto dejó a su niño sentado en la piedra, se aproximó un poco más al acantilado. Miró para la Alhambra, para las blancas cumbres de Sierra Nevada, para el río Darro y para donde su niño parecía esperar confiado. Y sin más, la hermana inclinó su cuerpo hacia el vacío y al instante, se le vio caer como volando.

 

               De su escondite, el hermano saltó como impulsado por un resorte al tiempo que gritaba:

- ¡Hermana, no!

Pero aunque corrió veloz hacia ella, nada pudo hacer para retenerla. Sí tuvo tiempo de asomarse al vacío y verla caer. Como volando en un vuelo mágico y, unos segundos después, vio su cuerpo estrellarse en las mismas rocas de la puerta de su cueva. Y en este preciso momento, comprobó asombrado como del punto en que su cuerpo chocaba contra la roca, surgió como una bandada de estrellas muy brillantes. Una densa nube que según se elevaba por el aire, se abría en pequeños puntos luminosos que palpitaban como finas alas de mariposas. Barranco arriba y surcando el aire como en busca del niño asomado al vacío, se elevaban muchos de estos puntos luminosos y otros se esparcían como hacia las aguas del río y luego comenzaron a irse lentamente hacia las torres y palacios de la Alhambra. Como si por ahí pretendieran esparcir o revelar algún secreto.

 

               Absorto y restregándose los ojos estuvo el hermano durante unos segundos y luego, con el corazón oprimido y lleno de miedo y confusión, se acercó al niño, lo cogió en sus manos, lo abrazó fuerte y como susurrando le dijo:

- Tú no te preocupes por esto que ha ocurrido y los dos acabamos de ver, porque ella no se ha ido. Solo se ha marchado al paraíso de sus sueños, donde vivirá para siempre y desde donde continuamente estará contigo dándote su beso. Y lo ha hecho de este modo porque no tenía otra forma de decir a los demás que el camino para un mundo amable y bello, no es la crítica y destrucción de las personas sino todo lo contrario: la dignidad de cada uno, la libertad y la búsqueda de lo bello. Ella acaba de poner su granito de arena para que el mundo y las personas crezcamos hacia el amor, la belleza y lo eterno. Y de este modo, a partir de ahora, tú también tienes una razón muy poderosa para luchar por la vida y el mundo amable y bello que a ella no se le ha permitido vivir en esta tierra. Esto es lo que nos ha dicho y quiere para nosotros y para el mundo entero.   


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