Ventanas a la eternidad

        Relatos cortos // 2010-16

 El libro de los más bellos relatos de la Alhambra,

 río Darro, Albaicín, Realejo y Granada - XV

1- Nostalgia   

2- Al llegar el verano  

3- La turista y el manantial  

4- El salvaje   

5- La mariposa   

6- La montaña del sol  

7- El padre  

8- ¡Qué rico cuando pasa el viento!

9- Lo más bello del mundo  

10- El manantial del huerto

11- Quico y Josefa  

12- La joven de la cueva

13- Dulces en el Paseo de los Tristes

14- La mala madre

15- Paisajes de otoño

16- Los higos chumbos  

17- Sucedio en otoño

18- Solo quince monedas  

19- La bellota de oro

20- La joven de los perros

 

NOSTALGIA

 

               I- No fue consciente pero cuando se marchó de Granada, dejó por toda la ciudad un vacío inmenso y una muy honda y extraña nostalgia. Al menos esto es lo que experimentó en su corazón el hombre que en secreto la amaba, en las calurosas tardes de verano cuando la conoció.

 

               Vino de un país lejano y llegó a esta ciudad al final del mes de julio. Para estudiar español y conocer mejor la cultura de este país y se instaló en un piso cerca del río Genil. A la tarde siguiente, estaba él sentado en un banco no lejos de las aguas de este río y por donde en tiempos muy lejanos estuvieron los palacios, jardines y huertas de algunos de los reyes de la Alhambra. Cantaban las chicharras y aunque hacía calor, a lo lejos todavía se veían algunas nieves sobre las cumbres de Sierra Nevada.

 

               La vio caminar por entre los jardines cerca de donde estaba sentado y le pareció hermosa. Alta, delgada, cara algo morena, pelo por completo rubio y joven. Se dijo: “Será otra joven más, turista o estudiante de las muchas que por estos días vienen a esta ciudad”. Y lo que no esperaba es lo que sucedió solo unos segundos después. La joven se acercó al banco donde estaba sentado y en español pero con un fuerte acento extranjero, le preguntó:

- Para ir a Sierra Nevada ¿qué hay que hacer?

Algo sorprendido y extrañado, a la vez le preguntó:

- ¿En coche particular, en bicicleta, andando o en autobús?

- Yo acabo de llegar a esta ciudad y voy a estar aquí todo el mes de agosto. Aunque ahora ya no hay nieve en Sierra Nevada, me gustaría ir un día de estos para ver y recorrer esas montañas, lagunas y cascadas.

Y entonces él la invitó a que se sentara a su lado. Muy confiada la joven se sentó en el mismo banco y durante un buen rato charlaron de muchas cosas. De su país lejano y de la nieve y el frío que en invierno se acumula allí, de la Alhambra aquí en Granada, del río Darro y el barrio del Albaicín y del español que pretendía estudiar a lo largo de todo el mes de agosto.

 

Al salir el sol al día siguiente, ella lo esperaba por donde la Fuente de las Ninfas. Se presentó él, subió la joven en el coche y hora y media más tarde, ascendían por las laderas hacia las cumbres del Veleta, el tercer pico en altura en el macizo de Sierra Nevada. A media mañana llegaron a lo más alto y aquí, durante mucho rato, observaron los blancos pueblos de la Alpujarra y las voluminosas nubes de niebla que desde el mar ascendían hacia los picos del Mulhacén y la Alcazaba.  Unas horas más tarde, se descolgaban por las laderas hacia los Tajos de la Virgen y al poco, ya estaban bañándose en las lagunas y luego en el embalse de las Yeguas. Al caer la noche llegaron a Granada y al despedirse ella le dio las gracias por lo que le había enseñado y el día compartidos juntos. Antes de irse, él le dijo:

- Antes de que te marche de Granada, tengo que llevarte al palacio blanco entre encinas para que conozcas los ríos y cascadas que por aquellas laderas se despeñan.

Y ella preguntó:

- ¿Eso que me dices se encuentra aquí en Granada?

- Al levante de la Alhambra y en unos paisajes de ensueño que solo algunas personas conocen.

- Pues sí que me gustaría conocer el palacio que dices, los ríos, bosques y cascadas y respirar el perfumado aire que por allí corre.

 

               II- No la vio ni supo nada de ella al día siguiente ni al otro ni en una semana. Procuró saber o encontrarse con ella pero no tuvo suerte. Fue corriendo el tiempo y el mes de agosto, caluroso y muy lleno de turistas por las calles de Granada y se acercaba el día de su marcha de esta ciudad. No la olvidaba y por eso, antes de irse la buscó y por fin pudo verla. La saludó y enseguida le dijo ella:

- Te agradezco tus atenciones para conmigo en esta mi estancia veraniega en Granada. Y siento no haber podido complacerte en la invitación que me hiciste para ver y recorrer esos rincones de los ríos, cascada y bella casa blanca entres los bosques de encinas.

- Si no has podido, debe ser por alguna razón importante. Vete tranquila y a ver si en otra ocasión realizamos este sueño.

Poco después se despedían y al día siguiente, a primera hora, pensaba en ella y la imaginaba en la estación de autobuses y luego en el aeropuerto y surcando los cielos de Granada hacia su país lejano.

 

               Y no supo por qué ni cómo pero comprobaba como su corazón se le ahogaba en nostalgia. Como si de pronto y para siempre se le hubiera muerto en su vida el más bonito de los sueños. Y quizá por esto, cuando al llegar la noche dormía en su cama con ella en el pensamiento, tuvo un sueño. La vio recorriendo una de las calles más bonitas de Granada, con la mochila a sus espaldas y al encontrarse con ella le preguntó:

- ¿A dónde vas tan solitaria?

- Quiero, antes de marcharme de Granada, visitar el lugar de los ríos y cascadas, por donde esa preciosa casa que me dijiste.

- Pero está a punto de caer la noche y el lugar se encuentra lejos.

- Lo que pretendo es precisamente recorrer el camino a lo largo de la noche y a la luz de la luna para estar allí al amanecer y descubrir todo aquello con la luz del nuevo día. Como si me presentara con los ojos cerrados para abrirlos de pronto y quedar fascinada por lo que ante mí encuentre.

- Puedo acompañarte si quieres.

- Es que deseo vivir una experiencia única.

 

               Al despertar, el alma se le moría de pena por la nostalgia que le producía el sueño que había tenido y por la ida de su amada y para siempre de Granada. Se dijo: “Hoy, mientras ella se aleja de esta ciudad, yo voy a ir al valle de la casa blanca, los ríos y las cascadas. Quiero comprobar si de verdad ha recorrido el camino a lo largo de la noche y por fin ha llegado al lugar. Será maravilloso encontrármela por allí, frente a las cascadas y los ríos y frente a la imagen de la fantástica casa blanca”.  

 

AL LLEGAR EL VERANO

 

               Al llegar el verano, regresó a Granada y lo primero que hizo fue recorrer los caminos hasta el lugar de su infancia. Después de varias horas atravesando paisajes, arroyuelos y algunos ríos, llegó al collado. Por entre el bosque, ahora casi todos pinos y algunos pinsapos, se paró y observó despacio. A solo unos metros de él, descubrió el gran árbol. Un hermosísimo y anciano almez que todavía permanecía verde y frondoso. Avanzó un poco más y a intervalos cerraba los ojos. Los recordaba con tanta fuerza y claridad que hasta le parecía oír sus risas y palabras.

 

               Mucho tiempo atrás, cuando las dos hermanas aun eran pequeñas, bajo este árbol, jugaban mucho con el padre. A la izquierda le quedaba el cortijillo, al frente, el alto cerro y un poco más lejos, el claro y caudaloso río. Mientras las ovejas pastaban por la pradera, las dos hermanas y el padre, soñaban, reían y jugaban bajo la sombra del ampuloso almez. Este ere su mundo, su fantasía, su paraíso. Ahora, después de tantos y tantos años, al llegar al lugar, aunque recordaba con toda fuerza y claridad aquellas escenas, todo por el rincón se lo encontraba solitario. Solo el vientecillo movía algunas ramas y hojas y las chicharras acompañaban del fondo con su cansina monotonía.  

 

               Descansó unos minutos a la sombra del árbol y luego siguió. Recorrió la pequeña ladera toda cubierta de bosque y media hora más tarde, se asomó al barranco. Hundido entre redondos cerros tapizados de bosque, se veía el gran surco del cristalino y misterioso río. Casi a sus pies, caían los acantilados y a su izquierda, se alzaba el redondo cerro amigo del copioso manantial, primero y principal de este cauce. Meditó durante un rato mientras miraba y meditaba los paisajes y luego se movió para el lado izquierdo. Buscó la sendilla y por la empinada cuesta, avanzó hacia el centro del bosque y rocas. Coronó por la zanja de una de las abandonadas trincheras, con el corazón encogido y triste. Esperaba, al terminar de coronar a lo más alto, encontrar lo que necesitaba y por eso buscaba con tanto interés.

 

               Pero antes de llegar sintió los cacareos de las urracas. Miró y las vio al frente, saltando por las piedras y de rema en rama. Se dijo: “Como en aquellos tiempos, siguen por aquí dueñas de los campos. Pero hoy no encuentro al anciano que las perseguía para que no se comieran los huevos o polluelos de las aves que pueblan estos paisajes”. Y, después de moverse de acá para allá por las derruidas zanjas de las trincheras y no hallar lo que necesitaba, salió a lo más elevado. El sol le daba de frente y por eso puso sus manos en los ojos en forma de visera. Detuvo sus paso, miró primero para su izquierda y ahí, en lo más hondo, adivinó el claro manantial por todos conocido como nacimiento del río. Desde el limpísimo charco, fue recorriendo con sus miradas las aguas y el surco que el río horadaba por entre montañas, cerros y valles y se tropezó con el pequeño pueblo blanco. Algo más abajo, descubrió el valle de las viñas, la colina de la Alhambra y luego las torres y murallas. Más al fondo, adivinaba la ancha vega y los ríos surcándola. Casi al frente por completo pero muy lejos, se veían las altas cumbres de Sierra Nevada y luego el cielo azul y el infinito.

 

               Respiró hondo, suspiró y como en forma de oración, se dijo: “Es mi mundo, mis recuerdos y mi cielo. Lo tengo estampado en mi corazón y mi alma, eternamente será esencia de todo esto”.      

 

La turista y el manantial

 

               Llegó a Granada para solo unos días y en cuanto se encontró con sus amigas, les dijo:

- Quiero visitar la Alhambra como todas las personas que vienen por aquí pero especialmente, quiero conocer el manantial.

Y una de las jóvenes que la recibía, enseguida le preguntó:

- Manantiales, arroyos, ríos y montañas, hay muchos por los territorios de la Alhambra. ¿Cuál de ellos es el que tú quieres conocer?

- El que brota en la ladera, bajo el olivo y dicen que sus aguas son agrias, además de claras y se despeñan en cascadas.

- Pues se lo decimos a nuestro amigo vecino y mañana mismo él nos lleva a ese lugar. Nadie en Granada ni en ninguna otra parte del mundo, conoce exactamente cada trocito de terreno y gota clara de agua de esta manantial que dices.

 

               Enseguida hablaron con el joven y rápido se pusieron a preparar la  excursión. Al caer la tarde, caminaban desde la Alhambra hacia el levante y antes de ponerse el sol, llegaron al montículo. Un pequeño puntal lleno de encinas y mucho monte bajo y donde a su derecha corría un arroyuelo. No lejos el al frente, se veía la ladera de los olivos y las pequeñas cascadas que descendían desde el manantial que buscaban. Montaron aquí las tiendas y el joven experto en el manantial del olivo, dijo a la muchacha turista que deseaba conocer los misterios que rodean a la Alhambra:

- Para ver el manantial tal como fue en aquellos tiempos es necesario hacer lo que ahora mismo hacemos.

- Tú eres el experto.

Simplemente dijo la turista.

 

               Según anochecía, se concentraron en un pequeño rellano, hicieron fuego, prepararon la comida y después de mucho rato contando historias y contemplando el cielo estrellado, se metieron en las tiendas. Durmieron tranquilamente hasta bien entrada la madrugada que fue cuando el joven los despertó diciendo:

- Es el momento, daros prisa.

En tan solo unos minutos, todos salieron de sus tiendas, se prepararon y al poco, ya caminaban por la senda que iba río arriba. Avanzaron despacio y en silencio, como preparando el ánimo para un encuentro grande y bello. La luna iluminaba desde lo más alto y por entre las cumbres de Sierra Nevada. También titilaban las estrellas que, acompasadas con el rumor de las aguas del río, el cric, cric de los grillos y el ulular de algún mochuelo, llenaba de magia todo el entorno y momento.

 

               Amanecía y se acercaban a la ladera de los olivos y arroyuelo compañero del manantial. Dijo el joven conocedor de los misterios:

- Estamos a punto de llegar al manantial que buscamos. Id preparados que ya veréis qué asombroso es todo esto.

Sin pronunciar palabra, siguieron a joven muy concentraros y al iluminarse los campos con la total luz del nuevo día, llegaban al venero. Un chorrillo de agua que, por entre las raíces de un grueso tronco de olivo, caía cristalino por entre unas piedras, recorría la torrentera y se fundía con el arroyuelo treinta metros más abajo. Como con respeto, se acercó al manantial, sacó de su mochila un pequeño cuenco de barro colorado, lo llenó del agua que bajo la roca brotaba y se lo fue dando para que bebieran al tiempo que aclaraba:

- El agua que los reyes de la Alhambra nunca pudieron probar, es la que vosotros ahora estáis bebiendo y de este modo es como hay que saborearla.

 

               Para descansar un poco mientras bebía el agua que el joven le había ofrecido en el cuenco de barro, la joven turista se sentó en la piedra de la derecha del manantial al tiempo que preguntaba al experto:

- ¿Por qué los reyes de la Alhambra nunca pudieron beber de esta agua y por qué hay que saborearla tal como nosotros estamos haciendo?

Y el joven experto y conocedor de los misterios del manantial y todo el entorno, sentándose también en otra piedra al lado de arriba del venero, le dijo:

- Cuenta la leyenda que en aquellos tiempos, un joven fuerte y sabio, guardaba a todas horas este manantial. Los reyes de la Alhambra supieron de este venero y del sabor y propiedades de estas aguas y por eso mandaron a sus soldados para que le quieran al joven esta propiedad. Pero sucedió que cuando los soldados se acercaban a este lugar, el joven se escondía y el venero dejaba de brotar. Y en cuanto los soldados se retiraban, volvía el joven y el venero comenzaba a manar.

 

               Se dieron cuenta de esto los soldados y entonces planearon matar al joven que guardaba estas aguas. Lo acecharon y al amanecer de una noche de luna clara, lo mataron. En aquel mismo momento, en este lugar brotó un gran borbotón de agua, arrastró al cuerpo sin vida del joven y se lo llevó río abajo, nadie supo nunca a dónde. Al instante se secó por completo este manantial y nunca más tuvo ni una sola gota de agua. De este modo, tampoco nunca los reyes de la Alhambra fueron dueños ni pudieron probar en ningún momento estas aguas.

Pensativa estaba la joven turistas escuchando el relato del experto y, pasado unos segundos preguntó de nuevo:

- ¿Y por qué ahora mismo nosotros sí podemos ver que brota este manantial y hasta estamos bebiendo estas aguas?

- Porque vosotros sí tenéis vuestros corazones abiertos a la belleza, a lo transparente y a lo excelso.

- ¿Y aquel joven guardián?

- Él sabía que los reyes de la Alhambra querían estas aguas para aumentar su poder y para solo su placer material. Y las aguas que brotan en este venero, ya las habéis probado: además de lavar por dentro y dejar el corazón preparado para gozar de las estrellas que por las noches titilan en el cielo, conectan el alma con la inmortalidad del Universo.

 

Al oír estas palabra, la joven turista miró fijamente al joven experto que tenía a su lado y en ese momento, lo vio como transformado. Algo hermoso y grande se iluminó en su corazón que le llenaba de una dulcísima sensación al tiempo que la elevaba como a lo más azul del firmamento. Quiso expresarlo con palabras pero solo dijo:

- Desde luego que los misterios de la Alhambra, de Granada y de estas montañas, son asombrosos, llenan de gozo y elevan a lo más limpio del cielo.

 

 

EL SALVAJE

 

               Sobre el collado, entre la espesura de las encinas y cerca del arroyo, se veía el cortijo. Una gran almunia en forma de palacete pero con las paredes encaladas. Por eso, al salir el sol cada mañana, el edificio relucía como un espejo mágico. Desde la curva del río, al poniente del cortijo y a unos dos kilómetros, se le divisaba con toda claridad. Y lo que más llamaba la atención eran las dos altas torres que, desde blanco edificio, emergían por entre los encinares.

 

               Aquella mañana, un buen día de primavera y por eso los jarales mostraban ya un hermoso espectáculo de flores blancas, al grandioso cortijo y desde la Alhambra de Granada, llegó el joven. Y, lo mismo que otras muchas veces, se presentó dando voces para asustar a los sirvientes:

- Ha llegado el momento. A partir de hoy ya no se ríe más de mí ese felino salvaje que recorre estos montes míos. Preparadme las flechas, poned apunto los perros y prepararos vosotros que nos vamos a cazarlo. En cuanto lo vea me lo cargo. Para que se entere de una vez que de mí nada ni nadie se ríe. Y menos este salvaje imbécil.

Y, a media mañana, la comitiva salió del cortijo, en busca del gato montés porque el joven, “el príncipe mal educado”, según se decían entre sí los criados, quería darle caza. Todos se concentraron en torno al señorito para complacerlo y porque era el que pagaba.

 

               Al norte del edificio, por entre los jarales del cerro de enfrente, encontraron al felino. Un viejo y hermoso gato montés, bello como la criatura más bella y libre como el mismo viento. Y al verlo, enseguida dijo el joven:

- Otra vez más no te ríes de mí. Nadie ni nada se ha reído de mí desde que tengo uso de razón.

Y disparó sus flechas unas detrás de otra sin ni siquiera parar a tomar aliento.

Los gritos y las voces, se oyeron por todos aquellos barrancos y, en ese mismo instante, también se escucho un gran maullido. Ladraron los perros, atravesando los montes y sorteando rocas pero el felino, como por arte de magia, despareció. Enseguida gritó el joven:

- Que no se escape este cabrón. Y lo quiero vivo.

 

               A lo largo de varias horas buscaron por todos aquellos montes. Azuzando a los perros y escudriñando cada hueco de cada peña. Hasta que comenzó a caer la tarde. El sol se hundía en horizonte lejano y un silencio enorme se adueñó de todos aquellos campos. Decidieron volver al cortijo y, mientras regresaban, el joven refunfuñaba lleno de rabia:

- No puedo consentirlo. Nunca nadie, en el tiempo que tengo de vida, se ha reído de mí como lo está haciendo este bicho sin corazón. El día que lo tenga entre mis manos me lo voy a comer con piel y todo.

 

               Oscureciendo, por la orilla del río, avanzaba el amante de las montañas. Cargado con su morral y recreándose en la música que el agua de la corriente le regalaba. Y se acercó a la cueva. Descolgó su zurrón, desdobló la tela que le iba a servir como tienda y se preparó para montarla. Pero, todavía no había terminado de oscurecer ni él de montar su tienda, cuando oyó un quejido. Como un lamento humano que venía de la curva del río, un poco más abajo. Cogió su espada, avanzó por entre los juncos, mirando y escuchando atento y de nuevo oyó los lastimeros quejidos. Se acercó, procurando no hacer mucho ruido y de pronto lo vio. Estaba tendido muy cerca de la corriente del río, un poco oculto entre las raíces de un viejo fresno. Agudizó la vista un poco más y vio que, un hilillo de sangre, manaba y levemente teñía las claras aguas de la corriente del río. Dijo, como si lo conociera de toda su vida o como si lo considerara su mejor amigo:

- Ya veo que te han herido. No tengas miedo. Otra vez estoy yo aquí para ayudarte. Ahora mismo lavo tus heridas porque quiero que sigas viviendo.

Se agachó, lo acarició con sus manos, lo puso luego sobre sus brazos y, poco a poco, se lo fue llevando hacia la cueva. Y lo primero que hizo, cuando ya lo había recostado junto a una de las rocas en la cueva, fue darle un poco de alimento. Luego lavó sus heridas y allí mismo, casi pegado a su cuerpo, tendió su saco de dormir y preparó la cama. Le dijo de nuevo:

- Para que no te sientas solo ni esta noche tengas miedo. Y no te preocupes que ya verás como te curas. Tienes que seguir viviendo.

 

               Y la noche transcurrió serena. Solo perturbada por rumor de la corriente del río, el ulular de algún cárabo y el palpitar del corazón del amigo. Pero, al llegar el nuevo día, nada más amanecer, se oyeron ladridos de perros. Luego se oyeron voces humanas y al poco, desde el otro lado del río y la alta peña bermeja, se oyó un potente grito:

- ¡Maldito felino! Acabaré contigo aunque te escondas bajo tierra.

Nadie ni nada respondieron a estas voces. Se hizo el silencio y, al poco, de nuevo se oyó la voz del joven príncipe, dueño del blanco cortijo:

- Solo eres un salvaje sin corazón. No podrás conmigo.

Y, en esta ocasión, el acantilado de la curva del río, devolvió un potente eco: “Solo eres un salvaje sin corazón. No podrás conmigo”.

 

LA MARIPOSA

 

Los mediocres en inteligencia y valores humanos, siempre intentan destruir a los que son más sabios y buenos que ellos.

 

               La hermana mayor, ya estaba para cumplir los dieciséis años, lo quería mucho. No sabía ella si como amigo o porque en el fondo estaba algo enamorado de él. Por eso, aquella hermosa mañana del mes de agosto, le dijo a la hermana pequeña:

- Le obligan a que se vaya de su casa, de este barrio y de Granada y esto me entristece mucho. Pienso que lo estará pasando mal y por eso se me ha ocurrido algo.

Y la hermana pequeña, aun todavía no había cumplido los diez años, le preguntó:

- ¿Qué es lo que se te ha ocurrido?

- Hablar con la dueña de la casa del jardín con fuentes y cipreses y decirle a él que venga ahí y se encuentre con nosotros.

- ¿Y eso para qué?

- Para estar con él un rato largo antes de que se vaya y que nos cuente cosas. Podemos, de este modo, consolarlo y darle ánimo al tiempo que disfrutamos de su compañía

 

               Estuvo de acuerdo la hermana pequeña y en aquel mismo instante, fueron a la casa del jardín con fuentes y cipreses. La majestuosa casa casi palacio, alzada en las laderas bajas del Albaicín y besada en todo momento por el sol y las nieves de Sierra Nevada. Y como la dueña de este bonito palacio era muy amiga de las dos hermanas, en cuanto supo lo que pretendían, les dijo:

- El jardín de mi casa, sus fuentes, árboles y sombras, podéis disfrutarlo como si fuera vuestro.

Y la hermana mayor comentó de nuevo:

- Es que nos da pena que se tenga que marchar de esta manera siendo tan buena persona y amigo nuestro. Queremos aprovechar este encuentro para decirle algo muy importante y, al mismo tiempo, pedirle que nos enseñe por qué de aquí lo destierran.

Y la mujer dueña del palacio, simplemente dijo:

- ¡Lo entiendo!

 

               Se lo dijeron a su amigo y a la mañana siguiente, en compañía de la dueña del palacio, los tres se encontraron en el mismo centro del jardín. Justo al lado de la fuente de mármol que derramaba sus aguas en una pequeña alberca. Le preguntó la hermana mayor:

- ¿Y qué es lo que has hecho para que los importantes de la Alhambra se enfaden tanto contigo?

- Tienen miedo que un día se hagan realidad las cosas que sueño.

- ¿Y qué cosas son esas?

Con mucho interés, la dueña del palacio y la hermana pequeña, observaban y esperaban con impaciencia a que el joven respondiera a la pregunta que la hermana mayor le había hecho. Y el joven dijo:

               - Siguiendo el curso del río Darro, a no mucha distancia de aquí, hay un pequeño bosque muy curioso. Son encinas no muy grandes, de troncos y ramas retorcidas y añosas. Hace tiempo iba yo por allí y por entre los árboles de este curioso bosque, vi zigzaguear a una bonita mariposa, color verde, oro y negra y con pequeños rabos al final de sus alas. La observé durante un rato y enseguida imaginé lo bonito que sería poder volar como esta mariposa, remontando a las copas de los árboles, coronar la gran colina de la Alhambra e incluso, surcar el aire por encima de las altas torres de estos palacios. Pensé hacerme amigo de esta original mariposa y después de observarla y darle confianza, se vino a mi lado, revoloteando de acá para allá y como interesada en mí. Al poco me vine de este lugar de las encinas.

 

               Pero cual nos ería mi sorpresa cuando al día siguiente me encontré a esta mariposa revoloteando por entre las ramas del granado que crece en huerto que mi padre tiene junto al río. La llamé, jugué con ella, le pedí que alzara vuelo hacia la Alhambra y al verla surcar el aire tan llena de elegancia y libre, me imaginé agarrado a su cuerpo, observando todos estos lugares desde las alturas y casi dueño de la tierra. Y me puse a soñar un sueño que quizá nunca se haga realidad pero que me pareció grandioso, lleno de emoción y bello. Alguien en la Alhambra se enteró de estos juegos míos con la mariposa y las fantasías que se me ocurrían y un día llegó a mi casa un enviado del rey que me dijo:

- Por expreso deseo de su majestad, debes presentarte mañana mismo a primera hora en los palacios de la Alhambra.

- ¿Para qué es necesario que haga esto?

- Ya te lo dirán cuando estés allí.

 

               A primera hora, al día siguiente, me presenté en los palacios de la Alhambra y me recibieron unos señores muy serios, decían que sabios y muy cultos. Me dijeron:

- Hemos oído hablar mucho de ti, de tu amiga mariposa y sabemos que sueñas cosas estrambóticas. No es posible que un día sobrevueles las torres de la Alhambra pero como esto sería muy peligroso para nosotros por el gran poder que tendrías sobre todo estos lugares, queremos hacerte una prueba.

- ¿Qué clase de prueba?

- Te mostraremos algunos problemas complejos de matemáticas a ver si eres capaz de resolverlos.

- Pues lo que ustedes quieran, señores.

 

               Me mostraron los problemas, me dieron papel y pluma para escribir, me puse a estudiarlos y al rato ya los tenía resueltos. Se los entregué, los miraron muy despacio y entre sí oí que comentaban: “Su sabiduría es mucho mayor que la nuestra. Este joven cualquier día es capaz de inventar algo extraño que no está al alcance nuestro y crear un peligro real para la vida del rey y la estabilidad del reino”. Después de estos rumores entre ellos, uno se aproximó a mí y me dijo:

- Lo sentimos pero eres un muchacho muy peligroso. Por ahora, vamos a dejarte libre pero serás desterrado de tu barrio y de Granada.

Detuvo en este punto su narración el joven y al notar que tanto la hermana mayor como la pequeña y dueña del palacio lo miraban como esperando un punto y final, de nuevo habló y dijo:

- Mañana mismo tengo que irme de aquí y en este momento, puedo enseñaros algo.

- ¿Qué es?

Preguntó enseguida la hermana pequeña.

 

               Con un silbido en forma de suave viento, el joven llamó a la mariposa. Surcando el aire apareció desde las aguas del río Darro, revoloteó por encima de ellos y luego se posó en las ramas de un rosal cerca de la fuente. Comentó el joven:

- Yo ahora puedo ordenar a esta mariposa que alce vuelo y que se eleve y eleve hasta coronar las torres de la Alhambra. Y vosotras, si cerráis los ojos y os agarráis a las alas de esta mariposa, podréis veros surcando el aire y observarlo todo de esas alturas. Parece un sueño fantástico pero no imposible y por eso sé que viviréis una experiencia maravillosa y única.

La hermana menor, viéndose ya dentro de este sueño y viviendo la emoción, dijo:

- En este viaje, yo quiero ir cogida de tu mano. Y luego, cuando nos cansemos de verlo todo desde allá arriba, volvemos otra vez a este patio, junto a este jardín para compartir la aventura con esta amiga nuestra.

 

               Al día siguiente por la mañana, el joven salió de su casa escoltado por militares, recorrió las calles del barrio y unas horas después, se alejaban por las llanuras en la dirección en que se pone el sol. Acompañando el cortejo, de vez en cuando se veía a la mariposa revoloteando por el aire. La hermana mayor, abrazada a la mujer dueña del palacio del jardín con fuentes, lloraba por él mientras lo perdía de vista. Cuando aquella noche dormía, Soñó con su amigo y en un momento de este sueño, se vio a sí misma, al joven amigo y a la hermana pequeña, agarrados al lomo de la mariposa y surcando el aire por encima de las torres de la Alhambra. Al descubrirlos el rey atravesando los cielos por encima de sus palacios, asustado dijo:

- Hay que acabar con esta fantasía porque supone una gran amenaza.

Pero como sucedía en sueño, ni el rey ni sus súbditos pudieron hacerle daño.

 

               Desde aquel día y hasta hoy, de vez en cuando y muchas personas, dicen que tienen sueños parecidos a éste. Que se ven surcando los aires con la libertad y elegancia de una mariposa y ni los reyes más poderosos de la tierra ni absolutamente nadie pueden hacer nada para evitarlo.   

 

LA MONTAÑA DEL SOL

 

               Aquella mañana del mes de agosto, se abría muy luminosa. Serena por completo, con el cielo teñido de azul intenso y con muchos cantos de chicharras a lo largo y ancho de la gran ladera y del valle. Desde su pequeña habitación, en la casita de piedra y casi colgada en la roca de la montaña, ella observaba los paisajes. En silencio y como transformada por la gran belleza que los paisajes reflejaban. Preguntó a la madre que en aquellos momentos se movía de acá para allá por la casa:

- ¿Qué podría hacer yo para sujetar en el tiempo y conservar para siempre los colores y la luz que ahora mismo irradian estos lugares?

Y la madre, muy sorprendida por la pregunta que la niña le hacía, respondió:

- Si fueras artista y supieras pintar cuadros, podrías dibujar lo que me estás diciendo.

- ¿Y qué hay que hacer para ser artista?

- Creo que lo que tú haces ahora: contemplar las cosas, dejar que el corazón se llene de la luz y belleza que manan de estas cosas y saborearlas lentamente dentro.

 

               No preguntó nada más en aquel momento a la madre. Siguió mirando por la ventana y vio al padre que, con su pequeño rebaño de ovejas, descendía por las veredas hacia el valle. Y comprobó que precisamente esto, aumentaba aun más la asombrosa belleza que la mañana esparcía por los paisajes. Una de las ovejas que iba en el rebaño que guiaba el padre, se apartó de la manada. Desde la distancia ella lo distinguió y por eso, enseguida comprobó que era con la que más continuamente jugaba. Sabía que estaba preñada, ya casi a punto de parir. Dijo de nuevo a la madre:

- Voy corriendo en busca de la oveja mansa para que ni se pierda ni se despeñe por la ladera. Creo que se encuentra en peligro y, como es mi amiga, debo ayudarle.

 

               Rápida salió de la casita de piedra, surcó la inclinada ladera por el lado del sol de la mañana y, en lugar de irse derecha a la oveja que se había separado del rebaño, coronó por entre las rocas hacia lo más alto. Caminó como por una estrecha trinchera justo en todo lo alto de la cumbre, con la intención de asomarse al precipicio para ver por qué parte de la ladera se movía la oveja mansa. En ese momento, el sol brillaba en la mitad el cielo de la mañana y derramaba su mejor luz justo sobre la alta cumbre que la joven coronaba. Por eso, desde la casa, la madre la descubrió y algo en su corazón tembló. Quiso llamarla para pedirle que tuviera cuidado pero sabía que no podía oírla por la gran distancia.

 

               Cuando ya la niña terminó de coronar al filo de la roca comienzo del gran precipicio, se asomó un poco más mientras se decía: “Si desde aquí descubro a la oveja mansa que está de parto, llamo a mi padre y le dijo que suba a recogerla”. Pero no le dio tiempo ni a encontrar a la oveja mansa ni al llamar al padre. Su pequeño cuerpo al borde del acantilado, perdió el equilibrio y desde lo más alto, salió volando. Como una mariposa recién venida al mundo. Desde la casa de piedra la madre la vio cayendo al vacío y luego la vio rebotar en las rocas de la ladera y saltando por encima de los árboles. La oveja mansa, al sentir los gritos y verla rodar, se asustó y corrió hacia el rebaño, en el fondo del valle. Detrás de ella trotaba un corderilla muy blanco, aun casi sin fuerzas y por completo desorientado.

 

               Corrió la madre hacia el fondo del valle llamando al padre y llamando a la hija. Cuando llegó por donde el rebaño pastaba y la hierba se extendía en grandes alfombras verdes, se encontró al padre con la niña entre los brazos, mirando a la montaña por donde en esos momentos el sol iluminaba con unos colores y fuerza como nunca se ha visto por aquí. Y desde aquel momento, a lo largo de muchos, muchos años hasta el día de hoy, a esta cumbre siempre se le ha conocido con el nombre de “La Montaña del Sol”.

 

               Por completo impresionado por el relato que el pastor le había contado, el científico preguntó:

- ¿Y qué fue de aquella niña?

- En el rincón más bonito de aquel valle y que se veía claramente desde la ventana de la casa de piedra, los padres la enterraron. Y por todos aquellos contornos, corrió la noticia como la pólvora. Muchas personas, la lloraron en silencio y hasta la soñaban por las noches. Cuando yo conocí esta historia, me impactó tanto, que desde aquel día tengo como estampada en mi pensamiento, la pequeña casita de piedra, el valle con sus ovejas, la alta cumbre rocosa y la imagen de la niña asomada al voladero, besada por el sol y aquel día, tan triste y bello.

 

                 Mientras el pastor había ido desgranando este relato, su acompañante el científico, no dejaba de observar la gran montaña que al levante se alzaba. Sobre la cumbre, el sol se reflejaba casi con la misma fuerza y luz que el pastor había descrito en su narración. Movido por la curiosidad, de nuevo preguntó al pastor:

- Claro que es triste y bella la historia que me acabas de contar pero nada me has dicho de estos grandes bloques de piedra que hay aquí, frente a las ruinas del que fue el Molino del Avellano. ¿Qué conexión tienen estas piedras con la pequeña de la Montaña del sol?

- Tienen una gran conexión y también es triste y bella. Voy a contársela yo a usted para que lo sepa.

 

               Donde dieron sepultura a la niña, en el rincón más bello del valle de las lagunas azules, el padre quiso hacer algo especial. Le dijo a la mujer: “Para que nuestra querida hija esté siempre presente por aquí, aunque el tiempo avance”. Y lo primero que hizo fue sembrar tres árboles: un ciprés, un granado y una morera que a la primavera siguiente brotó con mucha fuerza. En solo unos años, crecieron mucho estos tres árboles y aunque los vientos lo azotaban con fuerza y las nieves del invierno los cubrían, los árboles resistían firmes, verdes y muy fuertes. Especialmente la morera que se cubría de grandes hojas verdes en primavera y verano y derramaba su sombra sobre la tierra donde dormía la mariposa del valle. A este árbol y al granado, en primavera acudían muchos pájaros en busca de los frutos que de las ramas colgaban y esto, llenaba el aire de una música especial en el centro del hondo silencio del valle.

 

               Mientras tanto, ayudado por algunos amigos suyos, con cinceles y martillos el padre cortaba pequeños y grandes bloques de las rocas en la cumbre de la montaña. Abrió cimientos cerca de la tumba de la niña y comenzó a colocar los bloques de piedra tallados hasta levantar una pequeña construcción. Decía él que un oratorio para refugiarse en las noches frías del invierno y en los calurosos días del verano y estar de este modo cerca de donde dormía su niña y rezar al cielo por ella. Le comentaba a la esposa: “Ahora no podemos oír su voz ni ver su cara ni observar el brillo de sus ojos cuando contemplaba los paisajes pero eso no quita que la tengamos en nuestros corazones y elevemos oraciones por ella al cielo. Para que allí en su paraíso, Dios nos la guarde y nos la entregue el día que a ese lugar lleguemos”.

 

               La pequeña pero bonita construcción de bloques de piedras talladas, se alzó robusta y muy hermosa. Junto a los tres árboles y la tumba de la niña y frente a la alta cumbre y el sol de la mañana, con el fondo de Sierra Nevada algo más lejos. Pasó el tiempo y los padres de aquella niña murieron, se desmoronó casi por completo la casita de piedra en la ladera de la montaña pero los tres árboles no se secaban. En las azules aguas de una pequeña laguna, se reflejaban al salir el sol cada día y al atardecer en verano.

 

               Un día, algunos de los arquitectos que por aquellos tiempos trabajaban en la construcción la Alhambra y a las órdenes de los reyes, vinieron por estos lugares, recorrieron la Montaña del Sol y al llegar al valle de la tumba de la niña, se fijaron en la construcción de piedras talladas que el padre había regalado a su niña. Uno de los arquitectos, al ver los magníficos bloques de piedra y tan primorosamente trabajados, dijo:

- Estas piezas son las que necesitamos para la construcción que en la Alhambra estamos levantando. Que se den las órdenes pertinentes y que parte de estas piedras sean llevadas hasta aquellos palacios.

Al día siguiente, derribaron la pequeña construcción y acto seguido, se llevaron las mejores piedras, algunas pequeñas y otras no tanto. Tres de aquellos bloques, los más grandes, rectangulares y que el padre había puesto muy cerca de la tumba de su niña, los dejaron por el lugar esparcidos, no lejos de la azul laguna y del espacio donde dormía el ángel.

 

               Al enterarse los dueños de este molino del Avellano y otras familias amigas, de lo ocurrido en la construcción del oratorio del valle, se enfadaron mucho. El dueño del molino dijo:

- Tenemos que hacer algo para que no se pierda por completo el recuerdo de aquella hermosa niña y los momentos de amor que para ella tuvo el padre.

Y los vecinos dijeron:

- Estamos a tu disposición para ayudarte en lo que necesites y nosotros podamos.

Al día siguiente subieron al valle, prepararon los grandes bloques de piedras talladas, con bestias y palos los arrastraron y después de mucho esfuerzo y bastantes días, lograron traerlos hasta este lugar. Y aquí, no lejos del molino y cerca de este arroyuelo y entre estos olivos, los colocaron diciendo:

- Para que todo el que venga por estos lugares, pueda sentarse en estos bloques de rocas casi sagrados. Y para que, si también quiere y su corazón se lo pide, desde aquí observe la cumbre del la Montaña del Sol y en silencio rece una oración por aquella niña y por los padres que tanto amor le dieron.

 

               Y el científico, al concluir el pastor esta narración, dio unos pasos, se acercó al primer bloque de piedra, justo al lado del olivo más viejo, se sentó frente a la alta montaña de rocas y en silencio, miró conteniendo el aliento. A su lado se sentó el pastor y muy quedamente le dijo:

- ¿Y sabe usted, señor? Cuando yo de pequeño recorría estos lugares con la bonita perra de agua de la que ya le he hablado, en más de una ocasión, al pasar por aquel valle de las alfombras de hierba y los pequeños lagos azules, me sentía muy atraído por el lugar donde estuvo la construcción de los bloques de piedra y crecían los tres árboles. Todavía siguen allí clavados en la tierra, como guardianes de aquella niña y reflejo de las oraciones que el padre elevó por ella al cielo. En más de una ocasión, en mis visitas a ese valle, procuraba que la noche se me echara encima y sin miedo ninguno, al lado de algunas rocas que por allí aun hay y no lejos de los árboles, me recostaba para pasar la noche. Y se lo aseguro: siempre esas noches y el sueño que en ese rincón he disfrutado, han sido para mí la experiencia más dulce, relajada y placentera que he vivido a lo largo de los días que tengo.

 

               El rumor del aire al pasar por entre las hojas de la vieja morera, el aroma de la hierba fresca por toda aquel valle, las azules aguas de las pequeñas lagunas y la luna reflejada en ellas, el canto de los grillos y el hondo silencio de esos hermosísimo paisajes, no tienen comparación con nada en este suelo. Ni siquiera los maravillosos palacios de la Alhambra, sus jardines y fuentes, superan en belleza y eternidad a estos lugares. Por eso, cuando usted quiera y si tiene tiempo, un día vamos a este valle para quedarnos a dormir y así comprobar si es cierto o no lo que le estoy diciendo.

Dejó de hablar el pastor. El científico seguía en silencio escuchando sin dejar de mirar a la lejana cumbre de las rocas y el sol. Y el pastor, para sí y en su corazón susurró: “Dios, dueño de todo el Universo, permíteme que un día yo también y en el paraíso que para muchos nos tienes reservado, me encuentre con los padres de aquella niña y con ella misma. Será un gozo inmenso y con nada comparable, poder jugar y correr con ella por los bellos paisajes que desde su casita de piedra, contemplaba en las mañanas de luces purísimas y cielos azules”.

 

EL PADRE

 

               Los amigos, con frecuencia le preguntaban:

- No entendemos por qué das a tus hijos el trato que vemos.

- Pues yo sí lo tengo claro y por eso me comporto así con ellos.

- ¿Pero qué pretendes tratándolos con tanto respeto y concediéndoles casi siempre lo que te piden?

- Hacer de ellos hombres buenos que tengan siempre como principios el respeto para con los demás y lo que les rodean porque pienso que es el camino de la felicidad verdadera.

- ¿Entonces, según tú, el mundo y las personas nos transformamos y avanzamos correctamente hacia la perfección, practicando el respeto y la libertad y no con odio, luchas y guerras?

- Lo que estáis diciendo es exactamente lo que pienso.

 

               Y los amigos, como no acababan de entender la filosofía del padre con sus hijos y las personas que le rodeaban, lo dejaban tranquilo pero no se quedaban convencidos. Los dos hijos, ya eran mayores, casi hombres porque estaban a punto  de cumplir los quince y dieciséis años. La madre los quería mucho y nunca discutía ni con ellos ni con el padre, porque en su corazón intuía que era muy acertado el modo en que el padre trataba a los jóvenes. Trabajaba el padre en un pequeño taller de artesanía en la Medina de la Alhambra y tenía su humilde casa, en este bonito barrio, rodeado por la gran muralla. Los reyes de la Alhambra, los príncipes y las princesas, mostraban un gran respeto por este sencillo hombre artesano porque también se daban cuenta que era bueno y pacífico, más que ninguna persona en Granada.

 

               Y aquella bonita mañana de primavera, tanto los amigos como los vecinos y otras personas, vieron con sus propios ojos, una noble acción de este padre bueno. Los jardines de la Alhambra se habían llenado de flores y también los pequeños arriates de las casas en la Medina. En la casa del artesano, la madre preparó las cosas para celebrar una pequeña fiesta, con motivo del cumpleaños de uno de los hijos. Puso flores en todos los lugares de la casa y preparó algunos alimentos buenos. Invitaron los hijos a sus amigos y también a los niños vecinos. Estos fueron los primeros en llegar y, entre ellos, una pequeña que considerada casi de la familia. Era por esto muy respetada y querida por los dos hermanos. Y como ella también los quería mucho, en cuanto llegó a la casa, le ofreció a los dos un gran ramo de flores recién cortadas. La madre se lo agradeció y enseguida le pidió a la niña que entrara y se acomodara y fuera cogiendo lo que más le gustara de las cosas que había preparado la madre.

 

               Tres de los amigos del padre, ya estaban allí presentes y su intenciones eran observar el comportamiento de la familia para con los hijos y los invitados. Y especialmente les interesaba observar de qué modo se comportaba el padre con los hijos. Porque no acaban de convencerse que su modo de comportarse, fuera sincera. Y al poco de llegar a la casa, estos hombres vieron como el padre se acercó a los hijos y les preguntó:

- Como regalo en este día tan importante ¿queréis para vosotros todas las monedas que he ganado a lo largo del mes?

Al oír esto, los hombres amigos del padre, se llevaron las manos a la cabeza. Entre sí comentaron:

- No es correcto que un padre se comporte así con sus hijos.

- Desde luego que no lo es.

Y en este momento oyeron que los hijos dijeron al padre:

- Padre, el premio que nos ofreces es muy bueno pero nosotros no queremos tanto dinero.

- ¿Cuánto queréis, entonces?

- Solo algunos centavos para guardarlos y emplearlos luego en cosas buenas para nuestros amigos.

 

               Al oír y ver esto, los hombres amigos del padre, se acercaron a éste y le preguntaron:

- ¿Pero cómo es posible que le ofrezcas a tus hijos todo lo que has ganado en un mes?

- Siendo generoso con ellos y ayudándoles a que sean libres y se sientan respetados y buenos, es como creo que el día de mañana serán hombres de paz y contribuirán a mejorar al mundo y a las personas. Haciendo felices a los demás y ofreciéndoles sonrisas, es la mejor forma de realizarnos. Porque no es por el odio, la lucha y la violencia por donde el mundo y las personas llegarán un día al gozo pleno y a la armonía sino por el respeto, la bondad y el amor.

 

               Y los amigos del padre, aquel día se marcharon de la fiesta y cuando iban por las calles, decían a los que se encontraban:

- Definitivamente este hombre artesano y padre de estos jóvenes o es un romántico o no está bien de la cabeza. Porque el mundo se transforma con luchas, guerras y sangre y no del modo en que él lo sueña.

 

 

¡QUÉ RICO CUANDO PASA EL VIENTO!

 

               A los pies de la Alhambra, cada día ocurren mil pequeñas historias que nunca nadie conoce y quedan para siempre ignoradas. Justo por donde cada tarde pasean los turistas y corren las aguas del río Darro. Y son tan hermosas algunas de estas historias que, deverían ser recogidas para que para siempre queden, con la importancia que merecen, como tantas otras de batallas, reyes, príncipes y princesas en tiempos lejanos.

 

                  Hoy, en este breve relato, voy a reflejar solo un trozo de un bonito acontecimiento, acontecido solo hace unos días. Justo a finales del caluroso mes de agosto, en la tarde que con más fuerza calentaba el sol y rabiosas las chicharras cantaban. Por la calle Acera de San Idelfonso bajaba él, hacia Puerta Elvira, con la intención de recorrer luego toda la Carrera del Darro hasta el Puente del Aljibillo. Porque era por aquí donde, desde hacía mucho tiempo, con frecuencia se sentaba a tomar el fresco y a ver a la gente caminar. Al pasar a la altura de la iglesia de San Idelfonso, donde se abre la plaza y hay un pequeño parque infantil, la vio meciéndose en uno de los columpios. Y como el calor era tanto y la calle y plaza se encontraba por completo desiertas, al verla se dijo: “Es el quinto día que a estas horas de la tarde, cuando más aprieta el calor, me la encuentro aquí meciéndose en este columpio de hierro. ¿Quién será y qué placer encontrará en esto para que sola y con este bochorno, se venga a los columpios a pasar el tiempo?” La observó de reojo y vio que era joven, con el pelo suelto y ondeado por el viento al ir y venir en el columpio. Tenía vestido corto, gafas pequeñas y blancas y cara dulce pero matizada con ciertas pinceladas de tristeza.

 

               Siguió su paseo y a la tarde siguiente, la más calurosa de todo el mes de agosto, al pasar cerca de los columpios, no la vio. Recorrió toda la calle Elvira, atravesó Plaza Nueva, avanzó por el bonito paseo de la Carrera del Darro, a estas horas y esta tarde casi solitario y despacio siguió hacia el puente donde cada día se sentaba. Al llegar el Puente Espinosa, casi a la Altura del Bañuelo, se paró un momento para observar el río. Por aquí viven los gatos que ahora nadie alimentan. Hasta el año pasado, cada tarde una mujer mayor y extranjera, sí le traía bandejas de comida ya preparada y se la echaba al borde del río. Ya no viene por el lugar esta mujer mayor y este verano, los gatos se mueren famélicos, todo el rato esperando mientras duermen al borde de las aguas del río. Al pasar, algunas personas se asoman para verlos, les hacen fotos, comentan algo y luego se van dejándolos ignorados para siempre. Los del lugar, a veces comentan:

- Los gatos del río Darro, ya no son lo que eran ni las personas los aprecian tanto.

Y ni siquiera echan de menos a la mujer mayor que, a lo largo de varios años, les ha traído comida ni se peguntan por qué ya no se le ve por aquí. “¿Se habrá marchado a su país? ¿Habrá enfermado? ¿Se ha cansado o ya no tiene fuerzas ni dinero para comprar comida a los gatos del río Darro?”

 

               En esos momento y mientras se hacía estas reflexiones, vio a la joven de los columpios y el pelo al aire que bajaba por la calle un poco antes del Bañuelo. Por donde el paseo se ensancha, se inclina hacia el Puente Espinosa y a la derecha quedan las ruinas del que fue Puente del Cadí. Caminaba muy resuelta como hacia él, con los brazos alzados y abiertos como si se preparara para dar un gran abrazo. Sonreía y su cara expresaba alegría y mucha belleza. Traía sus gafas puestas, portaba una pequeña mochila en las espaldas y su vestido era corto, de cuadros color negro y blanco. Antes de cruzarse con ella, la miró muy interesado y entonces oyó que dijo:

- ¡Qué rico cuando pasa el viento!

 

               Y era cierto porque, pequeñas ráfagas de viento, se movían calle arriba y era fresco. Sin embargo, el sol caía quemando y las chicharras, en la ladera de la Alhambra y por debajo de las Torres de la Vela y la de Comares, atronaban con sus cantos. Por eso ella, abría sus brazos como en forma de un gran abrazo y dejaba que el fresco vientecillo de la cálida tarde del mes de agosto en Granada,    acariciara su rostro, manos y cuerpo. No la conocía de nada ni tampoco la volvió a ver nunca más pero su joven y bella figura, paseándose en los columpios del parque y luego con los brazos abiertos por la carrera del Darro, desde aquellos días, no la ha olvidado.   

 

LO MÁS BELLO DEL MUNDO

 

               Por todos sitios, oía a las personas decir:

- La Alhambra, es lo más bello del mundo.

Y como no tenía claro que esto fuera así, recorría los rincones de esta colina, leía libros, se interesaba en las opiniones de las personas cultas y no se convencía de que la Alhambra fuera lo más bello del mundo. Por eso, a escondidas y para sí, se preguntaba: “¿Será que yo no tengo la capacidad de ver la belleza que tantas y tantas personas sí encuentran en la Alhambra? Porque puede que sea yo el equivocado y no los miles de personas que visitan estos recintos y los cientos de libros que sobre estos lugares se han escrito, ensalzando su majestuosidad y belleza”.

 

               Pero sin poderlo remediar, cuando con los amigos hablaba o recorría los lugares de la colina sembrada de torres y murallas, les decía:

- Que la Alhambra no es lo más bello del mundo.

- ¿Y en qué te basas para afirmar eso?

- Porque con mis propios ojos, cada día lo estoy viendo.

- ¿Qué es lo que ves cada día que nosotros no vemos?

- Una vez y otra, recorro pacientemente todos los rincones de esta colina, miro las plantas que ahí crecen, observo las acequias de aguas claras y las fuentes, me fijo en las murallas y torres que por aquí jalonan y se elevan, recorro las salas de los palacios, las columnas de los patios y me detengo en los colores de sus techos y en el blanco de los mármoles y, al final, nada de lo que por aquí encuentro me hace creer que este lugar sea el más bello del mundo.

- Pero entonces, según tú ¿qué puede haber en el mundo que sea más bello que la Alhambra?

- Por mi parte, lo tengo muy claro y cuando queráis os lo enseño.

 

               Y un día, un grupo de amigos muy críticos con su forma de ser y pensar, le dijeron:

- Queremos que nos enseñes lo que dices es más bello que la Alhambra. ¿Dónde está eso y cuándo lo vemos?

- No está lejos estos lugares y puedo mostrároslo mañana mismo.

- De acuerdo, mañana nos vemos.

Y al salir el sol en la mañana del veintidós de agosto de hace unos años, se encontró con los amigos, no lejos de las murallas de la Alhambra, los saludó y les dijo:

- Pongámonos en camino porque hoy hace un día fantástico para que veáis con claridad lo que tanto os tengo dicho.

Se pusieron en camino dirección a Sierra Nevada y, después de cruzar valles, arroyos y ríos, avanzaron por la senda de una gran montaña. Cuando ya iban llegando a lo más alto, les dijo:

- Al coronar este collado, veremos el valle al frente y ahí encontraremos el pórtico de lo que deseo mostraros. Id atentos.

 

               Coronaron al collado y al asomarse, vieron enseguida el valle salpicado de árboles centenarios y bajo ellos y a su sombra, un rebaño de cabras sesteando. Rápidos los amigos preguntaron:

- ¿Esto es maravilloso?

- Tenemos ante nosotros solo el pórtico porque el corazón de lo más bello, comienza del valle para arriba.

Miraron muy interesados los amigos y del valle para arriba, vieron más árboles, gruesos y frondosos clavados por aquí y allá en la ladera. Y al final de todo, vieron la silueta de una pequeña colina y, en todo lo alto, el hombre dueño del rebaño de cabras sentado en una piedra y mirando al frente que era por donde se elevaba Sierra Nevada. Más sorprendidos aun, volvieron a preguntar los amigos:

- ¿Pero qué significa todo esto?

Y mostrándose muy seguro, él les confirmó:

 

               - Desde hace mucho, mucho tiempo, con frecuencia vengo a este lugar. Y muchas veces por aquí me encuentro lo que vosotros veis ahora mismo. Y me asombra y maravilla la tranquilidad y armonía de este valle, los centenarios árboles que lo salpican, el rebaño de cabras durmiendo a la sombra y, sobre todo, me transforma y llena de gozo profundo, la figura de ese hombre ahí en lo más alto sentado, mirando al frente y como rezando.

- ¿Pero qué es lo que hay al otro lado que este hombre observa tan en silencio y concentrado?

- Lo que hay a ese lado es lo que supera en belleza a toda la belleza que vosotros decís hay en la Alhambra. Y la diferencia de esta belleza con aquella, es que toda la Alhambra, murallas y torres, es obra humana y lo que a este amigo mío tanto embelesa, no es obra de humanos y por eso refleja la más fina pureza y está preñado de vida real. Lo más bello del mundo y, por supuesto, infinitamente más grandioso que todo el conjunto de la Alhambra.

 

               Los amigos que le acompañaban, ahora no dijeron nada. Se miraron entre sí, recorrieron con sus miradas todo el valle y laderas y después de un buen rato, sí preguntaron:

- ¿Y podemos subir a esa colina para acercarnos a tu amigo el cabrero y descubrir lo que él está meditando?

- Vamos a subir, nos unimos a la contemplación y oración de mi amigo el cabrero y le preguntamos. Ya veréis vosotros como yo no estoy equivocado.  

 

 

EL MANANTIAL DEL HUERTO

 

               Cuando hablaba con los amigos, algunos le decían:

- Huir de los problemas, como lo haces tú, no es honesto en esta vida.

- ¿Por qué vosotros pensáis eso?

Les preguntaba él.

- Porque los problemas y las dificultades, son inherentes a la naturaleza humana. Hay que criticar a los que nos gobiernan para que se comporten y cambien las cosas. Hay que exigir que los vecinos y compañeros adecuen sus conductas a los modales correctos y hay que pedir que nada ni nadie nos quite nuestros derechos. Los problemas y dificultades, solo son el obstáculo que nos impiden llegar a la parcela de felicidad que cada uno merecemos. Por eso no hay que huir de ellos sino afrontarlos, superarlos y vencerlos.  

- Pero, y si yo consigo alcanzar el trozo de felicitad que nos corresponde, apartando de mí todos los problemas y dificultades ¿qué mal hago con eso?

- No te entendemos.

- Quiero decir que para llegar a la felicidad que cada uno soñamos, un camino concreto también es apartar de nosotros cualquier problema o dificultad que se nos presente. Al final, nadie nunca, consigue ni cambiar el mundo ni a las personas. Y muchos, ahora y en todos los tiempos, actúan, creyendo que sí van a conseguir un mundo nuevo y un humanidad mejor. Y como yo pienso que de lo que se trata es de ser algo feliz y vivir en paz y armonía, veo correcto conseguirlo del modo en que os digo: viviendo en paz conmigo mismo y con los demás, ignorar por completo cualquier problema, soñar y hacer siempre lo práctico e instalarse en la serenidad. Todo, al final, acaba en esto.

Y los amigos callaban porque no entendían sus argumentos.

              

               El manantial, nunca se había secado. Ni siquiera en los inviernos más lluviosos ni en los veranos más calurosos. Nadie sabía de dónde venían las aguas pero todos tenían claro que eran puras, finas, muy buenas para la salud y fértiles para las plantas de los huertos.

 

               Y el manantial, el borbotón de agua que brotaba por el venero, no era muy abundante. Escasamente daba para regar su pequeño trozo de tierra, su huerto y para que de esta agua se surtiera su familia y algunos vecinos próximos a las tierras que cultivaba. Brotaba justo en el tronco de un viejo fresno y, como estaba en la pequeña ladera que subía desde el valle, por su propio pie el agua corría en busca del cauce principia, el río Darro. Pero él, como usaba el agua de este manantial para regar su huerto, a solo unos metros del fresno, había construido una balsa. Algo así como una alberca pero escavada en forma de hoyo en el terreno para sujetar una pequeña cantidad de agua y tenerla disponible en los momentos del riego. La que sobraba, después de llenar la balsa y después de regar las tierras, la dejaba ir ladera abajo para que la aprovecharan otras personas.

 

               Su huerto estaba justo al lado de abajo del fresno del manantial. Por eso el agua, primero desde el venero a la balsa y luego desde la balsa, corría libre y por su propio pie y empapaba cómodamente todas las tierras. Donde el fresno clavaba sus raíces, el terreno ofrecía como una pequeña torrentera. Y justo donde el árbol en verano derramaba su sombra, había como un escalón en el terreno. Por eso a él le gustaba mucho este sitio. Lo miraba y miraba cada vez que por el lugar andaba y con frecuencia se decía: “Podría yo construirme aquí un cómodo asiento para sentarme en mis ratos libres, a la sombra de este fresno, junto a este manantial y frente a la Alhambra”.

 

               Se decía esto porque el lugar era ciertamente bonito. Solitario, muy fresco en verano por la especial sombra que regalaba el árbol y con el rumor del chorrillo de agua siempre presente y también por la presencia de muchos pajarillos. Al fondo, le quedaba el cauce del río y al frente, la umbría y las construcciones del Generalife, un poco a la derecha y sobre la colina, se alzaba la Alhambra, más al fondo se veía Granada y la Vega y al frente pero muy lejos, aparecían las altas cumbres de Sierra Nevada. Por eso, cuando rumiaba la idea de construirse un asiento en la sombra del árbol del manantial, también se decía: “Porque con este manantial de agua clara y buenas, las tierras de mi huerto, la sombra de este árbol y mi asiento frente a la Alhambra, ya tengo más que bastante en esta vida. Una felicidad pequeña, libre de todas esas preocupaciones que a tantos atormentan y nublan las horas y los días. A estas alturas de mi vida, ya tengo bien claro que cuantos menos problemas y preocupaciones por las cosas materiales, más estaré lleno por dentro y más auténtica será mi paz y dicha”.

 

               Y un invierno llovió mucho. Sin parar durante varios meses y luego se presentó la primavera. Salió el sol y los campos se llenaron de verde y mil flores bellas. Desde el fresno de su manantial, se veían las laderas de la Alhambra y Generalife, limpias y con un verdor que encandilaban solo contemplarlas. Por eso aquella mañana de luz muy brillante, con el viento por completo en calma y con el cielo todo azul intenso, se repitió de nuevo: “Ahora mismo me pongo y cavo en esta torrentera y bajo este fresno, el asiento que tantas veces ya me he dicho”. Cogió el azadón, la pala y la espuerta de esparto y, tras observar bien el terreno, eligió el lugar y se puso a tallar el asiento que tantas veces había imaginado. Bajo la sombra del fresno, muy cerca de donde brotaba el manantial y a lado de arriba de las tierras de su huerto.

 

               Cavó entusiasmado durante un buen rato, parándose de vez en cuando para recuperar energías y ver cómo le iba quedando la obra. Hasta que de pronto, se quedó parado. Al dar un golpe con el azadón en el terreno, por el lado del manantial, se vino abajo un trozo de torrentera. Y al deslizarse la tierra, apareció un pequeño agujero algo oscuro y que dejaba al descubierto como una gran cavidad en las entrañas del cerro. Y simultáneamente hasta sus oídos también llegó el rumor de mucha agua. Más que sorprendido se dijo: “Lo que menos había esperado y nunca imaginaría, me lo encuentro aquí. ¿Será esto un lago oculto en el corazón de esta colina y es desde aquí de donde rebosa el agua que brota por el manantial?” continuó dando algunos golpes más en el terreno hasta que el agujero se hizo suficientemente grande como para ver lo que había en la gran caverna. Y como el sol, en esos momentos del día, llegaba y caía con fuerza desde el lado de Sierra Nevada, la luz penetraba dentro y conseguía iluminar los primeros metros de la gruta que estaba descubriendo.

 

               Y cada vez más asombrado, fue observando que lo que antes sus ojos tenía era un gran lago de aguas muy claras y frescas. Y el rumor de agua que se oía dentro de la cavidad, se derramaba en una o varias cascadas que desde las aguas remansadas, caían como hacia el cauce del río pero a mucha profundidad en la montaña. Miró y miró y pensó una y otra vez, buscando descubrir y también intentando acertar con lo que debería hacer. De nuevo se dijo: “Sin duda que esto es un gran tesoro y algo nunca visto aquí en Granada. Pero si dejo este agujero abierto y se lo digo a las personas, quizá vengan por aquí muchos y hagan grandes obras para llevarse esta agua. Y hasta puede que los de la Alhambra, sean los primeros no solo en adueñarse de este gran lago sino también de mis tierras y toda esta ladera y las pequeñas propiedades que muchos tenemos por aquí. Y si esto sucediera, a mí no me gustaría nada porque aparecerán en mi vida los problemas y dificultades y mi pequeña parcela de paz y gozo, de aquí y de mi vida desaparecería. Así que lo mejor que puedo hacer es tapar ahora mismo este agujero, no decírselo a nadie y proceder como si nada hubiera sucedido”.

 

               Al instante se puso, buscó piedras, cal y algo de arena, levantó un pequeño muro sobre la torrentera y en unas horas, tapó el hueco por el que había visto el lago. Luego, al lado de abajo del muro, dio forma a un pequeño asiento y antes de ponerse el sol, todo lo tenía concluido. Se sintió satisfecho y a nadie dijo nada de su hallazgo. Ni aquella noche ni al día siguiente ni nunca. Disfrutó en paz y harmonía, durante bastante tiempo, del asiento que había construido frente a la Alhambra y por encima y cerca de sus tierrecillas. Recogió buenas cosechas de su huerto que compartió con su familia y vecinos y daba gracias al cielo por el sol y el aire que cada día le regalaba. Hasta que un día, bastante años después, el hombre dueño de estas tierrecillas, murió y su familia, vendió el terreno porque el manantial del fresno y el árbol mismo, se secaron. Y el tiempo siguió corriendo hasta el día de hoy.

 

               Nadie supo nunca, ni antes ni ahora, lo del lago subterráneo en las entrañas de la colina del Sacromonte. Pero sí es cierto que muchos han dicho, tiempos atrás y ahora, que la Alhambra, Granada entera y la gran Vega, se asientan sobre un magnífico lago subterráneo de aguas dulces y puras. Aguas que en parte son del lago que aquel hombre descubrió en su fresno y que desde ahí, en cascadas cristalinas por las entrañas del suelo, caen y corren como en un mundo fantástico y misterioso.            

 

               Y claro que yo también ahora y, en más de un momento, después de conocer esta historia, me he preguntado si aquel hombre hizo bien o mal no contando a nadie su hallazgo para evitar tener problemas o dificultades en su vida. ¿Fue sabio y actuó correctamente o estuvo por completo equivocado?

 

 

QUICO Y JOSEFA

 

            A él lo llamaban Quico y a su esposa, Josefa. No tenían hijos y vivían casi a las afueras del barrio del Albaicín. En una pequeña casa, con una parra en la puerta, arriates con muchas flores y una acequia de agua muy clara que corría por entre las plantas de este jardín. Desde la puerta de su casa, se abría una hermosa vista hacia la Alhambra, al frente y al valle del río Darro, en lo hondo. 

 

               Cerca del río Darro, Quico tenía un trozo de tierra que, con su mujer, cultivaban a lo largo de todo el año. Los frutos que de estas tierras sacaban, los usaban para alimentarse, para regalar a los vecinos y para ofrecer, los mejores, a los reyes de la Alhambra. Al lado de arriba de su huertecillo, crecía una muy vieja y frondosa higuera de la cual cogían todos los años muchos, lustrosos y sabrosos higos. Los repartía con un joven, hijo de una familia de pastores por las montañas de Sierra Nevada.

 

               Cuando el joven pasaba por la senda que rozaba las tierras de su huerto, Quico siempre lo saludaba, le ofrecía higos y otros frutos y la mujer le decía:

- En la vida, ya irás descubriendo que las cosas pasan y se desmoronan y las personas se marchan y mueren. Cuando esto suceda, tú nunca te fijes en la desolación que hay sino en la belleza que aún queda.

Y el hombre mayor, de estatura baja, algo grueso, pelo negro y miradas dulces y misteriosas, también con frecuencia le confesaba:

- Como nosotros no tenemos hijos, antes de morir, voy a repartir estas tierras con mis mejores amigos.

- ¿Con qué amigos?

Le preguntaba el joven.

- Con los que siempre me han tratado bien y que sean mayores. Porque me gustaría que un día, todas las personas mayores de este barrio, tuvieran un trocico de tierra para cultivar. Para que de este modo se mantengan activos y fuertes. Tú, como dice mi mujer, cuando ya nosotros no estemos por aquí y las cosas en este huerto mío hayan cambiado, no te fijes en la desolación que hay ni te entristezcas por la ausencia de la personas sino admira la belleza que aún queda.

 

Y el joven, además de sentirse muy alagado y querido por Quico y Josefa, le impresionaba mucho las palabras que pronunciaban. Por eso los admiraba y más aun, cuando una vez y otra, los veía ir y venir de su huerto a la casa o al revés, siempre cogidos de la mano. Se decía: “Parece como si estuvieran tan enamorados el uno del otro, que no pudieran separarse ni un momento. Son buenos de verdad estos amigos y tienen un corazón que rezuma esencia de cielo”. 

 

               Y un día, cuando el joven pasó por el camino dirección al barrio, se dio cuenta que Quico no estaba en sus tierras. Se acercó a la vieja higuera y lo encontró caído en el surco de la acequia. Enseguida se puso a ayudarle, lo rescató del surco, lo recostó bajo la higuera, le lavó las heridas y lo reconfortó con palabras animosas. Pero Quico, solo unos minutos después, murió. Subió el joven corriendo a la casa, le contó a Josefa lo que sucedía y ésta, fue corriendo a donde su marido y lo único que pudo hacer por él fue abrazarlo y llorar amargamente. Unas horas después, ayudada por los vecinos y por el joven, llevaron el cuerpo al cementerio y lo enterraron. Solo tres días después, Josefa enfermó y una tarde al ponerse el sol, murió. Al enterarse de ello el joven de la familia de pastores, acudió al barrio, lloró tanto a Quico como a Josefa y también ayudó a los vecinos en el entierro de su cuerpo.

 

               Regresó luego el joven a su casa en la montaña y unas semanas más tarde, cuando volvió por las tierrecillas del huerto de Quico, se paró bajo la higuera, miró a un lado y otro y por todos los sitios, solo encontraba desolación y tristeza. Pensando en sus amigos, recordó lo que ella siempre le decía: “No te fijes en la desolación que hay sino en la belleza que aún queda”. Y en ese momento, le pareció que tanto Quico como Josefa, seguían vivos por allí, ofreciéndole los mejores higos de su higuera y la más jugosa fruta de su huerto, al tiempo que sonreían y lo animaban con palabras buenas.

 

               Bastantes años después, murieron los pastores padres del joven de las montañas. Envejeció también él y por eso un día, se vino a vivir a una casa cerca del río Darro y frente a la Alhambra. Al caer las tardes, salía a pasear por la orilla del río y al ver las tierras del que había sido el huerto de Quico, le sorprendía lo mucho que por el rincón todo, con el paso del tiempo, había cambiado. La higuera ya no existía, la acequia se había roto, los nuevos dueños de las tierras, habían cortado algunos árboles y otros se habían secado y se veían trozos de paredes rotas y llenas de musgo. Sin embargo él, aunque todo por el lugar le seguía pareciendo desolado y muy triste, siempre recordaba a Quico y a Josefa.

 

               Por encima de donde ahora se encuentra la Fuente del Avellano, a media ladera y en un pequeño rellano, se iba muchas tardes. Desde este lugar, sentado sobre la hierba, mirando al valle del río Darro, a las cuevas por las laderas del Sacromonte, a las blancas casas del Albaicín y a las puestas de sol al fondo de la Vega de Granada, rumiaba sus recuerdos y meditaba. A su manera y muy torpemente, alguna vez escribía versos y, en otros momentos, soñaba con escribir un libro para dejar en él recogido la historia de Quico y Josefa. Con nadie compartía este sueño excepto con el silencio de la ladera, el vientecillo que por aquí se paseaba y el azul purísimo del cielo por donde, en un grandioso paraíso lleno de amor y serenidad, sabía que vivían sus amigos.

 

               Y cada tarde, sentado en esta ladera por entre la vegetación y la hierba, cuando en su meditación le venía a la mente la imágenes de Quico y Josefa, recordaba las sonrisas y el amor que le regalaron cuando fue joven. Y caía entonces en la cuenta que por el lugar y para siempre, permanecían derramando belleza. Como rezando al cielo, se decía: “Aunque la desolación es mucha, la belleza de estos lugares y ellos por aquí, es cierto que permanece”. 

 

               Mucho, mucho tiempo después y cuando ya en la Alhambra no había reyes sino turistas, directores de muchos departamentos, archivos, bibliotecas, talleres y restauradores, una tarde un joven caminaba por donde el Puente del Aljibillo. Llegó a donde su amiga le esperaba y, al saludarla, ésta le dijo:

- Voy a irme con mis amigos a la discoteca. ¿Y tú a dónde vas?

- Yo voy a dar un paseo por el Camino de la Fuente del Avellano y luego voy a sentarme en el balcón que hay en mitad de la ladera.

- ¿Qué hay ahí?

- Aquello es un lugar mágico que con la llegada del otoño, se llena de hierba fresca y espesa vegetación. Y desde allí se ve todo el valle del río Darro cubierto de álamos, higueras, avellanos y otros árboles teñidos de oro y por donde la hierba y vegetación de la ladera, las setas brotan y los madroños maduran. Es un lugar fantástico no solo por la belleza que desde allí se contempla sino por la paz, misterio y trozos de cielo que se palpan. ¿Te animas y te vienes conmigo y te enseño lo que te he dicho?

 

               Y la joven, dirigiéndose a los amigos que en ese momento llegaban para ir a la discoteca, les dio la bolsa de plástico que llevaba en la mano y les dijo:

- Llevaros vosotros esto y luego otro día nos vemos.

Los amigos le preguntaron:

- ¿Es que no vienes con nosotros?

- Este amigo mío me ha invitado a un lugar fantástico y voy a irme con él para conocer eso. Dice que aquello es como un balcón en mitad de la ladera, por encima de la Fuente del Avellano desde donde se ve y siente un mundo mágico. Me voy con él y luego otro día nos vemos y os lo cuento.  

 

LA JOVEN DE LA CUEVA

 

               Desde la Alhambra y, especialmente desde la torre más alta y robusta, se veía su cueva. Casi al borde de las aguas del río Darro, ya al final de la ladera que mira a la umbría del Generalife y algo retirada de las casas del barrio del Albaicín. Y estaba casi aislada su cueva. Solo tres más y pequeñas, se abrían por el lado de arriba, ninguna a su derecha y dos más muy distanciada, a la izquierda y aguas arribas del río. Por eso su cueva ni tenía puerta para cerrar la entrada ni ventanas ni chimenea. Solo un pequeño rellano antes de la oquedad y donde su niña, continuamente jugaba.  

 

                Vivía ella sola, era joven, no estaba casada, sí era madre de una niña preciosa que ya iba a cumplir los siete años y que era su única y verdadera amiga, así como su gran consuelo y gozo profundo en sus momentos de soledad y sufrimientos, que eran muchos. Porque la joven, no tendría más de veintitrés años, no era aceptada por casi nadie en todo el barrio del Albaicín ni en la Alhambra ni en Granada. A sus espaldas y cuando ni los veía ni podía oírlos, muchos la criticaban más o menos de esta manera:

- Nunca se ha visto en el mundo que una mujer tan bella, viva sola en una cueva y que, además de no haberse casado, tenga una niña.

- Desde luego que no es bueno y por eso resulta escandaloso hasta su presencia.

 

               Pero ella, estas cosas nadie se las decía delante ni de frente, sí sabía que era muy rechazada por casi todos los habitantes del barrio que, hasta incluso, deseaban que desapareciera de los lugares de donde vivía. Muchos pensaban esto menos un hombre mayor, viejo pastor en las montañas de Sierra Nevada y ahora en su vejez, refugiado en una pequeña casa en el barrio del Albaicín. Conocía este hombre a la madre soltera de la cueva del río y como en su corazón sí existía ternura para con los marginados y débiles, con frecuencia se acercaba al rincón donde vivía para saludar a la niña, jugar con ella y regalarles algunos alimentos. En invierno, frutos secos y bellotas que guardaba en su casa y buscaba de los bosques, en primavera, moras, cerezas y otros frutos que recogía de su huerto. En verano, brevas, higos y algunas hortalizas que también cultivaba y en otoño, almendras, nueces, avellanas y setas que encontraba en las montañas cercanas.

 

                     Las personas lo veían ir con frecuencia a la cueva de la joven marginada y esto era motivo de más críticas y habladurías. Por eso la joven, cuando el viejo pastor la visitaba para llevarle los alimentos que podía y para compartir con su niña juegos y sonrisas, le confesaba:

- Estoy cansada de tantas críticas de unos y otros. ¿Por qué las personas no se dedican a vivir su vida y dejan en paz a los demás?

Y el hombre mayor siempre le aconsejaba:

- Tú reza, lucha y da la vida por tu hija y entrégale todo el amor que llevas en el corazón. Sed valiente y nunca dañes a nadie ni robes y que los demás digan lo que quieran. Las personas sabias, aunque sean pobres, dicen más callando que los necios cuando hablan sin parar.

 

               Y la joven se admiraba del buen corazón y las bellas palabras que el hombre le regalaba. Tanto se admiraba que cuando estaba sola con su niña, aunque sabía que todavía no la comprendía, una vez y otra la abrazaba y le decía:

- Es más que un padre bueno y que un amigo sincero. Y te digo esto porque si no fuera por él y, sobre todo, el cariño sincero que nos da, ni el más mínimo gozo tendríamos en nuestras vidas. Parece como si fuera un enviado del cielo para guiarnos y acompañarnos por este suelo.

Y la pequeña de su alma, la más bella de las princesas según la madre continuamente le decía, besaba a su reina y sonreía y la miraba de frente. En su pequeña mente y tierno corazón, solo existían sueños maravillosos y la esperanza de que un día sería libre y dueña de lugares muy bellos.

 

                Pero una noche de verano, cuando el calor apretaba y todo era serenidad por el valle del río Darro, laderas del Generalife y Sacromonte, desde el barrio del Albaicín, se oyeron voces que decían:

- ¡Fuego, fuego, fuego!

Rápidos se asomaron algunos vecinos y a lo lejos y por donde la cueva de la madre soltera, vieron las llamas. Dijeron:

- Arde todo lo que por allí hay ellas están en el centro de estas llamaradas.

También en la alta y robusta torre de la Alhambra, se concentraron algunas personas y al ver los resplandores y columnas de humo y llamas, dijeron:

- Ojalá se achicharren en medio de esas llamas y desaparezcan de aquí para siempre. Son indeseables y el peor ejemplo para toda Granada.

 

               Al ver el fuego rodeando a la cueva y hasta y quemándose en la misma puerta algunos palos y ramas secas, el hombre mayor del barrio del Albaicín, salió corriendo por las calles y cuando llegó a la cueva, encontró a la joven entre las cenizas, agonizando y abrazada a su niña mientras le decía:

- Corazón mío, no sufras ni tengas miedo que yo estoy aquí a tu lado.

 De rodillas en suelo, el hombre mayor abrazó a la madre y a la niña y, aunque intentó alejarlas de la lumbre que las achicharraba, lo único que pudo hacer fue abrazarlas aun más fuerte al tiempo que alzaba sus ojos el cielo y llorando suplicaba:

- Dios bueno, llévatelas contigo a tu gran reino y que ahí vivan eternamente junto a ti. La madre se lo merece por lo mucho que ha sufrido en este suelo y el corazón puro y limpio que tenía. Y mi pequeña princesa, sin trajes de seda ni corana ni palacios, porque es un ángel como nunca ha existido ni habrá otro en este mundo.

 

               Y en ese momento, todo el cielo de Granada, sobre las torres de la Alhambra y las montañas de Sierra Nevada, se tiñó de oro viejo, ascuas vivas  y doradas llamas. Como si fuera el primer amanecer de un nuevo tiempo, profundamente misterioso y bello, muy bello.   

 

DULCES EN EL PASEO DE LOS TRISTES

    Universitarios extranjeros en Granada

 

               No era profesor en la universidad ni guía turística ni director de hoteles o monumentos. Ni siquiera tenía muchos estudios pero sí en su alma existía una gran inquietud y respeto por la creación y las personas. A lo largo de toda su vida había mostrado mucho interés por estas cosas y ahora que ya envejecía, más aun se avivaban en su corazón estos sentimientos.

 

               Vivía no lejos del barrio del Albaicín y le gustaba mucho pasear por la Carrera del Darro, Cuesta del Rey Chico y jardines y entorno de la Alhambra. Siempre iba atento a los que con él se cruzaban y mostraba mucho interés, en los turistas, los que ojeaban mapas, miraban a los gatos del río y hacían fotos a las torres y murallas de la Alhambra. Y con frecuencia se decía: “El día que yo tenga dinero, voy a ofrecer cosas muy interesantes a los jóvenes estudiantes que, de otros países extranjeros, acuden a estudiar a la Universidad de Granada. Casi todos ellos aparecen por aquí con el deseo de conocer cosas y personas y vivir experiencias nuevas. Discotecas, bebidas, fiestas y otras cosas parecidas, las tienen en su país y en otras partes del mundo pero lo que a mí me gustaría ofrecerles, ni siquiera nunca lo han soñado”.

 

               Y a lo largo del verano, fue ahorrando algunas monedas. Recortando gastos en las cosas diarias y no comprando nada superfluo. También se fue preparando mentalmente y al comenzar el mes de septiembre, se puso mano a la obra. Habló con un amigo suyo del Albaicín que tenía un horno para cocer pan y que aun calentaba con leña de las montañas. Le pidió que comprara la mejor harina que existiera en el mercado y luego concertó con él día y hora para llevar a cabo lo que tenía planeado. Le dijo:

- Pero antes de nada, tengo que buscar y hablar con los jóvenes que ya te he dicho.    

- ¿Y todos tienen que ser extranjeros?

- Es a ellos a los que yo quiero dar este regalo mío. Y el momento propicio es ahora que van llegando para comenzar el curso.

 

               Se fue una tarde al Paseo de los Tristes y cuando vio a unas jóvenes haciendo fotos y oyó que hablaban en inglés, las saludó y les dijo:

- Dentro de tres días, va a ocurrir algo muy importante, original y bello, en este mismo lugar y frente a la Alhambra.

Muy sorprendidas, una de las muchachas y chapurreando el español, le preguntó:

- ¿Qué es lo que va a ocurrir?

- Vosotras decírselo a todos los jóvenes extranjeros que por estos días llegan a Granada. Quiero que vengáis ese día a este lugar y a la hora que os diré para conocer y vivir una experiencia única.

- ¡Qué interesante! Al menos nosotras vamos a venir. ¿A qué hora es ese acontecimiento?

- A las cinco en punto, dentro de tres días, os espero aquí mismo.

Les volvió a decir y las despidió.

 

               Aquella noche y en los dos día siguientes, trabajó sin parar en el horno de su amigo. Amasó la harina y le añadió levadura y los ingredientes que había preparado, moldeó los dulces, los puso en bandejas que metió luego en el horno calentado con leña y después fue llenando las bonitas cajas que también había encargado a unos amigos. Cuando amaneció el día tercero, ya lo tenía todo preparado. Dijo al amigo dueño del horno:

- Ahora me voy a mi casa para descansar un poco. A primera hora de la tarde, vengo y lo recojo todo.

- Aquí te espero para que las cosas salgan como tienes planeado.

 

               En su casa, también lo preparó todo y después de dormir unas horas, se levantó, aparejó su borriquillo, lo enganchó al viejo pero limpio y perfectamente reparado carro de madera y a primera hora de la tarde se presentó en el horno del amigo. Entre los dos, cargaron las cajas llenas de dulces en el carro y, al poco, subía con su borriquillo y la carga de dulces, por la Carrera del Darro. Le decía al animal: “Sin respingos ni trotes bruscos que la carga que llevamos es delicada como pocas cosas en Granada”. Y marcaba el reloj las cinco de la tarde y él, con su borriquillo y carro de madera cargado de los dulces más exquisitos, se aproximaba a este lugar. Miraba y vio que unos metros antes del Puente del Aljibillo, le esperaban un grupo de jóvenes. Las tres muchachas al verlo comentaron:

- Por ahí viene nuestro amigo. No nos ha fallado.

Y se apresuraron, ellas y los demás jóvenes allí concentrados, a recibirlo. Enseguida le preguntaron:

- ¿Y este borriquillo con su carro de madera y tantas cajas bonitas?

- Todo para daros la bienvenida a Granada, en este lugar tan especial y frente a la Alhambra.

 

               Les pidió a las jóvenes que repartieran las cajas llenas de dulces entre todas las personas que por allí le esperaban y gustosas éstas le hicieron caso. Unos y otros, abrieron las cajas enseguida y al oler y probar los dulces, todos sin tardar dijeron:

- Nunca hemos probado dulces tan buenos como estos ni tampoco nunca pensábamos que en Granada hicieran estas cosas. ¿Por qué lo haces tú y todo gratis?

Y les dijo:

- Lo hago porque vosotros sois el futuro del mundo y creo que la asignatura más importante y primera que debéis aprender, es ser generosos. Proceder siempre en vuestras vidas como si no hubiera fronteras ni lenguas ni razas. Es este el único camino para lograr ese mundo hermoso y sincero que soñáis.

Y las jóvenes le preguntaron:

- ¿Y nos puedes decir la receta de estos dulces tan buenos y originales?

- La receta no es otra que unos gramos de amor, respeto, deseos de hacer el bien a los demás y gusto por lo bello.

 

               Y al oír estas cosas, todos los jóvenes allí concentrados y en ese momento saboreando los originales dulces frente a la Alhambra, acariciados por el vientecillo del río y besados por el brillante sol de la tarde, comentaron:

- Desde luego que la primera clase que recibimos en la Universidad de Granada, es única y con un gran contenido.     

 

LA MALA MADRE

 

               El rey de la Alhambra, se enamoró de una mujer que no era ni princesa ni reina. Una mujer de ojos y pelo negro, de estatura mediana, cara algo redonda y cuerpo muy bello. Era ambiciosa, con apariencia de reina pero con el corazón lleno de egoísmo y muy amantes de las riquezas.

 

               Se quedó un día embarazada esta mujer y el rey, para que en los palacios no se desatara el escándalo, mandó construir una pequeña casa junto al río Darro. Por encima del Puente del Aljibillo, en el lado de las cuevas del Sacromonte, frente a la Alhambra y más o menos a la altura de la Fuente del Avellano. Por eso, en la puerta de esta casa, sembraron jardines, hicieron algunas fuentes y respetaron unos cuantos árboles grandes que por el lugar crecían. El rey le dijo a la mujer:

- Aunque en esta casa del río vivas sola, no te faltará de nada ni tampoco nadie va a molestarte. Y aunque estés lejos de los palacios de la Alhambra y de sus torres y murallas, cada vez que me asome a una de estas ventanas, veré tu casa y me acordaré de ti.

- ¿Y no vendrás a verme nunca?

- Iré a verte cada vez que pueda pero a escondidas para que nadie nos descubra.

- ¿Y cuando nazca nuestro niño o niña?

- Seguirá viviendo en esta casa y cuando tenga la edad necesaria, haré todo lo que pueda para que sea rey o reina en la Alhambra.

 

               Nació su hijo y fue varón. En la solitaria casa del río, la mujer lloró por dos cosas hermosas y tristes a la vez: porque al fin nacía su hijo pero el corazón se le llenó de tristeza porque su niño estaba enfermo. Se lo dijeron los médicos a los pocos días y lo fue comprobando ella según el niño crecía. No hablaba, hacía movimientos extraños con las manos, la cabeza y la boca y no aprendía a comer ni era capaz de andar y jugar como los otros niños de su edad. Dijo un día al rey, el padre del niño:

- Aunque soy su madre, yo no lo quiero porque nunca servirá para rey. ¿Qué hacemos con él?

- Yo le buscaré un sitio para que lo cuiden y donde nadie sepa que es nuestro hijo.

- Pero lo que yo siempre he querido es tener un hijo rey.

- Tendrás otro hijo y otro más, si el segundo es una niña y será rey, como siempre te he prometido y tú sueñas.

 

               Se conformó la mujer y, al día siguiente, el hijo enfermo y ya casi con diez años, fue donado a una familia para que lo cuidara y guardara el secreto. Una familia pobre que vivía por las partes bajas del barrio del Albaicín y que eran buenas personas. A cambio del cuidado del niño, el rey les daba algunas monedas de vez en cuando, frutas y otros alimentos. Y la madre amiga del rey, al poco tiempo, volvió a quedarse embarazada. Dio a luz una niña y en esta ocasión, era una niña muy bella. De nuevo el corazón de la madre se llenó de alegría y más feliz era cada día al comprobar que, según la niña crecía, se parecía más y más a ella. De cara muy dulce, pelo y ojos negros, boca pequeña y sonrisa de princesa. Preguntó al rey:

- ¿Y esta hija nuestra no podrá ser un día reina?

- Podría pero lo mejor sería tener otro hijo a ver si nace un varón.

Y la mujer volvió a quedarse embarazada. Nació su tercer hijo y en esta ocasión también fue una niña. Mucho más pequeña que la primera y, entristecidos, la madre y el rey confesaban que no era bella. No tenía el pelo moreno ni los ojos eran bonitos ni la boca ni cara. Por eso la madre, poco a poco le fue dando menos cariño y, en cambio, sí adoraba y mimaba mucho a la hija mayor. Y cuando estaba a solas con ella, le decía:

- Un día seguro que serás la reina de la Alhambra.

- ¿Y también podré tener un hermano que sea rey?

- Tienes un hermano mayor que tú que nació hace ya tiempo pero que es mongólico. Retrasado mental casi por completo y por eso no podrá ser rey.

- ¿Y dónde vive este hermano mío?

- Algún día, cuando pase el tiempo, te lo diré y lo conocerás.

 

               Y un día, un hombre solitario que era conocido en todo el barrio y en la Alhambra por su fama de bueno y sabio, pasó cerca de la casa de la mujer del río. Vio a las niñas jugando y se paró con ellas. Éstas, enseguida quisieron hacerse amigas del hombre porque intuyeron que era bueno y jugaron con él. También al día siguiente y al otro hasta que una mañana, la hermana mayor dijo al hombre del zurrón, que era el apodo con que todos los conocían:

- Nosotras tenemos un hermano que es mongólico y que nunca hemos visto. ¿Tú sabes algo de él?

- Lo sé todo y también conozco a tu hermano y sé dónde y con quien vive.

- ¿Puedes llevarnos algún día a verlo?

- Sin el permiso de vuestra madre, no.

              

               Aquel mismo día la hermana mayor dijo a la madre:

- Nos ha dicho que puede llevarnos a ver a nuestro hermano mayor y yo quiero. ¿Qué dices tú?

- Que podéis ir y luego me contáis cómo está y qué os parece.

Y a la mañana siguiente, en cuanto el hombre del zurrón apareció, la hermana mayor le dijo que las llevara a ver a su hermano.

- Mi madre ya lo sabe y nos ha dado permiso.

Entusiasmado se mostró el hombre y al poco, se les vio a los tres bajar por las calles y llegar a la casa donde el hermano enfermo. Llamaron a la puerta, donde con la familia el hermano vivía y enseguida abrió una mujer algo mayor. La saludó el hombre del zurrón y le dijo:

- Estas son las hermanas del joven que cuidas tú y vive aquí en tu casa. Nunca en su vida lo han visto y ahora la curiosidad y la ilusión se las comen por dentro. ¿Nos das permiso y nos presentas a este joven?

Durante unos segundos, la mujer mayor miró y observó detenidamente al hombre del zurrón y a las dos hermanas y luego habló y dijo:

- Podéis pasar y esperáis un momento en estos bancos del jardín. Lo llamo enseguida y os lo presento.

 

               En el pequeño jardín que la mujer tenía en su casa del río y barrio del Albaicín, los tres aguardaron la llegada del hermano. Lucía en esos momentos un sol muy brillante que refulgía sobre las torres de la Alhambra al levante y sobre la alta colina. Dijo la hermana mayor al hombre del zurrón:

- Mi madre quiere que un día me case con uno de los príncipes que vive en esos palacios.

- ¿Y tú eres amiga de algunos de esos príncipes?

- No conozco a ninguno pero el día que me caseré, seré amiga de todos y mi madre será reina.

- ¿También tu madre va a casarse con algunos de los reyes que viven en la Alhambra?

- Ella, algunas veces dice que sí y otras veces se lamenta que mi hermano haya nacido mongólico.

Y en estos momentos, el hombre del zurrón y la hermana mayor, guardaron silencio. Frente a ellos y por entre unos rosales en el fondo, se abrió una puerta. Apareció la mujer mayor y detrás de ella, un joven alto, de pelo negro y hombros y espaldas anchas. Caminaba muy sereno y, mostrando cierta timidez, miraba expectante.

 

               Cuando ya estuvo frente a las niñas y el hombre del zurrón, la mujer mayor dijo al joven:

- Esta muchacha dice que es hermana tuya y por eso viene a verte.

Durante unos segundos el joven miró a la niña y luego se dirigió a la mujer mayor diciendo:

- Yo nunca tuve hermanos.

Y al oír estas palabras, ninguno de los presentes supieron qué hacer o decir. Pasado un rato, sí la mujer comentó:

- Nunca viste ni a tus padres ni a tus hermanos pero esta joven afirma lo que ya te he dicho.

Y ahora fue la hermana mayor la que habló aclarando:

- Es cierto, yo y esta niña que me acompaña, somos tus hermanas.

- Mi padre, yo no sé quién es y mi madre, sí es esta mujer que me acompaña. A ti y a esta pequeña que hay a tu lado, no os he visto nunca.

Dijo el joven como enfadado al tiempo que daba media vuelta y, cogiendo la mano a la mujer mayor, se retiraba hacia la puerta por donde momentos antes había aparecido. Pidió disculpas la mujer y, solo unos minutos más tarde, el hombre del zurrón y las niñas salieron de la casa.

 

               Por las calles caminaron de regreso y cuando llegaron a su casa, enseguida contaron a la madre lo que habían visto y oído. Escuchó ella el relato y su corazón se lleno de tristeza. Preguntó al hombre del zurrón:

- ¿Por qué él no quiere ser mi hijo ni tiene por hermanas a estas niñas?

Y el hombre del zurrón, secamente le dijo:

- Tú y el rey de la Alhambra, habéis hecho mal las cosas y el cielo, siempre, siempre, escribe derecho con renglones torcidos.

- ¿Quieres decir que este hijo mío, sano y fuerte como me estáis diciendo, nunca será rey?

- Parece que él no lo quiere porque en el mundo en que vive, es feliz y libre. Quizá intuya que no hay que pedirle más cosas a la vida.

 

               Y cuenta la historia, que el rey de la Alhambra y padre del niño con deficiencias mentales, pocos días después, murió en la guerra cuando luchaba en una batalla. La mujer de la casa del río, enfermó y cada día se sentía más desgraciada y la hija mayor, nunca fue ni princesa ni reina. Se casó con quien nunca había soñado y fue pobre e infeliz. En cambio, el joven que de pequeño había sido abandonado por su madre, siguió cada día más libre, sano y fuerte. Y con la familia de la casa junto al río, era más que feliz con solo pasear por el jardín de la casa donde se había criado, observar a la Alhambra sobre la colina y contemplar las claras aguas del río. De vez en cuando, a la mujer que lo cuidaba y que él llamaba madre, le decía:

- Ser rey o reina, debe ser lo más triste y aburrido del mundo.   

 

PAISAJES DE OTOÑO

 

               Al caer la tarde, se le vio caminando por la vereda del barranco. Solo, en silencio, rumiando en su corazón los recuerdos y como soñando. Al frente, lejos y en la dirección que marcaba sus pasos, se veían las cumbres de Sierra Nevada. Sin nieve alguna porque el verano hacía solo unos días que se había marchado pero sí como gritando al cielo, que es lo que siempre parecen proclamar estas montañas. A sus espaldas y según se alejaba del barrio blanco, se le iba quedando el laberinto de palacios, torres y murallas de la Alhambra. Clavados sobre la llanura de la gran colina y en su silencio de eternidad. De vez en cuando se paraba a respirar, miraba despacio y al descubrir el silencioso y extraño mundo de esta colina, se decía: “Ni siquiera los que en aquellos tiempos por aquí se afanaban en realizar sus sueños, pudieron sujetar la vida para hacer de ella lo que pretendían. Cada otoño las hojas de los árboles caen, las lluvias regresan, el aire se llena de olores a setas y todo parece como ocurriera por primera vez. Como si una robusta ley interna y por completo invisible, marcara su ritmo derecho a un punto concreto, sin importarle nada más en este suelo. Ni siquiera los días pasados ni los que quedan por llegar”.

 

               Cuando terminó de remontar, la pequeña senda, se vino para el borde de los olivos. Miró y a su derecha, vio las cinco o seis cepas de vid, ya con las pámpanas amarillas pero todavía con los racimos de uvas colgando de las ramas negras. Y recordó en ese momento cuando por aquí pasaba años atrás. Era aun muy joven y se ilusionaba cogiendo algunos racimos de estas plantas. Hoy, después de observarlos durante unos minutos, continuó marcando sus pasos sin cortar ni un solo racimo. Con la senda fue descendiendo hacia la cañada y al poco, se encajó en el pequeño huerto de la vega. Miró y vio que aun estaban verdes las tomateras que el dueño de las tierras, por aquí había sembrado. Se acercó un poco más y descubrió un fruto rojo, muy grande y casi redondo que colgaba de las ramas de la planta. Se dijo: “Sin duda que su dueño se sentirá orgulloso de este tomate. Si yo ahora lo corto y me lo como, saciaré un poco el hambre que tengo pero será a costa de un pequeño hurto”.

 

               Rozó con los dedos de las manos el apetitoso fruto, lo miró despacio durante unos segundos más y luego siguió. Al llegar al arroyuelo, comprobó como la senda se dividía en tres más: Derecha, izquierda y al frente. Recordó en ese momento las palabras que, cuando pequeño, más de mil veces le había repetido el padre: “La vida está compuesta de sendas, en todas las direcciones, tamaños y formas. Pero entre todas, siempre hay una que es la verdaderamente valiosa. Reconocerla y seguirla, importa por encima de todo. Tú ten en cuenta, a lo largo de tu vida, siempre esto”. Tomó por la senda que se iba hacia la ladera y al llegar a los granados, si fijó en los frutos que de las ramas colgaban. Muchos, muy grandes y algunas abiertas y apetitosas granadas que se mecían empujadas por el vientecillo que acariciaba. A su derecha, vio los membrillos también ya muy dorados y un poco más arriba y salpicados por la ladera, aparecían los almendros y las nogueras con sus dorados frutos otoñales enganchados en las ramas.

 

               Buscó la piedra que conocía desde hacía muchos años, se sentó en ella mirando para Sierra Nevada y los paisajes que tenía más cerca y recordó el momento de aquel día. Eran aun pequeño, el padre se sentó en esta misma piedra, lo cogió entre sus brazos y piernas y mirando para los paisajes que ahora tenía al frente, le dijo por última vez:

- Hijo mío, son muchas las sendas que a lo largo de tu vida tendrás antes ti para recorrer. Pero una sola de todas estas sendas, será la que de verdad te lleve al sitio que necesitas y donde serás feliz eternamente. Ve siempre con cuidado y antes de ponerte a recorrer cualquier camino que se te presente, escoge el certero, aunque no sea ni el más cómodo ni el más bello.

 

               La tarde caía al fondo de la Vega de Granada, el cielo se iba tornando color ascuas, no hacía frío ninguno ni tampoco calor, a su izquierda y algo lejos, veía ahora la colina de la Alhambra y todo le parecía envuelto en un silencio único, hondo y misterioso. De nuevo se dijo: “El calor de su último abrazo y aquel momento, todavía palpita en mi corazón y más aun en esta tarde de otoño. Por eso, ahora también comprendo que además de escoger la senda buena de las muchas que la vida nos va presentando, también es necesario aprender a ignorarlos. No hacer ni chispa de caso a lo que me digan unos y otros. Al final del todo y, como en este momento, estaré solo y seré yo el único responsable de mis actos”.       

 

 

 

LOS HIGOS CHUMBOS                                     

 

               Hacía ya mucho tiempo que nada sabía de ella. Tanto tiempo que hasta se había borrado de su mente el tono de su voz, la luz de su rostro, el brillo de sus ojos y los reflejos de su pelo. Pero no la olvidaba. Cada vez que iba y venía por las calles de Granada, pensaba en ella. Especialmente cuando recorría la Carrera del Darro, las laderas y caminos de la Fuente del avellano, los jardines de la Alhambra y los olivares y colinas que le rodean. Siempre la veía en cualquier sitio y, sobre todo, en las claras aguas del río Darro, en las florecillas silvestres brotadas por laderas y caminos, en los cantos de las avecillas y en las caricias del viento y puestas de sol al fondo de Granada.

 

Pero donde más la echaba de menos, era por las laderas del Sacromonte y de San Miguel alto. Por eso este año, ya final del verano y a solo unos pasos del otoño, una tarde se fue por estos lugares. Para recorrer las veredas como si la llevara de la mano y para detenerse de vez en cuando, observar la figura de la Alhambra y los bosques de la umbría. Como susurrando e imaginando tenerla a su lado, le decía: “Ahora que el otoño llega, ya verás que tonos más bonitos aparecen por aquellas laderas que caen hacia el río desde el Generalife y desde la Alhambra. Algo que en ninguna otra parte del mundo, encontrarás tú nunca porque el otoño por estos lugares, eleva al cielo, hace soñar y refleja matices que pertenecen al mundo de lo eterno”.  Y a continuación de esta reflexión también se dijo: “Pero como no estás y te echo tanto de menos en estos días pre otoñales, voy a compartir contigo algunos trozos de lo que por aquí es tan bello”.

 

Caminó por las veredillas y se acercó a las chumberas. Descubrió que este año estaban más repletas de frutos que nunca. Con cuidado y usando unas pequeñas tenazas, comenzó a recolectar los mejores higos chumbos que en estas plantas encontraba. Los fue echando a una bolsa de plástico y cuando caía la tarde, regresó a su casa, en el barrio del Albaicín. Se acercó al taller de su amigo carpintero y le dijo:

- Quiero que me hagas una pequeña caja de madera y es urgente.

- Pues quédate conmigo y nos ponemos ahora mismo a construirla. ¿De qué madera la quieres?

- De olivo viejo, pulida y barnizada para que, además de olorosa, se ve al sol, las luces y las sombras de esta tierra nuestra.

- ¿Y para qué quieres esta caja tan pequeña, de esta madera tan especial y todo tan urgente?

- Cuando la tengamos hecha, te lo digo.

 

               Y no hablaron más. Al instante los dos se pusieron mano a la obra y antes de ponerse el sol, ya tenían la pequeña caja construida. Rectangular, no muy alta, con madera de olivo añeja que tenía dibujos muy vistosos y dividida por dentro en pequeños cuadritos. Rellenó estos cuadritos con finas hebras de viruta y colocó luego los higos chumbos sobre estas laminillas de madera, uno en cada cuadro hasta completar la caja. En total, docena y media de higos chumbos grandes y no maduros del todo. Lo miraba el amigo mientras él se afanaba en su sueño y al final le preguntó:

- ¿Puedes decirme ahora qué es lo que vas a hacer con todo esto?

- Ella, hace ya mucho tiempo que no está en Granada. Yo no puedo olvidarla y como ahora el otoño por aquí es tan mágico, voy a mandarle estos frutos, recolectados a los pies de la Alhambra y, que como ves, tienen casi los mismo colores que esas torres y murallas y las puestas de sol que, cuando estuvo por aquí, le enamoraban.  

- ¿Y a dónde se los vas a mandar?

 

               Tenía en esos momentos un higo chumbo en la mano preparado para colocarlo en la caja de madera y al oír la pregunta del amigo, se quedó quieto. Pensó un momento y entonces cayó en la cuenta que este año, ya no estaba ella ni en su país ni en ninguno de los que años atrás había ido a estudiar. Para sí reflexionó: “Eso digo yo ¿a dónde le voy a mandar estos frutos de otoño criados frente a la Alhambra de Granada si no sé en qué país está ni tampoco en qué lugar, calle o casa vive ahora?”    

 

 

 

SUCEDIÓ EN OTOÑO

 

               Acompañándolos y, de alguna manera, guiándolos, subió con ellos por las veredillas de la solana. Coronaron a lo más alto del cerrillo y se encontraron con las ruinas de lo que, tiempos atrás, había sido un bonito cortijo. Solo algunos trozos de paredes, de metro y metro y medio de altas, se veían ahora. Ya entre estas ruinas, les dijo:

- Este es un buen sitio para descansar y dormir esta noche. Mañana y en los días que sigue, Dios proveerá.

- Mis hijos tienen hambre y también yo y mi marido. ¿Qué comemos?

Preguntó la madre, mujer muy mayor, con la cara arrugada, pelo con mechones blancos, nariz pequeña y toda ella muy delgada.

- Haré algo por vosotros ahora mismo.

 

               Sobre una piedra se sentó la madre, a su derecha y en el suelo, su puso el padre con la niña entre las piernas y el hijo mayor, el hermano bueno que era como lo llamaban, entre el padre y la madre. Los cuatro se miraban y veían como el joven, lo primero que hizo fue buscar algunas ramas secas. Por delante de ellos y entre unas piedras, encendió la lumbre y de nuevo dijo:

- Acercaros y calentaros mientras me esperáis un momento. No tardaré en regresar.

Le hicieron caso y enseguida lo vieron alejarse para el lado del sol de la mañana. Se miraron entre sí, el padre, la madre y los dos hijos y en silencio se acomodaron junto al fuego.

 

               El joven recorrió un buen trozo de solana y al llegar a las nogueras, buscó y cogió un buen puñado de nueces. Recogió avellanas de los árboles que crecían por el arroyo y luego subió a la gran encina que conocía desde hacía mucho tiempo. Buscó y encontró un buen puñado de bellotas que también se guardó en los bolsillos de sus ropas y se movió luego hacia el río. Por entre un pequeño bosque de encinas y otros árboles no muy grandes, se puso a buscar y al poco, encontró unas cuantas setas comestibles. Las cortó con mucho cuidado, las lavó en las aguas del arroyuelo a su derecha, las guardó en una pequeña bolsa de esparto y se fue hacia el cerrillo de las ruinas del cortijo. Al llegar a donde las encinas secas se veían caídas y rotas sus ramas por el terreno, se puso e hizo un haz de leña. Cargó con él y se dirigió hacia donde los cuatro se acurrucaban junto a la lumbre.

 

               Cuando llegó, vio que ellos lo esperaban. Soltó el haz de leña y se puso a colocar junto a ellos todo lo que traía en los bolsillos al tiempo que les decía:

- En esta ocasión, Dios ha proveído. Echad algunas ramas secas al fuego que en las brasas vamos a asar estas bellota y la buenas y frescas setas que traigo aquí. Todo, lo acompañaremos con las avellanas y las nueces y así nos alimentaremos.

La niña se puso a echar las ramas para alimentar el fuego, el padre preparó las setas, la madre las bellotas y el hermano y él lo observaban complacidos. Poco después y cuando ya empezaba a oscurecer, pelaban las bellotas asadas en las ascuas, repartían entre sin las setas, avellanas y nueces y se las comían en silencio.

 

               Junto al fuego, durmieron a lo largo de toda la noche y al salir el sol al día siguiente, los despidió y les dijo cuando ya se alejaban hacia Granada:

- Que Dios os bendiga y no tengáis miedo que Él nunca os dejará sin alimento.

A sus espaldas y lejos, se veían las cumbres de Sierra Nevada y los ríos cayendo por las laderas. Al fondo y en la dirección en que los cuatro se alejaban, se veía la colina de la Alhambra, la ciudad de Granada y la ancha vega. Era otoño, no hacía mucho frío, las lluvias ya habían caído en abundancia y esta mañana, con el sol bañando todos los paisajes, parecía un luminoso y hermosísimo amanecer nuevo.

 

               Desde las ruinas del antiguo cortijo en lo más alto del cerrillo, los miraba mientras se alejaban al tiempo que también observaba a los palacios y torres de la Alhambra y, a su derecha, el gran edificio convento y monasterio lleno de personas consagradas a Dios. Un pensamiento cruzó por su mente y para sí se preguntó: “¿Quién vivirá en aquellos palacios y en este monasterio, en su mundo y tan indiferente a todo esto?”     

 

 

 

SOLO QUINCE MONEDAS

 

            Llegaron a la puerta de la muralla y el padre dijo a los guardianes:

- El rey me está esperando.

Y los soldados le abrieron paso. La comitiva cruzó el arco de la gran puerta, subieron la cuestecilla, giraron a la derecha y se dirigieron a los palacios, donde el rey los esperaba.

 

               Era un bonito día de primavera, con un sol espléndido, mucha hierba por los campos, nieve todavía en Sierra Nevada y con muchos pajarillos revoloteando por los jardines y entre los árboles. Y ellos, la pequeña comitiva que se presentaba al rey con el padre al frente, venían de una batalla en la guerra entre fronteras. Junto al padre y montado en su caballo negro, estaba el hijo, todavía no sabía él para qué pero el padre sí le había dicho:

- El rey quiere verte y no me preguntes por qué ni para qué.

- Pero me gustaría saberlo.

- Quizá cuando estés frente a él, te lo diga. Yo por mi parte y ahora, quiero cumplir lo que me ha ordenado. Así que monta en tu caballo, despídete de los amigos que tengas aquí en la guerra y sígueme.

 

               Y cuando la comitiva, con el padre, el hijo y un buen grupo de soldados, llegó a los recintos de la Alhambra, todos detuvieron sus pasos ante el palacio del rey. En una ancha estancia, al aire libre y donde corrían fuentes de agua clara y crecían jardines. Ordenó el padre que todos se detuvieran, llamó al hijo, le entregó un pergamino enrollado y le dijo:

- Yo y mis soldados te esperamos aquí. Coge tú esto, preséntate ante el rey y espera que él te diga lo que tiene pensado.

Cogió el hijo, soldado fuerte, alto y recio, el pergamino, caminó despacio hacia el palacio del rey, lo dejaron entrar y, después de atravesar grandes y lujosos salones, al fondo y en un hermoso trono, vio al rey sentado. Se acercó lentamente, saludó, le alargó el pergamino, lo cogió rápido el rey, lo desenrolló y leyó: “Majestad, aquí tiene usted a mi hijo, tal como me había ordenado. Espero que por su parte, me pague lo que habíamos acordado”.

 

               Pidió enseguida el rey papel y escribió en una hoja en blanco, lo siguiente: “Bien, siervo fiel y bueno. Te agradezco que me hayas entregado a tu hijo. Ahora, llévatelo a donde dijimos y ya sabes lo que tienes que hacer con él. Con tu hijo mismo y en una pequeña bolsa de cuero, te entrego parte de las monedas que acordamos. Solo quince monedas de plata y las otras quince, te las daré cuando haya cumplido lo pastado”. Firmó el rey el pequeño escrito y, junto con una bolsa pequeña de cuero con las quince monedas dentro, se lo entregó al hijo diciendo:

- Lleva esto a tu padre y dile de mi parte, que estoy contento porque por fin tú ya estés detenido. Desde este momento, se te acabaron las rebeldías y luchas contra mí y contra mi reino.

Al oír esto, desconcertado el joven preguntó al rey:

- Quiero hablar algo y decir lo que pienso. ¿Me da permiso su majestad?

- No tienes permiso para hablar y retírate ahora mismo.

 

               Saludó el hijo al rey, dio media vuelta, caminó cruzando los salones y al llegar a donde la patrulla y el padre esperaban, entregó a éste el mensaje del rey y la bolsa con las monedas. El padre leyó el mensaje y luego abrió la bolsa y al terminar de contar las monedas, dijo:

- Pongámonos en camino y acabemos cuanto antes con todo esto.

Y la patrulla, con el hijo y el padre, montaron en sus caballos, salieron por la puerta de la muralla y tomaron por un camino que iba dirección al río Darro pero por las partes altas de la colina. En silencio y cabizbajos, caminaron durante mucho rato. Cuando ya el sol estaba un poco caído para el lado de la tarde, al llegar a unos parajes con grandes bosques y hondos barrancos, el padre dijo a los soldados:

- Seguid vosotros escoltando a mi hijo y cuando lleguéis al lugar que conocéis, ya sabéis lo que tenéis que hacer.

 

               La patrulla, obedeció al padre y al poco, se les vio avanzar por el camino hacia los bosques y barrancos, escoltando al hijo. En lo más alto del cerro, se vio la silueta del padre montado en su caballo y mirando, a veces para la Alhambra, luego para donde la patrulla se alejaba y también para las blancas nieves de Sierra Nevada. Y mientras esperaba que los soldados regresaran con la misión cumplida y ya sin el hijo, se decía: “Antes de que la tarde caiga, me presentaré otra vez al rey y le diré que sus órdenes se han cumplido. Que cumpla él también su palabra y me dé las quince monedas que faltan”.      

 

LA BELLOTA DE ORO

Solo se es rico, cuando poseemos el

tesoro que nunca nadie ni nada puede

arrebatarnos en este suelo.

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            Hacía mucho tiempo que toda su familia había muerto. Ahora ya era bastante mayor y vivía sola en la pequeña casa junto al río, al norte de la Alhambra y antes de las cumbres de Sierra Nevada. Solo un trozo de terreno tenía cerca de su casa que regaba con las claras aguas del río y, algo más arriba, entre la llanura y la ladera, poseía cinco encinas. Cuatro de ellas pequeñas, una arriba, otra abajo, dos a los lados y una muy grande en el centro. Ésta última era, según decía ella, la que formaba el corazón de la cruz y la que mejor bellotas daba. Porque sus cinco encinas, dibujaban exactamente eso: una verdadera cruz que se levantaba un poco sobre la ladera y por eso parecía mirar a la colina de la Alhambra y a toda la ciudad de Granada.

 

               Los que la conocían, cuando pasaban por el camino que discurría cerca de donde crecían las encinas y se paraban con ella para saludarla, siempre le preguntaban:

- Tus cinco encinas, es lo más primoroso que nunca se vio en el reino de Granada. ¿Cómo has conseguido dibujar con ellas esta cruz tan original?

-Yo, solo me he limitado a cuidarlas y a compartir con ellas mi tiempo. Todo lo demás, es obra de la naturaleza y capricho del Creador. Vosotros, cuando paséis por aquí y veáis bellotas en estas encinas mías, coged siempre todas las que queráis pero, por favor os lo pido, no rompáis nunca ni una sola rama de estos árboles. Yo los considero sagrados porque los plantaron aquí mis antes pasados y ya veis las bellotas tan buenas y gordas que da la encina del centro.

- Lo vemos y lo sabemos porque más de una vez las hemos probado. Y desde luego que te agradecemos que nunca nos hayas regañado.

Le decían con frecuencia las personas que con ella se paraban.

 

               La encina del centro, la del corazón de la cruz, daba bellotas algo más gordas que las avellanas y un poco más pequeña que una nuez. No eran alargadas del todo sino un poco achatadas, con la parte del cascabillo de color dorado y con una pulpa muy dulce y agradable al paladar. Por eso ella y las personas que pasaban por el camino, apreciaban mucho los frutos de esta encina. Y se sentía muy orgullosa de poseer este árbol tan bello y bueno y más se alegraba cuando, después de saborear estas bellotas, se lo agradecían.

 

               A dos niños que con frecuencia pasaban por allí, siempre que los veía, los paraba y les decía:

- Venid conmigo que vamos a coger un buen puñado de bellotas de la encina buena. Os coméis unas pocas y las otras se las lleváis a vuestros padres de parte mía.

Y los dos niños se iban con ella y se ponían a coger las mejores bellotas que encontraban en las ramas. Siempre procurando no herir a la encina para no disgustar a la anciana. Cuando tenían los bolsillos llenos, se comían algunas y luego se iban, llevándose las otras para compartirlas con los padres y los amigos. Antes de alejarse, le decían a la anciana:

- Tu encina grande y las otras formando esta cruz tan bonita, todos dicen que es como una despensa pequeña y también como un singo del cielo.

- Y dicen bien porque mis encinas son todo eso. Vosotros, siempre que paséis por aquí, coged todas las bellotas que queráis pero nunca hagáis daño a ninguna de estos árboles. Un día, cuando menos lo esperéis, recibiréis un buen premio.

- ¿Qué premio será?

- Yo no sé qué premio será pero mi corazón así lo presiente.

 

               Fue esto suficiente para que los dos niños hermanos, a partir de aquel día y cada vez que de nuevo pasaban por allí, miraran a la encina y sentían hacia ella un gran respeto. Le decía el hermano mayor a la hermana pequeña:

- Esta mujer tan mayor es tan buena con nosotros que parece nuestra madre. Sus palabras siempre son dulces, su actitud para con nosotros y otras personas, es muy respetuosa y parece irradiar paz en todo momento. ¿Tú no has notado lo bien que nos sentimos cuando estamos a su lado?

- Claro que lo he notado y por eso me gusta mucho verla y charlar con ella. A partir de hoy, siempre que pasemos por aquí, no solo debemos respetar a estas encinas sino procurar que nadie las dañen.

Decían esto los niños porque, con frecuencia la anciana también les argumentaba:

- Tener amigos que sean niños como vosotros o algo mayores, siempre es importante y bueno. Pero a lo largo de la vida, más de una vez he comprobado que, tanto vosotros los niños como los jóvenes, tienen comportamientos egoístas y vacíos de sabiduría. Por eso también os digo que tener amigos de vuestra misma edad, aunque es bueno, no lo es tanto. Mejor es tener muchos amigos entre las personas mayores porque ellos son sabios por lo que han sufrido y aprendido a lo largo de la vida y muy pocas veces, son egoístas. Los amigos mayores siempre dan cariño, nunca fallan y enseñan cosas buenas.

 

               Y un día de otoño ya muy avanzado, iban los dos niños hermanos por el camino y al acercarse a las encinas, vieron que la más grande, la que clavaba sus raíces en el corazón de la cruz, no tenía ni una sola bellota. Dijo el hermano a la pequeña:

- ¡Qué raro, si hace solo unos días la vimos con sus ramas cargadas de bellotas!

- ¿Qué puede haber pasado?

Preguntó muy extrañada la chiquilla. Y se acercaban a la encina para observarla mejor cuando, de lado derecho y como si viniera del río, vieron a un hombre aproximarse a ellos. Se quedaron quietos porque pensaron que venía a regañarles pero en cuanto el hombre estuvo frente a ellos, se tranquilizaron. Los saludó y les dijo:

- Sé que estáis preocupados porque la encina no tiene bellotas pero mirad lo que hay allá, en todo lo alto.

 

               Intrigados los niños miraron hacia donde el hombre de barbas blancas y pelo negro señalaba. Y en todo lo alto vieron una gran bellota, con forma y colores muy diferentes a las bellotas que siempre habían cogido de la encina del centro. Preguntaron al hombre:

- ¿Por qué reluce tanto esa bellota que se mece en la rama más alta de la encina y por qué es diferente a las bellotas que tantas veces hemos cogido de este árbol?

- Es de oro la bellota solitaria que allá en lo más alto reluce.

- ¿De oro del bueno?

- Del mejor oro del mundo.

- ¿Y quién la ha puesto ahí y por qué hoy no vemos otras bellotas en esta encina?

- No es un milagro aunque sí es una péqueña obra del cielo que puede ser bueno para la anciana dueña de esta encina y, bueno o malo tanto para vosotros como para las personas que pasan por aquí y vean esta bellota de oro.

- Dinos por qué puede ser bueno o malo. ¿Va a ocurrirle algo a nuestra amiga la anciana?

 

               Y el hombre de barbas blancas, explicó lo siguiente a los niños:

- Como os he dicho, esa bellota es de oro. Mientras nadie la coja y brille hermosa allá en todo lo alto, nada ocurrirá por aquí. Pero el día que alguna persona se anime y suba a la encina a coger esa bellota, sí ocurrirán por estos lugares cosas grandes y graves. Ahora me marcho y os dejo que sigáis vuestro camino. Contad esto que habéis visto y oído a todas las personas que queráis para que sepan lo que por aquí ha sucedido.

Y sin más, el hombre de las barbas blancas, se despidió de los niños y caminando se alejó hacia el río. Durante unos instantes, los dos hermanos estuvieron observando a este hombre y luego miraron durante un buen rato, a la bellota de oro meciéndose en todo lo alto de las ramas de la encina. Dijo la niña al hermano:

- Vamos ahora mismo a decírselo a nuestros padres y a todas las personas que conocemos por aquí. Para que lo sepan y al pasar por este lugar, a nadie se le ocurra coger este fruto extraño y bonito.

 

               Los niños, rápidos comentaron las cosas tanto con sus padres como con todas las personas que conocían e incluso hasta con su amiga, la dueña de las encinas. Ésta les dijo:

- Pues lo que ha ocurrido en esta encina mía, yo no lo sé pero creo que ese hombre, os ha dicho cosas muy importantes. Vosotros, a partir de ahora y siempre que paséis por aquí, respetar esta bellota de oro. Sí así lo hacéis, un día recibiréis un gran premio.

- ¿Pero qué premio será?

- Tampoco hoy sé deciros qué premio recibiréis pero sigo intuyendo que será bueno. Y no preocuparos porque mis otras encinas, la cuatro que siguen formando la cruz, darán también este año buenas bellotas que podéis coger como siempre habéis hecho.

Los niños dijeron a la mujer que haría lo que ella y el hombre de las barbas blancas les habían dicho y también prometieron a la anciana que vigilarían para que nadie robara la bellota de oro.

 

               Pero como la noticia siguió extendiéndose, un día llegó hasta los recintos de la Alhambra. Enseguida unos y otros, empezaron a comentar y planear cosas. Hasta que esta misma noticia también llegó a oídos del rey más ambicioso, egoísta, violento y malo que en todos los tiempos tuvo trono en estos palacios. Enseguida este rey llamó a su general mayor y le dijo:

- Eso de la bellota de oro en la encina de la cruz de aquella anciana de la montaña, me preocupa mucho.

- ¿Y por qué, majestad?

- Lo de aquellas encinas en forma de cruz, es fastidioso y negativo por lo que sabes. Y lo mismo digo de aquella mujer. Así que te ordeno ahora mismo que, con un grupo de hombres, vayas a ese rincón y cojas de aquella encina la bellota de oro, cortes y quemes aquellas encinas y a la anciana le das un buen susto. Con esto creo que será suficiente para escarmiente no solo esa mujer sin todas las personas que por allí la respetan. Y con el oro de esa bellota, aumentaré un poco más los tesoros que poseo. ¿Ha quedado claro mi deseo?

- Muy claro, majestad. Ahora mismo doy las órdenes oportunas para que se lleve a cabo lo que usted ordena.

              

               Y al instante, el gran general dio las órdenes necesarias. Salieron de los recintos de la Alhambra, solo media hora después, un grupo de militares. Recorrieron los caminos y en cuanto llegaron a la encina de la cruz, lo primero que el general ordenó fue que subieran a lo más alto de la encina del centro para coger la bellota de oro.

- Es mejor así no sea que al cortar el árbol, esa bellota salte y se nos pierda por estas tierras.

Y uno de los soldados, comenzó a trepar por el tronco de la encina. Apartó algunas ramas y, por entre el follaje, buscaba la forma para llegar hasta la brillante bellota de oro. Se mecía y relucía en todo lo alto y en una de las ramas más finas. Por eso, en cuanto el hombre quiso seguir trepando por el tronco de esta rama, por la mitad crujió y, formando un gran estrépito, rama, hombre y bellota de oro, volaron por los aires. En el suelo y entre piedras y matas de monte, quedó el soldado, muy herido y con muchos dolores por todo el cuerpo. La rama tronchada fue a caer justo sobre el cuerpo del general y éste también perdió el equilibrio y con heridas en la cabeza, en los brazos y en los hombros, rodó unos metros por la inclinación del terreno. Mientras se debatía entre las hojas, ramas y piedras, fuera de sí decía:

- ¡Que no se pierda la bellota de oro! Cogerla enseguida y guardarla en mis alforjas.

 

               Pero la bellota de oro, al caer la rama al suelo, saltó del cascabillo donde estaba enganchada y con la fuerza del golpe sobre las piedras, salió despedida. Los demás soldados la vieron rodar ladera abajo y luego la vieron caer en el centro de la corriente del río. Uno de ellos gritó:

- Vamos corriendo y que no se nos pierda por nada del mundo.

Todos corrieron detrás de la bellota mientras el general y el hombre que se había caído de la encina, seguían quejándose, pidiendo ayuda y al mismo tiempo, con el miedo en el cuerpo de que la bellota se perdiera.         

   

               Y esto fue lo que pasó: al caer la bellota en la corriente del río, las aguas enseguida la arrastraron y quedó perdida por entre la arena, las pequeñas cascadas y los charcos.

- Vamos a buscarla a toda prisa que como la perdamos y no podamos presentársela al rey, nos mata a todos en cuanto lo sepa.

La buscaron y buscaron hasta que llegó la noche. No la encontraron. Sí muy tristes y llenos de miedo, ayudaron al general y al soldado herido y regresaron a la Alhambra. En cuanto el rey supo lo ocurrido, en ese mismo momento, montó en cólera y dio órdenes para que tanto el general como los soldados, fueran apresados y ejecutados al instante. Decía fuera de sí:

- Son unos incompetentes y por eso merecen morir sin compasión ninguna. Y que esto sirva de escarmiento para todas las personas que tengo bajo mis órdenes. Nadie nunca se ha reído de mí y menos me ha dejado en ridículo.

 

               Mientras esto ocurría en los recintos de la Alhambra, en la pequeña casa junto al río, la anciana dueña de las encinas se moría de pena. Al oír y ver lo que los hombres hicieron con su encina grande, corazón de la cruz, corrió al lugar, suplicó a los soldados y rogó que no rompieran los árboles ni le robaran el fruto de oro. Y como comprobó que no le hacían caso, triste se refugió en su humilde casa y en la cama de monte y colchón de hierbas secas, se acurrucó. Con el corazón asfixiado en pena, mientras rezaba al cielo y lloraba. Miraba por la pequeña ventana de su casa y en uno de los momentos, pudo ver todas las piruetas que trazó la bellota de oro desde que se desprendió de la rama hasta que cayó al río.

 

               Por eso, cuando los niños hermanos se enteraron de lo que había ocurrido y enseguida acudieron a la casa de la anciana, ésta los recibió con gran satisfacción y al instante les dijo:

- Id ahora mismo al río y buscad la bellota de oro.

- Y si la encontramos ¿qué hacemos con ella?

- Me la traéis que os daré una muy buena recompensa.

- Pues vamos ahora mismo rápidos al río a buscar esta bellota de oro tan bonita y valiosa.

Confirmó el hermano mayor. Y los dos niños, salieron de la casa, se metieron en las aguas del río y se pusieron a buscar el original tesoro. Removieron las arenas, levantaron piedras redondas y alargadas, registraron todos los recovecos de los charcos y cascadas y nada encontraron. Se hizo de noche y apenados regresaron a la casa de la anciana y le dijeron:

- No hemos tenido suerte y lo sentimos mucho.

- Será porque así Dios lo quiere, no preocuparos.

 

               Y aquella noche se quedaron en la casa de la anciana para darle compañía. En la lumbre de la chimenea, hicieron algo de comida y la repartieron con la anciana. Se quedaron dormidos ya muy de madrugada y la niña tuvo un sueño. En él vio al hombre de las barbas blancas que le dijo:

- La bellota de oro que estáis buscando, se encuentra entre unas piedras, a la derecha de la cascada que hay en el charco de las adelfas. Id a buscarla y cogerla.

En cuanto amaneció, la niña contó su sueño al hermano y enseguida los dos corrieron al río, buscaron donde el hombre les había dicho y encontraron el tesoro ansiado. Henchidos de gozo, rápidos regresaron a la casa para compartir con su amiga el hallazgo. Pero cuando de nuevo entraron a la vivienda, por más que llamaban a la mujer, ésta no les contentaba. Su corazón había dejado de latir y, en la vieja cama de monte, yacía muerta y como sonriente.

 

               Muy preocupados, enseguida fueron en busca de sus padres y les contaron todo lo ocurrido. Acudieron estos a la casa de la anciana y al verla sin vida, decidieron enterrarla. Cavaron una pequeña sepultura justo donde la gran encina corazón de la cruz y aquí, después de llorarla y rezar al cielo, la dejaron. El padre dijo a sus niños:

- Y la bellota de oro, la vamos a poner a su lado para que con ella quede para siempre. Era su tesoro particular en este suelo y a nosotros, nada nos pertenece.

En la misma sepultura, enterraron la bonita bellota de oro y luego se fueron.

 

               A partir de aquel momento, cada día los niños acudían al lugar y rezaban por la amiga ausente. Corrió el tiempo y un día murieron los padres de estos niños y ellos, ya mayores, los enterraron en el mismo lugar en que dormía la mujer del río. Cuando ellos también envejecieron y murieron, sus amigos les dieron sepultura en este mismo sitio. Y una noche de tormentas, lluvias y relámpagos, muchos años después, de la montaña rodó una gran roca. Quedó clavada justo donde crecían las encinas y estaban enterrados los amigos y la anciana. A partir de aquel acontecimiento, cuando las personas pasaban por el lugar, al ver la gran roca, con una forma muy original y como elevándose hacia el cielo, siempre se paraban aquí a contemplar el insólito y bello monumento natural. Y sin saberlo explicar, unos y otros siempre decían:

- Este lugar parece como si fuera la puerta del cielo. En ningún otro sitio, ni en Granada ni en la Alhambra y puede que en el mundo entero, se experimenta tanta paz, armonía en el corazón y gozo profundo y sincero, como en este recogido paraíso. Es como si aquí, lo más bello, lo más puro y lo más sincero del Universo entero, estuviera de alguna forma concentrado. Un monumento y pequeño paraíso infinitamente más grande y perfecto que todo lo que hay en aquellos palacios de la Alhambra de Granada.

 

               Y un día, nadie supo quién ni cuando, alguien en la original roca y con cincel y martillo, talló el siguiente pensamiento: “Solo se es rico cuando poseemos el tesoro que nunca nadie ni nada puede robarnos en este suelo”.    

 

355- LA JOVEN DE LOS PERROS

 

               I- Solo tres veces la ha visto en su vida. La primera vez, cuando sentada en la piedra del río, trenzaba hilos de colores para hacer pulseras. Era primavera, las lluvias a lo largo de todo el invierno, habían sido muchas. Tantas y abundantes que varias veces el río Darro, también conocido como el río de la Alhambra, bajó muy crecido. En una de estas crecidas, la corriente arrastró más piedras y palos que otras veces. Hasta un peñasco tan grande como el cuerpo de dos personas. Bajó por la corriente dando tumbos y justo por el lado de abajo del Puente del Aljibillo, se quedó atascado. En una pequeña curva que aquí el río traza y no muy lejos de la orilla. Justo donde la veredilla que baja desde la explanada del Rey Chico, se encuentra con las aguas.

 

               Al llegar la primavera, las aguas del río menguaron mucho y el gran peñasco, se quedó por completo al descubierto y en una posición fácil para subirse en él y sentarse. Y esto fue lo que hizo ella aquella tarde. Descendió por la veredilla, seguida de dos perros grandes, negro uno y el otro color canela, se quitó las sandalias, metió sus pies en las aguas, se acomodó bien en lo más alto del peñasco y, mirando a la corriente, se puso a trenzar hilos de colores para hacer pulseras. A sus espaldas quedaba de fondo el bosque de la Alhambra, las torres y murallas en todo lo alto y el azul del cielo sobre Sierra Nevada. Por delante de ella y abrazando a la gran piedra donde se había sentando, pasaban las aguas del río y en ellas se recreaba mientras entrelazaba hilos y la tarde caía. Una escena hermosísima, muy romántica y poética, envuelta por la música de las aguas y besada por los silencios y el oloroso airecillo de la primavera en Granada. Sus dos perros, correteaban de un lado para otro y de vez en cuando ladraban.  

 

               Pasaba él por la pequeña plaza del Paseo de los Tristes, se acercó al muro que separa la plaza del cauce del río y al verla sentada en el gran peñasco, se quedó fijo mirándola. Como extrañado y al mismo tiempo atrapado por la romántica imagen que la joven dibujaba sobre la roca y las aguas de la corriente. Y tan ensimismado estaba observando la escena, que ni siquiera se dio cuenta del hombre que se paró a su lado, apoyándose como él, en el muro entre el río y la plaza. Lo saludó y sin más le preguntó:

- ¿Conoces a esa muchacha de algo?

- Es la primera vez en mi vida que la veo. ¿Acaso tú sí sabes quién es?

- Sé que vive en una cueva del Sacromonte, a la altura de la Fuente del Avellano. ¿Conoces ese rincón?

- Lo conozco hasta con los ojos cerrados. ¿En qué cueva de esas vive ella?

- En la que mira al Generalife y tiene una gran fachada toda de conglomerado de la Alhambra.

 

               Hizo memoria y cayó en la cuenta que esta cueva la conocía de algo. Por eso le preguntó:

- ¿Y sabes tú de quién fue esa cueva en otros tiempos?

- Dicen que allí vivió un hombre extraño, ya en los últimos tiempos de los reyes de la Alhambra.

- ¿Por qué era extraño este hombre?

- Dicen que no tenía muchos amigos, que vivía solo en esta cueva, que rezaba mucho al cielo y que todas las mañanas al salir el sol, protagonizaba una escena muy pintoresca.

- ¿Qué escena?

- Descalzo, salía de su cueva, caminaba por la sendilla hasta el río, se metía en las aguas, ponía uno de sus pies a la altura de la rodilla del otro y hacía equilibrio con un solo pie metido en el agua, al tiempo que formaba un triángulo con sus brazos sobre la cabeza.

Muy sorprendido, el hombre que había descubierto a la joven sentada en la roca del río, volvió a preguntar al que se había parado a su lado:

- ¿Y para qué hacía estas cosas tan raras aquel hombre?

- Todos los que por aquí lo conocían, creían que era una forma de oración. Que de esta manera se concentraba, conectaba con las profundidades del Universo y también con Dios.

 

               Más extrañado aun ahora, el hombre que se había parado a observar a la joven sentada sobre la roca, por unos instantes, guardó silencio. Con sus ojos clavados en las aguas del río, en la joven y sus perros y en la figura de la Alhambra. El que charlaba con él, de nuevo dijo:

- Y decían que aquel hombre extraño, un día y de la noche a la mañana, desapareció de por aquí y nadie supo nada más de él.

- La historia que me has contado es también bastante extraña si la comparamos con la imagen de esa joven sentada sobre la roca que las aguas del río bañan. ¿Sabe ella que en la cueva donde ahora vive, ocurrió lo que me has dicho?

- Lo sabe porque yo un día se lo dije. Por eso ahora, al verte aquí mirándola, me he parado a tu lado y te cuento estas cosas. ¿Es que tú tienes algún interés en ella?

- Ninguno pero ya te he dicho que es agradable el mundo que configura.

 

               El que había narrado la historia del hombre extraño, de nuevo dijo:

- Pues algo parecido me pasó a mí la tarde que también me la encontré sentada junto a las aguas del río, no lejos de su cueva.

- ¿Qué fue lo que te pasó?

- Bajaba yo por el caminillo que desde el valle de arriba viene siguiendo el cauce hasta este barrio blanco de Granada y al verla sola, como ya te he dicho junto a las aguas sentada, me acerqué y la saludé. Me recibió con agrado y por eso enseguida le pregunté:

- ¿Qué es lo que te emociona, sentada aquí tan sola, como meditando junto al río y a la Alhambra?

- Me llama el sueño que no puedo apartar de mi mente.

- ¿Qué sueño es ese?

- Desde aquí, una vez y otra, me veo montada en una bonita carroza, brillante como el oro y la plata acercándome a los palacios de la Alhambra, por entre los jardines que al lado de arriba hay.

- ¡Qué sueño tan fino y a la vez extraño! ¿Quién eres tú para que tus amigos te acerques a la Alhambra montada en tan bonita carroza y tirada por caballos nobles?

- En mi sueño, me veo princesa al encuentro del hombre más fuerte, sabio, valiente y noble que nunca hubo en la tierra. ¿Pero sabes una cosa?

- Claro que no la sé.

- Aunque un día y otro y desde aquí, contemplo y vivo el sueño que te he dicho, siempre mi carroza se para antes de llegar a la Alhambra y de ninguna manera logro avanzar.

 

               Y al pronunciar estas palabras, el hombre que narraba la historia, guardó silencio. Observó durante unos minutos a la joven sentada en la roca del río y luego dijo al que se había encontrado mirándola:

- Y ahora sigo mi camino. Ya te he contado algunas cosas que quizá puedan servirte para algo, con respeto a lo que en este momento miras y te asombra.

Dio media vuelta y, sin más, se alejó caminando despacio como hacia las cuevas del Sacromonte. El que observaba a la joven, poco después, también se marchó del lugar, llevándose la imagen de la roca, el río, la joven, sus perros y la historia de la cueva en su mente. Se dijo, mientras se alejaba: “Tengo que volver otro día por aquí a ver si de nuevo la encuentro para acercarme a ella y preguntarle lo que me intriga”.

 

               II- La segunda vez que la vio fue en la Carrera del Darro. Varios meses después de aquella tarde sentada en la roca del río y cuando y ya el verano iba llegando a su fin. Subía él por el romántico paseo de Granada y caminaba despacio. Mirando a nada concreto pero sí como buscando detalles para enriquecer y alimentar un poco más su alma. Se paró un momento en el segundo puente de piedra sobre el río, el conocido con el nombre de Espinosa y después de observar las aguas y los perros que por aquí paseaban, siguió su ruta. A solo unos metros a la izquierda, iba dejando el edificio del Bañuelo cuando, al mirar para su derecha, descubrió el pequeño ensanche que ahí tiene la calle. Justo frente a las ruinas del viejo puente conocido con el nombre del Cadí. Dicen que el más antiguo que conserva el río Darro a su paso por los pies de la Alhambra. Y de él solo queda un trozo de pared construida de ladrillos, rotos por arriba y por abajo, zarzas, hierbas silvestres, cañas y gatos que de vez en cuando sestean o se sientan a mirar en lo más alto de estas ruinas.

 

               Se paró él un momento a leer la inscripción que de estos restos arqueológicos han escrito para los turistas en una placa de hierro y al mirar para su derecha, la vio. Agachada en la misma acera, hablando con unos turistas y mostrándoles algunas de las cosas que vendía: pequeñas pulseras trenzadas en hilos de colores, algunos colgantes muy rústicos hechos con piedrecitas del río y alambre dorado y anillos y pendientes. Al descubrirla, el corazón le dio un vuelco y por eso se estuvo quieto frente a las ruinas del viejo puente. Miró muy interesado y vio a sus perros, los dos acostados cerca de ella y junto a la tela que, extendida en el suelo, le servía para mostrar sobre ella las cosas que vendía a los turistas. Se dijo: “Ahora que la veo de cerca, descubro que es muy guapa y también muy joven. Pero sus pelos se ven muy sucios, lo mismo que su vestido de colores, sus manos y pies y su mochila de cuero. ¿Quién será y por qué parece tan pobre y abandonada?” Y sin poderlo evitar, un sentimiento de pena le corrió por el corazón al mismo tiempo que ternura y respeto tanto por su figura como por la realidad que mostraba.

 

               Se dispuso para acercarse, saludarla y hablarle pero a solo unos pasos se detuvo. Notaba que se había concentrado por completo en los turistas que observaban las cosas que vendía y por eso de nuevo se dijo: “No debería molestarla en esto momento. Quizá necesite vender algunos de estos objetos para juntar algunas monedas y comprar unas manzanas para alimentarse”. Y si más, no se detuvo. Tal como caminaba despacio calle arriba, pasó a solo unos metros de ella, la observó un poco más sin que se diera cuenta y siguió mientras se decía: “Llegaré hasta el final de este paseo, caminando despacio para hacer tiempo y cuando vuelva, la saludo y me presento. Ardo en deseos de preguntarle cosas”.

 

               Llevó a cabo lo que había pensado y, cuando media hora más tarde volvía y se acercaba a donde momentos antes la había visto, descubrió a los policías. Subían por la calle y ella, por el puente Espinosa, se alejaba a toda prisa, seguida de sus perros y con la misma sucia mochila en la mano. Lamentó y le entristeció lo que veía y sin más, siguió avanzando calle abajo con un gran disgusto en su corazón.

 

               III- Al día siguiente, fue la tercera vez que la vio. Al caer la tarde, de nuevo volvía por la Carrera del Darro pensando en ella. Se acercó al puente Espinosa con la ilusión de verla y no la encontró. Siguió avanzando y el llegar a la altura de la iglesia de S. Pedro, sintió gritos y unos perros ladrar. Miró y vio a un empleado del Ayuntamiento reculando hacia el muro del río mientras muy sofocado decía:

- Sujeta estos perros que me muerden.

Y ella, la joven de la roca del río, con uno de sus perros en la mano, llamaba al que se había enfrentado al hombre:

- ¡Perra, perra, ven aquí!

Ni chispa de caso le hacía el animal. Seguía enfrentada al hombre que reculaba y ladrando como loca. El hombre repetía y repetía:

- Como me muerda esta perra, esta noche duermes en la cárcel.

- ¿Y qué quiere que haga si la estoy llamando y no me obedece?

- Pues ahora mismo llamo a la policía.

Muy enfadada gritó la joven:

- Haga lo que le parezca. ¡Perra, perra, por favor, ven aquí!

 

               La perra no le hacía caso, el perro que sujetaba con una cuerda, tiraba de la joven y en la calle, a los ladridos de la perra enfadada y a los gritos del que reculaba, se fue llenando de gente. Turistas, estudiantes, camareros de los bares cercanos, algunos que llegaban en bicicleta y, unos y otros, la fueron rodeando y nadie hacía nada por ella ni por la perra ni por el hombre que reculaba. Éste, ya con el teléfono móvil en sus manos, seguía gritando contra el animal y contra la muchacha:

- Ya estoy llamando a la policía.

- Le repito que haga lo que quiera.

 

 

               Poco después, la policía se presentó, se llevó a la joven y a los perros, el que reculaba se alegró y las personas que la rodeaban, se fueron. Con el corazón encogido y como paralizado, él se quedó por allí un rato pensando en la joven, en sus perros, en los que alrededor de ella se habían concentrado y en sí mismo. Culpándose por no haber hecho nada para ayudarle y pensando que podría ir al día siguiente a la cueva donde le habían dicho que vivía. Se preguntaba: “¿Se refugiará ahí y me permitirá que la salude y hable con ella un rato?”


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