Ventanas a la eternidad

        Relatos cortos // 2010-18

 El libro de los más bellos relatos de la Alhambra,

 río Darro, Albaicín, Realejo y Granada - XXI

 

1- El cortijo brumas

2- La pintora del río Darro

3-  El majoleto Santa Ana

4- 

5- 

6- 

8- 

9- 

10- 

11- 

12-

13- 

14- 

15-

16- 

17- 

18- 

19-

 

489- EL CORTIJO ENTRE BRUMAS

Siguiendo la senda que va por el lado de arriba de la cañada, me acerqué al collado. Por donde el terreno vuelca para el levante y cae levemente hacia el arroyo. Solo a unos metros al cruzar el arroyo, en el rellano, se alzaba el cortijo.

 

La mañana era fría, el cielo se veía por completo azul y la hierba, cuajada de diminutas gotas de rocío, tapizaba toda la cañada. Por el collado, se veían cinco o seis encinas y, a la izquierda, la bruma borraba el horizonte hacia el río. Era tiempo de bellota y por eso el campo olía a setas, musgo y humedad.

 

Y según me acercaba el collado, iba mirando con el deseo de encontrar la encina. La más gruesa y vieja en este collado y sabía que la que da bellotas gordas y buenas. Conocía este rincón, el cortijo, olivar, encinas y bellotas, desde hacía mucho tiempo. Desde pequeño y por eso hoy volvía y el corazón se me iba llenando de imágenes, algunas dulces y hermosas y otras, algo tristes.

 

Al volcar el collado, vi la encina, vi el cortijo al fondo, más lejos vi Sierra Nevada y la Alhambra un poco antes sobre la colina recortada. Bajo la encina, la vi a ella y esto me extrañó al tiempo que me alegraba. Vestía ropa pobre, tenía cubierta su cabeza y parte de la cara con un pañuelo a cuadros blancos y negros y se movía despacio como buscando algo. Me acerqué y ya solo a unos metros, la saludé. Alzó su cabeza, me miró, respondió a mi saludo, y siguió moviéndose como buscando. Le pregunté:

- ¿Sabes que las bellotas de esta encina son gordas y buenas?

- Lo sé y por eso las busco. Cada año, esta encina da mejores bellotas y las de este año, son casi como caramelos.

 

Miré con interés y ahora me di cuenta que aunque se movía con agilidad, era mayor. Le volví a preguntar:

- ¿De dónde eres y por qué sabes que esta encima es tan especial?

- Soy de un lugar concreto pero mi alma y espíritu, pertenecen y se alimentan de estos lugares.

- ¿Y sabes algo del cortijo que ahora mismo se ve ahí enfrente y un poco entre brumas?

- Lo sé todo.

- ¿Cómo qué?

 

Y mirando al cortijo, con un puñado de bellotas en sus manos, me dijo:

- A su entrada, tiene un portón de hierro, enseguida hay un amplio patio empedrado y según se entra a la derecha, hay como otra puerta. Lleva esta puerta a otro pequeño patio que tiene a su derecha una amplia sala con chimenea. En la segunda planta de esta sala están las habitaciones que usaban los obreros en aquellos tiempos y las ventanas de estas habitaciones, dan a las cuadras de los burros y mulos también de aquellos tiempos.

 

Mirando al cortijo, por un momento se mantuvo en silencio. Le pregunté de nuevo:

- ¿Y qué hay en el patio principal, a la derecha y al frente?

- A la derecha de este patio, hay un pabellón que era el que usaban los dueños de la finca cuando por aquí venían en verano. Y al frente de este patio principal, otra gran sala con chimenea en un extremo. Aquí se reunía la familia veraneante con el encargado de la finca.

 

Desde el barranco de la derecha y por donde se veían álamos al fondo, remontaban algunas nieblas. Por un momento taparon el edificio del cortijo y esto me pareció hermoso y lleno de misterio. Le seguí preguntando:

- Has dicho “se reunían”. ¿Es que ya no?

- Desde hace mucho, mucho tiempo, todo lo que te he dicho, ha cambiado. El cortijo es ahora un museo antiguo que enseñan a los turistas. Por eso, por esta senda que has recorrido tú, quieren construir un pequeño ferrocarril. Un tranvía azul y verde para que traiga y lleve a los turistas que visiten este cortijo museo. ¿Qué te parece?

 

No supe que responder. Pero sí ella, sin que yo ahora le preguntara, me siguió diciendo:

- Nada quieren que cambien en este cortijo. Los hierros del portón, quieren que sigan oxidados, desean que las paredes continúen desconchadas y piensan en dejar las salas, las camas, las cuadras y los patios, tal como en aquellos días estaban. Y al mismo tiempo piensan usar las habitaciones para que las ocupen los que dormir en ellas quieran. ¿Vienes tú por aquí con la idea de visitar a este cortijo?

 

Después de un rato en silencio, le dije:

- Sí y no.

- Pues ten en cuenta lo que voy a decirte:

Cuando pises el primer patio empedrado, sentirás dentro de ti como un millón de burbujas transparentes haciéndote cosquillas. Si te sucede esto, sabrás que tu corazón y espíritu, están llenos de vida y perteneces al grupo de las personas buenas y amantes de lo bello. Pero si al pisar el empedrado del primer patio, sientes dolor en el corazón y como agujas que se te clavan en el alma, no te alegres ni te felicité de ninguna manera.

 

Algo sorprendido, pensé un momento y luego le volví a preguntar:

- Cuando tú vas ahora al cortijo y pisas el empedrado del primer patio ¿qué es lo que sientes?

- Lo mismo que sentirás tú cuando ahí entres. Millones de burbujas recorriendo las venas de todo mi ser y haciéndome cosquillas. Hace mucho, mucho tiempo, que nada me preocupa ni me quita la paz del corazón. Cierro mis ojos, me concentro en mí y me uno al universo del sueño que siempre llevo en mi alma.

- Pero y si yo sigo esta senda y, después de remontar las laderas de los olivos, vuelco para el río ¿qué es lo que por ahí puedo encontrarme?

 

Después de un rato sin pronunciar palabras, de nuevo comentó:

- Por ahí va la senda que ellos  recorrieron el último día que por aquí estuvieron. Es muy bella esa senda pero también muy peligrosa. Surca una ladera tan inclinada que un mal paso, te puede llevar rodando al río. Por eso ellos aquel día iban todos cogidos de la mano y, al tiempo que se alegraban, se daban ánimo.

 

Cortó sus palabras en seco. Yo tenía mis ojos clavados en la figura del cortijo ahora mismo como velado por una fina bruma. Volví mi cabeza para observarla de cerca y no la vi. La llamé y no me respondió. Sí por el suelo, vi algunas bellotas gordas con un aspecto tan bueno que parecían caramelos. Con respeto, cogí un puñado de estas bellotas y me las guardé como recuerdo. 

 

 

 

 

492- LA PINTORA DEL RIO DARRO

The painter of the Darro river                                                                     

         

                      El encuentro, the meeting                           

                      El sueño, the dream

 

            EL ENCUENTRO, the meeting

            Era invierno, caía la tarde, hacía fresco, por la calle Carrera del Darro, los turistas iban y venían y arriba, a la derecha sobre la colina, la Alhambra en su quietud de piedra. Caminaba lento, solo, como perdido entre los que iban y venían y miraba despacio. Se asomó al muro  y vio la clara corriente del río donde unos patos silvestres buscaban alimento. Le gustó la escena y pensó que también era bello y además curioso, que en este invierno, aquí en el río que atraviesa la ciudad de Granada, de vez en cuando aparecieran patos silvestres. Iba como en su sueño y, también como tantas otras tardes, buscaba algo. Observaba las caras de las personas, el horizonte y soñaba.

 

            Miró al frente y sobre el muro del río a la altura de la Iglesia de Santa Ana a su derecha, vio el pequeño cuadro. Del tamaño de un folio, apoyado sobre una caja de madera y frente al primer puente del río, el conocido con el nombre de Cabrera. Bajo este puente se movían y de vez en cuando nadaban un par de ocas domésticas. Apoyada en el muro del río, en su mano izquierda sostenía una paleta llena de colores. En su mano derecha sujetaba un delgado pincel que, a intervalos, mojaba en algunos de los colores de la paleta y después lo extendía en el pequeño cuadro que pintaba.

            Antes de llegar, todavía como a unos diez metros, la vio. No la conocía de nada. Y de alguna manera se sorprendió porque era la primera vez que por aquí aparecía. Ya solo a unos metros, se quedó parado. A sus espaldas y sin llamar la atención ni pronunciar palabra. Miró durante unos segundos el cuadro que pintaba y luego se acercó. Directamente le dijo:

- Es muy bonito el cuadro que estás pintando.

Sorprendida, volvió su cabeza, lo observó durante unos segundos y luego le preguntó:

- ¿Te gusta?

- Me gusta mucho. ¿De dónde eres y para qué o quién pintas?

- Soy de Letonia y pinto para llevarme un recuerdo de esta ciudad. Estoy por aquí de paso, de turismo. Me marcho dentro de unos días.

- ¡Qué hermoso y a la vez qué pena!

 

            Sorprendida ella lo miró y no pronunció palabra. Sí él deseó seguir hablando, preguntarle cosas, compartir un rato, el momento y el escenario. Pero no lo hizo por miedo a importunarla. Era la primera vez que la veía y no la conocía de nada. La despidió y siguió  caminando por la calle que va al borde de las aguas. Soñó volverla a ver por aquí quizá al día siguiente, al otro o al otro. Sentía que iba a gustarle encontrarla de nuevo. Esto le animaba y al día siguiente al caer la tarde, cuando por el lugar se acercaba, miraba lleno de ilusión. No estaba pintando donde sí la tarde anterior. Tampoco la vio por aquí al día siguiente ni al otro ni durante una semana ni tres ni cuatro ni en los días que fueron corriendo. Ni siquiera sabía ahora ya si todavía seguía por Granada o se había marchado.

 

            Pero, quizás porque seguía recordando su cara y el color de las pinturas en el pequeño cuadro con la corriente del río en el centro, una noche tuvo un sueño. La vio junto a las aguas del río que corre a los pies de la Alhambra, por donde una tarde ya muy lejana, la encontró pintando su pequeño cuadro. Y escribió este sueño al día siguiente en su cuaderno narrándolo de la siguiente manera:

 

            EL SUEÑO, the dream

“Esta noche no he podido dormir bien porque  en estos días se celebran fiestas por aquí. Como todos los años, han montado un buen tinglado y lo que más jaleo mete es el conjunto musical. Se oye por todo el entorno. Pero esta noche, al fin me he quedado dormido y he tenido un sueño.

 

Me encuentro por donde el río pequeño justo a los pies de la Alhambra. Donde las orillas son praderas de hierba espesa y fina y donde las aguas se remansan en charcos dulces y cristalinos. Estoy conmigo y me gusto por el paisaje que me rodea cuando veo que por la calle avanza la hermana pintora de la vida, sueños y colores. Se viene a mi lado y se pone a pintar y a jugar con la hierba cerca de las aguas. Me pide que juegue con ella para hacer más hermoso el momento y le digo que no puedo.

- ¿Por qué no puedes?

Me pregunta.

- Es que el río corre color chocolate y por eso las aguas no son limpias.

La hermana pintora, la que es y siempre será mariposa espiritual que sólo regala dulzura y gozo al corazón por donde los silencios de la Alhambra, me pregunta:

- ¿Quién te ha dicho a ti que las aguas del río no son claras?

- Las he visto con mis propios ojos.

- Pues tus ojos no ven bien.

- ¿Por qué no ven bien mis ojos?

- Porque las aguas del río hoy son tan limpias como siempre.

- Que no son limpias porque yo las he visto hace poco y pasaban turbias como nunca.

- ¿Qué río ha sido el que has visto tú?

- Nuestro río de siempre. El que tú pintabas aquella tarde.

- Pues te repito que te has equivocado.

 

Y entonces me acerco a ella y la cojo de la mano.

- ¿Por qué me dices eso?

- Es que el río nuestro yo lo estoy viendo ahora mismo y lo encuentro tan limpio o más que aquel día.

- ¿Cómo puede ser?

- Mira para aquella curva.

Le hago caso y miro para la curva de los fresnos y las algas verdes y lo que veo me asombra. Las aguas del río corren tan limpias o más que nunca y hasta llevan nenúfares en sus olas y algas más grandes y verdes que otros días. Pero algo me inquieta. En los redondos charcos donde el río se remansa, hay patos y nadan las truchas, las aguas están muy tranquilas y sobre su superficie no son nenúfares los que nadan sino grandes rosas de nieve blanca. Por eso le pregunto a la hermana que me da compañía y sin que ella lo sepa, también me regala dulce placer. Como si me quisiera decir que ella es la dicha y no la vida que tengo ahora bajo el sol del Planeta Tierra.

- ¿No puede ser?

- ¿El qué no puede ser?

- Las aguas del río estaban turbias y ahora corren claras y con flores inmaculadas sobre sus olas. Pero no puede ser porque si las flores han nacido y llenan con su perfume el aire de estas riberas es porque la primavera ha llegado.  Pero sigo diciendo que no puede ser porque si ha llegado la primavera ¿Cómo estoy viendo la nieve dormida sobre las limpias aguas del río que hace poco he visto turbio?

 

La hermana me mira y me repite que tampoco es invierno y por eso no puede haber nieve.

- El río esta tarde sólo lleva aguas limpias y eso sí, en su ribera crece espesa la hierba verde, cantan ruiseñores y croan las ranas.

- ¿Y la nieve que estoy viendo?

- Serán los reflejos del sol que entran por entre las ramas del árbol que en mi cuadro pinté aquella tarde.

- El sol no es.

- Pues entonces será que en tu corazón ocurre algo raro.

Y caigo en la cuenta de que sí. En mi corazón hoy y desde aquella tarde, ocurre algo raro y por eso la veo a ella cuando no debiera verla porque hace mucho tiempo que tampoco está y ni siquiera están ya las riberas de este río ni algunas casas entre los majuelos ni las flores ni la hierba.

- Pero entonces ¿qué me pasa?

Ella me aprieta en su mano y al sentir el calor de sus finas carnes con la belleza y el aroma de aquellos momentos, hasta tengo ganas de llorar. Quiero llorar, necesito llorar y más necesito aún volar al cielo que en mi alma sueño.  Porque en mi corazón me digo que ella sí está aunque sé que se ha ido y para siempre. Y como en aquellos momentos, sigue siendo puerta hacia ese temblor de amor que, en forma de sueño, me tiene trascendido hacia un mundo que no es este mundo. Ella, la hermana de los colores y la luz y con sabor a primavera limpia, es lo único que ahora y en este sueño mío, me hace sentir la vida nueva, el gozo y descanso eterno. La  presencia de Dios,  el cielo que no se parece a la vida de la tierra ni por asomo.

 

 

            Las aguas del río que corre a los pies de la Alhambra y que son los escenarios donde jugaba la hermana con los colores y la luz, no corren color chocolate. Son cristalinas como el aire más puro y huelen a primavera. Pero ella, la hermana de los colores y ojos llenos de infinitos, hoy ya no está. Por eso quiero llorar y por eso en mi alma se refleja un mundo que no es el que necesito y sueño, sueño, sueño. Quiero irme con las aguas de este río para abrazarme al descanso y a la paz que tanto necesito”.

 

El majoleto por la iglesia Santa Ana

en el río Darro, Granada, España

Navidad 2014

 

The Majoleto by the Santa Ana

church on the Darro river, Granada, Spain

Christmas 2014

 

A los pies de la Alhambra, donde el río Darro se oculta bajo la ciudad, se encuentra la iglesia. Justo al final de Plaza Nueva y comienzo del histórico paseo de la Carrera del Darro. No es muy grande, sí bonita y señorial, como si pretendiera dar paso a la torre de la Vela en todo lo alto. Justo por su lado izquierdo según se comienza a recorrer la histórica calle que discurre paralela a la corriente, pasa el río. Cristalino y como si gritara en todo momento que llega desde las montañas que, de alguna manera, coronan a la Alhambra.

 

Pegado a este muro izquierdo de la iglesia, crece un majuelo. En la poca tierra, cerca de las aguas, curvado un poco para la corriente y por los días próximos a la Navidad, todos los años sus ramas se ven cuajadas de redondas bayas rojas. Con la llegada del otoño, a este pequeño arbolito, se le caen todas las hojas. Solo muestra ramas desnudas y éstas muy decoradas con los cientos de redondos y rojos frutos. Como si anunciara que la Navidad se encuentra a sólo unos días. Porque es precisamente en estos días de frío intenso, escarcha al amanecer por la umbría de la Alhambra y abundante nieve en las cumbres de Sierra Nevada, cuando este singular arbolillo muestra una belleza especial.

 

Se ve claramente, al darle el sol de la tarde. Silencioso ahí junto a las aguas claras, mostrando su abundante cosecha de pequeñas bayas rojas e iluminado por este especial sol de la tarde. Los turistas pasan, a veces casi en avalancha, por la bonita calle del Darro y aunque miran sin parar y hacen fotos a destajo, ninguno se fija en este árbol. Como si no perteneciera a estos rincones de Granada o como si no tuviera interés alguno. Pero el arbolito cuajado con sus racimos de bayas rojas, está ahí y grita al cielo algo tan bello, profundo y grande, que quizá supere a todo lo que los turistas por aquí vienen buscando.

 

La historia dice lo siguiente: “Vivía solo. En una humilde casa, a unos doscientos metros del río Darro y en la ladera del Albaicín. Por eso su vivienda quedaba por completo frente a la Alhambra, casi a la altura de la gran torre de Comares. Decían muchas personas que este rincón era el mejor y más bonito de Granada aunque su casa fuera humilde como pocas en todo el barrio. Estaba techada con monte, sus paredes eran de adobe de barro y solo tenía dos estancias. La que le servía como sala y cocina donde, en el rincón, se encontraba la chimenea y en la otra sala, solo con un ventanuco casi cuadrado, era donde tenía una pobre cama, con algunas ropas raídas.

 

Aquí vivía solo desde hacía bastantes años porque sus padres ya habían muerto. No tenía hermanos ni tampoco otra familia pero sí poseía un pequeño rebaño de ovejas que siempre careaba por las montañas próximas a Sierra Nevada. Por estas tierras pastaban sus ovejas durante el día y luego por las noches, encerraba a este rebaño en un corral de piedra que él mismo había hecho junto a unas rocas. Cerca de corral de piedra también había construido una reducida cabaña con una sola estancia. En el mismo collado, divisoria de dos grandes vertientes hacia dos ríos con sus valles. A levante, caía una muy amplia ladera poblada de árboles y vegetación y al final de esta lardera, corría el río grande. El más caudaloso, cristalino y misterioso río de Sierra Nevada y hacía el que el joven se sentía muy atraído. Porque al observarlos desde la plataforma del collado, en las mañanas de otoño o en los fríos días del invierno, con mucha frecuencia lo veía cubierto por las nieblas. Vellones de nubes muy blancas que formaban como pequeños mares arropando en su interior sentimientos hondísimos y bellos.

 

Desde el collado para el lado norte, también arrancaba una ancha y alargada ladera que, poco a poco se iba perdiendo hacia los contornos de la Alhambra y de Granada. Antes de estos contornos y la gran vega, la ladera, se encontraba con otro cristalino río. Éste de menor entidad que el de la ladera sur pero también muy hermoso por las amplias riberas tupidas de vegetación que por sus orillas se extendían. Era éste paisaje también muy querido por él, especialmente por dos cosas: porque al contemplarlo desde el collado, siempre sentía la necesidad de salir volando y, por entre nubes y rozando la copa de los árboles, descender en la dirección en que corren las aguas hacia la colina de la Alhambra y del barrio donde tenía su humilde casa. Y la otra razón por la que sentía un atractivo especial por este valle, era por la luz y colores que en primavera y otoño siempre refulgían por aquí. Luces muy brillantes, tamizadas al amanecer y por las tardes y colores vivos, oro puro o roja sangre en los meses de otoño. De aquí que él, más de una vez se dijera “Sí yo en mi vida tuviera a alguien que quisiera mucho, sin duda que lo que más me apetecería sería compartir con esta persona, las maravillosas luces de este valle y los colores que de él brotan”

 

Y era precisamente en estos meses de otoño, antes de que los fríos llegaran o las nieves aparecieran, cuando él bajaba con más frecuencia desde el collado de las montañas a su casa en el Albaicín. Cuando, a lo largo del día iba detrás de su rebaño de ovejas, de un lado y otro, recogía ramas secas y trozos de palos. Los juntaba todo en algún lugar y luego recogía esta leña. Hacía pequeños haces que amarraba con cuerdas de esparto y, cuando ya por las tardes encerraba a su rebaño en el corral, cargaba con estas ramas secas. En silencio siempre y mientras la noche iba llegando y luego ya a la luz de la luna, caminaba sin parar. Llegaba a Granada unas horas después y sin detenerse con nadie, recorría los últimos metros hacia el barrio, avanzaba por las calles y en su humilde casa, dejaba la carga que traía de las montañas. Ya muy cansado y antes de irse a dormir un poco, con frecuencia se decía: “Si yo tuviera algún compañero o amigo que me ayudara un poco en estas faenas, me sentiría dichoso. Podría compartir con él las pocas ganancias que tengo pero, sobre todo, serían mucho más  llevaderas las tareas que cada día realizo”.

 

En estos días de otoño y según se iban acercando las fiestas de la Navidad, en su casa en el barrio del Albaicín, siempre se levantaba muy temprano. Y lo primero que hacía era preparar la leña que por la noche había traído de las montañas. Bastantes vecinos del barrio que ya lo conocían y sabían de esta actividad suya, también madrugaban. Se encajaban en la puerta de su humilde casa, lo saludaban y al poco cargaban con algún haz de leña,  dejando al joven algunos céntimos por esta mercancía. Él se lo agradecía y cuando alguna mujer mayor le comentaba:

- Si mañana encuentras setas por las montañas que recorres, me traes unas pocas que yo te las pagaré.

- Lo tendré en cuenta.

Y otras veces también le decían:

- Y si a mí me traes algunos kilos de buenas bellotas, castañas o madroños, también te los compraré. Con estos días de lluvia de otoño y los fríos que pronto llegarán, tu leña y los frutos silvestres que nos traigas, nos aliviarán un poco.

 

También en estos días de otoño y según se iba acercando el fin de año, los vecinos le preguntaban:

- ¿Y tus ovejas este año están criando buenos corderos?

- Mis ovejas todos los años crían los mejores corderos de todos estos lugares. ¿Por qué me preguntas esto?

- Es que para estos días que se acercan, como otros años, alguno de nosotros queremos comprarte estos corderos tan buenos que crías. No todos podemos comer carne de cordero pero, como otras veces, los corderos que tú nos traigas nos lo repartiremos. Y sí, como haces todos los años, a lo más pobres de este barrio tú regalas algunos de tus corderos, creemos que será estupendo para ellos y bueno para ti. Así que cuida bien a tus corderos para que a ninguno nos falte una chuletilla de ellos en estos días.

- Eso es lo que hago y, desde ahora, sí que voy a tener en cuenta lo que me estáis diciendo.

 

Él se sentía algo satisfecho con estas tareas, palabras y las cuatro monedas que sacaba y prestaba mucha atención lo que siempre una mujer mayor le comentaba:

- Algún día de estos, cuando por las mañanas vuelvas a las montañas, encontrarás que te han robado las ovejas que allí tienes.

- Más de una vez he pensado yo esto pero ¿qué puedo hacer para que las cosas no ocurran así?

-Tienes que buscarte a un buen amigo compañero para que te ayude en estas faenas. Dejar tantos días a tu rebaño de ovejas solo allá en la montaña, no es buena idea. Un día te las robaran y nadie por aquí queremos que suceda esto.

Y el joven se tomaba muy en serio lo que esta mujer le comentaba. Pero en el fondo, él también confiaba en su amigo el perro mastín que a todas horas acompañaba al rebaño de ovejas.

 

Cuando bajaba de las montañas al barrio del Albaicín y cuando desde aquí y por las mañanas subí al collado del corral de piedra, siempre pasaba por una curva de río muy especial para él. Estaba esta curva del río, en la ladera norte que caía desde el collado y como por aquí en la montaña eran abundantes las rocas, las aguas de esta cuerva del río habían horadado un gran tajo. Unas cascadas muy pronunciadas que arrancaban en la misma curva del río y se alargaban hacia las partes altas. Pero abajo, por donde la corriente se deslizaba a los pies de estas cárcavas, el cauce tenía varios charcos grandes de aguas azules verdes muy claras. En la orilla de estos charcos, se habían formado pequeñas playas de arena muy fina por donde crecía un fino tapiz de hierba.

 

La senda que él recorría tanto para ir como para volver, pasaba precisamente por esta gran curva del río. Casi rozando los charcos en algunos momentos y atravesando las pequeñas playas de arena, en otros tramos. Por eso, este extraño, muy bello y a la vez algo oscuro rincón, a él le resultaba como misterioso. No sabía por qué, pero siempre que por aquí pasaba, en su corazón ocurría lo que en ningún otro lugar de las montañas que continuamente recorría.

 

Y una mañana, cuando ya el sol estaba un poco elevado sobre las cumbres de Sierra Nevada, siguiendo la senda, pasaba él por aquí. De regreso desde el Albaicín hacia el collado donde tenía el corral con sus ovejas. Y un poco antes de llegar a esta curva del río, sintió la voz de una persona como entonando una desconocida para él, canción. Una melodía no muy clara pero que era tarareada por una voz aguda y dulce y con timbre de persona joven. Se paró un momento, escuchó con atención y pasado unos segundos se preguntó: “¿Quién puede estar en este lugar del río cantando esta canción tan especial?”

 

Y se acordó en ese momento de la princesa que en una de las torres de la alhambra, desde su casa en el Albaicín, en varias ocasiones le había parecido ver. Al caer las tardes y cuando regresaba desde las montañas con su haz de leña u otras cosas, siempre que pasaba por la calle del río Darro, miraba para la colina donde se asentaba la Alhambra. En estos momentos y alguna vez, en su mente imaginaba una princesa asomada a la ventana de algunas de las torres que sobre la colina se alzaban. Y cuando un poco después ya estaba en su casa, antes de acostarse o cuando la luna derramaba su luz sobre estos palacios, al mirar para las torres de este monumento, también imaginaba a una princesa desde aquí contemplando los cielos estrellados. Se decía: “Por mi condición de pastor de un pequeño rebaño de ovejas, sé que nunca podré ni siquiera ver a una de las princesas que en esos palacios viven. Pero los sueños de mi corazón son libres y por eso nadie puede prohibirme que imagine lo que quiera. Y aunque también puedo entender que nunca me encontraré yo frente a frente con algunas de estas princesas, nadie puede prohibirme tampoco que sueñe esto”

 

Y mientras en la humilde cama de su casa en el Albaicín, cogía el sueño, durante rato  repasaba las cosas con su rebaño de ovejas, sus pasos por las sendas que cada día recorría y estos casi irrealizables sueños con una princesa en las torres de la Alhambra. Momentos en los que también se decía: “Y si un día, por las circunstancias que fuera o porque el cielo me lo permitiera por encima de todo, me encontrara cara a cara con esta princesa que imagino, mi dicha sería memorable. Desde luego que no le haría ningún daño y esto sería lo primero que compartiría con ella. Luego la invitaría a que recorriera conmigo estos lugares de las montañas y, si ella no mostrara interés en las cosas interesante que tanto abundan por aquí, le preguntaría:

-¿Es que no te gustan los ríos con sus cascadas y charcos remansados?

Y si me respondiera:

- No mucho porque yo soy pequeña y mi mundo nunca ha estado entre montañas, ríos o bosque. El mundo de las princesas de la Alhambra, es otra realidad en nada parecido a la realidad del mundo de los pastores en las montañas.

- Pero si tú quieres, sin sentirte obligada sino en total libertad, yo poco a poco puedo hablarte y enseñarte las cosas que por estos lugares descubramos. Y aunque soy un pastor sin cultura ninguna, conozco muchas cosas que a lo mejor a ti podrían gustarte.

 

Y en estos momentos le parecía oír que la princesa comentaba:

- Es que una princesa de la Alhambra nunca debe ser amiga de los pastores de las montañas. ¿Cuándo se ha visto y dónde está escrito que un inculto pastor dé lecciones de cosas elevadas a jóvenes princesas como yo?

Y al oír esto el joven pastor decía:

- Pero sueño contigo y eso creo que nunca será malo.

- Pues ya sabes cómo pienso.

 

Quizás por esto, ahora esta mañana, al acercarse a la curva del río y oír una extraña canción al parecer cantada por una joven, vino a su mente la princesa que tantas veces había imaginado. Miró muy interesado antes de llegar a la curva y, por entre unas matas de aulagas y cornicabras, allá en el fondo y cerca de las aguas del río, la vio. Una joven se había sentado en el tronco de un árbol y con sus pies colgando por encima de la corriente, parecía jugar al tiempo que cantaba y expresaba no se sabía qué. Durante unos minutos, se estuvo quieto mirando, haciéndose a la idea de lo que estaba viendo. Pensó rápido buscando qué hacer y, pasado un tiempo, se dijo: “Seguiré este camino y me acercaré a ella. La saludaré y luego le preguntaré quién es y qué hace por aquí. Es la primera vez que me ocurre esto”.

 

Se movió lentamente, rodeó un pequeño bosque y cárcavas y avanzó por la pequeña bajada de la senda hacia el río. Intentaba no perder de vista a la joven en la curva del cauce y, cuando sólo unos metros más adelante ya estaba en este lugar, no la vio. Nadie había en esta curva del río ni nadie cantaba por aquí. Sí se veía el grueso tronco de un árbol que, en situación horizontal, cruzada de un lado a otro de las aguas como en forma de puente. Junto a este tronco tumbado estuvo pensando un buen rato y luego siguió remontando hacia el collado por donde el corral de sus ovejas.

 

Al caer la tarde, de nuevo volvió al barrio del Albaicín con un haz de leña a cuestas para repartir entre sus conocidos. También su mente estaba en todo momento ocupada con dos inquietudes importantes: sus ovejas y corderos y el peligro real de que un día se los robaran y la imagen de la joven en la curva del río. De aquí que a lo largo de la noche no durmiera relajado y si mirara en varios momentos por la ventana de su casa hacia la Alhambra. Pensó en la joven del río y en la enigmática princesa que una vez y otra imaginaba en las torres de estos palacios.

 

Se levantó muy temprano. Antes de que amaneciera. Comprobó que el día se presentaba muy frío y por completo nublado. Su ánimo no estaba lleno de entusiasmo ni tampoco en su cuerpo existían las fuerzas de otros días. Desde hacía un tiempo, en su interior se había instalado el cansancio y la preocupación de lo que un día y otro estaba viviendo. Como si en el fondo no encontrara ningún sentido en nada de lo que en cada momento vivía. Y tanto le afectaba esta sensación de vacío que en algún momento perdía hasta las ganas de hablar con las personas y recorrer los caminos que conocía.

 

Se dijo, mientras lentamente iba preparándose para salir de su casa y dirigirse al lugar de las montañas donde tenía su rebaño: “Esta forma de vida mía, cada día me gusta menos. Solo voy gastando el tiempo según éste llega y pasa y ninguna meta alcanzo ni un objetivo claro y hermoso tengo al que llegar. Cada día veo más claro que al final, me pasará como a tantos y entre ellos, los míos. La muerte me alcanzará cuando menos lo espere y me llevará de este mundo para quedar borrado de la historia como lo más insignificante. ¿De qué me habrá servido, cuando ya la muerte me haya llevado, este ir y venir cada día por estos lugares y sendas y tener mis ovejas por las montañas? ¿Quién se acordará de mí y qué habré yo dejado a alguien que luego tenga algún valor y de alguna manera en el tiempo me perpetúe? Esta vida mía cada vez tiene menos sentido y de aquí que ojalá cualquier día de esto la muerte venga y me lleve”.

 

Llovía menudamente en las montañas cuando salía de su casa. Se cubrió un poco con un trozo de piel de oveja y se envolvió algo más en la vieja ropa que le tapaba para quitarse el frío. Bajó por la calle dirección al río y, la Alhambra con su robusta figura al frente, empezó a saludarle. Con la primera luz del día que iba  llegando y como envuelta en una nubecilla de niebla y las menudas gotas que caían, se veían estos palacios llenos de grandes misterios y extraños mundos.

 

Antes de llegar al río a la altura del que hoy es conocido como Puente del Aljibillo, al volver una esquina, miró para la pequeña plaza que se le quedaba a la derecha.  Vino a su mente la imagen de la joven que en este lugar veía con frecuencia. De cuerpo recio, cara algo redonda, piel fina, pelo negro, lacio y sucio y con sus ojos color claro, siempre que la veía, el corazón se le llenaba de amor.

 

Miró con interés y en estos momentos no la vio, avanzó unos metros y justo cuando cruzaba el puente, oyó los lamentos. Se paró, agudiza el oído al tiempo que se preguntaba: ¿Qué pasará por aquí y quién se queja?” Se acercó un poco más al río y ahora lo vio. No muy retirado de la corriente, sobre la hierba y un puñado de arena que se encontraba cerca de las aguas, su cuerpo se extendía. No lo pensó mucho. Bajó a prisa por una sendilla, se acercó al que pedía ayuda y ahora notó que era tan joven como él.

- ¿Qué te ha pasado para que te vea tan herido y te lamentes tanto?

El que pedía ayuda solo dijo:

- Me estoy muriendo. ¿Puedes ayudarme?

El joven de las ovejas animó al herido diciéndole:

- Te voy a ayudar y ya verás como no te mueres.

Se agachó junto a él, sujetó su cuerpo con fuerza, le ayudó a incorporarse y de nuevo comentó:

- Apóyate en mí y camina despacio.

- Haré lo que me pides y tú procura que no nos vean los que me han atacado.

- ¿Quiénes son?

- Te contaré luego porque ahora el dolor que tengo no me deja ni pronunciar palabra.

- Pues ánimo y no te preocupes.

 

Con el joven herido apoyado en su hombro y cuerpo, remontó la sendilla del río. Lentamente subieron la colina de la Alhambra y siguieron avanzando dirección a las montañas. En varias fuentes de aguas claras y frescas que el pastor conocía, se pararon. Bebieron, lavó las heridas al joven maltrecho, lo animaba con palabras amables y seguían avanzando hacia el lugar de la cabaña. Cuando llegaron al collado donde el pastor tenía su corral de ovejas y su refugio de piedra, acomodó al joven herido sobre la hierba y una gran roca y le dijo:

- Tú ahora, olvida todo, relájate, descansa y no tengas preocupación por nada. Te daré alimentos, vivirás en este refugio conmigo y curaré todas tus heridas. Cuando te sientas con fuerzas, me comentas y si quieres, hablamos de más cosas.

Nada dijo el joven herido.

 

Pero sí el pastor y, con la intención de animarlo un poco más, le explicó lo siguiente:

- Cuando te recuperes, y verás como será así, ya he pensado algo muy bueno e importante para los dos. Ahí, donde al gran río que baja ampuloso y limpio desde las cumbres de las nieves, se le une el arroyo que desciende desde las moreras, hay una llanura muy buena. Un trozo de tierra fértil, casi siempre tapizado por espesa capa de hierba porque las aguas, tanto del arroyo como del río, lo riega. Es un lugar precioso, lleno de silencios, aromas, luces y colores y muy desconocido por todo el mundo.

 

Por eso he pensado que, con tu ayuda y mi ilusión, en este trozo de tierra, podremos construir algo muy personal y hermoso. Para disfrute propio y, para que ese trozo de tierra nos dé frutos y cosechas también de sabores únicos. Junto los dos vamos a construir, ahí donde te estoy diciendo, un pequeño paraíso. Lo he imaginado y ya muchas veces, sobre todo al caer las tardes, me he sentado en el centro de este rodal tierra con la intención solo de recrearme en el rumor de las aguas, el hondo silencio y los delicados colores que ofrece la naturaleza. He disfrutado mucho este pequeño paraíso y más lo vamos a disfrutar en toda su plenitud, en cuanto tú repongas fuerzas y juntos realicemos lo que te estoy contando. Será algo maravilloso.

 

Reflexionaba el pastor compartiendo estos pensamientos con su amigo herido, empujado por las vivencias que en este lugar de ríos y arroyos, tenía en su corazón. En las misteriosas, dolorosas y dulces tardes de su soledad, este recogido rincón entre montañas, cascadas y bosques, era como el santuario de sus más profundos y puros sentimientos. En estas silenciosas tardes de primavera, verano, otoño o invierno, con frecuencia se venía a este sitio y aquí se quedaba horas y horas. Sentado frente a la corriente de las aguas, mirando para las cumbres de la nieve, observando los reflejos de los rayos del sol por entre las ramas de los árboles, gozando de los trinos de mirlos, ruiseñores, currucas y carboneros y dejando pasar el tiempo mientras se deleitaba en la caricia del vientecillo que por el lugar se movía.

 

No un día sino con mucha frecuencia, a su manera rezaba. Y sus reflexiones, oraciones sinceras al Dios que sentía creador del universo, amigo, hermano, padre y dueño de todo cuanto existe e incluso de los latidos que en su corazón resonaban, le hablaba del siguiente modo: “Dios, gracias por este nuevo día, momento, lugar y los paisajes que me rodean. Tú sabes bien que me gusta la lluvia, las florecillas que se traban en la hierba, los revoloteos de las aves, el rumor de las aguas de estos ríos, los colores de los bosques y montañas, las tardes y silencios con su perfume a incienso y soledades profundas. Tú sabes que aquí tengo la esencia de todo lo que soy, todo lo que sueño y todo lo que creo voy a encontrar en la eternidad que también espero que un día me regales.

 

Pero la eternidad, el cielo, la serenidad y consuelo de mi espíritu, lo encuentro cada día por estos lugares. Me satisface plenamente los paisajes llenos de niebla revoloteando laderas arriba hacia las cumbres. Me llena de  hondo gozo ver las profundidades de los barrancos oscureciéndose al caer las tardes y ver sobre esta oscuridades y lejanías, la lluvia caer lentamente. Sé que detrás de este inescrutable universo, estás Tú mirándome y ofreciéndome tú cariño. Gracias por permitirme conocer esto y gracias por desear que aquí me quede para siempre. Cada vez estoy más convencido que en ninguna otra parte de este mundo tierra que pueblan y modelan las personas, hay la belleza, serenidad, silencios, sensaciones placenteras, luces y colores que por aquí mis ojos y espíritu captan cada día.

 

Aleja de mí, Dios dueño de todo y bueno, las personas que han querido y quieren hacerme daño. Aléjalas de mí y no permitas que sus malos pensamientos, acciones, envidias y prepotencias,  perturben mi paz y me alejen de ti. Dame fuerzas y mantenme filme, para que en  ningún momento me tambalee y me aparte de lo que realmente mi corazón me pide. Quiero ser tu amigo, quiero agradecerte toda la belleza y armonía que me permite descubrir y gozar por estos lugares. Ellos no son como yo ni yo quiero ser como ellos. Gracias Dios mío por hacer que mi corazón conozca y sepa diferenciar estas cosas. Por eso quiero ser tu amigo y por eso quiero ser para siempre silencios y soledades por estos bosques ríos y montañas”

 

En estos momentos, el rebaño de ovejas del pastor pastaba por las partes altas de las cascadas del río. Se fue él hacia el rebaño, cuando llegó, buscó a la oveja mansa que conocía, las ordeñó y luego, en las aguas del río, pescó algunas truchas. Buscó por el campo frutos silvestres y algunas hierbas comestibles y luego, cuando regresó a su cabaña, sacrificó un pequeño cordero que guardaba en el corral. En su cabaña, hizo fuego, preparó la leche, la carne del cordero, las truchas de río, hierbas silvestres y frutos y compartió lo más exquisito con el joven herido. Le curó luego cuidadosamente todas las heridas con hierbas medecinales y lo recostó en la cama de monte. Le dijo:

- Ya verás como te recuperas pronto y después, si quieres, puedes quedarte conmigo en estas montañas. Seguro que aquí nadie vendrá a buscarte porque están lejos de la ciudad y no son muy conocidos estos lugares. Ahora, tengo que irme a cuidar mi rebaño y a buscar leña que luego llevaré a las personas que me la compran en el barrio del Albaicín. Tú no te muevas de aquí y si tienes hambre o sed, alimentos y agua te dejo suficiente. Mañana al mediodía volveré y te cuidaré en todo lo que necesites.

 

Agradeció el joven herido al pastor el buen trato que le daba y se acurrucó en la rústica manta de lana. Por los valles, laderas y barrancos, el pastor buscó leña y al caer la tarde volvió al barrio del Albaicín. Habló, con algunos de sus conocidos y les contó la historia del joven herido y una mujer mayor, le dijo:

- Tu comportamiento es muy digno y desde ahora mismo pido al cielo que ese joven se recupere y que ni tú ni él, tengáis problema ninguno.

- Problemas ¿por qué?

- Los que han hecho daño al joven que dices, seguro que lo seguirán buscando. Como sepan dónde está y descubran que lo cuidas tú, pueden hacerle daño otra vez y hasta con más virulencia y también tú quizás tengas problemas.

- Pero y ¿eso por qué?

- Yo no lo sé pero ojalá me equivoqué y el cielo bendiga tu buena acción.

 

En su casa del Albaicín, el joven pastor, meditó lo que la mujer mayor le había dicho. Por eso, antes de que amaneciera, se levantó, salió de su casa, recorrió la senda dirección a su cabaña y a los montes sin poder dejar de pensar tanto en su rebaño como en su amigo herido. Se alzaba ya el sol un poco sobre las altas cumbres cuando se acercó a la corriente de río y se disponía para cruzar las aguas cuando, al mirar, quedó sorprendido. Sobre la superficie de algunos charcos y por la corriente, flotaban pequeñas pompas color sangre. Rojas como los pétalos de las amapolas y casi todas redondas y de tamaño de garbanzos. Se preguntó: “¿Qué será esto?”

 

Cruzó la corriente y al continuar cauce arriba hacia el collado de su cabaña, siguió viendo más y más pompas rojas que bajaban sobre las aguas del río. Y según remontaba también empezó a ver que las mismas aguas de río bajaban teñidas de sangre. Miró para los lados, escudriñó las laderas por donde con frecuencia pastaban su rebaño de ovejas y no la sintió ni las vio. También comenzó al decirse: “¡Qué raro! A esta hora del día, con el fresco de la mañana, es cuando más a mis ovejas le gusta pastar por aquí. Las veo casi siempre cuando por las mañanas regreso de la ciudad”. 

 

Remontó hasta la parte alta de las cascadas y desde aquí observó durante un rato. Ninguna señal veía de sus ovejas. Y al mirar para el collado por donde tenía su cabaña, lo que descubrió también le dejó inquieto. Desde donde ahora se encontraba, no muy bien pero siempre había visto la silueta de su cabaña y mejor aún, cuando de ésta brotaba algo de humo del fuego que a veces mantenía vivo dentro. Tuvo la tentación de llamar al joven herido que la tarde anterior había dejado en su cabaña pero no lo hizo. Con cierta inquietud, tomó por la senda que remontaba e iba derecha al collado de su cabaña.

 

No tardó en encajarse en lo más elevado del terreno y aquí se paró. De nuevo miraba por donde esperaba encontrar a su cabaña y seguía sin verla. Se acercó un poco más y ahora comprobó que por el collado no se veía la hermosa silueta que siempre mostraba el refugio donde se guarecía. Sí por el terreno, esparcidos, vio restos de palos, piedras ennegrecidas por el calor de las llamas y humo y todo el entorno por completo achicharrado. Se le congeló el corazón y en su mente quedaron helados los pensamientos. Tragó saliva, miró muy concentrado, se movió por aquí y por allá y pasado un buen rato, dios voces llamando al joven herido. Nadie le respondió ni por ningún sitio se veía rastro alguno.

 

Sin ganas y sintiéndose muy desconsolado, recorrió de acá para allá el terreno del collado, descendió algo por la ladera buscando al amigo y a sus ovejas y luego se sentó en una roca frente a río y no lejos de las aguas. Ya cansado de buscar y llamar sin percibir ninguna señal ni del joven herido ni de su rebaño de ovejas. Sobre las cumbres de Sierra Nevada, el sol se derramaba llenando de luz todos los paisajes. Se oía el murmullo de la corriente de río y, a intervalos, los trinos de algún ave. Seguía cayendo el sol y él ni lo notaba. Avanzó el astro rey para el lado de la tarde y poco a poco se fue desplomando hacia el horizonte de la noche.

 

Frente río y a esta puesta de sol, seguía sentado sin apenas ser consciente de lo que ocurría ni de la oscuridad que poco a poco fue cubriendo todo el territorio. Se llenó el cielo de estrellas y al poco, apareció la luna. Aves nocturnas desgranaban sus reclamos y chillidos y algún zorro, se oía llamando a sus iguales.

 

De nada de esto era consciente. Frente al río, con su pensamiento perdido y sin mirar a ningún sitio concreto, permaneció inmóvil. Avanzó la noche, comenzó a llegar luz del alba, salió el sol y de nuevo llenó de luz todos los paisajes. Ninguna señal ni de su amigo ni de sus ovejas aparecía ni se oía por ningún lugar. Desde el río, ya casi al mediodía, caminó corriente arriba ahora buscando señales. Nada encontró. No vio rastros de sus ovejas ni tampoco presencia alguna del joven herido. Se lamentó haberlo dejado solo la tarde anterior y también porque ahora no encontraba la manera de saber qué había pasado.

 

Avanzó el día, cayó el sol hacia el lado de la tarde, se ocultó por el horizonte lejano y de nuevo la noche cubrió con su manto todo el territorio. Y en esta ocasión, se refugió en una pequeña covacha no lejos del río y en cuanto amaneció, buscó la senda. Cruzó las aguas del río y comenzó a descender por la ladera dirección a la ciudad de Granada. Trayendo consigo solo la humilde ropa que le cubría y una gran desolación en su alma.

 

Un poco antes del mediodía, se acercaba a los territorios de la Alhambra. Al verlo un hombre que lo conocía le preguntó:

- ¿Y la leña que siempre traes de los montes dónde la has dejado hoy?

No contestó a esta pregunta pero sí aprovechó para a su vez preguntar a este hombre:

- ¿Qué es lo que pasa hoy en los palacios de la Alhambra?

- ¿Por qué me lo preguntas?

- Me he encontrado con algunos soldados montados en caballos y por ahí vienen más.

- Es que están vigilando tanto los caminos como estos palacios y los territorios cercanos.

- ¿Y esto porque?

- ¿No lo sabes?

- ¿Qué es lo que debo saber?

- Desde ayer, en todos estos palacios de la Alhambra, se celebra un gran acontecimiento.

 

Miró el pastor para los palacios que estaban comentando y sintió como un extraño escalofrío. De nuevo preguntó al hombre:

- ¿Y qué acontecimiento es éste que me dices?

- Nadie por aquí lo sabemos. Pensamos que puede ser la boda de una princesa, la visita de algún rey extranjero o príncipe o cualquiera sabe. Los reyes de estos palacios, celebran sus cosas y los que por aquí vivimos, por casualidad alguna vez nos enteramos.

Siguió mirando el pastor para las torres de los palacios y por su mente, como un relámpago fugar, pasó la imagen de la persona de sus sueños, nada dijo.

 

Despidió al hombre, siguió avanzando y al poco, se acercó al río Darro. Miró al cruzar el puente y sobre las aguas vio lo que no esperaba: flotando y como en pequeños  rebaños, corriente abajo se iban puñados de pompas color sangre. Lo mismo que había visto hacía unas horas en el río de las montañas. Dejó la senda por la que avanzaba, se acercó a las aguas del río, caminó por la orilla de la corriente siguiendo el recorrido que hacían las pompas rojas y al poco, a la altura por donde hoy se alza la iglesia de Santa Ana, se encontró con algo que le intrigó.

 

Las redondas pompas rojas que en hilera navegaban flotando en la superficie de la corriente, al llegar a una diminuta playa de arena, se detenían. Y como siguiendo una orden, se iban quedando trabadas entre las briznas de la hierba. En algo así como un hoyo en forma de embudo, se perdían, absorbidas por el suelo. Miró despacio durante un rato y pensó buscando una respuesta. Miró para la Alhambra, para las lejanas montañas y luego para el barrio del Albaicín.

 

Se apartó del río, recorrió las calles y al poco estuvo en su humilde casa en este barrio. Algunos lo saludaron a verlo pero con nadie se entretuvo. Apenas tenía ganas ni de hablar ni relacionarse con personas. Por eso en cuanto se puso el sol, se acostó y aquella noche tuve un sueño: vio las aguas del río Darro a su paso por donde hoy se alza la iglesia de Santa Ana. Y vio como los puñados de pequeñas pompas rojas que por la corriente llegaban navegando, en un punto concreto se paraban y eran absorbidas por la tierra. De este lugar, como un pequeño hoyo en forma de embudo, brotó un arbolito y en poco tiempo creció hasta la altura de casi tres metros. Se llenaron sus ramas de miles de florecillas blancas y al poco, todas estas florecilla se transformaron en frutos redondos y rojos no más grandes que un garbanzo. Al llegar el otoño, a este arbolito que ya conocía y sabía que era un majuelo, se le cayeron las hojas. Sus ramas se quedaron sin hojas pero los pequeños frutos rojos permanecían trabados en estas ramas. De estas ramas desnudas, colgaban hermosos y brillantes los frutos y cuando las lluvias cayeron, cada fruto destilaba y dejaba caer transparentes gotitas de lluvia que reflejaban finos y delicados colores parecidos a los del arco iris.

En su sueño vio pasar el tiempo. Un año detrás de otro y el majuelo del río no se secaba. Al contrario, cada primavera reverdecía con más fuerza, se llenaba de florecillas blancas y luego en otoño, de abundantes vayas rojas. Ninguna de las personas que por aquí pasaban, se fijaba en esto ni prestaban atención alguna. En cambio  él, no pasaba día sin que se acercara por aquí y durante rato, se fijara y meditara frente a este arbolito. En ocasiones le parecía encontrar en su mente una respuesta para este fenómeno pero siempre se decía que era mejor dejarlo todo en el cristalino río y designios de Dios y del universo.

 

En cuanto despertó al día siguiente, lo primero que hizo antes de abandonar la cama, fue reflexionar sobre el sueño que había tenido. Luego pensando en lo que en el sueño había visto, salió de su casa, recorrió las calles y se acercó al río. Miró y justo donde en el sueño había visto el majuelo, encontró un pequeño arbolito muy verde y fresco. Lo observó un momento, recorrió con su pensamiento los lugares de la montaña por donde su cabaña y rebaño de ovejas y luego volvió a su casa en el barrio. Al día siguiente regresó al lugar del río y en el mismo sitio encontró al arbolito. Visitó este rincón de río todos los días, meses y años y siempre veía como el majuelo crecía fuerte y verde. Al llegar la primavera siempre daba muchas flores blancas y luego en otoño, se llenaba de abundante frutos rojos  semejantes a las pompas color sangre que días atrás había visto bajar flotando sobre las aguas del río. Y esto le intrigó mucho.

 

Comenzó a sentir en su corazón un gran respeto por este majoleto y por eso, no paraba de visitarlo un día y otro a lo largo de meses y años. Temía que en algún momento alguien rompiera o acabara con bonito majuelo. Pero no sucedió esto. Corrieron los años, se hizo viejo, y un día murió. Algunas de las personas que en el barrio del Albaicín lo conocían, se organizaron, y llevaron su cuerpo a las montañas, justo al rodal de tierra que había soñado compartir con el amigo herido. Entre unos fresnos y no lejos de las cascadas, lo enterraron. En una piel de cordero curtida en forma de pergamino, escribieron el siguiente texto:

 

“Es mi mundo. Sin nombre ni forma y tan pequeño que cabe en mi mente pero al mismo tiempo es tan grande que ahí están todos los ríos, bosques, montañas, países y continentes. Y también todas las estrellas del firmamento y las galaxias conocidas y aún por conocer. Mi mundo pequeño es tan grande, tan inmenso e inabarcable que hasta contiene los sueños de la humanidad entera. No hay nada como el pequeño mundo que palpita en mi mente porque aquí está la eternidad plena con el tiempo, la luz, sonidos y silencios”.

 

Enrollaron este pergamino y en un pequeño cofre de madera de roble tallada, lo pusieron. Junto a su cuerpo, en la tumba sobre la tierra, colocaron este cofre y después echaron tierra. Pusieron algunas flores y una pequeña cruz también de madera de roble. Regresaron luego estas personas al barrio del Albaicín y aquel mismo día y en los siguientes, algunas personas comentaban:

- Se ha ido de este mundo y con él se ha llevado su secreto.

- Secreto que era como un dolor profundo, como una herida en el alma que sufría en silencio desde aquellos días de su amigo herido y desaparecido en las montañas.

- ¿Qué sería lo que allí ocurrió con este joven herido y el rebaño de ovejas?

- Y las pompas color sangre que sobre las aguas del río vio flotar ¿a qué se debía y por qué nunca a nadie reveló este secreto?

- Se ha ido de este mundo y con él se ha llevado su dolor, las heridas de su alma y sus misteriosos silencios.

- Y lo que tampoco sabemos es por qué ocultas razones este joven se comportó así.

- Sin duda que algo grande, elevado y de valor eterno, existía en su alma. Algo mucho más valioso que todo lo que contiene una vida entera en este mundo.

 

A partir de la muerte del joven, el majoleto de río Darro junto a la iglesia de Santa Ana, siguió creciendo hermoso. Llenándose cada primavera de multitud de florecilla blanca y luego en otoño, de diminutos frutos rojos. Siguieron pasando los años y por el barrio y la ciudad se perdió la memoria de este joven pastor, su rebaño de ovejas y del amigo herido que un día acogió en su cabaña. Por el río Darro siguiendo el camino que por aquí siempre hubo, las personas iban y venían. Nadie se fijaba en el bonito y original majuelo que ningún momento perdía vida. Cerca de las aguas, clavaba sus raíces, lugar casi en el centro de la ciudad de Granada, a los pies de la Alhambra y casi a la sombra de lo que es la torre de la iglesia de Santa Ana.

 

Ni siquiera hoy en día, los turistas se fijan en este arbolito a pesar de tantos como por aquí pasan ahora. Sí alguno se fijan en la bandada de truchas que viven y buscan alimento justo en el charco de río que hay cerca del majuelo. Los más inquietos comentan:

- ¡Qué curioso! Truchas en este pequeño río que atraviesa Granada. Realmente deben de estar limpias y frescas estas aguas porque de lo contrario, no vivirían aquí estos peces.

Y otras personas, solo algunas, también en los meses de otoño y por Navidad, rumorean:

- Y este majuelo tan cargado de frutos rojos cada año y por estas fechas ¿qué anuncia o qué misterio en sí encierra?

 

 


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