LA SENDA DE LAS HIGUERAS

El esplendor de los paisajes de este Parque Natural

  

 El contenido de esta página es parte del texto de un pequeño

       libro titulado:          "La Senda de las Higueras".           Si     

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Voy a contar un fragmento del que fue todo pura sierra y un día tuvo que arrancarse de ella y ya que pasó el tiempo, volvió y, al recorrer la senda que llevaba en su corazón, se encontró que las huellas limpias, nunca las borra el tiempo aunque sí, las nuevas presencias, rompan y machaquen e ignoren que más allá de la materia, en la eternidad, sigue vivo, lo que de niño fue bello.

 

        El que volvía,  se presentó en el cortijo y como era amigo del padre, dijo:

‑ Hoy quiero irme con vosotros.

‑ Nosotros hoy, como tantos días, vamos a irnos con las ovejas por los campos.

 ‑ Eso es lo que deseo: caminar en vuestra compañía y los animales por la sierra. ¿Por qué paraje os vais ir?

- Por los rincones del arroyo de las higueras.

 

‑ Es por esos lugares  por donde deseo meterme porque esa es la sierra que llevo en mi corazón y como no la puedo olvidar, ahora, después de tantos años, me hace falta sentir el consuelo de  pisarla otra vez y quiero que se me cuelen por los ojos  y que se me claven en el corazón y como pienso que aquella senda que  recorrí hace tanto,  quizá ya no exista y si está,  no sé si acertaré a saber por dónde  va, por  eso necesito que me guíe un pastor amigo  que además de saber de tormentas de truenos huecos, de noches de frío y nieves blancas, llevé dentro el amor por sus prados  y crea en Dios porque ¿sabes por qué vuelvo?

- Volverás porque ni la ciudad es vuestro mundo ni allí pintáis los serranos nada y como se te habrá hecho difícil respirar el aire sucio, entre  asfalto negro y te acuerdas de tus campos verdes con  su hierba bañada de rocío y  arroyos rebosantes  de aguas limpias, vuelves y en el fondo es que en la ciudad no eres feliz  y como llevas dentro lo que ahí se te metió cuando niño, aunque ahora tengas coche,  piso y hasta una profesión nueva que te da cierta seguridad, retornas a tus  raíces.  Siempre pensé que eso es bueno porque es como reconocer que  Dios es lo único necesario. ¿No sé si me explico?

 

‑ Es verdad que vuelvo por lo que acabas de expresar pero también por otra razón y más,  aunque todo arranca y se fragua en el mismo punto.  Mis juegos de niño, siguen latiendo entre los castillos encantados, reales sólo en  la fantasía de mi mente y entre una cosa y otra, el polvo de la tierra seca y el viento que acaricia las montañas, yacen los míos. Los que fueron benditos y ya se marcharon y ahora recuerdo  sólo para amarlos y rezar por ellos esperando el momento del encuentro eterno y   vuelvo por el rumor del viento acariciando las hojas verdes de las nogueras y por el trino de los ruiseñores que se esconden entra las zarzas.

 

Y  vuelvo, beso la tierra y lloro y me siento inmortal rozando esta luz tan casi mía, aunque camine por aquel lugar y aunque vuelvo también por mil querencias y razones hondas, todo es lo mismo.  Al final lo único necesario es el encuentro con la Verdad Grande y por eso los recuerdos se nos mantienen vivos y encendidos como antorchas que el tiempo no consumen y dan luz al alma para que sepamos que hacia allá se encuentra la meta y en ella Dios pero en el fondo vuelvo porque he oído y hasta he visto los planos de lo que quieren hacer en el barranco de la Senda de las Higueras.

‑ Eso es mejor que lo veas con tus  ojos.

Le dijo el pastor.

Pero antes tengo que decir que la senda rota que hoy quería recorrer,  arranca de donde las dos pequeñas cañadas se convierten en arroyos menores que luego van creciendo hasta quedar en el arroyo grande de las higueras pero cuando por aquí empieza a nacer no es una sola  sino por lo menos  tres: la de la fuente primera que es la más pegadita a la de la cañada de en medio y en cuanto vuelca se junta con la segunda que viene por la torrentera que el arroyo menor ha ido  horadando y la de la cañada norte, donde también brota otra pequeña fuente, justo mismo donde se aplasta la vieja tinada. Tres sendas, algo invisibles por lo poco definidas, que al juntarse en el mismo punto en que  se funden los tres arroyos menores para quedar ya configurado como el arroyo grande de las higueras, se convierten  en una que sigue bajando por la izquierda del cauce.

 

        Pero la senda no nace en estas tres cañadas ni baja por el  magnífico arroyo sino que viene a morir por aquí después de haber subido por el arroyo de las higueras y la senda viene desde el  arroyo grande que se llama de las tres sendas y  de más arriba.

 

        Pero tampoco es aquí donde nace puesto que por el lugar pasa  buscando justo el pequeño vado que se forma al comienzo de la cerrada, donde todo es un juego de equilibrios entre el desfiladero, el agua espumeante de la cascada y las rocas cortadas a plomo, pasa  y todavía viene de la fuente donde se reunían  los animales del bosque para beber que es la que en forma de abanico, reúne las aguas del valle.

 

        Desde la fuente donde beben todos los animales,  sigue subiendo por la cañada hasta coronar las colinas que orlan el valle de las piedras blancas,  y  a partir de aquí, se pierde en la lejanía de los barrancos y las llanuras verdes y tanto, que se ve como si se fundiera con  el infinito de un mundo lejano y desconocido, por cuyas llanuras y barrancos, parece que todavía no ha pasado ningún ser humano y así lo he sentido durante  años y así lo sigo sintiendo en lo  hondo del alma, donde eternamente quiero dejarlo sumido y dormido en el firmamento  de tan sutil y misteriosa belleza porque no es que me remita a Ti y a la invisible región de la eternidad, es que rezumas Tú  y de ahí que asombre tanto dejando tanto gozo dulce en el espíritu y como si todo  fuera una región virgen, nunca jamás pisada por ser humano y por eso es de ahí, de donde debe venir la grandiosa  Senda de las Higueras.

 

        Pero como la senda, en esta ocasión, la estamos recorriendo al revés, como si hubiéramos andado de espalda y aunque parece que ya hemos llegado a sus comienzos, no es así porque tampoco se pierde en el mundo infinito al otro lado de la orla que recoge el gran valle de la fuente de los animales. Cuando  pasa por el borde de la cerrada imposible, al saltar al lado de las rocas que bajan de la cumbre, tiene  un trozo que parece como si se perdiera de la tierra, como si desapareciera del universo y por eso, el que por primera vez camina por ella, como no la conoce y  menos se espera lo que  sucede, en este punto se desconcierta.

 

        Y es que  al llegar al borde de la cerrada, la senda tuerce y no sabe para dónde ir y mira un poco para el lado derecho y es por ahí por donde parece llegarle el refuerzo de otra pequeña vereda, que es en realidad  más núcleo que la primera y que hasta ahora parecía la principal porque yo, que conozco bien  el intrincado y hermosísimo mundo de la senda, siempre acepté como al más recio y serio de todos los tramos de este camino, al que le entra por el lado derecho como refuerzo ante el espanto de la profundidad de la cerrada.

 

        Porque el trozo  de la derecha viene del barranco de los pinos y arranca justo  del cortijo y de las tinadas y  ahora sí estamos situados al comienzo de la fabulosa y hasta gloriosa Senda de las Higueras o que pasa por donde crecen las higueras y ya vamos para delante y no para atrás como hasta este momento.

 

        Y salía el sol por los collados del cerro grande cuando el pastor padre, abría la puerta de la tinada para darle suelta a las ovejas y que se fueran por los campos en busca de la hierba fresca y los animales, primero se metieron por la ladera hasta llegar a donde el arroyo de la cerrada se junta con el que baja del barranco de los pinos y desde aquí,  avanzaron cauce abajo y donde se fraguan las juntas importantes de los dos arroyos grandes y se dividen las tres sendas, se pasaron a la umbría del monte espeso y por aquí avanzó el rebaño comiendo las hebras de la hierba aun bañada de rocío y los tallos recién brotados  de las  carrascas que arropan a las rocas hasta que, unas dos horas más tarde, volcaron  a  la solana de  la derecha.

 

        Tanto el que volvía como el joven hijo del pastor amante de su tierra, en lugar de seguir al rebaño por entre el monte y las piedras, se fueron por la vereda pequeña que va buscando a la senda grande para juntarse con ella  donde la cascada se hunde en el cañón de la cerrada y el  pastor padre, aquella mañana se quedó en la majada porque tenía faena.

 

        ‑ Pues, fíjese qué cascada y qué profundidad de cerrada ahí por donde se pierde el arroyo y cómo brilla.

Le expone el joven  nada más empezar a bajar  por la senda. 

‑ La Cerrada Imposible, la llamábamos en aquel tiempo, ya que nadie se atrevía a meterse por ella porque nada más verla desde arriba, sabías que  adentrarte en el cañón era imposible y más difícil era internarte y luego salir. Cuando terminemos de bajar me sigues hablando de lo que para ti es esta cerrada, porque ahora, antes de torcer y pisar la senda grande que nos lleva a las higueras, quería preguntarte por la fuente del valle.

- ¿Se refiere a la que mana al final del arroyo?

- La que brota justo en la cruz donde se divide el arroyo y al mismo borde del camino.

- Pues de ese manantial, lo que le puedo decir es lo siguiente:

 

Por la parte más alta, la cabecera, rodeándola en forma de media luna va una senda que por el centro se divide en dos y siguiendo la segunda, arroyo bajo, hasta la junta de los arroyos que forma el valle, se llega a la fuente que nace donde usted decía se juntan los tres arroyuelos que forman el valle más espléndido de la sierra.

 

        Al escondido manantial entre junco, cerca de dos robustas encinas y al borde de una roca, todo el mundo venía a beber. Mas que todo el mundo, medio mundo. Los que transitaban por la senda de la cabecera, fueran en la dirección que fueran, siempre se apartaban del camino y se llegaban a la fuente a beber de su agua y los que bajaban por el arroyo del centro o subían por el arroyo grande donde ya corren los tres regajos, también se paraban a beber y desde el arroyo grande, por la ladera izquierda, siempre subía una manada de cabras blancas que al llegar a la fuente saciaban su sed y por el flanco derecho del valle, muchos días también se acercaba un rebaño de ovejas que pastaban por la llanura de arriba y las vacas le entraban desde el lindazo que hay casi en el centro del valle y luego, las monteses y los jabalíes y los gamos se repartían la fuente y sus aguas, a lo largo de  la noche y de una forma especial en los días de verano y a otras horas, cuando se quedaba sola,  acudían arrendajos, palomas, tórtolas, cuervos y entre unos y otros, los conejos, las perdices y las liebres acompañadas de mariposas y las abejas.

 

        Total, que la fuente del valle de los tres arroyos, era compartida por medio mundo y daba de beber a media sierra con su agua fresca y limpia que siempre estaba pura porque nunca nadie se contaminó por beber en el venero y ahora, si usted va por el lugar, ya no verá fuente si no tubos de plástico y alguna construcción de cemento cerrada con una puerta de hierro y un candado y como más abajo han hecho hoteles  y campings, de este manantial cogen el agua para los lavabos y  grifos y  fregaderos y cocina y después de pasar por  estos sitios, la echan  al río pero tan contaminada, que no puedes ni olerla y la fuente ya no existe y toda la ladera está surcada de tubos de plástico negro y  el arroyo se ha secado  y el medio mundo que bebía agua en la fuente de los juncos, para siempre ha perdido uno de los placeres más deliciosos de la vida: beber agua fresca con sabor a limpia en la fuente del valle propiedad de todo el mundo.

- ¡Cuánto lo siento y más por lo bonito que era el manantial! Sigue ahora con la cerrada. ¿Qué ibas a decir?

 

‑ Que cada vez que paso por aquí, una de las experiencias que más me gustaría es meterme en ella  y no es nada de extrañar que cualquier día de estos me decida de una vez y me pierda, quien sabe si para siempre, por esas profundidades. ¿Conoce usted el caño de agua que brota bajo la roca grande que hay al final?

‑ No lo conozco ni nunca oí hablar de él ¿Qué caño es?

‑ Es el caño más colosal y limpio y  fresco que jamás se haya visto  nunca y brota, donde aquella roca grande de abajo, se clava en el suelo pero por el lado del arroyo que baja del barranco de los pinos.

 

        Qué caño no será  y cuánta  agua no manará de él que es  ahí justo donde nace el arroyo de las tres sendas y, además, nunca en la edad que tengo, lo he visto seco.

‑ ¿Y por dónde se llega?

‑ No hay camino que lleve a él pero se llega subiendo desde el arroyo de las tres sendas y al principio, por el cauce, luego por entre la espesura del monte y después por entre las rocas y un buen trozo de cerrada, porque el caño es eso: la puerta de entrada a la  cerrada y al mismo tiempo la vena por donde la cascada se desangra y se hace arroyo noble.

- ¿Pero tú lo has visto?

- He visto su agua bajar por el arroyo pero ahora mismo no sabría decir en qué punto exacto brota y no la he visto con mis propios ojos  ni he tocado con mis manos sus aguas ni tampoco he bebido de su cristal y aún menos he tenido la suerte de sentarme junto a la fuente y en silencio dar gracias a Dios de esta maravilla rodeada de bosques  y aunque ya vez que estamos cerca,  no he llegado a gozar más de lo que ahora estoy diciendo.

 

        Pero, además, es que sucede  una cosa: cuando me  parece que por fin un día de estos, con sólo un  leve  esfuerzo más, me sería fácil encontrarme frente a ella abrazarla y  besarla y bebérmela y cuando me  parece que todo lo tengo al alcance de mi mano, después de tantos años pisando esta  sierra y  soñándola por las noches y  anotándola y leyéndola en los planos y libros, creo que llegado a este punto debo pararme porque siento y, además, lo intuyo, que será mucho más bello no pisar jamás el borde de sus aguas y no llegar nunca a saber dónde se esconde exactamente o si es redonda, profunda, grande o cristalina.

 

- Y eso ¿a qué se debe?

 - Aprendí, hace mucho y andando por los rincones de estas sierras, que aquello que se adivina en sueño es más bello que la realidad más clara y aprendí esto hace tiempo ya y como esta fuente  mía la llevo en el alma tan honda y tan clavada y tan rumorosa y tan silenciosa y transparente, creo que ahora es mejor dejarla así para la eternidad y sin verla, con los ojos materiales de mi cuerpo, ni  quiero tocarla con mis manos  ni quiero beber de sus aguas ni saber de su celeste música ni quiero pisar la tierra que le rodea ni rozar el monte que le da sombra ni tampoco saborear los tonos color cielo y nubes verde viento que, según  dicen, se mecen en sus aguas.

 

 No quiero saber del punto exacto ni de la cueva o roca donde brota porque deseo que para mí, ella siga oculta en el corazón del monte de las cumbres de la sierra, para que al mismo tiempo también siga dormida interiormente y dulce en la cuna que en mi alma tiene y precisamente  porque en sueño la he visto tan bella e inmaculada y me ha gustado tanto y me ha dado tanto gozo, que es imposible gozarla con más sabor, de otra manera.

 

        Pero, además,  como para mí es importante el perfume del amigo que un día anduvo  y hoy ya no respira entre nosotros sino que anda allá por las lagunas eternas, el misterio  de  esta fuente, el agua que de ella mana y no conozco, es como si fuera un regalo menor y una pincelada dulce por entre las sierras que tanto amó y el pisó y recorrió en solitario las aguas del río y vivió y dejó su emoción desparramada en las cascadas blancas que se despeñan por los barrancos y  lo hizo bien porque palpitó subiendo y bajando estas sierras y nada mejor, en recuerdo a su amistad, podría tener yo en mi  corazón que un secreto tan fino como ofrenda a su paso por estos parajes y la fuente, la que es bella y tiene color de caramelo, inmaculada ahí, en su rincón y en mi alma como latido silencioso en memoria a su presencia eterna.

 

        Quizá algún día y en su momento, Dios nos permita  volver de nuevo  para recorrer y gozar el perfume de  este edén suyo y quizá, llegada esa hora, hasta puede que esta fuente, la oculta y misteriosa fuente de la cerrada imposible, sea nuestro gozo sin fin y quizá aquel día, sí sepamos bien dónde mana y cómo es, porque nos pertenezca y seamos sus dueños para siempre y quizá quiera Dios llenar plenamente nuestro amor a estos ríos y cumbres dándonos para la eternidad en posesión, este paraíso u otro similar y esto es lo que yo siento, intuyo y sé de la fuente.

 

‑ Según  dices, el manantial debe ser no sólo un gusto grande sino un trozo de ensueño que ha venido a esconderse al rincón más apartado para que nadie pueda nunca romperlo y luego también me hablas de ese amigo tuyo que ya no está, porque ahora  yo te digo a ti una cosa.

‑ ¿Qué me quiere usted decir?

‑ Que el manantial  será gran maravilla pero ¿conoces  la ladera de la guerra?

‑ No sé dónde se encuentra ni tampoco por qué se llama de ese modo.

‑ La ladera  de la  guerra es aquella que baja desde el puntal de las carrascas y viene a morir  cerca de donde estamos ahora nosotros, así que fíjate si la conoces.

‑ ¡No voy a conocerla! A dos pasos que se halla de donde he nacido, me he criado, vivo y ando cruzándola todos los días de arriba abajo y de un lado a otro. ¿De donde le viene nombre tan curioso?

‑ La ladera de la guerra fue siempre el trozo de sierra más bonito que nunca hubo por aquí y por entre las rocas blancas crecían pinos que eran monumentos de  tan gruesos, altos y  anchos y por la ladera  no había quien pudiera andar del  carrascal espeso y por tantos robles formidables poblando la tierra pero vino la guerra y sabe Dios por qué motivo y a quién se le ocurrió, el caso es que un día se pusieron a cortar  los pinos.

 

        Y otro día, algunos meses después, le prendieron fuego a  la  ladera  y a continuación, por entre las rocas blancas, se pusieron a pegar tiros y esto fue, como puedes adivinar, por la fecha de la guerra y por eso se le quedó el nombre de la ladera de la guerra. La división aquella que quizá para lo único que sirvió fue para que muriera gente y otros perdieran sus cortijos y seres y  acabar con la maravilla de ladera y una discordia innecesaria que al cabo de los años muchos dicen que no sirvió nada más que para dejar desolación.

‑ Nunca pude entenderlo pero ya que  habla de esta ladera, seguro que también sabe que de aquellos pinos recios que por aquí crecían y todavía existen algunos.    

 

‑ ¿Por dónde caen?

‑ Uno, ya se secó y otro de ellos, crece no  lejos de la ladera pero abajo, cerca del arroyo que viene del barranco de los pinos y escondido entre la espesura del bosque próximo al caño de agua que le decía antes y tiene usted que entrarle desde abajo, desde el arroyo, si quiere dar con él y gozarlo con su majestad porque ya  ve, desde lo alto, desde  arriba, hay que saber  bien donde crece para verlo.

‑ ¿Y cómo es?

‑ Le pasa como al manantial: con palabras no se puede demostrar cómo es o al menos hay que saber manejar muy bien el lenguaje y en alguna ocasión me puse a explicarlo y como lo tengo tan grabado en mi mente,  nada de lo que hablaba se parecía a lo que ves cuando llegas y lo miras despacio.

 

        Aunque sí es alto y  grueso y blanco y tan majestuoso que en cuanto  te pones junto a su tronco, hasta la sierra entera queda empequeñecida a su lado. Un viejo ejemplar de aquellos recios laricios de los que quedan pocos por estos montes y hasta parece que hubiera venido a esconderse al rincón más apartado.

‑ Cuando otro día venga con tiempo  me tienes que llevar por esa senda que no existe y enseñarme la maravilla que ya sólo aquí se esconde.

‑ Cuando usted venga otro día y con tiempo,  le voy a llevar por el rincón donde se han refugiado los prodigios para que se asombre de las reliquias tan hermosas que aún quedan por los montes.

 

        El joven delante y el que volvió  detrás, cruzan la cascada que enseguida se hace cerrada y bajan por el rincón del monte y atraviesan los arroyos  por donde  ya se han unido, y al llegar a ellos, se paran y no para descansar.

- ¿Que le pasa a usted?

Pregunta el joven.

- Quería decírtelo ahora que estamos en el punto.

- ¿A que se refiere?

 

        - Tú te vienes aquí y  te pones en el centro de las juntas y justo encima de estas rocas que lamen la corriente y ese es el punto exacto de donde parten o se juntan, según vayas o vengas, tres de las sendas que de niño, recorrí: la que va por los paredones donde anidan los buitres, llamada por eso Senda de los Buitres que es parte de la que recorremos y la que sigue arroyo adelante bajando con las aguas de éste y pasando exactamente por el centro de las madrigueras de los lobos, llamada por eso también Senda de los Lobos y  la tercera que siguiendo la misma dirección de la de los lobos, en lugar de ir por el arroyo, se eleva ladera adelante buscando el collado y justo al volcar se tropieza con la laguna de los patos que por esto también se llama Senda de los Patos.

 

        La de los buitres podría llamarse también Senda de la Ladera Derecha porque, arrancando desde la misma junta de los arroyos, se va por ese lado del cauce elevándose tanto más cuanto más baja hasta encontrarse, al llegar  al centro de la ladera, a la misma distancia entre la cumbre y el arroyo, punto éste que coincide con los cortados rocosos donde los buitres tienen sus nidos.

 

        Si te vas por esta senda o camino, ya nada más cogerla, quedarás sorprendido. Se juntan los tres arroyos y ahí hay una gran espesura de monte pero justo en el punto donde ya la corriente es una, se extiende un lecho de rocas lamidas por el agua y algo más abajo, arropadas por la sombra de la vegetación y enseguida y a la derecha, verás las encinas que se doblan para el cauce y rozando su tronco que es columna a la derecha y arco por encima, pasa la senda y enseguida se interna en la otra vegetación de la ladera y como se va elevando, te va ofreciendo una vista preciosa del  arroyo y la otra ladera de enfrente y del breve arroyo que viene desde el collado.

 

        Pero la gran sorpresa te la llevarás después de haber avanzado trescientos metros que es cuando entras de lleno en los cortados donde los buitres anidan y  se encajona entre rocas buscando volcar a la otra vertiente y de momento te quedas sin aliento porque a los buitres, yo los vi mucho en aquellos tiempos,  volando o parados allí mismo, al alcance de tu mano, los puedes mirar y remirar tranquilamente que ellos se irán cuando quieran pero no porque se asusten de ti sino porque tienen que irse a buscar su alimento y el arroyo por abajo corriendo y el viento que te da de frente y la senda que se estrecha para ir rozando la pared en forma de zigzag y que es exactamente eso: justo el trozo más bello, de la ya por sí bella senda de los buitres.       

- Que es también, ya lo hemos dicho, la Senda de las Higueras y eso de los buitres, sería en aquel tiempo, porque ahora las cosas no son así.

 

        - Tampoco serán así la Senda de los Lobos pero hubo un tiempo que fue como te digo: la senda ya  sabes que parte del mismo punto en que la de los buitres pero que ni sube ni baja sino que se deja ir junto al cauce en la misma dirección que corre el agua y por eso al principio te parece la más cómoda y la que menos problemas tiene pero no te fíes porque te engaña.

 

        Comienza pegada a la misma corriente pero enseguida te salen al paso mil grandes rocas que tendrás que ir esquivando unas veces subiendo y otras bajando y otras casi saltando de una peña a  otra y luego se te complica más porque aparece el monte que por aquí tiene toda la humedad que quiere y de ahí que crezca espeso, alto y robusto y zarzas, por algunos sitios, y arrayanes por otros, algunos madroños y encinas y robles y sabinas y enebros  amen de otros arbustos y plantas herbáceas.

 

        Pero eso sí: es un placer incomparable andar por esta senda por eso de la música de la corriente que desde el principio hasta el final te acompaña y de vez en cuando te tropiezas con la misma agua y hasta la tienes que pisar en algunos sitios si quieres seguir bajando y la senda se hace arroyo al tiempo que también cauce y al revés y te acompañan también una multitud de mirlos que en cuanto te ven o te oyen, huyen por entre el bosque formando una tremenda escandalera.

 

        Pero cuando después de haber bajado trescientos metros y llegas a la altura de las buitreras y comienzas a internarte por entre las covachas de los lobos, te quedas helado porque ves agujeros y lobos por doquier y unos tumbados en los abrigos de las rocas y otros al final del agujero escarbando en la tierra y otros asomados por entre las grietas que dejan los cortados de las piedras y el tronco de las encinas y otros, los más jóvenes, jugando por el arroyo.

 

        En fin, todo un espectáculo impresionante porque aunque tienes  algo de miedo, en el fondo te sientes seguro sabiendo que esos animales no te atacan si tú los respetas y te cuesta creértelo pero cuando lo compruebas, te sientes feliz y son animales salvajes muy bellos y  llenos de encanto por el brillo de sus ojos y tan inteligentes casi como los humanos y les gusta a ellos vivir  en manada, recreándose en el fresco del arroyo y la espesura del monte que parece ha crecido en la zona sólo para arroparlos y que ellos se sientan a gusto en el rincón.

 

Por eso tú, al pasar por allí, vives una experiencia única que se te clava en el alma con una fuerza tremenda y no se te olvidará jamás esta imagen.

 

- ¡Qué tiempos serían aquellos!

Exclama el joven.

- Tiempos bellos que no deberían haber muerto pero sigamos con la otra senda.

- Sigamos que luego le voy a hablar yo de las que conozco. ¿Cómo era su senda de los patos?

 - Al coger la senda  que lleva a donde los lobos se refugian, justo ahí te desvías un poco  a la izquierda y ya estás andando por el camino que te llevará a la laguna y avanzas cómodamente subiendo también con suavidad por la ladera que en este caso es la solana y cuando acuerdas estás a la altura de las buitreras y el hogar de los lobos pero en éste punto, que hay una leve ondulación del terreno porque por aquí baja el regajuelo que nace en el collado, la senda tiene una curva hacia atrás y aquí empieza a subir buscando el collado y en lugar de hacerlo resto, ladera arriba, se va hacia un lado y otro en zigzag  y después de haber dado tres o cuatro curvas, llegas al collado y nada más volcar, te encuentras con la laguna.

 

        ¿Que qué es la laguna? Un lugar hermosísimo donde lo primero que te encuentras es el tronco de una encina que hace unos cuantos años se dobló de vieja y al caerse, quedó tumbada un poco metida en el agua y la mitad del tronco y ramas, sobre la tierra de la orilla y los patos más viejos se posan en el tocón y los otros más jóvenes, nadan por las aguas que hay debajo y las hembras alimentan a sus polluelos por las ramas que descansan en la tierra de la orilla y la laguna se extiende larga cañada arriba y como en muchos sitios apenas tiene profundidad, puedes llegar y meterte en el agua para andar de un lado a otro, acercándote y siguiendo  a los patos que más te guste observar.

 

        Y aunque tú estés , ellos no se van sino que te miran un poco, se apartan de tu camino y siguen en sus cosas como si no estuvieras y algunos, los más jóvenes, se dejan coger y si quieres los puedes poner encima del tronco o soltarlos luego en el agua por donde siguen sus nados.

 

        Las aguas de la laguna están enmarcadas, al lado derecho, por las sombras de las encinas que más que encinas parecen ninfas jugueteando con las ondulaciones y por arriba, le  sobresale el pico del gran cerro y por la izquierda, la limitada loma de sabinas y lentiscos, se derrama hermosa en la misma orilla y las flores que se abren, se mecen en la pequeña olas de las aguas y por entre los juncos, de vez en cuando, asoma otro pato  como si estuviera jugando al esconder contigo y si te sientas junto a esta laguna, se te puede ir el día sin darte cuenta.      

 

        Quizá puedas pensar que  esto de los buitres y  los lobos y los patos,  es una fantasía mía y que no existe en la realidad pero  yo te digo, que no es sueño sino real y muy real porque con mis propios ojos y manos, yo lo he visto y tocado más de mil veces.

 

- Yo no digo lo contrario porque las  sendas por estas sierras son como las venas por donde corrió la sangre de personas superiores a muchos de los que por aquí hemos venido después y las sendas son como lazos de amor  entre ellos y el monte que les cobijaba envuelto y el rodar lento de los días y las noches y   mi senda, la  que  por  el trigal baja hasta lo hondo y se aleja luego por la ladera de las perdices y el barranco de la eternidad, es como una pequeña estela surcando el mundo de los misterios y elevándose luego hacia el infinito del cielo y su primer tramo es la llanura del trigal porque es ahí, en la llanura donde siempre ha crecido la sementera de ellos y en la ladera que mira al levante y se refleja en la otra ladera de enfrente y en la corriente del arroyo, es  donde el trigo crecía espeso y alto como un bosque de pinos y verde, en los meses de la primavera y luego dorado oro, cuando ya el sol lo iba madurando.

 

Y cuando pasaban ellos por allí, toda el alma se les llenaba de paz y hasta se sentían plenos por aquel regalo tan rotundo que el campo, con sus noches y lluvias, les ofrecía  tan generosamente. AComo si fuera  un tesoro que no sólo nos da   sabiduría y gozo interno sino que nos hace sentirnos superiores a cualquier otras civilizaciones". Comentaban  saliéndole este sentimiento desde lo más hondo del corazón y como la senda se hunde en el barranco y atraviesa la pequeña cerrada de las rocas blancas y luego de cruzar el segundo arroyo, se eleva por la ladera de las encinas grandes, al pasar por entre la hierba y el monte, las perdices le salían al paso. "Aquí siempre ellas buscan sus semillas y se ve que los animales deben sentirse bien cuando no se van y fíjate que nunca alzan sus vuelos ni se espantan". "Estos pájaros deben sentirse agusto con nuestra presencia por esta senda y hasta parece que desean que las cosas sean así".

 

Y un mundo superior  el que esta senda recorría y donde el trigal era como la entrada al paraíso y al barranco de las perdices y luego todavía hay quien cree que los que ahora tienen  coche estudios y dinero, son más grandes y gozan de más libertad y verdad que aquellas personas sencillas de esta tierra mía.

- Eso te iba a decir yo a ti y, además, hablando de sendas, recuerdo ahora y con amor, aquella que llevaba a la cumbre que a mí siempre me decían se llamaba la Senda de la Atmósfera. ¿Quieres saberlo?

- ¿Cómo era aquella senda suya?

 

        - La palabra que en esta ocasión he cogido para definir mi senda se refiera a la masa gaseosa que rodea a la tierra y es natural que por esas regiones sea imposible que vaya una senda y menos todavía una senda de las características de la mía pero para mí, que he recorrido esa vereda y que la he visto con mis propios ojos y la he sentido arañándome en lo más hondo del alma, sí es verdad que mi senda no sólo roza esa región del universo sino que la penetra y una vez dentro, sigue adelante como si su objetivo final fuera el infinito, Dios mismo.

 

        Y hasta la majestuosa  "cumbre" se puede llegar tanto por el lado sur, el norte, el este y el oeste y como la cumbre es tan bella y desde ahí se puede ir a tantos sitios, los hombres rompieron la senda en todas las vertientes para trazar sobre ella carreteras y pistas forestales porque antes siempre se subía andando hasta esta cumbre y se podía tardar el día largo si la subida era desde el valle, por el lado norte y si subías por el lado sur, el tiempo en llegar hasta la cumbre por aquí era mucho más de un día y en las otras dos direcciones, casi se perdía en el infinito porque hasta la cumbre llegaba precisamente viniendo desde ahí: desde el infinito. Y como se tardaba tanto en remontar y ahora, en los tiempos en que vivimos hay mucha prisa por llegar, los hombres decidieron que la senda se convirtiera en pista y en algunos trozos en carretera asfaltada.

 

        "sí que ahora, desde hace  algunos años, la senda de la atmósfera ya lo sé, cuando va por esas laderas subiendo hacia la cumbre, ha dejado de ser senda para convertirse en carretera y digo que es una barbaridad más de este progreso nuestro que aunque en el fondo tenga más comodidad y haga más cortas las distancias entre los pueblos, no deja de ser algo desastroso para la vida de los paisajes e incluso para la felicidad y el gozo de las almas de las personas.

 

        Pero aunque  lo que he dicho es verdad, cuando los distintos ramales de la senda se juntan allá donde  la cumbre  casi roza las nubes, un trozo de ellos milagrosamente logra escapar de la carretera  y  alejándose por su mundo de siempre, sigue siendo senda que busca el infinito por la región donde las estrellas parpadean y esto es lo único que hoy queda de aquella gran senda que chorreaba por las laderas hasta los valles y por donde los hombres siempre subían y bajaban andando, tardando un día entero en su recorrido pero llenándose hasta lo más hondo de las sencillas sensaciones que la vida siempre regala al andar  estos caminos montañosos.

 

        Pero, además, quiero decir con claridad que aunque  el trozo de senda salvado de la modernidad que los hombres modernos han traído  por  aquí, es menor, sigue  teniendo  la  entidad y belleza suficiente como para llenarte del placer más profundo y quizá más todavía aunque sólo sea desde ese frágil y reducido mundo de mis sentimientos: es tan densa la belleza que mana de esta senda y los paisajes por donde va que el corazón se te queda asfixiado y casi no puede seguir latiendo por la abundancia que hasta él llega.

 

        Y la senda, primero, atraviesa la pequeña llanura de los arbolitos enanos, pinos laricios y sabinas que es la llanura donde la nieve en invierno se amontona y por las noches se hace hielo y luego, al llegar la primavera, se derrite y en la llanura se forma la escasa laguna de reflejos de plata que se mece exactamente un poco al este, sobre la misma cumbre y desde aquí la senda se va dirección al poniente cruzando la región donde nacen los arroyos que vierten al río y como esta zona es casi la cumbre, casi el infinito de la eterna aurora azul, es aquí donde los arroyos tienen su nacimiento.

 

        Los  manantiales de abundantes y puras aguas, brotan aquí mismo  y nada más salir a la superficie se despeñan por los barrancos que enseguida empiezan a ser hondos, caudalosos,  misteriosos y rebosantes de vagas claridades malva y según subes por la senda los vas viendo por la parte baja y se te empieza a derretir el alma de tan grandiosos, mágicos y profundos y quedan a los lados los grandes bosques verdes y por entre ellos ves, de vez en cuando, algún trozo de carretera en lo que antes fue senda.

 

        Cuando ya cruza los manantiales donde empiezan a nacer los arroyos viene enseguida la otra ligera llanura donde aún se ve las ruinas de aquel precioso cortijo que vinieron a construirlo casi a dos paso del azul del cielo y se comprende bien por la placidez de estos paisajes y tan bañados de praderas verdes por donde, ya lo he dicho, no hay nada más que manantiales caudalosos. Toda una maravilla de ensueño donde hasta el viento es más frío y el silencio aplastante.

 

        Y pasa la senda rozando estas ruinas y cuando te crees que ya se va derecha a la oscura ladera donde los árboles son catedrales escondidas entres las nubes, se tropieza de frente con la asombrosa maravilla: el paso estrecho por el mismo borde de las rocas y donde el agua no es ni cascada ni manantial ni corriente sino un laberinto azul‑blanco que se quiebra, se derrama y se vuelve a quebrar y como si todo fuera una danza alegre cuya única y sencilla finalidad es sólo una  alabanza al creador del universo, cuando tú llegas aquí todo se te queda atascado: la senda, el precipicio, el agua, los  pies  sobre los que te mueves y hasta el alma misma.   

 

        Y por esto te decía antes que construir la carretera por ese lugar rompiendo la senda, fue una barbaridad más de este progreso nuestro que aunque en el fondo sea  cómodo y haga más cortas las distancias entre la gente, no deja de ser algo desastroso para la supervivencia y belleza de los paisajes e incluso para la felicidad y el gozo de las almas de las personas sencillas que nacimos en esta tierra.

 

El que volvía, guarda silencio y el joven le mira preguntando:

- ¿Y ahora qué quiere usted que yo le diga?

- Te lo iba a decir yo.

- ¿De otra senda más por estas sierras?

- Ahora que estamos en centro de esta arroyo y nos queda al frente la ladera por donde subía la senda de los patos, quiero hablarte de la imagen que también de esa ladera tengo dentro.

- ¿Que imagen es?

- De belleza un poco y de dolor algo pero como es recuerdo, sigue teniendo vida.

- Pues cuente usted que le sigo.

 

        - El   collado de las querencias, le decían y las ovejas, siempre le entraban ladera arriba, en la dirección contraria a como corre el arroyo y como es solana, en cuanto llega la primavera, en el otoño y luego en el invierno, el rebaño toma estas tierras muy bien y siempre les entran por abajo, por el otro arroyo menor que atraviesa el bosquecillo y se desparraman por la pendiente que en algunos sitios está tupida de monte y en otros aparecen grandes rodales donde la hierba crece fresca y abundante y al comienzo de la solana se abre el barranco coronado por el gran paredón recoso y luego le viene la suavidad hacia el collado por donde sube la senda.

 

        Y desde siempre y tiempos muy lejanos, estas tierras han sido aprovechadas por los rebaños de la zona pero un día legislaron que en estos montes tenía que haber un coto nacional y a partir de esos momentos toda esta solana cayó dentro de los límites del coto y se hicieron o hicieron casas forestales y su pusieron personas para vigilar los montes y al frente de los cuidadores se pusieron especialistas muchos de ellos jóvenes, recién salidos de la facultad y entonces los pastores tuvieron que dejar de traer a sus rebaños a pastar por esta ladera pero no fue fácil porque los que toda una vida habían estado dentro, andando y sudando esta solana, no vieron claro que ahora por lo del coto nacional que ni siquiera era para ellos, tuvieran que alejarse para siempre y algunos pastores siguieron llevando su ganado por la solana y como los cuidadores tuvieron que desempeñar su papel, surgieron los problemas.

 

        Y hoy, primer día del mes de otoño y ya con las primeras lluvias cayendo sobre las tierras, el rebaño va ladera arriba y como en aquellos tiempos, los animales entran por la parte baja y vienen desparramados lentamente hacia el collado y casi en toda la sierra andan ya agotados los pastos y ni siquiera una brizna de pasto queda por ningún sitio y por el collado y las tierras que desde el collado caen hacia el arroyo, sí hay mucho pasto y alto, porque en la primavera creció  lo que quiso, espeso y recio y ahora que ya no queda comida en ningún sitio los ganaderos piensan que antes que mueran de hambre sus rebaños y a continuación ellos, tienen derecho a aprovechar estas hierbas les duela a quien les duela y quieran o no quieran el que sea.

 

        Así que toda la mañana, el ganado ha estado pastando por la tierra y hasta el mismo collado han llegado y algunas incluso han volcado al otro lado y  el pastor las está viendo y como a conciencia las ha dejado entrar en el rincón, no tiene nada que ocultar porque si vienen los cuidadores se enfrentará con ellos con la decisión de la razón que le asiste y   lo ha  decidido en su corazón pero siente algo de miedo porque sabe que no es agradable una situación de estas y desde luego le gustaría no vivirla pero la razón poderosa de sus ovejas que se mueren de hambre, es fuerte.

 

        El que manda puede asomar por lo alto del monte pero su mayor temor es a su acompañante porque ellos, a pesar de sus estudios, son más incultos, más crueles porque no son de aquí y desconocen totalmente los sentimientos y necesidades de los pastores y lo que teme sucede: por lo alto del monte que hay frente al collado, primero, aparece la figura de un hombre montado a caballo y  luego se para sobre el azul del cielo y al rato lanza voces y claro que el pastor las oye y aunque a cada voz le entra más miedo, no le hace ni chispa de caso. Se hace el sordo y deja que corra el tiempo y el técnico, no se sabe si por miedo a enfrentarse cara a cara con el pastor o por querer hacer una buena acción y dejar que las ovejas hoy sí coman bien, el caso es que al rato se mueve con el caballo hacia la izquierda y se pierde en el monte. "Dentro de media hora lo tengo junto a mí", se dice el pastor.

 

        Pero  pasa media hora, dos horas, toda la mañana y cuando ya por la tarde las ovejas se mueven hacia la parte de arriba saliéndose algo de las tierras del coto, es cuando aparece el técnico y parece que no trae ánimo de enfrentamiento aunque sí desea hacerle saber que está prohibido meter las ovejas en las tierras que pertenecen al coto. "Tú sabes que las ovejas no hacen daño sino que más bien benefician al bosque". "¿Dime en qué?"  "Fíjate en esas que comen allí, sólo aprovechan el pasto que hay por entre los enebros y bajo las encinas. Si hubiera un incendio estas hierbas secas arderían como la yesca. Las ovejas están limpiando la cubierta vegetal y eso, más que dañar es bueno al mismo tiempo que se alimentan". "Quizá tengas razón pero. ... si traes a tu ganado por aquí las monteses se irán a otro sitio y si no hay cabras no vendrán cazadores y entonces esto del coto no será serio". " De todos modos es bueno que sepas el bien y lo mucho que los pastores y sus ovejas hacen por estas sierras. Un día tendremos que reuniros a todos vosotros, a los técnicos y especialistas   encargados de la conservación de los montes y os diremos más de una cosa que ignoráis sobre la realidad e identidad de estos parajes". "¿Acaso crees que no sabemos más que vosotros?"  "Aunque sea así, estáis en un error gordo y no queréis, no acabáis de creer que sólo poseéis un poco de la verdad".

 

Y al terminar de narrar sus recuerdos, el semiturista y el joven, guardan silencio durante un rato. Acaban de cruzar la junta de los arroyos y cuando ya van empezando a subir la pequeña cuestecilla con la que arranca la verdadera Senda de las Higueras, el joven comenta:

- Pues si yo le contara a usted se iba a enterar de cosas.

- Podrías contar que para eso voy contigo.

- De ovejas sé lo que ocurrió en el valle que es abierto, aunque majestuosamente enmarcado al norte y al sur por dos grandes cordilleras y tiene su encanto, guarda sus secretos y por muchos sitios, misterios que nunca nadie conocerá y entre ellos y uno más de tantos, está la presencia del rebaño de ovejas. Un pequeño rebaño blanco que durante años ha buscado su alimento por las fértiles praderas de los barrancos, arroyuelos y llanuras del río. Un rebaño como otros tantos en estos montes pero con su personalidad propia que es lo que le da ese encanto inconfundible.

 

        Por ejemplo: ya estaba establecido como una norma habitual que el rebaño siempre subiera valle adelante porque no daba igual ni era lo mismo entrarles a estas llanuras por cualquier extremo. Siempre era desde lo hondo hacia arriba como si se tratara de un rito más, que de otra cosa y desde las profundidades hacia la luz de la cumbre pero sin llegar nunca a la meta última porque siempre el día se apagaba antes del encuentro con el final.

 

        Y en un punto de este recorrido, por la mitad del valle o así, siempre se repetía la escena. Se estrecha un poco  la llanura y los animales, en lugar de echarse por la ladera, tomaban por la zona más llana y con su ritmo cadencioso de careo por entre la hierba, poco a poco iban superando el cerro oscuro de la izquierda hasta salir otra vez a los espacios amplios y esto fue así y ha sido así durante tantísimos años que tanto para las ovejas como para el pastor, la forma de tomar el valle se había convertido en una costumbre casi vital hasta que sucedió que un día, por el lado donde el valle se estrecha y las ovejas tomaban con tanto gusto, entró el progreso: construyeron edificios con  piscinas y trazaron una carretera y arrancaron las encinas y montaron una gasolinera y sembraron plantas de jardines. "Que no vuelvan a pasar más por aquí tus ovejas". Le dijeron al pastor y como por lo visto aquella gente eran personas importantes el pastor les hizo caso y cuando los animales llegaban a donde el valle se estrecha él se ponía delante y los desviaba por la parte del cerro y mucho trabajo le costaba porque aquello era algo muy querido por los animales y el pastor y las ovejas se resistían a romper con sus costumbres.

 

        Y una vez y otra, cuando ya iban por la ladera, se volvían para atrás y no había manera de hacerles ir por aquel sitio nuevo y hasta que un día de aquellos, cuando el pastor creía que los animales ya se habían acostumbrado, cuando subían por la ladera, de repente  el rebaño se volvió para atrás, se metieron por el acantilado y en menos de media hora todas las ovejas perecieron despeñadas. El pastor no daba crédito a lo que veía y en cuanto se supo la noticia por el valle, todos coincidían en que los animales se había suicidado. "Son ovejas locas". Decía la gente. "Se han suicidado como los cerdos del evangelio".

 

        Pero mi amigo a todo el mundo les decía que no, que las ovejas no estaban locas."¿Entonces qué ha pasado?" "Pues que los animales también sienten y sufren. Guiadas por un impulso interno, las ovejas no fueron capaces de resistir la pérdida de sus tierras y decidieron morir antes que adaptarse a otros montes nuevos. "¡Qué cosa más rara!"

 

- Claro, eso fue casi parecido a lo que aquellos otros pastores de mis tiempos.

- ¿Qué les pasó?

- Desde la cuerda que se alarga de este a oeste comienza a bajar una extensa llanura que al principio es puro bosques pero según desciende y se hace  llana, tiene menos bosque y aparecen las praderas. Después se acaba la llanura y aparece un gran barranco,  lleno de grandes cortados, muchas cuevas naturales y profundos desfiladeros. A la derecha de la llanura, por donde hay gran cantidad de veneros y en  otros tiempos existía un precioso bosque de encinas y robles, el especialista joven se empeñó en sembrar pinos.

 

"Que mire  usted que esos árboles son feísimos comparados con las encinas que desde siempre han crecido en este lugar". Le decían los pastores que de esto entendían algo aunque no tuvieran estudios.

 

        El especialista no les hizo ni chispa de caso y además de arrancar las encinas y sembrar pinos raquíticos, los más feos y pobres de toda la sierra, carrascos, los protegió con una fuertísima malla metálica que encerró dentro no sólo los manantiales sino los mejores pastos de aquella pradera.

‑ Y mucho cuidado con romper esta malla y que las ovejas se coman los pinos.

Les dijo a los pastores. "Pero Señor, si las ovejas tienen que estar muertas de hambre para que coman pinos. Vamos,  ni  Morra se atrevería una oveja con un pino. Ese monte sólo es bueno para la  procesionaria. "Por si acaso".

        

        Y cerca de los manantiales,  al llegar la primavera,  todos los  años, los  pastores  construían su chozo para estar más cerca del ganado mientras éste pastaba  por la llanura aprovechando aquella hierba tan fina pero como este año los manantiales estaban vallados, los pastores tuvieron que edificar el chozo casi en el centro de la tierra,  más al norte, donde no había ningún resguardo para defenderse ni del viento ni de las tormentas porque ya está casi rozando el collado y también  cerca levantaron ellos un "chambao" para resguardar a las ovejas en caso de algún desorientado "zarraplín". Los serranos llamamos "zarraplín" a nubes  muy  negras que se suponen tienen mucha agua y como aunque era primavera bien avanzada y es raro el año que por estas montañas,  también en primavera, no caiga alguna tormenta, justo este año se repitió.

 

        Y dentro del chozo estaban ellos una noche y empezó a soplar un fuerte viento y crujieron  los truenos y a lo largo de la noche estuvo nevando sin parar. "¿No os lo decía yo? : >Cuando marzo vuelve el rabo, no queda oveja con pelleja, ni pastor enzamarrado= y eso significan bajas temperaturas y temporales de agua. Lo mismo que: "bril abrilero, cada día dos aguaceros=. Comentaba uno de aquellos hombres a sus compañeros. "Eso es lo que dice el refrán y también hay otro que habla de: >"bril, el de las aguas mil, si no al principio al fin= o >mayo, el mes que tiene las llaves del año=. "Pero el que a nosotros ahora nos está cayendo en suerte es el de:   >Hasta el cuarenta de mayo, no te cambies el sayo=.

 

        Y casi toda  la techumbre del chozo fue arrastrada por el temporal y los pobres pastores tuvieron que refugiarse en las cuevas de uno de los acantilados que hay por debajo de los manantiales y las ovejas se salvaron porque tenían su tinada por detrás del collado y  allí el viento no sopló tanto pero la llanura, el chozo, la alambrada y buena parte de los  pinos quedaron destruidos por completo.

 

        Pero como por aquellos fechas era primavera, en cuanto salió el sol, al otro día, se fueron las nubes y la nieve se derritió enseguida y por la llanura, la tinada y los manantiales se fueron los pastores para ver los destrozos causados por la nube de la noche anterior y  recoger y reparar todo lo que se pudiera y reunieron las ramas y maderas del chozo y a media mañana ya tenían arreglado casi  lo que había roto la tormenta por la noche y dejaron las ovejas por la parte izquierda de la llanura, por donde ya no había nieve y se fueron por la ladera, el barranco y las praderas que el especialista tenía sembradas de pinos.

 

        Y lo  primero que vieron fue lo de la cascada que desde la cumbre caía a lo ancho de casi toda la ladera. Al derretirse la nieve allá por las partes altas los arroyos se llenaron de agua y aquello parecía un diluvio de tantos caños como caían por todos sitios y al ver los pastores el espectáculo, a pesar de todo, les dio pena que el agua se llevara los pinos que el especialista había plantado y les dio pena que se estropearan los instrumentos que por allí tenía puestos por un lado y otro y que según el entendido, eran carísimos y les dio pena que aquella alambrada de hierros tan buenos y tan bien puestos, se rompieran.

 

        Así que se pusieron mano a la obra y recogieron los instrumentos y repararon estacas y trozos de alambrada rota y salvaron por lo menos más de cien pinos que estaban sembrados allí mismo, junto al manantial  grande, desviando la corriente por el lado de las rocas y salvaron un tubo de cristal que el especialista había dejado cerca de unos pinos lleno de un líquido verdoso que según decía era alimento para las plantas y que, según también él decía, aquel tubo valía más que todas las ovejas de aquellos pastores juntas y salvaron unos pocos bidones que habían dejado cerca de los manantiales también llenos de líquidos que aunque los pastores decían que contaminaban las aguas él insistía en que no. "Como va a contaminar una cosa que han más que estudiado en los laboratorios los científicos y experimentado en todo el mundo. Tenéis poca cabeza". Les decía a los pastores. Repararon la alambrada y cuando al caer la tarde vino  el que mandaba, en lugar de agradecerle  lo que por él y su proyecto habían hecho aquellos hombres, se enfadó.

 

        "Si las ovejas no hubieran destruido la vegetación de las cumbres nada de esto habría ocurrido. Cuando el suelo se queda sin plantas las aguas torrenciales se llevan por delante  lo que pillan y ya veis, hoy me ha tocado a mí" "Pero señor, las tormentas vienen y van cuando quieren ellas y  en ello las ovejas no tienen ni arte ni parte. Además, no hay que ser tan pesimistas. >Si vieras en mayo lodo, no des  por perdido todo=, y esto se lo digo porque nosotros ya tenemos experiencias". "Para qué voy a discutir  con rudos pastores si no lo entendéis".

 

        Y casi cabreado y con >cara de tocón= se fue el hombre aquella noche  echando pestes de los pastores y repitiendo mil veces que eran ellos los culpables no sólo de aquel desastre sino de otros muchos en las sierras. "Nos os hablaré  en la vida". Les dijo cuando se despidió y los pastores, a escondidas, se dijeron que aquello de la cascada en forma de tromba arrastrando piedras y tierra habría sido  menos grave si el especialista hubiera dejado  aquel  monte con sus robles y encinas como siempre estuvo pero estaba claro que aunque ellos pensaban esto y lo creían firmemente no se lo podían decir al que mandaba porque su teoría era otra. Como tenía estudios se le  ocurrían ideas que nadie entendía ni comprendía pero según él todo estaba  bien estudiado y encajaba eficazmente. "¡Chiquillo, es que >nos ha tocado la china= con este petardo de hombre!" Se decían entre sí.

 

        Y cuando al día siguiente el especialista volvió, como les había dicho a los pastores que no les iba a hablar nunca, se fue por la parte de arriba de los manantiales con la intención de ver qué había sucedido con las flores. Eran unas plantas raras que crecían en una pared de rocas refugiadas del sol y de las ventiscas y decía él que aquellas plantas tenían mucho valor y desde que las descubrió estaba con la manía de cogerlas. "Mire usted que a este sitio no suben ni las águilas". Le habían dicho los pastores muchísimas veces. "Es que vosotros no sabéis ni andar por la montaña". Contestaba él siempre. "Pero, además, señor, que cuando las  rocas  chorrean agua son  peligrosas porque se escurren como las ovas y se desprenden >con un soplo". "Porque vuestros zapatos son de esparto y desconocéis hasta lo que son rocas calizas, rocas de cuarzo, de calcita, yeso y si han sido meteorizadas o no"."Que mire usted, señor, que toda la vida trepando por las riscas aprende uno algo".

 

        Pero el especialista ni hacía ni hizo caso ninguno a los consejos de los pastores y como hoy estaba más enfadado que nunca y como su obsesión por  aquellas flores  era cada día mayor, en cuanto llegó se metió por el barranco, subió un poco calar arriba y nada más alcanzar la pared se puso a subir por ella y ni siquiera se lo había dicho al que siempre le acompañaba no fuera que le quitara la idea de la cabeza.

 

        Pero aquellos hombres pastores, conocedores de las cabezonerías de la gente con estudios por estas comarcas, a pesar de lo mal que estaban siendo tratados por el que mandaba, siempre que lo  veían se portaban bien con él, no por hacerle la "pelota",  como se dice entre amigos que eso se les ocurre sólo a los que no son libres y de libertad los pastores entienden un rato porque son los más libres del mundo entero, sino porque la gente del campo y más los de las sierras, son nobles y son gente buena y llena de grandes sentimientos para con los demás por aquello de ser ellos personas pobres y carecer hasta de lo necesario porque se pasan la vida dando amor a sus animales y  cuando se rozan con un ser humano, consideran ellos que si a un animal se le quiere a una persona se le ha de querer  más porque no es lo mismo.

 

        Saben bien lo qué es pasar necesidades y sentirse poco apreciados y amados por los otros y de aquí que constantemente estén en disposición de evitar a los demás las humillaciones y necesidades que siempre sufrieron en sus vidas y por  esto y muchas más grandezas, aquellos pastores, en cuanto  vieron  al hombre, descubrieron las intenciones que llevaba y cogieron y se fueron por el otro lado de la roca de las plantas y le entraron por arriba.

 

        Y nada más llegar  se asomaron al precipicio y tal como lo habían intuido estaba sucediendo: el especialista novato se había puesto a escalar la pared. "¡Es un loco porque no tiene ni idea del peligro que corre!"Y justo acabaron de pronunciar estas palabras cuando lo vieron que se dobló hacia atrás, hizo varias piruetas en el aire intentado recobrar el equilibrio que había perdido y abrió los brazos y como ya se había arqueado mucho hacia atrás, de espaldas cayó hacia el barranco. "¡Dios santo!" Exclamaron los pastores corriendo  por el lado derecho para salvar el desnivel y deslizándose por las piedras bajaron a toda prisa y en cinco minutos estaban junto al especialista que había caído entre unos enebros y espeso matorral de carrascas. "¡Pero hombre de Dios, con >alma de cántaro=, a quién se le ocurre ideas tan locas!"

 

Le dijeron los pastores y luego, a duras penas lo sacaron de allí, se lo llevaron al chozo y mientras lo curaban y le  daban leche de oveja para que recobrara el aliento, uno de ellos se fue al pueblo para avisar que vinieran a por él. "¡Qué dolor tengo!" Se quejaba y los pastores, que a pesar de todo lo querían, no se apartaban de allí sin dejar de darle ánimo y decirle:  "No es nada hombre; usted >tiene más suerte que un cojo= y es porque está >fuerte como un roble". "No  os  echéis a risa porque yo me estoy muriendo". "Que no, señor, que se lo decimos en serio. De verdad le vemos a usted >más fuerte que un muleto". "Démosle gracia a Dios que hoy ha querido El traernos un día maravilloso y  limpio de nubes, sin viento, con este sol espléndido y sin frío ninguno". Decían aquellos hombres   en el calor de su chozo, junto a su rebaño de ovejas y la querencia de las tierras de aquella llanura que tan irreconocible y estropeada se la estaba dejando el especialista joven.       

 

Aquí se terminó la historia que el pastor joven contó al turista y al ver que éste se quedó en silencio y como meditando, lo volvió a mirar al tiempo que le preguntaba:

- ¿En qué piensa ahora?

- En tanto que me parece que tendrás que hablarme más de él. ¿Qué más cosas te enseñó?

- Me enseñó tantas verdades y ellas todas grandes, que se las diré en su momento, porque ahora, antes de alejarnos de la junta de estos arroyos, quería hablarle de la cerrada en el arroyo que nos entra por la derecha. ¿La recuerda usted?

- La recuerdo vagamente ¿qué es lo que sabes tú?

- Se lo voy a contar dentro de un rato porque parece que primero conviene empezar por lo principal.

- ¿Y qué es lo principal?

 

Y entonces el joven, se puso frente al monte de las cumbres altas del arroyo de la derecha y contó  lo que por allí tenía visto. Al final el turista dijo:

‑ Eso que me dices no lo he visto  nunca en este sitio.

‑ No lo habrás visto pero lo que le digo, es  verdad. Son dos cosas: primero se abre como si fuera a escaparse hacia mundos diferentes, lejanos y grandes y luego, la senda se asoma al barranco y ahí queda.

‑ Bueno, me lo estoy imaginando y en todo caso serían más de dos cosas.

‑ También es verdad. Son más de dos cosas. La portada de entrada al río, el abanico por donde se abren los mundos y el corte donde se cierra que en éste se encuentra la cerrada, a la cual llegaremos, otra cerrada más arriba y la hondonada final, donde el río se clava  en las entrañas de la cordillera, que sería el salto grande pero de lo que yo te hablaba es de la otra realidad.

 

        ‑ ¿Una realidad nueva?

‑ Sí y no.

‑ Pues explícate porque de lo contrario me haré más lío.

‑ Ponga atención  a ver si  lo aclaro:

 

        Entras por el pórtico. Ya has pasada. Avanzas pista arriba y llegas al primer arroyo por la izquierda y justo ahí comienza el despliegue para los extremos pero sigues un poco y enseguida tienes otro arroyo por la derecha y este es el gran arroyo y es el segundo punto  donde se abre el horizonte y unos metros más arriba, tienes el primer  puente y a la derecha comienza otro de los cauces que se aleja buscando ese mundo que se abre. ¿Me va siguiendo?

‑ Te sigo porque los rincones que  recorres los conozco pero según tú ¿dónde queda la gran senda?

‑ La senda del misterio y desconocida por muchos  y que remonta y después se quiebra  y se hunde en el barranco, queda arriba y sube remontando la gran ladera y cuando ya corona el pico, respira y parece que descansa levemente en el rellano y avanza unos metros y ya te encuentras al borde del precipicio y el gran barranco, cortado en las misma rocas, con paredes rectas a un lado y otro y profundo casi como el infinito y primero la senda se asoma unos metros y ciñéndose a la pared de la derecha, sube por completo llana, en busca de la corriente por el lado derecho al tiempo que se hunde hacia lo más profundo y de espanto es el rincón y si miras para abajo, verás la gran caída de más de trescientos metros y allá, en  lo profundo, apenas se descubre la corriente y tan espantosamente te envuelve que tiemblas de tanto miedo como se siente.

 

        Y la senda sigue hundiéndose al tiempo que va llana tallada en la pared y por momentos se acerca al profundo surco por donde desciende el cauce y de vuelta, se le ve por la otra vertiente, la que da al norte y en esta pared es donde realmente ondea lo hermoso, lo tremendo, lo fantástico y al mismo tiempo lo misterioso y profundo porque las madroñeras cuelgan clavadas en las rocas, los surcos de los arroyos se hunden en las peñas y por entre la sombra del bosque, las agujas rocosas, sobresalen dando la impresión que en cualquier momento van a caer al vacío.

 

        Las cascadas se despeñan de unos salientes a otros y luego por los aires, hasta el barranco y horroroso el espectáculo si no eres de los que te gusta la sierra y cuando lo ves por primera vez y tremendo hasta el asombro y el miedo si eres amante de la sierra pero no la recorres con frecuencia y fantástico como un sueño mágico si eres de los que tienen por corazón paisajes y bosques y por espíritu, arroyos y praderas pero en cualquier caso, frío, agreste, infranqueable y abismal.

 

        Cuando ya terminas de cruzar el surco principal del gran cauce que raja  la montaña en dos, penetras primero por las cascadas y pasas por detrás de ellas y como si de repente la senda se perdiera hacia el centro de la tierra misma y las cascadas le sirvieran de cortina para que nadie vea lo que allí ocurre y cruzas por detrás de ellas y cuando al rato sales al barranco del segundo arroyo, te quedas sin aliento porque al frente, en la tierra húmeda del arroyo y por entre las madroñeras, se te presentan los machos monteses y en una manada que en ocasiones puede ser de más de cincuenta.

 

        Al verte, se te quedan mirando y como ellos saben que se encuentran en tierras seguras, aguantan hasta que te has puesto a diez metros y ahora comienza con su gran juego, su danza riscalera y asombrosa.

 

        Primero uno salta desde la repisa de la senda y se deja caer al cauce del arroyo y al ver el salto y comprobar la profundidad que se abre para el barranco, lo primero que te dices, para ti solo, es que se estrella y que se desploma en el vacío y sin remedio cae por las rocas a lo hondo pero ¡asombro! No se despeña. Cae sobre la tierra húmeda del arroyo y dejando sus pezuñas clavadas en la risca y la tierra blanca y quedando  parado y hermosamente plantando en el arroyo desde donde te mira tranquilo.

 

        Lo contemplas tú y al mismo tiempo ya ves como los otros también han comenzado su danza y de acá para allá se dejan caer por la pronunciada pendiente mientras saltan de una roca a otra en una danza que parece mágica por la variedad, alegre y a la vez  sencilla y uno salta a una repisa, otro a otra y mientras aquel lo hace por el arroyo, yéndose para la izquierda, el otro lo hace por el flanco derecho del arroyo, viniéndose hacia ti y el siguiente, va por las rocas de la izquierda bajando en picado y los otros se paran y miran y un curioso juego que llena de alegría el barranco al mismo tiempo que de asombro y vida.

        Hay que estar aquí para ver esta deliciosa danza, para medio llegar a comprenderla porque no tiene semejanza con ninguna otra realidad serrana y si tú sigues avanzando por el trazado de la senda, no tardarás en pararte a la altura de ellos y  este es  el punto más estratégico del camino y desde aquí, cuando ya la senda cruza la hondonada del arroyo por el que ellos bajan, es desde donde se ve el mundo y se les ve a ellos saltando por la parte de abajo y se ve el gran arroyo por el  punto en que la senda lo cruza, se le ve por lo hondo total, donde ya el río cae y lleno baja recogiendo los hilillos cristalinos de los lados y se le ve a la senda sujeta en la  ladera de enfrente y tallada en la vertiente que ahora recorres.

 

        Y quince metros más adelante, entre las grietas de las rocas pobladas de majoletos  y sabinas, se pudrió uno de los machos monteses más grande de la sierra y era el rey de los machos, desconocido por todos los cuidadores de estas cumbres y  los que acompañados de ellos, vienen de montería a matarlos y yo te aseguro que era el más viejo de  los machos que nunca poblaron estos montes y una tarde retorcida entre las variaciones de la luz del sol, tubo lugar la tragedia.

 

        Pastaban en manada en el puñado de tierra fértil retenido en la cornisa de las rocas y los lobos le atacaron y le entraron por abajo, desde arriba y por los lados y  la manada no los descubrió hasta que las fieras lanzaron el ataque y se dio la estampida y como estos animales son tan ágiles por las rocas, salieron huyendo cornisa adelante y en cuanto remontaron el escarpado espigón, ya estuvieron a salvo. Ningún lobo podrá trepar jamás por las calcabas de las cumbres esas.

 

        Pero el viejo macho no tuvo suerte y fue acorralado por tres de los lobos y en uno de los embistes, al hacer el quiebro para escapar de la fiera que se le presentó por delante, cayó en las grietas de la roca y con el  filo de las aristas rocosas, se abrió la barriga y los costados y con los otros salientes, se rompió el resto del cuerpo y la sangre roja y caliente chorreó por la superficie de las blancas rocas calizas hacia la profundidad de la sima y macho, corriente y sangre, para la eternidad allí quedaron porque es tan profunda y al mismo tiempo estrecha, la raja de la roca, que nadie puede penetrar en ella.

 

        El sol, la lluvia y la nieve fueron consumiendo al viejo macho montés que tardó largo tiempo en pudrirse debido al frío de la cumbre y  algunas personas dicen que vieron un día parte de los huesos del animal y otros, se encontraron la cornamenta y aquello fue  un tesoro porque era la cornamenta más noble que nunca se ha visto en estas sierras y uno de los negros cuernos estaba en la covacha por donde siempre gotea al agua y el otro, las piedras y la tierra de la ladera lo tenía ya medio cubierto y cuando lo vio el que dice se lo encontró, no se lo creía y solamente se veía del cuerno un trozo de la parte más gruesa pudieron rescatarlo y dicen que cuando limpiaron y prepararon aquella cornamenta, el que la veía se quedaba asombrado.

 

        La senda se pierde en un trecho, según se aproxima al río ya por la parte alta y justo ahí se vuelve un ramal para atrás y ¿Qué a dónde va ese ramal? Pues traza varias curvas por la ladera y al final remonta al collado y hay mismo construyeron el cortijo más bello de  los cortijos  levantado en la sierra y durante muchos años el cortijo, las tierras que le rodea y la gente que en él vivieron, fue un mundo reducido lleno de la mejor belleza y sobre todo, cuando la noche caía sobre las cumbres y montes de estas sierras y alrededor de la lumbre, frente a las llamas de la chimenea, ellos se juntaban y aquello era un puro gozo.

 

        La gente sencilla de aquel cortijo y de aquellas tan elevadas tierras, charlaban de sus cosas al tiempo que se daban cariño entre sí y fuera del cortijo, en el silencio de la noche, la lluvia caía, los perros ladraban, los animales balaban o mugían y en lo más denso de la noche, el viento silbaba y de vez en cuando, se oía el rodar de las rocas que desde las cumbres caían y de fondo siempre el bramar del río, las cascadas rompiéndose y el canto del cárabo y así de sencilla era la vida en el collado y en el cortijo hasta que los nuevos tiempos comenzaron a cambiar las cosas.

- De eso no me hables porque lo llevo dentro y me duele.

- Lo sé, señor y le pido perdón y lo que pasa es que  igual, también a mí me duele algo.

- Ya me he dado cuenta por lo de tu amigo.

- Luego seguiré para que vea porque recuerdo yo ahora que el charco azul, lo conozco bien porque más de una vez me he sentado en su borde a contemplar el juego del agua que ahí se embalsa y hasta he visto lo que nunca creías iba a ocurrir y lo vi aquel día y desde entonces, siempre que me hablan o vienes por el río, a mi mente acude la imagen.

 

        Ocurrió en un día tranquilo, de sol azul-blanco limpio y de barrancos llenos de esencias de primavera que subí por la pista y cuando llegué al rincón, me senté en las rocas que el monte cubren y ahí me quedé gozando de la placidez y transparencia en el charco embalsada y al poco, sentí murmullo de gente y  enseguida los vi y era un grupo de los muchos que ahora vienen por aquí que subían por la pista y según les oía, iban a las lagunas azule pero al llegar al charco, frente a él se pararon y tres dijeron que iban a bañarse. "Un baño en aguas tan limpias como estas es puro gozo". Decía uno. "Hasta seguro que será sano y relajante". Añadía otro.

 

        Pero otros dos no dijeron nada de bañarse y en la escasa playa de arena dejaron a los tres primeros y se fueron por la ladera del lado del izquierdo del charco y comenzaron a subir por la pendiente y mientras la escalaban, el primero decía: "Si habíamos dicho que veníamos a estas sierras a practicar resistencia, no sé por qué ahora se ponen a bañarse". "Eso es lo que  estaba pensando pero no me atrevía a comentarlo". "Cuando me invitasteis me decíais que iba a ser así". "Y así es ¿o es que no ves el gran petate que traigo sobre mis espaldas?" "Lo estoy viendo y también hace un rato que me ando preguntando que para qué sirve tanta mochila, tantos sacos de dormir, tantas cantimploras, botas y demás cosas que debes llevar dentro del enorme macuto que transportas sobre tus espaldas".

 

        "Pues queda claro: ¿no hemos dicho que veníamos a practicar resistencia recorriendo los caminos de estas sierras?" "Eso es lo que hemos dicho". "Es un entrenamiento en toda regla y duro de verdad"."Sin una mochila como la mía y cargada a tope, no se pueden hacer buenos músculos ni el entrenamiento sería completo porque hay que subir los caminos que surcan las laderas de estos montes cargados como si realmente fuera esto una supervivencia pero, además, hay que subirlos con elegancia y mostrando resistencia porque sólo de este modo nos convertiremos en montañeros de primer orden y no como tantos otros merengues que andan por ahí. Mochila bien repleta, camino y cuesta bien empinada, músculos fuertes  y el ánimo preparado para atacar con energía y por supuesto, nada de quedarse en la mitad del camino ni tampoco en el primer charco que te encuentres sin que hay que echarle valor y en un abrir y cerrar de ojos plantarse en lo alto de la cumbre"

 

        Y mientras esto decían los dos que se iban por la ladera con la gran mochila a punto de reventar cargada sobre las espaldas y arrollando el monte que a su paso se encontraban, los tres primeros,  los vi que se quitaron sus ropas y se zambulleron en las profundas aguas del charco azul y lo surcaron con elegancia y al llegar a la roca blanca, se volvieron para atrás.  "Es un sueño un charco como este con agua tan fresquita y tan llena de claridad". Comentaba uno mientras con sus manos levantaba espumas y con sus pies chapoteaba ágil.  "Más que sueño, es el baño más limpio y  gozoso que nunca en mi vida he tenido. Tú fíjate:  aquí en este río, donde no hay nada más que monte, cielo azul y viento limpio y un charco como este, es más que fantasía" "Por eso hay que aprovecharlo hoy que lo tenemos".

 

        Desde mi lugar oculto, en silencio lo veo todo y una vez más, me digo que es así: es un puñado de viento este charco, las rocas que lo rodean, otro puñado de joyas y el aire que lo acaricia, el más delicado manojo de esencias serranas y aunque ellos ahora  estén surcando las aguas, el baile de las piedras que en el fondo brilla, sigue siendo bello y esto siento  en lo hondo de mi ser, saboreando el gozo de la belleza que desprende el río y la armonía que derraman los montes y cumbres que lo rodean.          

 

        Y como ando ocupado en ellos enredados en las azules agua del charco y la ladera que descuelga de la montaña, de pronto me sorprenden los dos que suben porque el de la mochila repleta, se para agotado, se sienta sobre la gran roca retenida en un puñado de tierra, y dice: "No puedo más. Creía  que esto iba a ser más leve. Si quieres nos volvemos y nos unimos a ellos y al baño que  disfrutan". "Vamos a volvernos pero ¿sabes lo que se me ocurre?" "A ver qué es". "Darle un empujón a esta roca para que ruede por la ladera. ¡Te imaginas cuando caiga al charco, la explosión de agua que del charco va a surgir!" "Me lo imagino. Dale una voz y avísales que piedra va".

 

        Oigo la voz. "Apartaros un poco y esperar, veréis qué espectáculo" y los de la ladera empujan a la roca y como ésta se ha sujetado contra la rama de una madroñera, la quitan de en medio rompiéndola y la piedra rueda y en segundos, salta por los aires, se estrella unos metros más abajo y desde ahí salta otra vez y cae de lleno en el centro del charco y suena un ruido seco semejante a la explosión que ellos anunciaban y las aguas limpias del charco se abren en cascada llenando primero el aire de chorreones blancos y después todas las sombras y rocas del río, de espumas rotas y se hunde la roca produciendo un gran cráter en la superficie azulada y al cerrarse el agujero saltan las olas rompiéndose en los bordes y derramándose para los otros charcos.

 

        "¡Ya!" Exclaman ellos al tiempo que comienzan a descender por la ladera.  "Si en este charco se refugiaba alguna trucha, algún pajarillo de estos que viven en los ríos o alguna nutria, le hemos fastidiado el día". Comenta uno de los que se bañan y ahora observa asombrado. "Da igual. Ya se las arreglaran estos animales. Ellos no son tan delicados como nosotros. ¿Porque no me diga que el espectáculo ha sido malo?" "Lo que pasa es que ahora el agua se ha quedado turbia. Tendremos que esperar a que se pose para seguir con nuestro baño" "Pues esperamos. No tenemos prisa porque hoy hemos venido a este río para eso: para perder el tiempo y a pasárnoslo bien"

    

        Desde mi rincón privilegiado, oculto y frente al río que corre y a los que por él suben y bajan, durante un rato más los sigo viendo y por un momento quisieras salir y decirles unas palabras pero no soy  nada en estas sierras y nadie me ha dado a mi ningún papel en el conjunto de su exuberante naturaleza y exclusivamente yo me he atribuido lo que me he asignado e incluso a margen de muchos porque ni un sólo trozo de lo que  existe, me pertenece ni tengo ningún encargo por parte de nadie para que mire por ello.

 

El semi turista que hoy quiere recorrer las sierras que un poco sí le pertenecen pero en la región del sueño y no de la materia, pregunta al pastor:

- Y de aquello de las lagunas azules ¿tú que sabes?

- ¿Es que usted lo desconoce?

- Del todo no pero lo mío son recuerdos y lo tuyo es presente.

- Lo que sucede es que mi presente es casi misterio y por eso me  digo que alguien algún día  me tendrá que explicar el misterio de la laguna.

- ¿Pero tú sabes dónde se esconde?

- Yo sólo sé, porque me lo han contado, que se esconde en la ladera norte a la sombra de un espeso bosque y en cuanto se vuelca, caes al barranco y antes de llegar a las aguas del embalse, se ve el gran bosque de pinos y encinas y desde el arroyo, primero por el lado derecho, sube una senda que va a salir justo al punto donde las aguas se abren hacia el barranco.

 

- Pero vamos a ver ¿qué río o arroyo le entra a la laguna? Porque según me  dices eso es lo más grandioso que nunca ha visto nadie por estas sierras y pienso yo que el agua tendrá que entrarle por algún sitio.

- Lo que yo sé es que no desemboca en ella ningún río ni arroyo y que el agua le llega de los veneros que tiene en la parte de arriba que tampoco se ven porque los tapa las otras aguas que allí se embalsan. Es decir: brotan los veneros y allí se queda el agua remansada hasta que ya no cabe más y rebosa por el lado que da al valle.

- Pero si yo me voy por la senda ¿a dónde llego?

 

- Cuando usted sube, por la senda lo primero que de esta laguna descubre es la cascada en medio de la ladera todavía antes de caer al arroyo y según sube, no vas viendo nada pero sí la oyes y justo al salir de la espesura del monte te das de bruces con el caño y desde ese punto mismo ya se ve toda la laguna que es una amplia superficie de agua limpia remansada, teñida de tonos azules y que parece un espejo porque enseguida en ella ves reflejos los pinos, las rocas y las nubes.

- ¿Y no existe otro camino que lleve o traiga a la tal laguna?

- Ninguno más. Sólo esta senda que sube desde el valle y viene a salir justo donde el agua rebosa.

- ¿Pero no me dijiste que subía hasta la cueva?

- Sigue y no sigue.

- ¿Y cómo es eso?

- El camino, como no es muy grande porque por él no pasa mucha gente, parece como si muriera al llegar al rebosadero.

- Y el que quiera continuar ¿qué hace?

- Primero tiene que meterse por las aguas someras de la parte de abajo de la alguna y después de andar por las aguas más de quince metros, ya sale otra vez al camino que por el lado derecho empieza a elevarse hasta coronar la cumbre y bajar luego al barranco.

 

- Pero yo eso lo veo raro ¿un camino por el centro de las lagunas?

- Al principio me pasaba también eso, que es muy raro un camino que se meta por las aguas de una laguna como esa pero luego me dijeron que es extraño según se mire porque lo que pretende el camino o mejor aquellos que trazaron el camino, es precisamente que el que ande por él no tenga más remedio que meterse en las aguas azules de esa laguna que por lo visto tienen virtudes esas aguas y eso es lo que busca el camino: que tú te metas en la laguna y que te empapes de sus aguas y de este modo quedas chorreando y así te aprovechan las virtudes que las aguas tienen.

- No acabo de creerlo y estoy por no creer casi nada de lo que me estás diciendo.  ¿Tú la has visto?

 

- Yo no la he visto nunca pero el que me lo ha contado a mí me dijo que él si la había visto e incluso que había estado en ella varias veces y el la llamaba la laguna misteriosa porque se encuentra ahí, casi escondida entre las rocas y el monte de la ladera y como nadie va por el lugar, pues nadie la conoce y por eso no han trazado ni pistas ni organizan excursiones con las personas, por eso decía él que es tan bonita, tan limpia, misteriosa y azul y no hay por allí nada más que nubes blancas en primavera y verano y nubes algo más negras en otoño e invierno y además, cuando llueve, aquello creo que es una auténtica belleza con tanta soledad, el bosque abrazándola y las gotas de lluvia rebotando en la superficie azul de las aguas y si es cuando nieva, aún todavía tiene mucho más misterio que en ningún otro momento del año y a veces ni siquiera se ve el agua allí estancada por la nieve amontonada en el monte, las rocas,  en la  orilla y en la superficie.

 

En fin, esto es lo que a mí me contaron asegurándome, además, que  era aún mucho más real y por supuesto, la realidad más grande, es la de la misma laguna brotando de las entrañas de la cumbre en el centro de la ladera y derramándose casi en silencio desde donde muere la senda hacia lo hondo del barranco y la laguna misteriosa dicen que se llama, en parte por eso de brotar en el rincón más oculto y en parte por eso de estar tan solitaria y rodeada de un bosque tan denso.

- Por lo que me estás contando ya creo que eso tiene que ser como un trocito de ensueño o un lugar tan chiquitito y tan repleto de silencio limpio que ya sólo pensar en él, siento como un cosquilleo en el cuerpo. ¿Es verdad que casi nadie la conoce?

- Ya te he dicho que algunas veces hasta la he soñado y tan en silencio la he visto que un poco me tengo creído que existe nada más que en mi sueño.

- Pero porción de realidad tan bella, según  me cuentas, ahora tiene que ser verdad.

- Eso es lo que yo también pienso: tiene que existir y algún día alguien tendrá que mostrármela.

 

        Y el del alma llena de recuerdos, guarda silencio y para sí se queda un misterio que con su muerte se lo llevará y si conoce donde se esconde la laguna, no quiere decirlo porque siente que pertenece a ese puñadito de cosa que es secreto en su corazón y  lo que uno nunca quiere contar  a los otros por miedo a ser mal entendido o almenos no comprendido en la intensidad pura en que para sí se tiene aceptado y se cree.

- Estamos a punto de alejarnos de la junta de estos arroyos pero antes me decías que íbamos a ver la cerrada.

- Pues la cerrada, como son tantas repartidas por estas sierras, esta que buscamos podría servirnos de muestra entre todas ¿Qué le parece?

- Me parece lo que tú digas.

 

- Entonces, si nos ponemos  a decir dónde se encuentra la cerrada, ni sería fácil ni tampoco daría más importancia a lo que ella es porque yo la he visto mil veces y nunca me llenó de tanto placer y gozo como aquella tarde-noche que había estado lloviendo tres días sin parar y una lluvia mansa pero constante que empapó a fondo la tierra y llenó a tope los cauces y por eso aquella tarde-noche lo que más destacaba en lo hondo del barranco era  la corriente despeñándose y potente como el huracán más gigante, señorial y bella como el sueño más dulce.

 

El barranco estaba claro y el bosque resplandeciente de verde como si la primavera ya hubiera brotado pero desde el barranco, además de la espuma blanca que de la cascada arrancaba, surgía la sinfonía más concentrada de cristales de agua quebrándose contra las rocas y puñados de borbotones y olas rompiéndose de charco en charco y todo el barranco estaba lleno de esta sinfonía y  ella era la que detectaba la presencia de la cerrada a mucha distancia y se oía y casi se veía  antes que se llegara al barranco.

 

Y aquella tarde-noche  me fui por aquella soledad y casi sin querer me acerqué a la cerrada y mi  rincón predilecto entre los rincones bonitos de estas sierras, un poco mi amor secreto y un buen trozo del camino  que me conecta con el Creador del mundo y me dejé envolver por la densa sinfonía y me dejé lavar la piel del cuerpo por el vaho fino y me paré un instante antes de pisar las aguas de la corriente, ahí por donde el cauce tiene su pequeño vado y cuando ya estuve seguro de lo que quería, me fui para la playa  de arena dorada.

 

Salté por encima del montículo y cuando rodeé la roca me quedé mirando fijo y frente a mí y ahí en silencio, a pesar del tremendo chapoteo de charcos y corrientes, estaba la asombrosa belleza: la cerrada del barranco repleta por el fondo de corrientes de aguas limpias y arropada, desde todas las cumbres, por mil blancas cortinas de gotitas diminutas y el que me acompañaba me dijo: "¿Estás viendo lo que yo?" "Estoy viendo y al mismo tiempo siento lo que mil veces he soñado" "¿Y cómo podríamos explicarlo?" "Sólo un artista como el que le da vida y forma,  podría hacerlo pero claro,  sé lo que tú quieres decir: que lo de la cerrada, su barranco y las cortinas de agua que vuelan por los aires, son tan bonitas que habría  que comunicárselo a muchas personas, porque queda claro que aquellos que como nosotros no tengan la suerte de venir y ver, se pierden mucho ¿verdad? "Se lo pierden todo, porque es lo que acabas de decir: si no lo explicamos claramente, no sabrán nunca lo que la cerrada es". "No podremos decir otra cosa sino que la cerrada de este barranco y sus cascadas de aguas, es un trozo de sueño hecho materia viva para que sea más que sueño, al  tiempo que también es un trozo en un rincón de estas sierras y materia soñada que sólo transmite gozo y hace de puente entre lo mortal y lo eterno".

 

        - Pues por ese monte que tú me has dicho, corona el rincón de la cerrada, se esconde la madroñera grande.

- Mejor podría usted decir se escondía.

- ¿Qué le pasó a la vieja madroñera  asombro de aquellos serranos?.

- Es cierto que fue cerca, por donde aquel ejemplar de arbusto tenía clavadas sus raíces y entre las rocas y la espesura de este bosque: cinco troncos tenía y los cinco eran de gruesos como dos veces el cuerpo de un buen serrano y clavados los cinco en una negra peana que a su vez se hincaba en las grietas de tres grandes rocas y los cinco troncos negros surgían de la peana y retorcidos, se tumbaban en la dirección de la ladera, como si desearan asomarse al barranco para mirarse en el río y las ramas se entrelazaban, llenas muchas veces de madroños y otras de mil florecillas blancas, en forma de campanillas.

 

        Y dicen que cuando la madroñera estaba florecida, ella sola era toda una primavera plena con manojos de graciosos ramilletes de florecillas acampanadas, se mecían al aire desde las cien ramas de la planta y un mar de olas de perfume revoloteaba por el entorno y ciento de abejas acudían a libar por entre los estambres de tan delicadas florecillas y otras tantas mariposas surcaban el aire de un lado a otro por aquel universo en menor y también los pajarillos acudían a la sombra de su bosque de ramas y hasta los ciervos y los jabalíes iban y venían buscando los rojos madroños que en el otoño rodaban por la ladera y un puro manto rojo parecía el suelo y un bosque casi completo que además de hermoso y lozano, daba vida a un sin fin de hierbecillas, setas y otras mil variadas plantas.

 

        Así de perfecta, grande y completa, era la vieja madroñera que desde hacia ciento de años, adornaba la ladera en todas las épocas y cuando los nevazos cubrían de blanco los montes, la madroñera crujía bajo el peso de los copos apilados en sus ramas y crujía por las noches cuando el frío era tanto que se cuajaban los chorrillos las cascadas y ya no eran agua sino hilillos entre cristal y viento y crujía  bajo el calor de los dorados rayos de sol en las largas tardes de verano y crujía cada vez que el viento soplaba desde el barranco del río y bajo los hirientes zarpazos de los granizos y las lluvias de las tormentas y la madroñera crujía pero siempre clavada en su ladera, corazón de su propia vida, seguía verde y desafiaba al tiempo año tras año y así a lo largo de los siglos.

 

        Hasta que un día pasó el gran experto en monte y al verla dijo: "Es un magnífico ejemplar que más se parece a una pieza de museo y para que la vea y aprenda, aquí tengo que traer a mi hijo". "¿Qué va a hacer su hijo, señor?" Le preguntó el serrano más viejo y sabio del  rincón. "Como está estudiando la misma carrera que yo, esta va a ser una buena oportunidad para ponerlo a prueba" "¿De qué modo lo va a poner a prueba?" "Lo traeré para que vea y le diré que si lo hace bien tendrá su premio y que si las cosas salen mejor, lo nombraré jefe". "¿Pero qué va a hacer su hijo, señor?" Seguía preguntando el serrano. "Ya lo verás"

 

        Al día siguiente el experto, se presentó en estas sierras y en compañía de su hijo, subió por la senda y lo llevó a la presencia de la vieja madroñera. "Aquí la tienes, es toda tuya, puedes empezar cuando quieras".  El hijo del experto tomó el hacha y se preparó para empezar a podar  las ramas de la centenaria planta. "Pero señor, que eso es un crimen". Le decía el serrano sabio al ver lo que  se iba a hacer.  "Tú tranquilo que este hijo mío ha estudiado en las mejores universidades y de montes sabe lo suyo. "De todos modos, escúcheme señor lo que le digo: lo que usted le transmita a su hijo hoy, eso será el día de mañana" "¿ Por qué me dices eso?" "Sí él no ve en usted respeto  y cariño por los otros y las cosas, no espere que luego lo tenga". "El sabe mejor que ninguno de nosotros cómo hay que tratar estos arbustos tan delicados y con tantos años sobre sus ramas. ¡Ya verás qué resultado dará su trabajo!  Y por ciento, mientras mi hijo se afana en la poda de este arbusto, ya puedes ir dando las órdenes oportunas para la captura del macho". "¿Qué macho, señor?" "He prometido a mi hijo, como premio, el regalo del mejor macho montes de estas sierras pero lo quiero vivo porque él me ha dicho que se lo va a llevar a su finca privada para domesticarlo, así que da las órdenes y el mejor macho y vivo y sin que sufra ningún daño"."Pero señor, que son muchas barbaridades" "Tú a callar que el que mando soy yo. No puedes perturbar el gran trabajo que mi hijo realiza ahora mismo y mucho menos dudar de su eficiencia y, Además, de paso, vez buscando un buen sitio"."¿Un buen sitio, para qué?" "Otra promesa que le he hecho a mi hijo". "¿Qué promesa?"

 

        "Le voy a regalar la mejor cámara de fotos que existe en el mercado y se la voy a regalar ahora mismo, en cuanto termine su tarea con la poda de la madroñera y él me ha dicho que aquí mismo la quiere estrenar. Así que vete buscando un buen sitio para que tome sus primeras fotos de estos barrancos, arroyos y cumbres. "¡hay que ver qué cosas las de usted, señor!" "No se hable más y mano a la obra que hoy es un día grande para mí, para mi hijo y para estas sierras. ¿Tú no crees que de un hombre como mi hijo puede surgir un día la persona que más bien haga a estos montes?" "Yo opino lo que opino, señor y me parecen que las cosas no debían hacerse así". "Bueno, vamos a lo que hay que hacer y tú a lo tuyo que ya lo sabes y yo a lo mío que  es mi hijo y nos vamos dentro de un rato y ya quiero ver el macho en tus manos".

 

        El señor experto se fue para donde estaba su hijo y frente a la madroñera, en las rocas, se sentó. "Comienza tu obra, hijo mío, que yo estoy vigilando para que tu trabajo salga bien". "Mira papá, para que luego no me digas que no consulto las cosas, te explico que voy a comenzar mi obra cortando este tronco. Es el más gordo pero también el más viejo y el más dañado. Lo voy a cortar por la peana para que así la fuerza de la planta deje de correr por este tronco y se vaya por aquellos otros que son más jóvenes. Luego voy a cortar aquellas otras dos ramas porque como ves, están muy retorcidas y son feas. Dejaré sólo un pie: este del centro que se le ve sano y recto. Así con el tiempo, la madroñera se convertirá en un ejemplar perfecto, llena de vida, resta y con  su tronco, ramas y copa, bien modelado. ¿Qué te parece? "Tú, mano a la obra que eres el que tienes los estudios recientes y por lo tanto, el entendido en el asunto". "Pues me pongo mano a la obra".

 

El joven bruto, porque así dicen que a partir de aquel día lo llamaron los serranos, se puso en acción y alzó su hacha de acero flamante porque el padre se la había comprado por encargo ya que decía tenía que ser especial para tal obra de arte, y la dejó caer sobre el hermoso tronco de la vieja madroñera y el instrumento se clavó en la madera  de la misma peana abriendo una  herida profunda y luego abrió otra y otra y al poco cayó el primer pie."¡Qué león de hijo tengo!" Exclamaba el señor padre cuando vio que el tronco se doblaba.

 

"Es que esto tiene que ser así, papá, con decisión y energía". "¡Vaya hijo bragao que tengo yo! Así me gusta que seas". "¿Tú ves lo que te digo? Ahora corto esta rama, atusada por la misma peana para que no quede la fealdad de esos "garranchos", como dicen los serranos, al aire y luego aquella otra y ya verás qué resultado". "Venga hijo que tú recuerdo va a quedar inmortalizado para siempre en estas sierras porque nadie nunca hizo lo que tú ahora mismo.  Los que mandan se pasean por aquí a caballo pero ninguno coge un hacha y se pone a cortar las ramas de los árboles para modelarlos y dar forma al bosque. Son poco prácticos estos hombres".

 

        "Pues papá, voy con el segundo tronco. Verás como lo corto en dos minutos y con la perfección del primero. ¡Obsérvame!" El joven  volvió a levantar el hacha y certeramente golpeó en el segundo tronco de la madroñera y como él dijo, en dos minutos seccionó otro de aquellos troncos y a continuación un tercero pero su obra, a pesar del entusiasmos, no salió tan perfecta como en un principio proclamaba porque tan atusado por la peana fue cortando los troncos, que cuando acordó, el pie que había decidido dejar con vida, también quedaba casi cortado justo en la misma tierra.

 

        "¿Y ahora qué pasa, hijo?" "Pues que es verdad: por poco me lo cargo también pero si te fijas despacio, todavía queda bien sujeto a la peana madre". "Y también veo que ha quedado descarnado, sin corteza ninguna y eso es grave porque la savia de las plantas corre por la corteza y si esta falta, no hay savia y la planta se muere". "No todo ha quedado descarnado, papá. Por este lado todavía tiene mucha cáscara"."¿Pero tú crees que cuando el viento sople y las nieves caigan, este tronco tendrá fuerza para seguir unido a sus raíces?" "La naturaleza, y tú lo sabes papá, se regenera enseguida". "Pero el arbusto madroño, es muy especial"."De todas maneras, papá, ten en cuenta que soy joven y es la primera vez".

 

Dicen que el padre se llevó al joven por el camino en busca de los hombres que habían salido al monte para capturar el macho montés y pasó por el punto estratégico donde él decía se podían hacer buenas fotos y al poco, con la emoción y la novedad de una cosa y otra, se olvidó de la madroñera y al llegar el invierno siguiente, el único tronco que a la vieja madroñera le quedaba, se quebró. Subió un día una fuerte ráfaga de viento desde el río y al empujar sobre las copas de la vieja y ahora ya mutilada madroñera, la dobló tanto que saltó en astillas por la parte que aún estaba unida a la peana.

 

        Tumbada en el barranco, entre las otras ramas ya secas, quedó el último tronco de la que había sido la madroñera más hermosa de la sierra y la más grande, la más fuerte y la reina de los bosques y la que entre sus ramas tenía tallado el frío de más de mil inviernos y con todos, ella había podido y también con otras mil tormentas y noches repletas de hielo y había resistido los rayos crudos del sol en el mes de agosto sin ni siquiera quejarse a lo largo de mil años y había dado vida a millones de insecto y plantas enanas pero ella, aun siendo cien veces más fuerte que muchos de los hombres que a lo largo de esos años habían respirado sobre el planeta Tierra, no puedo soportar los hachazos de aquel joven y culto valiente.

 

        Los serranos que la conocían, lo sintieron mucho y en el silencio de sus almas, hasta lloraron un poco. "Ha sido un crimen y ante nuestros ojos y, además, ni siquiera podemos denunciarlo, que también tiene guasa eso: ¡ Que tengamos que aplaudir lo que es tan cruel!" Pero ellos, como en tantas otras cosas, no pudieron hacer sino aguantarse y guardar silencio en la espera de que algún día las cosas en estas sierras, fueran distintas y que apareciera alguien diciendo lo que había que decir y algún otro más que se pusiera del lado de los bosques unido a los serranos y su verdad.

 

El semi turista, al terminar de oír lo que su amigo el joven pastor ha dicho de la madroñera, guarda silencio y  se deja llevar por el muchacho y terminan de remontar las cuestecilla que da entrada a la recta de la senda que desde aquí, lleva de un tirón al collado de las rocas donde los buitres tenían sus nidos.

- Aquella que se ve  enfrente es la peña de los pastores, más abajo queda la ladera de los pájaros y al otro lado, la cuerda donde los pastores tenían su chozo y por allí para arriba sube la senda que iba al calarejo y a los cortijos donde ellos vivían.

Le dice al joven.

- ¿Y usted sabe por qué se llama así cada uno de los puntos que me ha dicho?

- Si lo llevo clavado en mi alma no lo voy a saber. La peña de los pastores se encontraba en la misma ladera, mirando al poniente, arriba casi en el collado.  Una gran roca solitaria, clavada en la torrentera en forma de cueva y al mismo tiempo, ofreciendo un mirador perfecto y desde la  roca, se veía  el amplio valle, que en este caso, no era valle propiamente, sino cañada silenciosa que se derramaba desde el collado de los gruesos pinos abriéndose ampliamente según bajaba hacia el otro gran valle del centro. La parte alta del collado era la maravilla de este singular rincón pero las primeras praderas del arroyo, eran  un paraíso de belleza y silencios y sin embargo, la otra ladera enfrentada a la de la hermosa roca, tampoco se quedaba atrás en belleza.

 

Desde arriba, desde el perfecto collado de los pinos grandes, el valle caía abierto armoniosamente y lo mismo que chorreaban las laderas, descendían los bosques de encinas y robles y también las tierras  llanas de la orilla del arroyo y cuando los pastores llegaban  con sus ovejas al rincón, siempre le entraban por lo alto, desde el collado del centro y dejaban que los animales fueran bajando poco a poco, casi siempre por la ladera de la derecha, la de la gran peña, que era sola y la de mejores hierba y  a los pastores, una de las cosas que más les gustaba, era  irse hacia la covacha de la gran piedra y allí se juntaban como si de alguna manera se hubiera convocado a celebrar algo y por la parte de abajo de la roca, se paraban y en el rellano, montaban su reunión  para hablar de las mil cosas de sus animales, de las tierras donde sus animales pastaban, del tiempo, de los técnicos y otros empleados en los montes.

 

Una de aquella mañana,  subí por allí, y antes de que ellos llegaran, desde el collado, me fui a media ladera siguiendo la sendilla hasta lo alto de la roca y me asomé a ella y al ver la otra ladera, la opuesta a la peña, que era la zona de umbría, me asombré de tanta belleza y a un lado y otro, sólo armonía de bosques silenciosos y casi colgados en las pendientes tierras y en la ladera de enfrente, la meseta de las encinas grandes y como no la conocía, desde hacía  tiempo, en mi alma ardía el deseo de coronar aquella pendiente y asomarme, desde la meseta, al barranco de la otra vertiente.

 

Pero aquella mañana estaba yo tranquilamente asomado a la gran roca, cuando siento a las ovejas viniendo por el collado y en unos minutos lo coronaron y en otros minutos invadieron toda la tierra de la parte alta, por encima de la roca y vi que enseguida  aparecieron  los pastores y como si se tratara de una cita, siguiendo la sendilla, se vinieron directos al rellano de la cueva por la parte de abajo de la roca y soltaron  sus zurrones y en las piedras se fueron sentando y sacaron una gran bota y empezaron con la ronda. "¡Qué bueno es este vino nuestro!" Comentó uno.  "Cada día sabe mejor y más cuando nos lo bebemos junto a esta piedra". Comentó otro.

 

Y en lo más alto de la roca seguí  y ahora vi como ellos secaban pan de los zurrones. "Lo cocimos ayer en el horno de cortijo". Decía uno. "Pues yo traigo unos trozos de tocino de la matanza de este invierno. Esto si que es gloria con su magrilla y un poquillo frito". "También traigo yo  unos trozos de morcilla güeña y un buen pedazo de lomo de orza así que comed porque ya veréis qué sabores tan deliciosos". "Pero el chorizo que me ha puesto mi mujer le gana en rico, a  lo que vosotros traéis". Decía otro más.  "Aunque claro, lo verdaderamente bueno, es lo que estamos haciendo".

 

Y lo que estaba haciendo yo lo veía: de sus zurrones sacaron lo que cada uno traía y   sobre una piedra grande del rellano, lo fueron poniendo y mientras cortaban del pan con sus navajas de pastores, pasaban la bota del vino y se echaban un trago y cortaban luego trozos de tocinos, de lomo, de chorizo y de morcilla güeña y poniéndolos sobre el dorado trozo de pan candeal, se lo iban comiendo. "Vente con nosotros y coge de lo que quieras". Me dijeron y les dije que no, que un alimento  tan rico y un vino tan serrano, sólo les estaba permitido comer a ellos. "¿Es que temes emborracharte?"  "Si es que  no sé saborear un vino como el vuestro pero de todas maneras, me gusta la reunión que  estáis teniendo y me gusta ver como levantáis la bota. "Pero claro, tú lo que quieres es subir a la meseta de la ladera que nos queda enfrente". "Eso es lo que  quiero". "Hoy ya no te dará tiempo, porque aunque la ves ahí tan cerca, se lleva su rato subir y bajar a donde luego tú quieres bajar".

 

Y les dije a ellos que ya otro día, subiría directamente desde las tierras del valle grande y luego, durante un buen rato más, seguí sentado sobre la roca, viéndolos tan hermanados en aquella reunión sencilla tan repleta de amistad y las ovejas avanzando por la ladera comiendo su hierba y por el arroyo de la hondonada, saltando la corriente del agua limpia y sentía que aquello me gustaba y aunque no ocurriera allí nada más que el compartir del pan, los chorizos y el vino, aquello me gustaba por su sincero sabor  a campo y en el más tremendo escenario de la sierra.

- Y la ladera de los pájaros, que yo no sé dónde está, ¿qué era?

- Esa ladera estaba por donde el río baja encajonado entre grandes paredes de rocas y más arriba se ven los bosques de encinas y algunas como montañas de grandes y  otras con troncos gruesos como el cuerpo de tres hombres juntos y la corriente se remansa en varios tramos configurando charcos que parecen lagunas y después de trazar varias curvas, amplias y hermosas, gira hacia el sur pero aquí, justo donde empieza a doblarse, primero se ensancha como si fuera un lago de verdad y luego une sus aguas a las del arroyo que baja de la segunda ladera de los pájaros y  la que, siempre que me asomo por la cumbre del alimoche, me queda a la izquierda.

 

        Y es  desde aquí, desde el mirador, que no es mirador construido por los hombres pero que yo lo llamo así porque estando en lo alto se ve  el barranco con sus cinco laderas y otras cumbres, es desde aquí el punto en que mejor se ve la corriente de ambos cauces: la del arroyo y la del río y no sólo  distingues los charcos, remansos, cascadas, panorámicas y árboles sino que hasta ves si el río lleva más o menos agua, si ésta es transparente o tiene color tierra y sobre todo, el último tramo del arroyo que le entra por la derecha que desde esta cumbre parece que si alargas un poco la mano enseguida tocas el agua que por el arroyo baja y tiene una peculiaridad la corriente de este arroyo: en el último tramo corre entre cascada y remanso, es decir, no es ni cascada ni remanso sino lo intermedio que es corriente algo remansada mas bien tirando a plácida  que es lo que le da un toque realmente bello.

 

        El otro primer tramo, el que ya sí es casi una cascada pero desde mi balcón no puedo verlo porque me lo tapan las encinas, es  eso: mucho más misterioso que el tramo final porque baja desde lo más alto de la segunda ladera incluso de mucho más arriba, lugar que no conozco y por eso me tiene tan intrigado y desde mi balcón, que lo goza poca gente porque casi nadie lo conoce excepto un servidor y algún que otro amigo pobre que procuro distinguir con lo más exquisito, la corriente de este primer tramo del arroyo es como un pequeño misterio por lo aplastada en la ladera y arropada por el bosque de encinas que es también, para mí, otro asombro.

 

        La encina, especie forestal dominante en la región y árbol emblemático del mundo mediterráneo, su presencia, en este especial rincón de mi alma, es indicadora no de una sola cosa sino de varias: madurez ecológica, belleza paisajística, riqueza ornitológica y un sin fin de bellezas. 

 

        Quizá sea por esto, por la  presencia de tantas encinas en el rincón y, además, bañadas por tantas aguas limpias, por lo que en esta ladera abunda lo que tanto me llama a mí la atención: los pájaros que son de todas las clases: chicos, grandes, de colores, blancos, negros, insectívoros, rapaces, carroñaros... Lo nunca jamás visto en las sierras de este parque y parece que, hasta hoy, esta ladera pasa inadvertida casi para todo el mundo que es lo que a mí me alegra.

 

        Puede parecer raro pero la verdad es que nadie viene por esta ladera ni tampoco por el río, el arroyo o la cumbre de mi balcón y de aquí este paraíso, que es más que ninguno de esos paraísos que tanto airean en los libros, las revistas, el cine y otros medios por donde los animales viven como en los mejores tiempos del planeta, entre su bosque su  río y sin seres humanos que lo molesten para nada y ni siquiera los científicos los torturan con tantas marcas, aparatos, receptores, anillamientos, pesos y otras cosas, que esas reservas, como dicen ellos, son jaulas donde los pobres animales ni tienen libertad y tan limitado el terreno por todos sitios, tan molestados continuamente por tanta observación, tan controlados que esto ya no se parece, ni por asomo, a esta ladera mía.

 

        Y sólo tengo yo que bajar un poco, recorrer la pequeña meseta sobre la cumbre y asomarme al barranco y desde aquí, desde mis pies, salen ellos volando pero no asustados, sino como si estuvieran jugando y se van extendiéndose en todas las direcciones del barranco y se ve un águila por aquí, perdices por allá, algunos zorzales volando de una encina a otra, tres mirlos surcando la ladera, el búho  más abajo, los buitres por las cumbres, palomas que arrullan, los escandalosos arrendajos y así hasta bandadas grandiosas de toda clase de aves y que esta ladera es un paraíso de silencios, bosques y aguas por donde las aves vuelan libres y son como pequeñas joyas. 

 

        Surcan las tierras de la umbría y en cuanto empiezan a subir por la ladera del arroyo de las higueras, se vuelven a tropezar con el rebaño de ovejas que se les había perdido al cruzar  la junta de los arroyos.

‑ ¿No decía usted que ya no las íbamos a ver más en todo el día?

‑ Eso es lo que  decía.

‑ Es que los animales saben lo que se hacen y estas ovejas, no sé por qué, cada vez que las traigo de careo por este rincón, me  hacen  lo mismo. Primero se me pierden y luego aparecen en esta ladera llenándola  y comiendo tranquilamente mientras suben despacio hacia las cañadas por donde se diluyen las sendas y siempre me digo que es como si el barranco de las higueras, tuviera para los animales un aliciente especial y las ovejas saben que yo voy por aquí y como me conocen y yo las conozco, me buscan para sentir mi protección y siempre ellas formando "un rebaño único bajo la guía de un sólo pastor" que las quiere.

 

        ‑ Algo parecido me ocurría a mí cuando en aquellos años pasaba por aquí pero más aún cuando las higueras tenían higos y  yo venía a buscarlos porque tanto me gustaba en ese momento el barranco y  cuanto por aquí existía, que hasta soñaba con él. Por las noches soñaba con  la senda, el leve chorrillo de agua que siempre brotaba bajo las higueras, con las  mismas higueras  y hasta con el silencio del arroyo y en la realidad y más aún en mis sueños, tenía un sabor especial el silencio, el trino de los pajarillos saltando por las ramas de las higueras y el olor de las plantas. ¡Qué deliciosas eran aquellas tardes tan perdido en la soledad del barranco y teniendo siempre en mi mente, como referencia, las higueras! Era como si no las pudiera olvidar ni siquiera de noche y  sé por qué sucedía aquello.

‑ ¿Por qué sucedía?

‑ Como en aquellos tiempos no teníamos ni tiendas para comprar ni tantas chucherías como hay ahora, los higos dulces de estas higueras eran para mí como una golosina, como la más rica de cuantas golosinas  pudiera soñar y como casi siempre que por aquí pasaba me subía a las ramas y cogía un puñado, aquello hizo que a todas horas estuviera luego pensando tanto en las higueras como en el barranco y la senda que lleva a estas higueras. ¿Y sabes una cosa?

 

        ‑ Si me la dice usted sí la sabré.

‑ Te  voy a decir que las higueras estas, parece que nadie las sembró en el barranco.

‑ ¿Cómo no las iba a sembrar  alguien?

‑Sí, que nadie las sembró o al menos eso es lo que a mí me dijo mi padre y a mi padre se lo dijo mi abuelo y así y según  sé, porque me lo contaron ellos, estas higueras nacieron  espontáneas, por su cuenta y sin que nadie las plantara, ellas crecieron y se hicieron grandes.

‑ Pero si fuera así  serían higueras bravías, higueras locas que también se llaman cabrahigos que los higos que dan ni maduran ni se pueden comer y, sin embargo, no es este el caso de las higueras estas, porque en eso sí le doy la razón: los frutos que siempre dieron estas higueras son tan ricos que ni parecen higos sino auténticas golosinas. ¿Cómo es posible que unas higueras bravías den higos tan buenos?

‑ Es lo que  no puedo decirte y es lo que me intrigaba a mí de niño pero la realidad es  que estas higueras dan los mejores higos que jamás se han comido nunca en estas sierras.

- Ahora cuando acabemos de llegar, usted me sigue explicando lo que eran las higueras en aquellos tiempos, porque en este momento, ya que pasamos cerca de la fuentecilla,  vamos a recordarla. ¿Usted la conoce?

 

- ¿Te refieres a la fuentecilla del pastor?

 - A la que se encuentra en este mismo arroyo de la cañada, junto a unas piedras, en un sitio donde la corriente casi se embalsa y a la sombra de unos árboles y la que sólo consiste en un venero brotando por entre las rendijas de dos o tres rocas y es todo un puñado de belleza y como de juguete con su cascabeleo de agua que se pierde entre el silencio y no se sabe ya si es música o viento agazapado por las sabinas.

- Pues la conozco un poco y tengo entendido que le llaman del pastor, por el cariño tan grande que el joven le tenía porque siempre traía a su rebaño cañada arriba y mientras los animales venían tomando el terreno plácidamente por las praderas del arroyo, él la vigilaba desde lo alto y   desde la zona esta por donde ahora va la pista, siempre con la ilusión puesta en el chorrillo de las tres rocas y mucho antes de que el ganado llegara al lugar ya estaba el pastor sentado junto al manantial y como el venero, cuando realmente resultaba placentero y bello era en los meses del verano, en esta época es cuando más el pastor lo apetecía.

 

        Y llegaba él, se sentaba ahí mismo, en la roca más llana y con sus manos comenzaba a forma una diminuta poza abajo, donde el manantial toca la tierra y  dejaba que pasara un rato y en cuanto el agua se tornaba transparente ya se llenaba de  belleza  el rincón y en ella él saciaba su sed y después se quedaba  sentado, contemplando, como si no tuviera prisa ni tuviera nada más que hacer en todo el día y los animales nunca bebían ni en la poza ni en el mismo manantial sino en el chorrillo que por el arroyo se iba y ya te digo que a esta fuentecilla se le llamaba del pastor por su agua tan buena y limpia y por la elegancia del chorrillo saliendo por entre las rocas y también por lo mucho que al pastor le gustaba beber  y sentarse junto a ella.

 

- ¿Pues le gustaría ver esa fuentecilla?

- Conforme  veníamos  llegando a la llanura,  te iba a  decir que la fuente debía encontrarse por aquí y ahora, que por fin hemos subido hasta los parajes lejanos y silenciosos, me gustaría verla y toparme con ella para descubrir cómo es y si aún sigue con aquella virginidad porque quizá me siente en la misma piedra para al mismo tiempo que descansamos, observar el chorrillo hasta que me sacies de él después de haber bebido de sus  aguas y haberme llenado de sus silencios pero mientras vamos llegando ¿por qué no me cuentas aquello que me decías de tu amigo y el especialista?

- Lo de mi amigo y la yegua, se lo voy a contar yo a usted pero antes y, porque el momento ha llegado a su centro, le voy a contar lo del jabalí grande.

- ¿Esa visión fascinante y cruel que me decías al comienzo?

- Ese hecho real y feroz tan lleno de belleza crudo, que ocurrió aquí mismo y desde aquel día, me duele dentro.

- Pues te escucho.

 

- Pasaba yo por aquí aquella mañana y como sentía sed, pensé acercarme a la fuentecilla y dejé la senda que llevamos ahora y subí despacio por la estrecha veredilla  que le entra arroyo arriba y al ver el primer trozo de corriente que salta por las rocas me di cuenta que el agua corría turbia y me extrañó un poco por lo transparente que yo siempre he conocido tanto la fuentecilla como el arroyuelo que de ella sale pero seguí  y no tardé en descubrir por qué el agua bajaba turbia y vi que en el charco redondo que se embalsa tres metros por debajo del venero, hozaba una manada de cinco o seis jabalíes y entre ellos se distinguían dos grandes, un viejo  de cerdas negras y un pequeñuelo bastante enclenque y  hozaban pacíficos removiendo el fango de la corriente  y llenando el barranco de sus gruñidos roncos.

 

Y como me gustó tanto aquella presencia y en aquel lugar,  detuve mis pasos y miré con calma y me aplasté suave para no ser visto y   me agazapé por entre el bosque de madroñeras y con la cuerda de piedras alargada,  me fui cubriendo hasta remontar cincuenta metros más para dominarlos desde arriba y tímidamente me asomé a la cresta y los volví a ver en su charco, revolcándose algunos y rascándose contra las piedras, otros. ¡Qué visión tan rotunda, sencilla, bella y al mismo tiempo resumen de la esencia de estas sierras! Compartiendo la mañana, el agua del manantial y la hirbecilla fresca, los salvajes del monte se amontonaban apacibles y eran como amigos en el corazón y unidos frente a los peligros del bosque y acurrucados en el tiempo para no morir aislados y sin fuerzas y resultaba y eran como hermanos escarbando en la tierra el alimento de sus vidas y agradeciendo al monte el agua del arroyo y la sombra de las encinas porque así los veía yo y eran pura belleza feroz y mansedumbre agreste y fiera.

 

Y sobre la roca, con ellos casi al alcance de mis manos, me senté remontado y me dispuse a quedarme  hasta que pasara lo que fuera y aunque no sabía qué era lo que tenía  que ocurrir,  intuía que aquello no iba a durar el día entero porque sabía que tenían que moverse hacia alguna parte, para el arroyo grande, para la fuente pequeña o para el bosque espeso y tenían que irse hacia algún lado porque allí no iban a quedarse el día entero y como sentía que esto iba a  ocurrir,  me acomodé sobre la roca esperando y dejando que el tiempo pasara y diera desenlace a la visión real que tan de pronto se me había presentado. 

 

Al rato, vi que el enclenque, el de cerdas un poco canijas, delgaducho y más bien y sin fuerzas, se salió del agua, se fue por la ladera y en el rodal de hierba tierna de más arriba, se puso a comer.  Un trozo limpio que hasta aquel momento no tenía dueño como no lo tiene nada de lo que brota en la naturaleza de estas sierras aunque sean ríos y arroyos que también nos corren por el corazón y no  tenía dueño y estaba pletórica de riqueza, suave como la misma brisa de la mañana y tierna como el viento y relucía brillante teñida un poco todavía del rocío de la noche y como el sol le daba tan limpio parecía gritar entrega plena y abierta con la libertad del viento que la ceñía como si  para dar vida hubiera nacido y por eso relucía virgen al tiempo que también era acción de gracia.

 

Y como en la naturaleza, tú lo sabes y yo también, todo es belleza, a la vez  que muerte, reflejo de Dios y transcendencia, nada es egoísmo sino lucha amorosa por la existencia, el enclenque jabalí, allí se puso a comer y yo lo vi y por eso lo sé: no tenía conciencia de robarle a nadie nada sino coger lo que de la tierra había  germinado y comer porque si tenía necesidad de vivir y digo esto porque también vi como en ese momento el viejo jabalí, el que hozaba en el barro del charco, alzó su cabeza y con envidia, miró despacio al jabalí enclenque, a la hierba verde que relucía y luego siguió mirando al pobre jabalí.

         

Y nadie sabrá nunca lo que ocurrió en el corazón de aquel viejo salvaje de cerdas negras, porque tampoco sé yo si un animal como este puede tener corazón y nadie sabrá nunca por qué razón profunda o porque fuerza misteriosa, lleno un poco de odio y otro poco de envidia, aquel macho fiero,  miró tan despacio la presencia del jabalí enclenque entre aquella hierba tierna y yo tampoco me di cuenta ni después lo he llegado a descubrir pero el caso es que, como te estoy diciendo, lo vi con mis propios ojos que alzó su cabeza, miró detenidamente, olisqueó el agua y lentamente comenzó a subir por la inclinada tierra que desde la pradera caía al arroyo y le entró por detrás a la madroñera, pisó el rodal de hierba blanda y con los ojos clavados en su hermano débil, se fue hacia el que comía pacífico o, más que pacífico, comía empujado por el hambre y movido por lo apetitoso del  manjar  verde y ni siquiera intuyó la intención del viejo macho aunque sí lo estaba viendo acercarse pero ¿cómo iba a pensar que uno de su misma raza le fuera atacar con la fuerza de un perro rabioso?

 

Y vuelvo a decirte que yo lo vi y como lo que vi fue tan cruel, tan lleno de odio y atravesado por tanta rabia, me quedé sin respiración porque lento se aproximó el verraco viejo con la mirada clavada y fría y en cuanto estuvo en el sitio que había calculado, con la boca abierta se abalanzó sobre el hermano y sacó sus colmillos blancos y con la rabia de quien sólo quiere destruir, los clavó  donde más daño podía hacer y al mismo tiempo fuera mortal y sentí el gruñido y aquello fue como un grito de muerte saliendo de un corazón inocente tan repleto de vida y también fue como un llanto amargo que retumbó por el barranco y se quedó clavado en el mismo aire limpio que pasaba distraído. 

 

Y el pobre enclenque se retorció  intentando escapar de las garras que le habían sujetado y al tirar para huir, la sangre brotó roja y fue un chorro de sangre caliente que yo vi como manchó la hierba verde y  vi como se habría la herida y como el canijo animal clavó las rodillas en la tierra húmeda bajo la barriga del viejo grande y gruñía diciendo: "¡Perdón, hermano, perdón!"  Gritaba lloroso humillado a los pies del gigante  hasta hacerse tierra con la tierra y dejar de respirar para que el poderoso se sintiera triunfador y repetía: "¡Perdón y dime ¿por qué me atacas de este modo si yo no me he puesto contra ti ni quiero hacerte daño!"  Seguía gruñendo el mísero pequeñuelo hincado  de rodillas y con el dolor de la muerte corriendo por sus venas y el grande gruñó diciendo "¡Podría hablar pero no digo una palabra! Sólo te doy una lección para que escarmientes y no te atrevas"

 

Fue lo único que le oí decir el viejo jabalí de cerdas negras y yo que lo estaba viendo, lo oí con toda claridad mientras gruñía triunfador, sujetando contra la muerte y sus colmillos, la leve pavesa del hermano suyo y es que, además, se le veía orgulloso, rebosante de prepotencia y rey ganador con su trono instalado sobre la destrucción del humilde y el pequeño llorando: "Ya vez que te estoy ofreciendo mi humildad, sometido de rodillas a tu presencia y dispuesto a cumplir las órdenes que tú quieras y ya ve que ni gruño, aunque me esté doliendo tanto, para no ofenderte más y así indicarte que soy culpable y ya vez que reconozco tu soberanía, ofendida sin querer y reparada ya desde ahora y perdón y dame otra vez la libertad para que siga viviendo junto a ti, siempre ya sometido a tu autoridad de padre sabio". Es lo que me parecía oír brotar de aquellos  gruñidos lastimeros del pobre enano.

 

Y desde mi trono de rocas blancas frente a la salvaje fuerza de la vida entre los bosques, noté como el corazón se me encogía lleno también de dolor y rabia y noté como el alma me temblaba y seguí mirando fijo para ver qué fin tenía aquella lucha fiera y en el fondo esperaba que al final el grande se compadeciera y soltara al chico una vez que ya el castigo había sido suficiente y esperaba esto y quizá así hubiera ocurrido si el zarpazo del grande no hubiera sido tan prolongado e intenso, porque el tiempo pasaba y los terribles colmillos del viejo macho seguían clavados en las carnes sangrantes del enclenque y éste vencido bajo su barriga y aplastado contra la tierra y en el fondo, quizá fue eso, que ya el humilde no pudo por más tiempo soportar ni el dolor ni tanta humillación y entonces reaccionó en defensa.

 

Y yo lo vi y aquello fue de escalofrío porque desde la tierra en que se aplastaba, el hocico del débil se movió buscando también clavar sus colmillos en las carnes del que le hería y lo vi y fue tremendo y hasta creo que en defensa propia y con todos sus derechos porque arrastró el hocico tierra adelante rozando la barriga del que aplastaba y cuando alcanzó las partes que buscaba, clavó sus también afilados colmillos y rasgó las carnes del que estaba machacando y fue en la misma blandura de los testículos y desde ahí siguió rasgando la piel hasta el mismo centro de la barriga y se abrió una raja de muerte hirviendo que parecía no tener fin sino en la destrucción total.

 

Y primero vi como los testículos brotaban palpitantes y echando sangre y comenzaron a colgar de los últimos tendones trabados a la vida y vi el río de sangre roja y el surco caliente abrirse al viento y la barriga chorreando las tripas y al fiero viejo empinarse hacia el infinito al tiempo que lanzaba un tan bronco lamento que retumbó  como un trueno seco a lo ancho del barranco y a mí me dejaba el alma helada y abrió la boca, soltó las carnes machacadas de su compañero y dando un segundo bufido, comenzó a moverse por entre la fina hierba y colgándole en la barriga, se le veían los trozos de la muerte caliente y sangrando por detrás, quedaban abiertas las heridas.

 

Y manchó de sangre la hierba verde y siguió bajando en busca del charco del arroyo y mientras arrastraba sus patas de piel negra, se veía como la muerte ya le venía balanceando para dejarlo  tumbado y comenzar a pudrirlo mientras se quejaba dolorido y por eso buscaba un regazo donde parapetarse y encontrar algún consuelo mientras la fría muerte se le colaba de lleno y llegó al charco, se metió en el fango que por ahí tenía removido y mientras se tumbaba en el líquido frío no dejaba de lanzar lamentos que eran como quejidos apagados que pedían socorro y sabían a lástima pero que nadie escuchaba sino yo que lo estaba viendo.

 

"Yo tampoco puedo hacer nada por ti porque aunque en el fondo ahora mismo sí quiero, no me dejarías ya que sigues  teniendo conciencia de que pertenecemos a dos razas   diferentes y eso nos separa aun  sabiendo que, un poco más adelante, ya estamos unidos en el polvo seco de la tierra así que tampoco yo puedo hacer nada por ti y me gustaría con todo mi corazón porque no tengo odio sino un amor puro que brota del que nos dio la vida a los dos aunque ni me veas y por eso creas que no te quiero, no es así: te amo y siento pena por lo que ahora sufres y hasta me olvido de lo que le has hecho a tu hermano y no te condeno pero sé que no has sido noble porque él no quería herirte. ¿Por qué te has revelado con tanta soberbia? He visto que él no quería herirte pero no le dejaste otra salida que defenderse y lo ha hecho para intentar salvarse dándote la muerte y destruyéndose también al mismo tiempo y como yo lo he visto y  soy imparcial, puedo decir lo que siento.

 

Y también estoy viendo como ahora te mueres y tengo deseos de ayudarte sin poder, al tiempo que siento pena de tu hermano herido por ti sobre la hierba fresca que en absoluto era sólo tuya, yo digo, porque soy imparcial y  he visto claro, que la hierba verde del rodal limpio crecía ahí y sólo era propiedad del Creador. ¿Por qué no has dejado que él cogiera la necesaria para su vida y también tú para la tuya? ¿Por qué no, en todo caso, se lo has dicho de otro modo? ¿Por qué te has creído tan dueño desde una violencia tan potente?  Lo que he visto no me ha gustado y me duele tu dolor, me duele el suyo y la agonía que los dos ahora estáis viviendo y os digo que ¡Mira que destruiros por un simple puñado de hierba verde donde hay tanta y con tanta generosidad el Creador nos la regala! ¡Mira que llegar a ese odio cuando tanta es la bondad de los paisajes que pisáis! ¡Mira que luchar entre vosotros cuando con tanto amor se os  regala el día, la luz, el aire que respiráis y hasta las fuentecillas que manan y las sombras de los bosques!  Forzudo grande, no encuentro en ti ninguna razón  poderosa que justifique tu baja acción y como veo que la muerte te traga, siento pena pero dime ¿cómo puedo ayudarte?"

 

Entre aquellos lamentos tristes que el infeliz poderoso lanzaba frente a la muerte  desde el charco, quise oír una respuesta a mi deseo de ayuda: "No lo sé pero no te acerques porque  lo único que ahora me consuela es morir bañado de esta agua fresca que me cubre".  Me agarré a la roca donde estaba sentado y de tanto como por dentro me dolía, sentí deseos de llorar y sentí deseos de ponerme delante de la muerte y decirle que se fuera que allí no tenía nada que hacer porque aquel fatal desenlace había sido sólo  fruto de un torpe error y por eso no merecía una destrucción tan grande.

 

 Hasta, en el fondo, sentí deseos de abrazarlos a los dos, curarlos  de las heridas que se habían hecho y dejarlos libres otra vez por su bosque y sus praderas para que siguieran dando gracia al Creador por el gozo de su vida y la creación entera y sentí deseos de borrar lo que mis ojos habían visto y pedir perdón a quien fuera para que la luz volviera otra vez al bosque del arroyo y a la belleza de la mañana y como no pude nada de lo que tanto quería, lloré hasta la amargura y me sentía desconsolado y eso sería por el deseo que llevo dentro de no aceptar como buena, la aniquilación sino la transformación por el amor y el gozo y la elevación de las cosas y desde el escondido silencio que pasa, hacer renacer la vida con la luz que siempre es nueva pero como en ese momento también me sentía pobre, me quedé  sentando en la fría roca de la cumbre frente al charco de agua turbia donde se moría el gigante y sufrí la última escena.

 

Los otros de la manada, dejaron de comer y hozar en el barro y se fueron hacia donde se moría el grande, lo rodearon durante un rato, lo rozaron con sus hocicos mientras se quejaban desorientados y al poco se fueron para la pradera de la hierba verde y rodearon al débil que se empezaba a levantar y como invitándolo a marcharse, lo empujaron hacia la espesura del bosque y por entre las hojas de las verdes madroñeras los vi perderse y ya sola se quedó la pradera de la hierba fresca, arrullada levemente por el cascabeleo del chorrillo de la fuente y solo se quedó el barranco y el vientecillo que por él subía y hasta la sombra que los robles viejos proyectaban sobre el charco y silencioso y quieto se quedó el remanso donde yacía el fiero, manchado por el color brillante de la sangre roja que empezaba a tornarse negra y aplastada contra el cieno, ya casi frío, la belleza fiera comenzaba a deshacerse.

 

Y durante un rato más lo miré fijo mientras me iba con el agua que por el arroyo corría y como no tenía ninguna oración para proclamar, para sí y para mí dije: "Aunque creas que has ganado, sigues estando en un error porque has vuelto de nuevo al polvo y como te has ido odiando, no has transformado nada y te digo que las cosas hubieran sido sencillas y habrían terminado en belleza si hubieras caído en la cuenta que no eras dueño de nada sino mensajero de mucho y lo siento, te perdono y lloro por ti pidiendo que mi corazón nunca pierda su pureza ni el gozo de transmitir la alegría que contagia Dios".  

 

Y con estas palabras, el joven muchacho, concluyó la visión que sus ojos palparon aquel día que pasaba junto a la fuentecillas y se encontró con los jabalíes.

- ¿Quiere usted que le diga algo más?

- No hay que decir nada más. Ahora vamos con tu amigo y la yegua.

 - Lo de mi amigo fue así: Cuando los primeros especialistas llegaron a estos montes  dando vida a otros nuevos planteamientos de las riquezas y bellezas de las sierras, los caminos, sendas y cumbres se llenaron de su presencia y bajaba un día uno de ellos desde este hermoso barranco, por donde hoy se encuentra la aldea perdida, y venía acompañado de un señorito que quiere decir joven adulador y ocioso, para los criados, hijo de los dueños con los que trabaja y el amo que en este caso lo era con todas sus consecuencias porque este señorito tenía una gran finca de regadío allá por la vega cordobesa junto al  Guadalquivir y otra en la sierra norte de la misma ciudad y ambos eran amigos y lo único que hacían por estos montes era pasearse y al mismo tiempo el señorito recorrer el terreno para cuando llegara el momento venirse de caza y  como por aquella época los especialistas eran casi los dueños de estos montes, aunque no lo fueran de derecho, por aquí hacían ellos lo que les daba la gana y la mayoría de las veces, a pesar de todo y de todos.

 

        Subía también aquel día por la senda el joven del cortijo porque iba siguiendo su ganado y dio la casualidad que los tres se tropezaron en la senda y el especialista y el señorito que bajaba, ambos montados en sus yeguas  y el joven que subía pero andando, acompañando sólo de su ganado, su perro mastín y su cayado y como a la mitad de la ladera o así hay un corto arroyuelo y unas rocas grandes casi arropadas por los pinos y demás vegetación,  traza  la senda una ligera curva y justo en este punto es donde el joven se tropieza con los dos caballeros de las yeguas.

 

        Al  verlo  los  animales  se  pararon  y  el joven también y entonces el especialista reacciona diciendo: "Apártate del camino que si los animales se espantan darán con nuestros huesos por estos barrancos". "Los animales no se espantarán, señor". "¿Por qué lo sabes tú?"  "Porque ellos y yo nos conocemos y en el fondo nos queremos más que ustedes a ellos". "¿Cómo sabes tú eso y cómo me lo demuestras?" "Lo sé porque lo sé y se lo demuestro sencillamente, de esta forma".

 

        Y el joven sigue plantado en el centro de la senda y como está junto al animal, a unos tres metros de ella, con la boca, los labios y el viento de los pulmones empieza a emitir un silbido apagado. "¿Qué hace?" Pregunta el especialista, a lo que el señorito, subido en el segundo animal pero detrás de su amigo, contesta: "Está llamando a la yegua y ya verá como el animal le responde bien". Y así fue: al oír el silbido la yegua se queda mirando al joven y  al rato, da unos pasos  buscándolo y alarga su cuello y como el muchacho le ofrece la cara y los labios por donde le sale el aire del silbido es a esta parte del cuerpo a donde la  dirige su boca y con la suavidad más precisa y la belleza más sutil, animal y joven, se dan un auténtico beso que más que otra cosa lo que parece es una maravillosa expresión de amistad.  "Si no lo veo no lo creo". Exclama sorprendido el especialista. "Pues ya puede abrir bien los ojos porque no es sueño". "¿Y cómo lo consigues?" "Sencillamente sintiéndome amigo, íntimamente, de este  animal y otros como este y por eso le decía que la  no se iba a espantar de mí sino  lo contrario: se alegra de encontrarse conmigo".

 

        El joven acaricia al animal en la frente y apartándose dos metros de la senda le da una palmada en el cuello y le dice que pase y la yegua continua su camino y detrás sigue la otra y el amigo y el señorito se despiden del muchacho porque éste sube  y ellos bajan y unos metros más adelante el amigo dice: "Hay que ver lo pobres que son esta gente y la de bella bondad que llevan en su alma" "Y abría que añadir y lo mal, casi siempre, que nosotros nos portamos con ellos". "También es verdad porque fíjate ahora, sin mérito ninguno por nuestra parte, él nos ha dado una pequeña  lección de humanidad y amor". "Y eso que tú no sabes lo que yo sé". "¿Qué sabes tú?" "En  una  ocasión  me lo llevé a trabajar conmigo a la finca que tengo en la sierra norte de Córdoba.

 

Tenía   una reducida piara de cerdos y lo contraté para que me los  cuidara en la época de las bellotas y ¿Cuál crees tú que fue el fruto de su trabajo con estos animales? "Pues ni me lo imagino porque la verdad que estas cosas con ser tan grandes e importantes,  no las he podido estudiar en los libros porque pertenecen a otra realidad". "Desde luego que es así, porque el resultado del trabajo de este joven con los cerdos fue que me sacó adelante los mejores animales que en mi vida he criado y con las mismas bellotas y las mismas encinas de otros  años él me cebó unos cerdos que daban gloria verlos y fue porque no descansaba ni de día ni de noche de tan pendiente como a todas horas estaba de los ellos.

 

        Y estaba  la temporada de las bellotas casi llegando a su fin cuando una mañana me presenté en el campo y sin más le dije que ya había vendidos  la piara.  "De aquí hasta que vengan a por ellos me iré haciendo a la idea y así me costará menos". Me respondió. "Pues se los llevan ahora mismo". "¿Cómo que ahora?" "En esto  momento se los llevan".

 

Y el muchacho me miró, se apartó unos pasos del cerrillo donde estaba con sus cerdos, porque eran suyos más que mío aunque yo fuera el dueño y me dijo: "Mire usted, señorito, las cosas no se hacen así, porque aunque usted sea el dueño de estos animales, yo los he visto crecer y los he cuidado a lo largo de estos meses y a uno, aunque no quiera, se le mete dentro el cariño por los animales y los empieza a querer como si cada uno de ellos fuera un amigo y usted no puede llegar ahora y sin haberme dicho nada antes, sin haber contado conmigo, coger y quitarme a los animales sin más porque mire usted, señorito, yo creo que en alguna ocasión debería contar con nosotros comunicándonos las cosas a tiempo, hablando sobre lo que piensa hacer e incluso pidiendo nuestra opinión.

 

Porque sucede que aunque usted sea el dueño, como los que bregamos con los animales somos nosotros, no se nos puede venir así, de la noche a la mañana y dejarnos sin ellos y echarnos de las tierras que tanto hemos pisado porque, ya le digo, yo creo que estas tierras y estos animales no se pueden reducir a simples billetes de banco y eso es lo que me parece que usted hace y siente". "¿Quieres decir que a mi no me importa ni los animales ni las tierras de mi finca?"  "Yo lo tengo muy claro: a usted sólo le importa una cosa y otra en cuanto que tanto una cosa como la otra las puede convertir en dinero" "Es verdad que me interesa el dinero pero también es verdad que a mí me gusta ver y gozar de estos montes y de la piara de cerdos corriendo por ellos". "Sin embargo, no siente, nunca llegará a sentir la tristeza que yo tengo ahora cuando pienso que ya me voy a quedar para siempre sin ellos y además de esta forma: sin haberme ni siquiera avisado una semana antes. Usted tiene poca consideración y menos sentimientos porque me lo tenía que haber dicho, me lo tenía que haber consultado. ¿A ver que hago  ahora cuando me quede sin ver más a esta piara de cerdos?"

 

        "¿Y sabes lo que hizo?" Le pregunta ahora el señorito al amigo mientras siguen bajando por la senda y dejan que el joven suba por ella hacia la cañada de la parte alta. "¿Qué hizo?". "Se despidió de mí, se despidió de mis tierras a las que dice quería con toda el alma y se vino otra vez a este cortijo de la lomilla y dice que fui tan cruel con él, que me porté tan inhumanamente que ya no quería seguir más conmigo no fuera  en el futuro a hacer otra fechoría como la de los cerdos". "Verdaderamente estas gentes sencillas del campo tienen cosas que sorprende al más pintado" "Y sobre todo tienen dignidad a pesar de su pobreza".

 

- ¿Qué le parece?

Le pregunta el joven pastor al turista que hoy le hace compañía.

- Que ahora empiezo a comprender a qué se debe la admiración que sientes por tu amigo.

- ¿ Pues usted ve los cerros de ahí enfrente?

- ¿Te refieres a ese monte que coronando la cuenca del arroyo, se alarga de derecha a izquierdas a media altura entre la cumbre?

- A ese monte me refiero y es por donde va la senda de una aldea a otra.

- Pues dime ¿qué le pasa a ese monte?

- En la parte alta, más abajo de la cumbre y más arriba de donde va la senda, estaba mi amigo  aquella mañana y aquella mañana, uno de esos hermosos días de primavera en que los paisajes revientan de verde, de perfume de  flores, de arroyos crecidos y de pajarillos cantando, uno de esos grandiosos días que quizá usted  no ha conocido nunca pero que son de ensueño y más aún porque hasta estos bonitos días han desaparecido ya porque desde hace mucho tiempo ya no se ven primaveras como aquellas y mucho menos se dan días como aquel día.

   

Y ya digo, estaba  el joven y como sus ovejas llenaban la ladera paciendo tranquilas por entre el monte y en aquellos "rasetes" en que la hierba era más tierna y espesa, el muchacho se sentía feliz, como un rey en su trono y había él aprovechado la sombra de unos viejos robles y en las rocas que allí mismo se levantaban, se había sentado mirando hacia este barranco y el gran valle que ahora cubren las aguas del pantano y estaba mi amigo tan agusto cuando hasta él se acercó el que mandaba, uno de los muchos que por aquellas fechas rondaban por aquí y que tan enemigos eran de los pastores.

 

        "¿Pues tú ves este monte que tanto te gusta y que crees que es tuyo porque has estado toda la vida por aquí con tus ovejas?"  Le preguntó si más al pastor en cuanto estuvo a su lado". "Sí que lo veo, señor". Le contestó el pobre hombre creyendo que las cosas iban por otro camino". "Dentro de un tiempo ya no te pertenecerán ni podrás traer a tus ovejas por aquí". "Y de eso se alegra usted ¿verdad señor?" "Hombre, me alegro por el bien del monte ya que partir de ese momento, no lo romperás más con tu ganado y por eso crecerá y se pondrá hermoso y grande que cuando tú luego vengas por aquí, en forma de turista emigrado, ni lo conocerás ni te conocerá".

 

        "Pero señor ¿si yo le digo a usted una cosa se lo va a creer?" "¿Qué cosa me vas a decir?" "Que cuando usted pisa este bosque hasta el monte se echa a temblar y los animales huyen y se mueren llenos de enfermedades y los arroyo se secan y los árboles se pudren". "Eso lo dices tú por decir algo y por fastidiarnos a nosotros  porque no te caemos bien". "Lo digo porque es la pura verdad". "¿Y cómo me puedes demostrar lo que con tanta rotundidez afirmas de palabras?" "Cuando usted quiera se lo demuestro y muy sencillamente" "¿Ahora mismo puede ser?" "Se lo puedo probar ahora mismo". "¿Cómo?" 

 

        "¿Usted ve aquellos árboles del fondo del barranco?". "Sí que los veo". "¿Y ve aquellos arroyos y las rocas donde pastan las ovejas?" "Las veo y se me revuelve el corazón contemplar a las ovejas por aquellas praderas tan bellas". "Pues yo me apuesto con usted ahora mismo lo que quiera que con tanto como dice, conoce y quiere a estos montes, no es capaz de conseguir que con unas simples palabras  suyas, aquellos árboles se vengan aquí, a sus pies y esas rocas, por sí mismas, rueden  ladera arriba". "¿Es que te has vuelto loco o estás soñando? ¿Acaso tú eres capaz de conseguir lo que me pides que haga yo?" "¿Quiere usted verlo?". "No quiero verlo, porque si digo que sí estaría tan loco como tú pero es que, además, si eso fuera verdad ¿qué me demostraría con ello?". "Le enseñaría con ello que tanto los árboles de este bosque como sus arroyos, rocas y praderas son más amigos míos que de usted y que usted aquí no es nada más que un simple funcionario que por la manera que sea logró colocarse en los trabajos de estos montes y ya está y de ahí a que usted conozca el bosque tanto que hasta el mismo bosque sienta cariño por usted, va mucho trecho y esto es lo que yo quería decirle y estoy dispuesto a enseñárselo cuando quiera". "Pero te digo lo de antes: que estás loco perdido y como no quiero discutir más contigo me voy y ya verás al final quien gana".

 

        Y dicen que el hombre se fue y el pastor se quedó  sentado en su trono tan lleno de orgullo.

- ¿Y no pasó nada más?

- Aquella mañana no, unos días más tarde, sí.

- ¿Lo puedes contar?

- Lo voy a contar para que usted lo sepa.

 

        Había ya entrado en otoño y como aquel año sí llovió mucho, el joven, aquella mañana, subió hasta las tierras de la huerta suya y como no hacía todavía mucho frío y como las tierras sí estaban empapadas de agua, los campos se empezaron a llenar de setas. Siempre por estos barrancos y laderas crecieron buenos níscalos y por eso el joven, aquella mañana, además de venir a darle una vuelta a los cultivos de la huerta, también quería buscar un puñado de apetitosas setas.

 

        Porque a él, una de las cosas que realmente le gustaba mucho era no sólo buscar y encontrar níscalos bajo las panochas de los pinos, sino luego al caer la tarde y llegar la noche, sentarse con sus padres frente a las ascuas de la chimenea y en aquellas brasas ponerse a asar las setas y claro que por experiencia ya sabía que uno de los bocados más sanos y  sabrosos eran los níscalos, criados entre las hojas secas de los pinos, alimentados y perfumados por las finas y templadas lluvias del otoño.

 

        Pues se vino él aquella mañana senda arriba y ya antes de llegar a este lugar se encontró un buen rodal de setas. "Luego al volver los cogeré", se dijo porque su intención era llegar primero a la huerta, echar una mirada, terminar algún trabajo que el día antes había dejado pendiente y luego irse por el monte, para a lo largo del resto de la mañana, dedicarse a buscar níscalos y esta era su intención teniendo ya así toda la mañana organizada en trabajos que a él le gustaban por el gozo que estos trabajos siempre dejaban en su alma.

 

        Y así que terminó de subir la senda, cruzó el arroyo y se metió en las tierras de la huerta justamente por aquí, por donde nosotros nos encontramos ahora y en la huerta, además de  algunas hortalizas propias del otoño, él tenia sembrado también buenos árboles frutales: muchas higueras en las cuales todavía se podía ver algunos higos, nogueras, ciruelos, manzanos y otros árboles que se dan bien en estas sierras y aguantan con fuerza tanto el frío como el calor y entre ellos se encontraban las parras, los membrillos y los granados pero aquella mañana, entre sus hortalizas otoñales, a él le quedaban todavía pendiente de coger las manzanas de tres o cuatro manzanos que lozanos y hermosos crecían junto al arroyo y daban estos árboles unas manzanas pequeñitas, algo redondas, amarillas casi por completo cuando ya estaban maduras del todo, muy ácidas y ásperas cuando todavía no han madurado pero deliciosamente exquisitas por los últimos días del otoño y madura esta fruta aquí en las tierras nuestras, precisamente casi al final del otoño en incluso rozando los primeros días del invierno y por eso él todavía no las había cogido aunque sí sabía que ya se encontraban casi a punto y de aquí que al pasar aquella mañana por el lugar se acordara de los árboles y para sí se dijera: "Voy a ver si las manazas ya se pueden comer".

 

        Y desde el centro de la huerta se salió hacia el lado del arroyo y cuando ya iba llegando a los manzanos, de entre las zarzas y la maraña, oyó un ruido extraño. "¿Qué será?"  Se preguntó mientras ya comenzaba a rozar las ramas más bajas del árbol más grande y hermoso que también era el que daba las mejores manzanas. "¡Qué extraño, si el otro día estaba cargado a más no poder y ahora estoy viendo que casi no tiene manzanas!". Se volvió a decir mientras comprobaba como por el suelo se veían muchas manzanas ya amarillas y bien maduras y de las ramas sólo colgaban un puñado de Ana y menos". Las más verdes y menudas. "¡Que raro es esto!".  Y pisaba que ya las tierras más próximas al arroyo por donde las zarzas se espesan.

 

  "¡Qué raro lo que veo por aquí!" y se vino para el lado de la corriente con la intención de enterarse y observar bien si lo que por allí se movía era algún animal silvestre como jabalíes, ciervos o algún ser humano y más se inclinaba él a encontrar por aquel lindazo algún animal salvaje que había intentado meterse para comerse la fruta que un ser humano y se inclinaba más por el animal porque cualquier persona vecina de la aldea y de los cortijos cercanos, jamás se le hubiera ocurrido meterse en la huerta a robar porque esto no entraba en la condición de ninguna de las personas que vivían por aquí, sino que siempre,  cualquiera de ellos, llamaba hermano al otro y pedía prestado lo que necesitaba, cereales o cualquier producto que en la tierra criaran.

 

        Y por esta cuestión él se inclinaba a pensar que lo que por allí se movía no era un ser humano que quisiera esconderse pero tampoco se inclinaba a creer que fuera un animal salvaje porque por las demás tierras de la huerta él no había observado  ningún rastro que le indicara que algún animal andaba por allí haciendo de las suyas. "¿Pues qué será entonces?"  Seguía preguntándose mientras ya se encontraba apartando las primeras ramas de zarzas y  lentiscos para asomarse al surco del arroyo a ver qué encontraba.

 

        Y por allí lo que encontró fue lo que menos se esperaba y ni siquiera había imaginado. Al apartar las primeras ramas vio que por el suelo se arrastraba como un trozo de tela así color canela y que se iba hacia el arroyo.  "Esto es la Encantá", se dijo enseguida quedándose bastante desconcertado al tiempo que se llenaba de miedo. El joven muchacho cuando empezó a ver que por entre el monte del arroyo se movían como trozos y se perdían hacia la espesura del monte, lo primero que pensó fue eso: que aquello era cosa de la encantá.

 

        Se llenó de miedo y por un momento quiso volverse para atrás y dejar que se perdiera por el monte aquello que se arrastraba pero la curiosidad en su interior le empujaba a descubrir con detalle qué era aquello y lo que hizo fue subirse en una de las rocas y desde ella descubrió en gran surco del arroyo, dominó la espesura del monte y con  detalle también observó lo que era aquel trozo de tela que se arrastraba.

- ¿Y qué era?

 - Pues sencillamente una talega de tela.

- ¿Una talega?

- Sí, una talega llena de manzanas que desde el árbol se perdía hacia el arroyo.

- Pero una talega de manzanas no puede arrastrarse por sí sola desde la huerta hacia el arroyo para perderse en la espesura del monte.

 

        - Claro que no y  tampoco aquella talega se movía sola y que tiraba de ella un hombre que también se había aplastado en la torrentera del arroyo y era uno de los del grupo del director y el joven al verlo respiró descubriendo que por fin aquello no era obra de la encantá pero el hombre al sentirse descubierto, dejó de tirar de la talega, se puso de pie y en actitud humilde y casi pidiendo perdón, dijo al joven: "Yo no quería robarte tus manzanas pero es que me han dicho que estas frutas son  buenas y como tantas veces las he visto, hoy no he podido resistir la tentación de coger una talega. Te pido disculpas".

 

"No pasa nada hombre". "¿Sabes por qué lo he hecho?" "No lo sé pero tampoco me interesa porque puedes quedarte con ellas y si quieres, coge más". "¿De verdad no te enfadas?" "¿Porque cojas cuatro manzanas de esta huerta me voy a enfadar  yo?". "Tanto te estamos fastidiando nosotros con tantas cosas y a todos los que vivís por aquí que es imposible que después de todo seáis buenos con nosotros. ¿Sabes por qué lo he hecho?" "Ya te he dicho que no me interesa y que si quieres puedes coger sin reparo hasta que se acaben".

 

         "Es que tanto me han dicho a mí que son buenas estas manzanas que al final no he podido resistir la tentación de llenar una talega para comerlas a lo largo del invierno, porque todo el mundo dice que esta fruta tuya es la mejor que existe y que no tiene ni abanos ni insecticidas ni está regada con aguas sucias ni el aire que las meces está contaminado y  todo el mundo me decía que estas manzanas tuyas es una fruta sana por crecer ellas en una tierra tan buena, estar regadas por esa agua tan limpia que baja por el arroyo y ser maduradas por este viento tan puro y este sol tan hermoso y  todas estas cualidades sanas y naturales se me habían metido dentro y por eso tenía ganas de coger una talega de manzanas y las que yo no me coma ahora se las voy a llevar a mi mujer y a mis hijos que viven en la ciudad para que por lo menos una vez en la vida prueben frutas ricas porque, además, hasta me han dicho a mí que estas manzanas tuyas, son medicinales. Es decir, que si me como cada día una, voy a tener menos refriados y menos problemas de barriga.

 

        Por todo esto es por lo que yo me he atrevido a robarte una talega de manzanas cosa que ahora me arrepiento de haber hecho sin pedir permiso pero ya que me has visto no tengo más remedio que darte las razones de esta acción mía y de verdad que me arrepiento y te pido disculpas y si quieres te las dejo  o si quieres te las pago". "¡Que no hombre, que no! Tú llévate estas manzanas y ya te he dicho que si quieres puedes coger más porque lo que se cría en mi huerto es de todos porque a mí siempre me dijo mi familia que tres manzanas más o tres manzanas menos, nos deja igual de pobres o ricos". "¿Y cómo es que te portas así conmigo con lo mal que nos hemos portado nosotros contigo?" "Una cosa no tiene nada que ver con la otra porque vuestra actitud y proceder sea el que es, no me obliga ahora a mí a que te quite la fruta y que te denuncie" "Es que si me denuncias vas a salir perdiendo". "No lo voy a hacer y, además, ya te he dicho que puedes irte en paz llevándote lo que has cogido de mi huerta y que si quieres coge  más cosas ahora o cuando te apetezca, no tienes que pagarme nada ni tampoco yo voy a enfadarme por ello".

 

        Esto fue lo que el joven le dijo al hombre de la cuadrilla del director el cual cargó con aquella talega de manzanas y se fue tan contento y lleno de dignidad y el  joven siguió luego buscando sus níscalos y cuando unos días más tarde volvió  ¿sabe  usted lo que pasó?

- ¿Qué pasó?

- Algo que hasta me da vergüenza contar pero como fue real, te lo voy a decir para que veas como son las cosas algunas veces.

- ¿Tiene algo que ver con el joven y el hombre de las manzanas?

- Tiene todo que ver porque los dos vinieron a ser protagonistas de la historia.

- Pues cuenta que te escucho.

 

        - Como ya le he dicho fue también por el barranco y ocurrió sólo unos días después de aquello de las manzanas. Vino el joven a su huerta y trabajando en ella se pasó toda la mañana y llegó la hora del medio día y como tenía hambre, decidió comerse un poco de pan y tocino que había traído  junto con un puñado de higo secos y fue y dejó la azada en las tierras, se salió de la huerta y andando por estos caminos buscó un sitio soleado y tranquilo para sentarse frente al valle y comerse  sus viandas y anduvo un poco buscando un lugar concreto hasta que vio un sitio que le gustó mucho y fue por allí, por aquel lado pegado al arroyo del Fraile, por donde pasaba antes un camino que más bien era un ajorro de arrastras los troncos.       

 

        Cerca de un gran roble se sentó, quedándole el camino por la parte de abajo y entre el camino y él, un montón de madera que la cuadrilla del director había cortado y tenía allí apilada para llevársela y aprovechando unas piedras, se sentó el joven y se puso a dar buena cuenta de su rica comida con su espíritu lleno de paz porque nada temía y su corazón sino que se sentía alegre porque a pesar de todo era joven y la vida y el día estaban llenos de belleza para él y sacó su pan, su trozo de tocino, su navaja y los higos secos y se puso a comer y  entusiasmado y tranquilo estaba él cuando a sus espaldas oyó un ruido y se vuelve y ve que bajando por la ladera, hacia su encuentro, viene el hombre que unos días antes había cogido las manzanas de la huerta.

 

 "¿Qué se hace aquí?". Le preguntó amenazante parado de pie frente a él. "Pues ya vez usted, señor, comiéndome este trozo de pan con tocino porque tengo hambre". "¿Sólo eso?" "Sólo eso, al mismo tiempo que sentado en esta piedra contemplo el barranco y me lleno de la música de la cascada del arroyo porque a mí me gusta el campo y me gusta gozar lo que del campo mana". "¿No será que te has venido a este lugar por alguna intención oculta que no me quieres decir?" "Ya le he dicho la verdad. Tenía hambre y me he puesto a comer sentándome aquí lo mismo que me podría haber sentado en cualquier otro sitio".

 

        "Me estás engañando". "¿Por qué le estoy engañando?" "Porque no me cuentas la verdad" "¿Por qué no le estoy contando la verdad?" "Tú te has sentado aquí con una intención muy concreta". "Pues dígame cual". "Has visto este montón de leña y como sabes que por el camino pasa gente de vez en cuando, te has sentado aquí con la intención de vender esta leña a cualquiera que por ahí pase y la quiera comprar". "Eso que usted acaba de decir es una tontería"."A mi no me digas que es una tontería porque hasta he visto el letrero que ahí tenías puesto donde se anunciaba la venta de esta leña a un precio casi de saldo". "¿Pero de qué letrero habla usted?" "Sabes muy bien de  qué estoy hablando y te voy a decir una cosa: no te denuncio al director para que te metan en la cárcel porque soy mejor persona de lo que piensas pero de aquí en adelante, ándate con cuidado que en cuanto se lo diga al director ya verás lo que te va a pasar y lo de hoy lo vamos a dejar como está y yo haré la vista gorda para que nadie sepa nada pero ten cuidado".

 

        "Pero hombre, si yo sólo me he sentado aquí a comerme un trozo de pan con tocino y si le digo la verdad, ni siquiera había visto esa madera". "Claro, como que tampoco has visto a la gente que pasa de un lado para otro a los cueles tú podrías haber vendido esta madera si no llega a ser porque yo me he presentado ,pero en fin, en esta ocasión lo voy a dejar pasar y no le diré nada al director para que enfadado arremeta contra ti. Hoy quedan las cosas en un primer aviso pero en la próxima no tendrás tanta suerte".

 

        A estas últimas palabras el joven no contestó. Se levantó del sitio que había elegido para comerse su trozo de pan con tocino y se fue a la huerta y  al llegar la noche comentó con su familia aquel incidente el cual  escucharon atentos llenos de rabia y aquella misma noche, cuando ya el joven dormía al calor de la lumbre de la chimenea, tuvo un sueño.

 

Habían pasado los años y mi amigo hasta seguía siendo pastor y hasta tenía su tierrecillas y una casa pequeña, de piedra y madera, al comienzo del valle y en el flanco derecho del valle un bosque de árboles autóctonos mezclados con árboles frutales que los habitantes del cortijo cultivan y cosechan y por el centro del valle corre el arroyo y en las praderas pastan las ovejas y  en el flanco derecho del valle, unos linderos por donde crecen las parras, los nogales, perales y otros árboles frutales y más a la izquierda, sobre la ladera, el otro cortijillo donde viven los habitantes que cultivan y cosechan los árboles del lindazo y los hortales de la llanura.

 

Y el pastor carea a sus ovejas y cuando, en cualquier época del año, pasa por las huertas o los lindazos, si le apetece coger fruta u hortalizas de los bancales, las coge y no tiene problemas ninguno porque siempre el dueño le dice: "Las tierras son tan tuyas como mías siempre que las respetes cuides con esmero". "Es verdad que en ocasiones me entran ganas de coger algunas nueces o tomates para la comida de mi familia"."Sin problemas, porque lo mismo de pobre o rico voy a seguir siendo con tres tomates más o menos" "Pues igual te digo: si algún día tú necesitas un cordero para ti, tu familia o para comértelo con tus amigos, me lo dices  y lo mismo si necesitas unas calabazas o tres kilos de patatas de las que tengo en el hortal". "Tú tranquilo, que no tienes que pagar nada". Las ovejas y el pastor van y vienen por el valle aprovechando las tiernas hojas de la  hierbas frescas y cuando el hombre siente hambre, se acerca a los lindazos y de por allí coge lo que encuentra y hasta moras y algunas son gordas como castañas por ser buena tierra esta de los ribazos.

 

        Y pasan los años y los lindazos cambian de dueño. Uno de la ciudad que lo primero que hace es arreglar la casa dejándola más tipo chalé  que cortijo y le pone paneles para captar la energía solar y antenas para las televisiones y lleva agua a todos los aposentos a través de tubos de plástico negro dejando el manantial de la ladera seco y  pone alambradas en las tierras de los lindazos y los hortales y pasa por allí una tarde el pastor y al ver que sus árboles, los manzanos sobre todo, se mecen cargados de apetitosas  frutas amarillas, coge unos kilos y se las está comiendo sentado  en uno de las piedras de las paratas, frente a la llanura, cuando hasta él se acerca el nuevo dueño.

 

"Qué ¿merendando?". "Unas manzanas que he cogido de ese árbol". "Ya tenía yo ganas de encontrar al ladrón". "Hombre, no es para tanto porque si quieres te las pago". "Me las devuelves y me las pagas y así quedas escarmentado". "Pues aquí tienes las manzanas, sólo falta una pero a cambio, pongo en su lugar este puñado de nueces que aún guardo de la cosecha que el año pasado me dieron mis cuatro nogales". "Pero ¿y quién me las paga?"  "Por lo menos yo no, porque te las  he devuelto todas. ¡"Ah! Y si algún día necesitas algo no tienes nada más que avisarlo y lo digo, porque como eres un vecino nuevo... Hombre, uno no posee gran cosa pero lo que tiene es de todos y como siempre decimos los de esta sierra, un borrego más que menos, tres kilos de patatas o unos panes recién amasados, tampoco me van a poner rico ni a dejar en la miseria".

 

El pastor luego aquella tarde sigue careando a sus ovejas por la llanura y desde lejos mira a los lindazos y claro que ahora no les parecen los mismos porque él ha recibido el raro  mensaje y ahora tiene una gran tristeza dentro de su alma. Los mira y los ve como si ya los lindazos no fueran los mismos y de ahí que hasta le resulten menos bellos, menos familiares y esto es lo que le desconcierta, porque ¡los tiene tan dentro después de tantos años pisándolos y sintiéndolos suyos! Eso de cerrar en alambres las tierras y meterse en el centro en un edificio de lujo diciendo "Esto es mío y de nadie más", él no lo entiende. Por muy modernos que sea, no son las costumbres de estas tierras y  por eso no lo entiende.  

 

        Y de pronto, en su sueño, se vio en lo alto de aquella, o mejor dicho, de esta gran cumbre pero en su sueño, la cumbre era alargada hacia este valle y subió él a todo lo alto y como estaba indignado por aquello de la madera y otras cosas con el grupo que trabajaba para el gran director y con él mismo, se propuso acabar con el monte y todas las piedras gordas que en lo alto de esta gran cumbre había, eran buenas para empujarlas y echarlas a rodar. "Así, cuando estas rocas den tumbos por la ladera, se llevarán por delante todo lo que encuentren, otras piedras, pinos y hasta a ellos si están por allí".  Se decía.

 

        Y esto fue lo que enseguida empezó a poner en marcha. Primero, allá en lo más elevado, empujó a un inmenso pedrusco que enseguida se dobló y salió dando tumbos ladera abajo y conforme caía se traía por delante la mitad de la ladera en forma de pedazos de rocas y árboles y luego bajó otro poco y empujó otra roca que también empezó a dar tumbos, estallando en mil trozos los cuales a chocar con otras piedras, las ponía en movimiento y rodaban por la pendiente y siguió bajando y empujando grandes rocas haciendo uso de una fuerza que nunca antes había tenido y según las rocas se estrellaban, la montaña se desmoronaba toda entera y abajo, en la otra ladera de enfrente, los de la cuadrilla del director, empezaron a darle voces diciendo:

 

         "¡Alto, muchacho!  Detén tu furia porque se caerá toda la montaña y al final, cuando llegues al final, tú también rodadas entre las últimas piedras de la cumbre". "Si ruedo y me hundo para siempre con esta montaña, no me importa porque así ya vosotros no tendréis más oportunidad de fastidiarme pero tampoco tendréis montaña para levantar vuestros proyectos porque la montaña es mía junto con sus tierras y los paisajes y lo que vosotros queréis es quitármela no para que las cosas vayan mejor y lo que ahora es mío, luego sea de todos, sino para realizar  vuestros propios caprichos y vuestra obra personal sin que os importe ni los otros y menos yo mismo. A mí me dejareis sin raíces y sin tierra pero vosotros no vais a tener montaña". "Estás loco y lleno de rabia". Le seguían gritando los de la cuadrilla.

 

        El joven no les hizo caso y continuó bajando y empujando piedras a un lado y otro e iba observando para ver de qué modo, cuando llegara al final de la cuerda, se escapaba por uno de sus lados sin que le alcanzara aquella destrucción y  sí, por el lado derecho, cuando ya la montaña terminaba en un morro, descubrió que era posible huir porque se veía por allí una hermosa ladera llena de hierba que se extendía hasta el valle y por donde no existía ningún corte de rocas. "Llegaré hasta el final, empujaré aquellas últimas rocas para que la montaña se desmorone toda por este lado izquierdo y cuando ya se haya caído hasta ese gran morro, me escapare por este lado derecho". Se decía para sí.

 

        Y así que empujó una antepenúltima gran roca que como todas las otras, saltó por los aires  y al estrellarse en la ladera puso en movimiento un enorme montón de otras piedras que por la pendiente se repartían y estas últimas, arrastraron detrás de sí a toda ladera entera que con un estruendo tremendo, se empezó a desmoronar hacia el valle y avanzó otro poco y empujó la penúltima roca y luego la última que era ya el mismo muro de la montaña y se derrumbó ésta, primero por el lado derecho que era por donde él ya lo había intuido y estos momentos se vino hacia la izquierda con la intención de escaparse antes que la molen se desplomara y bajó corriendo por la ladera y justo con este tropel, muchas de las tierras sueltas que sobre la pendiente había, empezaron a derramarse y  rodaron algunas piedras pequeñas que se precipitaron rápidas por delante de él y a continuación comenzaron a desprenderse más piedras y aceleró la carrera y ello movió muchas más tierras y piedras y cuanto más bajaba más se metía en el remolino que caía hacia el barranco.  "¿Ves como te vas a hundir con la misma montaña que quieres destruir?"   Seguían  gritando la cuadrilla del director.

 

        "Si por fin esto sucede, no me importa porque en el fondo voy a morir como quería: en mi tierra y abrazado a ella para que así quede constancia de que me mantengo fiel a mi identidad y raíces hasta el último momento". "¡Estás loco!" "Yo soy de estas montañas. En ellas respiré el aire que me dio la vida y si ahora, cuando desaparezco de este mundo, lo hago fundiéndome con ellas, eso es lo que en el fondo deseo y me hace feliz. Para toda la eternidad  quedaré formando parte de estos montes en la región y dimensión donde vosotros ya no podéis ni decir ni hacer nada". "No hemos visto nunca en la vida a una persona tan loca como tú".

 

        Fueron las últimas palabras que aquellos hombres pudieron dirigir al joven porque atónitos comprobaron como la montaña entera se desplomó y bajo sus rocas, su tierra y  monte, desapareció el joven sin ni siquiera pedir auxilio ni lanzar un sólo grito de dolor.

 

Al joven pastor se le terminaron las palabras y quedó en silencio y al viejo serrano se le amontonaron los recuerdos y aunque sentía que debía decir algo, no sabía qué y el rumor de la corriente del arroyo saltando en lo hondo, llenaba el universo y el golpear sordo de sus pies marcando los pasos por la senda, medía el tiempo y al rato, el que había vuelto con el corazón roto, habló y dijo:

- ¿Es necesario decir más de ese amigo tuyo?

- ¿Y qué más quiere usted que se diga?  Quizá sólo añadir que ahora ya sí participa de esa alegría sorprendente que mana del profundo perdón y huye de la perfección de las leyes. La alegría que crece al compartir lo mío con los otros y muere cuando a los otros se le quiere machacar. La que  se mueve libre entre los grandes sin uniforme ni gestos entrenados, como brisa sin amo ni codicia y ve la más pequeña criatura amada por Dios, con un puesto en el corazón del Padre Bueno. Mi amigo fue noble, humilde y paciente y como, cuando era golpeado nadie lo defendió, hoy tampoco necesita que nadie se ponga de su lado. Ahora ya nada entre la alegría fresca que mana de los escombros de proyectos fracasados, porque en el fondo él fue hermano menor de las  cosas pequeñas.

 

- Pues si quieres seguimos con el recuerdo de las higueras que llevo dentro. Te contaba  antes que  cuando  le preguntaba a mi padre cosas de las higueras ¿Sabes  lo que me respondía?     

-¿Qué  le decía su padre de las higueras?

‑ Me decía que la higuera es un árbol lechoso de no mucha altura pero de anchurosa copa por la desmedida longitud que pueden alcanzar  sus ramas bajas creciendo horizontalmente y me decía él también, porque mi padre fue un gran enamorado de las higueras de este arroyo, que de la hija y de la higuera que no se vea la jarretera, dando a entender la conveniencia de no dejar que sus ramas se empinen  demasiado y en cuanto al tronco de estos árboles,  lo sabes tan bien como yo, es corto y grueso, la corteza de color agrisado y de madera blanquecina y liviana y quebradiza y cuando llega el otoño las hojas se desprenden y eso también  lo sabes por lo mucho que les gusta a las ovejas aunque ya estén caídas en el suelo y secas.

 

        ‑ ¡Vaya que si lo sé! Pero ahora que ya usted se he metido en estos de contar la ciencia de las higueras, yo tengo una gran duda que no sé quién me va a sacar de ella porque por un lado he oído decir que las higueras no florecen jamás y por otro lado me han dicho que sí, que las higueras también tienen flores. ¿Qué sabe usted de eso?

‑ A mí me lo explicó mi padre y lo entendí  bien y es que en realidad las higueras tienen flores pero diminutas. Nacen dentro de un receptáculo piriforme, con una abertura u ojo apical, muy apretaditas, en sus paredes internas, siempre ocultas a nuestras miradas y cuando están totalmente hechas, el receptáculo, convertido en higo, está a punto de madurar y hay florecitas masculinas y florecitas femeninas que se distribuyen de manera varia en las diversas higueras y también Hay higueras que no dan higos si sus flores femeninas no son fecundadas por ciertos insectos con polen procedente de las flores masculinas de otras higueras silvestres. Con aquellos proverbios que dicen: ni hombre sin ombligo ni higuera sin cabrahigo o higuera sin cabrahigo no vale un higo, se declara que estas clases de higueras requieren la presencia de higos masculinos.

‑ Y de ahí vendrá entonces, eso de cabrahigal que se refiere a colgar salta  de higos silvestres o cabrahigos en las ramas de las higueras, con lo  cual se cree que, por mejor fecundación, los frutos de estas serán más dulces.

 

        ‑ ¡Exactamente! De ahí viene cabrahigar, que también se dice así.

 ‑ Eso está  bien y como dice el refrán que  todos los días son días de aprender, a la mejor es hoy un buen día para saber más secretos de los higos que dan estas higueras.     

‑ Sabes que hay gran número de variedades de higueras común que se distinguen  sobre todo, por la figura, la dimensión, el color y aun el sabor de sus higos. Los receptáculos floríferos convertidos en  higos no son frutos porque éstos, cuando la higuera es fértil, se contienen en los propios higos y son   pequeñitos, redondeados, endurecidos, como granitos amarillentos, rodeados de partes florales blancas y pulposas que  son dulces y por las paredes mismas también endulzadas y blandas y los higos, cuando se dejan en el árbol y el tiempo  es  benigno  y  seco,  pierden  sus  acuosas superfluidades y concentran sus jugos. El cabillo, el rabo que lo  sostiene, perdida  también  su  turgencia,  no  los  puede sostener enhiestos y cuelgan boca abajo de las ramas.

 

        De sobra sabes  la emoción que se siente cuando te acercas a las higueras y lo primero que ves es esto: los higos maduros ya convertidos en pasos, colgando de las ramas. Primero su piel se arruga y se agrieta y por el orificio apical y por lo que nosotros llamamos el culo, rezuma una lágrima de miel.

‑ ¡No me hable usted de eso porque ciertamente se me  hace la boca agua!

‑ Sabes como yo que es en esos momentos cuando el higo está más dulce y por eso dice el aforismo que: el higo para ser bueno ha de tener cuello de ahorcado, ropa de pobre y ojo de viuda. Los he cogido muchas veces y los ponía a secar para que se ponga pasos y así se conservan todo el invierno.

 ‑ Otra intriga mía es  llegar a saber ¿por  qué unas higueras dan higos  sólo en una época y otras los dan casi todo el año?  

‑ Es lo que le pasa a estas, que dan higos casi todos los meses del año. A mí me dijo mi padre que las higueras sólo florecen desde la primavera hasta el otoño pero que en los sitios  cálidos o en los rincones donde no son de temer los fríos, hay higueras que conservan sus receptáculos, ya formados en otoño, durante todo el invierno y recobran precozmente su desarrollo y estas higueras son las que nos dan las brevas. Por San Juan las brevas y por San Pedro las más  buenas. Sabes que los otros higos llegan a su sazón al empezar el otoño. Por San Miguel los higos son miel.

 

        ‑ Y metidos ya en el tema como estamos ¿Qué cosas buenas son las que tienen los higos?

‑ Mi padre me dijo a mí y luego, algunas cosas las he comprobado, que los antiguos atribuyeron a las higueras y a  los higos  numerosas  virtudes,  como  la de ser pectorantes,  sobre todo para ablandar la tos y laxantes. Los egipcios ya empleaban los higos desde hace cuatro mil años y otra cosa más sobre los higos y las higueras es que dicen que jamás una higuera ha sido nunca asaltada por un rayo. Los entendidos dicen que la voz latina FICUS, la higuera y también el higo, es un préstamo del griego SYCON, que significa lo mismo. Dicen también que los romanos solían comer el hígado guisado con higos y del latín FICUS, nació FICATUM, que era el nombre de aquel guiso; la cual voz, según los entendidos, nos daría FIGADO que con otra prosodia y convirtiendo la F en H, pasa a hígado, el nombre de las vísceras. Tratándose de hígado de los gansos, cuando los cebaban con higos se designaba así mismo con el nombre JECUR FICATUM y venía a ser el foie‑gras de nuestros tiempos. El HEPAR, hígado en griego, nos ha dado hepático, adjetivo que se refiere a lo relativo al hígado o propio de estas entrañas pero el nombre de las propias  vísceras nos viene del arte culinario y de los higos.

 

     ‑ En fin, un montón de conocimientos que aunque seamos pastores también nos conviene saber y sobre todo si se refieren a lo que  estamos viendo y tocando cada día. 

 

Y hablando del tema van ellos subiendo por la senda que ya casi no se conoce porque han pasado tantos años que hasta la senda, por lo mucho que el monte ha crecido y la cantidad de tierra y piedras que por la ladera han rodado, se ha  perdido y casi no se ve. Gracias al joven que como él la anda casi todos los días, suben siguiéndola aunque ni sea senda  por donde ahora van y caminan  llegando ya a la altura de las higueras cuando el medio turista, con raíces en estos barrancos y que siente que el alma se le va atascando por  la emoción del recuerdo, hace un esfuerzo para decirle al joven:

 

        ‑ ¡Fíjate! Todavía  "me recuerdo" que en cuanto la senda llega al cerrete, hay una encina grande y justo ahí mismo, de la senda principal, sale una vereda pequeña que se deja caer en picado hacia el arroyo y va a morir exactamente a los pies de las higueras. ¡Si habré  andando ese camino!

‑ La conozco ya también y aún se distingue por algunos sitios porque los animales, cuando llegan aquí, bajan por ella a ver si encuentran algún higo caído por el suelo y otras veces a beber en la fuentecilla que todavía sigue brotando porque cuando las ovejas se "arregostan" con una cosa no hay quien las sujete y estas mías se han   "Engatusao" tanto con los higos pasos y las hojas secas, que cuando las llevo por esta ladera, en cuanto me descuido, salen corriendo hacia el barranco. 

"Me acuerdo" perfectamente de esa fuentecilla. Brota por entre las rocas que el arroyo  fue amontonando y fíjate si tengo motivos para que se me rememore: cuando por esta senda  bajaba o subía montado sobre la burra para ir o venir del sembrado  sobre cuyo cerro construyeron  la era, al llegar a la encina grande que te decía, siempre amarraba  la burra en su tronco y me iba por la sendilla en busca de las higueras y hasta se me hacía de noche por ahí y luego cuando llegaba a la era o al cortijo siempre me regañaban por la tardanza.

‑ Mientras hemos venido hablando de una cosa y otra, ya estamos a la altura de las higueras y aquí tenemos la encina, allí la sendilla, allá el barranco, por la hondonada estuvieron las higueras y en la ladera de enfrente, por donde crecían los madroñales y brotaban otros manantiales menores, es donde grita el desastre.

 

        Al ver la encina, al intuir la sendilla y observar el barranco, el semiturista con raíces en estos montes, no aguanta más tanta emoción.

‑ Fíjate que ahora mismo, si no fuera porque estás   delante, me abrazaría a esta encina y con toda la sinceridad y amor del mundo, la besaría. Fíjate que ahora mismo me tiemblan las palabras y por los ojos se me salen las lágrimas de la cantidad de emoción que me corre por el  alma arriba. Fíjate que es verdad que aparentemente todo es igual: ayer en aquel rincón entre las cosas y casas de la ciudad y las calles oscuras.

 

        Y allí ayer, ni tú ni estos montes estaban y me dolía su ausencia y hoy, ahora, en este otro rincón que me corre desde los ojos, por la mente hasta lo hondo del alma y cuando en este momento estoy en lo que siempre consideré como a mi única y verdadera casa, también me sigue doliendo el corazón y es como si sólo hubiera cambiado la historia y los hechos pero ella, la materia, hay que ver lo que en ocasiones puede doler. ¿Por qué antes me decías que ahí estuvieron las higueras?

‑ Porque esa es la verdad:  estuvieron y ya no están. Hace unos días vinieron  y las cortaron. Quizá sea ese el proyecto de los planos que usted  conoce.

 

        ‑ Quizá  sea el comienzo porque fíjate  que por allí ya han  trazado pistas que  subiendo por el arroyo llegan hasta las higueras. Lo vi la otra noche en mi sueño y era lo siguiente: ahí mismo, en el arroyo del manantial que brota bajo las higueras, al otro lado, sobre la ladera que es umbría y siempre estuvo llena de madroños, primero rozaron  el monte, metieron luego por la pista grandes máquinas y justo donde crecían las viejas madroñeras tan rodeadas por los durillos, a la umbría le hicieron una inmensa herida.

‑ Pero hombre ¿Por qué hacéis esto?

‑ Nos lo han mandando y nosotros obedecemos.

‑ ¿Y qué es lo que pretenden construir ?

‑ Van a levantar un monumento.

‑ ¿Otro monumento? Parece como si estuviéramos en la época de los monumentos a cualquier cosa con placas doradas e inauguraciones a todo bombo. Cualquiera es hoy artista aunque no tenga dos dedos de frente y menos aún sensibilidad por la fascinante, lo bien hecho, lo bello.

‑ Pero según dicen, este será único por el marco del rincón y la forma que piensan darle.

 

        Y como en los sueños tan deprisa ocurre todo que hasta no existe el tiempo, enseguida vi el final del agujero, en forma de cantera, que trazaron en la ladera y vi luego montones de piedras que trajeron tanto del arroyo grande como de la cumbre alta, vi camiones y máquinas, muchos hombres y enseguida empezaron a levantar el monumento. ¿Sabes  a qué cosa era el monumento?

‑ De los modernos de ahora y más aún los que se mueven, por las subvenciones, te puedes esperar la chorrada más descabelladas.     

‑ Eso, una chorrada, sin belleza ninguna porque hasta casi roza la línea del mal gusto. El monumento era una gran pared en forma de frontón que se alzaba recto desde el arroyo ladera arriba para cubrir casi toda la umbría de los madroños.

 

        ‑ ¡Qué cosa tan rara! ¿Verdad?

‑ Tendrías que verlo  como yo lo vi para saber lo raro y lo feo que es aquello y, además,  en un barranco que siempre se distinguió por su gran silencio y  sus eternas y densas soledades y el bosque espeso. 

‑ Y ese tan feo y raro monumento ¿a quién o qué cosa estaba dedicado?

‑ Monumento a la roca, monumento a la piedra, monumento a los peñascos que la naturaleza ha dejado por todos estos montes, monumento a la naturaleza entera, como principio del gran parque temático, decían ellos que era aquello. No es una lucha de la historia con el progreso es la de la inteligencia con la necedad. Una vez más, como nos quieren ir  acostumbrando, las bárbaras máquinas del progreso, mandadas por los no menos bárbaros tecnócratas, nos  van arrancando y poco a poco arrebatando una parte bella de nuestros paisajes y de nuestra historia.

 

        ¡Destruir una joya de paisajes, bosques, manantiales y silencios eternos para construir un bodrio de cemento y brazos de hierro! A nadie se le ocurre idea tan poco brillante sino a aquellos que tienen un poder que  nunca deberían haber tenido.  

‑ ¿Y qué más vio usted  en su sueño?

‑ Mucho más no vi porque la visión me hizo tanto daño y me dejó tan herido que ya no quise ni siquiera seguir andando por estos lugares. Todo se volvió a borrar de nuevo y como  había sido un sueño, cuando me desperté, ni tenía montes ni higueras ni senda. Sólo un dolor grande en el alma que me remitía constantemente a esta senda, al arroyo donde las higueras crecen  y tanto jugué con ellas de niño y sólo sentía este dolor y, en el centro de aquella ciudad, no sabes  lo que uno sufre cuando los recuerdos se te amontonan en la mente y descubres que el paraíso que amaste en tu juventud, te lo quitan, te lo rompen, te lo destrozan sin ni siquiera pedirte permiso ni caer en la cuenta que un trozo de tu ser muere con cada porción de naturaleza que deja de existir.

 

        ‑ En fin, ¿Qué quiere usted que le diga? Si le apetece bajamos el trocico de senda y nos ponemos en el rellano donde crecían las higueras.

‑ Déjalo, no vamos a bajar este trocito de senda para ir hasta donde estuvieron las higueras ¿qué quieres que se me rompa ya del todo el alma y me quede para siempre en este barranco? Déjalo y ya no vamos hasta donde las higueras crecían. Sigamos subiendo y si puedo te acompaño hasta donde las tres sendas se diluyen en cada una de  las tres cañadas.

‑ Sigamos subiendo si usted lo quiere pero le voy a decir que a partir de aquí ya no queda senda.

‑ Pues a partir de aquí y desde las cañadas de las cumbres siempre  hubo una senda preciosa que bajaba cortando monte y roca y cada vez  que  venías por ella se te llenaba de gozo el corazón. No sé qué tenía esta senda que eso era lo que constantemente te ocurría y siempre en el mismo trozo:  el que desde las higueras subía hasta las cañadas. ¿Qué ha pasado ahora para que ya no quede senda?

‑ Sucede una cosa muy sencilla:  ya no la anda nadie. Esta senda y más el trozo que desde aquí sube hasta las cañadas, se ha borrado de no usarla. El  tiempo, que transforma a la materia y aunque como usted dice, los recuerdos siempre se mantienen vivos, las cosas se modifican como si ellas llevaran una senda, un camino distinto al que recorremos  nosotros y por eso, aunque se nos quede el corazón, el alma y algunos trozos de nuestro cuerpo enganchado en los lugares por donde vamos pasando, la naturaleza parece que sigue su ritmo ajena a lo que seamos o nos parezca a nosotros.

 

        Fíjese,  aquí mismo ya la senda deja de verse aunque en el fondo más bien parece que se divide en dos. Un trozo se viene  pegado al arroyo y  un poco más arriba, por las rocas blancas, lo cruza y el otro trozo parece que  se  va  hacia   la   cumbre  de  la  umbría  que  estamos atravesando. ¿Cuál de los dos cogemos?

‑ Cogemos el ramal que se viene ciñéndose al arroyo porque este es el que va a salir primero a la cañada del centro y  luego se diluye para las otras dos cañadas. ¿Sabes  que, al final de la que sería la cuarta cañada, se alza el cortijo donde   viví  mi niñez y parte de mi juventud?

‑ El cortijo lo he visto muchas veces y también muchas veces me he preguntado por las personas que en aquellos tiempos allí vivieron. Quizá sea una gran suerte la que  tengo hoy por haberme encontrado, ya por fin, con una persona de las que allí se alojó. Pero lo que a mí me ha inquietado siempre es cómo vivió aquella gente y por qué un  día se fueron. ¿Tiene usted alguna respuesta a estas preguntas mías?

‑ La tengo y te digo que la historia completa daría para escribir un grandioso y extenso libro y es una pena que nunca a nadie se la haya pasado por la cabeza  venir  y ponerse mano a la obra pero la historia  sencilla, la que aún siendo completa, podría condensarse en cuatro líneas, es que allí la existencia fue  dura. Cada día  la vida estaba llena de sudor, cuajada de privaciones y traspasada por una profunda soledad.

 

        ‑ Es lo que ha pasado siempre en estas tierras y más aún en la vida de los cortijos que se alzaron por las laderas de estos montes. Pero siempre, creo también,  ha sucedido que para que la presencia de los serranos en estos cortijos se extinguiera, tuvo que ocurrir algo  especial. Algo  concreto que motivó el cambio radical. Por ejemplo: ¿a usted qué le empujó a marcharse de estas sierras si, como hoy me  demuestra, las lleva tan dentro y las siente tan importantes?

‑ En primer lugar, tienes razón  en que algo singular  tuvo que ocurrir para que aquella vida tan fuerte y rica en los cortijos, desapareciera. Eso es  verdad  y también es verdad que cada cortijillo, hoy, desmoronado por estos montes, tiene  su  historia  particular  aún habiendo ocurrido casi lo mismo en la suma de todos estos ellos.

 

        Y en segundo lugar, lo que me empujó a marcharme no fue una sola cosa sino un rosario de muchas  pero una sola fue la que se me clavó en el corazón siendo todavía pequeño y cada día un poco me empujaba a huir, cuando en el fondo, todo en mí no quería irse de este paraíso. Aquello fue como si en realidad me empezara a faltar aire para respirar y aunque  lo tenía en abundancia y el más puro, me asfixiaba y empujaba a irme en busca de otro aire mejor que por supuesto no existía en ningún lugar de la tierra. Pero yo creía que sí y en aquellos momentos  lo necesitaba.       

 

        Mientras fui niño nada me dañaba ni estorbaba. Nada necesitaba ni echaba de menos pero en cuanto empecé a vivir la etapa de la juventud, todo se me rompió y lo que más se me rompió fueron las  noches junto al fuego de la chimenea del cortijo. La vida fue dura en los cortijos de la sierra. Asperos eran los caminos, ruda la tierra para labrarla, tosco el monte por donde se andaba y anchos y profundos barrancos y se luchaba sin tregua, sin días y sin noches y  a pesar de ello, por doquier se respiraba una gran necesidad: los alimentos no llegaban y a la hora de irnos a dormir ni siquiera una cama y menos aún una habitación teníamos. Todos amontonados como los animales en aquella estrechez y eso te dolía.

 

 Te dolía a la hora o cuando teníamos necesidad del aseo persona. Se realizaba en una "Zafa", palangana de loza o porcelana que se colocaba donde bien podías, la silla, la mesa, un poyo o el Agomellón" que es un cubo de madera. La cabeza se limpiaba con vaselina y luego petróleo. En la vivienda existía la casa para los que allí  habitábamos y la cuadra para el ganado, contigua, todo en la misma planta y en ocasiones con una entrada común para animales y personas. En mas de una ocasión, junto a nosotros dormía el cerdo y las ovejas y aquello te dolía. Se te clavaba en el alma y empezabas a decirte, un día y otro, que así no podías vivir toda la vida y que tenías que irte a otro lugar, a otros mundos donde pudieras ser tú mismo y realizar tus sueños.

 

         Este fue el principio de aquel comienzo que nunca debió llegar porque andando el tiempo te das cuenta que hay realidades que se pierden una vez y ya no se recuperan  nunca. ¿Por qué tuvimos que irnos de estas sierras cuando  en ellas estaban nuestras raíces y teníamos el aire puro y el agua transparente que en ningún otro sitio nada nos ha dado nunca? Es esta la pregunta que desde aquél fatal día me he repetido mil veces y también otras tantas me he quedado sin encontrar respuesta clara. Pero en fin, ahora me gustaría no seguir hablando más de aquellos.

        Déjame que mientras subimos por la senda del barranco que tan pisado fue por mí en los días de mi niñez, vaya gozando la esencia de aquellos dulces días. Déjame que surcando ahora este barranco, a pesar de todo, tan cargado de sensaciones, el alma se me vaya llenando de la senda y su arroyo que, como en aquellos tiempos, sigue aplastado en su silencio mitad eternidad y la otra mitad infinito.

 

        Déjame que por fin hoy beba lo que tanto soñé y necesitaba para volver de nuevo a reencontrarme conmigo en la dimensión que nunca podrá darme ni la materia ni la muchedumbre que en la ciudad me asfixia. Así que ahora sigue subiendo conmigo por esta senda y no hablemos para que las palabras no rompan lo que es perfecto y sólo puede gustarse con el paladar del alma.

 

        Y junto a la senda, cuando ya ésta cruza el arroyuelo para venir al último trozo de la umbría y  hacerse cañada con la cañada del centro, crecen las zarzas y de ellas cuelgan las moras. Tan grandes y tan negras que sólo él y dos o tres más, en estos lugares, saben que son las moras más ricas del mundo y  también él sabe y  nadie más, del placer que transmitían  cuando en aquellos días, al bajar por la senda, se paraba a cogerlas.

 

Dulces mucho más que los higos y tan redondas y llenas de zumo morado que no existía otro gozo  como el gozo de detenerse junto a las zarzas y coger sus moras. Llenaba primero las manos de ellas, después la boca y cuando ya se las estaba comiendo, hasta lo más hondo del ser.

- Pero por lo que yo estoy captando es que detrás de estas moras negras, usted tiene algún trozo más enganchado y roto, que tampoco puede olvidar.  ¿Por qué no me lo cuenta?

Le dice el joven pastor al viejo serrano ahora lejos de sus tierras.

- No tengo uno, son miles pero es cierto que uno destaca con fuerza como si no quisiera morir nunca.

- ¿Se puede saber?

- Te lo voy a decir, junto con el otro, ahora ya que casi se nos acaba la senda, para a ver si así ten empapas un poco más de las cosas que me duelen y no puedo olvidar.

 

Recuerdo aún todavía como en cuanto llegó aquel día ellos prepararon las cuatro cosas, casi nada porque todo era tan sencillo como el más simple de los juegos suyos pero prepararon las cuatro cosas que necesitaban, o mejor dicho, cogieron lo que la madre ya les había preparado la noche anterior antes de irse a dormir y la madre lo único que les había preparado era un gran tarro de cristal y un bocadillo por si a media mañana tenían hambre. 

        Y  en cuanto llegó el nuevo día y el sol llenó de luz y rayos plateados los campos, los dos niños se pusieron en acción."Tened cuidado a ver a dónde vais y lo que hacéis". "Pues para que lo sepas, mamá, vamos a irnos por la senda del arroyo grande que es donde abundan las zarzas que dan las moras redondas  y dulces y luego, vamos a venirnos por la ladera opuesta a la de la senda, porque tú sabes que por allí también hay muchas zarzas y entre las zarzas y los madroños, crece el orégano. Queremos traerte a ti un buen manojo de orégano. Si este año ha nacido y nadie lo ha cogido todavía, nosotros te vamos a traer un manojo grande. Porque a ti te gusta el orégano que crece en esa ladera ¿verdad mamá?" "Sí que me gusta  y  sobre  todo el que nace entre los madroños y que tan bañado de sol siempre se le ve porque es un buen orégano el que ahí se cría por las tierras tan buenas que son esas tierras, la abundancia de sol que sobre la ladera siempre se derrama y el viento limpio que por el arroyo  sube todos los días del año". "Pues nosotros hoy te vamos a traer  un buen manojo de orégano de ese verde y dorado que crece entre los madroños y como también vamos a coger muchas moras, si quieres, te guardamos unas pocas". "Las moras para vosotros y el orégano de la ladera de los madroños, para mí".

 

        Le dijo  al final la madre sabiendo ella que  una de las cosas que más le gustaba a los niños eran aquellas negras moras de las zarzas del arroyo grande. Porque todo el mundo sabía que aquellas bolitas jugosas de bultitos reventones, más que frutos salvajes, eran exquisitas golosinas. Lo sabía todo el mundo y la madre más que nadie cosa por lo cual aprobaba gustosa el proyecto que los niños hoy querían desarrollar. "Y volver pronto". "En cuanto tengamos el bote lleno, estamos aquí".

 

        Y recuerdo  como aquella mañana los niños salieron del cortijo y recuerdo como la niña ya iba repleta de alegría. De toda la familia, ella era la más pequeña y como el hermano lo sabía y, además, sentía en su corazón un cariño fuerte por la hermana, su gozo  estaba en hacerla feliz ahora con un juego, después con una sonrisa y luego con un puñado de moras sin olvidar que lo más importante era cuidar de ella para que nada le pasara y por eso fue el niño el que decidió por dónde entrarle al arroyo y qué zarzas eran las que había que revisar primero. "Vente por aquí". Le decía llevándola directamente a donde estaban las moras más gordas y maduras y  aquello, en un abrir y cerrar de ojos, se convirtió en una explosión de gozo. "Tú sujeta bien el tarro que ya verás lo que tardo en llenarlo de moras negras". Seguía diciendo el niño a la hermana y la  pequeña, con el gozo blanco de la inocencia más pura brincándole dentro del alma, mientras sujeta el tarro, sigue al hermano cogiendo con sus manos las moras que éste le da y poniéndolas dentro del bote de cristal y de vez en cuando se para y entonces le pregunta al hermano:

 

"¿Puedo comerme esta?"   "Esa es la mejor pero cómetela ya verás que buena". Se lleva  la mora a la boca y como si tuviera miedo de romperla, poco a poco empieza a  despachurrarla entre sus dientes dejando que el jugo, color tinta morada, se le derrame por  el paladar. "¡Uy! ¡Qué rica! Es la mora más buena que me he comido nunca". "Pues toma esta otra y enseguida te voy a dar la que cuelga en aquel ramillete". "Pero si seguimos a este ritmo, ya mismo tenemos el bote lleno"."Ya mismo se llena y lo que podemos hacer luego es sentarnos en la sombra tibia del pino grande de la llanura del arroyo y  comérnoslas todas y estoy pensando que como hoy hay tantas y todas  tan maduras y como, además, tenemos  tiempo, luego seguimos por el arroyo cogiendo más". Dijo el niño a la hermana  y eso fue lo que hicieron.

 

        Y en cuanto llegaron a la altura del pino grande que es, además, el más viejo que hay en  los alrededores del cortijo, se fueron en busca de su sombra y allí se sentaron pero a la sombra del pino antes, que ellos habían llegado las ovejas y como ya el sol se ha alzado  bastante  y empieza a calentar fuerte, el rebaño  ha sido el primero en meterse a  la sombra del pino grande y unas tras otras, las ovejas con el morro junto a la tierra a fin de que no les dé el sol en la cabeza ,se han ido viniendo hasta la llanura del pino y en la sombra ahora se amontonan  acarradas y en cuanto la niña las ve, se acuerda de la oveja, madre de los tres corderillos. "¿Estará por aquí?" "Seguro que sí". "Voy a llamarla a ver si viene".

 

        Y la  llama y de entre el grueso de la manada, de entre la piña que los animales han formado bajo la sombra densa del pino grande, la oveja contesta. Primero emite un balido con el cual parece que dice que va y al poco empieza a moverse hasta que por fin sale de entre las demás y mansamente se acerca. "Mira lo que traigo para ti. Sé que te gustan y por eso te las voy a dar". Le dice al tiempo que extiende su mano hacia el animal ofreciendo en ella un buen puñado de moras y como no es la primera vez que la oveja, madre de los tres corderillos, come en la mano de la niña, ahora no sólo no se asusta sino que más bien desea y espera que su amiga  le obsequie con un  puñado más.

 

        Y recuerdo  como aquella noble oveja primero olisqueó la mano blanca y  luego olió también las moras y en cuanto el animal se asegura de lo que la pequeña le ofrece, con placer empieza a comer tan gustoso manjar. "¡Mira como les gusta! "Exclama ella empujada por el gozo que el animal ha removido en la inocencia de su alma y del cual quiere que el  hermano también beba. "Ella sabe lo que es bueno" "¿Puedo darle más  puñados?" "Puedes darle otras pocas. De todos modos da igual que nos la comamos nosotros o ella porque como después vamos a coger más, no pasa nada porque ahora nos quedemos sin ninguna".    

 

        Sobre su menuda mano, vacía ella  la mitad de las moras que contiene el tarro de cristal y de nuevo le ofrece a la oveja otro puñado y como enseguida vuelve a comérselas, la niña sigue repitiendo la emoción y en poco minutos el tarro se vacía por completo y  todavía la oveja  quiere más. "Pues tendrás que esperar a que cojamos otro  porte". "Cuando terminemos el  descanso a la  sombra vamos a seguir por el arroyo para coger más pero estas ya serán sólo para nosotros".  Es lo que en estos momentos le dice el hermano y entonces ella mira a la oveja y moviendo los hombros le dice:  "¡Lo siento, otra ve habrá más!"

 

Y el otro trozo, entre miles, es como sigue: El cortijo de la muchacha era una joya como tantos otros en estas sierras.  En la lejanía de los tiempos se perdía la historia de su construcción y aunque ella había preguntado muchas veces a su padre  y  a su madre, a sus abuelos y a los vecinos, siempre obtenía la misma respuestas.  "Más de quinientos años hace que lo construyeron y tú ya sabes, hija mía, hasta hace muy poco, los serranos no hemos sabido leer y escribir. "Así que de aquellos tiempos ¿cómo vamos a tener ni papeles ni escritos que  hablen de la construcción del cortijo?"

 

        Había sido levantado en uno de los rincones más bonitos de estas sierras. Ni en la cumbre ni en el valle, en mitad de la ladera entre un punto y otro y justo donde brotaban los manantiales del gran arroyo. Al pie de los manantiales, las tierras eran llanas y por eso construyeron  el cortijo. Sobre el puntal, dominando el cauce del arroyo y frente a las tierras llanas donde crecían las hortalizas y los árboles frutales y una joya era el cortijo, tan pequeño allí aplastado, con sus  paredes de piedras recogidas de las montañas colindantes, vigas de troncos de pinos cortados por las laderas de enfrente y tejas de barro rojo.

 

Y en el cortijo, vivía la chiquilla con sus padres y era la alegría de  los vecinos y de sus hermanos y siempre estaba por allí jugando y cuando no, con las ovejas y las cabras en los montes cercanos y cuando por los montes cercanos, ella andaba detrás de los animales, siempre le acompañaba la pequeña perra pastor. Bolera, le había puesto ella de nombre y el animal que era de lo más cariñoso y fiel, siempre se iba con la chiquilla. A todos sitios la acompañaba y cuando tenía que cuidar de las ovejas, sólo necesitaba una orden de la muchacha. Así que por esto y más cosas, aquella perra de raza indefinida, era la alegría de la pastorcilla al  tiempo que la compañera más sincera y el juguete más alegre que ella tenía.

 

        Pero la perra, un día se hizo vieja, porque el tiempo también pasaba por el rincón de su cortijo. Parió el animal unos cachorrillos y ya no tenía fuerzas para criarlos y  tres se murieron y sólo uno, el más sano y gordete, quedó con vida y se lo llevó la chiquilla y en el calor del cortijo, junto a la chimenea, le hizo una pequeña cama y allí le daba su leche de cabra recién ordeñada y  la madre siguió sin fuerzas y aunque también la chiquilla le preparaba comida y le daba su cariño, día a día la fiel compañera de la niña,  se quedaba débil.

 

        Amaneció un bonito día de primavera perfumada y al salir el sol, ella se fue con la punta de ovejas campo adelante. "A los collados de las praderas las llevo hoy". Le decía al padre. "Volveré a caer la tarde y ya sabes mamá: cuida de Bolera a ver si pronto se pone fuerte" "¿Y a dónde llevas  el cachorro?  "Le preguntó la madre. "Conmigo para jugar". "Pero si todavía no anda". "Ya lo sé mamá pero lo que  quiero es que se vaya acostumbrando a ir por el campo con el ganado  y que de paso también vaya conociendo los caminos y los barrancos. Ahora no anda pero eso no me importa. Hoy lo llevaré en brazos y mientras le voy explicando las cosas para que las  aprenda". "Todo el día con él acuestas ya verás como vendrás".

 

Y  la chiquilla se fue detrás de las ovejas, llevándose en los brazos al perrillo de Bolera y cuando llegó a las praderas del collado, se paró. Las ovejas se extendieron llenando  el collado y mientras los animales comían de las hojas de  tan fina hierba, ella se puso a jugar con el cachorro. "Hoy   será el último día que vienes en mis brazos. En cuanto lleguemos al cortijo te voy a soltar para que te vayas con tu madre y después ya tienes que empezar a arreglártelas sólo". Le decía la muchacha y luego, cuando ya el sol calentaba, corrió con él por entre la hierba, le enseñó la senda que desciende desde el collado el gran valle del río y lo llevó a la que ella llamaba "Cascada de Seda".  En unas rocas por encima se sentó y mientras la contemplaba le decía:  "¿Ves qué bonita?  Vienen las aguas, desde lo alto y  por entre las grietas de las rocas aquellas, se meten. Salen por los agujeros donde el musgo crece y al caer por el vacío, tan abiertas y extendidas, fíjate lo que parecen: revoltones de niebla o puñados de seda y por eso  le he puesto ese nombre pero si te fijas despacio, también parecen caños de  algodón puro. No hay  cascadas más bonitas en todas estas sierras que estas mías. ¿Tú qué dices?"

 

        El cachorrillo no dice nada pero sí juega con la niña complacido por tantos mimos y corretea por las sendillas y de vez en cuando se para frente a ella y la mira con cariño y cae la tarde y ovejas, perrillo y muchacha regresan al cortijo y en cuanto llegan, lo primero que ella hace es preguntar a la madre por Bolera.  "Se murió".  Le dice la madre sin más rodeos. "¿Pero dónde está, mamá?" "Se fue por las rocas del picacho y en la covachilla del roble, se metió y fue tu padre a llevarle de comer y  la vio muerta". "Pero mamá, el animal tendría frío. ¿Por qué no dejaste que se acostara pegado al fuego?" "Ella debía morirse porque ya tenía sus años y a los animales, como a las personas, cuando les llega la hora, se mueren". "Será verdad lo que dices pero si además de estar enferma,  pasa frío y hambre y se queda sola bajo aquellas rocas,  ¿tú no crees, mamá, que es cruel?" "Sí lo será hija pero ya te he dicho que Bolera era vieja y nadie puede quitarle los años de encima. Tenía que morir y ya ha muerto. "Pues a mí me da pena y hasta siento que en el último momento la hayamos dejado tan abandonada. Algo más podríamos haber hecho por ella y a lo mejor no hubiera sufrido tanto y me da pena que haya muerto y que haya sido en aquella cueva  tan sola y con tanto frío".

 

        Y  ya te decía  al principio que tú no conociste a los niños pero yo no los puedo olvidar y no sé si entenderás  lo que te digo pero este cortijo, el barranco, las moras y ellos, tienen entre sus manos mi alma

 

El muchacho, guardó silencio una vez más y en estos momentos ya si que no tenía palabras qué decir porque se estaba terminando la Senda de las Higueras y como, a  pesar de todo, seguía por  aquellas lejanías del infinito y la profundidad de los recuerdos, guardó silencio y dejó al que había vuelto que siguiera con su dolor, su gozo y cielo. Quizá él no lo acababa de entender del todo pero un poco más, sí lo tenía claro: la sierra es presencia viva de Dios y hoy y  juntos,  habían descubierto que eso era eternidad, porque los recuerdos no mueren, ni los caminos ni las personas que por ellos fueron. La sierra era todo esto y además, fuerza viva renovándose cada día con otras personas, fuentes y arroyos que pasado el tiempo, lloraran por las cosas perdidas como los que se fueron antes que ellos y es que claro: ya empezaba él a comprender que la eternidad es mucho más grande  que una persona o un trozo de tiempo y un rodal de tierra porque la eternidad es Dios, donde no hay bien alguno fuera de Él,  y eso ¿quién lo abarca?

 

        Más arriba ya se extienden las cañadas y por la parte alta de sus tierras, las praderas donde el agua se remansa junto a las rocas del primer escalón y en otros tiempos, por aquí se formaba como un pequeña lago y por el lado derecho de éste, brotaban los manantiales. Unos manantiales tan abundantes y limpios que  más que agua parecía el mismo viento que a través de aquellos veneros se asomaba a jugar con las praderas de las cumbres y más arriba aún de las praderas, también a un lado y otro y ya donde las escarpadas rocas se levantaban buscando el cielo para besar las nubes, es donde se extiende el paraíso y en la hondonada del bosque, recogida donde la ladera empieza a caer y da forma al primer collado.

 

        - ¡Qué rincón ese ya casi por encima de la tierra y  todo silencio!

Comentó el joven.

‑ Es por allí por donde se me quedó lo mejor que de niño en el alma  tuve y es por esas praderas donde eternamente deseo  seguir existiendo  después del día que la muerte me arranque de la tierra.

Comentaba  el que había vuelto mientras en silencio seguían subiendo buscando las cañadas por donde la senda se diluye.

 

A la izquierda y sobre la tierra del cerro que mira al sol de la mañana, las últimas ruinas del cortijo que desafió al tiempo y entre cuyas piedras frías, laten vivos los momentos que ahora son recuerdos y soledad y silencios y noches largas sepultadas en los lagos azules de las horas y algo más abajo y en la tierra gris y roca del mismo cerro, la era desmantelada y los palos del chozo, ya podridos y rodando por entre la lluvia y el viento y las pisadas de los que fueron sangre caliente por aquí luchando, palpitando y gritando por entre el monte y lo que parece lejanía.

 

Y un poco más a la izquierda y sobre la solana menuda que siempre es espejo del sol cuando sale en verano y de la lluvia en el invierno, la tinada o corral de monte techada con palos de carrasca y ramas de lentiscos y dentro, las cagarrutas secas y las piedras de la roca de la ladera, todavía pulidas de tanto pisarlas las cabras y las ovejas y entre el olor a sudor añejo de la lana húmeda, los balidos de los borregos y el retozar de los chivos blancos y el son de los cencerros mezclados con el tintineo de las gotas de lluvia que en otoño o primavera, aun siguen cayendo  y abajo, en el mismo collado que parte el cerro y es escalón con el cortijo en lo alto, la zahurda y dentro, ni gallinas ni pavos ni perros ni marranos, sino polvo denso con olor a podrido y silencio que pasa y besa la blanca luz de la mañana y el monte espeso que ya va llenando la tierra y borra y rompe el camino hermoso que subía desde el barranco.

 

Y como los que llegan, van a lo suyo e ignoran, porque no saben que en la tierra y de la tierra, los ausentes fueron trozos y respiraron, alguna vez que otra rozan las oxidadas piedras que fueron paredes en el cortijo e indiferentes y sin conciencia, las miran y a lo más que llegan es a exclamar y decir:

- ¡Hay que ver cómo vivía aquella gente y sin caminos ni coches ni teléfonos ni escuelas ni médicos y aquí, en esta lejanía y en este cerro!

Sin saber ellos que la lejanía es otro concepto y que la tierra de este monte no era pobreza ni miseria, aunque lo fuera, sino centro del corazón, del alma y el universo.

 


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