MIS MEJORES AMIGOS

12 relatos de primavera  

Historia de un borriquillo, dos caballos y un sueño
Una reflexión sobre la vida en su forma más natural

 

 

1- Noche con aromas de nardo
2- Recogiendo en mi cuaderno trozos de un sueño
 Por las ruinas del molino de la Parra
3- El misterio del arco iris sobre el cerro
4- Junto al río sentando mirando al agua
5- Vivir la vida en paz
6- Diálogo con Sinombre y la tormenta
7- Encuentro con la niña en el Cortijo de la Viña
8- Con la niña por el Prado del Arroyo
9- Una reflexión sobre la vida en su forma más natural
10- Los juegos de la niña con su caballo Enebro
11- Tapizar la tierra de buenos sentimientos
12- Los retozos de Enebro

 

 

1- Noche con aromas de nardo

Antes de la primera luz del alba me han despertado los autillos con sus finos cantos. Y, conforme ha ido avanzando el día, he contemplado despacio las últimas estrellas en el cielo y, luego ya, el sol naciendo con su color rosado. Me gusta ver salir el sol cuando me levanto y más me gusta aun verlo relucir sobre vosotros en el prado. Pero quiero preguntarte: esta noche ¿qué ha pasado? Yo de nuevo hoy lo apunto en mi cuaderno y con cariño lo guardo para después compartirlo con nuestra niña querida y con los amigos. Pero ¿cómo les cuento yo, a los que quieran oírme, lo que esta noche ha pasado?


            Bajo la noguera vieja que clava sus raíces en el mismo centro de este prado de primavera yo he dormido esta noche. Sobre la hierba, con el telón de fondo de las laderas y con las música del río dulcemente arrullando. Pero no sé si he dormido o he soñado porque al despertar te he visto recostado en la misma ribera y pegado al viejo tronco del álamo. ¿Con qué has soñado tú o por dónde has estado esta noche? Enebro se ha venido aquí conmigo, muy pegado a la cabecera de la almohada de trébol que esta noche ha perfumado mis sueños. Y el caballo Bandolero, al amanecer, lo veo al lado de arriba de la llanura, comiendo por entre las zarzas del arroyo que viene del collado. No hay más en este amanecer mágico de la llanura junto al río y las ruinas del viejo molino abandonado. Pero te pregunto otra vez: ¿qué es lo que esta noche ha pasado?


            Te miro como extrañado y escribo en mi cuaderno. Yo ayer por la tarde le dije al caballo Enebro:

- Necesito ir a la Cueva de los Madroños, mi casa y mi palacio, a por algo que tengo allí y ahora me hace falta. ¿Quieres venir conmigo? Me gustaría estar contigo un buen rato.

 Y el caballo Enebro, listo como tú y Bandolero o como el mismo viento que en la noche nos ha besado, se puso a trotar como si ya fuéramos de camino. Pero luego se volvió y se vino a mi lado y, sin que yo le dijera nada, se me ofreció para que lo montara porque quería llevarme sobre su lomo al alba. Desde unas de las piedras gordas del río salté a su lomo y le dije:

- ¡Ea, amigo Enebro! Llévame de paseo siguiendo el cauce del río y ve con cuidado que todo esto ahora está lleno de nidos. La nutria tiene el suyo por aquel lado, los patos silvestres lo tienen por aquí, por allí anda el mirlo acuático, por este lado cantan las perdices y, el mirlo que siempre nos da compañía, tiene su nido en el mismo acebo de la puerta de mi cueva. Así que trota con la suavidad del viento para que nadie se asuste y huya de tu presencia. Ha llegado la primavera y todo brota y nace y regala fuerza. Es la fuerza de la vida que se instala junto a nosotros para llenarnos de energía. Tú ve con cuidado para que los habitantes de estos prados nunca puedan decirnos que no los respetamos


            Trotando con la armonía del monte y con la caricia de la hierba Enebro me llevaba por el camino río arriba hacia mi cueva. Y las dos tórtolas turcas, la pareja azul perla que a todas horas juega con el aire, volaron desde los fresnos al prado de la cascada y luego se posaron sobre las ramas de los álamos. Cuando llegamos al Prado de los Fresnos me bajé de Enebro, subí a mi cueva, cogí lo que necesitaba, recorrí la senda de la cascada y al llegar de nuevo al caballo ¿sabes lo que vi? Como en un sueño vi un hermoso caballo blanco que pastaba junto a Enebro en el prado. Cerca y, descansando sobre la hierba, vi una muchacha que me ocultaba su cara y, al verme ella, subió en su caballo y se alejó como en un vuelo de paloma blanca. Como galopando y siguiendo un camino a través del viento. Ese camino que ya he visto otras veces y creo que se pierde por entre las estrellas hacia el alba. No pude ver más. Solo la blancura de su hermoso caballo hondeando sus largas crines y la figura de la muchacha que se evaporaba como en la luz de amapola clara. Al llegar a Enebro le pregunté:

- ¿Sabes quién era y si quería algo?

El caballo me miró y movió su cabeza para la hierba al borde del charco. Lo seguí con mis ojos y allí, junto al agua clara del arroyo y cerca de una piedra, vi una carta. Comprendí que me la había regalado ella y por eso me agaché y la cogí. Inmediatamente quise leerla pero luego me resistí pensando que mejor cuando estuviéramos todos juntos en el llano del molino viejo. Así que me subí en Enebro y, como si dentro de mí y por mis venas ahora me corriera el cielo, bajamos galopando por el camino que recorre el río. Como si tuviéramos prisa de llegar para contaros. Y al llegar vi que nos esperabais y por eso mirabais como diciendo: “A ver qué nuevas nos traéis de aquel prado”. ¿Acaso sabíais vosotros algo?


            Con vosotros me quedé ayer todo el día por este lado del edén del río y, con la carta que me habían regalado, esperando en mi bolsillo. Quería abrirla y leerla pero para gustarla más despacio me la guardaba con cariño y seguía esperando. Y ya viste tú que a ratos, me paraba entre la hierba y miraba al cielo, como si por entre el azul lejano, esperara verlos asomar galopando. Y me tocaba en el pecho con mi mano para sentir la presencia de la carta y no la leía. Tampoco la he leído esta noche. Mira, ves, aquí la tengo. Creo que al llegar este nuevo día es el momento pero antes de abrirla y leerla te sigo preguntando, a ti y a Enebro y a Bandolero: ¿qué ha sido lo que esta noche ha pasado? Te vuelvo a decir que no sé explicarlo pero en el silencio y el viento he sentido algo muy dulce y mágico. Como un perfume de paz que, invisible, haya brotado de la carta que ayer me regalaron y guardo con el cariño de un niño ilusionado.

 

Canción de una noche de primavera
Noche de estrellas
con cálido viento
y serena,
lago de calma
sobre un mar de seda.
Noche vestida
de hierba
por la llanura
y las riberas
del río, limpia música,
de primavera. Noche exhalando,
por las praderas,
aromas de nardo
que en el alma dejan
caricias de cielo
que al cielo llevan.

 

 

2- Recogiendo en mi cuaderno trozos de un sueño

De hoy no pasa, de ahora mismo, sin que cumpla yo lo que te he prometido. Esta mañana es un buen momento para nuestro recorrido por las ruinas del viejo molino. El día se va levantando y tiene aspecto, más bien, de un día de invierno por las nubes negras que cubren y por el airecillo fresco. Y otra vez parece que puede llover en cualquier momento y vendría bien para las tierras y los manantiales que también van presintiendo la llegada de la primavera. Hoy es un día más pero, como lo tengo delante de mí y tú estás a mi lado, este nuevo día vuelve a ser especial. Nuevo otra vez y, para mí, como si fuera el último o el primero. Ahora mismo te llevo conmigo y te enseño lo que ya te he prometido.

 
            Pero solo un minuto más, para un par de asuntos mientras el día acaba de abrirse. Quiero apuntar en mi cuaderno algunas cosas importantes para que tampoco se me olviden porque tengo mucho interés en ellas. Me han llegado nuevas noticias de la Princesa y de su Bandolero, el de las hípicas. Hablan de su Bandolero y se ve que de nosotros no sabe nada. ¡Pobre caballo aquél y dichoso este nuestro! Tú no te preocupes ni le digas nada luego a este Bandolero nuestro pero quiero compartir contigo las últimas noticias que tengo. Del mundo real en el que, aunque no nos pertenezca, nosotros sí estamos viviendo, también tengo noticias. Una muy grande que me da mucho respeto y, más, comentarla contigo en este valle. Pero es la realidad y también la apunto en mi cuaderno. ¿Sabes qué? El Papa se está muriendo. Sí, has oído bien y te repito: te hablo del tema y siento mucho respeto. El Papa de los cristianos, el de la Iglesia Universal, se está muriendo y muchos lloran y rezan por él. Yo también lo siento y siento que nosotros, desde estas montañas, hablemos de esto. Pero bien sabe el cielo que nosotros, a nuestro modo y desde lo que somos, pido perdón a unos y a otros y rezamos del modo que sabemos. Que el cielo también nos perdone si parece que no tenemos respeto y hablamos como no debiéramos.

 
            Pero, estoy intentando ser sincero y por eso te miro a ti y miro a las nubes negras que nos regala el nuevo día y apunto en mi cuaderno. Porque todo me interesa y en todo tengo un trozo del alma y el aliento que cada día nos regala el cielo. Vente conmigo por aquí y mírate en el agua del río. Este es nuestro espejo y viene en forma de líquido de aquellas cumbres a lo lejos. Y te lo digo porque quiero que sepas que por aquellas laderas y cumbres van caminos que conozco de tiempos lejanos y no dejo de soñar con ellos. ¿Qué te parece a ti si un día de estos nos echamos a recorrer estas montañas como si fuéramos aventureros? Podría ser a los días siguientes del bautizo de Bandolero. Y esto es otra cosa que también ahora escribo en mi cuaderno. Para el bautizo de Bandolero quiero invitar a todos los conocidos. Para que estén al tanto los hechos y para que luego no digan. ¿Que cómo será esa invitación? Sencilla pero clara y por un medio seguro para que nadie se quede sin ella.


            Ya estás viendo tú cuántas cosas en este nuevo día y todavía me quedan más en el tintero. Y sé que te estás preguntando: “¿Y la carta de la muchacha del caballo blanco?” Pues aquí la tengo y ya la he leído. Me fui ayer por los caminos de estas altas laderas y, bajo aquellas rocas de las montañas, me senté mirando a este valle. Con vosotros ante mis ojos y con el tapiz verde de la pradera y el río saltando alegre, me preparé y abrí la carta. La fui leyendo y la meditaba despacio y, esto que vas a oír ahora mismo, es lo que en su carta nos dice la del caballo blanco:

 

            Por las ruinas del molino de la Parra

           Aquí estoy contigo. Ya ha llegado el momento y cumplo lo que te he prometido. Vente por este lado de arriba del fresno y cruzamos el río. Mientras Enebro y Bandolero están en su tranquilidad, en la hierba de la llanura de la Huelga de la Parra, vamos a darnos un paseo por las ruinas de viejo molino. Abro mi cuaderno, donde tengo apuntado los datos, y te voy leyendo. Ya estamos sobre las ruinas y lo primero que puedes ver es que lo levantaron justo donde el río tenía el mejor vado. Al otro lado del cauce, hacia la Bruna y el collado de la Tejea, sigue todavía el valle de la noguera que es donde se han quedado los caballos. Ya has descubierto tú que es una llanura muy grande y de tierra buenísima. Este viejo molino tenía mucho terreno y de la mejor calidad. Por esa llanura, ahora sólo hay hierba, juncos, los árboles frutales que ya te he dicho entre los bancales y rodeándola, muchos álamos, fresnos y robles en los que se engarban las parras.


            Unos metros todavía antes de llegar y encontramos las piedras del molino. Se ve que las arrancaron, las desplazaron de su sitio y las dejaron por la llanura de la puerta. También están aquí las aspas de hierro sobre las que caía el agua y con su fuerza giraban dando movimiento a toda la maquinaria del molino. Alguien las arrancó de su sitio, se las trajo hasta esta llanura y junto con la piedra, por aquí las dejó. Seguro que quisieron llevárselas y por lo que fuera, luego las dejaron abandonadas. El hierro de las aspas está muy oxidado y por eso creo que ahora ya no pueden servir para otra cosa que para adornar. Las pongo sobre la misma piedra que en el molino molió y le hago una foto. También a mí me apetece llevármelas pero en fotos para así no olvidarlo nunca.


            Según nos acercando a la casa restaurada vemos una puerta de hierro. A la altura de una persona, esta puerta tiene una mirilla con sus rejas y todo. Me sorprende verla tan nueva, con sólo un cerrojo que corro y entro sin ningún problema. Es la estancia de la vivienda restaurada por los que compraron el molino años atrás. Ahora es nuestra casa y para siempre aunque no la usemos. No es muy grande el recinto y, según se entra, al fondo, tiene la chimenea. Por encima de ella, una pequeña cámara sin tabiques que la cierre pero sí con sus escaleras para subir. Y antes de la chimenea, una mesa de madera rodeada de asientos también de madera. Todo está muy nuevo. Como si lo hubieran restaurado hace poco. En una repisa en forma de alacena que se abre en la pared por el lado del río, sobre unas tablas, hasta hay unas latas de atún, media botella de aceite, sal, vinagre y un cartón de leche. Algunos dineros, monedas sueltas, que ni siquiera cuento ni cojo. Entiendo que dejaron abierta esta estancia para que las personas que vengan por aquí, puedan entrar sin problemas y así de este modo, quizá no rompan las cosas. Es una buena reflexión y creo que está bien.


            En un rincón veo que también hay unos cubos, un cepillo de barrer, varias cajas de plástico, palos para la lumbre, algunas sartenes y hasta un par de cucharas. También tenedores y botes de conserva vacíos. Hay también un cacharro para hacer café. En la chimenea hicieron fuego no hace mucho pero está muy ordenada y limpica. Tiene sus trébedes, un candil de aceite y restos de algunos tizones. Salgo y ahora miro con más atención la puerta. Escrito a lápiz encuentro un rótulo que dice: “Villa Pedí”. ¿Qué querrás decir esto?


            Por la parte de atrás de este edificio, lo que de verdad fue molino, sí que lo vemos bien roto. Muy abandonado y sólo con algunos metros de pared. La acequia que traía el agua a las aspas del molino y las ponía en movimiento para que éste andara, le entra por detrás. Arranca desde el río y sin apenas caída llega al molino y se vacía sobre las aspas. Crece por aquí una gran parra que da uvas negras, bastante gordas y además buenas. Lo sé yo de aquellos tiempos. La rodean algunas higueras y varios cerezos. El tubo por donde entraba el agua, todavía se encuentra por aquí. Desde este punto, creo que la parte de atrás del molino, mirando hacia el canalón de la Bruna y el collado de la Tejea, observa y descubre como el molino tenía dos cuerpos. El lado que da para la cueva Grande era el molino, quizá con alguna habitación para almacenar los frutos y la parte de la derecha, que es por donde el río se aleja, era la vivienda. Esta división tiene su chimenea exterior y un tejado a dos aguas.


            Cruzando el cauce, a sólo unos metros del molino, queda la gran llanura. Se derrama entre las aguas del río y las paredes que caen desde la montaña por el lado de la Bruna. Y para atravesar el río no hay puente alguno. Sólo unas piedras que todavía están desde aquellos tiempos por donde se avanza saltando de una en otra. La corriente por aquí discurre muy serena y por eso se forma un pequeño vado. Por este punto cruzaban las vestías cuando ellos iban o venían con ellas cargadas con las cosechas, maderas y otras cosas. Es justo por aquí por donde pasaba la vieja senda que ya te he contado en varias ocasiones. La que surcaba a estas sierras desde un extremo a otro.


            En la llanura ahora sólo crecen muchas hierbas, zarzas, algunos de aquellos viejos membrillos, parras, álamos y pasto. La hierba es la que ahora ha tomado su relevo sobre las buenas tierras que ellos araron a lo largo de tantos años y sembraron de tantos, buenos y abundantes productos. Por este lado derecho mío baja un arroyo desde el collado de la Tejea. Por ahí mismo todavía se distingue una acequia. Es la que traía el agua a la llanura que ahora es nuestro paraíso. Por el borde mismo de esta acequia sube una senda. Es la vieja senda que tenemos que buscar el día que nos vayamos de aventureros por estas montañas. Ya casi no se ve porque se la están comiendo las zarzas, el pasto y los bujes. En algún momento y no sé para qué, por donde debió ir la senda, intentaron construir una pista de tierra. Metieron una máquina e hicieron un enorme destrozo por este barranco pero, la pista de tierra que pretendían abrir, se quedó en pretensión y poco más. Me alegro de esto y ya te diré y verás por qué.



            3- El misterio del arco iris sobre el cerro

Tú no estés asustado. Ahora mismo voy a subir contigo a los pinos de ese cerro para ver de dónde brotan los colores de ese arco iris tan brillante. Nunca he visto yo algo igual, un arco iris tan grande y vivo, tantas horas ahí clavado y desprendiendo tanto brillo. Tú lo miras asombrado y también Enebro y Bandolero y yo tampoco me lo explico. Ahora mismo me abrazo a tu cuello y voy contigo para ver de dónde brota ese fulgor que reluce tanto entre los pinos. Pero espera un momento. Quiero lavarme mi cara y mis manos en el agua de este río para que la luz de este nuevo día y los colores vivos de ese resplandor tan bonito me coja perfumado de hierba y bien limpio. A lo mejor no me entiendes pero yo sé lo que quiero y digo. Es solo un momento, en seguida estoy contigo.


Y mientras me voy lavando medito para apuntar en mi cuaderno lo que desde ayer ha ocurrido. Porque ayer a media mañana estaba yo contigo, bajo el cerezo grande y sentado sobre la hierba, te decía despacico:

- ¡Ay que ver cuántas flores inmaculadas le han salido a este cerezo en solo dos días! Lo miro y cada vez más me parece un inmenso mar repleto de primaveras o un nido de azucenas que el mismo viento ha tejido.

Y miraste tú al cerezo y algo debiste encontrar entre sus florecillas blancas porque te quedaste como dormido fijo en sus ramas seda y plata. Te dije otra vez:
- Ahora mismo me voy a poner camino de Granada. Es primer sábado de mes y el Papa se está muriendo. Quiero ir a la iglesia de la patrona a rezar un poquito y para estar entre la gente que también rezan y miran, como tú ahora, al infinito.
Y no había yo terminado de pronunciar estas palabras cuando, por lo alto de la montaña, aparecieron las nubes negras. Temí que fuera una tormenta pero como estaba decidido, me puso rumbo a Granada. Antes de coger el camino miré al cerro de los pinos. Desde las nubes negras y, por entre el bosque, vi brotar el brillo de un arco iris inmenso. Me quedé mirando y me dije: “Si no llueve ni reluce el sol ¿cómo es que ha salido el arco iris sobre los montes?” Nadie respondió a esta duda mía pero tú y Enebro y Bandolero también os quedasteis mirando a los pinos por lo extraño que os parecía ese surtidor de colores tan bonito. Os dije a los tres:

- Me voy a Granada y vuelvo a caer la tarde. Quedaros aquí tranquilos y esperadme.

            Subí despacio desde el río, con mi mochila gris en mis espaldas y decidido. De vez en cuando miraba para el cielo y las nubes negras cubrían densas. No hacía frío, todo estaba en calma, pero el arco iris parecía como si se viniera conmigo. Siempre a mi derecha y como a unos cien metros me regalaba su brillo y sus colores. ¿Qué quieres que te diga? Sus colores eran tan vivos que parecían tener corazón. Llegué a Granada y me fui directamente a la iglesia de la Virgen de las Angustias, la patrona de esta ciudad, y entré dentro. Vi muchas personas allí arrodilladas y, junto a la Virgen guapa, todos rezaban en silencio. Empezó la misa y el celebrante dijo:

 - El Papa se está muriendo. Vamos a elevar por él una oración al cielo.
Y vi que las personas más que rezar lloraban y, entre sí, se abrazaban bajo los ojos de la Virgen que nos abrazaba desde el cielo. Fue un rato muy hermoso, intenso, lleno de dolor que nacía de dentro. Pasado unas horas salí a la calle y vi que estaba lloviendo. La nubes negras que me habían acompañado cubrían con denso manto negro y el arco iris, allí frente a mí, como chorreando del cielo. Miré a las personas y me dije: “¿Estarán ellas viendo lo que yo veo?” Y creo que no. El arco iris inmenso que ante mis ojos se derramaba sobre Granada solo lo veían mis ojos. ¿Por qué sucedía eso? No tuve miedo a la lluvia sino que me gustaba sentirla chorreando por mi cara y sobre mi cuerpo. Por eso no me paré más en la ciudad sino que a paso ligero recorrí las calles saludando a las personas desde dentro y tomé de nuevo el camino hacia este rincón nuestro.


            La tarde ya caía y, mientras regresaba solo, la fría lluvia me resbalaba por la cara y por los ojos. Y a mi derecha, siempre a mi derecha y siempre intenso, la viva luz del arco iris como brotando de la tierra o como chorreando del cielo. Como mi cabeza agachada, pensaba en ti y me preguntaba en silencio: “¿Qué será esto?” Cuando ya llegué, a los tres os vi en el centro de la llanura verde y, por encima de vosotros, en el cerro de los pinos, el mismo chorro de luz transparente, con los colores vivos del arco iris, ardiendo fuerte. Te dije:

- Vente aquí conmigo bajo el cerezo de las mil florecillas blancas y deja que la lluvia siga cayendo. Vamos a mirarla despacio y le damos gracias al cielo. Este rocío que cae de las nubes parece como el beso de cien millones estrellas o como el abrazo de un ángel bueno. Y tú ya lo sabes, porque te lo he dicho, pero te lo repito de nuevo: el Papa se está muriendo y ahora parece que en todo el mundo, millones de personas, miran y rezan al cielo. ¿Será este arco iris el color de los corazones de todas esas personas?

 
            Fue cayendo la tarde y sobre el cerro, la lluvia y la cascada del arco iris. Sobre las nueve y media se iluminó todo el valle del río y el arco iris brilló con más fuerza. Te asustaste más y te acurrucabas conmigo casi temblando. Lo mismo hizo Enebro y Bandolero y entonces yo os abracé en mi pecho. Y sin dejar de mirar a la luz que caía sobre el valle, sobre el cerro y las montañas, os dije:

- No tengáis miedo. Todo es como un anuncio y un beso. ¿No estáis sintiendo como yo su calor quemando dentro?

Y noté que os llenasteis de paz. Bajo el cerezo, con sus cien millones de flores lavadas ahora con el incienso del rocío que regalaban las nubes, he dormido yo esta noche. Metido en mi saco y con mis ojos abiertos para no perderme un detalle de la lluvia y el arco iris sin parar toda la noche ardiendo. Al amanecer lo primero que he mirado ha sido a la ladera y a los pinares del cerro. Y ahí sigue: el mismo arco iris de ayer, ahí sigue refulgiendo vivo y como si estuviera invitando a que vayamos a verlo.

 
            ¿Y mira, ves? Ya me he lavado en el río. Ya tengo limpia mi cara y a limpio huele todo mi cuerpo. Vente por aquí conmigo que ya podemos ir a verlo. Y que se vengan con nosotros también Enebro y Bandolero. Vamos a subir los cuatro a los pinares del cerro y vamos a entras los cuatro en el corazón de esa cascada de colores que parece venir del cielo. Pero tranquilos: ninguno de vosotros tengáis miedo. La lluvia nos ha lavado y yo me he purificado un poco más con el agua que por el río baja cantando. También la hierba del valle nos ha perfumado y las flores del cerezo nos han prestado su blancura. Así que no tengáis miedo. La luz del brillo de este arco iris es como la caricia de un beso. ¿No lo estáis notando? Yo sé que el Papa esta noche ha muerto y sé que en estos momentos cientos de personas, en todo el mundo, están unidas en un abrazo en el cielo. ¿No será este arco iris eso: los colores de los corazones que lloran y rezan? ¿No veis como parte del arco iris parece brotar de la tierra y la otra parte parece descender del cielo? Es un abrazo y por eso vamos tranquilos a su encuentro y no temáis nada. Es un beso.



            4- Junto al río sentando mirando al agua

           Ahí lo está viendo sentando. Desde que vino, ayer por la mañana, yo sé que le pasa algo. El pastor es nuestro amigo y él nos trata bien y le gustan nuestras cosas. Es un hombre sencillo y lo único que quiere es vivir la vida sin meterse con nadie ni que nadie se meta con él. Pero en cuanto lo vi ayer supe que algo le ha ocurrido. ¿Míralo, lo ves? Ahí frente al río está sentado y junto a él, en la hierba está acostado, el mastín Álamo. Como si hubiera comprendido que su amo está dolido por algo. Sinombre, ahora dentro de un rato nos vamos a ir los cuatro, río arriba por entre las madroñeras, al lado del pastor. No sé cómo pero podemos intentarlo: el pastor, nuestro amigo, tiene una pena y creo que está llorando. De la manera que sea debemos consolarlo. Ahora en seguida nos vamos con él.


            Pero necesito un momento, quizá un buen rato, para apuntar en mi cuaderno. El nuevo día va llegando y, como aunque sea poco, la lluvia ha regado los campos, cantan los pajarillos a sus anchas celebrando este amanecer y la hierba verde que la lluvia ha mojado. Los mirlos no paran. Hoy el cielo aparece despejado y ya hace menos frío. Los cerezos, este año, están de flores que no pueden más. Míralos todos blancos y con tanta fuerza que parece que fuera la primera vez que por ellos pasa la primavera. También los almendros ya se visten de verde y, en sus ramas, los nuevos frutos, tiernos y prometedores, emergen. ¿Sabes qué te digo? Que yo creo que este año sí tendremos una buena cosecha de almendras. También de cerezas y de higos y de nueces. Aunque no ha llovido mucho este invierno la primavera está siendo buena y, de estos el que más se alegra, es nuestro amigo el pastor. ¡Míralo! Allí sigue con su pena, sentado frente al río, y callado. ¿Qué le pasará y porque no se atreve a contárnoslo?

            Cuando ayer llegó lo primero que hizo fue preparar un buen plato de palomitas de maíz. De la cosecha que recogió de su huerto el año pasado. Y las preparó en la lumbre de la chimenea de su rincón, en las ruinas del molino. Ese es su gran palacio y ahí lo tiene todo. Después de saludarnos y dejar claro que es nuestro mejor amigo, nos dijo, animando:

- Tengo noticias para vosotros. Muchas y muy importantes, pero antes, quiero haceros un regalo. Os preparo en seguida tres kilos de palomitas de maíz y mientras os la vais comiendo os cuento y charlamos.

Tú te pusiste contento y también Enebro y Bandolero. Y poco después, sobre la hierba y, entre los pétalos inmaculados de las flores de los cerezos, os rocié yo las palomitas de maíz. Para que os las comierais despacio y sin problemas. ¿A que parecía el prado una fantasía de seda cubierta de copos blancos? Solo ver aquello ya se llenaba uno de entusiasmos. Y mientras vosotros os comíais tan ricas golosinas y yo os miraba meditando y, satisfecho el pastor, se fue a su huerto diciendo:

- Tengo que labrarlo y quitarle las malas hierbas. La primavera ya está empujando y la cosecha irrumpe con fuerza de la tierra. ¡Ay que ver como corre el tiempo aunque pase tan despacio!

Le dije yo:

- Nosotros también tenemos que compartir contigo todo lo que nos ha pasado. Tenemos un montón de preguntas y por eso te estábamos esperando. Y es verdad que la primavera ya sí, con fuerza, se ha presentado.


            Y con él nos fuimos al huerto y, como pudimos, le ayudamos. ¿Viste qué altas están ya las habas y los ajos y las lechugas y las espinacas y los rábanos? Y también las fresas ya están casi a punto de caramelo. ¿Las fresas? ¿Te acuerdas el año pasado? Al madurar las primeras fresas aun teníamos con nosotros la sonrisa de la Princesa y nos hacía soñar, a ratos. Pero este año… Y lo que quiero decirte es que en el huerto del pastor las plantas están más llenas de primavera que en otros lados. Ayer lo vimos y vimos también que él estaba preocupado. Ahí lo tienes: junto al río solo sentado, mirando a las aguas con melancolía y hasta creo que está llorando. Venga, vámonos con él y, con mucho tacto, le damos compañía a ver si nos cuenta y le contamos.

 

            5 - Vivir la vida en paz

            El pastor se ha ido a las cumbres con sus ovejas y, aquí en el río, nos hemos quedado nosotros. Su pena se la ha llevado con él pero ahora yo, estoy intranquilo. ¿Qué es lo que ha pasado en el Cortijo de la Viña, donde tenemos otros amigos y vive la niña? Yo esta noche casi no he dormido y ahora me estoy preparando. Ni siquiera sé qué hacer pero ya tengo algo decidido. Dentro de un rato, en cuanto el día se abra un poco más y se vea bien el camino, Enebro y yo vamos a irnos galopando al Cortijo. ¿Qué habrá pasado allí? El corazón lo tengo lleno de miedo y no dejo de pensar en la niña de nuestros sueños.


            Pero mientras el día va llegando, cojo mi cuaderno y aquí, junto a las aguas del río, escribo las cosas para que no se me olviden. Tú te has venido a mi lado y conmigo miras concentrado a las aguas de la corriente y a la hierba que tapiza por el prado. Te digo:

- ¿Mira, ves? En ese peñasco pulido por la corriente estaba ayer sentado el pastor. Sobre la alfombra de hierba que hay al lado de la roca apoyaba él sus pies y, sin mirar, como nosotros en estos momentos, tenía sus ojos puestas en el charco. Ayer no estaba aquí aunque estaba y hoy sigue aquí aunque no está. Ayer parecía no querer nada con nadie pero no era eso: estaba preocupado y tenía una pena en su alma y no sabía cómo expresarla. Meditaba él y nosotros nos vinimos para que nos sintiera a su lado y tampoco sabíamos qué decirle.


            Subimos despacio por la senda que viene desde la llanura del molino y pasa por entre las rocas de los lentiscos. Subíamos despacio para no perturbar la oración del pastor junto a las aguas del río y también para no asustar a los animales que se acurrucan en sus nidos. Los cuatro veníamos como apiñados en uno mismo y como sintiendo en el corazón la preocupación que le afligía al pastor. Y al rozar los peñascos de los lentiscos que caen de la ladera levantó vuelo el mochuelo. Te dije y a Enebro y a Bandolero:

- En las grietas de esas rocas tiene su nido.

Te quedaste parado y yo me acerqué sigiloso y con mucho cuidado. Y encontré lo que te había dicho. En un pequeño agujero estrecho del peñasco y, entre las raíces de los lentiscos, vi el nido. Perfectamente construido con pasto, plumas y hebras de lana de las ovejas de la montaña, estaba encajado en la roca y, parecía que con cariño, recogía en si los huevos del mochuelo hembra. Te volví a decir:

- Es muy bonito y parece tan delicado que no me atrevo ni a tocarlo. Vamos a seguir nuestro camino y lo dejamos aquí en su sitio. Otro nido más en este valle de la hierba y el silencio callado. El día que nazcan estos pajarillos y aquellos y las crías de la nutria ya veréis vosotros qué espectáculo y qué algarabía de vida por aquí la vida celebrando. Sigamos el camino.


            Y seguimos caminando con sigilo para no enturbiar la paz dolorosa del pastor. Llegamos a su lado y allí, en su armonía y sobre la hierba, me senté sin perturbado. Tú y Enebro y Bandolero lo fuisteis rodeando y como, con vuestras miradas, diciendo: “Estás muy callado y pareces llorar dolido ¿podemos ayudarte en algo?” Y vi que el pastor os miró animado, tiró una piedrecita al agua y, como suspirando, dijo:
- Deberían dedicarse a vivir sus vidas y dejar que, en paz, cada uno vivamos la propia. Tienes que ir al Cortijo de la Viña. Aquello ya no es igual.



            6 - Diálogo con Sinombre y la tormenta

           Ayer, según iba abriéndose el día y los campos se llenaban de luz, yo te decía:
- Hoy tengo que subir al Cortijo de la Viña. Lo que me ha dicho el pastor me ha dejado intranquilo y no puedo vivir en paz pensando en la niña. Necesito ir para ver qué pasa y para darles nuestro cariño aunque no pueda hacer nada. Y voy a llevarme conmigo al caballo Enebro. Yo sé que ella se alegrará al verlo.


            Y te digo esto porque he pensado que tú y Bandolero os quedéis solos en este prado del río y esperéis hasta que vuelva. Debería llevarte conmigo pero ya sabes que los de las hípicas, ahora allí presentes en las tierras del cortijo chico, no te quieren cerca de sus caballos. Sabes que tienen miedo a que tú les contagies enfermedades y, aunque a mí me duele que te desprecien tanto, no quiero discutir con nadie ni tener jaleos en esta vida. Mientras podamos vivir en paz, dejemos al mundo tranquilo y que ellos piensen lo que quieran. Con el canto del mirlo, los juegos de la nutria, la corriente del río, la hierba fresca, la dulzura de nuestra niña y la lluvia, tenemos nosotros bastante para tenerlo todo y sentirnos libres y dueños del mundo. Y si, además, el cielo nos regala prados como el del molino viejo y primaveras como las de este río Azul ¿qué más necesitamos nosotros? Pero tú no te preocupes que no os voy a dejar solos y abandonados porque, a vuestro cuidado y dándoos compañía, también se queda el mastín Álamo. No tengáis miedo que nada os pasará. Enebro y yo volveremos pronto y ya seguro que vendremos más aliviados. Ahora estoy muy preocupado pensando en lo que les puede haber pasado. ¿Se habrán enfadado, los de las hípicas, con los del Cortijo de la Viña? ¿Le habrán quitado las tierras de aquel prado? ¿Habrán llegado los turistas para tomar todo aquello y dejarlo sin vida? ¿Habrán sido los de las constructoras que andan ya por allí cortando árboles y trazando pistas? ¿Tendrán que irse de allí los del Cortijo de la Viña? En la ciudad no tiene casa la niña ni tampoco la madre ni los que trabajan en la finca. Sinombre, ya te lo he dicho: que estoy preocupado y por eso tengo que ir corriendo y quedarme, si lo necesitan, a su lado.


            Ya Enebro lo sabe y, míralo, allí está preparado para salir disparado en cuanto se lo diga. Este caballo es un tesoro como en el mundo no hay otro. Pero yo también estoy pensando en el camino que tendremos que tomar para ir al cortijo. Subir ahora desde este río a nuestro rincón de la viña no es tan fácil como antes. Si nos vamos por el barranco del huerto para salir a la cañada del cortijo chico por ahí no tenemos paso. Aquellas tierras ya están valladas por los de las hípicas para sus caballos. Y si nos vamos río arriba hasta el puente de cemento luego tendremos que volver para atrás para entrar por el collado de cortijo chico. También por ahí está el camino cortado con las alambradas donde ahora encierran ellos sus caballos. No nos queda otro camino, para subir al Cortijo de la Viña, que la senda vieja de la ladera de los romeros. Es más larga y más complicado el paso pero tendremos la ventaja de ir perfumados por las flores de las jaras. Siempre hay que buscarle a la vida su lado bueno. Con la llegada de la primavera, por todos lados, se visten de flores blancas las laderas y los barrancos y las zamarrillas verdes y las jaras y los jaguarzos. Así que por esta vereda que te digo vamos a irnos ahora mismo Enebro y yo, volando, volando, volando…


            Pero ayer, según iba llegando el día y comentaba estas cosas contigo, al mirar veía por las cumbres asomar las nubes. Empecé a temer que se fraguara una tormenta y eso fue lo que pasó. Según iba naciendo el día se fue nublando el cielo y antes de que saliera el sol crujieron fuertes los truenos. Al poco empezó a llover y los barrancos se llenaron de nieblas. Y nosotros, sin miedo aunque yo estuviera preocupado, nos metimos bajo la encina vieja y entre sí nos acurrucamos y nos dedicamos a gozar de la lluvia que caía a cántaros. Tú ya sabes que a mí me gustan mucho las tormentas, la lluvia que derraman, los truenos, las nubes espesas y, ver en lo árboles, las gotas chorreando por las ramas. Ayer sopló fuerte el viento y, las recias gotas al caer, arrancaban los pétalos de las flores de los cerezos. También me gusta mucho ver este juego que no tiene igual con ninguna otra realidad en este suelo. La hierba se llenó de agua y la corriente del río parecía dibujar los bailes más bonitos. Y por entre la lluvia, el viento y la niebla, te miré como escondido y, preocupado pero contento, te dije:

- Con esta tormenta tan recia y tanto viento y tanta niebla ¿cómo vamos a subir nosotros por esa ladera? Pienso en los del Cortijo de la Viña pero también pienso en Enebro. Así que me resigno y espero y que caiga, que caiga la lluvia y que riegue de vida la tierra. Es lo que más falta hace ahora en el mundo y en esta primavera.

 

            7 - Encuentro con la niña en el Cortijo de la Viña


Va la niña por el Prado del Arroyo

y parece un sueño

que Enebro se lleva volando,

por entre la hierba, al cielo.


            En mi cuaderno recojo las cosas para que no se pierdan y para luego compartirlas contigo. Hoy se levanta el día sin nubes, sin viento, sin frío…Es primavera y estoy en el cortijo de la Viña con nuestros amigos. Pero el día parece ya traer entre sus brazos las primaras señales del verano y le estoy temiendo. No me gusta el verano, entre tantas cosas que me gustan en la vida y en estos campos. Yo ahora mismo, media mañana ya de este día de primavera, estoy asomado al balcón del Cortijo de la Viña. Es el mirador de la habitación de la niña y ella no está. Desde la sala de la chimenea del cortijo he subido a buscarla y al ver su ventana abierta me he asomado a mirar. Y la he visto pero no aquí en su habitación ni en su cama de seda azul, su nido tierno. A estas horas del nuevo día me la encuentro a ella que va con su caballo negro recorriendo las tierras del Cortijo de la Viña. Y desde el palco de su habitación la he llamado y le he dicho:

- ¿A dónde vas tan sola, tan de mañana en la primavera y tan libre por los campos?
Desde la belleza que le presta el viento, mientras arranca en galopo a su caballo, me saluda diciendo:

- Baja y vente por aquí conmigo que quiero que veas lo que ya te he dicho.

            En el Cortijo de la Viña he dormido yo esta noche, al calor de la lumbre y en la compañía de los amigos, de la madre de la niña y también de ella. Y te he recordado a ti, Sinombre y a Bandolero. Os habéis quedado solos en el prado del molino en compañía del mastín Álamo. Ahí habéis dormido solos esta noche y Enebro aquí en el cortijo. ¿Quieres que te diga qué es lo que por aquí he visto? Cuando la tormenta del otro día se calmó subí al lomo de Enebro y, por la senda vieja de los romeros, remontamos galopando. Cortando el aire y mojándonos las carnes con las gotas que la nube había dejado sobre las hojas de las jaras y los jaguarzos. Los pétalos de las flores blancas se nos quedaban pegados, a mí en las manos y en la cara y a Enebro, en sus patas, en sus costados y también en su cara. Le decía yo al caballo:

- También esto es como un juego aunque tengamos tanta prisa y vayamos tan corriendo. Respira hondo el aire que sube de los barrancos y verás como la primavera se te hace flor en las venas de tu pecho.

Y creo que Enebro me comprendía porque disfrutaba más que yo cruzando los jarales que tapizan la ladera. Al llegar al collado de la hierba, el que mira al arroyo de la izquierda, ya divisamos las tierras del cortijo.

- Ya lo tenemos ahí cerca.

Le volví a decir a Enebro y yo creo que él me comprendió porque vi que se lo comía el entusiasmos y por eso se puso a relinchar como llamando. Pero más que llamar yo creo que él daba gracias a la vida y a los campos y a la presencia de la niña que en el corazón llevamos. Como si conociera ya el terreno y también como si supiera que ella le estaba esperando. Y la niña, que ni siquiera sé yo qué hacía en estos momentos, al oír los relinchos de su caballo Enebro, se asomó a la puerta del Cortijo de la Viña y al llegar allí nos estaba esperando. ¡Qué gozo verla! Tú no la viste pero quiero que sepas que parecía toda una princesa recién arreglada para la fiesta. Nos saludó con sus manos, con un abrazo al aire, después con un beso y luego con otro abrazo inmenso. Y, mientras en su pecho achuchaba la cara de su caballo, le preguntaba diciendo:

- Sigues siendo el más guapo. ¿Me has echado de menos? ¡Uy! ¡Qué bien hueles! ¿Quién te ha perfumado con rocío de lluvia de tormenta y con las flores silvestres de los campos? Porque hueles a jara vieja, a romeros florecidos y a tomillos recién lavados ¿Por dónde has estado tú y en qué sitio te has revolcado?
Y el caballo Enebro me mira como guiñando y preguntando muy bajito: “¿Dónde hemos estado nosotros?” Pausadamente susurrando le digo yo a él: “Dile que venimos del viento que duerme por los barrancos y que las flores que, con sus perfume te han regado, son las que la primavera por las montañas ha sembrado”.


            Esta noche su caballo negro ha dormido en la cuadra y ha comido heno en el pesebre antiguo de piedra. También ha comido buena cebada y paja y ha bebido agua del balneario viejo. La niña lo ha mimado con cariño y, como le ha dado tanto gusto verlo, esta mañana en seguida se lo ha llevado al campo de paseo. Desde el balcón de su habitación ahora mismo los estoy viendo. Me voy con ellos. Luego, cuando volvamos, escucharé a los del Cortijo de la Viña y lo escribiré en mi cuaderno para que nada se pierda y que tú también lo sepas. ¿Y sabes lo primero que vamos a hacer esta mañana? En las aguas templadas del manantial del balneario voy a darme yo un buen baño y luego se lo daré a Enebro. Y si la niña quiere jugar con nosotros claro que está invitada a este juego. ¿Te acuerdas tú de los baños tan ricos que nos dimos este invierno? En este mismo manantial que brota tan caliente de las entrañas del suelo. Parece que por aquí todo sigue teniendo la misma cara aunque no sé qué siento dentro. Luego te cuento con más detalle que ahora me voy corriendo que me están esperando. Va la niña por el Prado del Arroyo y parece un sueño que Enebro se lleva volando, por entre la hierba, al cielo. Allá voy yo como un rayo antes de que se me escapen y nos quedemos sin ellos.



            8 - Con la niña por el Prado del Arroyo

           Te cuento: estoy sentando junto al charco del arroyo, el que tanto te ha gustado a ti, y miro al prado. Ahí veo a Enebro acostado entre la hierba y no estás tú ni Bandolero. Pero recuerdo que este invierno pasado pastabais los tres en este mismo prado. A mis pies corre el arroyo que baja del balneario y a mi derecha corre la acequia que construimos para llevar el agua al castillo de la niña. ¿Te acuerdas el gozo que irradiaba? ¡Qué feliz momento! Ella, en estos momentos, juega buscando fresas silvestres por el borde del acantilado. Hace un rato ha estado aquí conmigo y me ha regalado un ramito de flores silvestres, margaritas y amapolas, y me ha dicho:

- Las primeras amapolas del Prado del Arroyo. Se las debería regalar a tu borriquillo pero hoy es un día muy especial. Quiero subir contigo a la ermita del cerro de la viña para poner este ramo de flores en el altar. Guárdalas aquí contigo y luego me llevas a ese sitio para rezar, por muchas cosas, un poquito.

Le doy las gracias y, mientras se vuelve para el prado y se pone a buscar fresas silvestres, caigo en la cuenta por qué dice y piensa ella que hoy es un día especial. En esta mañana de abril y de primavera, entierra al Papa, Juan Pablo II, en la ciudad de Roma.

 
            Anoche lo estuve viendo todo, por la tele, en el Cortijo de la Viña. Más de cuatro millones de personas han pasado estos días por delante de su cuerpo para darle el último adiós. Y esta mañana, allí en Roma, se celebran las exequias y su entierro. Han ido todos los mandatarios del mundo y, según las noticias, el mundo entero hoy se apiña en este acontecimiento. También lo están retransmitiendo por televisión y por la radio. Nosotros no hemos podido ir a este lugar pero a la niña no se le olvida y por eso recoge flores silvestres por el Prado del Arroyo. A nuestra manera, nos vamos a unir a los millones de personas que en este día están rezando y despidiendo al Papa que ha muerto. Y estoy yo reflexionando sobre esta realidad y la escribo en mi cuaderno pensando en ti cuando oigo que me llama:

- Ven corriendo que quiero que veas lo que te decía hace un rato.

Le he contestado:

- Voy enseguida pero antes necesito dos minutos. Tengo que anotar lo que está pasando.

            Y es que quiero ordenar un poco las cosas mientras el día se va abriendo. Así que escribo rápido porque ella me está llamando y me interesa mucho irme, en estos momentos, a su lado. Ayer, me di yo un buen baño en el agua calentita del balneario. Y bajo la cascada se metió conmigo Enebro. La niña también se puso su bañador de colores y, con entusiasmo, restregó bien a su caballo para que se quedara limpio y sano. ¡Cuánto te echamos de menos y lo mismo Bandolero! El agua del balneario es la más sana y la mejor medicina que el cielo nos ha regalado. ¿Pero sabes? Por lo que me decía la niña, rato después, yo creo que esta es la última vez que nos bañamos en este manantial. Y lo siento por ella y por ti. No te he traído conmigo y bien sé que, meterte bajo el chorro de agua de este manantial, es una de las cosas que más te gusta en este mundo. Creo que ya nunca más podrás. Lo siento y te lo explico rápido:

La niña me decía ayer, cuando ya salimos del charco y nos pusimos al sol para secarnos:
- En la llanura del Prado del Arroyo, dicen que van a construir un campo de golf. Por donde el cerro de mi castillo, según nos enseñaros en los planos, construyen un hotel con un mirador al río colgado. Y por la derecha, por donde la Cueva de Belén y el bosque de los robles, quieren construir un paseo con recovecos anchos y aquí, en esta cascada del balneario, proyectan levantar un lujoso hotel con piscinas y baños.

 Y le pregunté yo a la niña:

- Ya me estoy enterando que, en este Cortijo de la Viña, muchas cosas están cambiando pero al pastor, nuestro amigo de los campos ¿qué es lo que le ha pasado?
Y me dijo ella:

- Te lo contaré más despacio porque el otro día, los de las hípicas, casi le pegaron. Le decían que sus ovejas han infectado estos campos de garrapatas y ellos no quieren que se contagien sus caballos. A gritos le pedían que no vuelva más por aquí con su rebaño. Y que si no hacía caso lo denunciarán y le obligarán a que pague los gastos. ¡Me dio una pena cuando vi a nuestro amigo el pastor llorando! Y más me dolió cuando vi y oí lo que decían del perro mastín Álamo.


            Guardó silencio la niña y, como yo la estaba mirando, vi que también ella, al recordarlo, se la comía la congoja y casi no podía expresarlo. Y ahora mismo otra vez la oigo. Me sigue llamando y por eso dejo mi cuaderno y salgo volando. Voy a ver qué quiere. Luego te sigo contando.



            9 - Una reflexión sobre la vida en su forma más natural

            Lo de las garrapatas, por las tierras que ahora ocupan los caballos de la hípica, se lo dijeron directamente al pastor. Ellos creen que las culpables son las ovejas y por eso las han condenado. Pero lo del perro mastín Álamo, también para ellos un peligro por estas tierras, por escrito se lo han dado a la niña. Y al entregárselo le decían:

 - Tú decidirás la manera de hacérselo saber, a ese hombre que va por las montañas con sus ovejas, pero nosotros te lo entregamos firmado. Y ya veréis qué medidas tomáis porque nosotros lo tenemos claro.

La niña se asustó aunque ella no supiera que era una amenaza pero en su corazón algo se le quebraba. Y ella hoy me ha entregado a mí ese papel y ahora mismo lo tengo en mis manos. Te lo voy a leer y de paso lo transcribo a mi cuaderno para que se quede bien guardado. Pero antes, quiero que sepas que, a pesar de todo, hoy vuelve a ser otro día fabuloso y mágico.


            Amanece y estoy en el cortijo con los que trabajan las tierras, con la madre y con la niña. Desde la sala de la cocina miro por la ventana al valle y me enamora el campo. Está mojado, cantan sin parar los pajarillos, hay muchas nubes en el cielo y hace algo de viento. Ha llovido esta noche y mucho. Tiernamente otra vez se han regado los campos para que la primavera tenga todo lo que le es necesario. Me acuerdo de ti y de Bandolero y también os recuerda la niña. Por eso me pregunta:

- ¿Cómo habrán pasado la noche, solos los dos, en aquel valle del río y con esta lluvia y este viento frío?


Y le respondo yo a ella:

- Hubo un tiempo, antes de que los Humanos dominaran la Tierra y domaran a los caballos, en el que todos los animales vivían en libertad y sabían defenderse con fuerza. Les caía la lluvia, les azotaba el viento, les quemaba el sol y les helaba el hielo y ellos, los caballos, los burros y los perros y las ovejas, luchaban y salían adelante y eran libres comiendo hierba y galopando a su aire pos las tierras. Sinombre y Bandolero están hechos a las lluvias y al viento y en el valle profundo de aquel río son felices porque viven en su estado más puro y bello.


            Yo creo que la niña me ha entendido y por eso, mis ojos, la ven tan guapa. Y ahora te digo que ella ayer, por las tierras de este Cortijo de la Viña, estuvo festejando a la vida y a la primavera que regala florecillas. Del acantilado del río solo cogió tres fresas. Mostrándolas en sus manos de ninfa, me decía:

- ¡Mira qué rosadas y qué chicas! Las fresas silvestres que crecen por estas rocas no han madurado todavía.

Y le dije yo a ella:

- Pero con solo estas tres perlas menuditas ya tenemos bastantes para celebrar la alegría de la primavera y de la corriente del arroyo y de la sonrisa que otra vez nos regalan las nubes en este día.

Ella se fue con su caballo, le regaló las tres fresas, luego cogió el ramo de flores que a mí me había regalado momentos antes y me decía:

- Llévame ahora mismo a la ermita y me ayudas a poner, en el altar, estas blancas margaritas.

Y le respondí yo:

- Venga, vamos en seguida. Hoy no es un día triste aunque parece que haya razones para que lo sea. La primavera es la muy bonita y por eso los pajarillos y el viento desgranan tantas melodías.

 
            En la ermita del Cerro de la Viña, ayer la niña y yo, estuvimos rezando. Levantamos el corazón al cielo y dimos muchas gracias y pedimos para que se arreglen las cosas por las tierras de estos prados. Luego salimos al aire y, cuando la tarde caía, nos refugiamos en el cortijo. Esta noche ha llovido, ha soplado el viento y, cuando esta mañana de nuevo ha amanecido, todo está mojado y huele a incienso. De nuevo la vida es como una limpia fiesta aunque tenga una herida y a nosotros nos duela. Pero te lo repito, hoy la mañana parece la primavera más hermosa con las azucenas más finas. Y tengo aquí conmigo el escrito que, los de los caballos, le entregaron a la niña. Yo no se lo daré al pastor, él es nuestro amigo y también Álamo, pero lo transcribo en mi cuaderno y lo leo para que se sepa que no todos tienen, de la vida, del aire y de los campos, la misma visión y medida.

 

            10 - Los juegos de la niña con su caballo Enebro

            La niña tiene un don especial para comunicarse con su caballo. Ella le habla y, de alguna manera que yo desconozco, él la entiende, la sigue y le obedece. Cuando su caballo Enebro come tranquilo en el prado si ella se acerca y lo llama:

- ¡Enebro, mira lo que traigo aquí!

El caballo deja de comer, levanta su cabeza, la mira durante unos segundos y luego se pone a caminar cadenciosamente como diciendo: “Voy a ver qué me traes y lo hago con gusto. Porque aunque no me traigas nada me agrada estar contigo y que me toques la cara”. Y yo creo que la niña, además de comunicarse con su caballo usando un lenguaje especial, lo conoce mejor que a ella misma. En cuanto ve que la mira y se viene a ella parece que sabe lo que el caballo siente y cual va a ser su comportamiento. A mí me gusta mucho verlos a los dos con tan buen entendimiento y en tanta armonía. Y por eso me pregunto, muchas veces, a escondidas: “¿Dónde ha aprendido esta niña el lenguaje de su caballo y cómo conoce ella tanto su carácter?”

 

            Te estoy contando esto, mientras lo escribo en mi cuaderno, porque quiero que sepas lo que ayer por la tarde vi en Enebro y en la niña. Estaba yo sentado en una de las rocas que hay por encima de la era del Cortijo de la Viña y me entretenía pensando en ti y en Bandolero, ahora los dos solos, en las hondas llanuras del río Azul. Os recordaba y me preguntaba si nos echáis de menos. Enebro andaba suelto por la era y la senda que lleva al pilar de las nogueras y también se entretenía buscando las mejores matas de hierba. Los del Cortijo de la Viña trabajaban, más abajo, en la tierra y la madre con su niña, se afanaban en sus cosas dentro del cortijo. Y a mí yo me decía: “Solo por la armonía y belleza que regala y se concentra en este rincón de la Tierra, solo por esto, merece la pena y vale por encima de todo, este pequeño paraíso”. Y en estos momentos, por la puerta del cortijo, salió la niña. No me vio ella a mí pero sí, en seguida, llamó a su caballo negro:

- Vente aquí conmigo que quiero jugar contigo un juego.


            Iba el caballo tranquilamente andando y se acercaba a las nogueras en busca de la hierba, que alta y fresca, crece al borde de la acequia. Al sentir la voz de la niña, campanillas de primavera, se quedó parado en seco. Muy tranquilamente giró su cabeza y, al verla, cinco segundos se quedó inmóvil y fijo en ella. Luego se dio media vuelta y, como si se fuera al encuentro del más fresco prado, caminó por la senda hacia la niña. Quiero que sepas, que a mí se me llenó el corazón de amor contemplando esta escena. El cuerpo del caballo de la niña recortado sobre el verde de la hierba y, al fondo el azul del cielo, era un cuadro único. Y la frágil figura de la niña, nardo al viento, inmóvil sobre el fondo de los pinos y de la ladera cayendo para el río, era un sueño emocionante. Todo bello como una mañana nueva descorriendo su velo sobre la Tierra.


            Según se acercaba a ella su caballo Enebro la niña lo recibía diciendo:
- Ahora mismo no te voy a regalar nada. Solo quiero acariciar tu cara y darte un beso.
Y el caballo, que lentamente se le acercaba, parecía decirle con sus miradas: “¿Y te parece poco lo que me regalas? Con que solo me dejes estar a tu lado y que tus manos acaricien mi cara lo es para mí todo”. Al llegar el caballo a la niña le alargó la cara, se quedó parado y ella le hablaba:

- Te doy un abrazo, te regalo un beso, me quedo aquí contigo y te propongo un juego. ¿Corremos un poco y saltamos luego aprovechando que la hierba tapiza con primor la era?

Yo no sé decirte cómo se entendía ella con Enebro ni como el caballo se comunicaba con la niña, pero lo que te voy a decir es cierto: le dio ella un tierno abrazo y Enebro se le dormía como un niño en su pecho. Cerró los ojos y le ponía la cara y luego la olía y abría los ojos y la miraba. Le dio ella un sincero beso y le decía:

 - Vamos al juego.

Y se puso a correr despacio por la era. La siguió el caballo casi al compás de sus pasos y cada vez que la niña le indicaba:

- Ahora más aprisa y al llegar allí saltamos.

El caballo obedecía como si para él ella fuera su amo. Al llegar a las rocas que hay al borde de la era, saltaba la niña como jugando y lo mismo hacía el caballo y miraba a la pequeña como esperando. La niña le señalaba:

- ¡Qué guapo! Me gusta jugar contigo por lo bien lo haces y siempre tan manso. Te mereces un premio porque otra vez te lo has ganado.


            Y en estos momentos la niña le dijo al caballo que se volviera para atrás. Le puso su mano en la frente y los dos se vinieron a mi lado. De mi mochila gris sacó ella un buen puñado de pipas y se las dio a su caballo. De las blancas manos de la niña recogía él las semillas y, mientras saboreándolas se las comía, la miraba como diciendo: “¡Si no fuera por ti qué sería de mí en esta vida!” Le acarició con ternura sus rosados labios y me pidió permiso para sentarse a mi lado y, mientras seguía jugando con su caballo Enebro, me preguntó:

- ¿Tú crees que los caballos tienen memoria? ¿Se acordará Enebro, dentro de un año, del juego que por aquí los dos hemos echado?



            11 - Tapizar la tierra de buenos sentimientos

            A veces, a mí, me pasan estas cosas y como no sé de qué modo explicarlo, me conformo con escribirlo y dejarlo. Hoy, estoy sentado frente a la cascada del balneario y me parece tener a mi lado una montaña de gavillas. Como esas que hacían los segadores cuando, en otros tiempos, iban segando los trigos por las campiñas. Millones de haces formados, no con espigas de trigo o cebada, sino con los sentimientos del corazón de los humanos. Y todo me parece como si, en estos momentos, la Tierra entera esperara ser cubierta con estos ríos de emociones. Son como montañas de flores de colores que han brotado de los corazones de los humanos y, aquí junto a mí, se apilan en gavillas primorosas y como esperando que alguien las extienda y, con ellas, tapice la Tierra. Y al mirar y ver yo me digo: “¡Cuantos sentimientos positivos han florecido, en estos días, en el suelo! Algo nuevo está pasando y todo me parece bueno, muy bueno”.

 
            Estoy sentado frente a la cascada del balneario y la niña no está conmigo pero escribo en mi cuaderno y te recuerdo. Anoche, dormí junto al fuego del Cortijo de la Viña y, mientras la noche pasaba, sentí quejarse el viento sobre las ramas del pino viejo. Otra vez ha vuelto el frío y ha nevado por el norte y en gran parte de España. También en estas Sierras Nevadas nuestras para que los turistas aun disfruten unos días más. ¿Sabes? Dicen que el próximo domingo veinticuatro de este mes cierran la estación de esquí de estas cumbres blancas. Por estas tierras donde vivimos nosotros solo hace frío, en estos días, y corre el viento. Pero anoche, antes de quedarme dormido junto al fuego, estuvimos todos reunidos como en un buen grupo de amigos. La madre nos preparó una buena sartén de palomitas y mientras nos las íbamos comiendo charlábamos sin parar, junto al fuego. La niña se sentó delante de mí, en el suelo, y a mi derecha estaba la madre. Detrás y a la izquierda y rodeando la lumbre, estaban los del cortijo y nos mirábamos y comíamos palomitas de maíz y nos calentábamos acurrucados junto al fuego. Fuera soplaba el viento y cantaban los autillos y también parecía oírse los pasos del tiempo.


            Por la tarde, unas horas antes, yo había vuelto de la ciudad de Granada. Solo había ido a dar un paseo para que no digan que del mundo estamos lejos. Y al pasar por la plaza, la que ahora está arreglada, me paré un rato solo para mirar a las personas allí sentadas. La Plaza del Triunfo, la de la Inmaculada, ahora se llena todos los días de jóvenes que cantan, sonríen y bailan. Corre el agua por las dos cascadas artificiales y en sus bordes se sientan ellos y, mientras esperas, charlan. El rincón ahora es tranquilo y por eso hasta parece otra cosa la ciudad de Granada.

 Y anoche, alrededor del fuego, yo lo comentaba y la niña preguntó dos veces:
- ¿Por qué parece que en estos días por todos sitios brotan buenos sentimientos?
Y le dije a ella:

- Con la muerte del Papa ya estás viendo tú como las personas están sacando de sus corazones sus mejores cosas. ¡Cuantos sentimientos positivos han florecido, en estos días, en el suelo! Algo nuevo está pasando y todo me parece bueno, muy bueno.

Nadie respondió a mis palabras y allí seguimos junto al fuego sentados sintiendo como avanzaba la noche resbalar, quedamente, sobre el viento. Luego, nos fuimos retirando y en el suelo, tendí mi saco y al calor de la lumbre la noche me ha llenado de sus besos. Al amanecer me he levantado y todavía con el lucero me he venido junto a la cascada de este balneario viejo. Ya sale el sol y la niña, con su caballo negro, va por el camino que lleva a la Cañada del Agua, la del silencio. Sé que volverá dentro de un rato y por eso aquí la espero. Ella quiere que yo le explique por qué nos pasa a nosotros esto mientras, por el bosque de los robles y en la caída del cerro, ya han cortado los centenarios almezos y las higueras grandes y los añosos almendros.

 

            12 - Los retozos de Enebro

            Estoy yo parado justo al borde de la acequia y observo despacio el tronco del almez. El hermoso árbol que hasta hace unos días crecía en este rincón del cortijo de la Viña. Más de doscientos años tenía y pienso, que ya solo por esto, merecía que hubiera sido respetado. Pues lo han cortado junto con las higueras, los almendros y las nogueras y también algunos de los centenarios robles de estas tierras. Estoy meditando frente al trozo de tronco que aun queda en la tierra clavado y me digo que alguien debería decirme algo porque creo que no hay derecho. Porque busco una respuesta y no la encuentro pero no me cabe en la cabeza lo que veo y sigo, en silencio, observando. No sé si escribirlo en mi cuaderno o si olvidarlo pero, para mí, me digo: “De todos modos, es uno más entre tantos. ¿Qué puedo hacer yo si ni siquiera sé cómo expresarlo?”


            Estoy mirando y medito y me preparo para escribirlo y recogerlo cuando, del lado de la cascada del balneario, llega la niña subida en su caballo. Tú ya sabes, que ella es la vida y por eso siempre es el sol por más que el cielo esté nublado. Se para junto a mí, suelta a Enebro que en seguida se aleja y, a galope, atraviesa y llena de belleza todo el prado. La miro yo ahora a ella y me dice, sentándose junto a la peana de lo que ya no es árbol:

- A lo mejor no es el momento pero los de las hípicas, cuando ven a sus caballos retozar como ahora mismo lo hace Enebro, siempre dicen que están haciendo el tonto. Por ejemplo: “Mi yegua Careta, se volvió loca haciendo tonterías”. “Pues la loki de la mía…” “Pues el mío estuvo toda la tarde haciendo estupideces”. Y no quería preguntarte pero es que yo me aclaro: si un caballo salta, galopa y da patadas al aire y relincha y va de un lado a otro libre por el prado ¿Por qué a eso ellas le llaman tonterías?

 Miro yo a la niña y le digo:

- Lo que ahora mismo hace tu caballo Enebro es expresar su gallardía. Tu caballo se divierte retozando igual que los niños con sus juegos. Para un caballo sano y libre nada hay más normal que galopar y dibujar cabriolas en el aire y relinchar. Tú fíjate y verás como sus correteos son piruetas cargadas de belleza. La expresión más natural de la belleza de un caballo.

- Pero entonces ¿por qué a ellas siempre les oigo decir que su caballo no para de hacer tonterías?

- No saben lo que dicen pero lo dicen porque es lo que oyen de sus amigas. Si una dice que su caballo hace el tonto la otra lo repite y así cree que está en sintonía. Las personas somos así.


            Por el Prado del Arroyo, el que cae desde la cascada del balneario, Enebro regala al viento su energía. Y su juego es tan bonito que embelesa solo verlo. No dudo que estas tan divertidas contorsiones son otra expresión más de su deseo de libertad. Me gusta ver al caballo Enebro dando salto y patadas como si dijera: “Así es como yo quisiera ver esta tierra: sin barreras para poder disfrutar de la hierba y del aire”. Y a la niña también le gusta ver la alegría que derrama su caballo. Me he sentado junto a ella al borde de la acequia, tocando con mis manos el tronco, que del almez, ha quedado y de nuevo me pregunta:

- ¿Se acordará Enebro, cuando pase mucho tiempo, del juego que ahora dibuja por el prado?

Me acuerdo yo, en estos momentos, de algo que algunos amigos me contaban el otro día. Apoyado en ello le digo:

- Los caballos tienen memoria. Lo recuerdan todo aunque pase mucho tiempo. Escucha que te repaso lo que hace unos días me contaron:

- Un hombre tenía a una yegua asignada, por ser militar, y eso era en la Península, y dada la casualidad que la yegua vino a Melilla y se quedó en el club, y él la llamaba y ella venía a verlo y todo eso suelta en el Picadero.

- Eran dos caballos hermanos y los dueños tuvieron que decidir cual de los dos vender, pues a la madre la tenían en el prado, por ahí en la sierra y como se alimentaba del pasto no costaba apenas su mantenimiento. Los dueños Se quedaron con el más pequeño y yo compré el que tenía cinco años. Después de varios años ¿se acordará aun este caballo de su dueño? Pues no lo sé, pero yo creo que algo sí. Porque cuando viene el muchacho a la hípica entra a visitar a mi caballo, y de vez en cuando, en el picadero, si le pega un silbido al caballo, viene y se acerca un poco hasta donde el chaval.

- Va un caballo de paseo por un camino y que le salga un perro de unos arbustos y que le asuste, aunque no pases por ese camino en dos años, te digo yo que la siguiente vez que lo recorra, el caballo se acuerda del sitio y se pone alerta al acercarse al lugar del susto.

- Había un caballo al que nadie le quería limpiar la cuadra ni a él, porque era asustadizo y tiraba de las cuerdas y las rompía. Me encariñé mucho con él y le cuidaba todas las mañanas, él tenía mucha confianza y conmigo no hacía esas tonterías. Unos años después de que se fuera de allí lo vi en un concurso, y me acerqué para preguntar si era ése pero no hizo falta decir nada porque el caballo me reconoció al momento.

- Un amigo, por motivos que no vienen al caso, tuvo que regalar a su caballo. Cada vez que va a verlo el caballo se vuelve loco relinchándole, llamándole.
- Hay un caballo en mi hípica que lleva ahí un año más o menos, y solo se coge para paseos. Bueno, pues vino un día el antiguo dueño, que lo domó, y le sacó el paso español chiflándole... Ni siquiera sabíamos que el caballo sabía hacer eso... Y se acordaba de esto aun llevando un año sin haberlo hecho... solo con escuchar su voz, se puso "firme"... Lo mas gracioso fue que el dueño actual después le intentó sacar el paso español y no lo consiguió.

- Una vez leí en un libro que un señor compró un pony sin domar para su hija. Le pidió a la hija de un vecino que lo domara, y durante el tiempo que duró la doma esta niña y el pony congeniaron muchísimo. Pasaron los años, y el pony fue vendido a otro dueño. Un día estaba el pony concursando con su nueva dueña, y de repente se salió de la pista y se fue galopando al encuentro de una espectadora atónita: la niña, ahora ya mujer, que lo había domado.

 


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