¡QUÉ BONITA ERA MI ALDEA!

POR DONDE ESTUVO BUJARAIZA

 

 El contenido de esta página es parte del texto de un pequeño

       libro titulado:          "¡Qué bonita era mi aldea!".           Si         

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  Aprendiendo los rincones

Mirador de los Cerrillos

Entrando en los recuerdos

El barranco de la Grilla

Arroyo de las Espumaredas

Favor por favor

Desde tiempos lejanos

Por doce mil reales

Tumbas bajo las aguas

La cañada del Almendral

El nuevo cementerio

La Piedra de la Cruz

La vaca y los panizos

Desde Collado Blanco

A misa vigilados

Un camino para el caudillo

Escopeta boca abajo

Peleando las vacas

Arados de madera

Trenzando esparto

Bola "rodá"

Tabaco verde

Retama para el paludismo

Durmiendo en las eras

Jugando a la Pitele

El mejor bolero

El santo más querido

Los Pinos Buenos

Comiendo yeros

La perra Sabina

El molino de La Aldea

Por las viejas eras

Desde las Olivillas

Dinamita para las casas

El virrey

Ayuntamiento de Hornos

La última mañana


Poema:

Cazorla me echa de menos

 

   

    APRENDIENDO LOS RINCONES

Desde Coto Ríos, vamos bajando por la carretera en busca del lugar donde estuvo la Aldea. Bien conocido es este trozo de camino pero los nombres y los lugares todavía no los tengo claros del todo. La sierra es como un gran libro repleto de ciencia, que  hay que  aprender poco a poco. Todo es profundo, grande, complejo. Cuando ya te crees que la sabes, aparecen nuevos rincones, con nombres y veredas que son tanto o más importantes como los primeros. La sierra es casi infinita.

 

- Pues este lugar se llama Fuente del Macho. Y las aguas vienen de un valle conocido por nosotros con el nombre de la Hoya de Miguel Barba pero nacen más arriba. Sólo que allí la recogían para el riego de las tierras y las necesidades del cortijo. La siguiente fuente es la que hemos dicho: Fuente de la Loma de los Asperones. En la punta de abajo de las olivas, pegando al Guadalquivir, hay un cortijo cuyo nombre es Venta de Luis. Ahora vive todavía ahí su nieto Aurelio. El molino que había aquí, también se llamaba Molino del tío Luis.

 

Pasando el Collado del Almendral, el rinconcillo que hay, se llama  Vallejo de los Corzos. Que va a rematar a un sitio conocido como  la Hoya del Peñón. Ahora mismo estamos en el mirador que hicieron para cuando vino el Señor Franco a visitar los terrenos. Desde este mirador, hecho expresamente para él, contemplaba los ciervos comer, retozar y distraerse en los llanos de Los Salaos. Lo bautizaron luego a este mirador con el nombre de Rodríguez de la Fuente y por ese nombre se conoce ahora. Los llanos esos que se ven ahí enfrente, en la cola del Pantano del Tranco y el castillo de Bujaraiza, son los Salaos. Todas esas tierras, de ahí para allá y el Castillo de los Salaos que se ve  al final de los las llanuras yendo hacia el Guadalquivir.

 

- Y las  llanuras que nos quedan al otro lado del castillo, por donde baja el Guadalquivir ¿cómo se llaman?

- Por ahí se encuentra la fabrica de aceite de las Animas. Toda esa gran llanura son  Los Llanos de las Animas. También se llaman los Llanos del Carrascal y los Llanos de la Agracea. En la punta de abajo de la llanura había un cortijo que se llamaba la Agracea y las Animas, cortijo de las Animas o Fabrica de las Animas, en la punta de arriba. El Carrascal se encuentra por el lado derecho del río, por donde cae el castillo y el monte del Almendral. Arriba, por donde están los bichos ahora, la Tiná el Carrascal.   

 

  El arroyo que atravesamos ahora es  Rovuelto y la cascada tiene el mismo nombre. En algunos escritos le han puesto a esta caída Cascada de la Magdalena pero nosotros en la sierra, siempre la hemos conocido como Cascada de arroyo Rovuelto. Nace de las Seteras para arriba. El siguiente barranco es Cañada de la Tiná las Majaillas. Dicen algunos que a Franco le hicieron un puesto para que cazara en esta tinada pero no fue aquí justamente sino algo más abajo en un sitio que le llaman El Retamal. Y otro, en aquel lado empezando a subir hacia la Fuente del Colmenar. Que eso ya es en Cabeza la Viña.

 

A  esta zona es donde por primera vez  trajeron ciervos a la sierra. Como sabes, fue en vida de Franco. Cuando ya se hicieron grandes, les dieron careo por el monte. Estamos ya llegando al segundo cementerio de la Aldea. El que hicieron después del pantano porque el primero estaba allá abajo y ahora lo cubre las aguas. Este es el Mirador de los Cerrillos que como ves se encuentra sobre unos cerrillos en la misma zona del cementerio nuevo. Nos asomamos y te digo donde estaba el primer cementerio.

 

      MIRADOR DE    

LOS CERRILLOS

      Allí, donde se ve aquel vallejo y la oscuridad del monte, un poco más abajo, se alzaba el cementerio que tú  habrás visto muchas veces cuando el pantano baja. Un poquito más allá, se encuentra la Fuente de Los Torneros. Y algo más allá, que se ve una loma un poco ya tapada por el agua, aquello se llama la Loma de Salomé. A continuación, a unos quinientos metros, se encuentra el castillo de Bujarcaiz, en la misma orilla del Guadalquivir. Y enfrente ya  tenemos a San Román. Lo que es la dehesa de San Román, empieza allí, porque luego la ermita y los cortijos, están más metidos en lo hondo del pantano.

 

Aquí mismo, de bajito de nosotros, sólo a cien metros, mana la Fuente de Muñoz. Precisamente fue una fuente muy caudalosa y con ella se regaban muchos pedazos de estas tierras. Porque en estas tierras, como hemos dicho, se criaba de todo. El pantano se comió el ochenta por ciento de las tierras buenas que se cultivaban en La Aldea. Nuestros abuelos y padres vivían de lo que sembraban y cultivaban en estos trozos de valle. Y si faltaba algo, lo completaban con el ganado. Uno tenía una punta de ovejas, otro de cabras, otro de vacas...

 

Desde los llanos esos que se ven que no tienen matas, de allí para allá, estaba el pueblo. Hasta lo último que se ve, que aquello es una oliva. Crece justo detrás de la iglesia.  Ahora vamos a llegar a ella.  Por todo este llano estaba repartido el pueblo y eran tres aldeas o núcleos de población con las casas  muy cerca entre sí. En uno había quince o veinte casas, en otro, otras veinticinco o treinta y en el tercero,  otras tanta. En total y aproximadamente, en La Aldea vivían entre unos sesenta a setenta y cinco vecinos.

 

Estamos apoyados sobre los palos del mirador, frente al valle y a la sombra de los pinos. Del valle sube un vientecillo fresco, impregnado de olor a mejorana y romero. Los otros se paran, curiosean y se van. Es lo propio de ellos: sentirse extraño en estas tierras aunque admiran su belleza. Llega en estos momentos mi amigo segundo, el que ahora pasa sus vacaciones en Coto Ríos y hoy se ha juntado con Amigo primero para hablarme de sus recuerdos por las tierras donde estuvo La Aldea. Nosotros hemos venido delante y justo en este Mirador de los Cerrillos, le estamos  esperando. Los dos me quieren contar sus experiencias y recuerdos y gustoso, dejo que hablen  para así enterarme de más realidades y recoger una vivencia mucho más rica y contrastada. Amigo segundo, entra en el tema diciendo:

- Yo te voy a contar la mía, la historia que yo viví:

- Pues venga, cuenta que te escuchamos.

 

  ENTRANDO EN

LOS RECUERDOS  

- Nosotros Éramos una familia humilde. Mi padre fue pastor. Trabajaba con Los Olivares, que es ese cerro que hay ahí. Y aquí estaban Los Parras. Que el cortijo de Los Casares, a donde dices vas a ir más tarde, fue  de Los Parras. Y allí, en Cabeza de Viña, hay otro cortijo  que se llama Rosalina, que fue de Los Olivares. Los Parras y Los Olivares fueron las dos familias más ricas de este gran valle de La Aldea.  Mi padre estuvo de pastor con Los Olivares. Con Los Parras también. Cuando la guerra a él no se lo llevaron. Siguió de pastor con las cabras.

 

Yo me quedé huérfano de madre con once meses. Luego mi padre se casó de segunda con una señora de Bujarcaiz. Se llamaba Marca y ya ha muerto también. Siendo todavía pequeñico me llevaron a Mojoque con una tía mía.  Todo el tiempo de la guerra estuve allí. Me dedicaba a guardar los pavos con una señora que se llama Escolástica. Mi abuela, se quedó viuda  y por parte de ella, yo tenía tres tías. Con mi abuela y su familia, era con quien yo vivía. Era verdad y eso tú publícalo a los cuatro vientos, que todas las familias que vivían aquí estaban muy unidas. Para lo bueno y para lo malo, siempre todos estuvimos unidos en cualquier momento.

 

Con unos dieciocho años a mí me llevaron a la Cabañuela, con unos tíos míos que vivían ahí. Tenían mucho ganado y me dedicaron a guardarlo. Por todos aquellos montes dormía yo con las cabras, con las vacas y con todo. En estos montecillos, aquí donde está el cementerio y este mirador, que son Los Cerrillos, junto a las vacas, he dormido muchas veces. Por las noches, en medio del campo, me acostaba cerca de las vacas. Y la casa de mi abuela la tenía allí. Pero estaba aquí el ganado y había siembras y tenía que quedarme pegado a  los animales. En el Collado del Almendral, donde están los ciervos, también he dormido muchas veces.  

 

 La vida era guardar ganado,  echar un jornal con éste y con el otro y se acabó. Esa era la historia y la vida nuestra. Tanto de unos como de otros. Por aquí los únicos que tenían un poco de dinero, no es que fueran millonarios, eran los Herreros, los Lozanos, los Anaclanes. Luego estaba este, porque tenían el molino y parecía que también relucían un poquillo. En aquella época. Entonces había una miseria muy grande y ellos con el molino era otra cosa.

 

Cuando vivía con mis tíos en la Cabañuela, lo único que me daban era sólo la comida y ya está. Y recuerdo que estando con ellos, tuve yo una buena experiencia de zorras. Para sacar algún dinerillo, estos tíos míos iban a cazar zorras por el campo. Le quitaban la piel y luego la vendían. Yo era entonces pequeño y me daba mucho miedo estos animales. En la casa no había nada más que una habitación y allí dormíamos mi hermano y yo. Uno de aquellos días, en el techo de la habitación, colgaron las pieles de las zorras. Al ver aquello colgado, yo me moría de miedo. APues ahí tienes que dormir". Me decían mis tíos. Yo decía que no y ellos que sí hasta que me pegaron cuatro lambríos y se me quitó el miedo. En la habitación y bajo las pieles de las zorras, tuve que dormir y sin chistar.

 

Mi abuela la pobre, como no tenía nada más que sus manos y su trabajo, no me podía dar mucho. De mayor, estuve trabajando mucho tiempo en esta carretera. Después de venir del servicio, ya me dijo ella:"Hijo mío, ha llegado el momento en que  tienes que buscártelas por donde puedas".  Y así sucedió, a partir de entonces.

 

- Que entonces, como ha dicho este, jornales se daban pocos. Lo único que hacíamos era ayudarnos unos a otros. Si tú necesitabas que yo fuera a segar a tus tierras tres día, pues iba  y luego que lo tuyo estaba segado, tú venías y me ayudabas a mí en lo que me hiciera falta. Si se sembraba, pues la misma cuenta.

 

EN EL BARRANCO

   DE LA GRILLA 

Te voy a contar un caso para que te vayas orientando: El tío Anaclán tenía un pedazo de tierra enfrente de Bujarcaiz, según vamos desde aquí, a la derecha. En el barranco de la Grilla que se llama. Era un pedazo que tenía tres obrás pero le faltaba un poquito. Tres obrás de bestias. Y mandó a su hijo y a un hijo de Ángel Lozano que se llama Juan José, a sembrar aquello. Y dice:"Vaya, para dos pares de mulos, es mucho en una jornada. Y para volver otro día es poco.  Pues lo que hago es que le aviso al hijo de Juan Antonio,  que soy yo y con el par de vacas y así lo terminan en un día".

 

Bueno, pues resulta que aquel par de vacas que llevaba las domé yo, con quince años que tenía entonces. Las domé junto a dos novillas y fue aquí mismo, en las tierras estas que tenemos por debajo del mirador. En aquel laico de los Cerrillos. En unos llanos que había de eras y todo eso. Mi padre, que en paz descanse y yo. ¡Bueno! Como nadie sabía, pues un par de novillas. Muy buenas, muy relucientes, que tenían tres o cuatro años. Pero como vacas de grandes y lustrosas.

 

"Pues que vaya el hijo de Juan Antonio y ya termináis en un día". Llegan ahí los hombres, ¡ya ves, hombre! Con la mili terminada algunos de los que iban."Bueno,  aquí vamos a marcenear el peazo y tiramos el trigo y luego tú te pones en una marcen y nosotros nos ponemos en otra, porque con las vacas no nos vas a seguir a nosotros". "Pues cómo queráis". Les digo. Total que marcenean, tiran su trigo y salen labrando la primera marcen y yo detrás con las vacas. Cuando llegaron ellos, ni sabían que iba detrás. "¡Hombre, tú no puedes seguirnos a nosotros. Así vas a reventar las vacas!". "No si eso ahora te enteras al venir para acá". Les digo. Volvemos así y me echo mi rasera a las espaldas porque estaban muy bien enseñadas.

- ¿La qué?

- La rasera. El instrumento que se usa para darle al arado cuando se embota de hierba. Se llama rasera y también gavilán, lo mismo da.

 

Así que me eché mi rasera a las espaldas y la otra mano a la teba del arado, pin, pin. Cuando ellos llegaron a la punta mis vacas estaban ya vueltas. Al verme dicen: "¡Pero hombre! ¿Cómo le haces andar tanto?"  Digo: "Tú has visto que no les he tocado. Ahora, tira para delante". Cuando ellos llegaban las vacas dándoles con los frontiles al culo del mulero. Total, que como ellos pensaban que yo no iba a seguir tanto, pues en lugar de terminar a las cinco de la tarde, que era cuando más o menos se desuncía, porque era tiempo de invierno, terminamos dos horas antes de la cuenta.

 

Cuando llegamos a La Aldea, pues el tío Anaclán que se llamaba Vicente el Anaclán, dice. "¡Hombre! ¿pues ya habéis terminado?"  Dice el hijo, Juan José el Anaclán: "¡Calle usted padre! ¿Usted sabe las vacas que lleva el muchacho?  Si eso ningún par de mulos tienen  reaños a seguirlas! Y labrando, no crea que la labor se ha hecho de mala manera". Dice el padre: "¿Pero de verdad?"  "Pues aquí nos ve usted y el pedazo sembrado. Cuando quiera va usted y lo ve a ver si nos hemos dejado algo".

 

Aquello de mis vacas, fue una gran sensación para todas las personas de La Aldea. Ya desde entonces, donde quiera que había que echar una obrailla, así de preciso, me llamaban. ¡La Candelaria cuando me llamaba al Tobazo! La Candelaria y la Agustina, íbamos los tres porque bien sabes que Loreto siempre ha sido lo que ha sido. Y a sembrar panizos, para labrar, a sembrar habichuelas, patatas. En fin, el que más obrás echaba, siempre era yo con mis vacas. Luego me las devolvían ellos a mí. Esto que te estoy contando hace, pues yo tenía quince o dieciséis, entre catorce a diecisiete años hasta sesenta y siete que tengo, pues haz la cuenta. Los que quedan, todos esos años hace de aquello de mis vacas. 

 

      ARROYO DE LAS

 ESPUMAREDAS  

Y te iba diciendo también, que mis hermanos eran los que llevaban la cosa de ir a recoger el trigo a los vecinos para molerlo y luego devolvérselo

- ¿Molíais a maquila?      

- Así es como siempre se ha molido por estas tierras. De una fanega, que se llamaba, se maquilaba un celemín. Como tenía mis hermanos mayores, y yo me dedicaba a lo que ha dicho antes nuestro amigo: a la marrana de cría, a guardar las ovejas, el borrego, el pavo, en fin, a cosas chicas. Cuando ya me hice mayor,  me fui de aquí a un sitio que se llama Parrate, donde empecé mi nueva vida de molinero, con mi padre y mi hermano mayor.

- ¿Dónde está Parrate?

- Yendo para Pontones pero en aquel lado del río.

- ¿Por el arroyo de las Espumaredas?

- Por ahí pero abajo. No donde está el puente de hierro, sino arriba. Desde este puente al molino habría como una hora de camino. Pero subiendo por una vereda empinada por donde sólo podía ir una bestia. Por encima del molino primero estaban las Huelgas. Más arriba las Espumaredas de Abajo y las Espumaredas de Arriba todo en el mismo arroyo. Saltamos a lo alto del Collado Maja la Caña a dar vista a Pontones.

 

Por  las Huelgas estaban el Poyo de la Higuera, el Miravete, la Tiná y los Centenares. Desde allí para acá, pasamos a Prao Peguera, una caseta de forestales y luego a la Hoya de la Albaldía y de allí para arriba, a los Campos de Hernán Pelea.

- Pero vamos a lo nuestro de hoy, que nos queda por estas zonas baja.

- Pues cuando ya vino el Caudillo echaron muchos bichos por aquí; los ciervos, el jabalí, los gamos y el muflón y empezaron las expropiaciones.  Antes, sólo se veía por estos terrenos,  la cabra montés.  Pero se encapricharon con todos estos animales forasteros,  por aquello de crear un Coto Nacional y fue el penaero y la ruina para muchos serranos.

 

Entonces, a todos los vecinos que estuvieran en las zonas que le asignaron a esos animales, nos expropiaron las casas y las poquillas tierras que teníamos y nos echaron fuera. Nos pagaron lo que ellos quisieron. A muchos, tú ya lo sabes, nos llevaron al poblado de Coto Ríos y  ahí nos tienes desde hace  veinticinco años, el que menos y solamente pagamos de alquilé siete mil pesetas, al año  con derecho a casa, agua y parcela. Parece que lo que nos dieron de menos por nuestras casas y tierras, malillas pero vivíamos, pues nos lo están recompensando en cobrarnos poco alquilé. Lo malo es que el que menos llevamos ya veinticinco años y estamos esperando que nos hagan la propiedad de la casa sin conseguirlo.

 

    FAVOR POR FAVOR 

Amigo segundo entra en el tema  y dice:

- Pero fíjate, lo que tú estás diciendo no se ajusta a la realidad: En Coto Ríos hay algunos que no tienen nada más que una parcela y pequeñica, otros sólo tienen casa y pagan luz, pagan agua y lo pagan todo.

- Pero en fin, de aquello, luego hablamos otro día. Del fuego este que hubo por aquí antes de la guerra ¿quién se acuerda?

- Habla tú.

- Pues yo de lo que me acuerdo es que sí fue cierto. Todo esto que se llama la Lancha del Nacimiento, que cae por la parte de Las Seteras, se pegó fuego. Hicieron ranchales, unas parcelas y a cada vecino de aquí le dieron un poquillo de tierra. También todo esto de por aquí y la fecha fue después de la guerra. Aunque me parece que todavía no había terminado, cuando esto.

 

A  cortar la madera de aquel incendio vinieron de la Golondrina, los "Piojillos", que les decíamos. Tú ya has oído hablar porque era el padre de la Golondrina. Y ese Piojillo mató un macho en la mismita Fuente del Macho, que de ahí le viene el nombre.

- Manuela, su hija, sí es verdad que me ha dicho que su padre fue un buen cazador.

- Y no te ha engañado. Pero es que, además, según vimos aquí, eran buenos cortadores de madera. Ellos mismos montaron ahí abajo una aserradora. En la fuente del Nacimiento. Entonces serraban con aquellas sierras que movían entre dos hombres.

 

Desde el Tranco hasta aquí había un carril que venía por lo que es ahora mismo el centro del pantano. Lo hizo un señor que se llamaba Sagasta. Desde aquí cogían la madera con carros y se la llevaba al Tranco. Estaba ya comenzadas las obras del muro pero aún les quedaba mucho para terminarlo.

 

- ¿Y aquello de marranero y alcalde?

- Era un hombre que le decíamos Juanjosillo. Guardaba las cabras de unos y de otros e iba y comía cada día en una casa. Tanta cabras guardaba tantas veces comía en aquella casa. También era marranero y al mismo tiempo alcalde del pueblo. La Toribia era su hermana y era la que hacía el pan para la aldea de abajo. Ella llevaba la leña y encendía el horno. Tú le  llevabas la harina y el resto, lo completaba la Toribia. Te amasaba el pan, te lo cocía y te lo devolvía a tu casa. No un pan sólo, sino toda la hornada y a cambio de todo aquel trabajo tú le dabas un pan. Era un servicio lo que aquella mujer hacía y la manera de cobrar siempre fue quedándose con un pan.  A maquila como nosotros siempre hemos dicho por aquí.

 

Ya sabes: entre los serranos de aquellos tiempos todo era  trueque y cambio. Devolver favor por favor y eso era bueno. Se mantenía la unión entre nosotros y de ese modo la amistad. No podías prescindir del otro porque mutuamente nos necesitábamos y eso era, además, una forma de vida, una cultura. Por eso te decía antes que cuando empezaron a machacar gente por estas aldeas y cortijos serranos, no sólo se cargaban a las personas y su forma de vida, sino que se cargaron para siempre, toda una cultura, toda una historia que tenía sus grandes valores. Lo primero que debieron hacer, era precisamente conocer nuestra historia, enterarse bien a fondo de cómo éramos los serranos y luego entrar en nuestra cultura. Pero claro, aquello implicaba que tenían que reconocer que entre nosotros había muchas cosas buenas. Quizá mejores que las otras. Y si hubieran reconocido esa realidad, se hubieran sentido obligados a respetarnos y esto era lo que no les interesaban.

 

Nos rompieron por completo, nos machacaron y hasta en los tiempos estos, siguen machacándonos. Todo es ahora llenar los montes de gente pero sin poner un granito de arena para que la poca cultura e historia que de nosotros todavía queda, sea respetada por los que llegan de fuera. Impersonalizarnos, dejarnos sin identidad alguna, es lo que están consiguiendo con los serranos y estas sierras.

 

DESDE TIEMPOS LEJANOS 

Desde el mirador de Los Cerrillos, seguimos la ruta y la siguiente parada es justo donde, desde la carretera, se aparta un viejo camino a la derecha.

- Y ciertamente este era el verdadero camino de La Aldea.

Me sigue aclarando Amigo primero.

- Por donde hemos dejado los coches, antes se entraba con una bestia. Ni carril ni carretera. Luego cuando el Patrimonio Forestal del Estado, que así se llamaba y la Confederación, cuando nos expropiaron, hicieron un carril, que ya se ve, para entrar hasta el mismo centro de la aldea.

- ¿Y para qué hicieron este carril si ya no ibais a vivir vosotros aquí?

- Está claro: tenían que derribar todas las casas. Primero quitaron  las tejas y con camiones se las llevaban. Los camiones y las máquinas tenían que entrar hasta las mismas casas. Luego derribaron las paredes. También las piedras se la llevaron. Y al final, si había quedado algo en pie, le pusieron barrenos y con máquinas lo destrozaron todo. Ya verás las pocas señales de aldea que encontrarás por aquí.

 

Lo dejaron todo casi puro campo.

- Pero eso era extraño ¿verdad?

- ¿A qué te refieres?

- Pues que precisamente cuando en la aldea se necesitaba un buen camino porque estaba repleta de gente, no lo hubieran hecho y cuando ya no había gente, sí lo hicieron para que luego se quedara aquí sólo para los curiosos.

- Las cosas fueron así.

- ¿Y a dónde se llevaron las piedras y las tejas?

- Muchas al poblado de Coto Ríos. Otras las vendieron y las que no pudieron usar, las dejaron por aquí desparramada.

- Y  estos árboles, acacias y cipreses, que ahora mismo vemos por aquí ¿eran de aquellos tiempos o no?

- Eso lo pensaron muy bien. Cuando ya nos dejaron sin casas y sin tierras, todas estas llanuras que ves y que fueron huertas en aquellos tiempos, las plantaron de acacias y cipreses para que nadie pudiera seguir sembrando.   

- ¿Seguro que fue por eso?

- ¡Y tan seguro! Y fíjate que estos territorios no los pillaban las aguas del pantano. Y claro, ahí estaba el peligro: los dueños, los que desde tiempos inmemoriales habían estado sembrando estas tierras, aunque se las expropiaran y los echarán de aquí, como aquí seguían sus tierras, sus recuerdos y sus raíces ¿cómo se iba a resistir no sembrarlas más?  Todas estas tierras están expropiadas por la Confederación pero se pueden seguir sembrando porque el pantano no las cubre. La idea de plantar árboles fue muy acertada. Ellos sabían bien lo que tenían que hacer pero siempre maquinando contra nosotros.

 

Así que ya se han hartado de los árboles y de todo ¿qué han hecho? Pues poner un obstáculo, como has visto ahora mismo, en la entrada del camino. Y esto es para que no puedan bajar aquí los coches. De este modo queda más claro que el camino se hizo casi exclusivamente para llevarse las tejas y derribar las casas. No para que los vecinos tuviéramos un buen camino ni tampoco para que la gente pase por aquí ahora con sus coches. ¿Te das cuenta? Ahora parece que les interesa que los coches no lleguen a muchos sitios y es para que nadie pueda matar un bicho, cargarlo en el coche aquí mismo y llevárselo. Creo yo que es por eso.

 

POR DOCE MIL

     REALES    Ir al índice

- Por donde vamos andando ahora mismo, dirección a donde se encuentra el pilar ¿eran tierras de huertas o qué?

- Estas tierras eran de los Anaclanes. También de la Genara y de mi tía la Coja. Es lo que yo te decía: todo esto que tenemos ahora mismo delante de nosotros, las señoritas de Siles, se lo vendían a mi padre por doce mil reales, que son tres mil pesetas. Mi padre no lo pudo comprar porque vino aquí con siete hijos, el matrimonio y mis abuelos. En total eran once y claro: no tenían fondos. Lo poco que iba sacando del trabajo, lo necesitaba casi exclusivamente para darle de comer a la familia. 

 

A las señoritas de Siles, por lo que fuera, les corría prisa venderlo. A los dos años salió este comprador que era un "chalán". Lo compró y a los tres años se lo vendió al tío Anaclán por doce mil pesetas. En lugar de doce mil reales, se fue a doce mil pesetas. Tu  fíjate. Aquí ha criado él sus hijos, como ha dicho nuestro amigo, con más posibilidades que otros. Los otros poseían tres celemines y él era dueño de cuatro o cinco fanegas.

 

- ¿Y la noguera esta que tenemos  junto al camino?

- La noguerilla le decíamos nosotros. De aquí para abajo hasta las casas y la iglesia que todavía se ve ahí, le decíamos la Carreterilla. Bajo esta noguera, que hace cincuenta años estaba  tal como la vemos ahora, la juventud nos juntábamos para charlas de nuestras cosas. Era este lugar un rincón bonito que nos gustaba mucho. Desde esta Carreterilla para allá, no había casas. Empezaban en ese pino y por este lado, a partir de aquel fresno que se ve allá abajo. Del arroyo para acá. En este lado, junto a la iglesia, había un núcleo de casa y del arroyo para allá, había otro.

 

Este rincón, cuando el tiempo se ponía un poco nubloso, siempre aparecía un poquito oscuro. Como ya te he dicho que a los mozos y mozas de entonces les gustaba mucho venir por esta noguera, los padres y demás vecinos, les decían que por aquí salía una encantá. Pero  ya te lo puedes imaginar: los padres y sobre todo las madres, lo que no querían eran que las muchachas se vinieran por aquí en aquellos días de niebla y al oscurecer. ¿Está claro?  Para que no bajaran los mozos de las casas de arriba a las casas de abajo.

 

Desde aquí, cerca de la  pila, todo esto para abajo hasta la iglesia, bueno, hasta la higuera que se ve ahí, era donde estaban las casas de arriba. Había una calle en medio y casas a un lado y otro. De ahí para abajo había un pedazo que el amo, se llamaba El Moreno. Por allí, frente a la higuera que se ve detrás de la iglesia, antes había una fragua y un cementerio. Pero era un cementerio muy antiguo. Cuando yo lo conocí estaba arruinado. Y el otro está ya enfrente, al otro lado del arroyo y ahora mismo bajo las aguas del pantano. Ahí es donde yo te dije que está mi madre enterrada.

 

TUMBAS BAJO

  LAS AGUAS    

- ¿No sacaron a los muertos cuando expropiaron las tierras?

- No los sacaron. Ni siquiera en eso tuvieron un detalle con nosotros. Ahí se quedaron todos los muertos enterrados. Aunque sólo hubiera habido huesos, los sentimientos de los familiares de esos difuntos, habrían quedado agradecidos. Son cosas que siempre se aprecian. Pero entonces no hicieron nada de eso. En todos sitios se cuecen habas y en mi casa calderás. Una cosa que estuvo mal hecha. Si hicieron un cementerio nuevo ahí en Los Cerrillos, pues sacar los huesos y enterrarlos fuera del pantano aunque hubieran sido todos en una fosa juntos. A los serranos nos gusta estar juntos. Pero no sacaron a nadie. Como si el cementerio no hubiera existido. ¡Qué poco respeto y qué desprecio por nuestra cultura y nuestros sentimientos!

- ¿No sacaron a nadie?

- ¡A nadie! Lo llenaron eso de agua y ahí están todas las tumbas con sus muertos.

  

Recuerdo yo ahora que no hace muchos días escribí un texto donde se recoge algo del nuevo cementerio. Te encuentras ahora en lo más alto de este voladero. El que sólo conocías de oída. Y ves que es verdad: entrándole por, donde decía estuvo la gran pradera y ahora es un espeso bosque y la ladera que cae, entrándole por este lado casi ni te das cuenta del profundo corte de rocas. Bajas con toda suavidad desde los ranchales, restos de la pradera y cuando te das cuenta estás en lo alto del despeñadero. Así es como a ti te ha sucedido. Y tú, con toda tranquilidad te has parado, ha saltado por las rocas que las ovejas sortearon y te has asomado al barranco. Más de cien metros de caída tiene y por completo en vertical. Al fondo se ven los lentiscos, el bosque de pinos, los cascajales y la ladera que sigue derramándose hacia el valle. Por ahí se iban las ovejas que quedaban lisiadas.

 

      La carretera, cruza por allá abajo. Más al fondo ya empieza el valle. Las tierras que inunda el pantano y por donde estuvo La Aldea. Los fértiles llanos donde tenían ellos sus huertas y  sus tinadas para el ganado, ahora es todo erial. En el repecho de enfrente se ve el viejo cementerio.      

 

    Desde aquí la vista es fantástica. Con absoluta claridad se domina todas las tierras que conforman esta llanura. También gran parte de las hermosas dehesas que cubren las aguas del pantano cuando se llena, todo el oscuro cerro de Cabeza de Viña. Quedan al lado de arriba la llanura del Castillo de Bujaraiza, los llanos del Hoyazo, las tierras por donde llega el Guadalquivir, el arroyo de Las Espumareas y  el Cerro del Almendral. Al lado de abajo de Cabeza de Viña, en primer plano se ven el morro y los puntales donde se alzaban las casas de la aldea. En el centro al frente, el charquito de agua que hoy embalsa el pantano. Más allá, aquellas tierras llanas por donde al Guadalquivir se entrega el caudaloso arroyo de Montero.

 

      Más lejos, por encima de esas llanuras, queda toda la enorme cordillera de las Malezas de Santiago, desde las Banderillas casi hasta el Yelmo. ¡Casi ná! Por la cumbre de esa larga y ancha cordillera se van repartiendo las otras aldeas. Las más desconocidas, solitarias hoy en día, y las de los nombres más bonitos. Ahora caes en la cuenta que por ese amplio territorio tienes pendiente varias rutas. Quieres recorrer una a una las ruinas y caminos de esas aldeas. Pero ¿cuándo será? Con lo grande que es esta sierra y con el empeño que en ti llevas de explicarla metro a metro ¿cuándo podrás tú hacer real semejante sueño? Desde las Banderillas para abajo te esperan Las Canalejas, entre los cerro Puntal y Poyo de San Clemente, Picón y Cuevas. Las Espumaredas, entre los primeros manantiales del arroyo con el mismo nombre. Muchas espuma sale de las cascadas al despeñarse el agua que baja buscando el Guadalquivir.   De las espumas de esas cascadas ellos amasaron un nombre para dárselo a la aldea. Artuñedo desparramada frente al pico Tolaillo y donde nace arroyo Frío. Los Archites cuyos caminos desconoces.

 

      Te quedan también por ahí Los Centenares, otro rincón silencioso donde se mueren muchas cosas. Montalvo, la Ballestera, Los Goldines, La Parrilla... ¡Qué nombres tan bonitos! En fin, todo un enjambre de pequeñas y hermosas aldeas, habitadas algunas todavía, medio habitadas por gente que no son de estas sierras. Y muchas por completo rotas al estilo de la Cabañuela y Bujaraiza. Las cosas más graves ocurrieron cuando aquello del Coto Nacional. Desde aquellas fechas siguen desmoronándose cada día un poco más. Te dices que sí: en cuanto puedas, tengas tiempo y te encuentres preparado, vas a recorres esos viejos caminos y las ruinas de esas bellas aldeas.

 

      Ahora, desde las riscas que acabas de hacer tu mirador particular, parece que por un momento y sin que lo haya preparado, te acabas de dar un primer abrazo con este trozo de sierra tan soñado por ti. Sacas la cámara y te dispones a recoger una cuantas fotos. Tres son y empiezas desde la parte de abajo. Por donde el arroyo de Montero se derrama en el pantano. Sólo en esa hondonada se le ve un puñado de agua al pantano. Este trozó será la primera foto cogiendo hasta la mitad de Cabeza de Viña. Desde ahí para arriba, te mueves hacia la derecha y coges la otra mitad en la segunda foto. Y a partir de una línea que viene recta por el arroyo de Las Espumaredas, cortando el comienzo del Cabeza de Viña, la tercera foto. Sale en esta las primeras llanuras entre el Pico del Almendral y el Castillo de Bujaraiza y al fondo la cresta de las Banderillas, con toda la vertiente del río Aguasmulas.     

 

      Una buena panorámica repartida en tres tomas que luego unirás para conseguir una sola foto. Ya la estás viendo y piensas que sin duda será la más grandiosa fotografía que hasta hoy le has arrancado a estas sierras. Y es que como este mirador no existe otro en ninguna parte. Y tiene, además, una característica que te gusta mucho: queda lejos de las rutas normales y por lo tanto, bastante escondido. Se ve desde la carretera por donde ellos pasan con sus coches pero no hay peligro. Queda remontado lo suficiente sobre la ladera como para que cueste su trabajo subir a él. Desde aquí no sólo los ves  cruzar la carretera sino que los oyes. Te encuentras remontado sobre eso otro mirador artificial que junto a la carretera la Administración les preparó.

 

      Y ahí están ellos ahora mismo asomados frente a la llanura que sube hacia el viejo castillo. Se encuentra este mirador por el rincón de Los  Cerrillos, entre el mirador de Rodríguez de la Fuente y las tierras donde estuvo La Aldea. Y los que vienen ahora por aquí, al pasar se paran. Se van por los senderos de tierra que les construyeron y se asoman al valle. ¡Ya ves tú! Toda una ridiculez si comparas tu Peña Palomera con su cerrillo de tierra roja una miaja alzado sobre la llanura. 

 

    Un poco más arriba, entre los pinos y la vaguada, estás viendo el nuevo cementerio de la vieja aldea que dejó de existir. Lo construyeron para traerse aquí a los serranos que dormían  en el viejo cementerio que las aguas del pantano cubrió. En cuanto termines de bajar de este tan buen mirador, secreto y repleto de misterios, como el nuevo cementerio te coge de paso,  te vas a parar en él. ¿Para qué y por qué? Para desde la soledad que sobre ellos duerme, rezar un padre nuestro por los que aquí tuvieron la suerte de quedarse para siempre. Tu sueño oculto y es por lo que tanto les envidias.

 

      Por esto ahora mismo, desde este tan mágico mirador remontado por encima no sólo de la carretera sino de mil cosas más y alejado de los que ruedan por la ciudad y su mundo lleno de modernidades, decides que es justo ahora el momento de comer. Son casi las cuatro de la tarde. Como lo fuerte de la ruta ya ha pasado a la historia, aprovechando que es este un rincón mágico lleno de paz, decides sentarte y comer. Por la parte de abajo, por donde se derraman los cascajales y crecen los lentiscos, de entre la espesura sale huyendo una cierva. Te ha visto y te ha sentido sobre las rocas, dominándola y ha huido formando gran estrépito. Se va hacia el Collado del Almendral, para donde esta mañana se fueron los rayones que te salieron de entre las madroñeras.

 

      Durante un rato las miras irse y luego, antes de abrir tu macuto, echas otra mirada por la fabulosa panorámica. Es lo más bonito que en tu vida ha entrado por tus ojos. De aquí que te digas de nuevo que comer sentado en esta plataforma rocosa, no sólo es fascinante sino el mejor de todos los privilegios. Nunca en tu vida has gozado tú de un mirador como este, tan grandiosamente dispuesto y al mismo tiempo, tan perfecto y cuidado en tantos detalles. Suerte que tienes tú y gracias a tu Creador quien ha dispuesto que las cosas hayan salido de este modo.

 

      Así que sin más, abres el macuto, sacas el pan, una pequeña barra de pan integral, abres la lata de atún y con la pequeña navaja que siempre te acompaña cuando caminas por estas sierras, te pones a dar cuenta de esta suculenta y abundante comida. Exquisito todo y más aún por el buen toque de silencio y la suerte que tienes. Te siente como la persona que ahora mismo sobre esta tierra posee la mayor fortuna. Toda una eternidad fraguándose este mirador para que hoy vengas a él y sin más, te sientes y solo, lo goces a tus anchas. Menuda suerte y, además, por completo sencillo a pesar del inmenso lujo.

 

      Terminas tu comida y como postre un buen trago de zumo de manzana de cultivo ecológico. También es esto una gloria y otro lujo. Empiezas a recoger los cachivaches y por puro gusto, das unos golpes en las piedras. Siente un gran tropel por donde antes se arrancó la cierva. Miras a ver qué pasa. Y los ves: son los jabalíes. Los cinco o seis rayones que viste cuando esta mañana subías por el barranco de las canales. Te creías que ya se habían perdido por el Collado del Almendral y no. Estaban por aquí y al oírte ahora se arrancan asustados. Por los cascajales en que ha huido la cierva, se van ellos armando una sonora escandalera. Se pierden por entre los pinos. ¡Hay que ver la cantidad de vida que tienen estas soledades y lo bien ocupado que en cada momento uno se encuentra! Y ello, a pesar de que aparentemente puede parecer lo contrario.

 

Guardas tus cosas en el macuto, echas una última ojeada por el mundo que se abre frente a ti y te pones en marcha. Aunque haya sido rápido, bien a fondo has gozado tú este mirador y bien recogido te lo llevas contigo tanto en el espíritu como en la cámara de fotos. Tardará mucho tiempo antes de que tú olvides la roca de la ladera afrente a las ruinas de La Aldea. Punto este donde el silencio es gozo, el bosque chorrea misterio y la ausencia es presencia total. Tan sencillo y sin apenas apariencia pero tan grandiosamente repleto y repleto. Te dices que en alguna ocasión tendrás que volver porque, además, crees que cuando  le enseñes las fotos a los conocidos se van a morir de envidia.

- Tendremos que ir un día por allí cuando el pantano se encuentre lleno de agua. Porque si ahora que se le ve  seco, es tan bello, cuando el agua rebose por las colas ¿qué no será?

Te dirán ellos.          

 

     LA  CAÑADA  DEL ALMENDRAL  

      Tiná de las Majaicas, Cañá Setera.

     Desde el voladero sigue la senda. Es la misma que venía surcando la ladera de oeste a este  y se larga hacia la parte del Collado del Almendral. Una vez aquí sería más fácil tirarse recto monte abajo e ir a salir al mismo cementerio. Ya tiene la ruta explorada. En el rato que has echado observando desde la roca, has analizado unos pocos detalles. Por eso crees que si te echaras resto ladera abajo, en unos minutos estarías en el final. Pero no te interesa ni llegar pronto ni acortar terreno. Ya que hoy has tenido la suerte de felizmente situarte sobre las rocas de esta ladera, tienes que aprovechar y sacar toda la sustancia que puedas.  Te interesa ahora examinar esta senda hasta donde te sea posible. Y como, además, se alarga por la ladera y parece que va buscando la cañada que se extiende por la parte de arriba del Collado del Almendral, coincide bastante con tus pretensiones. Así que te arrancas y hacia ese punto te vas.

 

      Tienes que volver otro día y trazar otra ruta recta desde la parte alta del mirador. Es importante para ti conocer el trozo de ladera por debajo del voladero. También porque crees que por ahí, junto a unos álamos grandes y una buena espesura del bosque, brota un manantial. Es de donde los de La Aldea cogían agua para sus huertas y sus animales. Las señales que por el terreno se observan indican eso. También crees que los jabalíes pueden tener su cubil en alguna covacha de las rocas de este voladero. Otro día tienes que volver a inspeccionar este trozo de ladera.

 

      Mientras ya te mueves senda adelante a tu mente acude el recuerdo de aquellas dos hermosas escenas recogidas en el libro viejo de las cosas viejas de estas sierras. La del padre con su niña, su dulce niña del alma, que es como él la llamaba y la del padre con su rebaño aquel día de las setas. La primera la recuerdas tú y según se quedó recogida, el padre era el hombre más feliz del mundo, con aquella hermosa criatura que Dios le había dado. Y se recoge que un día él bajaba por aquí, por esta senda, acompañado de su niña del alma e iba al río. A darse un buen baño en las aguas claras de los charcos y de paso, jugar el juego de pescar  peces. Para la niña aquel juego era lo más emocionante y bello del mundo y para el padre lo era todo: el sentido de su vida y el gozo más hondo que en su alma nunca se había dado.     

 

      - Lo que más me gusta a mí es cuando tú me coges de los pies y dejas que me lleve la corriente sin que me puede llevar porque me sujetas bien. Es tan emocionante y me lo paso tan bien que como ese juego no creo yo haya otro en el mundo.

Le decía la niña al padre.

- También a mí me gusta mucho pero sobre todo justo en el momento en que yo te cojo por los pies y tú te alejas confiada hacia lo hondo del charco y te hundes en sus aguas. Cuando al rato sales a flote y traes en tus manos algún pez, esa es la escena que a mí más me llena de emoción profunda.

Le dice el padre a su niña del alma.

- ¡Qué bonito es ese juego! ¿Verdad papá?

- Nada en el mundo podrá darnos nunca mayor felicidad que este hermoso y sencillo juego nuestro.

Le decía el padre mientras seguían bajando por esta senda viviendo ya la emoción de su río lleno de aguas limpias y los peces con su juego.

 

      Y la segunda escena que empiezas tú ahora a recordar mientras recorres la senda y que se recogían también en el libro viejo de las cosas viejas de estas sierras, era la del padre con su rebaño y las setas. Hasta más o menos por aquí, hasta las tierras de esta cañada que es donde existen también unas praderas de hierba fina, es hasta donde el padre llegó aquel día con su rebaño. Lo dejó pastando por entre estas hierbas finas y como era otoño y las lluvias aquel año habían sido abundantes, se fue por entre los pinos a buscar níscalos. Sabía él que el rebaño no iba a moverse del lugar y por eso se fue confiado en que cuando volviera se lo iba a encontrar por allí. Se perdió por entre los pinares de la parte baja y durante toda la mañana estuvo buscando setas. Despreocupado él un poco de su rebaño hasta que al final de la mañana le sorprenden unas grandes voces llamándolo.

 

      - ¡Pastor, pastor!

Se asomó al collaete y se encontró con ellos.

-¡ Será posible que sea usted tan tonto!

Le dicen nada más verlo.

- Pero hombre ¿qué pasa con tanto escándalo?

- ¿Que qué pasa? Pues que lo vamos a meter en la cárcel ahora mismo.

- ¿Y a qué se debe esa decisión tan grande?

- ¿Dónde están sus ovejas?

- Me las he dejado pastando en la cañada.

- ¿En la cañada... ? En la cárcel se va a encontrar usted ahora mismo por haberse ido y dejar el ganado solo. ¿No sabe que desde hace un tiempo hemos prohibido que el ganado ande por el monte?

- Sí que lo sé. Desde hace  tiempo cada pastor debe acompañar a su rebaño en todo momento para evitar que los animales se metan en las repoblaciones o en las tierras del coto.

- Y si lo sabe ¿por qué ha hecho lo que ha hecho?  

- Sólo he ido a buscar unas setas sabiendo en cada momento que mi rebaño pastaba en la cañada y que de ahí no se iba a mover.

- ¿En la cañada...? Pues su rebaño ya hace tiempo que se fue de la cañada y se metió en la repoblación pequeña haciendo polvo todo lo que por ahí tenemos sembrado. ¿Sabe usted dónde está el rebaño ahora?

- ¿Dónde está?

- Camino de la cárcel lo mismo que usted va a estar dentro de un rato.

- Pero vamos a ver, vosotros estáis locos. ¿Cómo vais a meter a mi rebaño en la cárcel y a mí también sin ni siquiera comprobar los hechos? Yo sé que mi rebaño se encuentra en la cañada y no en ningún otro sitio. Si se ha ido de allí ha sido porque vosotros me lo habéis espantado.

-¡Lo que faltaba! Que ahora después de tu irresponsabilidad y de que tu rebaño ande a su aire por el monte, nos acuses a nosotros de mentirosos.

- Es que no puede ser de otro modo.

- Pues de otro modo es y lo vas a ver ahora mismo. Déjate prender por las buenas y sino te sujetamos por las malas y será peor. Vamos contigo derecho a la cárcel y allí das todas las explicaciones que quieras.

 

   Y ahora, tantos días después, a ti te parece ver subiendo por la senda que atraviesa este monte, la figura de aquel hombre pastor. Viene todo lleno de tristeza, encorvado y humillado, escoltado o mejor, empujado camino de la cárcel. Te parece ver esto y hasta sientes un poco el dolor y la pena de aquel hombre al mismo tiempo que también sientes no la presencia, sino la ausencia de su rebaño. Al parecer ya nunca más volvió por aquí. La cañada sí es la misma.

 

      Siguiendo la vereda tú has llegado ya casi a la altura del castillo viejo y parece que aquí, la senda se vuelve para atrás. Remonta por la tiná de la cañada en busca del collado donde se dividen los caminos del Aguadero y la Cabañuela. Pero en el rellano, que sería el centro mismo de la cañada, sale también un ajorro que baja hacia el valle. No hacen mucho han sacado de por aquí troncos de pinos y claro, no puedes evitar pensar que quizá algunos de esos troncos procedan de aquella repoblación que le trajo tanto problemas al pastor. Te dijeron a ti, que cuando empezaba lo del Coto Nacional, en esta cañada fue donde el Caudillo de España mató su primer ciervo. Por lo visto en un rellano de estos le montaron el puesto. Llenaron toda la sierra de guardias y le prepararon el ciervo. Bueno, lo que a ti te dijeron es que se lo habían estado preparando durante mucho tiempo. Más de una persona diariamente se encargaba de echarle de comer al animal para que estuviera gordo  y se querenciara con la tierra. Cuidado como un rey  y acostumbrado a ir y venir siempre por los mismos sitios y casi a la misma hora. Así el cazador no tuvo luego muchos problemas  en matarlo y por lo visto, de que saliera bien o no aquella operación, dependía el futuro del Coto.  

 

      El ajorro se va un poco para atrás como si los pinos los hubieran sacado por las tierras de La Aldea. Por los arañazos que los troncos han dejado en la tierra, te vienes. Bajas casi en picado, como siempre son los trazados de los  ajorros. Vienes a caer exactamente al segundo cementerio del pueblo que cubrió las aguas. El nuevo cementerio es sólo un cuadrado de tapia de piedras trabadas con cal y cemento. Más se parece a un viejo corral que a un cementerio pero precisamente por esto te gusta. La pobreza, la sobriedad y la sencillez de los serranos rebosan hasta en esto.

 

      Lo han construido aquí, en las tierras buenas de lo que es una pequeña cañada que desde la ladera se derrama hasta fundirse con las tierras del valle. La pared, por este lado de arriba, se ha caído. Y parece que el hundimiento ha sido provocado. No se ha caído por sí misma sino que da la impresión que alguien ha venido acaso hecho a derribarlo. Es un gran portillo lo que la pared tiene por aquí y para evitar que los animales se metan en las tierras en que están enterrando, al parecer los mismos serranos, los que tienen aquí a sus amigos, hijos y familiares queridos, lo han reparado un poco. Como la pared se cae y ya no queda nadie por aquí que esté encima de esto, lo que ellos han hecho ha sido coger un gran trozo de tela metálica y taparlo. Es decir: ponerla en el portillo para que los animales silvestres no pasen dentro.

 

      Te acercas y por el agujero, por encima de la valla de alambres, te asomas con la intención de curiosear lo que hay dentro. Y lo primero que ves son las tumbas. En la tierra desnuda están enterrados ellos. Y se sabe donde yace uno u otro sólo por alguna pequeña cruz o por algún ramo de flores de plástico puesto encima de la misma tierra. Otras se distinguen porque se parecen a esas sepulturas que se ven en las películas del oeste: un simple montón de tierra en forma de montículo cubriendo la fosa. Cuentas y te salen unos veinte nichos.    

 

      Cualquier cosa se puede sentir y pensar ante la presencia de este rústico y hermoso cementerio serrano. Lo arropa la sombra de los pinos, se derrama por las tierras llanas de la cañada y lo envuelve un mar de silencio. Cualquier cosa pero lo que más ahora mismo corre por tu alma son las tardes de lluvias y vientos derramándose amorosamente sobre estas tierras. El viento al rincón llega desde el valle. Sube por la cañada desde las tierras llanas del valle y entra como escondido, aplastado y algo silencioso a pesar de sus quejidos al quebrarse entre los pinos y los lentiscos. Se rompe contra esta pared como si ello fuera un abrazo, un beso con los que son de estas tierras y ahora tierra pura con la ladera y se alza luego repecho arriba buscando la Cabañuela. Como si desde la cumbre quisiera dar un abrazo aún más grande al rincón donde ellos duermen. Como si quisiera irse sin irse porque se desmorona con la lluvia en forma de caricias dulces.             

 

      La lluvia a este rincón llega empujada por el viento y también sube desde el valle. Baja más bien por el valle del gran Guadalquivir y al llegar a las llanuras del viejo castillo, lluvia, viento y nubes, se escapan por la hondonada de los lados y así es como llena toda la ladera  del cementerio. La lluvia cae por aquí en forma de suave caricia porque se siente amiga con estos amigos y este suelo y empapa las cuestas de la cañada. La lluvia, estas cristalinas, pequeñas y hasta delicadas gotas de rocío, son como hermosos ríos de vida que siguen saltando por donde ellos duermen para  no dejarlos solos. Desde que ellos respiraron su primera bocanada de aire, la lluvia los acompañó en un secreto y grandioso pacto de amor  y vida y ahora que son parte de esta lluvia, tierra y viento, aquí sigue presente.

 

      Y las nubes a este rincón llegan desde la parte alta de estas sierras. Que puestos en las tierras de este cementerio ¿cuáles son las partes altas de la sierra? Es decir: ¿por dónde quedan desde aquí, lo más elevado de estos montes? Quizá al frente.   Por allí, por donde se derrama el grandioso pico de las Banderillas y la pétrea cordillera que lo tiene sujeto. Quizá ese lado y esas cumbres sean las partes altas de la sierra, que quedan al frente y son majestuosas.

 

      Por esas cumbres asoman las nubes cuando vienen vestidas de negro, repletas de agua y nieve. Pero las partes altas de estas sierras vistas desde este trocito de mundo, universo completo y  rincón sagrado, también son todos estos barrancos, laderas y cumbres que desde  el arroyo de Las Espumaredas para arriba, Aguasmulas, La Campana, río Borosa y el barranco de Roblehondo con el Calarilla. En general, el conjunto de la  oscura y bella cordillera que  escolta al Guadalquivir por el sur. Desde este lado y estos montes llegan las nubes al valle de los sueños. También desde las cumbres de Peña Rubia y el Blanquillo. Desde todos estos puntos de la sierra llegaron siempre las nubes a este barranco, repletas de agua y nieve, con su frío viento, fresco en verano y de hielo cortante en invierno.

 

      EL NUEVO CEMENTERIO

             Los Cerrillos           

      Hoy el día apenas tiene nubes. Y aunque hace un poco de frío no llueve ni nieva. Todo se encuentra sumido en un silencio hermoso. Es el latir propio de la tierra respirando eternidad y de los muertos dormidos en sus tumbas. Convertido ellos en silencio eterno en la soledad de esta cañada. Y es el caso de ellos que no fueron comprendidos en su vida y por eso se apagaron en silencio. Y claro ¿Quién les hace caso ahora que están muertos? Mas se podría decir que cuando le quitamos la vida a los hombres, no sabemos ni lo que le quitamos ni lo que le damos.   

 

      Desde el portillo abierto en la pared observas la tierra y descubres algunas cruces. Unas son de hierro y otras de cemento. La mayoría están rotas. Es una pena porque este lugar, aun no estando abandonado, lo está. Ya nadie vive en la hermosa Aldea. Ahora sólo de vez en cuando algunos familiares vienen a traer flores o a encender una vela.

   

       Pasas tú y te pones a pisar la tierra sagrada. Los sientes, aún ahora muertos, como a los grandes de estas sierras. Aunque hoy sean puro silencio, consideras que la tierra es suya como también lo fue cuando vivían a pesar de que los demás les dijeran todo lo contrario. Pisas la tierra y lo primero que te encuentras es una pequeña lápida  tallada en mármol blanco. Lees el nombre: "María". María fue unas de las niñas que con sus sueños, juegos y alegrías, sembró de primaveras las tierras de este valle. Nadie la vio y nadie se lo agradeció pero ella surcó los caminos cuando aquellos días de lluvias, cuando aquellas tardes de frío y cuando aquellas mañanas el  dorado sol se esparcía por estos montes. Corrió ella por las pequeñitas calles de su bonita Aldea y hasta subió a buscar níscalos por la tierra en la que ahora duerme.

 

   Miras despacio la tumba de tierra donde se ha convertido en polvo y te la imaginas en su juventud. Labraba ella el hortal y caminaba tras los rebaños toda  resignada pero repleta. ¡Cuánto no darías tú ahora por saber la vida entera de María desde que nació hasta que vino a descansar a este rinconcito de tierra! Sobre todo, cuánto no darías tú por saber de aquellos juegos de ella por el río. Y claro, lo mismo que de otras cosas, de ella también te contaron algo en forma de fantasía o leyenda. Te dijeron que era todo un mundo de gozo y una auténtica fantasía aquel rincón del río que a ella tanto le gustaba. Una pequeña torrentera, muchos robles mezclados con pinos y madroños. Un gran escalón desde los pinos hasta lo hondo del río y una senda trazada por allí. Por la inclinada tierra de la torrentera que saltaba de una repisa a otra e iba a descansar justo al borde de las aguas del charco del río. Y aunque parecía mentira por lo difícil, por aquella senda trazada de escalón en escalón en la pendiente de la torrentera, ella bajaba. Se asomaba al borde del precipicio, porque aquello era más  un precipicio que otra cosa, durante unos minutos miraba la elegancia de la corriente por lo hondo y luego exclamaba:

- ¡Allá voy!

- Pero María, si por ahí no bajan ni las cabras por lo inclinada que está esa senda y lo peligrosa es, con tantas piedras, tanto monte y esa profundidad.

- Yo sí bajo; además, fíjate con qué facilidad.  

Alzaba sus brazos, empujaba su cuerpo hacia delante, tomaba una pequeña carrerilla y saltaba el primer escalón. Luego el segundo, el tercero y el cuarto y en menos de un minuto ya estaba cerca de las aguas.

 

       - ¿Ves papá, qué fácil es?

Gritaba cuando ya se encontraba en lo más hondo reflejándose en la transparencia del agua.

- Cualquier día de estos te vas a matar por aquí.

Le decía el padre.

- Ni el campo ni las tormentas ni el viento matan nunca a nadie si uno es amigo, conoce sus secretos y le pide permiso para jugar ellos.   

Contestaba siempre María, envuelta ya por completo en aquel juego suyo allí donde el Guadalquivir es todo un puro barranco inaccesible y por eso sus aguas parecen más limpias.

 

      De aquel juego de la niña María con las aguas del río, en la soledad de la tarde, apenas nadie sabe nada a no ser ella misma, su padre y la corriente.   Pero aquel juego se dio allí  y fue todo puro placer. Hoy no lo ha sepultado todavía el tiempo y por eso algo tú sabes de él aunque hasta ella ahora duerma convertida en tierra con aquella tierra que de pequeña fue su juego. Y aquí,  Junto a la tumba de la niña María sembraron un peral. Es silvestre y ahora mismo está cuajado de pequeñas peras. Algunas ya están maduras. Pero son peras como de ensueño, pequeñitas como un garbanzo y de color verde amarillo. Bajo la misma sombra del árbol, otra tumba y en ella nadie duerme. A la derecha unas flores y una roca. Se ve que ahí sí dieron sepultura a alguien. Ni siquiera tiene cruz pero la hermosa roca y encima las flores, sí dan testimonio de la presencia de otro serrano durmiendo en la bella tierra que en otros tiempos les dio su fruto.

 

      Aquí mismo se ve una cruz de hierro con otras flores, otra pequeña cruz de hierro y al final, por la parte de abajo que es donde se encuentra la entrada, se ve la lápida más grande. La que parece más lujosa de este humilde cementerio serrano de tierra y piedras y con olor a silencio mezclado con esencias de pino y mejorana. Tiene también una bella cruz encima, algunas flores sueltas y varias macetas con más flores de plástico. Está embaldosada con ladrillos y en lo alto de las losas de  cerámica tiene una cruz de azulejos negros. En la misma cruz hay un letrero escrito a mano que dice: "Pedro Salas Adán que falleció el día 2 de junio de 1966 a los 54 años de edad. Tu mujer e hijos no te olvidan".

 

    ¿Quién sería este Pedro y de qué murió tan joven? ¿Por dónde vivió, qué caminos recorrió, cuales fueron sus obras y sus sueños y qué secretos grandes de estas sierras, se llevó para siempre con él? Quedan a la derecha, otras dos grandes lápidas, una de ellas muy bonita, blanqueada, con otra cruz también de hierro con su rótulo correspondiente: "Falleció E. Ruiz Mondejar, el 6 de abril de 1964, de 13 años de edad. Los padres y hermanos no te olvidan": Y este pequeño joven ¿quién fue? Cuando él nació ya el pantano remansaba sus aguas por los llanos de  La Aldea. Pero su vida fue tan breve que ni siquiera tuvo tiempo de enterarse de lo del pantano. Antes de que supiera los nombres de algunos de estos montes  él ya se fue porque quizá necesitaba de otras tierras y  paisajes donde las normas y leyes de los humanos no hicieran tan difícil la libertad. En el fondo parece que él tuvo mucha suerte. Aunque fue una pena que muriera tan joven.

 

      Totalmente en el centro del último rincón de los sueños, se ve otra también bonita lápida. Le han puesto un trozo de mármol negro y sobre la piedra dejaron escrito su nombre: "Magdalena Rubira Parejo, 3-10-63  a los 40 años de edad". Tú fíjate, entre otras cosas, lo joven que en aquellos tiempos los serranos abandonaban este mundo. Cuarenta años de edad en la civilización de hoy, dicen que es la etapa de la madurez. Casi la plenitud de la vida.  Y, sin embargo, para ellos era, fue el punto y final. ¿Por qué se iban tan pronto? Puede que se agotaran rápido en aquella lucha realmente dura y áspera con estas tierras, sus ganados, los nevazos y los fríos invernales. Puede que sucediera esto pero también puede que los sinsabores de la vida por culpa de los que en estas tierras decidían, los quebrara de una forma irreversible.

 

      Puede que la opresión y ese romperles los caminos y quitarles los hortales, los dejara sin ilusión en la vida y ya se sabe: sin sueños, con los caminos rotos, arruinados y dejados de los demás, la existencia se hace dura. Para ellos esta existencia resultaba más cuesta arriba. No tenían más recursos ni más mundo que este puñado de tierra y la voluntad de sacar cada día un poco de fruto de ella. 

 

      Asombrado, emocionado, algo confuso y en el fondo sintiéndote en tu mundo, bastante elevado sobre la materia y el instante en que vives, te vas moviendo por la tierra silenciosa de este cementerio. Nunca antes sentiste con más claridad que las tierras que pisas son sagradas. Nunca lo sentiste a ellos tan silenciosamente fundidos con el suelo y tan olvidados de la gran masa humana.  Nunca sentiste tan tuyo nada en este suelo como ahora a este puñado de tierra. Nunca te sentiste tan agusto en ningún rincón de estos montes como ahora aquí entre ellos. No los conoces pero sientes que son tus amigos y aunque no supiste ni de sus sentimientos ni de sus sueños, los consideras como a los más grandes, a los más sabios,  a los más llenos de amor y bondad. Ellos pertenecen a ese  muy reducido grupo de personas, que de siempre tú admiraste. 

 

   Te acercas al peral silvestre y como lo sigues viendo tan cargado de peras diminutas, sin una intención concreta, coges un buen puñado. Quizá deseas llevarte un recuerdo. Es importante para ti este trozo de tierra y más aún por ser su cementerio. Te mueve pegado a la pared y por aquí te encuentras la tumba de Emilio Fernández Carrión que falleció el 13 de abril de 1948 de 27 años de edad. La de Cesáreo López Gómez, 15 de junio de 1962 y a los 60 años de edad. Cuentas otra vez y te salen más de veinte. Puede que incluso haya más. Las tierras de este cementerio están llenas de zarzas, pasto, cornicabras y pequeños perales que han ido brotando de las semillas del grande. En un rincón, el que pega a la puerta, por el lado de abajo, crece un precioso rosal silvestre. Se enrede entre las ramas de una amplia mata de lentisco. Ha nacido justo en lo alto de una tumba. Aquí pusieron una cruz de hierro en forma de jaula rodeando la tierra de la sepultura. Se adivina que este arbusto ha sido sembrado expresamente. La mata, en la misma tierra que lo cumbre, ha brotado con una lozanía esplendorosa. Del rosal cuelgan hermosas las semillas rojas y los tallos se alargan llenos de fuerza. Te para, lo miras y sientes la emoción. Una gran belleza y mucho significado verlos brotando en las mismas tierras que les sirve de tumba.

 

      Ya te vas y claro, quieres llevarte una foto para el recuerdo. Cuando luego algún día te hablen del cementerio de La Aldea, hasta podrás enseñarlo para que vean cómo es. Y, además, es la última foto que hoy queda en tu cámara. Acaso hecho la has reservado para este lugar. Buscas el ángulo, disparas, echas una mirada final, rezas una oración, sintiéndote ya algo abrazado a El por cada uno de ellos allá donde el tiempo no existe y todo es eterno, y te diriges a la puerta.

 

      Se encuentra abierta. Así que vas a salir por aquí. Empujas la cancela, corres el cerrojo  y ya fuera, la cierras de nuevo. La pared de este cementerio es toda piedra con mezcla de cal y tierra. La puerta es de hierro pintado color aluminio. Tiene una cruz pequeñita en lo alto y nada más. Se encuentra cerrada y aunque en el cerrojo tiene su candado, está abierto. El símbolo de los serranos: siempre sus casas y su corazón abierto para que todo el mundo entre sintiendo que cada persona es un hermano suyo. Todo es de todos.   Siempre fue así, para ellos, el concepto de lo ajeno y de lo mío. Hasta su cementerio permanece abierto para todo el mundo y en cada momento aunque se encuentre perdido entre los pinares de esta cañada".

 

- Ya estamos en la fuente ¿quien me la explica?

- Habla tú ahora.

- Pues yo lo que te puedo decir es que aquí no había fuente ninguna. Sólo un tornajo para lavar y para que las bestias bebieran. El agua no brotaba por aquí. Venía de una fuente que había allá arriba que se llama Fuente de la Merera. Y ese nombre le venía porque había un señor que le decían Ignacio y Juan de Dios, dos hermanos que montaron allí una merera, cogían cepa de enebros y hacía alquitrán. Que aquello se llamaba miera.

- ¿La merera era un árbol?

- No hombre. La merera era el pozo donde cocían toda aquella madera. Lugar donde se fabricaba la miera. Merera viene de miera. La sacan de las cepas del enebro. Hacen un pozo en la tierra y le pegan fuego para que arda lentamente. Con el calor, la madera suda la resina y por unas cañerías que hacían, corría hasta un depósito y allí la envasaban. La resina que tiene las teas, se saca de otro modo y es distinta a la miera.

 

- ¿Para qué se usaba la miera?

- Por lo que yo sé, que no estoy muy enterado de ese tema, se usaba para señalar a las ovejas. Para ponerle el nombre del dueño. Si era la efe, la erre o la letra que fuera. Recién esquiladas, calentaban la miera, porque eso se hacía un cuerpo y con un hierro que llevaba la letra del dueño, lo mojaban, se la ponían en un anca y ya quedaba la oveja señalada. Si se perdía, ya sabían de quien era hasta otro año que se volviera a esquilar.  

 

De la zona ese donde hacían la miera,  viene una acequia. La hicieron mis abuelos y otros mayores que mis abuelos. Yo algunas, veces la limpié para que corriera el agua. 

- Pero vamos a la fuente que ahora mismo estamos pisando.

- Pues lo que te decía: esto de obra que ves aquí, eran unos tornajos de madera. El agua venía de arriba, por la acequia, sin encañar ni nada. Si él lo ha visto, porque la obra ésta la han hecho después, que te lo explique él.

- Este pilar lo hicieron los Anaclanes y los Herreros. Los primeros que salieron de este pueblo  fueron cuarenta y un vecino. Se los llevaron a Palma del Río. Entonces quedaron aquí sólo los que hemos dicho antes, lo que  más "relucían".  Tenían aquí la propiedad esta que no se la habían pagado. Y entonces, como era gente con más dinero, el tornajo de madera lo quitaron e hicieron este pilar. Lo hicieron de obra  directamente ellos de sus bolsillos.  Que no se lo hizo ni el Patrimonio ni nada de eso.

- ¿Pero lo podía usar todo el mundo?

- ¡Hombre claro!

 

Como ya habéis estado diciendo, esto que se ve aquí era para que lavaran las mujeres. Cuatro losas en cada lado que en total eran ocho las que podían estar lavando al mismo tiempo. En estas pilas primeras, lavaban lo más gordo y luego allí para aclarar la ropa. Arriba la primera pileta, como se ha dicho antes, para las bestias. Para que bebieran los animales.

- Pero mientras me estáis explicando estos trozos de historia, no he dejado de pensar en aquellos cuarenta vecinos que se fueron.

- Que se fueron no, se los llevaron a la fuerza y bien lejos de aquí.

- Y caigo en la cuenta que fueron los que menos relucían y los primeros.

- ¡Exactamente!

 

 LA PIEDRA

DE LA CRUZ  

- Pero en fin ¿quién de los dos me iba enseñar la Piedra de la Cruz?

- Eso le toca a este.

- Pues venga.

- Vente para acá, aquí entre las zarzas, al lado de abajo del carril que hizo la Confederación, la tenemos. ¡Mírala!

- Sí que la esto viendo ya pero mi curiosidad es saber por qué le llamaban la Piedra de la Cruz.

- Eso ya no lo sé yo. Lo que sí te puedo decir es lo siguiente: antes, cuando el camino este de la Confederación no existía, a lo mejor iba alguno de la familia al Tranco o a Hornos. El camino bajaba por aquí y después se perdía en las profundidades del valle. Si al caer la tarde no había vuelto, en las casas los familiares se decían unos a otros: "Asómate a la Piedra de la Cruz a ver si lo ves venir".  Quizá por eso le venga lo de la Cruz. Porque era un tormento aquella espera y más todavía subido en esta piedra mirando hacia el valle por si se le veía venir. Como puedes observar, si te subes en la piedra, las vistas que sobre el amplio valle se observa, es inmejorable. Eso es la historia que tiene la piedra esta.

 

- Pues desde la Piedra de la Cruz, indícame tú ahora dónde estaba el molino.

- Justamente allí. ¿ves ese pico que se hunde en las aguas del pantano y su tono es oscuro?

- Lo estoy viendo.

- Pues exactamente derecho debajo, a juntarse con el royo que llega por el Retozaero. Ahora nos vamos a ir para allá y nos asomamos al Collado Blanco. Desde ahí se ve mejor todo ese rincón. Desde aquí arriba hasta el royo, todo esto estaba lleno de olivas. Entre los dos royos, el Rovuelto y el de Retozaero es donde crecían y eran unas trescientas. El dueño de estas olivas se llamaba Santiago Sánchez. Y la tierra que cubre el agua de aquí para abajo hasta el Tranco, es tan buena, que vale para "estercolar" otras muchas que no las cumbres el agua.

- ¿Estás diciendo que la mejor tierra es la que ha quedado bajo las aguas?

- Eso mismo estoy diciendo. Esa tierra era buenísima. Esto se puede decir que es tierra toda de primera.  

 

  LA VACA Y

LOS PANIZOS   Ir al índice

- Bueno, pues andando por este carril que hizo la Confederación, ya hemos llegado a lo más alto del  Morro Blanco. ¿Qué era aquello que me ibas a decir cuando llegáramos?

- Lo de la vaca "Cereza" que se la llevaron a la fiesta de Hornos y me cogió en el tablado. Era la hija de una tal "Clavellina". Te cuento lo de la madre y luego lo de la hija. La Clavellina era más galga que estrellas hay en el cielo. Y nadie la sentía. Nadie la sentía escabullirse del ganado y se iba de noche a hacer el daño. Claro que para ella no era daño porque lo que iba era a comerse las sementeras de maíz, de trigo o de lo que fuera.  Cogía y engarrotaba el cencerro y no la sentía nadie.

- ¿Pero la vaca hacía eso?

- Claro que sí. Agachaba la cabeza y aplastaba el cencerro contra sí misma y aquello ya no sonaba. Con el cencerro colgado en el cuello se iba al fin del mundo y no sonaba el cencerro ni una sola vez. Tenía una maña aquella vaca que se las pintaba sola. Cuando volvía sí se le sentía pero irse, no.

 

Una noche, dormía yo con ella solo. Estaba en la tiná del Collado del Almendral, la Tiná del Carrascal y tendría por entonces unos doce o trece años. Y a este lado, por donde pasa el nacimiento del royo Rovuelto, Salvador el Herrero, tenía un pedazo de maíz. Estaba entonces empanochando, ya casi granado. Pues ella que se encontró el primer pedazo de maíz, se lio pin, pin y se pegó una panzá tremenda. Fue tanto lo que comió que reventó. Pero yo tuve la culpa.

- ¿Reventó de verdad?

- Tal como te lo estoy contando. Y tuve yo la culpa porque fui un tuno. Al ver lo que la vaca había hecho con el maizal, me asusté. Me dije: "Madre mía, ahora el daño se lo achacan a mi padre". ¿Pues yo qué hice? Desde allí cogerlas y traerlas a un sitio que está ahí por encima de Los Casares que se llama Praos Altos. Pensé que cuando la gente supiera lo del maíz al ver que mis vacas estaban tan lejos a  nadie se le iba a ocurrir que habían sido las vacas del "Molinete". La lejanía era lo que yo creía me iba a salvar y no fue así.

 

No tuve picardía y al pasar por aquí, por el Retozaero, en el royo la vaca bebió agua. Se hincho de agua y claro: cuando el maíz dijo de pujarse, pues reventó. Mi hermano que en paz descanse el pobretico, dijo de desollarla para aprovechar la piel. Y cuando la abrió, encontramos los panochos enteros dentro de vientre. Partidos por la mitad y ya está.

 

Y entonces, por zafarme para no pagar el daño, perdí la vaca y perdí una fanega de panizo que le echaron  de daño a mi padre al desastre que la vaca había hecho en el pedazo.  Mi padre tuvo que pagar la fanega de panizo y perdió la vaca. Pero claro, yo iba con la buena fe de que no me achacaran aquello. "Yo las desvío de aquí y nadie sabe que han sido las mías". Es lo que me decía. Aunque también, si la vaca no hubiera sido tan bestia, no le hubiera pasado lo que le pasó. Pero es que era lista como el hambre.

 

Y como te iba a decir: ella tuvo una hija, una becerrilla. Tendría como tres meses cuando le pasó a la madre lo del panizo.  Pues como la vaca se murió se quedó huérfana. Le estuvimos dando leche durante un tiempo y luego la novilla, salió brava. Estaba enrazá en brava. La llevamos a la fiesta de Hornos. Yo estaba sentado allí en unas maderas y vino y me pegó un viaje. Es que otro, dentro de la plaza, la enrabió. Ella así que vio que se iba a esconder, se metió por entre mis piernas por un palo, y el viaje que le pegó la vaca, en lugar de llevárselo él me alcanzó a mí.

 

DESDE COLLADO BLANCO  

Desde el cerrete en que hemos venido a parar, se ve todo lo que fue la hermosa llanura del Retozadero. Hoy lo cubren las aguas del pantano y más arriba se ven los arroyos del  Fraile y el de la Cabañuela. Miro a Amigo segundo y le pregunto:

- ¿En el poyo ese que tenemos enfrente es donde vivió la tía Dorotea?

- ¡Qué va! El cortijo de esta mujer estaba en todo lo alto de la cumbre. Más arriba de la Cabañuela. Este poyo que tú dices era la Tiná del Roblaillo. Ahí he dormido yo muchas noches con el ganado. Con las cabras en la tiná esa.

Miro asombrado y no acabo de creerme que en una cumbre tan alta viviera en soledad esta mujer tan mayor que todos por aquí conocen con el nombre de la Tía Dorotea.

 

- Pues allí vivió. Todo el monte aquel que se ve en la cima, lo que no es pino, son sabinas y enebros. Un huerto tenía ella  y cuatro cosillas.  Regaba con el royo ese. Yo lo he conocido aquello con cerezos. ¡No he comido cerezas de esos árboles! Cuando llegué a conocer aquello ya no existía ella pero me lo contaban mis tíos, los de la Cabañuela. Me decían que vivía sola por completo. La casilla también he llegado a verla pero ya arrumbada. 

 

En este momento es Amigo primero el que habla y dice:

- Hace un rato me venías comentando que tú sí sabías la historia de la Tía Dorotea.

- Yo sé lo que me contó Juan Paco, que también vivió por aquí y ahora está en Villanueva.

- Pues a mí me gustaría que nos dijeras lo que sabes y, además, me gustaría que también nos  dijeras lo que Juan Paco y tú hablasteis de este lugar aquel día del otoño pasado.

- De este lugar, Juan Paco aquel día, me dijo bastantes cosas bonitas que tenía pensado guardarlas para el final. Porque también, cuando hoy terminemos de recorrer este montón de ruinas, quería haceros una pregunta importante.

- Pues entonces ya está todo decidido.

 

A MISA VIGILADOS 

- Te tocaba a ti.

- Yo sigo diciendo que si  nos venimos desde todo lo alto de esas cumbres hasta este valle del Retozaero, cuando llegamos a donde se juntan los dos royos, el de los Frailes y el de la Cabañuela, ahí mismo tenía mi abuela su huerta.  Un poco más allá, donde se ve esa tierra blanca, estaba la huerta del que se llamaba Francisco Garruchas. Entonces esto era una finca particular de Los Parras. En Rosalina tenían otro que era de Los Olivares. Esparteñillas, me parece que le decían. 

 

      Por este collado pasaba el camino que iba a Hornos. Al llegar a los arroyos, se cruzaba por un puente y las bestias por el agua. Ya pasado la guerra, en el cortijo de Los Casares había un vivero. Empezó a venir, por aquellas fechas, un cura a decir misa todos los domingos a esta iglesia de La Aldea. Aquí en la sierra siempre hemos trabajado domingo y días de fiesta. A los animales y las tierras se tiene  que atender todos los días del año. Pero cuando empezó a venir aquel cura, en cuanto pasaba por el camino para arriba, teníamos que dejar los que tuviéramos entre mano y venirnos a la iglesia a oír misa.  Todo el mundo entraba a la iglesia y, además, allí había unos cuantos vigilando. Esto ya estaba expropiado. Eran los ingenieros los que le ordenaban al capataz  que nos trajeran a todos a misa. 

 

       UN CAMINO 

PARA EL CAUDILLO

 Como cuando vino aquí la primera vez Franco, que fue en el año cuarenta y cuatro.  La carretera esta la empezaron a hacer desde el Vadillo y la concluyeron en el Tranco. La hicieron para que pasara el coche del Caudillo y por eso era estrecha. Sólo podía pasar un coche. A Franco de siempre le habían dicho que en estas sierras de Cazorla no habitaba nadie.  Que esto era como un desierto y que por eso eran tierras buenas para hacer el Coto Nacional. Pues cuando él venía, los días que aparecía por aquí, a la gente que estábamos en los cortijos, no nos dejaban salir. Nadie podía transitar por ningún camino. Todo el día en la casa de uno para que nadie apareciera por ningún rincón de estas sierras. Eso era para que creyera que aquí no había seres humanos.

 

Llegó un momento en el que se descubrió que eso no era verdad pero cuando llegó ese momento, ya nos habían expropiado a todos.  Ya nos habían quitado casi todo lo que teníamos. 

- ¿Y quién era el que tenía ese interés de que no se viera un serrano por la sierra?

- Fue el ingeniero jefe. Que todos lo conocíamos y todos sabíamos quién era. Por aquellas fechas él era el que mandaba en toda la sierra. Estaba empeñado en demostrar que aquí no vivía nadie.  En aquel cortijo que había enfrente, estuvo Franco. En el Cortijo de Rosalina. Cuando la riada de Tarrasa, estaba ahí.

 

Entonces hicieron un camino a todo alrededor de Cabeza de Viña. Por ahí se paseaba él y luego echaba sus ratos de caza en el puesto que le prepararon. Pero allí está el cortijo. Que aquella es la Fuente de Los Torneros. Y más arriba del cortijo hay una tiná, que ya estará derribada, que es la Tiná de Rosalina también. Es donde mi padre encerraba el ganado de Los Olivares. Que eso era de Los Olivares. Ya te lo hemos dicho: eran dos fincas independientes. La de este lado, por el Retozaero y todas estas tierras, eran de Los Parras y aquellas de Los Olivares. Los Parras eran de Orcera y Los Olivares creo que  eran de Siles. Aquello pertenecía a las tierras de este molino  que eran dos señorita de Siles, primas hermanas. Las señoritas de Siles que decimos que eran solteras, eran primas hermanas de Los Olivares.

 

Por aquí abajo, por donde estaba el molino, había unas huertas muy hermosas. Desde aquí hasta aquella zona lejana, se le decía terrenos del Estado. Había una señora que se llamaba María Juana y estaba coja. María Juana la Coja, que le decíamos. Tenía dos hermanas aquí. Una que se llamaba Filomena y otra Legaria. La Legaria iba andando baldá no podía andar derecha porque estaba baldá la pobretica. Y claro, eso no lo expropiaron: lo llenó el pantano y no les dieron un duro a las pobres mujeres. A esas no le dieron un duro.

    

Lo tenían entre un guardia civil que había aquí que le decían Palomares, retirado y el  Corzo, Perico el Gordo. Entre cuatro o cinco tenían ese trocico de tierra tan buena y de donde ellos sacaban para ir comiendo. Pues a ninguno les dieron un duro. Y no crees: eran las personas más buenas y más pobres de toda esta aldea. Los que más lo necesitaban y los dejaron por completo desamparados. 

- ¿Y por qué hicieron eso así?

- Nadie lo supo nunca. Ellos, como tan pobres eran, tampoco dijeron nada. El caso es que aquellas pobres mujeres se quedaron desamparaicas.

 

  ESCOPETA BOCA ABAJO 

- La fiesta de San Miguel sí era importante en esta aldea.

- Era la única fiesta que teníamos buena. Pero por Semana Santa, entre todos los serranos que por entonces vivíamos aquí, teníamos una costumbre muy bonica. Esa mañana se sacaba el ganado muy temprano para darle de comer. Cuando llegaba medio día, todo el mundo encerraba el ganado y se juntaban las familias a comer. Jueves Santo y Viernes Santo eran sagrados pero de verdad, para todos nosotros. Una costumbre que venía desde muy antiguo y sin que nadie nos lo pidiera ni nos obligara, nosotros lo consagrábamos. La obligación te la ponías tú mismo. Te decías: "Hoy es Jueves Santo, pues a la siete de la mañana ya tengo que estar por ahí con el ganado dándole careo".  Cuando llegaban las doce, a encerrarlo y con la familia. Se juntaban los padres, los hijos, las hijas, en fin, toda la familia.

 

Costumbres que todavía existen en algunos pero ya no es lo mismo. En aquellas fechas, el Jueves Santo y Viernes Santo, nada de tocar una guitarra. Y las armas de fuego, escucha bien lo que te digo: el que tenía una escopeta en su casa, la dejaba colgada donde estaba pero sin munición y con los cañones para abajo. Eso lo he vivido yo hasta no hace mucho en Coto Ríos. Tenía una escopeta que se la he pasado a mi hija que vive en las Ericas. Yo por mi edad, ya no puedo tener licencia.

 

Pues yo todos los años, por la mañana en cuanto llegaban las doce, mi escopeta con los cañones para abajo y descargada. Así hasta el Domingo de Resurrección. Eso era una costumbre que todo el mundo siempre hemos respetado en estas tierras. Eso yo lo he heredado de mis abuelos y ellos de los suyos y sabe Dios desde donde viene la costumbre.

- ¿Y tus abuelos te han contado a ti qué significaba?

- El significado yo exactamente no lo sé pero era como un respeto. Como Dios está en los cielos, pues para que no mirara para arriba por si acaso saltaba el tiro y le alcanzaba al Señor. Yo creo que tenía esa mira, aunque a mí no me lo han llegado a decir.  Pero yo siempre lo he visto con esa intención.

 

Decir: claro, si la escopeta se dispara sola por alguna cosa, pues sale el tiro para arriba. Aunque dentro de la casa no va a hacer nada pero es un respeto. Como si dijéramos: "Que no mire para arriba que es donde está Dios. Que mire hacia la tierra". Es así. Es como hemos dicho antes que no sé si se ha acabado de decir y si no lo decimos otra vez: el respeto que había antes de niños a viejos. No que fuera hijo tuyo o hijo mío o tal. Que un hijo mío le hacía cualquier cosa a este hombre o a ti, entonces este hombre me lo dice a mí y ya tiene la rencilla sino la paliza. Hoy, le toco yo a un hijo tuyo y madre mía. Me pone en los papeles.

 

PELEANDO LAS VACAS  

Desde el puntal de Collado Blanco, nos movemos de nuevo ahora hacia las ruinas de la iglesia. Ya el sol se ha levantado bastante y calienta fuerte. Está seca la tierra y bajo nuestros pies el pasto blanco, cruje tostado. El pantano es otra cosa este verano. Casi rebosa ya de tan lleno y a pesar de que unos meses atrás, septiembre y octubre, se podía ver la torre de Bujarcaiz y las tierras resecas de las partes más hondas.  Amigo segundo se lo comen los recuerdos.

- Aquí mismo, estaban las eras. Y aquello se llama la umbría. Pasando ahora por las tierras donde estuvieron las eras me acuerdo yo que en este tiempo, a las vacas les picaba la mosca y se metían ahí. También  María habla que en su Cortijo del Soto un muchacho tuvo una aventura con las vacas.

- ¿Lo has leído tú eso?

- Claro que lo he leído. Había aquí un señor, que me parece era el Esparteñilla. Aquellos que vivían en el cortijo de Marcelo que eran de Cortijos Nuevos y tenían muchas vacas. Bueno pues mi tío tenía una vaca que se llamaba Zafranera. Era aquel animal un hacha peleando. Luego le dio el mal de oreja en la loma aquella y murió.

- ¿Qué es el mal de oreja?

- El sol que se le metía en la cabeza y se quedaba como tonta, paralítica. Pues aquel día  nos juntamos  los zagalones y uno decía: "Yo tengo una vaca que es mejor que la tuya". El otro contestaba: "Pues eso no es verdad, la  mía le gana a todas". Y así porfiábamos unos y otros a ver quien tenía la mejor vaca.

 

Transpongo yo allí adentro y saco la vaca de las eras. Me la traigo y les digo: "Venga, echarle vacas a esta mía ya veréis como les pueda a todas". Empezaron a echarle vacas, una por una y a todas se las cargaba. Uno de los que estaban por aquí, en la aldea, nos vio y fue a mi tío: "Su sobrino ha sacado la vaca y la está pelando con las de los Esparteñillas ahí en las eras". Le dijo. Salió mi tío corriendo y cuando llegó me cogió y se lio a lambríos conmigo que me iba a matar. De aquella aventura me acuerdo yo muy bien y aunque me calentaron, yo me quedé contento porque mi vaca le podía a todas la otras. Estuvo un par de año, que se puso muy gorda, y cuando se peleaba hasta a los toros les podía. Los toros que tenía el tío Caleras, cuando se los echábamos para que la cubriera, se liaba la tía con ellos y los toros tenían que salir corriendo.

 

A Amigo primero, que también le hierven los recuerdos, no hay quien lo tenga callado un minuto. Aprovecha lo de la vaca de Amigo segundo y añade:

- Lo mismo se probaban en las peleas que en la labor. Entre nosotros nos gustaba fanfarronear diciendo: "Mi vaca tira mejor que la tuya". "Pero la mía labra mejor". "Pues lo que le cunde a la mía, no le cunde a ninguna". Siempre acabábamos la discusión diciendo: "Nada, en este caso, lo mejor es uncirlas juntas. Yo digo que la mía y éste que la suya. Vamos a uncirlas juntas y así se ve cual es la mejor. Así se ve cual es la que más tira". Y entonces allí se desengañaba uno u otro.

- ¿Y cómo se comprobaba?

- Eso es fácil: aunque vayan las dos juntas uncidas y tirando del arado, siempre una va un poquito más delante que la otra. Eso demostraba que tenía más fuerza, que podía más. Y eso también lo hacíamos así.

 

   ARADOS DE MADERA  

Y entonces, que eso no lo hemos dicho pero lo decimos ahora: no eran gravanes de hierro ni vertederas ni arado de hierro: eran arados de madera.

- ¿Con arados de madera se labraban estas tierras?

- ¡De madera completamente! Solamente la reja era de hierro. Cuando luego volvamos a Coto Ríos, te voy a enseñar uno que tengo en mi casa hecho por mí. De madera todo entero. 

- Sería una madera fuerte.

- De fresno y de roble. Como daba la casualidad que entonces no había que tener miedo pensando que te iban a denunciar, na más que ir a cortar el palo que te gustaba y ya está. Después ya fue otra cosa, que si quieres luego te contaré. Pero en aquellos tiempos tú cortabas el palo que te gustaba y hacías en dental, la cama, la teba o el timón. Lo que se necesitara y te lo hacías tú mismo.

 

Ya te digo: cuando luego vayas a mi casa, te voy a enseñar uno que tengo, en pequeño, como un juguete, hecho por mí. Todo completo: la reja, la vilorta, el timón... todo hecho por mí y de madera. Sólo tiene de hierro la vilorta.

- Pues tendrás que regalarme uno que guardaré como recuerdo único y entrañable de estas sierras y mientras tanto, explícame qué es la vilorta.

- Es donde se empalma la cama y el timón. Y el timón es lo que engancha al ubio que llevan las vacas.

- ¡Esperad un poco! Me parece que hemos llegado a un punto en el que me tenéis que explicar todos los nombres de un arado. ¿Quién lo hace?

-¡ Yo, o él también!

Aclara amigo primero repartiendo los papeles. .

 

- Venga, explica qué y cómo es un arado.

- Pues empezamos por el dental.  Es la parte del arado que va arrastrando sobre la tierra. Detrás del dental van las orejeras.  Están enganchadas en el dental. Es la pieza que echa la tierra para los lados. Son dos trozos de madera con unos treinta centímetros de largos. Es para que la tierra, al pasar la reja, en lugar de que quede hundida, se esparza para los lados y haga el surco un poquito más ancho. Esto es bueno para que el sol oree la tierra. Eso sirve de cura para todos los bichos que hay. Que se vayan muriendo y quede la tierra más esponjosa. Encima de dental va una reja de hierro que sobresale de la madera, tanto así o más, según la tierra sea buena o mala. Si la tierra es muy mala, asoma muy poco porque si se clava mucho, no se puede sacar. Si la tierra es buena, asoma más. Va en la reja. Detrás va el pescuño, que es lo que presiona a la reja con el dental. Es un taco de madera que empieza fino y cada vez más gordo, cada vez más gordo hasta que acaba. Si se afloja, le das atrás con un martillo o una piedra para que la reja no se mueva. Si se mueve no se puede labrar.

 

Más detrás va la cama. Es un arte que hace esta figura. En lugar de así, como media comba. Y es así. Aquí en esta parte que baja, tiene una ranura, que no cala, para meter el dental, la reja, el pescuño y la esteba que va también en la punta de arriba. Al poner la esteba, aprieta a la esteba arriba y a la reja abajo. El mismo pescuño. Para que el dental no sufra, hay una pieza que se llama la tenilla. Nace detrás de la reja, en los hombros, y sube hasta la cama. Allí se atornilla. Eso sirve para que el dental, si tropieza con alguna piedra o raíz profunda que esté más dura que el dental, éste no se quiebre por atrás.  Ahora viene el timón aquí que son las viroltas, de hierro y empalmamos. Siempre la cama queda encima. Viene una virolta de hierro, como un tubo aplanchado un poco, se aprieta y que tire para allá.

 

Detrás de las vilortas viene la llavija. Es un trozo de madera o de hierro. Al timón, con una barrena, se le hace un agujero y por ahí se mete la llavija para que enganche el barzón del ubio. El ubio es lo que viene detrás, luego el barzón. Vamos al ubio: si es para las vacas, tiene una ranura para que le encaje detrás de los cuernos. Si es de mulos, se le pone en el pescuezo y vestido con ropa para que no se dañen los animales. En el centro del ubio tenemos un roto, una ranura larga.

 

    Ahí se mete, antes se metía porque no había otra cosa, un ramal de esparto. Se le daba vueltas, vueltas y luego abajo, otro que es donde se metía el timón. Metes el timón, le pones la llavija y a labrar.  Aquello se rompía mucho. Pues cada día había que hacer una porque como el esparto es flojo, en cuanto llevaba un día aguantando los tirones, se rompía.  De noche, el rato de lugar que tenías, a hacer cuerda de esparto. La vida es que ha sido muy esclava. Entonces se echaban las veinticuatro horas del día sin parar en una faena u otra.     

- Pero para llevar el arado de una besana a otra ¿cómo lo hacíais?

- Desmontado. Es que si coges el arado armado, que se llama así, pues la bestia no puede llevarlo. Le sobresale por las orejas. Para transportarlo siempre se desarma poniendo en un lado el ubio y el timón y en el otro lado, el cuerpo del arado, solo. 

 

TRENZANDO ESPARTO 

- Fíjate lo que te decía: entonces al ser de día te ibas a labrar o a trillar o a lo que fuera. De noche cuando venías, tenías que cuidar los animales, echarle un poco de comer. Cuando terminabas, el rato que tenías libre, a hacer esparto. O bien una soga, una  mediana, un ramal para las cinchas, un ramal para la cabezá.  En fin: que a todas horas teníamos oficio. Dormías cuatro o cinco horas y eso era mucho. 

 

- ¿Dónde cogíais el esparto?

- Venía gente del Pozo, los arrieros lo venían vendiendo. Para trabajarlo, nosotros lo cocíamos. Porque el esparto, si lo dejas que se seque recién cogido, vale para hacer pleita. ¿Sabes lo que es la pleita?

- Sí que la he visto.

- Para que sirva para hacer ramal, soga, cordel, guita, para hacer todo lo que quieras, se mete un mes en agua. Cuanto más curado esté más tiempo hay que tenerlo en remojo. Si está más tierno, menos. Pasado este tiempo, se cuece. Una vez cocido, lo picas con una maza, contra otro palo. Te lo explico: un palo liso para que al machacarlo no se corten las hebras del esparto y una maza también redondica o lisa. De un trocico de madera, de carrasca o de lo que sea, se le hace el puño para abarcarlo así y lo otro gordo y dale y dale hasta que se pone menudico.

 

Ya en hebras finicas, lo retuerces con los dedos y se hacen sogas, cordel o lo que sea y no se parte. Si lo trabajas sin meterlo en agua, pues al machacarlo, se rompe. Con la misma maza al machacarlo, se hace harinilla y eso no vale para nada. Vale solamente para la pleita, porque es una cosa que tiene que estar muy tiesa. Al torcerlo, se corta también y te llevas un cacho por cada lado. Si lo has metido en el agua, ya no se rompe. Se rompe también pero ya con su tiempo correspondiente.      

 

- Y tú ¿también madrugabas tanto?

- A las cinco de la mañana, ya estaba levantado comiéndome las migas. Pero antes de esta comida tenía que machacarme un par de manojos de esparto. En un rulo que había, allí en Las Tinás, que era donde yo vivía.

- ¿Y qué eran Las Tinás?

- Uno de los tres barrios del poblado. El rodal de casa que había más hacia el lado de Los Cerrillos. Pues allí, algunas veces con teas tenía que alumbrarme para picar el esparto. Luego me comía unas migas y ala, al campo con los animales.

- ¿Migas solas?

- No había ni leche de animales ni otra cosa. Las migas solas y un trago de agua. Otras pocas para luego comérmelas al medio día y ya estaba la comida.

- A la escuela ¿cuándo ibas?

- Cuando era pequeño, iba al colegio, en una escuela que había aquí. Había un maestro que le decían don Matías. Que era un maestro muy bueno, de lo que nos quería a los chiquillos y lo bien que se portaba con nosotros. Pero luego aquel hombre se jubiló o en la guerra se lo llevaron y vino otro que le decían don Enrique.

 

      BOLA "RODA"  

Alfonso Tocino y Domingo, eran de los muchachos más grandes en la escuela y eran de los que más sabían. En la era, el maestro hizo unos montones y había que ir de uno a otro diciendo "Bola rodá". El hijo de Santiago Matamoros, el Francisco, el Flores y yo, no sabíamos decir bola rodá, decíamos "Bola zorá".  Y venga palos con nosotros. Y nosotros bola zorá. Tan pesado y tantas vueltas le dimos a  aquello que nos quitaron de la escuela porque no se nos metía el son de la erre. Así que lo de mi escuela, cuando tenía cinco o seis años, la recuerdo precisamente no por lo mucho que aprendí, sino por los palos que me pegaron y por aquello de la bola rodá. Eso no se me olvidará a mí nunca.

 

Antes de eso, el maestro me mandaba a mí, a lo de Palomares, a por tabaco. Me daba dos reales y le traía una cajetilla de tabaco, una caja de mistos y un librito de papel y aún me sobraba dinero. En eso, sí me trataba bien. Yo era siempre su mandadero. Lo de Palomares era el único estanco que había en este pueblo.

- Pero yo tengo entendido que el tabaco en la sierra, siempre se ha sembrado. Tabaco verde, que es como se llama.

- Aquello era tabaco de estanco. Pero es verdad: por aquí se sembraba el tabaco verde que lo trajeron los moros. Yo he fumado mucho de eso. En Coto Ríos vi, el otro día,  un poco sembrado en un hortal.

 

TABACO VERDE 

Amigo primero entra en el tema y añade:

- En Coto Ríos, algunos todavía lo siembran y recogen tabaco para todo el año. Pero ese tabaco, hoy en día, solamente lo fuman los más duros. Antiguamente lo fumaba todo el mundo y en cualquier sitio.

- ¿Por qué es eso de, hoy en día, fumarlo donde no haya gente?

- Es que ese tabaco, si hay otra persona y le da el olor,  tiene que irse. Eso además de fuerte, echa un olor muy malo. No es que huela fuerte, sino que huele mal.

- ¿Pero en aquellos tiempos?

- Lo vigilaban mucho los carabineros, que decíamos, venían de Orcera. Lo teníamos sembrado y así que veían que estaba medio crecido, lo arrancaba. Es decir, para hacer daño. Cuando ellos notaban que estaba para darle una corta, pues venían y te lo hacían polvo. Y encima te ponían la denuncia.

 

Porque ahí, por las tierras del valle que ahora cubren las aguas del pantano, tenía mi padre una huelga de tomates, otra huelga en medio y la de este lado. Había tres huelgas. La huelga de en medio, que decimos que tenía como fanega y media, pues una fanega o por ahí, había de tabaco. Como para   recoger,  a lo mejor ¿sabes lo que es una arroba? Claro, la medida que se usaba antes. Pues en la primera corta se podía haber recogido cuarenta o cincuenta arrobas de tabaco. Cuando asomaron una mañana, me acuerdo que tendría yo unos ocho años, y lo destrozaron todo.

 

Ya le estaban  diciendo a mi madre: "Que van a venir los carabineros, Julia" "Mire usted hermana Julia, mire usted hermano Juan Antonio, que van a venir los carabineros y le van a romper el tabaco". Mi madre decía: "¿Y qué hacemos si es que está todavía muy chico?"  Ya estaba así, por la rodilla  mía, más o menos. Casi a punto de cortarse.

 

Pues asomaron los carabineros, llegaron a la huelga y desde la punta abajo de la huelga, pin, pin, en banda siete u ocho tíos, con su excavillo que llevaban así, nada más que un rabillo para el puño y salieron por la punta de arriba. Lo hicieron polvo. Menos mal que todavía se aprovechó un poco y me parece que no le pusieron la denuncia. Porque mi madre se tiró por medio y le dijo: ¡ANo tenéis vergüenza ni corazón! Si somos pobre gente que luchamos por un pedazo de pan para nuestros hijos ¿por qué nos tratáis así? ¿Por qué no me habéis avisado y yo lo hubiera cortado como Dios manda y no hacer el destrozo que estáis haciendo? "

 

En fin: las mujeres ya sabes tú lo valientes que son cuando se trata de defender a su familia. Y aquellos hombres, parece que las respetaban algo más.  Por la valentía de mi madre, no pusieron la denuncia, que sino, lo mismo que a otros muchos. Todavía se recogió un poco pero ya no tenía la fuerza ni la sustancia ni el paladar que hubiera  tenido si hubiera estado bien hecho. Como si las moras te las comes verdes, amargucean. Si te las comes madura, pues te gusta. El tabaco si lo cortas verde, antes de que esté bien hecho, entonces amargucea. En ver de echar paladar verdadero de tabaco, no está bueno. Entonces ya nadie lo quiere. Y es perdido la mitad. Porque le das dos chupadas o tres al cigarro y lo tiras de lo malo que está.

 

- ¡La mala uva de esperar a que estuviera grandecito para arrancarlo!

- ¡Ah, claro! Recién puesto nunca  te lo hacían polvo. Ellos ya esperaban a que estuviera bien crecido para hacer más daño.  Es decir: buscaban el momento oportuno en que más daño te hacían. Tampoco esperaban a que estuviera bien curado. Porque aunque las hojas las hagan polvo, vas recogiendo y valen. No lo cortaban ni recién nacido ni luego cuando ya estaba maduro. Ellos siempre era a la mitad para hacer mucho daño. Y no anduviera reclamando mucho que te ponían una denuncia. Y tenías que pagar, entonces si tenías que pagar.

 

RETAMA PARA

EL PALUDISMO     

Como hemos dicho antes: los tomates nos lo comíamos cuando lo criábamos nosotros. Directamente de nuestra tierra. Una sandía, un melón, una habichuela, lo que fuera.  Hoy la gente dice: "pues yo voy a la plaza y compro un kilo o dos de tomates y ya tengo para la semana". Pero es que entonces, lo primero es que no había dinero para ir a comprar, lo segundo es que no teníamos posibilidades porque lo más cerca era Hornos, que coge de aquí  cuatro o cinco horas de camino. Para arriba, si tiramos a Cazorla, son siete horas. ¿Adónde  ibas a por un kilo de tomates si cuando llegaras aquí ya estaban hecho polvo de traerlos en las espaldas?  Porque esto de un coche y decir: "voy y en hora y media estoy de vuelta", por entonces, era un sueño. Pues tenías que aguantarte.

 

Yo me he comido un tomate o una lechuga, cuando lo he criado. Y pasar calamidad. Porque pasábamos falta. 

 

Mi amigo se anima ahora y completa el tema diciendo:

- Si te daba una pulmonía, con una hierba que hay que se llama "manrubios", te daban nueve tazas de aquellas y si tenías suerte se te quitaba y si no te morías. Los médicos por aquí no se veían ni en pinturas. Para el paludismo, tomábamos bolas de retama.

- ¿Y eso daba resultado?

- A mi se me quitó. No sé si fue por las bolas de retama o porque Dios lo quiso. Para el refriado, se cogían conchas de fresno, se cocían y se tomaban en infusión mezcladas con tomillo, zuros de panochas e higos cocidos. Todo eso para quitarte el refriado. Mi madre que en paz descanse, murió de las calenturas martas. Ya vez tú lo sencillo que es hoy curar una calentura de esas. Pues la llevaron hasta Jaén y se murió. Mi padre tenía cuatro cabras, como se dice pero para ir viviendo, era suficiente. Lo tuvo que vender todo y se quedó en la ruina. Se quedó sin mujer y sin dinero. Dos hijos tenía, yo con nueve meses y el otro con tres años. O asea, que esa es la historia de los médicos por aquellas fechas, aquí. Las mujeres se morían de  parto, como decían, porque no tenían asistencia. Había una señora, La Josefina, que era la que hacía de comadrona.   

 

 DURMIENDO

EN  LAS ERAS 

Nos movemos ahora por detrás de la iglesia. Y por aquí, según me cuenta Amigo segundo, estaban las eras.

- En aquellas noches de temperaturas suaves, cuando las parvas se amontonaban en estas eras, la gente se salía a dormir al abrigo de la paja. Pero no crea que era cosa de chiquillos y alguno más: los matrimonios enteros se venían por las noches y se acostaban entre las parvas. A media noche, siempre había algún gracioso que se le ocurría la travesura. Llegaba, y cuando las mujeres estaban durmiendo, le empujaban un poco y la ponían al lado del compañero. Si de pronto se despertaba, en aquel mismo momento se liaba el follón. Unas escandaleras que se enteraba toda la aldea pero aquello siempre terminaba como entre hermanos. Se trataba de bromas que se hacían entre los más conocidos y por eso todo quedaba en una travesura de niños mayores.

 

Había uno que le decían el Caco que era muy malo. Para pasarlo bien, lo llamábamos y salía detrás de las mujeres corriendo por las eras. De estos días buenos si me acuerdo yo, porque nos lo pasábamos bien. Era una diversión entre amigos que venía a poner su nota de entusiasmos a la monotonía de la lucha diaria.  Nos divertíamos mucho aquí. Nos llevábamos bien, todo el mundo. Eso sí te lo puedo asegurar.

 

JUGANDO A  LA  PITELE   

  - ¿Cómo era ese juego que me decías antes?

- Se llamaba la Pítele. Era un palo como este, de un metro o así y otro como un bolígrafo con dos puntas. Lo poníamos encima de una piedra como esta, procurando que una de las puntas quedara en el aire. Con el otro largo le dabas en esta punta y el palo pequeño botaba. El compañero repetía la misma operación y de los dos, el que más lejos mandara este palo pequeño, era el que ganaba. Ganaba para tirar de manos. Entonces  el otro iba a por el palo pequeño y me lo tiraba a mí. Cuando el palo pequeño venía por el aire yo tenía que darle y si esto sucedía, ya tiraba de nuevo. Si no le daba, el compañero seguía tirándome el palo y a lo mejor, si no le daba ninguna vez, pues lo  hinchaba de correr para allá y para acá.

 

A final del juego, porque tirábamos cada vez con una postura distinta, había un premio. El que ganaba todas las partidas, se ponía aquí y le daba un golpe al palillo corto, luego otro golpe y una tercera vez y  donde, después de tres veces seguida, se quedara el palillo, ende allí tenías que traer a cuestas al otro hasta aquí. Es decir: el premio que recibía el ganador del juego era que el perdedor tenía que traerte a cuesta hasta este punto. Ese era un juego muy divertido y que ya te digo, se llamaba la Pítele.

 

Como Amigo segundo ha leído el pequeño libro que hace unos días se empezó a conocer por la aldea del  Tranco y de Hornos y que habla del Cortijo del Soto de Arriba, hoy bajo las aguas del Pantano del Tranco, de vez en cuando recuerda algunas de las cosas que en esas páginas cuenta María de la Cruz.

- Lo que esa señora cuenta del juego de los bolos, está muy bien pero ella no dice lo que valía uno y lo que valía otro. Yo te lo voy a explicar a ti para que lo sepas. El mingo, que es el primero, que eso sí lo dice bien, se llama mingo, vale tres. Pero si lo sacas de donde está a la raya siguiente, vale diez. Y los otros valen por un bolo. Se iba a doce rallas, me parece.

 

Eso sí lo dice ella bien: se jugaban pues una arroba de vino o un litro, lo que fuera. Tu amigo precisamente tenía dos hermanos muy buenos para los bolos. El Andrés y el Pedro. Yo tengo un hermano que de siempre fue el encargado de hacer las bolas. Las bolas se hacían como bien dice esa señora, con su ranura para  meter la mano. Ya te digo: aquí había  unos cuantos que eran muy buenos jugando a los bolos. La bolera primero estuvo donde estaba el tornajo que decíamos. Y luego la pusieron en la Noguerilla. De última, ya allí en la era, que había una llanura grande. El te quería contar una jugada histórica que un día se dio en esta aldea.

 

EL MEJOR  BOLERO  

- Pues cuenta, a ver como fue esa jugada.

- La protagonizó mi hermano el mayor, que se llama Pedro. Era muy buen bolero pero zurdo por cierto. Un hijo del tío Vicente el Anaclán, que se llama Vicente y también era zurdo, se jugaron un partido mano a mano. Pedro mi hermano y Vicente el hijo. Eran los dos mejores en toda esta aldea. Dos buenos campeones de los bolos.  Se apostaron una arroba de cuerva. El que perdiera tenía que pagar la arroba de bebida para todos los que estábamos allí. Yo era un chiquillo pero en fin, para todos. Estaban ya a punto y cinco rayas. Si tú hacías una punta, una raya, y  yo también, pues entonces estamos empatados. El que antes hicieran seis rayas, aquel ganaba. Le echa Vicente el Anaclán a mi hermano, los últimos bolos. O sea, que ya no había más. Porque él se echó digamos, diez y dos, doce y dos para acá, catorce y uno que se añadía, quince. Que era el máximo.

 

Entonces mi hermano tenía que arramblar para allá y sacarle el mingo a la raya de diez. Y luego arramblar para acá otra vez, para hacer los puntos necesarios. "¡Ea, vez Pedro, caramba molinero, ya has perdido hombre, ya! Le decían unos y otros. Era imposible mejorar la jugada que el compañero tenía.  Arramblar para un lado y para otro, todos decían que aquello era imposible.  Mi hermano dice: "Tranquilos muchachos que todavía no se sabe nada. Si pierdo, no habrá quien pague nadie más que yo". Esto no es porque sea hermano mío, que si estuviéramos cerca, él confirmaría todo lo que estoy contando.

 

Total que tira, bun, bun, el bolo, a la de diez y los dos bolos para allá. En total, doce. Para acá tenía que derribar los tres otra vez y si no, perdía. Le tira al primero en la punta y al darle en ese sitio, bun, los otros rodando. Doce más. La máxima puntuación. Se quedaron si habla todos. Había allí por lo menos cuarenta tíos. Todos se quedaron sin respiración y la arroba de cuerva la pagó Vicente el  Anaclán. ¡Aquella jugada de bolos,  fue una de las mejores que por aquí se había hecho hasta entonces!

 

Mientras Amigo primero me ha ido contando lo de la jugada más bonita que se dio en esta aldea, como ya estamos andando por las tierras próximas a donde estuvo la iglesia, por la parte de atrás, no dejo de mirar las paredes que todavía siguen en pie, representando el símbolo de no se sabe qué. 

 

   EL SANTO

MAS QUERIDO   

- Es que todos lo santos que había en esta iglesia, cuando la guerra, los quemaron en el arroyo aquel. Yo digo una cosa: no soy ni de un lado ni de otro pero creo que un pedazo de madera, aquellos santos nuestros, no tenían culpa de nada. San Miguel era el santo más querido de aquí. Y para que  sepas, esa imagen la pagamos entre todos los vecinos.

 

Lo hicieron como se hacen las cosas: el que podía dar un duro, lo daba y el que podía dar dos, pues también lo daba. Cada uno dio con arreglo a lo que podía. Entonces, a Los Anaclanes, a Los Herreros y a Los Molineros, que éramos nosotros, nos echaron más. A los otros le echaron a cien pesetas. A cien pesetas cada casa, cada vecino. Y a nosotros, a las tres familias que te he dicho, como acaba de mencionar mi amigo, que éramos los que más podíamos, nos echaron a ciento cuarenta pesetas. Veintiocho duros.

 

El único acreedor que queda, en este rodal de cielo que hay aquí en La Aldea, soy yo. Porque los demás están todos fuera. El más cerca se encuentra en Callonge, Palma del Río.

- Cuando ya derribaron la aldea ¿a dónde fue a parar el santo?

- Me parece que se lo llevó una mujer que vivía en la Solana de Padilla, esposa de un tal Adolfo y ella se llama Valeriana. Me parece que se lo llevó esa señora. No me lo hagas fijo pero me parece que está en Espeluy y lo tiene una tal Valeriana, hija del Gato del cortijo de Mojoque.   

 

LOS PINOS BUENOS  

- Y lo de los Pinos Buenos ¿qué era?

- Eso está más arriba de las Corralizas, donde vivía el tío Víctor que también subsistía del ganado. Pero ese sí tenía mucho. Por lo menos doscientas o trescientas cabezas, que entonces, eso era una fortuna. Pues más arriba de las Corralizas crecían cuatro pinos de aquellos gordos. Tan grandes eran que cuando los cortaron, con un trozo de metro y medio, cargaban un camión. Aquellos pinos eran una auténtica maravilla. Fue una pena que los destrozaran de aquel modo. Y había uno que tenía hasta una higuera en la cruz. Tenía el tronco hueco y por ahí se habían metidos las raíces de una higuera. Una de las muchas grandes riadas que por aquellas fechas bajaban por el Guadalquivir, arrastró un tallo de higuera, se metió por el agujero del viejo tronco de este pino y ahí enraizó, desarrollándose con todo vigor. Pasado el tiempo, aquello se convirtió en un gran árbol que daba gusto verlo de lo curioso y bonito que era. Daba higos y todo y eran muy ricos. Casi de juguete parecía aquel pino tan grande y la higuera creciendo en el mismo tronco como si fuera una rama del mismo árbol.

 

A la sombra de aquellos pinos llevábamos las vacas para que sestearan. En verano todos los días y también muchas veces, las cabras. Como nos juntábamos muchos zagalones, mientras los animales sesteaban a la sombra de aquello magníficos pinos, nosotros nos bañábamos en el río, porque aquello ya era el Guadalquivir. Aquellos eran los verdaderos Pinos Buenos. Por debajo quedaba el Vado de los Pinos Buenos.

- ¿Y Pinos Buenos, se le decía por grande o por qué?

- Porque daban piñones verdaderos, de esos que se comen además de ser grandes como un bosque entero. Por todas estas tierras no había otros pinos que dieran piñones que se comieran ni tampoco árboles tan grandes como esos. Ya te digo: eran sólo cinco ejemplares y entre los cinco pillaban media ladera. Con mis propios ojos los vi yo cuando los cortaron.

 

Todas estas tierras para abajo estaban repletas de  grandes robles. Por aquí, vivía entonces un señor, que era el yerno del tío Caleras, que se dedicaba a hacer carbón. Ese hombre, ayudado por otros, fueron los que cortaron aquellos cinco Pinos. Y los cortaron con unos serrones de aquellos grandes que se maneja entre dos o cuatro hombres. "Tronzaores" era el nombre de aquellos artilugios. La tragedia fue una odisea. Los troncos se los llevaron para madera y de las ramas aquel hombre hizo carbón. Desde las juntas de los ríos, para acá para La Aldea y de las juntas para Hornos, todos los robles, encinas y pinos que se cortaron, fue aquel hombre el que  los convirtió en carbón. Una verdadera pena los  grandes bosques que aquí se destrozaron para que el pantano remansara sus aguas.

 

Me acuerdo que este hombre  vivía en La Aldea también. Donde vivían las mudas, al lado de arriba, tenía  él su casa. Entre las mudas, que ya te hemos dicho eran tres hermanas y las tres mudas, y las otras. Este hombre tenía tres hijas. Vino un año de hambre muy malo y tan mal lo pasaron esas criaturas, que cogían las ratas y se las comían. ¡Pobres muchachas el hambre que soportaron!

 

COMIENDO YEROS  

Y este Bernardo que antes  te mencioné, también tuvo un grave accidente. Era en ese año del hambre y el hombre tenía unas vacas de un señor que le decían en tío Moreno. El Herrero que tenía una fragua aquí mismo. Estaba su casa, la fragua y el cementerio a continuación. Pues ese tenía un par de vacas y estando en la cárcel, porque lo metieron en la cárcel, se las dieron a este Bernardo. El dueño le dejó también yeros para que se los echara a las vacas como pienso. Pero como este hombre tampoco tenía nada para darle de comer a sus hijos, cogió y molió los yeros y con la harina hizo migas. Y claro, según tengo yo entendido, el yero es muy malo. Se le daba  como pienso sólo a los animales que "rumean". Pues aquellas pobres personas estuvieron a punto de morirse con las migas de harina de yeros. Le tuvieron que dar aceite y todo lo que pillaron y, aún así, lo pasaron muy mal. Si es que no tenían nada para comer.

 

Y en cuestión de la comida, en aquellos años tan malos, ocurrieron tantas  cosas que uno se acuerda y no acaba. Aquí había unos muchachos que estuvieron trabajando muchos años por estas tierras. En los pinos, en la carretera y hasta incluso en el vivero. Vivían en la posada. Y como tampoco tenían para comer, se iban a los Salaos, al llano aquel que pega al castillo y sacaban la grama. Luego la ponían que se secaran y hacían ajo de harina de aquello. Pero como eso tampoco es alimento para criaturas, les entraron unas diarreas que se murieron dos de ellos. Pero claro, las pobres criaturas, como ya decíamos antes, no tenían otra cosa que comer. Aquellos fueron unos años muy malos para todo el mundo. De los campos estos, se cogían las achicorias, las borrajas, las collejas, los cardos. Casi todo servía para alimentarse. Las personas pasaron mucha hambre.

 

En mi casa no faltó el pan, Gracia a Dios pero otras familias, lo pasaron muy mal. Ya te he dicho que algunos  murieron. Los Tomillos, Los Zambombas y Bernardo. Es que aquella hambre fue  general por toda España. En Villanueva, también  murió mucha gente.  Recuerdo yo que un tal Alfonso, hijo de Domingo Tocino, ese iba con las vacas todos los días conmigo. Y todos los días, no por yo hacerme este favor, le daba la mitad de la merienda mía. De la poquita que llevaba, que llevaban nada y menos. El total de la merienda que llevaba era la mitad de lo que suele ser corriente, pues de esa mitad, le daba a él la mitad. Siempre me decía: "¡Pero hombre ¿me das la merienda?" Y yo le contestaba:"Mira, yo que por lo menos, esta noche voy a cenar, un ajo de harina pero tú no vas a comer nada".

 

 Cuantas veces,  si tuviéramos cerca que se llama Alfonso, que ya ha muerto, cuantas veces se ha comido mi merienda. Muchas, muchas. Yo creo que por eso no se murió aquel invierno ese pobre muchacho que por encima de todo era una excelente persona. ¡Ea! Si no había nada más que hambre. Pero daba lástima ver a las personas que no tenían nada que llevarse a la boca y no darle, aunque fuera un cachillo, de lo que uno llevara.  Aquello daba lástima, y aunque uno también pasaba hambre, compartía con los otros el trozo de pan, el puñado de miga, la arenque o lo que se tuviera. Si luego ellos te ayudaban también en lo que pudieran. Y este, porque sus tíos y su abuela, tenían. Mas o menos pero tenía para comer todos los días. Es que su tío de este, Andrés Fernández del Río, hermano de su padre,  era el mayoral que tenían Los Parras aquí. El mayoral de las cabras. Los Parras a lo mejor eran dueños de mil cabras y para cuidarlas, tenían cuatro o cinco pastores. Uno de ellos, era el mayoral, es decir, el responsable de todas las cabras.  Por eso su tío tenía cabras propias también.

 

LA PERRA SABINA  

Es que cuando yo tenía doce años, como mucho, iba con mis vacas hasta laico de la Piedra del Acebuche que está cerca del cortijo de Los Casares, donde vivían Los Parras. Unos de aquellos días, vi a la perra del mayoral a laico de la Piedra del Acebuche, en un sitio que se llama la Fuente de los Ermitaños.

- ¿Cómo se llamaba la perra del mayoral?

- Una Sabina y la otra Paloma pero la Sabina era la jefa y madre de Paloma.

- Iba yo por bajico de mis vacas hacia la tiná El Acebuche. Y la perra estaba allí. A cuarenta metros o así, pasó el mayoral y me dice:"Ten cuidado que está la perra ahí". Digo:"A mí no me hace nada". "¿Cómo que no?" "Por que yo sé que la perra está guardando a un choto y aunque me acerque, si no lo cojo, la perra a mi no me hace nada".

 

Tenía esa confianza porque  cada vez que la vía  le echaba un pedacillo de pan y por eso el animal ya me conocía. Sin embargo, el pastor insistió y me dijo: "Pues acércate que te vea yo". Total que me acerco y estuve de la perra a dos metros o así. Me dice el pastor: "Pues es verdad que no te hace nada pero intenta coger el choto".  Entonces le contesté: "Eso ya sé yo que no puedo hacerlo. La perra me conoce pero ella esta guardando el choto. En cuanto me acerque a cogerlo, me ataca. Así que el choto no se me ocurrirá tocarlo". Y entonces el mayoral le dijo a la perra: "Sabina, a este puedes dejarlo que se acerque al choto pero a otros, no". Y aquello fue así. Al choto y a la cabra, no hubo nadie que fuera capaz de acercase nada más que el mayoral y yo.

 

Otras de las cosas buenas de la perra Sabina era que ningún zorro le quitó nunca un choto. El mayoral le dejaba, en la puerta de la tiná, cuatro o cinco chotos y por allí no había zorro que se acercara. Era única. A lo mejor iba el ganado por aquella montaña y paría una cabra ahí en medio. En cuanto la perra la veía, se venía con ella y de allí no se iba  hasta que no vinieran  a por la cabra.  Tú te podías ir a Coto Ríos y dejar la cabra  en medio del monte con el chotillo recién nacido que no había zorro que se arrimara al animal.

 

Ya te digo: ahí en la tiná del Robleillo, que yo he estado con mi tío, le dejábamos cuatro cabras recién paridas. No la metía dentro de la tiná porque los chotillos se llenaban de estiércol y las madres los aborrecían. Se quedaban por el monte y la perra junto a ellas. A otro día por la mañana íbamos y allí estaban las cabras con los chotillos y la perra  clavada junto a los animales. Si la cabra se iba, ella detrás.

- ¡Qué cosa la de estos animales tan nobles!

 

   EL MOLINO

DE LA ALDEA   

- ¿Y lo que,  me ibas a contar del Molino de tu padre?

- Pues que ha sido ahí, en el  Molino de La Aldea, donde me he criado. Eramos siete hermanos todos mayores que yo. El molino queda justamente por la parte de la iglesia, abajo en lo que era el cauce de los arroyos. Cuando estemos cerca, te lo indicaré.

- ¿Pero cómo se llamaba?

- No tenía más nombre que el Molino de La Aldea. Era de harina y de cebo para los animales. Aceite no se molía en este molino. Pero sí en el que había en la Venta de Luis, que hemos dejado atrás.

 

Nosotros, como ha dicho mi amigo, teníamos un poquillo más de facilidad para enfrentar la vida. Al molino pertenecían siete  fanegas de riego, todo bajo una sola linde. Claro, con lo que daba el molino, recogíamos para que nos sobrara algo más de la mitad. De este modo podíamos servir a algunos vecinos de los más necesitados. Después nos lo tenían que dar otra vez pero nosotros como molineros siempre servíamos a  los que luego nos echaban lo que ellos recogían. Así nos íbamos ayudando unos a otros.

 

Del molino te voy a decir lo siguiente: el en año 29, que es cuando se metió mi padre en el Molino. Mis recuerdos van del 40 para delante.  En esas fechas, echamos vacas y en las mismas tierras del molino, sembrábamos. Se hicieron unos tratos muy favorables con unas tales señoritas de Siles, que no sabíamos más nombre que ese. Después, se hizo el pantano, en el año 36 hasta que llegó la primera llena del pantano que fue pasada la  guerra. Y decían que le iban a dar careo al agua y que no sé qué. En fin, nosotros, como el molino caía en lo más hondo del agua y allí se encuentra todavía, pues aguantándonos un día y otro hasta que empezó a entrar el agua por el suelo.

 

Cada vez más hasta que por fin un día no fue posible seguir allí. Los últimos trastes que teníamos de camas y cosas, las tuvimos que sacar por el tejado. La primera planta ya estaba cubierta por las aguas. Del segundo piso, antes de que se nos echarán a perder las cosas, pues tuvimos que hacer un roto en el tejado y sacarlas por allí. Desde esas fechas para delante, deshabitado para siempre.

- ¿Quién era el que molía?

- Siempre fue mi abuelo, el padre de mi padre. Luego mi padre y después mis hermanos mayores. Uno que tengo que se llama Pedro que vive en Barcelona que ya tiene 81 año. Detrás iba mi hermano Francisco que ya ha muerto. Luego mi hermano Santiago. Todos molían menos yo porque era de los más pequeños.

 

- ¿El molino se movía con la fuerza del agua?

- Lo hacía andar el agua a presión. Por un rodete, como especie de un horno cuyo nombre es cárcava, que estaba  bajo tierra, el agua ponía en movimiento todas las partes del molino. Allí se hacía un palo como una traviesa del ferrocarril. En medio de la traviesa se hacía un agujero y se le metía un trozo de bronce macizo. Se le llamaba la rangua. Era cuadrado de unos seis centímetros de casco. Con un escoplo se le hacía una caja en la madera y ahí se encajaba. En esa ranura se le hacía como un hoyete, como la cabeza de un alfiler negro que había antes. De ahí salía un árbol fijo para arriba y empalmado y se le metía otro trozo de bronce. Como una cruz con cuatro puntas. Sobre ese eje iba dando vueltas.

 

Así que se gastaba una punta, pues se ponía la otra y así que ya se gastaban las cuatro puntas, se tiraban. Se compraba otro punto. Ese era su nombre. En el árbol fijo va metido un rodete de un metro treinta de diámetro con unos trozos de madera que le decíamos cucharas. El agua salía a prisión de la canal que cae por un salto de unos catorce metros  de alto. El agua ahí se metía y a prisión, salía. Por la entrada tiene como unos cincuenta centímetros de ancho, en redondo. Al final, el agua de la tubería, sale por un agujero que tiene como unos seis centímetros y unos ocho de larga. Un "bujerillo". Esa agua sale tan fuerte que al darle a las cucharas, hace andar al rodete.  Este va empalmado a la piedra arriba, con el árbol fijo que hemos dicho. Con otro trozo de hierro cuadrado, a la rangua arriba. Va encajada en la piedra con unas chafalletas y es ancho. De unos cuatro deos de ancho y de larga como el ojo de la piedra. ¿Ya sabes lo que el ojo de la piedra.

 

Ahí se encaja y la piedra se echa encima. El agua ya da al rodete abajo. Como es cuadrado y las esquinas no le dejan dar vueltas, pues tiene que girar la piedra. Todo lo que la piedra coja al rodar, lo muele y así sale la harina. Arriba, para que la harina no se vaya a los lados, tiene unas piezas de madera. Así la harina no puede salir nada más que por un agujero que tiene unos ochos centímetros de ancho. Sale por ahí y cae al harinal, que se llama así.

 

Es un cajón de madera donde pueden caber doscientos kilos de harina. Si tú, por poner un ejemplo, me echabas cuatro o cinco fanegas de trigo, que era el viaje de dos bestias, pues entonces lo molía todo junto. Empezaba en la punta de arriba y hasta que no lo molía todo no recogía la harina. En el cajón cogía hasta seis fanegas, que son doscientos y pico de kilos. A razón de cuarenta y cuatro kilos que tiene la fanega, seis fanegas, se hace la cuenta y pronto salen los kilos de harina.

 

Sobre ese guardapolvo había otro trozo de madera como un embudo, "na mas que en ve de" ser redondo, es cuadrado. Arriba ancho y abajo va saliendo por otro estrechillo o rendija que diríamos que tendría como un par de dedos de ancha. Sobre eso una camaleja  que le va dando vueltas al trigo que va cayendo. Si quieres más, con un ramalillo que teníamos, le dabas cuerda y caía más trigo al ojo de la piedra. Le quitabas cuerda, caía menos. Según la fuerza que viniera de agua y según la harina que queríamos sacar. Más recia o más fina.

 

Sobre de eso, se iba haciendo la harina de donde se sacaba el pan para comer. Que es lo que yo he hecho toda mi vida.

- ¿Y eso de echarle agua al trigo para molerlo?

- Antes de ser molido al trigo se le llama "virtilo". Es el resultado de limpiarlo, "la limpía", que por eso se llama así: le quitas el polvo, la tierra y los trocillos de paja que lleva. Al salir del bombo, del chaparrapas, viene a un cilindro que lo va sacando. Encima hay una cuba con un grifo abierto. Entonces, si el trigo es muy bueno, muy bueno, necesita más agua, le das más al grito. Sino, menos. La cantidad de agua va con relación a la clase de trigo que sea.

- ¿Y es verdad lo que me han dicho en algunos sitios?

- ¿Qué te han dicho?

- Que algunos molineros de cualquiera de los mil molinos que en estas sierras hubo, habrían más el grifo para que el trigo aumentara de volumen y así, a la hora de maquilar, se quedaban con más cantidad de lo que les correspondía.

- El que te haya contado eso, no tiene buena idea. No lleva razón.

- Pues explícalo.

 

- Eso lo dicen porque algunos creían que los molineros robaban más. Y eso no es cierto. El agua que se le echaba al trigo era para esponjarlo más. Al estar más húmedo, se remuele menos. En este caso, la harina que sale es pura flor. O sea: de una fanega de trigo a lo mejor salen ocho celemines de harina. Y si le echas menos agua, salen diez pero sale más negro. Más apretado. Lo del agua, se hacía por eso. Llegaba un vecino y te decía: "Oye, que a mí me hagas el pan blanco, que salga esponjoso".  Pues entonces le echabas más agua por ese motivo. Otro de decía: "Oye que yo lo que quiero es pan". Pues ya le echabas menos aguas. Y entonces salía menos molluelo y más pan. De la otra manera salía más molluelo y menos pan. Y nos decían que era para robar nosotros pero eso no es verdad. Porque el molino, la piedra, no muele agua. El agua no la convierte en harina.

 

Entonces, después de echarle esa agua que sale de la limpia, del cilindro, se vuelve a los mismos envase, a los costales, que le decíamos costales. Y hasta que no está duro otra vez, no duro como está  en las eras pero si seco, no se puede moler. Si se moliera con agua se atasca, se hace masa y no despide. Tiene que está otra vez seco para que vaya moliendo y  vaya despidiendo la harina por el "caidor", al harinal. Así que el agua no se echaba por robar más ni por ninguna cosa propia del molinero. Siempre era para beneficio y gusto del dueño. Que yo quiero mucho pan, pues le echo menos agua y sale más harina y menos molluelo. Que yo lo que quiero es mucho molluelo porque como tengo el cerdo para luego la matanza así aprovecho el molluelo. Se le echa más agua, se remuele menos, sale más salvado y menos harina. Y claro, al salir menos harina, sale menos pan. Pero el pan es la mitad más blanco. Porque sale el corazón del trigo nada más. Lo más bueno.

 

También existe otro sistema para que la harina salga más fina o más gruesa. Existe dos "tiemples". Hay un alivio, que se llama así. Es un hierro que también va cogido a la traviesa. Si le hacemos rosca a la derecha, como Dios manda, es para bajar. La piedra rueda más pegada y sale la harina más fina. Menos molluelo, más harina, más negro el pan y peor de comer. Si queremos que la harina salga más recia, menos harina, más molluelo y mejor comer, le damos a la izquierda, como el que va a destornillar. Así la piedra se despega de la otra y al rodar muele menos los granos de trigo. Sale más blanco el pan y menos harina.

 

El trigo, desde la torva va a una canaleja. Ahí existe un palito que sobre sale. Es como una gamella en pequeño. La piedra va dando vueltas y le va "fulgando" al palillo ese. Según le fulga así cae de trigo. Si más rápido, más trigo, si más lento, cae menos trigo. Todo tiene su arte y lo de ser molinero, no creas que lo hace cualquiera.    

 

- Según más o menos molluelo, era pan integral y pan del otro.

- Claro pero también según lo que ahora dicen, lo mejor del trigo, el salvado o el molluelo, se lo daban a los marranos. Porque dicen que las vitaminas y los minerales se concentra más en la parte externa del trigo, en la cáscara. Pero claro, las criaturas no lo sabían como tampoco ahora se saben muchas cosas buenas que nosotros teníamos.

 

- ¿Allí mismo en el molino lo cerníais?

- No. Ya lo cernía cada uno en su casa. Yo,  mi hermano o quien fuera, en fin, el molinero, iba directamente a los cortijos. A las casas. A por el trigo con mis propias bestias. Luego, así que lo molía, se lo llevaba otra vez. Pero por ese trabajo, maquilaba un celemín. De cuarenta kilo, me quedaba con cuatro, que era el celemín. Y si ellos me lo traían directamente con sus bestias y yo no tenía que hacer nada más que molerlo, entonces le maquilaba nada más que la mitad: medio celemín. Mi trabajo sólo era molerlo. De la otra manera maquilaba el celemín entero porque tenía que ir a su casa a por él, traerlo, molerlo y devolverlo otra vez.

 

- ¿Y la canal por donde le entraba el agua al molino?   

- Antiguamente las canales las hacíamos de pino. La canal es donde tiene la pendiente. El agua llegaba por tierra, el cas pero llegaba a lo alto de una terrera y desde allí caía al molino. Desde aquella terrera se ponía un pino gordo, hueco por dentro, que hacía de tubo. Como un tornajo pero había que ahuecar las dos partes. Serrarlo por medio y hacer un tornado en cada una y luego juntar otra vez las dos partes. Con unos ceños, un trozo de hierro en forma de aro, se le ponía a todo alrededor y por fuera con cuñas de madera, se van apretando hasta que queda ceñido por completo. Así no se sale el agua por las juntas.

 

Lo teníamos que hacer así por lo que ya hemos dicho antes, que no había un duro para comprar nada.  Pues tenías que ir al monte y si estaba el ingeniero y si no decirselo al guarda: "Oye mira, que yo quiero cortar un pino pa esto y pa esto". Se iba contigo, te lo señalaba y te lo daba. Pero ya después tenías que cortarlo, llevártelo, serrarlo por la mitad a todo lo largo, hacerla la canal, juntarlo otra vez, apretarlo, montarlo en la terrera... una briega grandísima. Ya te hemos dicho que se penaba mucho para ganar muy poco. Se trabajaba las veinticuatro horas.

 

- Cuando el molino estaba en marcha, para pararlo ¿qué hacíais?

- Tiene un arte que se llama la "paraera" y desde aquí se paraba. Va cogido con un clavo en la parte de atrás de una tabla. Delante, va cogido con un palo largo que sale del  agujero del cárcavo a la punta de la piedra. Si se mete para allá, es para pararlo. El agua chaspa en la tabla y no le da a las cucharas del rodete y ya no anda. Que queremos que ande, pues tiramos hacia uno y ya entra el agua, le da a las cucharas y el molino sigue andando.

 

- Y cuando muchos vecinos llevaban a moler su trigo a la misma vez ¿cómo te las arreglabas para no confundir los costales de uno con los otros?

- Eso tenía su arte. Había veces que nos juntábamos con cuarenta o cincuenta fanegas de trigo en el molino en cuarenta o cincuenta vasijas y cada una era de un dueño. Tenías que conocer el trigo que había dentro de cada costal para no cambiarlo. Todos los trigos no eran ni son iguales. Por medio del cordel o del atadero, de la forma de atarlo, había que conocer la fanega que era de Antonio, la que era de Rafael, de Francisco y de Miguel. En la forma de atarlo sin ver el trigo por dentro.

 

- ¿Sin poner el nombre?

- Es que eso me valía para una vez. Ahora pongo: "Esta de Antonio" ¿y si mañana me la echaba Rafael? Los costales era todos lo mismo y nosotros teníamos que hacer como el pastor que se conoce a sus ovejas. Tiene cien ovejas y yo entro y no conozco ni una así me esté veinte días mirándolas. Y él las conoce a todas. Esta se llama fulana, aquella mengana y a sí hasta las cien. Igual le pasaba al molinero. Nada más que en la forma de ver el costal ya sabe de quién es. Ya hemos dicho que los trigos todos no son iguales. Todos no dan la misma harina, no tienen la misma altura.

 

El trigo que es más recio, el costal crece más y al molerlo, mengua. Es al revés: si un costal de trigo "rojal", que nosotros le decimos rojal, tiene uno cuarenta de alto, al molerlo se queda en uno veinte.  Y si el trigo "nano", que es el trigo recio con el que se hacen las migas, tiene uno veinte de alto, al molerlo se que da en uno cuarenta. Es al revés: crece.

- ¿Cuál es el trigo nano?

- El recio con el que se hacen las migas. Ese de la raspa negra y gordo. El rojal, es el cañí hueco. Como está hueco al molerlo disminuye de volumen.

- ¿Y qué es eso de la adivina que tiene el trigo?

- Pues una adivina que dice así: "Entre mil y muchos más, entran por un agujero, pidiendo el nombre de hembra, que el de macho ya lo pierdo". ¿Sabes lo que es?

- Me riendo por completo

- Pues ese es el trigo.  Entre mil y muchos más, son los granos de trigo. Son muchos más de mil. Entran por un agujero, pidiendo el nombre de hembra, cuando sale es harina, que el de macho ya lo pierdo. Su nombre es trigo, que es macho, y se convierte en harina, que es hembra. Cuando entra por el agujero es macho y cuando sale es hembra. ¿Lo entiendes ahora?

- Ya sí lo entiendo.

 

- ¿Y la otra adivina que me decías?

- Es cosa de bebida. Dice así: "de una madre jorobada, sale un hijo enredador, una doncella muy guapa y un padre predicador". ¿Me dices lo que es?

- Me quedo por tonto completo.

- Entonces la madre jorobada es la parra. El hijo enredador es el sarmiento. La doncella guapa es la uva cuando está madura y dorada "¡qué racimo de uva más guapo!" Y el padre predicador, pues cuando te bebes el vino y te pones un poco chispaete, que hablas hasta por los codos. 

 

- Y eso de picar la piedra ¿qué era?

- Según los kilos que se muelan diarios, hay que picarla cada veinte días más o menos. Esto en verano que es cuando más se muele. La forma de poner la piedra para picarla, es la siguiente: con un hierro que se llama "la cabria". Tiene forma de media luna y son dos partes iguales. Arriba está cogida con un ojo y un tornillo de hierro. Abajo tiene también como si digamos un puño hueco, cerramos así la mano y dejamos hueco y en el otro lado otro. Con dos agujeros que tiene la piedra, uno a cada lado, completamente a nivel, para que se pueda levantar a plomo. Al levantarla, se despega de la otra, yo la cojo con mis brazos y ya nada más que le fulgue un poquillo, pues se viene hacia mí. La voy sujetando y la pongo panza arriba.

 

Le doy otra vez en la punta de abajo, la siento encima de la otra y la pico.  Así que la pico, pues la misma cuenta con la otra de abajo. Se levanta, se lleva a otro lugar. Hay una fija y otra que se mueve.  Así que están picadas las dos, por el mismo sistema se sube con la cabria y ya las tenemos preparadas para seguir moliendo de nuevo. Pero para que queden completamente niveladas, se llaman pesarlas, tienen arriba unos agujeros, tres. Con plomo, se le va echando más o menos hasta que se queda completamente a nivel. Es muy importante para que la harina salga luego toda igual de molida. 

 

- Pues terminamos lo del Molino pero "metidos en harina", vamos a  hacer un recuento. Desde el pantano para arriba ¿cuantos había por este valle del Guadalquivir?

- Primero el de La Aldea, el del Porrancas que estaba en la Fuente del Macho, arroyo que baja de la Hoya de Miguel Barba. Desde allí a la casa de La Tabla, el molino Eusebio que le decíamos. Desde allí saltamos al de los Membrillos que también ha estado mi padre. Y de aquí para arriba estaba el de Arroyo Frío que estaba por el Vado Ancho. Por el lado del Borosa no había ninguno. El molino de Parrates estaba en el arroyo de las Espumaredas. Allí ha nacido mi mujer que se llama Marina, se ha casado y ya desde allí nos venimos a Coto Ríos.

 

Otros molinos de aceite, por la cuenca del Guadalquivir del pantano para arriba, eran el del Cerezuelo, el de la Venta de Luis en el mismo Guadalquivir, el de las Animas, de la misma familia de Luis y del arroyo del Zarzalar.

- ¿Y te sabes algún refrán que se relaciones con tu oficio de molinero?

- El que dice que "el que pan menea, pan no desea".  

- Y  cuando en los años de sequía bajan las aguas del pantano ¿se llega a ver lo que ahora son las ruinas de tu molino?

- Si baja mucho, sólo se ven las paredes, de medio abajo, porque de medio arriba, se ha caído. Este año que ha pasado, que las aguas bajaron mucho, dicen que sí llegó a verse pero yo no lo vi. 

 

POR LAS VIEJAS ERAS    

Desde la puerta de lo que fue la iglesia, ellos me indican por donde queda el Vallejo de Calasparra y la Fuente del Muerto.

- Ahí, debajico de ese zarzal es donde manaba la Fuente del Muerto. Tenía agua y tiene. Lo que pasa es que no está arreglada y sale "esperdigonada" y a lo mejor no se puede beber. Pero era un agua fresca y muy buena.

- Y este rellano de la puerta de la iglesia ¿qué era?

- Aquí he trillado yo con mi padre. Esto fue una era. Las erillas, eran de tierra y estaban  en aquel lado. Había otra que está cogida por el agua y quedaba más en lo hondo. La Era Nueva, le decíamos nosotros. Una era muy grande.

 

Aquella fue hecha por Los Parras. Allí llevaban los trigos, lo medían en fanegas y por fanegas se le pagaban. De tres una.

- ¿Por trillarlo?

- No, espera que te explique: Yo me quedaba con un pedazo de tierra suya, de dos fanegas o cuatro y  lo sembraba. Y como la tierra era de Los Parras, pues entonces, por sembrarla yo, de lo que recogía, le tenía que dar de tres fanegas, una. Era como un alquiler pero que se pagaba en especie. Por lo general no cobraban en trigo limpio, sino en cargas de mieses. Así llevaba el trigo y la paja. Entonces, de tres carga, una para Los Parras y las otras dos para el que había sembrado la tierra. Luego, después,  hicimos nosotros unas eras ahí, iba el guarda y decía: "Esto vale tanto". Le dabas ese dinero y ya te las arreglabas tú como pudieras.

 

- Por aquellas fechas, ¿hubo por aquí alguna venta?

- De venta nada. Desde el cortijo de las Corralizas, que estaba por encima de Los Pinos Buenos, arriba en el monte, hasta esta aldea, no había ningún cortijo más. En La Aldea sólo había una taberna. Tuvo varios dueños. El primero se llamaba Gabriel y el segundo se llamaba José el Madroñero. Era sólo para beberte un vasillo de vino al caer la tarde o el día de fiesta. Cuando se jugaba a los bolos o a  la brisca. Iban y se traían lo que habían perdido pero lo pagaban solamente los perdedores.   Por San Miguel sí venían de fuera con bebidas, turrón y otras cosas propias de un día de fiesta.    

 

DESDE LAS OLIVILLAS    

Desde aquí mismo, desde la puerta de la iglesia, si miramos para el llano de los Salaos, en primer término nos queda el cerrete donde se alzaba un barrio de esta aldea. El que nos quedaba en este lado, junto a la iglesia, se le llamaba Las Olivillas. Aquí se asomaban todas las mocicas a ver a la gente bullir por las tierras bajas y los otros barrios. Desde allí se comunicaban aquellas mocicas con estas. Se daban voces: "Oyes fulana ¿ha venido tu novio? ¿Pues sabes que el mío no ha venido?"  Y así se conformaban ellas.

- Y tu casa ¿por dónde estaba?

- Yo vivía en el molino y ya de últimas, cuando expropiaron el molino y lo pilló el charco, nos vinimos a una casa que había ahí mismo.

 

Ya nos movemos por la parte de atrás de la iglesia buscando el camino para subir a la carretera.

- Este pedazo era de Andrés el Moreno, del que hemos hablado antes. El pedazo, las Olivillas   y la higuera esta. Aquí mismo había dos nogueras o tres, muy hermosas. Grandes y abiertas que pillaban medio cerro de estos.

- ¿Qué pasó con ellas?

- Las cortó el Patrimonio Forestal. Y aquello si que fue un crimen de verdad. Cientos de años tenían las nogueras y nada más verlas daba gusto de tan verdes y grandes. ¡Unos troncos que entre tres hombres no los abrazaban!  Y allí algo más arriba, crecía el álamo. El más grande de todos los álamos que se ha visto nunca en estas sierras y también lo cortaron. Ni los más mayores de esta aldea, sabían en qué año habían plantado aquel álamo. Así que fíjate si era viejo.

- ¿Pero eso por qué lo hicieron?

- Ellos sabrían, porque como a nosotros no nos daban explicaciones, no nos enterábamos. De lo único que sí nos enteramos es que en estas mismas tierras luego sembraron las acacias que ahora mismo estás viendo por aquí. Venían y hacían lo que les daba la gana sin contar con nosotros para nada a pesar de ser los dueños de estas tierras y haber vivido aquí desde hacía siglos.

 

Por ahí abajo, por donde ahora se ven los únicos granados que han quedado ya comidos por las zarzas, crecían las higueras, los cerezos, las parras y cientos de árboles más. Un vergel de árboles frutales que llenaba todo este cerro. Se los cargaron todos. Si miras para arriba, verás la Piedra de la Palomera. Pues desde allí para abajo, todas las tierras, eran una espléndida huerta repleta de toda clase de árboles frutales, hortalizas y fuentes manando agua.

      

 DINAMITA PARA LAS CASAS  

- Por encima de la Palomera ¿va un camino?

- Un camino que lo hicieron para que Franco pasara montado en su caballo. Desde aquí hasta la Palomera no va ningún camino y eso que sí se necesitaba por lo mucho que teníamos que bajar y subir nosotros  desde La Aldea a la Cabañuela que, como sabes, queda detrás de la Palomera. ¿Me entiendes?

- Sé lo que quieres decir.

- Que para que Franco se paseara en su caballo, sí hicieron un camino bueno, que todavía está allí y se puede andar cómodamente, y para que los serranos pudiéramos ir de un lado a otro, porque la necesidad así nos lo pedía, ni siquiera una mala senda. ¿Me entiendes?

- Ya que hablamos de caminos ¿Cuántos puentes había sobre estos ríos y arroyos para cuando vosotros ibais de un lado a otro?

- Ni uno sólo.

 

Bueno sí: en el arroyo Rovuelto hubo uno que se llamaba el Vado de la Fuente. Estaba en la fuente, donde el arroyo Rovuelto se junta con los de La Aldea. El Guadalquivir no tenía más puente que el de la Venta de Luis. Lo hizo el mismo tío Luis y cobraba por pasar por allí, creo que un real por persona. Porque el puente era suyo, lo hizo él directamente de su bolsillo.

- Esta historia del puente se parece a otra similar que leí en un libro escrito hace mucho tiempo.

- ¿Qué puentes es ese y en qué libro se cuenta?

-  El abuelo también se llamaba Luis y lo hizo él con su dinero y su trabajo. Cobraba a las personas que por el puente pasaban hasta que se cansó y dejó las puertas de acebuche abiertas para que pasara todo el que quisiera sin tener que pagar nada. En alguna ocasión se me ha venido a la mente la idea de si aquel puente no sería este mismo puente. Hay cosas que coinciden pero claro, aquello se cuenta en un libro que habla de las costumbres de la sierra de Segura y se titula "Los Hornilleros", escrito por J. González Ripoll, más, no puede ser verdad que aquel puente sea este de la venta aunque los dos abuelos se llamen Luis.

 

Subimos lentamente en busca de los coches que nos hemos dejado en la misma carretera. A Amigo primero le siguen hirviendo los recuerdos.

- Hasta lo de los barrenos que puse en las casas de la aldea de la Cabañuela, me acuerdo.

- ¿Tú pusiste barrenos?

- Cuando ya echaron a toda la gente fui  mandado, con otros hombres y un capataz, a derribar las casas. A derribarlas poniéndoles barrenos para que nadie  nunca más ya pudieran habitarlas.

 

Te voy a contar hasta como poníamos los barrenos: cogíamos un cartucho de dinamita y un misto. Metíamos el misto dentro del cartucho, le poníamos un trozo de mecha y lo embutíamos en un roto de las piedras de las paredes. Le pegábamos fuego a la mecha y salíamos corriendo. Al rato explotaba y todas las paredes de aquellas casas, salían volando por los aires.  

- ¿Y tú hacías estas cosas?

- Sabía que estaba destrozando la presencia de mis hermanos los serranos, que les estaba rompiendo sus casas para que nunca más volvieran por allí, que los estaba borrando de los valles de estas sierras, que estaba machacando y sepultando su historia y su cultura y por lo tanto, sus propias señas de identidad pero si yo no hubiera  puesto aquellos barrenos, los hubieran colocado otros. Me mandaban y me pagaban un sueldo y si me hubiera negado ¿qué habría conseguido con ello? Pero ciertamente que fue doloroso. No sólo nos quitaron las casas y las tierras sino que nos pagaron para que arremetiéramos contra ellas y las elimináremos por completo. Las cosas fueron así. Eso fue pagado por el Patrimonio Forestal. Y nos cogieron a nosotros para que lo hiciéramos.

 

Ya estamos bajo la noguera que a pesar de los embates y el tiempo, medio seca, resiste con sus raíces clavadas en estas tierras.

- ¿Es el momento del final?

- Aquí nos vamos a despedir. Y para que quede constancia, luego te diré mi nombre. Yo no vivo en Coto Ríos. Todos los años vengo por aquí algunos días, por las vacaciones pero ni tengo familia en esta tierra, ni tengo conocidos. Sólo a mi buen amigo el Molinero.  Los otros se fueron y los que faltan, ya han muerto.

-  Pero antes de irnos, habías dicho que nos ibas a hacer una pregunta. ¿Es ahora el momento?

- Es el momento. Vamos a sentarnos un rato en la sombra de esta noguera. Quiero contaros otro pequeño trozo de la historia de esta aldea. Es necesario que la oigáis para que luego pueda haceros la pregunta.

 

Y les digo que este otoño pasado, me trajo por aquí Juan Paco Fernández, otro serrano fuera de la sierra y que nació y vivió ahí, en los cortijos de Solana de Padilla, algo más abajo. Sentados en esta misma noguera, dimos un repaso a las cosas y tierras de este rincón. Primero me habló de ella, de la pobre mujer encorvada que le quitaron las tierras sin pagarle un duro. Charlando, las cosas fueron saliendo en cantidad  y más densas de lo que se esperaba.

 

EL VIRREY      

      - ¿Qué otro asunto deseabas preguntarme?

- Creo que tenemos que seguir con la ruta que habíamos trazado a través de las ruinas de la aldea ¿No es ya el momento?

- Es el momento y ya sabes que el que ha de seguir eres tú.

- ¿Por qué yo?

- ¿Quién de los dos es el extraño en el rincón?

- Lo desconozco yo y por eso necesito pisarlo pero ¿cómo voy a enterarme de lo que quiero si no me acompañas?

- Tú ponte en marcha y pisa todo lo que te apetezca. Luego me preguntas y cuando termines nos vamos.

 

      - Yo por ejemplo, me he colado en este cerrillo donde estuvo la aldea, por aquel que está más cerca del mirador. Entre otras cosas allí me he tropezado con muchos granados, muchas piedras y algunas hasta bloques grandes de sillería, lo cual me ha extrañado.

- ¿Por qué te ha extrañado?

- Hasta hoy tenía creído que las casas que hubo en esta aldea, eran poca cosa. Que todas las levantasteis vosotros de piedras sueltas recogidas por estos cerros y con cal cocida en alguna calera cercana.

- La calera estaba en el barranco que hay al otro lado del arroyo del Fraile y entre las casas humildes de la aldea, también hubo una muy grande. Una gran casa señorial construida de piedra de sillería, con dos plantas, sótano con calabozo, tejado a dos aguas y en las esquinas de las gruesas paredes de piedra tallada, sus troneras para defenderse de los enemigos. Una miraba hacia el valle de arriba, los llanos de La Aldea hoy, por donde se suponía podrían venir los guerreros. Otra hacia los llanos de abajo, para la Torre de Bujarcaiz, por donde también podrían entrar enemigos. ¿Sabes tú de quién era esa casa?

- Si dices que fue de tus padres, seguro la construyeron tus abuelos.      

 

      - Ni mis abuelos ni bisabuelo, esa casa fue del Virrey

- Y eso del virrey ¿qué es?

- Nos vamos a meter en mucha profundidad pero puede que sea necesario para que conozcas una poca historia. ¿Seguimos o lo dejamos?

- Hay que seguir. Cuéntame a ver hasta dónde llegó y anduvo este virrey que tú conoces.

- "De los seis pueblos de Sierra Segura, tuve referencias por aquel virrey que hubo en Segura que no quedaron escritos pero quedaron señas y referencias. Y las señas que existen contaban que empedró el camino de Segura a La Aldea para pasar él con su caballo.

 

      Tampoco tuve referencias del siglo que fue ni del tiempo que estuvo ni si murió aquí o en Segura. Ni de qué nación procedía. Sólo supe que se llamaba don Gonzalo de la Peña. También recuerdo la casa fortaleza que tuvo en La Aldea. Que luego fue de mi abuelo y luego de una tía mía y a ella se la expropiaron. No había propiedades. El lo hacía todo por la administración. Tenía sus encargados y sus almacenes. Lo que podía, lo exportaba para fuera y si le faltaba de algo, importaba todo lo que hacía falta".    

 

      Y esto es todo cuanto puedo decirte del virrey. También, según cuentan lo que le conocieran era una bella persona. A todos daba tierras y trabajo. La gente vivía bien con él porque aunque cada uno tenía que pagar su tributo, el virrey a cambio, daba protección contra los enemigos. Y esto es verdad. Tú mismo has visto donde tenía su casa y las bellas piedras de sillería de que estaban construida. Pero ya te he dicho que mi casa, porque yo llegué a vivir en ella, era de muros de piedra de casi dos metros, los que daban al valle. El resto de las paredes eran normales y tenía cuatro aguas. Dos plantas, con cocina y abajo tenía su sótano  y en él su calabozo para si había que castigar a alguien, pues lo castigaban.          

 

      - Y la plaza de esta hermosa aldea ¿en qué lugar se encontraba?

- Lo que había delante de la iglesia, cuando lleguemos te explicaré en qué sitio, de siempre fue la era donde se trillaba y se aventaba.

Animado por la emoción de las cosas que van saliendo, Juan Paco deja la sombra de su noguera, camimos por las tierras de los majoletos dirección al puntal donde estuvo el pueblo y al llegar, me dice:

-  Fíjate, aquí mismo estaba la plaza. Era un cerco de casas que les decíamos "Las Tinás" y no tenía nada más que una entrada. Aquí se hacían los "tablaos" con haces de tablas y metíamos las vacas y las toreábamos. Pa San Miguel era la fiesta que yo me acuerdo muy bien. Era yo un chiquillo y me lo pasaba divertido. Las casas venían formando una calle así y la otro por este lado.

- ¿Y te acuerdas tú de alguna cosa curiosa además de las vacas, por esta plaza?

- Lo más curioso la concentración que los de las Administración hicieron un día.

- ¿Qué concentración fue aquella?

- Bueno, no fue una concentración como las de ahora, sino una cosa muy rara que nosotros dimos en llamar concentración porque no sabíamos darle otro nombre. ¿Quieres saberlo?

- Estoy deseando.

- Pero primero que quede claro que yo no la vi. Lo sé porque me lo contaron.

- Pues claro queda.

 

      - A mí me contaron que aquello sucedió por la mañana y fue antes de que se llenara el pantano. Dicen que estaba toda la gente de la aldea esparcidas por el campo cada uno en su faena. Las mujeres regando las tierras en los huertos que ahora hay por encima de la carretera, los hombres, algunos por las tinadas con las ovejas recién paridas y otros por el campo cuidando de los otros animales. Los niños, como entonces no había escuela, algunos ya se habían levantando y ayudaban a los mayores y otros todavía andaban por las casas quitándose las mantas de encima o atizando la lumbre. Dicen que empezaba a despuntar el son por Peña Amusgo y que los valles estos comenzaban a llenarse de luz con los ganados que se estiraban monte arriba entre validos y sones de cencerros y los mil pajarillos que revoloteaban por los árboles de las huertas y los bosques de la solana.

 

      Todo estaba empezando a despertar al nuevo día, lleno de vida y belleza, cuando de pronto, tres de la Administración se presentaron por aquí. A ellos todo el mundo le temíamos porque siempre venían contra los serranos. Nunca a traernos nada, sino a quitarnos. ¿Y sabes tú lo primero que hicieron aquella mañana?

- Ni me lo imagino pero ya estoy en ascuas.

- Se repartieron por aquí, por la plaza, las calles, los huertos, la llanura y los cerrillos y con un silbato parecido a los que ahora usan en los partidos de fútbol, comenzaron al silbar alocadamente y a dar voces. En uno segundos liaron una escandalera de mil demonios. Hasta el último rincón de estos valles llegaron los sonidos de aquellos silbatos y las voces que ellos daban.

- Concentraros ahora mismo aquí en la plaza, que tenemos un mensaje para vosotros.

Decían.

 

      La gente primero se asustó. Luego dejaron sus faenas, unos las azadas en la huerta, otros las ovejas en el campo, otros el burro por las veredas y alzaron sus cabezas para mirar a ver qué pasaba.

- Son ellos y el gran jefe.

Decían algunos.

- ¿Y por qué dan tantas voces y hacen tanto ruido con ese silbato?

- Por lo visto quieren hablarnos. Están pidiendo que nos concentremos en la plaza.

- Nos quieren amargar la vida. Cuando comienza el día vienen ellos para pedirnos que dejemos nuestros trabajos y que nos reunamos en la plaza porque nos quieren decir algo.

- Pero a ver ¿qué vas a hacer? Si no vamos, seguro que es peor.

 

      - ¡Venga! Aprisa que no tenemos todo el día para ver como os vais acercando.

Seguían gritando. Entre ellos, el gran jefe que ya había buscado un buen sitio en la plaza y comenzaba a desliar unos papeles mientras los habitantes de la aldea iban llegando. Cuando ya estuvieron por allí todos, incluidos niños y mujeres,  comenzó a hablar diciendo:

- Esto es como cuando vosotros reunís vuestras vacas o vuestras ovejas para contarlas a ver si os faltan algunas. Os hemos reunido desde todas las laderas, barrancos y arroyos como a las ovejas pero no para contaros a ver si faltáis algunos sino para deciros que faltan cinco.

 

      Al oír estas palabras la gente se miraba y  empezaron a murmurar.

- Señor  ¿qué significa eso de que faltamos cinco?

- No lo entendéis pero yo os lo voy a explicar: no es que faltéis cinco, sino que faltan cinco, que es muy diferente.

- ¿Pero quienes son los cinco que faltan?

- Del barranco ese donde vosotros decís que "la tierra mana leche y miel", faltan cinco árboles. Los hemos contado muy bien y hace unos días estaban y hoy no están. ¿Quién se los ha llevado? Del barranco que "mana leche y miel", han desaparecido los cinco mejores árboles y estoy seguro que ellos no se han ido volando. Si nos callamos y no decimos nada, mañana faltarán no cinco árboles sino cinco ciervos y pasado mañana seis cabras monteses. ¿Vosotros creéis que las cosas pueden ser así?

 

      Y dicen que aquel hombre con los suyos, se abrió paso por entre la gente que en la  plaza se había concentrado. Se alejó dándole las espaldas a todo el mundo

- Fue tremendo aquello ¿verdad?

- Fue más que tremendo.

- ¿Qué decía aquel papel que les dieron?

- Exactamente decía esto:

 

AYUNTAMIENTO DE HORNOS DE SEGURA    

El Sr. Ingeniero Director de al Confederación Hidrográfica del Guadalquivir, me comunica la siguiente orden de la Dirección General de Obras Hidráulicas de fecha 15 de julio de 1936:

  

      Recibido en este Ministerio tres volúmenes del expediente de expropiación forzosa motivado por las obras del Pantano del Tranco de Beas, en el término municipal de Hornos de Segura y su anejo, remitidos por la Dirección Técnica de esa Confederación, y examinados los documentos correspondientes al segundo periodo; esta Dirección General, vista la propuesta formulada por V.S. en fecha 9 de los corrientes, ha tenido a bien:

 

      1‑ Aprobar los documentos redactados por los peritos, de acuerdo con lo propuesto por el perito de la Administración, a los efectos que éste se proceda a la redacción de justiprecio.

2‑ Desestimar las observaciones formuladas por el Perito de los propietarios referentes a la clasificación de calidades de las fincas por él presentadas, las cuales por lo tanto, se considerarán clasificadas de acuerdo con lo propuesto por el Perito de la Administración y que se consignan en las respectivas hojas declaratorias.

3‑ Desestimar las reclamaciones formuladas por D. Francisco Rodríguez, D. Inocente Blanco y Joaquín Reina.

4‑ Desestimar las reclamaciones formuladas por D. Luciano López y siete más sobre la propiedad de la finca número 4 de Bujaraiza, haciéndoles saber que pueden utilizar el procedimiento regulado por el R.D. de 23 de marzo de 1886, para hacer uso de los derechos que crean les asisten.

5‑ No aceptar la oferta formulada por el Perito de los propietarios de la finca número 16 de Bujaraiza, y en sus consecuencias no expropiar en dicha finca mas que la parte que en su hoja declaratoria se consigna como necesaria para la obra, y

6‑ Iniciar un expediente de expropiación forzosa para la expropiación del poblado de Bujaraiza, a cuyo efecto se concederá un plazo de un mes para que los propietarios interesados manifiesten si desean o no la expropiación de sus edificios, entendiéndose que aquel que nada manifieste dentro del plazo señalado, renuncia a la expropiación

 

      Lo que comunico a V.S. con devolución de los tres Volúmenes del expediente que se trata para que prosiga su debida tramitación.

 

      Lo que notifico a Ud. a los efectos que se determinan en los artículos 38 y 39 del Reglamento de 13 de junio de 1879 para la aplicación de la ley de Expropiación Forzosa.

 

                            Hornos, julio de 1936. Año de la Victoria.  El alcalde:  Miguel Ruiz".

 

- Esto es lo que decía aquel documento.

- Fue tremendo ¿verdad?

- Lo fue y mucho.

- ¡Oye! Y aquello de "la tierra que mana leche y miel" ¿qué era?

- Lo de esa tierra tan bella, pues que era verdad.

- Pero cómo va a ser verdad si eso es pura fantasía poética. Nunca he visto yo que una tierra mane leche y miel.

- Eran unos manantiales muy caudalosos de aguas limpias y puras y en un trozo de tierra que aquello daba gloria verlo. Nosotros lo llamábamos así porque así lo habían llamado de toda la vida nuestros ante pasados. Pero si quieres luego te cuanto lo de esa tierra que manaba leche y miel.

- Bueno, luego me lo cuentas, porque ahora ¿para dónde vamos?

- Vamos de puntalillo en puntalillo. Desde el puntal de la casa del virrey al puntal de la iglesia.

- Esto quiere decir que ahora me toca a mí contar lo que vi.

- Creo que tú tendrás algo que decir, porque también con tus propios ojos lo viste.

Porque yo, por aquel entonces, vivía en Pontones y un día vine a esta iglesia al bautizo de un primo mío que lo apadrinaba mi madre.  Lo que recuerdo es que vine yo un domingo de ramos y me hinqué de rodillas y me dieron un majo de "apestucas" y entonces la costumbre de los labradores era llevarse las "pestugas" aquellas bendecidas.

 

      - Un momento, Juan Paco, porque yo no sé lo que son las pestugas.

- Se llaman pestugas a los pequeños ramos de olivo que se bendicen por el domingo de Ramos. Como te iba diciendo, había la costumbre entre los labradores de llevarse e hincarlos en la siembra porque decían que era bueno. Como estaban bendecidos creían que aquello era bueno para los campos. Y me acuerdo que vine yo y claro, era el suelo de mezcla y llevaba unos pantaloncillos así y unos calcetines bajos y se me hincaban ahí las chinas. ¡Madre mía! Y ya terminó el bautizo y salimos.  Cuando iba por ahí, aquí mismo en la puerta de la iglesia, por el lado que da a la casa grande, tiré las pestugas. Mi padre que venía detrás de mí me vio y enseguida me dijo: "Muchacho no tires eso que está bendito". Salí corriendo, las cogí y allá que nos fuimos luego toda la familia con aquellos ramos benditos para ponerlos en mis campos del Cerezuelo. Y ya está. Estas es una de las cosas que yo recuerdo de esta iglesia de cuando era pequeño.

- Así que ya nos podemos ir de aquí porque ni tú ni yo sabemos más de esta pequeña iglesia. Ya nadie reza en ella, nadie viene por aquí a bautizos y, además, se está cayendo. No tiene techo ni puerta ni suelo ni sagrario ni sacristía. Ni la iglesia es lo que era y para más desolación, se cae cada día un poco ante la mirada indiferente de los que vienen y  desde el cerrillo se asoman al barranco buscando no se sabe qué.

 

      Muchos de ellos  ignoran que este fue un antiguo poblado y que estas cuatro paredes que aún se alzan llenas de majestad en lo alto de este monte, fueron las paredes de una bonita capilla donde se rezaba y se bautizaban a los niños de las familias que poblaban los montes de estas sierras.

- Espera un poco.

- ¿Esperar para qué?

 - Ahora recuerdo yo algo que en otros tiempos ocurrió en esta iglesia aunque claro está, aquello no lo vi con mis ojos.

- ¿Qué recuerdas?

- Mis mayores me contaban a mí que en los tiempos de aquel virrey, cuando algún ladrón o criminal llegaba de otras tierras perseguido por la justicia, decían los mayores que si lograba entrar a La Aldea y se agarraba a las argollas que había clavadas en la puerta de esta iglesia, ya quedaba libre. Bueno, libre no, lo que sucedía es que la justicia dejaba de perseguirlo y pasaba a ser empleado del virrey que no lo castigaba. Le daba trabajo y asilo  y aquí se quedaba para siempre sin cargo ninguno. Tú fíjate qué cosa más bonita ocurría aquí en este cerro y en la puerta de la iglesia que ahora se cae.

 

     -¿Nos vamos?

- Nos vamos y no. Un dato más antes de alejarte de aquí es que sepas que la capilla de La Aldea  se constituyó en parroquia en el año 1893, junto con San Antonio en las Casas de Carrasco, la de Las Canalejas, San Pedro del Río Segura, San José de Los Anchos y Santa Isabel de Miller. La pila bautismal de Las Canalejas se encuentra en Cortijos Nuevos. Antes de 1893, La Aldea era ermita de Hornos.

 

      Tú sigue por la parte de atrás de la capilla y termina de recorrer esa llanura que es la llanura que siempre recorren los que llegan. Pero que a pesar de eso guarda los secretos para quien sabe buscarlos y descubrirlos.

- Bueno, me voy por ahí y como ya estamos saliendo de las tierras y por lo tanto estamos terminando nuestra ruta por el lugar, parece que ahora sería el momento de echarle un vistazo a lo que fue su misterio.

- Desde luego que sí sería bueno eso, así que vete buscando un título para este próximo capítulo.

- Ya lo tengo.

- ¿Cuál?

- Lo voy a llamar "La Colonia".

 

  LA ULTIMA  MAÑANA    

  Durante un rato me quedo fijo en el joven que se desvanece en el viento para fundirse con el tiempo. Como aún me queda un trozo para llegar a la vieja fuente, sigo subiendo por donde creo venía la sendilla que ellos siempre cogían para acercase a este manantial de la vida.  

- ¿Por qué crees tú que tanto le dolieron las cosas al joven?

- Desde hace bastante tiempo le vengo dando vueltas en la cabeza a esa reflexión y el otro día llegué a una conclusión.

- ¿A qué conclusión?

- En otro momento te lo cuento.

 - No acabo de entender.

- Te pongo un ejemplo: ¿Qué es lo más importante, el agua o el pantano?

- Yo creo que las dos cosas.

- Las dos cosas lo son pero cuando llegan y dice que por encima, primero es el pantano, uno llega a pensar que debería ser al revés: primero el agua. Es decir, que hay tanta abundancia de agua que es necesario el pantano. Primero lo de dentro y como lo de dentro es en tanta cantidad, hay que buscar la manera de recoger y entonces surge la forma, por la necesidad de la abundancia y así de este modo surgirá el pantano que dará igual que sea redondo o cuadrado ya que lo fundamental es lo otro: la abundancia, el agua. 

 

      Pero cuando se lucha para que primero sea lo forma y después lo de dentro, hay mucho sufrimiento. Puede haber mucho dolor porque al ser humano no se le puede encerrar ni limitar para que primero se lo formal y no lo esencial. ¿Me he explicado bien?

- Un poco sí pero no está claro. Ya estoy llegando a la fuente y me pasa como cuando venía por el camino.

- ¿Qué es lo que te pasa?

- Que a pesar de verla solitaria, en silencio, algo rota y sin agua, creo sentir la voz y los pasos de unos y otros charlando por aquí.

 

Como si no se hubieran ido. ¿Recuerdas tú cómo fue aquel último día que ellos vinieron a esta fuente? 

- Recuerdo yo que aquella última mañana todos vinieron a este lugar, que era la fuente del pueblo, cada uno con sus necesidades. Las mujeres a lavar, los hombres a beber y dar también de beber a las bestias, las muchachas a llenar sus cántaros y los niños a jugar o a subirse a las higueras a por los higos.

- Pero el último día ¿Cómo fue?

- Todo aquel día sucedió de esta manera: era por la mañana y era una mañana de primavera. Había sido aquel un año bueno de lluvias y por eso, cuando llegó el buen tiempo, los campos reventaron de vida. Corrían los arroyuelos con magníficos chorros de aguas limpias y los manantiales brotaban repletos. Por cualquier rincón se deslizaba un caño limpio y por cualquier peña o reguera, afloraba un venero.

 

      Cuando el sol empezó a calentar los campos aquellos eran una bendición del cielo de tan verdes como se pusieron y el brillo que surgía de los bosques. Aquella mañana era una de esas hermosas mañanas en que la vida parece surgir por primera vez y por eso daba gloria ver a los rebaños subiendo por los barrancos lanzando sus balidos mezclado con el son de los cencerros. Daba gloria ver a la gente afanada en sus cosas y llenando todos los caminos, barrancos y cuestas. Daba gloria ver esta ladera que desde la fuente se alarga hacia el Collado Blanco por donde crecen los olivos y luego el barranco por donde se encontraban las huertas más fértiles.

 

      Por el lado ese del Collado Blanco bajaba un rebaño de ovejas seguidas por su pastor y arriba, por donde ahora se ve la carretera asfaltada, la familia del pastor se movía en dirección a los huertos del barranco. Las ovejas llenaban toda la ladera y los corderillos parecían bolas de nieve de tan blanco y regordetes repartidos por entre el rebaño.

 

      En ese momento de la mañana, que un el momento mágico y eterno, desde la aldea por el camino, subía un grupo de mujeres. Venían a la fuente donde ya las higueras se pudren y venían, unas a lavar sus ropas y otras con sus cántaros de barro a por agua. Venían ellas dándose compañía y charlando de sus cosas y como el camino lo conocían tan bien y la fuente les era familiar, la escena y sus decorados ni siquiera era importante para ellas. Todos los días ocurrían aquellas cosas y así venían sucediendo desde tiempos lejanos.

 

Ni siquiera prestaban atención a la fuente, ni a su caño de agua, ni al camino, ni a las higueras y granados que junto al camino crecían. Ni siquiera prestaban atención a las paratas de piedras de los huertos a un lado y otro del camino y ni a los  hilillos de humo que mansamente brotaban de las chimeneas de las casas y trazando caminos azules, se iban viento arriba hacia el infinito. Tampoco les prestaban ninguna atención a los chiquillos que ya empezaban a organizar sus juegos por detrás de las casas o en las puertas de éstas.

 

      Todo era la misma escena de cada día a no ser que lo de esta mañana estuviera más realzada por el hermoso día de primavera que ya te decía y los brillantes rayos de sol que por todo el campo se extendía. Todo era la misma escena tan repleta de cosas sencillas y pequeñas al mismo tiempo que habituales en este rincón de la sierra. Todo despertaba con el día y nada hacía indicar que fuera diferente a cualquier otro despertar de otros muchos días. Eso era lo que creían ellos o más bien vivían sencillamente y con su monotonía habitual, hasta que su presencia fría y amenazadora, les hizo salir de aquella región de paz.

 

      Las mujeres que se acercaban a la fuente, de repente los vieron. Eran tres y entre ellos él. Y se habían situado junto al rellano de la fuente.

- ¡Míralos donde están!

Dijeron ellas y el corazón les dio un vuelco.

- ¡Válgame el Señor del cielo!  No nos dejan en paz y cada vez que los veo me siento morir. Se han metido en nuestras vidas y hasta que no nos las rompan y nos rompan del todo, no descansarán.

- Desde luego, qué terrible es.

- ¿Seguimos o nos volvemos?

- Vamos a seguir a ver qué nos dicen pero desde luego con ellos ahí delante yo no me pongo a llenar el cántaro.

- Ni yo me pongo a lavar.

- De todos modos vamos a llegar y dejamos ahí las cosas. Los saludamos y los despedimos  y cuando se vayan, volvemos. Por lo menos nos enteramos a qué se debe su presencia aquí.

 

      Llenas de miedo, comidas por la curiosidad y también un poco poseídas por la rabia, se acercaron a la fuente, los saludan y antes de que a ellas les dé tiempo de soltar los cántaros y la ropa, ellos hablan y dicen:

- ¿Adónde vais mujeres?

Y las mujeres casi a coro les contentan:

- Ustedes lo están viendo. Venimos a lavar y a por agua para nuestras casas.

- ¿Y no veis que hoy la fuente ya no tiene agua?

- ¿A qué se debe eso?

- Ya la fuente se ha secado.

- Nunca se secó esta fuente y menos ahora con el año de lluvia tan bueno que hemos tenido.

 

- Es que nosotros la hemos secado y no empecéis a protestar porque hemos cortado el agua que baja por los canales, allá en el barranco de Las Canales para que esa agua deje de regar vuestras huertas y de surtir a vuestra fuente porque la necesitamos para que se llene el pantano.

- ¿Y qué va a ser de los que vivimos en esta aldea?

- Ya sabéis lo que va a ser: tenéis que preparar el petate e iros. A partir de hoy los días están contados. Hoy os hemos cortado el agua para que sepáis que el tiempo se acaba. Esto va en serio porque el pantano ya tiene que empezar a llenarse.

- ¿Pero dónde lavamos nosotros ahora y de dónde cogemos el agua para beber?

- Eso ya no es problema porque en esta aldea lo que a partir de ahora va a empezar a faltar no es el agua sino que empezareis a sobrar vosotros.

 

      Después de estas palabras las mujeres ya no supieron qué decir. Miraron hacia el barranco del valle a ver si sus maridos estaban por allí y en todo caso subían y solucionaban algo con los otros. Pero aquello era otro imposible. Las ovejas y las cabras pastaban y balaban por el barranco y el sol se derramaba por entre todos aquellos montes y allí también estaba presente el fin.

 

      Así que ni siquiera soltaron sus ropas ni sus cántaros. Humildemente se volvieron para atrás e iban a irse para sus casas cuando les vuelven a decir:

- Por hoy podéis quedaros. Ahora mismo vamos a destapar la corriente  para que os podáis lavar y  coger agua para beber. Pero ya sabéis lo que hay. Es el fin porque al mismo tiempo también es el comienzo.

 

      Fíjate tú lo que se vivió junto a esta fuente aquella hermosa mañana de primavera.

- Pero aquello fue duro.

- Para saberlo bien era necesario haber sido uno de los que aquí vivían. Pero en fin; tú sigues avanzando por el cerrillo que sube desde la iglesia y ya te encuentras casi encima de la fuente. Estás deseando verla por la curiosidad de saber qué queda de ella. Mas en este momento, antes de ver la fuente, del lado del puntalillo del Collado Blanco, te llega un fuerte olor a carne podrida.

- Es verdad. De ese lado me llega olor a animal muerto. ¿Qué es?

- Deja el camino, olvida la fuente por un momento y vete por esa ladera hacia el puntal de los olivos pero  ahora, si seguimos el orden que habíamos pensado, nos queda lo de la colonia.

‑ Pues vamos a lo de la colonia y te digo que antes de empezar, el mejor sitio para hablar de ello, es precisamente este: la fuente que fue y ahora se encuentra seca. Desde aquí, con este último recuerdo nos despedimos del lugar y comenzamos a regresas con un poco más de tristeza.

‑ Eso es verdad. Así que empieza.

 

      "Perfectamente me acuerdo de aquellos días de mi juventud cuando yo estaba en el Cerezuelo con el Hermano Joseico en el mirador. Allí lo sentía contar muchas cosas de antigüedad. Decía que los primero pobladores que vinieron al valle del Guadalquivir, unos a vivir y otros a roturar, y allí se pusieron a vivir todos. Aquello era una finca que a pesar de estar rodeada del término de Pontones, es término de Hornos de Segura y cuando Carlos III, dio las dehesas Boyares, les dio el enclave aquel de Hornos Como dehesa Boyar.

 

      En aquella misma dehesa, le dieron a su padre una parcela, en el sitio de Praolargo y comenzaron a hacer un cortijo. Cuando le ponían las primeras maderas fue el fracaso de la colonia y así se quedo a medio hacer. Los Parras hicieron suya la dehesa y la colonia como fue el fracaso del engaño que le hizo aquel bergante que había en Hornos, les decía él que les facilitaba las cartas de Orcera y las traía a Hornos y que les fueran dejando el dinero. Y entonces el muy sinvergüenza, se quedaba con el dinero y no le hacía la gestión. Y como las cartas estaban en blanco, entonces pagaron todo aquello entre don Genaro Parras, don Lucas Rodríguez y don Olayo Rodríguez.

 

      Ellos se repartieron el terreno como Bujarcaer, los Terneros, los Quiñones, la Hoya de Ursula, que fue de don Lucas y las Corralizas de don Olayo. Lo demás fue de don Genaro. Si no es que el hermano Juan Paco, que también fue colono pero que él no se confió de aquel individuo. Iba a Orcera, pagaba, se traía su carta... Luego también fue propietario de Bujaraiza. Y los bujaraizanos aquellos se fueron haciendo fuertes. Porque ¿cómo echar a cualquiera de una casa donde ha estado metido? Eso no ha sido nunca fácil. Cuando pasaron cien años estaban allí todavía. Y el Patrimonio Forestal les compró una colonia entre Córdoba y Sevilla y se fueron para siempre". 

 

Nota: Para completar, de alguna manera, lo aquí relatado, a continuación pongo un pequeño escrito de un amigo. Muchos años después de lo descrito atrás, desde Murcia, este amigo me escribió y mandó el siguiente poema y trozo en prosa:

 

POEMA SOBRE CAZORLA DEDICADO A MI AMIGO JOSÉ GÓMEZ MUÑOZ

Cazorla me echa de menos

Allí se quedó mi alegría:

decidle al aroma que un día fue

que se aleje de gritos y neumáticos,

que reseque los ojos a turistas de humo. 

He abrazado tanto atardecer

defendiendo versos…

He nacido en juma y en refugio,

en amigo y altura. 

Lo confieso: he llorado ausencias.

Abandoné las tumbas de Bujaraiza,

y no me lo perdonan.

Quieren que descanse allí. 

Me insulta cada orilla del pantano:

-¿recuerdas quién fue?-

Me dono a las aguas

que nunca inundaron mi fe. 

Nudos en la retama,

molinos enfadados

triturando las semillas

de mi ausencia. 

Allí se quedó mi alegría:

Prometo volver.

Olvidé recorrer mil cortijos

de piedra, expropiados y sed.  

Javier Morote Martínez

 

EXPLICACIÓN DEL POEMA:

Os propongo un viaje al principio: Imagino, por ejemplo, la aldea de Bujaraiza. Una pequeña sociedad prácticamente autosuficiente. Donde todo el mundo se conocía. Se vivía con lo justo y no necesitaban todos los artificios que hoy creemos imprescindibles.

 

La gente era sencilla y humilde. Se ayudaban unos a otros. Todos tenían un lugar en la aldea y un papel que cumplir en su familia. Las familias eran grandes. Los abuelos eran importantes y su opinión contaba mucho. Existía un respeto a lo sagrado, la gente no se creía Dios; comprendían el porqué de la Creación.No había más ruido que el de los niños jugando felices y el rumor del arroyo. No había temor de unos hacia otros, sino confianza. Las puertas de las casas nunca se cerraban, porque nadie robaba ni hacía daño. Nadie contaminaba y se vivía en armonía con la naturaleza, porque había un respeto a la Creación.Como consecuencia de todo esto, la gente era feliz, plenamente feliz. Todos sabían qué era verdad y qué era mentira; qué era lo bello y qué era lo feo. Este fue el principio. Bujaraiza fue el “Jardín del Edén” que Dios diseñó para el hombre; porque allí el hombre alcanzó su sentido: ser feliz. El ser humano se identifica y reconoce cuando ama y cuando es amado por sí mismo. 

 

Pero un día estalló una cruenta guerra civil y muchos hombres y muchachos fueron obligados a partir a un lugar feo del que muchos no regresaron. El silencio del valle se tornó llanto, las madres enterraban a sus hijos y maridos en el cementerio de Bujaraiza. Todas las puertas se cerraron, los niños ya no jugaban y el agua del arroyo mojó la pólvora.  

La guerra terminó y las gentes aspiraban a recuperar esa felicidad del principio. Pero sin tiempo a curar tanta herida, un día llegaron a Bujaraiza un grupo de ingenieros y comenzaron a preguntar a la gente y a medir con extraños instrumentos los valles y sembrados: querían hacer un pantano. Todos habían oído esa historia; pero con la guerra pensaron que se habían olvidado de la idea de levantar la presa.

 

El día que llegaron las cartas anunciando la expropiación, no podían soportar tanto sufrimiento: iban a inundar todo lo conocido hasta ahora. Nunca pisarían más la tierra de su destino.Unos se fueron a Hornos del Segura, otros a Cortijos nuevos, otros a Úbeda; todos llenos de maletas y tristeza. Desterrados en su propia tierra.No dejaron descansar ni a sus muertos del cementerio: las aguas lo inundaban todo y tuvieron que hacer uno nuevo para salvar las tumbas. Todavía existe ese antiguo cementerio destrozado por el brazo de las aguas que no entienden de pasado. Si vais allí os sorprenderá la extraña paz que destilan sus muros. 

 

A algunos no los echaron porque sus cortijos estaban lejos del valle. Creían que se habían librado; pero años más tarde, cuando hicieron el Coto Nacional de caza también los echaron de las tierras de sus antepasados. Recuerdo a Maximiliano: el “Cojo de la Fresnedilla” que fue encarcelado por negarse a abandonar su cortijo y a sus muertos. Destruyeron las casas, talaron los árboles, aniquilaron a los lobos y quebrantahuesos. ¿por qué permite Dios esto? Porque quiso que el hombre fuera feliz y para ello lo creó libre. Pero el hombre en su libertad no ha elegido lo bello.  

 

Cazorla sigue llorando por tanto daño ¿no la escucháis? El hombre desoye el llanto en la brisa porque no va al monte a escuchar. El turista o montañero de hoy, en muchos casos, ha perdido esa sensibilidad. Duerme en lujosas casas rurales o en camping. Sube a las cimas por ansias de dominio. No quiere escuchar la historia que los cerros le necesitan contar. Yo conozco esa historia, un día la escuché. Por eso Cazorla es mi amiga. Y cuando llevo tiempo sin ir me echa de menos. Las tumbas me anhelan, las aguas del pantano me preguntan enfadadas ¿sabes quién fue? Para comprobar que no haya olvidado lo que hay bajo el pantano.

 

Entre los lugareños existe la costumbre de hacer nudos en la retama, la víspera de San Roque, para dejar allí atado al demonio. Ese demonio que un día llegó a esas tierras para confundir mentira con verdad. Lo acontecido en Cazorla es un reflejo de lo que pasa en el mundo. Cuando viajo allí me muero de pena: valles inundados, cultivos arruinados, árboles talados, desiertas aldeas, molinos oxidados que ya sólo muelen ausencias. Me gusta imaginarme cómo sería todo años atrás, cuando el dolor no conocía de estos parajes. Cazorla nos muestra hoy una triste belleza. Ahora ¿cómo vivimos?: teléfono, prisas, envidias, desconfianzas, miedos, autoengaños, narcisismo, complejos… nos miramos al espejo y preguntamos ¿quién soy? Mucha gente no es feliz: ¿veis los telediarios? Cuanto sufrimiento. Necesitamos volver a lo que somos en realidad.

 

Nuestro lugar espiritual es Bujaraiza. Sin la referencia de ese lugar es imposible ser feliz. Por eso, me gusta ir allí, porque necesito hablar con las sierras y aprender de ellas. Porque es el lugar donde soy yo mismo. Porque la verdadera esencia de lo que soy está en esos sitios: Cuando voy a Cazorla voy a encontrarme conmigo. Este es el sentido de mi vida: recuperar para mí y para las gentes esos pueblos perdidos. Porque las aguas del pantano nunca han inundado mi fe en un mundo mejor: el bien siempre prevalecerá. Lo habéis entendido: Bujaraiza es más bien un lugar espiritual. Bujaraiza es la felicidad que toda persona anhela y que quiere encontrar.Y la guerra, el pantano y el Coto son los defectos y debilidades que tenemos y que nos impiden ser felices.

 

Cazorla me enseña lo que puede ser de mi vida si dejo que me alcancen las balas de la tristeza, o que me inunden las bajezas o que me expropien lo bonito. Pensad en el principio: ¿seríais felices con esa paz, esa amistad, ese respeto, esa confianza, esa tranquilidad?, ¿tenéis hoy en vuestra vida todo eso? Si lo tenéis enhorabuena: habitáis en la aldea de Bujaraiza. Si no lo tenéis ¡ánimo! Emprended la búsqueda. Subid montes y calares, preguntad a pastores y ovejas: vuestro destino está cerca. Y para concluir una confesión: ¿sabéis quién es para mí el alcalde de Bujaraiza? Lo habéis adivinado, el alcalde es Dios.¿sabéis cuál es el único edificio de la aldea que el azote de las aguas, las guerras y los martillos no han logrado destruir? La Iglesia, con su torre apuntando al cielo. Haciendo presente el aroma a belleza de las gentes que un día fueron.  

 

Javier Morote Martínez

 


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