ALGUNAS DE LAS RUTAS MÁS BELLAS DEL PARQUE

NATURAL DE CAZORLA, SEGURA Y LAS VILLAS
EN TORNO AL EMBALSE DEL TRANCO

  

 El contenido de esta página es parte del texto de un pequeño

       libro titulado:          "Rutas Históricas".           Si         

pincha en este enlace puedes verlo en la editorial y tienda online.   

 

 

  Rutas próximo al Embalse del Tranco.

84 - Muro del Embalse del Tranco.

85 - Puente sobre el río Hornos,  Los  Baños.

86 - Los Baños, La Canalica.  

87- El Carrascal, La Platera, Hornos.

88 - Hoya de la Sorda, cortijo de Montillana.

89- Camino Viejo a El Chorreón. (No incluida)

90 - Camino Viejo a  Los Parrales. (No incluida)

        91 - Cruce del río Hornos, El Chorreón. (No incluida)
 

 

CUATRO RUTAS HISTÓRICAS  LITERARIAS

y cuatro paseos en torno al Embalse del Tranco por la cola de Hornos de Segura.

 

     La belleza y el placer más limpio, en la naturaleza, a lo pequeño

 

           El núcleo de donde manan las páginas de este pequeño libro de rutas y paseos,  se posiciona en el cortijo Soto de Arriba, hoy bajo las aguas del Embalse del Tranco, en su cola hacia Hornos de Segura.  Al final de la ruta 3, nos situamos en el balcón de Fuente de la Higuera y desde tan grandioso mirador, se nos abre la gran panorámica.

 

           Al frente, un poco a la izquierda y hacia el norte, tenemos el muro del pantano, justo debajo de nosotros, el gran brazo de aguas azules y en su fondo, el cortijo Soto de Arriba, al frente y en la orilla opuesta, el cortijo de Los Parrales, más hacia la derecha y en la orilla, el cortijo de Montillana, siguiendo la misma orilla y subiendo hacia el pueblo de Hornos de Segura, el cortijo de El Chorreón, en esta dirección y siempre girando de izquierdas a derechas, al final de la gran cola, y sobre la imponente roca, el blanco pueblo de Hornos de Segura y si desde él nos venimos hacia nosotros, siguiendo el borde de las aguas pero por el lado apuesto al  del cortijo de Montillana, tenemos las aldeas de El Carrascal, La Platera, Hornos el Viejo y más próximo a nosotros, el viejo cortijo de Moreno, La Laguna,  Los Baños, el cortijo de Joaquín y volvemos otra vez    al cortijo del Soto de Arriba, corazón de aquella Vega y ahora, de este trabajo.  Y ya, y como dominando la espléndido visión, La Canalica y Fuente de la Higuera que es donde estamos.

 

           Una grandiosa panorámica inundada, en el fondo de su Valle, y por donde quedan las huellas de un mundo con su historia y cultura casi por completo desaparecida y la que no, olvidada.  Estas cuatro rutas y cuatro paseos, intentan penetrar en este pequeño universo para descubrirnos y acercarnos un poco a lo que fue tan rico en vida y belleza y no debe morir nunca. 

 

          

           84 - Muro del Embalse del Tranco,    

             Cañada Morales.

           Carretera. Andando, bicicleta o coche.

 

           La distancia.

           Desde el muro del Pantano al Camping, hay tres kilómetros trescientos metros y  hasta la aldea de Cañada Morales, son unos 7 km.  La carretera que vamos a recorrer es la A-319, según la nueva señalización de hace poco.

 

           El tiempo.

           En coche, son unos siete u ocho minutos yendo despacio para gozar el paisaje. Andando puede tardarse una hora y media y sería un paseo delicioso sobre todo en esta época aunque lo mismo da, porque en otoño o invierno, también es bonito.

 

           El Camino.

           Justo en el muro del pantano, existe una amplia explanada asfaltada y desde aquí hasta Cañada Morales y luego hasta el pueblo de Hornos y Cortijos Nuevos, es carretera asfaltada que discurre a media ladera sobre las aguas del Embalse del Tranco.

 

           El paisaje.

           A la derecha, según subimos desde el muro hacia Cañada Morales, nos va quedando una preciosa panorámica sobre lo que fue el antiguo Valle de la Vega de Hornos, hoy bajo las aguas del pantano. A la izquierda, la preciosa ladera que desciende desde las Cumbres de Beas, toda poblada de pinos. Aquí fue donde ocurrió aquel primer incendio recogido en las páginas del libro “En las aguas del Pantano del Tranco”.

 

           Lo que hay ahora.

           A la derecha, según llegamos por la carretera que sube por el Guadalquivir desde Villanueva del Arzobispo, existe una explanada con algunos chiringuitos y, algo en la ladera del cerro, algunas casas que son construcciones de cuando se levantaba el muro de la presa. Eucaliptos, pinos e higueras. A la derecha nos van quedando las azules aguas del pantano. Nada más salir de la explanada, a la derecha hay una pequeña pista que baja a las aguas donde existen algunas barcas que se pueden alquilar para dar un paseo.

 

           La carretera discurre entre pinos carrascos y a la izquierda nos queda ya una gran pared de rocas que baja desde las laderas que nos van coronando. A la derecha, un  puntalillo donde existe un pequeño chiringuito con un mirador sobre las azules aguas del pantano. Hay una explanada muy bonita donde se puede aparcar bien. El pantano se nos muestra recogido en la estrecha garganta donde tiene el muro y algo más hacia el centro, lo que en aquellos tiempos fue la junta de los ríos, ya se divide en las dos grandes colas. La de la derecha es la del Guadalquivir y la de la izquierda la del río Hornos.

 

           En los días de sol radiante, como pudiera ser hoy mismo, catorce de marzo de 1998, si se mueve el viento, no muy fuerte, se ven las aguas del pantano irisada por completo y sobre la superficie, mil olas pequeñas que son como trozos de espejos, al ser besados por el sol, brillan en la forma y belleza que lo haría un cielo cuajado de estrellas. Es una visión realmente hermosa porque pareciera que las aguas azules de este pantano, que de tan azules y profundas, son casi negras, estuvieran ardiendo con infinitas estrellas que parpadean y son los reflejos del sol que se quiebran sobre las ondulaciones.

 

           En la orilla de enfrente, por donde va la carretera hacia Coto Ríos, sobre la tierra desnuda, se quiebran aun mucho más. Con movimientos de apagarse y encenderse como si fueran pequeñas bombillas de Navidad. Es precioso. Ya al fondo, las aguas se ven mucho más tranquilas  y sin reflejos del brillante sol primaveral que esta mañana baña toda la sierra. Cantan los pajarillos en este día porque muchos han vuelto de aquellos lugares lejanos y la tierra, pues  muestra la primavera algo adelantada porque se ven muchas plantas brotadas como las  margaritas y los pinos,  también con sus flores abiertas y esparciendo polen al viento. 

 

           Justo encima de este primer mirador, nos queda Piedra Capitana, que es un gran paredón de rocas que por aquí la carretera tuvo que cortar para atravesar y seguir.  La ladera se ve cubierta de pinos y arriba, en todo lo alto, los más atrevidos, cuelgan en el vacío asomados al precipicio. Es un rincón bastante bonito para saborearlo despacio en el arranque de esta ruta que nos irá, poco a poco, adentrando a un núcleo fantástico y lleno de hondas bellezas.

 

           Cincuenta metros, avanzando desde el mirador, en la curva justo donde  Piedra Capitana cae hacia la carretera, en roca color caramelo, hoy descubro unas matas de hierba que están florecillas y son como pequeños moños que cuelgan de la misma piedra y como tienen tantas flores pequeñas, blancas y algo azuladas, son preciosas, mirando al sol de media mañana. Toda la pared está cubierta de estas macetas de flores abiertas como si estuvieran saludando a la primavera y realmente sí son bonitas. Desde aquí, estamos casi frente a lo que sería la cola que va hacia Coto Ríos y la que nos queda a la izquierda que es la de Hornos. El romero también está florecido pero es normal porque este año, incluso en el mes de enero, lo he visto en flor. 

 

           A unos setecientos metros del muro del pantano estamos casi en lo que sería el corazón de las dos colas de este gran embalse. Todavía y a la izquierda, Piedra Capitana nos va acompañando mientras la carretera se enfila algo más recta hacia el final de este pantano. A unos novecientos metros del muro, a la derecha sale una pista de tierra que es la que viene desde el cortijo de Montilla, porque esta pista es el antiguo camino que por aquí trazó la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir.

 

           Nos siguen escoltando los pinos carrascos y si miramos a la izquierda, que es por donde la cumbre nos remonta, se ve el cielo azul y algunas nubes blancas revoloteando por lo más alto. Por la derecha, continuamente las aguas del pantano y, a un kilómetro cuatrocientos metros, se nos abre al frente el gran macizo de Monteagudo. Por su ladera se cuelgan Fuente de la Higuera y la Canalica, núcleo del libro que recoge la vida de esta Vega, perdida hoy, en aquellos tiempos.

 

           A un kilómetro seiscientos metros, se desvía otra pequeña pista a la derecha que va  también hacia el rincón  del cortijo de Los Parrales.  Todo como si confluyera buscando el corazón de aquel hermoso valle donde estuvo el cortijo del Soto de Arriba. A dos kilómetros, a la izquierda nos aparece un gran corte de rocas y la carretera lo atraviesa cortándolo y quedando a la derecha un espigón. Subido en él, se nos abre una preciosa vista de todo el pantano hacia la Isla de Bujaraiza.

 

           Al frente y sobre el cerrillo,  se ve el hotel Los Parrales, antigua casa forestal hoy acondicionada y que es bonita. Justo está construida en lo alto de un espigón de rocas que caen hacia las aguas del pantano y abajo, el nido donde se recogió el cortijo de Los Parrales, escenario central de este trabajo que se completa en el libro del Soto.

 

           La carretera sube un poco hacia la izquierda, para atravesar una pequeña hondonada y enseguida,  al frente, una gran parte de las Cumbres de Beas. Mucha cornicabra, coscoja, romeros y pinos es la vegetación que por aquí nos va acompañando. Al cruzar la hondonada, una cuestecilla que remonta suave y el mural donde se anuncia el Hotel de Los Parrales.

 

           Y aquí justo al dar la curva, a la izquierda, sale una pista que está cortada con su cadena y sube a la cumbre del Quijarón. La carretera sigue subiendo suavemente por entre pinos y a la derecha, la depuradora del agua del Camping que nos tropezaremos en unos segundos. Una pequeña recta y enseguida se ve la casa que fue de peones camineros, que está a la izquierda, un espeso bosque de pinos y en el muro que da a la carretera, con letras grandes, escrito: Camping Montillana.

 

           Nada mas remontar, a la izquierda vemos la zona de acampada y a la derecha, un panel que anuncia el arranque de la que serán nuestras tres rutas estrellas: Hoya de la Sorda,  El Chorreón, Los Parrales.  En el panel podemos leer: “Sendero Los Parrales, datos básicos: Longitud, 2,5 km. Tiempo aproximado:  45 m. Dificultad: alta. Tiempo de trazado: lineal”. Ahora dentro de un rato veremos que todos estos datos como que se nos esfuman porque la emoción y belleza de las dos rutas que vamos a recorrer, partiendo desde este punto, es una realidad mucho más profunda y grande.

 

           Y si subimos un poco a la derecha, nos encontramos una hondonada, llanura y esto es la antigua Hoya de la Sorda. Toda la tierra se ve cubierta por la hierba y a la izquierda, un poco en la ladera del cerro que vamos a recorrer, las viejas ruinas de  aquel cortijo que se parecen un poco, entre otros muchos, al que hoy yace en las profundas aguas del Pantano. Si la observamos despacio veremos lo hermoso que aquellas construcciones rústicas, eran y lo bien distribuidas para dar servicio a todos sus habitantes y a los animales que ellos siempre tenían a su lado. 

  

           Al volcar desde la Hoya de la Sorda, siguiendo la carretera y antes de cruzar el arroyo de Montillana, se ve una magnífica vista de toda la cola del pantano. Desde las aguas hacia la carretera y la ladera que sube, queda ampliamente derramadas bajo nuestros ojos y al frente, las otras aldeas entre los bosques y las cumbres que las coronan. En la segunda pequeña curva hacia el arroyo, a la izquierda, el bosque de pinos y la carretera tallada en la pendiente de la ladera.

 

           Por el lado derecho, la calzada de la carretera está sujeta con poyetes de cemento y justo desde aquí, al frente, se ven las viejas casas de las Cuevas de Montillana.  Hay un espigón rocoso y en su corte fue donde metieron estas humildes viviendas.  Un puñado de casas, hoy comidas de zarzas y destrozadas por las inclemencias del tiempo pero seguro que ahí vivían varias familias.  Por encima de ellas y en al paredón rocoso, se ve la cueva.

 

           A la izquierda nos queda un trozo de olivar y más para arriba, los pinos. Se ven los álamos que van cubriendo toda la caída del cauce de este arroyo hasta las mismas aguas del pantano. Cruza la carretera el arroyo y a la derecha, el viejo letrero donde se puede leer: “Cuevas de Montillana”.  Se abre la curva hacia la derecha y al frente, al otro lado de la gran vega cubierta de agua, la imponente figura de Monteagudo.

 

           Y al remontar y girar, enseguida  otra pequeña curva a la izquierda y ahí mismo, un fresno a la derecha y debajo y entre un bosque de pinos, Fuente Mala. Un gran caño de agua es lo que siempre brota por aquí y un pilar de cemento como preparado para que beban los burros y mulos, de aquellos tiempos, por supuesto. Como ya la conozco, casi siempre que paso por el lugar me paro a beber pero esta fuente, queda inadvertida casi por todas las personas que surcan esta carretera.  Es lo que me pasó a mí en aquellos  años.

 

           Una reducida extensión de tierra, a la derecha de la carretera donde se puede dejar el coche y desde aquí baja una sendilla hasta la fuente.  Se ha ido haciendo de pasar las personas que por aquí vienen. Según bajamos, a la izquierda nos queda un buen bosque de pinos. Su sombra y en los días que se aproximan, primavera avanzada y verano, nos pueden servir para un descanso largo.

 

           Fuente Mala, ya lo decía, tiene un gran caño de agua y un pilar. El rincón donde se encuentra es muy bonito por su vegetación y la tranquilidad. Arrancando desde el lugar, la carretera transcurre suave, bien elevada sobre el pantano y desde aquí,  la pequeña recta, se divisa con toda claridad el cortijo de Montillana, la isla, las tierras antes de la isla y las aguas hacia la otra vertiente. Monteagudo nos queda al frente total.

 

           Gira la carretera un poco a la izquierda y ladera arriba, monte bajo y pinos altos y torcidos hacia la carretera. Un buen peñón arriba y en una curva menor que viene hacia la derecha, al borde, se extiende una llanura de tierra. Este lugar es el mejor mirador natural para gozar ampliamente de toda la cola del pantano y las tierras que le rodean. Muchas personas se paran aquí y se quedan admirados por la gran belleza.

 

           Si ya conocemos un poco la historia que se recoge en las paginas del libro “En las aguas del Pantano del Tranco”, es el momento para observar los escenarios e ir encajando las piezas.  Desde ningún otro punto se puede gozar de una más completa panorámica.  Se ven las aldeas y con perfecta claridad, la isla de La Laguna.  Hoy, las aguas cubren hasta casi el mismo borde.

 

           Aquí mismo crece un almendro que da frutos dulces y ahora que todavía están casi en flor, ya muestra sus ramas con un buen puñado. No ha hecho mucho frío este año y por eso tiene muchas almendras.  También está ya cubierto por completo de hojas nuevas.  Desde aquí hacia el rincón de El Chorreón, toda la ladera  poblada de olivos y entre ellos, almendros que se adaptan bien a las ásperas tierras.

 

           Arrancando desde este mirador sin acondicionar y, mientras recorremos la recta que hay, vemos al frente y con una claridad impresionante, el pueblo de Hornos de Segura.  Por encima de sus casas, la impresionante mole del pico Yelmo. Blanca y en todo lo alto, las construcciones para la repetición de señales de radio y televisión. A la derecha olivas y a la izquierda, la ladera con sus rocas y algunas encinas que caen en la dirección del barranco. Atravesamos un trozo de olivar y ya la carretera se retuerce armoniosamente hasta derramarse en la llanura de Cañada Morales.   

 

           Unos metros antes de tomar la llanura que precede a la aldea, en una curva, una pequeña fuente trabada en la pared de la izquierda con su cañito de agua. Si  no vamos atentos, también nos pasaremos sin verla.  Un gran pino por la parte de arriba y si nos asomamos hacia abajo, se ve la pista de tierra que sube desde el barranco de El Chorreón. Por aquí también se puede ir a ese rincón pero es otra cosa.  Justo en esta fantochada está el kilómetro seis doscientos desde el muro del pantano.

 

           A unos cincuenta metros más adelante, un gran pino que se abre con cuatro pies, muy bonitos. La carretera empieza a caer, sin dejar de trazar pequeñas curvas hacia las casas de la aldea. Precisamente este accidente del terreno es una cañada que se recoge entre varios cerros que caen y quedan frenados antes del valle.  Una antigua aldea muy bonita, donde hubo una fábrica de aceite y ahora, pues todavía viven aquí algunas de aquellas personas.

 

           A la derecha, Cañá Morales, la explanada que atraviesa la carretera y a la izquierda, al final de la llanura, el hotel Los. Un edificio nuevo. Justo en el kilómetro siete desde el muro del pantano, se alza Cañada Morales.  En esta llanura donde ahora se alza el hotel, es donde amontonaban las traviesas que sacaban de los pinos de estas sierras. Por aquí pusieron grandes máquinas con las cuales cortaban los troncos de los pinos, sacaban de ellos traviesas para las vías del tren y las apilaban en esta gran llanura hasta que llegaba el tiempo de llevársela flotando por la corriente del río Guadalquivir hasta la estación de Jódar donde las sacaban del río y las cargaban en vagones de tren.  Esta hermosa llanura, en aquellos tiempos, fue un hormiguero de personas trabajando en la madera que sacaban de la Sierra de Segura. Fue esto por la etapa de la Renfe.  

 

           Frente al hotel, a la derecha y sobre un cerrillo, la ermita de esta deliciosa aldea, tan recogida ella en su tierra amada, en su silencio y como ajena a los que por aquí vamos y venimos.  Volcando un poquito, nos queda Guadabraz, El Majal y El Tóvar. Tres pequeñas aldeas que se aplastan humildes en las tierras fértiles de esta sierra que tanto las quiere.

 

            La fragancia eterna.

           Y la otra cosa es que, mientras tú ibas andando  por  la senda del cerro de la ladera con la visión  del cortijo sobre la lomilla y un poco a tus pies, a pesar del verde de esta ladera por la vegetación y la abundancia de pinos, el suelo, la tierra que pisabas, no se parecía a ninguna de las tierras que hasta hoy conoces. Por una extraña sensación real o sólo sentida, tus ojos captaban una tierra llena de brillo parecido a ese que refleja el charol cuando lo tocas. Y no era esto lo más llamativo sino que sobre esta tierra tan llena de esa extraña belleza ibas descubriendo huellas de pisadas humanas.

- ¿Qué son?

Preguntaste al padre del joven que en estos momentos te acompañaba y en tu interior  sabías que él era el más profundo conocedor de cuanto late y respira en estos montes.

- Las he visto muchas veces yo. Ellas son las huellas de aquellas personas atravesando los cerros de estas sierras y que se han quedado aquí para que no se nos olvide que todo esto tuvo su historia.

- Una historia, por lo que se ve, llena de vida y por ser de gente humilde y sin estudios no quedó escrita en ningún libro y estas huellas serían precisamente eso: los libros no escritos pero llenos de mensajes imperecederos para que sepamos de ellos.

- Exactamente, eso son estas huellas que, además, encierran otro pequeño gran misterio.

- ¿Cuál es?

- Que son invisibles para mucha gente. Sólo pueden verlas y gustarlas algunos y más que desde los ojos de la cara, desde dentro.

- Algo así como dice el libro del Principio que sólo se ve bien con el corazón.

- Algo así y parece que este es el principal atractivo de estas huellas que se extienden por toda la sierra y todos los rincones, arroyos, laderas y valles de estos montes.

- Pues todo un fabuloso tesoro que anda perdido, ignorado y desconocido para casi todo el mundo. Tienes que tener cuidado porque si de esto se enteran algunos,  ya verás lo que harán de estas laderas y arroyos.

- Y sobre todo si se enteran algunos de esos que se pasan la vida diciendo que el mundo, la tierra y todo el planeta e incluso la creación entera, ha sido puesta aquí para que el hombre la domine, la transforme y haga de ella lo que le apetezca.

- Exactamente eso es lo que pienso.

 

           En fin, esto es lo que tú viste aquella noche en tu sueño y ahora que andas por aquí te dices que en realidad entre aquello y esto sí hay algún parecido. Aunque el cortijillo es sólo unas cuantas paredes de piedra color chocolate ya bastante caídas, comidas por la vegetación y sin señales ninguna de vida humana. ¿Quién vivió aquí y en qué época? Interrogantes que se te amontonan en el río de todas esas experiencias que tienes de estas sierras quizá para quedar ahí eternamente arrinconadas y sin respuesta. El silencio y la soledad de estos montes hacen todo lo demás.

 

           Pero ellos, desde tiempos lejanos, se refugiaron en el rincón y en noble amor por la tierra, la llenaron del sudor de sus frentes y de  la vida que les corría por el corazón callado y como la tierra los amó,  cada mes y  cada año, ella les dio su fruto en forma de trigales verdes y de habas frescas que relucían al sol de la mañana y de fuentes claras y unos días más tarde, en forma de trigo dorado que se convertía en harina blanca y en pan candeal que de nuevo daba la vida y devolvía al corazón, el calor y amor que del corazón había salido.

 

           Y a ellos, un día los echaron aquellos segundos que llegaron y luego los fueron acorralando las propias aguas de este pantano y los que después hemos llegado y ellos, siempre vivos y abrazados al tiempo que nunca los olvidó y ahora, aquella tierra que fue sangre porque fue hermana en la propia sangre y en el beso de amistad al brotar las primaveras cada año, los sigue llamando y esperando porque los quiere y en la soledad y la tarde, está contenida, soñando.

 

           Y la tierra, porque fue hermana del alma del que fue hermano con ella, sigue esperando que un día vuelvan al rincón y a la luz que por derecho les pertenece y por eso, mientras ando callado y oigo la voz de los que fueron primero y desde el amor que nunca pudre el tiempo, percibo y gusto la forma de aquel beso que está eterno brotando de la tierra y con su melodía diciendo: “Ellos se fueron pero su esencia quedó en el rincón y aunque pasen mil siglos y tanto cambie todo de nuevo, el rincón les pertenece porque lo amaron desde lo más limpio y duro y por eso espera que vuelvan, quizá con el perfume de cualquiera de estas muchas primaveras o con el sol que va de la mano del viento o con el verde de la hierba, porque ellos, amaron tanto a la tierra que además de hacerse sudor con ella, también se hicieron sueño y trigales frescos que da la vida y con el inmenso azul  del cielo, la fuerza que transmite un perfume de olor eterno”. 

 

           85 - Puente sobre el  Río Hornos,  Los  Baños.       

           Carril de tierra. Andando, bicicleta o coche.

 

           Las distancia.

           Siguiendo estrictamente el trazado del carril de tierra, con algún tramo asfaltado, el recorrido total es de ocho kilómetros seiscientos metros. Esto sólo hasta el punto de Los Baños y La Laguna.

 

           El tiempo.

           Si lo hacemos en coche y yendo despacio por lo mal que se encuentra el firme, podemos tardar quince o veinte minutos. Si el recorrido lo planeamos andado, que sería lo más emocionante, tardaremos entre una hora treinta minutos a una hora y tres cuartos.

 

           El Camino.

           Justo al cruzar el puente sobre el río Hornos, kilómetro diez cien desde el muro, se desvía la ruta que discurre asfaltada hasta un poco antes del arroyo de los Saleros. Desde este punto hasta los antiguos baños, hoy La Laguna, es pista de tierra con baches y barro en invierno. Este recorrido y hasta la altura de la aldea de Hornos el Viejo, discurre encajado en la vía pecuaria, con categoría de cordel que viene desde los Campos de Hernán Pelea y por Beas, sale hacia las tierras de Sierra Morena. El nombre que corresponde a este tramo es el de “Cordel de Hornos el Viejo”.

 

           El paisaje.

           Por donde discurre esta ruta es un paraje de los más deliciosos, sobre todo en invierno y en la primavera. Coronando y a la izquierda y sobre la roca, el bello pueblo de Hornos y las laderas hacia el pico de Monteagudo, toda poblada de extensos pinares. A la derecha, los arroyuelos que van muriendo en las aguas del pantano. Varios de estos rincones se describen en el libro “En las Aguas del Pantano  del Tranco”.

 

           Lo que hay ahora.

           A la derecha de la carretera que traemos hacia el pueblo de Hornos, es donde se desvía el carril de tierra que va a los Baños y  Fuente de la Higuera. En el punto cero, una gran encina a la derecha, nos saluda con la solemnidad de su espera y  silencio contenido. Las ovejas pastando junto a las tierras del río Hornos. Todavía por aquí quedan tierras fuera de las aguas del pantano. A la derecha y sobre la llanura, un rodal de álamos y muchos majuelos.

 

           A cien metros atravesamos el gran arroyo que se llamó, en otros tiempos, del Aceite y ahora se le conoce por el arroyo de la Garganta, en la parte alta y de Los Molinos, este tramo  final. Baja el cauce desde las mismas cumbres de las laderas sur del pico Yelmo y en cuanto comienza a descender, que es por donde ahora discurre la carretera que lleva a Pontones, una aldea abandonada con el mismo nombre: “La Garganta”. Algo más abajo está Capellanía y luego el precioso charco de aguas claras donde en verano se bañan los habitantes del pueblo de Hornos.  También es conocido este cauce con el nombre de arroyo de los Molinos por haberlos tenido en otros tiempos. Dos y a la altura en que ahora lo cruza la carretera que sube a Hornos.

 

           Trae mucha agua y el puente casi remite a los primeros que por estas sierras se construyeron.  Al atravesarlo, arriba y a la izquierda, sobre la robusta roca, las casas blancas del precioso pueblo de Hornos. Discurre la carretera, estrecha y aunque asfaltada, con muchos baches, por una pequeña llanura. Cuando llueve,  todo está lleno de agua y es casi imposible pasar por ella a no ser con algún coche grande o andado.  Y cuando no llueve,  sigue teniendo los mismos baches y con mucho polvo.

 

           La ladera a la izquierda con algunos olivos asilvestrados, entre carrascas y a la derecha, la vega que va a ir cortando el río Hornos mientras discurre buscando la cola del pantano. Por aquí cruzaba el camino que en aquellos tiempos salía desde esta Vega y por aquí fue donde aquella niña Maricruz, lloraba montado en el mulo y con la vista puesta en el precioso pueblo de la roca, mientras se alejaba de sus raíces y su amada tierra.

 

           Algunas de las amarcigas de álamos, fueron cortadas no hace mucho. A quinientos metros de la salida, una vaguada muy hermosa. Y si miramos hacia la izquierda, en todo lo alto, el blanco pueblo que pareciera dormir o quizá esperar. Cae un arroyo que se abre en una llanura grande y las laderas todas repletas de olivares. Y la tierra llana, cubierta de una vistosa capa de hierba verde.  Pegando al río, muchos tarayes. Al fondo, remontando una cuestecilla, las aguas del pantano irisadas por el suave vientecillo que corre y como les da el sol de la tarde que está cayendo, brillan pero con un destello distinto a como lo hacían esta mañana. Es como un gran espejo líquido que estuviera todo encendido y haciéndose viento con la leve brisa que pasa.

 

           A la izquierda, una pequeña llanura con algunos olivos asilvestrados entre juncos y mucha hierba fresca. Al otro lado, una ladera de olivos y enseguida un pequeño bosquecillo de pinos repoblados. Recorrer este camino a pie, también es muy bonito e ir bajando despacio para que se nos meta el misterio dentro. Se van alternando los olivos y los pinos, con las retamas y algunas carrascas y en todos los casos, siempre mucha hierba como señal de la fertilidad de estas tierras.

 

           Algunas que otras encinas viejas, la luz de la tarde que le cae de lleno y el imperceptible murmullo de la solitaria tierra. Justo en el kilómetro uno quinientos, hay una llanura muy amplia por donde recta avanza la carretera y por el lado de la derecha, se ensancha más. Toda cubierta de hierba con la apariencia de haber nacido esta noche misma por lo intenso de su verde. Al final de ella, antes de la curva, un rodal de olivos muy buenos.  Se abre la curva a la derecha y luego a la izquierda y remonta por entre un collado menor. Se estrecha el valle y a un lado y otro, las dos laderas que lo van recogiendo y repletas de retamas, mucha hierba, carrascas, olivos y algunos pinos.

 

           Remontamos y al volcar, enseguida cae una cuesta bastante larga y a los lados, olivos. Al frente, en el barranco de un arroyuelo que baja de las laderas donde se asienta Hornos, un rodal de pinos altos y espesos. Es ahora la época de la poda para los olivos. Por todas estas laderas y barrancos, además de verse y oírse las motosierras, los tractores y con sus remolques y mucho personal en la faena, se ven mil chorros de humo blanco que salen de entre cualquiera de estos olivares.  Son los despojos de la poda que arden en cualquiera de las mil lumbres que los mismos trabajadores encienden entre los olivares para quemarlos.

 

           Se ven las ramas por el suelo y en algunos sitios, además del humo elevándose por el aire, se ven los restos de lumbres. Justo al terminarse la cuesta, antes de cruzar el arroyo, se acaba el endeble asfalto que le pusieron a esta casi olvidada carretera. Es el kilómetro dos cien. Empiezan los baches. El arroyuelo, como si fuera pura llanura con mucha hierba y el bosque de pinos espesos. Hasta Fuente de la Higuera, el camino es todo de tierra y, como decía antes, con muchos agujeros y profundos.

 

           Justo al terminar el asfalto, a la derecha se aparta un camino y sube por la ladera a  un cortijo que se ve sobre lo más elevado del cerro. Según tengo entendido, esta construcción se asienta sobre  la Loma Alcanta, que quiere decir Alcántara y es el cortijo de Joaquín. En la casa, todavía viven personas y al mirarlo y mirar el arroyo, descubro que sólo unos metros después de cruzar la pista, ya aparecen las aguas del pantano. Como ahora está tan rebosantes, todas las entradas de los arroyos y ríos que les llegan desde las laderas, son como pequeñas colas de este inmenso mar.

 

           Por muchas de estas colas repletas de aguas transparentes y también tupidas de tarayes y zarzas, las personas de los pueblos cercanos, vienen a pescar. Giramos una curva hacia la izquierda y aquí, con mayor esplendor y claridad, la cola del pantano. Se introduce por la cuenca del arroyo de la Cuesta de la Escalera dándose la mano con el camino que recorremos.  Este cauce también fue conocido por aquellos serranos por el de Los Saleros.  Las piscinas donde se evaporaba el agua para dejar la blanca sal, las veremos en un instante.  Casi hasta ellas llegan las aguas remansadas.

 

           De aquella sal, buena y gruesa, se surtían casi todos los habitantes de   los cortijos que se asentaban en la vega que ahora cubren las aguas. Con ella salaban las carnes de las matanzas y con ella condimentaban los variados guisos y comidas. En otros tiempos, las salinas de Hornos, eran conocidas por todos estos contornos y se valoraban como algo de mucha importancia.

 

           Justo en el kilómetro dos ochocientos, a la izquierda y por donde la cola del pantano se va introduciendo en la cuenca del arroyo, se ven las ruinas de aquellas piscinas. Los manantiales están a nuestra izquierda y bastante remontados en la ladera y barranco hacia el pueblo de Hornos de Segura. Todavía se mantiene en pie el viejo cortijo donde se recogía la sal y luego se vendía. Allí mismo existen más piscinas y una alberca tallada en la tierra a donde caen el chorrillo de agua que brota de la tierra. Este verano pasado, recogí yo de ese lugar, buenos puñados de sal fina. La mejor porque es la que se cuaja, en forma de chuzo, al caer las gotas por las canales de madera que allí se pudren.

 

           El arroyo este también trae mucha agua. Lo atraviesa un puente y ahora recuerdo que al lado izquierdo, siguiendo su cauce, enseguida hay una gran llanura todavía con los árboles de aquellas magníficas huertas, perales, parras, manzanos, granados, membrillos, y al final y pegando al cauce, la construcción de uno de aquellos viejos molinos de trigo. A él acudían muchos de los habitantes de   los cortijos de la vega para moler su trigo y de esa harina, cocer su pan en los hornos de leña en cada una de las casas.

 

           Ya no es molino sino casa de recreo de alguien que tampoco es de estas sierras. Pero se conservan casi todas aquellas construcciones y el precioso rincón repleto de vegetación y abundante agua. El alma se inquieta sólo notar la presencia de la tierra muda y en ella, aquella esencia viva.

 

           Sólo cruzar el arroyo, una curva a la derecha, muchos baches y enseguida remontamos una cuesta.  Al subir, una llanura que se prolonga hacia el lado de El Chorreón. Al frente se ve la gran cola del pantano que va penetrando en las tierras que desde la Vega, se escapan hacia los extremos.

 

           A derecha y a izquierda, según bajamos después de un  puntalillo cubierto de muchas retamas y pinos, nos rebosa la tierra con sus mil matas de tomillo aceitunero.  Estas plantas pequeñas y la mejorana junto con la espesura de los pinos, perfuman el viento de la tarde y los rayos de sol que besa la tierra.  Las aguas del pantano que se ven aquí mismo y bajamos hacia otro arroyuelo que se encuentra justo en el kilómetro tres seiscientos.

 

           Lo cruzamos y de nuevo al remontar, nos saludan los espesos pinos carrascos a un lado y otro. No estoy seguro que por aquí mismo viniera aquel camino real que atravesaba la Vega y subía hasta Hornos.  Pero en todo caso, si no era por este mismo trazado, seguro que sí atravesaba casi los mismos parajes. Y claro que parece como si ellos, montados en sus burros o mulos, fueran a presentarse en cualquier momento y detrás de cualquiera de estas muchas curvas y cerrillos.

 

           En el kilómetro tres setecientos justo hay una curva que gira a la izquierda y desde aquí, una vista preciosa sobre el cortijo de la Loma de Alcanta y el pueblo de Hornos de Segura. A la izquierda, el pantano que nos va continuamente acompañando y mientras  salimos del barranco del la Cuesta de la Escalera que es por donde se ha originado esta preciosa cola.

 

           A la izquierda, las retamas adornadas con sus mil florecillas amarillas oro que al ser iluminadas por el sol de la tarde, parecen como si ardieran. ¡Qué colores más bonitos nos presenta la naturaleza en las plantas más insignificantes y donde menos lo esperamos!  Como si cualquier tallo fuera la plenitud total de la Creación  o como si hacia ella confluyeran todas las ciencias y todos los ríos del tiempo para mantenerla con el vigor y frescura de lo que es único y no tiene otro igual.   

 

   Y el pueblo de Hornos a la derecha, remontado sobre la roca con el sol de la tarde chorreándole amorosamente. ¡Qué espectáculo en cualquiera de los rincones o matices en que los ojos se paren! ¡Qué sencillo y pequeño todo cuanto a un lado y otro aparece y qué sensación de plenitud y exuberancia!

 

           Justo en el kilómetro cuatro doscientos, remonta la pista un poquito por entre un bosque de pinos y las aguas del pantano, muy cerca. Cuatro trescientos y remontamos un  puntalillos donde hay unas olivas todavía pequeñas y gira a la izquierda. Se ve ya Monteagudo al frente y como surgiendo de la profunda sierra. La cola del pantano pareciera que brotara de las entrañas del mismo cerro. Más al fondo y a la derecha, el centro donde fueron las juntas de los ríos cuando las aguas del pantano relucían por su ausencia.

 

           Bajamos y una extensa llanura con el mismo mágico vestido de belleza que he visto tantas veces. Kilómetro cuatro ochocientos y cruzamos un arroyuelo. Al frente y a la izquierda, el cortijo que tanto me impresiona cada vez que lo veo. Todavía no sé quién vive en él a pesar de que esta tarde, una mujer mayor barre la entrada. Me entran ganas de parar y acercarme para preguntar por algunas de los millones de dudas e ignorancias que sobre esta sierra me acompañan en cada momento. Pero no paro. Sigo y me voy diciendo que volveré otro día pero ¿será ya tarde?

 

           Otra llanura y  llena de viejas encinas. Kilómetro cinco y tenemos una señal de stop. Justo es aquí donde se junta el trozo de pista que desde Hornos de Segura, pasa por la Platera y el Carrascal y continua en la dirección que llevamos. A partir de este empalme, los agujeros en el firme, ya no son tantos y la pista hasta se ensancha.  A lo largo del año, la arreglan varias veces porque las personas de las aldeas que tenemos al final, tienen que usarla para comunicarse con el resto del mundo.

 

           Cinco seiscientos y tenemos una curva a la derecha y las aguas de este hermano charco artificial, nos quedan casi al alcance de las manos. Al frente se ve con toda claridad las ruinas de El Chorreón. Al dar la curva, desde lo hondo, nos sigue saludando Monteagudo. Por el lado que le vamos entrando, se derrama la sombra de la tarde y así parece más misterioso.

 

           Siete doscientos y de continuo nos va acompañando, por la derecha, el bosque de pinos y las aguas del pantano. A la izquierda los olivares. Al frente aparece, siempre esbelto y profundo, el pico de Monteagudo. Toda la ladera sembrada de olivos y de la mitad hasta la cumbre, el espeso bosque de monte virgen. Un día recorrí ese bosque y por eso sé ahora que ahí crecen las madroñeras, lentiscos, cornicabra, muchos enebros y sabinas y sobre todo pinos y zarzas.

 

           En todo lo alto del pico de Monteagudo, que es un cono que acaba cortado en horizontal, en la pura roca que emerge como en un volcán hacia las nubes. En esa explanada podrían aterrizar los helicópteros, si fuera necesario pero las muchas rocas quebradas y grietas que ahí se abren, lo impedirían. En el libro del Soto de Arriba, se habla profusamente de este pico y la excursión que al final de la guerra, los vecinos de este cortijo hicieron a rezar el rosario para dar gracias.

 

           La ladera que se derrama hacia los Baños, está poblada de unas piedras que nunca he visto en ninguna otra parte de estas sierras. Parecen de origen volcánico.  Muy irregulares, negras y duras como el mismo pedernal. Toda la ladera. Nunca he visto yo piedras iguales por ningún sitio. Y por esto, hasta me he dicho, en alguna ocasión, que las aguas calientes que afloran por el manantial de Los Baños, ¿no podrían pasar por alguna fuente de calor en la profunda tierra? ¿No hay por aquí alguna actividad volcánica?

 

           En realidad, la cúspide de Monteagudo, es como si fuera una columna de rocas  surgida desde el vientre de la tierra.  Como si fuera una chimenea volcánica. Kilómetro ocho quinientos y tenemos el final de nuestra ruta, Fuente de la Higuera, que no es la aldea sino una zona de acampada libre que junto al ojo de la Laguna y por el cerrillo de Los Baños, montaron.  Hay un mechón de pinos y muchos tarayes que ahora cubren las aguas del pantano y por eso, las tierras donde se instalaban los que venían a acampar, quedan por completo cubiertas.

 

           Kilómetro ocho seiscientos y ya estamos en el punto exacto. Nos saluda el bosque de pinos y la fuente de piedra que fabricaron para que los campistas tuvieran agua. No brota aquí este manantial sino bastante más arriba y en el arroyo  de Los Baños. Desde ese rincón se la traen hasta este punto metida en su tubo de plástico negro. También las hornillas ahora solitarias y el canto de muchos pajarillos. La isla de La Laguna, la tenemos al alcance de la mano. Es justo el cerro donde estuvo construido el cortijo Moreno.

 

           Vi yo que el otro invierno pusieron por aquí una cerca de palos alrededor de las aguas de La Laguna para evitar que las personas se metiera y cayeran. Ahora descubro que no hacen falta. La Laguna queda por completo cubiertas por las aguas y también las ruinas de los viejos baños. ¡Lo que ha subido este pantano  en estos dos últimos años! Y lo digo porque yo lo tengo recorrido y hasta me he bañado en la vieja bañera que todavía queda de aquel balneario.

 

           En el libro inédito “Desde el Embalse del Tranco del Alto Guadalquivir”, del mismo autor que esta guía, se dice: “Según las noticias que me estás dando descubro que ese lugar fue un verdadero mundo lleno de vida y riqueza pero me queda por ahí la confusión del balneario. ¿Hubo o no balneario en algún lugar de esa llanura?

- Sí que hubo balneario por esos llanos y eso en los textos antiguos puedes leerlo pero no se encontraba por esta parte de El Chorreón.

- ¿Por dónde estaba?

- ¿Tú conoces el “Ojo de la Laguna?”.

- ¿Te refieres a ese charco de agua turbia que hay cerca de Fuente de la Higuera?

- Allí donde todavía sigue funcionando la única zona de acampada libre que existe en el Parque, ahí mismo se encuentra lo que nosotros llamamos el “Ojo de la Laguna”.

- Pues sí la conozco. Varias veces he ido por el lugar porque con esa laguna me pasa como con las ruinas de El Chorreón, me tiene fascinado.

- Pues allí mismo, doscientos metros más abajo aún se ven las ruinas de lo que fueron “Los Baños”, que es como por aquí nosotros siempre hemos llamado a ese rincón.   

- ¿ Y por qué dejaron eso?

- Tú tendrías que saber que esos baños son muy antiguos y aunque ya antes de la construcción del pantano no funcionaban plenamente, a partir de cuando el pantano se llenó, todo quedó cubierto bajo sus aguas. Dicen que el agua de esos baños es una de las mejores del mundo porque las han llevado a Madrid y todo y dicen que van a sacarlos de esa zona a un lugar donde el agua del pantano no llegue para poner en funcionamiento otra vez esos baños pero la verdad es que yo no sé si eso será posible y el dinero que pueda costar. Quizá si ese proyecto, casi sueño se hiciera real, podría ser bueno para este pueblo mío, porque fíjate que teniendo como tenemos estas y otras cosas tan buenas, casi únicas en el mundo entero, nadie le da importancia y ahí se pudren sin aportar ningún beneficia a la sociedad y menos a los pobladores de estas tierras. Quizá ese decir se quede en lo que se quedan tantas otras cosas que también dicen. Sería estupendo ¿Verdad?

- Sí que lo sería y por eso  hay que  esperar a ver si al final salen adelante estos proyectos que dicen pero la verdad es que yo todavía no he terminado con la aclaración de estas dudas mías”.   

 

           Al pasar esta tarde por aquí recuerdo como fueron los primeros tiempos de los baños: “Esto era una familia que había en los Baños de la laguna. Se dedicaron a hacer casetas y bañarse. Sus casetas con sus pilas. A ese lugar acudían las personas para bañarse. Uno de la Canalica bajó porque estaba perdío de reuma y hasta con la cabeza torcida. A los tres días de bajar ya volvió por su propio pie.  Siguió bajando hasta siete veces. Ya no tuvo que volver más. Se curó por completo.

 

           En aquellas fechas a los baños acudían muchas personas de todos estos pueblos cercanos y también de los pueblos de la Loma de Úbeda. Estos baños parecían una feria. Y encima de que tenían muchas casetas para dormir, cerca de los baños, crecían cuatro robles gigantes. En las sombras de estos árboles sesteaban muchas de las personas que acudían a los baños en busca de remedio para sus enfermedades. Al mismo tiempo, como aquello parecía una feria, se formaban sus bailes. Tocaban con una guitarra que tenía una sola cuerda. Otras veces acudían a la gramola que tenían allí. Por   los cortijos de la Vega de Hornos todo el mundo oía que en los baños, toda aquellas personas que acudían a quitarse el reuma, allí se la dejaban.  Y los de la Vega dijeron:

- Y no nosotros que estamos aquí cerquita ¿por qué no vamos a los baños?

De muchos cortijos de la Vega acudieron a los baños y en aquellas aguas se dejaron también su reuma.

 

           Cuando se iba la gente de los baños, las personas del Soto, de Fuente de la Higuera, de la Platera y de Hornos, acudíamos a los bailes que por todos esos cortijos se formaban. Todas las noches estábamos sino en un lado, en otro. Pero a base de buenos bailes y no lo que hay ahora. Lo de antes era mejor que lo de ahora.  En aquellos bailes se cantaban coplas como la que dice:

 

                                Montillana y los Parrales,

                                la Laguna y la Platera,

                                Hornos y Cañá Morales,

                                Cortijos Nuevos y Orcera,

                                la Puerta y los Ventiscales.

 

           La fragancia eterna.

           Es por la mañana y aunque la tierra de la ladera y la sombra de las encinas que se derrama en ella, es la misma del día anterior y la de hace cien primaveras, por ella hoy duermen los caminos que llevan al centro de la emoción que sabe a tristeza y por ella, baja el pastor detrás de sus blancas ovejas que corren buscando las bellotas y como la tierra hoy sí tiene sabor a hiel y a esencia, él habla y les dice, a las tres que por su lado se quedan:

- Vosotras comeros estas bellotas que voy cortando de las ramas y pongo sobre la tierra que ya veréis como os saben a gloria y os alimentan.

 

           Y mientras desciende por la pendiente que precede al Valle, de las ramas viejas y de las bajeras de las encinas, arranca las bellotas y a puñados, las va soltando en el pasto y entre la hierba   que ya comienza a brotar y las ovejas se las comen mientras las otras ya se han perdido por entre las sombras densas de las tierras llanas que es hacia donde vienen bajando porque es por ahí por donde está el calor del corazón y como ahora él siente el cansancio, la confusión y la tristeza, otra vez habla con ellas y les dice, mientras se comen su bellotas:

- Cuando ya por fin sea viejo ¿quién se acordará de mí y quién me dará una mano para que me apoye, al bajar por esta ladera y quién me dará el cariño que necesito y en el rincón tranquilo de mi casa pobre y quién se encargará de prestar su cuidado a los tomates de mi huerto y a vosotras mi ovejas?

 

           Y como en la mañana clara, el mundo entero parece confluir hacia el centro del Valle que es por donde se celebra la fiesta, sigue descendiendo los caminos que vienen desde todos los extremos y al llegar a la curva del arroyo, se tropieza con la abuela que también camina encorvada y mientras da sus pasos torpes y reza, viene pronunciando el dolor que dentro le quema:

- Al encuentro de la última fiesta en este Valle pero es necesario para que, aunque ya seamos extraños en la propia tierra, nos quedemos abrazados y envueltos en la fragancia eterna. 

 

           Y el Valle, como callado y rebosando casi de la misma angustia que en sus corazones ellos  llevan y los caminos fluyendo por donde manan las fuentes y  todo, como en su espera y como es por la mañana, unos a otros se dicen que todavía hoy tienen tiempo de juntarse y rezar y charlar y contarse las cosas que en sus almas les inquieta aunque todo esté tan claro que fluya como un río inmenso pero no de aguas limpias, sino de amarga tristeza.

                                   

 

           86 - Los Baños, La Canalica,  Fuente de la Higuera.       

           Carril. Andando, bicicleta o coche.

 

           Las distancia.

           Desde la antigua zona de acampada, que es donde brota La Laguna, siguiendo siempre la vieja pista de tierra y, hasta Fuente de la Higuera, es sólo un kilómetro quinientos metros.

 

           El tiempo.

           Remontando desde este lugar de La Laguna, si lo hacemos andando, cosa que sería mucho más emocionante, podremos tardar una media hora pero si subimos en coche, serían sólo tres o cuatro minutos. Desde La Canalica y Fuente de la Higuera, podríamos trazar alguna ruta hasta el picacho de Monteagudo.

 

           El Camino.

           Este camino o ruta es la prolongación de la pista que hasta Los Baños, hemos traído. Asciende ladera arriba por entre olivares y aunque el firme sigue siendo tierra, está mejor que el primer tramo.

 

           El paisaje.

           Desde Los Baños o La Laguna que es donde estuvo la zona de acampada, se extiende un precioso olivar que según se asciende, va abriéndose hacia las aguas del pantano. En el libro “En las Aguas del Pantano del Tranco”, se habla extensamente de las dos aldeas sobre estas laderas, La Canalica y Fuente de la Higuera, así como de las personas y cortijos que por aquellos tiempos vivían por aquí y daban vida a estas tierras. El pico de Monteagudo, corona a estas aldeas y puede servirnos para una bonita excursión a pie.

 

           Lo que hay ahora.

           Justo donde hemos dado por finalizada el recorrido que nos ha traído por la orilla de las aguas hasta La Laguna y Los Baños, comienza la pequeña ruta que nos lleva a la aldea de La Canalica y Fuente de la Higuera. En realidad sólo tenemos que continuar por la misma pista. Pero como cada rincón de estos parajes encierra tanto y es tan núcleo en el inmenso mar de aquella historia ensordecida, es necesario fragmentar para gustar la propia esencia y con sus matices únicos.

 

           Recto y pegado al pinar, avanza el primer trocico de camino y formando línea  paralela con los límites de las aguas. A los cien metros, se despega la pista y ya empieza a remontar en busca de las mágicas aldeas que, en forma de balcón, todavía hoy siguen mirando al Valle perdido para siempre. Primero entre zarzas y se ven los olivos a un lado y otro y al frente, nos deslumbran las blancas casas de esta antigua aldea.

 

           El camino está bastante bien y una curva a la izquierda. Sigue remontando entre zarzas y muchos olivos. Quizá estos árboles son todavía algunos de los que Maricruz conoció cuando aún vivía en su idílico cortijo del Soto de Arriba. Desde este curva, se nos abre al fondo el precioso pueblo de Hornos con la gran cola del pantano como de alfombra.  Desde esta ladera y, según nos vamos elevando, la vista es cada vez más impresionante.

 

           Un kilómetro hasta la segunda curva que es donde ya la pista de tierra gira hacia la derecha y enristra recto a La Canalica. Tiene una recta que sigue subiendo y pinos a un lado y otro. Los olivos están por aquí pero se pierden por muchos trozos porque no es posible su cultivo en tierra tan quebrada. Vamos dirección al poniente y desde aquella lejanía por donde el sol se oculta, se alza la sierra de Las Lagunillas, desde aquí mucho más hermosa y como trazando una muralla entre las aguas del pantano y la gemela montaña que es esta que vamos remontando.

 

           Las cuatro o seis casas de La Canalica y un kilómetro trescientos. Muchos paneles solares de aquellos que pusieron para que estas personas tuvieran luz eléctrica. Llaman la atención nada más acercarse. Unas casas a la derecha y varias a la izquierda bastantes viejas. Paredes de alguna casa derruida y al frente, precioso y con toda su majestad a pesar de los escombros, el cortijo de Montillana.  Por encima queda el arroyo con el mismo nombre, el cerro de Hoya de la Sorda y la zona del camping.

 

           En aquellos tiempos, en esta bonita aldea de la Canalica vivía la tía Asunción que tenía cuatro hijas y dos hijos. La tía María, que le decían la Panadera que tenía dos hijos y dos hijas. Una se casó y se fue a vivir a las Lagunillas. Cuando se casó la otra se fue a la Hoya de los Trevejiles y creo que los otros quedaron solteros. Estaba Santiago el Chico, que le decíamos así y tenía otros cuatro, dos marginas y dos varones. También vivía allí Catalina Marín que tenía tres hijos y cuatro hijas. También se fueron por ahí lejos. Una de estas hijas queda en Cortijos Nuevos. En el cortijo de Isidro Marín, había siete hijos, dos del matrimonio, eran nueve y la abuela, diez.  

 

           “Esas casas que dices que hay en La Canalica, cuando yo estaba allí, no existían. Sólo el cortijo Grande del Maestro Parras, su mujer y sus hijos, cuando vivía toda la familia allí. La construcción era de  un cortijo grande, de labranza y el cortijillo chico donde vivía Santiago Caro, de apodo “El Chico” y su mujer Victoria, con estas dos niñas gemelas que yo te cuento y otros niños más que tenían. Si desde aquellos tiempos han edificado más casas nuevas, no lo conozco yo porque cuando vivía en mi Soto, no existían”.   

 

           Es, por lo tanto, este punto, un balcón para terminar de gozar la ruta 1 y los paseos al El Chorreón y a Los Parrales. La carretera sigue adaptándose a la ladera pero nosotros, metiéndonos por entre las páginas del libro del Soto de Arriba, escuchamos a María de la Cruz y de La Canalica, entre otras cosas, nos dice:

            

           ” Y esta mujer no sabía rezar el rosario. Pero su corazón, ella lo tenía puesto en Dios. Cuando mi abuela decía “Dios te salve  María...” como no sabía contestar: “Santa María...” decía: “que no le pase ná mi Juan a mi Modesto a mi Antonio y a mi Manuel”. Luego en la letanía, cuando se decía: “Ora por nobis...”, como era antes, ella: “que no les pase ná, que no les pase ná...” Aquello, vamos, emocionante de oírla. Pues no les pasó nada. Cuando terminó la guerra, volvieron sus cuatro hijos. Los cuatro y a ninguno le pasó nada. Que dos viven todavía en la Canalica: Juan y Manuel. Allí a lo que se le tenía también mucha devoción era a la cruz.  El día tres de mayo, casi en tos   los cortijos, hacían una cruz y organizaban fiestas. La cruz de mayo era muy famosa por el lugar. Y luego la fiesta del pueblo, la patrona, Nuestra Señora de la Asunción y San Roque...

 

           ... En la llanura se juntaban mozos de la Fuente de la Higuera, de la Canalica, de la Laguna, del Baño, de Cañá Morales, acudían  también, de los Parrales. De todos aquellos cortijos. Es que no sé por qué, si porque estaba precisamente a orillas del camino real, mi Soto era muy popular. Muy pasajero, de todo el mundo pasar por la puerta, el Soto era muy popular. Allí se juntaban todos los mozos a jugar a los bolos. Y a ambos lados del camino, los viejos y los chiquillos, mirando a los muchachos compitiendo con sus  bolos”.

 

           Sigue el camino, ciñéndose a la ladera, casi llano y siempre en la dirección en que se pone el sol.  Y ya al frente, en la ladera, por debajo de un pico muy parecido a Monteagudo pero mucho más pequeño y que está arropado de olivos hasta casi la misma cumbre, mirando al pantano, está Fuente de la Higuera. Es un bloque de casas, todas apiñadas y clavadas en las tierras, que se caen sin caerse y por eso asomadas como si todavía no se creyeran que lo del pantano sea real.

 

           Se ve el artilugio de las placas solares y la carretera le llega suavemente.  Desde aquí, la mejor vista para gozar y orientarse por todo este amplio rincón de la cola del pantano que se comió lo más fértil  del pueblo de Hornos. Nada más llegar, la tarde que vine por aquí para empaparme más a fondo de estos rincones, me encontré con un señor algo mayor y al pararme, le pregunto:

- ¿Es esto Fuente de la Higuera?

Y me responde:

- Donde hay agua, higos y brevas.

Y al salir su señora, también le pregunto:

- ¿Qué sabes tú  del cortijo Soto de Arriba?

- ¡Madre mía! Si ahí me he criado yo.

 

           Y sin querer ni pretenderlo, desde el balcón de la bella Fuente de la Higuera, nos metimos bajos las aguas del pantano y por entre las ruinas de aquel gran cortijo nos pusimos a jugar:

 

           “Yo vivía en el Soto, enfrente de Mary Cruz. La casa de ella y la mía estaban así porque mi abuelo y su padre eran hermanos. Pues una distancia de Mary Cruz como desde aquí a esa cochera.

- ¿Y cómo era aquella niña?

- Mary Cruz era una maravilla. Era una niña bonita que siempre iba muy bien vestida. Entonces no se compraban las cosas como ahora pero su abuela tenía unas manos que eran divinas. ¡Le hacía unos calcetines, calados y de colores, que eran preciosos! La niña, desde luego, era bonita pero es que iba como una princesa.

- ¿Y tú jugaste con ella alguna vez?

- ¡Pues claro! Pero ella ha sido muy religiosa, siempre estaba con las estampas. Y es que la abuela era una persona muy especial y así salió aquella niña tan dulce que nunca se enfadaba, sin rabia ni pataleos. Vamos que era una niña maravillosa. Ya después no la he visto pero siempre la planta desde chica crece.

 

           La tarde es brillante y el sol cae sobre las azules aguas del Pantano. Desde estas casas de Fuente de la Higuera, balcón sobre el Valle perdido, se adivina aquel mundo sumergido para siempre en el gran lago de aguas color cielo.  Mirándolo y mirándola a ella y con el recuerdo del Soto en mi mente, me digo que hay que ver cómo son las cosas y el tiempo resbalando por ellas. Y lo digo porque parece que después de tanto, lo único que al final queda, es aquello que pasado el sueño, permanece vivo.

 

           “Y ya que te hablo de La Fuente de la Higuera, quiero decirte, una vez más, que allí vivían unas personas buenísimas y a todas las recuerdo perfectamente. Te puedo contar muchas vivencias y muy agradables como de todas las cosas y personas que  conocí en mi Vega. Y aquello lo tengo muy andando porque unas veces subíamos por gusto y otras por aquello de las cartas de los soldados. De La Fuente de la Higuera, también había muchachos en la guerra. Concretamente al hermano Jacinto y a la hermana Paula, le mataron un hijo en la guerra que se llamaba Isidro. Además de otras hijas que tenía, yo al que más recuerdo era a Domingo porque era muy amigo de mi hermano Ángel.  Quiero decirte que hasta esta pequeña aldea de mi tierra amada, llegó la tragedia de la guerra.

 

           Recuerdo perfectamente al hermano Blas y a la hermana Ramona que es la que te conté que bailaba con tanta gracia aquel día tres de mayo. Esta señora y su marido, Blas, son los padres de Paulino el que se casó con mi prima Ramona como ya sabes. Recuerdo al hermano Eustaquio, a la hermana Piedad, el hermano Toribio, la hermana Ramona, el hermano Ángel Hernández y su mujer Dionisia. Este matrimonio tenía varios hijos pero hijas sólo  una que se llamaba Lorenza y creo que todavía vive y se casó con Domingo, el hijo del hermano Jacinto y la hermana Paula. Todas estas personas eran bondadosísimas.

 

           Seguro que nadie se acordará de mí pero yo sí me acuerdo de ellos. Me dejaron mucha huella por lo buenos que eran todos conmigo. La huella que dejan las personas buenas que conoces, es para toda la eternidad”.

 

           Al frente, un poco a la izquierda y hacia el norte, tenemos el muro del pantano, justo debajo de nosotros, el gran brazo de aguas azules y en su fondo, el cortijo Soto de Arriba, al frente y en la orilla opuesta, el cortijo de Los Parrales, más hacia la derecha y en la orilla, el cortijo de Montillana, siguiendo la misma orilla y subiendo hacia el pueblo de Hornos de Segura, el cortijo de El Chorreón, en esta dirección y siempre girando de izquierdas a derechas, al final de la gran cola, y sobre la imponente roca, el blanco pueblo de Hornos de Segura y si desde él nos venimos hacia nosotros, siguiendo el borde de las aguas pero por el lado opuesto al  del cortijo de Montillana, tenemos las aldeas del El Carrascal, La Platera, Hornos el Viejo y más próximo a nosotros, el viejo cortijo de Moreno, La Laguna, Los Baños, el cortijo de Joaquín y volvemos otra vez    al cortijo del Soto de Arriba, corazón de aquella Vega y ahora, de este trabajo.  Y ya, y como dominando la espléndido visión, La Canalica y Fuente de la Higuera que es donde estamos.

 

           La fragancia eterna.

           Vino un tiempo esplendoroso y al explotar la primavera, la Vega se cubrió de hierba fina y los cerezos de los huertos, se llenaron de flores blancas, en cantidad tanta, que parecían una nevada intensa y las perdices, por las laderas, a todas horas desgranaban sus cantos y como el buen tiempo se prolongó y las lluvias llegaron tarde, la tierra se empezó a secar mientras las zarzas por los cibantos, echaban sus hojas nuevas.

 

           Y una tarde de aquella primavera adelantada y toda esplendorosa aunque algo  seca, se cubrió el cielo de nubes y al caer la noche, la lluvia fina regó la tierra y con las temperaturas cálidas de la noche negra, salieron los caracoles y de luces de teas encendidas se llenó toda la Vega y al salir el sol, al otro día por la mañana, sí era de verdad un ensueño ver tantas flores abiertas e impregnadas de gotitas transparentes y oliendo, todo el campo, a dulcísima esencia.

 

           Y el joven, el que recorría la Vega soñando y esperaba a la otra primavera y tenía el corazón herido y temblaba de tanto miedo, se sentó bajo la encina a contemplar el momento mágico y a ver de qué manera encontraba un camino que le llevara al corazón del amor que le quemaba por dentro y otra vez, no encontró consuelo sino incertidumbre y mil destrozos en todo cuanto amaba con fuerza.

 

           Y estando en esta angustia florecida  de tan dulce primavera por la tierra que tanto ama, se dice que quizá una manera de encontrar algo de consuelo, sea concentrarse en los ojos y desde ahí, por las venas que llevan al alma,  relajarse  y lo mismo hacer con el aliento que por la nariz se le cuela y también con la garganta y luego con el corazón, que es donde está la fuente de los sueños y así de este modo, dejarse dormir sin dolor, en el fluir de la primavera “porque quizá sea este el camino que me hace esencia con las cosas y las fuentes que brotan en mi Vega”, se dice.

 

           Y aquella mañana, la primavera dulce, estaba llenando la tierra y él sentado bajo la encina con su dolor doliendo y con su sueño bello, intentando hacerse fragancia con el latido de su amada Vega.  

                               

 

87- El Carrascal, La Platera, Hornos  el Viejo, Hornos de Segura.     

Carretera y carril. Andando, bicicleta o coche.

 

           Las distancia.

           Desde el cruce con la pista que va a Los Baños y pasando por las aldeas de El Carrascal, La Platera y Hornos el Viejo,  unos seis kilómetros.

 

           El tiempo.

           En coche y subiendo despacio para empaparnos a fondo de la preciosa vista que nos ofrece el pantano, ahora desde otra perspectiva y más lejos, se tardan unos diez minutos.  Andando, realidad que es muy gratificante, se puede recorrer en una hora y media aproximadamente por ser cuesta y en algunos tramos, muy pronunciada.

 

           El Camino.

           Se trata de una pista de tierra que comunica a las aldeas de El Carrascal, La Platera y  Hornos el Viejo con su hermano mayor sobre la gran roca.  Discurre a media ladera elevada sobre el valle donde se embalsan las aguas y su firme está bien pero depende de la estación del año en que la recorramos.

 

           El paisaje.

           Desde las tres pequeñas aldeas hasta Hornos nos acompañan las laderas pobladas de olivares clavados en las tierras que un día fue despojada de encinas y robledales. Hoy, los espesos bosques de pinares cubren las partes altas de estas laderas y ascienden hasta las mismas cumbres que nos van quedando a la derecha. El arroyo de la Cuesta de la Escalera, nos sale al paso a mitad de la ruta y nos asombra un poco más con su caudaloso cauce y profundo surco arropado de sombras y espesa vegetación. Siempre al fondo, la grandiosidad de las aguas del pantano y sobre ellas, los reflejos de luces suaves y mágicas.

 

           Lo que hay ahora.

           Por el trozo de pista que nos dejábamos a la izquierda cuando bajábamos hacia Los Baños, kilómetro cinco, torcemos de regreso hacia el pueblo de Hornos de Segura. En la llanura y entre viejas encinas y olivos, nos tropezamos con las blancas casas del El Carrascal. El camino por aquí está bastante bien. Sube no demasiado empinado y busca la segunda aldea que es La Platera. Es este un grupo de casas bastante grande y por aquí, todavía tienen ellos sus huertos, sus animales de aquellos tiempos y casi pura, su forma de vida.

 

           Se ven algunos burros, nos recrean los huertos bien cuidados y las manadas de ovejas pastando. Gira el camino hacia Hornos el Viejo, porque las tres aldeas casi se dan la mano y antes de entrar a sus casas, a la derecha, nos sale una pista de tierra que remonta. Por aquí descienden los pastores de la gran Sierra de Segura, Pontones y Santiago de la Espada, cuando  bajan a las tierras de Sierra Morena a invernal. Es por aquí por donde viene la vereda de trashumancia y por esta pista, es también por donde se ha pensado desviar la carretera asfaltada  que viene desde Jaén capital hasta Santiago de la Espada.

 

           Y a la entrada de Hornos el Viejo, una gran noguera y a la derecha, la fuente  sobre una preciosa explanada  donde se puede aparcar y beber agua fresquita. Es muy cortito el recorrido por el centro de las pocas casas que forman este pueblo y a la salida, una encina grande a la izquierda. Una mujer mayor que corta troncos de pino con su hacha vieja. No vive mucha gente en esta aldea y menos en las temporadas de invierno. En verano, como suele suceder en muchos pueblos y aldeas de estas sierras, si vuelven muchos de los que fueron emigrando porque las raíces tiran.

 

           Justo en este Hornos el Viejo, el camino deja de remontar y gira para el pueblo de Hornos de Segura, surcando las sierra a media ladera y remontado bastante sobre el pantano. Abundan los pinos, porque esto sí es ya tierra del Parque Natural. Tierra blanca y roja y monte bajo, torviscos, cornicabra, romeros y enebros. En el kilómetro uno cien, en una curva hacia Hornos, una vista preciosa del pueblo al frente y más cuando ahora cae el sol y lo tenemos mucho más cerca. Al fondo y a lo lejos, sobresale Cortijos Nuevos y el Cerro de Hornos que es el que por al lado del levante, corona el pueblo.

 

           Otra curva, ya más cerca, y el pueblo que sigue viéndose al fondo y remontado sobre la gran roca. Por debajo se descubre el barranco donde están los manantiales de aguas saladas, usadas en aquellos tiempos, para extraer la sal que se consumía en muchos de   los cortijos y se ve el camino que sube hacia las ruinas que por ahí todavía quedan.  Vamos dando una curva por esta ladera repleta de pinos y al frente, antes de cruzar el arroyo de la Cuesta de la Escalera, nos mira la empinada ladera cubierta de olivos.

 

           Abajo a la izquierda, se nos abre el arroyo y por sus orillas, un espeso bosque de álamos subiendo por el cauce y un edificio antiguo que es uno de los tres molinos que por aquellos tiempos funcionaban en este arroyo. Molían trigo, cebada, habas, panizos y pimientos colorados. A la derecha la gran ladera tan repleta de pinos y el cerro cayendo hacia el barranco con sus recios farallones rocosos. El camino corta esta pendiente y sube paralelo al cauce del arroyo buscando un punto mas propicio para atravesarlo. Es preciosa esta subida buscando el puente.

 

           Justo en esta angostura los pinos parecen desplomarse amontonados y entre ellos, los olivos. Como es por la tarde, da la sombra y como es ya casi primavera,  resulta un paseo delicioso hacer calladamente este camino. Una perdiz se me cruza antes de alcanzar el puente y se me para sólo a quince metros, entre las aulagas y pegado a un olivo. Están en celo y por eso, en el pecho de enfrente, oigo a la otra reclamándola. Tiene un plumaje muy bello.

 

           En el kilómetro tres trescientos, desde El Carrascal hacia Hornos de Segura, está el puente que da paso al cauce del arroyo Cuesta de la Escalera. Es este un rincón tan lleno de encanto que bien merece una larga parada y gozarlo detenidamente.  Las perdices, pues aquí están en su mundo como también ocurre a lo largo y ancho de todas estas sierras. Mucha tierra suelta que es lo que a ellas les gusta, mucha agua tienen ahora y mucha hierba. Ya estarán preparando sus nidos porque el refrán dice que “en marzo, con tres o cuatro”.

 

           Desde el arroyo, la pista de tierra, remonta algo empinada y por momentos aparecen los típicos baches. Por la otra ladera vamos buscando el pueblo blanco de la gran roca. Al principio son pinos y monte bajo y enseguida, muchos olivos. Como es por la tarde, el sol está cayendo sobre el pantano y su luminosidad no deja que veamos claramente la majestad del gran charco lleno hasta los bordes. Si fuera por la mañana, la imagen sería a la inversa y ello desprendería mares de belleza mágica.

 

           Y es un gran espectáculo porque al fondo, se divisa toda la cola ahora desde la perspectiva que nos da la distancia que tenemos por medio. Al fondo, desde cualquier ángulo que contemplemos este pantano, nos queda siempre la sierra de Las Lagunillas y al otro lado, la cordillera y sierra de Beas. Por aquí, mucho romero florecido, mucha aulaga y ya, algunas personas mayores que, como sucede en todos los pueblos de estas sierras, salen a pasear al caer la tarde.

 

           Ahora hay abundantes espárragos y por eso muchas de estas personas se entretienen buscándolos para hacerse su tortilla al caer la noche. Aprovechan, hacen gimnasia, gozan del campo que tan dentro llevan y de paso, cogen sus espárragos. Este año hay buena cosecha porque ha llovido bastante y ahora estamos teniendo un buen tiempo.

 

           Kilómetro cuatro trescientos, la visión del pueblo blanco sobre la roca, nos sigue sorprendiendo y cada vez más cerca. La pista se va adaptando a la ladera del olivar sin dejar de trazar curvas y formando balcón sobre el amplio valle.  De la pista para abajo, muchos olivos y de la pista para arriba, todo monte espeso porque subimos hacia las partes altas del Cerro de Hornos. En el kilómetro cuatro setecientos y en una curva hacia Hornos, la vista del pantano es esplendorosa.

 

           Una cueva a la izquierda, muchas higueras, el antiguo lavadero del pueblo también a la izquierda y unas niñas que se han parado a beber, en su paseo con bicicletas. Este lugar es la famosa Fuente de Camarillas. Los lavaderos verdaderos del pueblo de Hornos, en aquellos tiempos que no ahora, están justo a la entrada por la vieja Puerta de la Villa.  Es justo este el kilómetro cuatro novecientos. Y el cementerio algo más adelante y a la derecha. Al remontar, se allana la carretera y en el kilómetro cinco cien, se encuentra el cementerio.  A la izquierda nos queda una gran piedra, entre  olivos y un buen pino.

 

           “La fuente que tú dices se encuentra por la parte del cementerio nuevo, eso se llama Camarillas. Ese lavadero, esa fuente es así como se ha llamado de siempre y el lavadero que hay o había, no sé si estará todavía, a la entrada del pueblo por la Puerta de la Villa, es donde siempre se ha lavado. Allí iba una cantidad de agua muy enorme y es a donde bajaban del pueblo a lavar también pero este lavadero es más moderno que el de Camarillas. Lo hicieron después.

 

           Y antes de llegar a Camarillas, en una curva que  en la carretera de Hornos a Pontones, hay un mirador. A ese rincón le llaman Las Celadillas y desde allí se ven cosas maravillosas. Yo no sé qué nombre tendrá ahora pero a aquella curva y al lugar, nosotros le decíamos Las Celadillas”.

 

           Kilómetro cinco  trescientos, a la izquierda una roca grande, pegada a la carretera y abajo, el barranco donde se encuentran los manantiales salados y las viejas ruinas de aquellas construcciones.  “Otro recuerdo de aquella escuela y la maestra es que un día, nos llevó a todas las niñas, de excursión al salero para que lo viéramos. Esto fue durante el tiempo de la guerra. Vimos como brotaba el agua, como se convertía en sal y ella nos iba explicando el proceso de como se iba cristalizando. Me acuerdo que vimos unas piletas, unas abarquilla chicas y el agua iba entrando, clara que parecía agua corriente pero luego se convertía en sal. Ella nos lo explicaba pero yo no me acuerdo.  Y había allí unas piletas que estaban llenas de sal y aquello estaba precioso de tanta sal blanca que parecía nieve.

 

           Los hombres que trabajaban  tenían unas herramientas que parecían legones  y con estos utensilios la recogían y la amontonaban para irla sacando y vaciar las piletas para que se llenaran otra vez de agua y que se fuera haciendo sal. Aquella sal, luego la iban vendiendo y como por allí todo el mundo hacia su matanza, pues aquella sal se distribuía por todos sitios. Mucha gente iban a los saleros a por sal para salar los jamones, los embutidos y para el gasto de las casas. Los saleros de mi pueblo de Hornos eran los que abastecían a todos   los cortijos de aquellos contornos.

 

           No sé en qué otro sitio habría algún salero más, porque yo no tengo noticias nada más que de las salinas de Hornos. Le decían el Salero de Arriba y el Salero de Abajo y yo estuve, entrando por el pueblo de Hornos, en el Salero de Arriba”.

 

           Kilómetro cinco quinientos, la curva y se abre majestuosa y al frente, Hornos. Estamos como a quinientos metros del pueblo. Es precioso, remontado sobre la roca, en primer plano, las casas nuevas y las torres del castillo y de la iglesia.  Desde el valle, la ladera sube llena de almendros ya todos vestidos con sus nuevas hojas que revientan de un verde intenso.

 

           A la entrada y a la izquierda, unas ruinas, una fuente, una higuera a la derecha, tierra roja de la torrentera y ya las casas del pueblo y la calle que se empina. “Yo creo que esas ruinas son las del molino de aceite de don Francisco Blanco”.  Al coronar, dos direcciones:  a la derecha, se sale a la carretera asfaltada que viene desde Cortijos Nuevos.  Es la vía principal de acceso a este pueblo que al llegar, lo roza, trazando una cerrada curva y sigue remontando. Escala por el barranco de la Garganta y asciende hasta el Puerto de la Cumbre. Si desde aquí continuamos por esta carretera, nos llevará a Pontones Alto y Bajo, al nacimiento del río Segura, a los Campos de Hernán Pelea y a Santiago de la Espada, con todas su bellas aldeas y grandiosos paisajes.

 

           Por la dirección de la izquierda, penetramos en el corazón del pueblo de Hornos de Segura.  Enseguida y a la izquierda, la plataforma del mirador sobre la amplia Vega que hoy cubren las aguas del pantano. A la derecha y enseguida, la Puerta Nueva, tallada en la pura roca que baja desde el cerro del castillo y que en otros tiempos sirvió de muralla. La entrada al recinto amurallado, era por unos arcos en la muralla, al otro lado del pueblo y también cortando el espigón rocoso. En cuanto atravesamos el estrecho de esta roca, aparecen las casas y las calles estrechas por entre ellas y bajando un poco, salimos al recinto de la plaza de la iglesia. “La Rueda” como desde siempre se llamó el rincón y de ello, María en su libro del Soto, nos da buena referencia. 

 

           Nos queda a la izquierda la fachada de la iglesia y la puerta y una entrada, por donde está el Ayuntamiento, nos sitúa en otro de los miradores, el del Aguilón,  que se abren desde todos los extremos de este pueblo. Asomados a él, casi colgado en la pura roca, al frente y desde las profundidades, se nos presenta la azul llanura de las aguas  del pantano y, hacia los lados y hasta las cumbres, las grandes laderas como rebosando y vestidas con su manto verde negro.

 

           Es este un momento importante por lo que tiene de resumen, en un sólo vistazo, del rincón que hemos surcado recorriendo las distintas rutas. Si nos concentramos y observamos atentos, veremos como el gran Valle se nos presenta con la belleza del cuadro más perfecto jamás pintado por artista humano.  Desde el fondo, allá a lo lejos y por la derecha, emerge la carretera por donde sube la primera de las rutas. A la mitad y desde ella, se descuelga el primero de los paseos que sobre el Valle y por las orillas de las aguas, se divide en los otros dos paseos, el de El Chorreó y Los Parrales.

 

           Ya en la parte alta, por la izquierda,  la pista de la segunda ruta y al final pero sobre las sierras que descienden desde las cumbres de Pontones, las dos rosas de aldeas asomadas a su balcón como si esperaran que el cortijo del Soto, en cualquier momento, surgiera de las aguas. Más por nuestra izquierda, las otras tres aldeas y la pista que asciende hasta el núcleo de casas donde ahora estamos detenidos. Pero en el centro de este reino de ensueño que más parece pertenecer a otro universo que a la propia tierra que lo contiene, el juego de colores y luces tamizando los remansos y las llanuras verdes.

 

           Y todo, y lo que se adivina guarda su silencio en espera del momento y pareciera que está como de rodillas o alfombrando el real camino de la eternidad, que desde lo hondo arranca hacia nosotros y  las blancas casas de Hornos de Segura, sobre el pedestal de rocas. Y nosotros, absortos sin saber ni hablar o en todo caso preguntando: “¿quién nos los puede describir con la claridad con que nos quema dentro?”

          

           Y como la imagen de tan irreal cuadro de belleza fina y misterio condensado, no me cabe en las palabras que por mi mente pasan, aquí guardo silencio. Que la quietud de las casas de este dulce pueblo y la grandiosidad de su Valle aplastado, obre en nosotros el milagro y nos abra los ojos del alma, que es donde se fraguan los caminos que llevan a las más completas rutas y manan las fuentes que dan color a todas las praderas. Que Dios quiera poner su hálito de amor en el corazón que nos ha regalado y nos premie con el gozo de lo puro para que lo rozado por nosotros quede más limpio y aquello que nos ha rozado a nosotros, nos haga más libres, grandes, trascendentes y enamorados.

          

           La fragancia eterna.

          Siguió pisando la arena blanca, acompañado del rumor del agua y el perfume de la primavera colgada desde las rocas y al mirar al frente, como era por la mañana, vio el sol brotando desde sus cumbres largas y vio sus chorros de luz, blancas y color naranja, caer por los barrancos de las nieblas finas y la espesura de las zarzas y vio luego arder de luz pura la superficie de los charcos y el musgo trabado en las piedras y por donde el río corta las rocas que bajan de las partes altas, vio como en manojos espesos, el sol se colaba e igual que en aquellos tiempos, encendía de oro y primavera fuego, el surco por donde sigue cruzando la corriente plata.

 

           Y siguió avanzando despacio, ahora ya pisando el borde acristalado de los remansos blancos y jugando, como en aquellos días, con las pequeñas playas de arena blanca y al llegar al fresno recio, vio que el venero o la fuente clara que surgía con aquel denso caño, ya no estaba o sí estaba pero encerrada entre cemento y muchos tubos negros que por entre la hierba  cruzaban y el rellano, con más cemento y las escaleras también fraguadas con cemento y al pisar el rincón arropado por la sombra del viejo fresno, sintió que aunque la primavera seguía corriendo en forma de río y colgada en los culantrillos de las rocas de los lados, no era lo mismo  porque sobraba el cemento y faltaban los juncos verdes que cubría al manantial y los berros que siempre crecían en el agua fresca que saltaba por la corriente clara.

 

           Y siguió bajando y al dar la curva y meterse, con el río, en la garganta del misterio verde y los charcos blancos encajados entre las rocas y la arena del lecho de las aguas, vio que por la derecha y, rompiendo las arrugas de la cara de las piedras, iba tallada la senda y luego encajada en el estrecho y después con barandas de hierro y más escalones de cemento y al llegar al charco de sus sueños, donde con el hermano y la hermana niña y la primavera bella y los puros rayos de sol del verano, se había bañado tantas veces entre aquel juego celeste  de rosas inmaculadas, vio que casi nada era blanco a pesar del río corriendo y la primavera colgando por las laderas, en las rocas y a los lado de las aguas.

 

           Y siguió, todavía un poco más, bajando y al ver la carretera de alquitrán negro y tallada por donde estuvieran las madroñeras y los nidos de las águilas, ya no quiso avanzar más y se quedó mirando al hermano sol que redondo asomaba por las cumbres y como en aquellos días, al campo venía bañando de frente y al agua del río blanco y a las hojas de los álamos y a la primavera entera que estaba por doquier brotando y a él que allí, quieto y en silencio, observaba al valle amado, tan dulce y todo teñido de luz naranja y aunque era el mismo de siempre, le parecía tan otro y raro, dentro de su corazón, que hasta en llanto se le transformaba  porque más que nadie, él sabía y estaba viendo que se lo habían robado a la fuerza y a traición y de espaldas al brillo mágico de la singular mañana.

 

 

           88 - LOS PASEOS.   

           Hoya de la Sorda, cortijo de Montillana. 

           Carril y vereda. Solo andando.

 

           Las distancia.

           Si nos bajamos siguiendo la pista de tierra que atraviesa los olivos,  puede llegar al kilómetro y algo. Si nos vamos acortando las distintas curvas que traza este camino, el recorrido es menor.

 

           El tiempo.

            Hasta las ruinas  del cortijo de Montillana, no se tarde más de veinte minutos pero es obvio que también depende del ritmo que llevemos y lo despacio y a fondo que deseemos gozar los paisajes.

 

           El Camino.

           Este camino es un trozo de pista que baja desde el Camping de Montillana, Hoya de la Sorda, hasta enlazar con el que recorre las orillas de las aguas del Embalse del Tranco por Montillana y el viejo cortijo de Los Parrales.

           El paisaje.

           El punto de partida de esta ruta, es el mismo collado de la Hoya de la Sorda, justo donde se encuentra el camping.  Desciende casi en picado buscando la hondonada del pantano  y lo recorremos entre olivares, encinas, viejos robles, aulagas y muchas zarzas por el arroyo que nos va quedando a la derecha. Al frente nos va impresionando la vista de las aguas del pantano, las cumbres de Monteagudo, las aldeas en su ladera y más cerca de nosotros, el viejo cortijo de Montillana y las llanuras por donde se asienta. Poco a poco nos vamos metiendo en el corazón de lo que recoge el libro:  “En las aguas del Pantano del Tranco”.

 

           Lo que hay ahora.

           En cuanto paramos  sobre la llanura del pequeño collado, a la derecha, si subimos desde el muro del pantano, vemos un panel que recoge algunas indicaciones de la ruta que vamos a recorrer: “Sendero Los Parrales, datos básicos: Longitud, 2,5 km. Tiempo aproximado:  45 m. Dificultad: alta. Tiempo de trazado: lineal”. Ahora dentro de un rato veremos que todos estos datos se nos esfuman porque la emoción y belleza de las tres rutas que vamos a recorrer, partiendo desde este punto, es una realidad mucho más profunda y grande.

 

           Y si subimos un poco a la derecha, nos encontramos una hondonada, llanura y esto es la antigua Hoya de la Sorda. Toda la tierra se ve cubierta por la hierba y a la izquierda, un poco en la ladera del cerro que vamos a recorrer, las viejas ruinas de  aquel cortijo que se parecen un poco, entre otros muchos, al que hoy yace en las profundas aguas del Pantano. Si la observamos despacio veremos lo hermoso que aquellas construcciones rústicas, eran y lo bien distribuidas para dar servicio a todos sus habitantes y a los animales que estos habitantes siempre tenían a su lado.    

 

           La vegetación que vemos aquí es: jaguarzos, coscoja, cornicabra, jara blanca, pinos carrascos y encinas, entre otros. Un gran pino carrasco que se dobla hacia las ruinas del viejo cortijo. Sobre el esqueleto de lo que fue el cortijo, se adivina que era bonito. Si lo rodeamos por detrás todavía vemos cómo estaba distribuido esta construcción. Las paredes están casi intactas, no el tejado, por la parte de atrás, una higuera que es donde tenía la puerta, se ven las distribuciones por dentro, un pequeño rodal de tierra con mucha hierba, que cae hacia el barranco y la higuera que todavía sigue con vida pero comida por las zarzas y entre los escombros de las ruinas. Aquí es donde vivía aquella gente, buenas personas que penaron trabajando la tierra para sacar el pan que les daba la vida.

 

           Desde aquí hay una vista muy bonita sobre las cumbres de Beas. Podemos recorrerlo y observarlo y aunque está roto casi por completo, todavía se ven las vigas de madera que eran las que sujetaban el tejado y la cámara, donde estuvo la chimenea, las habitaciones, la lacena, las paredes blanqueada con la cal que ellos mismo cocían en sus caleras, el corral de los animales, las piedras que formaban las paredes, calizas y la mezcla que las sujetaban y los marcos de la puerta y las vigas amontonadas. Con un poco de interés, podemos hacernos una idea de cómo era la vida de aquellas personas que un día se fueron y por el rincón quedan sus huellas, puede que, para la eternidad.

 

           El sendero que baja es una pista de tierra que desciende hacia el cortijo de Montillana. Arranca justo a la derecha a la altura del camping Montillana y lo primero que tiene a su derecha, son dos grandes encinas que con su sombra cubre la tierra hoy tapizada de mucha hierba verde. El vestido hermoso de estas bellas sierras y las señas de identidad que remiten a lo sublime. Cantan los pajarillos, porque en primavera, todo este bosque se llena de mil pajarillos  que anuncian y proclaman la vida y sube un aire fresco desde el barranco.

 

           Desciende enseguida, cayendo casi en picado porque baja hacia  la hondonada de lo que fue el gran Valle de la Vega de Hornos y se viene por el lado izquierdo de las ruinas  del cortijo que dejamos atrás. Y baja cortado entre las dos pequeñas laderas del collado que va dando configuración a un arroyuelo. Se divide enseguida en dos: uno que va a la derecha, por entre los olivares que será el bueno y otro que sigue casi al frente, más pegado a las partes altas del cerro y  busca la ladera que se enfrenta a la aldea de Fuente de la Higuera. No es este el bueno y lo descubrimos enseguida.

 

           Lo vemos cortado con una cadena y unas letras que dicen: “Camino particular”. Una alambrada protege las tierras y como nosotros ya vamos por el de la izquierda, seguimos bajando y en unos metros nos metemos por entre los olivos. Se ve que los todo terreno si bajan a lo hondo y también los tractores cuando tienen que hacer alguna faena entre estos olivos. Mucho lentisco, zarzas, jara blanca y pinos grandes que tienen gran vistosidad.

 

           Enseguida aparecen los olivos. Como dos pequeñas estacas a los lados por donde estaría la cadena cuando la ponen. A la derecha nos va quedando el arroyuelo que empieza a tomar forma y se le ve lleno de zarzas entre varios fresnos. Al frente y en lo hondo, el gran lago de las aguas del pantano, todo hermoso con sus tonos azules verdes y los reflejos de los montes y cielo que le rodean. Al otro lado se ven la Canalica y Fuente de la Higuera. Se ve el camino dibujando revueltas por la ladera. Desde aquí ya vamos viendo también la pequeña isla de Montillana. Es un puntal de tierra algo elevado que cuando el pantano se llena, queda rodeado por las aguas.

 

           Y si subimos un poco a la derecha, nos encontramos una hondonada, llanura y esto es la antigua Hoya de la Sorda. Toda la tierra se ve cubierta por la hierba y a la izquierda, un poco en la ladera del cerro que vamos a recorrer, las viejas ruinas de  aquel cortijo que se parecen un poco, entre otros muchos, al que hoy yace en las profundas aguas del Pantano. Si la observamos despacio veremos lo hermoso que aquellas construcciones rústicas, eran y lo bien distribuidas para dar servicio a todos sus habitantes y a los animales que estos habitantes siempre tenían a su lado.    

 

           La vegetación que vemos aquí es: jaguarzos, coscoja, cornicabra, jara blanca, pinos carrascos y encinas, entre otros. Un gran pino carrasco que se dobla hacia las ruinas del viejo cortijo. Sobre el esqueleto de lo que fue el cortijo, se adivina que era bonito. Si lo rodeamos por detrás todavía vemos cómo estaba distribuida esta construcción. Las paredes están casi intactas, no el tejado, por la parte de atrás, una higuera que es donde tenía la puerta, se ven las distribuciones por dentro, un pequeño rodal de tierra con mucha hierba, que cae hacia el barranco y la higuera que todavía sigue con vida pero comida por las zarzas y entre los escombros de las ruinas. Aquí es donde vivía aquella gente, buenas personas que penaron trabajando la tierra para sacar el pan que les daba la vida.

 

           Desde aquí hay una vista muy bonita sobre las cumbres de Beas. Podemos recorrerlo y observarlo y aunque está roto casi por completo, todavía se ven las vigas de madera que eran las que sujetaban el tejado y la cámara, donde estuvo la chimenea, las habitaciones, la lacena, las paredes blanqueada con la cal que ellos mismo cocían en sus caleras, el corral de los animales, las piedras que formaban las paredes, calizas y la mezcla que las sujetaban y los marcos de la puerta y las vigas amontonadas. Con un poco de interés, podemos hacernos una idea de cómo era la vida de aquellas personas que un día se fueron y por el rincón quedan sus huellas, puede que, para la eternidad.

 

           El sendero que baja es una pista de tierra que desciende hacia el cortijo de Montillana. Arranca justo a la derecha a la altura del camping Montillana y lo primero que tiene a su derecha, son dos grandes encinas que con su sombra cubre la tierra hoy tapizada de mucha hierba verde. El vestido hermoso de estas bellas sierras y las señas de identidad que remiten a lo sublime. Cantan los pajarillos, porque en primavera, todo este bosque se llena de mil pajarillos  que anuncian y proclaman la vida y sube un aire fresco desde el barranco.

 

           Desciende enseguida, cayendo casi en picado porque baja hacia  la hondonada de lo que fue el gran Valle de la Vega de Hornos y se viene por el lado izquierdo de las ruinas  del cortijo que dejamos atrás. Y baja cortado entre las dos pequeñas laderas del collado que va dando configuración a un arroyuelo. Se divide enseguida en dos: uno que va a la derecha, por entre los olivares que será el bueno y otro que sigue casi al frente, más pegado a las partes altas del cerro y  busca la ladera que se enfrenta a la aldea de Fuente de la Higuera. No es este el bueno y lo descubrimos enseguida.

 

           Lo vemos cortado con una cadena y unas letras que dicen: “Camino particular”. Una alambrada protege las tierras y como nosotros ya vamos por el de la izquierda, seguimos bajando y en unos metros nos metemos por entre los olivos. Se ve que los todo terreno si bajan a lo hondo y también los tractores cuando tienen que hacer alguna faena entre estos olivos. Mucho lentisco, zarzas, jara blanca y pinos grandes que tienen gran vistosidad.

 

           Enseguida aparecen los olivos. Como dos pequeñas estacas a los lados por donde estaría la cadena cuando la ponen. A la derecha nos va quedando el arroyuelo que empieza a tomar forma y se le ve lleno de zarzas entre varios fresnos. Al frente y en lo hondo, el gran lago de las aguas del pantano, todo hermoso con sus tones azules verdes y los reflejos de los montes y cielo que le rodean. Al otro lado se ven la Canalica y Fuente de la Higuera. Se ve el camino dibujando revueltas por la ladera. Desde aquí ya vamos viendo también la pequeña isla de Montillana. Es un puntal de tierra algo elevado que cuando el pantano se llena, queda rodeado por las aguas.

 

           Según vamos bajando, porque la ladera se pronuncia cada vez más, al frente se nos va abriendo  la gran panorámica de los montes donde se asienta Hornos el Viejo, El Carrascal, La Platera y más a la derecha, los barrancos hacia el Collado de Montero, con el arroyo de la Canalica, la aldea de la Canalica y Fuente de la Higuera. El pueblo de Hornos de Segura, se nos queda por debajo de las cumbres del Yelmo y el cerro de Hornos pero al frente de nosotros y remontado en su roca y como si surgiera de las azules aguas del gran pantano.

 

           Al venir por aquí, ya es bueno haber leído el libro “En las aguas del Pantano del Tranco”, porque al ver ahora los paisajes, sin duda que nuestro gozo a la vez que nuestra compresión, será mucho más completa. Ahora nos iremos haciendo una buena idea de lo que fueron, en aquellos tiempos, los paisajes de este espléndido rincón y lo que son hoy.

 

           También al frente pero ya un poco atrás y a la derecha, se nos alza el pico de Monteagudo. Son las doce y media de la mañana y el disco del sol, está en todo lo alto. Con razón aquellas personas tenían como referencia el gran picacho de Monteagudo, para saber en qué hora del día se encontraban y sobre todo, el medio día. Sobre las aguas del pantano se reflejan las laderas de este monte, con las aldeas de La Canalica y Fuente de la Higuera. Es una visión preciosa.

 

           Y aquí por donde vamos andando, a la izquierda nos va quedando la cumbre de un pequeño cerrillo de tierra blanca poblado de jaguarzos, carrascas arbustivas, una encina bastante vieja y gruesa, mucho romero y aulagas que por estas fechas están florecidas. A la derecha, los olivos que son todavía jóvenes sobre esta tierra blanca. Y al fondo, las aguas azules del pantano. Y más a la derecha, por donde viene el camino bordeando las aguas, el bosque de pinos y entre ellos, el gran concierto de pájaros.  Se ve,  al frente, el cortijo de Montillana.

 

           Saliendo de este cerrillo, la pista se divide en dos. El ramal de la izquierda, va al frente por entre los olivos y la de la derecha, sigue bajando en busca de la que sube desde el cortijo de Los Parrales. Aquí gira ahora hacia la derecha buscando el barranco por donde viene el pequeño arroyuelo que nace justo donde hemos cogido esta pista. Se ve al frente, con toda su majestad, la ladera repleta de olivos y arriba, la corona de pinos entre espeso monte bajo que es por donde se nos han quedado las ruinas  del cortijo Hoya de la Sorda.

 

           Según llegamos a la curva, descubrimos que por el arroyuelo baja un chorrillo de agua. Seguro que no será así en otras épocas del año pero hoy sí tiene este chorrillo y muy claro.  Ha llovido mucho este invierno y se puede adivinar que ya más metidos en verano, puede que no tenga agua ninguna. Pegado a sus zarzas crece el poleo y a las palomas torcaces, que toman bien las sombras y espesura de estos pinares, se les siente por entre las zarzas bebiendo.

 

           La pista va tallada en la ladera de este cerrillo de tierra roja con vetas blancas  y gris ceniza, y también se adivina que su principal misión es para dar paso a los olivos que vamos atravesando. En cuanto damos la curva otra vez hacia la izquierda porque este camino desciende trazando muchos zigzags, enseguida a la derecha y abajo, el camino que viene desde el cortijo de Los Parrales. Arranca del muro del pantano, pasa por Los Parrales, el cortijo de Montillana, los parajes de El Chorreón y sigue hasta salir a la carretera por el río Hornos. Este es el camino que trazó la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir cuando terminaron de construir la presa.

 

           Este camino es nuestro paseo dividido en dos preciosos tramos. Cogiéndolo en el cortijo de Montillana que es donde tiene su centro, hacia un lado y otro, quedan dos distancias casi iguales y repletas de mucha belleza. No es la cantidad sino la calidad, la calma, la reflexión y el gozo pausado lo que nos proporciona un placer grato y suave que cuela hasta lo más hondo.

 

           Al llegar al  puntalillo, otra vez se vuelve a dividir.  Un tramo que sigue hacia el arroyo y desde aquí ya se oye el rumor de la corriente del arroyo de Montillana, y otro ramal que tira a la derecha y remonta, bajando, un  puntalillo de tierra blanca con aulagas y olivos a la izquierda. Este es el que va    al cortijo. Desde aquí mismo, si miramos hacia el arroyo, se ve la gran espesura de álamos que pueblan las orillas del cauce. Por ahí, narra María, mana la caudalosa Fuente del Tobazo. El manantial donde nace, con toda su fuerza, este arroyo de Montillana.  Frente queda la ladera de olivos por donde está Fuente Mala y más para arriba, las Cuevas de Montillana, el barranco por donde baja el arroyo, arriba las cumbres y la ladera tupida de pinos.  De la carretera para abajo, pinos y olivos.

 

           “La Fuente del Tobazo, yendo por la carretera del Tranco hacia Cañá Morales, está a la parte de abajo de la carretera.  Más abajo de la cueva y dando vista a Montillana. Es una fuente poco visible, yo no sé ya si después le habrán puesto algún pilar o la habrán señalizado de alguna manera. No lo sé. Yo me acuerdo de verla allí. Y por gusto, por complacer a mi hermano Cesáreos, fuimos una vez, mi hermano, su mujer, mi marido y yo. Echamos la comida y nos estuvimos todo el día en la fuente aquella, que como ya aquello lo anda menos la gente, pues estaba todo cubierto de zarzales y tuvimos que apartarlos como pudimos. Allí pusimos sandias y melones para que se refrescaran porque salía un agua que era gloria bendita. 

 

           Por esto  te decía que está muy oculta. Hay que buscarla por entre la maleza y por esto creo que el arroyo de Montillana es el agua que suelta la Fuente del Tobazo. Aunque entonces había una desviación para no tener que subir a llenar los cántaros al mismo nacimiento.  Había una desviación por una acequia que siempre estaba muy limpia y muy respetada porque ya sabíamos todos que de allí cogíamos agua para beber. Que había un árbol que me parece que era un fresno y allí sí estaba el agua encauzada con una teja donde se ponían los cántaros para llenarlos.  Por las tardes, después de dar de mano de la trilla, es cuando mi hermano iba y llenaba los cántaros por el gusto de beberla tan fresquita. Y esa fuente no tiene más remedio que estar allí”. 

 

           Una alameda preciosa. Por entre los  árboles, muchas zarzas, muchos juncos y rosales silvestres y el rumor de la corriente que ya se siente con toda claridad.   Al girar un poco hacia la derecha, ya se ve perfectamente el cortijo de Montillana. La pista rodea el cerrillo de tierra blanca y vuelve a girar otra vez hacia el poniente, buscando ahora el arroyuelo que baja desde el collado del comienzo. Entre dos arroyos y por lo alto de pequeños puntales, es por donde desciende esta pista. Esta ladera ahora es más larga y sigue sembrada de olivos.  Y aquí ya busca el camino que viene desde Los Parrales.

 

           La distancia a recorrer no es muy larga y es ahora cuando se advierte mejor pero como el camino desciende trazando zigzags para ir acomodándose a la ladera,  el recorrido sí se hace más largo. Pero si se baja monte a través por la hondonada que trae el arroyuelo, la distancia es mucho más corta, aunque se pierden matices y comodidades. Nos acercamos al surco del arroyo que nos acompaña desde arriba por el lado derecho y por aquí,  espesura de zarzas y monte bajo. Traza otra curva, la última, y se funde con la pista que sube desde Los Parrales.

 

           A una distancia de quince o veinte metros, los dos caminos empiezan a ser paralelos en la dirección  del cortijo de Montillana. Si nos venimos buscando el arroyuelo por fuera de la pista, podemos coger el que sube desde el muro del pantano. Entre un bosque de pinos grandes, es donde se juntan los dos caminos. El que ya hemos cogido, que es el de verdad bueno y bello, baja un poco porque también se adapta al terreno, por entre pinos,  no olivares porque esto es ya tierra de la Confederación y atraviesa un puntalete y enseguida al fondo,  vemos las llanuras y las ruinas  del cortijo de Montillana.

 

           En esta llanura, entre álamos, zarzas, juncos y pegado al arroyo, es donde estuvo instalado aquella zona de acampada libre. Después de dar esta pequeña curva según vamos bajando, gira otra vez a la izquierda buscando el arroyo de Montillana y se allana. Un precioso bosque de pinos largos y espeso con mucho romero florecido, cornicabra y por entre la sombra de este monte bajo, algunas orquídeas florecidas. Nos siguen acompañando las esparragueras, jara blanca, retamas y la espesa sombra de este fresco bosque de pinos.

 

           Por estas fechas, todavía hay muchos zorzales escondidos entre las ramas de las cornicabras y los lentiscos que es la vegetación que más les gusta a ellos. Todavía no se han marchado estos zorzales que revolotean a nuestro paso mezclados con los mirlos y algunos arrendajos. Por encina vuelan los grajos y al fondo, sobre las aguas azules y cristalinas, se ven algunos patos silvestres.

 

           El camino ya es precioso. Un trozo del paseo que viene desde el cortijo si hacemos la ruta que va desde este rincón a las ruinas  del cortijo Los Parrales. Es precioso este camino y su rincón. Enseguida se allana y aparece la llanura. Las aguas del pantano, cerca y lo primero que asombra es verlo tan lleno como está hoy.  Están aquí mismo remansadas entre retamas, muchos tarayes y una gran llanura. Ya se adivina lo que fueron las tierras de aquella vega sepultada por las aguas del pantano.

 

           Se refleja el azul del cielo, porque estamos muy al nivel de las aguas y es como un mar de espejos que juguetean en un sueño mágico. Muy bonito este cuadro y la mañana chorreando esencia de aquellas ausencias y presencia de este perfume de primavera brotando.

 

           Desde donde se junta el camino que baja desde la Hoya de la Sorda hasta el cortijo de Montillana, pues habrá, unos doscientos metros. El arroyo nos lo encontramos un poco antes. Y ahora vamos a cruzarlo. Al llegar aquí tenemos la sensación como si de pronto descansáramos porque la tierra se suaviza. Totalmente llana.  Si miramos, según vamos acercándonos al arroyo por donde se oye la corriente saltar, si miramos hacia arriba y al frente, nos sorprenden las cumbres de Beas, las nubes blancas y los azules intensos del cielo coronándolas, el bosque de álamos en primer plano, mezclado entre pinos y majoletos, rosales silvestre, juncos y retamas, mucha hierba baja y esparragueras.

 

           Sobre la tierra del camino, el tapiz de hojas viejas que en el otoño pasado cayeron de estos álamos, la dulce llanura por donde vamos cruzando y nos aproximamos al arroyo. Por momento se oye más el rumor de la corriente saltando y ya estamos en el puente que levantó la Confederación.  Antes de entrar en él, a la izquierda, uno de los mojones que también pusieron por aquí. Es de cemento, algo cuadrado y con tres letras grabadas: C.H.G.

 

           Es bonito este puente de piedra que fue construido a conciencia y vemos la preciosa corriente que limpia y fresca, viene buscando el descanso en las aguas del remanso grande, ya sólo a unos metros. A la izquierda nos queda un álamo lleno de madreselvas, zarzas y juncos. A la derecha nos escolta las zarzas y enseguida, a la derecha, un pequeño portillo por donde se sale a la llanura donde estuvieron las hornillas de aquel camping y la fuente que por ahí también construyeron.

 

           Y remonta un poco la pista y enseguida, arriba y sobre el carrete,  adivinamos las ruinas  del cortijo. Están aquí mismo pero no las vemos hasta que no remontemos. Y de pronto, la pista se viene por la izquierda y nosotros nos desviamos por un viejo camino bastante en desuso, a la derecha para llegar    al cortijo. Avanzamos unos metros, pisando la espesa hierba y a la derecha y ahora ya un poco desde lo alto, vemos la llanura donde estuvo la zona de acampada libre y las cocinas de piedra.  Más retirado se mecen las aguas del pantano y el arroyo fundiéndose con ellas.

 

           Y al frente, nada más coronar, el viejo e histórico cortijo de Montillana. Todavía tiene su tejado y las paredes intactas por lo cual no es difícil adivinar cómo fue este cortijo. Por detrás, el lado por el que entramos, una empalizada reciente que sirve para recoger ganado.  El caminillo que sube le entra por el costado que mira al sol de la tarde. Lo rodea un poco y por donde están las aguas del pantano, la gran explanada que fue era. Esta es la puerta.

 

           Una higuera cubierta por completo de zarzas, un gran álamo todavía por aquí clavado en la tierra pero seco y tronchado por la mitad y el tronco blanco. Y por la parte que mira al pueblo de Hornos, ya se ha caído bastante la pared  del cortijo. Entre el cortijo y las aguas del pantano, la grandiosa explanada vestida de hierba y el frente y al otro lado del gran lago, las otras aldeas y las laderas teñidas de oscuro bosque. Las baña el sol y duerme en silencio un mundo hermoso que no ha muerto.     

 

           Otro tronco de álamo también caído y roto en dos mitades. Una se tiende en el suelo, sin corteza ya y blanco por las lluvias y el sol y la otra mitad, todavía sigue hincada en su tierra pero sin vida y, además, astillada y hasta podrida del tiempo.  ¡Si pudieran hablar estos dos trozos de álamo,  sin vida hoy y en otros tiempos, tan llenos de sabia y hojas frescas! ¿qué nos dirían? Y ella, la niña humilde que llenó con sus juegos los aires y tierras de aquellas praderas hoy bajo las aguas, responde:

 

           “Entonces, en ese sitio donde hay tantas zarzas, no las había porque todo estaba muy cultivado y muy bien criado y allí no había zarzas. Porque estas plantas suelen criarse en los linderos que nadie cultiva, como los arroyos, los cibancos, los  padrones. Esas zarzas, han nacido después al estar el terreno descuidado. Y esos troncos de árboles sin vida, eran en aquellos tiempos, árboles deliciosos, grandísimos, frondosos y con una frescura y una hermosura que eran todo una maravilla.  Y sobre todo, el lilo y los rosales silvestres, posiblemente sean los mismos que había en aquel hermosísimo jardín. Estaban muy bien cuidados y por la orilla del jardín, pasaba esa acequia. Con el agua que por ella corría, se regaban las plantas de este jardín. Muchos manojos de las rosas que daban esos rosales, fueron a parar a mi casa porque me las regalaba doña Rosario”. 

 

           Los miramos y se ven frente justo a Monteagudo, las aguas del pantano y muchas zarzas aquí mismo.  Por entre ellas se ven todavía algunos granados y algunas higueras, fresnos, rosales silvestres, juncos, un torvisco y un arbusto menudo, un espino, totalmente cubierto de flores blancas. La hierba tapiza por completo el rodal de tierra que fue la era.

 

           “Los granados sí estaban cultivados porque las granadas servían de postre en los inviernos. De eso sí que me acuerdo también. Y si pudieran hablar todos estos árboles pues podrían contar cuántas vivencias tuvimos allí, cuánto jugamos los niños y las niñas en aquella plazoleta. Doña Rosario y don Justician no tenían nada más que un hijo, Juanita, y era mayor que nosotras. Pero los otros niños que vivían allí, que era el Pequeño Ruiseñor y sus hermanos y hermanas y mis primas  Francisca y Virginia que muchas veces íbamos allí, por lo bonito que era el cortijo y el jardín y a visitar a la familia, cuántas tardes jugamos en aquella era tan parecida a un pequeño edén de tantos árboles y sombras”.

 

           Me acerco y cojo una ramita de este espino de flores blanca de nieve y al olerlas percibo el perfume de miel. ¡Qué delicia y qué sensación de estar tocando la vida de aquel pasado con el silencio y la ausencia de este presente!  Aquí al lado, dos rosales silvestres.  Muchas plantas ya tienen sus nuevas hojas brotadas y abiertas. La acequia por donde venía el agua para regar las tierras. Y por la parte que mira a Hornos, el álamo tronchado y podrido, un ciprés viejo, una higuera y el cortijo caído. Por este lado se ha hundido. Se ven las vigas, trozos de aquellos viejos pinos, muchas zarzas cubriendo y llenando la tierra y saliendo de entre ellas, granados y fresnos.

 

           “En aquella era claro que se trillaba. Y por la parte de abajo  del cortijo, había una vereda que desde el Soto de Arriba  iba hasta la Fuente del Tobazo. Por allí pasaban mis hermanos y las personas que iban a por cántaros de agua fresquita a esa fuente.  Estaba más arriba  del cortijo pero había que pasar por entre el cortijo y el arroyo”.

 

           Y de pronto, un lilo. Lo miro y me asombro por lo que representa como eslabón entre este momento presente y aquel pasado en silencio y enterrado como para la eternidad. Ya tiene brotadas sus nuevas hojas y entre las zarzas, la tierra hozada de los jabalíes. Por este lado que mira a Hornos de Segura, se puede salir para buscar el camino que viene desde Los Parrales y continua hacia El Chorreón. Pero este rincón es precioso. Para estarse aquí, sin prisa y dejar que el corazón se empape de lo que late y sólo se oye con los oídos del alma.       

 

           “Para mi padre y madre, el cortijo de Montillana, tenía recuerdos muy grandes porque en él vivieron mis abuelos paternos, como ya te conté y allí se casó mi tío Ramón, que era el mayor de los hermanos, y en este cortijo fue la boda. Y mi padre contaba una anécdota muy graciosa que fue lo siguiente: como la boda se celebró en el cortijo, allí pusieron las trébedes grandes para guisar la carne y cuando terminaron, al retirar las trébedes de la lumbre, estaban rojas. Las pusieron en la calle y mi padre, que entonces era pequeñito, porque él había nacido en Los Parrales y cuando se mudaron allí, todavía era niño.

 

           Y al ver los hierros de aquellas trébedes color rojo, tan bonico, como decía él, se creyó que aquello era otra cosa y fue y las cogió con la mano y se achicharró. Salió corriendo y se metió por entre los de la boda llorando y con la mano extendida y todos los de allí: “¿Pero hombre qué has hecho?”  Le preguntaban y él: “Pues que he cogido las trébedes bonicas”: 

 

           Mi tío Ramón, como te vengo diciendo, se casó con mi tía Espíritu Santo, que era hermana del hermano Frasquita que vivía en la Tejera. Su mujer se llamaba la hermana Aurelio.  La Tejera es  un cortijo que había más arriba de Cañá Morales.

 

           De la acequia lo que recuerdo es verla pasar por entre el cortijo y el jardín y ya  seguía para abajo, en dirección a la Vega. Pero yo no sé dónde terminaba.  Servía de riego a todas aquellas tierras y supongo que iría a desembocar al río Hornos.  Y claro que este rincón sí es en mi memoria un recuerdo florido y bonito que se niega a desaparecer. Que se resiste morir porque fue bello un día y estuvo alimentado del amor de las personas que por allí lucharon.   Y aquellas bellezas que son transparentes, yo sé que no mueren nunca aunque la tierra se transforme y los caminos se borren”.

 

           La fragancia eterna.

           La primavera ha ido llenando los campos y como a lo largo del invierno que ha pasado, las lluvias sí han sido abundantes, la hierba por la tierra y las fuentes en las laderas, han brotado con la fuerza de lo nuevo y ya con la primavera bien avanzada, todo queda y aparece, grandemente colmado.

 

           Pero como en estos dos últimos meses, las lluvias han brillando por su ausencia, aunque la primavera, hoy ya final de marzo, ha ido apareciendo con el vigor de lo limpio y fresco, la verde hierba, poco a poco se fue secando igual que le ha pasado a las sementeras de los trigos y de las habas y a los maizales y también la cebada y a los garbanzos y a las fuentes que manan por los cibancos y por los otros cortijos de la sierra y en las pequeñas aldeas y por eso ya las personas estaban diciendo: “Esto lleva mala pinta, porque nos pasará como el año pasado que antes de que acabe el mes de abril, la mitad de la hierba y las cosechas, se habrán secado”.

 

           Pero como Tú que viste, con los colores de lo hermoso, a las violetas humildes y haces brotar las semillas y das de comer a los mil pajarillos que adornan los campos, hoy has hecho que las nubes cubran el cielo y esta noche, cuando todo estaba callado, la lluvia ha caído mansamente sobre la hierba fina y sobre el bosque espeso de las hojas que se mecen en los álamos y sobre toda la tierra hermana y ahora, esta mañana templada de treinta y nueve de marzo, los paisajes enteros, por  llanuras, laderas  y  barrancos, están vestidos de perfume o de gloria bendita o de mil gotitas de rocío que tiemblan en las hebras de la hierba, llenando de una frescura nueva que anuncia y sigue anunciando, la cara dulce de la primavera y a la mañana hermosa con su momento mágico.

 

           Y claro que en estos momentos me acuerdo de aquel lejano día cuando todavía padre era rey en esta Vega y era hermano de los cantos de los ruiseñores y hasta me parece que lo estoy viendo tumbado allá en aquella cama de nieve y era de madera seca y de monte viejo y a su lado, a madre que con su amor de reina, le está diciendo: “Con ese resfriado que en tu cuerpo tienes, tú no te levantas hoy ni sales de esta casa”.  Y él que era valiente: “¿Pero y los campos?”  “Los campos, que esperen y si el trigo está gritando en la tierra de la ladera, ya vendrá Dios y con su mano, derramará su amor, como lo hace con los pajarillos y con los lirios que también llenan los campos”.

          

           Y recuerdo que aquel día por la ladera que ahora mismo voy atravesando, pastaba el rebaño de las cabras comiendo los tallos tiernos del romero y llenando de música, los cencerros, la umbría florecida y la espesura del barranco,  cuando a media mañana se acercó a ellas el amigo muchacho que era el que siempre las cuidaba y en cuanto estuvo a su lado, las llamó y aquello fue como un asombro de belleza porque los animales, al oírlo y verlo allí en el centro, transmitiendo el mensaje de cariño que salía de su corazón enamorado,  dejaron de comer su monte y al instante, se pusieron a mirarlo y con las orejas inclinadas hacia las palabras que pronunciaba el muchacho, parecían decirle que allí estaban ellas, a su lado y dispuestas a seguirle a donde él quisiera porque ellas le amaban y lo sentían como al amigo, al rey y al buen hermano.   

 

           Y ya digo que bien recuerdo aquel día de aquella primavera perfumada por aquel valle tan repleto de esencias y fuentes brotando y hoy, cuando ahora bajo la lluvia nueva que llega como agua en el mes de mayo, vengo empapando mi alma de aquella fragancia,  me digo que todo parece como si todavía por aquí nada hubiera muerto sino que las cosas y las sementeras con el sudor de ellos, parecen como si sólo se hubieran transformado y lo que tenía el sello de lo inmortal, que era mucho, por aquí sigue, conmigo y entre el cuidado de tu amor divino, hoy y mañana y siempre, palpitando.        





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