ALGUNAS DE LAS RUTAS MÁS BELLAS DEL PARQUE

NATURAL DE CAZORLA, SEGURA Y LAS VILLAS
POR LA SIERRA DE LAS VILLAS-I

  

 El contenido de esta página es parte del texto de un pequeño

       libro titulado:    "Por la sierra de las  Villas-i".     Si         

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      SIERRA DE LAS LAGUNILLAS

          En este punto quiero hacer una pequeña reflexión sobre los parajes que pretende recoger el título que he puesto al principio. Y empiezo diciendo algo que en mi presencia por los rincones que traigo entre manos me ha llamado la atención en más de un momento. Sabía yo que estas partes de la sierra, en mapas y escritos anteriores a éste mío, muchos las encajaban bajo el nombre de “Sierras de Cazorla”.  Mientras he ido pisando las veredas que surcan las cumbres y barrancos de estas sierras, tenía presente esta información así como otras. Y claro que al final he tenido que sacar mi propia conclusión pero documentada sólo con los datos que sobre el terreno y las personas del terreno, me han trasmitido. Como algunas cosas no las veo tan claras como al parecer hasta ahora han estado y sí ya estoy en disposición de decir algo del tema, expongo lo siguiente:

 

           Ni una sola persona, en ningún momento, me dijo que esta parte de la sierra se le haya  conocido alguna vez  con el nombre de Sierra de Cazorla. Y cuando les decía que se trataba de una visión o realidad puesta o decidida desde la Administración, siempre me aclaraban que:

- Será así pero la realidad que nosotros, y desde toda la vida de Dios hemos conocido, es otra.

- ¿Pues cómo se llaman, entonces, estas sierras?

- Lo de Lagunillas sí tiene sentido pero como nosotros estamos en la otra parte, pues la conocemos por la Sierra de las Villas y nada más. Luego, cada punto tiene su nombre y la suma de varios puntos, como todas estas cumbres y laderas que van desde Prao Chortales hasta donde el río parte a la sierra, es a lo que le llamamos Sierra de las Lagunillas o de Prao Chortales. Casi a la misma distancia, en la misma altura y en la misma cuerda están las Lagunillas y Prao Chortales. Las Lagunillas fueron un grupo de casas serranas levantadas donde hay un buen puñado de tierra que se encharca cuando llueve mucho. Prao Chortales también fueron un grupo de casas serranas levantadas donde hay un buen puñado de tierra que se encharca y mana cuando llueve mucho. Siete u ocho familias vivieron en cada una de estas hermosísimas y viejas aldeas, alzadas casi donde las nubes anidan.  ¿Quién decidió que la sierra, donde se asientan estas dos bonitas aldeas, se llamara de las Lagunillas y no de Prao Chortales?

 

           - Seguro que fuisteis las mismas personas que siempre habéis vivido por aquí. Como bien dices, para entenderos, teníais que ponerle nombre a los sitios.

- A nosotros nadie nos consultó. Como tantas otras cosas, vinieron, midieron el terreno, preguntaron aquello que les interesaba y luego, en los papeles  escribieron lo que más les gustó o quisieron, prescindiendo de nosotros y de nuestras opiniones.  Eso fue impuesto desde arriba, escrito por primera vez en los mapas, que casi nunca dicen toda la verdad y menos los de aquellos tiempos y a partir de entonces,  muchos dijeron y escribieron lo mismo o lo que más les gustaba a ellos.

- Entonces ¿se puede o no decir que estas cumbres son sierra de Cazorla y también de las Lagunillas?

- Que la Administración lo llame como quiera pero nosotros seguiremos diciéndole lo que siempre le hemos dicho. Y esa realidad, siendo verdad, verdad, nada tiene que ver con la que hay escrita en los mapas y muchos se creen a pies juntillas.

 

           Así que aclarado este matiz, paso a decir que la sierra que se recoge al final de la gran cuerda que viene desde el mismo nacimiento del Guadalquivir, avanza por el término de Cazorla y el de otros pueblos y viene a morir donde el río corta a la gran cumbre, yo la he descubierto y ahora la llevo dentro con una figura y dimensión que hoy conozco bien. Me sitúo justo en lo más alto del pico Almagreros donde, sobre el nivel de los mil cuatrocientos sesenta y siete metros, se encuentra clavado el punto geodésico que está penado destruir.  Miro hacia donde el río tajó a la sierra para escaparse de ella y de derecha a izquierda, de Prao Chortales a las Lagunillas, me encuentro con una figura que se parece algo a un corazón humano.  Lo delimito de la siguiente manera:  Me bajo por mi lado izquierdo hasta las casas de Prao Chortales, llego al arroyo de María, lo recorro hasta donde éste se funde con el Guadalquivir, sigo río arriba hasta el muro del pantano, me vengo para Coto Ríos siguiendo el borde de este pantano y al llegar al arroyo de los Huertecillos me subo por él hasta el collado del Mojoque, desde ahí a las Lagunillas y desde ese punto vuelvo otra vez a lo más alto del pico Almagreros que es de donde partir.  Si trazo una línea siguiendo este recorrido me sale la figura del corazón que antes decía.

 

           Pues en el mismo centro de este corazón es donde se encuentra lo más alto de esta cuerda. A derecha y a izquierda tenemos dos vertientes, norte y sur, donde están las ruinas de estas aldeas y un montón de arroyuelos, llanuras, barrancos y hoyas.  Tengo, por la izquierda y justo por debajo de mí y entre las curvas de nivel que van por los mil doscientos a mil trescientos metros, las tierras y ruinas de Prao Chortales. La distancia es sólo de unos ochocientos metros. Por la derecha, también por debajo de mí, entre las curvas de nivel que van por los mil doscientos a mil trescientos metros y a una distancia aproximada de mil doscientos metros, me encuentro las tierras y ruinas de las casas de las Lagunillas. Si desde Prao Chortales hasta las Lagunillas trazo una línea recta que pase por la misma cúspide del monte donde estoy subido, tengo una distancia aproximada de dos kilómetros, de una aldea a otra.

 

           Pues bien, si ahora desde este pico Almagreros, abro mis brazos y con la punta de los dedos, a ambos lados toco la curva de nivel que va por los mil cien metros y si de este modo me echo a andar hacia el muro del Embalse del Tranco, me encuentro con una porción de sierra que tiene una figura muy singular. Es el mismo núcleo del corazón que antes decía y como queda en todo lo alto de la agreste cuerda, algo se parece a una mariposa con las alas abiertas. En el centro de las alas del lado derecho nace el bonito arroyo del Cerezuelo y del de Mojoque, ambos afluentes directos al río Guadalquivir cuando no existía el Embalse del Tranco. En el centro de las alas del lado izquierdo nacen los cortos y quebrados arroyos de las Culebras y cueva Fría, ambos afluentes del arroyo María.  Donde la mariposa tiene su cabeza y parte delantera del ala izquierda, se fraguan algunos arroyos más pero estos de menor entidad. Son los de cueva Camarilla, barranco de las Pilas y arroyo del Tobazo, por Cañailla.

 

           Desde Prao Chortales, dirección al muro del Embalse del Tranco y por la mitad de la ladera que es donde nacen los dos últimos arroyos que he dicho, se fragua un gran escalón que da lugar a dos o tres preciosos collados, con sus poyos correspondientes. Los nombres de estos collados son: los Plomos, el Pocico y Culebras altas. Entre collado y collado se abren tres o cuatro amplísimas hondonadas donde en otros tiempos se sembraban buenos trigales y otros cereales.  En el de las Culebras construyeron una casa, con su tinada y como la cueva estaba tallada en las rocas y era buena, al lugar le empezaron a llamar cueva Buena. 

 

           Por el lado de las Lagunillas, si desde las ruinas de estas casas nos vamos hacia el muro del Embalse del Tranco pero pegado a la cumbre como hemos hecho ante, la tierra tiene otra configuración pero en el fondo, va recogiéndose para juntarse al final de la cuerda, cuando ésta ya se rompe en el surco del Guadalquivir.  Son los Legíos del Tranco. Justo donde las dos preciosas, magníficas y solitarias laderas se juntan, mana la fuente de la Peguera que da lugar al arroyo del Tobazo, por Cañailla. Ahí mismo se elevan tres o cuatro preciosos picos y algunos collados que dan paso para ambos lados de las dos vertientes.  Y aquí, en todo lo alto, no pudieron establecerse familias de serranos porque las condiciones eran muy duras, las tierras para cultivar muy escasas y también el agua pero ellos recorrían todos estos rincones con sus manadas de cabras, ovejas y vacas y, cuando el tiempo era bueno, dormían en las covachas frente al cielo estrellado.   

 

           Y ya sólo me queda por decir que la aldea de Prao Chortales la levantaron justo donde nace el ramal más corto del arroyo de María. Por este punto las paredes rocosas que caen desde lo más levado de la cumbre, se quiebran y forman un airoso y amplio circo. A sus pies, se recogen las tierras de buena calidad y como los veneros brotan por aquí a lo largo del todo el año, era un buen lugar para establecerse y vivir.  El recodo queda al norte de las paredes rocosas que antes decía y por eso es umbría. Paraje muy frío en invierno y no tan caluroso en verano. En el punto más soleado y algo fuera del barranco, es donde construyeron las casas para vivir.  Pero el rincón queda muy hundido en la profunda sierra y por eso, salir y entrar hasta este recodo tan bonito, además de difícil, era muy duro por la distancia a recorrer. Pero ellos no tenían otra alternativa en aquellos tiempos. Y fueron capaces no sólo de sobrevivir sino de resistir toda una vida entera desde el comienzo, el nacer, hasta el final, el morir.  Algo así como los ríos que van a morir a la mar y ellos sí que lo fueron de verdad.

 

           La aldea de las Lagunillas se alzaba en un paraje mucho más amable, lleno de luz y con mayor extensión de tierras buenas.  Al levante o lado sur de la cuerda que hemos descrito y en una llanura que la gran ladera ofrece antes de desplomarse hacia el valle del hoy Embalse del Tranco.  La tierra forma como una hoya y por eso las aguas, cuando llueve mucho, se retienen y sale la laguna. También porque en este mismo centro de la hoya de buena tierra, brota un venero. Lo usaron para regar las tierras y beber de su agua.

 

           - A las Lagunillas ¿de qué le viene el nombre?

- Allí había una laguna. Lo que dice el cortijo, por la parte de atrás, la zona baja, aquello es una laguna. Ya no lo es tanto porque en aquellos tiempos, a fuerza de sangre, con espuertas y personas, se rellenó. En lo que resultó, una laguna pero no tanto y sí llanura, se fueron haciendo los “Piazos”. Cuando allí vivían las familias, ya no era aquello laguna. Se quitó y ya se queda lo que es un terreno para poder criar de toas clases de legumbres.

- ¿Y los nombres de los sitios?

- Si desde las Lagunillas sales para la sierra alta, te encuentras enseguida un boquete que se llama el barranco Lácer, arriba está el Morro de los Almagreros. A continuación viene el poyo  Margoso, continúas y te encuentras la hoya  de la Zamarrilla, esto ya en el vértice, desde donde se divisa la parte de las Villas  con la parte de poyo  Segura. Continúa al vértice de arriba y das con el juego de la Bola de Arriba. Porque hay dos juego “la bola”, uno que es el de abajo, que está a la izquierda a unos quinientos metros y desde ahí te dejas caer a un despeñadero de agua que hay que se llaman los Chorreones.

 

           - Ya que estamos en estas cumbres de la sierra,   los cortijos que hay de cañá Somera para abajo ¿cómo se llaman?

- En la parte alta de  cañá Somera, nunca hubo cortijo alguno. Ya más abajo estaba el Prao Chortales. Se baja por el Majar de la Perra y dirección a Prao Chortales. Ese era el primer cortijo que había. A la izquierda había otro que se llamaba el Tejuelo. Las tierras esas son ya de las Villas.  Lo que es todo el sur, frente al Tejuelo, es el Caballo del Torraso. Por allí hubo otro cortijo que se llama el Tosero.

 

           Desde  Prao Chortales, teníamos dos caminos: el que venía a las Lagunillas, subiendo por los Almagreros a piedra  Plomera, dejándose caer por el barranco Lácer, a la Era Alta y a las Lagunillas. El otro continuaba pa cueva Buena. Eso se encontraba dirección ya del Tranco. Había un poyo que se llamaba el poyo  de las Culebras y desde allí continuaba a cueva Buena.  Es decir, al Corralón salían dos caminos. Uno que saltaba desde cueva Buena por la parte derecha, a la lancha del Sabinal, al Collao los Aires y ya se daba vista a las Lagunillas. Salía justo a la punta de abajo del Morro el Agreal. El otro camino, se bajaba por cueva Buena a entrar por lo que es la central del pantano. Venía a salir  justo al Tranco.

   

18- Tiná y collado de arroyo María ir al índice

Paseo al mirador de Puente de los Agustines.

Distancia aproximada:       1 k.   

Desnivel aproximado :   100 m.   

Tiempo aproximado   :    1,5 h. andando.

Camino: vieja vereda y muy borrada y sin ella.

     Se pasa el puente de los Agustines sobre el Guadalquivir, se remonta por la carretera asfaltada que recorre toda la Sierra de las Villas y antes de llegar al segundo puente, el de arroyo María, nos cruzamos con la acequia que recoge el agua del arroyo Martín y la trae hasta las casas del Molino. Al final de la descripción de esta ruta, hablaré del rincón de este arroyo Martín y de la acequia que de él sale. Unos metros más arriba, por la izquierda según vamos remontando, se ve una pobre senda. Casi de animales y ahora muy rota porque ya no la anda nadie. Siguiéndola como se pueda, remonta por entre el monte, los regajos que las aguas han tallado en el terreno y la ladera hasta tropezar con las paredes de la vieja tiná. Se ve algo desmoronada y, entre la espesura de la vegetación, en una leve hondonada.

 

           En esta misma ladera y antes de llegar a la tiná, por entre el monte, se abre todavía el agujero de aquella calera.  Casi perfecto sigue, con las piedras que le pusieron para encofrarlo y la misma tierra que le rodeaba. No pasaba por aquí, todavía, la carretera que ahora sí. Le han crecido unos lentiscos por el lado que da a la montaña y dentro, unas ramas secas de pino.  De alguno que se secó y después de caerse, ahora se pudre dentro del agujero de aquella calera.

 

           Por entre las matas siguen muchas veredillas de animales y la principal, se adivina claramente.  Los lentiscos, las carrascas, los romeros y las sabinas, se amontonan por toda esta ladera. Me asomo levemente y en la hondonada, se me presentan las paredes sin mezcla de aquella tiná. Su forma es casi cuadrada, divida dos veces con paredes de la misma clase que la principal y con una entrada que se abría por el lado que le llega la senda. La puerta, de madera maciza, todavía está por aquí y entre las piedras. Los alambre e hierros de un destartalado somier, se oxidan cerca de esta entrada y por entre las piedras que van rodando de la pared.

 

               Por el lado de arriba, se escapa la senda para seguir remontando hacia el collado. Y mientras recorro la ladera para coronarlo, miro para mi derecha. Compruebo que me corona una altísima y recta pared rocosa.  En lo alto y por detrás, adivino el otro rodal de olivos. Los que se clavan en la buena tierra justo por la vereda que lleva a cueva Camarilla y desde ahí, a cueva Buena.  Esos son en verdad los poyos de Andaragasca. Así que para mí me digo que este collado menor que voy a coronar esta tarde catorce  de mayo,  es gemelo de aquel otro. El hermano pequeño.

 

           Es solana toda esta ladera y como son las cinco de la tarde, el sol pega con fuerza y calienta bien. Por estos días, dicen los periódicos, los termómetros han llegado casi a cuarenta grados.  Algo que no se había conocido hacía mucho tiempo  por las fechas del mes de mayo. Sin mucho esfuerzo, miro para atrás o para la izquierda que es el lado de abajo y veo el gran surco del arroyo Martín. Cae desde  la hoya que se recoge por la fuente de los Cerezos y cortando una inclinadísima ladera rocosa. A un lado y otro, deja los olivos de la Ermita de la Hoz y los de la ladera de   los cortijos de los Palancares. El de abajo y el de arriba.  El surco de este bellísimo arroyo, se hunde por entre unas recias paredes rocosas y por donde avanza el cauce, la vegetación se apiña espesa y verde. Muchas zarzas, álamos y los olivos como dando compañía.

 

           Voy avanzando y ando bien porque la senda no se pierde aunque tengo que ir con los ojos muy abiertos. Remonto a un primer collado que lo es sólo porque la tierra de la ladera, se torna algo llana. Por entre el monte me encuentro un hito de cemento. Tiene grabado dos letras y un número: M. P 1. ¿Qué será esto y para qué lo clavaron en lo alto de esta ladera tan agreste y alejada de la civilización? Me pregunto.  Ya se me presentan por aquí los primeros olivos.

 

           Por entre ellos, un poco por el lado de abajo, sigo la senda. Voy en mi silencio con la esperanza de remontar el segundo collado y al asomarme, ver al otro lado el surco del Guadalquivir y ahí, el charco  del Aceite, cuando me sorprenden dos chotillos de cabra montés. Están a la sombra de uno de estos olivos, junto a la madre que come hierba y no me ve. Me quedo quieto a no más de quince metros de ellos y como no hago ningún movimiento, la cabra madre ni se ha dado cuenta de mi presencia. Los observo despacio y concluyo que han nacido hoy mismo. Son tan pequeños que hasta les cuesta mantenerse en pie.

 

           Decido quedarme inmóvil para que la madre no se dé cuenta de mi presencia y así no salga huyendo precipitadamente.  Me digo que si lo hiciera a los chotillos les iba a costar mucho seguirla y más, si se mete por entre los riscales y el montarral que presenta esta inclinada ladera que recorro.  Uno de ellos, inquieto porque los dos sí me han visto mientras que la madre no, se acuesta tras las ramas de una cornicabra. El otro se pega a la madre con las orejas tiesas y algo encogido porque le preocupa algo. Sabe que estoy aquí pero como la madre no se mueve  asustada, él tampoco se atreve a correr. Intuye que toda su seguridad la tiene precisamente al lado de la madre.

 

           Me muevo con lentitud y me agacho. Noto que sigue sin descubrirme. Agachado contras las piedras blancas de la ladera y el verde de los olivos, sigo durante un rato más. Los gozo pausadamente y decido moverme otra vez. Ahora me levanto lentamente y la cabra me descubre. Deja de comer, se me queda mirando durante unos segundos y como de nuevo me he quedado inmóvil, no se espanta. Pero ya sabe que estoy aquí y además bastante cerca.  Se recoge en sí, alerta a los chotillos que están mucho más asustados que ella y sin tropel, comienza a moverse hacia el lado por que he llegado. Para el primer collado y la tinada.  No corre porque sigo sin moverme para que no se asuste mucho y así los chivos no tengan demasiados problemas en esta huida y lentamente voy comprobando como se pierde por entre unos lentiscos justo por donde hace unos minutos me he encontrado el hito con las letras.

 

           Ahora sigo moviéndome para continuar con mi ruta y lo primero que hago es pasar por la sombra del olivo donde me los he encontrado. Crece verde la hierba por ahí y unos metros más adelante, ya se terminan los olivos.  Continuo por la parte alta de este puntal, lo que ya sería el collado y bajo en la dirección del Puente de los Agustines. Una recogida plazoleta sirve de división a dos pequeñas vertientes en esta ladera. Para la derecha, el Guadalquivir un poco más abajo del charco  del Aceite y para la izquierda, el arroyo María.  No se ve desde aquí el precioso charco pero el río y su agua, sí. Al salir de los olivos, la mejorana y los romeros, se me presentan espesos.

 

           Paso por unas piedras y al rozar una mata de romero todavía con sus flores, una abeja arranca vuelo. Se pone nerviosa y antes de que lo advierta, me la encuentro persiguiéndome.  No temo porque nunca en mi vida me ha picado una abeja al ir andando por el monte.  Sé que estos animales atacan pero cuando se les molestan en sus colmenas.  Pero la de esta tarde, se comporta de una forma desconocida para mí hasta hoy.  Se me traba en la camisa por la parte de la barriga y antes de que lo piense, siento el escozor del aguijonazo. Manoteo y ahora se me viene para la cabeza. Se me para en la oreja derecha y al dar con la mano, me la llevo por delante justo en el momento que por segunda vez clava su aguijón en mí. Siento el agudo picor y al mirar descubro que la he matado contra el pelo y la oreja.

 

           Me siento liberado mientras el escozor aumenta y para mí me digo que es extraño esto.  Ha sido una sola abeja que estaba libando flores de romero y por aquí, según voy descubriendo, no hay ningún enjambre ni colmenas. ¿Por qué se ha comportado así? No lo sé y ahora me digo que algo más que he aprendido de la madre naturaleza.  Cada día y hasta en los sitios menos relevantes, puedo descubrir cosas nuevas y reacciones que todavía nadie conoce ni está escrito en ningún libro de ciencias.

 

           Sigo mi ruta y por entre el romero donde libaba la abeja, piso las rocas que coronan a este picacho.  Casi llano se encuentra este punto pero las rocas se arrugan, se abren en grietas y se elevan en pilares dificultando el paso hasta el punto más elevado. Lo estoy viendo y quiero remontarlo para descubrí qué es lo que desde esa altura veo. Con un poco de problemas, lo consigo y al asomarme, remontado en lo más elevado de la roca que forman la cresta de este puntal, descubro la preciosa panorámica.

 

           Miro hacia el puente de los Agustines y a mis pies, abajo y casi en vertical, tengo el curso del río. Esta tarde baja lleno, azulado y verdoso por el cielo que lo arropa y los bosques que le dan compañía. Se ve desde un poco más abajo del charco  del Aceite hasta la curva que tiene por donde caen las Cascadas de los Caballeros. Las casas del viejo molino de los Francos, se me quedan a los mismos pies y en todo ese recodo, las alamedas ya vestidas con sus nuevas y brillantes hojas verdes y los trozos de carretera que baja, se va para el Charco y se viene para el arroyo María. Una preciosa panorámica que se me presenta más rutilante todavía por la limpieza de la tarde y los bosques recién salidos de la primavera que todavía no ha terminado.

 

           Y al mirar para atrás, vuelvo a descubrir el otro puntal. El hermano mayor de este que ya dije y  es donde crecen los olivos pórtico de cueva Camarilla.  Y ahora me pregunto: ¿Cómo se llama el puntal mayor y cómo este menor? Sé que por aquí, coronando al charco, está el que tiene por nombre Veleta.  Visto desde la carretera que sube al pantano, es fácil saber cuál es. Pero metido en el centro de esta ladera  las cosas se complican un poco.  Y entonces me digo que este puntal donde ahora estoy subido, puede ser el puntal de la tiná de arroyo María. El collado, también será lo mismo y el otro puntal, el grande, es la Veleta verdadera. Aunque también éste puede llamarse la Veleta Chica y el otro la Veleta grande. A Juan Pedro, del Mesón del Melmecinos y nieto del dueño del Molino, Agustín, le preguntaré cuando ahora dentro de un rato, baje y me vuelva para mi lugar.  
   

           La vegetación que sobre este picacho he encontrado, además de los romeros, la mejorana, el tomillo, lentiscos y cornicabras, es abundante en esparto, pinos, carrascas y hierbas menores. Entre ellas he visto una matita que me ha llamado mucho la atención.  Crece muy pegada a la tierra, tiene las hojas blancas que al mismo tiempo creo son las flores y al tocarlas, crujen como si fueran un trocico de papel.  No sé cómo se llama pero es bonita de verdad y por eso he cogido un par de maticas de estas. Me las voy a llevar por puro gusto y porque son bonitas. Sé que en otros tiempos, las niñas de   los cortijos de estas sierras, la usaban para hacer collares. Desprendían las florecillas blancuzcas, la ensartaban con una hebra de hilo y fabricaban el collar. Así eran felices y tenían su placer cogido de lo más elemental de la tierra.

 

           Cosas sencillas porque la belleza y, casi en el centro de ella, la naturaleza de estas sierras, no se presenta nunca ni altanera ni engreída. Prescinde de este defecto que tanto nos gusta a los humanos y sin embargo y por eso es tan rotundamente sincera y bonita.  De esta fuente bebieron todos aquellos nobles serranos y así se lo enseñaron a sus niños. Y quizá por esta realidad, tanto me muero de amor cada vez que piso los paisajes de estas sierras. Desde lo más íntimo, una fuerza pura me empuja a buscar el nítido manantial de aquella fuente.  Necesito beber de esa agua para acercarme a la belleza que mis ojos captan. Sé que es el camino recto para encontrarme con ellos en ese remanso de sencillez y humildad que lleva a la belleza sin engreimientos ni soberbia, de la naturaleza que amaron y amo.

 

           Y en cuanto a la acequia que desde el arroyo Martín lleva el agua a   los cortijos donde estuvo el molino, la voy a describir a continuación.  Es la acequia que dio vida y sangre al desaparecido molino de los Agustines o de los García Franco. Se sube por la misma carretera asfaltada que ya hemos dicho, recorre toda la gran Sierra de las Villas.  A unos trescientos metros, por la izquierda, se descubre la acequia trabada en las rocas y la ladera que cae desde el collado de los primeros olivos. Se ve por ahí una toma de agua para los camiones en caso de incendio y un poco más arriba, la acequia se aproxima a la carretera. La cruza sin que lo advirtamos porque le hicieron un túnel para meterla por debajo del alquitrán.  Aquí mismo tenemos ya el punto de partida de la pequeña ruta que lleva a los comienzos de la acequia.

 

           Para mí que me gusta tanto hasta el más insignificante y reducido rincón de estas sierras, el recorrido a donde la acequia coger el agua, me agrada y llena tanto como la subida a la más elevada cumbre.  Pero advierto que esta ruta no tiene nada que ver con las que en las guías para los turistas, se reseñan.  Es otro asunto menor comparados con aquellos aunque no lo sea.  Porque ya he dicho que la disposición interna y la belleza de lo pequeño, es lo que en realidad transmite el gozo y no lo grande o espectacular. Son otras actitudes frente a los paisajes y la naturaleza que en ellos palpita.

 

           Por el lado derecho, nos vamos siguiendo la acequia. Se le ve cuando esta comienza a meterse por debajo del asfalto y en los primeros pasos, no es difícil seguirla. Siempre en la dirección contraria a como viene corriendo el agua. Por su bordillo de cemento avanzamos con cuidado porque hay que hacer equilibrio y en unos metros, por la derecha un pino grueso y unas rocas donde la acequia casi se mete por debajo.  Justo aquí, nos dejamos caer para el surco del arroyo María siguiendo una senda no muy clara. Se cruzan las aguas de este arroyo y ahora sí se distingue algo más el recorrido que tenemos que seguir.  De vez en cuando rozan el monte para que se pueda pasar mejor.  Y es porque también de vez en cuando limpian la acequia y para poder entrar por aquí, necesitan limpiar de monte  la escasa senda.

 

           Un rellano de arena situado en el mismo centro de los dos arroyos, el de María y el de Martín, nos ofrece dos alternativas. Si seguimos al frente por donde la senda se encuentra mucho más confusa, tendremos que pasar el cauce del arroyo Martín y por este lado izquierdo, meternos por entre las zarzas y otro tipo de maraña. Se presenta muy tupida y aunque en otros tiempos sí se podía andar bien por aquí, ahora es casi imposible. Pero esta ruta es la más indicada para, una vez atravesada la espesura del bosque que ya hemos dicho, remontar algo más y encajarnos justo donde el agua del arroyo deja de irse por él para meterse por la acequia. Es un punto preciso por la espesura de la vegetación que le arropa, la densa sombra tanto de álamos como de madroñeras, lentiscos, carrascas y zarzas.

 

           Si desde el rellano de arena nos venimos algo más para la derecha, en unos metros daremos con la acequia cuando esta corre por la tierra que se recoge entre los dos arroyos. Una vez encontrada, ya sólo tenemos que seguirla y gozar del delicioso rincón. Pero advierto que por este lado, en cuanto llegamos al primer puente que tuvieron que hacer para que la acequia pudiera pasar el arroyo, nosotros no podremos seguir.  El profundo surco del arroyo Martín nos lo impide y por el esctrechico puente, será casi imposible pasar. Solo es útil para que el agua corre por él y no para que anden las personas.  Por esta peculiaridad, decía y digo que es mejor subir por el lado derecho del arroyo ya que podremos aproximarnos hasta el mismo punto donde el arroyo se vuelca en la acequia.  Es mucho más bonito por este lado aunque la dificultad sea también más.

 

           Por este lado derecho, antes de alcanzar el pequeño remanso que rebosa el agua para la acequia, nos sorprenderá el chorro limpio que por la pendiente viene cayendo. A esta canal, desde el punto en que la comenzaron, tuvieron que meterla por el lado derecho del arroyo para evitar una pequeña cascada que este tiene.  Necesitaban cogerla desde aquí y no más abajo porque ya no tenía el suficiente nivel para que fuera por su propia pie hasta donde ellos querían que fuera. Pero tuvieron que hacer una verdadera obra de ingeniería para trazar esta acequia por la hondonada y laderas tan quebradas.

 

           A unos metros de donde arranca del arroyo, la dejan caer por la pendiente rocosa y se vacía justo en un canal colgante.  Dos vigas de hierro con algunos travesaños y el canalillo construido de cemento, permiten trazar un puente colgante.  Por él corre al agua y de este modo se pasa al otro lado del arroyo. El lado izquierdo según subimos a contra corriente natural.  Durante unos metros corre por el puntal que queda recogido entre los dos arroyos y al llegar al cauce del arroyo de María, otra vez se transforma en puente colgante.  Este es más largo pero tan perfecto y bonito como el primero.  Pasa el agua a lado izquierdo de arroyo de María y desde aquí, le abrieron paso en la ladera y las duras rocas que se presentaban en el recorrido.  Durante unos metros se la llevaron paralela a la carretera pero buscando  elevarla para que tomara altura al final que es lo que ellos necesitaban.  Lo consiguieron y además, con maestría admirable y sin apenas romper ni bosque ni rocas ni arroyos.  Con unos medios escasos porque en aquellos tiempos ni por asomo se hacían las obra faraónica de hoy ni tampoco se necesitaban.

 

           Y ya voy concluyendo pero no sin antes decir que por el profundo surco de este arroyo Martín, donde le nace la acequia y más arriba, en aquellos tiempos sembraban maíz, tabaco y otros plantas. Las tierras son buenas y ellos, con esfuerzo y cariño, lograban limpiarlas, cavarlas, trazar los surcos, regarlas y de este modo, le sacaban el fruto que para vivir necesitaban. Se abren por aquí algunas covachas que por lo visto son bonitos pero ahora difíciles de ver por lo comidas que están de zarzas y otras marañas. Es por donde sembraban el tabaco para que los rondines no lo vieran. Está lo suficiente apartado de los caminos y bastante oculto  en el surco del arroyo.  Las cuevas de los Tabacales es como ellos las llamaban por eso de sembrar el tabaco en los trocicos de tierra que tiene cerca.  

 

           Claro que escribiendo cosas de estas, el alma se enternece al tiempo que goza por andar metida entre tantas bellezas.  Y yo creo que la ternura se le fragua porque tiene presente a las personas de aquellos tiempos y como, por intuición, en ellos encuentra aquella sencillez madura e inteligente que tanto abundó entre los serranos, los considera grande al tiempo que dignos. Revelaban ellos y siguen revelando una forma de arte y cariño en todo lo que tocaban.  Aunque el tiempo los haya machacado tanto, la sensibilidad del alma no dejará nunca de captar aquellos tan delicados rasgos. Estos bellos significados son los que yo encuentro  en aquellas cosas bellas por las que ellos se movían y vivían.  Por eso el alma se conmueve y llena de ternura sabiendo que, aunque ellos no tenían el barniz de lo que llamamos ahora cultura, sí eran espíritus de exquisita finuras. Sus esperanzas les llevaron y llevan a la mejor eternidad y eso, el alma de quien esto escribe, lo sabe bien.

 

19- Cascadas del arroyo de María.   ir al índice

Paseo a los juegos del agua.

Distancia aproximada:    2,5 k.   

Desnivel aproximado :   100 m.   

Tiempo aproximado   :       1 h. andando.

Camino: vieja vereda y muy borrada y sin ella.

       El recorrido que lleva hasta esta cascada, entra dentro de lo que podríamos llamar ruta menor pero no por eso, carente de belleza, emoción y de algún esfuerzo. La distancia a recorrer, desde el puente en el arroyo de María y que da paso a la carretera que atraviesa las Sierra de las Villas, hasta la cascada, tiene como unos dos kilómetros y medio. Con una hora, tenemos tiempo más que necesario para llegar hasta el pretendido punto pero claro que va en función del ritmo y las paradas que hagamos. La dificultad, no es mucha pero sí hay que remontar desde el nivel de los seiscientos metros hasta casi los ochocientos.

 

           Comienza esta ruta en el mismo puente de los Agustines, el que da paso al río Guadalquivir por la carretera de la Sierra de las Villas. Sube por esta carretera hasta el segundo puente que se encuentra en el arroyo María. En este punto hay que dejar el coche.  Por la izquierda del arroyo, sube una pista de tierra, en malas condiciones para los coches pero en perfecto estado para recorrerla andando. Remonta pegada al arroyo hasta el muro de un embalse menor.

 

           Ya se termina el escaso carril y por el mismo lado izquierdo, sigue una senda. Se le nota bien por lo mucho que lo pisan las personas que por aquí llegan. Remonta el muro, se mete por el borde de lo que fue el baso de este pantano chico, porque ahora ya se encuentra casi cegado de las arenas que han arrastrado las aguas, y descansa en un rellano. Este punto puede ser una menta y de hecho lo es para muchas de las personas que por aquí vienen. Se entretienen en el rincón y con las aguas frescas y aquí dan por finalizado la ruta.

 

           Pero la senda sigue. Remonta con fuerza internándose por entre la espesura de una vegetación recia y al poco, gira para la izquierda. Sigue remontando porque lo que pretende es elevarse por encima de un recio corte rocoso. Ya sobre él, gira en su dirección natural que es el surco del arroyo, atraviesa unas laderas complicadas por las piedras sueltas y la pendiente y al poco, corona el estrecho que el arroyo nos ha presentado por aquí. Por la derecha y en lo hondo del surco, se nos han quedando algunas cascadas muy bonitas pero complicadas por lo quebrado del terreno.

 

           Ya remontada, durante un trecho, discurre tan cómoda que hasta baja un poco para encontrarse con el surco de un arroyuelo que se nos presenta por la izquierda. Aquí mismo nace una caudalosa fuente que lleva por nombre cueva Fría. Existe también una cueva por aquí.  Justo por aquí, hay que tener mucho cuidado, porque la senda, cuando menos lo esperamos, se viene para la izquierda, remonta bravamente, recorre la gran ladera que corona al pantano que hemos dejado atrás, atraviesa un escarpado barranco que se llama de las Víboras y llega hasta unas tierras sembradas con olivos. Estos son los poyos de Andaragasca. Llega a la cueva Camarilla, a los poyos de los Lagartos y sigue hasta un collado que se llama cueva Buena. Cerca están las Culebras Altas y Prao Chortales.

 

           En cueva Buena, en otros tiempos, vivieron algunas familias. La hermana Gregoria murió en esta humilde casa y cueva.  A este camino se le llamó desde siempre el Camino de cueva Buena.  Desde este punto, cueva Buena, se divide en varias direcciones, por la mitad, entre las cumbres y el barranco. Un ramal se viene para la derecha y llega hasta Prao Chortales y otro ramal, se mete para el lado del muro del Embalse   del Tranco y baja al río o al barranco de Cañailla. El ramal que desde cueva Buena se viene por la mitad de la ladera hasta Prao Chortales, pasa por los siguientes puntos: Culebras Altas, collado de los Plomos, collado de los Toros y ya al Prao.  Donde nace el agua, no la de las Nogueras sino una fuente que brota algo más arriba, se llama el poyo  de las Bellotas. Son los primeros nacimientos del  arroyo de María.  Más arriban están los Hateriles y el poyo  de las Bellotas. Arriba ya del todo, cañá Somera, poyo  Mergoso y Majal de la Perra. Cerca de Prao Chortales y por la pista de tierra que llega, se desmorona otro cortijo que se llama el Tejuelo.

 

           La senda que nosotros hoy recorremos, después de atravesar este arroyuelo, sigue por el cauce del arroyo María, se mete por entre mucha broza de zarzas, bujes, adelfas y cuando cruza el arroyo, por el lado derecho, remonta con fuerza. Durante un trayecto, se le sigue bien porque está andada y se distingue con claridad. Por la izquierda, que es donde ahora nos ha quedado el surco del arroyo, unas cascadas suaves pero bonitas, nos saludan limpias.  En este tramo, el arroyo tiene algunas pozas preciosas.

 

           Salimos a un rellano donde las tierras llanas, restos de huertos, nos invitan a descansar y gozar del paisaje. Pero sólo unos metros más arriba, por la derecha, se nos presenta otro arroyo. La senda lo cruza y ahora remonta otra vez con fuerza. Al poco, se empieza a borrar cada vez más y al intentar descubrirla, notaremos como por la derecha y siguiendo este arroyo que hemos cruzado, se va viniendo algo de esta senda. Nos engaña porque algo más arriba, se borra mucho más aunque con dificultad y un poco de experiencia en terrenos de montaña, podremos remontar y luego girar hacia la izquierda. No es esta la ruta que lleva a la cascada, sino a la de Prao Chortales, que ya se describe en otro apartado.

 

           La que en este momento vamos a recorrer, después que la senda cruce el cauce del arroyo menor, remonta, se borra algo y en lugar de venirnos para la derecha, nos vamos para la izquierda. Es el punto en el que nos quedamos sin senda.  Sólo muchas veredas de animales que surcan la ladera. Si las vamos siguiendo siempre sin dejar de remontar y buscando el pie de la gran pared rocosa, nos acercamos al surco del arroyo.

 

           A nuestro aire y siguiendo las sendillas de animales que ya he dicho, buscamos la cascada. No es difícil pero sí duro por la inclinación del terreno, el monte y la inexistencia de camino. Mas, una vez en la caída de la cascada, nos alegraremos. Aunque no es de las más espectaculares de estas sierra, sí merece  la pena conocerla y gozar le belleza del rincón que la acoge. 

    

20- Arroyo de María, Prao Chortales.ir al índice

Ruta a la vieja aldea

Distancia aproximada:      8 k.   

Desnivel aproximado :   400 m.   

Tiempo aproximado   :      7 h. andando.

Camino: vieja vereda y muy borrada y sin ella.

   Nota del autor: Por lo que tengo entendido Chortales  significa  charca con poca profundidad. Lugar donde mana mucha agua y se forman charcas.  Y ciertamente, donde estuvieron aquellas bonitas casas llamadas por los que las habitaron Prao Chortales, hay mucha agua.  Allí mismo brota un caudaloso manantial y más hacia cañá Somera, brontan otros. En la épocas de grandes nevadas, las aguas brotan por todas aquellas tierras aunque sean poco llanas pero sí buenas y fértiles. Allí se criaban cosechas riquísimas de hortalizas, cereales y frutales.

 

           Los parajes por donde discurre esta ruta son de una belleza excepcional. Por ser una de las rutas que hay que recorrer a pie, es difícil por varias razones: en algunos tramos no hay ni  senda ni caminos. Otros tramos van junto a la corriente del arroyo donde existen impresionantes cascadas casi imposibles de franquear si no se está ágil o se va acompañado de algún experto.

 

           La ruta comienza justo en el puente del arroyo de María donde se puede dejar el coche. Al principio, por el margen derecho del arroyo según se sube, hay una pista forestal que poco a poco va desapareciendo hasta quedar en una senda estrecha que el monte cubre y la corriente y erosión borra un poco más arriba. Justo donde la senda se pierde existe una cascada imposible de franquear de no ser desviándose a la derecha y subir siguiendo el cauce de un pequeño arroyo.

 

           Ya que hemos remontado por esta izquierda, ladera complicadísima y sin camino para seguir ni orientarse, por lo alto el morro y si hemos acertado con el rumbo, veremos las ruinas de unas tinadas. Fueron casas y tierras de labor en otros tiempos. Tiná del Collao Serbal es como se llamó este punto.  Y desde aquí mismo, al frente, sale la senda, irreconocible casi por completo y después de remontar y atravesar una largísima ladera repleta de romeros hasta enlazar con la pista forestal que viene cortando la ladera.

 

           Si seguimos la pista llegamos justo al lugar donde nace el arroyo de María. Unas ruinas, alambradas que encierran un puñado de cerezos y otros árboles frutales y las tierras que sembraban los que en aquellos tiempos vivían en la sencilla aldea llamada Prao Chortales. Más de siete familias vivían aquí y de ellas recuerdo algunos nombres. Los pongo a continuación para que su memoria no se pierda por estos lares. La tía Silvina, Lorenzo, Pedro, la tía Marcela, la tía Aurelia y la tía Dolores. Algunas familias sí tenían varios hijos, otras, ninguno. Vivió allí también la una mujer que le decían la melonera y por lo que me han dicho, casi todas estas personas han muerto ya. Sólo algunas viven y están por Tarragona.  Corona a las casi desaparecidas ruinas de esta aldea imponentes paredones rocosos por cuyas paredes y cuevas brota el agua saltando torrencialmente por las rocas hasta abrir el cauce por donde el arroyo se despeña. En lo más alto de estas cumbres, se extiende una grandiosa llanura llamada cañá Somera. Es donde, en verano, pastan los rebaños de ovejas aprovechando las buenas hierbas de estas alturas que rozan los mil setecientos metros.

 

           A la bajada es cuando comienza lo hermoso de esta ruta. Siguiendo la corriente del arroyo nos encontramos una y otra vez con cascadas, charcos, plácidos remansos y torrenciales corrientes cristalinas y frescas. Lo recorrimos nosotros aquel día, y quedamos asombrados de tanta belleza y con el corazón tupido de emoción.

 

           Esta ruta se puede hacer en un sólo día pero sin olvidar que el recorrido es largo, duro, quebrado y en lugares muy peligrosos por los grandes desniveles rocosos. Si somos valientes y nos atrevemos llegar hasta lo alto de la cordillera, ante nuestros ojos aparecerán impresionantes espectáculos de pinos, llanuras, valles y cordilleras con las aguas azules del gran Embalse   del Tranco a nuestros pies. Por aquí está el pico Almagreros con más de 1565 m. y toda la Sierra de las Lagunillas. Lugar este asombrosamente solitario, virgen y sobrecogedor.

 

           Los niños serranos.

           Al cerro se le corona por la senda que le entra por el lado de la tarde. Cuando llega arriba, descansa en la llanura, se mete por el estrecho rocoso que casi tapan los bujes y ya asoma a la segunda llanura. La de la hierba verde, el manantial cristal, encinas viejísimas y los tres robles centenarios.

 

            Pues cuando la senda se diluye en esta segunda llanura, ahí mismo se alza  la construcción del que fue un bonito cortijo y el tiempo envejeció.  Tanto que un día se cayeron algunas de sus paredes y después se fue quedando sin tejas, sin puertas, sin chimenea y sin alma. Pero todavía servía para encerrar el rebaño de cabras que guardaban los niños.

 

           Aquella tarde, día de invierno, lluvioso y con mucho frío, los tres niños y la hermana, a la llanura en la puerta  del cortijo, llegaron  con sus cabras.  Y mientras los animales se iban recogiendo en los rincones de las viejas paredes, los cuatro niños se juntaron.  En las losas rocosas de la puerta encendieron una lumbre  y mientras acercaban sus manos a las llamas para quitarse el frío, el mayor de los niños dijo:

- Pues yo he oído que el que se fue a la ciudad, vuelve. Dicen que no encuentra la suerte y fortuna que buscaba y ahora vuelve para ponerse otra vez a guardar cabras.

 

           Los otros lo escucharon y sólo la niña dijo:

- Pues tendremos que enseñarle los sitios donde ahora crece el  monte y la hierba  que a las cabras les gusta.

- Eso no será problema. Si necesita de nuestra ayuda nosotros se la damos y hasta le echaremos una mano para que estos primeros días no le resulten tan duros.

Comento otro de los niños a lo que el mayor añadió:

- Es como el pájaro de colores.

- ¿El que tenía su nido entre los pinos?

- El mismo que también se pasaba los días cantando de árbol en árbol.

- ¿Y qué le pasaba a ese pájaro?

- Pues que no moría nunca.  Por más que lo cogían y lo mataban siempre resucitaba y hasta dañaba al que lo maltrataba. Era un pájaro que siempre se regeneraba.

 

           La noche cubrió con su sombra la hondura de la sierra y allí, sobre el cerro y junto a las ruinas  del cortijo y sus cabras, se les seguía oyendo a ellos.  De aquel cuadro tan dulcemente misterioso e irreal, aun me acuerdo y hasta me hace daño en el alma. La imagen de aquel cuadro es como un trozo de vida flotando en el tiempo,  que ni se marchita ni cambia aunque pasen los años y los siglos.    

          

21- Collado y abrigo de Cuevabuena.  ir al índice

Ruta a las cumbres misteriosas.

Distancia aproximada:      8 k.   

Desnivel aproximado :   600 m.    

Tiempo aproximado   :      7 h. andando.

Camino: vieja vereda y muy borrada y sin ella.

         Esta pequeña ruta pero grandiosa por los paisajes que recorre y las panorámicas que ofrece a cada paso, da comienzo en el mismo puente de los Agustines sobre el río Guadalquivir.  Se remonta unos metros y en el segundo puente, sobre el arroyo de María, hay que dejar el coche. Desde aquí arroyo arriba  y por la derecha continua un caminillo que es el mismo que lleva a la ruta de Prao Chortales.  Remonta hasta el pequeño pantano y sigue.  Traza varias curvas y cuando ya ha superado la preciosa cascada unos metros más arriba del pantano,  se divide. Al frente y siguiendo el surco del arroyo continua la senda que nos llevaría a Prao Chortales. Por la izquierda, sale un ramal que se distingue con toda claridad.  Este es el que nosotros hemos de coger hoy. Se llama Senda a cueva Buena. Y aquí mismo, donde las sendas se dividen, mana el abundante  manantial de Cueva fría.  No muy lejos tenemos esta cueva.

 

           Enseguida descubriremos que se trata de una vieja senda, bastante clara en algunos tramos y casi desaparecida en otros.  Los romeros, lentiscos, pinos, piedras y tierra rodada y el poco uso, lo han ido rompiendo poco a poco. A unos metros de arrancar, se viene para la izquierda remontando tres o cuatro voladeros rocosos y luego se mete en una hondonada. Las madroñeras y los pinos secos caídos sobre la senda, dificultan el paso. Pero con un poco de atención e interés, remontamos hasta un poyo de tierra algo mejor donde crece un puñado de viejos olivos.  Desde hace algún tiempo ya no cultivan a estos olivos y por eso se los come la hierba, el monte y los surcos que las aguas, al correr, dejan por la ladera de tierra suelta. Pero estos olivos son buenos. Casi todos tienen tres pies, altos, retorcidos y bien curtidos por los años que por ellos han pasado. Creo que a este olivar le llaman las olivas de Matojo.

 

           Por el centro del pequeño olivar  podemos seguir hasta encajarnos en el otro extremo. La senda se ha roto por este tramo pero de arrastrar troncos de pinos que cortaron hace años y luego dejaron ahí mismo, se hizo como un camino irregular.  Atraviesa el olivar de un extremo a otro y luego muere porque ni va ni viene de ningún sitio concreto. Son muchos los troncos de pinos perfectamente cortados, desposeídos de su corteza y alineados en la dirección de la senda que seguimos.  Y claro que uno se pregunta por qué dejaron aquí tanta madera y de tan buena calidad.  Es difícil sacarla por los impresionantes cortados existentes desde donde están hasta la carretera que sube por el arroyo de María pero sino los podían sacar ¿para qué los cortaron?

 

           Aunque sé que los cortaron con la intención de sacarlos de estos montes. Y de suyo, el año de aquella corta, abundante y los mejores ejemplares de pinos, sí sacaron muchos de estos troncos.  Arrastrando algunos y otros despeñándolos por los voladeros. Así fue hasta que llegaron las lluvias y se formó la babacilla en la tierra. Al pisar, el suelo se escurría mucho y como por estas laderas lo que más existen son voladeros de buena marca, tuvieron que dejar la faena por el gran peligro que suponía andar por aquí y más aún, arrastrando troncos de pinos.

 

            Justo cuando se terminan los olivos, frente al último de todos, por la derecha y lado de arriba, sigue la senda. La referencia son dos grandes pinos de troncos negros y de la especia pinaster, bajo ellos dos mojones de piedra, hitos que señalan límites de términos municipales, y por aquí mismo, un hito de cemento con el número ocho grabado y pintado de negro. Se lo come el monte que ha crecido mucho y por eso no se ve bien sino cuando se está encima de él.  Sigue esta senda remontando unas veces volcando hacia el lado del Guadalquivir, por la izquierda y otra para el arroyo de María, por la derecha.  A ambos lados se abren profundos barrancos repletos de bosques que cubren las laderas y empedrados de cortes rocosos que caen en picado. Los buitres los sobrevuelan y las sombras de las nubes, cuando no hay nieblas, los manchan misteriosamente.  Por el lado que da al surco del Guadalquivir todo se presenta mucho más hondo, quebrado y con bosques de pinos agarrados hasta en las más reducidas repisas.

 

           Cuando ya la senda  decide venirse para su lado natural, se mete por el mismo centro de una complicadísima pared rocosa y pegado a una preciosa cueva, la de Camarillas, avanza con toda comodidad. Aprovecha un puñado de tierra que se ha retenido en una ondulación de las rocas y como la hierba crece en abundancia, le da consistencia. Después de tanto tiempo, todavía no se ha roto por  la fuerza que le prestan las raíces de esta hierba.   Es de asombro este punto y merece la pena gozarlo con toda calma y en detalle. En cuanto sale al otro lado, se nos presenta un pequeño surco de arroyo. Entra por la derecha y cae desde las repisas de cueva Buena.  Lo cruza y justo aquí, un rodal de tierra sin vegetación y la senda que se pierde por completo. Por más que la busquemos, no será posible encontrarla. Pero la senda sigue porque las personas que vivían en el cortijo y abrigo de cueva Buena, la tenían trazada y la andaban por necesidad y a lo largo de muchos años.

 

           Nos situamos en el comienzo del rodal de tierra sin vegetación y mirando hacia la cumbre, por entre los romeros veremos varios ejemplares de pinos gruesos y de troncos negros. Justo por aquí continua la senda pero desde luego casi irreconocible. Sólo un buen observador y conocedor de los viejos caminos serranos, será capaz de irla distinguiendo. De todos modos, sigue remontando por el surco del arroyuelo que por esta ladera baja y por el lado izquierdo. Atraviesa algunas paredes de rocas y trazando zigzags por la ladera, busca el picacho rocoso que por la izquierda nos va saludando desde lo más alto. Justo detrás de este picacho, es donde se extiende el precioso collado de cueva Buena. En el mismo centro se encuentran todavía las ruinas del viejo cortijo, las de una tiná cayendo para el lado del muro del Embalse   del Tranco, barranco  del Tobazo o Cañailla, un viejo cerezo, un fresno y la era en la misma puerta  del cortijo. Pequeño el rincón porque se sujeta en la mitad de la pendiente entre las cumbres máximas y el surco del Guadalquivir pero de lujo por lo recogido, la buena tierra que en las repisas se retiene, el amplio collado que da paso a una vertiente y otra y la llanura casi total  como plataforma del más bello balcón. 

 

           Por el lado que hemos llegado, en el bloque rocoso y mirando al poniente,  se abre la preciosa cavidad de cueva Buena. Una joya por lo recogida, el perfecto arco que da entrada a su interior y la bonita bóveda que se abre en la dura roca. Es esta una cueva que aquellas personas usaban para encerrar ganado y por eso se le ve llena de cagarruta y con las paredes negras del humo de las lumbres. Pero aún así merece la pena conocer y gozar la singular belleza natural del rincón. Ellos encendían lumbres para quitarse el frío en aquellos largos inviernos de nieves blancas y noches empedradas de hielos transparentes. Tenían que calentarse para no morir por completo y también tenían que protegerse de las recias lluvias que descargaban las tormentas. En las oscuras noches de espesas nieblas amontonadas y pegadas a las crestas de las elevadas cumbres, ellos tenían que dormir acurrucados aunque fuera contra la dureza de las rocas para no quedarse sin fuerza ninguna. La lucha con la tierra, las manadas de cabras, los marranos y las ovejas y también con los caminos, era constante y dura. Ellos tenían que guarecerse y recuperar calor y fuerzas para seguir en la briega de cada día y en compañía de la gran montaña. 

 

           Desde este punto y por el lado de la derecha, sigue la senda. Recorre una tabla o repisa de tierra buena que aquellas personas cultivaban y después de coronar un collado, vuelca y baja. Atraviesa una grandiosa hondonada en forma de recodo o circo, uno de los afluentes del arroyo de María por este lado y sigue. Se ha roto mucho esta senda pero continúa siendo el camino natural y quizá más accesible para, desde este lado, llegar y comunicarse con   los cortijos de Prao Chortales. Aquellas personas tenían sus necesidades y con burros o mulos, recorrían los complicados y viejos caminos para encontrarse con otros serranos o salir de la sierra para abastecerse de algo. En Prao Chortales vivían cinco o seis familias que se dedicaban, como tantos serranos, al ganado, la labranza de la agria tierra que dan estas montañas, a recolectar hortalizas de sus pobres huertos y alguna fruta de sus nogueras. Eran personas buenas que tenían su centro y felicidad en la escasez de los profundos barrancos algo más abajo de las altas cumbres y se comunicaban con sus vecinos, siguiendo las escasas y peligrosas sendas que ellos mismos trazaron por las más escarpadas laderas y los arroyos más complicados.

 

           En cueva Buena, vivían dos familias y la más conocida era la de la hermana Gregoria. Tenían varias mandas de cabras que recorrían las interminables laderas de esta escarpada sierra de las Villas o de las Lagunillas, ya en las partes altas.  Y para moverse desde su cortijo y cueva, tenían también una senda que, desde el collado donde todavía se mantiene en pie el cortijo, se dejaba caer para el lado del muro del Embalse   del Tranco. Por las laderas o legíos del Tranco, pasaba y se juntaba con la que recorría el gran valle de la Vega de Hornos.  Otro ramal de esta senda, se venía más para el lado izquierdo y frente a donde estuvo la venta de la Victoriana, junto al camino que desde la Vega de Hornos salía e iba hasta Villanueva del Arzobispo, por un vado del río Guadalquivir, cruzaban la corriente y ya enganchaban con el buen camino. Grandioso paraíso el que aquellas personas tenían y poseían hasta en lo más íntimo pero duro porque fue para toda una vida o varias vidas completas y sin ninguna otra posibilidad.

 

           Ya he dicho que la hermana Gregoria, era la que vivió toda su vida en este lugar de cueva Buena. Tuvo ella dos hijo, varón y hembra y cuando por fin Dios se la llevó de esta tierra, en esta misma cueva murió. Para escribir una historia completa y bien bonita, da la vida de esta humilde y buena mujer junto con sus dos hijos, su marido y los rebaños de cabras y ovejas que pastoreaban por estas altísimas cumbres. De entre tantos momentos primorosamente hermosos vividos por ellos en estos montes y que nunca se escribirán, recojo uno que fue especialmente emotivo y tierno. 

 

           Amaneció el día con el cielo sembrado de nubes blancas y las tierras mojadas. No se movía el viento y como ya la primavera estaba adelantada, tampoco hacía frío. Por las laderas y los valles, la hierba relucía toda verde y las encinas, junto con las madroñeras, los álamos y los fresnos, mostraban sus brotes nuevos.  Era por la mañana y la niña hermana se fue con su rebaño de cabras monte arriba. Coronó el filo de las rocas blancas y alcanzó la tierra llana del collado. Desde allí ella dio voces asomada al barranco por donde se alzaba el cortijo y cuando la madre la oyó, le dijo que al medio día bajara.

- Junto a la lumbre nos comeremos el cocido y luego te subes otra vez con tus cabras.

 

           Pero a media mañana estalló un gran trueno. De momento se cubrió de nubes negras el cielo y la lluvia comenzó a golpear fuerte contra el bosque y las rocas blancas.

- Busca la cueva del picacho y te refugias en ella. Quédate ahí y no salgas hasta que la nube pase.

Le dijo la madre con su voz clara desde el cortijo por las tierras del collado verde.

- Tranquila madre que aunque la tormenta sea tan rara, yo sabré aguantarla.

Le contestó la niña sobre la cresta de la cumbre alta.

 

           Y el padre que estaba por las covachas de las espesas zarzas, donde crecen también apretados los álamos y las encinas extienden sus gruesas ramas, al oír y ver los crujidos y oscuridad de la tormenta, se llenó de inquietud y algo de miedo.  Y desde la espesura que arropa el profundo arroyo, sin sombra, la fría niebla y la lluvia clara, piensa en la hija del alma y en su corazón se dijo: “Subiré a por ti ahora mismo porque tú eres tan frágil y tan mariposa de tiernas alas, que si algo te ocurre y mis ojos dejaran de verte, me moría de pena esta misma mañana”. 

 

           En definitiva: la ruta a cueva Buena, no es de recorrido fácil por lo estropeada que se encuentra la senda pero merece la pena por la belleza del rincón y la grandiosidad de las panorámicas. Y si la proyectamos desde el corazón y el encuentro con las huellas y tierras que aquellas personas tallaron por aquí, el alma se nos llenará de un placer nada habitual. Ya he dicho que desde Prao Chortales y desde las casas de la Ermita de la Hoz, las vecinas y amigas de la hermana Gregoria, cuando ésta última perdió la salud y empezó a morirse, venían a verla. Al principio, desde la Ermita de la Hoz, casi todos los días y luego, como el recorrido es largo y pesado, cuando podían hasta que la escondida, silenciosa y quizá santa hermana Gregoria, murió en su cueva. En la profundidad de la más agreste sierra, sin médicos ni medicina y sólo rodeada de los suyos que poco podían hacer por salvarla. ¿Con qué se alimentaban ellos y qué medicinas tenían para aliviar algo sus enfermedades?

 

           Por las paredes de la cueva de Camarillas, observé varias águilas reales, en el collado de cueva Buena, cabras monteses y jabalíes y buitres y ciervos, por las cumbres y hondonadas.  Hay también por aquí muchos zorros, aves rapaces y tejones.   

 

22- Subida a la Albarda, Iglesia y   ir al índice

Ojo de Agua los Perros.

Ruta a los prados del asombro.

Distancia aproximada:      13 k.   

Desnivel aproximado :   600 m.   

Tiempo aproximado   :      8 h. andando.

Camino: carril de tierra en buenas condiciones.

       Quiero aclarar que el nombre de Albarda, viene de una de las piezas que se le ponen a los burros, mulos o yeguas cuando se les apareja para acarrear o transportar cosas. Es alargada y se les encaja a lo largo del lomo para que sirva de amortiguador del peso que, con el resto del aparejo y carga, se les echará encima.  El monte que lleva este nombre tiene algo de parecido con la pieza que se usa para aparejar a las bestias y, según yo conozco, en todas las sierras de este parque natural sólo hay dos accidentes de terreno que lleven este nombre. Las Albardas sobre la cumbre del puerto  de las Palomas, cerca del Salto del Moro y la Albarda del Ojo de Agua los Perros.

 

           Y también quiero aclara que aunque el Ojo, agujero claro que se abre en la recia pared rocosa que corona a la Albarda, en algunos mapas  se registra con el nombre de Ojo de Carrales, no es correcto. Su nombre es el que pondré aquí desde ahora  para delante. Ojo de Agua  los Perros porque este es el préstamo que le hace el manantial, arroyo, barranco, cerrada y cortijo que hay en la ladera que mira al poniente.  Es fácil  equivocarse en los nombres de los lugares de estas sierras y más lo es cuando la información procede de fuentes jóvenes. Los nombres no están escritos en las rocas o árboles de estos parajes, sino en las mentes y corazones de aquellas personas que nacieron y vivieron por aquí. Muchos en aquellos tiempos y ni uno, en estos tiempos. Por eso se borra y se pierde tanto y lo que no, se desvirtúa por falta de interés.

 

           El trayecto completo de esta ruta, idea y vuelta y su recorrido por la cumbre de un punto a otro para gozarlo a fondo, son unos trece kilómetros. Hasta la misma cumbre, va por una perfecta pista forestal de tierra y por las alturas, descubriendo los distintos puntos de interés, se puede andar sin problemas ninguno. Tiene un atajo que es siguiendo el arroyo por donde remonta, desde el puente que da paso a la pista. También se puede trazar sin regresar por el mismo sitio. Que alguien siga con el coche subiendo por la carretera asfaltada y nos recoge al llegar al arroyo de Agua los Perros. Desde las alturas de la Albarda, se puede bajar bien hasta ese punto de la carretera y de este modo habremos atravesado la cumbre por las partes más elevadas y bonitas y no tendremos que volver otra vez al mismo lugar ni pasar por los mismos paisajes.

 

           Se toma esta ruta siguiendo la carretera que, desde el Guadalquivir y charco  del Aceite, arranca para atravesar toda la Sierra de las Villas. Se deja atrás el puente que sirve para cruzar el arroyo de María, se remonta la complicadísima ladera de olivar hacia el arroyo Martín y al llegar a lo alto, una vez pasado la casa forestal que nos queda a la derecha, casa forestal de la Albarda, se ve la pista que sale por el lado izquierdo. Un viejo letrero lo indica: “Pista a la Albarda”. Está cortada con una viga de hierro bien soldada y por eso el coche hemos de dejarlo en este punto.

 

           El camino, es una vieja pista forestal de tierra en buenas condiciones y que lo  construyeron a la perfección.  Discurre por el hondo barranco del arroyo Martín, escoltada a la izquierda por la lancha del Tosero y el Morro de la Osera que tiene 1348 metros.  Ahí mismo hay unas tierras llanas donde construyeron el cortijo del Tosero.   Estas llanuras, Morro y loma son los restos del gran caballo del Torraso que viene poco a poco cayendo hacia el barranco del arroyo María. A la derecha queda escoltada esta pista por la robusta figura de la Albarda y la piedra  del Enjambre.   Así que nada más arrancar, traza una curva a derecha y luego para la izquierda y desde este punto, ya se enfila recta ladera arriba buscando cortar el arroyo pero a más de un kilómetro de donde hemos arrancado. Es una preciosa ladera, muy inclinada y repleta de voladeros rocosas que caen desde las crestas de la lancha del Tosero. Hemos arrancado justo en la curva de nivel que va por los mil metros y según recorremos la ladera hacia el arroyo, vamos cortando curvas hasta llegar a los mil cien metros por donde se nos cruza el cauce.  Que por cierto, aunque en los mapas, la cuerda que nos corona por la izquierda, aparece con el nombre de lancha del Tosero y así me lo han dicho personas que creo conocen bien esta parte de la sierra, el nombre verdadero es lancha de la Salobreja.  Este es el nombre viejo de verdad. Una porción de sierra virgen de verdad, tupida de monte recio y mala de andar como ella sola.

 

           La vegetación que vamos atravesando se presenta espesa de pinos, romeros, muchas jaras blancas, encinas, sabinas, enebros y multitud de plantas herbáceas. En primavera, fecha que yo aproveché para recorrer estos paisajes, asombra la fuerza y colorido que brota de cualquier rincón de este terreno. Las encinas muestran sus ramilletes de trama, los madroños, presentan sus frutos ya algo gordos, las jaras blancas se visten con el traje de sus flores rosadas, jara rizada y las hierbas, por doquier obsequian con sus variadas florecillas azules, blancas, moradas, amarillas y otros muchos tonos. Para mí fue una experiencia repleta de sensaciones  tanto para la vista como para el olfato y los otros sentidos.

 

           Antes de la construcción de esta pista, que fue por la etapa de Icona y, entre otras cosas, para sacar maderas de todos estos puntos, por esta ladera y pegándose al arroyo, bajaba una senda. Pasaba por un punto que le decían el Aguarillo, nombre que a partir de ahora mismo queda recogido para que la historia lo acoja en su seno. La senda bajaba desde el cortijo de la Melonera, que eso también se le conoce por el gollizno, pasaba por el Aguarillo y llegaba hasta el cortijo Martín, donde hoy corre la fuente de los Cerezos y se monta el campamento para los jóvenes que en verano vienen por aquí.  Era por este camino por donde salían y entraban las personas que vivían en   los cortijos que se hunden al final de este arroyo y en el que también se hunde sobre las cumbres. Tenía esta senda, un punto por donde, más o menos  ahora sube la pista, que era muy malo de andar. Al pasar las bestias se esfarraban e iban a lo hondo del barranco.  Bajaban ellos con sus  mulos o  burros a por orujo, gipia le decían, al molino de los Agustines junto al río Guadalquivir.  Y usaban  estos  restos de la molienda de la aceituna, para engordar los cerdos que luego servían para la matanza.

 

           Cuando ya la pista alcanza al cauce del arroyo, lo corta por un puente perfectamente construido y pasa a la otra ladera. Si conocemos un poco el rincón, nos podremos ir por el cauce arriba del arroyo. No existe una buena senda pero se puede andar bien y al poco, saldremos a tierras despejadas de vegetación. Son trozos de lo que fueron huertos en otros tiempos. Algo más arriba, a menos de un kilómetro del puente, nos encontraremos varias nogueras, un buen puñado de cerezos, viejos algunos y más jóvenes otros y por entre ellos y las zarzas, las ruinas de un antiguo cortijo.  Es el cortijo de la Melonera, aunque también lo he oído con otros nombres. Aquí  vivió  Félix el melonero con su mujer que se llamaba Francisca.  Moña, le decían a una de las hijas, otra se llamaba Salvadora y un hijo que se llamaba Seba.

 

           Desde aquí nos movemos para el lado derecho y después de remontar una ladera no muy larga pero sí empinada, venimos a salir a la pista que hemos dejado por el puente.  Esto se hace para evitar el largo recorrido y las tres o cuatro curvas que la pista traza par ganar altura y siempre por debajo de la gran piedra  del Enjambre.  Recorrido que tendremos que hacer sin más remedio si es que no nos atrevemos a meternos por el arroyo y coronar hasta volver a la pista después de haber atrochado una buena distancia.

 

           Digo que de siempre por estas sierras a este cortijo se le conoció con el nombre de cortijo del Gollizno. En los mapas que he consultado, en algunos viene señalado con su pequeño puntico pero sin nombre. Silvina era el nombre de unas de las personas que vivieron en este cortijo.  Al regresar de esta ruta, pasaré por donde ahora se desmorona para sentirlo más de cerca.

 

           El rincón donde se alza el viejo cortijo, es de lo más bello que por estos paisajes vamos a descubrir.  Sobre un puntal que cae desde lo más alto, lo construyeron siguiendo la dirección del terreno y a un lado y otro, le labraron las tierras para sembrarlas de hortalizas y cereales. Las nogueras, yo diría que centenarias, las sembraron una junto al arroyo de la derecha y la otra casi en lo que fue la puerta  del cortijo. Todavía quedan las paredes en pie y sobre ellas, algunas de sus robusta vigas. Quedarse en este punto con el sólo propósito de gozar a fondo la limpieza tanto de los paisajes como del silencio y la profundidad de los horizontes, no es descabellado. Todavía parece que por ahí, late la vida de aquellas personas y por la tierra, repleta de perfume de manadas de cabras y ovejas, se adivinan las cosechas de tomates en los huertos y las acequias rebosando de aguas limpias. Se adivina todo esto y mucho más porque el cortijo era grande y seguro que en él vivieron bastantes personas. ¿Por qué se fueron y dónde están hoy?

 

           A unos cuatro kilómetros del punto de la partida, la pista traza una última curva por encima  del cortijo que se pudre en el barranco. Las palomas torcaces, los mirlos, los pájaros carpinteros, los ciervos y otros muchos pajarillos, se nos irán arrancando a cada paso. Por aquí late en abundancia la vida y más en esta época del año cuando la hierba revienta de verde y tapiza hasta el puñado más pequeño de tierra.

 

           Después de la curva, la pista se viene para la derecha, remonta levemente y al poco, sale a un collado menor. Queda por la izquierda, una dolina también menor desde donde brotan algunos pinos y en la plazoleta de tierra llana, la pista gira por entre un ejército de gamonitos florecidos y una tupida alfombra de hierba fresca.  Termina de remontar y al poco comienza una bajada suave. Es porque se viene para el lado derecho a fin de evitar el caballo de la Albarda que nos queda por la izquierda y todavía más elevado. Tiene unos mil quinientos metros mientras que nosotros vamos avanzando por la curva de nivel que va por los mil trescientos cincuenta.

 

           Vamos dándole la vuelta a la piedra  del Enjambre que hemos dejado por la derecha y mientras subíamos, nos coronaba en todo momento. La dirección es hacia el Ojo de Agua los Perros y al poco de atravesar una suave ladera cuajada de piedras blancas y tupidos sembrados de gamonitos florecidos, nos metemos por entre pinos de repoblación.  Al frente y por la derecha, se nos presentan las ruinas de otro viejo y abandonado cortijo. Son las paredes de la Choza de la Albardada. Que no sé por qué, en los mapas aparece como Choza cuando fue y es todo un robusto cortijo. Y además me extraña porque a lo largo y ancho de estas grandiosas sierras, pocas veces he oído yo la palabra choza, referida a  un cortijo serrano.  Y como me gusta y creo que le cuadra mejor, según el respeto y dignidad que le corresponde, desde ahora y para siempre yo le voy a llamar cortijo de la Albarda. Así me lo han transmitido los que por estos rincones vivieron.  En este bonito cortijo donde las nubes duermen y se abren todos los horizontes, vivió el tío Ceferino con su mujer que se llamaba Teresa.  Este hombre tuvo también por lo menos cinco o seis hijos. También de aquí se fueron y las tierras siguen en su silencio, como llorando por ellos. Los juncos crecen por las vaguadas y en la misma puerta del que fue un precioso cortijo, todavía crecen los cerezos. Un puñado no muy viejo y varios más, de tronco recio y hasta podrido y seco por el peso de los años.

 

           Desde este cortijo y hace más de cien años, salía una senda que daba la vuelta al morro donde se encuentra el Ojo de Agua los Perros. Descendía por la ladera e iba a otro cortijo que se llama Agua los Perros, hoy en ruinas junto a la carretera asfaltada. Por aquellas fechas, todavía no existía ni la pista de tierra que vamos recorriendo hoy ni la carretera asfaltada que atraviesa la abrupta Sierra de las Villas.  Ha llovido mucho y las cosas también han cambiado bastante.

 

           Sigue la pista y ahora remonta levemente.  Corona un delicado collado,  del cortijo de la Albarda y aquí mismo, empieza a desdibujarse. Para la izquierda y pegándose a la ladera, avanza todavía con bastante claridad y muere por una extensa  llanura.  Es donde encaja el nombre de la Albarda y queda recogida a una altura de casi mil cuatrocientos metros. En el centro, entre la pista que hemos recorrido y esta llanura, se alza una cresta boscosa que se le conoce con el nombre de Caballo del la Albarda. Este caballo, loma sobre las cumbres de una montaña,  sigue avanzando y subiendo hacia el corazón de la gran cordillera de las Lagunillas y antes de coronarla, se transforma en otra loma mucho más alta y grande.  Es el Torraso con su caballo correspondiente.

 

            Para la derecha, la pista que veníamos recorriendo, se empieza a perder como si ya no tuviera a dónde ir.  En realidad, no tiene a dónde ir en esta dirección y por eso, sobre estas alturas de rocas blancas, tierra arenosa, muchos cambrones y esqueletos de sabinas secas y achicharradas, se deshace.  Hubo un incendio hace varios años que arranco por la Loma de la Be, subió por estas laderas y hasta que no achicharró toda la vegetación que cubría a estas cumbres, no se apagó.  Por este lado de la derecha y sobre estas cumbres, se quemaron todos los pinos y el resto de plantas que por aquellas fechas existían. Los pinos, algunos pueden verse  ya secos y medio podridos por el tiempo, clavados sobre las rocas y crestas donde hincaban sus raíces, eran grandes y viejos.   Fue un desastre y desde aquellas fechas, por estos lares, sólo crecen plantas herbáceas, zamarrillas, tomillos, mejoranas, algunas violetas de Cazorla trabadas en las cara norte de las rocas y gamonitos por entre la grama de las vaguadas y los pinos jóvenes que han sembrado después.

 

           Quiero aclarar que la Loma de la Be, de siempre ha aparecido escrita en mapas y libros con el nombre de la Vez. Su nombre correcto es de la Be y se escribe de esta manera. Se lo pusieron los mismos serranos que en tiempos antiguos vivían y tenían sus pertenencias por estas sierras. Y es porque esta loma, una gran lancha rocosa, vista desde algunos puntos cercanos, especialmente desde el valle del Guadalquivir, representa una figura que en algo se parece a la letra Be.  De los mapas antiguos del ejército se ha ido transcribiendo y siempre pasó como lo escribieron la primera vez.  Pero la loma no pide vez para ir a ningún sitio sino que se parece a una letra Be acostada.

 

           Por este lado de la derecha, se nos presenta el morro de una cumbre rocosa. Se eleva mucho por encima del collado donde muere la pista y se cubre todo de roca blanca, árida y quebrada. Por aquí remonté yo y al coronar lo más alto de un picacho que tiene encima un punto geodésico, me quedé paralizado frente a la impresionante vista que desde ahí se domina. Todo el barranco del río Guadalquivir casi desde que éste sale del Embalse   del Tranco hasta que se pierde por Mogón, la gran loma de la sierra de Beas al otro lado de este profundo surco del río y también la ancha loma de olivares por Villanueva del Arzobispo, Iznatoraf y Villacarrillo hacia Úbeda.  Se ve toda la carretera que atraviesa la Sierra de las Villas desde que pasa por el arroyo Martín hasta que se pierde por el collado del Ojuelo y claro que se dominan con absoluta claridad los barrancos, laderas, cortados y cumbres que va atravesando. Para la izquierda, se dominan las altas cumbres de la gran cordillera que viene desde Cazorla hasta el muro del Embalse   del Tranco y por la Sierra de las Lagunillas, todas las crestas que coronan a Prao Chortales, Almagreros,  cueva Buena y los legíos que caen para el muro del pantano. Al otro lado, quedan las cumbres del Yelmo pero ya muy lejos y los olivares, cortijos, pueblos y aldeas que por eso lares existen.

 

           La grandiosa panorámica que desde este punto se divisa, es de lo más gratificante por la belleza y los horizontes tan hondos que dejan ver. En este punto mismo existe una vieja construcción humana. Parece un refugio de vigilantes para incendios que vinieron a construirlo justo mismo a la parte más alta de las rocas donde se abre el Ojo de Agua los Perros. Una bonita ventana perforada en una vasta pared rocosa, por la erosión de las lluvias, los vientos y las nieves.  Desde el pequeño collado donde se alza la construcción del abandonado refugio, sale como una senda y por el lado norte, va metiéndose por entre las trincheras de las rocas hasta que roza la enorme pared donde se abre la ventana del Ojo. Una pared de más de veinte metros de alta, por completo en vertical y clavada en lo más alto de este caprichoso morro rocoso. Se llega al ojo con toda comodidad y hasta se puede entrar por él y asomarse hacia el lado  del cortijo de Agua los Perros.

 

           Desde él se ve la carretera asfaltada cuando esta avanza por el barranco del arroyo Agua los Perros, por el cortijo del Puntal y hasta se puede seguir toda la gran cuenca que va configurando el grandioso arroyo del Chillar.  La enorme Sierra de las Villas, algo más allá de la cueva del Peinero, también se ven al fondo.  Si el día está claro,  todavía no se agota la panorámica. El ojo tendrá casi dos metros de diámetro y la circunferencia medirá unos diez o doce.  Puesto de pie en el mismo centro, no se llega ni a la parte alta ni tampoco se pueden tocar los lados.  Pero no es por completo redondo, sino algo ovalado. Mas sí sorprende la gran obra natural que los elementos han tallado en la pétrea montaña. No conozco yo en ninguna parte de las sierras de este espacio natural, una forma tan original, vasta y a la vez, bella.  Desde cualquier lado que se le mire, toque o contemple, asombra por su pureza y a la vez, aspereza.

 

           Desde este puntal del Ojo de Agua los Perros, agujero en la pura roca que se puede observar desde muchos puntos de la carretera asfaltada cuando se va por ella, me vine para el lado izquierdo.  Desde la carretera y al pasar por el arroyo de Agua los Perros, se ve también una gran cavidad en forma de cueva y en el centro, se adivina como una chimenea. Me vine buscando a esta grandiosa cavidad llamada  Iglesia de Agua los Perros  y justo donde desagua la vaguada llana que nace en el collado donde se desdibuja la pista, me encontré el agujero. Una grandiosa roca caliza, toda blanca y pulida, que se presenta al borde mismo de donde el arroyo de la vaguada tiene que caer hacia el barranco de Agua los Perros. Por una grieta que presentaba esta maciza roca, se fue colando la corriente, sólo cuando llueve o nieva mucho porque la vaguada es de una cuenca muy escasa, y con el paso del tiempo, abrió el ancho agujero que ahora ahí existe. 

 

           Lo observé despacio, con dificultad porque es peligroso asomarse por él y noté que tiene casi las mismas dimensiones que el Ojo de Agua los Perros. Algo más reducido pero no mucho. Y asomado por él, descubrí la enorme caída que el agua tiene desde que se mete por este agujero hasta que se estrella en las rocas que la gran cavidad tiene en su fondo. Sólo asomarse, en una posición por completo vertical con el cuerpo, se siente miedo. No es para menos y eso que este día no tenía agua.  Desde la carretera asfaltada, no se ve este agujero aunque sí la ancha cueva que se hunde hacia el corazón de la roca por donde se abre.

 

           Desde este punto mismo, al frente y algo más a la izquierda del airoso recodo que el arroyo Agua los Perros por aquí talla, se ve otra ventana tan grande o más que la del Ojo de Agua los Perros. Ella se presenta casi a ras de la llanura que tiene la Albarda por este lado.  Quise continuar con la ruta y acercarme hasta ese punto, descubrirlo de cerca y luego, en lugar de volver por la pista, desde allí remontar el caballo de la Albarda y salir al camino de vuelta justo por donde la pista presenta una pequeña plazoleta llena de gamonitos, ya que termina de remontar el barranco del arroyo Martín. Pero desde el agujero o chimenea de la Iglesia de Agua los Perros, me viene para el collado recorriendo la preciosa llanura de la vaguada que se abre por este punto.

 

           Un perfecto césped de hierba fresca, muchas florecillas abiertas, redondas matas de tomillo graciosamente florecillas, cambrones, gamonitos y algunos  pinos menores, me venían dando compañía. Y cuando llegaba al collado, por entre la espesa vegetación de hierba esmeralda, me encuentro una curiosa flor: la Fritillaria hispánica.  Una especia de campanilla color verde marrón con rallas y por dentro algo amarilla, que sólo he visto dos veces en toda el tiempo que ando recorriendo la sierra. Por las cumbres que rodean al Embalse   de Aguascebas y aquí.

 

           Cuando pasaba de vuelta por las ruinas  del cortijo de la Albarda, me paré y le hice unas fotos de recuerdo. También hice algunas algo más adelante hacia la Sierra de las Lagunillas, con el collado de cueva Buena y las cumbres del Yelmo al fondo.  Y al llegar a la primera gran curva de la pista que ahora bajaba y por la mañana subía, me tiré barranco abajo. Vine a salir a las ruinas  del cortijo que todavía se alza casi al comienzo del arroyo Martín. También le hice una foto, rocé las ramas de los cerezos cargado de fruta ya algo redondica y al llegar a las aguas del arroyo, bajo la sombra de un pino, me puse a comer. Eran las cuatro y media de la tarde y mientras daba cuenta de un trozo de pan con queso, observé la enorme cantidad de vida que por cualquier rincón de estas montañas, existe.  Mariposas, pajarillos de todas clases, libélulas, insectos, mirlos,  pájaros carpinteros, palomas torcaces y otros muchos seres vivos que me distraían y me transportaban  a reflexiones espirituales.

 

           Durante un rato, a la sombra y con la cabeza apoyada sobre la hierba fresca, estuve durmiendo la siesta. El perfume que desprendía la hierba y las hojas secas del pino y el rumor de la corriente, me regalaron unas sensaciones tan finas que ahora creo no voy a olvidar en mucho tiempo. El día de primavera, puedo decir que era, de los más bonitos que he gozado nunca por estos espacios naturales.      

 

           Nota complementaria: a lo largo de la ruta, en la fecha que yo la hice, sólo encontré agua nada más que en el arroyo Martín, por donde éste nace que es cerca de las ruinas  del cortijo de los Cerezos, la Melonera. Más arriba y por las cumbres, ya no vi ningún manantial.  Creo que cerca de las ruinas  del cortijo de la Albarda, en la cañada que le precede, sí mana algún venero menor. La tierra estaba húmeda, repleta de muchos juncos e hierba verde y hasta se nota que por allí, en aquellos tiempos, tuvieron tornajos para que bebieran los animales.  Quizá desde aquí ellos cogían agua para las necesidades  del cortijo. Señales de una acequia ya muy rota,  vi antes de llegar a las ruinas.  Ya por la cumbre, sólo en la vaguada que desciende hacia el agujero de la Iglesia de Agua los Perros, me tropecé con algunos charcos remansados pero sin corriente.  Hacía pocos días que había llovido y por eso no me extrañó mucho ver charcos por estas llanuras.

 

           - Pues cuando llueve, todas las tierras esas de la Albarda, se ponen que no se puede ni andar. Las aguas se encharcan por cualquier arruga del terreno y como esa tierra es casi greda, muy pegajosa, al pisarla, uno se hunde, se embarra o se escurre y tiene muchos problemas para andar de un lado para otro.

 

           Tengo que decir que este año que ha pasado, en cuya primavera yo recorrí la ruta que describo, no ha sido muy lluvioso. Las nevadas sí fueron abundantes  aunque escasas en cuanto a cantidad de nieve.  Puede que otros años de más lluvias, la situación de los veneros por estas cumbres, sean distintas.

 

           En el macizo rocoso que se apiña con el Ojo de Agua los Perros, descubrí a un tejo.  Un árbol que se quedaba sólo con la categoría de arbusto y que, además, se le veía con poca salud pero era un tejo y me extrañó porque no tenía noticias que por estos lares se dieran estas especies. Y ahí mismo, en las repisas de tierra fértil, vi varias matas de peonías ya a punto de florecer. Trabadas de las rocas, también pude observar unas cuantas matas de la violeta de Cazorla.  Planta que también me encontré cuando subía por la pista y antes de coronar la gran piedra del Enjambre.

 

           Los serranos de por aquí al Ojo de Aguas los Perros también le llaman la piedra del Agujero. A la de la iglesia le dicen el roto de la Iglesia.

 

23- Fuente del Cerezo, Ermita de la Hoz   ir al índice

Ruta al balcón del Guadalquivir.

Distancia aproximada:       2,5 k.   

Desnivel aproximado :   100 m.   

Tiempo aproximado   :     10 mt. en coche.

Camino: carril de tierra en buenas condiciones.

     El día uno de abril del año 99, hago esta ruta de la Ermita de la Hoz. A las once de la mañana me encuentro pasando el puente de los Agustines. Por la derecha, en el rellano donde estuvieron las tiendas, un cerezo todo repleto de flores. Ahora recuerdo que por Prao Chortales y cueva Buena también crecen cerezos que ya tendrás sus flores abiertas. Ellos lo nombran mucho de la manera más sencilla: “El Prao”.  Ya han brotado  también sus hojas. La primavera se anuncia y por eso hasta el corazón se siente algo nuevo y con cierta alegría. Los fresnos también tienen sus hojas verdes, todavía pequeñas e igual le sucede a los álamos. Se le ven ya casi arropados de hojas menudas pero muy verdes. Cuando la primavera revienta por estas sierras se da uno de los espectáculos más emocionantes que el ojo humano pueda contemplar.

 

           El durillo tiene ya todas sus flores blancas abiertas al sol de la mañana y también el romero. La estepa, jara blanca, me la encuentro florecida y la ruda, la que tiene unas flores parecidas a la retama. Son amarillas, pequeñas y exhala un fino perfume. En otras partes estas tierras de Jaén, los almendros ya hace tiempo que florecieron.  Pero los que hay por estas sierras, como el clima es más frío, es ahora cuando empiezan a florecer. Alrededor de cada una de las flores que voy viendo revolotean las abejas. Ya están libando su néctar y el polen para llenar los panales de sus colmenas.    

 

           En el kilómetro seis, desde el puente de los Agustines y pasando el campamento de los Cerezos mana una caudalosa fuente conocida con el nombre de los Cerezos. Es porque aquí mismo crecen varios de estos árboles. Unos metros más adelante de donde mana esta fresca fuente, por la derecha, se desvía una pista de tierra. Lleva al lugar conocido por la Ermita de la Hoz. Como por la zona crecen sanos olivos, las personas que los cultivan, se encargan de tener en buenas condiciones la pista de tierra que recorre un buen trozo del arroyo de Martín y sobre la loma, se va para la izquierda en busca de las cinco o seis casas blancas. Así que esta pista de tierra se encuentra bien para recorrerla en coche o andando.

 

           Un gran bosque de pinos y enseguida se mete en una hondonada donde hay muchas zarzas, muchos pinos y muchos juncos.  La pista se va paralela a la carretera asfaltada pero en lugar de subir con ésta, baja. La mañana es muy bonita, como ya he dicho pero es que ahora me la encuentro de frente y por eso me gusta más.  Se ve toda la cumbre de la Sierra de las Villas, por donde se abre cueva Buena, el gran macizo rocoso que remonta desde el charco  del Aceite y las cumbres más elevadas. Los picos por ahí son muy puntiagudos y como esta mañana hay alguna niebla y el sol le entra desde ese lado, se me presentan brumosos, misteriosos y hasta parecen más altos y perdidos por las nubes que en otros momentos. La niebla y la luz del sol entrando desde ese lado y a estas horas de la mañana presentan una sierra enormemente bonita, grandiosa y como perdida por un país de ensueños. 

 

           Muchos olivos, durillo, romero, pinos y la mañana besando con un beso que sabe a gozo limpio. El aire huele con un aroma que relaja y llena de paz. Este año no ha llovido mucho pero sí lo suficiente para que al llegar ahora la primavera, la vegetación se despierte con el vigor de lo nuevo y fresco. A un kilómetro la pista sigue clavada y al frente, en la otra ladera del Guadalquivir, por debajo del pico Natao, veo las casas de Trevejiles. Quedan rodeadas de olivares y ahora y desde aquí es como se aprecia bien lo bonita que también es aquella tierra. A un kilómetro doscientos la pista baja muy bien. Casi llana y sin problema alguno en el firme. Sigue rodeada de espesísima vegetación.  Romeros, jaguarzos, lentiscos, cornicabras y madroñeras. Adivino el barranco que me queda por este lado del arroyo de María. A un kilómetro y todavía no veo las casas que busco. A dos kilómetros justo rozo por la izquierda el primero de   los cortijos.

 

           Hay aquí una hondonada que baja desde el arroyo de Martín, el siguiente hacia la umbría de Aguilar, muy buena tierra, muchos olivos, gira la pista para cruzar este arroyo y ya veo otro grupo de cortijos. Paso por debajo de un enorme laurel.  Se me queda por la izquierda y por la derecha un viejo roble. Un poco más y otro roble también gigante y en la misma hondonada del arroyo que baja, un cerezo. Muy sano y también cubierto de preciosas hojas blancas. Remonta la pista y ya sale a las casas que decía antes. Esto es propiamente la Ermita de la Hoz. Un manzano pequeño por entre los olivos, una encina cerca, da una curva hacia la derecha y ya estoy en las mismas casas que vengo buscando.       

 

           Así que después de bajar como unos tres kilómetros, siempre en la dirección que corren las aguas del arroyo Martín, remonta una loma, se viene para la izquierda y por entre olivos, al frente y al otro lado de un pequeño surco de arroyo, aparecen las blancas y bonitas casas de la que fue Ermita de la Hoz.  Por el lugar hoy sólo existen estos    viejos cortijos bien reconstruidos y donde viven varias familias, casi fijas en los meses de verano. La que fue la antigua ermita, dicen los del lugar que hace más de quinientos años, no existe.  El rodal de tierra donde parece estuvo, todavía se sabe pero ahora se encuentra sembrado de olivos.

 

           Por este rincón, de ensueño por las grandiosas vistas que hacia el profundo surco del río Guadalquivir, se puede gozar de una caudalosa fuente de agua purísima que mana muy pegado a   los cortijos, de un viento fresquísimo que a todas horas corre y sobre todo, de una visión profunda y casi completa de la bellísima cañada  de los Caballeros, al otro lado del río Guadalquivir y ya en las sierras de Beas aunque asista, en este punto,  un cortijo que lleve el nombre de Sierra de las Villas.

 

           Recorriendo las tierras que sobre este poyo se cubren de olivos, me encuentro los siguientes nombres: el Huerto de la Calera, el pedazo de la Ermita, el Pedazo de Lino, algo más allá cueva Rota, es una cueva grande que tiene un agujero enmedio y por eso se le conoce con este nombre. Los estrechos de la Hoz, más para arriba el Torafejo, porque era de uno de Torafe, algo más arriba el Topadero, donde también hubo  un cortijo y vivía allí una familia. Tenemos el arroyo Martín con la fuente de los Cerezos, el llano de los Luises, donde está la casa forestal conocida ahora por la casa forestal de la Albarda o arroyo Martín, de siempre se le conoció por la casilla del tío Manolo. Un pedazo que hay por encima se le dice el Hoyazo.

 

           Desde este balcón de la Hoz, que es como se le conoce al primoroso rincón, las cascadas de los Caballeros se presentan con toda la belleza que estas irradian. Vistas desde este lugar y en los años de muchas lluvias se le parece a la melena de una mujer mayor con el pelo suelto. Lo de señora mayor es por la blancura de las aguas y la espuma que desprenden al caer. Por encima queda la piedra  del Galán y los Trevejiles quedan más volcados.  

 

           Nota: este rincón es de propiedad privada y las tierras se encuentran todas sembradas de olivos, algunas huertas que los habitantes de   los cortijos cultivan. Pero por lo que sé, los dueños de estas casas y olivares, Epifanio y José, resultan de lo más acogedor. Si se les pide permiso, seguro que no podrán ninguna dificultad en dejarnos gozar tanto del rincón como del agua fresca que brota por la caudalosa fuente.  

 

           En las tierras de sus huertos  ellos siembran patatas, ajos, cebollas, pimientos, tomates y cultivan toda clase de árboles frutales. En Semana Santa florecen los cerezos y echan tantas flores, que sólo verlos, da gusto. A finales de mayo, maduran las cerezas y como yo las he comido regaladas por el más pequeño de estas casas, el niño José que sólo tiene siete años y me enseñó su huerto y otros secretos que él tiene esparcidos por aquí, puedo decir que son exquisitas  y gordas como aceitunas. Desde donde se recoge el precioso huerto, se ve una vista del río Guadalquivir que para mí, es la mejor  que he podido encontrar a lo largo de todo el recorrido de este cauce.  No tenía la máquina de fotos aquella tarde y por eso, en cuanto descubrí la hermosa panorámica, me dije que tengo que volver otro día para sacar la foto, quizá más bella y espectacular que  nunca se le haya hecho al río Guadalquivir.

 

           Desde estas casas de la Ermita de la Hoz, se ve perfectamente cueva Buena. Cuando la hermana Gregoria enfermó para morirse, desde estos cortijos de la Ermita subían a verla casi todos los días. Pero como el camino es tan malo y largo, era un verdadero tormento ir todos los días desde estos cortijos a la cueva de la hermana Gregoria.  Al final, la amiga suya le dijo. “Si te mueres algún día de estos y yo no me entero porque no haya podido venir, que enciendan una lumbre en la cueva. Como su resplandor se ve desde   los cortijos de la Hoz, pues ya sabemos lo que pasa”.  Y una tarde, nada más terminar de oscurecer, desde   los cortijos de la Ermita de la Hoz, se vio el resplandor de la lumbre. Así que la hermana Gregoria, única familia que vivió en cueva Buena, murió en ella y desde aquí la sacaron para enterrarla. Dejó marido, una hija que guardaba las cabras por el monte y un hijo que se llamaba Meterio.  En otros escritos míos y, dentro de este grandioso trabajo que yo título  EL ÚLTIMO EDÉN, recogeré más matices y cosas bellas de esta hermana Gregoria, la cueva y collado donde vivió y murió, la hija pastora y los montes que le prestaron  refugio y alimento en sus días terrenales.

 

24- Umbría de Aguilar, umbría de los Sesteros,   ir al índice

 los Vadillos del Chillar, cortijo del Chindo.

Al corazón del arroyo de Chillar   30/4/2000.

Distancia aproximada:       15  k. ida y vuelta.   

Desnivel aproximado :       50  m.    

Tiempo aproximado   :       15  h. en coche

Camino:                                    Pista de tierra buena.

Desde Úbeda pista a los Vadillos    71,5 kilómetros.

División de las pistas a                      2  kilómetros.       

Al collado estrecho del Chillar          77,1 kilómetros desde Úbeda.

A la casa de los Vadillos                   79,1 de Úbeda.

        Tres pinceladas.

       Lo primero que es necesario aclarar, para no confundir, es que esta ruta está hecha para recorrer, la primera parte en coche y la segunda, andando. La primera parte es la pista que va desde la carretera asfaltada hasta los Vadillos, en el corazón del arroyo del Chillar. Sólo ir, son siete kilómetros y medio. La pista se encuentra en perfecto estado para recorrerla en coche pero puede tener piedras desprendidas y pasa por una ladera tremendamente inclinada. Todo su recorrido lo hace casi por la misma curva de nivel.  Cuando se llega a la casa de los Vadillos, donde se juntan el arroyo de Aguas de los Perros y el del Chindo con el del Chillar, un ramal de pista sigue. Remonta todo el barranco arriba y llega hasta las mismas ruinas  del cortijo del Chindo. Esta pista es la segunda parte que se hace andando. Su recorrido tiene sólo dos kilómetros en ida, por lo que serían cuatro kilómetros en ida y vuelta. Se encuentra en muy buenas condiciones y su nivel no supera los ciento cincuenta metros. También se puede hacer en coche esta segunda parte,  pero yo la voy a describir tal como la hice.

 

           Problema  de agua para beber no hay porque a lo largo de la primera parte de la ruta se pasa  por dos frescas fuentes que manan, la primera antes de remontar al collado que da entrada al gran arroyo del Chillar y la segunda a tan sólo unos metros también antes de remontar el collado dicho, cerca  del cortijo de los Riberas. La fuente de los Cerezos se encuentra en la carretera un poco antes de la desviación por el carril de tierra que lleva a los Vadillos.  Ya he aclarado que la pista desde la carretera hasta los Vadillos se encuentra en perfecto estado, sin cadena y con un firme bastante bueno, si la comparo con otras pistas por este Parque Natural. Pero como este camino discurre por debajo mismo de un gran voladero que cae desde la robusta Loma de la Be, en los meses de invierno, cuando  los hielos, las nieves y las lluvias, se desprenden muchas piedras desde las paredes que coronan. Se quedan paradas en la pista y pueden crearnos problemas si tenemos la mala suerte de encontrarlas. No es posible dar la vuelta en cualquier tramo de esta pista por lo estrecha que es y lo peligroso de la gran ladera por donde discurre. Si las piedras son tan enormes que no podamos apartarlas sería un gran contratiempo.

 

           Por lo demás, la ruta discurre por un paraje que asombra de tan agreste, empinado y la altura por donde avanza. La gran panorámica hacia el valle del Guadalquivir y la caída del arroyo del Chillar por la cascada escapándose de la sierra es de lo más hermoso. Al cruzar por el barranco del Topaero y entrar a la Umbría de los Sesteros, los  paisajes son de ensueño. Pero al coronar el collado que da entrada a la amplia cuenca del arroyo del Chillar, uno se queda sin aliento de tan hermoso como se presenta el rincón. Es un gran balcón hacia el valle del Guadalquivir y las lomas hacia Beas de Segura, lo que ofrece este redondico y hasta llanico collado. El recorrido por el surco del gran arroyo y la subida hasta el cortijo  del  Chindo tiene otra belleza más serena pero no por eso menos impactante, dulce y reconfortante.  Por el rincón puede que no encontremos absolutamente a nadie aunque depende en qué época del año hagamos esta ruta.  Casi en el mismo collado que decía antes hay olivos. En la época de la recogida de la aceituna por aquí vienen personas a por los frutos que dan estos olivos. ¡Ya hay que tener entusiasmo pero lo de los olivos en este Jaén, se sale un poco de algunas lógicas!

 

           Subiendo desde la casa de los Vadillos por la pista que lleva    al cortijo del Chindo al remontar la cerrada del Estrecho del Chindo, por la derecha, se aparta  aquel camino viejo que antes tanto usaban los serranos.  Corona a la cuerda justo por donde va naciendo el arroyo de Chincolla para el Guadalquivir y por este arroyo para abajo se va hasta la piedra  del Castellón de Chincolla. El punto por donde corona se le conoce por la carrasca  de la Seña. La pista de tierra que ahora hay por ahí tuerce para atrás y sigue bajando hasta llegar al puente  Ortega, por la venta  del Pino, que es donde cruza al gran río. Este era un paso natural, en aquellos tiempos, para las personas que vivían en   los cortijos de la gran cuenca del arroyo del Chillar. En cuanto llegaban al Guadalquivir, encontraban fábricas de aceite y buen camino para seguir hacia Villanueva, si lo necesitaban.

 

           La ruta.

           La pista  se  aparta de la carretera que recorre la Sierra de las Villas, sólo unos metros antes del mirador del Topaero. El mirador queda casi colgado en el gran barranco del Chillar, es de época más moderna aunque no tanto y se le ha pegado el nombre de Topaero, por el  del cortijo que había por aquí cerca. Entre la pista a los  Vadillos  y la carretera asfaltada, sobre las tierras llanas de la Loma de la Be. Se le decía a la construcción cortijo del Topaero o del tío Chapanidos. Su nombre verdadero era Eugenio. Pero por el rincón se tapaban cosas y de ahí nació lo del Topaero.  Y son puras ruinas que dentro de poco ni se verán.  La pista que arranca es perfectamente visible y nace presentando  un firme y nivel excelente.  Discurre casi llana durante unos metros por la ladera sur de la Loma de la Be y volcada para el barranco del cortijo de Cuadros. Por este lado esta loma no presenta apenas dificultad. Es por el lado norte por donde se descuelga en una gran pared rocosa casi por completo vertical que alcanza más de cien metros de alta. La pista tiene que entrarle a esta pared por su misma base y por eso, antes de venirse para el lado norte y del barranco que mira al arroyo del Chillar, traza un par de curvas.  Cae todo lo que le es posible para el gran valle del Guadalquivir cada vez más próxima al voladero de la Loma de la Be y en cuanto encuentra un punto apropiado, se mete de cara a la pared rocosa. Todavía es casi lado sur y ello da lugar a que la pared no sea tan grande como lo será unos metros más adelante.

 

           Se acaba la ladera de la solana y entra por un pequeño barranco rozando la pared que vengo diciendo por el lado de la izquierda. Le tuvieron que hacer aquí un pasadizo con piedras y tierra porque el terreno se encontraba en vacío y no había manera de poder sujetar a la pista. Lo cruza y pegándose a la pared avanza en un equilibrio tremendo entre la gran ladera que cae hacia el valle del Guadalquivir y el muro rocoso de la robusta loma que le queda, por completo en vertical, por la izquierda. Donde la loma se quiebra un poco y da paso a la vertiente del arroyo del Chillar, la pista  la atraviesa y se viene para el gran barranco del arroyo que he dicho. Pero la loma sigue cayendo y por eso le embiste al río Guadalquivir obligándole a que éste trace una amplia curva para poderla cortar. Este punto se encuentra justo por donde se le junta al río, al otro lado, el arroyo Natao que es el que baja de ese gran pico llamado también Natao. En la hoya que forma este arroyo antes de juntarse con el río es donde instalaron la embotelladora de agua Sierra de Cazorla. Por eso se le ve con toda claridad al frente total y como durmiendo en el hondo barranco. Quiero también decir que esta loma que se mete en el río, ya con una altura que no pasa de los seiscientos metros, es la misma que después de haber sido cortada por el río Guadalquivir, sube por aquel lado hacia las cumbres de Beas de Segura. Por allí se llama Risca de la Palomera, con el pico del El Rayo 1172 metros, que le corona y más arriba corona el Natao con 1274 metros. La Loma de la Be, en su parte más alta, también supera los 1200 y está llana por completo.

 

           El puntal que tiene que cortar la pista para poder seguir hacia su objetivo, es el que sostiene a la famosa piedra de la Be, por la derecha. Justo en lo alto de este puntal de la pista que llevamos se aparta otra y también por la derecha. La que se aparta tira un poco para abajo y por eso no hay mucha confusión porque la que lleva a los Vadillos es la que más se pega a la pared vertical de la Loma de la Be. La que se aparta por la derecha y baja, enseguida se divide en dos. Para la derecha y pasando por la misma piedra de la Be, cae un ramal que se hunde en el Guadalquivir para cruzarlo por un histórico puente.  Quizá el puente más bonito que tiene este río a lo largo de todo su recorrido por lo antiguo que es, el paraje donde vinieron a construirlo y lo curiosamente construido que está. Una vez cruzado este puente, se sube un poco y ya está la carretera asfaltada que lleva al Embalse del Tranco o a Villanueva.  El otro ramal de pista, sigue por la derecha, algo paralela a la que va a los Vadillos pero bajando y lleva hasta  un cortijo que se encuentra al borde mismo del arroyo del Chillar, sobre un morrete y en lo más hondo del arroyo que cae desde el mismo mirador del Topaero. Cuando ya vamos rodando por la umbría total de la gran pared de la Loma de la Be, se ve este cortijo allá en todo lo hondo. Pues la pista de tierra es la que lleva a ese bonito y curioso cortijo que no sé cómo se llama. Lo visita y luego sigue subiendo por la otra ladera y vuelve a la pista de los Vadillos, la nuestra, justo por el collado que da entrada al rincón de los Vadillos.  Tiene sentido porque este camino fundamentalmente sirve para entrar y salir a los olivares que por ahí se crían.

 

           Así que continuamos y ahora ya avanzamos por la parte más inclinada de todo el recorrido. Por entre las curvas de nivel que van por los mil y novecientos metros, avanza el camino, por  completo  llano y rozando la pared de rocas que cae desde la cima de la loma que vamos dejando a la derecha. Ya he dicho que es la gran loma de la Be. Más de cien metros de altura tiene esta pared y, desde el puntal donde se dividen las pistas hasta el arroyo del barranco, más de kilómetro y medio de recorrido. Es la gran mole  rocosa  que se ve tan potente cuando se sube por la carretera que lleva al Embalse del Tranco. En todo lo hondo va quedando  el arroyo del Chillar y más en lo hondo, el río Guadalquivir.  En línea recta hacia el arroyo, ni siquiera quinientos metros y hacia el río, algo más pero el desnivel es de casi cuatrocientos metros. Esto da una idea de la inclinación que presenta la umbría por donde discurre la pista.

 

           Por donde ya cruza el arroyuelo que viene saliendo justo de las paredes que en lo alto tienen al mirador, se allana bastante.  Hay un rellano menor donde se puede girar y por debajo, entre las zarzas y espesa vegetación, quedan las ruinas de un viejo cortijo.  Es el que se ve cuando nos asomamos al mirador. A este rincón, junto con el cortijo que se alza algo más abajo pero en este mismo arroyo, lo serranos lo conocían con el nombre de los Sesteros. El de arriba y el de abajo. El cortijo de arriba, el que ya está en ruinas y por completo comido por las zarzas, dejó  de servir para nada hace mucho pero junto al arroyo todavía siguen lozanos un buen puñados de olivos. Las tierras que en aquellos tiempos fueron huertas, ahora se las comen las zarzas y demás vegetación silvestre.  Siguiendo el surco de este arroyo, por el lado de la derecha, bajaba una sendica que servía para dar comunicación entre los dos cortijos. Con dificultad, todavía se puede ir por ella, esquivando las zarzas en la media que sea posible, y se llega    al cortijo de abajo. El que antes decía y que, al contrario de este de arriba, sí está habitado.  La sendica que también he dicho quedó muy rota cuando hicieron la repoblación de pinos por estas laderas y cuando por ella arrastraron troncos de pinos. La convirtieron e jorro que baja recto casi con el surco del arroyo pero aun puede servir para subir o bajar a   los cortijos que vengo diciendo.

 

           También he dicho que    al cortijo de abajo, el que han procurado cuidar para que no se caiga del todo,   se le llega por el ramal de pista que se le aparta a esta de los Vadillos justo por donde cae la loma de la piedra de la Be. Y en el cortijo de abajo tienen puesto placas solares, tubos que llevan agua desde los manantiales cercanos a la pila de cemento donde se lava, puertas de hierro y algunas otras modernidades de las de ahora. Pero como el rincón es tan bonito, de propiedad privada, las tierras que fueron huertos, todavía siguen alimentando a los cerezos, membrilleros, manzanos, perales, granados, nogueras, parras y otros árboles que en aquellos tiempos eran verdaderos tesoros. Sobre todo lo era el gran cerezo que todavía crece según se llega    al cortijo. Junto a la construcción principal y la remodelada para las necesidades de estos tiempos, se desmoronan los corrales para los animales de aquellos tiempos. La tiná y las corralizas donde engordaban a los cerdos de la matanza. También la cuadra que todavía conserva sus seis o siete pesebres pero poco más.

 

           Continúo con el recorrido de los Vadillos y digo que desde este arroyuelo, al cruzarlo, ahora la pista sigue surcando ladera, con mucho menos inclinación que la gemela y en un recorrido de kilómetro y medio, poco más o menos, ya comienza a encaramarse en el bonito collado. Pero antes de hacerlo deja a la derecha una fuente con su pilar  y su caño de agua.  Estoy  a dos  kilómetros  ochocientos metros  del cortijo de los Vadillos. En el cemento que usaron para construir el pilar pusieron  el año  y  fue el 1990.  Desde  aquí  mismo, mirando para lo hondo, por los acantilados el arroyo del Chillar, se ve subiendo una senda. También los dos cortijos que hay  en  este barranco. El cortijo de los Sesteros de Arriba y los Sesteros de Abajo. El de arriba ya he dicho está por completo derruido. En el de abajo parece que viven personas. Por debajo de este último cortijo y algo ya metido en el barranco de royo Chillar, hay todavía una tapuelilla. Es la  del cortijo de la Grilla. Mucho más pequeño y en tierras peores que los dos de arriba.

                                                 

    Sobre el puntal y frente al valle,   en la misma llanura de la hierba
que hermosa y grande se abre
al río y a las colinas
que se cubren de olivares,
la sencilla casa serrana
besada por el limpio aire.

    Dentro y frente a la lumbre
que dando calor, lenta arde,
 la niña princesa de la sierra
se recuesta contra el padre
dando su juego y cariño
y llenando a lo grande

el sencillo espacio  del cortijo

por donde es reina la madre

perfumando con su aroma

el dulce instante.

 

   Fuera, avanza la noche,

llueve sin pausa y suave

y como la lluvia este año

sin parar, cada hora cae,

mientras juega con su niña

dice el padre:

- Primavera como esta

más de veinte años hace

que no vino por estas sierras.

Guarda silencio la madre,

la niña sigue con su juego,

la lumbre calienta y arde

y en el sencillo cortijo

sobre el puntal frente al valle

¡qué honda la vida y el tiempo

empapa y callada, late!
 

           Se mete la pista ahora  por entre olivos, al momento otra fuente por el lado de abajo, con su vieja alberca y sus árboles frutales. Por aquí mismo, de la principal, se aparta una pista de tierra que cae para lo hondo. La fuente mana pegado a ella. Tiene su alberca, de la de aquellos tiempos, un cañico de agua que vierte a la alberca y desde ahí a los olivos y los árboles frutales que decía: cerezos, ciruelos, un quejigo con  dos  pies, la hiedra  de hojas finas que se agarra a las rocas  allí  donde  existe  humedad, algunos lirios y un par de higueras. Entre el caño y la alberca un pequeño tornajo de madera y el agua  cristalina que mana fresquita como tantos veneros en las sierras del Parque Natural.  Ahora sé que de esta  fuente  cogían el agua para las necesidades en el cortijo que se remonta a sólo unos metros sobre el collado, al borde de los voladeros del Chillar, frente al castillo de Chincolla y en la llanura. Digo que este cortijo desde siempre se le conoció por el de los Riberas y también por el cortijo de los Aires.  Sigo y en unos metros ya corona al collado. Y digo, una vez más, que aunque sólo fuera para gozar de la gran panorámica que  desde  este collado se divisa, merecería la pena hacer la ruta. Pero esta preciosa  panorámica  queda  adornada con las tierras llanas, casi campos de fútbol, las ruinas  del cortijo  al  borde mismo del voladero hacia el arroyo del Chillar  y el hondo surco de este arroyo justo cuando deja las tierras llanas de los Vadillos y cae para el Guadalquivir.  Es un balcón sin igual en todas las sierras de este Parque Natural.

 

           Al volcar el collado, durante casi otro kilómetro, discurre llana, bajando un poco para irse encontrando con el arroyo, cruzando más olivos y al poco, traza una curva. Por aquí  le  entra un arroyuelo que baja de la ladera del collado Aguas de los Perro y se le aparta una muy pobre pista de tierra que lleva al arroyo de Agua los Perros. Por ella baja una ruta ya recogida en este trabajo. Después de esta curva sigue recta pegándose cada vez más al arroyo y surcando las tierras llanas que por aquí han modelado las agua.  Tan llanas son estas riberas que hasta quedan hundidas con relación al collado que hemos dejado atrás. Fueron las ricas tierras  que  ellos cultivaban en aquellos tiempos y por eso levantaron por aquí varios cortijos. Hasta  los  que vivían en el de Agua los Perros tenían por aquí sus huertas y por eso trazaron la senda que ya se ha perdido por completo. Ahora en estas  buenísimas  tierras  sólo  crecen álamos, muchos pinos de los que una vez y otra repueblan y zarzas.

 

           Así que entre el asombro, el rumor de la corriente, la música de las hojas que mueve el viento y el canto de mil pajarillos la pista va aterrizando justo por las puertas  del cortijo de los Vadillos. Primero cruza el cauce de un arroyuelo menor, hoy tiene mucha agua y es el arroyo de Agua de los Perro, cruza enseguida el segundo  vadillo, porque ninguno de estos cauces tienen puente, y ya en el otro lado del arroyo del Chillar, descansa en un rellano. Aquí dejo yo el coche y a partir de este punto, como la pista sigue, trazando ahora una curva para la derecha y metiéndose por el arroyo del Chindo que aquí mismo se le junta al del Chillar, me pongo y continúo. Es la segunda parte de esta ruta. La que se hace andando para dale más emoción al corazón y alma del que por aquí llega. Pero antes, en unos minutos echo una ojeada a la casa de los Vadillos.

 

           Tiene un puente de cemento que cruza la corriente del arroyo y ya deja sobre la misma puerta. Un puñado de plantas de lilas, ya esta tarde florecidas, algunas celindas, un par de rosales, parras y hasta cañas de bambú. Según se le llega ofrece  tres  puertas  este viejo cortijo serrano ahora reconstruido pero vuelto a dejar en las manos de Dios. Dos de las puertas son de madera y la tercera de hierro para  que nadie la pueda romper. Las ventanas están abiertas, con una tela metálica  fina pero  arrancada. Dentro  no se ven ni muebles ni otros objetos. En la puerta un horno, bonito pero con un estilo que nunca vi en los otros cortijos serranos. Parece  que lo reconstruyeron en el 1981. Al menos esto tiene rotulado en el cemento que le pusieron.  En una esquina, una fuente de obra con su grifo, una piscina muy abandonada, el cuarto para cambiarse cerca de la piscina y por lo que se palpa, todo dejado por aquí hace ya tiempo. Por detrás y lado en que se alejan las aguas del arroyo una construcción más antigua. Como el corral o la cuadra  de  los  serranos  de antes y ahí, muchos tractos viejos, de cualquier manera y casi podridos y los que no oxidados. Pero por lo que veo el cortijo de los Vadillos fue muy bonito y lo levantaron justo en el rincón más hermoso de este arroyo. Mucha  agua corriendo por la misma puerta, mucha tierra llana ahora criando álamos y gran extensión hacia arriba y hacia abajo. Ahora parece que por aquí nadie viene a vivir.  Al volver y cruzar el río unos peces escondiéndose en los charcos del arroyo. ¡Peces en el arroyo del Chillar!

 

            Y dos pinceladas más: en tiempos no muy lejanos en este cortijo de los Vadillos vivió una familia que era muy amigos de la familia que vivía en el cortijo de agua los Perros. Desde los Vadillos al cortijo de aguas los Perros sube, subía una preciosa y cómoda senda. Pues la familia de los Vadillos muchas tardes subía a la casa de aguas los Perros y mientras iban por el camino, la madre con el hijo, rezaban el rosario.  Cuando terminaban un misterio del rosario y empezaban otro, allí mismo se paraban y hacían un montoncico de piedras.  Esto les servía para, al pasar la próxima vez, comprobar si habían corrido más o menos rezando o andando el camino.  Una anécdota muy hermosa que llena de dignidad y asombro a los profundo paisajes de estas sierras. Antes, no sólo vivía mucha gente por aquí sino que sus vidas estaban cargadas de hermosas y dignas vivencias como la de cualquier otra persona que viviera en pueblos grandes o en ciudades.

 

           Ya estoy otra vez junto al coche. Cargo  con  mi macuto, mi cámara para recoger los documentos de los lugares que nunca más volveré a ver y me pongo en movimiento. Con la pista trazo la curva y empiezo a subir por el mismo cauce de este arroyo. Ni gota de agua trae este cauce.  Y es un arroyo que tiene casi más de dos kilómetros de recorrido desde que nace por el puerto  del Moro hasta que muere por los Vadillos. Pero este arroyo del Chindo no tiene agua a pesar de la primavera lluviosa que estamos atravesando.  Y es que el terreno no tiene demasiado elevación tanto a un lado como a otro del arroyo que digo. Son alturas pequeñas y por eso no se dan depósitos de agua suficiente como para que este arroyo corra con la abundancia que lo hace sus compañeros, el de Cucharas o Agua los Perros.

 

           Al poco, unos trescientos metros, entro por una cerrada donde la pista se sitúa justo encima del cauce del arroyo y por ella sube durante un buen trayecto. No tiene problema alguno porque ya he dicho que agua no hay. Por este punto hay un nombre muy bonito. Lo he oído con el sonido de la carrasca  de la Seña.  A la derecha me queda un pico que llega a los 1104 metros y se llama la Garita del Jabalí.  Por la izquierda me corona el poyo  del Jaral, con un primer puerto que se le conoce por el collado de  los Aserradores y un segundo punto que es el collado del Chindo. Por donde desde este barranco se vuelca para el que baja desde la lancha del Cagadero. Por esta pista no hace mucho que pasó algún coche.

 

           Voy metido en mi entusiasmo y a paso rápido mientras observo con interés. Reconozco los paisajes y por eso sé que el cortijo que busco no lo tengo lejos. En unos treinta minutos ya estoy donde se abre una preciosa cañada, crecen varios cerezos y, a un lado y otro de  la pista, se  amontonan muchos troncos de pinos. Los cortaron hace algunos años y aquí los han dejado. Muchos de ellos ya están podridos y por eso creo que aquí  se  pudrirán  todos. Son pinos de los entresacados de aquella primera gran repoblación. Cuando fue el fin para las personas que vivían por aquí y en este cortijo. Así que miro para mi izquierda y reconozco el collado el Chindo. La pista se viene un poco para este collado pero yo subo unos metros por la ladera. Me entro por entre los pinares, donde voy encontrando muchas terrazas en el terreno y al poco estoy tocando las ruinas  del cortijo del Chindo. Y lo que más me llama la atención es lo bonito que fue este cortijo. También las buenas terrazas que tallaron en la ladera de la solana para aprovechar la tierra y sembrar en ella las cosechas. Deduzco  enseguida  que esto tuvo mucho trabajo. Un gran trabajo a base de sudor sangre y por eso pienso que estas personas, las que vivieron aquí, ni fueron vagos ni se dedicaron sólo a beber vino ni otras cosas parecidas.  Tanto el cortijo del Chindo como las tierras que le rodean fueron primorosamente trabajadas y acondicionadas.  

 

           Por detrás el cortijo tiene un gran corral de tapia y piedras de toba. Todas las piedras son tobas ¿por qué será? el cortijo es a dos aguas, teniendo una parte, la que da para el puerto del Moro, cortada con un muro y así quedaba el cortijo divido en dos. Eran dos las familias que vivían aquí. Por eso tiene dos puertas pero la parte  del cortijo que da al puerto del Moro es mucho más chica. ¿Sería algún hijo o hija que se casó y se quedó?  Dos ventanas tiene para el puerto del Moro y otras dos daban para el corral. Está levantado este cortijo sobre un morrete alzado sobre las huelgas del arroyo. Y mira para el collado conocido con el mismo nombre que este cortijo y que se encuentra dirección al collado del Ojuelo. Por este collado del Chindo es donde estuvo la peguera que destilaba teas de pino para extraer alquitrán. De esta peguera, lo poco que de ella queda, en otro apartado diré dos palabras si es que las circunstancias me lo permiten y Dios lo quiere.  Por detrás  del cortijo lo que queda ya son tierras de muy mala calidad. Rocas desmoronadas blancas y rojizas. Por el lado que  mira al barranco, por donde llega la pista, otra gran noguera. Las nogueras que por aquí se criaban eran como bosques de grandes. Este cortijo fue construido casi todo de tobas. Por aquí cerca debió haber algún manantial y sus aguas han criado muchas tobas. Son piedras que pesan menos para acarrearlas y luego dan un buen resultado en la construcción porque aíslan mucho, tanto del frío como del calor.  Ellos sabían lo que se hacían.

 

           El corral ahora está derruido, creciendo las zarzas por ahí y con las piedras de tobas esturreadas. La entrada a este cortijo queda mirando justo al collado del Chindo y al barranco donde estaban las huertas. En ellas crecen todavía muchos cerezos y varias nogueras como bosques de grandes. Tiene dos puertas y en la misma entrada tenía su porche. Como una terraza a lo largo  del cortijo y las puertas, alzada con unas paratas de piedra y sobre esta pared, tres columnas que sujetaban el tejado del porche. Todo un primor de cortijo y este Chindo, hombre apañado para su casa y no lo contrario. Se esturrean las rocas desde este porche para abajo y por entre estas piedras algunos hierros de camas. Justo por delante de esta marquesina, el porche que ya decía, este hombre construyó su era. Redondica, sobre el final del morrete, empedrada y retenida, a todo su alrededor, con paratas de piedra para que se mantuviera nivelada y en su sitio que era lo que hacía falta. ¡Qué primor fue este Chindo! Desde esta era para abajo, hasta la llanura que ahora ocupan los troncos de pinos cortados y fueron las fértiles tierras de las huertas, la ladera que cae, toda fue aterrazada. Con tablas de tierra sujeta con paratas de piedra donde sembraba sus cosechas.  El arroyo del Chindo es que se termina justo donde se alza el cortijo. Un arroyuelo menor le baja desde el puerto del Moro, otro le entra desde el collado del Chindo y donde los dos se junta, se forman las llanuras que fueron huertas. Por detrás justo corona un pico que se llama Correderas con 1395 y otro un poco más detrás que es piedra  Cubilla.  Intuyo que los manantiales de agua venían de este pico Correderas y brotaban algo más arriba  del cortijo. La vegetación que veo por ahí es de mucha humedad y hasta se ven como cascadas de tobas.

 

           El alma llora.

          Y claro, después de haber andado lo que he andado por los caminos y sin ellos de estas sierras del Parque Natural, lo que mi alma me pide es que me pare. Que me siente sin prisa sobre una cualquiera de las muchas piedras que hay por aquí y durante un rato, en la honda soledad y quietud de este barranco, me ponga a meditar un poco. No es justo, creo yo, que se hiciera y se dijera lo que se hizo y dijo. No es justo ni tiene sentido cuando uno llega con la tarde que está cayendo  y entre el verde fuerte de los pinos, los cerezos cargados de fruta, la pista de tierra en su quietud y más en su quietud, las tierras de estos montes, se encuentra con lo que se encuentra y, desde su silencio, gritando lo que grita.  Y si uno coge y trasciende esta  realidad y  sentimiento y lo observa desde la eternidad, desde el regazo del Dios en el que creo y me permite gozar estos parajes, uno sigue pensando que ni es justo ni tiene sentido. Que Dios lo pudo permitir, como tantas otras cosas entre los humanos pero de ninguna manera pudo ni puede quererlo y menos de aquel modo y desgarrando tanto como desgarró. El alma del que llega siente tanto  que hasta llora sabiendo que es la más inútil y pequeña entre los pequeños de este suelo pero  distinguiendo con absoluta claridad lo que es justo y no y dónde está el sincero amor y la luz que salva. Y el alma llora más sabiendo que mañana ya no estará y por eso no volverá a saber más de este rincón.  El alma llora ahogada ya  en la amargura de la misma muerte sin que todavía pueda morir. Y sabe que aunque una vez más repita que ni es justo ni tiene sentido no le va a reportar ni una chispa de consuelo ni le va a salvar de su cruz.  Pero el alma llora ante su Dios y escondida en lo más hondo y hermoso de su Edén.

 

           Lo que tú quieres saber.

           - ¿Pero qué es lo que tú quieres saber?

- Desde el barranco  del Chindo ¿iba o no un camino que salía de la sierra?

- Subiendo  desde los Vadillos por el barranco, al pasar el Estrecho, que así es como de siempre le hemos llamado nosotros, por encima y a la derecha, sale una pista que se ve muy bien.

- ¿Se llama aquello la carrasca  de la Seña?

- Eso se queda subiendo a la derecha y en todo lo alto.

- Desde el barranco  del Chindo sube una pista hasta lo alto de la cuerda, la carrasca  de la Seña, y al caer para la vertiente del Guadalquivir, roza un manantial que se llama fuente del Roble. Allí mismo ya coge el carril y pasando por el Castellón de Chincolla, se tira por entre los olivares ladera abajo y viene a salir al puente de Ortega, por donde pasa  el río.

- ¿Por ahí antes se entraba y salía a la sierra?

- Si aquello es el camino que teníamos antes para venir al pueblo de Villanueva del Arzobispo. Por ahí se cortaba y se corta mucho terreno. Porque debes aprenderte de una vez que los serranos sabíamos trazar caminos de la mejor manera. Ni lo mejores ingenieros y con las máquinas más modernas saben ahora trazar un camino con la maestría que lo hacíamos nosotros. Ese es un buen camino para entrar a la sierra desde la parte de los olivares. Sólo que en todo lo alto le queda un trozo que no tiene carril para los coches. Es decir, no se une el que sube con el que llega desde el barranco  del Chindo. En lo más alto, por donde la carrasca  de la Seña, es donde queda este trozo que hay que hacerlo a pie. Las personas de ahora ya no toman ese camino por esta razón. ¿Lo entiendes?

- ¡Claro que lo entiendo!

 

           - ¿Otra cosa?

- Estando en el cortijo de Agua los Perros, bajando por el barranco, antes de llegar al arroyo Chillar, allí hay  un cortijo roto.

- Aquello se llama el cortijo del Pequeño. Antes en la sierra cada uno tenía su mote.  Se decía: el cortijo de Fulano, el cortijo de Mengano y así nos entendíamos. Ese hombre vivió ahí mucho tiempo y ya todos los conocíamos por el cortijo del  Pequeño.  Ya habrás visto que allí ahora sólo hay una “miaja” de tapuela.

- Y comida por las zarzas. Pero ¿por allí iba una senda?

- ¡Claro!

- ¿Por dónde se metía?

- Por debajo del mismo cortijo de Agua los Perros, subía.  Hay allí un estrecho muy feo donde cae una cascada y se abre un gran covacho. La cueva de Agua los Perros es como le decíamos nosotros.  Aquello se llama la Cerrá de Agua los Perros.  Por allí ya no hay quien pase por la cantidad de zarzas que han crecido. Antes, desde un poco más abajo de la cerrá, salía un carril que lo hicieron para los carros que  acarreaban madera. Ese carril bajaba a los Vadillos por un arroyuelo que cae desde las cumbres.

- ¿Y la fuente que hay arriba, pegado a la carretera?

- Esa es la fuente de Agua los Perros.  Está al lado mismo de la carretera, en un clarillo. Pasando  de Agua los Perro, el cortijo que hay por debajo de la carretera  y que está caído se llama el Cortijillo.  Un poco más adelante y sobre el morro, hay otro. Ese se llama cortijo del Puntal. Ahí fue donde vivió el gran pastor.

 

           Y guardo silencio. Luego digo:

- Subiendo por el arroyo Cucharas hay otro cortijo.

- Aquello es el cortijo del tío Luciano. Más arriba, donde hay muchas nogueras y otro cortijo que se llama los Terrones. Siguiendo el mismo royo, en lo alto de un puntalillo y donde crecen algunos álamos. Por debajito, el cortijo del tío Cucharas. Pasa el carril por debajito. Ahora una tapuela nada más.

- Uno de   los cortijos que hay por el Paso del Cuco ¿se llama Sopalmo?

- El Sopalmo está por debajo de la carretera, cerca del collado del Ojuelo. Allí hay otra tapuela que se llama el Molinete.  Es que en ese lugar hubo un molino antes.  Era sólo de hacer harina pero funcionaba con el agua del arroyo. En ese mismo barranco hay otros cortijos que le dicen el cortijo del Morro. Cerca del paso del Cuco. Por allí se ve que está arreglado aquello para que pasaran las bestias antes. Hay también unas buenas cuevas por aquel rincón. Son las cuevas del paso del Cuco. Lo de Sopalmo queda arriba y en un llanete.

- ¿Y lo del raso  de la Escalera?

- ¿Eso está yendo para la Fresnadilla?

- Pero yo digo otro por este barranco del Chillar.

- Estás equivocado. ¿Puede ser el raso  de la Honguera?

- Tampoco.

- Pues por aquí sólo hay un sitio que le dicen el Raso, por donde el cortijo de los Riberas. Cuando vienes por el carril de los Vadillos, la casa que hay en lo alto de un puntal, aquello es el cortijo de los Riberas. Allí ya no hay nadie tampoco.  Los otros dos que hay metidos en el barranco son los Sesteros de Arriba y los Sesteros de Abajo.

 

           - ¿Y el barranco por los Sesteros?

- Aquello es Royo Chillar. Que por ahí también se baja a la venta de Melquiades. Ahora mismo hay un cacho que no tiene carril.

- Pero arriba. De los Vadillos para arriba ¿cómo se llama el arroyo?

- De toda la vida de Dios a este trozo del arroyo le hemos llamado el Aguascebas del Paso del Cuco. El que baja del Sopalmo y el otro.

Guardo silencio reconociendo, una vez más, que por estas sierras a los arroyos, si no todos muchos sí, de siempre le han dicho aguascebas. Donde más aguascebas hay en todo el Parque Natural y quizá en el mundo entero. Porque los otros arroyos de las otras partes de la sierra y del mundo no son aguascebas aunque lo sean. Ellos sabían lo que se decían y yo también.

- Que por ese Aguascebas del Paso del Cuco sube otro carril. Hicieron un pantano de esos pequeños para sujetar la tierra. En aquella quebrá hay una fuente que le dicen fuente de los Nerpeños. Tiene dos grandes caños de agua y buena.

 

           Caigo en la cuenta que este nombre ya lo he oído en algún otro lugar de este Parque Natural.  Nerpio es un pequeño pueblo de la provincia de Albacete a tan sólo 45 kilómetros de Santiago de la Espada.  Tiene este pueblo unos mil ochocientos habitantes y se asienta por las angosturas del río Taibilla. A sus habitantes se les conocen con el gentilicio de Nerpianos pero en este rincón de la sierra el nombre que yo encuentro es Nerpeños. ¿En algún tiempo hubo por aquí personas del pueblo de Nerpio? Ya he dicho que tengo noticias que me dicen que en otras zonas de este Parque Natural, sí los hubo.

 

           - ¿Y de la fuente para arriba?         

- De allí para arriba ya no sube el carril. Que así frente hay otro cortijo que le dicen el del tío Amador, otro del tío Ginés y algunos más. Ahora ya no se ven porque como repoblaron tanto, pues lo rompieron todo pero que todo eso lo he visto yo habitado de gente.  Por debajo de la caseta había una nave para los animales y luego estaba el cortijo de la lancha, el del Morro y uno más que hay por debajo de la caseta. Ese  es de  unos que le dicen los Gallardos.

- ¿Y Hoyo Redondo?

- ¿Cómo?

- Sí, lo que acabo de decir.

- Ese nombre por ahí no existe. Será El Hoyo.

- Pues será así.

Y caigo en la cuenta que Hoyo Redondo, el que sí es popular y bueno, se encuentra por el cortijo del poyo  del Rey. Por donde nace el río Cañamares. Pero por esta zona de la sierra hay varios nombres que algunos pronuncian como buenos y pocos me saben dar referencias de ellos. Tales son: casa de roble Gordo, choza de Hoyo Redondo y prao Borde.

- Eso está cerca del Sopalmo. Tiene la carretera dos puentes y todo aquello de siempre se ha llamado El Hoyo. Pero que allí no hay cortijo.

- ¿Y cuevas importantes?

- La cueva del Tesoro que está frente    al cortijo de los Riberas. ¿No se hace así una lancha grande? Pues aquello se llama la lancha del Pueblo. Frente    al cortijo hay una cueva que está enmedio del voladero. Allí es donde se metían los moros. Bajaban con una soga y se metían en la cueva aquella. En la punta de arriba es donde hicieron el castillo que por aquí se conoce como el castillo de Chincolla. Allí tenían ellos lo que fuera y como dicen que los moros dejaban mucho dinero, pues luego después muchas  personas fueron  por aquel rincón buscando tesoros.  De tanto escarbar hicieron un pozo que ni se sabe los metros que tiene. Asomándose    al cortijo de los Riberas, en la caída, se ven muchas cuevas.

 

           - Pero aquello está muy malo para entrar por allí.

- Ahora sí pero antes, como había tantos animales por toda la sierra, se podía pasar por todos los sitios. Como ya no hay ni ganado ni gente, aquello está cerrado de monte y no hay quien se meta.  Mas ya te digo: en otros tiempos por allí había una garita por donde se podía pasar al otro lado y desde el cortijo de los Riberas subir hasta las murallas del castillo.  Con mucho cuidado pero se puede pasar por aquellos cortes de riscas.

- ¿Y el Estrecho?

- Eso es por el cortijo de royo Martín. Pasando las Ermitas de las Hoz el arroyo tiene una angostura que se llama los Estrechos de las de la Hoz. Por ahí también teníamos otro camino  para bajar a la carretera. Por royo María, al dar unas curvas que pegan al puente, un poco más arriba iba una senda que llevaba a royo María. Pero ahí hay un barrancazo ya que no lo puede pasar nadie. Pero antes sí se iba por este sitio. Eso ya se ha cerrado del todo.

- ¿Arriba hay un monte que se llame la Osera?

- Eso está subiendo por royo María, donde hay  un cortijo que también está habitado en verano.

 

           Unas cuantas fotos.

           1 - Desde el puntal  del cortijo de los Riberas, queda al frente el morro de la lancha del Pueblo. En lo más alto, el terreno se allana un poco. Hoy la primavera lo  tiene tapizado de hierba. Recortados en el cielo destacan los trozos de muralla de aquel viejo castillo de Chincolla. Arropando queda el cielo, hoy azul y como si quisiera cubrir lo que ya se ha comido el tiempo. Más abajo de este trozo de terreno, en la misma morra, se abre el acantilado. Profundos voladeros que caen hacia royo  Chillar. Desde el puntal donde miro quedan enfrente y por eso se le ven con toda su dureza y gritando su inaccesibilidad.  

 

           2 - Subiendo por el barranco del Chindo, a la altura del Estrecho y al mirar para atrás, al frente se ve el grandioso arroyo de Agua los Perros. Coronan las llanuras de la Albarda, con el castellón del Ojo Agua los Perros, a la izquierda. En el centro queda el robusto conjunto de la Iglesia Agua los Perros y desde ahí para abajo, la ancha ladera que viene cayendo para royo Chillar.  Se adivinan las veredas, los pastores yendo por ellas y los rebaños de ovejas, ascendiendo en busca de los verdes pastos. Pero ni las veredas ya están, ni a los pastores se les ve por rincón alguno y a las ovejas, aunque en cuanto lleguen los calores, vuelvan, no es lo mismo. 

 

           3 - Un arroyuelo, el de Agua los Perros, con su corriente cristalina, raja la pendiente de la inclinada ladera y por entre el espeso bosque, salta en preciosas cascadas.  Tiene su charco azul-verde antes de la llanura y cada poceta queda engalanada por las ramas de la vegetación ya hecha primavera. Al fondo y por entre los pinos, la pradera muestra su cara alfombrada con la más fina hierba. Es la fabulosa primavera que el mes de abril este año va dejando por la sierra y hasta en los rincones más ocultos e inaccesibles.

 

           4 - Desde los Vadillos de royo Chillar, el carril se va por el barranco del Chindo. Antes de dar la curva se para frente    al cortijo blanco. Es el de los Vadillos, casi oculto entre la vegetación. Por la izquierda coronan los pinos y al otro lado, el morro de Agua los Perros, con su ladera repleta de romeros, jaras blancas y zarzas. Por el centro corre el dulce y misterioso royo Chillar. También la fabulosa primavera que el mes de abril este año está dejando por aquí, lo ha colmado con una corriente tan grande y limpia como nunca hubo otra por aquí. Sólo para contemplarla y oírla cortando el denso silencio de la impactante sierra, merece la pena venir por el rincón.

 

           5 - Desde la parte de atrás,    al cortijo se le ve en su esqueleto. Sólo ruinas y éstas casi tapadas por las silvestres zarzas. Pero en lo que aun queda de sus paredes, los dos muros de los lados y el paño de la parte delantera, se ve la cal trabada. Una costra de cal que se fue formando de tanto blanquearlo las personas que en el cortijo vivieron.  Y sobre esta capa de cal, en uno de los rincones, se ve el “azulejo”, cal de tono azul con la que siempre se blanqueaban los rincones de la cocina en   los cortijos serranos. Se le ve    al cortijo, los restos de lo que  del cortijo queda, todavía con su viga mayor de un lado a otro lado y apoyada en el pilar del centro. Al frente, el collado del Chindo, por donde estuvo la peguera y hoy los pinos cubren el terreno.  Fue este el cortijo del Chindo.   

 

           Los manantiales de la ladera.

           De norte a sur, la ladera cae, con una grandeza y anchura solemne.  La corona por el norte un macizo rocoso y por abajo y el centro, la surca el azul arroyo que salta lleno de espumas inmaculadas. Pero lo más grandioso de la ladera es la senda que la recorre y corta por su centro. Como si se tratara de un juego de cenefas primaverales que un hada traviesa un día por aquí dibujara. Junto a la senda de hierba y flores porque parece que por ahí casi siempre es eterna primavera, brotan las fuentes. Un puñado de manantiales diamantinos que ni en verano se secan.

 

           Pues, aquella mañana pasaban por la senda, bajando desde el valle alto al valle inmenso que se hunde por donde el río grande corre, el padre y la niña. Iban ellos a sus cosas, no se sabe qué cosas eran pero eran las cosas que los serranos siempre han traído entre manos e iban detrás de su borriquillo blanco.

- Cuando lleguemos a la fuente de las madroñeras espesas bebemos agua y descansamos un rato.

Le dice el padre a su niña. Su tesoro divino que florecía en lo más hondo y limpio de su corazón dando una fragancia que el padre no sabía explicar.

- Pero esa fuente, padre...

Expresó la niña y ya no dijo más. Le quiso preguntar el padre qué era lo que pasaba con esa fuente pero tampoco preguntó.

 

           Siguen ellos avanzando por la senda, solitaria en estos momentos pero más hermosa que nunca porque la adornan los romeros y las carrascas y pasaron por la primera fuente.  La que cristalina mana por debajo de una peña y no se pararon. La niña sí que miró al chorrillo limpio que por allí corría y sintió una emoción que no supo transmitir al padre con palabras.  Al poco pasaron por una segunda fuente que también manaba de una peña y derrama sus aguas a un llanete muy hermoso.  Siguen ellos andando detrás del borriquillo y pasaron por dos fuentes más.  Las dos más caudalosas que manan por la ladera.

- Cuando lleguemos a la fuente de las madroñeras grandes nos paramos y bebemos.

Le volvió a decir el padre a su niña.  Todavía les quedaba un buen trozo de ladera  y dos fuentes más. Quizá por esto o no se sabe por qué, la niña volvió a murmurar:

- Pero esa fuente, padre...

Y de nuevo guardó silencio.

 

25-cortijo y arroyo de Agua los Perros,    ir al índice

los Vadillos, cerrada  de Chincolla.

Al valle de la paz                28/4/2000.

 Distancia aproximada:       6  k. ida y vuelta.   

Desnivel aproximado :        300  m.    

Tiempo aproximado   :        5 h. andando en ida y vuelta.

Camino:                                vieja senda y campo a través.

            Cuatro datos.

           La senda que desde el cortijo Aguas de los Perros se mete en la preciosa cerrada, roza la gran cueva y por la solana se hunde hacia el arroyo del Chillar por el valle de los Vadillos, ya está perdida para siempre. Tengo la sensación que el último que la  he  recorrido  ha  sido yo y  por  eso me costó tanto cuando esta bonita senda pasa justo por la curiosa cerrada que hay a los pies  del cortijo. Por completo ya se la han comido las zarzas y la erosión del arroyo. Así que desde hoy para  delante creo que nunca más en la vida nadie volverá a recorrer esta senda. He sido el último y por ello me alegro y entristezco un poco. Por las rocas que coronan esta preciosa cerrada descubrí varias matas de Violeta de Cazorla. Como ya era primavera estaban florecidas y colgaban hermosas cuajadas de sus preciosas florecillas. Otro punto por donde, en estas Sierras de las Villas, encontré estas violetas ha sido por la cerrada que hay al lado de abajo del Embalse de Aguascebas. También en las rocas que coronan al barranco de Agua los Perros y es donde se abre el precioso Ojo de Agua los Perros. Espárragos me encontré algunos en la misma cerrada, entre las espesas zarzas y por las llanuras donde estaba la cornamenta.

 

           En la misma llanura que se extiende por delante  del cortijo Agua los Perros, ya pegado al arroyo, este  día  me encontré una cornamenta de ciervo. Entre la hierba estaba tirada y parecía que se la había caído no hacía mucho. Era de un animal de tres años pero aun así me gustó porque no tenía ninguna apariencia de fealdad. La pradera, en otros tiempos huerta donde se criaron buenas hortalizas, estaba repleta de hierba y hasta encharcada de tanta agua. El arroyo bajaba repleto. Por la honda y agreste cerrada de Chincolla, donde se desmorona un precioso cortijo  sobre unas llanuras que son el mejor balcón hacia el valle del Guadalquivir, vi  buitres volando que arrancaron vuelo de las buitreras que tienen en la lancha de las ruinas del castillo. Sólo dos o tres parejas creo que anidan aquí.  Vi las murallas de este viejo castillo de Chincolla en todo lo alto de la cuerda y vi varias cabras monteses comiendo hierba en lo más hondo del cañón que por aquí taja el arroyo. Un  espectáculo muy hermoso que contemplé  sin prisa desde el morrete que hay por detrás de las ruinas  del cortijo que antes decía.  Algunos de los pinos que por estas laderas repoblaron hace unos años, después de aquel gran incendio  que  destruyó por aquí un magnífico bosque de sabinas, enebros y pinares, ya han brotado y vi que este año se encuentra en su mejor momento. La lluvia de esta primavera, la más abundante de los últimos años, los está llenando de vida. La soledad por este barranco es total así como por todos los parajes que rodean. A pesar de ser fiesta y vísperas de un buen puente, a nadie vi por aquí. En el cortijo que se remonta sobre la llanura del balcón al Guadalquivir me encontré algunas sillas. En una de ella me senté frente al gran valle del Guadalquivir y durante más de una hora ahí estuve contemplando la hermosura del los paisajes. Me encontré un hacha vieja, con mango de madera cortada en estas sierras y, por entre las ruinas, pues mucha soledad y el aire cargado de nostalgia. Me sentí y siento triste.

 

           La ruta.

         Entre otras cosas tengo que empezar diciendo que el día de hoy se presentó nublado por completo. Templado el clima y con pinta de empezar a llover en cualquier momento. Al paisaje de la sierra, entrando por arroyo de María, se le vía reventando de verde, ya brotadas las madroñeras, las zarzas, el orégano, las curiosas matas de tomillos, algunas jaras blancas, los enebros y las sabinas y también florecidas muchas maticas herbáceas. Primavera como la de este año hace ya muchos que no se ven. Y lo que quiero decir es que, en lo que va del mes de abril ya han caído, por algunos puntos de esta sierra, más de doscientos litros de agua. Por eso, en el día de hoy lo que más asombraba y llenaba de satisfacción es ver tanta agua por los arroyos, las fuentes, las cañadas, las praderas y por las peñas. Creo que el día de hoy era único por estas sierras y por eso se me metió tan hondo.

 

           Así que dejé el coche en la misma carretera, al volcar el collado Agua de los Perro, un poco por encima de las ruinas del precioso cortijo. Me bajé andando por la ladera pisando los surcos que por aquí abrieron el otro año para repoblar y rocé las ruinas  del cortijo. Solitario, roto por completo, sin puertas, con las piedras rodando por la ladera y triste como tantos. Bajé para la llanura y cuando la iba recorriendo me encontré la cornamenta que decía atrás. Luego me encontré algunas esparragueras con sus espárragos y ya crucé el arroyo. Busqué por aquel lado una bajada hacia el arroyo del Chillar y como no la encontré me vine y me metí por la cerrada. Casi imposible de pasar por ahí por la espesura de las zarzas, lo erosionado del terreno y la cascada comiéndose la poca tierra que queda por la puerta de la gran cueva. Pero pasé porque me lo planteé como un reto y enseguida me encontré con que a la senda, para que pudiera atravesar los grandes voladeros y paredes rocosas, le hicieron una cortica escalera. Tres curvas traza recogida con paredes de piedras sueltas y luego se empieza a ir por la gran ladera de los romeros.

 

           Ya a partir de este punto, a tramos, sí la veía con toda claridad. Otros trozos todavía tienen sus paratas para sujetar la tierra y piedras que arrastran las corrientes del agua cuando llueve mucho. Los romeros se la tienen muy comida por donde hay algún barranco y algo  más de humedad pero con paciencia la fui descubriendo y así puede recorrerla hasta lo hondo del arroyo. No el del Chillar sino este de Agua los Perros que baja desde la misma Iglesia de Agua los Perros. Por lo hondo de este barranco se encuentra con un ramal de pista muy estropeada porque ya nadie entra por aquí. En la llanura donde la pista termina y le llega la senda estuve parado un buen rato frente al buen chorro de agua que bajaba por el arroyo. Luego seguí y enseguida rocé las ruinas de un bonito cortijo que vinieron a construirlo a unos quinientos metros del arroyo del Chillar pero muy pegado a este que baja desde Agua los Perros. Todo roto, comido por las zarzas, tapado por el monte y en la soledad más  amarga. Se llamó este cortijo y, para siempre a partir de hoy así será, cortijo del Pequeño, remitiendo al hombre que lo habitó. Es uno más de los muchos apodos que entre ellos se ponían. 

 

           La pista lo pasa por la parte de arriba y aquí mismo se va por la ladera que cae desde el collado de aguas de los Perros.

- ¿Sabes para qué fue construida esta pista?

- No lo sé.

- Pues para sacar madera con los carros de entonces,  también para sembrar pinos en las tierras  del cortijo del Pequeño y para, de paso, derribar mejor el cortijo que ahora se comen las zarzas.

- ¡Qué cosas ¿verdad?!

- La madera la sacaban con carros tirados por mulos o burros. Así fue.

Se mete, la pista,  por esta ladera algo remontada sobre el arroyo del Chillar y la otra pista que sube por el arroyo buscando las casas de los Vadillos. Esta ladera toda se presenta arada y repoblada porque fue parte del terreno que ardió.  Cuando llega a un arroyuelo que cae desde el mismo collado antes dicho y por donde crece mucho orégano, se baja por su cauce sin agua y en unos trescientos metros ya se encuentra con la pista que sube a los Vadillos. Una pista de tierra también construida por las mismas fechas de la que sube a la Albarda y la que sube a los Tableros. Son obras de aquellos tiempos y por los mismo artífices. Por eso esta pista de los Vadillos, se aparta de la carretera asfaltada un poco antes del mirador del Topaero, está en muy buenas condiciones. Las casas de los Vadillos, un par  del cortijo rehabilitados para recreo, se encuentran justo en las orillas del arroyo del Chillar y por donde a éste arroyo se le junta el que baja de Agua los Perros. Vi estas casas en ese bonito rincón, metidas entre álamos, pinares y sobre las relajantes praderas de hierba.  Vadillos son vados menores y también llanuras junto al cauce de este bravo arroyo del Chillar. Quizá chillar le venga de lo encajado entre puros paredones de rocas y lo hondo que discurre a lo largo de toda su cuenca alta.

 

           Seguí el trazado de la pista que sube por el arroyo del Chillar hacia los Vadillos y fui viendo como por aquí han montando una instalación de paneles solares y antenas para teléfonos. Los han puesto al borde mismo de la pista y van hasta las casas de los Vadillos. El rincón es de lo más bonito en toda esta cuenca del arroyo del Chillar. Aparecieron algunos olivares a un lado y otro de la pista, remonta un poco y volvieron aparecer más olivos. También la tierra llana de un recogido y bonito collado por donde la cuenca del arroyo del Chillar se estrecha al máximo y unos metros más adelante, por la derecha, la llanura de las cornicabras, la gran alfombra de hierba y ahí mismo, las ruinas de un gran cortijo. Es el que decía se alza como balcón sobre este collado y cerrada del arroyo del Chillar, frente al gran valle del Guadalquivir cuando éste discurre a la altura de la venta de Melquiades y la embasadora de agua Sierra de Cazorla.  De aquí para abajo el arroyo cae en una precipitada ladera, trazando primero una curva algo parecida a una zeta y cayendo ya para el Guadalquivir por una pronunciadísima ladera.

 

           Sobre este collado, cortijo, cerrada y gran balcón, di por terminada la ruta que estoy contando. Así que sin prisa por aquí me quedé todo el rato contemplando las buitreras que hay en la lancha llamada del Pueblo, donde vi un par de buitres parados. También me recreé en las ruinas de muralla que sobre la cresta de esta lancha aun permanecen en pie y son las del famoso castillo de Chincolla y me recreé a fondo con la manada de cabras monteses que vi pastando en el circo rocoso que los acantilados tajan por donde el arroyo ha ido labrado esta honda y curiosa cerrada. Ellas me estaban viendo y pensé que aunque diera voces, aunque chillara para hacerle honor al arroyo, no podrían oírme porque el rumor de la corriente despeñándose era tan enorme que, desde donde comían hierba, nada más podría oírse que el bramar de la corriente.  Cuando uno está cerca de este arroyo del Chillar y en épocas de abundancia de agua como la de hoy, hay que chillar mucho, gritar con vozarrones fuertes, para que alguien nos pueda oír al otro lado del arroyo. Las aguas de esta corriente braman como ellas solas.   El día, el momento, el paisaje, la soledad del paisaje y la grandiosidad de las laderas y barrancos me abrazaron y mientras me herían en lo más íntimo, me dejaban sin vida en la dimensión de la materia. No tengo más  palabras para contar.    

                                                                                                                  Pincelada

26- Escalera y cortijo de Amador, royo Chillar, fuente de los  
Enerpeños, paso del Cuco, Carrales Bajo, morro de Amador. 

           A la placidez del arroyo     10/6/2000.   ir al índice

           Distancia aproximada:       5  k.   

           Desnivel aproximado :   150  m.    

           Tiempo aproximado   :      5 h. andando en ida y vuelta.

           Camino: vieja senda, carril y campo a través. Circular.

     En el bonito día que arriba he dejado reseñado, por esta Sierra de las Villas he visto y gozado lo siguiente: cuando llegaba por la carretera que va desde Villanueva hacia el Embalse del Tranco, en el mismo puente de los Agustines, un gran panel con información para los turistas. Lo han puesto por aquí no hace mucho y es del estilo del que vi el otro día por la curva que ensancharon en esta carretera. Me he parado y he leído  con interés lo que a continuación transcribo: “Puerta principal por el río Guadalquivir a las Sierras de las Villas, Segura y Cazorla”.   Un poco más abajo en un sencillo croquis han dibujado la carretera que he venido recorriendo, la que atraviesa la Sierras de las Villas y algunos itinerarios por estas sierras. A lo largo de la carretera de las Villas y por todo el croquis, reseñan el campamento Juvenil de los Cerezos, fuente del Topadero, fuente del Tobazo, mirador del Topadero, piedra del Agujero, cueva del Romeral, fuente agua los Perros, fuente de la Raja. Otros nombres que se reparten por este croquis son: cueva del Tosero, cortijo del Puntal, cortijo de Amador, lancha de las Minas, morro de los Vadillos, poyo del Jaral, collado del Chindo.  Y luego piedra del Enjambre, casa de Carrales de Abajo, cortijo del Tosero, cascada de arroyo María, fuente de cueva Fría, puntal del Pocico, los Plomos, casa prao de los Chortales, cortijo del Tejuelo, caballo Torraso, Hoyacillo, collado de los Hermanillos. Arriba pone: la Veleta, las Culebras,  las Grajas, cueva del Cañaveral, Tranco, mirador de los cortijillos y embalse del Tranco.  
 

Y tiene nueve rutas reseñadas por estos rincones que se reparten
 y describen de la manera que a continuación pongo para recordarlas:

“Sendero arroyo María, Cuevabuena al Tranco.

Duración:                                6 horas.

Grado de dificultad:              media, grandes pendientes.

Sendero arroyo María, Tosero, Caballo del Torraso.

Duración:                                5 horas.

Grado de dificultad:              poca.

Sendero collado de los Hermanillos, prao de los Chortales

Duración:                                4 horas.

Grado de dificultad:              poca.

Sendero el Tranco, prao de los Chortales.

Duración:                                3 horas.

Grado de dificultad:              media, se pierde el camino.

Sendero Carrales, fuente de la Albarda.

Duración:                                3 horas.

Grado de dificultad:              poca.

Sendero Carrales, paso del Cuco, los Vadillos.

Duración:                                4 horas.

Grado de dificultad:              poca.

Sendero Carrales, Prao de los Chortales.

Duración:                                6 horas.

Grado de dificultad:              poca.

Sendero pista a los Vadillos, collado del Chindo.

Duración:                                4 horas.

Grado de dificultad:              poca.

Sendero charco del Aceite, embalse del Tranco.

Duración:                                2 horas.

Grado de dificultad:              poca.

    Se aconseja utilizar un día completo para los senderos
de largo recorrido. Excelentísimo Ayuntamiento de
Villanueva del Arzobispo, Junta de Andalucía”.

     Por cierto, en la página Web que este Ayuntamiento tiene( 17-11-03) no hace mucho descubrí algo que me llamó la atención. Vi unos textos que me remetían a rutas por las Sierras de las Villas. La curiosidad me picó y cual no fue mi sorpresa cuando descubrí que los textos de estas rutas había sido copiados íntegros de un trabajo mío publicado en el año 2000. ISBN84-95244-25-X  y depósito legal: J-21-2000 y por la Editorial el Olivo de Úbeda. Ni siquiera habían tenido el detalle de mencionar ni el autor ni la fuente y esto no me gustó.  Me puse en contacto con este organismo y aunque rogué que se citará el nombre del autor y fuente de donde habían sido tomados los datos seis meses después las cosas seguían lo mismo. ¿Qué debería haber hecho?

 

       Y claro que tengo que decir que para mí no ha sido ninguna novedad la aparición de este panel por estos lugares. Es lo que tanto desean unos y otros, los de los pueblos dentro del Parque Natural y fuera pero por separado cada uno.  Desean que vengan muchos turistas por las sierras sea como sea. Lo importante es que vengan muchos turistas y que tengan lugares por donde ir y ver. Aunque tal información me parece buena, sólo que con una gran carencia: que si no se le facilita más información que la que hay en este panel, una persona que desconozca estas sierras, tendrá muchos problemas para hacer la mayoría de las rutas ahí indicadas. No son tan fáciles de recorrer estas sierras ni tampoco se llega a los sitios ahí expuestos con tanta comodidad. Quien no conozca el terreno y carezca de una información de apoyo, con toda seguridad que se perderá o lo pasará muy mal. Las sendas por las que deben discurrir estas rutas casi todas están perdidas, comidas por la vegetación y rotas por las lluvias, los hielos y las nieves. A mí me ha costado mucho trabajo reconocerlas.  Al no saber con certeza por qué sitio van estas sendas, hasta la persona más decididas tendrá problemas y muchos. Para hacer las rutas que se reseñan en este croquis es necesario contar con información de apoyo. Alguien o algo que facilite los detalles, que es el instrumento esencial a la hora de echarse a recorrer la montaña. Sin esta información la aventura será mucho mayor y emocionantes pero para expertos y no para cualquier persona. Esto es lo que opino pensando también que es una buena idea.

    

   Se abre la mañana

regalando nubes grises y aire fresco

y música cercana

que de  Dios, parece eco

invitando al festín que no merezco.

 

    Del aire fresco mana

aromas finas que busco y apetezco,

sabor a mejorana,

a musgo no reseco

por los valles que bien sé y el roble seco.

 

     Se abre la mañana

bordando a la montaña con su fleco

de azul bañado en grana

y aquí buscando un hueco

ando por los campos cual muñeco.

        En el día de hoy sigo con la ruta que por vengo buscando por aquí y digo que en las fuentes de los Cerezos me paro un momento. Bebo agua de sus frescos y abundantes caños y durante un rato, me entretengo en coger unas cerezas de los dos viejos árboles que todavía crecen por aquí.  Tienen muy pocas, son chiquillas como garbanzos, algunas ya bien coloradas pero las otras, verdes aun. Las que logro coger me saben a gloria. De un comer finísimo y lo mismo su sabor agridulce.  Me doy cuenta que estos dos viejos árboles pueden secarse no dentro de mucho. Nadie los cultiva y su tronco está añoso, algo podrido y como si cansado.

 

           En el mirador del Topadero me he parado también atraído por la nueva información turística que por aquí han instalado. Una tabla sujeta en su mástil correspondiente para que se pueda leer según se va por la carretera. Y leo lo que han puesto “Mirador agua los Perros”.  Enseguida me digo que hubiera sido más correcto “Mirador del Topadero o loma de la Be”.  Se encuentra más dentro de estos dos parajes que en aquel.  Además, en el croquis que he leído por el puente de los Agustines y que también han instalado aquí, lo describen como mirador del Topadero. Este es  ciertamente su nombre más apropiado. Pero nada... El panel que han puesto aquí ya he dicho que es el mismo que hay en el puente pero éste instalado de otra forma más original.  Como mirando al sol de la tarde, en forma de placa solar, bajo para que se pueda leer cómodamente y protegido por un cristal. ¿Cuánto durará? ¿Quién lo restaurará cuando ya esté roto?

 

           Pasando la fuente de agua los Perros, por la derecha y ya cerca  del cortijo del Puntal, se aparta un carril para este cortijo. Por aquí pienso dejar el coche para recorrer la ruta que hoy tengo pensando. Pero antes de apartarme, paro, miro y al ver los tres cerezos, me entretengo en coger algunas cerezas. Estoy en ello cuando por el cortijo veo a un hombre. Lo saludo y me acerco. Me alegro verlo porque enseguida descubro que es Narciso, el dueño de este cortijo y el que vivió aquí a lo largo de más de cuarenta años guardando ovejas.  Me dice que espera a unos del pueblo de la Puerta de Segura que van a venir para ver el cortijo porque lo quiere vender y mientras tanto, como le pregunto, me indica los dos caminos que desde este puntal puedo tomar para bajar a royo Chillar, que es lo que pretendo hoy.  Antes de que podamos entra en materia aparece un gran coche y como son los que él espera, lo despido y los dejo en el interés que por aquí les tiene esta bonita mañana.

 

           Sigo y unos ochocientos metros más adelante, por la derecha también, se aparta otra pista de tierra. Es aquí donde dejo el coche, busco la vereda que recorre la famosa escalera de Amador y en unos minutos ya estoy sobre las ruinas de este bonito cortijo. Lo recorro durante unos minutos y continúo. Desciendo por la ladera, lado izquierdo  del cortijo y por donde no va senda alguna y puedo pasar el arroyo con toda comodidad. Ya sobre el carril de tierra que viene desde el mirador del Topadero, pasa por los Vadillos y llega hasta la fuente de los Enerpeños, me voy arroyo abajo hasta el pequeño pantano que por aquí construyeron.  En sólo unos minutos llego al lugar, me entretengo recreado en tan bonito rincón repleto de agua, vegetación y croar de ranas y luego doy la vuelta. Subo por la pista en dirección contraria a como corre el agua y en unos minutos ya estoy justo al final de este carril. Por donde hay otro embalse pequeño, construyeron la fuente que decía antes y se acaba la pista. 

 

           Pues tomo ahora por las sendicas que siguen cauce arriba y en poco tiempo ya me encuentro en las ruinas de otro bonito cortijo serrano. Es el cortijo del Cuco, que se encuentra justo a la entrada de la gran cerrada del Cuco. Lo que los serranos de por aquí llaman paso del Cuco.  Es el rincón más bonito que por estas sierras yo me he encontrado. Y digo que el paso del Cuco hace referencia a una gran cerrada, estrechamiento del arroyo, por donde tuvieron que meter una senda para pasar. No es posible pasar por los lados debido a las grandes e inclinadísimas paredes rocosas que el terreno origina.   Este paso es propiamente una cerrada donde se juntan cuatro arroyos que son: royo Cuchara que nace en los morrones de Santa María, arroyo del Ojuelo que nace en el mismo collado del Ojuelo, por detrás mismo de la tiná de Juan, arroyo del Hoyo que nace por los Tableros y la Cruz del Espino y arroyo de Carrales que nace por la Albarda. Aquí se juntan los cuatro y antes de hacerlo, en las rocas  han cortado profundos tajos.

 

           Pues siguiendo la vieja senda que por aquí sí se distingue con toda claridad y se anda bien, atravieso esta bonita cerrada. Ya dije que puede ser la cerrada más bella de todo el Parque Natural tanto por sus cascadas, la abundancia de agua, la junta de los cuatro arroyos ya dichos y los parajes que estas grandes paredes rocosas ofrecen. Y la senda fue trazada con el primor más cuidado. No como  en la cerrada de Elías. Aquella fue senda trazada por la administración y ésta la fue por los serranos que vivían en   los cortijos de estos montes. La necesitaban para moverse y poder vivir.  En cuanto salgo de la cerrada, me vengo para el lado izquierdo y remonto al puntal. Donde todavía están las ruinas de dos de   los cortijos que ahí levantaron y por estar en lo más alto del morro, lo serranos conocen por el cortijo del Morro, que propiamente son dos. Algo más arriba está el de Carrales Bajo y otro más que han sido remodelados para venirse a ellos de recreo. Hacen bien sin la vida así se lo permite.

 

           Desde este punto el carril de tierra sube dejando por la derecha el arroyo de Carrales con la casa forestal, la tiná de ovejas que otros años sí ocuparon pero este año, no y en unos segundos estoy en la llanura que por aquí, algunos llaman laguna de Carrales. Es una pequeña llanura, un poco en forma de hoya y por eso el terreno es llano por completo. En el mismo centro tiene dibujado un círculo en blanco. Es para que lo vea el helicóptero y pueda aterrizar. El de los incendios en verano.  Pues desde aquí, en unos segundos ya estoy en el coche y comienzo de la ruta que hoy ha salido circular y de lo más bonito.

 

           Tengo que decir que a lo largo del recorrido que hoy requiere la ruta propuesta, vi bastantes animales salvajes. Bajando por la escalera de Amador para las ruinas de su cortijo, vi un precioso macho montes.  Por las tierras llanas al salir del Paso del Cuco y antes de   los cortijos del Morro, de entre un lugar con mucha hierba, agua y barro, me salieron varios jabalíes con sus crías pequeñas. Y de este mismo rincón pero algo más arriba y pegado a la carretera también me salieron unas cuantas ciervas. En las ruinas del hermoso cortijo de Carrales Bajo, no el de lujo de ahora, justo en el hueco de la alacena en la pared, me encontré un nidico de pajarillo.  Cinco huevecicos blancos tenía del tamaño de un garbanzo y estaban calenticos. La hembra los está encubando y por eso ahí me los dejé sintiendo la emoción. En las ruinas de   los cortijos que fueron palacios anidarán los pajarillos, se refugiarán los lagartos y crecerán las zarzas. La vida germinará  sobre las obras que dejó la vida cuando la muerte se la llevó por delante.  En las ruinas de  los cortijos la vida y la belleza sigues presentes porque Dios así lo quiere.   Buitres no vi hoy en todo el día y puedo ser porque el gran viento que hizo y lo frío que corría.  

 

           La ruta.

          La sencilla ruta que hoy necesito trazar por el recogido rincón de royo Chillar comienza con el día como pórtico. Y el día de hoy digo que es de los más bellos días que por estas sierras he podido vivir. O pretendiendo ser más exacto, en casi nada se parece a los otros días que por estos montes tuve la suerte de conocer.  Sencillamente es un día grandioso.  Las últimas lluvias de los meses de abril y mayo han logrado que la primavera se retrase mucho más que otros años por estas sierras. Quizá el día de hoy se encuentre justo en el mismo corazón de esta primavera. Por estas sierras hoy se ha despertado un día con muchas nubes negras que son nieblas en las partas más altas. Hace mucho frío. Tanto que me tengo que poner ropa de abrigo. Por Madrid y los Pirineos, ha nevado mucho la noche pasada. La mañana se presenta con un esplendor que no es posible describir con palabras.

Y de esto yo me alegro. El Dios que amo y sé me dio la vida, quizá haya decidido regalarme hoy un día con su encanto único por eso de tener ya poco tiempo para vivir por aquí. Sí, quizá sea esto y por ello mi corazón, a pesar de la gran nube que cubre mi futuro, se siente alegre y con ganas de vivir.

 

           El campo se presenta este día realmente verde. Con hierbazal tremendo, realmente teñido de un verde vivo que duele de tan bonito. Y todavía sorprende mucho más cuando termino de llegar al collado de Aguas los Perros. La vegetación toda verde como si esta misma noche pasada hubiera brotado para mí y el recreo de mis ojos. Por este collado, hermosísimo collado dentro de las bellísimas Sierras de las Villas, la hierba hoy muestra su mejor belleza y frescura. Cuando las primaveras llegan por estas sierras no tienen parecido con ninguna otra primavera  en ningún rincón de Planeta.  Por aquí me paro unos minutos, como si necesitara ir preparando mi corazón para lo que en este día va a vivir y además de lo que ya he dicho, la zamarrilla forma espesos bosques de diminutas florecillas amarillas. Las flores de la zamarrilla, son tan delicadas, por la finura de sus pétalos y el color oro con que se visten, que hasta dar miedo mirarlas no se les pueda dañar.  Ellas merecen el mejor y fino cariño y al verlas tan frágiles y a la vez esplendorosas, en el alma se despierta el sentimiento del respeto.

 

           Ya que he bebido algunos traba de la tan hermosa mañana en este tan puro paisaje de hierba y flores, sigo la ruta y al llegar al camino que se aparta para el cortijo del Puntal, por la derecha y donde nació y vivió el pastor llamado Narciso, en los tres cerezos que aun permanecen verdes al borde de la carretera, me paro atraído por la delicada fruta que cuelga en sus ramas. Estoy cogiendo un puñado de estas diminutas y ya rojas frutas cuando veo a Narciso paseando por la puerta de su cortijo. Me alegro porque cuando vengo por estos montes una de las mejores cosas que me puede pasar en encontrarme con alguno de los serranos que por aquí vivieron.  Dejo las cerezas y me voy para él. En la tan hermosa mañana que ya he dicho y el aire puro con perfume de primavera total, lo saludo y al preguntarle por algunos de los rincones que pienso recorrer, me dice:

- Vente para acá.

Lo sigo y remontamos al puntal que hay por detrás  del cortijo. Desde donde se ve casi todo el gran barranco de royo Chillar, en la parte que queda comprendida entre la cerrada del paso del Cuco y algo más abajo de   los cortijos de los Vadillos. Desde aquí, frente a la gran panorámica, me dice:

 

           - Una de las escaleras que había para bajar a los Vadillos, salía y todavía medio sale desde este mismo cortijo del Puntal pero más para el lado  del cortijo Agua los Perros.

- ¿Y lo que se ve desde este morro, al frente y otro lado de royo Chillar?

- Aquello se llama la Majá las Vacas.  El cortijo que se ve algo más arriba, es justo el cortijo que el otro día decíamos: el de tío Luciano.

- ¿Y el que hay más arriba?

- Eso se llama la Peraleja. ¿También has estado allí?

- Por allí fui un día.

- Pues más arriba quedan los Terrones.

- ¿Y la tapuela que tenemos debajo mismo de nosotros?

- Esa es la del tío Amador. Por ahí mismo pasa un camino que al llegar al filo de la lancha esta, la de Carrales, tiene su escalera. La que siempre hemos llamado escalera de Amador. Los cortijos que desde este puntal se ven son: los Vadillos, Majalavacas, lo del tío Luciano y lo del tío Amador. No el de royo Cucharas y los Terrones, que no se ven. Tampoco el cortijo del Cuco, que se encuentra cerca de la bonita cerrada con el mismo nombre. Si vas por allí, subiendo por la vereda que entra arroyo arriba, te encontrarás con las tapuelas. Aquello ya es pura ruina.

- ¿Y la fuente?

- La de los Enerpeños se encuentra donde se ve aquella tierra “esjajá”.  Un poco más para acá.  Hasta ese punto sí se puede subir con el coche cuando se entra por  los Vadillos.  Desde ese punto para arriba se sube pero andando. Se entra por el paso del Cuco y se sale por el cortijo del Morro, que es donde Carrales pero a la bajá.  Aquello es una cañá muy hermosa.

- ¿Y el puntal este sobre el que estamos y va desde el collado agua los Perros hasta el paso del Cuco?

- A todo esto se le llama la Lancha de Carrales. El cerro que nos queda frente    al cortijo del Puntal se llama la Vilanera. Arriba hay unos llanos muy grandes que se le conocen por la Albarda. ¿Por ahí has estado?   

- Una vez o dos.

 

           Lo despido porque los otros que acaban de llegar lo están esperando para hacer trato sobre  el cortijo del Puntal y sigo.  Unos ochocientos metros más adelante, por la derecha, se aparta un carril de tierra. Es el que va a   los cortijos del Morro, uno de los cuatro, porque ahora lo han rehabilitado para vivirlo en épocas de vacaciones.  En este carril dejo el coche. Me preparo y en unos minutos ya estoy andando y buscando la senda que va por la escalera de Amador. Ahora, advierto un poco más el misterio y belleza con que hoy se presenta el día. El caballo del Torraso, en todo lo alto y  a lo lejos, lo descubro tapado por la niebla de la mitad para arriba.  Por estas sierras ahora mismo el cielo también se presenta cerrado de nubes. Por detrás de la casa de pastores de Carrales, hay como una hoya, tierra llana donde crece espesa la hierba.  En el mismo centro veo un bidón lleno de cal. Recién han pintado aquí ese círculo grande que siempre pintan para que el helicóptero pueda ver el sitio donde debe tomar tierra. Ni me interesa ni lo rozo. Paso por el lado de arriba de la llanura y me pierdo para el filo de voladero por donde creo debo encontrar la vereda.  El de ellos es otro mundo que tendría otra cara con lo que yo me sé.

 

           Me encuentro por aquí florecida la otra zamarrilla, la de las flores blancas y el Catanache. En cuanto me asomo al filo descubro que de aquí mismo arranca un arroyuelo que enseguida cae para royo Chillar. Por el lado derecho, el que pega    al cortijo del Puntal, me voy acercando porque algo me dice que es por aquí por donde debe ir la senda.  Hay dos mojones de piedras y justo rozándolos pasa la vereda. Al menos en este punto se le reconoce con toda claridad porque es donde exactamente le tuvieron que hacer la escalera.  Pero me la encuentro muy rota. La escalera de Amador, la llevo soñado más de cinco años hace ya. Sabía que existía pero nunca pasé por aquí y menos la recorrí. Por eso, al pisarla esta mañana, siento una emoción especial.  En cuanto se aleja un poco del filo del voladero el terreno ofrece un puntal con muchas menos rocas. Por ambos lados corren dos pequeños arroyuelos que nacen por el poyo  del cortijo del Puntal y la loma que ambos arroyos han modelando en el centro es la que le sirvió al tío Amador para construir su cortijo. Lo levantó en la mejor tierra de esta loma, ya bastante cerca del royo Chillar pero como es loma y final de ella, queda hermosamente alzado sobre una gran porción del barranco. Según voy bajando, las ruinas de este cortijo, se me van presentando con toda claridad.  Pero antes de llegar el tronco de una viejísima sabina que crecía justo en mitad del camino. La cortaron de tal manera que un a de sus ramas quedó al borde de la senda, todavía clavadas en sus raíces pero sirviendo de baranda para agarrarse a ella al pasar por aquí.  Otros dos mojones de piedras antes de las ruinas.

 

           La vereda está muy rota pero con un poco de cuidado se le puede seguir bien. Cuando ya voy llegando    al cortijo compruebo que la tierra es de la mejor calidad. Crecen por aquí muchas sabinas, romeros y enebros.  Otros dos mojones más y ello me hace pensar que por aquí mismo iban las lindes de algo. Antes de las ruinas me encuentro con la era donde ahora crece mucha zamarrilla. Una higuera, parras, zarzas por el arroyo que baja desde la llanura que dije, mucha mejorana y espesa la hierba.  Un rosal silvestre con sus menudas florecillas blancas y las ruinas del que fue un bello cortijo serrano. Ahora sólo le queda un buen trozo de pared que fue donde estuvo la chimenea de la cocina y un par de trocicos más por donde le voy llegando desde lo alto.  Hermosas aunque sean ruinas y bien sé por qué lo digo y así lo siento. Fue este  un cortijo que tuvo un gran espacio en el aposento de la chimenea y luego una habitación por detrás. Lo construyeron rectangular, en la misma dirección que cae el puntal y puedo pensar que era grande. Los trozos de pared  que  aun quedan en pie están pintadas con blanca cal y el típico azulete.  Las piedras de las paredes desmoronadas se amontonan sin orden ni sentido. ¿Para qué lo quiere ahora nadie? Muchas de estas piedras son tobas.  Trozos de tejas y la madera que fueron vigas, ventanas y puertas. Al final del puntal y por el lado del arroyo tenían ellos el corralillo para los marranos de la matanza.  Justo debajo es donde hicieron la presa para que el agua del arroyo se sujete.  

 

           Durante unos segundos más,  piso las ruinas de este otro cortijo  y las toco mientras me voy concentrando en el surco del arroyo. Sólo me queda a unos metros pero muy hundido. A la pequeña represa que construyeron en el cauce de royo Chillar, se le ve con toda claridad. En sus claras aguas remansadas hay muchas ranas que ahora croan y desde aquí se les oyen. Me vengo para el lado izquierdo y en unos metros me hundo en el surquito del arroyo que cae desde la llanura del helicóptero. Muy poca cosa es este arroyo. Ni siquiera tiene agua pero sí muchas zarzas, nogueras, parras rosales silvestres y mucha hierba.  Me dejo caer  para  meterme en lo hondo y ahora, por entre el monte, un gran macho montes se me arranca. Da un respingo y a unos metros se queda parado y me mira a lo largo de unos minutos. Es grande y viejo y está solo.  No le hago mucho caso y sigo con mi ruta. En unos minutos ya caigo al surco del arroyo. La tierra por aquí es llana, repleta de juncos, juncias y otras plantas amantes del agua. Se nota que la tierra ésta fue el huerto de ellos. Algunos cerezos aun crecen por aquí pero ya comidos por los pinos, las zarzas y la soledad.  Nadie los cultiva ahora y menos vienen a recoger la fruta que dan.

 

           Cruzo la corriente aprovechando el tronco de un pino caído. Va de un lado a otro y en él me apoyo y cruzo al otro lado para coger el carril que sube desde los Vadillos. Mucha agua corre por este arroyo y también crecen por aquí muchos juncos, la tierra se allana mucho y cerca de la corriente el cieno se amontona en gran cantidad. Por entre los juncos descubro algunas orquídeas y otras florecillas  que muestran su belleza al sol de la mañana y a los ojos que ahora pueden verlas.  Remonto una leve torrentera y ya estoy en el carril de tierra que decía antes. Son las once de la mañana cuando piso por primer vez la tierra de este carril.  El nivel por aquí casi roza los mil metros. La carretera donde he dejado el coche queda sobre la curva que mide los mil doscientos metros. Ya en la pista en lugar de venirme arroyo arriba, que es la ruta natural que hoy pretendo recorrer, comienzo a moverme en la misma dirección que corre el agua. Y lo hago porque, ya que el pequeño pantano no me queda muy lejos, quiero llegar hasta él y así descubrir mejor el rincón por donde se remansa. En sólo tres minutos ya estoy sobre el mismo muro de esta represa. Descubro que es bastante larga y ello se debe a que por aquí el arroyo corre muy llano. Las aguas se remansan mucho y por eso se extienden cauce arriba durante bastantes metros. Las ranas me siguen deleitando con su apasionado concierto.  Pero el embalse no está lleno del todo. Sólo hasta la mitad. En la pared tiene cuatro agujeros por donde salen cuatro caños de agua limpia y al caer por el lado de abajo, lo hacen en una pequeña alberca que le hicieron para que todavía la corriente se sujetara algo.  Es como tantos otros pantanos de contención que por las sierras de este Parque hicieron en aquellos tiempos.

 

           Durante unos minutos me estoy sobre este muro y al mirar para atrás descubro las ruinas  del cortijo de Amador, el que pisaba hace un rato, arriba quedan coronando las rocas del filo de la lancha de Carrales, más en lo alto cubren las nubes y, por algunos rotos de estas nubes, asoma el azul del cielo. Los álamos surgen como de las aguas de este pantano, ya cubiertos de hojas y por eso muy verdes. Sus troncos  quedan  casi  tapados por las aguas que se remansan.  Hay por aquí muchos rosales silvestres, florecidos esta mañana y sus diminutas rosas, casi todas blancas. Sólo algunos de estos rosales tienen las flores con tonos rosa. Así que dejo el rincón donde se remansa el pantano. Subo por la pista que ahora asciende por el lado derecho del arroyo pero en dirección contraria a como las aguas corren.  El rumor de la corriente me va dando compañía y de vez en cuando, con más brío. Son algunas cascadas, no muy grandes, que se despeñan en su recogido y misterioso rincón. La hierba tapiza con la fuerza de su verde primaveral. Es hermoso el rincón, la mañana y el momento pero para mí con un hondo acento triste.  Quizá más que triste, melancólico. Como si me faltara lo esencial aunque sé que conmigo tengo la presencia y amor del Dios en el que creo y amo. Pero me falta la sonrisa y cariño de alguien y eso es lo que añoro. Cuando con más fuerza se me presenta la belleza de los paisajes, con punzadas más hirientes me asfixia la melancolía.  A cada paso que doy por estor rincones muero a chorros y desde el día que bien sé, más aún.

 

           La Digitalis oscura  está  toda  florecida y hay mucha. Un gran pino se ha caído y corta la pista. Si se viniera con coche, cosa que se puede desde la desviación en la carretera por el rincón del Topadero, al llegar aquí ya no se podría seguir.  El tronco de este pino caído lo impediría.  Yo lo dejo atrás pasando por debajo y sigo. Si no tuviera por aquí ahora este carril también sería complicado andar el terreno que  voy recorriendo. Otro muro de pantano casi con las mismas características que el primero. Y junto al carril, por el lado derecho que es por donde me encontraré el arroyo Cuchara algo más arriba, la construcción de la fuente.  Es la conocida por la fuente de los Enerpeños.  Tiene dos caños de hierro pero ahora mismo por ellos no cae agua alguna. Se ve que se ha roto la conducción y por eso no cae por los caños pero sí por un lado.  Es casi un arroyo lo que por aquí corre, inunda el carril y salta al arroyo. Por donde  pasa,  crecen muchas plantas aguarinas. Orquídeas, helechos y otras.  Descubro que la fuente tiene su escudo y todo, aquellos escudos que puso Icona en todas las fuentes que construyó por estos montes. Y puedo leer: “Distrito Forestal de Jaén”.  No está mal pero deja a la mañana y los paisajes que por aquí piso, con un cierto sabor agrio.

 

           Por el lado derecho, salto el muro del pantano, remonto algo, salvo una torrentera que es la de la tierra “esjajá”, que me decía Narciso desde el Puntal de su cortijo y busco la senda para poder continuar. No la encuentro porque aquella senda que con toda seguridad sí fue por aquí, ahora ha desaparecido de no pisarla nadie y también por la repoblación y los vuelcos que por aquí le dieron al terreno en aquellas épocas. Esta  torrentera  se  encaja entre royo Cucharas y el de la Peraleja. Y como  conozco el terreno que por esta porción de sierra hay, sé bien que por este lado derecho mío todo el terreno es muy malo de andar. Ahora más que en aquellos tiempos por lo mucho que se ha cerrado de monte y la gran repoblación que  hicieron.  Encuentro sendicas de animales que van subiendo en la dirección que necesito y por eso las sigo. Me facilitan mucho la ruta. El pantanillo este también se remansa mucho.  No tiene profundidad casi y por eso, en el agua remansada crecen espesas la aneas.  Otro arroyuelo más por la derecha pero sin agua y ahora compruebo que el gran arroyo de Chillar, corre casi dulce total. Remansado como si fuera un juego. Desde la primera represa hasta esta segunda y por encima, el nivel muy poco. Escasamente veinte metros. Por la belleza que encuentro en la corriente, las llanuras que los lados se extienden y la gran vegetación, me siento arrastrado a pararme y sacar una foto. En un paraje de excepcional encanto.

 

           Por este mismo lado vuelve aparecer un viejo carril. Mucho menos perfecto que, hasta el segundo embalse he traído pero facilita  el camino. Sobre la tierra de este carril, un poco antes de llegar a royo Cuchara, me encuentro unas matas de manzanilla  serrana. Es una matica de hierba muy aparranada, con hojas y florecillas diminutas que sólo he visto en lugares muy concretos de las sierras de este Parque Natural.  Me dijeron los serranos que en aquellos tiempos ellos la cogían para tomársela y curarse algunas dolencias.  Me encuentro también un hito de cemento donde puedo leer: “MP- 17".  Ignoro lo que quiere indicar pero estoy seguro que por aquí no pasa término de pueblo alguno.  Me acerco a royo Cucharas.  Le entra al del Chillar por la derecha mía y por aquí el terreno se torna aun más llano. Junto al arroyo se forman preciosas riberas y ello me delata enseguida que fueron las huertas que sembraron los serranos de otro cortijo que tengo a sólo unos metros. Es el conocido cortijo del Cuco. Así que el paso del Cuco ya lo tengo a sólo unos minutos.  Muchas nogueras me van saludando, las zarzas que se enredan en ellas, parras engarbadas y otros árboles. Se va cerrando el surco del arroyo sin dejar de ofrecer preciosos llanos por las dos orillas.

 

           Aquí mismo, muy pegado al arroyo, las ruinas  del cortijo que decía antes. Ruinas y nada más. Sólo un pequeño rosal de los de jardín y con su rosa roja abierta, delata la presencia de humanos por aquí en aquellos tiempos. Sólo esta rosa y las ruinas  del cortijo que vengo diciendo.  Construyeron este cortijo justo en la puerta de lo que ellos llamaban paso del Cuco. En esta misma puerta y donde el arroyo Cucharas se entrega al grande que vengo recorriendo. Trae mucha agua. Por detrás de las ruinas lo puedo pasar sin problemas, arropado por la espesa sombra de las nogueras, los tallos de las zarzas y las pámpanas de las parras ahora casi asilvestradas.  Otro hito donde puedo leer: “MP-18".  Nada más cruzar royo Cucharas, la vereda se ve con mucha más claridad y por eso puedo apreciar que enseguida se mete para la cerrada del paso del Cuco.  Por entre las espesas zarzas, una gran pared rocosa que le entra por este lado derecho.  El camino se pega a esta pared de roca natural y busca un paso para meterse en el mismo surco del arroyo. Pero la pared queda hermosamente adornada con una gran hiedra.  Arranca desde la tierra, con un tronco grueso como la pierna de una persona, se agarra a la roca y como si fuera una gran maceta que alguien hubiera cuidado con gran esmero se alarga casi hasta la mitad de la gran pared. Buena señal y decoración natural en la hermosísima puerta de la pasá del Cuco.

 

           Las zarzas por aquí empiezan a tupirse mucho. Hay rosales silvestres, bujes, zamarrilla repleta de florecillas, espliego y mejorana. En la pared de la hiedra encuentro las preciosas plantas rupícolas: la Pingüicula vallisneriifolia, culantrillo, la Violeta de Cazorla y otras plantas que no  sé su nombre. Desde el lado derecho la senda baja un poco y se mete casi en el arroyo.  Unos metros más y ya se tropieza con la corriente.  Por aquí mismo tenía que cruzar el arroyo para venirse al lado de las casas de Carrales. Es por donde encuentra mejor paso. Justo por donde está el paso, sin puente, en el arroyo, se forma un precioso charco. Hondo y azul esta  mañana. Le cae por arriba una bonita y larga cascada. Le saco una foto intentando coger no una sino las dos, porque más arriba, se despeña otra cascada. Por eso podría decir que esta cascada del paso del Cuco es doble. Y lo que en realidad sucede por aquí es que en esta cerrada se juntan cuatro buenos arroyos. El de Cucharas, el que viene del collado del Ojuelo, arroyo del Hoyo y el de Carrales.  Cuanto éste último se junta con el principal lo hace con una bonita cascada. Es la segunda de las dos que decía.

 

           Las dos cascadas son bonitas y hoy tienen su buena cantidad de agua. Despido las aguas del charco y sigo. Remonto sólo unos metros, muy pegado ahora a los mismos cimientos del paredón rocoso que tengo también por el lado izquierdo, doy una curva siguiendo la senda que se le nota bien y enseguida estoy frente a una preciosa cueva. Se abre justo por donde tiene que pasar el camino y por eso la puedo reconocer con todo detalle.  Hasta parece que sirvió para encerrar animales en aquellos tiempos. Hoy sólo presenta humedad, silencio, algo de polvo en su suelo, algunas plantas de las rocas y soledad. ¿Será esta la cueva del paso del Cuco?. Al terminar de salir de la cueva vuelve a cruzar otro arroyo. Este es el de Carrales pero no lo parece porque el sentido de la orientación, por esta estrechura de los arroyos, se disloca algo.  Mas cruza la corriente del arroyo Carrales y ahora la senda se viene para el lado del collado del Ojuelo. Es lo que parece pero en realidad lo que busca es subir por el mejor arroyo. El que ofrece paso más fácil y sirve para llevar a los sitios que los serranos necesitaban. Y éste es el del Hoyo.

 

           Al pasar, la senda, por encima de las dos cascadas que decía antes, sobre las rocas de toba, tuvieron que tallarla.  Y lo hicieron dando vida a una verdadera obra de arte.  Así que la senda se viene para el lado del collado del Ojuelo y tallada en la roca pasa justo por encima de la segunda cascada. Cruzo otra vez la corriente, sin puente alguno y al quedarme encima de la segunda cascada me paro. Saco otra foto, con la caída de esta cascada y el charco azul abajo pero no se aprecia bien la gran hondura que por aquí presenta el surco de los cauces. Justo por aquí mismo entra el arroyo que viene desde el collado del Ojuelo. Sube por este arroyo unos metros y enseguida se pega al  que debe. La trinchera se empieza a abril y vuelvo a encontrarme con otro hito. “MP-20". Me he despistado un poco. Me creo que la senda se va por el arroyo del Ojuelo y no esa así, se viene por el del Hoyo. Subo por ella y la dejo enseguida. Me vengo para el lado derecho porque quiero remontar para situarme mejor y encuentro una sendica. Un gran pino caído que sirve para cruzar de un lado a otro.

 

           Remonto y ahora compruebo que me he desorientado algo. Pero descubro que en cuanto la senda termina de salir de la gran cerrada, se encuentra con una preciosa llanura. Es donde estuvo aquel antiguo molinillo y también las huertas de   los cortijos que tengo por ambos lados. El de Sopalmo y los del Morro. La llanura se presenta como si acaso echo la hubieran sembrado de hierba porque es mucha y muy espesa. Todavía tiene un verde tan vivo y fuerte que parece hubiera nacido ayer mismo.  La llanura se alarga arroyo del Hoyo arriba casi hasta la carretera asfaltada que ya la veo por allí arriba. Junto al cauce que vengo diciendo crecen muchos fresnos, álamos y árboles frutales. Me entran ganas de jugar por esta llanura y la hierba que la tapiza. Como lo hiciera un niño a los corderos cuando se juntan para retozar. Es tanta la frescura y belleza que contagia que sólo ponerse por aquí y jugar hasta caer rendido, parece se puede gozar hondamente.  Como si hiciera falta emborracharse de ella, la hierba, la luz y el limpio viento que por aquí pasea. La hago algunas fotos y me vengo para el lado derecho. Ahora ya sé que tendré que remontar por este lado hasta lo alto del morro, seguir luego por royo Carrales y al terminar, encontrarme con el coche. Son las doce y veinte cuando he llegado a esta llanura.

 

           Me vengo para la derecha. Desde arroyo del Hoyo para arroyo Carrales, se pasa por una suave ladera por donde se hace presente gran humedad. La hierba aprovecha esta humedad y crece como en un sembrado. Por entre ella resaltan las orquídeas. Voy distraído en el gran recorrido que hago cuando, de entre las zarzas y de la sombra de una noguera, me salen unos jabalíes. Son tres o cuatro grandes y varios pequeñuelos. Tan pequeñuelos que apenas pueden correr y al hacerlo, se quedan perdidos entre la hierba. Estaban a la sombra de la noguera, donde crece espesa la hierba y hay mucha agua. Más orquídeas y estas de otra especie. Ya subo por la cañada de royo Carrales. Al pisar la hierba de ella saltan, en gran cantidad, los cigarrones.  Cruzo el arroyo ahora para el lado derecho porque pretendo rozar   los cortijos del Morro. El primero de ellos, el que han reconstruido con mucho gusto y lujo, me lo encuentro más cerca del arroyo. Los otros dos, los del morro del verdad, ya quedan atrás y los veo por completo en ruinas. Sólo algunos trozos de pared, las corralizas donde dormían los animales y los árboles que les daban compañía. Pero en un día tan bello como el de hoy y con tanta hierba verde, parece como si todavía estuvieran por aquí. Al menos eso es lo que quisiera cierta parte de mi ser. Necesito que estén para que, como yo, puedan gozar espectáculo tan hermoso.

 

           Y conforme llego    al cortijo reconstruido me encuentro una noguera. Le han hecho un arriate de piedras cogidas por la cerrada que acabo de recorrer. Son calcitas. Un pequeño tornajo de madera y la era por la parte de atrás. Quisiera encontrarme con alguna persona pero no es así.  Por detrás de estos cortijos y subiendo para carrales, la llanura se ensancha y por ella, sigue  tapizando la hierba. Hacia la casa forestal las tierras son llanas, con mucha extensión, muchas nogueras, mucha hierba y muchas florecillas de todos los colores, tamaños y especies.

 

Con la hierba que me das

en este rincón chiquito

me quisiera emborrachar

y en este día bonito

morirme ya de verdad.
 

      Y ahora, ya bastante remontado desde el morro y algo cerca de Carrales, el cortijo más lujoso que me encontré por estas sierras. Lo han reconstruido aprovechando lo viejo pero hasta le han puesto azulejos con animales, cabezas de caballos como clavos en la pared por si fuera necesario amarra alguna bestia cuando se llegue del sitio que sea y luego le han puesto luz eléctrica y otras modernidades. Tampoco hay por aquí nadie y me hubiera gustado que sí. Con letras en azulejos puedo leer: “Cortijo de Carrales Bajo”.  Un nido de pajarillo bien pequeño, veo por entre la hierbecilla. Tiene cinco huevecillo por completo blancos y al tocarlos noto que están calientes. Le hago una foto y lo dejo en su sitio. Sigo  porque no me interesa demasiado lo que ahora mismo ven mis ojos y ya cojo la pista de tierra que me va a llevar justo a donde tengo el coche. Así que de este modo y lugar despido la ruta de hoy. Quisiera seguir mucho más porque así me lo pide mi alma y el día de hoy parece que también me lo regala. Pero concluyo porque se me está secando la tristeza en los labios y me duele hasta la sangre.  Sólo diré que como tantas veces, a mi Dios le doy las gracias.  Ahora sí sé que no volveré más por aquí. Lo sé con absoluta certeza y por eso también se me caen algunas lágrimas. Es como si presintiera que algo muy grande y hermoso no pueda nacer nunca.  En ello estoy yo, en lo más esencial de cuanto soy y también mi Dios pero no podrá nacer nunca y así tampoco podrán saberlo otros humanos.  Sólo el Dios en el que creo puede hacer un milagro pero sé que los humanos, inclinan la balanza para el otro lado.  

 


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