SINOMBRE   Y   YO -1  

Un  día  por  el  Edén  Azul

 

La bonita historia de un borriquillo con un grupo de niños al final de curso

      

       Por la mañana

     1- Sinombre y las primeras flores del Magnolio Grande

     2- Preparando la visita de los niños

     3- La canción de los niños y tu cuadra

     4- Esperando a los niños en el Pino Gordo

     5- Los niños suben por la Vereda del Pinar

     6- El encuentro con los niños

     7- Los ojos de Sinombre

     8- Hacer una cabaña en el Edén Azul

     9- Manchados de moras

     10- El carro de Sinombre

     11- Un paseo en el carro de ensueño

     12- La ardilla Trepadora y el balcón de Sinombre

     13- El cielo de la mañana de julio           

     14- Todos los niños se quieren subir en Sinombre
            por la Cuestecilla de los Granados

     15- Por donde la Fuente de los Nenúfares

     16- Un juego muy singular

     17- Los niños castigados acampan junto al río

    A media mañana

     18- El nido del mirlo 

     19- La muerte de Rocky, el perro amigo de la Princesa

     20- A la sombra del algarrobo de la Senda de los Arrayanes

     21- La ancianita de la casa blanca del Barrio del Albaicín

     Al medio día

     22- El calor, la ducha y la piscina

     23- Preparados para la piscina

     24- Maquinando una travesura

     25- Juegos en la piscina

     Por la tarde

     26- Después de la piscina, la tarde ¡qué bonita!

     27- Desfile de burros por las calles de Granada

     28- La muchacha del banco en la tarde de verano

     29- Sueño en una tarde de verano

     30- La parra de la puerta de tu cuadra

     31- Por la Senda del Pinar y la segunda carta de la Princesa

     Al caer la noche

     32- Cena de brevas y ciruelas al aire libre frente a Granada

     33- La Estrella de las Nieves de Sierra Nevada

     34- Y mañana será otro día

     35- Su sincera amistad

 

    

Nota del autor  
                              
                        En tiempos pasados el burro fue animal muy presente en el quehacer cotidiano de las personas humildes. Para las tareas en los cortijos, en las faenas de los campos, la huerta, viajes cortos, venta y compra de productos, recoveros, leñadores, aguadores… En todos los cortijos, pueblos y ciudades de Andalucía el burro siempre estuvo presente y fue casi imprescindible. En los cortijos y pueblos de Granada abundó mucho este animal. Quizá más que en otras partes del mundo. Por las calles de Granada iban y venían burros cargados con agua que sus dueños vendían a los habitantes de la ciudad y también llevando y trayendo leña, carbón, personas y lo que hiciera falta. Desde los profundos parajes de Sierra Nevada recuas de burros bajaban y subían sacando mineral, leña, frutas, hortalizas y nieve hacia los pueblos y ciudad de Granada. Ya se ven pocos burros en estos y otros lugares. Han desaparecido como tantas cosas. Han muerto y pocas personas les han dedicado un libro para dejarlos en la historia de la humanidad con la dignidad que les corresponde. Las páginas que siguen quizá no sean lo que merecen estos bellos animales pero pueden servir para rescatarlos y dejarlos con algo de honor. Esto no es una historia científica ni la vida real de un burro. Es otra cosa pero con un burro como personaje central. Su nombre no es “Platero”, es “Sinombre” y en este nombre están recogidos todos los burros del mundo que para siempre quedaron en el anonimato, olvidados, perdidos, sin nombre. De todos los Sinombres para todos los niños y hombres del mundo. 
 

Por la mañana
1- Sinombre y las primeras flores del Magnolio Grande   
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                        Quiero yo decirle algo hoy a Sinombre que le va a gustar. Bueno, tengo que decirle más de algo. Por lo menos cuatro cosas interesantes he preparado para compartirlas con él. Tres de ellas son de nuestra Princesa del alma y su caballo, nuestro amigo, Bandolero. Pero la mejor y más bonita de estas cuatro cosas comenzará dentro de unos momentos. Por esto creo que hoy va a ser un día de los que no olvidaremos en mucho tiempo. Y no miento porque la primera de estas cuatro realidades se lo voy a decir en seguida para no hacerle esperar.

 

                         El Magnolio Grande del Edén Azul, el que con sus ramas arropa parte de la Fuente de los Nenúfares, ya tiene flores. Abiertas como sombreros, blancas como la nieve y perfumadas como primaveras. Levanta el ánimo verlas y tocarlas y cogerlas y olerlas. Todo el jardín y las praderas de Sinombre, por estos días, están impregnadas del perfume que mana de las ramas del magnolio. Como si un millón de naranjos, a la vez y en una sola mañana, hubieran florecido y esparcido al viento el aroma de su azahar.

 

                         A Sinombre yo lo he visto esta mañana mirando y oliendo a una de las flores níveas. Unos momentos antes había bajado a la Fuente de los Nenúfares, a beber, y luego se quedó entretenido ahí: jugando con su hocico en el agua de la fuente, mirando sin prisa a los peces de colores, olisqueando los rosales de la orilla, siguiendo con sus miradas a los mirlos del jardín… Y en uno de estos momentos se fijó en el magnolio. Se dio cuenta que el árbol estaba cubierto de flores inmaculadas y no pudo resistir la tentación de olerlas. Quizá pensó comerse algunas por lo apetitosas que parecen. O a lo mejor creyó que al Magnolio Grande le habían salido bolas de algodón en dulce y le entró ganas de alcanzarlas para regalárselas a las ranas.

 

                         No sé. El caso es que dejó de jugar con el agua, trotó por entre las violetas, y se acercó al magnolio. Antes de llegar se paró. Volvió su cabeza y miró a los lados, para asegurarse de que nadie lo veía, y se aproximó a las ramas bajas del árbol. Lo estaba viendo yo y él no lo sabía. Y yo lo miraba interesado porque, Sinombre, esta mañana, estaba que apetecía verlo: hermoso como un juguete y mimoso y garboso como un rey. Y vi que alargó su cuello y con su nariz olisqueó la flor que la rama mecía al viento. La que estaba más a su alcance. Y la flor tembló empujada por el cálido alientecillo que salía de su nariz. Creí que al rozarla él se iba a deshacer cual helado bajo el sol y no fue así. La flor blanca del Magnolio Grande siguió en su tallo abierta a la luz de la mañana y, Sinombre, de nuevo la acarició con su hocico. ¿Se la quería comer? Sus intenciones parecían esas. Sinombre se quería comer la flor más bonita del magnolio que arropa con sus ramas parte de la Fuente de los Nenúfares.

 

                         Subía yo de la Fuente de los Mirlos. Lo vi y, tapándome con los granados, me acerqué despacio. Para que no me viera y así darle una sorpresa. También para ver y gozar el juego que me tenía con la flor en la quietud de la mañana. Y al descubrirlo me quedé parado entre las ramas de los granados y esperé. Por el simple gusto de verlo en su libertad, relajado y fundido con las sencillas cosas que nos rodean. Pero se dio cuenta. En uno de los momentos de su juego dejó a la flor y miró para los granados. El aire fresco que subía desde la Fuente de los Mirlos le había llevado mi olor. No me había visto, no podía verme, pero por el olor que le llevaba el aire ya sabía él que yo estaba cerca. Al darme cuenta que me había descubierto salí del escondite y me acerqué al tiempo que le aclaraba:

- No creas que te estaba espiando. De eso nada. No es mi condición y bien lo sabes. Es que te he visto tan regocijado con la flor del Magnolio Grande que he sentido la necesidad de ocultarme para ver qué hacía. Me ha gustado el juego que desgranabas. ¡Hay que ver lo bien que te lo pasas tú solito! Hasta siento envidia de ti, no creas. Ojalá supiera yo recrearme y ser feliz con tan sencillas cosas como tú. ¿Te quieres comer esta flor? No sé yo a qué sabrán las flores del magnolio porque nunca las he probado. Y creo que tú tampoco pero si te quieres comer ésta, porque te ha fascinado, te la corto ahora mismo. Aunque deberíamos pensarlo. ¿Y si te la comes y luego te duele la barriga? Yo, lo que quieras. Pero que sepas que a mí me emociona más verte jugar con ella que lo otro. Se me ha colado en el corazón tu sencillo jugueteo. Eres como un niño grande y por eso te entretienes y alcanzas la felicidad con cualquier cosa. ¡Me das envidia!

 

                         Sigue embelesado con la flor de esta mañana que también yo me fortalezco cuando te veo tan risueño pero ten cuidado no la roces mucho con tu hocico. Esta mariposa blanca es delicada. Con nada que se toquen sus hojas se pueden dañar y en cuestión de segundos, sobre la fina piel de los pétalos, aparecen rasguños. Como heridas sangrantes y destacan sobre el blanco puro de su tez. Es muy delicada la rosa del magnolio. Huele bien y es fina pero con el más leve roce se daña. Pero sigue entretenido con ella que si se estropea, aunque dé pena, mira cuántas hay ya a punto de brotar. Dentro de unos días, a este magnolio, lo veremos cargadito de ternuras inmaculadas.

 

                         Para que lo sepas te diré que el nombre común de este árbol es el Magnolio, viene de Estados Unidos y el género de Magnolia fue puesto por Linneo en honor de Pierre Magnol, profesor de botánica en Montpellier. Grandiflora alude a sus flores de gran tamaño. Es un árbol siempreverde de 20 m de altura bajo cultivo, aunque algunas variedades tienen portes más pequeños, con la copa amplia, densa, oscura, recordando a la del Ficus macrophylla. Tiene las flores situadas sobre pedicelos tomentosos, erguidas, solitarias, de gran tamaño. Son perfumadas y muy visitadas por las abejas. Aparecen en el árbol desde mediados de Mayo hasta Julio. El fruto tiene forma de piña ovalada de unos 10 cm de longitud, cubierta de una fina pubescencia de color marrón.

 

                         Tengo que decirte algo más que te va a gustar mucho. Bueno, tengo que decirte más de algo. Por lo menos cuatro cosas interesantes he preparado hoy para compartirlas contigo. Tres de ellas son de nuestra Princesa del alma y su caballo, nuestro amigo, Bandolero. Así que vete preparando que hoy va a ser un día de los que no olvidaremos en mucho tiempo. Y ya verás como no te miento. Porque la primera de estas cuatro realidades te lo voy a decir ahora mismo para no hacerte esperar y que sufras.

 

                                         ¿Te acuerdas? Ayer tarde te duché. Con el agua del manantial y un chorrito de champú. Con el cepillo de raíces te froté bien para que tus pelos se quedaran limpios y, luego, sobre la roca caliza te secaste al sol. Te perfumé con la esencia de espliego y otra planta diluida en alcohol para que tu piel se quedara más limpia y sana y olieras a monte. Hueles a monte esta mañana. A limpio y a monte de montaña. ¿Por qué crees que ayer tarde te dejé yo tan limpico? Venga, sigue con tu juego que me acerco a la fuente, me lavo las manos en el agua fresca, bebo un trago y en unos minutos ya estoy a tu lado otra vez. Y si quieres cortamos la flor para llevárnosla de recuerdo. Que la puedo poner en mi habitación para que perfume mis sueños y para que no me olvide de ti. Es muy bonita la primera de las cosas que quiero referirte. Y te lo tengo que explicar ahora mismo. Nadie puede esperar ya. Ni tú ni yo ni ellos, los niños que vienen a verte hoy. Muchos niños, Sinombre, pero dos de ellos muy especiales: Albaluna y Mario. Y los otros ¿sabes que niños son? ¿Vas descubriendo por qué yo, ayer por la tarde, te dejé tan limpio? Te lo aclaro todo en dos minutos.  

 

                                         Pero hay algo más inmediato que, brevemente y en menos de dos minutos, te comento: ¿Tú has visto, Sinombre, qué color tenía el cielo esta mañana? Al amanecer, por el lado norte, el cielo se ha teñido de fuego oro. Un fuego vivo que ha ido cambiando según el día llegaba. Cada vez más claro hasta teñirse de blanco nieve en las nubes que se cuelgan de la luz de la mañana. Un mar de nubes que se levantan hasta la mitad del cielo y acaban de pronto, como en una muralla. Desde la mitad para la tarde ¿has visto qué color tenía el cielo? Azul intenso como un mar profundo. Como si sangrara azul, Sinombre. ¡Qué colores más vivos! Oro fuego al amanecer, blanco nieve en las nubes, sobre el medio día y azul mar profundo en el cielo que cae para la tarde. ¿Quién ha teñido con estos colores el cielo que esta mañana arropa al Edén Azul?

 

                                         ¿Y has oído el arrullo de las tórtolas? Al amanecer se han parado en las ramas altas del cedro grande y se han puesto a cantar. Sus arrullos se han derramado por el jardín y, según se ha ido alzando el día, el arrullo de las tórtolas ha crecido. Han cantando ellas cada vez más y con más fuerza. Cuando las nubes se han teñido de blanco, desde el cedro grande, las tórtolas han volado a las ramas de los álamos. Los que crecen por la acequia de la Cueva del Manantial. ¿No las has visto meciéndose en las ramas como si fueran trozos del cielo de la mañana? Y desde las altas ramas de los álamos ellas han seguido cantando. ¡Qué arrullos más delicados en una mañana como esta y con estos colores tan extraños! Y el jardín, todos los árboles y plantas del Edén ¿has visto qué verde más brillante mostraban? Como si las hubieran lavado al amanecer mismo y luego le hubieran dado brillo con esencia de rocío. Los álamos, los cedros, las encinas, los olivos, los algarrobos, los pinos, los acebos, los naranjos, los granados… qué color verde más puro tienen esta mañana. Al verlos yo se me ha encogido el corazón y me he acordado de ti. ¿También tú has visto lo que yo?

 

                                         Y ahora que ya el sol ha salido mira qué día regala la mañana de este día. Se han ido las tórtolas a las ramas altas de la Encina Grande y siguen con sus cantos. Como si tuvieran necesidad de cantar mucho, aprisa y profundo. Como si estuvieran ellas anunciando algo. ¿Qué anuncia, Sinombre? El cielo sigue sangrando azul. Las nubes se aprietan blancas bordadas ahora con tonalidades gris perla. Como el color de tu pelo. Y el jardín brilla con un verde más intenso que antes. ¡Qué colores más bonitos tiene el cielo esta mañana! ¿Tú sabes si alguien está anunciando algo? Porque estos reflejos tan delicados, estos colores tan finos ¿de dónde vienen y para qué son?

 

Mañana limpia

y un sueño

entre la luz palpita.

Tenme el corazón

que se va con la brisa.

 

¿Sabes tú quien viene

y sin prisa

le regala a la mañana

esta sonrisa?

 

  

 

1-       2- Preparando la visita de los niños    Ir al índice

 

                                         Doy media vuelta y me acerco a la Fuente de los Nenúfares. A lavarme las manos porque vengo de hacer una poza en la Reguerilla de la Noguera para que beban los pájaros. Ahora ya hace calor y los animales necesitan beber y refrescarse. El verano es un momento duro también para los pájaros. Para que se alivien ellos vengo de hacer una poza grande, aunque de juguete, que enseguida se ha llenado de agua transparente y los gorriones han sido los primeros en acudir a estrenarla. Luego ya han venido los chamarines, los carboneros, las palomas, las tórtolas y los mirlos. Y esto no lo sabe Sinombre porque le quiero dar otra sorpresa. En estas semanas calurosas del verano, en la hora de la siesta, nos vamos a venir muchos días a la sombra del Ciprés de la Hiedra. Para estar fresquitos y ver, mientras tanto, los pájaros beber en la poza de la Reguerilla de la Noguera. Se lo diré yo luego a él.  

 

                                         La Fuente de los Nenúfares nos queda a dos pasos del magnolio, un poco más arriba, pegada a la pared de los limoneros. En cuanto me voy para la fuente Sinombre se viene conmigo y por esto ya sé que lo he dejado intranquilo. Quiere saber qué es esto de los niños que vienen a verlo esta mañana. Pero sé que, lo que más intranquilo lo ha dejado, ha sido la noticia de la Princesa y Bandolero. ¡Como si no supiera yo cuánto quiere él a su Princesa! Por eso entiendo que se haya inquietado y ahora la curiosidad lo tenga nervioso. Al acercarnos a la fuente las ranas saltan desde el borde y se esconden por entre las anchas hojas de los nenúfares. A él no le asustan las ranas porque son animales divertidos. Se pasan toda la noche canta que te canta. Y hasta parece que porfían con los grillos a ver quién canta mejor. Pero tampoco le molesta a Sinombre que las ranas no paren de cantar en toda la noche.

 

                                         Me agacho para lavar mis manos en el agua de la fuente cuando justo en estos momentos oigo a los niños. Por el lado de abajo del pinar de su cuadra empieza a oírse la algarabía. Dejo mis cosas y le digo:

- Ya he terminado. Ya tengo las manos limpias. Y ahora vamos a darnos prisa que están aquí. ¿No los oyes? Todos los niños, con Caty, Albaluna y Mario. Estos dos niños especiales que te decía y ya verás cuando te cuente y los conozcas. Fíjate, hasta vienen cantando canciones. Venga, me doy prisa y te lo cuento todo para que estés preparado antes de que lleguen. Que los que vienen no son ni uno ni dos ni tres. Son muchos. Todo un colegio entero. Y vienen a verte a ti, a conocerte, a estar contigo, a que le des paseos. Es como si, para ellos, fuera su viaje cultural final de curso. Lo siento. No he podido evitarlo. Porque sé que a ti no te gusta la muchedumbre. Sí te gustan mucho los niños pero no en multitud y si no los conoces de nada… Aunque sabes que con los niños enseguida se hace amistad y quedan amigos para siempre. ¿Quieres saber lo que ha pasado? Ha sido “La Caty”, nuestra mejor amiga. La niña guapa de ojos negros y el cielo de nuestras vidas. La que nosotros llamamos también La Niña del Edén o La Niña Buena o La Niña Buena del Edén. Pero ella lo ha hecho con su mejor intención. Y tú la conoces bien. Es una de las tres hijas del jardinero. La del corazón grande como el tuyo. Pues ella ha sido la que ha organizado todo. ¿Que qué es lo que ha organizado y cómo? Te lo expongo en dos segundos.

 

                                         Caty te quiere mucho. Más de lo que imaginas. Y, además, se siente orgullosa de ser tu amiga. Por eso ella, con la mejor intención, siempre le habla a todo el mundo de ti. A todos les dice que eres un burro bonito, que tienes un pelo muy suave, que tus ojos son los más bellos, que eres cariñoso, que tienes un gran corazón, que hay que quererte y ayudarte para que tu especie no se extinga nunca, que todo el mundo debe conocer y amar a los burros, que todos los niños del mundo deben ser amigos de los burros… A todos siempre les habla de ti y de esta manera. Que como dice el refrán: no necesita ella abuela para ponerte por las nubes. No hay otra criatura en la tierra que te quiera más y luche, para que tú y tu especie, no se extinga nunca. Y como ella está yendo al colegio, a todos sus compañeros y a todo el colegio, le ha contando cosas tuyas. Y claro, como todo lo que dice de ti son maravillas, a sus compañeros de colegio y al colegio entero se le han puesto los dientes largos. Que hablan de ti a todas horas y murmuran de todo. Unos dicen que no existes, que no eres real. Otros que sí, que existes y que eres real. Y a unos y a otros les ha entrado el deseo de conocerte. Porque según tengo entendido son mayoría los que dicen que tú eres pura fantasía de ella. Que no puedes existir de verdad. Que nunca ha existido ni existirá en la vida ni en el mundo un burro como el que ella cuenta. ¿Y sabes qué? Estas dudas de sus compañeros, el poco interés que muestran por ti y por los burros en general, a ella le han dolido en el alma y se ha puesto a defenderte como una leona a sus cachorrillos. Y tanto te ha defendido que a unos y otros los ha desafiado para que vengan a verte y a tocarte y que se convenzan por ellos mismos. Y unos y otros y, profesores del colegio, le han cogido la palabra.  Albaluna y Mario, por lo visto, tienen un interés especial en ti. Que se mueren por conocerte y estar contigo. Te iré contando quienes son estos dos niños y lo que les pasa.

 

                                         Ahora ya, por estos días, el curso escolar ha terminado. El verano está aquí y los niños tienen vacaciones. Pero los profesores han organizado actividades final de curso. Y todos en masa han decidido que quieren venir a verte y a conocer el rincón donde vives porque tampoco se creen que sea real el Edén Azul. En masa vienen para convencerse de si es o no verdad lo que con tanto entusiasmo anuncia y defiende la Niña del Edén. A ver si es verdad que existes y eres de carne y hueso. Así que ya sabes: la Niña Buena es la promotora de todo, con la mejor intención, con el mejor cariño, que esto también quede claro. Y ahora escucha el jaleo que se oye por ahí abajo. Vienen ya cerca los compañeros de Caty. Que esto sí pude arreglarlo un poco. Cuando me dijeron que querían venir a verte no les puse ninguna dificultad pero les pedí que no apareciera aquí todo el colegio de una vez. Son casi mil los niños que hay en ese colegio. Les rogué, por favor, que vinieran en grupos no muy grandes porque si no te volverían loco a ti, a mí y a todos.

 

                                         Y tú ya sabes como opino: que a los niños hay que atenderlos y tratarlos con cariño. Así que ahora mismo ya viene por ahí el primer grupo. Unos quince o veinte con sus profesores y Caty, tu mejor defensora, al frente de la tropa. Por lo tanto te repito que lo siento mucho porque no he podido evitarlo. Y de todos modos, como sé que a ti te gustan los niños, no creo que te moleste lo que va a suceder en unos momentos. Caty ha sido la organizadora y fíjate que alto te ha puesto el listón. Como para que ahora no los recibas tú. Si en estos momentos te pierdes y los niños no pueden verte la clase entera se comerían viva a tu Corazón y Cielo. Pensarían que han sido engañados por ella y esto sería desastroso para Caty. Así que a ponerte a la altura de los acontecimientos que mira que alegres vienen. Y recuérdame luego, por si me olvido, que tengo que contarte lo de nuestra Princesa y Bandolero. Mira, aquí en el bolsillo traigo las cartas. Ya te estoy adelantando las cosas. Que esto sí que es emocionante, Sinombre.

 

                                         Y ojalá que el día sí se te llene de la luz que tanto sueño. Que los niños te den muchos besos y te conviertan la mañana en cielo. Ojalá que tu corazón le guste a ellos y que os hagáis amigos en el alma. Que cuando ellos se vayan quede por aquí su dulce recuerdo y la mañana perfumada a la flor del magnolio y a fino incienso.

 

 

2-       3- La canción de los niños y tu cuadra    Ir al índice

 

                                         Los niños que vienen a verte son de la edad de Caty. La mejor edad para jugar y hacer amistad. Aunque la edad nunca debe importar para hacer amigos. ¿Sabes que te digo? Que los adultos serios, solo cuando se hacen niños y aprender a jugar, alcanzan la sabiduría y el cielo. Vamos a prepararnos, Sinombre, que ya los tenemos encimas y mira, mira qué contentos llegan. Hasta se han inventado una canción y la vienen cantando para que te animes. Estoy seguro que esto también es obra de Caty. Escucha, verás:

 

De miel y seda

y de algodón y luna

color de hierba

dicen que eres tú

cuando trotas y juegas.

 

Borriquillo trotón

por verdes praderas

y arroyuelos limpios,

no te pierdas

y enséñanos tus sueños

de azucenas.

Vamos a tu encuentro

en la mañana fresca.

¿Dónde vives tú?

Que en esta tierra

todos queremos burros

de miel y seda.

 

                                         ¡Qué alegres vienen, Sinombre! Celebrándolo y muriéndose en ganas de verte. No te pongas nervioso ni te asuste. Que ya sabes que los niños nunca hacen daño. Y los niños de Granada son guapos como ellos solos. ¡Ya lo verás! Así que vamos a tranquilizarnos y los recibimos como merecen. Ni tú ni yo tenemos que hacer nada. Como Caty conoce bien este rincón nuestro ella les abre la puerta. Mira, ya están entrando. Y delante de ella viene un niño y una niña. Con prisa. Como si tuvieran más ganas de llegar que los otros. ¡Cuantos son! Con sus coletas, sus trenzas, su pelo rubio, sus ojos azules como los de nuestra Princesa… ¡Hay nuestra Princesa del alma! ¡Lo que gozaría si estuviera hoy aquí! Y si estuviera Bandolero…  Mira, van a subir por el camino de tu cuadra. Por entre los pinares para venir a salir justo a la Fuente de los Nenúfares, donde estamos nosotros. Pero lo que te decía ¿ves?: sonrosados como soles. Y la Niña Buena los lleva directamente a tu cuadra. Viene la primera explicando las cosas. Como ahora pasan por la misma puerta seguro que ya les estará diciendo que ahí duermes y comes algunas veces. Cuando quieres porque, como eres libre igual que el viento, casi siempre andas por estas praderas y a la cuadra vas poco. Que esto lo sabe ella también. Y sabe que tu cuadra siempre está limpia como un sol y huele a pino. ¿No la viste ayer tarde como la dejó? En tu cuadra tienes siempre cebada en el pesebre y paja y agua fresca en el pilar.  Ella, el jardinero y yo nos encargamos de eso. Seguro que ahora se lo está explicando a sus compañeros. Hoy va a ser un día grande para Caty. Mira con cuanto interés, sus compañeros, la escuchan. Se lo está contando todo, con pelos y señales, para que se enteren que existes y para que se les vaya preparando el cuerpo para el momento del encuentro contigo. Que sepan que los burros sois importantes, hermosos y buenos. Esto es lo que les está diciendo ahora mismo. Se estarán muriendo en ganas de verte. Y mira, el niño y la niña que siempre van delante de Caty no se apartan de ella. Como si no quisieran perderla.

 

                                         Algunas niñas entran a la cuadra, otros escriben en sus cuadernos, se lavan las manos en el agua del pilar donde bebes, tocan con sus dedos tu pesebre… Será para convencerse de que vives aquí y de que existes de verdad. O a lo mejor piensan que el agua de tu pilar es milagrosa. Seguro que querrán llevarse algún recuerdo tuyo y por eso escriben y tocan y miran y huelen y van y vienen. Pero de fotos nada. Y me alegro de ello porque es lo que le dije a Caty. Que a ti no te gustan las fotos. Que no trajeran cámaras de fotos ni aparatos de video ni nada de esto. Es lo mejor.  Es mejor ver, tocar, oler, preguntar, correr y saltar... De esta manera, las cosas se disfrutan más. Se le saca a la vida más jugo y se aprende. Que hoy en día con tanta facilidad para hacer fotos y mandar mensajes y contar las cosas a los cuatro vientos, no da tiempo a que las cosas entren en el corazón y echen raíces y den frutos. La vida, Sinombre, y lo que transciende a la vida y se hace cielo y queda para la eternidad, necesita de honda vivencia en el corazón. Si no hay corazón, la vida no da semillas buenas ni frutos ni cielo. No sé si me entiendes. Que a lo mejor tampoco me explico con claridad. Pero en fin, en estos momentos no tenemos tiempo para entrar en detalles.

 

¡Si nos regalara la mañana

el beso que ayer en la aurora

temblaba

y aquel arroyuelo claro

y aquella tarde de plata

que vimos por allí volando

vestido de azul y hada…!

¡ Y si ahora el viento tibio

que nos acaricia la cara

nos regalara el consuelo

de aquella sonrisa blanca

y del rocío de la noche

que el tiempo trae en sus alas,

si se hiciera cielo la luz

que la mañana regala…!

 

  

 

3-        4- Esperando a los niños en el Pino Gordo   Ir al índice

 

                                         Ya están aquí. ¿Y sabes qué se me ocurre? Que para recibirlos mejor, aprovechando que están ocupados viendo tu cuadra, vamos a su encuentro. Le salimos al encuentro porque esto es un detalle cortés. En lugar de esperarlos en la Fuente de los Nenúfares, que es donde estamos ahora, nos vamos al Pino Gordo, que es por donde empieza la vereda que viene de tu cuadra, y ahí los esperamos. Tienen que subir por esta senda y a donde primero llegarán es a la Reguerilla de la Ardilla, por donde la noguera y los nísperos. Así que los esperamos ahí. Como desde tu cuadra al Pino Gordo es ladera no nos verán hasta que estén a dos metros de nosotros. Mejor, porque será más emocionante para ellos verte de pronto y delante de sus ojos. Les vamos a dar la más bonita sorpresa de sus vidas. Y como no se lo esperan será más apasionante. Que dicen que la primera impresión siempre es la pura. La mejor porque luego se recuerda siempre. Así que vente conmigo por aquí. A prisa porque no tenemos tiempo pero con cuidado para que no nos vean. Ahora que todavía están distraídos en la cuadra vamos corriendo por este lado para la Fuente de los Mirlos. Sí, por esta veredilla que tanto te gusta. Venga, más rápido. Desde la Fuente de los Mirlos, bajamos por la Reguerilla de la Ardilla tapándonos con las adelfas y los granados. ¡Cuidado que te ven! Un poco más y…Ya estamos encajados en el Pino Gordo. Este es un sitio estupendo para esperarlos y el encuentro. Y no vamos a tener que esperar mucho rato.

 

                                         Caty ya se retira de tu cuadra y empieza a subir por la Senda del Pinar. Y el niño y la niña que hemos visto, delante de ella. Parece que se los come la impaciencia por llegar. Guarda silencio que desde aquí hasta podemos oír lo que vienen diciendo. Todavía no nos han visto. ¡Escucha! Ahora la Niña del Edén les explica la vereda que recorren. ¡Qué emocionante oírlos y verlos y que ellos ni nos vean ni sepan que estamos a su lado! Como si fuéramos invisibles. Que lo vemos todo pero nadie nos ve a nosotros. Ve contándolos tú que yo me ocupo en escuchar lo que dice Caty. Averigua cuántos vienen a verte. Que ella, les viene diciendo:

- ¡Ya veréis qué preciosidad de borriquillo! Y seguro que nos lo encontramos comiendo hierba en su pradera. Casi siempre anda libre por las praderas y a su cuadra solo viene algunas veces. Le gusta la libertad. Es él más amante de la libertad. Le gusta el cariño de las personas pero quiere ser libre. Y es libre como el aire. En sus praderas, donde se alimenta de hierba, de silencios y de libertad. Pero fijaros qué senda más especial tiene para venir a su cuadra. Por entre los pinos, escoltada de romeros, lirios, rosales y mirtos y arropada por la sombra de cien árboles. Solo recorrer este camino es como vivir un sueño. Yo lo he visto muchas veces, en su libertad y silencio, recorrerla. ¿Y qué me decís de su cuadra?

A coro responden los niños:

- ¡De  ensueño!

Y, uno detrás de otro, van aclarando:

- Nunca habíamos visto la cuadra de un burro. Es como una fantasía.

- Con su agua para beber cuando quiera, su cebada, su paja, su ventana para ver los paisajes y, cuánta vegetación le rodea.

- Será un burro alucinante.

 - ¡Y qué suerte tienes tú ser amiga de él y vivir a su lado!

- Caty, ¿es como los de peluche o más suave? 

 

                                         Y, a los comentarios de los niños, mira lo que contesta Caty:

- Me alegro que os gusten las cosas pero preparar el cuerpo que enseguida veréis lo más hermoso.

Una niña pregunta:

- ¿Y podremos tocarlo y montarnos en él?

La Niña Buena del Edén responde:

- Todo lo que queráis pero tratarlo con cariño. Sinombre es muy cariños. Lo que más le gusta es que lo traten con respeto. No le agradan las burlas ni los desprecios ni las palabras feas. Si lo tratáis con dulzura, como dice la canción “Miel y seda”, os devolverá el ciento por uno. Es como un niño. No se enfadará ni hace daño. Y, atentos que estamos llegando al rincón por donde se viene, muchas veces, a comer moras y a jugar con los pajarillos. En cuanto demos esta curva de la senda remontamos y salimos a una llanura. Es la llanura de la Reguerilla de la Ardilla y del Pino Gordo. Es un sitio especialmente bonito, con mucha agua, muchas sombras y por donde el aire corre perfumado a pino. Y desde aquí, que esto es como un balcón, se ve la ciudad de Granada, la vega por donde corre el río Genil, nuestro colegio, las cumbres de Sierra Nevada… Se ve medio mundo y por eso le gusta tanto a él. Así que vamos a ir con cuidado que a lo mejor anda por aquí. Para cogerlo de improviso y darle una sorpresa. Guardad silencio.

- ¿Y todo esto es verdad, Caty?

- Lo que por aquí veréis hoy es como a nosotros nos gustaría que fuera la vida real. Todo esto es verdad pero como una fantasía y por eso no es copia de la vida.

 

¿Oyes la música de la mañana

vibrando por entre los pinos

y, en las ramas,

no ves como se mecen

mariposas blancas?

¡Si lo que estamos soñando

por aquí ya se quedara!

 

Veinte siglos esperando

y las flores blancas

tejiendo praderas densas

por las cañadas.

Vibra la música en el aire

gústala y calla.

 

 

 

4-        5- Los niños suben por la Vereda del Pinar   Ir al índice

 

                                         Ven, Sinombre, acércate y te digo las cosas al oído para que no nos oigan. Guarda silencio Caty y no sabe ella que lo que ha dicho se cumple ahora y aquí. Estamos esperándolos y viéndolos llegar sin que lo sepan. Quieren darnos una sorpresa pero la sorpresa se la van a llevar ellos. ¿Los has contado ya? ¿Cuántos vienen? A lo mejor no has podido porque como van subiendo en fila y por entre los pinos, dando curvas por la Vereda del Pinar, se te habrán perdido por entre los troncos. No es fácil contar niños de esta manera. Pero no importa. ¡Que más nos da que sean tantos o cuantos! No es la cantidad lo que hay que valorar sino la calidad. Imaginamos que son muchos los niños que esta mañana vienen a verte y ya los tenemos encima. No solo podemos oír lo que dicen sino que hasta el aire nos trae su fragancia. Huele, Sinombre, huele verás qué perfume más delicado. Qué bien huelen los niños de Granada. A puro y a primavera nueva en una mañana fresquita. ¡Qué olor más fino!  Pero tú, Sinombre, hueles a monte y por dentro… a sueño y a cielo.

 

Si supieran que estamos

en la mañana, impacientes

esperando

y que en el corazón

ya los besamos

pero no lo saben

y sueñan y soñamos.

A todas horas nosotros

andamos soñando

y vamos y venimos

siempre agazapados

detrás de la aurora, al fresco

esperando.

¿Llegan ya y traen la vida

en sus manos?

 

 

5-        6- El encuentro con los niños   Ir al índice

 

                                         Como los tenemos casi a nuestro lado y, nos van a ver de un momento a otro, vamos a dejar de ocultarnos detrás del tronco del Pino Gordo. Salimos al rellano de los Pinos de la Ardilla para que nos vean. Que te vean a ti y no a mí. Porque ellos vienen a verte. Para convencerse de que eres de carne y hueso. Así que venga, no lo pensemos más. Cuento tres y aparecemos ahí. Uno, dos y tres… Ya está. Hemos dado el paso y como Caty es la que viene guiando al grupo ha sido la primera en vernos. Ha mirado al frente y para arriba y por entre los troncos de los pinos te ha visto y me ha visto. Se ha parado y les ha dicho:

- ¡Mirad que visión! Irreal y verdadera. Aquí lo tenéis. Se llama Sinombre y es el borriquillo más bello del mundo. Como él no hay otro.  Abrid bien los ojos y convenceos. 

 

                                         ¡Y vaya sorpresa que le hemos dado! La niña y el niño que venían delante de Caty se han quedado clavados en la senda. Como hipnotizados. Todos los niños, como si fueran una hilera de hormigas que desde el campo van a su hormiguero, también se han quedado quietos y te miran asombrados. Los hemos sorprendido como esperábamos. La bienvenida que soñábamos. ¿Los ves? Quietos todos ahí siguiendo el trazado de la senda y en la mitad de la torrentera. Te miran con los ojos abiertos como platos y no se atreven ni a pronunciar palabras. Para animarlos los saludo con mi mano dándoles la bienvenida y ellos me devuelven el saludo con sus manos y no me miran. Están pendientes solo de ti. Yo no soy importante. Tú, ahora mismo, sí y mucho. Sólo tú eres el importante para ellos. Como si no se creyeran que realmente estés ante sus ojos. Abren la boca, Sinombre, mirándote embelesados y se mueren de gusto. Satisfacción y asombro es lo que veo en sus caras. ¿Qué estarán pensando?. Te alzas sobre el rellano de la Reguerilla de la Ardilla soberbio como en un pedestal, serio frente a ellos pero exhalando gracia. ¡Qué encuentro más formal! Como si estuvierais asustados. Para romper el hielo Caty aclara:

- Aquí lo tenéis. Venga, acercaros y saludarlo que no os come. Tocarlo, hablarle, acariciarlo… Todo lo que os he dicho menos hacerle burlas ni gastarle bromas pesadas ni decirle palabrotas. Sinombre es todo corazón.

Una niña rubia y con ojos azules, desde mitad de la fila, pregunta:

- ¿Es de verdad?

Caty responde:

- Es de verdad, Deyanira. De carne y hueso y tiene sangre en sus venas y orejas y patas como todos los burros. Aunque parece un sueño es real.

 

                                         Al oír el nombre de la niña te digo:

- ¡Vaya nombre bonito el de este ángel!

Pero tú estás como embelesado. No te he visto nunca tan distraído o tan metido en ti. Ellos te miran fijamente. Quiero creer que, como Caty les ha hablado tanto de ti, al verte ahora no se lo creen. Ni ellos se creen que seas real ni tú te crees que te admiren de este modo. También yo estoy embobado y la Niña del Edén. ¡Es tan mágico el encuentro! El niño que subía el primero en la fila exclama:

- Es el burro más lindo que he visto en mi vida.

Y a continuación una niña pregunta:

- ¿Seguro que podemos tocarlo? ¿Y si nos muerde o se enfada y nos come?

Al oír las ocurrencias de esta criatura me río para mí y te miro a ti. ¿A que también te hace gracia? ¡Comerte tú a los niños! No saben ellos que en el corazón de los burros hay amor como en el de los humanos. Más quizá. Y por eso, muy bajito para que los niños no se enteren, te digo:

- Vamos a ver si hoy les demostramos que eres capaz de darles ternura como sus padres. A ver si estos niños aprenden algo que nunca nadie les ha enseñado.

Pero a la pregunta de la niña Caty responde:

- ¡Pero mujer! Ven para acá y toca con tus manos las orejas, la cara, la nariz y el lomo verás como no te come. Seguid subiendo que yo lo estoy acariciando y no me hace nada. ¿Cuándo se ha visto que los burros se coman a los niños?

 

                                         Caty ya está junto a ti, te acaricia y te echa piropos:

- ¡Qué guapo estás hoy! Galán como nunca y por eso te quiero más que otros días.  No te vayas a enfadar porque tus praderas pierdan la paz y se llenen de algarabía y niños corriendo sin control. Los que vienen a verte son buenos y traen mucha ilusión. ¡Recíbelos! Albaluna, mira, aquí tienes a Sinombre.

Tú, al oír estas palabras de Caty miras para la Reguerilla de la Ardilla, le das un poco de movimiento al rabo y a las orejas y luego te acercas a la primera niña de la fila. Es Albaluna. Alargas tu hocico, como si quisieras olerla, y ella alarga su mano y te hace cosquillas en la frente, entre las dos orejas. Donde más te gusta que te acaricien. ¿Cómo lo sabe ella? ¿Quizá se lo has dicho tú y te ha entendido? Mira que yo sé que los niños tienen un sexto sentido, como tú y muchos animales. Y como a ti te han gustado las cosquillas mueves tus orejas y le das movimiento al rabo, de arriba a bajo y de un lado a otro. Como cuando rebuznas mirando al horizonte. Ya te estás animando. Los demás, a ver lo que has hecho y el juego de la niña contigo, se han quedado con la boca abierta otra vez. Repite ella su fantasía y tus orejas siguen bailando como locas. Sin control, como si quisieran escaparse de ti para irse con los niños. Algunos se ríen al tiempo que comentan:

- ¡Qué gracioso!

Y Albaluna, la niña que te acaricia, contesta:

- Gracioso y garboso. Además de bonito es muy bueno. Mirad que mansito.

Sigue ella acariciándote por las orejas y el cuello. Otro niño se acerca por la derecha y pone su mano en tu lomo. Es el niño que subía delante de Caty, el primero en la fila, pegado a Albaluna. También te gusta a ti su gesto y por eso sigues agitando el rabo y cimbreando las orejas. Lo miras fijo y él te mira. Tú no te ves pero yo sí. Y lo que más me llama la atención, en este momento en ti, son tus ojos. Quizá le pase igual al niño que se te ha puesto delante. ¡Tienes unas miradas que apresan! Tus dos diamantes negros se abren de par en par. Y son tan bonitos y miras con tanto misterio que hasta yo estoy algo atónito. Y eso que te conozco bien y veo tus brillosos ojos todos los días. Ahora mismo tú no los ves pero los niños sí y como tus dos lagos son tan especiales y misteriosos este niño, mirando a Caty, pregunta:

- ¿Le puedo tocar los ojos?

- Mario, las lumbreras del corazón de Sinombre, no se acarician porque se les pueden dañar. Pero observarlos sin prisa y veréis lo que veis.

Ya sabemos, Sinombre, quién es Mario y quien es Albaluna. ¿Te has fijado en ellos? Ya te he dicho que, según dice Caty, son dos criaturas muy especiales. 

 

Que te regalen los niños

una flor

que con las de mi sueños

la junto yo

y hacemos un ramo

para el sol.

Que no te la regalen,

cámbiala por amor

pero que te den en sus manos

una flor

que la sembraremos nosotros

en el corazón.

 

 

6-       7- Los ojos de Sinombre   Ir al índice

 

                                         Dos niñas se acercan a ti por el otro lado. Se ponen por delante tuya, frente a tus ojos y te miran fijamente. Con esas miradas tan exclusiva en los niños. Las miras a ellas a los ojos sin moverte pero enfocando tus orejas para sus caras. Ellas exclaman:

- ¡Qué ojos más brillantes y qué color más negro noche sin luna! Caty, al otro lado de estas dos cuevas sin fin ¿qué tiene o esconde Sinombre?

Menuda pregunta han hecho las niñas. Te miro y a Caty que responde:

- En lo más hondo de sus lagos negros Sinombre tiene un cielo azul intenso con una estrella brillante y un bosque verde con fuentes claras y millones de flores.

Y menuda respuesta la de Caty. Mueves tu oreja derecha y sacudes la oreja izquierda. Me miras y otra vez clavas tus ojos en los ojos de los niños. Como si ya fuerais amigos sinceros y estuvierais ocupados en vuestro primer juego. El que sirve para rubricar el nacimiento de una amistad. Te oigo como si me preguntaras: “¿Cómo saben estos niños, que para conquistar mi corazón, lo primero que tienen que hacer es mirarme a los ojos? ¿Cómo saben ellos que a un amigo, por donde primero se le gana, es mirándole a los ojos para ver lo que hay en el corazón?” Y yo te respondo:

- Lo han leído en tus ojos. Porque los niños, Sinombre, son más sabios que los sabios del mundo. Mirando a los ojos saben y adivinan ellos si en el corazón de las personas o en el tuyo, por ejemplo, hay sentimientos buenos o malos. Ellos van al corazón y a los sentimientos que ahí se anidan. Han ido, sin que nadie se lo haya dicho, derechos a donde deben para averiguar quién eres. Vienen dispuestos darte su amistad pero antes quieren estar seguros de la clase de amigo que serás tú. En el corazón está todo, lo bueno y lo malo, y por tus ojos se han colado al tuyo.

    

                                         ¿Te han asustado a ti las miradas de estas criaturas? Te veo como titubeante. Mario pregunta:

- ¿Podemos jugar a un juego?

Interroga Caty:

- ¿A qué juego, Mario?

Aclara el niño:

- Ponernos a mirar por las ventanas de los ojos de este burro a ver si encontramos un camino que lleve al cielo azul, con la estrella brillante, que dices.

Y Caty, que es lista como el hambre y sabe mucho de ti, le responde:

- Bueno, luego si nos queda tiempo, nos ponemos y jugamos este juego.

Pero Mario se acerca más a ti. Te abraza tiernamente y levanta tu cara con sus manos. Te mira a los ojos fijamente y con intensidad. Tal como estás abrazado por Mario lo miras tú a él y por un momento los dos permanecéis quietos. Fijos y concentrados en no sé qué. Como si los dos hubierais descubierto en los ojos del otro algo grande y bello. Te estoy mirando y miro al niño y sé que algo muy hermoso os habéis regalado mutuamente. ¿Qué es, Sinombre? Me ha llamado mucho la atención esto que acabo de ver en ti. ¿Os habéis hecho amigos en lo más sincero? Mario te da un abrazo fuerte y un beso, suelta tu cabeza y se va con los demás. Algo muy bello ha salido del corazón de este niño y yo lo he sentido. Como una llamarada de luz o como un latido de viento. También tú has sentido y has visto lo que ha salido del corazón de Mario. Caty dice:

- Ahora y, en nombre de Sinombre, todos quedáis invitados a comer moras de la morera y nísperos. Es la única fruta que en estas fechas tenemos en el paraíso. Pero también luego podremos coger fresas silvestres en el talud de las rocas, algunas algarrobas de los algarrobos por la Senda de los Arrayanes, ramitas florecidas de poleo y, para recuerdo, os lleváis tallos de hierbabuena. Ahora a comer moras. Y aceptadlo como un pequeño obsequio de bienvenida que él y nosotros os hacemos como agradecimiento a vuestra visita.

 

                                         Te miro y miro a Caty. No digo nada pero por lo bajito te susurro:

- ¡Hay que ver las ocurrencias que tiene!

Tiene ella un corazón todo amor. Te tira de las orejas con cariño y despacito, para no hacerte daño, te pide que te acerques a la morera y te dice:

- ¡Venga, ayudamos a los niños a coger moras! Cuando terminemos con las moras les cogemos los nísperos. Que prueben ellos las frutas del Edén Azul. Después nos vamos por tus praderas para que las gocen corriendo en libertad. Dedicamos algunos ratos a buscar fresas silvestres, algarrobas y brevas por las higueras de la ladera del río y, cuando ya el calor apriete, los llevamos a la piscina para que se bañen. Hoy todos vamos a ir de cabeza a la piscina. Y vete preparando, caramelo de nata, que ya verás. ¡Con lo que yo te quiero! Cuando ya se bañen los niños y tengan hambre, como traen sus mochilas llenas de bocadillos, en la sombra de los álamos de la piscina nos sentamos y comemos.

 

Que te regalen los niños

el color

de las tardes y mañana

que voy a pintarte yo

del color del sueño que hay

en mi corazón.

Que no te regalen los niños

ni te hagas ilusión

de ser un día marinero

que la flor

la cultivamos nosotros,

pídeles  amor.

 

 

8- Hacer una cabaña en el Edén Azul   Ir al índice

 

                                         Y antes de que Caty termine de explicar los sueños que hoy trae esta mañana por aquí Albaluna pregunta:

- ¿Y podemos hacer una cabaña?

Te miro extrañado y me miras tú y Caty nos mira a los dos. Lo que estoy esperando, de un momento a otro, es que alguno pregunte si les puedes dar un paseo. Porque lo que más les gusta a ellos, cuando están con un borriquillo como tú, es montarse en él y darse paseos. Y estos niños no son distintos a otros. Sé que de un momento a otro, cualquiera de ellos, hará esta pregunta. Y ahora mismo ya estaba yo esperando que esta criatura preguntara esto. Pero la niña sigue insistiendo:

- Sí, una cabaña de palos y madera en algún lugar oculto de estos bosques.

Le pregunta Caty:

- ¿Y para qué esta cabaña, Albaluna?

Al oír el nombre de la niña otra vez me extraño. Es la primera vez en mi vida que oigo yo tan bonito nombre en una persona. Recuérdamelo luego para que lo escriba y no se nos olvide nunca. ¿Su nombre es Luna Blanca o Luz del Alba?

A la pregunta de Caty Albaluna responde:

- Para quedarnos a vivir en ella cerca de Sinombre. ¿Te imaginas lo bonito que sería tener una cabaña de palos y monte y vivir en este paraíso? ¿Te imaginas lo bonito que sería ver amanecer cada día desde la cabaña y con este animal pastando en sus praderas? ¿Te imaginas lo bonito que sería todo y lo bien que nos lo íbamos a pasar? Sí Caty, por favor.

Y la bellísima Albaluna sigue exponiéndole a Caty y a ti y a mí lo bonito que sería lo que sueña mientras ya los otros niños están comiendo moras. A la niña de la cabaña le responde Caty:   

- Sería muy bonito porque tu idea es preciosa. Todo lo que dices es como un fantástico sueño. A ver si luego se lo digo a mi padre que, como es el jardinero de estos campos, nos puede ayudar en la construcción de la cabaña. 

 

                                         Al oír lo que Caty le ha dicho te vuelvo a mirar y tú a mí. De nuevo te susurro:

- ¡Sinombre, que si se ponen estos niños consiguen los sueños que sueñan! Que nos hacen una cabaña entre los pinos o las encinas del edén y se vienen a vivir con nosotros. Que los niños consiguen casi todo lo que se proponen porque sus sueños son inocentes. Y la inocencia es la única fuerza capaz de hacer realidad todos los sueños del mundo.  Te lo digo para que lo sepas aunque a mí no me importaría que esto estuviera lleno de niños todo el día. Por mí que hagan no una cabaña, sino dos o tres o cuatro o todas las que quieran y que se vengan a vivir a este rincón. Éstos y todos los niños soñadores de Granada. Que nos den compañía y nos llenen la vida de sueños.  Que este mundo nuestro un día se convierta en “El Edén de los Niños”. ¿A que sería bonito? Que los niños tengan su mundo para soñar, ser libres y hacer realidad sus fantasías, sería grandioso. Déjame que sueño con esta Luz del Alba, Sinombre, que yo también lo necesito. ¿Te imaginas lo fantástico que sería…? 

 

                                         No respondes a estas preguntas pero sé lo que sientes y piensas. Te veo contento hoy como pocas veces. Y por eso sé que la idea de hacer una cabaña en estas tierras tuyas te gustaría mucho. Lo mismo que a mí, lo mismo que a Caty y lo mismo que a los niños que esta mañana ya juegan contigo. ¡Qué bonito sería, y ya estoy soñando como ellos, en que este Campus Universitario, tan serio él y tan solemne en todo, se llene de sonrisas y algarabías de niños soñadores! Que sí, que se quiten de en medio los mayores aburridos y serios y que entren en escena los niños revoltosos y con ganas de construir cabañas para ver amaneceres y a los burros pastando en sus praderas. Los mayores que no son alegres ni dejan sonreír ni soñar, todos aquellos a los que solo les gusta prohibir, mandar, inventarse reglas y presionar para que las órdenes y normas se cumplan, que se quiten de en medio y dejen paso a los niños. Que el mundo siempre fue de éstos y en el futuro lo será más. Que en el futuro este rincón nuestro sea de verdad “El Edén de los Niños”. Un día te contaré el sueño que tuve hace unas noches. Lo tengo escrito y lo he titulado: “El sueño más bello del Mundo”. Ya verás, cuando te lo cuente, como te vas a morir de gusto. ¿Te imaginas tú lo fantástico que sería…?

 

Pero no sueñes tú

sobre nubes de cristal,

desde que el cielo es azul

ando yo soñando un sueño

y nunca se me hizo luz.

 

Soñando vamos caminos

por las cumbres y el talud

de las tardes y mañanas.

Pero cree y sueña tú

que ahora sí, al venir el Alba,

tu sueño se te hace Luz.

 

 

 

9- Manchados de moras    Ir al índice

 

                                         Y en estos momentos casi se hacen realidad algunas de las cosas que sueñan los niños. Porque Caty te ha colocado debajo de la morera y se ha puesto de pie sobre tu lomo.

- ¡Ten cuidado, Caty, y no le hagas daño a Sinombre o te caigas tú!

Le digo para ayudarle y ayudarte. Me dice ella que todo está controlado y desde tu lomo alarga sus manos y coge las ramas repletas de moras maduras, las arranca y se las da a sus compañeros diciendo:

- ¡Mirad que buenas son éstas! Tomad y comed que os la regala Sinombre. Venga, comed todas las moras que podáis y llenad la mañana de miel.

Los niños cogen las moras que les da Caty y se las comen exclamando:

- ¡Qué ricas que están! Nunca hemos comido moras tan buenas. Caty, eres la mejor.

Y como parece que de verdad para ellos las moras están dulces y sabrosas te lo agradecen. Pero los niños, más que comer bayas, lo que quieren es cogerlas porque eso es para ellos más emocionante. Sin pensárselo dos veces se ponen a subirse a tu lomo. Uno detrás de otro y ayudándose entre sí.

      

                                         Y subirse a tu lomo, para los niños, no es fácil porque tu pelo está suave y ellos no encuentran donde agarrarse. Los niños no saben subirse al lomo de un burro. Y menos cuando el burro no tiene aparejo ni nada. Que está desnudo y con el lomo redondico y pelos suaves como los tuyos. Para mí es fácil subirme en ti porque ya lo he aprendido y lo mismo Caty. Pero estos niños, por lo que se ve, aun tienen muchas cosas que aprender. Caty les ayuda dándoles la mano y les ayuda, luego, a coger los frutos de las ramas. Yo, que sigo atento a todas las cosas que van pasando y se van diciendo, me digo que menos mal que eres un borrico mansito de verdad. Que si no, con tantos niños a tu alrededor, queriéndose subir en ti, tirándote de las orejas, del rabo, empujándote para que te coloques bien bajo las ramas de las moras, si no fueras un asno mansito, ya se habría liado esta mañana. Para animar Caty les dice:

- ¡Pero si subirse al lomo de Sinombre es lo más sencillo del mundo!

Y ellos les contestan:

- ¡Para ti que estás acostumbrada!

Tienen razón. Mario se pone a tu lado y les ayuda a subirse en ti. Y con sus manos quita de tu lomo las moras maduras para que no te manches. Y les dice a los niños:

- Tened cuidado que lo podéis herir. Tocad su lomo. ¿Veis qué blando?

 

                                         Entre unos y otros y, los zarandeos que le dan a las ramas, las moras más maduras se desprenden y caen como su fuera lluvia de verdad. ¡Qué lluvia más dulce de moras blandas! Llueven moras, gotas de miel, que caen sobre las cabezas de los niños, sobre tu lomo, sobre la hierba y sobre el agua de la Reguerilla de la Ardilla. Algunas de las que se duermen sobre la hierba te las comes tú, otras se las llevan las hormigas y muchas las pisan ellos y ahí, entre la hierba y la tierra, se quedan hechas papillas. ¡Qué pena con lo ricas que están! Muchas de las moras que gotean desde las ramas de la morera también se quedan trabadas en el pelo de las niñas y tiemblan como perlas de rocío. Trocitos de estrellas que engalanan a las niñas para ponerlas guapas y que tú las veas. Ellas ahora parecen ángeles. Rosas salpicadas de gotas de diamantes. Y las muñecas, como si se tratara de un regalo que la misma morera les hace, con sus manos de nácar, de su pelo recogen las moras y se las comen. El pelo de todas estas niñas está limpico y por eso huele a mañana fresca. Es el olor que el aire nos traía de ellos cuando venían subiendo. Pero, de todas estas moras que van cayendo por aquí y por allí, muchas también se descansan sobre tu redondico lomo. Los niños, sin querer, con sus manos y pies las pisan y como están tan maduras enseguida se hacen mermelada. Y se limpian las manos en ti, en la suavidad de tu pelo, en el lomo, en las orejas y en la barriga. ¡Madre mía cómo te están poniendo! Te chorrea la mermelada de moras, los trocitos de estrellas, las perlas despachurradas, por todos sitios. A mí me duele, pero no porque te estén poniendo tan perdido de moras, sino porque tu pelo se te está quedando que da pena verlo. ¿Y qué les vamos a decir a ellos? Que sigan jugando, que se diviertan mucho y que llenen de gloria esta mañana de ensueño.

 

                                         Tu lomo, tus orejas, tu rabo, tu barriga, todo entero eres pura mancha de mora. Te miro y miro a los niños y me río. ¿Qué voy hacer? Pero para mí me digo que luego tendremos que irnos derechos a la ducha. No te voy a dejar así todo el día. Aunque esto de irnos a la ducha habrá que pensárselo dos veces porque con tantos niños y en este jardín tan especioso, con tanta hierba y tanto terreno para correr, se puede liar otra buena diversión. Pero a lo mejor tendríamos que meter en la misma ducha a todos los niños. Porque ellos, se están poniendo como cerditos. Si los vieran sus madres seguro que ni los conocerían. Lo mismo que me pasa a mí contigo y sin haberte quitado el ojo de encima en todo el rato. Los niños están viviendo un sueño con esto de las moras. Lo de comerse una mora más o menos a ellos les da igual. Ahora su alimento es otro. No son como nosotros los mayores que solo pensamos en coger y poseer. A ellos lo que les importante es pasárselo bien aunque solo prueben un par de moras. Porque entre las moras que ruedan por tu lomo, las que se les caen al suelo, las que se les traba en sus cabezas y las que se guardan en los bolsillos como si fueran caramelos, casi no les quedan ninguna para llevárselas a la boca. Y cuando Caty les dice:

- ¡Os estáis poniendo como cerditos en un barrizal! Ya veréis luego vuestras madres.

Unos y otros responden:

- ¡Pero nos lo estamos pasando de maravilla. Caty, esto es más emocionante de lo que nos contabas tú.

 

                                         Y tú ¿cómo te lo estás pasando, Sinombre? Porque también yo estoy ayudando lo que puedo en esto y no me da tiempo ni a contestar a las preguntas que me hacen. ¡Que hay que ver estos niños la curiosidad que tienen por todo y las ganas de aprender que hay en ellos! No tengo tiempo ni para contestar a sus preguntas ni para sacarlos de los apuros donde se meten sin querer ni para bajarlos o subirlos de tu lomo. Tendría que dividirme, ahora mismo, por lo menos en cinco. No te quito el ojo de encima. Y cada vez que veo como te están poniendo me llevo las manos a la cabeza. Te digo, mientras me ocupo en la tarea de bajar y subir niños a tu lomo, que no se te vaya a ocurrir ahora de pronto ponerte a dar patadas o a rebuznar. No hagas nada de esto porque entonces sí que la liamos hoy. Y todavía lo de rebuznar tendría un pase, porque a lo mejor a los niños les divierte, pero si te pusieras a dar patadas sería peligroso. Porque, sin querer, les puedes dar en la barriga o en las piernas y ya se nos acabaría la fiesta.

 

Que te manchen de moras

y te lleven al río,

que se suban en tu lomo

y que jueguen conmigo

que la mañana es azul

y huele a lirios.

Que no te manchen de moras

los niños

porque luego se irán

y aquí solitos

nos quedaremos los dos

en el viento escondidos.

 

 

 

 

10- El carro de Sinombre   Ir al índice

 

                                         Y puede que por esto, en tan poco rato, todo el rincón de la Reguerilla de la Ardilla y la morera se ha llenado de niños que corren, gritan, cogen, recogen, comen y despachurran moras y nísperos y se llaman unos a los otros y preguntan sin descanso y se lavan las manos en el agua de la Reguerilla de la Ardilla y se llenan de barro y de papillas de moras y de nísperos y... Que por eso hoy es una fiesta grande para ellos. También para Mario pero parece que de otra manera. No para de limpiarte y de darte palmaditas en el cuello. Como si te quisiera mucho y no gustara verte sucio.  De pronto, una niña corre desde la Fuente de los Mirlos llamando a Caty:

- ¿Pero qué pasa ahora?

Le pregunta ella dejando la tarea de coger moras y bajándose de tu lomo para ocuparse en atenderla. La criatura, un poco nerviosa, le dice:

- Es que he visto algo muy bonito que me ha gustado mucho. Parece una carroza de juguete pero es mucho más guapa. Ven corriendo y verás.

Caty te deja solo con los niños que se ocupan las moras y yo también me voy detrás de ella. Los niños que todavía siguen bailando sobre tu lomo y enganchados a las ramas del árbol se bajan y tú aprovechas para venirte detrás. Te digo:

- Vamos corriendo. ¿Qué habrá descubierto esta niña?

Me sigues y los tres seguimos a la niña con la emoción a flor de piel. A lo mejor no es nada del otro mundo pero para ella parece un tesoro. Y al remontar el rellanillo de las palmeras la niña aclara:

- Mira, esta es la carroza que te digo. ¿A que es bonita?

Al verla me llevo las manos a la cabeza y te miro a ti que me sigues muy tranquilo o como si estuvieras cansado. Caty se ríe porque le hace gracia lo que le muestra la niña y le dice:

- ¡Pero si es el carro de Sinombre!

 

                                         Apoyo mis manos sobre tu cabeza y te digo:

- Por lo que acabamos de ver, Sinombre, estos niños ni siquiera han visto un carro en su vida. Y como tu carro es tan bonito es normal que les llame la atención.

Te acercas mucho a mí y con tu cabeza me acaricias por las piernas. Ya sé que te hacen gracia las cosas de estas criaturas. Tu carro, tu bonito y pequeño carro de madera con las ruedas pintadas de amarillo oro y de rojo sangre, es la primera vez que ellos lo ven y por eso creen que es una carroza. Y pudiera ser una carroza pero especial porque es un carro chico, hecho a tu medida, y no una carroza para caballos y princesas de esas que se ven en la tele y películas. Pero los niños cuánta imaginación tienen. Así que dejémoslos que sueñen y crean que tu carro es una carroza como no hay otra en este mundo. Nosotros no habíamos caído en la cuenta de esto y me gusta. Y mira como se concentran alrededor de tu carro y lo observan, lo tocan, lo acarician, lo empujan con suavidad para ver si se mueve y lo miran y preguntan. Preguntan todos a la vez y tantas cosas que ni Caty ni yo ni los maestros podemos responder a la velocidad que ellos piden. ¡Son niños y la inocencia se los come y también las ganas de saber cosas! Y como Caty es amiga de todos se siente en la necesidad de explicar, para que sepan lo que es tu carro. Porque Caty, anda que no lo sabe bien. ¡Con la de veces que te ha enganchado al carro y luego se ha subido encima! ¡Y anda que no lo sabes tú bien con la de veces que has paseado a Caty, a Lucía y a Mary por estos rincones! Por eso les dice:

- Que esto no es una carroza sino algo así como las carretas que van al rocío y vemos en la tele. Y a esta carreta, que no es para llevar personas sino para transportar cosas, al ser más chica se le llama carro. Pero carro de verdad y todas las otras cosas toman el nombre de éste. Y esta fantasía de caramelo está hecha a la medida de Sinombre.

 

 

11- Un paseo en el carro de ensueño    Ir al índice

 

                                         Y los niños, Sinombre, son incansables. No hay quien sacie su curiosidad y ansia de saber. A veces, parecen como si quisieran o necesitaran conocerlo todo, ya. En este mismo momento. Por eso preguntan:

- ¿Y para qué sirve este carro?

Responde Caty:

- Para enganchar en él a Sinombre y, cargado de cosas o vacío, que lo lleve a donde haga falta. Se puede llenar de leña, de paja, de alfalfa, de hierba, de pasto, de tomates, de naranjas… De todo lo que queramos y necesitemos transportar de un lado a otro. Que este invierno pasado, lo hemos cargado hasta de rosas. Un día cortamos tantas rosas, todas grandes y de colores, que tuvimos que enganchar a Sinombre a su carro y cargar las flores para llevarlas a la otra parte del jardín. Y otro día lo llenamos de hojas secas. Cuando llega el otoño, a los álamos se les ponen las hojas amarillas y se caen y el suelo se alfombra de oro. Una alfombra preciosa, húmeda y olorosa que tuvimos que recoger nosotras una mañana. Llenamos el carro, de hojas secas de álamos, hasta los bordes. Enganchamos a Sinombre y, cuando iba por este jardín tirando de aquel mundo oro tan precioso, parecía que llevaba él todo el otoño metido entre los varales de su carro. ¡Si lo hubierais visto!

 

                                         ¿Qué a dónde llevamos aquella carga otoñal? A las tierras de la huerta. Porque las hojas secas son un buen alimento para las hortalizas. Cuando en el otoño, mi padre poda las plantas y árboles del jardín, siempre necesita el carro y, la ayuda de Sinombre, para retirar las ramas cortadas. Son esos los días más bonitos del año. Hay mucho trabajo pero muy gratificantes porque todo es bello. El otoño, Sinombre, su carro, las hojas amarillas de los álamos, el olor a humedad, la huerta, la poda de las plantas y los atardeceres de ensueño, por aquí son de las cosas más y emocionantes. Cuando llegue el otoño tendréis que venir un día. Comprobaréis que no os miento. Con tanto ajetreo y, con el borriquillo y su carro, te lo pasas divertidísimo. Luego os cuento más que ya veréis vosotros cuántas cosas hacemos y que bien no lo pasamos.

Y otro niño pregunta:

- ¿Y también este carro se puede cargar de niños?

Caty contesta:

- Claro que sí. Se puede cargar de niños para llevarlos a la piscina o de excursión. Y de mochilas y de bocadillos y con los libros del colegio y de uvas y de higos… ¡Qué bonito sería ver decenas de niños subidos en el carro por las calles de Granada camino del colegio! ¿Os lo imagináis?

Entusiasmada Albaluna exclama:

- Pues vamos a subirnos y hacemos una prueba ahora mismo. Que Sinombre nos lleve de paseo por las tierras suyas. ¿Podemos, Caty?

 

                                         Y tú que estás a mi lado, mirando a tu carro porque tienes miedo que los niños te lo rompan, al oír lo que ha dicho la niña vuelves la cabeza para otro lado. Como si no quisiera enterarte de las cosas. Como si contigo no fuera esto pero en el fondo, lo mismo que yo, deseando que el sueño de Albaluna se haga realidad ahora mismo. Pero ¿qué pasa, Sinombre? ¿Temes lo que me temo yo? Que estos niños me van a pedir que te enganche al carro. Esto sí que va a ser para ellos un sueño, sueño. Y la verdad es que tal como estás ahora mismo, sucio como un carbonero que viniera de hacer carbón, no me atrevo. Por eso, vamos a esperar a ver si a Caty se le ocurre algo genial. Aunque veo a un niño que parece que ya tiene claro las cosas. Mario se ha puesto delante de ti. Como si quisiera taparte con su cuerpo para que no te vean los demás. Te está protegiendo. No quiere que los niños te enganchen al carro no sea que te hagan daño y te den palos. Os miro a los dos y miro a Caty. A ver si ella arregla esto con ese cariño con que siempre endereza las cosas. Y ella, claro que lo encarrila. A la pregunta de la niña Caty responde:

- Lo del paseo en el carro de Sinombre tenemos que dejarlo para otro día. Para engancharlo al carro hay que ponerle los aparejos o aperos que habéis visto en la cuadra. Es su equipo de trabajo. Y ya habéis notado que ese equipo está nuevo y limpio como si estuviera recién hecho. Todo lo que pertenece a este mágico animal y él mismo lo cuidamos con mucho cariño. Y si en estos momentos miráis a Sinombre  veréis como está. Como lo hemos puesto nosotros, que todo hay que decirlo. ¿A que no parece un borriquillo ni de seda ni de miel? Cualquier cosa que pongamos sobre él, incluso si nos subimos en su lomo, se manchará y llenará de mermelada de moras y de barro. ¡Pobre corazón mío! Lo que está necesitando ahora mismo es una ducha. Así que lo del paseo en el carro de fantasía de este burrito lo dejamos para otro día. Volveremos y nos subiremos al carro para que Sinombre nos lleve al río, a las cascadas blancas, a las higueras de los higos dulces, a la viña a coger uvas, a la piscina a bañarnos, a la Encina Grande… En fin, a todos los sitios bonitos que todavía no conocemos. Y también podemos organizar un paseo por las calles de Granada. ¡Que anda que no sería divertido! Así que esto del carro lo dejamos para otra ocasión ¿vale?

Y todos los niños responden a coro:

- Sí, Caty, lo que tú digas.

 

                                         Porque a ella los niños las respetan mucho. Desde que los niños han llegado a este rincón y te han visto con sus propios ojos y te han tocado con sus manos a Caty la respetan. Ellos han descubierto que no les ha mentido y por eso todo parece ahora como si tú la hubieras llenado de gran dignidad.

Pero Albaluna insiste:

- Es que podemos hacer una cosa ahora mismo.

- ¿Qué es?

Pregunta Caty.

- Ya que Sinombre no va a tirar de su carro ¿podemos hacerlo nosotros?

Al oír esto te doy una palmadita en la frente y te digo:

- ¡Me lo estaba temiendo! Los niños no hacen nada más que soñar y como todo por aquí para ellos es fantasía  ¿a ver quién les pone fronteras a sus imaginaciones?

 

                                         Caty sale otra vez al paso diciendo que sí, que no hay problema en que los niños que quieran, jueguen con el carro. Y anda que los niños tardan en ponerse mano a la obra. Tres de los mayores, en cuanto notan que Caty les deja vía libre, saltan y se agarran a los varales. Tu carro tiene dos varales porque tú eres solo un burro y para tirar de un carro es necesario que tenga dos varales. Si tuviera solo un varal se necesitarían dos burros. Ya les explicaremos esto en su momento. No saben ellos pero intuyen que si se agarran a los varales y tiran el artilugio se pone en marcha y rodará lo mismo que si lo arrastraras tú. Y ya los ves, Sinombre, uno de los niños se ha metido entre los dos varales y los otros dos se ponen a ambos lados. Levantan el carro, tiran de él y se lo empiezan a llevar para la Fuente de los Mirlos.

- ¡Que divertido!

Exclaman llenos de alegría. Y yo te digo a ti:

- ¡Mira, mira, Sinombre! Como si ya no hicieras falta para tirar del carro.

¡Lo que son estos niños! Y no les quitas los ojos de encima. Aunque en el fondo tampoco te apetece mucho mirar. Y no es que sientas envidia sino que temes que te lo rompan. Lo mismo me pasa a mí. Tu carro es tan bonito, parece tan de juguete, lo tenemos tan limpito y tan cuidado, que nos da miedo lo que puedan hacer con él. Y los niños, mira como lo arrastran y se suben y empujan y le dan meneos de un lado para otro. ¡Que nos dejan sin carro, Sinombre!

 

                                         Porque los demás, en cuanto han visto que tu carro recorre la explanada de las palmeras, enseguida lo han rodeado. Los que tiran se animan y los que acompañan se ríen y animan a los que tiran. Y los más decididos se suben y los otros se animan más y cantan canciones como si ya fueran camino del Rocío. O como si se fueran de excursión o a un viaje al fin del mundo. Como si fueran exploradores rumbo al último confín de la Tierra. Y tu carro de pronto se ha convertido en la diversión más jubilosa. ¡Lo que son estas criaturas! Precioso todo lo que ellos inventan y sueñan pero ¿a que parece que se han vuelto locos? ¡Pobre carro tuyo y lo que estás sufriendo! Pero menos mal que no eres tú el que en estos momentos tira de él. Nosotros vamos en la comitiva que acompaña hacia la Fuente de los Mirlos y también nos animamos. Mueves tu rabo sin parar, giras tus orejas de un lado a otro como si quisiera controlarlo todo y me miras. No te preocupes, te digo. Un día es un día y ellos se lo están pasando bien. ¿Qué mayor alegría, hay en el mundo, que la alegría de hacer felices a los niños? Pero estamos preocupados en estos momentos y no lo decimos. Sabemos que como nos descuajaringuen el carro vamos a estar disgustados por lo menos dos semanas. Los dos le tenemos mucho cariño a este carro tuyo y aunque luego lo podamos arreglar, porque te lo arreglaré yo, quizá no quede igual. ¡Con lo bonito, limpito y bien cuidado que lo tenemos!

 

                                         A ver si se cansan pronto o se distraen con otras cosas antes de que se desvencije el juguete. Porque también, los niños, cuando están ellos muy entretenidos con algo, como se les presente alguna cosa nueva, enseguida se ocupan de esto último y dejan lo que llevaban entre manos. Ojalá ocurriera algo de esto antes de que ya no tenga remedio lo que han cogido entre manos. ¿Y sabes lo que haría falta ahora? Que apareciera una de las ardillas. Seguro que los niños enseguida dejarían el carro y se dedicarían a la nueva diversión. Y No sería malo para las ardillas porque ellas, bien lo sabes, son también como niños. Correrán para animar a los chiquillos a que la persigan, porque las querrán coger, y ellas no se dejarán. ¡Bonitas son las ardillas para dejarse coger así como así! ¡Y como no tienen ellas árboles para subirse en éste, en el otro y en el otro! Vente, Sinombre, para este lado. Para el Ciprés de la Hiedra a ver si, la ardilla que sabemos, anda por ahí. A ver si está en el nido de la palmera y sale corriendo y la ven los niños. A ver si ocurre este milagro y la ardilla salva a tu carro de una muerte segura. Vente para este lado que ellos ya están llegando a la Fuente de los Mirlos y ahora se van para el rincón de los palmitos subidos. Desde ahí seguro que se vuelven para atrás y verás como pasan cerca del Ciprés de la Hiedra. Mira como gritan, corren, se caen y se levantan y siguen corriendo y ríen y tiran de tu carro y se agarran y se suben y se bajan y... ¡Madre mía, los traqueteos que le van dando! Que lo desbaratan y se les cae a trozos por este rincón. Pero no, mejor es que no mires, porque como dice el refrán: “Ojos que no ven corazón que no siente”. Menos mal que tu carro está construido con la mejor madera y clavado y pegado con el mejor pegamento. Que si no hoy podría ser su último día de vida. 

 

       A la Princesa

¿qué le diremos

cuando mañana

la encontremos

buscándonos por la tarde

entre los fresno?

 No la recuerdes tanto

ni le regales besos

que la Princesa es aroma

amiga del viento.

Suéñala y que nadie sepa

que la queremos.

 

 

 

 

12- La ardilla Trepadora y el balcón de Sinombre    Ir al índice

 

                                         Mario, el niño más cariñoso del mundo, se viene con nosotros para el lado del Ciprés de la Hiedra. Y fíjate, Sinombre, qué educado es este niño. Y contigo mira qué tierno. Desde que ha llegado no se aparta de tu lado. Como si te conociera de toda la vida. Y aunque los otros niños andan como locos divirtiéndose con el carro Mario no se va con ellos. Es como si tú le importaras más. Por eso se ha quedado aquí y te acaricia, te regala matas de hierba, te pone sus manos sobre tu lomo para decirte que te vengas por aquí o por allí y en todo momento está a tu lado. Pendiente de ti por si necesitas algo. ¡Qué buenos amigos os habéis hecho en tan poco tiempo! Este niño es un ángel ¿verdad Sinombre? Parece más serio, más inteligente, más noble, más limpio de corazón, más inocente, en el sentido hermoso de esta palabra, y con más sentimientos que aquellos otros. A ti te ha cogido gran cariño desde el primer momento. Por eso, ahora que nos venimos para el lado del Ciprés de la Hiedra, Mario se viene contigo y hasta parece protegerte de los otros niños no te vayan dañar. Desde que ha llegado te está protegiendo. ¿Qué pacto ha hecho Mario contigo y tú con él? ¡Qué bien que haya niños como Mario y como los que juegan con tu carro y como Caty, Deyanira, Albaluna…! Por el jardín todo parece ahora una fiesta. Algarabía y risas y fantasías de niños que sueñan sueños hermosos. Es como si todos los árboles del jardín y todas las plantas y todos los animales que viven aquí, de pronto hubieran dejado escapar de sí sus propios espíritus y, convertidos ahora en niños, estuvieran divirtiéndose con tu carro. Jugando a inventarse juegos, saltando, corriendo, bebiéndose el aire de la mañana y el perfume de las flores del magnolio. No sé si me explico. Pero tú me entiendes ¿verdad?

 

                                         Y mira, los otros niños, ahora mismo se vienen para la Pradera de las Violetas, por donde el Ciprés de la Hiedra. Por aquí estamos ya con Caty, Mario y Deyanira. Y aquí mismo van hacer una parada los que trotan con tu carro. ¿A que ahora es cuando tiene que ocurrir lo que esperamos? Mira para la palmera. Ves, tres niñas se han puesto a coger violetas, ahí mismo. Todavía quedan algunas violetas por entre las matas verdes y ellas las han descubierto. ¡Lo que les gusta a las niñas las violetas! Y juegan, también por ahí, con una mariposa blanca que surca el aire como si no pudiera o no supiera volar. A las niñas les hace mucha gracia el vuelo de las mariposas. ¿Sabes por qué? Porque todas las mariposas del mundo, cuando se elevan por el aire, parecen que se van a caer en cualquier momento. Se les ve como cansadas y, por eso hacen pensar, que tres metros más allá se van a caer para no levantar vuelo nunca más. Y como las mariposas son tan llamativas, por sus colores vaporosos y esta manera de trazar piruetas en el viento, todas las niñas del mundo se piensan que es fácil cogerlas. Y no es fácil, que te lo digo yo. Una de las cosas más difíciles del mundo es atrapar una mariposa en vuelo. Y parece lo contrario ¿verdad? Y esto es lo que las niñas se creen y por eso, en cuanto ven una mariposa volando, ya están corriendo a cazarla. ¡Que se lo creen ellas!

 

                                         Y mira, de pronto una de las niñas que persigue la mariposa, ha dejado su juego y corre buscando a Caty. ¿Qué habrá pasado? Se acerca y le dice:

- Ven corriendo verás lo que hemos visto ahí. Es un animal muy bonito que sube y baja por el tronco de la palmera y tiene una cola larga y esponjosa. Ven corriendo conmigo y verás, Caty.

Y justo en estos momentos, las dos niñas que cogen violetas junto a la palmera, empiezan a dar voces.

- ¡Corred y venid veréis que gato más peludo sube por el tronco de este árbol!

Los niños que se amontonan junto a tu carro, al instante se olvidan de él, lo dejan en la pradera y corren para la palmera de la ardilla. Caty se ha ido con la niña que la reclamaba y Mario, tú y yo, nos quedamos a la sombra del Ciprés de la Hiedra. Mario quiere subirse en tu lomo y, como a ti también te gusta, le ayudo al tiempo que te digo:

- Ya ha ocurrido lo que esperábamos, Sinombre. ¡Bendita ardilla amiga nuestra!

    

                                         Oigo a Caty que les dice a los niños:

- ¡Que esto no es un gato ni mucho menos! Hierbazul hay que ver las cosas que tienes tú.

- Pues entonces ¿qué es?

Pregunta intrigada Hierbazul.  

- Una de las ardillas que viven en el jardín. Tiene su nido arriba, entre las ramas de la palmera, donde hay muchas espinas para que las urracas no puedan atacarle. Que las urracas son los pájaros más dañinos del mundo. Sin corazón, matan y destruyen todo lo que tienen a su alrededor. Pero las ardillas saben defenderse.

Sinombre, ¿tú te has dado cuenta el nombre tan bonito que también tiene esta niña? Como si por aquí esta mañana hasta los nombres de los niños fueran de fantasía. Hierbazul es un nombre muy bello. La niña pregunta a Caty:

- ¿Y cómo se llama esta ardilla?

- Trepadora porque siempre anda trepando por los troncos de los árboles.

Y en estos momentos Trepadora baja aprisa por el tronco de la palmera y se pone a correr por entre las matas de violetas. Y tú sabes de qué manera corren las ardillas. A saltos cortitos y suaves. Como si estuvieran jugando y cada dos o tres saltos se paran, miran, se ponen de pie sobre sus patas traseras, miran en todas las direcciones y vuelven a correr otro poco. Así es como corre esta ardilla. Que las has visto muchas veces. También muchas veces has sido engañado por ella y por las otras. Porque al verlas correr, como si no pudieran, te has creído que era fácil cogerlas y has enristrado detrás de ellas para alcanzarlas. Pero Trepadora es muy lista. Más que tú y más que los niños que la persiguen ahora. Aunque es verdad que las ardillas no saben correr bien cuando están en tierra porque lo suyo es subir y bajar por los troncos de los árboles y saltar de rama en rama. Su mundo se desarrolla en las copas de los pinos y no en el suelo. Pero las ardillas también se manejan con soltura cuando tienen que moverse por el suelo. Y mejor se manejan en el suelo cuando ellas descubren que se les acerca algún peligro. Aunque no sepan correr con elegancia no hay guapo en el mundo que sea capaz de coger una ardilla corriendo por el suelo. Pero los niños se han creído muy listos. Igual que las niñas que persiguen a las mariposas en vuelo. Al ver que Trepadora casi no corre allá que van todos detrás de ella. ¡Qué bien, Sinombre amigo! Era justo lo que necesitábamos. ¡Y mira la ardilla! Parece que quiere echarse una carrera por entre las violetas y delante de los niños para llamar la atención y lucir su cola. ¡Qué presumida es! Y los niños, míralos, todos con la boca abierta mirando y corriendo detrás. Qué poco saben, todavía estos niños, de la vida. Pero es divertido y para nosotros más.  Que a lo mejor los que no sabemos de la vida, somos las personas mayores. Que puede que las mariposas, las ardillas, los niños y tú, seáis los más listos de todos.

 

                                         Se han olvidado de tu carro y ahora no existe para ellos otra cosa que no sea la traviesa ardilla. Mira como corre, se para, se pone de pie sobre sus patas, mueve su cola y vuelve a correr antes de que los niños la alcance. Recuérdame luego que tenemos que darle un premio a Trepadora. Cuando se vayan los niños tenemos que traerle nueces, almendras y avellanas para que se las coma. Como premio a lo que ha hecho por nosotros y, en concreto, por tu carro. ¡Bendita ardilla que desde hoy la vamos a querer más que nunca! Un beso grande le daremos luego.  Y sigue, sigue mirando verás como hasta parece que quiere exhibirse delante de ellos. Y claro, los niños, mira y escucha verás lo que dicen:

- Parece un peluche vivo.

- Y un león pequeño.

- Y un tigre bebé que busca a su madre.

- Como en los dibujos animados de las películas.

- Pero no seáis tontos que esto es una ardilla que vive en los pinos y come piñones y almendras y bellotas de las encinas de este jardín.

Les dice Caty que está muy acostumbrada a ver a Trepadora y las demás ardillas que viven por aquí.

 

                                         Mario, tú y yo nos vamos para la Reguerilla de la Ardilla y en estos momentos nos tropezamos con otra niña que viene corriendo en busca de Caty. ¿Qué le sucederá a ésta? Si esto parece hoy el jardín de los niños buscando fantasías. Y como si todo lo que por aquí encuentran ellos fuera un trozo de las fantasías que buscan. ¿A dónde irá corriendo esta niña? Y lo descubrimos enseguida porque le dice a Caty:

- Por ese lado hemos visto un rincón mágico. Hay mesas de piedra y asientos de madera y como queda por encima del pinar de la cuadra de Sinombre es como un balcón desde donde se ve la ciudad y Vega de Granada, el Monasterio de la Cartuja Vieja y Sierra Nevada y mucho más. ¡Ven corriendo verás qué bonito!

Y Caty sigue a la niña viniéndose para el lado de la huerta de los tomates enanos al tiempo que aclara:

- Este es el Balcón donde Sinombre se viene muchas veces a dormir la siesta a la sombra de los pinos. Aquí es donde hace más fresco en estos días de verano porque siempre corre un airecillo agradable. Y casi siempre este airecillo viene desde la Vega de Granada y como pasa por entre los pinos del pinar de la cuadra el aire huele que alimenta. Desde este balcón, además de esos sitios que dices, se ve su cuadra, el pinar desde arriba, las puestas de sol, su carro, la Fuente de los Mirlos, la Reguerilla de la Morera y también el prado de violetas y la palmera del nido de Trepadora. Todo esto y más se ve desde el Balcón de Sinombre y por eso a él le gusta tanto.

Y la niña prosigue:

- Pero este rincón es muy bonito. Nunca he visto un lugar más bello en la ciudad de Granada. Podemos quedarnos a comer en estas mesas de piedra, frente a estas vistas y a la sombra de los pinos. Y si dices que las puestas de sol que se ven desde aquí son de fantasía ¿Por qué no las disfrutamos hoy? ¿Son las puestas de sol más bellas del mundo? ¿Más bonitas que las que se ven desde la Torre de la Vela de la Alhambra o el Mirador de San Nicolás, en el Barrio del Albaicín? Caty, voy a llamar a los niños para que venga y vean.

 

                                         Y la niña se pone a llamar a los compañeros de colegio. Ellos siguen embelesados con el juego de la ardilla pero con los ojos y oídos bien abiertos por si aparecen más sueños. Algunos niños miran y quieren venirse para tu balcón pero otros no desean perderse las piruetas que regala Trepadora. En estos momentos se sube ella por el tronco de uno de los pinos y desde la primera rama da un salto y se engancha a las ramas de otros pinos. Y esto sí que es divertido para los niños. No se esperaban que la ardilla fuera la reina de los acróbatas. Ya la ves, salta de una rama a otra y cuando va por el aire, para no perder el equilibrio y caerse, con su larga cola busca la estabilidad.  La cola de las ardillas es como un timón. Contrapeso perfecto para ayudarse y enderezar el rumbo en los momentos necesarios.  Y esta ardilla nuestra, anda que no es artista con estas cosas. Los niños la siguen con la boca abierta y ven como salta y en menos de tres minutos se ha recorrido medio pinar. ¡Vamos, que ni se han enterado de lo que es capaz Trepadora ni cómo lo hace! Y menos se han enterado ellos porque todo les ha cogido así, tan de sorpresa, que ni siquiera les ha dado tiempo a averiguar si es de verdad lo que ven o están soñando. Ea, Sinombre, para que se enteren los niños de lo listos y sabios que son los animales. Que los humanos sabremos leer libros y sabremos escribir y echar discursos y máscosas pero las ardillas, Trepadora y todas las ardillas del mundo, son listas como el hambre y cuando quieren, se ríen de quien quiere. Y ahora que lo vuelvo a pensar y me acuerdo de tu carro te digo y me digo que qué bien lo está haciendo la ardilla primorosa. Ya de tu carro nadie se acuerda y de esto nos alegramos un montón. Recuérdame luego que les contemos a los niños unas cuantas historias de Trepadora. Se enterarán ellos de las cosas tan bonitas que hace y vive esta joya de ardilla.

 

                                         Dos de los niños que ya se vienen para tu balcón, al ver a Mario encaramado en tu lomo, dicen:

- Luego nos dejas que también que nos subamos un rato.

Y Mario, desde tu lomo, mira a sus compañeros y no les dice nada. Se siente él tan agustico sobre ti que parece como si ya fuera el dueño de tu lomo y de todo tú entero. Otro de los niños le dice a Mario:

- Has escogido lo mejor. ¡Anda que no debe ser divertido ir subido en el lomo de este burro! ¡Se sentirá unas cosquillas…!

Te miro y me doy cuenta que te enorgulleces. Hasta parece que faroleas un poquito y lo puedo entender. Te gusta a ti que Mario vaya montado en tu lomo y te gusta toda la algarabía, limpia y bella, que por tus dominios se ha organizado esta mañana. Todo es tuyo y todo lo has hecho tú con tu gracia.

 

                                         Desde el prado de las violetas, ya por donde la Reguerilla de la Ardilla, ahora vamos para tu balcón y caminas con una elegancia que da gusto verte. No puedes disimular que te sientes orgulloso de Mario. Se te nota a una legua. Y a él se le nota más. Los dos sois como niños entre grandes y pequeños. Por eso los demás niños, los que han estado tan ocupados con tu carro y Trepadora, al ver a Mario, se mueren de envida. Tú y él estáis llenando la mañana de un gozo diferente. Si hubiera muchos niños en el mundo como Mario y muchos burros como tú… Camino a tu lado con mis manos puestas en tu lomo para sentirte cerca y decirte por donde vamos a tirar. Algunos niños también se han puesto a tu lado y te tocan con sus manos. Como si te dijeran:

- Gracias a ti disfrutamos de este día tan bueno. ¿Cuándo es el momento de empezar los paseos?

¡Claro! Porque esto no ha hecho nada más que comenzar. Ellos y tú y todos esperamos que lo mejor vaya llegando. Pero en el fondo, aunque los dos sabemos que estos niños son sinceros, lo que están es esperando turno. En cuanto han visto a Mario subido en ti a ellos les ha entrado la envida. Sin decirlo claramente, están diciendo que en cuanto Mario se baje, les toca a ellos. ¡Lo que son los niños, Sinombre! Pero hacen bien. Me gusta.

 

                                         Sin embargo lo de Mario es especial. Los otros sienten envidia pero Mario te ha metido en su corazón y tú a él y por eso estáis unidos. Como en un sueño muy personal, como en un mismo sentimiento, como en un trocito de cielo todo vuestro. Y esto no se consigue teniendo envidia ni ansiando ser el primero para darse un paseo en tu lomo. Lo de Mario y tú con él es algo que pertenece al corazón, al alma, a la belleza, al cielo. Por eso Mario ha escogido la mejor parte. Te ha escogido a ti y te ha hecho su amigo. ¿Qué pacto habéis hecho?

 

 

 

13- El cielo de la mañana de julio   Ir al índice

 

                               Vamos para tu balcón, abrazados por la mañana y el aire fresco, y antes de llegar oímos a los niños preguntando a Caty:

- ¿A este lugar es donde te vienes tantas veces con Sinombre?

- En el “Balcón de Sinombre”, es donde juego con él tardes y mañanas.

- Pero tú nos has dicho que tenéis muchas cosas escritas.

- Un libro tan gordo como todos nuestros libros juntos.  Así o más.

- Pero Caty ¿tú conoces a Sinombre de toda la vida?

- Un año lleva él viviendo aquí y desde el primer día es mi mejor amigo.   

- ¿Y todo está escrito? ¿Y con los detalles y los juegos y…?

- Si os reunís aquí os leo algo de este mirador, de Sinombre y de mí. Como un poema pero en prosa porque se parece a un sueño ¿Queréis oírlo?

- ¡Sí, por favor, Caty! Ya estamos esperando que empieces.

Saca ella de su mochila un cuaderno y de entre sus hojas coge un papel escrito a mano. Lo abre y aclara:

- Lo que aquí se cuenta ocurrió hace unos días. Me vine al balcón a tomar el fresco en compañía de Sinombre y al vernos, su dueño, escribió lo siguiente:    

    

             “Sinombre, la niña en la mañana es tu cielo y es mi cielo y es el cielo de la mañana y por eso, este día de hoy, es tan bello, tan especial, tan dulce, tan blando gozo en el corazón… Julio se va. Pronto va a cerrar sus puertas y nos da las espaldas. Pero la mañana de este día es todavía de julio, todavía es suya. Y mira qué mañana tan fresca y hermosa. Un sábado más como tantos aunque con su beso especial. ¿Qué haces aquí tan lleno de paz, acostado en el balcón que lleva tu nombre, y con la niña sentada junto a ti?

 

                               Sinombre tiene su cabeza puesta sobre el banco de madera muy pegadito al cuerpo de la niña. Tiene sus orejas echadas para atrás y abre sus ojos de vez en cuando. Parece que quisiera dormirse pero a veces abre los ojos y mira a la niña. Está sentada ella en el mismo banco, rozando con su cuerpo la cabeza y cara de Sinombre, y con sus manos lo acaricia entre las orejas. Como si ella toda fuera corazón derretido pero en forma de beso dulce. Y parece como si él estuviera bebiendo de este beso, detenido en su paz, y en el silencio fino de la mañana pura. Y la niña acerca más su cuerpo a la cara de Sinombre y la mañana parece llenarse de un hondo mar de gozo. La niña es tan hermosa que hasta la misma luz de la mañana bebe de su belleza. Y tú ¿a que también quieres beberte a esta criatura?

 

                               Lo estoy viendo con los ojos de mi cara y lo estoy sintiendo en mi corazón. Te duermes en el gozo blando de la mañana fresca y no tienes más mundo que el cuerpecito de la niña derramado en tu cara. Su calor dulce te llena el corazón de vida y su caricia de ángel te deja como arropado en una eternidad deliciosa. Tengo envidia de ti, ahora mismo, Sinombre. Me gustaría besar a la niña en su cara como la besas tú y me gustaría sentir el calor de sus manitas como las sientes tú. La niña en la mañana es tu cielo y es mi cielo y es el cielo de la mañana y por eso, este último día del mes, es tan bello, tan especial, tan dulce, tan blando gozo en el corazón…

 

                               Sigue ahí en tu sueño y no tengas prisa. El cielo no está en ningún otro sitio sino donde tú ahora mismo sueñas. Todo lo demás, la mañana con su nueva y blanca luz, es solo un resplandor del cielo. El puro fresco que regala la mañana, es lo mismo: una simple ráfaga del aliento del cielo. Los trinos de los mirlos que cantan por entre las ramas del ciprés y el arrullo de las tórtolas son algunos de los sonidos del cielo. El rumor del agua de la Fuente de los Lirios y la paz de la mañana y el verde del pinar y el azul del cielo, todo, Sinombre, solo es un reflejo del aleteo del cielo. En la mañana y, ahora mismo, el cielo está aleteando por todas partes. Pero el cielo, en sí mismo y en su pureza más pura, lo es esta niña dulce. La que estoy viendo con mis ojos y gustando en el corazón. Sinombre, la niña que roza con su cuerpecito la piel de tu cara y el negro de tus ojos mientras te acaricia con sus manos de nata para que sientas el cielo, esta niña es el cielo. Tú lo estás gustando mientras yo te miro y ella nos besa. ¡Qué cerca tenemos hoy el cielo! ¡Y qué suerte tienes tú sentir el calor del cielo derramándose en tu cara en forma de corazón derretido! Tengo envidia de ti, Sinombre”. (J. Gómez. Memorias de Sinombre, 325)

      

                               Mario y Albaluna, sentados cada uno a un lado de Caty, la miran con cariño y le dan las gracias. Los miro yo a ellos y les noto en sus caras un brillo especial. Como si el cielo que acaba de contar Caty se le hubiera derramado por sus mejillas. También tienen un brillo especial el color de sus ojos y la delicada sonrisa que dibujan sus labios. Mario y Albaluna son muy guapos. Los dos niños más guapos que he visto en mi vida y su hermosura parece que le brota desde dentro. Como si en su interior tuvieran ellos un algo especial, una fuente manando belleza, que rebosa y los baña de esta belleza. Mario se levanta, se acerca a Caty y, dándole un cariñoso beso en la cara le dice:

- Gracias Caty. Regálame luego este poema.   

Le contesta Caty:

- Te haré una copia y te lo regalaré.

- Yo también quiero otra.

Le dice Albaluna.

 

 

 

14- Todos los niños se quieren subir en Sinombre por la Cuestecilla de los Granados     Ir al índice         

    

                                         Al terminar de leer todos los niños aplauden a Caty. Todos están de acuerdo en que es bonito este poema en forma de sueño y sienten ahora envidia de ti y de ella. Que se quieren venir a vivir contigo. Y como el jardín se ha llenado de niños, cuando menos nos lo esperamos, aparecen trayendo y llevando novedades, noticias y descubrimientos. Los niños, Sinombre, parece que nunca han visto un Edén como el nuestro. Quizá tampoco nadie les haya hablado de cosas semejantes a éstas. Sueñan ellos siempre con lo que ven en las películas, en los libros y en los cuentos de hadas. Y siempre creen, los niños y los mayores, que las maravillas están en no sé qué mundos lejanos. Que los paisajes hermosos y las cosas fantásticas ocurren y existen en otros sitios. En mundos irreales y lejanísimos. Y sin embargo, aquí, en la cabecera de la cuna de Granada, existe este mundo fantástico poblado de seres geniales como tú y ningún niño lo conoce. Tampoco los mayores.

 

                                         Los que llegan corriendo dicen a Caty:

- Por detrás de la Fuente de los Mirlos hemos visto un camino bonito que sube por una cuestecilla sembrada de granados y lirios. ¡Que precioso es eso, Caty! Y al remontar la cuestecilla se llega a una llanura que es de ensueño. ¿Y sabes lo que hemos visto en esa llanura?

Y Caty pregunta:

- ¿Qué habéis visto?

- Muchos naranjos cargados de naranjas verdes, redondas y menudas. También limoneros, laureles y rosales con flores. Y en el centro de la llanura hemos visto una fuente con flores blancas y rosas que flotan en los espejos del agua. Por debajo de las flores nadan peces de colores y de un lado a otro saltan las ranas. ¡Si supieras cuantas ranas hay y lo bien que cantan! Vente, Caty, vente corriendo y verás como no te engañamos.

 

                                         Caty se va con los niños y los otros la siguen. Todos intrigados y con ganas de conocer las nuevas cosas que han oído. Al pasar cerca de nosotros Caty nos pide que nos vayamos con ellos. Y al llegar a la Fuente de los Mirlos Mario se baja de ti. Porque ha visto él la cuestecilla que hay desde la Fuente de los Mirlos para arriba y no quiere que te canses. Lo hace por tu bien pero no quiere irse de tu lado. Al verte libre todos los niños se amontonan a tu alrededor con la ilusión de subirse en tu lomo. Otra vez Caty tiene que intervenir para ordenar las cosas. Porque los niños parecen un enjambre de abejas alrededor de su reina. Ellos son las abejas y tú eres la reina, que en este caso, por ser un burro machote, eres rey. ¿Cómo se van a subir todos a la vez en ti? ¿No caen en la cuenta? Mario sí y por eso les dice:

- Es que lo vais a arringar y nos quedaremos sin él para siempre.

Mario tiene razón. Por nada del mundo yo tampoco quiero que te quiten la vida. Ya tienen mucha suerte estos niños con tenerte hoy todo entre sus manos. Que esto no se lo permitimos a cualquiera. Ni por todo el oro del mundo. Y si, además, los dejamos que se paseen en tu lomo, eso sí que es ya mucha suerte para ellos. Los dos sabemos por qué. Y como Caty sabe lo que es mejor para todos aclara:

- A Sinombre, lo primero que tenemos que hacer, es ducharlo para dejarlo limpito. Y lo segundo es que hay esperar turnos para subirse en él. Lo vamos echando en suerte y a quien le vaya tocando se va subiendo un rato y luego se baja y se sube otro y así. Todos nos vamos a dar un buen paseo o dos o tres por estos rincones sobre su lomo. Pero hay que hacerlo con orden porque sino le quitamos la vida. Y en este rincón, todos los que por aquí vivimos, Sinombre, nosotros y su dueño, lo que más practicamos siempre es el respeto con los otros. Ya os lo he dicho antes: esto de aquí nuestro no es la vida real, es como a nosotros nos gustaría que fuera la vida. Y nuestras máximas son: sinceridad y respeto.

La entienden ellos y aceptan lo que les dice. Porque los niños nunca son tontos. Sin embargo uno protesta:

- ¡Claro, Mario sí y nosotros no!

Y otro pregunta:

- Y lo emocionante ¿Cuándo empieza?

- Llegará en su momento.

Mario guarda silencio y luego, acercándose a ti, en la oreja, te dice:

- ¿Que cuando empieza lo emocionante? Cómo si tú no fueras toda la emoción del mundo. No los entiendo. Albaluna ¿tú que dices?

 

                                         Y en la mañana hermosa de este día festivo, final de la primavera y principios del verano, la veredilla que sube por la Cuestecilla de los Granados se ha llenado de alegría. Remontas por ella con dos niños en tu lomo. Una niña morena con los ojos negros como los tuyos, Albaluna, y un niño de pelo rizado y ojos azules, Trebolito. Azules sus ojos como los de nuestra Princesa y, también como los ojos de Dios. Otros dos niños van agarrado a tu rabo y, a un lado y otro tuya, van más niñas y niños y cantan canciones sencillas. Mario se ha puesto delante de ti y te va llevando. Mirando para el suelo por si hay alguna piedra no vayas a tropezar. También busca matas de hierba que de vez en cuando arranca y te las da al tiempo que te dice:

- Para que tengas fuerzas y no te canses. Y ve con cuidado no vayas a tropezar. Tampoco corras mucho que esta cuesta es muy mala.

 Los demás niños qué contentos están y cuanto cariño y mismos te regalan. Alborozados suben y tú gozoso porque te van entregando su alegría. Tú, todos los días, recorres la Veredilla de los Granados y por eso te la sabes de memoria. Pero para Mario es nueva y por eso te la va explicando.

- Mira, Sinombre, por este lado quedan los granados con sus flores grana, que por eso son granados. Bueno, también dicen que se les llaman granados, porque sus frutos, las granadas, tienen muchos granos. ¿Tú los has visto alguna vez? Los granos de las granadas son como los rubíes. Pequeños, del tamaño de un garbanzo, y rojos como la sangre cuando brota de las heridas en las manos. ¿Has probado alguna vez los granos rubíes de las granadas? Están riquísimos y, con azúcar o miel, para chuparse los dedos.

 

                                         Y al oír esto me río pero con respeto porque no es de Mario de quien me río. Él te lo ha dicho con mucho cariño y lleno de ternura. Pero me hace gracia su inocencia. ¿A que a ti también te hace gracia? Es que no es para menos ¡Qué cosas tiene Mario! ¿Que si has probado tú alguna vez los granos de las granadas de Granada? ¿Te acuerdas el otoño pasado cuantas nos comimos sentados a la sombra de la Encina Grande? Nos los comíamos con azúcar y miel y con higos y uvas, que seguro que estos niños no lo saben. Seguro que ellos nunca se han comido un buen puñado de granos rojos de granadas mezclados con uvas moscateles o con trozos de higos bermejos. ¿Te acuerdas el año pasado? Hasta nos pusimos perdidos, yo las manos, la cara, la boca y los dientes. Y tú, el hocico, tus dientes grandotes, tus orejas y tu pelo suave. ¿Y te acuerdas cuando nos pinchamos los dos a la vez por querer coger la granada más gorda del granado grande de esta Cuestecilla de los Granados? Porque esto a lo mejor tampoco lo saben los niños: que los granados pinchan como los erizos. ¡Que tienen unas espinas que dan miedo verlas! Pero es normal que los niños no sepan nada de esto. Por eso se creen ellos que todo lo que hay por este paraíso lo estás viendo ahora por primera vez. Déjalos en esta inocencia, Sinombre. Que esta inocencia suya a nadie daña. Ni siquiera a ellos y menos a Mario. Porque míralos qué felices son. Y lo que hoy nos interesa es que sean dichosos contigo y con las sencillas cosas que  aquí tenemos. Pero a lo que te ha dicho Mario algunos niños exclaman:

- ¡Pareces tonto! Como si los burros supieran lo que sabemos nosotros. ¡Que los granos de las granadas son rubíes! ¿Es que te has caído de las nubes, pamplinica?

Mario no contesta. Me duele lo que le han dicho y creo que a ti también. Caty se ha dado cuenta y también Albaluna pero tampoco dicen nada. Y los demás niños, escucha que canción más curiosa te cantan mientras suben contigo por la Cuestecilla de los Granados. Se la han inventado para ti:

 

   Tus ojos son negros

y tu pelo es diamante,

eres caramelo,

una estrella brillante

y un trozo de cielo.

  Tu rabo es azul

siempre en movimiento,

eres algodón

enredado al viento

de la fresca mañana

de caramelo.

   Tus orejas son largas

como largos sombreros,

eres miel en rama

derramada en el suelo

 endulzando a las hadas

de nuestros juegos.

 

                                         Y como ellos, en su inocencia creen que eres nuevo hoy por aquí, mientras te van llevando por la Cuestecilla de los Granados y tú los paseas, te cortan flores de adelfas. Te las tiran y te las cuelgan en las orejas. Y, de los mismos granados que cubren la ladera, te arrancan flores frescas y ramitas de laurel del árbol que hay entre los limoneros. Los niños te adornan torpemente pero ellos creen que te engalanan con el más hermoso de los trajes. Por eso, otra niña  te dice:

- ¡Guapo!

Y los demás niños, graciosamente repiten:

- ¡Guapo, guapo y guapo!

 Y te cubren con sus risas y parece que quieren anunciar a los cuatro vientos lo hermoso que eres. Como si regresaran de una conquista grande por algún lugar del mundo y tú fueras el trofeo de sus triunfos. Y tanto se ha llenado de su gozo este rincón del jardín, por la Cuestecilla de los Granados, que hasta la tórtola turca se ha venido cerca. En la última rama del ciprés último, por donde la Fuente de los Nenúfares, se ha parado. Y desde ese balcón, ya colgado en el cielo, se mece y te mira y mira a los niños y no se asusta. Mueve su cabeza y lanza sus arrullos al limpio aire de la mañana. Y el cernícalo ¿lo oyes? Parece que hasta la torre del monasterio viejo de la Cartuja ha llegado la algarabía y el juego que los niños se tienen contigo y, el cernícalo que vive en esa torre, ha levantado vuelo y mira por donde va. Surcando el cielo del Edén Azul y gritando a los cuatro vientos la inquietud que le habéis metido en el cuerpo. ¡Y anda que los graznidos del cernícalo no se oyen lejos! Como vuela alto, extendidas sus alas al viento y abierta su cola como un abanico, cada vez que lanza un grito se oye en toda Granada. Menos mal que los vecinos ya están acostumbrados a los chillidos de esta rapaz que si no seguro que ya estarían asomados a los balcones de sus pisos a ver qué sucede por este rincón del mundo.

 

                                         Mario te dice:

- Luego te ducharé yo y te peinaré. Aguanta un poco más que ya hemos subido lo peor. Pero no corras que se te puede parar el corazón.

Albaluna contesta:

- Y yo te ayudo a ducharlo. Que quiero ganarme el cariño de Sinombre para tenerlo como amigo cuando me venga a vivir a la cabaña. Caty ¿nos va a dejar?

Y Caty les dice que sí. Que estás muy sucio y no es culpa tuya.

 

 

15- Por donde la Fuente de los Nenúfares      Ir al índice

 

                                         Mientras los niños suben contigo por la Cuestecilla de los Granados te miro desde la Fuente de los Mirlos. Aquí me he quedado, dejándote con ellos, solo unos momentos. Quiero verlo todo desde una cierta distancia. Por la explanada de las palmeras, antes de la fuente y entre el Ciprés de la Hiedra, veo tu carro. Ahí lo han dejado de cualquier manera. Como si ya no les gustara o como si ya no sirviera. A ellos quizá no pero para nosotros… ¡Con lo que es tu carro para ti y para mí! Y para el jardinero… Que bien sabemos la de veces que le hemos echado una mano en muchas cosas. Y bien sabe el jardinero lo útil y bueno que es tu carro y la falta que hace en este jardín. Pero los niños ahí lo han dejado de cualquier manera.

 

                                         Pero no te preocupes tú que luego lo volveremos a su sitio. Y limpiaremos un poco el terreno por debajo de la noguera y organizaremos tu balcón. Los asientos de madera de tu balcón, donde me siento a leer y a contemplar las tardes de Granada y la Vega cuando te acuestas a mi lado, también los han dejado desorganizados. La mesa, los asientos y los taburetes del tronco de la noguera que cortaron el año pasado, todo está patas arriba. Tu balcón ahora mismo no es lo que siempre. Tampoco te preocupes. Luego lo organizaré un poco para que las cosas estén como a nosotros nos gustan. Tu cuadra no la veo desde aquí. Me la tapa el pinar y la ladera por donde va la Senda del Pinar. ¿Cómo habrá quedado tu cuadra? Seguro que la han revolucionado pero te digo lo mismo: de arreglar tu cuadra me encargo yo en cuanto la paz reine en el mundo. Que sé muy bien cómo te gustan a ti que estén las cosas en ese recinto. Y escucha lo que te digo: no hay que culparlos de nada ni tampoco hay que enfadarse con ellos. Te contaba esto solo porque al echar una mirada, ahora que se van contigo, he visto la soledad que han dejado tras de sí. Lo que hace solo unos minutos les divertía tanto ya está olvidado de ellos. Mudo todo y como en una gran soledad. Y hasta da la sensación que esta soledad va a quedarse por aquí durante mucho tiempo. En cuanto se vayan los echaremos de menos. ¿Por qué será esto así? Nos volveremos a quedar solos y nos sentiremos tristes. Ya la verás. Que un mundo sin niños es lo más triste del mundo, Sinombre.

 

                                         Te oigo ahora rebuznar, entre sus gritos, y miro para la Cuestecilla de los Granados. Ya no te veo ni los veo por ahí a ellos. Estáis ocultos al otro lado de la Cuestecilla. Ya habéis remontado y andáis por la llanura de la Fuente de los Nenúfares. ¿Te pasa algo? ¿Te han hecho alguna travesura? Tú sabes que desde la Fuente de los Mirlos a la Fuente de los Nenúfares va una trocha que corta la ladera de la Cuestecilla de los Granados. Por esta veredilla corro subiendo para ver qué os pasa. ¿Qué es lo que ha ocurrido? Subo jadeando, con el corazón en un puño y pensando solo en ti y en ellos. Que lo que menos quiero yo es que hoy ocurra algún accidente por aquí. Que nunca en el mundo le ocurra nada malo a ningún niño y, a los que han venido a visitarte, menos todavía. Pero tu rebuzno de nuevo retumba por el rincón de la fuente y hasta mis oídos llega desgarrándome el alma. ¿Pero qué te pasa a ti o a los niños, Sinombre? Pregunto sin aliento porque subo a toda prisa. Te llamo antes de asomar a la llanura al tiempo que miro buscándote y buscándolos. Por entre las ramas de los romeros y las cilindras te empiezo a descubrir y lo primero que observo es que sobre tu lomo no hay ningún niño. Si hace solo unos minutos subías por la Cuestecilla de los Granados con dos trozos de cielo sobre ti. ¿No se te habrán caído los niños que traías en tu lomo? ¿No te habrás puesto a dar coces y, sin querer, le has dado una patada a uno? Aparto las ramas de los romeros, me agarro al naranjo que crece al borde mismo de la ladera y tiro de mí para acabar de remontar. Ya estoy aquí ¿Dime qué pasa? Y veo que, al descubrirme, te vienes trotando a mi lado. Al menos, ahora, ya sé que estás bien. Que a primera vista parece que a ti no te ha pasado nada. Te acercas más a mí y rozas tu cabeza contra mi pecho. Como si me saludaras después de un millón de años sin vernos. Pongo mis manos entre tus orejas y te acaricio al tiempo que te digo:

- También me alegro encontrarme contigo aunque hace solo unos minutos que dejamos de vernos. Tú y todos los niños estáis que se os sale el corazón por la boca. ¿Qué ha pasado?

 

                                         Y con mi mano sobre tu cabeza caminamos hacia los niños que rodean a la Fuente de los Nenúfares. Al verme ellos contigo nos abren paso y, por el lado de arriba de la fuente, por donde aquel día te bautizamos con tanta alegría y flores, nos dejan acercarnos. En cuanto los niños se retiran para abrirnos paso empiezo a descubrir algo que ya me sospechaba. Dos niños, Mario y Albaluna, están sentados en el borde de la fuente. Justo donde derramamos el agua sobre tu cabeza el día del bautizo. ¿Te acuerdas? Que hasta ese mismo día y momento no tenías nombre. ¿Y qué nombre te íbamos a poner a ti que te cuadrara bien? La Princesa nos lo sugirió. Y como fue idea de la Princesa a todos nos gustó y a ti más. Por eso, desde aquel día y cada vez que alguien pronuncia tu nombre, la recuerdas y así parece que la tienes siempre dentro del corazón. Para que no se te olvide nunca ni en ningún momento. ¡Qué ajeno a todo esto están los niños que ahora tenemos aquí! Pero en fin, ellos no saben nada de tu vida ni de la mía y no es el momento de ponernos a explicárselo. Si se tercia luego le contaremos todo lo que ellos quieran saber y sea necesario. Que tu vida y mi vida son muy largas de contar.  

 

                                         Los dos niños sentados al borde de la fuente nos miran serios y como si se sintiera culpables de algo. Están chorreando. Su pelo, su ropa y todos ellos enteros están empapados como una sopa. Nos paramos antes de llegar a la fuente. ¿Para qué quiero acercarme a este niño y a esta niña ni a la fuente? ¿Qué me han hecho ellos a mí? En todo caso, si nos acercamos, es para darle un abrazo, yo y tú, un beso. Que los queremos ya como si los conociéramos de siempre. Y tú, más que ninguno de los que estamos ahora por aquí. Pero a ti, Sinombre, ¿te han hecho algo? Los veo como asustados, como si esperaran que alguno de nosotros se pusiera a regañarles. Te acaricio en la cabeza y me sigo preguntando que ¿por qué voy a regañarles yo? ¿Qué es lo que han hecho? Y aunque hubieran hecho algo, que no lo sé, pero por lo que estoy viendo parece que sí ha sucedido algo feo aquí, ¿quiénes somos para regañar a los niños? Ni tú ni yo ni nadie. Te miro y miro a los demás que me miran esperando no sé qué. Y la verdad, Sinombre, es que me siento un poco extraño. ¡Con lo contentos que estabais hace un rato y la seriedad que de pronto hay aquí! Por eso no sé ni qué hacer ni qué decir.

 

                                         Miro al corro de niños que rodean a la fuente y a las dos criaturas sentadas frente a nosotros y te miro a ti. Me gustaría saber lo que ha pasado pero por otro lado, si es para culpar a alguien o acusarlo de alguna travesura o equivocación, no quiero saberlo. Que nadie me diga nada. Ni tú tampoco. Porque bien sabes que lo nuestro no es andar acusando a las personas, animales o plantas, de esto o de aquello. Sabes que todos en la vida, tenemos derecho a equivocarnos, a cometer alguna torpeza o travesura, a no hacer las cosas como está mandado y eso no es motivo para acusar a nadie ni para juzgarlo o condenarlo. Que de condenas y prohibiciones y acusaciones y otras cosas parecidas ya está el mundo más que sobrado. Así que si se trata de regañar o acusar a alguien no quiero saber nada de lo que por aquí ha sucedido. Ni tú tampoco. Por aquí esta mañana no hay más novedad que la belleza de los niños jugando contigo y sus risas y los cantos de los pajarillos y los juegos de las ardillas y el vuelo de las mariposas y todo esto y mucho más que es lo que siempre hubo por este rincón. Nosotros no somos jueces de nadie sino amigos de todos aquellos que sean amigos de la inocencia, de la belleza, de la sinceridad y del respeto. Así que ¿sabes lo que te digo? Que ahora mismo vuelva otra vez la alegría al rincón y que nadie tenga caras largas ni miedos en el corazón.  Pero Mario y Albaluna están muy serios, tristes, apenados.

 

                                         Sobre el borde de la fuente, a la derecha de los cuatro niños, veo tres o cuatro flores de nenúfares rotas. Muy bonitas con tonos rosas y blancos. Las flores de los nenúfares se parecen un poco a las del magnolio. A la rosa blanca del magnolio, con la que tú jugabas a primera hora de la mañana, nosotros no la hemos cortado. Ahí sigue en su rama y se mece al viento mientras nos mira ahora. Pero estas delicadas flores de nenúfares alguien las ha cortado de las matas que flotan en las aguas de la fuente y las ha puesto encima del poyete. A la izquierda de los dos pobres niños, porque compasión es lo que inspiran ellos, veo algo que me hiere en el corazón. Son cuatro o cinco ranas sin vida. Alguien las ha puesto aquí ya muertas. Y entre las flores cortadas de los nenúfares y las ranas muertas están sentados Albaluna y Mario. A las espaldas de las criaturas se remansa el agua de la fuente y también me llama la atención. El agua de la Fuente de los Nenúfares no está clara como sí la vemos todos los días. A la fuente parece que le han echado tierra y por eso el agua se ve color chocolate tirando un poco a cieno. Y los peces de colores que, desde siempre viven en esta fuente, nadan asustados y como si no encontraran donde refugiarse. Siempre se esconden entres las raíces de los nenúfares, debajo de las hojas de estas plantas y entre las flores cuando están abiertas. Pero ahora mismo los peces parecen asustados y, como el agua está  sucia, los pobrecillos peces de colores no saben qué hacer. Tampoco saben qué hacer o decir los dos niños ni las cinco ranas ni las cuatro flores de nenúfares ni los demás niños que en corro rodean ni tú ni yo ni nadie. Veo a Caty que se nos acerca y dice:

- No pude hacer nada para evitarlo. Lo siento mucho.

Como no sé qué comentar porque, sobre lo que estoy viendo, no tengo nada que decir, guardo silencio. Dos profesores se adelantan y hablan para expresar más o menos lo mismo Caty. Y tú, Sinombre me miras triste y Caty nos pregunta:

- ¿Qué podemos hacer con las ranas muertas?

 

                                         En estos momentos me acuerdo de tu Encina Grande, de la ardilla que aquel día enterramos cerca de donde duermes tú casi todas las noches, del mirlo que también enterramos aquel día y los dos ruiseñores. Me acuerdo de este pequeño rincón donde enterramos a todos aquellos animales y cosas que se nos mueren por aquí. Y esto es normal: donde hay seres vivos siempre sucederán las dos cosas más reales de la vida: nacerán animales y plantas y morirán animales y plantas. Esto es ley de vida. Es lo que ha ocurrido en el mundo desde el principio de los tiempos y así seguirá siendo hasta el final de los tiempos. Por eso, ante este cuadro tan serio y un poco desconcertante que de pronto se ha originado aquí, te miro y te digo:

- Venga, Sinombre, ahora mismo hay que subir a estas criaturas en tu lomo. Le tenemos que levantar el ánimo y decirle que no se preocupen por lo que ha ocurrido. Ponte mano a la obra con Caty y que estos niños se suban en tu lomo que les vamos a dar el paseo más bonito de todos. Y a los demás, a ver si se te ocurre algo para que se les quite el miedo y sigan con sus juegos. Yo, mientras tanto, voy a cortar unos juncos para hacer una pequeña cuna y la revisto con hojas de violetas y pétalos de rosas. En la cuna nos vamos a llevar a las ranas muertas y junto a tu Encina Grande les damos sepultura. Como hicimos con la ardilla y el mirlo y los ruiseñores. Y búscate a niños o niñas que quieran coger las flores de los nenúfares que hay al borde de la fuente. Junto con la cunita de juncos y las ranas sin vida nos las vamos a llevar a tu Encina Grande. Ahí sobre la tierra dejamos estas flores para que, mientras se acaban de marchitar, den un poco de belleza al rincón de los seres que ya no viven entre nosotros. Como si fuera un cementerio pero muy especial. A todos nos pasará lo mismo algún día. Así que mano a la obra y que nadie esté triste ni acuse a nadie de nada. Con lo bella que es la vida y la mañana y estos niños y tú y nuestra amiga Caty y esta Fuente de los Nenúfares y todo el rincón, nuestro Edén Azul, y el cielo claro que lo cubre y el aire limpio que corre…

 

                                         Venga, que hay que llenar de rosas y, no de espinas, la vida de los niños. A todo el mundo pero especialmente a ellos. Que Dios llenó al mundo de belleza, de flores, de luz, de colores y olores para los niños. Para todos los seres vivos del Universo, pero especialmente para los niños. Para todos aquellos que son capaces de hacerse niños con los niños. Y si Dios nos ha hecho gozo y belleza y nos regala el Universo lleno de gozo y belleza, porque quiere que seamos gozo y belleza ¿por qué nosotros vamos a dejar de ser gozo y belleza? ¡Ni hablar! Así que venga: todo hay que hacerlo como si se tratara de un juego más. Porque es un juego.

 

 

 

16- Un juego muy singular    Ir al índice

 

 

 

       Qué hermoso vas tú, Sinombre,

con cuatro ángeles en tu lomo

por entre la luz de la mañana

y los pinos del asombro.

Te estoy mirando desde el alma

y no te veo con mis ojos,

te veo con el corazón

que otra vez es todo gozo.

¡Qué hermoso vas tú, Sinombre,

meciendo al cielo en tu lomo!

 

                                         Y ¿sabes qué te digo? Que a los niños yo pensaba haberle enseñado el rincón de la Fuente de los Lirios. Para que vieran las tres fuentes: la grande, la de las aguas en cascadas y las algas esponjosas y las dos fuentes azules y más pequeñas que ahí corren. Que hubieran visto ellos también el viejo cedro, el rincón de las nogueras y el mirador de las pilistras. ¡Con lo bonito, fresco y oloroso que es el rincón y que ahora no puedan verlo! ¿Te acuerdas cuando hace unas tardes por ahí trotabas detrás del gato para que no se comiera a las currucas chicas? ¡Qué divertido fue aquello y cuanto me gustó verte tan valiente defendiendo a los más débiles! Y te lo digo porque el rincón de la Fuente de los Lirios a los niños les habría gustado mucho. Y si los hubiéramos llevado al de la Fuente de la Estrella, ahí si que habrían disfrutado. Ya están florecidos los árboles del Paraíso. Engalanados con mil ramos de flores encarnadas y verdes como un fresco prado de hierba. Y anda que los pinsapos no están bonitos. ¿Saben estos niños lo que es un pinsapo, Sinombre? Se lo habríamos enseñado para que hubieran aprendido y les habríamos enseñado las madroñeras centenarias. No tienen madroños ahora porque tú sabes que las madroñeras florecen y maduran sus frutos en invierno. Cuando más frío hace pero son tan bonitas las madroñeras de la Fuente de la Estrella que solo para verlas merece la pena un paseo por el rincón. Las abubillas, en estos día y por ahí, revolotean y a todas horas se les oyen y se les ve cantando y dándoles de comer a sus crías. Que a lo mejor estos niños tampoco saben lo que es una abubilla. ¡Y anda que no son preciosas! Con sus plumas de colores, sus crestas en forma de corona y su pico largo como la nariz de Pinocho. Por ahí surcan el viento y cantan, posadas entre las ramas, los abejarucos y las oropéndolas. Los pájaros de cantos aflautados y plumas del color del oro. ¡Qué cosas más bonitas se están perdiendo estos niños! Y lo del Estanque de los Patos ¿qué me dices? Y el rincón de las Mimosas, por donde crecen las mimbres y el de la Cascada de las Lilas y por donde el ciprés de las ramas en forma de cruz. Pero sobre todo, a donde a mí más me habría gustado llevar a los niños es al rincón de la Fuente de los Lirios. 

 

                                         Y ya sé que me estás diciendo que la Umbría de los Olivos ¿qué? Pues que ese paraíso perdido y, fantásticamente rescatado por los mochuelos, hubiera sido el postre. Al caer la tarde de este día de hoy y, después de la piscina, todos nos habríamos venido a la Umbría de los Olivos. Los viejos olivos que tienen troncos que parecen fantasmas. Llenos de agujeros, con muchas grietas, ennegrecido el corazón de estos troncos, con las ramas cuajadas de nudos y los mochuelos metidos en los agujeros de los troncos de los olivos. Estos niños son de Granada y, la Umbría de los Olivos Fantasma, queda a dos pasos de la ciudad. Pero ¿saben estos niños que existen los olivos de la Umbría de los Olivos Fantasma? Estoy seguro que no. Ni estos niños ni otras personas. Y sin embargo, ahí están los olivos que estamos diciendo. Reales como el sol que nos alumbra, clavados en la tierra entre retamas y mirando al río, solitarios y majestuosos y aun siendo tan bellos, nadie se fija en ellos. Nadie los aprecia ni nadie se para a gozar de su belleza. ¿Lo entiendes? Y cuando llega la época de la aceituna, qué alegría y a la vez qué tristeza darse una vuelta por entre este mágico olivar. Solo los mochuelos, los zorzales, los mirlos y algunas otras aves, aprovechan las aceitunas que dan estos olivos. A los niños les podríamos haber hablado de esto y hasta les habríamos cogido algunos de los mochuelos más dóciles para que los hubieran visto de cerca. Porque a lo mejor tampoco han visto en su vida un mochuelo de cerca. Y en sus manos ¿han tenido ellos alguna vez un mochuelo? ¡Qué bonitos son los mochuelos! ¿Te acuerdas de este invierno pasado? Y el nido de un mochuelo y los mochuelillo en el nido ¿los han visto ellos alguna vez? Seguro que no. Así que fíjate cuantas cosas y muchas más podrían haber visto y aprendido los niños hoy.  

 

                                         Pero ahora van contigo por el Pinar de los Almendros, el que llamo del “Asombro”, vereda arriba hacia la Encina Grande. Delante de ti ahora no va Mario ni Albaluna. Te guía Caty. Sobre tu lomo van cuatro niños, ellos y ellas, y no son los que has paseado antes. Son otros niños también guapos. Delante de Caty van tres niñas guapas y en sus manos llevan la cunita de juncos verdes tapada con hojas de violetas y pétalos de rosas. En la cuna color de hierba y, sobre las blancas manos de las niñas, van durmiendo las ranas que ya no cantaran en las noches estrelladas. Muy serias van estas niñas, Sinombre. ¿Por qué no ríen o cantan o sonríen y llenan la mañana de azucenas? No me gusta esto. ¿A que las ranas cantan todas las noches? Porque con el canto de las ranas el Universo se regocija. Y si todos los niños del mundo cantan, sonríen, juegan, gritan, corren… eso si que es júbilo para el Universo, para la Creación.

 

                                         Las ranas cantan todas las noches. Las oigo desde mi cuarto y, a veces, te oigo a ti jugando con ellas porque no te dejan dormir. O quizá más bien porque a ti te gusta venirte a la Fuente de los Nenúfares a beber agua y a oír el concierto que todas las noches las ranas organizan. Me apuesto contigo algo a que esta noche, en cuanto dejen las chicharras de chirriar y salga la luna, las ranas vuelven otra vez a llenar de música el rincón de la Fuente de los Nenúfares. Y no le hagas caso a los que dicen que el canto de las ranas no es música sino ruidos desagradables. No les haga caso a éstos. A cada ser viviente, humanos y animales, Dios nos ha dado las cualidades que Él ha querido. Y dime tú ¿por qué el croar de las ranas no puede ser tan bello como el sonido de la flauta más dulce? Y sé que cuando esta noche salga la luna y el airecillo refresque las ranas volverán a llenar de hermosos sonidos todo este rincón del jardín. ¿Qué te apuestas conmigo? Y las ranas que llevan las niñas sobre la cuna de juncos camino del cementerio de la Encina Grande cuánto no habrán cantando a lo largo de las noches pasadas. A lo largo de la primavera y en lo que llevamos de verano. Sé yo que tú lo sabes y las estrellas que por la noche se reflejan en las aguas de la fuente. ¿Por qué, entonces, estas niñas no sonríen? Que la joya que mejor le sienta a la hermosura siempre es la sonrisa, la alegría, el gozo, la paz, la belleza del alma. ¿Pero dónde, en estos momentos, están las joyas de sus sonrisas?

 

                                         Porque te decía y te digo que las tres niñas que van delante tuya las veo muy serias. Y más seria va Caty. ¡Con lo que les gusta a las ranas la alegría y el canto y saltar y zambullirse en el agua y correr unas detrás de las otras y comerse los mosquitos que en la noche vuelan y jugar con los peces y con los nenúfares! Sinombre, qué triste me parece a mí este entierro. Y ahora por aquí, fíjate, hasta huele el aire a mirto, a jazmines y a flores de espliego. Ya está florecido el espliego, la lavanda, de donde destilo la esencia con la que te perfumo cuando te ducho. Que también quería yo que los niños hubieran visto las damas de noche que hay junto al manantial de la Fuente de los Lirios. Hace unos días que han florecido y ahora, por todo ese rincón de luz y verde, huele el aire a cielo. Y al amanecer y por las mañanas, sobre estas horas, es cuando mejor huele todo el rincón. Anda, diles tú a las niñas que van delante de ti llevando a las ranas muertas, que sonrían un poco y que alegren la mañana. Y díselo a los niños que llevas sobre tu lomo y a los que van a tus lados y a Caty y a los maestros. ¿Por qué no sonríen los maestros? ¿Por qué se les ve tan serios? Y a Albaluna y a Mario ¿qué les ha pasado? Porque ellos no van ni delante de ti ni en tu lomo sino detrás. Como si fueran los culpables, los acusados, los malvados, los… Sinombre, a ver si pudiéramos animarlos un poco. Y si alguien les ha dicho que han sido malos o que están castigados o que ya se acabó la excursión por hoy tendremos que hacer lo que podamos para convencer a este alguien de que no tiene razón. Porque ¿a que no han sido malos los niños? ¿Cómo van a ser malos los de corazón tan puro? ¿Qué podemos hacer para que les quiten el castigo y que vuelvan a sonreír y a jugar todo lo que quieran? ¿Qué les ha pasado a Mario y a Albaluna?

 

                                         Ya me doy cuenta que haces lo que puedes. Mientras caminas por entre los pinos del Pinar del Asombro, con los cuatro ángeles en tu lomo, sin sonrisa y empapados con el agua de la Fuente de los Nenúfares, trotas un rato, mueves tu rabo con entusiasmo, otro rato, meneas tus dos orejas en todas las direcciones y miras a los niños directamente en los ojos. Para ver si ellos se animan un poco más. Para ver si se agarran a tu rabo y te tira de él, en plan de juego, y de este modo vuelve la risa a esta mañana fresquita. Y lo de tus orejas, moviéndose sin parar de un lado para otro como si fueran dos antenas que buscan cobertura, sé que lo haces para provocarlos. Para que les entren ganas de darte unos tironcillos de orejas a ver qué haces. Y tú ¿qué vas a hacer si los niños te tiran de las orejas? Agacharás la cabeza, harás como que te molesta pero enseguida levantarás otra vez la cabeza y los mirarás de frente. Que eso es lo que quieres. Mirar a los niños de frente y a los ojos. Para que ellos no se olviden de que tus ojos son más grandes que los de cualquier niño de este mundo, más negros, más profundos, más bellos. A través de tus ojos quieres cautivarlos para que se te cuelen en el corazón. Que lo sé muy bien. Porque el corazón es lo más importante. Bien sabes que todo aquello que se cuela en el corazón siempre se convierte en belleza, en fuerza capaz de transformar a este mundo y a otro y a otro y a muchos mundos. ¿Hasta dónde pueden llegar todas aquellas cosas que se transforman en belleza dentro del corazón?  Y las cosas que no son belleza, como el odio y la envidia o… ¿en qué se transforman en el corazón?

 

                                         Pero ni por esas, Sinombre. Por más que lo intentas y lo quiero no es posible. Estos niños están asustados porque alguien les ha regañado. Y hasta los pueden haber amenazado con algún castigo grande. No es bueno esto y bien que lo siento. ¡Qué tristes se han quedados todos y Caty! Quizá ella en estos momentos no pueda hacer nada por sus compañeros porque es una niña. La veo caminando delante, a tu lado, con su mano puesta sobre tu cuello y hasta me parece que llora. ¡No puede ser, hombre, no puede ser que Caty llore! ¿Por qué? Quizá le preocupas tú porque piense que te está dejando mal. Que no piense ella esto nunca. Pero en fin, ya hemos llegado. Por el lado de arriba de la Encina Grande se paran todos los niños y del tronco de la encina cojo el escardillo. El que tenemos aquí para echarle una mano al jardinero, el padre de Caty, de Mary y de Lucía, cuando siembra los tulipanes, los narcisos y los jacintos. Cerca de donde está la ardilla enterrada hago un pequeño agujero en la tierra y dentro, las niñas, ponen la cuna de juncos con las ranas muertas. Les echo la tierra encima. Sobre el montoncito de tierra ponemos los nenúfares y ya está. Se acaba esto. No hay nada más que hacer ni tampoco hay que preocuparse más por lo que ha ocurrido en la Fuente de los Nenúfares. Que dentro de una semana en la fuente nadarán, no tres ranas más sino veinte o treinta. Ahora nacen ranas todas las noches y como tienen tanta comida y el agua de la fuente es tan limpia y buena en unos días se ponen tan grandes como las madres y cantan como los mejores cantores del mundo. Así que, con esta tierra que echo en la sepultura de las ranas, ponemos punto y final y a seguir con el gozo de la mañana.

 

                                         Te miro a ti y miro a Caty, a los niños que me miran formando corro y miro a los maestros. Mario está agarrado a tu cuello y me mira más triste que nunca. Me parece que también quiere llorar. Albaluna se apoya sobre el tronco de la Encina Grande. Los demás niños se dicen cosas entre sí y de una de estas cosas me entero yo. Una de las niñas comenta con Caty:

- Dicen que nuestra excursión hoy por aquí y, con Sinombre, se ha terminado. Que estamos castigados y por eso quieren que nos llevéis al río. Que ahí nos quedaremos y acamparemos esta noche y que mañana ya veremos qué se hace.

Caty pregunta:

- ¿Pero quién dice eso?

Responde la niña:

- No quiero ser chivata. Lo que te he dicho es lo que he oído.

- ¿Pero volveréis mañana?

- ¡Si estamos castigados…! ¡Ojalá pudiéramos volver mañana!

- Pero y al río ¿para qué?

- Dicen que ahí nos quedaremos todo el día. Que nos podremos bañar en la cascada y en los charcos del río y que esta noche vamos a acampar junto a la corriente. Pero ¿tú fíjate que jugarreta? ¡No hay derecho!

 

                                         Veo a Caty que se da media vuelta, apoya sus brazos y manos sobre tu lomo y entre las manos esconde la cabeza. Se ha puesto a llorar y esto si que no me gusta a mí. A ti tampoco. Sinombre, no permitas que Caty se ponga a llorar, sobre tu lomo, ahora y en estos momentos. ¡Muévete, haz algo, aprisa! Y al darte yo una palmadita sobre tus nalgas, en tus muslos pero en la parte del lomo y por eso se llama grupa, trotas un poco. Caty se da cuenta que no la queremos dejar llorar. Que no queremos que llore por mucho que le duela que los niños tengan que irse al río porque estén castigados. Pero como ella no es culpable pues a ser valiente y a aceptar las cosas y a superarlas. ¿Quién ha castigado a los niños y por qué? No se hable más.

    

                                         Pero Caty me mira y te mira y en sus ojos veo lágrimas. Se vuelve para ti, te abraza fuerte, pone un beso en tu frente, se retira y sale corriendo. A diez metros se vuelve y mirando a los niños, a ti a mí y a los maestros, grita enfada:

- Sinombre es toda la belleza del mundo. Y él está representando a todos los burros. Cualquier día puede desaparecer como tanto otros. Y entonces quizá dejen de existir para siempre todos los burritos de la tierra. Los únicos que podemos salvar a este borriquillo y a otros somos, nosotros, los niños. Dándole cariño y luchando para que muchas personas lo conozcan y lo quieran y lo ayuden y lo besen y lo abracen. Él está solo. Lo único que tiene en este mundo y lo único que necesita para seguir vivo es el cariño que le demos nosotros. ¿Por qué lo habéis tratado de este modo? Si muere Sinombre, al día siguiente, el mundo será menos bello. ¿Por qué hacéis esto? Ya os lo dije: lo que hay en el Edén Azul y, ahora estáis viendo, oyendo y tocando, no es una copia de la vida real. Es como nos gustaría a nosotros que fuera la vida. ¡No tenéis corazón! ¿Qué le habéis hecho a Sinombre, a Mario y a Albaluna?

Y Caty da media vuelta, sigue corriendo y al poco se pierde por entre los pinos, dirección a su casa. La casa del jardinero. Le doy la mano a Albaluna y Mario y me los traigo junto a nosotros. Quieren abrazarte pero no se atreven.     


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