ALGUNAS DE LAS RUTAS MÁS BELLAS DEL PARQUE

NATURAL DE CAZORLA, SEGURA Y LAS VILLAS
CAZORLA, EMBALSE DEL TRANCO

  


 Ruta por el valle del Guadalquivir.

Datos curiosos

Nota  del  autor
Lo que hay ahora.
VALLE DEL GUADALQUIVIR.  
A la torre del Vinagre.
A Coto Ríos
Al Parque cinegético.
Al embalse del Tranco.
La fragancia eterna.

 

 El contenido de esta página es parte del texto de un pequeño libro titulado:         "Cazorla, embalse de Tranco por el valle del Guadalquivir".  Si   pincha en este enlace puedes verlo en la editorial y tienda online. 

 

      Cazorla,    embalse  del Tranco por el valle del Guadalquivir.

     Pueblo  de  Cazorla, Puerto de las Palomas, Empalme del Valle, Arroyo Frío, Torre  del Vinagre,  Coto Ríos,  Embalse del Tranco.  Carretera. En Bicicleta o en coche.        Nota: en el verano del 2003 esta carretera fue arreglada con una buena capa de asfalto. Desde el pueblo de Burunchel hasta el mismo muro del embalse del Tranco. Quedó un poco más ancha y con un firme bastante bueno. Sin embargo la descripción de esta ruta, en los textos que siguen a continuación, se narran las cosas tal como estaban sobre el año 2000. Como ya he dicho en otro lugar, las edificaciones e instalaciones para el turismo de un año a otro pueden cambiar mucho. El en trabajo expuesto en estas páginas no interesa casi nada este asunto. Son los paisajes, los caminos, las sendas, los arroyos, los nombres de los sitios y todo lo que es montaña y naturaleza lo que en estos textos interesa de verdad. Pero precisamente esta preciosa ruta y por completo distinta a todas las otras, discurre por el que yo he llamado desde hace mucho tiempo " El Valle de los Turistas". Así que al ir por estos rincones es casi imposible no contaminarse de estos temas. Pero mi intención es otra. Y digo esto porque quizá la realidad por este "Valle de los Turistas" ahora mismo tenga algunos matices distintos a lo que a continuación se cuenta. 

  

 Algunos datos curiosos en tornos al Guadalquivir, el actual y el verdadero.

       Al llegar aquí la mira y aprovecho el momento para intervenir.

- Toda la vida aquí junto al río Guadalquivir lo conocerás como pocas personas.

- Dime tú si no lo voy a conocer.

- Por ejemplo: ¿cuantos arroyos dentro de estas sierras dejan sus aguas en el río?

- Como casi todos ya sabéis, el Guadalquivir dicen que nace en la Cañada de las Fuente a casi 1.400 m. de altitud. Se nutre de las aguas de los siguientes ríos y arroyos: arroyo de los Cerezos, del Cierzo, del Valle, de la Zarza, de la Torre de Vinagre, del Cerezuelo, María, Chillar, arroyo Amarillo de la Mesa, arroyo Frío, río Borosa, río Aguasmulas, arroyo de Aguarrocín, de la Grajas, de Las Espumaredas, arroyo Frío del Artuñedo, de Montero, de la Cuesta de la Escalera y del río Hornos. Todos sabéis que la cuenca alta del Guadalquivir tiene 1.377 Km2. que es la quinta parte del Guadiana menor que tiene 6.958 Km2. El arroyo del Infierno y el río Borosa tienen 15 Km. de recorrido y 136 Km. de cuenca. El río Hornos tiene una pendiente del 25% en 3 Km. de largo y 92 Km2. de cuenca. La cuenca del Guadalquivir se extiende 116 Km. por tierras murcianas y 229 Km. por las de Almería.

- Está muy bien todo esto que dices pero es que yo he leído por algún sitio que este río no nace donde nace. ¿Qué sabes tú de ello? 

 

                - Mira, lo del río es así: Alto  Guadalquivir, desde su nacimiento hasta el pueblo de Mogón. Tramo medio: desde Mogón hasta Alcolea del río. Tramo inferior: desde Alcolea del río a la desembocadura. En tiempos árabes el Guadalquivir era llamado río de Hornos por la importancia estratégica de esta población. En  aquélla  época el Guadalquivir era el Guadiana  menor.

  

                Según la  geografía  anónima de  Gayangos, autor árabe, el Guadalquivir nacería al Este de Quesada, en una fuente copiosa situada en el “Collado de lo Negro” que recibe el río del castillo de Hornos y luego se oculta al llegar a la roca llamada “Quiero”, talud natural de un cauce que puede ser el Guadalquivir actual a su paso por el desfiladero donde hoy existe el muro del Embalse del Tranco, se origina de la reunión de aguas a modo de lagunas escondidas en los senos de las montañas. La laguna escondida era la muy extensa de Bujéjar, que hoy desecada, constituyen los campos de este nombre o de la Puebla de D. Fabrique y parte de los Campos de Hernán Pelea. Este fondo seco está a más de mil metros de altura cerca de la Sierra de Sagra y ocupa todo el noroeste de Granada, en los límites de Albacete, Almería y Murcia.

   

                En los 668 Km. de recorrido del río Guadalquivir, la  parte más torrencial  está comprendida entre la Cerrada de Utrero y Arroyo Frío. En un recorrido de 2'4 Km. tiene un desnivel de 180 m. La corriente es casi una cascada   en un salto motivado por el contacto de cretáceo con el jurásico. Desde la Cañada de las Fuentes hasta el Embalse del Tranco, 60 Km. desciende 1000 m. Desde el Embalse del Tranco hasta la desembocadura, 600 Km. hay sólo 650 m. de desnivel. Desde arroyo de María 500 m. Desde Sevilla, 50 m. la cota más baja de la península. Recibe el impacto de las mareas  100 Km. adentro. Desde su nacimiento hasta el comienzo de la Cerrada de Utrero el Guadalquivir desciende sólo  400 m.

 

                - Bueno, pues sabiendo tanto como nos estás demostrando sobre el Guadalquivir, tú conocerás esa historia de los Guadalquivir.

- ¿Que cuántos  Guadalquivir hay? El Guadalquivir histórico, tal y como lo han descrito las diversas generaciones y culturas, no es único sino plural. El geológico tectónico y originario, en cuanto se aleja y corre por la falla que limita por el medio día de la meseta manchega, es, en dirección noreste-suroeste,  el río   Guadalimar. Desde los primeros colonizadores hasta la definitiva ocupación y pacificación romana, coincide con el actual hasta Bejigar. El Guadalquivir romano, es en general, el que nace en el Guadiana  Menor, en su cabecera más  oriental del río de Orce y Cañada de Cañepla. Algún autor aventura la cabecera del Guadalimar. El Guadalquivir musulmán es así mismo el Guadiana  Menor. El Guadalquivir cristiano y español, desde Fernando III el Santo, es el que actualmente, y nacido en la Sierra de Cazorla, Cañada de Las Fuentes, término de Pozo Alcón, luce con honor y satisfacción de todos, tan bello nombre.

 

                El Guadalquivir tectónico, es decir, el determinado siguiendo los criterios científicos usados para distinguir el río principal de sus afluentes, es sin duda el Guadiana  Menor en su  cabecera del  Barbata. Es el nacido junto a la Sagra, en el remoto rincón montañoso en que la provincia de Granada linda, en muy pocos kilómetros, con las provincias de Jaén, Albacete, Murcia y Almería. En esta última nacería, en rigor, siguiendo el criterio del perfil longitudinal, si la tan traída y llevada Cañada de Cañepla no fuera sólo eso: una rambla.

 

                - En fin, ya sería el momento de no cansarte más pero aún tengo por aquí una última curiosidad que me lleva al pantano y la laguna.

- En épocas remotas, el actual Embalse del Tranco, era una laguna natural que por erosión remontante, fue abriéndose paso por el desfiladero donde hoy está construido el muro de la presa. Lo que desde tiempos muy remotos se le conoce con el nombre de  "El Tranco".  Este es el codo de captura donde el Guadalquivir decide, definitivamente, venirse hacia las tierras andaluzas para darles vida y derramar sus aguas sobre vegas y campiñas.

 

        Nota del autor: En estos últimos tiempos está surgiendo una nueva teoría a cerca del verdadero río Guadalquivir y su nacimiento. Según estudios más recientes el verdadero Guadalquivir sería el actual Guadiana Menor. Y este río Guadalquivir tiene su nacimiento en el Parque Natural Sierras de María, provincia de Almería. Su cuenca de cabecera es cinco veces mayor que la actual cuenca en la Sierras de Cazorla, que no son sierras de Cazorla ni de Pozo Alcón sino de Quesada. La cuenca alta del Guadiana Menor, el verdadero río Guadalquivir, engloba en su totalidad o parcial tierras de seis parques naturales. Parte del Parque Natural y Nacional de Sierra Nevada, Parque Natural de la Sierras de Baza, Parque Natural Sierras de María, Algo del Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas, Parque Natural de Castril y Parque Natural Sierras de Huétor Santillán. Dentro de esta grandiosa cuenca alta del verdadero Guadalquivir, hasta hoy Guadiana Menor, queda el grandioso embalse del Negratín, el potente macizo de la Sierra de la Sagra y las dos grandes hoyas de Guadix y Baza. Una porción de tierra enorme con una cuenca también enorme y alimentada por multitud de cauces que también tienen mucho caudal. Así que esta nueva teoría sobre el verdadero Guadalquivir y su nacimiento desde mi punto de vista creo que tiene mucho más sentido que la que cae dentro del Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas. La porción de tierra  del Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas, que cae dentro de esta cuenca alta del nuevo y verdadero Guadalquivir, es toda la cuenca del río Guadalentín. Afluente del actual Guadiana Menor y que toda sus cuenca recoge aguas dentro de las sierras del Parque Natural de Cazorla, Segura y las Villas pero para el Guadiana Menor actual y verdadero Guadalquivir en realidad y en el futuro. La cuenca alta del Guadiana Menor, verdadero río Guadalquivir geográfico, se reparte entre tierras de cuatro provincias: Granada, Almería, Murcia y Jaén.   

 

         La distancia.

        Siguiendo fiel el recorrido que traza la carretera asfaltada que va, desde este pueblo de Cazorla hasta el embalse del Tranco, la distancia es de sesenta kilómetros. Lo clarifico un poco a continuación.
 

De Cazorla a Burunchel:                             8       Km.
De Cazorla al Puerto de las Palomas:       13      Km.
Cazorla, empalme del Valle:                      17      Km.
De Cazorla a Torre del Vinagre:                33,6   Km.
Empalme del Valle, Embalse del Tranco:  42      Km.
Empalme del Valle, Arroyo Frío:                  6      Km.
Empalme del Valle, Torre del Vinagre:      16,6   Km.
Torre del Vinagre, Coto Ríos:                     4,8    Km.
Coto Ríos, Parque Cinegético:                   6,7    Km.
Parque Cinegético Embalse del Tranco:  14,7    Km.

 

        El tiempo.

        En esta ruta, sobra indica el tiempo que se puede necesitar para recorrerla, por la simple cuestión de que ninguna persona la hará de un sólo tirón. Y lo digo porque será obvio que paremos en más de un punto para disfrutar, observar y conocer las distintas posibilidades que a lo largo del recorrido vamos a encontrar. Comprar en Arroyo Frío, visita al museo, paseo por el Parque cinegético... pero sólo de una forma orientativa digo que es necesario algo más de una hora para recorrer la distancia atrás indicada.  

 

        El Camino.

        Todo su recorrido es de carretera asfaltada que, aunque con muchas curvas por avanzar por paisajes de montaña y no demasiada anchura, se encuentra en buenas condiciones y resulta gratamente reconfortable, hacer este recorrido, sin prisas en cualquier, época del año. 

 

        El Paisaje.

        De ensueño podríamos considerar, si excepción, a todos los paisajes que recorre y roza esta deliciosa ruta. Como marco inicial y para ir abriendo boca, el pueblo de Cazorla aplastado en su barranco amigo y coronada por las franjas rocosas de las montañas que la están meciendo.  El pueblo de la Iruela, tan sencillo él y como escondido en un recodo del camino, saluda con aires siempre de primavera recién brotada y acoge desde su silencio y da paso con la solemnidad que merece la sierra y lo único que pide, si acaso, es una mirada.

 

        La sencilla ladera que viene acogiendo la cinta de la carretera que busca el punto mejor para remontar y colarse a la profunda sierra, nos acoge sonriendo con sus chorros de lomas que caen, todas engalanadas de las mejores muestras de pinos, encinas, robles, majuelos y otras plantas, para que se nos vaya abriendo el apetito y entremos con ganas. Por la derecha, las cumbres nos miran ofreciendo la elegancia de sus contornos y por la izquierda, los cortijillos blancos aplastados en las hondonadas y junto a donde brotan los veneros. Las verdes y agradables huertas, siempre les rodean vestidas con sus mañanas de plata y, por entra la espesura de las zarzas, los conciertos de los ruiseñores.

 

        Por este mismo horizonte y desde las primeras laderas convertidas en huertas, los caminos de olivos, ya arrancan y como de puntillas pero decididos, se agarran a las otras laderas menores y a los barrancos que van muriendo hacia el Guadalquivir y en un juego de colores y de sombras grises y blancas, van llenando la tierra hasta lo hondo del valle y luego por las cuestas que ascienden hacia las lomas largas de las ciudades señoriales de Úbeda y Baeza.

 

        Ya en Burunchel, el casi de ensueño pueblo siempre aplastado sobre las rocas ceniza que le prestan calor por el lado de la cumbre, se presenta el denso bosque  de la sierra desgajada y amorosamente se abre para dar paso y sin decir nada, comienza a mostrar sus desfiles de verdes plantas con el gusto y la belleza de lo que siempre es eterno y la única mancha que, sobre su perfume virgen, de continuo muestra, es la huella de algunos de los que por aquí pasaron.

 

        Las curvas se suceden y sobre las cumbres que, más es pura atalaya o pórtico de la inmensa sierra, parece como si el gran genio de los bosques y en este caso y por siempre así será, es el Creador Supremo, se despacha generosamente ofreciendo las panorámicas que ni por los ojos caben y aunque entran a raudales, en el alma se atascan y nos llenan de un gozo que no tiene igual ni en tardes ni en mañanas.

 

        El mismo mirador colgado en una cadera de la cumbre y frente al valle, también calla pero ¡qué ventana abre a los rincones del Edén! Y un poco más adelante, la ladera de pinares que vienen cayendo hacia el arroyo primero y el cruce de todos los caminos y a un lado y otro, los romeros, las violetas de Cazorla, las encinas y las cornicabras, como si desde el principio de los siglos aquí se hubieran estado acicalando esperando la llegada de nuestra presencia, aunque al pasar ahora ni lo advirtamos ni de ellas digamos nada.

 

        Desde el cruce que es el Valle, nombre del arroyo y serrano, la fuente, el chiringuito y   los cortijos viejos que a un lado y otro, se desmoronan y desde su quietud nos hablan,  cae la carretera buscando el consuelo del río Grande que la acoge por la parte de abajo del Lanchón gigante y la cerrada humillada y silencioso le cede el paso para dejar que se acerque al primer poblado de las llanuras, por donde ahora, otra vez hablan los álamos viejos que tiemblan junto a las rancia y nuevas casas y coronando o como escoltando, las murallas de las cuerdas que van protegiendo al río dulce que se aleja y eterno canta. "Guadalquivir que te vas, llevándote el cielo al alba, contigo te llevas en la tarde, mi corazón y mi alma".

 

     ¡Qué pena que en el rincón de Arroyo Frío los humanos, los buenos, los malos y los que sabe Dios lo que son, hayan hecho lo que han hecho! Por el dinero aunque gritando a los cuatro vientos que aman y respetan las bellezas de este grandioso Parque Natural. Muchos se han dicho, se dicen y  nos decimos que mejor que no la hubieran amado tanto y hubieran dejado que las aguas corrieran claras y que el valle hubiera seguido con su dignidad de rey. Ya no la tiene sino que está humillado sin remedio.

 

        Viene la llanura que se alarga y en cuanto nos descuidamos remonta el puntal  de juego y comienza a ofrecer laderas para que la carretera caiga otra vez al surco del hermano río y por el puente primoroso que se llama del Hacha, le da paso y desde aquí, los robles, los encinares, las praderas de hierba fresca y el rocío temblando en las brumosas mañanas, dan acogida y abrazos y besos y desde las espesura de sus ramas, hasta dejan que jueguen las ardillas y que revoloteen los cuervos y las águilas y por los rodales más pelados, pastando los ciervos o los gamos, en compañía de alguna cabra montés y más adelante, el agua clara.

 

        Arroyo de la Torre del Vinagre y luego el cortijo antiguo y los encinares y más trozos de llanuras y laderas redondas que desde las partes altas, caen y se deshacen en los brazos de las dehesas que muestras lentiscos y más lentiscos y luego jaguarzos y robles que como el hierro se clavan en la gris o roja o blanca tierra  y transforman en sabia, el rocío de las nieves que en los meses del invierno cubrieron las altas montañas.

 

        Por el museo también llamado de la Torre del Vinagre, la carretera se ensancha y busca irse para todas las direcciones y hasta abocarse y algo caerse en los charcos azul esmeralda y por los jardines ordenados que a los lados nos reclaman pero ella sigue y a cien metros, ya casi se besa con las aguas del Guadalquivir que le viene dando compañía y luego que la recrea por la tierra llana repleta de pinares, deja que se vaya por el trozo de llanura vieja, donde todavía crecen aquellos olivos que de aquellos tiempos, saben y guardan ¿cuánto guardan?

 

        Los pinares que siguen cayendo desde las laderas y las cumbres y las sombras largas y enseguida más casas nuevas que son lugares de acogimiento de los muchos que ahora por aquí vienen y la ruta que pasa y al cruzar el arroyo que, desde el rincón de   los cortijos viejos, salta, lo saluda y alegre como los gorriones que por las riveras cantan, se precipita ansiosa en busca del poblado nuevo que tiene retenida la sabia de los corazones que amaron a la sierra.

 

        Y roza el primer camping, la puerta de tan sencillas pero nobles casas y sigue bajando en compañía del río hermano que ahora ya sí de secretos hablan y el otro camping, más pinares, más curvas dibujando el río y más acacias y el arroyo de la Hoya grande y la fuente del Macho que también retiene callada, una gran parte o quizá la más hermosa, de la historia que dio tumbos por esta sierra y nunca se hizo blanca y unos metros más, otras llanuras de olivares, más casas de paredes de piedra aunque añejas porque se asientan sobre los cimientos del viejo molino que movió el agua.

 

        Un trozo más de llanura y a los lados y a los lejos, por donde los horizontes se pierden, gritan y callan, las potentes cumbres siempre indicando que se asientan sobre el corazón de la sierra y que al mismo tiempo son murallas, de tormentas de granizo, nevadas tremendas y de amaneceres de flores nuevas y ¿de qué clase de batallas?  Ellas lo saben y yo lo sé y quizá algunos más, como los pastores que las pueblan pero en sus corazones de corrientes claras, se consumen quizá esperando el momento que algún día llegue al alba.

 

        El recodo de otro paraíso, el pequeño junto a las playas del pantano que ya se mece anchuroso y aplastado, saluda y reverbera de azucenas inmaculada y luego, otro arroyo, el que también viene de las aldeas que se convirtieron en polvo sobre las cumbres lejanas y en las tardes que escondidas, se llevaron los vuelos elegantes de las águilas. Y en cuanto llega al collado, a la derecha, se alza el cerro que tiene nombre de Almendra y ahora es puro corral donde, sin libertad, los ciervos balan pero aquí está el paseo que lleva a lo alto de la corona donde, en sueño, uno se sienta en el trono y ya tiene un reino de viñas y de cortijos que fueron alhajas colgados en las laderas y ahora son, con nuestro sueño, polvo que se lleva el viento que roza y  pasa.

 

        Unos metros más adelante, otro mirador construido de piedra que también mira al reino que ahora cubren las aguas y al castillo viejo y a la aldea que ya no existe y por eso ni se le ve ni habla pero sí palpita y hasta, sobre los que fueron sus cimientos, crecen los granados y las esqueléticas higueras y las zarzas y por entre las piedras que todavía nos saludan y esperan y hasta parece que alguien grita diciendo: “Yo me llamo Bujaraiza”.

 

        Tenemos luego el arroyo que también nos baja agua de las llanuras de la Cabañuela, y más adelante, la cascada de fantasía, y es la de Arroyo Frío y más pinares y otra casa vieja que fue palacio en otros tiempos y que ahora acoge los sueños de otro puñado de hermanos que luchan y callan y por eso han escrito, en la puerta y sobre tablas: “Artesanía Los Casares”, para que nos se nos olvide que hay todavía muchos que aman y no tienen rencor, sino cantares y sonrisas claras.

 

        Ya sólo nos quedan unos kilómetros y, por entre casi los mismos espesos pinares que nos dieron la salida por las laderas del pueblo de Cazorla, va avanzando callada y al perfume de las madroñeras que nos escoltan por los lados y a ramitas de laurel, el gigante que aun crece junto a las ruinas de Solana de Padilla, se nos  extiende la llegada. El río grande muere porque ahora es pantano y el otro hermano que viene desde Hornos de Segura, también se apaga y ahora surgen en un mar de azules verdosos que no se parecen a otra cosa sino a los millones de pinos que cubren la sierra entera, todos aquí concentrados y vestidos de fina  gala.

 

        Y claro que todavía es mucho más y son más profundos los paisajes que a lo largo y ancho de esta ruta,  nos recrean y reclaman pero para muestra, vale un botón y lo que falta, que nuestro corazón y nuestra alma y la limpieza de nuestros pensamientos y el amor por las cosas y la vida que Dios nos regala, lo vaya poniendo y al encontrarlo, por entre los infinitos que no tienen ni caminos ni nombres ni son ríos ni vaguadas, nos llenen de gozo profundo y de satisfacción única  por ser nuestro y sangre de nuestra marca y así podamos ver y comprender que hay cosas, por estas sierras y entre sus bosques, que no tienen nombres ni escritas nadie puede dejarlas.            

 

        Lo que hay ahora.  

       Son las nueve de la mañana. Salgo de Cazorla pueblo y lo primero y, por la derecha, una fuente que me ofrece agua fresca recién fabricada en las entrañas de la gran sierra.  Tiene el día de hoy, una mañana plácida pero emborronada de nieblina. El sol va a calentar fuerte aunque ahora mismo corre un vientecillo frescos y perfumado a pinos y a mejorana.

 

        Todavía la sierra se muestra verde. La hierba con su tono esmeralda y los pinares, con los sabinares, las encinas y otras plantas riscaleras, aun enseñan el color más puro que sobre ellas ha dejado la primavera.  Por la izquierda, se recogen los olivos que van cubriendo los cerros y casi compitiendo con la carretera, quieren remontar hasta ella y sobrepasarla camino de las cumbres.

 

        A dos kilómetros, el cruce de la Iruela por el lado derecho. Por la izquierda, la figura de una construcción nueva que es hotel y lleva por nombre las Mercedes. Una curva y aparecen las casas del pueblo que parece brotar de la misma roca. Corona el castillo y desde tan alto que ni da tiempo verlo, por el miedo que da. Dos kilómetros cien metros y la carretera atravesando un bloque de casa de este pueblo llamado Iruela. Roza la pared de rocas sobre la que se apoya el castillo, una curva para la derecha para atravesar un arroyuelo, donde construyen más edificios y al girar a la izquierda, otro hotel.

 

        Lo inauguraron hace años y se cuelga en las misma rocas y luce el nombre de hotel sierra de Cazorla.  Frente y a la derecha, la construcción de una fuente vieja. Son los antiguos lavaderos del pueblo hermano que se queda atrás. Gira para la izquierda y se ve claro, aunque lejos, la ladera del puerto que remontaré con el nombre de Las Palomas.

 

        Viene el sol llegando por ese lado y como me besa de frente, las laderas que recorro, quedan cubiertas por las sombras de las rocas y pinares que sobre ellas se clavan. Por este fenómeno, no se distingue claramente lo que al caer la tarde, sí es nítido. Tres kilómetros y la Parrilla, rincón natural. Estuve por aquí el otro día queriendo saludar a mi amigo y no lo encontré. La casa estaba cerrada, un poco oliendo a humedad y los jardines de violetas, lirios, habas y almendros, reventaban de verde y fuerza fresca.

 

        Gira para la derecha, bajando levemente y veo el cementerio, derramado sobre un puntal. Por los arroyos que son menores y casi todos más bien barrancos, se amontonan las huertas y hasta un invernadero por los plásticos que le cubre. Baja porque la inclinación de terreno así se presenta motivado por el arroyo Rechita. Es este un cauce de cierta entidad que cae desde el Puerto de las Arenas, gemelo del que abre ventana a la gran sierra.  Tiene mucha caudal y hasta una fuente enorme donde en otros tiempos bebía al pasar. Ahora no es posible.

 

        Muchas higueras, álamos, zarzas y olivos van cubriendo el negro asfalto que el coche devora. Las sombras que derraman, dan consuelo porque saben a descanso o casi a beso como recibimiento de parte de la sierra.  Cuatro kilómetros desde el punto de  salida y Fuente del Céfano. Queda a la derecha según avanzo esta mañana y al verla con su cañito claro desangrándose eterno, recuerdo que también a beber, aquí me he parado muchas veces. Quizá más de mil y siempre me ha gustado su agua, las zarzas que la rodean con tantas moras en el otoño y el rincón donde se refugia.

 

        Sigue bajando hasta encontrarse con el arroyo de Rechita. Por la derecha una bonita casa con paredes cubiertas de hiedra y una sencilla campana y ahora remonta, dejando a la derecha mucho vegetación de encina, el corte de las rocas que la carretera se ha comido y al frente, casi al final de la recta, la encina símbolo  en esta entrada a la sierra. Al rebasarla, traza la primera gran curva cerrada en el trayecto hasta el puerto.

 

        Si desde aquí miro para atrás, se me presenta de lujo el bello pueblo de la Iruela.  Se mete por entre olivos y mientras va trazando la ampulosa curva, se torna llana.  Por arriba y el lado de mi derecha, queda el hotel de los Ranchales.  Es a los seis kilómetros cien metros de Cazorla. Baja mientras traza varias curva y el arroyo que ahora busca, se llama Barranco de Perona. Me encuentro sobre la franja de los novecientos metros.

 

        Varios edificios más que construyen por aquí y me quedan por el lado derecho. El bosque es casi por completo de encinas y quejigos. Algunos pinos, árboles frutales, álamos, higueras y nogueras. A seis kilómetros ochocientos metros, es por donde se encuentran los siete puentes. Todos juntos y como si fueran un juguete para decorar un trozo de sierra. Ahora se acuerdan de ellos y el nombre se lo han llevado a otro edificio nuevo que por la derecha se anuncia como restaurante.  Se encuentra unos metros antes de cruzar el arroyo de Perona. Unas tinajas grandes y en ellas rotulado el nombre.

 

        Antes de cruzar este barranco, donde quedan bonitas casas a un lado y otro, porque este lugar es como una pequeña aldea pero con edificios más recientes, otro anuncio. Es de información turística de la sierra en general, excursiones, venta de recuerdos, libros y otros objetos. Este establecimiento lo han abierto no hace mucho. Una señora riega la puerta y al preguntarle me dice que hasta las diez y media no abren.

 

        Sólo remontar unos metros y ya vamos por los siete kilómetros cuatrocientos metros, cuando por la izquierda, nos sale la gasolinera. Tampoco hace mucho tiempo que abrieron este establecimiento.  Miro a los indicadores que no hace muchos meses pusieron nuevos en esta carretera y anuncian la  A 319. Digo yo que una cursilería porque lo bonito sería no como estaba antes, sólo con unos hitos y los kilómetros tallados en los bloques de piedra de granito, sino que nos dijeran: “carretera comarcal, Cazorla, Valle del Guadalquivir, Embalse del Tranco” o algo parecido.  De este modo, por aquí y en todo el mundo, sabríamos enseguida a qué carretera nos estamos refiriendo pero con esto de una letra y números, averigua a qué carretera nos referimos.

 

        Justo por la franja de nivel que va entre los novecientos y los mil metros, discurre esta carretera en el momento en que se dispone entrar por las casas del pueblo de Burunchel.  Se encuentra justo a ocho kilómetros de Cazorla. Una churrería a la derecha y esto también es nuevo por aquí, algunos bares a la izquierda y el Control.  Un poco antes, café bar los Álamos, restaurante los Monteros y hotel el Control.

 

        La barrare se encuentra a ocho kilómetros ochocientos metros. Toman datos del coche y los ocupantes, una pared de rocas por la derecha, monte espeso de carrascas y pinos por la izquierda y la ruta que ahora empieza a tomar altura para ir subiendo a la cumbre. Justo por esta franja ya va el límite de Parque Natural. Veo a un anciano que camina por la orilla y aunque no lo conozco, enseguida me digo que es como tantas serranos mayores: acude a su trozo de tierra, que añora y quiere, para regarlo, sembrarlo o simplemente para sentirse bien pisándolo.

 

        Me paro, lo recojo y me dice que sólo va unos metros más arriba que es justo donde la carretera traza su primera gran curva,  conocida por la revuelta del pico del Águila. Aquí mismo roza los mil metros de altura. En cuanto lo dejo donde él necesita, me quedo a su lado y como me intereso por los nombres del barranco donde me dice ha nacido y se ha criado, desde al perfecto mirador que la curva ofrece sobre el valle, me muestra dónde se encuentra el Burrueco. Un grupo de cortijillos que se amontonan justo en el barranco que cae desde el Cerro del Mosco y por donde pasa un ramal del arroyo que tiene el mismo nombre.

 

        Y luego  me dice que esta curva primera se llama Peña del Águila y el barranco que nos separa de la aldea, lleva por nombre Barranco del Puerto. El Peñón de las Chullas es  un cortijo que se ve por debajo de nosotros y bastante hundido en el barranco. Lo despido y en cuanto prosigo, la carretera enristra dirección al pico Viñuela. Por la derecha me va quedando el pueblo del Burunchel, ya más lejos se ve la Iruela, todo el gran macizo de la Peña de los Halcones y el Escribano con la caseta de vigilante de incendio, “el Banderín”, en lo alto.

 

        Por encima del pueblo de Burunchel se descubre un laberinto de rocas muy bonitas. Quedan justo por debajo de la gran segunda curva que la carretera traza para coronar la cumbre. En el kilómetro diez, gira un poco, se mete en el arroyuelo que baja justo del puerto y a la izquierda queda una construcción de piedra y muy curiosa. Una pared la separa de la carretera y pegado a está, se mece una piscina de agua clara donde se refleja la pureza del cielo que siempre corona a estas cumbres.

 

        Una amplia y preciosa panorámica va ofreciendo esta carretera desde cualquiera de los puntos según remonta. Los robles, las encinas y los enebros, ya han terminado de vestirse con las hojas nuevas que les ha traído esta primavera.  Ahora se muestran hermosamente teñidos de verde puro. Otro pequeño arroyuelo que desciende desde la casa de Sagreo, gira unos grados a la izquierda y ya remonta a la segunda gran curva. Se abre como un balcón precioso y es justo por aquí por donde pasa la curva maestra de nivel que marca los mil cien metros.

 

        Varios álamos por la izquierda parecen saludar y aunque resulte extraño, porque se clavan en la pura roca, yo sé que los alimentan los veneros limpios que  rezuma la ladera del pico Viñuela. Al frente aparece la gran peña de los Halcones.  Traza un buen giro y ahora se pone recta al Cerro del Mosco, el gemelo del Viñuela. Kilómetro once y está el barranco que cae desde la casa forestal del Sagreo, por la derecha y algo metido en el bosque.

 

        Después del barranco, gira levemente, atraviesa un castellón rocoso por donde sé, crece mucho té de roca y sigue remontando, ahora más suave, mientras busca la tercera gran curva de esta cuesta. Esta curva es un puntal que cae desde el Cerro del Mosco y por la zona aparece el nombre de la Calarilla. Según voy remontando, al frente y por debajo de la tercera curva, veo una tinada vieja.

 

        Atraviesa el barranco que baja del puerto y sigue remontando por entre un bosque de encinas, algunos pinos y enebros y busca el giro definitivo para venirse a la cumbre. Desde este nivel, no mucho mayor que el de la segunda curva, queda una vista mucho más amplia tanto sobre el valle como por la ladera que viene recorriendo esta carretera.

 

        La curva, cerrada por completo y sobre la pura roca y en cuanto termina de girar, recta se enfila para el puerto. Se abre este puerto entre los dos cerros gemelos, Mosco y Viñuela. Traza una ondulación, como la joroba de un camello pero muy pronunciada y justo por ahí atraviesa la vereda vieja de aquellos tiempos y todavía, el cordel de trashumancia.   

 

        En el kilómetro doce es donde por la izquierda, se desvía la pista de tierra que recorre la cumbre hacia el Salto del Moro y Poyo del Rey. Tres preciosa rutas van por estos rincones: Salto del Moro, Poyo del Rey y Puente del Hacha. Por aquí mismo se abre el puerto, de donde arranca la ruta a Vado Ancho.  Unos metros más arriba, se corta la curva de  nivel de los mil doscientos metros.  Cuando ya la carretera vuelca al valle del Guadalquivir, se mete por la franja de los mil trescientos y no sube más.         

 

        Una recta larga y busca la parte suave de la cumbre. A la izquierda queda un castellón que sobresale en la cumbre, con muchos pinos. Justo en el kilómetro trece desde del pueblo del Cazorla y aquí es donde corona a la cuerda. A la derecha queda un mirador que, hacia el valle de los olivos, hicieron hace unos años y por la izquierda, la panorámica del valle surcando la gran sierra.

 

        Por este lado y sobre esta cumbre, se extiende un paisaje de rocas calizas muy bonitas, alternando con rodales de tierra fértil y en uno de ellos, un punto para aterrizaje del helicóptero. Sigue subiendo todavía durante unos metros pero ahora por la vertiente que desagua en el valle del Guadalquivir serrano. Por la derecha y ladera del pico Viñuela, aparecen algunos pinos laricios que son inconfundibles por sus troncos blancos y rectos.

 

        Kilómetro veintiocho desde el Cruce de Peal de Becerro y desde Cazorla, trece novecientos. Trescientos metros más adelante, un chorrillo de agua por la derecha que se ha secado y es el opuesto al de la Fuente del Sagreo y a la izquierda, el mirador de piedra sobre el amplio valle. Creo que por aquí se encuentra el punto que lleva el nombre de Vistas Pintorescas. 

 

        Se concentra, sobre las llanuras de este mirador, muchos coches de guardas y Junta de Andalucía. Desde este punto, la carretera comienza a descender buscando el descanso justo en el paraje denominado el cruce del Valle. En unos  tres kilómetros desciende doscientos metros. La tallaron por una ladera muy agreste de piedras rotas y llena de pinos. Por la izquierda y a lo lejos, se ve la robusta figura del Calarejo de los Villares y el gran macizo del Banderillas.

 

        Al frente, la Mesa, con el barranco éste del Valle, más cerca de mí, Peñón Borondo y el cerro de la Torquilla. Una curva en el kilómetro catorce seiscientos y se ve la casa forestal de los Chorrillos, el castellón del Valle con su cortijillos todavía  firme sobre la tierra y la hondonada que los acoge.

 

        La vegetación que presenta esta ladera, pura solana, son pinos negros, con sus troncos retorcidos, mucho romero clavado en la roca y mata de violetas de Cazorla, salpicadas. Algunos piornos que indican la altura y aridez del terreno. Muy verde está la vegetación este año. Algunos álamos antes de una vaguada donde se dan bien la violeta de Cazorla.     

 

        En el kilómetro treinta desde Peal y quince novecientos desde Cazorla, la vaguada donde crecen mucho las violetas. Son calizas blancas, descarnadas que se desmoronan al roce de los pequeños arroyuelos cuando las nubes descargan. También crece mucho por aquí, el té de roca.

 

        Dieciséis seiscientos y justo a la derecha, una gruta abierta en la roca, una higuera colgando y la tapa un poco, un hilo de agua que se despeña y en el fondo de la cueva, una repisa donde arden algunas velas. Es la cueva del Santillo. La conocen mucho por esta zona y por eso nunca falta una vela encendida a las imágenes que por aquí ponen.

 

        A la izquierda, uno de los muchos mojones de rocas que una administración anterior a la de ahora, clavó junto a las carreteras para rotular en nombre del monte ordenado por el que pasamos. Este se llama de Navahondona y es uno de los más grandes de los cien y algo, en que se dividen este gran Parque Natural. Una recta y al final, se ve la Fuente de los Chorrillos, por el lado derecho.

 

        Kilómetro dieciséis novecientos, los lirios florecidos por la cuneta de la derecha que es por donde rezuma del agua que alimenta a la fuente, mucha hierba y de entre ella, brotando las orquídeas y el chorrillo de la fresca fuente que, además, también alimenta a berros y juncos. Muy verde y lleno de sombras el rincón y hoy, quizá más bonito que ningún otro día por los lirios, las orquídeas y otras plantas.

 

        La carretera ya casi se hunde en el arroyo del Valle quedándose sobre los mil cien metros de altura y busca el cruce. Queda remontada por una gran espesura de pinos, muchas rocas blancas clavadas en la ladera y el Puerto de los Arenales. En el empalme, un trozo de carretera, la principal, se viene para la izquierda y comienza a bajar buscando el valle y otro ramal, sigue al frente para llegar hasta Vadillo y luego seguir a otros puntos de la sierra, con la ruta que va hasta el nacimiento del Guadalquivir, aunque ya en pista de tierra.

 

          Desde este empalme del Valle, arrancan varias rutas más, todas ellas bonitas y llenas de emoción por lo que tienen de presencia real con la limpia naturaleza, siempre alejada de la masa civilizada. Estas rutas son: la que sube hasta el Collado del Oso y luego la fuente y Puente de las Herrerías. Y la otra es la que desde el collado, se viene para la izquierda y corona por Peñón Borondo.

 

        Una clara fuente de agua donde beber, un chiringuito donde tomar algún aperitivo y algunas mesas de piedra por la izquierda y pegado al arroyo, para comer y descansar.  Porque este empalme del Valle, es antesala a la sierra profunda.

 

 

VALLE DEL GUADALQUIVIR.    

             Kilómetro    14    Nacimiento del río Guadalquivir.

                                  9      Los Rasos.

                                  6      Túnel de los Cierzos.

                                  4           Calerón.

                                  3      Puente de las Herrería: Camping, Hotel

                                  0      VADILLO CASTRIL: Comidas.  

                                          Cerrada  de Utrero.

                                  0      Empalme del Valle: chiringuito.

                                  6      ARROYO FRÍO. Hoteles: Cazorla Valle Montaña,                   7            Tiendas, Los Enebros, Camping.  

           Hotel Ríos       8                                                               

          El Cantalar       9                     

          Casa Rural     10    Puente del Hacha.

       Campamento    11   

                              12    Hotel Monte de Piedra, Venta Casa del  Chato.   

 Venta Juan Aldid    13    Hotel Noguera de la Sierpe.

          Las Ericas    14    Restaurante Taxidermista.

                              15   

                              16   

           Río Borosa   17    Museo TORRE DEL VINAGRE, Jardín  botánico.

                              18    Campamento los Rodeos.                  

                              19    Hotel la Hortizuela.

                              20    Hoteles: San Fernando, Mirasierra, el  Pinar.

         COTO RÍOS    21    Camping La Chopera.                     

Ht. la Golondrina      22   

                              23    Camping Llanos de Arance.

                              24    Camping Fuente de la Pascuala.

 Río Aguasmulas     25    Campamento Los Brígidos.

                              26    Apartamentos El Hoyazo.

                              27    Apartamentos Fuente de Piedra.

                              28    Hotel Paraíso de Bujaraiza.

A. Espumaredas      29    PARQUE CINEGÉTICO.

                              30   

     Isla Bujaraiza     31    Ruinas de Bujaraiza.

                              32    Campamento La Huerta Vieja.

                              33    Casa de Artesanía Los Casares.

    A. de Montero      34    Arroyo del Cerezuelo.

                              35     

                              36   

        San Román     37   

                              38   Mojoque.                                               

  Alto de Montero     39  

                              40                           

                              41                   

                              42   PRESA EMBALSE DEL TRANCO.

                                         Fonda El Tranco, el Pajarito,

                                                               Bar Nazario,

                                                               Mesón La Acacia.
 

           A la torre del Vinagre.  

         Con en surco del arroyo pero por la derecha, la carretera desciende casi en picado buscando el descanso que ofrece el gran río unos kilómetros más adelante.  A derecha e izquierda, un espeso bosque de pinos y mucha hierba porque aunque ya está el verano presente por estas tierras, la frescura y la humedad del suelo, mantienen en primavera a muchos rincones de estos lugares.

 

         Fresnos cubriendo con su sombra por el kilómetro treinta y dos de Peal, una curva, álamos y ahora ya, al frente, se ven varios cortijos de aquellos que fueron quedando solos. Por el lado del Castellón, muchos álamos, fresnos y una alambrada.

 

         Ya son las diez de la mañana y el sol calienta con fuerza. Hoy va hacer un día de mucho calor. Y como este año ha llovido mucho y la primavera ha venido buena, la tierra está repleta de hierba. Ahora pienso que en cuanto se seque, será una gran fuente de combustión para el fuego. Hay mucha y muy alta.

 

         En el kilómetro uno desde el empalme, por la izquierda una llanura junto al arroyo del valle por donde todavía siembran patatas y tomates, los propietarios. Por la depresión de este arroyo y hasta que se junta con el Guadalquivir, se da mucho el orégano, el poleo, el tomillo y la mejorana. Yo lo he cogido casi todos los veranos. Las acacias que sembraron cuando construyeron esta carretera y siguen vivas a un lado y otro. Y al fondo ya se ve, la extensión del valle pero hoy con mucha bruma.

 

         Uno ochocientos y a la izquierda y derecha, espeso bosque de robles y encinas. Desde esta primera curva, se ve el Lanchón, por la derecha y Piedra Gallinera más lejos. Por esta cara del Lanchón fue donde el otro año hubo un incendio y quemó un buen rodal de pinos laricios. Todavía se ve despoblado pero se está regenerando.

 

         Los helechos también están ya muy crecidos y por aquí se les ve mezclados con las zarzas, orquídeas y el lino blanco. Antes de una curva cerrada hacia la izquierda, una cruz.  Y justo por aquí cruza la línea maestra de nivel que va por los novecientos metros.  Justo al atravesar el puente sobre el río, roza la línea de los ochocientos metros y sigue bajando.

 

         Tres álamos por la izquierda y ahora dibuja una curva cerrada quedando por la izquierda el cortijo de Coto del Valle, sobre un cerrillo y por completo ya en ruinas. Muchos fresnos a los lados y la figura del Lanchón que sobresale elevada por entre el bosque. La carretera sigue hundiéndose.

 

         Kilómetros tres quinientos y a la derecha, el trozo de tierra que ardió el otro año. Por debajo ya  del cortijo del Valle, muchos álamos en la vaguada de tierra fértil, húmeda y repleta de hierba. Antes de alcanzar el río, va la carretera aquí con un puntal que por la izquierda cae y al frente se ve grandiosa la Lancha de Pedro Bueno.  Es una umbría repleta de vegetación y muy complicada de andar por las calizas que le dan forma.

 

         Una curva más hacia la derecha y quedando a la izquierda, en un puntal casi en el río, las ruinas de los cortijillos del Coto. Un puente menor para atravesar un arroyuelo, se allana un poco, frente se ve la figura del Lanchón con toda esa gran ladera por donde va la senda que visita a la Cerrada de Utrero y ya aparece el río justo en el kilómetro cuatro desde el empalme.

 

         El puente, el surco por donde salta la corriente, la casa de máquinas donde estuvo la central que era alimentada por el embalse de la Cerrada de Utrero, al otro lado, otra construcción que perteneció a la central y el río que baja bien lleno de agua muy clara.

 

         El encuentro con el Guadalquivir por este rincón tan bonito, siempre produce cierto gozo en el espíritu y de inmediato, el deseo de parar, observarlo detenidamente y descubrir la fuente principal que le presta  tanta luz y belleza. Por la derecha queda la caída, casi cascada, que se derrama desde el embalse de la Cerrada de Utrero y brincando por la inclinada ladera, busca el descanso por la junta del arroyo del Valle y algo más abajo que es por donde se extiende Vado Ancho.

 

         Antes de seguir me detengo un poco para brevemente explicar el precioso tramo que el río nos regala por aquí. Si dejamos el coche justo al cruzar el puente, por ahí mismo río arriba sale una senda. También va otra senda por la otra margen del río. Subiendo, por el lado de la derecha. Es un buen camino que usan mucho los turistas que por este rincón se aventuran.  Describo mejor la senda que sube por el margen izquierdo aunque no sea la más cómoda. No lo es pero sí muy bella.

 

         Pero quiero decir que desde hace algún tiempo los turistas han tomado este rincón de la Cerrada de Utrero para recorrer el río desde las partes altas hasta el puente saltando por las cascadas y de charco en charco. Se lo pasan bien y dicen que es un deporte pero al mismo tiempo es una pena. Ya han roto también la paz y belleza que por este singular rincón del parque existía. Es muy bello este rincón tan lleno de cascadas, pozas, manantiales y charcos. La vegetación y el paraje que lo contienen también son muy bonitos. Desde que lo han tomado los turistas de la manera que lo han tomado ya es otra cosa y en el futuro todavía será peor.   

 

         La senda que quiero explicar arranca justo de las ruinas de la casa que fue refugio del guarda de al central. También fue  un cortijo serrano y por eso todavía tiene muchas parras, membrillos, higueras, álamos y acequias que recogían del río unos metros más arriba. Las tierras que rodean esta casa fueron recias huertas a las que los serranos sacaban buenas cosechas de patatas, tomates, pimientos y otras hortalizas. Las acequias y las tierras todavía se reconocen bien pero ya se las van comiendo las zarzas poco a poco.

 

         Pues siguiendo esta senda enseguida se mete por el mismo surco del río. Si es invierno y después de las lluvias, es casi imposible andar por aquí. Pero en verano no hay problema. Y siguiendo el surco del río se asciende con toda comodidad en un juego primoroso con los grandes charcos que el río nos va presentando, las bonitas cascadas y los gruesos bloques de rocas despeñados desde las laderas de ambos lados.  Es posible darse un baño en estos charcos cuando el calor así lo pida. 

 

         A media altura entre el puente de la carretera y el muro del pantano en la Cerrada de Utrero tenemos que pasarnos al lado de la derecha. Por el de la izquierda ya no es posible avanzar por las dificultades que presentan las paredes rocosas y los grandes peñascos.  Por la derecha encontramos la senda y sin mucha dificultad podremos remontar hasta la parte más bonita de este tramo del río. Se presenta donde el desnivel es más fuerte y por eso las cascadas y las pozas son mucho mayores y bellas.  Quedarnos por aquí sin prisa, será una recreación para el alma y la vista. Pero una vez que remontamos unos metros más, encontramos una preciosa covacha y algo más arriba, la verdadera senda.

 

         En otros tiempos por esta senda bajaban los serranos de la parte alta de la cerrada hacia las tierras de lo que ellos llamaban “Valle”.  Vado Ancho y Arroyo Frío. Cuando hicieron la carretera esta senda, como otras muchas, quedó sin uso hasta que los turistas vinieron por estas sierras y volvieron a pisarla buscando tesoros para recrearse. Pues decía que siguiendo esta senda, enseguida remontamos las cascadas y pozas que nombré antes y ahora cruzamos otra vez el río. Nos venimos al lado de la izquierda y ya por ahí, sin ninguna dificultad, remontamos hasta el muro del pantano y las pozas de la gran cascada del arroyo de Linarejos. La que los turistas llaman “Cola de Caballo”, igual que otras tantas en estas sierras. Su nombre verdadero es salto del arroyo de Linarejos y de la Cerrada de Utrero.  

 

         Y ahora ya seguimos con la ruta principal. Me he parado un poco para indicar algunas cosas de esta cerrada de Utrero porque creo que merece la pena conocerla. En una excursión de las más bonitas de estas sierras y que toman con mucho gusto gran número de turistas.  No tiene mucha dificultad y coge muy cerca de la carretera.  Ya pasando el puente, la carretera por aquí, se ciñe algo al surco del torrente y sigue bajando por la tierra llana que éste le tiene preparada. Casi en el centro de la franja de los  ochocientos y novecientos metros, es donde me encuentro y antes de llegar a Arroyo Frío, descenderé de los ochocientos. Por la izquierda me acompaña la transparente sinfonía de la corriente y por la derecha, la cuneta llena de agua clara.

 

         Los pinos escoltan muy espesos, mezclados con robles y las praderas de hierba fresca, no dejan de anunciar que es esta una zona muy húmeda y de tierra fértil. Por la izquierda y al otro lado del río, la gran ladera que se extiende desde el mirador del Puerto de las Palomas. Los Agrios, parece que se llama ese gran lanchón por donde se clavan los pinos y los romeros y creo que le cuadra bien ese nombre, porque realmente es una ladera muy abrupta.

 

         Aparecen por este lado varios cortijos, las bonitas llanuras que los acogen repletas de hierba y por ellas, las ovejas pastando. Por este rincón, tengo muchos trozos de mi alma, desparramados y todos ellos, empapados en dulzura. Los huertos siguen presentes con el verde de sus hortalizas ya reventando y las aguas del río que los visita para regarlos y hacer que la vida germine. ¡Qué rincón más bonito!

 

         Desde su nacimiento y, quitando el trozo que desde el Puente de las Herrerías se alarga hasta Vadillo, éste que ahora voy recorriendo, es el primer gran valle real que el Guadalquivir atraviesa. Me refiero a valle llano, con riveras anchas por donde la tierra se presta para huertos y los charcos se remansan casi eternos.

 

         Voy llegando al poblado de arroyo Frío y al mirar para la izquierda, por la ladera veo subir el cortafuegos que remonta hasta el mismo Viñuela. Kilómetro cinco y a la izquierda ya aparecen las casas chalé de arroyo Frío. Muy amontonadas pero como el bosque este año sí está verde, mezcladas con ramas de pinos, álamos y fresnos. La carretera ahora discurre justo por la curva maestra que marca el nivel de los ochocientos metros y por eso es llana total.

 

         Antes de entrar a las casas, el término de la Iruela y Santo Tomé. Justo el kilómetro seis desde el empalme, arroyo Frío, una fuente a la derecha, el puente que sostiene a la carretera, y ya, tanto a izquierda como a derecha, construcciones de apartamentos, tiendas, restaurantes y al borde de la carretera, muchos coches. Mucha gente que va de un lado a otro, los hoteles que escoltan y a pesar de tal inconveniente, bonito este rincón.

 

         Antes del último hotel por la izquierda donde se alquilan apartamentos y tienen piscina con césped, muchos caballos para alquilar. Y por lo que me dicen, este año hay mucho turismo. Será bueno para unas cosas y no tanto para otras. Kilómetro seis ochocientos y la carretera que enfila valle abajo en un juego con el río y, ahora mismo, por completo recta.

 

         Es un valle éste muy bello y a la izquierda todavía se ven construcciones de aquellos tiempos que principalmente sirven para encerrar ovejas. Conozco al pastor y sé por dónde pastan estas ovejas. Un bosque espeso de pinos y álamos a un lado y otro. Kilómetro treinta y nueve desde Peal y siete desde el Valle y la carretera atraviesa el arroyo de los Planes que trae mucha agua. Un puente y a la izquierda, las viejas vigas de hierro que conozco de cuando querían construir no sé qué, al otro lado del río. La Rejona se llama ese rincón y es por donde queda la vieja piscifactoría y un molino que también funcionó el rincón.

 

         Queda por ahí Maja de los Conejos y la zona de Covicornal. Un tramo del Guadalquivir muy bello y recogido entre los cerros del Molinillo y las laderas de la del cinto de las Albardas. Siete novecientos, remonta aquí un poco, a la izquierda una casa de piedra y a la derecha, un tablón donde se puede leer: “Aula de Naturaleza el Cantarla, a tres kilómetros”. Se desvía una pista de tierra y ya sé también  los rincones que esta pista atraviesa.  Pero a pesar de lo que estoy pensando, es más que bonito este paraje.

 

         Por la izquierda me empieza a quedar la elevación del cerro del Molinillo y las ruinas de una construcción que siempre me llaman la atención. Las tengo más que recorridas y pisadas pero como se ven desde la misma carretera, sugieren más de lo que a simple vistan parecen.  Y justo por aquí, la carretera empieza a penetrar la zona de los setecientos metros de altura. Busca el encuentro con el río por donde lo volverá a cruzar montada sobre el histórico Puente del Hacha.

 

         Por ambos lados, un buen bosque y denso, de robles y encinas y las praderas tupidas de hierba. La sombra las arropa y la quietud de la mañana las tiñe de magia. Caigo ahora en la cuenta que por estas praderas, tanto a un lado como a otro, muchas veces me he encontrado buenas manadas de ciervos, gamos y cabras monteses.

 

         Kilómetro nueve doscientos y aquí está el Puente del Hacha. Por la izquierda y arriba, se ve el macizo del Cerro Campanillas y el conjunto de Monte Malo. Al cruzar miro y ahora lo encuentro mucho más lleno y claro. Gira de inmediato para la derecha y por el kilómetro nueve seiscientos, una llanura. Por la izquierda se arranca la pista que también conozco y hasta me acuerdo de cuando aquel día me encontré los viejos robles arrancados de raíz. Sube para la casa de la Cruz del Muchacho pero no es posible por la cadena que la corta y las alambradas, algo más arriba.

 

         Por la derecha queda la amplitud de la llanura y un panel donde se puede leer lo del Hotel Ríos.  También esta llanura tiene su cerca de alambres. El cortijo del Carrascal queda por aquí pero a la derecha y ciertamente recogido entre un bosque grande de viejas encinas. ¡Qué bonito es también este rincón y cuantos ratos emocionantes tengo vividos por el lugar!

 

         A la izquierda me va quedando el alargado y pleno barranco del Cantalar por donde se alza el cortijo del Chaparral y otras construcciones. Corona esa hondonada, la redondez de Cabeza Rubia con su belleza sin igual. Y es que  todo este rincón, a un lado y otro y el surco que da paso al río, a mí me parece como si tuviera concentrada una belleza distinta a cuantas bellezas existen por los parajes de estas sierras. Al menos así lo tengo recogido en mis vivencias y más sutil aún, en mis sueños. ¡Si lo pudiera expresar!

 

         Kilómetro diez trescientos y voy atravesando la llanura donde estuvo el campamento que dieron en llamar Tejerina.  Es un nombre muy bonito y cogido de  un cortijo que se alza por la izquierda cerca del arroyo del Saúco pero casi más pegado a la cumbre que sostiene al Narigón. Desde este punto ahora mismo estoy viendo ese tremendo macizo rocoso.  Casi todo el bosque de esta extensa llanura está formado por encinas y por debajo de ellas, aparecen rodales de hierba convertida en pasto.

 

         Once doscientos y aparecen unas construcciones. Por aquí estuvo la que es conocida como casa del Chato y ahora transformada en un flamante hotel.  Justo queda enfrente Cabeza Rubia, se estrecha el valle que va dando salida al río y aparece una vegetación muy espesa de pinos, zarzas, encinas, álamos y robles.

 

         Arroyo de Saúco y un mojón formando por dos lanchas rocosas donde se puede leer el monte ordenado que por aquí existe.  Kilómetro doce, a la izquierda, una fuente de piedra pero seca de agua. Una pista de tierra empieza a remontar por esta ladera y va hasta el cortijo de Tejerina y otros puntos. Sirvió para extinguir el fuego que devoró los pinares de estas solanas. Todavía muestran sus heridas.

 

         Queda por la derecha  un cortijo viejo metido junto al río.  Es esta la antigua venta de Juan Aldid. Por la misma puerta  del cortijo pasaba antes el camino que, desde la Rejona, por la Cruz del Muchacho remontaba a Royo López, Fuente del Cocón, Puerto de las Palomas, Burunchel o desde la Rejona, Majá de los Conejos Puerto de las Palomas, donde se unía con el que sube de Vado Ancho. Por la puerta de este mismo cortijo y siguiendo la senda ya mencionada, antes de la carretera asfaltada, discurría la vereda de trashumancia que valle arriba subía hasta Tejerina, Royo López, Puerto de las Palomas. La venta del Chato, la de Juan Ardid y la de las Ericas, eran las tres que por este rincón se presentaban junto al viejo camino que por aquellos tiempos discurría lo más pegado posible al cauce del río. 

 

         Al frente y lejos, destaca el pico del Calarejo. Justo en el kilómetro trece  el arroyo de barranco Polo que viene de la Fuente de la Zarza. Por la izquierda me va quedando una gran instalación hotelera, con lago y lujosos apartamentos. Este arroyo viene muy repleto y también lo tengo recorrido hasta la misma cumbre donde nace que es por la Nava del Puesto. ¡Qué bonito es toda esta ladera y luego el barranco de la Torre del Vinagre, por las partes altas.

 

         Trece cuatrocientos y otro arroyuelo que entra por la izquierda con su caño de agua para regar las tierras de Las Ericas y darle un poco más de vida al Guadalquivir.  Aparece el restaurante Taxidermista y por la derecha las llanuras de las Ericas. Por el lugar todavía se alzan varios cortijos de aquellos tiempos y paisajes magníficos por donde tengo desparramadas tardes inolvidables.

 

         Remonta un poquito, una zona pelada de vegetación aunque sí abundan las matas de lentisco y jaguarzos. Revolotean los cuervos mientras graznan y el cielo  es azul intenso. Álamos y pinos escoltando. Catorce cuatrocientos y baja algo buscando el surco del gran arroyo por excelencia por la ladera de la derecha.

 

         Al frente se ve el monte que baja desde Piedras Rubias, Puntal de la Zorra y las Carboneras. Ahora recuerdo que esa ladera tan espesa de romeros, la tengo recorrida y metida en lo más hondo del corazón. ¡Qué veneros más limpios brotan  por el lugar y qué sensaciones más dulces transmiten las hondonadas y collados!

 

         Más abajo y un poco antes de que este arroyo de la Torre del Vinagre sea cortado por la carretera, se encuentran las ruinas, no total, del verdadero cortijo Torre del Vinagre. Los arropa un espeso bosque de encinas y robles y queda separado de la carretera. Un espigón de rocas donde se puede leer: “Monte Torre del Vinagre”.

 

     La vegetación a un lado y otro, espesísima, negra de tan verde y en su silencio eterno que esta mañana, lo es más que nunca. Como si estuviera esperando, mientras late y respira, no se sabe qué. Desde esta llanura, traza una cerrada curva hacia la izquierda, atraviesa una leve hondonada por donde he cogido muchos guíscanos en los otoños - inviernos y por el kilómetro quince, ya se adivina, busca el descanso sobre la explanada de la Torre del Vinagre, museo.

 

         Quince novecientos, una recta y ya empiezo a oír a la cigarra. Decía al principio que hoy va a ser un día de mucho calor. Aparecen rodales de tierra con la hierba seca y esto lo encuentro normal. Kilómetro dieciséis seiscientos y el letrero de “Piscifactoría, río Borosa, Coto Ríos, Parque Cinegético, el Tranco, Sierra de Segura y la Hortizuela”.

 

         Por la izquierda se me presenta el mazacote de la construcción del museo y entre ella y yo, la explanada asfaltada donde aparcan los coches. Está cerrado y por eso a nadie se ve por aquí. Unos metros más adelante, el jardín botánico con sus rejas de hierro y por la derecha, la pista asfaltada que baja al cauce del Guadalquivir, lo cruza y lleva hasta la piscifactoría, entrada al río Borosa.

 

         De todo este rincón existe mucha información escrita que se puede comprar y pedir en los edificios de la Torre del Vinagre. En este trabajo mío sólo diré que los rincones más bonitos, al menos los que a mí me llenan, son los de la casa del Ricardo, justo donde desemboca el Borosa con el Guadalquivir, las corrientes limpias de los dos ríos y poco más, excepto el amanecer bañado de rocío en las mañanas de primavera u otoño y luego el penetrante rumor de las noches invernales. ¡Qué tremendos y dulces los momentos de esas horas! Y lo digo, porque registrados los tengo en mis experiencias más sutiles de estas sierras.

 

         La grandiosa ruta del río Borosa y las compañeras que surcan esta vertiente, están descritas en su apartado correspondiente con la dignidad y cariño que merecen.

 

         A Coto Ríos    Ir al índice 

         Desde la misma curva que al rozar el jardín botánico, traza, se ven al fondo los agudos picos del Blanquillo.  Gran ladera y cumbre es todo ese macizo y tan difícil de penetrar que diría es imposible si no se va por la senda que le corresponde, si es que se conoce o se encuentra. Nada más dejar atrás el jardín, por la derecha, entrada a la zona de acampada a los Rodeos.

 

         Tengo ahora mismo una sensación dentro de mí tan rara,  que me es por completo desconocida en mis encuentros con estas sierras. Percibo como si una profunda soledad se hubiera adueñado de todos estos parajes. Como si todos, y especial las personas que son de aquí, se hubieran ido para siempre dejando en el más absoluto abandono arroyos, caminos, fuentes, barrancos y cañadas. Y la verdad es que veo a muy pocas personas, quitando las que se amontonaban por arroyo Frío y los coches que me encontré por el mirador de la cumbre que son oficiales.

 

         Sólo dos o tres coches me he cruzado y por lo demás, hasta las casas parecen respirar abandono y el mismo aire de la mañana, transmite como un agrio sabor a melancolía. ¿Qué ha pasado o pasa por esta sierra mía? ¿Es sólo un sentimiento extraño que por cualquier causa ahora mismo gusto yo?

 

         Kilómetro cuarenta y nueve desde Peal y al frente, izquierda y al otro lado del río, las casas de la loma de María Ángela. Rincón este bonito y remontado en su puñado de tierra pero que todavía no he pisado ni conozco y tampoco sé por qué causa.  Desde lejos y,  por el mundo de mis sensaciones, capto como si por ahí  estuviera el límite de una frontera de algo que termina y algo que comienza.    

 

           Por aquí ya, acompañado del canto de las cigarras mientras bajo buscando la llanura que se extienden entre el río y la carretera, frente al hotel la Hortizuela. Muchos charcos remansados en el río, pinares espesos, algunos coches parados y personas que se preparan frente a las aguas y la mañana. A la izquierda me queda una fuente sin agua, aunque la tenía y muy buena pero tuvieron que secarla.  Por aquí mismo baja el arroyo de la Hortizuela que nace en la cumbre y no muy lejos de Peña Corva.

 

         Otro monolito rocoso construido expresamente donde se puede leer: “Monte la Hortizuela”. Por la izquierda una construcción pegada al río y el letrero que la anuncia: “Bar, merendero el Tobazo”.  Es este el comienzo de la llanura que decía antes y me gusta, no sé por qué, a pesar del pasto blanco que la cubre ahora mismo y los viejos olivos que aquí siguen parados y como en su espera. Tienen sus troncos arrugados y al verlos, en más de una ocasión, me he preguntado por los secretos que ellos guardan y tanto desean transmitir pero ¿cómo lo hacen?

 

         En mitad hay una recta, buscando el arroyo de la Hoya de la Almadilla, que este sí viene justo de donde se alza Peña Corva. Me voy moviendo por la curva de nivel que va  de los setecientos metros para abajo. Desde este punto me corona y me saluda majestuoso, todo el macizo de la cuerda del Blanquillo y los Hermanillos. A la izquierda y kilómetro dos desde la Torre del Vinagre, el panel donde se anuncia el hotel de la Hortizuela. Bonito rincón este también y desde donde se divisa enfrentando, la grandiosa figura del Calarejo de los Villares.  Pero  Dios mío ¿por qué me rechina dentro?

 

         Remonto brevemente, kilómetro dos doscientos y voy a encontrarme con varios hoteles más. Hace mucho que los construyeron y son realmente acogedores y ofrecen descanso. San Fernando, Mirasierra y el Pinar, tres establecimientos casi juntos, al borde del río que voy recorriendo y por donde me encuentro algunos coches aparcados.

 

         Por la derecha me va quedando el río y ahora recuerdo que por aquí y con  mi amigo Pío de las Vacas de Coto Ríos, he compartido muchas tardes de verano, charlando de mil cosas serranas mientras cuidábamos de sus vacas y cruzábamos la corriente.  Ahora él ya no está  ni su mujer porque como los dos eran mayores, pues los años y otras realidades humanas, les tienen refugiados en el asilo de Villanueva del Arzobispo. ¡Qué corazón más grande en personas tan sencillas y  desposeídas!

 

         Estos tres hoteles se encuentran en el kilómetro cincuenta y uno de Peal. Al rozarlo, veo la sendilla por la derecha cae hacia los pinares de la torrentera que precede al río, por la que subíamos Pío y yo. Al fondo se encuentra la Huelga de la Parra que es una tierra que a sus vacas les gustaba mucho. Recuerdo yo ahora también que desde este punto sale un camino que remonta por la izquierda y sube hasta la hoya donde se desmoronan los cortijos del Zarzalar, donde nació y vivió Manuela, la Golondrina.

 

         Y otra vez una sensación extraña: la sierra que sueño y tan profunda llevo en mí, en el ámbito de fantasía o mundo espiritual, es una realidad por completo distinta a lo que cuando vengo por aquí, me encuentro y ven mis ojos. La sombra y presencia de la soledad, me sigue empapando el alma. ¿Qué sucede y por qué no puedo aclararlo para decirlo?

 

         Tres setecientos y cruzo el arroyo del Zarzalar. Varias personas se preparan para bañarse en los charcos claros que algo más arriba se remansan. También conozco en profundidad este arroyo y sobre todo por la Huelga del Ermitaño y el cortijo del Zarzalar con su asperilla y el agua limpia. Este sí que es un noble rincón  y eterno lo seguirá siendo. Su perfume me levanta el espíritu y me llena de gozo el corazón. Es por donde ahora muchas personas se bañan y por eso lo tienen bautizado con un montón de nombres.

 

         Por la derecha voy viendo el río, con su playa de arena y su corriente limpia y los álamos dándole compañía. Remonta un poco, se allana por entre álamos y pinos y la verde hierba. Por aquí estaba Pío con sus vacas y ahora se acaba en el asilo y lejos de su rincón de Aguasmulas y Guadalquivir.  Se espesan los pinos por la derecha y pronto tendré a la vista, el camping.

 

         Dos trescientos y a la izquierda una casa sencilla donde en más de una ocasión he visto tejer cestas de mimbre para venderlas. Y ya por la derecha, aparecen las tiendas del camping. Un espeso bosque de pinos y álamos las arropa y por esto le llaman al rincón Chopera de Coto Ríos. Está sobre una tierra que ha sido robada al río y el rincón es bonito y fresco, por tanta sombra y la proximidad de las aguas pero es otra cosa.

 

         No se ven muchas tiendas esta mañana. Y me vuelvo a decir que hoy, ni siquiera en este lugar veo a las personas que quisiera encontrar. El panel donde se puede leer: “Poblado de Coto Ríos”. Kilómetro cuatro ochocientos.  Para la derecha se desvía el trozo de carretera que después de cruzar el río por el puente badén, donde se remansa la piscina que en verano retienen, sube y se encuentra con las sencillas casas del poblado. ¡Cuánta emoción me corre por las venas sólo sentir que, aunque sea con el pensamiento, me encuentro entre ellos!

 

         Porque entre las personas mayores que ahora habitan estas casas y que fueron recluidos de muchos rincones de esta sierra, se concentra el más puro latido de la sierra real y profunda. Por eso creo que ellos contienen la mejor de todas las ciencias y que no es posible encontrar en ninguna otra fuente.  Si pudiera y supieran hablar, ¿qué no descubrirían?

 

         Por la izquierda me queda la fuente, también sin agua donde en aquellas tardes de aquel verano, estuve sentado tantos ratos oyendo de sus labios lo  del cortijo del Mulón, Cueva del Torno y el cortijo de la Fresnedilla. ¡Cómo sangraba, Dios mío, y como lloraba por aquel trozo de sierra tan enormemente bello y ahora tan olvidado  y en su silencio!

 

         Por este lado me sorprende el dulce arroyo de Agua Blanquilla que también desciende de las cumbres y  laderas de los Hermanillos, compañeros de Pedro Miguel, que es el que todos llaman "Blanquillo" y no lo es. Otro hito rocoso clavado junto a la carretera donde se puede leer: “Monte, Solana de Coto Ríos”. Se escapa el río del camping, se aplasta por entre álamos, junqueras y tarayes y ya comienza a rozar las tierras de la Golondrina.  Por la izquierda se aparta la pista de tierra que conozco en todas sus curvas y repechos y por eso sé que va al centro mismo de la Hoya de Miguel Barba.  Delicioso paraíso a media altura entre la cumbre y el valle.

 

         Al Parque cinegético. 

         Kilómetro cinco doscientos, y por la derecha me saluda el hotel de la Golondrina  que es donde también tengo muchos trozos de mi vida entre un montón de tardes celestes compartidas. La que más sabe de sierra y de grillos para alimentar a los perdigones. ¡Qué gran persona es esta serrana de pura cepa y con sus raíces hundidas en la tierra hasta lo más hondo!

 

         También descubro que este establecimiento está solitario. ¿Será que todavía es algo temprano?  Y mi reloj marca la diez y media de la mañana. Algunas casas de residencia particular a un lado y otro y enseguida, por la derecha, la pista que lleva al segundo de los campings, el de los Llanos de Arance.

 

         Ahora recuerdo cuando aquellas tardes, sentado a la sombra del pino que me saluda por la izquierda, me decía que estas llanuras, desde el poblado para abajo y hasta donde llegan las aguas del pantano, eran todo huertas y trozos de terreno donde se sembraban remolacha, panizo, trigo, cebada, garbanzos y otras mil cosechas necesarias para la supervivencia de los serranos en sus cortijos. ¡Qué tiempos aquellos y qué tiempos estos!

 

         Kilómetro cinco cuatrocientos y la pista que me va a llevar al río Aguasmulas y por él arriba, al corazón  donde estuvieron aquellos serranos grandes y nobles. Pero ahora sigo para el muro del pantano al final de esta grandiosa ruta que hay  que recorrer mucho más despacio y gozarla hasta en sus más nimios detalles.

 

         Hasta el mismo camping de los Llanos de Arance, llega hoy la cola que el pantano remansa río arriba. Y esto me indica que ahora está mucho más colmado que en pleno invierno.  La carretera  desciende suavemente escoltada con un bosque espeso de pinos a un lado y otro. Rozando casi los seiscientos metros de altura es el nivel que por aquí se da. Cantan las cigarras, sigo emocionado con el verde de los bosques pero por la cumbre del Banderillas y el Yelmo, se alza una gran nube negra. Puede empezar a llover en cualquier momento.

 

         Por la izquierda y ladera que baja desde el cerro de la Hoya, unos olivos por donde adivino estuvo la cueva de la Pascuala, abuela de Domingo en Coto Ríos. Una borrosa pista que sube buscando la que remonta a la Hoya de Miguel Barba.  Por aquí mismo estuvo también aquel humilde cortijo y luego la serradora que funcionaba con troncos de pinos y cortaba madera para las traviesas de los ferrocarriles españoles. Los viejos olivos dan testimonio de aquella presencia.

 

         A la derecha, los pinares, algunas tiendas y la construcción de servicios del camping Fuente de la Pascuala. No hay muchas tiendas, algunas caravanas y aquí, en una losa arrancada de las laderas que rodean, han escrito el nombre del rincón, que no es el mismo de aquellos tiempos. La entrada al camping está en el kilómetro seis quinientos.

 

         Las aguas que remansa el pantano desde este punto de la carretera, se ven azules y densas por el surco del río. A lo lejos, al fondo y al otro lado y por la derecha, se ve el viejo cortijo de Aguasmulas. En el kilómetro siete cuatrocientos, justo enfrente, queda el surco del río Aguasmulas entregándose al Guadalquivir.  Por este río afluente entra el agua remansada. ¡Lo que ha subido este pantano en los últimos años si lo comparo con lo seco que estuvo también hace unos años!

 

         Un letrero donde puedo leer la palabra fuente y ahora recuerdo que se encuentra al lado mismo del arroyo que baja de la Hoya de Miguel Barba de donde el arroyo toma el nombre prestado. Sé que esta fuente se llama del Macho y, según tengo entendido, tomó el nombre por algo que se le atribuya al padre de la Golondrina. Sólo ofrece unas gotitas de agua.  El arroyo sí viene repleto.

 

         En línea recta desde esta fuente, por la derecha y remontado en un cerrete, queda el viejo cortijo de Aguasmulas. Toda esa zona está repleta de olivares. Por la izquierda me va quedando una ladera de pinos carrascos y pequeños, acompañados de multitud de lentiscos y tierra roja. Esta tierra es buena para los níscalos y lo sé porque los he cogido muchas veces de estos rincones.

 

         Pero también, ahora en verano, el sol le da fuerte porque es solana y por entre las ramas secas de los pinos, las chicharras chirrían que dan gusto. Remonta un poco rozando la línea maestra de los setecientos metros y al dar una curva, arriba y por la izquierda, veo las casas de aquella bonita aldea que se llamaba cortijo del Aguadero. Sé por qué le pusieron este bonito nombre. El arroyo que por detrás la roza, es de un caudal abundante, limpio y fresco como la nieve. Las tierras que aquellas personas allí cultivaban, tenían todo el líquido cristal que querían y algo más.

 

         ¡Qué bonito es ese rincón y cómo lo recuerdo por las tardes tan deliciosas que unido a él he vivido! Desciende ahora un poco y la hierba verde, escoltando a un lado y otro. Por la izquierda me va quedando una loma que tiene el nombre de Los Asperones. Mana por aquí una fuente con el mismo nombre y sé que la ladera oculta unas cuevas bonitas donde estuvieron ellos en aquellos tiempos e incluso nació el niño. Por aquí baja la senda que viene desde las casas del Aguadero.

 

         Cruzo el surco de un arroyo menor, el de los Asperones y al frente me tropiezo con algunos olivos. También sé a quienes les pertenecen. Otro mojón levantado con losas arrancadas en las laderas donde se puede leer: “Monte, Poyo Segura de Pontones”. Cipreses a la derecha, un trozo de tierra cercado que pertenece a la finca del Hoyazo donde ahora hay apartamentos y en otros tiempos, molía un molino de aceite.

 

         Una curva a la derecha, la casa de estos apartamentos, la alambrada protegiendo a los olivos a un lado y otro, un caballo solitario y otra curva para la izquierda. De pronto, aparece el recodo donde se anidan varias construcciones que conozco bien. Las que fueron un centro para curar y las que fueron cortijos en otros tiempos y ahora, un bonito hotel donde hacen las mejores migas de la sierra. Lo sé por experiencia ya que me las he comido muchos días, en lo más alto de estas cumbres pero calentitas y repletas de tropezones.

 

         El recodo que por aquí dibuja el pantano es porque le presta tierra el cerro del Almendral por el lado en que sale el sol y una entrada muy placentera, con su delicada llanura, el arroyo del Aguadero que precisamente se desploma por este lado de la ladera, después de dejar, en su gran soledad ruinosa y sobre la cumbre, a las recogidas casas de la aldea del Aguadero Alto.

 

         Es más que de ensueño el recodo que por aquí ha trazado el río Guadalquivir  y acompañado por los arroyuelos que desde la ladera le llegan. Y lo primero que se me cuela por los ojos, nada más entrar en esta curva, son las aguas del pantano que casi llegan a las paredes del hotel que ya he dicho. Pero antes y según todavía me encuentro sobre la curva y enfrentando a la ladera del Almendral, un grupo de casas que, como ya he dicho, fueron centro para curar y ahora apartamentos. Fuente de Piedra han rotulado como nombre a su entrada y sé que este nombre le corresponde a una preciosa fuente que brota casi en la cumbre de la sierra que por la izquierda me va quedando.

 

         Kilómetro diez cuatrocientos. Rozo las casas de estos edificios y lo que más me llama la atención es precisamente el azul del agua que a pocos metros remansa el pantano. ¡Qué lleno está no ya sólo de agua!  Como el cielo que me corona y lo corona, se muestra algo negro de las nubes que la tormenta viene arrastrando, de este mismo tono se tiñen las aguas y ya no son ni blancas ni azules por completo  sino otro azul transparente que tira a negro. ¡Precioso el espectáculo!

 

         Por el lado derecho del pantano que propiamente podría ser el río Guadalquivir, las malezas de la Sierra de Mirabuenos que pertenecen a Santiago de la Espada y es por donde caen dos grandes arroyos: el de las Grajas y el del Aguaderico. Por esas cuestas, casi infinitas y complicadísimas de andar, tengo muchos momentos desparramados tanto a la sombra de los centenarios robles como por entre las ruinas de cortijillos y aldeas, más lejos, coronando la cuerda de las Banderillas.

 

         Y como he recorrido toda la ampulosa curva que la carretera traza por el rincón como si tuviera miedo que el pantano la pille, rozo la entrada del hotel.  Mis ojos se van por donde se alza porque en el rincón, y ya lo he dicho, tengo momentos muy bonitos eternizados. Tiene la piscina llena y es del mismo azul que las aguas del pantano pero un poco tamizado por el color blanco de la pintura que le han puesto a las paredes. Por la orilla de las aguas del pantano, veo unas barcas y esto es nuevo.  Las han traído para que los turistas tengan un aliciente más y aprovechando lo lleno que está el pantano.

 

         En la misma carretera y por la derecha, tiene el gran panel donde se puede leer lo de Hotel paraíso de Bujaraiza. Y recuerdo ahora que este invierno pasado varias veces he venido para que sus dueños me llenen de miga calentitas y apetitosas, la fiambrera. Después la he cerrado y cuando ya me he cansado de remontar las cumbres que por la izquierda me van quedando y es donde se esconden las ruinas de la Cabañuela y otros cortijillos, me las he comido sentado sobre una piedra tapizada de musgo y con los pies rozando la corriente limpia de algún manantial. ¡Cuántos níscalos no habré yo cogido por los pinares de las hoyas y llanuras que se esconden en esta cumbre que digo!

 

         Once cien y es justo cuando voy pasando por donde hay que apartarse para entrar a este hotel.  Remonta la carretera un poco y se da de bruces con el mágico arroyo del Aguadero. Trae mucha agua y parte se la llevan al hotel, otra poca para el restaurante unos metros más arriba, por la derecha y la que sobra, que ya digo es mucha, se va al pantano. Justo al cruzar, término municipal de Santiago Pontones. Otros rótulos dicen: “Parque Cinegético, aparcamientos, restaurante”.

 

         Kilómetro once quinientos. Sigo remontando y ya llega a lo que es propiamente el collado que por aquí tiene el nombre del Almendral. Me saludan muchos pinos a derecha e izquierda, los coches que casi siempre por aquí hay, la pista que por la derecha comienza a remontar el cerro, siguiendo la alambrado donde se encuentran encerrados los animales que todos quieren ver. Le echan de comer no muy lejos del camino que se recorre y se ven pero aunque no lo parezca, están encerrados.

 

         Al embalse del Tranco.  

         La carretera comienza una bajada no muy pronunciada, bordando el pantano y ya metiéndose en las tierras de Bujaraiza.  Por las que son llanuras que caen desde esta ladera y las del Cerro del Almendral, se ve remansado el pantano y en el centro, las ruinas del viejo castillo de Bujaraiza, hoy sí, rodeado por las aguas. En otoño, por estas llanuras, se juntan las manadas de ciervos y gamos, al caer las tardes, en la famosa lucha de la berrea.

 

         Varias curvas siempre rodeada de pinares y por la derecha, la construcción de piedra del mirador llamado Rodríguez de la Fuente.  Kilómetro doce doscientos. Justo por la curva maestra de nivel que va por los setecientos metros, avanzo ahora.  Desde este punto lo que más se ve y gusta, es la enorme masa de agua recogida en el pantano. ¡Si pudieran hablar las tierras que ahí se ahogan y ni pisar ahora puedo!

 

         Digo yo y es verdad, que a veces la sociedad y el mundo avanza pero ¿sobre cuánto machacado y personas para siempre borradas del planeta? Y son cimientos que sostienen la fachada de la realidad presente, aparentemente sólida y limpia porque los que ahora por aquí llegamos ¿qué sabemos de aquellos tiempos y de ellos? Pero si la tierra hablara, Dios mío qué tremendo.

 

         El que es un gran cerro y lleva por nombre Cabeza de Viña, por completo rodeado por las aguas. Hoy no puedo pasar a él andando como tantas otras veces. Por la izquierda me va quedando una larga y ancha ladera muy mala de andar y para otras cosas aunque las monteses la toman bien. Es esto parte de las Malezas de Rovuelto.  Cruzando esta agreste ladera, cae una cascada, cuando llueve fuerte y el arroyo lleva el mismo nombre que las malezas.

 

         Por la izquierda me va quedando una cañada, por donde, me han dicho varios, Franco mató su primer ciervo que fue preparado. El mirador de los Cerrillos me va a quedar enseguida por la derecha pero antes, el cortafuegos que sube hacia el monte que protege a la Cabañuela por el lado del medio día y el cementerio nuevo  que corresponde a la aldea de Bujaraiza. El viejo se queda bajo las aguas y es ahora el momento en que tendría que empezar a contar de mis hondas vivencias a lo largo de tardes y noches interminables.

 

         Esta aldea de Bujaraiza es un núcleo grande dentro del temblor que en mi corazón tengo de toda la hermosa sierra de este parque natural. “En las cuatro estaciones de El Último Edén”, medio se esboza. Por esto ¿para qué decir aquí nada?

 

         Kilómetro sesenta y dos de Peal y trece setecientos de Coto Ríos. Desde este mirador no hace mucho, construido, una vista bonita hacia las aguas del pantano y las laderas que al otro lado, quedan.  Catorce quinientos y por la izquierda, una ladera empapada de agua cristal del manantial que brota bajo Peña Palomera, que es donde los de esta derruida aldea, sembraron los álamos que por estas fechas brotan aunque ya faltan muchos. Se han ido secando al ritmo de uno o dos por año.  Por esa ladera y hasta el arroyo de la Cabañuela, ahora Huerta Vieja, se derramaban las huertas que ellos cultivaban.

 

         A la derecha aparece la llanura donde estuvieron sembrados los huertos, porque eran muchos y todos de buenas tierras y por la parte más alta de los cerrillos, las zarzas, higueras, granados y las piedras amontonadas, que es como quedaron las casas cuando aquel día decidieron desmoronar por completo esta aldea. De las paredes que de la iglesia, todavía quedan en pie, prefiero no decir una palabra, porque ya lo tengo dicho en otros apartados.

 

         Al pasar por este punto, hay que pararse y andar despacio la tierra para sentir el latido y observar las parras todavía engarbadas, los membrillos y los granados.  Pero digo yo ¿para qué? Lo nuestro de ahora es otro mundo y por eso seguimos. Una curva para la derecha, quedando una fuente seca por la derecha y un endeble chorrillo junto a la misma carretera y ya nos vamos para el barranco del arroyo que baja desde la Cabañuela.

 

         Es esto una zona de campamento, bonita donde las haya y por donde lo que más abunda, es el agua limpia y las malezas de madroñeras, robles y encinas, gateando por las laderas que suben para la Cabañuela.  Kilómetro quince cuatrocientos y por estas fechas, no acampa nadie en el rincón. Curva breve a la derecha y enseguida para la izquierda y al frente se ve la blanca cascada de los Frailes, que es la más espectacular de todas las cascadas de estas sierras, por estar justo al lado de la carretera y entrar por los ojos, según se va en el coche. Sale sólo cuando la lluvia es abundante y estos años que han pasado, lo ha sido y mucho.

 

         Por las partes altas de estos dos arroyos, brotan las fuentes que conozco, se pudren las ruinas de uno de los cortijos que más quiero de estas sierras y se borran todos los caminos que van desde la Cabañuela a las Lagunillas y a las tinadas y pedazos de tierra que ellos cultivaron.  Lo que me va quedando por la derecha, como ahora lo cumbre el pantano, aunque me tiembla en lo más hondo del alma, lo dejo en silencio.  Pero es bonita la vista que las aguas muestran, cada vez más profundas y anchas.

 

         Nada más dejar atrás el arroyo, por la izquierda, la fuente de los Frailes. ¿Por qué se llaman fraile arroyo y fuente? Arriba, en un rincón que conozco, las rocas se alzan en forma de columnas sólidas y a estos monolitos, los serranos dieron en llamar frailes y hasta monjas, por otros rincones.

 

         Los árboles que van escoltando la carretera, este invierno pasado, los limpiaron y ahora todo parece más claro. Algunos se les ven ahora casi esqueletos pero también vale. Por la tierra, a un lado y otro, se dan muy bien las esparragueras y de ellas, cuántos buenos puñados de espárragos no habré cogido yo a lo largo de un montón de primaveras.  Hasta crudos me los he conmigo porque están bueno y saben, para mí, a esencia.

 

         Un cuervo en el asfalto de la carretera buscando alimento y ya, a doscientos metros, casa de artesanía Los Casares.  Hoy me voy a parar para saludar a mis amigos. Y es que según me han dicho, ya no van a estar por aquí mucho tiempo. Otra pena más que se me rebulle dentro y me guardo pero lo siento de verás. Fue esta construcción primero un gran cortijo de propiedad particular y luego una casa forestal que ellos consiguieron para vender sus productos.  Pero fíjate tú que ahora dicen que tienen que irse sin querer.

 

         Desde este mismo punto, por la izquierda, arranca una pista que sube a Collado Serbal, a los afluentes del  arroyo del Cerezuelo y desde ahí, a las Lagunillas. Traza muchas curvas porque sube desde lo setecientos metros hasta los mil doscientos.

 

         Pasando la casa de artesanía, una recta y al frente ya se ve Peña Amusgo. A la izquierda queda. Una gran curva para salvar el vuelo que presenta el cerro de Raja de la Cabrilla, la Piedra del Acebuche que se remonta un poco por la izquierda, donde hubo una cueva y una tinada, la interminable ladera repleta de pinos y al volcar, kilómetro veinte cuatrocientos, el amplio barranco del Cerezuelo. Por cierto,  el gran arroyo que baja por este barranco y cruza la carretera, se llama también del Cerezuelo. Lo digo porque hay un error en algún mapa nuevo.

 

         El arroyo con mucha agua, dos fuentes a cada lado y por la de la derecha, con mesas de piedra y asientos para comer y al frente, las casas que se fueron construyendo junto al viejo cortijo del Cerezuelo.  Por la solana que cae hacia el pantano, estaban   los cortijos de Padilla de Arriba y Padilla de Abajo. Más en lo hondo están las Corralizas.  Es una preciosa solana esta todavía con su olivar algo abandonado y por donde, en el mes de enero, yo he cogido muchos años espárragos.

 

         El collado de   los cortijos de Padilla y el mirador sobre el cerro y justo en lo que otros tiempos fue la era. De aquí que le dijeran al lugar Era Alta, nombre que es justo lleve ahora.  Una recta surcando la solana que se alarga desde Hoya Secreta hasta el Picón del Control, toda repleta de pinos y muchas madroñeras y justo por aquí, la derruida aldea de Solana de Padilla. Una fuente sin agua, olivos abandonados,  un laurel casi gigante por las piedras que quedan de las casas y que no se ve desde la carretera, y mucha hierba ya transformada en pasto.

 

         A la derecha, el volumen del pantano y al otro lado, el gran macizo del Alto del Montero y Monte de San Román. Sale este nombre de una pequeña aldea que sepultó el pantano por esta zona. Casilla Quema, se encontraba algo más abajo que es por donde  estaba la Junta de los Ríos: Guadalquivir y Hornos.  Ahora ya no se ven ni tampoco la ermita que sobre las tierras de la vega, levantaron los serranos.

 

         Un poco antes del rincón llamado el Control, porque lo hubo en otros tiempos y todavía lo muestra la caseta de piedra por la izquierda, sale por la derecha, la cola que el pantano tiene hacia el pueblo de Hornos de Segura. Es grandiosa esa zona aunque ahora esté cubierta por tanta agua azul. Las aguas siempre jugando con el viento que las acaricia y rizándose en olas. Está por completo rebosando y muy serena la tarde.

 

         En el kilómetro veintitrés cuatrocientos y la casa del Control, donde también hace unos años, vendían artesanía y después lo dejaron. ¡Cuantos intentos frustrados he visto en los últimos años y cuanto lo siento porque siempre salen perdiendo los pequeños! Arriba, corona un picón rocoso que se dice del Control y de Barranco Oscuro. Hay por ahí una sima, una cañada muy poblada de lentiscos, pinos negros por el fuego que el otro año los achicharró y otras cosas que me guardo.

 

         Unos metros más y el barranco de Mojoque, con el arroyo de las Huertecillas y el grande que tiene el mismo nombre que el cortijo y el rincón y viene desde las Sierras de las Lagunillas. Las casas derruidas que tienen este mismo nombre, se encuentran en una amplia y dulce llanura casi en lo más alto de esta cuerda por la izquierda. Varias y bonitas rutas asciende por la ladera y llegan hasta estas ruinas. Las contaré un día pero más con el deseo de expresar el amor que por el rincón siento que para que vayan muchas personas a verlas.

 

         El collado de Mojoque, queda por la izquierda y entre esta ondulación y el surco del arroyo que desde la cumbre se abre, en la amplia ladera todavía repleta de olivos, higueras y algunos otros árboles frutales ya casi acabados, se encuentran las ruinas del principal cortijo y las de las tinadas. Por la solana de enfrente sube una áspera senda de aquellos tiempos y remonta hasta lo más quebrado de esta sierra. El Corralón, creo que tiene por nombre uno de los muchos rincones que se abren junto al arroyo de Mojoque.

 

         Por la izquierda, todavía una alambrada cercando un trozo de tierra que alguien que se resiste perder porque cree es suyo. Por la derecha, la gran masa de las aguas del pantano, muy azules y manchadas sólo por los cien caminos de juego que el viento dibuja al rozarlas. Como tantas veces ya las he visto, empedradas de rizos blandos y meciéndose en la más dulce eternidad. ¡Cuántos matices excelsos en cualquier trozo de este inmenso paraíso!

 

         Ya voy girando hacia el muro. Cuarenta y dos kilómetros desde el empalme del Valle.  Setenta y cuatro en la señalización nueva y que empieza a marcar desde Peal de Becerro y ya, un chiringuito a la derecha, el control antes de la entrada al muro, un semáforo que regula la circulación y está más de dos minutos cerrado  y por la izquierda, el trozo de carretera asfaltada que baja a la central y desde ahí se alarga hasta una hospedería, unos barrancos más abajo siguiendo el curso del Guadalquivir.

 

         Mientras espero que la luz se torne verde, miro y por la orilla de las aguas, veo algunas barcas y esto me recuerda que hace unos años, también las pusieron en funcionamiento, por esta época del verano aprovechando que la sierra se llena de turistas. Sé de quienes son, porque es amigo mío y claro que me alegro algo, porque si puede sacar dos pesetas para ir viviendo, buenas son.

 

         El pantano casi rebosando por el aliviadero y kilómetro veinte ochocientos desde la pista al camping Llanos de Arance.  Frente al muro y las aguas, las casas que construyeron cuando comenzaron las obras de este pantano, los pinos un poco arropándolas, y la tarde que cae. Por donde se va el Guadalquivir, el cielo un poco nublado y rojo y la profundidad del barranco por donde sube o se aleja la carretera a Villanueva del Arzobispo.

 

         Muchas más cosas podría decir de esta ruta y en este momento pero como este punto es cruce de varias direcciones, desde otras rutas iré desgranando  rincones y lo que me dicen la presencia del silencio y,  Dios en él, presente y latiendo.

 

         La fragancia eterna.  

           Nuestra vida  son las fuentes

         y los arroyos que van a los ríos.

 

       El arroyo, es como el trozo que mi cuerpo ocupa en el tiempo y sobre este suelo donde, el punto cero-principio, que fue el nacer, hasta el punto cero-final, que será el morir, y el manantial, que es la fuente de donde nace, eres Tú dando la vida y luego el recorrido hasta que muere en el río y en el charco grande y ya del todo, en la dulce llanura del valle, el trayecto del camino que me has marcado para que recorra a lo largo de los días que me tienes asignados en mi estancia en este suelo.

 

         Y el arroyo nace, como lo hice yo, de la fuente clara que concentra la vida en su estado más puro y con la mayor fuerza y verdad rotunda y luego comienza a descender por la tierra, igual que yo de niño, reventando de energía nueva y potencia y de juegos de mariposas y de sueños de princesas y salta por las rocas y las zarzas y se abre el surco en el polvo y el barro de la primera  y pequeña llanura y hacia él confluyen los montes y las laderas y los otros arroyos menores y la tierra y las rocas y según avanza, se abre la cañada y se ensancha la cuenca y se configura el barranco y el arroyo se hace mayor y se llena de más agua y de más monte verde y de más plantas y de más perfume y de más serenidad y potestad y de más personalidad propia y de más grandeza y cuando ya cae por la pendiente de las cascadas del musgo, el arroyo es único y repleto de belleza con sus charcos redondos y sus hermanos afluentes y sus manantiales escondidos y sus sombras y sus playas de arena y sus olas de plata y sus remansos donde anidan las libélulas y nadan las ranas y las truchas y las culebras y los galápagos y beben los ciervos y las monteses y los jabalíes y los gamos y los zorros y las manadas de cabras y los rebaños de ovejas y los arrendajos y las palomas y las ardillas y riega las tierras de las huertas y de los trigales y da agua a las canales de los cortijos y a las fuentes de las aldeas y a las encinas milenarias y a las zarzas y a los álamos y a los fresnos y a las escondidas y solitarios violetas.

 

          Y el arroyo, que nace en el manantial camuflado entre las rocas y en una fuente pequeña en la llanura redonda y sobre la cumbre de esta sierra, se abre como en un abanico y somete a la tierra hacia su cauce y desde su silencio humilde y casi oculto y entre la música nueva de sus chorrillos saltando, se hace grande y majestuoso y modela su barranco y toma del sol la fuerza y de la inclinación de la montaña, el empuje para trazar su vereda y el arroyo se hace rey y dueño y verdad  plena  y sinceridad palpable con sello único sobre esta tierra y mientras corre, según pasa el tiempo, a Ti te alaba y te canta y te da grandeza y desde su sencillez menuda, se abre y ensancha y aplasta y se oculta y siendo un cauce casi sin importancia, encierra en sí toda  belleza y es más perfecto, incluso, que  mi vida entera.

 

          Y por eso esta mañana, cuando bajo por la senda que viene del manantial de la llanura primera, lo miro y lo siento y lo palpo y con la ayuda de tu cariño y esta alma mía pequeña, me digo que la vida que me has regalado, es como este arroyo y esta cañada y este camino y este viento y esta cuenca, que tiene un punto cero, que es principio del latido uno, en su demostración pequeña, y un recorrido que es camino, en su desarrollo central, que es corazón y alma y que se abre al mundo y siembra y escarda y siega y en el punto donde muere, que es final, donde ya la vida se apaga y lo único que a partir de esa porción de tierra y momento, queda, es lo que hay contenido desde su nacimiento, punto cero, hasta la vega de la llanura en el valle donde ya se derrama en grandeza y se funde con el cauce de las aguas limpias y se duerme y se desmorona y se hace luz con las estrellas  y ya no es arroyo, sino río que tiene otra fuerza propia y otro resplandor y otra  belleza.

 

          Pero el arroyo que me has regalado y nace en las más altas cumbres de esta sierra,  hoy me atraviesa el espíritu y me sabe a primavera y mientras con él bajo caminando por la cañada primera, me vengo llenando de Ti, que me acompañas y me hablas y me besas desde el perfume de la mejorana y el rocío blanco de la hierba y el viento frío que llega del valle y las flores de la pradera y el azul que por el cielo vaga sobre la nube blanca que tiembla y te escucho en silencio y te digo que gracias porque me dejas pisar la senda y porque también me permites que goce del contacto con la tierra y de este sol que tanta luz reparte y tanto calor da y calienta y de esta música tan dulce que desde la corriente me llega y mientras tanto que camino, y ni  sé a dónde este caminar me lleva, te pregunto como tantas veces, Dios mío: ¿Es sueño esto que muero y la vida es aquella o es vida lo que vivo en sueño y mientras espero y muero, como el arroyo y los ríos,  voy hacia Ti, que eres ella?

 


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